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Mes: febrero 2017

El orden de los factores altera el producto: El efecto de contraste en la percepción de la gravedad de un delito. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Contrast effect on the perception of the severity of a criminal offence”, de los autores Gabriel Rodríguez y Sara Blanco, de la Universidad del País Vasco, que estudian cómo nuestra percepción de la gravedad de un delito puede verse modulada por la gravedad de otras acciones a las que hemos sido previamente expuestos.

¿Has visto alguna vez la ilusión óptica conocida como el tablero de Adelson? Si no es así seguramente te costará creer que la casilla A y la casilla B son del mismo color. Y, sin embargo, así es. El efecto producido por los colores de alrededor y las sombras engañan a la vista, produciendo una ilusión llamada efecto de contraste, consistente en percibir algo de una manera o de otra en función de lo que lo rodea.

Este peculiar efecto no se encuentra sólo en la vista, afecta a toda nuestra percepción y por tanto, sesga nuestra concepción del mundo y afecta a nuestras decisiones. Pongamos como ejemplo dos jueces. El primero ha estado en audiencias anteriores atendiendo casos muy severos como homicidios y acciones terroristas. El segundo, en cambio, ha estado con casos más leves como multas de tráfico. Si a continuación a ambos se les presentara un caso de una gravedad media, ¿reaccionarían imponiendo la misma condena?

Lo ideal sería poder responder que sí, pero somos humanos y como decíamos antes nuestras decisiones se ven afectadas por nuestros sesgos. Es por ello que los autores de esta investigación creyeron que en estos casos también afectaría el efecto de contraste: la experiencia previa modularía la gravedad con que se vería ese caso, sobreacusándolo el juez que hubiera estado con delitos leves y desdeñándolo el de los delitos graves.

Para demostrarlo contaron con la colaboración de 152 estudiantes universitarios a los que dividieron en dos grupos. Todos los grupos verían cinco actos delictivos contemplados en el código penal junto a la gama de sentencias en meses que se corresponden para cada uno. Uno de los grupos vería cuatro delitos graves (como por ejemplo homicidio o prostitución de menores) y el otro cuatro delitos leves (como amenazar o cometer una infracción al volante). El quinto delito sería de gravedad media y sería el mismo para ambos: robo con violencia.

Los participantes simplemente debían asignar la pena que ellos creían adecuada para cada delito dentro del rango que dictaba la ley. Tal como se esperaba, aquellos que estuvieron viendo delitos graves tuvieron tendencia a aplicar las sentencias más leves al robo, mientras que los que vieron los delitos leves aplicaron las más severas. Lo cual nos da evidencia de que la experiencia previa se convierte en marco cognitivo para interpretar la información venidera, con las consecuencias que eso pueda tener como sesgo en nuestras decisiones.

En definitiva, una persona recibiría una condena diferente según la experiencia previa del juez, lo cual supone una injusticia. Sabiendo que este sesgo existe debería buscarse la manera de proteger a los acusados de una sentencia exagerada o reblandecida por motivos ajenos a ellos, en lugar de esperar que la suerte juegue a su favor.

El “acoso romántico”: Actitudes que normalizan y minimizan el acoso. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “ʻIt’s Not Really Stalking If You Know the Personʼ: Measuring Community Attitudes That Normalize, Justify and Minimise Stalking”, de los autores Bronwyn McKeon, Troy E. McEwan y Stefan Luebbers, de la Universidad de Monash (Australia), que aborda la confusión entre romanticismo y acoso, principalmente en los hombres.

Llamadas amenazantes de una expareja. Fotos comprometidas en internet. Alguien que te sigue por la calle o te espera frente a tu casa hasta que salgas. Hay muchas formas de acoso y algunas se ven más claras que otras. Por definición, entendemos como acoso un patrón de contactos reiterados y no deseados que son experimentados como intrusivos por parte del destinatario y le hacen sentir angustia o miedo. Sin embargo, hay situaciones que, debido a la cultura en la que hemos crecido, nos cuesta más distinguir como acoso.

Por lo general, se tiende a ver como una amenaza a los acosadores desconocidos, pero no a los que son cercanos a la víctima. Y, sin embargo, la investigación nos demuestra que los extraños tienen menos tendencia a persistir en el acoso y son mucho menos propensos a utilizar la violencia. Un exnovio que no ha superado la ruptura o un conocido que trata de “conquistar” a la víctima son vistos como algo legítimo en la mayoría de los casos, lo que conlleva que las víctimas no reciban la ayuda necesaria e incluso que ni siquiera la pidan porque saben la respuesta legal y social que les espera.

Algunos estudios anteriores han demostrado que los hombres y las mujeres entienden por igual el acoso cuando se trata de violencia hacia la víctima, de forzarla o de acecharla. Sin embargo, difieren cuando las conductas pueden disfrazarse de “romanticismo” como el envío de regalos o preguntar información acerca de ellas. Debido a este problema de confusión entre el cortejo y el acoso se propuso indagar las actitudes y creencias de la población al respecto para ser capaces de hacer campañas educativas contra el acoso y programas de tratamiento para los acosadores y las víctimas.

Para este estudio contaron con 524 participantes (244 personas de la población general y 280 miembros del cuerpo de policía), con cierto predominio masculino en la muestra (61% de hombres en la población general y 73% en la de policías). El rango de edad fue entre 20 y 84 años, con una edad media de 43, mientras que la media entre los policías fue de diez años menos y sólo hasta los 63 años. Se envió a los participantes un paquete que contenía una carta explicativa con las instrucciones, un cuestionario demográfico, una viñeta que describía una situación de acoso, una copia de la ley contra el acecho y el acoso, un cuestionario relativo a sus percepciones sobre el acoso que se ve en la viñeta, el Cuestionario sobre Actitudes Relacionadas con el Acoso (SRAQ) y un sobre en el que renviar sus respuestas.

El SRAQ es un cuestionario con 34 preguntas tipo Likert que deben valorarse de 1 (absolutamente falso) a 7 (totalmente cierto) e indican acuerdo con mitos o estereotipos sobre el acoso. 15 de los artículos son específicos para un agresor masculino y una víctima femenina (ej: “A un hombre se le debe permitir perseguir a una mujer hasta cierto punto, si es parte del romance”). Las otras 19 son sin género (ej: “No es realmente acoso si conoces a las personas y ellas te conocen a ti”). Sobre las escenas de acoso, había seis en total pero cada participante recibía sólo una al azar que consistían en situaciones de acoso entre un agresor masculino y una víctima femenina que persistía durante varias semanas e involucraban acercamientos e intentos de comunicación no deseados. La variante entre las escenas era la motivación para acosar a la víctima: intentar conseguir una cita, delirio romántico, tratar de reanudar una relación, venganza o trastorno sexual. No hubo problema con utilizar distintas imágenes ya que pertenecían a otro estudio sobre el acoso y no hay diferencias estadísticas entre ellas.

Según el estudio, se encontraron tres creencias o actitudes latentes sobre el acoso en la muestra que minimizan la gravedad del acoso y lo normalizan: “el acoso no es algo serio”, “el acoso es romántico” y “la culpa es de las víctimas”. Además, se encontró que los hombres apoyaban las creencias sobre el acoso más que las mujeres y disculpaban al acosador, así mismo, los miembros de la policía apoyaban estos mitos en menor medida que el resto de la población. En términos generales, este estudio apoya la idea de que existen actitudes en la población que influyen en si se toman en serio o no a las víctimas de acoso y del nivel de apoyo y ayuda que reciben. Es posible que la diferencia de percepción de este problema entre la población general y los miembros de la policía sea por la formación adicional que estos reciben sobre el tema, lo cual es esperanzador, ya que podría significar que con la intervención adecuada podría concienciarse al resto de la población (y principalmente a los hombres) de la importancia y gravedad de este problema, dismitificándolo fuera del amor romántico.

La privación del sueño provoca confesiones falsas. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Sleep deprivation and false confessions”, de los autores Steven J. Frenda, Shari R. Berkowitz, Elizabeth F. Loftus, and Kimberly M. Fenn, en un estudio conjunto de la Universidad de Nueva York, la Universidad de California y la Universidad de Michigan, que aborda como la privación del sueño hace más propensas a las personas a firmar una confesión falsa.

En Estados Unidos se calcula que al menos el 4% de las personas condenadas a muerte eran en realidad inocentes. Los estudios sobre condenas erróneas reconocidas nos dicen que las confesiones falsas son un importante factor. Entendemos confesión falsa cuando una persona inocente hace la falsa declaración de culpabilidad y añade la narrativa de por qué y cómo cometió el delito. Aunque incluso sin la narrativa, una confesión de culpabilidad convierte al sospechoso en el blanco de la investigación criminal. Incluso cuando se avisa al jurado de que la confesión ha sido forzada, ésta afecta su percepción del acusado e influye en su decisión.

Sería fácil pensar que las confesiones falsas sólo aparecen tras algún tipo de coacción física; sin embargo, los interrogadores a menudo recurren a estrategias de coacción psicológicas. La falta de sueño afecta a muchas de las habilidades cognitivas que pueden ser cruciales en la resistencia a este tipo de coacción: además de alterar el estado de ánimo, reduce el control inhibitorio, lo que lleva a la gente a tomar decisiones más arriesgadas e interfiere con su capacidad para anticipar y medir las consecuencias de sus acciones. Además, investigaciones recientes han puesto en relación la falta de sueño con la formación de recuerdos falsos y distorsionados de sucesos pasados, lo que sugiere que las personas privadas de sueño son especialmente vulnerables a sugestión y manipulación.

Debido a la gravedad de utilizar estas técnicas, cuyos resultados no influyen a los culpables sino que van en detrimento de los inocentes es el objetivo de esta investigación comprobar la tendencia a confesar algo de lo que se es inocente a gente descansada y gente privada de sueño para comprobar las diferencias entre ambos grupos.

En el experimento participaron 88 estudiantes universitarios de entre 18 y 23 años, de diverso origen étnico y la mitad mujeres. Consistía en tres sesiones de laboratorio: tanto en la primera como en la segunda se les pedía que hicieran unos test a ordenador, entre ellos unos para medir la impulsividad cognitiva, y se les advertía que no debían tocar la tecla ESC del ordenador o se perderían los datos. Entre ambas sesiones se dejaba pasar una semana. Tras la segunda, a la mitad se les dejó dormir en el laboratorio y a la otra mitad se les obligó a permanecer toda la noche despiertos, ocurriendo la tercera sesión al día siguiente por la mañana. En esta sesión se les acusaba falsamente de haber pulsado la tecla ESC en la primera sesión y se les dio una declaración para que la firmaran, afirmando haber pulsado la tecla.

Tras la primera solicitud de que firmaran, encontramos que la mitad de lo que no han dormido aceptan, mientras que de los descansados sólo lo hacen el 18%. Tras una segunda y última insistencia, el 68,2% de los que no han dormido confiesan y un 38,6% de los que sí lo han hecho. Sin embargo, los datos realmente impactantes son en correlación a las otras pruebas realizadas. En relación al nivel de somnolencia subjetiva percibida, independientemente de en qué grupo experimental estuvieran, los participantes que reportaban altos niveles de somnolencia tenían 4,5 veces más posibilidades de confesar que en participantes con bajos niveles de somnolencia. También se encontró que los participantes que eran impulsivos eran más vulnerables a las confesiones falsas, tal y como se esperaba.

En conclusión, la privación del sueño tiene consecuencias desastrosas a la hora de obtener confesiones, impulsando a los inocentes a declarar; especialmente cuando se trata de personas vulnerables al cansancio o impulsivas. Es por ello que esta técnica no debería ser utilizada para lograr confesiones, del mismo modo que no deberían llevarse a cabo interrogatorios durante la noche ni de más de 12 o incluso 24 horas como en ocasiones se ha hecho, para evitar que el desgaste cognitivo haga el mismo efecto que la privación del sueño.

Utilidad del test SDQ para detectar jóvenes pirómanos. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The utility of the Strengths and Difficulties Questionnaire as a screening measure among children and adolescents who light fires”, de los autores Ian Lambie y Ariana Krynen, de la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda), que nos enseña como un sencillo test puede ser utilizado para detectar conductas piromaniacas en niños y adolescentes.

La piromanía es un comportamiento con altas tasas de participación de niños y adolescentes. En 2014, los niños de hasta 17 años fueron el 49% de las detenciones por incendios en Nueva Zelanda, y los menores de 21 fueron responsables de hasta un 60%. Del mismo modo, en Estados Unidos los menores de 18 años son el 45% de los casos de conductas piromaniacas; y en Reino Unido, el 40% se achaca a niños entre 10 y 17 años.

Por lo que sabemos, consiste en comenzar un fuego de forma deliberada y es más común en varones. Es un comportamiento potencialmente peligroso, con serios daños emocionales y económicos. Además, se trata de una conducta recurrente, por lo que es importante realizar intervenciones que reduzcan las posibilidades de futuros incidentes. Las investigaciones previas correlacionan la piromanía con trastornos de conducta antisocial. Es por ello que se propone el test SDQ como herramienta para el cribado y la detección de pirómanos en la infancia y adolescencia.

La muestra está compuesta por 57 niños y adolescentes con edades comprendidas entre los 6 y los 17 años que tuvieron un comportamiento pirómano en los últimos seis meses. El 90% de la muestra fueron varones, es decir, sólo hubo seis chicas. La muestra se dividió en tres subgrupos por edades. El primer grupo comprendía a los niños entre 6 y 10 años, que fueron un total de dieciséis, doce de ellos chicos. El segundo grupo fueron catorce chicos, todo varones, de entre 11 y 13 años. Y el tercero fueron veintisiete participantes, 25 de los cuales eran hombres, con edades entre 14 y 17 años. Para hacer comparaciones se seleccionó a los 32 chavales de entre 13 y 17 años que tenían conducta pirómana y a 484 estudiantes de entre 13 y 17 años, de los cuales el 51% eran varones, que nunca habían mostrado síntomas de conducta pirómana.

Se les pasó el cuestionario SDQ (“Strengths and Difficulties Questionnaire” o Cuestionario de Fortalezas/Capacidades y Dificultades), que sirve para cribar problemas emocionales y de comportamiento en jóvenes entre 4 y 17 años. Son 25 ítems que se subdividen en cinco escalas: síntomas emocionales (ej. “tengo muchas preocupaciones”), problemas de conducta (ej. “a menudo tengo mal genio”), hiperactividad o déficit de atención (ej. “no puedo quedarme quieto por mucho tiempo”), problemas en la relación con iguales (ej. “soy más bien solitario”) y conducta prosocial (ej. “ofrezco ayuda cuando la necesitan”). Además incluye un suplemento de preguntas para el malestar general y el bienestar emocional. Es uno de los test más utilizado para salud mental en niños y adolescentes por su fiabilidad y validez.

El test fue utilizado en su versión para padres y profesores y en casos de autoinforme cuando era posible (mayores de 11 años). Sin embargo, no todos los profesores cumplimentaron el informe, de modo que los datos de todos los profesores se dejaron fuera del análisis.

  • De 6 a 10 años: El 56% tenían puntuaciones en el rango anormal, lo que sugiere que tenían un riesgo considerable de tener algún tipo de problema clínico. El 69% tenían problemas de conducta, el 56% de relación entre iguales, el 38% déficit de atención y 38% de falta de conducta prosocial. Pero en los problemas emocionales, el 69% tuvo un rango normal. En las preguntas suplementarias, el 50% de los padres consideró que sus hijos tenían dificultades.
  • De 11 a 13 años: se tenían tantos los reportes de los padres como los de autoinforme. El 78,6% y el 27,3% respectivamente indicaban que estaban que estaban en riesgo sustancial de tener problemas clínicos. Según los informes de los padres, el 78,6% tenían problemas de conducta (36,4% según el autoinforme), el 71,4% de relación entre iguales, el 42,9% de síntomas emocionales, el 28,6% déficit de atención (45,5% según el autoinforme), pero no hubo problemas con la conducta prosocial. Para los valores suplementerios encontramos 64,3% y 45,5% (padres e hijos respectivamente) en valores anormales de angustia y malestar.
  • De 14 a 17 años: se tenían tantos los reportes de los padres como los de autoinforme. El 40% y el 11,5% respectivamente indicaban que estaban que estaban en riesgo sustancial de tener problemas clínicos. Según los informes de los padres, el 40% tenían problemas de conducta (27% según el autoinforme), el 24% de relación entre iguales, el 44% déficit de atención (23% según el autoinforme), pero no hubo problemas con la conducta prosocial ni problemas emocionales. Para los valores suplementerios había una gran proporción de valores anormales de angustia y malestar.

A nivel general, no encontramos diferencias entre los tres grupos entre sí que sean estadísticamente significativas. Pero al compararlos con la muestra de niños sin problemas de piromanía encontramos que hay diferencias significativas para los problemas de conducta, los problemas de atención e hiperactividad y totales más altos en general. En el resto de escalas no hubo diferencias. También se encontró que correlacionaban los autoinformes de los niños con los de los padres, a pesar de las diferencias antes observadas.

En conclusión, los niños y adolescentes con tendencias a la piromanía exhibían una amplia gama de problemas conductuales y psicosociales. La identificación de estos casos es clave para evitar desastres y proporcionar ayuda a la familia en una intervención adecuada. Para futuras investigaciones sería interesante que los estudiantes que usaron como grupo control se ajustaran a la muestra en sexo, dado que una era casi en su totalidad varones y en la otra eran la mitad. Y también sería interesante replicar este estudio con adolescentes de otras partes del mundo, no sólo de Nueva Zelanda. Algo que con las nuevas tecnologías sería fácil de conseguir por internet o colaborando con otras universidades. Pero es un importante paso en la detección de pirómanos.