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Autor: Encarnación Bastida Navarro (página 1 de 4)

Familiaridad y falsas memorias en la rueda de reconocimiento. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Feelings of familiarity and false memory for specific associations resulting from mugshot exposure”, de los autores Alan W. Kersten y Julie L. Earles, de la Universidad de Florida, que analizan cómo las ruedas de reconocimiento pueden afectar a la memoria de los testigos.

El 27 de octubre de 1985, una mujer fue violada en su propia casa, en Virginia (Estados Unidos). Ella dijo a la policía que la habitación estaba a oscuras y no pudo ver la cara del agresor, pero dos de sus vecinos testificaron haber visto a un hombre llamado Walter Snyder fuera de la casa la víctima poco antes del ataque. Snyder fue interrogado y su foto fue incluida entre las que se mostraron a la víctima para el reconocimiento. La mujer no le señaló como el perpetrador pero sí que manifestó que las cejas de él le resultaban familiares. Meses después, en la rueda de reconocimiento, la víctima le reconoció como culpable. Después de siete años en prisión, la familia logró que se hicieran pruebas de ADN (en ese momento novedosas) y tras tres pruebas diferentes fue descartado como culpable.

Este caso demuestra los peligros asociados con la presentación de fotos de los sospechosos a los testigos oculares y a las víctimas de un crimen. Aunque puede ser una herramienta de investigación útil, también puede tener el efecto de contaminar la memoria de los testigos oculares sobre el evento. Si un individuo representado en las fotografías se asemeja al autor real o si resulta familiar a la víctima por otras razones, puede hacer que un testigo recuerde más tarde haber visto al individuo representado cometer el crimen. Como por ejemplo en este caso, que Walter Snyder resultaba familiar a la víctima porque ella lo había visto pasear en el vecindario. Este proceso se llama “transferencia inconsciente”.

Para estudiar en profundidad este proceso, los investigadores utilizaron a 80 estudiantes, con una edad media de 20 años, y 40 ancianos, con una media de 71 años.  A cada participante se le mostró una serie de fragmentos de vídeo de actores que realizaban acciones sencillas y luego se les indicó que recordaran qué actor realizó esa tarea. Completaron esta tarea 36 veces cada uno.

Después de las presentaciones, los 40 adultos mayores y la mitad de los jóvenes (otros 40) fueron examinados inmediatamente para ver cuánto podían reconocer correctamente. Los 40 jóvenes restantes fueron examinados de nuevo tres semanas más tarde.

Según los resultados, tanto los participantes más jóvenes como los mayores eran más propensos a reconocer falsamente los acontecimientos si los actores que aparecían en esos eventos también habían aparecido en las fotos. Además, para los adultos mayores, la toma de fotografías significaba que experimentaban una sensación de familiaridad cuando veían al actor actuar en los fragmentos de vídeo, incluso si se les había preguntado una acción diferente cuando vieron las fotos. Los investigadores creen que esto probablemente signifique que las personas mayores reconocieron la cara familiar, pero no pudieron ubicar por qué. Por su parte, los más jóvenes tenían tendencia a crear más falsos recuerdos siempre que la pregunta y la fotografía le hubieran sido presentadas de manera conjunta en la tarea, ya que esto parecía crear algún tipo de aprendizaje asociativo que afectaba al recuerdo original.

En conclusión, tras la primera rueda de reconocimiento, ya sean fotos o en persona, un mismo testigo no debería ser llamado de nuevo para un segundo reconocimiento ya que su recuerdo del evento está enturbiado por la visión de los sospechosos.

Las acosadoras. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The Female Stalker”, de los autores J. Reid Meloy, Kris Mohandie y Mila Green, de la Universidad de Phoenix, que estudian el perfil de las acosadoras.

Aunque la mayoría de acosadores son varones cuyas víctimas son mujeres, también podemos encontrar acosadoras. Hasta hace una década se trataba de una proporción de cuatro a uno, pero no deja de ser una minoría significativa. Las víctimas masculinas del acoso femenino se enfrentan a menudo a la indiferencia, el escepticismo o incluso la burla. Incluso se llega a cuestionar su sexualidad. E incluso en igualdad de condiciones, una acosadora tiene menos papeletas para ser procesada. Por lo general, se tiende a pensar que por su inferioridad física una acosadora es menos peligrosa o incluso menos digna del foco atencional de la propia criminología. Por ello, es importante investigar a este colectivo y lograr el manejo de esta amenaza tan obviada.

Se investigaron 1005 casos de acoso de ambos sexos para un estudio comparativo, entendiendo como conducta de acecho dos o más contactos no deseados hacia una misma persona que generara un miedo razonable en ella. Se codificaron en los casos 50 variables que incluían aspectos demográficos, objetivos del acoso, consecuencias legales y reincidencia. Además se disponía de una valoración del estado mental de los acosadores en el 76% de los casos.

Se identificaron 143 acosadoras femeninas en la muestra, cuyo perfil típico era el de una mujer soltera, separada o divorciada de unos 30 años con un diagnóstico psiquiátrico, la mayoría de las veces un trastorno del estado de ánimo. Era más probable que persiguiera a un varón conocido, extranjero o celebridad, en lugar de alguien con quien tuviera una intimidad sexual previa. En comparación con los acosadores masculinos, las acosadoras tenían antecedentes penales significativamente menos frecuentes y eran significativamente menos amenazantes y violentos. Su comportamiento de búsqueda era menos basado en la proximidad, y sus comunicaciones eran más benignas que las de los hombres. La duración media del acecho fue de 17 meses, pero la duración modal fue de dos meses. La reincidencia fue de 50%, con un tiempo modal entre la intervención y el contacto con la víctima de un día. Cualquier relación real previa (relaciones sexuales íntimas o conocidas) aumentó significativamente la frecuencia de las amenazas y la violencia con grandes tamaños de efecto para toda la muestra femenina. Este resultó ser el subgrupo más peligroso, de los cuales la mayoría amenazaban y eran físicamente violentas. Las menos peligrosas eran los acosadoras de las celebridades de Hollywood. Dos de las variables predictoras para la violencia en el acecho de los hombres fueron validadas externamente con tamaños de efecto moderados para las mujeres: las amenazas se asociaron con un mayor riesgo de violencia y la escritura de cartas se asoció con un menor riesgo de violencia.

En conclusión,  la relación entre el acosador y la víctima parece primordial en el comportamiento del acosador femenino. En mujeres mitiga la agresión, pero el apego la agrava.  De hecho, el subgrupo más peligroso entre los acosadores masculinos y femeninos es aquellos que han tenido una relación previa sexualmente íntima con la víctima. Este estudio subraya la importancia de determinar el tipo de acosador cuando se realizan investigaciones o intervenciones de planificación, partiendo de las dos tipologías de acecho.

La pantalla del móvil revela toda nuestra vida. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Lifestyle chemistries from phones for individual profiling”, de los autores Amina Bouslimani, Alexey V. Melnik, Zhenjiang Xu, Amnon Amir, Ricardo R. da Silva, Mingxun Wang, Nuno Bandeira, Theodore Alexandrov, Rob Knight y Pieter C. Dorrestein, de la Universidad de California, que estudian los restos orgánicos de los teléfonos móviles.

Sabemos que nuestro móvil tiene todo sobre nosotros. En las redes sociales están los datos de nuestros amigos, dónde trabajamos e incluso dónde estamos pasando las vacaciones. En la galería de imágenes hay más fotos de nuestra vida privada en un año de las que nuestros padres se hicieron en toda una vida. En Youtube hay un registro de qué música escuchas y Google sabe dónde has estado. Nuestro móvil puede realizar un análisis completo de nuestras vidas y nuestra forma de ser. Pero, ¿sabías que puede hacerlo también sin necesidad de desbloquear tu pantalla?

Cada vez que nuestros dedos tocan el teléfono móvil, dejamos atrás pequeños restos. A veces células de piel, otras de lo que hemos tocado recientemente. Pequeñas moléculas del café del desayuno, del champú o tabaco. El móvil, que de media tenemos unas cinco horas diarias en las manos, es también una especie de diario de nuestra propia vida para un científico forense.

En este estudio analizaron las sobras químicas en los teléfonos de 39 voluntarios, pasando un simple bastoncillo por la pantalla, y los dedos de la mano derecha, comparando los patrones químicos entre ambos. La coincidencia entre ambos sugeriría que esas moléculas de la piel habían sido transferidas al teléfono de cada usuario. Los científicos identificaron muchas de las moléculas que encontraron y posteriormente los compararon con una base de datos de productos químicos que contiene los perfiles de varios compuestos, incluyendo especias, cafeína y medicinas.

Las huellas de cientos de miles de moléculas diferentes aparecieron en cada teléfono. Las moléculas reflejaban lo que había estado en el cuerpo, como los medicamentos y los alimentos. También reflejaban lo que cada persona había manejado antes de tocar el teléfono, como jabón o maquillaje. De hecho, la mayoría de las moléculas provienen de productos de belleza, medicinas y alimentos. Estos residuos ayudaron a los científicos a analizar el comportamiento de cada usuario del teléfono. Los resultados a menudo podían descubrir si al propietario de un teléfono le gustaba la comida picante, bebía café o usaba desodorante. Las pruebas podían indicar lugares que alguien había visitado recientemente o incluso podían señalar si estaba enfermo.

Incluso después de lavarnos las manos tras comer, pequeños rastros moleculares quedan en nuestros dedos y pasan al teléfono. De hecho, lavarnos las manos añade a nuestra huella molecular rastros de jabón. Cada actividad aumenta la complejidad de la huella que vamos depositando. Encontramos por ejemplo el caso del participante número 21, en cuya pantalla se apreciaban restos de un medicamento antidepresivo, el citalopram, seguramente procedente del sudor de sus manos.

Esto significa que con sólo analizar un teléfono móvil, podemos hacer un perfil de su usuario. Por ejemplo, podríamos decir si probablemente es una mujer, qué tipo de cosméticos usa, si se tiñe el cabello, si bebe café, si prefiere el vino a la cerveza o si toma comida picante. La policía ya utiliza análisis moleculares para buscar rastros de explosivos o drogas ilegales, pero pronto podrán usar los residuos del teléfono para reducir las pistas en buscar a un sospechoso o localizar a alguien que dejó un teléfono detrás en una escena del crimen. La privacidad en el siglo XXI será pronto tan sólo un recuerdo anecdótico del siglo XX.

Detectar el suicidio en los rasgos faciales. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Detecting Suicidality From Facial Appearance”, de los autores Sela Kleiman y Nicholas O. Rule, de la Universidad de Toronto, que estudian los rasgos faciales asociados a la conducta suicida. 

El suicidio es la primera causa de muerte no natural en España. Dificultad para concentrarse, desprenderse de sus pertenencias, cambios repentinos de comportamiento, pérdida de interés en sus actividades, dificultades en el trabajo, modificación de los hábitos alimentarios o de sueño, conductas autodestructivas o consumo de drogas o alcohol. Hay muchas señales y a pesar de todo, no somos capaces de verlo venir. Es difícil estar atento a tantas señales que a veces pueden achacarse a otros factores… Pero, ¿y si pudiéramos preverlo con un simple vistazo?

Un equipo canadiense plantea la posibilidad, a lo largo de varios estudios y experimentos, de que haya algún tipo de patrón detectable en la cara de los suicidas que nos pueda dar la pista de que van a cometer un suicidio en breve. Lo cual sería una valiosa herramienta en la prevención.

Para este experimento se cogieron fotos de personas fallecidas por suicidio y de personas vivas de sus anuarios del instituto y la universidad. Fueron un total de 80 fotos, 40 de cada tipo (12 mujeres y 28 hombres), que se emparejaron por sexo y raza y se recortaron para mostrar únicamente el rostro. Además se pusieron en escala de grises para tratar de homogeneizarlas entre sí.

En la primera fase del estudio, se pidió a 33 participantes que observaran las 80 fotos y determinaran rápidamente, basándose en su “intuición”, si creían que las personas de las fotografías se habían suicidado o si estaban vivas. Sin importar si el participante ni el individuo representado en la foto eran hombre o mujer, los participantes fueron capaces de identificar con éxito a aquellos que se habían suicidado a un nivel significativamente por encima del azar.

En la siguiente fase, los investigadores querían estar seguros de que el peinado o la forma de la cara no estaban afectando las decisiones. Así que se recortó las fotos más para mostrar sólo “características faciales internas”. 30 participantes examinaron las fotos y, de nuevo, fueron capaces de identificar a las personas que se habían suicidado por encima del azar.

Posteriormente se consiguieron otras 25 fotos de suicidas que posaban mirando a la cámara de entre 14 y 19 años y se emparejaron de nuevo con la misma cantidad de fotos coincidentes en sexo y raza. Esta vez también se tuvieron en cuenta otros detalles al emparejarlos como llevar gafas, por ejemplo. Y, para mayor fiabilidad, realizó el emparejamiento una persona ajena a la investigación para evitar posibles sesgos. Una vez más se recortaron para mostrar sólo los rasgos faciales internos y se presentaron a 29 participantes, que de nuevo acertaron por encima del azar.

Para un segundo estudio, 161 estudiantes de calificaron las fotos de la primera fase del estudio anterior en medidas de depresión, desesperanza, satisfacción con la vida o impulsividad. Las víctimas de suicidio fueron vistas como más impulsivas y más deprimidas, pero no se observaron diferencias en los otros factores. Por lo tanto, las inferencias de la depresión e impulsividad contribuyen a las percepciones sobre el suicidio, pero sólo las inferencias sobre impulsividad realmente pueden predecir si un individuo se suicidará.

En un tercer estudio, pidieron a 133 participantes que evaluaran cada cara sobre la probabilidad de que pensaran que la persona representada podría hacer una compra impulsiva, participar en un comportamiento sexual impulsivo (relaciones sexuales sin protección) o participar en un acto violento impulsivo (una pelea en un bar). Los suicidas fueron juzgados con mayor probabilidad de estar involucrados en un altercado violento, pero no se les veía más propensos a participar en relaciones sexuales sin protección o a realizar una compra impulsiva.  Con lo cual, los investigadores concluyen que, como el suicidio constituye un acto violento contra el yo, hay algún tipo de señal en la apariencia facial que indica la posibilidad violencia impulsiva para el observador.

En conclusión, parece que es posible que haya algún tipo de lenguaje no verbal que ponga en evidencia la ideación suicida. Sería importante aprender a evaluar esos rasgos concretos y detectarlos como una importante medida de prevención.

Perfiles neuropsicológicos de los asesinos de niños. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Killing A Child: Neuropsychological Profiles of Murderers of Children”, de los autores Nicole M. Azores-Gococo, Michael Brook, Saritha P. Teralandur y Robert E. Hanlon, de la Universidad de Northwestern, que analizan las diferencias entre asesinos de niños y otros tipos de asesinos. 

El homicidio de una víctima infantil es una de las categorías más raras y menos entendidas de homicidio. Es por ello que la identificación de las diferencias entre los asesinos de niños y homicidas de cualquier rango de edad es muy limitada pero podría ayudar a predecir qué niños pueden estar en riesgo.

Estudios anteriores se han centrado principalmente en las mujeres que mataron a bebés y niños. El estudio actual amplió el enfoque para incluir a hombres y mujeres. Por tanto, el objetivo del estudio fue examinar los perfiles demográficos, criminológicos, psiquiátricos y cognitivos de un grupo de autores de homicidios que mataron a niños.

Los participantes incluyeron a 33 personas (27 hombres y 6 mujeres) condenadas por asesinato de primer grado en tres estados (Illinois, Missouri e Indiana) que fueron remitidos para evaluaciones neuropsicológicas forenses para evaluar la aptitud para someterse a juicio, su responsabilidad penal o la sentencia. De este pequeño grupo, la edad promedio fue de 32 años, el 48,5% eran afroamericanos, el 36,4% eran caucásicos y el 12,1% eran hispanos, mientras que el 3,0% se describía como “otro” en términos de raza/etnia. Además, un 60,6% eran solteros.

Las evaluaciones forenses incluyeron tres componentes: (a) una entrevista clínica detallada, (b) revisión de registros pertinentes, y (c) evaluación neuropsicológica integral. En la entrevista clínica, se preguntó a los participantes acerca de su información demográfica, historia de desarrollo, historia educativa, historia vocacional, historia médica, historia psiquiátrica, antecedentes penales, relación con la víctima y los relatos de sus respectivos delitos. La revisión de registros incluyó informes policiales, fotos de escenas del crimen, informes de autopsias, informes de antecedentes penales, registros correccionales, expedientes médicos, registros psiquiátricos, registros escolares, documentos judiciales y entrevistas de colaterales y abogados. El rendimiento neurocognitivo se evaluó mediante pruebas neuropsicológicas estandarizadas y el funcionamiento intelectual se evaluó utilizando la Escala de Inteligencia de Adultos Wechsler 4ª edición (WAIS-IV).

Los resultados nos revelan que los individuos que matan solamente a niños tienden a tener una inteligencia relativamente baja y eran más propensos a puntuar más bajo en las mediciones del lenguaje y la memoria verbal (que los investigadores vinculan a habilidades de mediación de conflictos pobres). Además tienden a matar impulsivamente, con métodos manuales (por ejemplo, palizas, ahogamiento), en comparación con las personas que asesinan a niños y uno o más adultos en el mismo acto homicida. En cambio, los homicidas que no discriminan de edad tienden a cometer asesinatos premeditados y a utilizar armas. Poseen una inteligencia normal pero tienen rasgos antisociales de personalidad y abusan de sustancias. Los investigadores plantean que puede ser por su limitada inteligencia y su falta de organización que estos homicidas maten niños en lugar de adultos, debido a que sería un crimen más “fácil”.

Según los hallazgos de este estudio, los autores advierten de lo poco que tiene en común la realidad con el estereotipo mediático de madres psicóticas que matan a sus propios niños. A pesar de las limitaciones por su escasa muestra, los hallazgos proporcionan la primera evidencia empírica de que los delincuentes que matan únicamente a los niños pueden ser un fenotipo criminológico identificable, distinto de los delincuentes generales de homicidio y aquellos que matan a niños y adultos como parte del delito. La evaluación apropiada y los enfoques preventivos para quienes tienen antecedentes de violencia, especialmente aquellos que están cerca de los niños, pueden reducir el riesgo de violencia fatal ayudando a las personas con terapias de control de los impulsos y control de la ira.

Subjetividad y sesgos en la interpretación forense de las pruebas de ADN. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Subjectivity and bias in forensic DNA mixture interpretation”, de los autores Itiel E. Dror y Greg Hampikian, de la Universidad de Londres, que estudian la influencia de los sesgos y la subjetividad en los análisis de ADN.

A día de hoy, la ciencia ha avanzado mucho y se ha convertido en un importante apoyo en el sistema legal. Aceptamos que los seres humanos cometen fallos y por eso elegimos creer la grabación de una cámara de vigilancia antes que el testimonio de un testigo. Y, en esta competición por la credibilidad entre las ciencias forenses, los testimonio y otros, la joya de la corona es la famosa prueba de ADN.

En los últimos años, se ha antepuesto el resultado de esta prueba por encima de cualquier testigo, prueba u opinión de cualquier experto forense. Incluso la Academia Nacional de Ciencias (NAS) hace distinción entre las disciplinas de las ciencias forenses basadas en pruebas de laboratorio y las que son la interpretación de expertos de los patrones observables (como en análisis grafológico, las huellas dactilares, etc.).

Sin embargo, olvidamos que, aunque las pruebas de laboratorio puedan parecer objetivas y carentes de cualquier sesgo, aquellos que son encargados de interpretarlas no lo son. Una prueba de ADN no es tan simple como un código de barras que pasado por una máquina nos delata al culpable, y esa creencia es la que nos lleva a la peligrosa aceptación de dichos análisis sin ningún recelo.

Por ello, el objetivo de este estudio es mostrar la subjetividad que podemos encontrar en los análisis de ADN.  Para ello, se realizó el estudio con 17 analistas cualificados y expertos en la materia que realizan esta misma labor como oficio en laboratorios acreditados. Además, se creó una información contextual como parte del montaje experimental para comprobar si esos datos influían en el análisis. La evidencia de ADN utilizada estaba relacionada con un caso de violación en grupo en el que uno de los asaltantes testificó en contra de los otros sospechosos a cambio de una sentencia menor como parte de su cooperación en un acuerdo de negociación mientras que los otros lo negaron. En este caso, la prueba del ADN era definitiva para condenar a los violadores: sin ella, la declaración del que había confesado sería insuficiente.

Cada uno de los analistas examinó las pruebas de manera independiente y debía dar su veredicto entre los tres posibles: si la prueba no le incriminaba, si no se podía ser incriminado con ella o si no era concluyente.  Si la prueba de ADN fuera objetiva todos los examinadores habrían ofrecido el mismo resultado; sin embargo, lo que encontramos es que un examinador concluyó que el sospechoso “no puede ser incriminado”, 4 examinadores concluyeron “no concluyentes”, y 12 examinadores concluyeron “que la prueba no le incriminaba”. El hecho de que los 17 examinadores de ADN no fueran consistentes en sus conclusiones, por sí mismo, sugiere que hay un elemento de subjetividad en la interpretación del ADN. Si fuera totalmente objetivo, todos los examinadores habrían llegado a la misma conclusión, sobre todo porque todos trabajan en el mismo laboratorio y siguen las mismas pautas de interpretación. Las inconsistencias observadas dentro de los 17 examinadores que llevaron a cabo su análisis sobre la misma evidencia, ‘libre de contexto’, demostraron subjetividad en el análisis de la mezcla de ADN que pueden reflejar diferencias individuales (por ejemplo:  entrenamiento, experiencia, personalidad, y motivación).

Además, encontramos que sólo 1 de los 17 coincidió con el veredicto de los analistas que realizaron la interpretación original para el juicio real. Lo cual demuestra que tener o no los datos de lo que se está analizando influye en el análisis que se realiza de ello. Por tanto, todo indica que, aunque el análisis de ADN es una herramienta realmente importante y útil en este campo, debemos recordar que quienes la utilizan sí son humanos y ellos sí son falibles.

 

Minorías sexuales: La discriminación mata. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Structural stigma and all-cause mortality in sexual minority populations”, de los autores Mark L. Hatzenbuehler, Anna Bellatorre, Yeonjin Lee, Brian K. Finch, Peter Muennig y Kevin Fiscella, en un estudio conjunto de las universidades de Nueva York, Nebraska y Pennsylvania, que analizan cómo la discriminación acorta considerablemente la esperanza de vida.

Tras un intenso debate social, el 30 de junio de 2005 se aprobó en España la ley que permite a los homosexuales casarse y adoptar. En marzo de 2007 se aprobó, además, una ley que permite a las personas transexuales cambiar su nombre y la definición legal de su sexo sin necesidad de una sentencia judicial ni una operación quirúrgica previa. Andalucía dio un paso más en junio de 2014 al aprobar una ley que reconoce el derecho de la libre autodeterminación del género sin necesidad de diagnóstico. Sin embargo, sólo 63 países tienen legislaciones específicas que prohíben y persiguen la discriminación por razón de orientación sexual y sólo en 22 se reconoce el matrimonio homosexual mientras que en 72 países la homosexualidad sigue criminalizada y perseguida y en 8 aún se castiga con pena de muerte.

Y el problema no radica sólo en la ley, sino también en la propia sociedad. Estigmatizar a individuos, ya sea por su orientación sexual, su raza/etnia o incluso su aspecto físico, conlleva un aumento en el riesgo de padecer deterioro en la salud física y mental. Es por ello que el objetivo de este estudio es demostrar cómo afecta a la esperanza de vida vivir en una sociedad altamente prejuiciosa frente a una tolerante cuando se es una minoría sexual.

Para este estudio se analizaron los datos de la Encuesta Nacional de Entrevistas de Salud y la Encuesta Nacional de Exámenes de Salud y Nutrición, todas ellas y otras más recogidas en el Centro Nacional de Estadísticas de Salud que recoge los datos referentes a este tema en la población estadounidense. Los años estudiados fueron de 1988 a 2002 (dado que antes de esa fecha no estaban disponibles los datos de las minorías sexuales). De los 21045 encuestados evaluados, 914 (4,34%) mantuvieron relaciones con personas de su mismo sexo.

Por un lado se midieron las actitudes contra las minorías sexuales a través de cuatro ítems: (1) “Si algunas personas en su comunidad sugirieran que un libro a favor de la homosexualidad se sacara de la biblioteca pública, ¿favorecería usted la eliminación de este libro o no?”; (2) “¿Debería permitirse a un hombre que admita que es homosexual enseñar en un colegio o universidad o no?”; (3) “Supongamos que un hombre que admite ser homosexual quisiera hacer un discurso en su comunidad. ¿Debería permitirse que hablara o no?”; (4) “¿Cree usted que las relaciones sexuales entre dos adultos del mismo sexo siempre son algo malo, casi siempre son algo malo, son malas sólo a veces, o no son malas en absoluto?”.  Luego se evaluaron variables de las minorías sexuales que fallecieron en esos años como nivel de ingresos, nivel educativo, percepción subjetiva de la salud, raza, sexo, edad y lugar de nacimiento.

Los resultados mostraron que había una diferencia significativa entre vivir en una comunidad con alto nivel de prejuicios y estigmatización y en una tolerante: la esperanza de vida se reducía una media de 12 años para las minorías sexuales.  Además, era tres veces más probable morir por asesinato en estas comunidades y que se cometiera suicidio con más frecuencia y a una edad mucho más temprana de lo habitual.

Aunque sería interesante ampliar este estudio en otras poblaciones y evaluando también los últimos quince años, los datos no son nada desdeñables. Es importante prevenir y concienciar en la sociedad en contra de los prejuicios y la estigmatización para evitar que el odio siga matando, incluso cuando no lo haga de forma física sino psicosocial.

El cerebro se adapta a la falta de honestidad. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The Brain Adapts to Dishonesty”, de los autores Neil Garrett, Stephanie C. Lazzaro, Dan Ariely y Tali Sharot, de la Universidad de Londres, que analizan cómo el cerebro se adapta a los actos deshonestos.

¿Cuántas veces te has sentido tentado de hacer algo deshonesto? Quizás alguna vez en el supermercado te dieron de más en el cambio y te sentiste tentado de quedarte esas monedas extra. O tal vez mentiste inventando un compromiso ineludible para evitar un evento al que no te apetecía en absoluto asistir. Ser poco honrado es una tentación común y estas pequeñas tentaciones son parte de la vida cotidiana. Continuamente debemos decidir cómo actuar según nuestra moral y, en parte, lo que guía esas decisiones es lo desagradable que es la falta de honestidad.

Sin embargo, ¿qué pasaría si pudiéramos acostumbrarnos a ese malestar y acabar por “superarlo”? No es tan disparatado pensar que nadie se vuelve un estafador, un ladrón o cualquier otra alternativa fraudulenta de la noche a la mañana. Es más lógico pensar que, como todo largo camino, empezó con un pequeño paso. Por ello, la hipótesis de este estudio era: ¿y si al hacer algo mal, la siguiente vez nos resulta más fácil? ¿Podría ser que nuestra deshonestidad aumente como una bola de nieve rodando por una colina?

Esta hipótesis parte de la idea de la adaptación neuronal, consistente en que el cerebro se vuelve menos sensible a los estímulos después de una exposición repetida. Por ejemplo, somos plenamente conscientes del olor a pan recién hecho cuando entramos en una panadería, pero si nos quedáramos mucho rato allí dejaríamos de percibirlo aunque el olor siga en el aire. De la misma forma, una vez que nos hemos vestido, dejamos de ser conscientes del tacto de la ropa a menos que pensemos activamente en ello, o ignoramos el sonido del ventilador o del aire acondicionado cuando ya lleva un rato oyéndose ese murmullo repetitivo de fondo. Igual que nos adaptamos a los estímulos físicos, podemos adaptarnos a los emocionales, así que no es desproporcionado pensar que podríamos acostumbrarnos y, por tanto, dejar de percibir la aversión a la deshonestidad.

Para probar esta hipótesis participaron 55 individuos entre 18 y 65 años con una edad media de 23 años; 34 de ellos, mujeres. Se les realizaba una resonancia magnética funcional mientras llevaban a cabo una tarea en la que debían cooperar con otra persona que era en realidad un cómplice del investigador. Entre los dos debían valorar cuántas monedas de un centavo había en un frasco que contenía entre £15 y £35. Los participantes podían ver la imagen en grande y durante varios segundos, pero los cómplices apenas la veían un segundo y mucho más pequeña. En una primera tarea se les pidió simplemente cooperación para valorar la capacidad de estimación de los participantes y poder así compararla con la segunda tarea, en la que se pretendía provocar la falta de honradez.

En una segunda tarea, se les dijo a los participantes que serían recompensados de acuerdo a la cantidad que su acompañante sobreestimara por encima de la real, mientras que los acompañantes serían recompensados por acertar con precisión. Además, se les indicaba que sólo a ellos se les había informado de que ese cambio de normas. Es decir, las parejas no tenían por qué dudar de la buena intención de los participantes cuando exageraran la cantidad para beneficiarse ellos mismos a costa de sus compañeros. También se aplicaron otras tareas en las que el beneficiado podía ser el acompañante o ambos.

Los resultados son bastante pesimistas: las pequeñas trasgresiones iniciales iban acompañadas de fuertes respuestas emocionales, pero poco a poco se iban acostumbrando a realizarlas adaptándose a la respuesta y dejando de mostrar esa fuerte aversión. Y, finalmente, podían ser mucho más deshonestos que al principio del experimento pero con una sensibilidad emocional mucho más limitada. La falta de honradez empezaba a sentirse como algo “no tan malo”. Sin embargo, también se encontró que la gente mentía más cuando sacarían beneficio de ello tanto sus compañeros como ellos mismos, viendo así su falta de honradez como algo menos malo.

En conclusión, los resultados son muy relevantes ya que nos muestran un posible origen de las conductas transgresoras y su justificación a nivel neuronal. Es muy posible que este mecanismo esté presente en otras conductas que también escalan a peor como la asunción de riesgos o la conducta violenta. Así pues, queda en evidencia la importancia de la prevención en las fases primarias de esos pequeños actos deshonestos antes de que la bola de nieve sea demasiado grande para pararla.

Asesinas en serie. Club ciencias forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Female serial killers in the United States: means, motives, and makings”, de los autores Marissa A. Harrison, Erin A. Murphy, Lavina Y. Ho, Thomas G. Bowers y Claire V. Flaherty, de la Universidad Estatal de Pensilvania, que analizan las características de las asesinas en serie.

Ted Bundy. Charles Manson. John Wayne Gacy. Nombres que no pasan inadvertidos, que evocan escenas horribles. Y es que, por lo general, los asesinos en serie fascinan tanto como horrorizan al público. Ese morbo por estas figuras podemos encontrarlo en los medios como Se7en, El silencio de los corderos, la serie Dexter, etc. Sin embargo, nombres como Belle Gunness, Nannie Doss o Dorothea Puente no nos dicen nada. Y es que las mujeres han sido ignoradas por la historia en muchos campos. Es un error muy común creer que va en contra de la “naturaleza” de la mujer cometer asesinatos múltiples, y como resultado de ese inocente concepto muchos crímenes han quedado sin resolver.

Según los estudios, 1 de cada 6 asesinos en serie es una mujer. No es una cantidad despreciable teniendo en cuenta las mortales consecuencias de ignorar su existencia, y es por ello el objetivo de este estudio dar a conocer las características de estas mujeres y sus diferencias en cuanto a sus crímenes en comparación con los de los varones.

Para este estudio se analizaron 64 casos. De los cuales, 55 eran de raza blanca, 6 afroamericanas y 1 latina. La información sobre su afiliación religiosa era limitada pero 18 de los casos se indicaron como 100% cristianas. El estado civil estuvo disponible sólo para 59 de las mujeres: en el momento de sus asesinatos, estaban casadas el 54,2%, el 15,3% estaban divorciadas, 13,5% eran viudas, 8,5% estaban en relaciones duraderas y 8,5% eran solteras. Para aquellas que estaban casadas, divorciadas o viudas (81,4%; n = 48), se promediaron dos matrimonios, con un rango que iba de uno a siete. Casi una cuarta parte (22,9%) se casó tres o más veces.

El nivel socioeconómico fue medido en 47 de los casos, siendo la mayoría clase media (55,3%), algo menos eran de clase baja (40,4%) y la clase alta fue muy infrecuente (4,3%). La media de edad para el primer asesinato era de 32 años, aunque la horquilla abarca desde los 16 hasta los 65. Casi la mitad cometieron el crimen en la veintena (49,2%) y casi la cuarta parte en la treintena (24,6%), siendo las dos franjas principales. Además, la media de edad para cesar en los asesinatos fueron los 39,25 años, dando un periodo de actividad medio de 7,25 años y un promedio de 6,1 víctimas (con un rango de 3 a 31 víctimas).

Respecto a los logros académicos se encontró poca información y muy dispar, encontrando desde abandono escolar hasta titulación universitaria. Lo mismo ocurre con la inteligencia estimada. Respecto al oficio se tienen datos de 51 de las asesinas, que mostraban también un amplio espectro, desde maestras hasta prostitutas. Un 39,2% tenía empleos relacionados con la salud (como por ejemplo enfermeras, auxiliares, administrativas en centros de salud) y un 21,6% trabajaban en cuidado de otros (niñera, ama de casa, esposa y/o madre). Sólo una estaba en paro. Respecto a su apariencia física, está disponible de 25 casos. Diez fueron descritas como “normal”, siete como atractivas, cinco con sobrepeso y tres como poco atractivas.

Casi el 40% de la muestra experimentó algún tipo de enfermedad mental, mientras que casi un tercio (31,5%) había sufrido algún tipo de abuso, ya sea físico o sexual (o ambos), por cualquiera de los padres o abuelos en la infancia, y por esposos o parejas a largo plazo en edad adulta. Incluso en ausencia de enfermedad mental diagnosticada, los autores informan de las características de personalidad “disfuncionales”, tales como la mentira, la manipulación o la falta de sinceridad en muchos de los casos.

Lo más común es que mataran para obtener ganancias financieras pero también murieron por el poder, la venganza, la notoriedad y la emoción. Las mujeres no recurren generalmente a asaltar sexualmente a sus víctimas, ni tampoco tienden a mutilar o torturar, como vemos con los asesinos en serie masculinos. Su método para cometer los crímenes más común era el envenenamiento, siendo el 50% de los casos y mostrándose cuatro veces más propensas que los hombres a esta técnica.

Su tendencia era a matar tanto a hombres como a mujeres (67,3%), siendo las que mataban sólo a hombres un 20% y las que mataban mujeres solamente un 12,7%. Las víctimas eran conocidas por las asesinas en el 92,2% de los casos, siendo familiares muchas veces (43,8% eran sus propios hijos y en un 29,7% sus parejas). Por lo general, atacaban al menos a una persona indefensa o a su cuidado, víctimas con poca o ninguna posibilidad de defenderse como niños, ancianos o enfermos (71,9%).

En resumen, las mujeres (como los hombres) matan. Pero, dicen estos investigadores, la diferencia fundamental es que las mujeres tienden a matar por los recursos (por ejemplo, la utilidad, comodidad, control) mientras que los hombres matan por sexo (por ejemplo, la violación, la tortura sexual, la mutilación). Es imprescindible conocer mejor los factores de riesgo psicosocial para la prevención y minimizar el número potencial de víctimas en el futuro.

No esperarás que me crea eso, ¿no? Club ciencias forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo ““You don’t expect me to believe that, do you?” Expectations influence recall and belief of alibi information”, de la autora Elizabeth A. Olson, de la Universidad de Wisconsin-Whitewater, que aborda cómo la presunción de culpa afecta a la credibilidad y al recuerdo de la coartada.

Seguro que has oído alguna vez acerca de la profecía autocumplida. De manera que cuando esperamos conseguir algo lo acabamos consiguiendo fruto de nuestra propia fe en nosotros mismos, y cuando creemos que vamos a fracasar lo hacemos porque nos autosaboteamos sin darnos cuenta. Las expectativas tienen un gran poder en cómo percibimos el mundo, siendo un importante sesgo. Esa es una de las razones de que en la investigación se utilice el “doble ciego”, que consiste en no saber qué grupo de personas son las de control y cuál el grupo experimental hasta analizar los resultados para que nuestras expectativas no influyan en cómo analizamos los datos o en cómo tratamos a los sujetos.

También podemos encontrar en la práctica el “efecto halo”, que consiste en, a partir de un solo rasgo o característica, formarnos expectativas que nos impiden ver la realidad. Algo muy común cuando nos enamorábamos de la persona más atractiva del instituto. Y es que se ha demostrado que esto nos ocurre también de adultos en entrevistas de trabajo o a la hora de juzgar la inocencia de alguien.

Éste es un problema común en las investigaciones policiales, donde, cuando el entrevistador determina que el entrevistado es culpable, cambia su percepción de él. El problema con esto es que cuando se presume la culpabilidad, se tienden a escuchar y recordar sólo la información que apunta al engaño y la culpa. Simplemente no prestamos atención a los hechos que refutan nuestras suposiciones. No es necesariamente sea intencional, sino que simplemente observamos que los datos confirman nuestra hipótesis.

Para estudiar este fenómeno 285 estudiantes universitarios vieron un vídeo de un joven que relataba lo que había hecho durante unas horas en un día en particular. A algunos de ellos se les dijo que su narrativa era una coartada antes de que vieran el vídeo y a otros se les dijo después. Además, a algunos se les dijo que era culpable mientras que a otros se les dijo que era inocente, y a un tercer grupo no se le dijo nada sobre ese aspecto. Después de ver el video, se pidió a los participantes que escribieran tantos detalles como recordaran. Por último, se les pidió que calificaran la credibilidad del actor sobre su coartada.

Los resultados son coherentes con lo que decíamos de las expectativas: Los participantes a los que se les había dicho que la persona era culpable recordaron menos detalles de la coartada grabada en vídeo, encontraron la excusa menos creíble y vieron al proveedor de la coartada más negativamente que los que no se les había dicho que era culpable.

Sin embargo, es importante matizar que los investigadores acuñaron directamente las etiquetas “culpable” o “inocente”, en lugar de preguntar a los participantes por sus impresiones y dejar que ellos mismos sacaran a la luz sus propios prejuicios. Ya que no es lo mismo medir las expectativas sobre la culpa que el hecho de que sepan que son o no culpables. Pero estos resultados ilustran a la perfección cómo nos condiciona a la hora de juzgar a los demás lo que pensamos de ellos. Quizás también en la investigación policial debería aplicarse de alguna forma el “doble ciego” de la ciencia para evitar este sesgo que trae consecuencias tan graves.

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