Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Female serial killers in the United States: means, motives, and makings”, de los autores Marissa A. Harrison, Erin A. Murphy, Lavina Y. Ho, Thomas G. Bowers y Claire V. Flaherty, de la Universidad Estatal de Pensilvania, que analizan las características de las asesinas en serie.

Ted Bundy. Charles Manson. John Wayne Gacy. Nombres que no pasan inadvertidos, que evocan escenas horribles. Y es que, por lo general, los asesinos en serie fascinan tanto como horrorizan al público. Ese morbo por estas figuras podemos encontrarlo en los medios como Se7en, El silencio de los corderos, la serie Dexter, etc. Sin embargo, nombres como Belle Gunness, Nannie Doss o Dorothea Puente no nos dicen nada. Y es que las mujeres han sido ignoradas por la historia en muchos campos. Es un error muy común creer que va en contra de la “naturaleza” de la mujer cometer asesinatos múltiples, y como resultado de ese inocente concepto muchos crímenes han quedado sin resolver.

Según los estudios, 1 de cada 6 asesinos en serie es una mujer. No es una cantidad despreciable teniendo en cuenta las mortales consecuencias de ignorar su existencia, y es por ello el objetivo de este estudio dar a conocer las características de estas mujeres y sus diferencias en cuanto a sus crímenes en comparación con los de los varones.

Para este estudio se analizaron 64 casos. De los cuales, 55 eran de raza blanca, 6 afroamericanas y 1 latina. La información sobre su afiliación religiosa era limitada pero 18 de los casos se indicaron como 100% cristianas. El estado civil estuvo disponible sólo para 59 de las mujeres: en el momento de sus asesinatos, estaban casadas el 54,2%, el 15,3% estaban divorciadas, 13,5% eran viudas, 8,5% estaban en relaciones duraderas y 8,5% eran solteras. Para aquellas que estaban casadas, divorciadas o viudas (81,4%; n = 48), se promediaron dos matrimonios, con un rango que iba de uno a siete. Casi una cuarta parte (22,9%) se casó tres o más veces.

El nivel socioeconómico fue medido en 47 de los casos, siendo la mayoría clase media (55,3%), algo menos eran de clase baja (40,4%) y la clase alta fue muy infrecuente (4,3%). La media de edad para el primer asesinato era de 32 años, aunque la horquilla abarca desde los 16 hasta los 65. Casi la mitad cometieron el crimen en la veintena (49,2%) y casi la cuarta parte en la treintena (24,6%), siendo las dos franjas principales. Además, la media de edad para cesar en los asesinatos fueron los 39,25 años, dando un periodo de actividad medio de 7,25 años y un promedio de 6,1 víctimas (con un rango de 3 a 31 víctimas).

Respecto a los logros académicos se encontró poca información y muy dispar, encontrando desde abandono escolar hasta titulación universitaria. Lo mismo ocurre con la inteligencia estimada. Respecto al oficio se tienen datos de 51 de las asesinas, que mostraban también un amplio espectro, desde maestras hasta prostitutas. Un 39,2% tenía empleos relacionados con la salud (como por ejemplo enfermeras, auxiliares, administrativas en centros de salud) y un 21,6% trabajaban en cuidado de otros (niñera, ama de casa, esposa y/o madre). Sólo una estaba en paro. Respecto a su apariencia física, está disponible de 25 casos. Diez fueron descritas como “normal”, siete como atractivas, cinco con sobrepeso y tres como poco atractivas.

Casi el 40% de la muestra experimentó algún tipo de enfermedad mental, mientras que casi un tercio (31,5%) había sufrido algún tipo de abuso, ya sea físico o sexual (o ambos), por cualquiera de los padres o abuelos en la infancia, y por esposos o parejas a largo plazo en edad adulta. Incluso en ausencia de enfermedad mental diagnosticada, los autores informan de las características de personalidad “disfuncionales”, tales como la mentira, la manipulación o la falta de sinceridad en muchos de los casos.

Lo más común es que mataran para obtener ganancias financieras pero también murieron por el poder, la venganza, la notoriedad y la emoción. Las mujeres no recurren generalmente a asaltar sexualmente a sus víctimas, ni tampoco tienden a mutilar o torturar, como vemos con los asesinos en serie masculinos. Su método para cometer los crímenes más común era el envenenamiento, siendo el 50% de los casos y mostrándose cuatro veces más propensas que los hombres a esta técnica.

Su tendencia era a matar tanto a hombres como a mujeres (67,3%), siendo las que mataban sólo a hombres un 20% y las que mataban mujeres solamente un 12,7%. Las víctimas eran conocidas por las asesinas en el 92,2% de los casos, siendo familiares muchas veces (43,8% eran sus propios hijos y en un 29,7% sus parejas). Por lo general, atacaban al menos a una persona indefensa o a su cuidado, víctimas con poca o ninguna posibilidad de defenderse como niños, ancianos o enfermos (71,9%).

En resumen, las mujeres (como los hombres) matan. Pero, dicen estos investigadores, la diferencia fundamental es que las mujeres tienden a matar por los recursos (por ejemplo, la utilidad, comodidad, control) mientras que los hombres matan por sexo (por ejemplo, la violación, la tortura sexual, la mutilación). Es imprescindible conocer mejor los factores de riesgo psicosocial para la prevención y minimizar el número potencial de víctimas en el futuro.