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El “acoso romántico”: Actitudes que normalizan y minimizan el acoso. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “ʻIt’s Not Really Stalking If You Know the Personʼ: Measuring Community Attitudes That Normalize, Justify and Minimise Stalking”, de los autores Bronwyn McKeon, Troy E. McEwan y Stefan Luebbers, de la Universidad de Monash (Australia), que aborda la confusión entre romanticismo y acoso, principalmente en los hombres.

Llamadas amenazantes de una expareja. Fotos comprometidas en internet. Alguien que te sigue por la calle o te espera frente a tu casa hasta que salgas. Hay muchas formas de acoso y algunas se ven más claras que otras. Por definición, entendemos como acoso un patrón de contactos reiterados y no deseados que son experimentados como intrusivos por parte del destinatario y le hacen sentir angustia o miedo. Sin embargo, hay situaciones que, debido a la cultura en la que hemos crecido, nos cuesta más distinguir como acoso.

Por lo general, se tiende a ver como una amenaza a los acosadores desconocidos, pero no a los que son cercanos a la víctima. Y, sin embargo, la investigación nos demuestra que los extraños tienen menos tendencia a persistir en el acoso y son mucho menos propensos a utilizar la violencia. Un exnovio que no ha superado la ruptura o un conocido que trata de “conquistar” a la víctima son vistos como algo legítimo en la mayoría de los casos, lo que conlleva que las víctimas no reciban la ayuda necesaria e incluso que ni siquiera la pidan porque saben la respuesta legal y social que les espera.

Algunos estudios anteriores han demostrado que los hombres y las mujeres entienden por igual el acoso cuando se trata de violencia hacia la víctima, de forzarla o de acecharla. Sin embargo, difieren cuando las conductas pueden disfrazarse de “romanticismo” como el envío de regalos o preguntar información acerca de ellas. Debido a este problema de confusión entre el cortejo y el acoso se propuso indagar las actitudes y creencias de la población al respecto para ser capaces de hacer campañas educativas contra el acoso y programas de tratamiento para los acosadores y las víctimas.

Para este estudio contaron con 524 participantes (244 personas de la población general y 280 miembros del cuerpo de policía), con cierto predominio masculino en la muestra (61% de hombres en la población general y 73% en la de policías). El rango de edad fue entre 20 y 84 años, con una edad media de 43, mientras que la media entre los policías fue de diez años menos y sólo hasta los 63 años. Se envió a los participantes un paquete que contenía una carta explicativa con las instrucciones, un cuestionario demográfico, una viñeta que describía una situación de acoso, una copia de la ley contra el acecho y el acoso, un cuestionario relativo a sus percepciones sobre el acoso que se ve en la viñeta, el Cuestionario sobre Actitudes Relacionadas con el Acoso (SRAQ) y un sobre en el que renviar sus respuestas.

El SRAQ es un cuestionario con 34 preguntas tipo Likert que deben valorarse de 1 (absolutamente falso) a 7 (totalmente cierto) e indican acuerdo con mitos o estereotipos sobre el acoso. 15 de los artículos son específicos para un agresor masculino y una víctima femenina (ej: “A un hombre se le debe permitir perseguir a una mujer hasta cierto punto, si es parte del romance”). Las otras 19 son sin género (ej: “No es realmente acoso si conoces a las personas y ellas te conocen a ti”). Sobre las escenas de acoso, había seis en total pero cada participante recibía sólo una al azar que consistían en situaciones de acoso entre un agresor masculino y una víctima femenina que persistía durante varias semanas e involucraban acercamientos e intentos de comunicación no deseados. La variante entre las escenas era la motivación para acosar a la víctima: intentar conseguir una cita, delirio romántico, tratar de reanudar una relación, venganza o trastorno sexual. No hubo problema con utilizar distintas imágenes ya que pertenecían a otro estudio sobre el acoso y no hay diferencias estadísticas entre ellas.

Según el estudio, se encontraron tres creencias o actitudes latentes sobre el acoso en la muestra que minimizan la gravedad del acoso y lo normalizan: “el acoso no es algo serio”, “el acoso es romántico” y “la culpa es de las víctimas”. Además, se encontró que los hombres apoyaban las creencias sobre el acoso más que las mujeres y disculpaban al acosador, así mismo, los miembros de la policía apoyaban estos mitos en menor medida que el resto de la población. En términos generales, este estudio apoya la idea de que existen actitudes en la población que influyen en si se toman en serio o no a las víctimas de acoso y del nivel de apoyo y ayuda que reciben. Es posible que la diferencia de percepción de este problema entre la población general y los miembros de la policía sea por la formación adicional que estos reciben sobre el tema, lo cual es esperanzador, ya que podría significar que con la intervención adecuada podría concienciarse al resto de la población (y principalmente a los hombres) de la importancia y gravedad de este problema, dismitificándolo fuera del amor romántico.

La privación del sueño provoca confesiones falsas. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Sleep deprivation and false confessions”, de los autores Steven J. Frenda, Shari R. Berkowitz, Elizabeth F. Loftus, and Kimberly M. Fenn, en un estudio conjunto de la Universidad de Nueva York, la Universidad de California y la Universidad de Michigan, que aborda como la privación del sueño hace más propensas a las personas a firmar una confesión falsa.

En Estados Unidos se calcula que al menos el 4% de las personas condenadas a muerte eran en realidad inocentes. Los estudios sobre condenas erróneas reconocidas nos dicen que las confesiones falsas son un importante factor. Entendemos confesión falsa cuando una persona inocente hace la falsa declaración de culpabilidad y añade la narrativa de por qué y cómo cometió el delito. Aunque incluso sin la narrativa, una confesión de culpabilidad convierte al sospechoso en el blanco de la investigación criminal. Incluso cuando se avisa al jurado de que la confesión ha sido forzada, ésta afecta su percepción del acusado e influye en su decisión.

Sería fácil pensar que las confesiones falsas sólo aparecen tras algún tipo de coacción física; sin embargo, los interrogadores a menudo recurren a estrategias de coacción psicológicas. La falta de sueño afecta a muchas de las habilidades cognitivas que pueden ser cruciales en la resistencia a este tipo de coacción: además de alterar el estado de ánimo, reduce el control inhibitorio, lo que lleva a la gente a tomar decisiones más arriesgadas e interfiere con su capacidad para anticipar y medir las consecuencias de sus acciones. Además, investigaciones recientes han puesto en relación la falta de sueño con la formación de recuerdos falsos y distorsionados de sucesos pasados, lo que sugiere que las personas privadas de sueño son especialmente vulnerables a sugestión y manipulación.

Debido a la gravedad de utilizar estas técnicas, cuyos resultados no influyen a los culpables sino que van en detrimento de los inocentes es el objetivo de esta investigación comprobar la tendencia a confesar algo de lo que se es inocente a gente descansada y gente privada de sueño para comprobar las diferencias entre ambos grupos.

En el experimento participaron 88 estudiantes universitarios de entre 18 y 23 años, de diverso origen étnico y la mitad mujeres. Consistía en tres sesiones de laboratorio: tanto en la primera como en la segunda se les pedía que hicieran unos test a ordenador, entre ellos unos para medir la impulsividad cognitiva, y se les advertía que no debían tocar la tecla ESC del ordenador o se perderían los datos. Entre ambas sesiones se dejaba pasar una semana. Tras la segunda, a la mitad se les dejó dormir en el laboratorio y a la otra mitad se les obligó a permanecer toda la noche despiertos, ocurriendo la tercera sesión al día siguiente por la mañana. En esta sesión se les acusaba falsamente de haber pulsado la tecla ESC en la primera sesión y se les dio una declaración para que la firmaran, afirmando haber pulsado la tecla.

Tras la primera solicitud de que firmaran, encontramos que la mitad de lo que no han dormido aceptan, mientras que de los descansados sólo lo hacen el 18%. Tras una segunda y última insistencia, el 68,2% de los que no han dormido confiesan y un 38,6% de los que sí lo han hecho. Sin embargo, los datos realmente impactantes son en correlación a las otras pruebas realizadas. En relación al nivel de somnolencia subjetiva percibida, independientemente de en qué grupo experimental estuvieran, los participantes que reportaban altos niveles de somnolencia tenían 4,5 veces más posibilidades de confesar que en participantes con bajos niveles de somnolencia. También se encontró que los participantes que eran impulsivos eran más vulnerables a las confesiones falsas, tal y como se esperaba.

En conclusión, la privación del sueño tiene consecuencias desastrosas a la hora de obtener confesiones, impulsando a los inocentes a declarar; especialmente cuando se trata de personas vulnerables al cansancio o impulsivas. Es por ello que esta técnica no debería ser utilizada para lograr confesiones, del mismo modo que no deberían llevarse a cabo interrogatorios durante la noche ni de más de 12 o incluso 24 horas como en ocasiones se ha hecho, para evitar que el desgaste cognitivo haga el mismo efecto que la privación del sueño.

Utilidad del test SDQ para detectar jóvenes pirómanos. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The utility of the Strengths and Difficulties Questionnaire as a screening measure among children and adolescents who light fires”, de los autores Ian Lambie y Ariana Krynen, de la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda), que nos enseña como un sencillo test puede ser utilizado para detectar conductas piromaniacas en niños y adolescentes.

La piromanía es un comportamiento con altas tasas de participación de niños y adolescentes. En 2014, los niños de hasta 17 años fueron el 49% de las detenciones por incendios en Nueva Zelanda, y los menores de 21 fueron responsables de hasta un 60%. Del mismo modo, en Estados Unidos los menores de 18 años son el 45% de los casos de conductas piromaniacas; y en Reino Unido, el 40% se achaca a niños entre 10 y 17 años.

Por lo que sabemos, consiste en comenzar un fuego de forma deliberada y es más común en varones. Es un comportamiento potencialmente peligroso, con serios daños emocionales y económicos. Además, se trata de una conducta recurrente, por lo que es importante realizar intervenciones que reduzcan las posibilidades de futuros incidentes. Las investigaciones previas correlacionan la piromanía con trastornos de conducta antisocial. Es por ello que se propone el test SDQ como herramienta para el cribado y la detección de pirómanos en la infancia y adolescencia.

La muestra está compuesta por 57 niños y adolescentes con edades comprendidas entre los 6 y los 17 años que tuvieron un comportamiento pirómano en los últimos seis meses. El 90% de la muestra fueron varones, es decir, sólo hubo seis chicas. La muestra se dividió en tres subgrupos por edades. El primer grupo comprendía a los niños entre 6 y 10 años, que fueron un total de dieciséis, doce de ellos chicos. El segundo grupo fueron catorce chicos, todo varones, de entre 11 y 13 años. Y el tercero fueron veintisiete participantes, 25 de los cuales eran hombres, con edades entre 14 y 17 años. Para hacer comparaciones se seleccionó a los 32 chavales de entre 13 y 17 años que tenían conducta pirómana y a 484 estudiantes de entre 13 y 17 años, de los cuales el 51% eran varones, que nunca habían mostrado síntomas de conducta pirómana.

Se les pasó el cuestionario SDQ (“Strengths and Difficulties Questionnaire” o Cuestionario de Fortalezas/Capacidades y Dificultades), que sirve para cribar problemas emocionales y de comportamiento en jóvenes entre 4 y 17 años. Son 25 ítems que se subdividen en cinco escalas: síntomas emocionales (ej. “tengo muchas preocupaciones”), problemas de conducta (ej. “a menudo tengo mal genio”), hiperactividad o déficit de atención (ej. “no puedo quedarme quieto por mucho tiempo”), problemas en la relación con iguales (ej. “soy más bien solitario”) y conducta prosocial (ej. “ofrezco ayuda cuando la necesitan”). Además incluye un suplemento de preguntas para el malestar general y el bienestar emocional. Es uno de los test más utilizado para salud mental en niños y adolescentes por su fiabilidad y validez.

El test fue utilizado en su versión para padres y profesores y en casos de autoinforme cuando era posible (mayores de 11 años). Sin embargo, no todos los profesores cumplimentaron el informe, de modo que los datos de todos los profesores se dejaron fuera del análisis.

  • De 6 a 10 años: El 56% tenían puntuaciones en el rango anormal, lo que sugiere que tenían un riesgo considerable de tener algún tipo de problema clínico. El 69% tenían problemas de conducta, el 56% de relación entre iguales, el 38% déficit de atención y 38% de falta de conducta prosocial. Pero en los problemas emocionales, el 69% tuvo un rango normal. En las preguntas suplementarias, el 50% de los padres consideró que sus hijos tenían dificultades.
  • De 11 a 13 años: se tenían tantos los reportes de los padres como los de autoinforme. El 78,6% y el 27,3% respectivamente indicaban que estaban que estaban en riesgo sustancial de tener problemas clínicos. Según los informes de los padres, el 78,6% tenían problemas de conducta (36,4% según el autoinforme), el 71,4% de relación entre iguales, el 42,9% de síntomas emocionales, el 28,6% déficit de atención (45,5% según el autoinforme), pero no hubo problemas con la conducta prosocial. Para los valores suplementerios encontramos 64,3% y 45,5% (padres e hijos respectivamente) en valores anormales de angustia y malestar.
  • De 14 a 17 años: se tenían tantos los reportes de los padres como los de autoinforme. El 40% y el 11,5% respectivamente indicaban que estaban que estaban en riesgo sustancial de tener problemas clínicos. Según los informes de los padres, el 40% tenían problemas de conducta (27% según el autoinforme), el 24% de relación entre iguales, el 44% déficit de atención (23% según el autoinforme), pero no hubo problemas con la conducta prosocial ni problemas emocionales. Para los valores suplementerios había una gran proporción de valores anormales de angustia y malestar.

A nivel general, no encontramos diferencias entre los tres grupos entre sí que sean estadísticamente significativas. Pero al compararlos con la muestra de niños sin problemas de piromanía encontramos que hay diferencias significativas para los problemas de conducta, los problemas de atención e hiperactividad y totales más altos en general. En el resto de escalas no hubo diferencias. También se encontró que correlacionaban los autoinformes de los niños con los de los padres, a pesar de las diferencias antes observadas.

En conclusión, los niños y adolescentes con tendencias a la piromanía exhibían una amplia gama de problemas conductuales y psicosociales. La identificación de estos casos es clave para evitar desastres y proporcionar ayuda a la familia en una intervención adecuada. Para futuras investigaciones sería interesante que los estudiantes que usaron como grupo control se ajustaran a la muestra en sexo, dado que una era casi en su totalidad varones y en la otra eran la mitad. Y también sería interesante replicar este estudio con adolescentes de otras partes del mundo, no sólo de Nueva Zelanda. Algo que con las nuevas tecnologías sería fácil de conseguir por internet o colaborando con otras universidades. Pero es un importante paso en la detección de pirómanos.

Las características del ciberacoso frente al acoso tradicional. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Cyberstalking versus off-line stalking in a forensic sample”, de los autores Cristina Cavezza y Troy E. McEwan, de la Universidad de Melbourne (Australia), que aborda las diferencias entre el ciberacoso y el acoso tradicional.

En esta época en la que gran parte de las interacciones humanas están pasando a ser a través de una pantalla, el ciberacoso o cyberstalking se alza como una nueva forma de delito. Dada la naturaleza cambiante de la tecnología, los tipos de conductas que suponen un acoso cibernético es probable que aumenten con el tiempo, pero hasta la fecha incluyen: el envío de correos o mensajes instantáneos no deseados, la publicación de información falsa u hostil sobre la víctima, el uso de redes sociales para acosar, suscribirse a productos o servicios en nombre de la víctima, pirateo de cuentas personales, robo de identidad, envío de spam o virus y reclutar a otros para hostigar a la víctima.

Internet ofrece cuatro elementos únicos para los acosadores que facilitan mucho su labor: (1) la falta de limitaciones sociales que inhiban la agresión; (2) la falta de estímulos sensoriales que conducen a una mayor fantasía en el delincuente; (3) la oportunidad para el engaño; y (4) el potencial de descubrir que la relación con su víctima no se ajusta a lo deseado. Se ha planteado que estos aspectos pueden invitar a los individuos a acechar por internet, gente que de otra manera no lo haría.

Debido a la escasez de datos sobre este nuevo tipo de acoso, aún hay cierto debate sobre si el ciberacoso es realmente una forma distinta de acoso o tan sólo una extensión en línea. Por ello, el objetivo de este estudio es investigar las diferencias demográficas, clínicas y de conducta entre los ciberacosadores y los acosadores tradicionales.

Los participantes del estudio fueron 271 pacientes de una clínica que habían sido remitidos allí por tribunales y servicios de libertad condicional entre otros por tener conductas de acoso. Todos dieron su consentimiento para el estudio y se excluyó a los que no tenían buen dominio del idioma o su estado mental impedía dar el consentimiento. Para el estudio se analizaron detalladamente los archivos de cada caso y se separó a los que realizaron ciberacoso de los que no. Luego se emparejaron los ciberacosadores con los acosadores por género, edad similar (±2 años) y en el mismo periodo de actuación.

Para delimitar las conductas a evaluar se definió acoso (stalking en el inglés original) como intrusiones no deseadas y repetidas que causan miedo o preocupación. Mientras que ciberacoso se considera al uso de internet para llevar a cabo la conducta acosadora e incluye cualquiera de los siguientes comportamientos:

  • Contacto por mail con la víctima.
  • Uso de redes sociales para comunicarse con la víctima o sobre ella.
  • Uso indirecto de internet como: crear páginas webs despectivas sobre la víctima, usar internet para acceder a información de la víctima, suplantar a la víctima online o publicar información sobre la víctima en páginas de internet que no sean redes sociales.

Puede además categorizarse como “comunicativo” y “no-comunicativo”. El ciberacoso comunicativo incluye intentos de comunicarse directamente con las víctimas, por lo general a través de correos electrónicos o mensajes en las redes sociales. Mientras que el no comunicativo hacía referencia a mensajes en sitios webs hablando de la víctima, hacerse pasar por ella, etc. Es decir, sin intentos directos de comunicarse con la víctima. En el caso de utilizarse ambas categorías se considera “mixto”.

De los 271 pacientes, se encontraron 36 casos de ciberacoso (13%). De los cuales, un 94% eran hombres con una edad media de 37 años, similar a la de los acosadores fuera de internet. Dos de los casos surgieron entre 2002 y 2005, ocho entre 2006 y 2008 y el resto entre 2010 y 2013, lo que indica que se está volviendo un método popular de acoso. Entre los dos grupos no hubo diferencias en cuanto a la forma de ingresarlos en el centro ni de nivel educativo. Además, tampoco encontramos diferencias en cuanto a amenazas, historial de acoso o violencia antes del episodio de acecho.

Las características clínicas de ambos grupos también eran similares: 1 de cada 5 acosadores, en ambos casos, había sido diagnosticado con un trastorno de la personalidad. Sin embargo, son pocos casos para obtener datos significativos sobre el tipo de trastorno predominante. Y respecto al tipo de acoso, no difirieron en la duración, en el género predominante y tenían la misma propensión a tener más de una víctima simultáneamente.

Donde sí encontramos una diferencia significativa es en la relación con la víctima, ya que la mayoría de los ciberacosadores eran exparejas de los susodichos. Además, los ciberacosadores tenían más probabilidades de tener una orden de alejamiento (aunque ambos tipos tenían la misma tendencia a infringirlas). Por otro lado, los ciberacosadores tenían menos tendencia a acercarse a sus víctimas fuera del ordenador pero sus amenazas eran más explícitas.

En conclusión, aunque se trata de conceptos similares tienen algunas diferencias fundamentales. Sería aconsejable replicar el estudio con más participantes para corroborar esas diferencias y poder hablar definitivamente de que se tratan de dos tipos de acoso diferentes, ya que también son muchas las similitudes. Aunque todo parece indicar que a nivel legal y de salud mental no hacen falta tratamientos diferentes para ambos tipos de acosadores.

La entrevista estratégica para detectar el engaño. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Strategic Interviewing to Detect Deception: Cues to Deception across Repeated Interviews”, de los autores Jaume Masip, Iris Blandón-Gitlin, Carmen Martínez, Carmen Herrero y Izaskun Ibabe, en un estudio conjunto de la Universidad de Salamanca, la Universidad Estatal de California y la Universidad del País Vasco, que trata de cómo discernir la verdad de la mentira con un procedimiento original durante un interrogatorio.

La detección del engaño es extremadamente difícil. Las personas apenas pueden distinguir una mentira por encima de la probabilidad de azar, y por ahora, los profesionales son apenas un poco más precisos en la detección. Es por ello que es importante seguir estudiando este campo y hallar nuevas conductas que discriminen a los mentirosos de los veraces.

Esta investigación recicla la idea de que los mentiros son tan consistentes en sus respuestas como los sinceros porque siguen una “estrategia de repetición” en las entrevistas. Por ello, el objetivo de este experimento fue diseñar un procedimiento que eludiera esa estrategia haciendo que no supieran que iban a ser entrevistados una segunda vez y presionando a los sospechosos para obtener una respuesta rápida, sin darles tiempo a forzar la memoria o desarrollar una mentira.

Los participantes fueron 48 estudiantes, con una edad media de 20 años, repartidos en 15 mujeres y 9 hombres en cada uno de los dos grupos experimentales (inocentes y culpables). Para motivarles con el interrogatorio, se les incentivó diciendo que los declarados culpables deberían escribir una redacción sobre una asignatura que detestaran.

Para este experimento, los participantes asignados en el rol de culpables cometían un falso crimen, y los inocentes realizaban unas tareas a petición del experimentador como ver un pequeño documental o jugar al tetris. A ambos grupos se les informaba de que se les consideraba sospechosos de un crimen y serían entrevistados, y su máxima debía ser convencer al entrevistador de que eran inocentes. Por tanto, los inocentes sólo debían ser sinceros, mientras que los culpables debían mentir, fingiendo que habían realizado las mismas tareas que los inocentes. La entrevista tenía lugar ese mismo día, pero después de que a los culpables se les diera toda la información que requirieran sobre las actividades sobre las que debían mentir. En la entrevista ambos grupos recibían las mismas preguntas y tenían las siguientes características:

  1. Se centraba en la coartada (las tareas de los inocentes), no en el delito. Lo normal es que en un interrogatorio la policía tiene una información limitada sobre el crimen pero es fácil obtener información sobre las coartadas. Por ejemplo, si un detenido afirma que estuvo viendo un programa de televisión a cierta hora, sería una buena técnica ver el programa e interrogarle con preguntas muy específicas acerca de él para comprobar si realmente lo ha visto.
  2. Se les hicieron preguntas centrales y periféricas. Los datos centrales serían los esenciales, los que no pueden cambiarse sin alterar la historia. Mientras que los periféricos son irrelevantes, detalles añadidos. Sin embargo, a la hora de interrogar, lo más probable es que los culpables tengan muchos datos centrales (qué, dónde y cómo), ya que han podido preguntar al respecto a los experimentadores, pero apenas tendrán información periférica, mientras que los inocentes tendrán de ambos tipos ya que realmente vivieron la experiencia.
  3. Las preguntas se centraron en los detalles muy específicos. ¿De qué color era la puerta? Por muy bien que hubieran preparado su coartada, una sola palabra podía contestar correctamente esa pregunta.
  4. Se pidió a los entrevistados que respondieran lo más rápido posible. La velocidad de respuesta es algo cognitivamente exigente para los mentirosos ya que, por una parte, la información no está codificada de la misma forma en la memoria largo plazo al ser inventada y requiere más tiempo, y por otra parte, si no la recuerdan necesitan inventar algo coherente para decir en su lugar, lo que también requiere tiempo.
  5. La clave fundamental era que la entrevista se repetiría una semana después y sin previo aviso.

La primera hipótesis a contrastar sería que los culpables solicitarían información central a los experimentadores para prepararse para el interrogatorio, pero no periférica. La segunda sería que los culpables contestarían menos preguntas correctamente que los inocentes en ambas entrevistas, debido a la información incompleta que poseían. Efecto que se vería con más fuerza en las preguntas periféricas (tercera hipótesis). Además, dado que ocurriría una semana entre ambas entrevistas, tendría lugar una degradación en el recuerdo y éste ocurriría con más fuerza en los culpables por no recordar vivencias sino palabras, por lo que al repetir las preguntas encontraríamos más incongruencias entre ambas entrevistas que en los inocentes (cuarta hipótesis) y esto ocurriría también con más fuerza en los detalles periféricos (hipótesis cinco). Por otro lado, al obligar a responder rápido sería más probable que se recurriera a respuestas evasivas por la incapacidad para improvisar una mentira o no recordar los datos, así que sexta hipótesis era que los mentirosos darían más respuestas evasivas, y la séptima hipótesis, que las darían particularmente en las preguntas sobre datos periféricos.

En los resultados se encontró que, efectivamente, los culpables se centraron en la información principal y obviaron la periférica. Además contestaron menos preguntas correctamente que los inocentes. Sin embargo, no pudo probarse la distinción entre información central y periférica respecto a la memoria. Quizás porque la información que solicitaron fue demasiado escasa o porque estuvo mal codificada y no pudieron recordarla una semana después. Por otro lado, la coherencia, es decir, mantener la misma versión todo el tiempo, era un indicador válido de la verdad, del mismo modo que las respuestas fueron un indicador de las mentiras. Sin embargo, no sólo fueron más evasivos en los datos periféricos, sino también en los centrales. Y al contrario ocurrió con la coherencia, donde no se encontraron resultados diferentes entre los dos tipos de información.

En conclusión, este estudio nos aporta unas interesantes estrategias para detectar la mentira, pero es importante replicarlo en situaciones reales para darle mayor validez externa. Además, debe tenerse en cuenta que no hay criterios inequívocos para la detección de la mentira. Una respuesta errónea, incongruente o evasiva puede deberse también a un bajo cociente intelectual, personas altamente sugestionables, ansiedad o déficit de memoria. Sin embargo, los datos son muy prometedores y pueden ser una herramienta muy útil en el futuro.

Síndrome de Munchausen por Poder. Club de las Ciencias Forenses.

Sindrome de Munchausen por poder Club Ciencias Forenses

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Síndrome de Munchausen por poder”, de los autores María Fernanda Cujiño, Andrés Dávila, Mónica María Sarmiento, María Inés Villareal y Roberto Chaskel, de la Universidad de Bogotá, que realizan una revisión sobre el síndrome de Munchausen por poder en niños.

En el siglo XVIII, Karl Friedrich Hieronymus, barón de Münchhausen, se hizo famoso por contar historias de aventuras fantásticas que nunca le habían sucedido, como haber bailado en el estómago de una ballena o haber viajado a la luna. No fue hasta 1951 cuando el doctor Richard Asher, en honor al fantasioso barón, tomó su nombre para identificar a un peculiar síndrome consistente en fingir síntomas de enfermedad en ausencia de ésta. Es importante diferenciarlos de aquellos que simulan las dolencias para obtener algún beneficio o evitar responsabilidades, como sería el caso de cobrar un seguro médico o evitar la cárcel.  Los que adolecen este síndrome no buscan incentivos externos más allá de la atención médica que logran como pacientes.

Una variante de este síndrome es el Munchausen por poder, también conocido como trastorno facticio impuesto a otro, que como su nombre indica consiste en atribuir la enfermedad a otra persona, llegando a provocarle los síntomas incluso. Es frecuente que las víctimas en este caso sean menores de edad por lo que es considerada una forma de maltrato infantil potencialmente peligrosa y muy distinta de la que acostumbramos a tratar.

Los elementos esenciales del síndrome son la presencia de síntomas físicos o psicológicos que pueden ser inventados o producidos por los padres o cuidadores y que además remiten al separar a los niños de ellos y la negación por su parte de haber perpetrado la farsa. Los padres o cuidadores tienen la necesidad de enfermar al niño o de llamar la atención de esta forma. El problema radica en que no se posee una manera fácil de detectar las señales de este síndrome, por lo que es complejo ayudar a la sospecha diagnóstica ya que cualquier sistema puede encontrarse comprometido (respiratorio, gastrointestinal, cardiovascular) e incluso a veces presentar síntomas de diversas enfermedades al mismo tiempo. El síntoma más frecuente es el sangrado de cualquier tipo (44%), seguido de convulsiones (42%), apnea (15%), diarrea (11%), vómito (10%) y fiebre (10%).

Se ha calculado que existe una incidencia anual de 0,5 a 2 por cada 100000 niños menores de 16 años. La prevalencia es por igual en ambos sexos y la edad promedio es entre los tres y los cuatro años, aunque incluso se han observado casos en fetos. Y el intervalo entre el inicio de los síntomas y el diagnóstico es de 15 meses. Por lo general, la causante es la madre.

Como decíamos, no es fácil detectar este síndrome, pero hay algunas señales que pueden servir de indicadores a los clínicos:

  • Enfermedad persistente o recurrente que no puede ser explicada adecuadamente con una base médica.
  • Signos y síntomas que aparecen en la presencia del cuidador y desaparecen en su ausencia.
  • Madre sobreinvolucrada con la atención del paciente y siempre presente en el hospital.
  • El caso descrito parece un trastorno raro.
  • Ausencia de respuesta a tratamientos adecuados.
  • Discrepancia entre la historia, los hallazgos clínicos y el buen estado del niño.
  • Madre menos preocupada que el personal médico acerca de la enfermedad del paciente.
  • Familias con antecedentes previos de muertes infantiles inexplicadas.
  • Cuidador con experiencia o entrenamiento en el campo de la salud.
  • Historia psiquiátrica de la madre.
  • Conducta extraña de la madre en el hospital.
  • Gran cantidad de exámenes paraclínicos realizados y dentro de los límites normales.

Además, es importante conocer a los padres para ver sus perfiles. En general, los padres tienen buena relación con el equipo médico hasta que se descartan las causas orgánicas de la enfermedad de su hijo. La mayoría serán madres con experiencia o cercanía al área de salud y padres que no saben de la supuesta enfermedad o están poco involucrados en el cuidado del niño, frecuentemente con trabajos que les alejan de la familia por largos periodos de tiempo y una relación marital pobre.  Además, podemos ver que las madres son sobreprotectoras, aunque más afectivas con sus hijos cuando hay personas delante, y no reaccionan bien cuando se les discute sobre la enfermedad del niño o de las técnicas médicas a emplear.

La tasa de mortalidad de los niños diagnosticados es de 9%, siendo las causas de muerte más frecuente son sofocación y envenenamiento. En aquellos pacientes que no habían sufrido previamente heridas físicas y volvieron con sus familias se encontró evidencia de maltrato en 17% a los dos años de seguimiento. Algunos estudios añaden que, en caso de muerte en el primer niño, los padres inician el síndrome en otros niños de la casa. También se ha observado el patrón de que, al crecer, los niños se vuelven colaboradores y aceptan su papel de enfermos, aprendiendo pasivamente a tolerar los procedimientos médicos. Son niños que en un futuro muestran comportamiento hipocondriaco y llegan a ser perpetuadores del síndrome de Munchausen con sus propios hijos.

En conclusión, aún sabemos poco de este tipo de abuso que, por lo general, tiene como víctimas a los niños. A pesar de tener algunos indicadores basados principalmente en el perfil psicológico de los padres, es difícil dar una respuesta rápida ya que por las diversas formas de manifestarse el maltrato no es hasta que falla el tratamiento que podemos empezar a sospechar que se trata de una sintomatología provocada. Sin embargo, una vez detectado es importante la intervención tanto en el adulto perpetrador como en el propio niño para evitar que en un futuro continúe esa cadena de atrocidad.

Diferencias del desarrollo en la niñez intermedia en la memoria y la sugestión para eventos negativos y positivos. Club de las Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Developmental Differences across Middle Childhood in Memory and Suggestibility for Negative and Positive Events”, de los autores Pedro M. Paz-Alonso y Gail S. Goodman, en un estudio conjunto de la Universidad de California y el Centro de Cognición, Cerebro y Lenguaje de Gipuzkoa, que estudia las diferencias en la memoria de los niños para eventos positivos y negativos según su franja de edad.

Una niña dice una mentira, pongamos que por un enfado propio de su edad. La niña acusa a un adulto de haber hecho algo que no debía con ella. Otros adultos lo oyen, se escandalizan y, a falta de un interrogatorio correctamente realizado, la niña es sugestionada y acaba creyendo su propia mentira. Y con esto, tanto la vida del hombre como de la niña quedan destrozadas.

El argumento de La Caza de Thomas Vinterberg podría ser fácilmente una historia basada en hechos reales. En el ámbito jurídico, el testimonio de los niños en ocasiones es necesario y si bien todos somos vulnerables de caer en las falsas memorias, es importante recordar que la mente de los niños es especialmente manipulable. Es por ello que es importante el estudio de los interrogatorios a menores para tener siempre la mayor confianza posible de que estamos acusando o defendiendo a alguien bajo un testimonio verídico.

Además, en gran medida, los experimentos sobre testimonios de niños se han basado en la memoria de estímulos neutros. Aunque también es posible que se necesite declarar sobre casos así, es más probable que el testimonio requerido sea en torno a un acontecimiento con carga emocional. Por ello, este estudio trata de evaluar la memoria de los niños de distintas edades sobre elementos con carga emocional.

El experimento tuvo dos fases. En la primera, se examinaron a 216 niños de 8 a 12 años sobre la intensidad de experiencias negativas y positivas. En primer lugar, se les pedía que dijeran hasta cuatro eventos positivos y otros cuatro negativos que les hubiera ocurrido en el último año. Después se les pedía que valoraran la intensidad de esos eventos de 0 (nada intensa) a 4 (muy intensa). Codificando juntos los eventos similares (por ejemplo, “mi décimo cumpleaños” y “mi fiesta de cumpleaños”) se juntaron un total de 37 eventos negativos y 40 positivos. La experiencia negativa más común fue “accidente/enfermedad”, mientras que la positiva fue “excursión/viaje con los padres”, por lo que se escogieron esas dos categorías para la siguiente fase.

En la segunda fase se utilizaron a otros 227 niños diferentes de los de la fase anterior de la misma franja de edad y se les clasificó en niños de 8 y 9 años por un lado, y niños de 10 a 12 por otro. Para esta fase se diseñaron dos vídeos basándose en los resultados de la primera fase, con una duración de 3 minutos y 40 segundos. Ambos vídeos mostraban una excursión familiar al campo pero tenían 30 segundos de metraje diferente: en uno, el niño se caía y lloraba en el suelo por las heridas de sus brazos y rodillas (evento negativo); en el otro, el niño jugaba con su padre (evento positivo). También se crearon dos textos diferentes para acompañar al vídeo: en uno de ellos se añadían detalles falsos que no aparecían en el vídeo y en el otro sólo había información verídica. Por lo tanto, dentro de cada uno de los dos grupos de edades se asignó a los niños a una de las cuatro condiciones experimentales: mal informados-evento negativo, mal informados-evento positivo, bien informados-evento negativo y bien informados-evento positivo.

Posteriormente se pasaba a los niños un cuestionario con 40 preguntas de respuesta múltiple para evaluar la memoria sobre el evento. La mitad de las preguntas eran correctas (por ejemplo, “¿el padre tenía el cabello oscuro y corto?” y así era). Diez de las preguntas restantes eran incorrectas (“¿lanza la pelota la niña al niño?” pero no sucedía así). Y las diez restantes tenían información incorrecta que aparecía en el texto con información falsa (“¿comían los niños un aperitivo?”). El orden de las preguntas fue aleatorio y de las cuatro opciones de respuesta, una era la verdadera, dos falsas y la cuarta era un “no lo sé” para evitar la respuesta forzosa.

Para confirmar que los datos de la primera fase se cumplían en esta segunda muestra, se pidió a los niños que dijeran si alguna vez habían vivido una experiencia similar a la del vídeo y que lo valoraran del 0 al 4. En ambos vídeos unas tres cuartas partes de los niños habían tenido una experiencia similar y la valoración media fue por encima de 3 puntos, por lo que se le atribuyó una alta intensidad emocional.

Se encontró que los niños de más edad eran menos maleables en cuanto a sus recuerdos y menos vulnerables a la información falsa que los más pequeños. También se encontró que se mejora el reconocimiento con la edad en el grupo que vio el evento negativo, pero no se encontró el mismo efecto en los que vieron el evento positivo. Además, el dar información falsa produjo más errores, especialmente cuando se trataba de detalles secundarios.

Aunque los datos son muy interesantes y suponen un avance, deben ser tenidos con cuidado en el ámbito forense. Los niños no fueron interrogados con recuerdo libre sino respondiendo a un test, lo que sesga la variedad de respuesta. Además, no había consecuencias de un error ni de una mentira en este experimento al tratarse de casi un juego para ellos y no de un testimonio real en un contexto policial. Por tanto, es aconsejable tomarse las generalizaciones con cuidado.

En busca de los “Ángeles de la Muerte”: Conceptualización del enfermero asesino en serie contemporáneo. Club de las Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “In Search of the ‘Angels of Death’: Conceptualising the Contemporary Nurse Healthcare Serial Killer”, de los autores Elizabeth Yardley y David Wilson, en un estudio de la Universidad de Birmingham, que hacen una revisión acerca de los asesinos en serie conocidos como “ángeles de la muerte” que actúan en el ámbito sanitario.

Inteligentes o no tanto. Jóvenes o maduros. Algunos son hombres, otros son mujeres. De distintas orientaciones sexuales. Médicos, enfermeras o meros asistentes. Hay una enorme diversidad tras este colectivo que en principio sólo parece tener una cosa en común: su capacidad para matar a la gente a la que deberían cuidar.

Son los llamados ángeles de la muerte. Se considera así a los empleados del sistema sanitario que hayan aprovechado su posición laboral para cometer al menos dos asesinatos en dos incidentes separados y poseer la capacidad psicológica de seguir haciéndolo. Entrarían dentro de este grupo médicos, enfermeros o cualquier persona que tenga a otras a su cargo y cuidado como trabajadores de residencias de ancianos. Este cargo “estratégico” les otorga la posición de poder sobre sus víctimas para decidir sobre la vida y la muerte. Víctimas que, por otro lado, se encuentran en un estado de indefensión, de enfermedad o de padecimiento crónico, lo que las convierte en víctimas ideales y de bajo riesgo para el asesino.

Algunas de las señales de advertencia que se han asociado con los ángeles de la muerte son los siguientes rasgos de personalidad o comportamientos:

  • Trasladarse de un hospital a otro.
  • Relaciones personales difíciles o reservadas.
  • Historia de inestabilidad mental o depresión.
  • Predice cuando alguien va a morir.
  • Comentarios extraños o afirmaciones sobre ser “gafe”.
  • Le gusta hablar sobre la muerte o hace comentarios extraños cuando alguien muere.
  • Durante su turno de trabajo hay una mayor incidencia de muertes.
  • Se muestra excesivamente entusiasmado acerca de sus habilidades.
  • Hace declaraciones inconsistentes cuando es interrogado acerca de las muertes.
  • Prefiere los turnos nocturnos o en los que haya menos compañeros.
  • Están asociados a incidentes en otros hospitales.
  • Ha estado involucrado en otras actividades criminales.
  • Sus compañeros se sienten ansiosos acerca de él o sospechan de él.
  • Busca captar atención.
  • Intentan evitar que otros supervisen a sus pacientes.
  • Se involucran durante la investigación de las muertes.
  • Están en posesión de drogas en sus casas o sus taquillas.
  • Mienten acerca de información personal.
  • Están en posesión de libros sobre venenos o asesinatos en serie.
  • Han tenido problemas disciplinarios.
  • Parecen tener un trastorno de la personalidad.
  • Tienen un problema de abuso de sustancias.

Por desgracia, no se sabe decir cuántas de estas señales deben de verse juntas para considerarlo un indicador o cuáles son mejores indicadores que otros. Y por ahora tampoco sabe decirse si un mayor número de estos rasgos correlaciona con una mayor tasa de asesinatos. Por ello, el objetivo de esta revisión de casos es servir de utilidad tanto a los hospitales como a la comprensión criminológica a la hora de detectar y comprender este subtipo de asesino en serie que por ahora ha pasado de puntillas por la investigación académica.

Para una revisión algo más exhaustiva se analizaron 41 casos de enfermeros que habían trabajado en un hospital y habían cometido mínimo dos asesinatos. Sin embargo, se excluyeron después de la lista los casos que apelaron o que más tarde fueron condenados por homicidio involuntario en lugar de asesinato. Se recogieron datos sociodemográficos de los distintos casos utilizando registros legales como Lexis y Westlaw, y con informes de prensa obtenidos a través de Nexis (base de datos electrónica con los principales periódicos británicos y unos 2000 periódicos del resto del mundo).

Finalmente la muestra se vio reducida a 16 asesinos (9 mujeres y 7 hombres). Los asesinatos ocurrieron entre 1977 y 2009, principalmente en Estados Unidos y Europa. Las edades fueron muy diversas, aunque la mitad de ellos estaban en la franja de edad entre 31 y 40 años. Respecto al número de asesinatos, a la mayoría se le asignan menos de 10 asesinatos (12 de 16). Existen casos de asesinos a los que se les han estimado más de 400 víctimas, pero no parecen representativos de este grupo. Respecto al tiempo de actividad, a gran parte les cogieron antes de los tres meses, aunque no hay ninguna tendencia temporal, llegando algunos a prolongar su actividad hasta los dos años. Así mismo, la mayoría cometieron sus crímenes en un único hospital o centro, aunque este dato ha de ser tomado con precaución: No puede descartarse que cometieran más crímenes en otros emplazamientos que hayan podido no ser detectados o para los que los fiscales no hayan logrado suficientes pruebas.

Respecto al género de las víctimas, salvo raras excepciones que mostraban predilección por un sexo en concreto, en la mayoría de casos encontramos que los ángeles de la muerte asesinan por igual a hombres y mujeres. En cuanto a las edades, podemos ver que la mitad de nuestra muestra asesinaban a adultos y personas de edad avanzada, además de un tercio que mataban únicamente a personas ancianas. Elegir como víctimas a niños o jóvenes es algo raro según estos datos. Además, la gran mayoría de ángeles de la muerte prefieren utilizar un único método para sus crímenes, siendo además el envenenamiento el método más popular. La sustancia utilizada en cambio es muy variada, siendo la más popular la insulina (19%).

Se ha intentado hacer una correlación entre estos datos y las 22 señales de alerta que antes mencionábamos. Se encontró que el asesino que más señales mostró fueron 11 pero los datos fueron muy dispersos. Aunque sí se encontró que los indicadores más comunes eran: mayor incidencia de muertes en su turno (94%), historia de inestabilidad mental o depresión (62,5%), provoca ansiedad a sus compañeros (56%), posesión de drogas (50%) y aparente trastorno de la personalidad (50%). Sin embargo, algunos indicadores no salieron ni una vez en esta muestra: Evitar que otros supervisen a sus pacientes, involucrarse en la investigación de la muerte y mentir sobre información personal. Aunque es importante tener en cuenta que los datos son poco fiables dado que están sujetos a interpretación al ser rasgos de personalidad y conductas poco específicas. (¿Moverse regularmente de un hospital a otro cada cuanto tiempo sería para decir que sí? ¿Cómo se mide objetivamente que alguien intente llamar la atención?).

En conclusión, esta investigación ha arrojado algo de luz a un subtipo de asesinos en serie poco estudiados como lo son los ángeles de la muerte. Sería interesante poder ampliar la muestra para lograr datos más fiables y que se perfeccionara la lista de indicadores con aclaraciones más precisas, de manera que podamos detectar a tiempo a estos criminales.

Homicidio homosexual juvenil. Club de la Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Juvenile Homosexual Homicide”, de los autores Wade C. Myers y Heng Choon (Oliver) Chan, en un estudio conjunto de las universidades de Tampa y Hong Kong, que hacen una revisión acerca de los asesinatos cometidos por varones menores de edad a personas de su mismo sexo.

El homicidio sexual es un tipo de asesinato en el que la sexualidad está presente como característica central, ya sea de forma explícita o simbólica. Según los datos recogidos por la Oficina Federal de Investigación de Estados Unidos, de 1976 a 2015 se registraron 3888 homicidios sexuales, de los cuales el 18% fueron crímenes “homosexuales” (17% hombres a hombres y el 1% mujeres a mujeres). Aunque los estudios que se han concentrado en este sector son limitados, los investigadores afirman que este tipo de delitos reflejan mayor violencia que los crímenes heterosexuales, reflejado en una mayor probabilidad de traumatismos craneales, estrangulamientos, numerosas puñaladas, múltiples tipos de lesiones y ensañamiento (exceso de heridas más allá de las necesarias para causar la muerte).

A pesar de lo dispares y escasos que son los informes que hay sobre este tema, parece un factor común en todos los casos reportados la presencia de tendencias sexuales sádicas combinadas con la capacidad de causar agresiones severas. De hecho, se cree que el sadismo sexual y los trastornos de conducta son los denominadores comunes de la mayoría de los homicidios sexuales juveniles.

Esta investigación aborda la epidemiología y las características del crimen en los casos de homicidios sexuales juveniles para tratar de arrojar algo de luz a ese sector tan olvidado. Usando como fuente los datos recogidos por la Oficina Federal de Investigación de Estados Unidos, de 1976 a 2015, encontramos que el 22% de todos los casos de homicidio sexual juvenil eran homosexuales. Es decir, 93 delincuentes que cometieron homicidio homosexual juvenil (88 hombres y 5 mujeres). La edad media de los varones era de 15,8 años, con un rango que oscilaba entre los 12 y los 17. El 69% fueron caucásicos y el 31% afroamericanos. Por el escaso número de casos recogidos en mujeres, se las deja fuera de la revisión.

Edad de inicio en la conducta de homicida: A medida que avanza la edad es más alto el número de víctimas, encontrando un 1% de agresores de 12 años de edad, un 6% tenían 13 años, y un 16% respectivamente con 14 y 15 años, después la cifra asciende considerablemente hasta un 31% de 16 años y un 30% de 17.

Victimología: La edad de las víctimas oscilaba entre los 2 y los 69 años, siendo la media 30,5. Un 75% fueron de raza blanca y un 25% afroamericanos. El rango de edad con mayor probabilidad de muerte fue la categoría de adultos (62%), seguida por los niños (17%), adolescentes (13%) y ancianos (8%).

Relación entre el agresor y la víctima: Las posibles relaciones se clasificaron en cuatro categorías: conocido/amigo, extraño, íntimo y miembro de la familia. En la mayoría de los casos, la relación entre los delincuentes y las víctimas pertenecía a la categoría de conocido/amigo (55%), seguido de extraños (36%), íntimos (5%) y familiares (4%). Además, ninguna de las víctimas de los miembros de la familia eran de primer grado (padres, hermanos o hijos). En la mayoría de los casos las víctimas fueron de la misma raza que el agresor (93% para caucásicos y 69% afroamericanos).

Arma del crimen: Se analizó también el arma homicida, encontrando que el 40% de las agresiones se cometían con armas de contacto o afiladas (ej. Cuchillos), casi la misma probabilidad que las armas de fuego con un 39%. Las armas personales como la estrangulación manual u otras partes del cuerpo fue un 18%. Otro tipo de armas como venenos o explosivos fue apenas un 3%. También se analizó la relación entre la elección de arma y la edad de la víctima. Contra los niños era más común el uso de armas personales (53%), contra los adolescentes y adultos armas de fuego (36% y 47% respectivamente), y contra ancianos armas de contacto o afiladas (71%).

Incidencia: Un dato esperanzador es que, analizando las fechas de los homicidios en rangos de cinco años, encontramos una tendencia a la disminución de estos crímenes con el tiempo, bajando del 36,36% entre 1976 y 1980 hasta un 3% entre 2001 y 2005.

Sin embargo, aunque pionero en su campo, la base de datos utilizada tiene una gran limitación al no tener información detallada de los motivos de la agresión ni demografía. Por lo tanto, no puede descartarse que los jóvenes homicidas sean heterosexuales o incluso que estuvieran actuando en defensa propia contra adultos que trataban de abusar de ellos. Teoría que no puede descartarse ya que el 62% de las víctimas eran adultos en lugar de compañeros de su edad y es relevante en comparación con otros grupos de delincuentes sexuales juveniles que atacan predominantemente a menores. Además, como se dijo al principio se han considerado un 22% de los asesinatos juveniles son homosexuales, lo que parece sobrerrepresentar a la población estadísticamente. De modo que de cara a futuras investigaciones será importante aumentar las características demográficas y psicosociales estudiadas para poder comprender realmente este tipo de homicidio y poder intervenir en su disminución.

Neuropredicción de un arresto reincidente. Club de las Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Neuroprediction of future rearrest”, de los autores Eyal Aharoni, Gina M. Vincent, Carla L. Harenski, Vince D. Calhoun, Walter Sinnott-Armstrong, Michael S. Gazzaniga y Kent A. Kiehl, de la Instituto de Tecnología de Massachusetts, que se adentra en la posibilidad de que una baja actividad en un área específica del cerebro en un delincuente correlacione con mayores posibilidades de volver cometer crímenes.

Para el sistema judicial, evaluar los riesgos de que un criminal vuelva a reincidir es una parte importante de la justicia. Y no sólo para el sistema judicial, también a nivel social es importante la capacidad de identificar con antelación y poder remediar el comportamiento antisocial. Hasta ahora la investigación en este campo ha girado en torno a la edad, el sexo, los antecedentes penales, consumo de drogas y otros factores de riesgo que han supuesto un avance en la predicción del futuro comportamiento antisocial.

Uno de los factores de riesgo más importantes y más estudiados en la reincidencia es la impulsividad. Entendemos la impulsividad como una baja tolerancia al estrés y a la frustración, falta de control de impulsos, incapacidad para considerar las consecuencias y comportamientos agresivos, que pueden derivar en actos delictivos. Las evaluaciones neuropsicológicas han demostrado la capacidad de predecir el comportamiento antisocial futuro mediante la evaluación de la impulsividad. Sin embargo, dado que estas medidas son indicadores indirectos de los sistemas de control inhibitorio y cognitivo del cerebro, ha llevado a plantear a los investigadores si una medida más directa de la actividad cerebral asociada con el control de impulsos pueda darnos el mismo resultado de forma más eficaz.

El control de impulsos está asociado a la actividad de una área del cerebro llamada “circunvolución del cíngulo anterior” (CCA), la cual es una pequeña región en la parte frontal involucrada en el procesamiento de errores, el control de conflictos, la selección de respuesta y el aprendizaje de evitación. Es por ello que en esta investigación se ha decidido poner en relación la actividad de esta zona cerebral con la reincidencia criminal.

Los participantes fueron 96 delincuentes varones de entre 20 y 52 años de distinta clasificación racial y étnica que pronto iban a ser puestos en libertad. Los investigadores utilizaron resonancias magnéticas para medir la actividad de la CCA de los participantes mientras realizaban una tarea de inhibición Go/No-Go, consistente en pulsar un botón cada vez que en la pantalla del ordenador aparecía una X (5 de cada 6 veces) y en no hacerlo cuando se mostraba una K (1 de cada 6), reaccionando lo más rápido posible. El desempeño exitoso consiste en saber controlar el impulso de pulsar el botón cuando no debe hacerse. Posteriormente se hizo un seguimiento de los exprisioneros durante cuatro años para controlar si ocurrían reincidencias.

De acuerdo con los resultados, los excriminales que tenían una baja actividad en el CCA eran más proclives a ser arrestados de nuevo. Sin embargo, los propios autores creen que aún deben estudiarse más estos resultados realizando más pruebas y teniendo en cuenta más variables. E incluso así, queda pendiente de evaluación la idoneidad de utilizar estos datos para realizar predicciones a nivel individual, dado que se podría estar vulnerando los derechos de los delincuentes. ¿No estaríamos cometiendo el mismo error que en la película Minority Report culpando a la gente antes de que cometan el crimen sólo por la posibilidad de que ocurra?

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