clubforenses.com

clubforenses.com

Mes: Enero 2017

Las características del ciberacoso frente al acoso tradicional. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Cyberstalking versus off-line stalking in a forensic sample”, de los autores Cristina Cavezza y Troy E. McEwan, de la Universidad de Melbourne (Australia), que aborda las diferencias entre el ciberacoso y el acoso tradicional.

En esta época en la que gran parte de las interacciones humanas están pasando a ser a través de una pantalla, el ciberacoso o cyberstalking se alza como una nueva forma de delito. Dada la naturaleza cambiante de la tecnología, los tipos de conductas que suponen un acoso cibernético es probable que aumenten con el tiempo, pero hasta la fecha incluyen: el envío de correos o mensajes instantáneos no deseados, la publicación de información falsa u hostil sobre la víctima, el uso de redes sociales para acosar, suscribirse a productos o servicios en nombre de la víctima, pirateo de cuentas personales, robo de identidad, envío de spam o virus y reclutar a otros para hostigar a la víctima.

Internet ofrece cuatro elementos únicos para los acosadores que facilitan mucho su labor: (1) la falta de limitaciones sociales que inhiban la agresión; (2) la falta de estímulos sensoriales que conducen a una mayor fantasía en el delincuente; (3) la oportunidad para el engaño; y (4) el potencial de descubrir que la relación con su víctima no se ajusta a lo deseado. Se ha planteado que estos aspectos pueden invitar a los individuos a acechar por internet, gente que de otra manera no lo haría.

Debido a la escasez de datos sobre este nuevo tipo de acoso, aún hay cierto debate sobre si el ciberacoso es realmente una forma distinta de acoso o tan sólo una extensión en línea. Por ello, el objetivo de este estudio es investigar las diferencias demográficas, clínicas y de conducta entre los ciberacosadores y los acosadores tradicionales.

Los participantes del estudio fueron 271 pacientes de una clínica que habían sido remitidos allí por tribunales y servicios de libertad condicional entre otros por tener conductas de acoso. Todos dieron su consentimiento para el estudio y se excluyó a los que no tenían buen dominio del idioma o su estado mental impedía dar el consentimiento. Para el estudio se analizaron detalladamente los archivos de cada caso y se separó a los que realizaron ciberacoso de los que no. Luego se emparejaron los ciberacosadores con los acosadores por género, edad similar (±2 años) y en el mismo periodo de actuación.

Para delimitar las conductas a evaluar se definió acoso (stalking en el inglés original) como intrusiones no deseadas y repetidas que causan miedo o preocupación. Mientras que ciberacoso se considera al uso de internet para llevar a cabo la conducta acosadora e incluye cualquiera de los siguientes comportamientos:

  • Contacto por mail con la víctima.
  • Uso de redes sociales para comunicarse con la víctima o sobre ella.
  • Uso indirecto de internet como: crear páginas webs despectivas sobre la víctima, usar internet para acceder a información de la víctima, suplantar a la víctima online o publicar información sobre la víctima en páginas de internet que no sean redes sociales.

Puede además categorizarse como “comunicativo” y “no-comunicativo”. El ciberacoso comunicativo incluye intentos de comunicarse directamente con las víctimas, por lo general a través de correos electrónicos o mensajes en las redes sociales. Mientras que el no comunicativo hacía referencia a mensajes en sitios webs hablando de la víctima, hacerse pasar por ella, etc. Es decir, sin intentos directos de comunicarse con la víctima. En el caso de utilizarse ambas categorías se considera “mixto”.

De los 271 pacientes, se encontraron 36 casos de ciberacoso (13%). De los cuales, un 94% eran hombres con una edad media de 37 años, similar a la de los acosadores fuera de internet. Dos de los casos surgieron entre 2002 y 2005, ocho entre 2006 y 2008 y el resto entre 2010 y 2013, lo que indica que se está volviendo un método popular de acoso. Entre los dos grupos no hubo diferencias en cuanto a la forma de ingresarlos en el centro ni de nivel educativo. Además, tampoco encontramos diferencias en cuanto a amenazas, historial de acoso o violencia antes del episodio de acecho.

Las características clínicas de ambos grupos también eran similares: 1 de cada 5 acosadores, en ambos casos, había sido diagnosticado con un trastorno de la personalidad. Sin embargo, son pocos casos para obtener datos significativos sobre el tipo de trastorno predominante. Y respecto al tipo de acoso, no difirieron en la duración, en el género predominante y tenían la misma propensión a tener más de una víctima simultáneamente.

Donde sí encontramos una diferencia significativa es en la relación con la víctima, ya que la mayoría de los ciberacosadores eran exparejas de los susodichos. Además, los ciberacosadores tenían más probabilidades de tener una orden de alejamiento (aunque ambos tipos tenían la misma tendencia a infringirlas). Por otro lado, los ciberacosadores tenían menos tendencia a acercarse a sus víctimas fuera del ordenador pero sus amenazas eran más explícitas.

En conclusión, aunque se trata de conceptos similares tienen algunas diferencias fundamentales. Sería aconsejable replicar el estudio con más participantes para corroborar esas diferencias y poder hablar definitivamente de que se tratan de dos tipos de acoso diferentes, ya que también son muchas las similitudes. Aunque todo parece indicar que a nivel legal y de salud mental no hacen falta tratamientos diferentes para ambos tipos de acosadores.

La entrevista estratégica para detectar el engaño. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Strategic Interviewing to Detect Deception: Cues to Deception across Repeated Interviews”, de los autores Jaume Masip, Iris Blandón-Gitlin, Carmen Martínez, Carmen Herrero y Izaskun Ibabe, en un estudio conjunto de la Universidad de Salamanca, la Universidad Estatal de California y la Universidad del País Vasco, que trata de cómo discernir la verdad de la mentira con un procedimiento original durante un interrogatorio.

La detección del engaño es extremadamente difícil. Las personas apenas pueden distinguir una mentira por encima de la probabilidad de azar, y por ahora, los profesionales son apenas un poco más precisos en la detección. Es por ello que es importante seguir estudiando este campo y hallar nuevas conductas que discriminen a los mentirosos de los veraces.

Esta investigación recicla la idea de que los mentiros son tan consistentes en sus respuestas como los sinceros porque siguen una “estrategia de repetición” en las entrevistas. Por ello, el objetivo de este experimento fue diseñar un procedimiento que eludiera esa estrategia haciendo que no supieran que iban a ser entrevistados una segunda vez y presionando a los sospechosos para obtener una respuesta rápida, sin darles tiempo a forzar la memoria o desarrollar una mentira.

Los participantes fueron 48 estudiantes, con una edad media de 20 años, repartidos en 15 mujeres y 9 hombres en cada uno de los dos grupos experimentales (inocentes y culpables). Para motivarles con el interrogatorio, se les incentivó diciendo que los declarados culpables deberían escribir una redacción sobre una asignatura que detestaran.

Para este experimento, los participantes asignados en el rol de culpables cometían un falso crimen, y los inocentes realizaban unas tareas a petición del experimentador como ver un pequeño documental o jugar al tetris. A ambos grupos se les informaba de que se les consideraba sospechosos de un crimen y serían entrevistados, y su máxima debía ser convencer al entrevistador de que eran inocentes. Por tanto, los inocentes sólo debían ser sinceros, mientras que los culpables debían mentir, fingiendo que habían realizado las mismas tareas que los inocentes. La entrevista tenía lugar ese mismo día, pero después de que a los culpables se les diera toda la información que requirieran sobre las actividades sobre las que debían mentir. En la entrevista ambos grupos recibían las mismas preguntas y tenían las siguientes características:

  1. Se centraba en la coartada (las tareas de los inocentes), no en el delito. Lo normal es que en un interrogatorio la policía tiene una información limitada sobre el crimen pero es fácil obtener información sobre las coartadas. Por ejemplo, si un detenido afirma que estuvo viendo un programa de televisión a cierta hora, sería una buena técnica ver el programa e interrogarle con preguntas muy específicas acerca de él para comprobar si realmente lo ha visto.
  2. Se les hicieron preguntas centrales y periféricas. Los datos centrales serían los esenciales, los que no pueden cambiarse sin alterar la historia. Mientras que los periféricos son irrelevantes, detalles añadidos. Sin embargo, a la hora de interrogar, lo más probable es que los culpables tengan muchos datos centrales (qué, dónde y cómo), ya que han podido preguntar al respecto a los experimentadores, pero apenas tendrán información periférica, mientras que los inocentes tendrán de ambos tipos ya que realmente vivieron la experiencia.
  3. Las preguntas se centraron en los detalles muy específicos. ¿De qué color era la puerta? Por muy bien que hubieran preparado su coartada, una sola palabra podía contestar correctamente esa pregunta.
  4. Se pidió a los entrevistados que respondieran lo más rápido posible. La velocidad de respuesta es algo cognitivamente exigente para los mentirosos ya que, por una parte, la información no está codificada de la misma forma en la memoria largo plazo al ser inventada y requiere más tiempo, y por otra parte, si no la recuerdan necesitan inventar algo coherente para decir en su lugar, lo que también requiere tiempo.
  5. La clave fundamental era que la entrevista se repetiría una semana después y sin previo aviso.

La primera hipótesis a contrastar sería que los culpables solicitarían información central a los experimentadores para prepararse para el interrogatorio, pero no periférica. La segunda sería que los culpables contestarían menos preguntas correctamente que los inocentes en ambas entrevistas, debido a la información incompleta que poseían. Efecto que se vería con más fuerza en las preguntas periféricas (tercera hipótesis). Además, dado que ocurriría una semana entre ambas entrevistas, tendría lugar una degradación en el recuerdo y éste ocurriría con más fuerza en los culpables por no recordar vivencias sino palabras, por lo que al repetir las preguntas encontraríamos más incongruencias entre ambas entrevistas que en los inocentes (cuarta hipótesis) y esto ocurriría también con más fuerza en los detalles periféricos (hipótesis cinco). Por otro lado, al obligar a responder rápido sería más probable que se recurriera a respuestas evasivas por la incapacidad para improvisar una mentira o no recordar los datos, así que sexta hipótesis era que los mentirosos darían más respuestas evasivas, y la séptima hipótesis, que las darían particularmente en las preguntas sobre datos periféricos.

En los resultados se encontró que, efectivamente, los culpables se centraron en la información principal y obviaron la periférica. Además contestaron menos preguntas correctamente que los inocentes. Sin embargo, no pudo probarse la distinción entre información central y periférica respecto a la memoria. Quizás porque la información que solicitaron fue demasiado escasa o porque estuvo mal codificada y no pudieron recordarla una semana después. Por otro lado, la coherencia, es decir, mantener la misma versión todo el tiempo, era un indicador válido de la verdad, del mismo modo que las respuestas fueron un indicador de las mentiras. Sin embargo, no sólo fueron más evasivos en los datos periféricos, sino también en los centrales. Y al contrario ocurrió con la coherencia, donde no se encontraron resultados diferentes entre los dos tipos de información.

En conclusión, este estudio nos aporta unas interesantes estrategias para detectar la mentira, pero es importante replicarlo en situaciones reales para darle mayor validez externa. Además, debe tenerse en cuenta que no hay criterios inequívocos para la detección de la mentira. Una respuesta errónea, incongruente o evasiva puede deberse también a un bajo cociente intelectual, personas altamente sugestionables, ansiedad o déficit de memoria. Sin embargo, los datos son muy prometedores y pueden ser una herramienta muy útil en el futuro.

Síndrome de Munchausen por Poder. Club de las Ciencias Forenses.

Sindrome de Munchausen por poder Club Ciencias Forenses

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Síndrome de Munchausen por poder”, de los autores María Fernanda Cujiño, Andrés Dávila, Mónica María Sarmiento, María Inés Villareal y Roberto Chaskel, de la Universidad de Bogotá, que realizan una revisión sobre el síndrome de Munchausen por poder en niños.

En el siglo XVIII, Karl Friedrich Hieronymus, barón de Münchhausen, se hizo famoso por contar historias de aventuras fantásticas que nunca le habían sucedido, como haber bailado en el estómago de una ballena o haber viajado a la luna. No fue hasta 1951 cuando el doctor Richard Asher, en honor al fantasioso barón, tomó su nombre para identificar a un peculiar síndrome consistente en fingir síntomas de enfermedad en ausencia de ésta. Es importante diferenciarlos de aquellos que simulan las dolencias para obtener algún beneficio o evitar responsabilidades, como sería el caso de cobrar un seguro médico o evitar la cárcel.  Los que adolecen este síndrome no buscan incentivos externos más allá de la atención médica que logran como pacientes.

Una variante de este síndrome es el Munchausen por poder, también conocido como trastorno facticio impuesto a otro, que como su nombre indica consiste en atribuir la enfermedad a otra persona, llegando a provocarle los síntomas incluso. Es frecuente que las víctimas en este caso sean menores de edad por lo que es considerada una forma de maltrato infantil potencialmente peligrosa y muy distinta de la que acostumbramos a tratar.

Los elementos esenciales del síndrome son la presencia de síntomas físicos o psicológicos que pueden ser inventados o producidos por los padres o cuidadores y que además remiten al separar a los niños de ellos y la negación por su parte de haber perpetrado la farsa. Los padres o cuidadores tienen la necesidad de enfermar al niño o de llamar la atención de esta forma. El problema radica en que no se posee una manera fácil de detectar las señales de este síndrome, por lo que es complejo ayudar a la sospecha diagnóstica ya que cualquier sistema puede encontrarse comprometido (respiratorio, gastrointestinal, cardiovascular) e incluso a veces presentar síntomas de diversas enfermedades al mismo tiempo. El síntoma más frecuente es el sangrado de cualquier tipo (44%), seguido de convulsiones (42%), apnea (15%), diarrea (11%), vómito (10%) y fiebre (10%).

Se ha calculado que existe una incidencia anual de 0,5 a 2 por cada 100000 niños menores de 16 años. La prevalencia es por igual en ambos sexos y la edad promedio es entre los tres y los cuatro años, aunque incluso se han observado casos en fetos. Y el intervalo entre el inicio de los síntomas y el diagnóstico es de 15 meses. Por lo general, la causante es la madre.

Como decíamos, no es fácil detectar este síndrome, pero hay algunas señales que pueden servir de indicadores a los clínicos:

  • Enfermedad persistente o recurrente que no puede ser explicada adecuadamente con una base médica.
  • Signos y síntomas que aparecen en la presencia del cuidador y desaparecen en su ausencia.
  • Madre sobreinvolucrada con la atención del paciente y siempre presente en el hospital.
  • El caso descrito parece un trastorno raro.
  • Ausencia de respuesta a tratamientos adecuados.
  • Discrepancia entre la historia, los hallazgos clínicos y el buen estado del niño.
  • Madre menos preocupada que el personal médico acerca de la enfermedad del paciente.
  • Familias con antecedentes previos de muertes infantiles inexplicadas.
  • Cuidador con experiencia o entrenamiento en el campo de la salud.
  • Historia psiquiátrica de la madre.
  • Conducta extraña de la madre en el hospital.
  • Gran cantidad de exámenes paraclínicos realizados y dentro de los límites normales.

Además, es importante conocer a los padres para ver sus perfiles. En general, los padres tienen buena relación con el equipo médico hasta que se descartan las causas orgánicas de la enfermedad de su hijo. La mayoría serán madres con experiencia o cercanía al área de salud y padres que no saben de la supuesta enfermedad o están poco involucrados en el cuidado del niño, frecuentemente con trabajos que les alejan de la familia por largos periodos de tiempo y una relación marital pobre.  Además, podemos ver que las madres son sobreprotectoras, aunque más afectivas con sus hijos cuando hay personas delante, y no reaccionan bien cuando se les discute sobre la enfermedad del niño o de las técnicas médicas a emplear.

La tasa de mortalidad de los niños diagnosticados es de 9%, siendo las causas de muerte más frecuente son sofocación y envenenamiento. En aquellos pacientes que no habían sufrido previamente heridas físicas y volvieron con sus familias se encontró evidencia de maltrato en 17% a los dos años de seguimiento. Algunos estudios añaden que, en caso de muerte en el primer niño, los padres inician el síndrome en otros niños de la casa. También se ha observado el patrón de que, al crecer, los niños se vuelven colaboradores y aceptan su papel de enfermos, aprendiendo pasivamente a tolerar los procedimientos médicos. Son niños que en un futuro muestran comportamiento hipocondriaco y llegan a ser perpetuadores del síndrome de Munchausen con sus propios hijos.

En conclusión, aún sabemos poco de este tipo de abuso que, por lo general, tiene como víctimas a los niños. A pesar de tener algunos indicadores basados principalmente en el perfil psicológico de los padres, es difícil dar una respuesta rápida ya que por las diversas formas de manifestarse el maltrato no es hasta que falla el tratamiento que podemos empezar a sospechar que se trata de una sintomatología provocada. Sin embargo, una vez detectado es importante la intervención tanto en el adulto perpetrador como en el propio niño para evitar que en un futuro continúe esa cadena de atrocidad.

Diferencias del desarrollo en la niñez intermedia en la memoria y la sugestión para eventos negativos y positivos. Club de las Ciencias Forenses.

interrogar-niños-eventos-positivos-negativos-ciencias-forenses

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Developmental Differences across Middle Childhood in Memory and Suggestibility for Negative and Positive Events”, de los autores Pedro M. Paz-Alonso y Gail S. Goodman, en un estudio conjunto de la Universidad de California y el Centro de Cognición, Cerebro y Lenguaje de Gipuzkoa, que estudia las diferencias en la memoria de los niños para eventos positivos y negativos según su franja de edad.

Una niña dice una mentira, pongamos que por un enfado propio de su edad. La niña acusa a un adulto de haber hecho algo que no debía con ella. Otros adultos lo oyen, se escandalizan y, a falta de un interrogatorio correctamente realizado, la niña es sugestionada y acaba creyendo su propia mentira. Y con esto, tanto la vida del hombre como de la niña quedan destrozadas.

El argumento de La Caza de Thomas Vinterberg podría ser fácilmente una historia basada en hechos reales. En el ámbito jurídico, el testimonio de los niños en ocasiones es necesario y si bien todos somos vulnerables de caer en las falsas memorias, es importante recordar que la mente de los niños es especialmente manipulable. Es por ello que es importante el estudio de los interrogatorios a menores para tener siempre la mayor confianza posible de que estamos acusando o defendiendo a alguien bajo un testimonio verídico.

Además, en gran medida, los experimentos sobre testimonios de niños se han basado en la memoria de estímulos neutros. Aunque también es posible que se necesite declarar sobre casos así, es más probable que el testimonio requerido sea en torno a un acontecimiento con carga emocional. Por ello, este estudio trata de evaluar la memoria de los niños de distintas edades sobre elementos con carga emocional.

El experimento tuvo dos fases. En la primera, se examinaron a 216 niños de 8 a 12 años sobre la intensidad de experiencias negativas y positivas. En primer lugar, se les pedía que dijeran hasta cuatro eventos positivos y otros cuatro negativos que les hubiera ocurrido en el último año. Después se les pedía que valoraran la intensidad de esos eventos de 0 (nada intensa) a 4 (muy intensa). Codificando juntos los eventos similares (por ejemplo, “mi décimo cumpleaños” y “mi fiesta de cumpleaños”) se juntaron un total de 37 eventos negativos y 40 positivos. La experiencia negativa más común fue “accidente/enfermedad”, mientras que la positiva fue “excursión/viaje con los padres”, por lo que se escogieron esas dos categorías para la siguiente fase.

En la segunda fase se utilizaron a otros 227 niños diferentes de los de la fase anterior de la misma franja de edad y se les clasificó en niños de 8 y 9 años por un lado, y niños de 10 a 12 por otro. Para esta fase se diseñaron dos vídeos basándose en los resultados de la primera fase, con una duración de 3 minutos y 40 segundos. Ambos vídeos mostraban una excursión familiar al campo pero tenían 30 segundos de metraje diferente: en uno, el niño se caía y lloraba en el suelo por las heridas de sus brazos y rodillas (evento negativo); en el otro, el niño jugaba con su padre (evento positivo). También se crearon dos textos diferentes para acompañar al vídeo: en uno de ellos se añadían detalles falsos que no aparecían en el vídeo y en el otro sólo había información verídica. Por lo tanto, dentro de cada uno de los dos grupos de edades se asignó a los niños a una de las cuatro condiciones experimentales: mal informados-evento negativo, mal informados-evento positivo, bien informados-evento negativo y bien informados-evento positivo.

Posteriormente se pasaba a los niños un cuestionario con 40 preguntas de respuesta múltiple para evaluar la memoria sobre el evento. La mitad de las preguntas eran correctas (por ejemplo, “¿el padre tenía el cabello oscuro y corto?” y así era). Diez de las preguntas restantes eran incorrectas (“¿lanza la pelota la niña al niño?” pero no sucedía así). Y las diez restantes tenían información incorrecta que aparecía en el texto con información falsa (“¿comían los niños un aperitivo?”). El orden de las preguntas fue aleatorio y de las cuatro opciones de respuesta, una era la verdadera, dos falsas y la cuarta era un “no lo sé” para evitar la respuesta forzosa.

Para confirmar que los datos de la primera fase se cumplían en esta segunda muestra, se pidió a los niños que dijeran si alguna vez habían vivido una experiencia similar a la del vídeo y que lo valoraran del 0 al 4. En ambos vídeos unas tres cuartas partes de los niños habían tenido una experiencia similar y la valoración media fue por encima de 3 puntos, por lo que se le atribuyó una alta intensidad emocional.

Se encontró que los niños de más edad eran menos maleables en cuanto a sus recuerdos y menos vulnerables a la información falsa que los más pequeños. También se encontró que se mejora el reconocimiento con la edad en el grupo que vio el evento negativo, pero no se encontró el mismo efecto en los que vieron el evento positivo. Además, el dar información falsa produjo más errores, especialmente cuando se trataba de detalles secundarios.

Aunque los datos son muy interesantes y suponen un avance, deben ser tenidos con cuidado en el ámbito forense. Los niños no fueron interrogados con recuerdo libre sino respondiendo a un test, lo que sesga la variedad de respuesta. Además, no había consecuencias de un error ni de una mentira en este experimento al tratarse de casi un juego para ellos y no de un testimonio real en un contexto policial. Por tanto, es aconsejable tomarse las generalizaciones con cuidado.