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Síndrome de Munchausen por Poder. Club de las Ciencias Forenses.

Sindrome de Munchausen por poder Club Ciencias Forenses

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Síndrome de Munchausen por poder”, de los autores María Fernanda Cujiño, Andrés Dávila, Mónica María Sarmiento, María Inés Villareal y Roberto Chaskel, de la Universidad de Bogotá, que realizan una revisión sobre el síndrome de Munchausen por poder en niños.

En el siglo XVIII, Karl Friedrich Hieronymus, barón de Münchhausen, se hizo famoso por contar historias de aventuras fantásticas que nunca le habían sucedido, como haber bailado en el estómago de una ballena o haber viajado a la luna. No fue hasta 1951 cuando el doctor Richard Asher, en honor al fantasioso barón, tomó su nombre para identificar a un peculiar síndrome consistente en fingir síntomas de enfermedad en ausencia de ésta. Es importante diferenciarlos de aquellos que simulan las dolencias para obtener algún beneficio o evitar responsabilidades, como sería el caso de cobrar un seguro médico o evitar la cárcel.  Los que adolecen este síndrome no buscan incentivos externos más allá de la atención médica que logran como pacientes.

Una variante de este síndrome es el Munchausen por poder, también conocido como trastorno facticio impuesto a otro, que como su nombre indica consiste en atribuir la enfermedad a otra persona, llegando a provocarle los síntomas incluso. Es frecuente que las víctimas en este caso sean menores de edad por lo que es considerada una forma de maltrato infantil potencialmente peligrosa y muy distinta de la que acostumbramos a tratar.

Los elementos esenciales del síndrome son la presencia de síntomas físicos o psicológicos que pueden ser inventados o producidos por los padres o cuidadores y que además remiten al separar a los niños de ellos y la negación por su parte de haber perpetrado la farsa. Los padres o cuidadores tienen la necesidad de enfermar al niño o de llamar la atención de esta forma. El problema radica en que no se posee una manera fácil de detectar las señales de este síndrome, por lo que es complejo ayudar a la sospecha diagnóstica ya que cualquier sistema puede encontrarse comprometido (respiratorio, gastrointestinal, cardiovascular) e incluso a veces presentar síntomas de diversas enfermedades al mismo tiempo. El síntoma más frecuente es el sangrado de cualquier tipo (44%), seguido de convulsiones (42%), apnea (15%), diarrea (11%), vómito (10%) y fiebre (10%).

Se ha calculado que existe una incidencia anual de 0,5 a 2 por cada 100000 niños menores de 16 años. La prevalencia es por igual en ambos sexos y la edad promedio es entre los tres y los cuatro años, aunque incluso se han observado casos en fetos. Y el intervalo entre el inicio de los síntomas y el diagnóstico es de 15 meses. Por lo general, la causante es la madre.

Como decíamos, no es fácil detectar este síndrome, pero hay algunas señales que pueden servir de indicadores a los clínicos:

  • Enfermedad persistente o recurrente que no puede ser explicada adecuadamente con una base médica.
  • Signos y síntomas que aparecen en la presencia del cuidador y desaparecen en su ausencia.
  • Madre sobreinvolucrada con la atención del paciente y siempre presente en el hospital.
  • El caso descrito parece un trastorno raro.
  • Ausencia de respuesta a tratamientos adecuados.
  • Discrepancia entre la historia, los hallazgos clínicos y el buen estado del niño.
  • Madre menos preocupada que el personal médico acerca de la enfermedad del paciente.
  • Familias con antecedentes previos de muertes infantiles inexplicadas.
  • Cuidador con experiencia o entrenamiento en el campo de la salud.
  • Historia psiquiátrica de la madre.
  • Conducta extraña de la madre en el hospital.
  • Gran cantidad de exámenes paraclínicos realizados y dentro de los límites normales.

Además, es importante conocer a los padres para ver sus perfiles. En general, los padres tienen buena relación con el equipo médico hasta que se descartan las causas orgánicas de la enfermedad de su hijo. La mayoría serán madres con experiencia o cercanía al área de salud y padres que no saben de la supuesta enfermedad o están poco involucrados en el cuidado del niño, frecuentemente con trabajos que les alejan de la familia por largos periodos de tiempo y una relación marital pobre.  Además, podemos ver que las madres son sobreprotectoras, aunque más afectivas con sus hijos cuando hay personas delante, y no reaccionan bien cuando se les discute sobre la enfermedad del niño o de las técnicas médicas a emplear.

La tasa de mortalidad de los niños diagnosticados es de 9%, siendo las causas de muerte más frecuente son sofocación y envenenamiento. En aquellos pacientes que no habían sufrido previamente heridas físicas y volvieron con sus familias se encontró evidencia de maltrato en 17% a los dos años de seguimiento. Algunos estudios añaden que, en caso de muerte en el primer niño, los padres inician el síndrome en otros niños de la casa. También se ha observado el patrón de que, al crecer, los niños se vuelven colaboradores y aceptan su papel de enfermos, aprendiendo pasivamente a tolerar los procedimientos médicos. Son niños que en un futuro muestran comportamiento hipocondriaco y llegan a ser perpetuadores del síndrome de Munchausen con sus propios hijos.

En conclusión, aún sabemos poco de este tipo de abuso que, por lo general, tiene como víctimas a los niños. A pesar de tener algunos indicadores basados principalmente en el perfil psicológico de los padres, es difícil dar una respuesta rápida ya que por las diversas formas de manifestarse el maltrato no es hasta que falla el tratamiento que podemos empezar a sospechar que se trata de una sintomatología provocada. Sin embargo, una vez detectado es importante la intervención tanto en el adulto perpetrador como en el propio niño para evitar que en un futuro continúe esa cadena de atrocidad.

Diferencias del desarrollo en la niñez intermedia en la memoria y la sugestión para eventos negativos y positivos. Club de las Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Developmental Differences across Middle Childhood in Memory and Suggestibility for Negative and Positive Events”, de los autores Pedro M. Paz-Alonso y Gail S. Goodman, en un estudio conjunto de la Universidad de California y el Centro de Cognición, Cerebro y Lenguaje de Gipuzkoa, que estudia las diferencias en la memoria de los niños para eventos positivos y negativos según su franja de edad.

Una niña dice una mentira, pongamos que por un enfado propio de su edad. La niña acusa a un adulto de haber hecho algo que no debía con ella. Otros adultos lo oyen, se escandalizan y, a falta de un interrogatorio correctamente realizado, la niña es sugestionada y acaba creyendo su propia mentira. Y con esto, tanto la vida del hombre como de la niña quedan destrozadas.

El argumento de La Caza de Thomas Vinterberg podría ser fácilmente una historia basada en hechos reales. En el ámbito jurídico, el testimonio de los niños en ocasiones es necesario y si bien todos somos vulnerables de caer en las falsas memorias, es importante recordar que la mente de los niños es especialmente manipulable. Es por ello que es importante el estudio de los interrogatorios a menores para tener siempre la mayor confianza posible de que estamos acusando o defendiendo a alguien bajo un testimonio verídico.

Además, en gran medida, los experimentos sobre testimonios de niños se han basado en la memoria de estímulos neutros. Aunque también es posible que se necesite declarar sobre casos así, es más probable que el testimonio requerido sea en torno a un acontecimiento con carga emocional. Por ello, este estudio trata de evaluar la memoria de los niños de distintas edades sobre elementos con carga emocional.

El experimento tuvo dos fases. En la primera, se examinaron a 216 niños de 8 a 12 años sobre la intensidad de experiencias negativas y positivas. En primer lugar, se les pedía que dijeran hasta cuatro eventos positivos y otros cuatro negativos que les hubiera ocurrido en el último año. Después se les pedía que valoraran la intensidad de esos eventos de 0 (nada intensa) a 4 (muy intensa). Codificando juntos los eventos similares (por ejemplo, “mi décimo cumpleaños” y “mi fiesta de cumpleaños”) se juntaron un total de 37 eventos negativos y 40 positivos. La experiencia negativa más común fue “accidente/enfermedad”, mientras que la positiva fue “excursión/viaje con los padres”, por lo que se escogieron esas dos categorías para la siguiente fase.

En la segunda fase se utilizaron a otros 227 niños diferentes de los de la fase anterior de la misma franja de edad y se les clasificó en niños de 8 y 9 años por un lado, y niños de 10 a 12 por otro. Para esta fase se diseñaron dos vídeos basándose en los resultados de la primera fase, con una duración de 3 minutos y 40 segundos. Ambos vídeos mostraban una excursión familiar al campo pero tenían 30 segundos de metraje diferente: en uno, el niño se caía y lloraba en el suelo por las heridas de sus brazos y rodillas (evento negativo); en el otro, el niño jugaba con su padre (evento positivo). También se crearon dos textos diferentes para acompañar al vídeo: en uno de ellos se añadían detalles falsos que no aparecían en el vídeo y en el otro sólo había información verídica. Por lo tanto, dentro de cada uno de los dos grupos de edades se asignó a los niños a una de las cuatro condiciones experimentales: mal informados-evento negativo, mal informados-evento positivo, bien informados-evento negativo y bien informados-evento positivo.

Posteriormente se pasaba a los niños un cuestionario con 40 preguntas de respuesta múltiple para evaluar la memoria sobre el evento. La mitad de las preguntas eran correctas (por ejemplo, “¿el padre tenía el cabello oscuro y corto?” y así era). Diez de las preguntas restantes eran incorrectas (“¿lanza la pelota la niña al niño?” pero no sucedía así). Y las diez restantes tenían información incorrecta que aparecía en el texto con información falsa (“¿comían los niños un aperitivo?”). El orden de las preguntas fue aleatorio y de las cuatro opciones de respuesta, una era la verdadera, dos falsas y la cuarta era un “no lo sé” para evitar la respuesta forzosa.

Para confirmar que los datos de la primera fase se cumplían en esta segunda muestra, se pidió a los niños que dijeran si alguna vez habían vivido una experiencia similar a la del vídeo y que lo valoraran del 0 al 4. En ambos vídeos unas tres cuartas partes de los niños habían tenido una experiencia similar y la valoración media fue por encima de 3 puntos, por lo que se le atribuyó una alta intensidad emocional.

Se encontró que los niños de más edad eran menos maleables en cuanto a sus recuerdos y menos vulnerables a la información falsa que los más pequeños. También se encontró que se mejora el reconocimiento con la edad en el grupo que vio el evento negativo, pero no se encontró el mismo efecto en los que vieron el evento positivo. Además, el dar información falsa produjo más errores, especialmente cuando se trataba de detalles secundarios.

Aunque los datos son muy interesantes y suponen un avance, deben ser tenidos con cuidado en el ámbito forense. Los niños no fueron interrogados con recuerdo libre sino respondiendo a un test, lo que sesga la variedad de respuesta. Además, no había consecuencias de un error ni de una mentira en este experimento al tratarse de casi un juego para ellos y no de un testimonio real en un contexto policial. Por tanto, es aconsejable tomarse las generalizaciones con cuidado.

En busca de los “Ángeles de la Muerte”: Conceptualización del enfermero asesino en serie contemporáneo. Club de las Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “In Search of the ‘Angels of Death’: Conceptualising the Contemporary Nurse Healthcare Serial Killer”, de los autores Elizabeth Yardley y David Wilson, en un estudio de la Universidad de Birmingham, que hacen una revisión acerca de los asesinos en serie conocidos como “ángeles de la muerte” que actúan en el ámbito sanitario.

Inteligentes o no tanto. Jóvenes o maduros. Algunos son hombres, otros son mujeres. De distintas orientaciones sexuales. Médicos, enfermeras o meros asistentes. Hay una enorme diversidad tras este colectivo que en principio sólo parece tener una cosa en común: su capacidad para matar a la gente a la que deberían cuidar.

Son los llamados ángeles de la muerte. Se considera así a los empleados del sistema sanitario que hayan aprovechado su posición laboral para cometer al menos dos asesinatos en dos incidentes separados y poseer la capacidad psicológica de seguir haciéndolo. Entrarían dentro de este grupo médicos, enfermeros o cualquier persona que tenga a otras a su cargo y cuidado como trabajadores de residencias de ancianos. Este cargo “estratégico” les otorga la posición de poder sobre sus víctimas para decidir sobre la vida y la muerte. Víctimas que, por otro lado, se encuentran en un estado de indefensión, de enfermedad o de padecimiento crónico, lo que las convierte en víctimas ideales y de bajo riesgo para el asesino.

Algunas de las señales de advertencia que se han asociado con los ángeles de la muerte son los siguientes rasgos de personalidad o comportamientos:

  • Trasladarse de un hospital a otro.
  • Relaciones personales difíciles o reservadas.
  • Historia de inestabilidad mental o depresión.
  • Predice cuando alguien va a morir.
  • Comentarios extraños o afirmaciones sobre ser “gafe”.
  • Le gusta hablar sobre la muerte o hace comentarios extraños cuando alguien muere.
  • Durante su turno de trabajo hay una mayor incidencia de muertes.
  • Se muestra excesivamente entusiasmado acerca de sus habilidades.
  • Hace declaraciones inconsistentes cuando es interrogado acerca de las muertes.
  • Prefiere los turnos nocturnos o en los que haya menos compañeros.
  • Están asociados a incidentes en otros hospitales.
  • Ha estado involucrado en otras actividades criminales.
  • Sus compañeros se sienten ansiosos acerca de él o sospechan de él.
  • Busca captar atención.
  • Intentan evitar que otros supervisen a sus pacientes.
  • Se involucran durante la investigación de las muertes.
  • Están en posesión de drogas en sus casas o sus taquillas.
  • Mienten acerca de información personal.
  • Están en posesión de libros sobre venenos o asesinatos en serie.
  • Han tenido problemas disciplinarios.
  • Parecen tener un trastorno de la personalidad.
  • Tienen un problema de abuso de sustancias.

Por desgracia, no se sabe decir cuántas de estas señales deben de verse juntas para considerarlo un indicador o cuáles son mejores indicadores que otros. Y por ahora tampoco sabe decirse si un mayor número de estos rasgos correlaciona con una mayor tasa de asesinatos. Por ello, el objetivo de esta revisión de casos es servir de utilidad tanto a los hospitales como a la comprensión criminológica a la hora de detectar y comprender este subtipo de asesino en serie que por ahora ha pasado de puntillas por la investigación académica.

Para una revisión algo más exhaustiva se analizaron 41 casos de enfermeros que habían trabajado en un hospital y habían cometido mínimo dos asesinatos. Sin embargo, se excluyeron después de la lista los casos que apelaron o que más tarde fueron condenados por homicidio involuntario en lugar de asesinato. Se recogieron datos sociodemográficos de los distintos casos utilizando registros legales como Lexis y Westlaw, y con informes de prensa obtenidos a través de Nexis (base de datos electrónica con los principales periódicos británicos y unos 2000 periódicos del resto del mundo).

Finalmente la muestra se vio reducida a 16 asesinos (9 mujeres y 7 hombres). Los asesinatos ocurrieron entre 1977 y 2009, principalmente en Estados Unidos y Europa. Las edades fueron muy diversas, aunque la mitad de ellos estaban en la franja de edad entre 31 y 40 años. Respecto al número de asesinatos, a la mayoría se le asignan menos de 10 asesinatos (12 de 16). Existen casos de asesinos a los que se les han estimado más de 400 víctimas, pero no parecen representativos de este grupo. Respecto al tiempo de actividad, a gran parte les cogieron antes de los tres meses, aunque no hay ninguna tendencia temporal, llegando algunos a prolongar su actividad hasta los dos años. Así mismo, la mayoría cometieron sus crímenes en un único hospital o centro, aunque este dato ha de ser tomado con precaución: No puede descartarse que cometieran más crímenes en otros emplazamientos que hayan podido no ser detectados o para los que los fiscales no hayan logrado suficientes pruebas.

Respecto al género de las víctimas, salvo raras excepciones que mostraban predilección por un sexo en concreto, en la mayoría de casos encontramos que los ángeles de la muerte asesinan por igual a hombres y mujeres. En cuanto a las edades, podemos ver que la mitad de nuestra muestra asesinaban a adultos y personas de edad avanzada, además de un tercio que mataban únicamente a personas ancianas. Elegir como víctimas a niños o jóvenes es algo raro según estos datos. Además, la gran mayoría de ángeles de la muerte prefieren utilizar un único método para sus crímenes, siendo además el envenenamiento el método más popular. La sustancia utilizada en cambio es muy variada, siendo la más popular la insulina (19%).

Se ha intentado hacer una correlación entre estos datos y las 22 señales de alerta que antes mencionábamos. Se encontró que el asesino que más señales mostró fueron 11 pero los datos fueron muy dispersos. Aunque sí se encontró que los indicadores más comunes eran: mayor incidencia de muertes en su turno (94%), historia de inestabilidad mental o depresión (62,5%), provoca ansiedad a sus compañeros (56%), posesión de drogas (50%) y aparente trastorno de la personalidad (50%). Sin embargo, algunos indicadores no salieron ni una vez en esta muestra: Evitar que otros supervisen a sus pacientes, involucrarse en la investigación de la muerte y mentir sobre información personal. Aunque es importante tener en cuenta que los datos son poco fiables dado que están sujetos a interpretación al ser rasgos de personalidad y conductas poco específicas. (¿Moverse regularmente de un hospital a otro cada cuanto tiempo sería para decir que sí? ¿Cómo se mide objetivamente que alguien intente llamar la atención?).

En conclusión, esta investigación ha arrojado algo de luz a un subtipo de asesinos en serie poco estudiados como lo son los ángeles de la muerte. Sería interesante poder ampliar la muestra para lograr datos más fiables y que se perfeccionara la lista de indicadores con aclaraciones más precisas, de manera que podamos detectar a tiempo a estos criminales.

Homicidio homosexual juvenil. Club de la Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Juvenile Homosexual Homicide”, de los autores Wade C. Myers y Heng Choon (Oliver) Chan, en un estudio conjunto de las universidades de Tampa y Hong Kong, que hacen una revisión acerca de los asesinatos cometidos por varones menores de edad a personas de su mismo sexo.

El homicidio sexual es un tipo de asesinato en el que la sexualidad está presente como característica central, ya sea de forma explícita o simbólica. Según los datos recogidos por la Oficina Federal de Investigación de Estados Unidos, de 1976 a 2015 se registraron 3888 homicidios sexuales, de los cuales el 18% fueron crímenes “homosexuales” (17% hombres a hombres y el 1% mujeres a mujeres). Aunque los estudios que se han concentrado en este sector son limitados, los investigadores afirman que este tipo de delitos reflejan mayor violencia que los crímenes heterosexuales, reflejado en una mayor probabilidad de traumatismos craneales, estrangulamientos, numerosas puñaladas, múltiples tipos de lesiones y ensañamiento (exceso de heridas más allá de las necesarias para causar la muerte).

A pesar de lo dispares y escasos que son los informes que hay sobre este tema, parece un factor común en todos los casos reportados la presencia de tendencias sexuales sádicas combinadas con la capacidad de causar agresiones severas. De hecho, se cree que el sadismo sexual y los trastornos de conducta son los denominadores comunes de la mayoría de los homicidios sexuales juveniles.

Esta investigación aborda la epidemiología y las características del crimen en los casos de homicidios sexuales juveniles para tratar de arrojar algo de luz a ese sector tan olvidado. Usando como fuente los datos recogidos por la Oficina Federal de Investigación de Estados Unidos, de 1976 a 2015, encontramos que el 22% de todos los casos de homicidio sexual juvenil eran homosexuales. Es decir, 93 delincuentes que cometieron homicidio homosexual juvenil (88 hombres y 5 mujeres). La edad media de los varones era de 15,8 años, con un rango que oscilaba entre los 12 y los 17. El 69% fueron caucásicos y el 31% afroamericanos. Por el escaso número de casos recogidos en mujeres, se las deja fuera de la revisión.

Edad de inicio en la conducta de homicida: A medida que avanza la edad es más alto el número de víctimas, encontrando un 1% de agresores de 12 años de edad, un 6% tenían 13 años, y un 16% respectivamente con 14 y 15 años, después la cifra asciende considerablemente hasta un 31% de 16 años y un 30% de 17.

Victimología: La edad de las víctimas oscilaba entre los 2 y los 69 años, siendo la media 30,5. Un 75% fueron de raza blanca y un 25% afroamericanos. El rango de edad con mayor probabilidad de muerte fue la categoría de adultos (62%), seguida por los niños (17%), adolescentes (13%) y ancianos (8%).

Relación entre el agresor y la víctima: Las posibles relaciones se clasificaron en cuatro categorías: conocido/amigo, extraño, íntimo y miembro de la familia. En la mayoría de los casos, la relación entre los delincuentes y las víctimas pertenecía a la categoría de conocido/amigo (55%), seguido de extraños (36%), íntimos (5%) y familiares (4%). Además, ninguna de las víctimas de los miembros de la familia eran de primer grado (padres, hermanos o hijos). En la mayoría de los casos las víctimas fueron de la misma raza que el agresor (93% para caucásicos y 69% afroamericanos).

Arma del crimen: Se analizó también el arma homicida, encontrando que el 40% de las agresiones se cometían con armas de contacto o afiladas (ej. Cuchillos), casi la misma probabilidad que las armas de fuego con un 39%. Las armas personales como la estrangulación manual u otras partes del cuerpo fue un 18%. Otro tipo de armas como venenos o explosivos fue apenas un 3%. También se analizó la relación entre la elección de arma y la edad de la víctima. Contra los niños era más común el uso de armas personales (53%), contra los adolescentes y adultos armas de fuego (36% y 47% respectivamente), y contra ancianos armas de contacto o afiladas (71%).

Incidencia: Un dato esperanzador es que, analizando las fechas de los homicidios en rangos de cinco años, encontramos una tendencia a la disminución de estos crímenes con el tiempo, bajando del 36,36% entre 1976 y 1980 hasta un 3% entre 2001 y 2005.

Sin embargo, aunque pionero en su campo, la base de datos utilizada tiene una gran limitación al no tener información detallada de los motivos de la agresión ni demografía. Por lo tanto, no puede descartarse que los jóvenes homicidas sean heterosexuales o incluso que estuvieran actuando en defensa propia contra adultos que trataban de abusar de ellos. Teoría que no puede descartarse ya que el 62% de las víctimas eran adultos en lugar de compañeros de su edad y es relevante en comparación con otros grupos de delincuentes sexuales juveniles que atacan predominantemente a menores. Además, como se dijo al principio se han considerado un 22% de los asesinatos juveniles son homosexuales, lo que parece sobrerrepresentar a la población estadísticamente. De modo que de cara a futuras investigaciones será importante aumentar las características demográficas y psicosociales estudiadas para poder comprender realmente este tipo de homicidio y poder intervenir en su disminución.

Neuropredicción de un arresto reincidente. Club de las Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Neuroprediction of future rearrest”, de los autores Eyal Aharoni, Gina M. Vincent, Carla L. Harenski, Vince D. Calhoun, Walter Sinnott-Armstrong, Michael S. Gazzaniga y Kent A. Kiehl, de la Instituto de Tecnología de Massachusetts, que se adentra en la posibilidad de que una baja actividad en un área específica del cerebro en un delincuente correlacione con mayores posibilidades de volver cometer crímenes.

Para el sistema judicial, evaluar los riesgos de que un criminal vuelva a reincidir es una parte importante de la justicia. Y no sólo para el sistema judicial, también a nivel social es importante la capacidad de identificar con antelación y poder remediar el comportamiento antisocial. Hasta ahora la investigación en este campo ha girado en torno a la edad, el sexo, los antecedentes penales, consumo de drogas y otros factores de riesgo que han supuesto un avance en la predicción del futuro comportamiento antisocial.

Uno de los factores de riesgo más importantes y más estudiados en la reincidencia es la impulsividad. Entendemos la impulsividad como una baja tolerancia al estrés y a la frustración, falta de control de impulsos, incapacidad para considerar las consecuencias y comportamientos agresivos, que pueden derivar en actos delictivos. Las evaluaciones neuropsicológicas han demostrado la capacidad de predecir el comportamiento antisocial futuro mediante la evaluación de la impulsividad. Sin embargo, dado que estas medidas son indicadores indirectos de los sistemas de control inhibitorio y cognitivo del cerebro, ha llevado a plantear a los investigadores si una medida más directa de la actividad cerebral asociada con el control de impulsos pueda darnos el mismo resultado de forma más eficaz.

El control de impulsos está asociado a la actividad de una área del cerebro llamada “circunvolución del cíngulo anterior” (CCA), la cual es una pequeña región en la parte frontal involucrada en el procesamiento de errores, el control de conflictos, la selección de respuesta y el aprendizaje de evitación. Es por ello que en esta investigación se ha decidido poner en relación la actividad de esta zona cerebral con la reincidencia criminal.

Los participantes fueron 96 delincuentes varones de entre 20 y 52 años de distinta clasificación racial y étnica que pronto iban a ser puestos en libertad. Los investigadores utilizaron resonancias magnéticas para medir la actividad de la CCA de los participantes mientras realizaban una tarea de inhibición Go/No-Go, consistente en pulsar un botón cada vez que en la pantalla del ordenador aparecía una X (5 de cada 6 veces) y en no hacerlo cuando se mostraba una K (1 de cada 6), reaccionando lo más rápido posible. El desempeño exitoso consiste en saber controlar el impulso de pulsar el botón cuando no debe hacerse. Posteriormente se hizo un seguimiento de los exprisioneros durante cuatro años para controlar si ocurrían reincidencias.

De acuerdo con los resultados, los excriminales que tenían una baja actividad en el CCA eran más proclives a ser arrestados de nuevo. Sin embargo, los propios autores creen que aún deben estudiarse más estos resultados realizando más pruebas y teniendo en cuenta más variables. E incluso así, queda pendiente de evaluación la idoneidad de utilizar estos datos para realizar predicciones a nivel individual, dado que se podría estar vulnerando los derechos de los delincuentes. ¿No estaríamos cometiendo el mismo error que en la película Minority Report culpando a la gente antes de que cometan el crimen sólo por la posibilidad de que ocurra?

Efectos de la personalidad, técnicas de interrogación y plausibilidad en un paradigma experimental de confesión falsa. Club de las Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Effects of personality, interrogation techniques and plausibility in an experimental false confession paradigm”, de los autores Jessica R. Klaver, Zina Lee y V. Gordon Rose, de las universidades de Alabama (USA) y Simon Fraser (Canadá), que trata de abordar los factores individuales y situacionales que pueden contribuir a la obtención de confesiones falsas.

Por lo general, una confesión es la prueba más influyente en un juicio. Incluso en casos de juicios simulados, cuando se ha pedido expresamente que no se tengan en cuenta las confesiones, éstas aumentan la tasa de veredictos de culpabilidad. Y es que es una prueba que ha demostrado un impacto más fuerte que incluso el testimonio de testigos.

Ciertamente, la mayoría de sospechosos que confiesan un crimen son culpables y en gran parte de las confesiones hay corroboración. Sin embargo, existen numerosos casos de condenas erróneas resultado de confesiones falsas. Por tanto, debido a gran influencia que tienen las confesiones en el veredicto es importante examinar qué factores pueden estar implicados en la producción de confesiones falsas.

Para este estudio los participantes fueron 219 estudiantes universitarios, en su mayoría mujeres, de unos dieciocho años, y de diverso origen étnico. Se les aplicaron test de sugestionabilidad, obediencia, autoestima y locus de control. También completaron un cuestionario de datos demográficos para indagar sobre la edad, el género, el origen étnico, la fluidez del idioma y el nivel educativo.

Posteriormente se pedía a los participantes que llevaran a cabo una prueba de mecanografía, haciéndoles creer que se estaba midiendo su velocidad. Se diseñaron dos versiones del experimento: alta y baja verosimilitud. En la de alta verosimilitud, a los participantes se les advirtió que no debían tocar la tecla ALT, ya que hacerlo bloquearía el programa y se perderían los datos. El diseño estaba preparado para que cuando pulsaran la tecla Z (muy cercana a ALT) se bloqueara el ordenador. En el diseño de baja verosimilitud, lo que no debían pulsar era la tecla ESC, que está distante de la Z, lo que haría poco plausible que la tocaran por accidente durante el ejercicio. En esta situación también se bloqueaba el ordenador al pulsar la Z en determinado momento.

Luego se dividía a los participantes en dos estrategias diferentes de interrogatorio con la finalidad de hacerles firmar una confesión escrita de que habían pulsado la tecla prohibida. Una de las estrategias consistía en minimizar el acto para normalizarlo, culpando al ordenador en lugar de al participante para darle una sensación de falsa seguridad: “No se preocupe, no fue su culpa. Varias personas lo han pulsado por accidente. La tecla es demasiado sensible y con apenas rozarla se activa. ¿Es eso lo que pasó?”

En la condición de maximizar el acto, el experimentador inducía intimidación y exageraba la gravedad de la presunta transgresión: “Hemos llevado a cabo más de cincuenta ensayos en las últimas tres semanas y es la única vez que se ha bloqueado el ordenador. Ahora no hay manera de recuperar los datos. Usted lo ha pulsado, ¿verdad?”

En todas las condiciones se pedía al participante que firmara una confesión escrita que indicaba: “He pulsado la tecla ALT/ESC y he causado que el equipo se bloquee. Todos los datos se perdieron”. Independientemente de si firmaba, el experimentador explicaba que el ordenador tendría que ser reprogramado para que se pudiera terminar el ensayo y se le pudiera dar el crédito al estudiante y alegaba tener que salir de la habitación para hablar con el supervisor del proyecto. Una vez salía de la habitación entraba otro experimentador que se hacía pasar por otro estudiante y preguntaba al participante qué había ocurrido porque había oído voces fuera. La respuesta del participante se registraba literalmente.

Las dos medidas que se buscaban en el experimento eran la confesión falsa y la internalización de la culpa. La confesión se medía en cuanto a la firma del papel con la confesión, y la internalización en función de la respuesta dada al otro experimentador. Para evitar sesgos sólo se consideraba internalizada la culpa si el participante aceptaba haber pulsado la tecla. Si daba respuestas vagas como “creo que sí”, “no estoy seguro”, “tal vez” o “él dice que he pulsado la tecla” se consideraba que no la había internalizado.

Los resultados muestran que un 43% de los participantes confesaron haberlo hecho aun siendo inocentes y un 10% llegó a internalizar la culpa, es decir, a creerlo de verdad. Además, si se minimizaban los hechos era mucho más probable una confesión y una internalización, y también influyó altamente si los hechos eran plausibles (tecla cercana o alejada). De hecho, ningún participante internalizó la culpa en el caso de la baja plausibilidad, ni siquiera minimizando los hechos. Esto concuerda con otros experimentos que afirman que los eventos pueden ser implantados en la memoria en la medida en la que son plausibles para la persona.

En cuanto a las otras variables, se encontró que había una tendencia mayor a las confesiones en las mujeres pero los datos no llegaron a ser significativos. Tampoco hubo diferencias significativas en cuanto a la etnia ni las variables de personalidad estudiadas. Sin embargo, sí se encontró que las personas más sugestionables eran más propensas a firmar la confesión falsa, aunque curiosamente esta evidencia se cumplía únicamente en los participantes caucásicos.

Es posible que se requieran otros paradigmas para estudiar la influencia del comportamiento en las confesiones falsas, o quizás sean otros rasgos de la personalidad los que han de someterse a estudios. Lo que es seguro es que aún nos queda mucho por averiguar y que, dados estos resultados, debemos tener cautela a la hora de minimizar los hechos en un interrogatorio.

Notas de suicidio reales y falsas: un análisis de contenido. Club de las Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Genuine and simulated suicide notes: An analysis of content”, de los autores Maria Ioannou y Agata Debowska, de la International Research Centre for Investigative Psychology, donde se analizan las diferencias en el contenido entre notas de suicidios reales y simuladas.

“Lo siento. Ya no puedo más.
Lo he intentado, de verdad que sí, pero ya no puedo más.
Adiós”

¿Verdadera o falsa? Detrás de cada nota de suicidio hay una pregunta, la diferencia entre una despedida y un asesino que queda en impune. Y no sólo eso, las cartas siempre están dirigidas a alguien, reflejan la necesidad de ser comprendidos: son un acto social. El estudio de las notas de suicidio nos permite ahondar en la mente perturbada y ayudarnos a comprenderla.

Con este objetivo se analizaron sesenta y seis notas: treinta y tres notas pertenecientes a personas que cometieron suicidio y treinta y tres notas falsas. Para homegeneizar la muestra, las cartas se agruparon por parejas de una real y una falsa haciéndolas corresponder en edad, sexo y nivel ocupacional de sus autores. Las cartas falsas se obtuvieron de voluntarios a los que se les pidió que escribieran la nota que dejarían en caso de cometer suicidio.

Se encontró que se podían clasificar los temas que figuraban en las notas de suicidio en: reales, falsos y neutros (los que se encuentran por igual en ambos tipos de nota).

  • Las notas auténticas son muy emocionales y plantean problemas interpersonales complejos. Por otro lado, podemos encontrar tanto emociones positivas como negativas, a veces incluso entremezcladas a lo largo de la carta. Los temas más comunes son identificar a los familiares, dejar instrucciones, morir por un ideal, relacionar eventos con el suicidio, relación amorosa compleja, autodesprecio, sarcasmo, ira y despedirse. Así mismo, también se señalan algunos temas menos comunes pero que raramente se encuentran en notas falsas: Fecha y firma del escritor, decisión difícil, no escriben en tiempo futuro, adicción, soledad, cuidar de los seres queridos desde el más allá, lamentar el pasado, dar las gracias, despreciar a otros y falta de resentimiento.
  • Las notas falsas se caracterizan por un enfoque más cognitivo que emocional y un habla más metafórica, no abordan directamente las razones para cometer suicidio y hablan de nobles ideas a veces no relacionadas. Los temas falsos más significativos fueron la autonomía, ser una carga y la injusticia.
  • Los elementos que se pueden encontrar en ambos tipos de notas, es decir, los catalogados como neutros, son los asuntos médicos o psiquiátricos, el esfuerzo, la duración de los problemas y ser un mártir.

Además se encontró que algunos elementos se utilizaron en más del 40% de todas las notas y, por lo tanto, no se pueden utilizar para diferenciar entre notas genuinas y simuladas. Éstos son: disculpas (45,5%), razones inespecíficas de suicidio (43,9%), construcción positiva de la pareja (42,4%) y expresiones de amor (40,9%).

La escritura refleja el estado psicológico del escritor y eso nos adentra en la mente suicida. De modo que podemos utilizar los temas del contenido de las notas de suicidio para diferenciar las notas genuinas de las falsas con bastante fiabilidad.

Bajo presión: Mujeres que asumen la culpa de crímenes que no han cometido. Club de las Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, esta semana les proponemos un resumen del artículo “Under pressure: Women who plead guilty to crimes they have not committed”, de la autora Stephen Jones, de la Universidad de Bristol, en el cuál se analiza la posibilidad de que haya factores de género que empujen a las mujeres a confesar crímenes que no han cometido.

Hace trescientos años, las mujeres ardían en la hoguera acusadas por brujería. A día de hoy, no dudamos de que todas ellas eran inocentes inculpadas por la paranoia y el miedo. Pero, ¿sabía que en la mayoría de los casos ellas mismas se declaraban culpables? Y lo hacían a sabiendas de cuál sería su condena por ello alentadas por la presión de sus seres queridos y por consecuencias que traería sobre ellas seguir manteniendo su inocencia. La falsa confesión era la salida fácil a un infierno físico y psicológico.

Aunque esto pueda parecernos algo del pasado, el estudio de Stephen Jones echa un vistazo a las cárceles inglesas para sacar a la luz el testimonio de decenas de mujeres que se declararon a sí mismas culpables de crímenes que no habían cometido. Basándose en estudios anteriores que compartían su hipótesis, llevó a cabo 50 entrevistas semiestructuradas a mujeres condenadas sobre su relación con sus co-acusados para indagar en las causas de su falsa declaración.

Las razones por las que las personas confiesan falsamente son complejas y variadas, pero lo que tienden a tener en común es la creencia de que mentir diciendo que cometieron el crimen en cuestión será más beneficioso que continuar manteniendo su inocencia. Según un estudio de Gudjonsson y Sigurdsson, las tres razones más comunes dadas por todos los prisioneros para hacer falsas confesiones fueron la presión policial, la protección de otra persona y la prevención de la detención policial. Dentro de esas tres razones, las mujeres eran mucho más propensas que los hombres a hacer una falsa confesión para proteger a otra persona. Un estudio posterior de estos mismos autores demostró que la baja autoestima de las mujeres las llevaba a ser más complacientes en las solicitudes hechas por otras personas, especialmente en figuras de autoridad (y sobre todo si son hombres), para evitar conflictos. Esta reacción se vería acentuada en situaciones en las que se sienten impotentes como es el caso de una detención policial.

Al parecer, hay algunas formas de presión para admitir la culpa a las que las mujeres son especialmente sensibles respecto a los hombres:

  • Responsabilidades familiares: Como cuidadora primaria, las mujeres sufren un estrés considerable cuando están separadas de sus familias. La presión de “hacer lo correcto” las podría llevar a confesar si creen que eso sería beneficioso para sus seres queridos, como por ejemplo, consiguiendo una pena menor y así pudiendo salir antes de la cárcel para volver con ellos.
  • Coacción: Algunas mujeres habían sido obligadas a confesar crímenes cometidos por sus parejas bajo amenazas e intimidación por parte de éstas.
  • Deseo de proteger a sus parejas: Aunque no es raro que un hombre confiese un crimen para proteger a su mujer, es significativamente mayor el número de veces que ocurre a la inversa. La idea de brindar protección y permanecer leal a la pareja masculina es un tema recurrente de por qué algunas mujeres confiesan los delitos. Algunos autores defienden que este comportamiento es fruto de una relación codependiente y de la necesidad de anteponer las necesidades de los demás por encima de la suyas.

En vista de estos resultados, el debate se ha centrado en si debía tratarse a las mujeres igual que a los hombres ante la ley o si se debían hacer concesiones para las diferentes necesidades de los dos sexos. La opinión del Ministerio de Justicia para la cuestión es: “La igualdad en este contexto no significa necesariamente que todos deban ser tratados de la misma manera, sino que la política debe promover la igualdad de resultados”.

Se propone como posibles soluciones que las mujeres sean interrogadas por policía femenina, que se advierta al jurado de que el testimonio puede ser poco fiable o que se requieran evidencias adicionales para corroborar la confesión. Sin embargo, se considera que el “trato especial” podría estar infantilizando a las mujeres en el sistema judicial, pero parece la única manera de lograr un trato justo a nivel penal.

Las reglas de la mafia: normas de conducta en organizaciones mafiosas. Club de las ciencias forenses.

Las reglas de la mafia - normas organizacionales en grupos criminales - club ciencias forenses

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, esta semana les proponemos un resumen del artículo “Mafia rules. The role of criminal codes in mafia organizations.”, del autor Maurizio Catino, de la University of Milan, donde se analiza cómo los grupos mafiosos aplican normas de comportamiento organizacionales para solventar sus posibles problemas internos.

Las normas son una parte esencial de la vida de las organizaciones. Como un conjunto de acciones, regulaciones, prohibiciones y políticas, determinan cómo los miembros de las mismas deben llevar a cabo sus actividades. Así, una organización creará unas reglas a las que recurrir en el caso de decisiones rutinarias, que en la mayor parte de ocasiones se refieren a todos los miembros del grupo (o varían jerárquicamente). Adaptándose constantemente al ambiente, las normas deben ser constantemente adaptadas para afrontar los problemas de cada organización, siendo creadas ante una situación novedosa o eliminadas ante una situación obsoleta. Es a través de estas reglas, por tanto, como las conductas y las acciones de los individuos son reguladas en el seno de cualquier organización.

Sin embargo, ¿Cómo puede una organización criminal, carente de mecanismos legales de resolución de disputas, funcionar de manera eficiente? A través del establecimiento de estas reglas organizacionales. En realidad, el control de la conducta de los individuos es utilizado tanto en el mundo legal como en el mundo ilegal. ¿Por qué? En primer lugar, porque en el mundo criminal no se puede confiar en una corte judicial que medie en cualquier tipo de problema. En segundo lugar, porque la cooperación en las organizaciones criminales es necesaria para alcanzar los intereses (normalmente económicos). En este caso, el autor de esta investigación analizó las reglas creadas para sostener un tipo de organización criminal fuertemente organizada: la mafia.

Las organizaciones mafiosas tienen que hacer frente a gran cantidad de problemas organizacionales críticos. Esto es debido a que las mismas existen en ambientes relativamente hostiles, en los cuáles un error puede resultar en el descubrimiento y derrumbe de la organización. Resulta especialmente complejo, además, mantener un orden en este tipo de organizaciones, debido a problemas como el encontrar gente de confianza, no mantener registros, etc. Deben, en general, mantener un control exhaustivo sobre los miembros de su organización, así como defenderse de cualquier amenaza externa. Es por ello por lo que deben recurrir a estrictas normas y reglas creadas para mantener la organización en funcionamiento.

A pesar de la dificultad de encontrar individuos que hablen sobre la mafia, y que casi toda la información de la misma es transmitida de manera oral, las investigaciones señalan que existen diversos códigos de conducta establecidos en el seno de las organizaciones mafiosas. Esta investigación, por su parte, se centró en analizar dos grupos mafiosos en concreto: la “Cosa Nostra” siciliana y la “Cosa Nostra” americana (siendo mafias muy similares, pese al mayor tamaño de la americana respecto a la siciliana). A continuación, se plantearán los tres tipos de normas esenciales existentes en estos grupos, así como las normas existentes en los mismos.

Reglas como métodos de organización.

Este tipo de normas coordina las jerarquías horizontales y verticales, así como los roles y las distinciones territoriales dentro de cada familia. Hay que recordar, sin embargo, que por parte de los miembros de la organización, el grupo mafioso siempre tiene mayor peso que cualquier individuo aislado. Aquí podemos conocer parte de sus normas esenciales.

Cosa Nostra siciliana (CNS)

  • Estar siempre disponible para la Cosa Nostra es un deber, incluso si tu mujer está dando a luz.
  • Los compañeros y las órdenes deben ser absolutamente respetados.
  • Cuando se pregunte sobre cualquier información, la respuesta siempre debe ser la verdad.

Cosa Nostra americana (CNA)

  • Siempre mostrar respeto por aquellos que mandan.
  • Se debe reportar cualquier fallo como muestra de respeto hacia el patrón inmediatamente.

Reglas como método de contención del conflicto y la violencia.

Las normas sirven para controlar la agresión, proveyendo a la organización de métodos legítimos para la expresión de la misma, así como para aplicar castigos. Para las organizaciones mafiosas, la violencia es un instrumento, no un fin en si mismo. Dada la imposibilidad de acudir a la justicia, las mafias han designado un conjunto de normas para controlar las tensiones que puedan provocarse en las actividades ilegales. Algunas de sus normas esenciales son:

CNS

  • Nunca mirar a la mujer de compañeros.
  • Uno no puede apropiarse del dinro si pertenece a otros o a otras familias.
  • No se debe tocar a las mujeres de otros hombres de honor.
  • No se debe robar a otro hombre de honor ni, en general, a nadie.
  • No se debe matar a otro hombre de honor si no es estrictamente necesario.
  • No se debe pelear con otro hombre de honor.

CNA

  • La violencia debe ser utilizada, aunque sea limitadamente, para infundir respeto
  • Nunca debe usarse la violencia en una disputa con otro miembro o asociado de otra familia.
  • Nunca usar la violencia con un miembro de la propia familia.
  • Si el patrón solicita que dos partes trabajen juntas, él debe actuar como árbitro entre las mismas.
  • El jefe puede recurrir a la violencia, e incluso al asesinato, contra otro miembro de la familia. Sin embargo, no puede recibir ningún provecho de la agresión.
  • El jefe no puede utilizar violencia contra un miembro cercano a otra familia sin la consulta previa a la misma.

Reglas como medio para mantener el secreto.

Saber que uno no debe hablar es una habilidad requerida en organizaciones como la mafia. La premisa esencial de estas organizaciones consiste en llevar a cabo sus actividades ilegales en condiciones de total secretismo. Para poder llevarla a cabo, se establecen normas que aseguran un estado de silencio absoluto en la organización. De hecho, el término mafioso “Omertà” es un término derivado de una conducta esquiva o silenciosa con la información. Algunas de sus reglas esenciales son las siguientes:

CNS

  • Nadie puede presentarse a sí mismo a otro amigo. Siempre debe haber una tercera persona que lo haga.
  • Nunca se debe ser visto con policías.
  • No se debe ir a pubs o clubs.
  • Las mujeres deben ser  tratadas con respeto.
  • No puede ser parte de la Cosa Nostra: cualquiera relacionado con la policía, cualquiera con una doble vida, cualquiera que se comporte mal, aquel que no acate las normas morales y aquel que hable sobre la Cosa Nostra.

CNA

  • Nunca preguntar un apellido.
  • No utilizar teléfonos salvo para acordar sitios de encuentro, preferiblemente en código, desde el cuál viajaréis a un sitio seguro para hacer negocios.
  • Evitar nombrar a personas, lugares o fechas concretas al hacer negocios.
  • Mantén la boca cerrada: lo que veas y oigas debe mantenerse en secreto en tu cabeza.
  • No hagas preguntas innecesarias. La cantidad de información dada es la que necesitas para llevar a cabo tus instrucciones.
  • El principal medio de seguridad en la mafia es que alguien responda por otro individuo. Si ese otro individuo resulta ser un policía encubierto o un informante, se aplicará la pena de muerte.

En conclusión, y como podemos ver en esta investigación (recomendamos leerla completa, dada la longitud de la misma), hay una gran relevancia de las normas en cualquier tipo de organización; entre ellas, las criminales. De este modo, las familias mafiosas utilizan las normas organizacionales como método de control interno, ante la ausencia de normales legales que puedan dirigir la conducta de los individuos. La similitud entre las reglas incluso a través de distintas mafias muestra que, aunque se encuentren diferencias históricas y culturales, existen problemas organizacionales comunes, y la aplicación de un código de conducta determinado sirve a las mismas como medio de contención de problemas.

 

 

¿Pueden los selfies ser útiles para la identificación de cadáveres? Club de de las Ciencias Forenses

Selfies e identificacion de cadaveres - club de las ciencias forenses

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, esta semana les proponemos un resumen del artículo “A review of sex estimation techniques during examination of skeletal remains in forensic anthropology casework”, de los autores Geraldo Elias Miranda, Sílvia Guzella de Freitas y Luiza Valéria de Abreu Maia, del Institute of Legal Medicine de Minas Gerais (Brasil), y Rodolfo Francisco Haltenhoff Melani, del Laboratory of Anthropology and Forensic Dentistry de la University of Sao Paulo, en el cuál se analiza la utilidad que los selfies pueden aportar a la odontología forense en el reconocimiento de individuos.

Tal y como ocurre con otros métodos de identificación, en la odontología forense se comparan datos antemortem con los indicios postmortem. En el caso de esta ciencia, la dentadura de un individuo forma una pieza única, ya sea debido a la forma, al tamaño o a la posición de los dientes en la misma. Sin embargo, puede existir la dificultad añadida de que no exista información previa a la muerte de un individuo, debido a múltiples motivos (inmigrantes sin historia clínica, pacientes que nunca han accedido a dentistas, o en el caso de que el dentista no sea conocido por la familia).

En ausencia de documentación dental, las fotografías de la cara (y más concretamente, de la sonrisa) pueden jugar un rol muy importante en el proceso de identificación. Aunque muy pocos autores se han involucrado en el desarrollo de esta metodología, si los dientes de los individuos salen claramente definidos en una imagen, entonces sus atributos pueden ser comparados y contrastados con fotografías postmortem. Para ello, multitud de técnicas han sido utilizadas: comparación morfológica directa de los  dientes, superposición, o análisis de la línea de incisivos de los dientes anteriores. ¿Podrían, por tanto, los avances en la tecnología suponer un empuje para nuevas técnicas de identificación en los casos que implican el uso de odontología forense?

Con esta pregunta en mente, los autores de este estudio realizaron el mismo con un objetivo: mostrar un caso en el cual una fotografía selfie fue utilizada para identificar un cuerpo carbonizado, utilizando la línea de la sonrisa y la superposición de imágenes.

El caso tuvo lugar en Diciembre de 2014, cuando se encontró un cuerpo carbonizado de un hombre en el Instituto de Medicina Legal de Belo Horizonte. Durante esta investigación, todos los dientes fueron encontrados sanos. Sin embargo, no se encontró un historial dental de la presunta víctima para poder identificarla, por lo cual la familia presentó seis fotografías tipo selfie que habían sido tomadas con el móvil de la víctima, y que mostraban los dientes del individuo en varios ángulos.

Con esta información, los científicos forenses tomaron diversas imágenes postmortem del cadáver, tratando de utilizar la misma orientación espacial utilizada en las fotografías del teléfono, con el fin de poder realizar una comparativa. A su vez, se utilizaron técnicas de superposición para comparar los dientes en ambos casos, y se estableció la línea de la “sonrisa”, o la línea que dibujaban las puntas de las piezas dentales, que a su vez se superpuso tanto en el caso de los selfies como del cadáver. En ambos casos se encontró una coincidencia significativa (una tercera prueba demostró una correspondencia de 81.25 sobre 100).

Este caso, utilizado como ejemplo por los autores, demostró que la creciente tendencia a realizarse fotografías tipo selfie, en las cuáles la imagen de la cara del individuo sale centrada, puede ser un foco de recursos para resolver múltiples casos de identificación en seres humanos. Resultaría, por tanto, una interesante aportación de la evolución tecnológica a la odontología forense en particular, y a las ciencias forenses en general.

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