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Categoría: Biocriminologia

La pantalla del móvil revela toda nuestra vida. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Lifestyle chemistries from phones for individual profiling”, de los autores Amina Bouslimani, Alexey V. Melnik, Zhenjiang Xu, Amnon Amir, Ricardo R. da Silva, Mingxun Wang, Nuno Bandeira, Theodore Alexandrov, Rob Knight y Pieter C. Dorrestein, de la Universidad de California, que estudian los restos orgánicos de los teléfonos móviles.

Sabemos que nuestro móvil tiene todo sobre nosotros. En las redes sociales están los datos de nuestros amigos, dónde trabajamos e incluso dónde estamos pasando las vacaciones. En la galería de imágenes hay más fotos de nuestra vida privada en un año de las que nuestros padres se hicieron en toda una vida. En Youtube hay un registro de qué música escuchas y Google sabe dónde has estado. Nuestro móvil puede realizar un análisis completo de nuestras vidas y nuestra forma de ser. Pero, ¿sabías que puede hacerlo también sin necesidad de desbloquear tu pantalla?

Cada vez que nuestros dedos tocan el teléfono móvil, dejamos atrás pequeños restos. A veces células de piel, otras de lo que hemos tocado recientemente. Pequeñas moléculas del café del desayuno, del champú o tabaco. El móvil, que de media tenemos unas cinco horas diarias en las manos, es también una especie de diario de nuestra propia vida para un científico forense.

En este estudio analizaron las sobras químicas en los teléfonos de 39 voluntarios, pasando un simple bastoncillo por la pantalla, y los dedos de la mano derecha, comparando los patrones químicos entre ambos. La coincidencia entre ambos sugeriría que esas moléculas de la piel habían sido transferidas al teléfono de cada usuario. Los científicos identificaron muchas de las moléculas que encontraron y posteriormente los compararon con una base de datos de productos químicos que contiene los perfiles de varios compuestos, incluyendo especias, cafeína y medicinas.

Las huellas de cientos de miles de moléculas diferentes aparecieron en cada teléfono. Las moléculas reflejaban lo que había estado en el cuerpo, como los medicamentos y los alimentos. También reflejaban lo que cada persona había manejado antes de tocar el teléfono, como jabón o maquillaje. De hecho, la mayoría de las moléculas provienen de productos de belleza, medicinas y alimentos. Estos residuos ayudaron a los científicos a analizar el comportamiento de cada usuario del teléfono. Los resultados a menudo podían descubrir si al propietario de un teléfono le gustaba la comida picante, bebía café o usaba desodorante. Las pruebas podían indicar lugares que alguien había visitado recientemente o incluso podían señalar si estaba enfermo.

Incluso después de lavarnos las manos tras comer, pequeños rastros moleculares quedan en nuestros dedos y pasan al teléfono. De hecho, lavarnos las manos añade a nuestra huella molecular rastros de jabón. Cada actividad aumenta la complejidad de la huella que vamos depositando. Encontramos por ejemplo el caso del participante número 21, en cuya pantalla se apreciaban restos de un medicamento antidepresivo, el citalopram, seguramente procedente del sudor de sus manos.

Esto significa que con sólo analizar un teléfono móvil, podemos hacer un perfil de su usuario. Por ejemplo, podríamos decir si probablemente es una mujer, qué tipo de cosméticos usa, si se tiñe el cabello, si bebe café, si prefiere el vino a la cerveza o si toma comida picante. La policía ya utiliza análisis moleculares para buscar rastros de explosivos o drogas ilegales, pero pronto podrán usar los residuos del teléfono para reducir las pistas en buscar a un sospechoso o localizar a alguien que dejó un teléfono detrás en una escena del crimen. La privacidad en el siglo XXI será pronto tan sólo un recuerdo anecdótico del siglo XX.

Subjetividad y sesgos en la interpretación forense de las pruebas de ADN. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Subjectivity and bias in forensic DNA mixture interpretation”, de los autores Itiel E. Dror y Greg Hampikian, de la Universidad de Londres, que estudian la influencia de los sesgos y la subjetividad en los análisis de ADN.

A día de hoy, la ciencia ha avanzado mucho y se ha convertido en un importante apoyo en el sistema legal. Aceptamos que los seres humanos cometen fallos y por eso elegimos creer la grabación de una cámara de vigilancia antes que el testimonio de un testigo. Y, en esta competición por la credibilidad entre las ciencias forenses, los testimonio y otros, la joya de la corona es la famosa prueba de ADN.

En los últimos años, se ha antepuesto el resultado de esta prueba por encima de cualquier testigo, prueba u opinión de cualquier experto forense. Incluso la Academia Nacional de Ciencias (NAS) hace distinción entre las disciplinas de las ciencias forenses basadas en pruebas de laboratorio y las que son la interpretación de expertos de los patrones observables (como en análisis grafológico, las huellas dactilares, etc.).

Sin embargo, olvidamos que, aunque las pruebas de laboratorio puedan parecer objetivas y carentes de cualquier sesgo, aquellos que son encargados de interpretarlas no lo son. Una prueba de ADN no es tan simple como un código de barras que pasado por una máquina nos delata al culpable, y esa creencia es la que nos lleva a la peligrosa aceptación de dichos análisis sin ningún recelo.

Por ello, el objetivo de este estudio es mostrar la subjetividad que podemos encontrar en los análisis de ADN.  Para ello, se realizó el estudio con 17 analistas cualificados y expertos en la materia que realizan esta misma labor como oficio en laboratorios acreditados. Además, se creó una información contextual como parte del montaje experimental para comprobar si esos datos influían en el análisis. La evidencia de ADN utilizada estaba relacionada con un caso de violación en grupo en el que uno de los asaltantes testificó en contra de los otros sospechosos a cambio de una sentencia menor como parte de su cooperación en un acuerdo de negociación mientras que los otros lo negaron. En este caso, la prueba del ADN era definitiva para condenar a los violadores: sin ella, la declaración del que había confesado sería insuficiente.

Cada uno de los analistas examinó las pruebas de manera independiente y debía dar su veredicto entre los tres posibles: si la prueba no le incriminaba, si no se podía ser incriminado con ella o si no era concluyente.  Si la prueba de ADN fuera objetiva todos los examinadores habrían ofrecido el mismo resultado; sin embargo, lo que encontramos es que un examinador concluyó que el sospechoso “no puede ser incriminado”, 4 examinadores concluyeron “no concluyentes”, y 12 examinadores concluyeron “que la prueba no le incriminaba”. El hecho de que los 17 examinadores de ADN no fueran consistentes en sus conclusiones, por sí mismo, sugiere que hay un elemento de subjetividad en la interpretación del ADN. Si fuera totalmente objetivo, todos los examinadores habrían llegado a la misma conclusión, sobre todo porque todos trabajan en el mismo laboratorio y siguen las mismas pautas de interpretación. Las inconsistencias observadas dentro de los 17 examinadores que llevaron a cabo su análisis sobre la misma evidencia, ‘libre de contexto’, demostraron subjetividad en el análisis de la mezcla de ADN que pueden reflejar diferencias individuales (por ejemplo:  entrenamiento, experiencia, personalidad, y motivación).

Además, encontramos que sólo 1 de los 17 coincidió con el veredicto de los analistas que realizaron la interpretación original para el juicio real. Lo cual demuestra que tener o no los datos de lo que se está analizando influye en el análisis que se realiza de ello. Por tanto, todo indica que, aunque el análisis de ADN es una herramienta realmente importante y útil en este campo, debemos recordar que quienes la utilizan sí son humanos y ellos sí son falibles.

 

El cerebro se adapta a la falta de honestidad. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The Brain Adapts to Dishonesty”, de los autores Neil Garrett, Stephanie C. Lazzaro, Dan Ariely y Tali Sharot, de la Universidad de Londres, que analizan cómo el cerebro se adapta a los actos deshonestos.

¿Cuántas veces te has sentido tentado de hacer algo deshonesto? Quizás alguna vez en el supermercado te dieron de más en el cambio y te sentiste tentado de quedarte esas monedas extra. O tal vez mentiste inventando un compromiso ineludible para evitar un evento al que no te apetecía en absoluto asistir. Ser poco honrado es una tentación común y estas pequeñas tentaciones son parte de la vida cotidiana. Continuamente debemos decidir cómo actuar según nuestra moral y, en parte, lo que guía esas decisiones es lo desagradable que es la falta de honestidad.

Sin embargo, ¿qué pasaría si pudiéramos acostumbrarnos a ese malestar y acabar por “superarlo”? No es tan disparatado pensar que nadie se vuelve un estafador, un ladrón o cualquier otra alternativa fraudulenta de la noche a la mañana. Es más lógico pensar que, como todo largo camino, empezó con un pequeño paso. Por ello, la hipótesis de este estudio era: ¿y si al hacer algo mal, la siguiente vez nos resulta más fácil? ¿Podría ser que nuestra deshonestidad aumente como una bola de nieve rodando por una colina?

Esta hipótesis parte de la idea de la adaptación neuronal, consistente en que el cerebro se vuelve menos sensible a los estímulos después de una exposición repetida. Por ejemplo, somos plenamente conscientes del olor a pan recién hecho cuando entramos en una panadería, pero si nos quedáramos mucho rato allí dejaríamos de percibirlo aunque el olor siga en el aire. De la misma forma, una vez que nos hemos vestido, dejamos de ser conscientes del tacto de la ropa a menos que pensemos activamente en ello, o ignoramos el sonido del ventilador o del aire acondicionado cuando ya lleva un rato oyéndose ese murmullo repetitivo de fondo. Igual que nos adaptamos a los estímulos físicos, podemos adaptarnos a los emocionales, así que no es desproporcionado pensar que podríamos acostumbrarnos y, por tanto, dejar de percibir la aversión a la deshonestidad.

Para probar esta hipótesis participaron 55 individuos entre 18 y 65 años con una edad media de 23 años; 34 de ellos, mujeres. Se les realizaba una resonancia magnética funcional mientras llevaban a cabo una tarea en la que debían cooperar con otra persona que era en realidad un cómplice del investigador. Entre los dos debían valorar cuántas monedas de un centavo había en un frasco que contenía entre £15 y £35. Los participantes podían ver la imagen en grande y durante varios segundos, pero los cómplices apenas la veían un segundo y mucho más pequeña. En una primera tarea se les pidió simplemente cooperación para valorar la capacidad de estimación de los participantes y poder así compararla con la segunda tarea, en la que se pretendía provocar la falta de honradez.

En una segunda tarea, se les dijo a los participantes que serían recompensados de acuerdo a la cantidad que su acompañante sobreestimara por encima de la real, mientras que los acompañantes serían recompensados por acertar con precisión. Además, se les indicaba que sólo a ellos se les había informado de que ese cambio de normas. Es decir, las parejas no tenían por qué dudar de la buena intención de los participantes cuando exageraran la cantidad para beneficiarse ellos mismos a costa de sus compañeros. También se aplicaron otras tareas en las que el beneficiado podía ser el acompañante o ambos.

Los resultados son bastante pesimistas: las pequeñas trasgresiones iniciales iban acompañadas de fuertes respuestas emocionales, pero poco a poco se iban acostumbrando a realizarlas adaptándose a la respuesta y dejando de mostrar esa fuerte aversión. Y, finalmente, podían ser mucho más deshonestos que al principio del experimento pero con una sensibilidad emocional mucho más limitada. La falta de honradez empezaba a sentirse como algo “no tan malo”. Sin embargo, también se encontró que la gente mentía más cuando sacarían beneficio de ello tanto sus compañeros como ellos mismos, viendo así su falta de honradez como algo menos malo.

En conclusión, los resultados son muy relevantes ya que nos muestran un posible origen de las conductas transgresoras y su justificación a nivel neuronal. Es muy posible que este mecanismo esté presente en otras conductas que también escalan a peor como la asunción de riesgos o la conducta violenta. Así pues, queda en evidencia la importancia de la prevención en las fases primarias de esos pequeños actos deshonestos antes de que la bola de nieve sea demasiado grande para pararla.

¿Intencional o imprudente? El cerebro delata la culpa. Club ciencias forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Predicting the knowledge–recklessness distinction in the human brain”, de los autores Iris Vilares, Michael J. Wesley, Woo-Young Ahn, Richard J. Bonnie, Morris Hoffman, Owen D. Jones, Stephen J. Morse, Gideon Yaffe, Terry Lohrenz y P. Read Montague, en un estudio conjunto de las universidades de Londres, Virginia, Kentucky, Ohio, Denver, Nashville, Pennsylvania y Yale, que estudian cómo utilizar técnicas de neuroimagen para distinguir el conocimiento y la imprudencia en el cerebro.

Se suele decir que “la intención es lo que cuenta” y en temas legales no es menos. La mayoría de los delitos requiere lo que legalmente se conoce como “mens rea”, que en latín significa “mente culpable”. En otras palabras, lo que el acusado estaba pensando y sus intenciones al cometer el delito son importantes para juzgarle. Este elemento permite al sistema diferenciar entre quien no tenía intención de cometer un delito y alguien que deliberadamente quería cometerlo, aunque en ambos casos el delito sucedido sea el mismo.

Pongamos por ejemplo a dos conductores que atropellan y matan a un peatón. El conductor 1 no vio a la persona hasta que fue demasiado tarde, hizo todo lo posible para frenar, pero no pudo hacer nada para detener el accidente y terminó matando al peatón. El conductor 1 sigue siendo responsable, pero probablemente sólo deba responder ante un tribunal civil por daños económicos. El conductor 2, por su parte, había salido en busca del peatón y, al verlo, se dirigido hacia él, piso el pedal del acelerador, se lanzó contra él y se lo llevó por delante, matándolo en el acto. El conductor 2 probablemente tenga responsabilidad penal porque tenía la intención de matar al peatón, o al menos tenía la intención de causarle lesiones corporales graves. A pesar de que el peatón muere en ambas situaciones (el resultado es el mismo), las intenciones de los dos conductores no eran las mismas y, en consecuencia, sus castigos serán sustancialmente diferentes.

Pero, ¿qué ocurre cuando no tenemos claro qué estaba pensando el acusado? Obviamente lo normal es que tanto los detenidos de la situación 1 como los de la situación 2 se coloquen a sí mismos en la posición que les traerá las consecuencias menos graves y achacarán siempre los delitos a negligencias, accidentes o defensa propia, por ejemplo. Es aquí donde entra el equipo de Vilares y nos trae la interesante hipótesis de que puede distinguir a los dos tipos de personas con una resonancia magnética funcional de sus cerebros.

Para este experimento formaron parte 40 participantes, que fueron divididos en dos grupos de 20 personas (10 hombres, 10 mujeres). A uno de los grupos se les mostraron cinco maletas y se les informó que contenían algo “valioso” (documentos, procesadores de microchips, etc) y sólo una de las cinco contenía contrabando. Después se les preguntaba si estarían dispuestos a pasar la aduana con una de ellas elegidas al azar (condición “imprudente”). Al otro grupo sólo se les presentó una maleta y se les dijo que llevarían contrabando (condición “conocimiento”).

Una vez habían elegido llevar la maleta se les realizaba una resonancia magnética funcional para comprobar si se activaban zonas cerebrales distintas. Los que están en la condición de “conocimiento” (que sabían que llevaban de contrabando) eran más propensos a “iluminar” en la resonancia la ínsula anterior y el área dorsomedial de la corteza prefrontal del cerebro. Los que están en la condición “imprudente” eran más propensos a “iluminar” la corteza occipital. Es decir, que ambas condiciones se aprecian de manera diferente en el cerebro.

Sin embargo, hay que tratar estos resultados con cautela ya que la muestra fue muy reducida y no se trataba de una situación real sino de una simulación. En palabras de los propios autores, ni siquiera estamos seguros de si se estaba viendo una diferencia entre ambas condiciones o si era una respuesta al nivel de riesgo. Pero es un resultado muy interesante en el que sería importante seguir profundizando para extrapolarlo a los casos reales.

Los psicópatas y la inmunidad al castigo. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Punishment and psychopathy: a case-control functional MRI investigation of reinforcement learning in violent antisocial personality disordered men”, de los autores Sarah Gregory, R. James Blair, Dominic Ff ytche, Andrew Simmons, Veena Kumari, Sheilagh Hodgins y Nigel Blackwood, del Departamento de Ciencias Forenses y Neurodesarrollo del Instituto de Psiquiatría del Kings College London, que estudian las diferencias a nivel cerebral de los psicópatas y el resto de delincuentes y personas normales.

Estamos familiarizados con el concepto de “psicópata”. Ya hemos hablado en otras ocasiones de ellos y es que no podemos dejar de estar fascinados con ese aproximado 1- 3% de la población que, aunque físicamente es igual que nosotros, carece de empatía, remordimientos, vergüenza o culpa. Está claro que, ni todos los asesinos son psicópatas, ni todos los psicópatas son asesinos, pero sus características emocionales y psicológicas les hacen personas a las que no querríamos al cargo de nuestros hijos o nuestros secretos. Y es que se calcula que entre el 15% y el 25% de la población masculina delincuente son psicópatas, es decir, aproximadamente uno de cada cinco delincuentes violentos es un psicópata. Datos nada desdeñables y que les mantienen bajo los focos de la investigación criminológica.

Sin embargo, la duda que ahora los trae a colación es cómo funciona realmente la mente de un psicópata violento en comparación otros delincuentes violentos no psicópatas. Si realizan los mismos actos, ¿realmente son tan diferentes?

Participaron en este estudio 50 personas, de las cuales 12 eran delincuentes violentos con trastorno antisocial y psicopatía, 20 delincuentes violentos con trastorno antisocial pero no psicópatas y 18 personas que no eran delincuentes ni tenían ningún tipo de trastorno como grupo de control. Todos ellos estaban entre los 20 y los 50 años de edad. Los participantes pasaron por una resonancia magnética funcional para medir la activación cerebral asociada con el castigo y la recompensa durante una tarea de probabilidades después de dos semanas sin consumo de alcohol ni drogas, factor que se comprobó con análisis de saliva y orina. Realizaron también una prueba de inteligencia y un cuestionario sobre agresividad.

Los investigadores encontraron que a nivel cerebral los psicópatas mostraban activación en la corteza cingulada posterior y la ínsula anterior en respuesta a los castigos en lo errores y una disminución de la activación en la corteza temporal superior a las recompensas. Es decir, una alteración en las zonas relacionadas con la empatía, el procesamiento de las emociones como la culpa y la vergüenza y el razonamiento moral. Estas zonas son también responsables de nuestra capacidad de aprender a base de recompensas y castigos.

Por lo general, las personas dirigimos nuestra conducta a base del juicio social, buscando el halago y huyendo del reproche o las represalias. Nuestro cerebro nos hace sentir bien cuando somos recompensados y mal cuando somos reprendidos, pero, ¿por qué íbamos a cambiar nuestra conducta si al hacer algo mal no sentimos ningún tipo de molestia? Y esto es lo que les ocurre a los psicópatas. Valoran las recompensas de sus actos, pero ignoran las consecuencias, no sienten culpa, ni remordimientos, ni vergüenza como ya hemos dicho así que su conducta no varía por esas mismas variables que nos mueven a los demás. De hecho, un psicópata es mucho más proclive a delinquir una vez salga de la cárcel, ya que el castigo no modula su forma de actuar.

En conclusión, si bien un psicópata es legalmente responsable de sus actos, ya que conoce las leyes que infringe, es difícil considerarle moralmente responsable dado que sus cerebros no funcionan en términos de ética y moral. El siguiente punto sería abordar cómo tratar en el sistema penal con gente a la que la cárcel no le sirve de escarmiento sino sólo como forma de aislarles del resto del mundo y cómo abordar su reinserción en un mundo que sí se rige por la ética.

Neuropredicción de un arresto reincidente. Club de las Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Neuroprediction of future rearrest”, de los autores Eyal Aharoni, Gina M. Vincent, Carla L. Harenski, Vince D. Calhoun, Walter Sinnott-Armstrong, Michael S. Gazzaniga y Kent A. Kiehl, de la Instituto de Tecnología de Massachusetts, que se adentra en la posibilidad de que una baja actividad en un área específica del cerebro en un delincuente correlacione con mayores posibilidades de volver cometer crímenes.

Para el sistema judicial, evaluar los riesgos de que un criminal vuelva a reincidir es una parte importante de la justicia. Y no sólo para el sistema judicial, también a nivel social es importante la capacidad de identificar con antelación y poder remediar el comportamiento antisocial. Hasta ahora la investigación en este campo ha girado en torno a la edad, el sexo, los antecedentes penales, consumo de drogas y otros factores de riesgo que han supuesto un avance en la predicción del futuro comportamiento antisocial.

Uno de los factores de riesgo más importantes y más estudiados en la reincidencia es la impulsividad. Entendemos la impulsividad como una baja tolerancia al estrés y a la frustración, falta de control de impulsos, incapacidad para considerar las consecuencias y comportamientos agresivos, que pueden derivar en actos delictivos. Las evaluaciones neuropsicológicas han demostrado la capacidad de predecir el comportamiento antisocial futuro mediante la evaluación de la impulsividad. Sin embargo, dado que estas medidas son indicadores indirectos de los sistemas de control inhibitorio y cognitivo del cerebro, ha llevado a plantear a los investigadores si una medida más directa de la actividad cerebral asociada con el control de impulsos pueda darnos el mismo resultado de forma más eficaz.

El control de impulsos está asociado a la actividad de una área del cerebro llamada “circunvolución del cíngulo anterior” (CCA), la cual es una pequeña región en la parte frontal involucrada en el procesamiento de errores, el control de conflictos, la selección de respuesta y el aprendizaje de evitación. Es por ello que en esta investigación se ha decidido poner en relación la actividad de esta zona cerebral con la reincidencia criminal.

Los participantes fueron 96 delincuentes varones de entre 20 y 52 años de distinta clasificación racial y étnica que pronto iban a ser puestos en libertad. Los investigadores utilizaron resonancias magnéticas para medir la actividad de la CCA de los participantes mientras realizaban una tarea de inhibición Go/No-Go, consistente en pulsar un botón cada vez que en la pantalla del ordenador aparecía una X (5 de cada 6 veces) y en no hacerlo cuando se mostraba una K (1 de cada 6), reaccionando lo más rápido posible. El desempeño exitoso consiste en saber controlar el impulso de pulsar el botón cuando no debe hacerse. Posteriormente se hizo un seguimiento de los exprisioneros durante cuatro años para controlar si ocurrían reincidencias.

De acuerdo con los resultados, los excriminales que tenían una baja actividad en el CCA eran más proclives a ser arrestados de nuevo. Sin embargo, los propios autores creen que aún deben estudiarse más estos resultados realizando más pruebas y teniendo en cuenta más variables. E incluso así, queda pendiente de evaluación la idoneidad de utilizar estos datos para realizar predicciones a nivel individual, dado que se podría estar vulnerando los derechos de los delincuentes. ¿No estaríamos cometiendo el mismo error que en la película Minority Report culpando a la gente antes de que cometan el crimen sólo por la posibilidad de que ocurra?

Prevenir futuros crímenes. Club Ciencias Forenses.

Prevenir futuros crímenes. Club Ciencias Forenses.

Prevenir futuros crímenes. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de Ciencias Forenses, en esta ocasión les proponemos un resumen del artículo “La prevención de futuros crímenes: identificación de marcadores de tentativas reales y falsas”, de los autores Pär Anders Granhag de la Universidad de Gotemburgo (Suecia) y del Norwegian Police University College (Noruega) y Erik Mac Giolla de la Universidad de Gotemburgo (Suecia), sobre la veracidad y falsedad de las tentativas criminales y su posible identificación.

El PreCrime en Washington DC, es una unidad policial especializada que detiene a los criminales antes de que ejecuten sus ataques. Esta unidad de gran éxito actúa en base a informes sobre el conocimiento psíquico previo de las intenciones criminales. En este artículo se lleva a cabo una revisión de la investigación empírica acerca del estudio psico-jurídico de las intenciones. La investigación en psicología social define la intención como el estado mental que precede a una determinada acción. Así pues, en un interrogatorio, se puede decir que una intención real es la declaración de un sospechoso sobre sus propios futuros actos que realmente tiene la intención de llevar a cabo. Una falsa intención, por el contrario, es una intención manifestada que no se va a llevar a cabo. Por lo tanto, la investigación debería centrarse en la identificación de marcadores de intenciones reales y falsas.

Numerosos estudios han analizado el uso de técnicas fisiológicas de medición para distinguir las intenciones. Entre las diferentes técnicas examinadas se encuentran la toma de imágenes térmicas, el seguimiento del movimiento ocular y la medición de la conductancia de la piel y los ERP (Potenciales Relacionados con Eventos). La toma de imágenes térmicas podría ser un método apropiado para una exploración rápida y fiable de las intenciones, ya que los mentirosos suelen evidenciar un calentamiento instantáneo alrededor de los ojos. Del mismo modo, la temperatura de la piel de los mentirosos aumenta significativamente durante el interrogatorio. No obstante, dadas las discretas tasas de precisión de esta técnica, no resulta muy adecuada. Por otro lado, se ha querido probar la creencia popular, derivada de “la programación neuro-lingüística”, de que cuando se miente los ojos se mueven hacia la derecha, ya que se crea la mentira en ese lado del cerebro. Sin embargo, los resultados no apoyan tal afirmación. En otro estudio realizado, se analizó el contacto visual establecido por individuos que mienten e individuos que dicen la verdad. Así pues, los mentirosos establecen más contacto visual que los que dicen la verdad. Sin embargo, no existen diferencias significativas respecto al acto de apartar la mirada. Respecto al CIT (Concealed Information Test), su propósito es distinguir entre la ausencia y la presencia de información en la memoria a largo plazo de un sospechoso. Al sospechoso se le presenta una lista de elementos (por ejemplo: un listado de las posibles armas homicidas), siendo sólo uno de ellos relevante al caso. Se prevé, por lo tanto, que el culpable reaccione de manera diferente en comparación con los elementos irrelevantes. Los CIT basados en ERP (CIT basado en la P300), se han extendido asimismo a las intenciones con resultados prometedores.

El aIAT (Autobiographical Implicit Association Test) se centra en recuerdos de acontecimientos autobiográficos en lugar de en las actitudes. La investigación muestra que el aIAT puede distinguir con éxito entre dos manifestaciones autobiográficas contrarias, una verdadera y otra falsa. El aIAT consiste en comparar esas declaraciones contrarias desconocidas con manifestaciones verdaderas o falsas conocidas. De este modo, deberían darse tiempos de respuesta más rápidos (RTs) en las comparaciones congruentes (declaración verdadera conocida/declaración verdadera desconocida), que en las comparaciones incongruentes (declaración verdadera conocida/declaración falsa desconocida). A pesar de que los estudios sobre el aIAT y las intenciones carecen del elemento forense, se podrían considerar las posibles aplicaciones de este enfoque. En cuanto a la posibilidad de falsear el IAT, las primeras investigaciones sugieren que es bastante resistente a la falsificación, al menos cuando no se tiene información acerca de los principios básicos de la prueba. Sin embargo, estudios más recientes, ponen en duda estos resultados iniciales, demostrando que son suficientes unas sencillas instrucciones para poder falsearlo. Por otra parte, los objetivos influyen en cómo nos involucramos e interaccionamos con nuestro entorno. Al relacionar intenciones y objetivos se ha desarrollado un nuevo enfoque para el estudio de las intenciones basado en el comportamiento dirigido a un objetivo. Dado que una verdadera intención implica el deseo y compromiso de llevar a cabo una futura acción, una intención real implica la activación de un objetivo de conducta. Las falsas intenciones, sin embargo, no van a ser realmente llevadas a cabo. No hay compromiso de realizar la futura acción. Por lo tanto, no se genera ningún objetivo de conducta. En cuanto al SLT (Sheffield Lie Test), conlleva la manipulación de la compatibilidad estímulo-respuesta, donde los ensayos compatibles producen tiempos de respuesta más rápidos y los ensayos incompatibles producen tiempos de respuesta más lentos.

La entrevista estratégica ofrece una alternativa viable a las medidas fisiológicas e implícitas vistas hasta ahora. En los últimos años, se han aplicado asimismo los métodos de entrevista estratégica a las intenciones reales y falsas con resultados prometedores. Hasta la fecha, se han evaluado dos técnicas: el Uso Estratégico de la Evidencia (SUE) y la estrategia de las preguntas inesperadas. La técnica SUE se basa en estrategias de contra-interrogatorio. Los que dicen la verdad se mostraran más comunicativos durante la entrevista, mientras que los mentirosos serán más cautelosos. En cuanto a la estrategia de las preguntas inesperadas, está diseñada para realizar preguntas que el entrevistado no tenía planeadas. Estas preguntas están diseñadas de manera que los que dicen la verdad pueden recurrir a su memoria para recordar una respuesta, mientras que los mentirosos tienen que fabricar las respuestas sobre la marcha. El objetivo es aumentar la carga cognitiva de los mentirosos, para diferenciar las declaraciones reales de las falsas. Por otra parte, uno de los objetivos principales de los estudios realizados es la planificación. La planificación es una parte inherente de muchas intenciones. Por lo tanto, se asume que las personas con verdaderas intenciones han planificado hasta cierto punto su declaración. Otro interesante complemento a los métodos estratégicos de entrevista consiste en el uso de indicaciones sutiles. Se trata de preguntas estratégicamente formuladas, pensadas para estimular las tendencias que son más propias de los que dicen la verdad. Según el concepto de “cerebro prospectivo”, la información almacenada en el cerebro se puede utilizar para imaginar, simular y predecir posibles acontecimientos futuros. El concepto de pensamientos episódicos futuros (EFT), se refiere a la capacidad para simular mentalmente hipotéticos escenarios futuros, centrándose en las imágenes mentales que los acompañan. Es importante destacar que los EFT están estrechamente vinculados a las intenciones. Son además concurrentes con la planificación y, como se ha señalado anteriormente, la planificación se considera una parte inherente de muchas intenciones (reales). La formación de verdaderas intenciones debería implicar más EFT en comparación con la formación de falsas intenciones.

La revisión de la investigación psico-legal existente sobre intenciones reales y falsas muestra una gran variedad de enfoques a nivel teórico. La investigación sobre las metas/objetivos ofrece al menos dos direcciones para el estudio de las intenciones. La primera se refiere a los distintos indicadores de comportamiento dirigido a un objetivo y cómo las intenciones activan esos objetivos conductuales. El segundo enfoque se refiere a la investigación acerca de la consecución de logros que se ha centrado en la denominada falta de conducta intencional. Una línea de investigación actual muestra un ejemplo apropiado de cómo el desarrollo de la teoría puede ayudar a la investigación sobre intenciones verdaderas y falsas. El punto de partida fue el hallazgo de que el cumplimiento de las intenciones es menos probable que se produzca cuando no existe un objetivo relacionado. Esto condujo a examinar si la existencia del cumplimiento de las intenciones podría ser utilizado como un indicador de veracidad: es decir, ya que únicamente los que dicen la verdad tienen un objetivo, deberían ser más propensos que los mentirosos a poner en práctica sus intenciones. Hasta la fecha, el foco principal de la investigación ha sido encontrar maneras de discriminar declaraciones veraces que relatan una actividad futura no criminal de declaraciones que relatan una actividad lícita que oculta un futuro acto criminal. Así pues, los resultados de la investigación pueden ser útiles tanto en la fase previa a la investigación como en la fase de investigación. Se podrían asimismo combinar algunos de los métodos revisados de forma secuencial. Es importante señalar que es poco probable que la investigación sobre intenciones reales y falsas proporcione herramientas de diagnóstico con perfectas capacidades de discriminación. Más bien, el objetivo es crear métodos basados en la evidencia que se puedan aplicar. Es complicado que este enfoque más modesto de aplicación de la investigación desarrolle técnicas para hacer juicios de veracidad inequívocos, pero puede aumentar la probabilidad de hacer evaluaciones correctas. Esto a su vez debería aumentar la calidad general de las operaciones de seguridad con importantes beneficios a largo plazo.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club Ciencias Forenses.

Traducción y edición: Leticia Moreno

La Biocriminología en la prevención del delito. Club de las Ciencias Forenses.

Aplicacion de la biocriminologia en la prevencion del delito. Club de las Ciencias Forenses

Biocriminología. Club de las Ciencias Forenses.

En esta ocasión, queridos seguidores del Club de las Ciencias Forenses,  les ofrecemos un artículo que aborda un tema innovador y sin duda interesantísimo como es la aplicación de la criminología biosocial en la prevención del delito, gracias a la investigación llevada a cabo por Michael Rocque de la Universidad del Noreste, Boston (EE.UU), Brandon C. Welsh de Universidad de Maine, Orono (EE.UU) y Adrian Raine  Universidad de Pennsylvania, Philadelphia (EE.UU).

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, los esfuerzos criminológicos para prevenir o reducir el crimen se centraron en abordar las presuntas causas biológicas de la criminalidad. Hoy en día, la prevención del delito pone un énfasis especial en los factores de riesgo biológico y fisiológico, sobre todo durante los períodos tempranos de la vida. Existe un número creciente de programas de prevención del delito que estudian los factores de riesgo biológico en la delincuencia criminal. Estos programas se aplican en los entornos de la familia, la escuela y la comunidad. La evidencia sugiere que estos programas pueden reducir el crimen. Aunque “la prevención biológica del delito” no ha surgido todavía como un campo independiente de estudio, los resultados muestran que la biología supone un impacto significativo en la aparición del delito. A día de hoy, muchos criminólogos se mantienen cautelosos frente a cualquier estudio que infiera la biología como factor del delito. Sin embargo, la investigación criminológica examina los factores biológicos de un modo sofisticado y atendiendo a la importancia del contexto social. Por lo tanto, la prevención del delito con base biológica vuelve a estar presente en la literatura criminológica, pero de manera muy diferente a las estrategias biológicas del pasado. Lejos de abogar por medidas eugenésicas no éticas, este trabajo se centra en mejorar el entorno del sujeto para promover el desarrollo biológico saludable desde la edad temprana.

La prevención del delito tiene una larga historia en el campo de la criminología y la justicia penal. Las evaluaciones de los programas de prevención del delito se han llevado a cabo durante décadas, sobre todo en Estados Unidos. Con respecto a la biología, los esfuerzos de prevención del delito a finales del siglo XIX y principios del XX llaman a evitar que los denominados pueblos inferiores se reproduzcan a través de políticas eugenésicas.

Un esquema influyente distingue cuatro estrategias principales para la clasificación de los programas de prevención del delito (Tonry y Farrington, 1995):

– La prevención del desarrollo se refiere a intervenciones diseñadas para prevenir el desarrollo del potencial criminal de las personas, especialmente las dirigidas a abordar los factores de riesgo y de protección descubiertos en los estudios sobre el desarrollo humano (Farrington y Welsh, 2007  y  Tremblay y Craig, 1995).
– La prevención de la comunidad se refiere a intervenciones diseñadas para cambiar las condiciones sociales y las de las instituciones (por ejemplo, las familias, los compañeros, las normas sociales u organizaciones) que influyen en la delincuencia, dentro de las comunidades residenciales (Hope, 1995).
– La prevención situacional se refiere a aquellas intervenciones diseñadas para prevenir los delitos mediante la reducción de las oportunidades de actuar del sujeto (Clarke, 2009).
– La prevención de la justicia penal se refiere al elemento de disuasión tradicional, llevando a cabo estrategias de rehabilitación gestionadas por la policía y por los organismos del sistema de justicia penal (Blumstein, Cohen y Nagin, 1978).

La literatura actual de prevención del delito se caracteriza por estudiar diversos focos de atención: la comunidad, el entorno y las estrategias de desarrollo en la primera infancia. Con respecto a las causas biológicas del delito, una estrategia de prevención de la delincuencia será muy relevante. Este enfoque reconoce la interacción entre la persona y su entorno, punto de vista de los investigadores biosociales contemporáneos del crimen y la delincuencia. El enfoque de desarrollo tiende a centrarse en la identificación de los factores de riesgo en niños o familias para mejorar sus condiciones ambientales, con el fin de facilitar el desarrollo sano de los más pequeños.

Un enfoque de prevención del delito biológico que se centre únicamente en la “identificación de los nacidos para cometer el crimen” es una reliquia del pasado en criminología. Los programas de prevención de la delincuencia y los programas existentes defendidos por biocriminólogos buscan prevenir la aparición de factores de riesgo biológico (impidiendo el desarrollo de déficits cognitivos) y la conducta delictiva entre quienes tienen factores de riesgo identificados. La investigación indica que los programas de prevención precoz fomentan el desarrollo saludable del cerebro y producen mejoras cognitivas de manera acumulativa. Los estudios demuestran, además, que una nutrición adecuada puede mejorar el crecimiento de los nervios cerebrales, hecho crucial en el tema que nos atañe. En los casos en los que los factores de riesgo son hereditarios o genéticos, los programas pueden prevenir la delincuencia a través de la identificación de los factores ambientales que puedan incrementar la conducta criminal.

En el futuro es razonable suponer que surgirán un mayor número de programas o estrategias basados en los factores de riesgo biológico. En cuanto a la prevención del delito en el desarrollo, la investigación ha demostrado que cuanto antes se efectúe la intervención, mejor. La etapa más importante del desarrollo para el crecimiento cognitivo parece transcurrir entre el embarazo y los primeros 2 años de vida. Los traumas durante este período pueden resultar especialmente impactantes, afectando al desarrollo del cerebro en la edad adulta. La desventaja de determinados entornos pueden retrasar gravemente el desarrollo cognitivo con unos efectos duraderos, incluido un mayor riesgo de pobreza, nivel de educación más bajo y oportunidades de empleo más pobres. Se ha demostrado que un tratamiento dirigido a personas expuestas a un trauma precoz puede mejorar los efectos del desarrollo cognitivo negativos de dicho trauma. Por lo tanto, la intervención temprana es de suma importancia en el tratamiento de ciertas causas biológicas de la criminalidad. Los programas de prevención dependen de los presupuestos gubernamentales. La identificación de las causas biológicas de la criminalidad puede ser políticamente atractiva, pero sin una continuidad puede tener consecuencias engañosas e incluso peligrosas.

Un enfoque basado en la biología puede utilizarse de una manera eficaz a la hora de prevenir el delito. Programas de prevención biocrimen reconocen la importancia del entorno de la persona y de la intervención temprana. Estas estrategias pretenden mejorar la vida de los sujetos en lugar de sacarlos de la sociedad. En este sentido, la prevención biocrimen supone un desarrollo positivo que merece más atención de la comunidad criminológica.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club de las Ciencias Forenses

Traducción: Nahikari Sánchez

Edición: Belén Alcázar