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Mes: diciembre 2016

En busca de los “Ángeles de la Muerte”: Conceptualización del enfermero asesino en serie contemporáneo. Club de las Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “In Search of the ‘Angels of Death’: Conceptualising the Contemporary Nurse Healthcare Serial Killer”, de los autores Elizabeth Yardley y David Wilson, en un estudio de la Universidad de Birmingham, que hacen una revisión acerca de los asesinos en serie conocidos como “ángeles de la muerte” que actúan en el ámbito sanitario.

Inteligentes o no tanto. Jóvenes o maduros. Algunos son hombres, otros son mujeres. De distintas orientaciones sexuales. Médicos, enfermeras o meros asistentes. Hay una enorme diversidad tras este colectivo que en principio sólo parece tener una cosa en común: su capacidad para matar a la gente a la que deberían cuidar.

Son los llamados ángeles de la muerte. Se considera así a los empleados del sistema sanitario que hayan aprovechado su posición laboral para cometer al menos dos asesinatos en dos incidentes separados y poseer la capacidad psicológica de seguir haciéndolo. Entrarían dentro de este grupo médicos, enfermeros o cualquier persona que tenga a otras a su cargo y cuidado como trabajadores de residencias de ancianos. Este cargo “estratégico” les otorga la posición de poder sobre sus víctimas para decidir sobre la vida y la muerte. Víctimas que, por otro lado, se encuentran en un estado de indefensión, de enfermedad o de padecimiento crónico, lo que las convierte en víctimas ideales y de bajo riesgo para el asesino.

Algunas de las señales de advertencia que se han asociado con los ángeles de la muerte son los siguientes rasgos de personalidad o comportamientos:

  • Trasladarse de un hospital a otro.
  • Relaciones personales difíciles o reservadas.
  • Historia de inestabilidad mental o depresión.
  • Predice cuando alguien va a morir.
  • Comentarios extraños o afirmaciones sobre ser “gafe”.
  • Le gusta hablar sobre la muerte o hace comentarios extraños cuando alguien muere.
  • Durante su turno de trabajo hay una mayor incidencia de muertes.
  • Se muestra excesivamente entusiasmado acerca de sus habilidades.
  • Hace declaraciones inconsistentes cuando es interrogado acerca de las muertes.
  • Prefiere los turnos nocturnos o en los que haya menos compañeros.
  • Están asociados a incidentes en otros hospitales.
  • Ha estado involucrado en otras actividades criminales.
  • Sus compañeros se sienten ansiosos acerca de él o sospechan de él.
  • Busca captar atención.
  • Intentan evitar que otros supervisen a sus pacientes.
  • Se involucran durante la investigación de las muertes.
  • Están en posesión de drogas en sus casas o sus taquillas.
  • Mienten acerca de información personal.
  • Están en posesión de libros sobre venenos o asesinatos en serie.
  • Han tenido problemas disciplinarios.
  • Parecen tener un trastorno de la personalidad.
  • Tienen un problema de abuso de sustancias.

Por desgracia, no se sabe decir cuántas de estas señales deben de verse juntas para considerarlo un indicador o cuáles son mejores indicadores que otros. Y por ahora tampoco sabe decirse si un mayor número de estos rasgos correlaciona con una mayor tasa de asesinatos. Por ello, el objetivo de esta revisión de casos es servir de utilidad tanto a los hospitales como a la comprensión criminológica a la hora de detectar y comprender este subtipo de asesino en serie que por ahora ha pasado de puntillas por la investigación académica.

Para una revisión algo más exhaustiva se analizaron 41 casos de enfermeros que habían trabajado en un hospital y habían cometido mínimo dos asesinatos. Sin embargo, se excluyeron después de la lista los casos que apelaron o que más tarde fueron condenados por homicidio involuntario en lugar de asesinato. Se recogieron datos sociodemográficos de los distintos casos utilizando registros legales como Lexis y Westlaw, y con informes de prensa obtenidos a través de Nexis (base de datos electrónica con los principales periódicos británicos y unos 2000 periódicos del resto del mundo).

Finalmente la muestra se vio reducida a 16 asesinos (9 mujeres y 7 hombres). Los asesinatos ocurrieron entre 1977 y 2009, principalmente en Estados Unidos y Europa. Las edades fueron muy diversas, aunque la mitad de ellos estaban en la franja de edad entre 31 y 40 años. Respecto al número de asesinatos, a la mayoría se le asignan menos de 10 asesinatos (12 de 16). Existen casos de asesinos a los que se les han estimado más de 400 víctimas, pero no parecen representativos de este grupo. Respecto al tiempo de actividad, a gran parte les cogieron antes de los tres meses, aunque no hay ninguna tendencia temporal, llegando algunos a prolongar su actividad hasta los dos años. Así mismo, la mayoría cometieron sus crímenes en un único hospital o centro, aunque este dato ha de ser tomado con precaución: No puede descartarse que cometieran más crímenes en otros emplazamientos que hayan podido no ser detectados o para los que los fiscales no hayan logrado suficientes pruebas.

Respecto al género de las víctimas, salvo raras excepciones que mostraban predilección por un sexo en concreto, en la mayoría de casos encontramos que los ángeles de la muerte asesinan por igual a hombres y mujeres. En cuanto a las edades, podemos ver que la mitad de nuestra muestra asesinaban a adultos y personas de edad avanzada, además de un tercio que mataban únicamente a personas ancianas. Elegir como víctimas a niños o jóvenes es algo raro según estos datos. Además, la gran mayoría de ángeles de la muerte prefieren utilizar un único método para sus crímenes, siendo además el envenenamiento el método más popular. La sustancia utilizada en cambio es muy variada, siendo la más popular la insulina (19%).

Se ha intentado hacer una correlación entre estos datos y las 22 señales de alerta que antes mencionábamos. Se encontró que el asesino que más señales mostró fueron 11 pero los datos fueron muy dispersos. Aunque sí se encontró que los indicadores más comunes eran: mayor incidencia de muertes en su turno (94%), historia de inestabilidad mental o depresión (62,5%), provoca ansiedad a sus compañeros (56%), posesión de drogas (50%) y aparente trastorno de la personalidad (50%). Sin embargo, algunos indicadores no salieron ni una vez en esta muestra: Evitar que otros supervisen a sus pacientes, involucrarse en la investigación de la muerte y mentir sobre información personal. Aunque es importante tener en cuenta que los datos son poco fiables dado que están sujetos a interpretación al ser rasgos de personalidad y conductas poco específicas. (¿Moverse regularmente de un hospital a otro cada cuanto tiempo sería para decir que sí? ¿Cómo se mide objetivamente que alguien intente llamar la atención?).

En conclusión, esta investigación ha arrojado algo de luz a un subtipo de asesinos en serie poco estudiados como lo son los ángeles de la muerte. Sería interesante poder ampliar la muestra para lograr datos más fiables y que se perfeccionara la lista de indicadores con aclaraciones más precisas, de manera que podamos detectar a tiempo a estos criminales.

Homicidio homosexual juvenil. Club de la Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Juvenile Homosexual Homicide”, de los autores Wade C. Myers y Heng Choon (Oliver) Chan, en un estudio conjunto de las universidades de Tampa y Hong Kong, que hacen una revisión acerca de los asesinatos cometidos por varones menores de edad a personas de su mismo sexo.

El homicidio sexual es un tipo de asesinato en el que la sexualidad está presente como característica central, ya sea de forma explícita o simbólica. Según los datos recogidos por la Oficina Federal de Investigación de Estados Unidos, de 1976 a 2015 se registraron 3888 homicidios sexuales, de los cuales el 18% fueron crímenes “homosexuales” (17% hombres a hombres y el 1% mujeres a mujeres). Aunque los estudios que se han concentrado en este sector son limitados, los investigadores afirman que este tipo de delitos reflejan mayor violencia que los crímenes heterosexuales, reflejado en una mayor probabilidad de traumatismos craneales, estrangulamientos, numerosas puñaladas, múltiples tipos de lesiones y ensañamiento (exceso de heridas más allá de las necesarias para causar la muerte).

A pesar de lo dispares y escasos que son los informes que hay sobre este tema, parece un factor común en todos los casos reportados la presencia de tendencias sexuales sádicas combinadas con la capacidad de causar agresiones severas. De hecho, se cree que el sadismo sexual y los trastornos de conducta son los denominadores comunes de la mayoría de los homicidios sexuales juveniles.

Esta investigación aborda la epidemiología y las características del crimen en los casos de homicidios sexuales juveniles para tratar de arrojar algo de luz a ese sector tan olvidado. Usando como fuente los datos recogidos por la Oficina Federal de Investigación de Estados Unidos, de 1976 a 2015, encontramos que el 22% de todos los casos de homicidio sexual juvenil eran homosexuales. Es decir, 93 delincuentes que cometieron homicidio homosexual juvenil (88 hombres y 5 mujeres). La edad media de los varones era de 15,8 años, con un rango que oscilaba entre los 12 y los 17. El 69% fueron caucásicos y el 31% afroamericanos. Por el escaso número de casos recogidos en mujeres, se las deja fuera de la revisión.

Edad de inicio en la conducta de homicida: A medida que avanza la edad es más alto el número de víctimas, encontrando un 1% de agresores de 12 años de edad, un 6% tenían 13 años, y un 16% respectivamente con 14 y 15 años, después la cifra asciende considerablemente hasta un 31% de 16 años y un 30% de 17.

Victimología: La edad de las víctimas oscilaba entre los 2 y los 69 años, siendo la media 30,5. Un 75% fueron de raza blanca y un 25% afroamericanos. El rango de edad con mayor probabilidad de muerte fue la categoría de adultos (62%), seguida por los niños (17%), adolescentes (13%) y ancianos (8%).

Relación entre el agresor y la víctima: Las posibles relaciones se clasificaron en cuatro categorías: conocido/amigo, extraño, íntimo y miembro de la familia. En la mayoría de los casos, la relación entre los delincuentes y las víctimas pertenecía a la categoría de conocido/amigo (55%), seguido de extraños (36%), íntimos (5%) y familiares (4%). Además, ninguna de las víctimas de los miembros de la familia eran de primer grado (padres, hermanos o hijos). En la mayoría de los casos las víctimas fueron de la misma raza que el agresor (93% para caucásicos y 69% afroamericanos).

Arma del crimen: Se analizó también el arma homicida, encontrando que el 40% de las agresiones se cometían con armas de contacto o afiladas (ej. Cuchillos), casi la misma probabilidad que las armas de fuego con un 39%. Las armas personales como la estrangulación manual u otras partes del cuerpo fue un 18%. Otro tipo de armas como venenos o explosivos fue apenas un 3%. También se analizó la relación entre la elección de arma y la edad de la víctima. Contra los niños era más común el uso de armas personales (53%), contra los adolescentes y adultos armas de fuego (36% y 47% respectivamente), y contra ancianos armas de contacto o afiladas (71%).

Incidencia: Un dato esperanzador es que, analizando las fechas de los homicidios en rangos de cinco años, encontramos una tendencia a la disminución de estos crímenes con el tiempo, bajando del 36,36% entre 1976 y 1980 hasta un 3% entre 2001 y 2005.

Sin embargo, aunque pionero en su campo, la base de datos utilizada tiene una gran limitación al no tener información detallada de los motivos de la agresión ni demografía. Por lo tanto, no puede descartarse que los jóvenes homicidas sean heterosexuales o incluso que estuvieran actuando en defensa propia contra adultos que trataban de abusar de ellos. Teoría que no puede descartarse ya que el 62% de las víctimas eran adultos en lugar de compañeros de su edad y es relevante en comparación con otros grupos de delincuentes sexuales juveniles que atacan predominantemente a menores. Además, como se dijo al principio se han considerado un 22% de los asesinatos juveniles son homosexuales, lo que parece sobrerrepresentar a la población estadísticamente. De modo que de cara a futuras investigaciones será importante aumentar las características demográficas y psicosociales estudiadas para poder comprender realmente este tipo de homicidio y poder intervenir en su disminución.

Neuropredicción de un arresto reincidente. Club de las Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Neuroprediction of future rearrest”, de los autores Eyal Aharoni, Gina M. Vincent, Carla L. Harenski, Vince D. Calhoun, Walter Sinnott-Armstrong, Michael S. Gazzaniga y Kent A. Kiehl, de la Instituto de Tecnología de Massachusetts, que se adentra en la posibilidad de que una baja actividad en un área específica del cerebro en un delincuente correlacione con mayores posibilidades de volver cometer crímenes.

Para el sistema judicial, evaluar los riesgos de que un criminal vuelva a reincidir es una parte importante de la justicia. Y no sólo para el sistema judicial, también a nivel social es importante la capacidad de identificar con antelación y poder remediar el comportamiento antisocial. Hasta ahora la investigación en este campo ha girado en torno a la edad, el sexo, los antecedentes penales, consumo de drogas y otros factores de riesgo que han supuesto un avance en la predicción del futuro comportamiento antisocial.

Uno de los factores de riesgo más importantes y más estudiados en la reincidencia es la impulsividad. Entendemos la impulsividad como una baja tolerancia al estrés y a la frustración, falta de control de impulsos, incapacidad para considerar las consecuencias y comportamientos agresivos, que pueden derivar en actos delictivos. Las evaluaciones neuropsicológicas han demostrado la capacidad de predecir el comportamiento antisocial futuro mediante la evaluación de la impulsividad. Sin embargo, dado que estas medidas son indicadores indirectos de los sistemas de control inhibitorio y cognitivo del cerebro, ha llevado a plantear a los investigadores si una medida más directa de la actividad cerebral asociada con el control de impulsos pueda darnos el mismo resultado de forma más eficaz.

El control de impulsos está asociado a la actividad de una área del cerebro llamada “circunvolución del cíngulo anterior” (CCA), la cual es una pequeña región en la parte frontal involucrada en el procesamiento de errores, el control de conflictos, la selección de respuesta y el aprendizaje de evitación. Es por ello que en esta investigación se ha decidido poner en relación la actividad de esta zona cerebral con la reincidencia criminal.

Los participantes fueron 96 delincuentes varones de entre 20 y 52 años de distinta clasificación racial y étnica que pronto iban a ser puestos en libertad. Los investigadores utilizaron resonancias magnéticas para medir la actividad de la CCA de los participantes mientras realizaban una tarea de inhibición Go/No-Go, consistente en pulsar un botón cada vez que en la pantalla del ordenador aparecía una X (5 de cada 6 veces) y en no hacerlo cuando se mostraba una K (1 de cada 6), reaccionando lo más rápido posible. El desempeño exitoso consiste en saber controlar el impulso de pulsar el botón cuando no debe hacerse. Posteriormente se hizo un seguimiento de los exprisioneros durante cuatro años para controlar si ocurrían reincidencias.

De acuerdo con los resultados, los excriminales que tenían una baja actividad en el CCA eran más proclives a ser arrestados de nuevo. Sin embargo, los propios autores creen que aún deben estudiarse más estos resultados realizando más pruebas y teniendo en cuenta más variables. E incluso así, queda pendiente de evaluación la idoneidad de utilizar estos datos para realizar predicciones a nivel individual, dado que se podría estar vulnerando los derechos de los delincuentes. ¿No estaríamos cometiendo el mismo error que en la película Minority Report culpando a la gente antes de que cometan el crimen sólo por la posibilidad de que ocurra?

Efectos de la personalidad, técnicas de interrogación y plausibilidad en un paradigma experimental de confesión falsa. Club de las Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Effects of personality, interrogation techniques and plausibility in an experimental false confession paradigm”, de los autores Jessica R. Klaver, Zina Lee y V. Gordon Rose, de las universidades de Alabama (USA) y Simon Fraser (Canadá), que trata de abordar los factores individuales y situacionales que pueden contribuir a la obtención de confesiones falsas.

Por lo general, una confesión es la prueba más influyente en un juicio. Incluso en casos de juicios simulados, cuando se ha pedido expresamente que no se tengan en cuenta las confesiones, éstas aumentan la tasa de veredictos de culpabilidad. Y es que es una prueba que ha demostrado un impacto más fuerte que incluso el testimonio de testigos.

Ciertamente, la mayoría de sospechosos que confiesan un crimen son culpables y en gran parte de las confesiones hay corroboración. Sin embargo, existen numerosos casos de condenas erróneas resultado de confesiones falsas. Por tanto, debido a gran influencia que tienen las confesiones en el veredicto es importante examinar qué factores pueden estar implicados en la producción de confesiones falsas.

Para este estudio los participantes fueron 219 estudiantes universitarios, en su mayoría mujeres, de unos dieciocho años, y de diverso origen étnico. Se les aplicaron test de sugestionabilidad, obediencia, autoestima y locus de control. También completaron un cuestionario de datos demográficos para indagar sobre la edad, el género, el origen étnico, la fluidez del idioma y el nivel educativo.

Posteriormente se pedía a los participantes que llevaran a cabo una prueba de mecanografía, haciéndoles creer que se estaba midiendo su velocidad. Se diseñaron dos versiones del experimento: alta y baja verosimilitud. En la de alta verosimilitud, a los participantes se les advirtió que no debían tocar la tecla ALT, ya que hacerlo bloquearía el programa y se perderían los datos. El diseño estaba preparado para que cuando pulsaran la tecla Z (muy cercana a ALT) se bloqueara el ordenador. En el diseño de baja verosimilitud, lo que no debían pulsar era la tecla ESC, que está distante de la Z, lo que haría poco plausible que la tocaran por accidente durante el ejercicio. En esta situación también se bloqueaba el ordenador al pulsar la Z en determinado momento.

Luego se dividía a los participantes en dos estrategias diferentes de interrogatorio con la finalidad de hacerles firmar una confesión escrita de que habían pulsado la tecla prohibida. Una de las estrategias consistía en minimizar el acto para normalizarlo, culpando al ordenador en lugar de al participante para darle una sensación de falsa seguridad: “No se preocupe, no fue su culpa. Varias personas lo han pulsado por accidente. La tecla es demasiado sensible y con apenas rozarla se activa. ¿Es eso lo que pasó?”

En la condición de maximizar el acto, el experimentador inducía intimidación y exageraba la gravedad de la presunta transgresión: “Hemos llevado a cabo más de cincuenta ensayos en las últimas tres semanas y es la única vez que se ha bloqueado el ordenador. Ahora no hay manera de recuperar los datos. Usted lo ha pulsado, ¿verdad?”

En todas las condiciones se pedía al participante que firmara una confesión escrita que indicaba: “He pulsado la tecla ALT/ESC y he causado que el equipo se bloquee. Todos los datos se perdieron”. Independientemente de si firmaba, el experimentador explicaba que el ordenador tendría que ser reprogramado para que se pudiera terminar el ensayo y se le pudiera dar el crédito al estudiante y alegaba tener que salir de la habitación para hablar con el supervisor del proyecto. Una vez salía de la habitación entraba otro experimentador que se hacía pasar por otro estudiante y preguntaba al participante qué había ocurrido porque había oído voces fuera. La respuesta del participante se registraba literalmente.

Las dos medidas que se buscaban en el experimento eran la confesión falsa y la internalización de la culpa. La confesión se medía en cuanto a la firma del papel con la confesión, y la internalización en función de la respuesta dada al otro experimentador. Para evitar sesgos sólo se consideraba internalizada la culpa si el participante aceptaba haber pulsado la tecla. Si daba respuestas vagas como “creo que sí”, “no estoy seguro”, “tal vez” o “él dice que he pulsado la tecla” se consideraba que no la había internalizado.

Los resultados muestran que un 43% de los participantes confesaron haberlo hecho aun siendo inocentes y un 10% llegó a internalizar la culpa, es decir, a creerlo de verdad. Además, si se minimizaban los hechos era mucho más probable una confesión y una internalización, y también influyó altamente si los hechos eran plausibles (tecla cercana o alejada). De hecho, ningún participante internalizó la culpa en el caso de la baja plausibilidad, ni siquiera minimizando los hechos. Esto concuerda con otros experimentos que afirman que los eventos pueden ser implantados en la memoria en la medida en la que son plausibles para la persona.

En cuanto a las otras variables, se encontró que había una tendencia mayor a las confesiones en las mujeres pero los datos no llegaron a ser significativos. Tampoco hubo diferencias significativas en cuanto a la etnia ni las variables de personalidad estudiadas. Sin embargo, sí se encontró que las personas más sugestionables eran más propensas a firmar la confesión falsa, aunque curiosamente esta evidencia se cumplía únicamente en los participantes caucásicos.

Es posible que se requieran otros paradigmas para estudiar la influencia del comportamiento en las confesiones falsas, o quizás sean otros rasgos de la personalidad los que han de someterse a estudios. Lo que es seguro es que aún nos queda mucho por averiguar y que, dados estos resultados, debemos tener cautela a la hora de minimizar los hechos en un interrogatorio.

Notas de suicidio reales y falsas: un análisis de contenido. Club de las Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Genuine and simulated suicide notes: An analysis of content”, de los autores Maria Ioannou y Agata Debowska, de la International Research Centre for Investigative Psychology, donde se analizan las diferencias en el contenido entre notas de suicidios reales y simuladas.

“Lo siento. Ya no puedo más.
Lo he intentado, de verdad que sí, pero ya no puedo más.
Adiós”

¿Verdadera o falsa? Detrás de cada nota de suicidio hay una pregunta, la diferencia entre una despedida y un asesino que queda en impune. Y no sólo eso, las cartas siempre están dirigidas a alguien, reflejan la necesidad de ser comprendidos: son un acto social. El estudio de las notas de suicidio nos permite ahondar en la mente perturbada y ayudarnos a comprenderla.

Con este objetivo se analizaron sesenta y seis notas: treinta y tres notas pertenecientes a personas que cometieron suicidio y treinta y tres notas falsas. Para homegeneizar la muestra, las cartas se agruparon por parejas de una real y una falsa haciéndolas corresponder en edad, sexo y nivel ocupacional de sus autores. Las cartas falsas se obtuvieron de voluntarios a los que se les pidió que escribieran la nota que dejarían en caso de cometer suicidio.

Se encontró que se podían clasificar los temas que figuraban en las notas de suicidio en: reales, falsos y neutros (los que se encuentran por igual en ambos tipos de nota).

  • Las notas auténticas son muy emocionales y plantean problemas interpersonales complejos. Por otro lado, podemos encontrar tanto emociones positivas como negativas, a veces incluso entremezcladas a lo largo de la carta. Los temas más comunes son identificar a los familiares, dejar instrucciones, morir por un ideal, relacionar eventos con el suicidio, relación amorosa compleja, autodesprecio, sarcasmo, ira y despedirse. Así mismo, también se señalan algunos temas menos comunes pero que raramente se encuentran en notas falsas: Fecha y firma del escritor, decisión difícil, no escriben en tiempo futuro, adicción, soledad, cuidar de los seres queridos desde el más allá, lamentar el pasado, dar las gracias, despreciar a otros y falta de resentimiento.
  • Las notas falsas se caracterizan por un enfoque más cognitivo que emocional y un habla más metafórica, no abordan directamente las razones para cometer suicidio y hablan de nobles ideas a veces no relacionadas. Los temas falsos más significativos fueron la autonomía, ser una carga y la injusticia.
  • Los elementos que se pueden encontrar en ambos tipos de notas, es decir, los catalogados como neutros, son los asuntos médicos o psiquiátricos, el esfuerzo, la duración de los problemas y ser un mártir.

Además se encontró que algunos elementos se utilizaron en más del 40% de todas las notas y, por lo tanto, no se pueden utilizar para diferenciar entre notas genuinas y simuladas. Éstos son: disculpas (45,5%), razones inespecíficas de suicidio (43,9%), construcción positiva de la pareja (42,4%) y expresiones de amor (40,9%).

La escritura refleja el estado psicológico del escritor y eso nos adentra en la mente suicida. De modo que podemos utilizar los temas del contenido de las notas de suicidio para diferenciar las notas genuinas de las falsas con bastante fiabilidad.