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Categoría: Criminologia social (página 1 de 2)

Minorías sexuales: La discriminación mata. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Structural stigma and all-cause mortality in sexual minority populations”, de los autores Mark L. Hatzenbuehler, Anna Bellatorre, Yeonjin Lee, Brian K. Finch, Peter Muennig y Kevin Fiscella, en un estudio conjunto de las universidades de Nueva York, Nebraska y Pennsylvania, que analizan cómo la discriminación acorta considerablemente la esperanza de vida.

Tras un intenso debate social, el 30 de junio de 2005 se aprobó en España la ley que permite a los homosexuales casarse y adoptar. En marzo de 2007 se aprobó, además, una ley que permite a las personas transexuales cambiar su nombre y la definición legal de su sexo sin necesidad de una sentencia judicial ni una operación quirúrgica previa. Andalucía dio un paso más en junio de 2014 al aprobar una ley que reconoce el derecho de la libre autodeterminación del género sin necesidad de diagnóstico. Sin embargo, sólo 63 países tienen legislaciones específicas que prohíben y persiguen la discriminación por razón de orientación sexual y sólo en 22 se reconoce el matrimonio homosexual mientras que en 72 países la homosexualidad sigue criminalizada y perseguida y en 8 aún se castiga con pena de muerte.

Y el problema no radica sólo en la ley, sino también en la propia sociedad. Estigmatizar a individuos, ya sea por su orientación sexual, su raza/etnia o incluso su aspecto físico, conlleva un aumento en el riesgo de padecer deterioro en la salud física y mental. Es por ello que el objetivo de este estudio es demostrar cómo afecta a la esperanza de vida vivir en una sociedad altamente prejuiciosa frente a una tolerante cuando se es una minoría sexual.

Para este estudio se analizaron los datos de la Encuesta Nacional de Entrevistas de Salud y la Encuesta Nacional de Exámenes de Salud y Nutrición, todas ellas y otras más recogidas en el Centro Nacional de Estadísticas de Salud que recoge los datos referentes a este tema en la población estadounidense. Los años estudiados fueron de 1988 a 2002 (dado que antes de esa fecha no estaban disponibles los datos de las minorías sexuales). De los 21045 encuestados evaluados, 914 (4,34%) mantuvieron relaciones con personas de su mismo sexo.

Por un lado se midieron las actitudes contra las minorías sexuales a través de cuatro ítems: (1) “Si algunas personas en su comunidad sugirieran que un libro a favor de la homosexualidad se sacara de la biblioteca pública, ¿favorecería usted la eliminación de este libro o no?”; (2) “¿Debería permitirse a un hombre que admita que es homosexual enseñar en un colegio o universidad o no?”; (3) “Supongamos que un hombre que admite ser homosexual quisiera hacer un discurso en su comunidad. ¿Debería permitirse que hablara o no?”; (4) “¿Cree usted que las relaciones sexuales entre dos adultos del mismo sexo siempre son algo malo, casi siempre son algo malo, son malas sólo a veces, o no son malas en absoluto?”.  Luego se evaluaron variables de las minorías sexuales que fallecieron en esos años como nivel de ingresos, nivel educativo, percepción subjetiva de la salud, raza, sexo, edad y lugar de nacimiento.

Los resultados mostraron que había una diferencia significativa entre vivir en una comunidad con alto nivel de prejuicios y estigmatización y en una tolerante: la esperanza de vida se reducía una media de 12 años para las minorías sexuales.  Además, era tres veces más probable morir por asesinato en estas comunidades y que se cometiera suicidio con más frecuencia y a una edad mucho más temprana de lo habitual.

Aunque sería interesante ampliar este estudio en otras poblaciones y evaluando también los últimos quince años, los datos no son nada desdeñables. Es importante prevenir y concienciar en la sociedad en contra de los prejuicios y la estigmatización para evitar que el odio siga matando, incluso cuando no lo haga de forma física sino psicosocial.

Los sesgos del uniforme policial. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Students Wearing Police Uniforms Exhibit Biased Attention toward Individuals Wearing Hoodies”, de los autores Ciro Civile y Sukhvinder S. Obhi, de la Universidad de Hamilton (Canadá), que analizan como el uniforme policial activa sesgos atencionales contra la gente de bajo nivel socioeconómico.

La ropa tiene poder simbólico y nos influye a nivel subconsciente. Es bien sabido que puede estar asociada al estatus socioeconómico, el género, la religión o la ocupación. Es algo poco estudiado por ahora pero se ha visto que afecta a nivel cognitivo en algunos estudios. Sabemos que un tipo de ropa u otro pueden hacer que nos cambiemos de acera por la noche o hacernos sentir seguros como un uniforme de policía. Sin embargo, no sólo nos influye en cómo vemos a otras personas por la ropa que llevan ellos, sino que lo que nosotros mismos llevamos puede afectarnos en cómo vemos a los demás.

Según estos investigadores, los agentes de policía operan en un entorno laboral en el que con frecuencia se enfrentan al peligro y, de manera consciente o inconsciente, les puede llevar a observar a la gente de su entorno separando a los que pueden suponer una amenaza de los que no. Es por ello que este estudio se propuso analizar los sesgos que implican para los policías su propio uniforme.

En el primer experimento participaron 28 estudiantes (23 mujeres), los cuales eran divididos en dos grupos: 14 llevaban uniforme de policía y 14 uniforme de mecánico. Debían ver un total de 64 fotografías de caras, siendo 32 de raza blanca y 32 de raza negra. En los resultados no se encontró que el uniforme afectara a la discriminación de caras de distinta raza.

En un segundo experimento, participaron otros 28 estudiantes (22 mujeres), con la misma división en dos subgrupos por uniformes. Esta vez debían ver personas de raza blanca y negra también pero unos vestían de traje y otros sudaderas con capucha. Se iban presentando las imágenes y un cuando aparecía un punto negro en alguna parte de la pantalla debían pulsar un botón. En esta ocasión se encontró un sesgo atencional en aquellos que llevaban uniforme policial: cuando en escena había una persona con traje y otra con sudadera y el punto aparecía junto al sujeto con sudadera sus tiempos de reacción eran más rápidos, lo cual significa que estaban prestando más atención a uno que a otro.

En el tercer experimento fueron esta vez 56 estudiantes (45 mujeres), 28 por subgrupo. Esta vez el uniforme policial fue el de seguridad del campus, y un subgrupo debía llevarlo puesto y el otro tan sólo se sentaba en una mesa junto al uniforme. La tarea era la misma que en el experimento 2 y, además de corroborar sus resultados, se encontró que la “influencia del uniforme” ocurría sólo mientras se llevaba puesto.

La explicación más probable de estos resultados es la identidad social que simboliza llevar puesto el uniforme y la subcultura que eso implica, que afectaría a su forma de pensar y comportarse. Los policías a menudo se enfrentan a individuos peligrosos y están concienciados de la amenaza y, del mismo modo que la raza no supuso ningún tipo de diferencia, la clase social se activaba a nivel subconsciente como un indicador de posibles peligros. Sin embargo, es importante recalcar que en todos los experimentos los participantes eran estudiantes, no policías reales. Sería importante replicar los resultados con policías reales y comprobar si los estereotipos funcionan de la misma forma con otro tipo de empleos.

Experiencias traumáticas en la infancia y criminalidad adulta. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Adverse Childhood Experiences and Adult Criminality: How Long Must We Live before We Possess Our Own Lives?”, de los autores James A Reavis, Jan Looman, Kristina A. Franco y Briana Rojas, de la clínica de salud mental Intrapsychic en San Diego (California, Estados Unidos), que analiza cómo las experiencias traumáticas en la infancia afectan a la vida adulta.

De tal palo, tal astilla. Es un refrán popular que hace referencia al parecido entre padres e hijos. Por desgracia, esa filosofía parece poder aplicarse también a las conductas antisociales. Maltrato físico, sexual, emocional… Cualquier tipo de abuso que sufra un niño es una secuela permanente que poco a poco irá conformando a un adulto disfuncional.

El maltrato infantil es, pues, la acción, omisión o trato negligente que no se produce de manera accidental, y que priva al niño de sus derechos y su bienestar, que amenaza o interfiere su ordenado desarrollo físico, psíquico y social, y cuyos autores de estos hechos pueden ser personas, instituciones o la propia sociedad.

El objetivo de este estudio fue demostrar cómo, en comparación con la población normal, podemos encontrar que los criminales de hoy son los niños maltratados, violados y hostigados de ayer.

La muestra se compuso de 151 delincuentes varones adultos que por orden judicial iban a recibir tratamiento psicológico posterior a su condena. Los crímenes por los que habían sido juzgados estaban asociados a la violencia doméstica, el acoso, el abuso infantil, la violencia y la desviación sexual. De estos sujetos, 35 (23,2%) cometieron abuso infantil no sexual; 45 (29,8%) fueron acusados de violencia doméstica; 61 (40,4%) fueron catalogados como delincuentes sexuales, y 10 (6,6%) eran acosadores. Las categorías no se superpusieron en ningún caso.

Se dividió a los participantes en dos grupos: los que puntuaron alto en el Cuestionario de Experiencias Infantiles Adversas y los que puntuaron bajo. Luego se analizó la correlación entre esa puntuación con la pertenencia a los distintos grupos de delincuencia y las puntuaciones normativas estandarizadas.

Se encontró que en la población normal, tan sólo un 12,5% de la gente puntuaría alto en el cuestionario de Experiencias Infantiles Adversas, mientras que en la muestra puntuaban así un 48,3%, casi la mitad. De todos los eventos por los que se preguntó, se encontró mucha más prevalencia en el grupo de delincuentes que en la población general, duplicándolo en casos como el abuso sexual y llegando a ser hasta siete veces más alto como en el caso del abuso psicológico. Lo cual evidencia que la acumulación de experiencias traumáticas en la infancia disminuye la capacidad de formar relaciones normales y sanas como adulto. Un claro ejemplo es cómo los chicos que sufrieron abusos sexuales de niños tenían 45 veces más posibilidades de maltratar a sus parejas en la adolescencia.

En conclusión, los datos evidencian que en muchos casos la criminalidad de hoy es fruto de un pasado traumático. Es importante prevenir las experiencias traumáticas en niños y, cuando éstas sucedan, tratarlas adecuadamente para prevenir el daño psicológico que devendrá en muchas más víctimas en el futuro.

El “acoso romántico”: Actitudes que normalizan y minimizan el acoso. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “ʻIt’s Not Really Stalking If You Know the Personʼ: Measuring Community Attitudes That Normalize, Justify and Minimise Stalking”, de los autores Bronwyn McKeon, Troy E. McEwan y Stefan Luebbers, de la Universidad de Monash (Australia), que aborda la confusión entre romanticismo y acoso, principalmente en los hombres.

Llamadas amenazantes de una expareja. Fotos comprometidas en internet. Alguien que te sigue por la calle o te espera frente a tu casa hasta que salgas. Hay muchas formas de acoso y algunas se ven más claras que otras. Por definición, entendemos como acoso un patrón de contactos reiterados y no deseados que son experimentados como intrusivos por parte del destinatario y le hacen sentir angustia o miedo. Sin embargo, hay situaciones que, debido a la cultura en la que hemos crecido, nos cuesta más distinguir como acoso.

Por lo general, se tiende a ver como una amenaza a los acosadores desconocidos, pero no a los que son cercanos a la víctima. Y, sin embargo, la investigación nos demuestra que los extraños tienen menos tendencia a persistir en el acoso y son mucho menos propensos a utilizar la violencia. Un exnovio que no ha superado la ruptura o un conocido que trata de “conquistar” a la víctima son vistos como algo legítimo en la mayoría de los casos, lo que conlleva que las víctimas no reciban la ayuda necesaria e incluso que ni siquiera la pidan porque saben la respuesta legal y social que les espera.

Algunos estudios anteriores han demostrado que los hombres y las mujeres entienden por igual el acoso cuando se trata de violencia hacia la víctima, de forzarla o de acecharla. Sin embargo, difieren cuando las conductas pueden disfrazarse de “romanticismo” como el envío de regalos o preguntar información acerca de ellas. Debido a este problema de confusión entre el cortejo y el acoso se propuso indagar las actitudes y creencias de la población al respecto para ser capaces de hacer campañas educativas contra el acoso y programas de tratamiento para los acosadores y las víctimas.

Para este estudio contaron con 524 participantes (244 personas de la población general y 280 miembros del cuerpo de policía), con cierto predominio masculino en la muestra (61% de hombres en la población general y 73% en la de policías). El rango de edad fue entre 20 y 84 años, con una edad media de 43, mientras que la media entre los policías fue de diez años menos y sólo hasta los 63 años. Se envió a los participantes un paquete que contenía una carta explicativa con las instrucciones, un cuestionario demográfico, una viñeta que describía una situación de acoso, una copia de la ley contra el acecho y el acoso, un cuestionario relativo a sus percepciones sobre el acoso que se ve en la viñeta, el Cuestionario sobre Actitudes Relacionadas con el Acoso (SRAQ) y un sobre en el que renviar sus respuestas.

El SRAQ es un cuestionario con 34 preguntas tipo Likert que deben valorarse de 1 (absolutamente falso) a 7 (totalmente cierto) e indican acuerdo con mitos o estereotipos sobre el acoso. 15 de los artículos son específicos para un agresor masculino y una víctima femenina (ej: “A un hombre se le debe permitir perseguir a una mujer hasta cierto punto, si es parte del romance”). Las otras 19 son sin género (ej: “No es realmente acoso si conoces a las personas y ellas te conocen a ti”). Sobre las escenas de acoso, había seis en total pero cada participante recibía sólo una al azar que consistían en situaciones de acoso entre un agresor masculino y una víctima femenina que persistía durante varias semanas e involucraban acercamientos e intentos de comunicación no deseados. La variante entre las escenas era la motivación para acosar a la víctima: intentar conseguir una cita, delirio romántico, tratar de reanudar una relación, venganza o trastorno sexual. No hubo problema con utilizar distintas imágenes ya que pertenecían a otro estudio sobre el acoso y no hay diferencias estadísticas entre ellas.

Según el estudio, se encontraron tres creencias o actitudes latentes sobre el acoso en la muestra que minimizan la gravedad del acoso y lo normalizan: “el acoso no es algo serio”, “el acoso es romántico” y “la culpa es de las víctimas”. Además, se encontró que los hombres apoyaban las creencias sobre el acoso más que las mujeres y disculpaban al acosador, así mismo, los miembros de la policía apoyaban estos mitos en menor medida que el resto de la población. En términos generales, este estudio apoya la idea de que existen actitudes en la población que influyen en si se toman en serio o no a las víctimas de acoso y del nivel de apoyo y ayuda que reciben. Es posible que la diferencia de percepción de este problema entre la población general y los miembros de la policía sea por la formación adicional que estos reciben sobre el tema, lo cual es esperanzador, ya que podría significar que con la intervención adecuada podría concienciarse al resto de la población (y principalmente a los hombres) de la importancia y gravedad de este problema, dismitificándolo fuera del amor romántico.

Utilidad del test SDQ para detectar jóvenes pirómanos. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The utility of the Strengths and Difficulties Questionnaire as a screening measure among children and adolescents who light fires”, de los autores Ian Lambie y Ariana Krynen, de la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda), que nos enseña como un sencillo test puede ser utilizado para detectar conductas piromaniacas en niños y adolescentes.

La piromanía es un comportamiento con altas tasas de participación de niños y adolescentes. En 2014, los niños de hasta 17 años fueron el 49% de las detenciones por incendios en Nueva Zelanda, y los menores de 21 fueron responsables de hasta un 60%. Del mismo modo, en Estados Unidos los menores de 18 años son el 45% de los casos de conductas piromaniacas; y en Reino Unido, el 40% se achaca a niños entre 10 y 17 años.

Por lo que sabemos, consiste en comenzar un fuego de forma deliberada y es más común en varones. Es un comportamiento potencialmente peligroso, con serios daños emocionales y económicos. Además, se trata de una conducta recurrente, por lo que es importante realizar intervenciones que reduzcan las posibilidades de futuros incidentes. Las investigaciones previas correlacionan la piromanía con trastornos de conducta antisocial. Es por ello que se propone el test SDQ como herramienta para el cribado y la detección de pirómanos en la infancia y adolescencia.

La muestra está compuesta por 57 niños y adolescentes con edades comprendidas entre los 6 y los 17 años que tuvieron un comportamiento pirómano en los últimos seis meses. El 90% de la muestra fueron varones, es decir, sólo hubo seis chicas. La muestra se dividió en tres subgrupos por edades. El primer grupo comprendía a los niños entre 6 y 10 años, que fueron un total de dieciséis, doce de ellos chicos. El segundo grupo fueron catorce chicos, todo varones, de entre 11 y 13 años. Y el tercero fueron veintisiete participantes, 25 de los cuales eran hombres, con edades entre 14 y 17 años. Para hacer comparaciones se seleccionó a los 32 chavales de entre 13 y 17 años que tenían conducta pirómana y a 484 estudiantes de entre 13 y 17 años, de los cuales el 51% eran varones, que nunca habían mostrado síntomas de conducta pirómana.

Se les pasó el cuestionario SDQ (“Strengths and Difficulties Questionnaire” o Cuestionario de Fortalezas/Capacidades y Dificultades), que sirve para cribar problemas emocionales y de comportamiento en jóvenes entre 4 y 17 años. Son 25 ítems que se subdividen en cinco escalas: síntomas emocionales (ej. “tengo muchas preocupaciones”), problemas de conducta (ej. “a menudo tengo mal genio”), hiperactividad o déficit de atención (ej. “no puedo quedarme quieto por mucho tiempo”), problemas en la relación con iguales (ej. “soy más bien solitario”) y conducta prosocial (ej. “ofrezco ayuda cuando la necesitan”). Además incluye un suplemento de preguntas para el malestar general y el bienestar emocional. Es uno de los test más utilizado para salud mental en niños y adolescentes por su fiabilidad y validez.

El test fue utilizado en su versión para padres y profesores y en casos de autoinforme cuando era posible (mayores de 11 años). Sin embargo, no todos los profesores cumplimentaron el informe, de modo que los datos de todos los profesores se dejaron fuera del análisis.

  • De 6 a 10 años: El 56% tenían puntuaciones en el rango anormal, lo que sugiere que tenían un riesgo considerable de tener algún tipo de problema clínico. El 69% tenían problemas de conducta, el 56% de relación entre iguales, el 38% déficit de atención y 38% de falta de conducta prosocial. Pero en los problemas emocionales, el 69% tuvo un rango normal. En las preguntas suplementarias, el 50% de los padres consideró que sus hijos tenían dificultades.
  • De 11 a 13 años: se tenían tantos los reportes de los padres como los de autoinforme. El 78,6% y el 27,3% respectivamente indicaban que estaban que estaban en riesgo sustancial de tener problemas clínicos. Según los informes de los padres, el 78,6% tenían problemas de conducta (36,4% según el autoinforme), el 71,4% de relación entre iguales, el 42,9% de síntomas emocionales, el 28,6% déficit de atención (45,5% según el autoinforme), pero no hubo problemas con la conducta prosocial. Para los valores suplementerios encontramos 64,3% y 45,5% (padres e hijos respectivamente) en valores anormales de angustia y malestar.
  • De 14 a 17 años: se tenían tantos los reportes de los padres como los de autoinforme. El 40% y el 11,5% respectivamente indicaban que estaban que estaban en riesgo sustancial de tener problemas clínicos. Según los informes de los padres, el 40% tenían problemas de conducta (27% según el autoinforme), el 24% de relación entre iguales, el 44% déficit de atención (23% según el autoinforme), pero no hubo problemas con la conducta prosocial ni problemas emocionales. Para los valores suplementerios había una gran proporción de valores anormales de angustia y malestar.

A nivel general, no encontramos diferencias entre los tres grupos entre sí que sean estadísticamente significativas. Pero al compararlos con la muestra de niños sin problemas de piromanía encontramos que hay diferencias significativas para los problemas de conducta, los problemas de atención e hiperactividad y totales más altos en general. En el resto de escalas no hubo diferencias. También se encontró que correlacionaban los autoinformes de los niños con los de los padres, a pesar de las diferencias antes observadas.

En conclusión, los niños y adolescentes con tendencias a la piromanía exhibían una amplia gama de problemas conductuales y psicosociales. La identificación de estos casos es clave para evitar desastres y proporcionar ayuda a la familia en una intervención adecuada. Para futuras investigaciones sería interesante que los estudiantes que usaron como grupo control se ajustaran a la muestra en sexo, dado que una era casi en su totalidad varones y en la otra eran la mitad. Y también sería interesante replicar este estudio con adolescentes de otras partes del mundo, no sólo de Nueva Zelanda. Algo que con las nuevas tecnologías sería fácil de conseguir por internet o colaborando con otras universidades. Pero es un importante paso en la detección de pirómanos.

Homicidio homosexual juvenil. Club de la Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Juvenile Homosexual Homicide”, de los autores Wade C. Myers y Heng Choon (Oliver) Chan, en un estudio conjunto de las universidades de Tampa y Hong Kong, que hacen una revisión acerca de los asesinatos cometidos por varones menores de edad a personas de su mismo sexo.

El homicidio sexual es un tipo de asesinato en el que la sexualidad está presente como característica central, ya sea de forma explícita o simbólica. Según los datos recogidos por la Oficina Federal de Investigación de Estados Unidos, de 1976 a 2015 se registraron 3888 homicidios sexuales, de los cuales el 18% fueron crímenes “homosexuales” (17% hombres a hombres y el 1% mujeres a mujeres). Aunque los estudios que se han concentrado en este sector son limitados, los investigadores afirman que este tipo de delitos reflejan mayor violencia que los crímenes heterosexuales, reflejado en una mayor probabilidad de traumatismos craneales, estrangulamientos, numerosas puñaladas, múltiples tipos de lesiones y ensañamiento (exceso de heridas más allá de las necesarias para causar la muerte).

A pesar de lo dispares y escasos que son los informes que hay sobre este tema, parece un factor común en todos los casos reportados la presencia de tendencias sexuales sádicas combinadas con la capacidad de causar agresiones severas. De hecho, se cree que el sadismo sexual y los trastornos de conducta son los denominadores comunes de la mayoría de los homicidios sexuales juveniles.

Esta investigación aborda la epidemiología y las características del crimen en los casos de homicidios sexuales juveniles para tratar de arrojar algo de luz a ese sector tan olvidado. Usando como fuente los datos recogidos por la Oficina Federal de Investigación de Estados Unidos, de 1976 a 2015, encontramos que el 22% de todos los casos de homicidio sexual juvenil eran homosexuales. Es decir, 93 delincuentes que cometieron homicidio homosexual juvenil (88 hombres y 5 mujeres). La edad media de los varones era de 15,8 años, con un rango que oscilaba entre los 12 y los 17. El 69% fueron caucásicos y el 31% afroamericanos. Por el escaso número de casos recogidos en mujeres, se las deja fuera de la revisión.

Edad de inicio en la conducta de homicida: A medida que avanza la edad es más alto el número de víctimas, encontrando un 1% de agresores de 12 años de edad, un 6% tenían 13 años, y un 16% respectivamente con 14 y 15 años, después la cifra asciende considerablemente hasta un 31% de 16 años y un 30% de 17.

Victimología: La edad de las víctimas oscilaba entre los 2 y los 69 años, siendo la media 30,5. Un 75% fueron de raza blanca y un 25% afroamericanos. El rango de edad con mayor probabilidad de muerte fue la categoría de adultos (62%), seguida por los niños (17%), adolescentes (13%) y ancianos (8%).

Relación entre el agresor y la víctima: Las posibles relaciones se clasificaron en cuatro categorías: conocido/amigo, extraño, íntimo y miembro de la familia. En la mayoría de los casos, la relación entre los delincuentes y las víctimas pertenecía a la categoría de conocido/amigo (55%), seguido de extraños (36%), íntimos (5%) y familiares (4%). Además, ninguna de las víctimas de los miembros de la familia eran de primer grado (padres, hermanos o hijos). En la mayoría de los casos las víctimas fueron de la misma raza que el agresor (93% para caucásicos y 69% afroamericanos).

Arma del crimen: Se analizó también el arma homicida, encontrando que el 40% de las agresiones se cometían con armas de contacto o afiladas (ej. Cuchillos), casi la misma probabilidad que las armas de fuego con un 39%. Las armas personales como la estrangulación manual u otras partes del cuerpo fue un 18%. Otro tipo de armas como venenos o explosivos fue apenas un 3%. También se analizó la relación entre la elección de arma y la edad de la víctima. Contra los niños era más común el uso de armas personales (53%), contra los adolescentes y adultos armas de fuego (36% y 47% respectivamente), y contra ancianos armas de contacto o afiladas (71%).

Incidencia: Un dato esperanzador es que, analizando las fechas de los homicidios en rangos de cinco años, encontramos una tendencia a la disminución de estos crímenes con el tiempo, bajando del 36,36% entre 1976 y 1980 hasta un 3% entre 2001 y 2005.

Sin embargo, aunque pionero en su campo, la base de datos utilizada tiene una gran limitación al no tener información detallada de los motivos de la agresión ni demografía. Por lo tanto, no puede descartarse que los jóvenes homicidas sean heterosexuales o incluso que estuvieran actuando en defensa propia contra adultos que trataban de abusar de ellos. Teoría que no puede descartarse ya que el 62% de las víctimas eran adultos en lugar de compañeros de su edad y es relevante en comparación con otros grupos de delincuentes sexuales juveniles que atacan predominantemente a menores. Además, como se dijo al principio se han considerado un 22% de los asesinatos juveniles son homosexuales, lo que parece sobrerrepresentar a la población estadísticamente. De modo que de cara a futuras investigaciones será importante aumentar las características demográficas y psicosociales estudiadas para poder comprender realmente este tipo de homicidio y poder intervenir en su disminución.

Factores de Criminalidad. Club Ciencias Forenses.

Factores que conducen a la criminalidad.

Factores de Criminalidad. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, esta semana les ofrecemos un resumen del artículo “Los factores de la Criminalidad son los Genes, el Temperamento y la Personalidad psicopática”, de los autores Matt DeLisi de la Universidad Estatal de Iowa (EE.UU.) y Michael G. Vaughn de la Universidad de Saint-Louis (EE.UU.), que trata sobre los factores que conducen a la criminalidad.

El estudio de la conducta antisocial grave y violenta ha evolucionado de un enfoque basado en los factores estructurales y medioambientales hasta un nivel individual. La criminología ha empezado a prestar atención a los factores constitucionales que influyen en la autorregulación, el procesamiento emocional, el funcionamiento neuropsicológico y los procesos relacionados. En este trabajo se plantea que las condiciones necesarias para la criminalidad implican características constitucionales básicas y recalca la reciente investigación sobre genes, temperamento y personalidad psicopática. Se centra además en la Evaluación Integral de la Personalidad Psicopática (CAPP) y en el estudio de la posible integración de la genética, el temperamento, y la psicopatía para comprender la criminalidad.

Más allá de los factores de riesgo sociales, existen otros factores que explican la varianza de la agresión, la ira y los problemas de conducta en la infancia. Y esos otros factores son los factores genéticos. Gracias a los numerosos estudios sobre asociación genética molecular existe un amplio conjunto de genes específicos que se han relacionado con la criminalidad. Se ha descubierto que los portadores del alelo G manifiestan más comportamientos antisociales en situaciones de estrés social. Se han revelado asimismo asociaciones significativas entre los genes de la dopamina y el comportamiento antisocial cuando se dan en contextos ambientales que evidencian un control social bajo. Se han hallado recientemente asociaciones significativas entre el gen de la monoaminaooxidasa A (MAOA) y la adversidad en la infancia. Se ha podido demostrar igualmente una relación entre el gen DRD4 y la delincuencia, la ira y la búsqueda de emociones. Es importante recordar que, aunque significativos, los efectos genéticos normalmente son muy escasos y suelen darse en ambientes desfavorecidos. A la larga, el ADN, el ARN y la síntesis de proteínas se expresan en nuestra biología, y lo más importante, en nuestro cerebro. El temperamento es la tendencia estable, en gran parte innata con la que un individuo percibe el entorno y regula sus respuestas hacia él. El temperamento refleja las diferencias básicas en la reactividad del sistema nervioso central que se manifiestan en la varianza en el nivel de actividad, la emotividad y el humor, los comportamientos de acercamiento y retirada, y la autorregulación. Por otro lado, los factores de riesgo genéticos relacionados con el temperamento de la madre biológica interactúan con los factores de riesgo ambientales para influir en los comportamientos desafiantes infantiles. El perfil temperamental ofensivo se asocia especialmente con la insensibilidad y formas más agresivas de problemas conductuales. En resumen, los déficits temperamentales caracterizados por una baja autorregulación, una emocionalidad negativa e intercambios hostiles con otros, proporcionan toda una vida con problemas de conducta. Por lo tanto el temperamento constituye un componente principal de la criminalidad y, afortunadamente se observa en edades muy tempranas para facilitar las intervenciones preventivas. A pesar de que el temperamento refleja la diferenciación biológica básica, generalmente se considera la base sobre la cual descansa la personalidad. La personalidad psicopática, caracterizada por rasgos afectivos, comportamentales, y estilos de vida distintivos, es moderadamente hereditaria e identificable en niños y adolescentes. Asimismo, la antisocialidad es inherente a la psicopatía. Una innovación relativamente reciente pero importante en la bibliografía sobre psicopatía ofrece la posibilidad de integrar todos estos ingredientes básicos para la comprensión de la criminalidad. La Evaluación Integral del Trastorno de Personalidad Psicopática (CAPP) conceptualiza el trastorno en un modelo léxico de la personalidad. El CAPP incluye 33 síntomas que son adjetivos o frases adjetivas que se definen en términos de otros tres adjetivos/frases adjetivas. Estos síntomas se agrupan en seis áreas que representan: 1) apego, 2) regulación o restricción conductual, 3) cognición, 4) dominación o relaciones de estado, 5) emoción y 6) identidad.

Uno de los debates más importantes en psicología se centra en la utilidad de la aplicación de los modelos estructurales de la personalidad para la comprensión de la psicopatía. Los modelos estructurales son las evaluaciones globales de la personalidad que no están centrados en un tema específico, como la antisocialidad o la aptitud profesional. El modelo estructural más conocido es el modelo de los Cinco Factores o comúnmente conocido como los Cinco Grandes (Big Five), que se mide con el NEO-PIR. Esta reciente conceptualización ha encontrado su camino en la psiquiatría, la práctica clínica y correccional. En el DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales), el Trastorno Antisocial de la Personalidad está compuesto por dos criterios diagnósticos. Es decir, existe un reciente y creciente movimiento hacia la conceptualización de las condiciones antisociales, o más generalmente, de la criminalidad, como un conjunto de rasgos básicos reflejados por constructos de orden superior. En consecuencia la criminalidad está determinada por rasgos de personalidad psicopática (que se encuentran dentro de los rasgos normales de la personalidad), que se apoya en extensiones fisiológicas y psicológicas del temperamento, y es significativamente hereditaria. Las ventajas de un mayor ámbito de investigación empírica es que facilita no sólo nueva conceptualizaciones sino también una poderosa evidencia convergente que puede ser relacionada con mecanismos básicos. Además de para saber la verdad, esto es importante para llevar a cabo intervenciones preventivas que son posiblemente más sostenibles ya que están unidas a procesos causales subyacentes que ocurren a una edad relativamente temprana. Por otra parte, los científicos de prevención también han señalado que muchas intervenciones efectivas son de naturaleza biosocial, que se ajustan muy bien a los elementos básicos de la criminalidad analizados en el presente trabajo. Aunque es cierto que muchas de estas intervenciones necesitan más pruebas y perfeccionamiento, se espera que una base etiológica de conocimiento más fuerte pueda prestarse a una mayor eficacia de las tecnologías de prevención, que pueden ser ampliamente divulgadas para beneficio de todos.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club de Ciencias Forenses

Traducción y edición: Leticia Moreno

Familias desestructuradas y violencia. Club Ciencias Forenses.

Familias desestructuradas y violencia. Club Ciencias Forenses.

Familias desestructuradas y violencia. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les sugerimos un resumen del artículo “Familias disfuncionales en la infancia y violencia en los adultos: Un análisis de los moderadores y mediadores”, de los autores Delphine Theobald del King’s College (RU), David P. Farrington de la Universidad de Cambridge (RU) y Alex R. Piquero de la Universidad de Texas Dallas (EE.UU.), acerca de las causas de la violencia.

Uno de los temas más estudiados por las teorías criminológicas es el papel de la familia en la socialización de los niños. En este trabajo se analiza el efecto de la ruptura familiar a causa de la separación/divorcio (hasta los 14 años de edad) en los hombres y su impacto en una posterior conducta criminal violenta. Dicha investigación es relevante para la investigación existente debido a la falta de investigaciones longitudinales sobre los efectos a largo plazo de las familias desestructuradas en adultos, sobre todo en relación al comportamiento criminal violento y puede ayudar a entender los mecanismos implicados. Este vínculo entre familias disfuncionales y delincuencia se ha establecido a lo largo de varias décadas a partir de datos de algunos estudios longitudinales importantes. Estudios más recientes han descubierto que el 60% de los niños que fueron separados de sus padres en su décimo cumpleaños fueron condenados a la edad de 50 años, en comparación con el 36% restante. Juby y Farrington (2001) señalaron que los índices de delincuencia eran mayores entre los niños que provenían de una familia desestructurada, antes de los 15 años, comparados con los que venían de familias “normales”, y los resultados fueron similares en sentencias condenatorias de menores, delincuencia juvenil autoinformada o sentencias condenatorias de adultos. Es importante destacar que estos autores concluyeron que gran parte de la investigación en este campo es “incompleta y poco concluyente”. Es posible que la estabilidad familiar después de un divorcio sea un factor importante. Según Mednick et al. (1990) un divorcio seguido de cambios en las figuras parentales predice el mayor índice de delincuencia en niños (65%) en comparación con un divorcio seguido de estabilidad (42%) y sin divorcio (28%). El proceso de desestructuración familiar puede ser un indicador importante de los resultados. Si el hecho se produce entre el nacimiento y los 4 años será especialmente predictivo de delincuencia, mientras que si la ruptura se produce en la adolescencia el efecto no será tan fuerte. Así pues, la evidencia plantea que las familias monoparentales podrían tener dificultades para mantener un entorno familiar estable en el que se fomente una buena relación padres-hijos.

Se han propuesto distintas perspectivas criminológicas acerca de los posibles mecanismos por los que una familia desestructurada puede afectar a la delincuencia. Las Teorías del ciclo vital se centran en el efecto perjudicial que una familia disfuncional puede tener sobre el apego de los padres que, a su vez, puede poner en peligro una socialización eficaz por parte de estos. Las Teorías de la selección argumentan que las familias desestructuradas producen niños delincuentes debido a las diferencias preexistentes con otras familias, como conflictos entre los padres, padres criminales o antisociales, bajos ingresos familiares o pobres métodos de crianza. Las Teorías del estrés/trauma plantean que la ruptura de la unidad familiar conduce a otros factores de estrés, como los conflictos entre los padres, la pérdida de estos, y la reducción de ingresos económicos, que producen una serie de emociones negativas que pueden provocar un comportamiento antisocial. Por lo tanto, existe una relación entre la exposición a la violencia parental y la victimización en la infancia y el posterior comportamiento antisocial y la delincuencia. Más recientemente, la investigación genética biosocial y conductual ha surgido como un prometedor mecanismo teórico que examina la relación entre familia y conducta antisocial. A continuación, se revisan tres de los mecanismos más sólidos identificados: las familias disfuncionales, el bajo autocontrol y los compañeros delincuentes. El entorno familiar puede ejercer un impacto significativo en el desarrollo conductual y emocional del individuo. Fergusson y Horwood (1998) encontraron que ser testigo de conflictos violentos entre los padres predice de manera significativa la violencia y los delitos contra la propiedad, incluso después de haber controlado otros factores de riesgo familiares tales como el abuso de sustancias y la criminalidad, tener una madre joven, el castigo físico y los bajos ingresos familiares. Un bajo control parental es un importante predictor de delincuencia. La manera en que los individuos aprenden a reaccionar ante los demás dependerá del modelo de conducta observado en la infancia. Otros han sugerido que la frustración conduce a la agresión. En cuanto al autocontrol, los niños que tienen temperamentos difíciles y problemas de comportamiento son a menudo agresivos y antisociales en casa y en la escuela, y es probable que sigan siéndolo en su adolescencia y en la edad adulta. El bajo autocontrol es uno de los rasgos más estables asociado con la conducta antisocial. Los individuos con bajo autocontrol suelen enfrentarse a los conflictos de manera agresiva y tienen dificultad para prever las consecuencias negativas de sus acciones/comportamientos. Por otro lado, según algunos investigadores los niños que sufren conflictos familiares tienen más probabilidades de asociarse con compañeros delincuentes. Suelen ser más susceptibles a la presión de los compañeros porque desean algo de seguridad en el grupo o pueden decidir, debido a los conflictos en el hogar, involucrarse en conductas desviadas como reacción a su inestabilidad familiar.

En este trabajo se han analizado los datos de un estudio longitudinal sobre el desarrollo de la conducta antisocial y se han valorado varios de los posibles mecanismos que pueden influir en el posterior comportamiento criminal violento de un niño tras sufrir la ruptura matrimonial de los padres en la infancia o en la adolescencia. Las preguntas clave que deben ser examinadas son: (1) ¿Puede la disfunción familiar, debida a una ruptura matrimonial de los padres, predecir una futura sentencia condenatoria después de haber controlado otros factores clave que predicen la delincuencia?; (2) ¿Está el efecto de una familia desestructurada, en un futuro comportamiento criminal violento, moderado por importantes factores de la infancia?; y, (3) ¿Tiene una familia disfuncional, debido a la ruptura matrimonial de los padres, un efecto directo o indirecto sobre una sentencia condenatoria? Las principales conclusiones de esta investigación sobre la relación entre familia desestructurada y violencia indican que, si se sufre antes de los 14 años, será predictiva de una sentencia condenatoria a los 50 años. El impacto de una familia disfuncional está mediado por diversas variables, siendo las más importantes la percepción subjetiva de la violencia y la hiperactividad, ambas medidas a los 14 años. Sin embargo, deben tenerse en cuenta varias limitaciones. En primer lugar, el análisis cuenta con un pequeño número de niños que provienen de una familia desestructurada a causa de la ruptura matrimonial. Por lo tanto, sería necesario replicar el estudio para evaluar la posibilidad de generalizar las conclusiones. En segundo lugar, futuras investigaciones deberían considerar más variables teóricas, incluyendo factores biosociales/genéticos que pueden ser importantes mediadores/moderadores de la relación entre familia disfuncional y criminalidad. En tercer lugar, no se pudo contar con ninguna medida sobre lo que sintió el individuo (como niño) cuando se produjo la desintegración de la familia. En cuarto lugar, puede haber algunos casos en que la ruptura familiar sea en realidad un hecho positivo. Los resultados del estudio también tienen igualmente implicaciones para las perspectivas teóricas que pueden ayudar a explicar la relación entre familia desestructurada y delincuencia. Otro enfoque teórico relevante es el probable papel que los factores biosociales/genéticos pueden jugar en la relación familia desestructurada y delincuencia. Existen evidencias acerca del papel que la biología y los genes desempeñan en el comportamiento humano en general, y en el comportamiento antisocial en particular. Con respecto a las implicaciones políticas, es bien sabido que un ambiente familiar conflictivo puede tener efectos muy negativos en los niños (absentismo escolar, abandono escolar, relaciones con amigos delincuentes, etc.). Así pues sería conveniente facilitar el acceso a los servicios de apoyo y asesoramiento para ayudar a resolver las tensiones familiares debidas al conflicto marital y la separación. En consecuencia, nunca es demasiado pronto para poner en marcha tales medidas de prevención, puesto que tal y como han demostrado varios estudios, los primeros programas de formación para familias/padres no sólo ayudan a los padres a socializar de manera más adecuada a sus hijos, sino también ayudan a los niños en los diferentes ámbitos de la vida.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club de Ciencias Forenses

Traducción y edición: Leticia Moreno

Terrorismo, Perdón y Justicia Restaurativa. Club Ciencias Forenses.

 

Terrorismo, perdón y justicia restaurativa. Club Ciencias Forenses.

Terrorismo, Perdón y Justicia Restaurativa. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, esta semana les proponemos un resumen del artículo “Terrorismo, perdón y justicia restaurativa” del autor Antony Pemberton de la Universidad de Tilburg (Países Bajos), que trata sobre terrorismo y victimología.

Uno de los progresos más destacables en la prevención del delito de las últimas décadas es el ascenso de la justicia restaurativa. La justicia restaurativa puede definirse como los procesos mediante los cuales las partes con intereses en un determinado delito resuelven colectivamente cómo lidiar con las consecuencias de la infracción y sus consecuencias para el futuro. Un área especialmente conflictiva para la justicia restaurativa es la relacionada con su uso en casos de terrorismo. Tras las secuelas de un ataque terrorista incluso los actos de las víctimas evidencian actitudes no tan negativas hacia los agresores, por ejemplo expresiones de comprensión (parcial) o rechazo a ser asociado con actos de represalia, y mucho menos participar en un proceso restaurativo, son a menudo recibidas con preocupación e incluso hostilidad. Las preocupaciones de la sociedad, por ejemplo, el deseo de llegar a un acuerdo de paz con un grupo terrorista, podrían llevar a presionar a las víctimas a adoptar una postura más apaciguadora, una especie de “compasión obligada”. Tal y como demuestra Alonso (2013), la historia reciente del acercamiento del gobierno español a la organización terrorista ETA se ha topado con la oposición de las víctimas: precisamente porque adoptó una postura más conciliadora con la organización unido a la presión ejercida sobre las organizaciones de víctimas para que hicieran lo mismo.

La naturaleza del delito como un mal público significa que la ciudadanía tiene un interés legítimo en la resolución del delito, a pesar de no estar directamente afectada. Esto ha dado lugar al malentendido de que el delito es más un mal contra la ciudadanía que contra la víctima. Según los sociólogos y criminólogos es el miedo al delito, o incluso el “pánico moral” lo que atrae a la ciudadanía a participar. Este reconocimiento público es asimismo relevante para la victimología. El apoyo social y el reconocimiento de la victimización son un “factor de protección” clave en las secuelas de la victimización. Es muy complejo definir el terrorismo, sin embargo se puede decir que el elemento central que comparte cada definición es que el terrorismo radica en el hecho de que la violencia se utiliza contra objetivos directos para amenazar, asustar e influir de alguna manera un grupo más amplio de víctimas indirectas o vicarias. La intención de hacer daño en ataques terroristas se extiende más allá de su objetivo físico directo. Esto significa que el terrorismo como un mal público es significativamente diferente del delito en general. El terrorismo, en intención y percepción, reaviva esa sensación de peligro y destrucción, de una manera que el delito común no lo hace. El interés público en un acto terrorista es de naturaleza cualitativamente diferente que en el delito. La diferencia radica en que el terrorismo afecta a la sociedad en general, como si fuera la propia víctima, mientras que el delito afecta a la ciudadanía como si fuera un tercero interesado.

Para comprender por completo la relevancia de la distinción entre victimazación y contemplar la victimización en calidad de tercero, es necesario elaborar brevemente dos perspectivas sobre las diferencias en la manera en que las víctimas y los observadores ven la victimización. Las víctimas ven el suceso como una injusticia, exageran el impacto, minimizan el contexto y prolongan la secuencia de tiempo del suceso, mientras que los autores tienden a buscar justificaciones de lo ocurrido, atribuyen el suceso a causas externas, minimizan el impacto en la víctima y los demás y ven el suceso como un momento preciso. Mientras que los autores contemplan el relato de los hechos como una historia con un principio y un final, la experiencia de victimización a menudo deja un final abierto. El principal enfoque teórico capaz de describir los puntos de vista de los terceros observadores en la victimización es la teoría del mundo justo. El propósito de la justicia puede conducir a reacciones más o menos útiles hacia la injusticia y la desgracia, desde la indemnización y reparación hasta el castigo altruista y la retribución, pero asimismo a reacciones negativas hacia los que sufren las consecuencias, como distanciamiento, cambios en el carácter, apariencia y comportamiento; distanciamiento psicológico y reproche. Un tema recurrente es la medida en que el veredicto final en un caso puede o debería conducir a la experiencia de “cierre”. La auto-relevancia de la victimización vicaria es diferente a la experiencia de los observadores; mientras que estos últimos están acostumbrados a toparse con el delito y la victimización a angustiarse debido a las consecuencias de su “mundo justo”, los primeros son más propensos a verse a sí mismos como siendo victimizados.

El perdón puede ser visto como una decisión necesariamente consciente: perdonar o no perdonar, un acto de voluntad, y/o el producto de un proceso gradual en el que el apego emocional de la víctima hacía la injusticia causada por el sujeto activo disminuye. Es necesario destacar tres puntos clave. En primer lugar; el perdón, tal vez incluso más que la recuperación, sirve como contrapunto a la experiencia de victimización causada por la injusticia. En segundo lugar, el perdón no es contrario a la venganza y retribución. La justicia retributiva puede contribuir al perdón privado, y a su vez el perdón de las víctimas tras el delito puede ser un elemento atenuante en los procesos judiciales. En tercer lugar, aunque el perdón puede tener beneficios para las víctimas, depende de que estén realmente perdonando, y no persuadidas o presionadas para perdonar. El perdón público está sujeto a limitaciones que no se aplican a las formas privadas de perdón: a diferencia del perdón público el privado requiere motivos, e incluso procedimientos, abiertos al escrutinio. En el perdón público los representantes del colectivo expresan o extienden el perdón al ofensor u ofensores, o al grupo delictivo, a pesar de que su conducta constituye un delito. Los ejemplos más claros de este tipo de perdón público pueden ser las amnistías e indultos. En muchos casos, el perdón privado se da junto con la falta de perdón público y/o vicario y viceversa. Cuando el delincuente ha recibido el perdón público, “ha pagado su deuda con la sociedad”, obtenido la amnistía o indulto, el resentimiento y la rabia de la víctima hacia el delincuente permanecen o, particularmente en los casos de amnistías e indultos, pueden aumentar a causa del perdón público. Esta divergencia entre el perdón o la falta de perdón público y privado puede ser motivo de discordia para las víctimas: podrían tratar de evitar la liberación o libertad condicional del delincuente, o solicitar a las autoridades penitenciarias que atenúen o anulen la sentencia. En los casos de conflicto entre perdón privado y vicario es más complejo llegar a una coexistencia semejante: la capacidad de perdonar en ambos tipos de perdón se encuentra en la experiencia de ser personalmente agraviado. En consecuencia, cuando la postura de la víctima directa no concuerda con la de las víctimas vicarias, es probable que las víctimas directas estén bajo una presión considerable. En el caso del perdón privado y la falta de perdón vicario, los problemas para la víctima directa son dobles. En primer lugar, se asocia con un relato de los hechos que no coincide con su punto de vista. En segundo lugar, las víctimas vicarias pueden reaccionar de forma crítica e incluso con hostilidad cuando las víctimas directas expresan una postura más indulgente. El perdón vicario y el privado pueden ser asimismo una experiencia desgarradora, más aún si el perdón vicario coincide con el perdón público, y cuando la conexión entre este perdón vicario y el perdón privado se realiza de manera explícita. El desafío implícito o explícito al derecho de las víctimas a perdonar primero pone en duda la propiedad del relato de la experiencia de victimización y la socava.

El carácter público del terrorismo está doblemente articulado: en primer lugar, no es solo un ataque simbólico a la sociedad, si no también uno real. En segundo lugar, la ciudadanía experimenta el terrorismo como un ataque contra sí misma: en lugar de tercero observador, se convierte en víctima vicaria. En los casos de delitos graves pueden existir prácticas restaurativas junto con procedimientos de justicia penal. Estas ofrecen un espacio independiente en el que la experiencia privada de perdón de la víctima puede coexistir con la falta de perdón público. La falta de perdón vicario (más que el público) hace que esto sea mucho más difícil. El hecho de que el relato de las víctimas acerca del suceso esté bajo presión a causa de este interés vicario en el ataque terrorista aumenta la necesidad de espacio privado proporcionado por los procesos restaurativos. Cuando el estado de ánimo vicario predominante cambia a una postura más indulgente, los recelos de las víctimas hacia este cambio pueden transformar rápidamente su postura hacia los representantes e incluso hacia los héroes del colectivo, en un obstáculo al proceso de paz. La justicia restaurativa puede entonces convertirse en un elemento de perdón obligado. El perdón privado y falta de perdón vicario convertirán la justicia restaurativa en objeto de crítica y hostilidad, pese a que puede ofrecer una solución (parcial) a los problemas a los que se enfrentan las víctimas. La justicia restaurativa es más una propuesta para la falta de perdón privado y vicario, pero será experimentada como parte del problema al que se enfrentan las víctimas directas, en lugar de una solución.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club de Ciencias Forenses

Traducción y edición: Leticia Moreno

Realidad virtual e investigación criminológica. Club de las Ciencias Forenses.

Realidad virtual e investigación criminológica. Club de las Ciencias Forenses.

Realidad virtual e investigación criminológica. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les proponemos un resumen del artículo “El uso de realidad virtual en la investigación criminológica” de los autores Jean-Louis van Gelder del Instituto para el Estudio del Crimen y Seguridad Pública de los Países Bajos, Marco Otte de la Universidad de Ámsterdam (Países Bajos) y Eva C. Luciano de la Universidad de Bern (Suiza) que trata sobre la aplicación de tecnología de realidad virtual en el campo de la criminología.

La tecnología de realidad virtual (RV) está siendo cada vez más empleada por los científicos sociales. Dados los recientes desarrollos que han mejorado considerablemente el realismo, la reducción de costes, y las incrementes posibilidades de aplicación, la RV va camino de convertirse en una consolidada herramienta de investigación de las ciencias sociales. El término realidad virtual (RV) es empleado generalmente para referirse a una representación tridimensional de la realidad, artificial o generada por ordenador, que es experimentada a través de las sensaciones y es interactiva, es decir, en la cual las acciones del usuario determinan el curso de la interacción. Un entorno virtual (EV) es un espacio digital en el que los movimientos del usuario son registrados y su ambiente es representado. Algunos estudios científicos, tales como los famosos experimentos de Milgram y Zimbardo, demuestran que la tecnología de RV es capaz de provocar reacciones sociales y psicológicas en los participantes similares a las del mundo real. Y por otra parte, evidencian que los EV adaptan los entornos para el estudio de fenómenos sociales difíciles de analizar experimentalmente en el mundo real.

En la psicología experimental, los investigadores se enfrentan habitualmente a la disyuntiva de mantener el control del experimentador, y así maximizar la validez interna, o alcanzar un alto grado de validez ecológica. La tecnología RV, al provocar procesos cognitivos y afectivos, puede aumentar sustancialmente el realismo y reducir la variabilidad en los resultados. En el campo de la criminología, que suele ser menos “experimental” que el de la psicología social, se emplea el método de guiones escritos. Ciertamente, el uso de RV o EV puede mejorar y modernizar este tipo de investigaciones. Los guiones escritos tienen pocas probabilidades de generar respuestas fisiológicas con la misma intensidad que la RV. Es más, en el caso de la RV el ritmo de la respuesta fisiológica puede estar vinculado a sucesos específicos que ocurren en el EV, mientras que con un guion escrito es imposible. Es decir, en lugar de pedir a los participantes que se imaginen en una situación dada, la RV permite al investigador “sumergirlos” realmente en esa situación. Lo cual probablemente suscita reacciones más genuinas y validas. Además, la RV puede usarse en combinación con un número ilimitado de medidas objetivas y fisiológicas, como la cercanía entre los participantes o los estímulos del entorno, movimientos oculares, miradas, ritmo cardíaco, conductancia de la piel, actividad cerebral, etc. La RV también puede servir como herramienta para probar teorías o para el estudio de fenómenos que son difíciles de analizar en el mundo real por cuestiones prácticas. Según la hipótesis de Van Gelder et al. (2013), transmitir a los delincuentes una mayor sensación de vivencia de su futuro debería motivarles para actuar de una forma más orientada a este y consecuentemente reducir su tendencia a delinquir. Para probarlo, usaron RV de inmersión para que los participantes conocieran su futuro. Su estudio demostró que esa vivencia del futuro predice la delincuencia y puede ser experimentalmente manipulada. Los efectos de esa manipulación pueden trasladarse al mundo real.

Debido a que los delitos tienden a ser una actividad encubierta, rara vez puede observarse el delito in fraganti, menos aún permite un estudio sistemático de forma empírica. En consecuencia, el conocimiento del actual proceso de infracción se apoya en gran parte en la evidencia indirecta, lo cual pone limitaciones obvias al entendimiento del suceso delictivo. En algunos casos el uso de la RV puede ser una solución a esos problemas ya que permite el estudio del suceso delictivo según se presenta. En un trabajo reciente, Park et al. (2012) usaron un EV para analizar el impacto de la toma de decisiones en entornos de alto riesgo con el objetivo de demostrar el valor de esta tecnología para la teoría criminológica y la prevención del delito. En otro estudio de Park et al. (2012), Toet y Van Schaik (2012), exploraron la validez ecológica de un EV analizando si las reacciones en el caso de un vecindario real, pacífico o bien con señales de disturbios, serían similares a las de un equivalente virtual. Concluyeron que parece que las personas se concentran más en los detalles en un entorno virtual que en uno real.

Sin embargo, existen muchas limitaciones relacionadas con la RV y su tecnología. Para crear un EV efectivo en el que se está presente, el usuario necesita dejar de lado la conciencia y conocimiento de que los estímulos no son reales. Esto se denomina suspensión de la incredulidad. Por eso la RV debería ser diseñada de manera que el riesgo de alteración de la suspensión de incredulidad sea minimizado. En cuanto a la tecnología utilizada, muchos aparatos de RV siguen siendo bastante engorrosos, difíciles de usar e incómodos de transportar. Por otro lado, la calidad de los estímulos virtuales puede afectar negativamente a la experiencia de presencia en el EV. Esto igualmente puede ser la causa principal del llamado cibermal; un malestar físico debido a las discrepancias entre las expectativas internas del usuario y el feedback real de la VR (por ejemplo: un retardo entre el movimiento de cabeza del usuario y el feedback visual de la RV). Del mismo modo, el contenido del EV puede causar una ruptura de la suspensión de incredulidad. Por último, una experiencia previa del usuario con videojuegos modernos o entornos virtuales puede tener un papel en la aceptación de EV y su eficacia. Hoy en día instalar un sistema de RV de alta calidad es bastante sencillo y no requiere un presupuesto muy amplio. Además, la posibilidad de reutilización es una clara ventaja de los actuales sistemas de RV. El software aplicado debe posibilitar la creación del EV y reproducir los resultados del ordenador en el monitor. El manejo del sistema debería ser relativamente fácil de aprender, debería ser compatible con muchos formatos de entrada y debería usar un lenguaje de programación sencillo. En cuanto al hardware, aunque la mayoría de los ordenadores modernos son capaces de ejecutar EV recopilados, para crear un EV es necesario un PC de alto rendimiento. El usuario puede interaccionar con el EV a través del teclado y del ratón o de un controlador de juegos. Para una mejor inmersión en la realidad virtual se puede usar un sistema de seguimiento y un casco de realidad virtual.

Los estudios mencionados demuestran que la manipulación de las distintas características de un EV pueden tener un impacto significativo en el usuario, tanto psicológica como fisiológicamente, lo que hace que los EV sean muy adecuados para la investigación con el fin de alcanzar un mejor entendimiento de la conducta criminal. A fin de cuentas, se puede decir que la RV tiene un tremendo potencial para la investigación criminal y actualmente puede ser aplicada tanto por los que no dominan mucho la tecnología como por los que no tienen grandes habilidades en programación. Tal y como se ha argumentado en el artículo, la RV no solo aporta más posibilidades para mejorar los métodos existentes de compilación de datos, tales como los guiones escritos, proporciona asimismo la oportunidad de estudiar un fenómeno que por razones prácticas, financieras o éticas sería imposible de estudiar de otra forma. El sistema judicial criminal puede incorporar esta tecnología, junto con los métodos convencionales, con el fin de avanzar en el campo de la investigación, la formación y la rehabilitación.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club de Ciencias Forenses

Traducción y edición: Leticia Moreno

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