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Categoría: Delincuencia (página 1 de 4)

Perfiles neuropsicológicos de los asesinos de niños. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Killing A Child: Neuropsychological Profiles of Murderers of Children”, de los autores Nicole M. Azores-Gococo, Michael Brook, Saritha P. Teralandur y Robert E. Hanlon, de la Universidad de Northwestern, que analizan las diferencias entre asesinos de niños y otros tipos de asesinos. 

El homicidio de una víctima infantil es una de las categorías más raras y menos entendidas de homicidio. Es por ello que la identificación de las diferencias entre los asesinos de niños y homicidas de cualquier rango de edad es muy limitada pero podría ayudar a predecir qué niños pueden estar en riesgo.

Estudios anteriores se han centrado principalmente en las mujeres que mataron a bebés y niños. El estudio actual amplió el enfoque para incluir a hombres y mujeres. Por tanto, el objetivo del estudio fue examinar los perfiles demográficos, criminológicos, psiquiátricos y cognitivos de un grupo de autores de homicidios que mataron a niños.

Los participantes incluyeron a 33 personas (27 hombres y 6 mujeres) condenadas por asesinato de primer grado en tres estados (Illinois, Missouri e Indiana) que fueron remitidos para evaluaciones neuropsicológicas forenses para evaluar la aptitud para someterse a juicio, su responsabilidad penal o la sentencia. De este pequeño grupo, la edad promedio fue de 32 años, el 48,5% eran afroamericanos, el 36,4% eran caucásicos y el 12,1% eran hispanos, mientras que el 3,0% se describía como “otro” en términos de raza/etnia. Además, un 60,6% eran solteros.

Las evaluaciones forenses incluyeron tres componentes: (a) una entrevista clínica detallada, (b) revisión de registros pertinentes, y (c) evaluación neuropsicológica integral. En la entrevista clínica, se preguntó a los participantes acerca de su información demográfica, historia de desarrollo, historia educativa, historia vocacional, historia médica, historia psiquiátrica, antecedentes penales, relación con la víctima y los relatos de sus respectivos delitos. La revisión de registros incluyó informes policiales, fotos de escenas del crimen, informes de autopsias, informes de antecedentes penales, registros correccionales, expedientes médicos, registros psiquiátricos, registros escolares, documentos judiciales y entrevistas de colaterales y abogados. El rendimiento neurocognitivo se evaluó mediante pruebas neuropsicológicas estandarizadas y el funcionamiento intelectual se evaluó utilizando la Escala de Inteligencia de Adultos Wechsler 4ª edición (WAIS-IV).

Los resultados nos revelan que los individuos que matan solamente a niños tienden a tener una inteligencia relativamente baja y eran más propensos a puntuar más bajo en las mediciones del lenguaje y la memoria verbal (que los investigadores vinculan a habilidades de mediación de conflictos pobres). Además tienden a matar impulsivamente, con métodos manuales (por ejemplo, palizas, ahogamiento), en comparación con las personas que asesinan a niños y uno o más adultos en el mismo acto homicida. En cambio, los homicidas que no discriminan de edad tienden a cometer asesinatos premeditados y a utilizar armas. Poseen una inteligencia normal pero tienen rasgos antisociales de personalidad y abusan de sustancias. Los investigadores plantean que puede ser por su limitada inteligencia y su falta de organización que estos homicidas maten niños en lugar de adultos, debido a que sería un crimen más “fácil”.

Según los hallazgos de este estudio, los autores advierten de lo poco que tiene en común la realidad con el estereotipo mediático de madres psicóticas que matan a sus propios niños. A pesar de las limitaciones por su escasa muestra, los hallazgos proporcionan la primera evidencia empírica de que los delincuentes que matan únicamente a los niños pueden ser un fenotipo criminológico identificable, distinto de los delincuentes generales de homicidio y aquellos que matan a niños y adultos como parte del delito. La evaluación apropiada y los enfoques preventivos para quienes tienen antecedentes de violencia, especialmente aquellos que están cerca de los niños, pueden reducir el riesgo de violencia fatal ayudando a las personas con terapias de control de los impulsos y control de la ira.

El cerebro se adapta a la falta de honestidad. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The Brain Adapts to Dishonesty”, de los autores Neil Garrett, Stephanie C. Lazzaro, Dan Ariely y Tali Sharot, de la Universidad de Londres, que analizan cómo el cerebro se adapta a los actos deshonestos.

¿Cuántas veces te has sentido tentado de hacer algo deshonesto? Quizás alguna vez en el supermercado te dieron de más en el cambio y te sentiste tentado de quedarte esas monedas extra. O tal vez mentiste inventando un compromiso ineludible para evitar un evento al que no te apetecía en absoluto asistir. Ser poco honrado es una tentación común y estas pequeñas tentaciones son parte de la vida cotidiana. Continuamente debemos decidir cómo actuar según nuestra moral y, en parte, lo que guía esas decisiones es lo desagradable que es la falta de honestidad.

Sin embargo, ¿qué pasaría si pudiéramos acostumbrarnos a ese malestar y acabar por “superarlo”? No es tan disparatado pensar que nadie se vuelve un estafador, un ladrón o cualquier otra alternativa fraudulenta de la noche a la mañana. Es más lógico pensar que, como todo largo camino, empezó con un pequeño paso. Por ello, la hipótesis de este estudio era: ¿y si al hacer algo mal, la siguiente vez nos resulta más fácil? ¿Podría ser que nuestra deshonestidad aumente como una bola de nieve rodando por una colina?

Esta hipótesis parte de la idea de la adaptación neuronal, consistente en que el cerebro se vuelve menos sensible a los estímulos después de una exposición repetida. Por ejemplo, somos plenamente conscientes del olor a pan recién hecho cuando entramos en una panadería, pero si nos quedáramos mucho rato allí dejaríamos de percibirlo aunque el olor siga en el aire. De la misma forma, una vez que nos hemos vestido, dejamos de ser conscientes del tacto de la ropa a menos que pensemos activamente en ello, o ignoramos el sonido del ventilador o del aire acondicionado cuando ya lleva un rato oyéndose ese murmullo repetitivo de fondo. Igual que nos adaptamos a los estímulos físicos, podemos adaptarnos a los emocionales, así que no es desproporcionado pensar que podríamos acostumbrarnos y, por tanto, dejar de percibir la aversión a la deshonestidad.

Para probar esta hipótesis participaron 55 individuos entre 18 y 65 años con una edad media de 23 años; 34 de ellos, mujeres. Se les realizaba una resonancia magnética funcional mientras llevaban a cabo una tarea en la que debían cooperar con otra persona que era en realidad un cómplice del investigador. Entre los dos debían valorar cuántas monedas de un centavo había en un frasco que contenía entre £15 y £35. Los participantes podían ver la imagen en grande y durante varios segundos, pero los cómplices apenas la veían un segundo y mucho más pequeña. En una primera tarea se les pidió simplemente cooperación para valorar la capacidad de estimación de los participantes y poder así compararla con la segunda tarea, en la que se pretendía provocar la falta de honradez.

En una segunda tarea, se les dijo a los participantes que serían recompensados de acuerdo a la cantidad que su acompañante sobreestimara por encima de la real, mientras que los acompañantes serían recompensados por acertar con precisión. Además, se les indicaba que sólo a ellos se les había informado de que ese cambio de normas. Es decir, las parejas no tenían por qué dudar de la buena intención de los participantes cuando exageraran la cantidad para beneficiarse ellos mismos a costa de sus compañeros. También se aplicaron otras tareas en las que el beneficiado podía ser el acompañante o ambos.

Los resultados son bastante pesimistas: las pequeñas trasgresiones iniciales iban acompañadas de fuertes respuestas emocionales, pero poco a poco se iban acostumbrando a realizarlas adaptándose a la respuesta y dejando de mostrar esa fuerte aversión. Y, finalmente, podían ser mucho más deshonestos que al principio del experimento pero con una sensibilidad emocional mucho más limitada. La falta de honradez empezaba a sentirse como algo “no tan malo”. Sin embargo, también se encontró que la gente mentía más cuando sacarían beneficio de ello tanto sus compañeros como ellos mismos, viendo así su falta de honradez como algo menos malo.

En conclusión, los resultados son muy relevantes ya que nos muestran un posible origen de las conductas transgresoras y su justificación a nivel neuronal. Es muy posible que este mecanismo esté presente en otras conductas que también escalan a peor como la asunción de riesgos o la conducta violenta. Así pues, queda en evidencia la importancia de la prevención en las fases primarias de esos pequeños actos deshonestos antes de que la bola de nieve sea demasiado grande para pararla.

Asesinas en serie. Club ciencias forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Female serial killers in the United States: means, motives, and makings”, de los autores Marissa A. Harrison, Erin A. Murphy, Lavina Y. Ho, Thomas G. Bowers y Claire V. Flaherty, de la Universidad Estatal de Pensilvania, que analizan las características de las asesinas en serie.

Ted Bundy. Charles Manson. John Wayne Gacy. Nombres que no pasan inadvertidos, que evocan escenas horribles. Y es que, por lo general, los asesinos en serie fascinan tanto como horrorizan al público. Ese morbo por estas figuras podemos encontrarlo en los medios como Se7en, El silencio de los corderos, la serie Dexter, etc. Sin embargo, nombres como Belle Gunness, Nannie Doss o Dorothea Puente no nos dicen nada. Y es que las mujeres han sido ignoradas por la historia en muchos campos. Es un error muy común creer que va en contra de la “naturaleza” de la mujer cometer asesinatos múltiples, y como resultado de ese inocente concepto muchos crímenes han quedado sin resolver.

Según los estudios, 1 de cada 6 asesinos en serie es una mujer. No es una cantidad despreciable teniendo en cuenta las mortales consecuencias de ignorar su existencia, y es por ello el objetivo de este estudio dar a conocer las características de estas mujeres y sus diferencias en cuanto a sus crímenes en comparación con los de los varones.

Para este estudio se analizaron 64 casos. De los cuales, 55 eran de raza blanca, 6 afroamericanas y 1 latina. La información sobre su afiliación religiosa era limitada pero 18 de los casos se indicaron como 100% cristianas. El estado civil estuvo disponible sólo para 59 de las mujeres: en el momento de sus asesinatos, estaban casadas el 54,2%, el 15,3% estaban divorciadas, 13,5% eran viudas, 8,5% estaban en relaciones duraderas y 8,5% eran solteras. Para aquellas que estaban casadas, divorciadas o viudas (81,4%; n = 48), se promediaron dos matrimonios, con un rango que iba de uno a siete. Casi una cuarta parte (22,9%) se casó tres o más veces.

El nivel socioeconómico fue medido en 47 de los casos, siendo la mayoría clase media (55,3%), algo menos eran de clase baja (40,4%) y la clase alta fue muy infrecuente (4,3%). La media de edad para el primer asesinato era de 32 años, aunque la horquilla abarca desde los 16 hasta los 65. Casi la mitad cometieron el crimen en la veintena (49,2%) y casi la cuarta parte en la treintena (24,6%), siendo las dos franjas principales. Además, la media de edad para cesar en los asesinatos fueron los 39,25 años, dando un periodo de actividad medio de 7,25 años y un promedio de 6,1 víctimas (con un rango de 3 a 31 víctimas).

Respecto a los logros académicos se encontró poca información y muy dispar, encontrando desde abandono escolar hasta titulación universitaria. Lo mismo ocurre con la inteligencia estimada. Respecto al oficio se tienen datos de 51 de las asesinas, que mostraban también un amplio espectro, desde maestras hasta prostitutas. Un 39,2% tenía empleos relacionados con la salud (como por ejemplo enfermeras, auxiliares, administrativas en centros de salud) y un 21,6% trabajaban en cuidado de otros (niñera, ama de casa, esposa y/o madre). Sólo una estaba en paro. Respecto a su apariencia física, está disponible de 25 casos. Diez fueron descritas como “normal”, siete como atractivas, cinco con sobrepeso y tres como poco atractivas.

Casi el 40% de la muestra experimentó algún tipo de enfermedad mental, mientras que casi un tercio (31,5%) había sufrido algún tipo de abuso, ya sea físico o sexual (o ambos), por cualquiera de los padres o abuelos en la infancia, y por esposos o parejas a largo plazo en edad adulta. Incluso en ausencia de enfermedad mental diagnosticada, los autores informan de las características de personalidad “disfuncionales”, tales como la mentira, la manipulación o la falta de sinceridad en muchos de los casos.

Lo más común es que mataran para obtener ganancias financieras pero también murieron por el poder, la venganza, la notoriedad y la emoción. Las mujeres no recurren generalmente a asaltar sexualmente a sus víctimas, ni tampoco tienden a mutilar o torturar, como vemos con los asesinos en serie masculinos. Su método para cometer los crímenes más común era el envenenamiento, siendo el 50% de los casos y mostrándose cuatro veces más propensas que los hombres a esta técnica.

Su tendencia era a matar tanto a hombres como a mujeres (67,3%), siendo las que mataban sólo a hombres un 20% y las que mataban mujeres solamente un 12,7%. Las víctimas eran conocidas por las asesinas en el 92,2% de los casos, siendo familiares muchas veces (43,8% eran sus propios hijos y en un 29,7% sus parejas). Por lo general, atacaban al menos a una persona indefensa o a su cuidado, víctimas con poca o ninguna posibilidad de defenderse como niños, ancianos o enfermos (71,9%).

En resumen, las mujeres (como los hombres) matan. Pero, dicen estos investigadores, la diferencia fundamental es que las mujeres tienden a matar por los recursos (por ejemplo, la utilidad, comodidad, control) mientras que los hombres matan por sexo (por ejemplo, la violación, la tortura sexual, la mutilación). Es imprescindible conocer mejor los factores de riesgo psicosocial para la prevención y minimizar el número potencial de víctimas en el futuro.

Estrategias de persuasión en grooming online de menores. Club ciencias forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Estrategias de persuasión en grooming online de menores: un análisis cualitativo con agresores en prisión”, de los autores Patricia de Santisteban y Manuel Gámez-Guadix, de la Universidad Autónoma de Madrid, que analiza las estrategias que siguen los delincuentes de grooming para embaucar a los menores.

Las tecnologías avanzan y, con ellas, los peligros. Un nuevo problema social muy serio se cierne online sobre los menores: el grooming. Así es cómo se conoce al proceso en el cual un adulto se gana la confianza de un menor con el objetivo de obtener algún tipo de contacto sexual con él. Cada vez es más común que los niños tengan acceso a internet y, lo que es más preocupante, sin control parental, lo que genera y prolifera este tipo de delitos. Conocida esta problemática, este estudio busca explorar las estrategias de acceso, persuasión y manipulación que tienen lugar en el proceso de grooming online desde la perspectiva de los agresores para identificar elementos que facilitan y/o mantienen dicho proceso.

Para este estudio se entrevistaron en profundidad a 12 hombres condenados por grooming online, con edades comprendidas entre 21 y 51 años. Los condenados cumplían penas de prisión por delitos sexuales contra niños menores de 16 años que se iniciaron o cometieron por internet (11 niñas y 6 niños). También se comparó la información obtenida con el análisis de los hechos probados de sus condenas.

El análisis de las entrevistas mostró una progresión en el proceso de grooming online. Se observa como inician la persuasión en el comienzo del contacto con las potenciales víctimas, analizan sus vulnerabilidades y despliegan estrategias, adaptadas a las necesidades de los menores, para conseguir la implicación del menor en el abuso. El resultado son los encuentros sexuales entre adultos y menores, que pueden ser tanto puntuales como sostenidos en el tiempo.

En un primer momento, para acceder a los menores los agresores usaban un número considerable de técnicas, desde el uso de chats hasta la obtención indiscriminada de correos electrónicos de terceros. El siguiente paso era adaptar su lenguaje a la jerga típica de los menores y hablaban de temas de interés para estos, proporcionándoles una identidad basada en la real pero mejorada (quitarse años, por ejemplo) o creando una nueva identidad más deseable y acorde a los gustos de los menores, a partir de lo cual consiguen llamar la atención del menor y sostenerla.

Iniciado el contacto y tras conseguir mantener la atención de los menores, los adultos comienzan a centrarse en el estudio de la víctima y su entorno. Se observa cómo los adultos se interesaban por elementos estructurales de la vida diaria de los niños, como sus horarios, actividades o cuidadores disponibles. Se aseguraban de conocer importantes detalles acerca de los conflictos familiares y carencias materiales del menor, pero también sobre situaciones de maltrato, negligencia o problemas psicológicos, con lo que se conforman un marco de la vulnerabilidad del menor y las particularidades de su entorno. Los datos pusieron de manifiesto que los agresores desarrollan una serie de estrategias de persuasión que parecen utilizar para adaptarse a las necesidades de los niños; con ello, tratan de involucrar a los menores de manera activa en el proceso de abuso, o bien presionarlos para que accedan a sus pretensiones. Principalmente encontramos 4 estrategias que sirven para ejercer y mantener la situación abusiva tratando de evitar la revelación: engaño, corrupción, implicación y agresión.

  • Engaño. Las estrategias de engaño encontradas van más allá de la mera ocultación de las intenciones, apareciendo diferentes grados de elaboración. En algunos casos el engaño se mantiene y aumenta para sostener y potenciar la falsa identidad creada desde le persuasión inicial, llegando incluso a contar con colaboradores externos que participan en la farsa. En otros casos se introducían pretextos para conseguir la implicación de los menores, o se creaban historias paralelas, implicando a varios personajes reales o ficticios para dar credibilidad a las mentiras.
  • Corrupción. Las estrategias de corrupción encontradas en los casos estudiados se relacionan con el ofrecimiento de bienes materiales a los menores. En varios casos se les ofreció dinero explícitamente a cambio de sexo, trabajo como modelo o actriz, o regalos.
  • Implicación. Las estrategias de implicación encontradas se centran en cómo los agresores tratan de conseguir la implicación afectiva del menor en la relación abusiva, mostrándose ante ellos como si de una relación libre y equitativa se tratara. Se identificaron varios tipos de implicación, como la inversión de tiempo y dedicación. Finalmente emergen diversos modos de posicionamiento (como amigo, cuidador, pareja, etc.) frente al menor, probablemente en ese intento de adaptarse a sus necesidades afectivas estudiadas previamente.
  • Agresión. En ocasiones se observa como el adulto también emplea conductas de acoso, intimidación o coacción, ya sea para conseguir mantener la relación abusiva o como venganza por no ceder a sus pretensiones o dar por finalizada la relación.

Con las estrategias desarrolladas los adultos consiguen su propósito de mantener relaciones sexuales con los menores, tanto vía online (a través de intercambio de fotos o vídeos de contenido sexual) como offline (encuentros sexuales). Estos resultados son un contacto sexual puntual o un contacto sexual sostenido; asimismo, pueden haber sido realizados con una o múltiples víctimas.

En definitiva, estos depredadores tienen refinadas estrategias para engañar a los menores y hacerse partícipes de sus vidas a espaldas de cualquier adulto que esté al cargo, sabiendo manipular la situación hasta lograr de ellos lo que desean. Es por ello que es importante que los padres hablen con sus hijos para prevenirles de estos peligros y estar pendientes a las señales de aviso. Así mismo, los programas de prevención podrían beneficiarse enormemente de incorporar los hallazgos sobre las tácticas y estrategias que los agresores utilizan para manipular y explotar sexualmente a los menores.

Diferencias entre homicidios dentro y fuera de casa. Club ciencias forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Domestic homicide: neuropsychological profiles of murderers who kill family members and intimate partners”, de los autores Robert E. Hanlon, Michael Brook, Jason A. Demery y Mark D. Cunningham, de la Universidad de Northwestern en Chicago, que aborda las diferencias entre los asesinos de desconocidos y aquellos que matan a sus familiares o parejas.

No es raro ver en las noticias terribles sucesos de asesinatos. Hombres que asesinan a sus mujeres, madres que asesinan a sus hijos. Son crímenes que nos remueven en lo más profundo porque sabemos que no es lo mismo hacer daño a un desconocido que a alguien querido, aunque ambos crímenes sean igual de execrables.

Sin embargo, sabemos que tiene que haber alguna diferencia más allá de lo cercana que sea la víctima. Asesinar a un ser querido por lo general se produce en un arrebato pasional y suele implicar drogas o alcohol, quizás impulsados por celos o venganza tras una separación. Son explosiones de ira que acaban con alguien cogiendo un cuchillo de la cocina y apuñalando a otro cuarenta y dos veces.

Por tanto, existen diferencias entre los que matan a miembros de su familia y los que asesinan a extraños. Es por esto que los autores auguran que podrían quizás prevenir los homicidios de la familia si somos capaces de ver los indicios.

Los investigadores entrevistaron a 153 hombres y mujeres acusados y/o condenados por asesinato en primer grado en Illinois, Missouri, Indiana, Colorado y Arizona que fueron remitidos para evaluaciones neuropsicológicas para determinar su capacidad para ser procesados, la responsabilidad penal o para determinar la sentencia apropiada. Cada participante recibió una entrevista clínica detallada, la evaluación neuropsicológica, revisión de los registros pertinentes, incluyendo informes de la policía, fotografías de la escena del crimen, los informes de la autopsia, informes de antecedentes penales, registros penitenciarios, documentos de la corte y entrevistas de los abogados. Los participantes eran en su mayoría hombres (88,2%) y afroamericanos (64,7%), con edades comprendidas entre los 15 y los 67 años de edad (con una edad media de 33,1 años) y un amplio rango en cuanto a educación, con una media de 10,5 años.

Las armas de fuego eran el arma más común (40,5%), luego cuchillos (29,4%), y estrangulamiento o asfixia (15,7%). Otras armas incluyen bates de béisbol, martillos, palos, piedras, puños, ahogamiento y fuego (22,2%). El número total de víctimas por los 153 participantes fue de 263, teniendo lugar en la mayoría de ellos (62,1%) una sola víctima. Los hombres agresores, tuvieron como víctimas a mujeres en casi la mitad de los casos (48,4%), mientras que las mujeres mataron a casi el doble de hombres (65%) que de mujeres.

Sin embargo, no hubo diferencias significativas entre los que mataron a miembros de la familia y los que mataron a desconocidos con respecto a múltiples variables demográficas (por ejemplo, edad, educación, origen étnico, empleo). Tampoco hubo diferencias entre los grupos en términos de la historia neurológica, la historia del desarrollo neurológico, historia de abuso (físico o sexual) o la prevalencia del consumo de drogas. Ambos grupos tenían lo que los investigadores llaman una “alta incidencia de consumo de drogas ilegales, traumatismo en la cabeza y una alta prevalencia de trastornos psiquiátricos”.

En cuanto a las diferencias entre ambos grupos, los “homicidios domésticos espontáneos” (que es como los autores denominaron a este tipo de crimen) son diferentes de los que matan a otros (homicidios no domésticos) en:

  • Tenían dos veces más probabilidades de un diagnóstico de un trastorno psicótico, pero menos probabilidades de tener un diagnóstico de trastorno de la personalidad antisocial.
  • Tenían más probabilidades de habérseles recetado un antipsicótico o antidepresivo y un poco menos propensos a tener antecedentes de condenas por delitos graves.
  • El número promedio de víctimas fue menor para aquellos que mataron a miembros de la familia que los que mataron a desconocidos.
  • Era menos probable (14%) utilizar un arma de fuego en sus crímenes en comparación con los autores de homicidios no domésticos (59%). Era más probable en su lugar usar cuchillos, bates de béisbol, palos o los puños.
  • Tenían un menor cociente intelectual y peores niveles atencionales, función ejecutiva y memoria, pero las habilidades lingüísticas fueron aproximadamente las mismas.

En conclusión, los autores creen que estas diferencias pueden ser útiles para discernir cuando los miembros de la familia están en riesgo de causar algún daño y ayudan a comprender cuándo es el momento de retirarse de la situación antes de que sea demasiado tarde.

Racismo y violación: ¿quién es el culpable? Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Victim Blaming in Rape: Effects of Victim and Perpetrator Race, Type of Rape, and Participant Racism”, de los autores William H. George, de la Universidad de Washington, y Lorraine J. Martínez, de la Universidad de Berkeley en California, que aborda cómo el racismo afecta a la credibilidad en casos de violación.

Según el Registro Nacional de Exoneraciones de Estados Unidos, sólo entre octubre de 2016 y marzo de 2017, de las 1900 exoneraciones que se produjeron de condenas injustas a inocentes, el 47% fueron sobre afroamericanos a pesar de que apenas suponen el 13% de la población, lo que pone en evidencia un claro sesgo: Una preso de raza negra tiene siete veces más probabilidades de ser apresado siendo inocente que otros convictos. Y de promedio pasan tres años más en la cárcel antes de su liberación, cuatro si están condenados a pena de muerte. ¿Y en España? En el 2015, el 38% de los crímenes de odio fueron por racismo. Es decir, sólo en 2015 hubo 505 casos de delitos racistas. ¡Más de uno al día!

Hace unas semanas ya hablamos de los estereotipos que afectan a la credibilidad en los casos de violación y ahora ahondaremos en cómo la raza afecta a esa credibilidad. Los autores de este estudio, recopilaron algunas de las creencias que la gente tiene sobre los afroamericanos: se piensa que las personas de raza negra son más sexuales, experimentadas, accesibles, indiscriminadas y capaces que los blancos o los europeos. Y, concretamente por sexos, que las mujeres son más promiscuas, y que los hombres son propensos a violar mujeres blancas.

Los autores trataron de poner a prueba esos estereotipos con el presente estudio, para el cuál contaron con 332 estudiantes universitarios, de los cuales 170 fueron hombres y 162 mujeres, con una edad promedio de 20 años. Un 60% fueron blancos (192) y casi un tercio asiáticos (108). El 10% restante fueron afroamericanos (5), latinos (8) u otros (19). Para medir el racismo de los participantes rellenaron la Escala de Racismo Moderno, que mide el racismo sutil expresado como resentimiento por beneficios inmerecidos.

Después se les presentaba una viñeta que fue desarrollada específicamente para este estudio. En el escenario principal se ve a una mujer sola en casa por la noche, después sale a buscar a su gato al jardín y responde a un comentario amistoso de un hombre que pasa por la calle (ya sea un vecino o un extraño). Después podía ocurrir que ella invitara al hombre a casa para seguir conversando o que fuera empujada dentro de la casa con violencia por el extraño, según la versión que le tocara a cada uno de los participantes. La escena posterior incluía agresión física por parte del atacante y resistencia a la violación por parte de la mujer en todas las versiones de la historia.

Se midieron por tanto las variables: raza del agresor (blanco/negro), raza de la víctima (blanca/negra), relación con el agresor (desconocido/conocido). Y para todas las versiones de la historia, los participantes debían contestar a unas preguntas sobre lo que habían visto:
1) ¿Fue realmente una violación?
2) ¿Qué grado de culpabilidad tuvo la víctima/agresor?
3) ¿Es creíble la resistencia que opuso la víctima?
4) ¿Qué sentencia recomendarías para el agresor?

Los resultados mostraron que la raza fue muy influyente en todas las valoraciones. Los participantes juzgaron a las mujeres violadas interracialmente como más culpables de lo que les había ocurrido que las que eran violadas por alguien de su misma raza. Viendo también la violación como algo menos serio, su resistencia menos creíble y castigando con penas más pequeñas al agresor. Además, a la hora de condenar al agresor, los hombres pedían penas más duras para los agresores afroamericanos que para los blancos.

En conclusión, a día de hoy aún persisten los estereotipos raciales y aplicados a la violación no son nada benignos. Esto conlleva a que en la práctica, las mujeres negras sean culpabilizadas de ser violadas cuando el agresor es un hombre blanco, y a que los hombres negros sean más duramente castigados que los blancos por el mismo crimen. El racismo sigue siendo una asignatura pendiente en Estados Unidos, y está por ver, con las estadísticas del resto de países, si nosotros no suspenderíamos también.

Los psicópatas y la inmunidad al castigo. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Punishment and psychopathy: a case-control functional MRI investigation of reinforcement learning in violent antisocial personality disordered men”, de los autores Sarah Gregory, R. James Blair, Dominic Ff ytche, Andrew Simmons, Veena Kumari, Sheilagh Hodgins y Nigel Blackwood, del Departamento de Ciencias Forenses y Neurodesarrollo del Instituto de Psiquiatría del Kings College London, que estudian las diferencias a nivel cerebral de los psicópatas y el resto de delincuentes y personas normales.

Estamos familiarizados con el concepto de “psicópata”. Ya hemos hablado en otras ocasiones de ellos y es que no podemos dejar de estar fascinados con ese aproximado 1- 3% de la población que, aunque físicamente es igual que nosotros, carece de empatía, remordimientos, vergüenza o culpa. Está claro que, ni todos los asesinos son psicópatas, ni todos los psicópatas son asesinos, pero sus características emocionales y psicológicas les hacen personas a las que no querríamos al cargo de nuestros hijos o nuestros secretos. Y es que se calcula que entre el 15% y el 25% de la población masculina delincuente son psicópatas, es decir, aproximadamente uno de cada cinco delincuentes violentos es un psicópata. Datos nada desdeñables y que les mantienen bajo los focos de la investigación criminológica.

Sin embargo, la duda que ahora los trae a colación es cómo funciona realmente la mente de un psicópata violento en comparación otros delincuentes violentos no psicópatas. Si realizan los mismos actos, ¿realmente son tan diferentes?

Participaron en este estudio 50 personas, de las cuales 12 eran delincuentes violentos con trastorno antisocial y psicopatía, 20 delincuentes violentos con trastorno antisocial pero no psicópatas y 18 personas que no eran delincuentes ni tenían ningún tipo de trastorno como grupo de control. Todos ellos estaban entre los 20 y los 50 años de edad. Los participantes pasaron por una resonancia magnética funcional para medir la activación cerebral asociada con el castigo y la recompensa durante una tarea de probabilidades después de dos semanas sin consumo de alcohol ni drogas, factor que se comprobó con análisis de saliva y orina. Realizaron también una prueba de inteligencia y un cuestionario sobre agresividad.

Los investigadores encontraron que a nivel cerebral los psicópatas mostraban activación en la corteza cingulada posterior y la ínsula anterior en respuesta a los castigos en lo errores y una disminución de la activación en la corteza temporal superior a las recompensas. Es decir, una alteración en las zonas relacionadas con la empatía, el procesamiento de las emociones como la culpa y la vergüenza y el razonamiento moral. Estas zonas son también responsables de nuestra capacidad de aprender a base de recompensas y castigos.

Por lo general, las personas dirigimos nuestra conducta a base del juicio social, buscando el halago y huyendo del reproche o las represalias. Nuestro cerebro nos hace sentir bien cuando somos recompensados y mal cuando somos reprendidos, pero, ¿por qué íbamos a cambiar nuestra conducta si al hacer algo mal no sentimos ningún tipo de molestia? Y esto es lo que les ocurre a los psicópatas. Valoran las recompensas de sus actos, pero ignoran las consecuencias, no sienten culpa, ni remordimientos, ni vergüenza como ya hemos dicho así que su conducta no varía por esas mismas variables que nos mueven a los demás. De hecho, un psicópata es mucho más proclive a delinquir una vez salga de la cárcel, ya que el castigo no modula su forma de actuar.

En conclusión, si bien un psicópata es legalmente responsable de sus actos, ya que conoce las leyes que infringe, es difícil considerarle moralmente responsable dado que sus cerebros no funcionan en términos de ética y moral. El siguiente punto sería abordar cómo tratar en el sistema penal con gente a la que la cárcel no le sirve de escarmiento sino sólo como forma de aislarles del resto del mundo y cómo abordar su reinserción en un mundo que sí se rige por la ética.

Experiencias traumáticas en la infancia y criminalidad adulta. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Adverse Childhood Experiences and Adult Criminality: How Long Must We Live before We Possess Our Own Lives?”, de los autores James A Reavis, Jan Looman, Kristina A. Franco y Briana Rojas, de la clínica de salud mental Intrapsychic en San Diego (California, Estados Unidos), que analiza cómo las experiencias traumáticas en la infancia afectan a la vida adulta.

De tal palo, tal astilla. Es un refrán popular que hace referencia al parecido entre padres e hijos. Por desgracia, esa filosofía parece poder aplicarse también a las conductas antisociales. Maltrato físico, sexual, emocional… Cualquier tipo de abuso que sufra un niño es una secuela permanente que poco a poco irá conformando a un adulto disfuncional.

El maltrato infantil es, pues, la acción, omisión o trato negligente que no se produce de manera accidental, y que priva al niño de sus derechos y su bienestar, que amenaza o interfiere su ordenado desarrollo físico, psíquico y social, y cuyos autores de estos hechos pueden ser personas, instituciones o la propia sociedad.

El objetivo de este estudio fue demostrar cómo, en comparación con la población normal, podemos encontrar que los criminales de hoy son los niños maltratados, violados y hostigados de ayer.

La muestra se compuso de 151 delincuentes varones adultos que por orden judicial iban a recibir tratamiento psicológico posterior a su condena. Los crímenes por los que habían sido juzgados estaban asociados a la violencia doméstica, el acoso, el abuso infantil, la violencia y la desviación sexual. De estos sujetos, 35 (23,2%) cometieron abuso infantil no sexual; 45 (29,8%) fueron acusados de violencia doméstica; 61 (40,4%) fueron catalogados como delincuentes sexuales, y 10 (6,6%) eran acosadores. Las categorías no se superpusieron en ningún caso.

Se dividió a los participantes en dos grupos: los que puntuaron alto en el Cuestionario de Experiencias Infantiles Adversas y los que puntuaron bajo. Luego se analizó la correlación entre esa puntuación con la pertenencia a los distintos grupos de delincuencia y las puntuaciones normativas estandarizadas.

Se encontró que en la población normal, tan sólo un 12,5% de la gente puntuaría alto en el cuestionario de Experiencias Infantiles Adversas, mientras que en la muestra puntuaban así un 48,3%, casi la mitad. De todos los eventos por los que se preguntó, se encontró mucha más prevalencia en el grupo de delincuentes que en la población general, duplicándolo en casos como el abuso sexual y llegando a ser hasta siete veces más alto como en el caso del abuso psicológico. Lo cual evidencia que la acumulación de experiencias traumáticas en la infancia disminuye la capacidad de formar relaciones normales y sanas como adulto. Un claro ejemplo es cómo los chicos que sufrieron abusos sexuales de niños tenían 45 veces más posibilidades de maltratar a sus parejas en la adolescencia.

En conclusión, los datos evidencian que en muchos casos la criminalidad de hoy es fruto de un pasado traumático. Es importante prevenir las experiencias traumáticas en niños y, cuando éstas sucedan, tratarlas adecuadamente para prevenir el daño psicológico que devendrá en muchas más víctimas en el futuro.

La psicopatía desde la perspectiva de la teoría del apego. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Examining psychopathy from an attachment perspective: the role of fear of rejection and abandonment”, de los autores Henk Jan Conradi, Sanne Dithe Boertien, Hal Cavus y Bruno Verschuere, en un estudio conjunto de las Universidades de Amsterdam, Ghent (Bélgica) y Limerick (Irlanda), que pone en relación la teoría del apego con la psicopatía.

Tendemos a imaginar a los psicópatas como nos los muestra Hollywood: depredadores sociales y asesinos en serie sin corazón. Lo cierto es que, tras esa imagen tan demonizada, debemos saber que ni todos los asesinos son psicópatas, ni todos los psicópatas son asesinos. De hecho, se estima que un 2% de la población mundial son psicópatas, siendo tres veces más común en hombres que en mujeres. La psicopatía es un constructo complejo y multifacético, que por lo general se expresa como una afectividad fría, relaciones interpersonales superficiales, engañosas y manipuladoras, arrogancia y comportamiento imprudente y, a menudo, antisocial. Pero la característica central sería esa especie de anestesia afectiva por la cual no sienten culpa ni ningún tipo de sentimiento de amistad o amor, aunque sí puedan sentir emociones como la ira.

Hace ya más de setenta años, Bowlby observó que en los delincuentes jóvenes, aquellos que mostraban rasgos de psicopatía eran mucho más propensos a haber experimentado privación materna. Es decir, que habían sido separados de su madre durante seis o más meses en sus dos primeros años de vida. Es en este periodo vital cuando, según la teoría del apego, los bebés se apegan emocionalmente a los adultos que son sensibles y receptivos a relacionarse con ellos, principalmente sus cuidadores principales. Es decir, los padres, por lo general. El desarrollo de esa relación con el cuidador es fundamental para el desarrollo emocional y social del niño más adelante. De manera que el estudio puso en evidencia que ese mal desarrollo del apego normal en la niñez pudo derivar en el desarrollo de la psicopatía en la adolescencia y juventud y, más tarde, en una conducta delictiva.

A pesar de esos resultados, otros estudios no han logrado replicar el estudio debido a la utilización de muestras pequeñas o al uso de muestras delictivas frente a las no delictivas, lo que causaba inconsistencias en los resultados. Es por ello que el objetivo de este estudio es tomar el relevo de esta teoría pero con ciertas variantes. Para empezar, parten de la base de que el abandono emocional del bebé no provocaría la psicopatía (esto ocurre con la sociopatía, no con la psicopatía), sino que sería el niño el que, en esa fase en la que por lo general un niño busca una figura de apego, un niño con psicopatía a pesar de tener un cuidador que alente ese vínculo se mantendrían distantes emocionalmente incluso a tan corta edad. Del mismo modo, cabe esperar que este tipo de personas no padezcan miedo ni ansiedad por la separación ya que están poco conectados socialmente y sus conexiones son superficiales e interesadas. También se hipotetiza que puntuarán alto en miedo al rechazo, pues utilizan a las figuras de apego como forma de conseguir apoyo y validación en una forma de sobrecompensar su falta de vínculo, siendo esa la razón por la que se mostrarían tan irascibles ante la falta de atención de las personas de su entorno.

Para probar sus hipótesis contaron con 1074 participantes con una edad media de 20 años y estudios universitarios, en su mayoría mujeres. Los participantes llevaron a cabo el Inventario de Rasgos Psicopatológicos Juveniles (YIP), donde debían valorar de 1 (no se me aplica en absoluto) a 4 (se me aplica totalmente) un total de 50 ítems como “Creo que llorar es un signo de debilidad, incluso si nadie te ve”. Los ítems se subdividen en tres categorías: carencia de emociones, vanidoso/manipulador e impulsivo/irresponsable. Después llevaron a cabo el cuestionario ECR que mide el apego en relaciones de pareja pasadas y presentes. Este test tiene dos subescalas: la ansiedad por el rechazo y el abandono (por ejemplo, “me preocupa ser abandonado”) y la evitación de la intimidad (por ejemplo, “prefiero no ser muy cercano con mis parejas sentimentales”). En este caso se evaluaba de 1 (muy en desacuerdo) a 7 (totalmente de acuerdo).

Se pusieron en relación los resultados de ambos cuestionarios, encontrando que efectivamente hay una relación entre la carencia de emociones y evitación del apego y la intimidad. Del mismo modo encontramos que los rasgos impulsivos e irresponsables están relacionados con la ansiedad por el rechazo, como decíamos, posiblemente como estrategia para llamar la atención y suplir el vínculo emocional en la relación. Curiosamente se encontró también que la faceta ególatra y manipuladora también correlacionaba con la falta de apego y el miedo al rechazo. Esto sugiere un posible mecanismo de compensación en el que se generan sentimientos de grandiosidad en la distancia, inflando su autoestima para reducir la necesidad de apego y el miedo a ser rechazado por los demás. Los hombres puntuaron más bajo en ansiedad por el rechazo que las mujeres, pero es difícil sacar conclusiones sobre esta diferencia teniendo en cuenta que eran minoritarios en la muestra. Sin embargo, con estos datos podemos decir que la teoría del apego nos ayuda a entender mejor la psicopatía y da un nuevo enfoque a su comprensión.

Utilidad del test SDQ para detectar jóvenes pirómanos. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The utility of the Strengths and Difficulties Questionnaire as a screening measure among children and adolescents who light fires”, de los autores Ian Lambie y Ariana Krynen, de la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda), que nos enseña como un sencillo test puede ser utilizado para detectar conductas piromaniacas en niños y adolescentes.

La piromanía es un comportamiento con altas tasas de participación de niños y adolescentes. En 2014, los niños de hasta 17 años fueron el 49% de las detenciones por incendios en Nueva Zelanda, y los menores de 21 fueron responsables de hasta un 60%. Del mismo modo, en Estados Unidos los menores de 18 años son el 45% de los casos de conductas piromaniacas; y en Reino Unido, el 40% se achaca a niños entre 10 y 17 años.

Por lo que sabemos, consiste en comenzar un fuego de forma deliberada y es más común en varones. Es un comportamiento potencialmente peligroso, con serios daños emocionales y económicos. Además, se trata de una conducta recurrente, por lo que es importante realizar intervenciones que reduzcan las posibilidades de futuros incidentes. Las investigaciones previas correlacionan la piromanía con trastornos de conducta antisocial. Es por ello que se propone el test SDQ como herramienta para el cribado y la detección de pirómanos en la infancia y adolescencia.

La muestra está compuesta por 57 niños y adolescentes con edades comprendidas entre los 6 y los 17 años que tuvieron un comportamiento pirómano en los últimos seis meses. El 90% de la muestra fueron varones, es decir, sólo hubo seis chicas. La muestra se dividió en tres subgrupos por edades. El primer grupo comprendía a los niños entre 6 y 10 años, que fueron un total de dieciséis, doce de ellos chicos. El segundo grupo fueron catorce chicos, todo varones, de entre 11 y 13 años. Y el tercero fueron veintisiete participantes, 25 de los cuales eran hombres, con edades entre 14 y 17 años. Para hacer comparaciones se seleccionó a los 32 chavales de entre 13 y 17 años que tenían conducta pirómana y a 484 estudiantes de entre 13 y 17 años, de los cuales el 51% eran varones, que nunca habían mostrado síntomas de conducta pirómana.

Se les pasó el cuestionario SDQ (“Strengths and Difficulties Questionnaire” o Cuestionario de Fortalezas/Capacidades y Dificultades), que sirve para cribar problemas emocionales y de comportamiento en jóvenes entre 4 y 17 años. Son 25 ítems que se subdividen en cinco escalas: síntomas emocionales (ej. “tengo muchas preocupaciones”), problemas de conducta (ej. “a menudo tengo mal genio”), hiperactividad o déficit de atención (ej. “no puedo quedarme quieto por mucho tiempo”), problemas en la relación con iguales (ej. “soy más bien solitario”) y conducta prosocial (ej. “ofrezco ayuda cuando la necesitan”). Además incluye un suplemento de preguntas para el malestar general y el bienestar emocional. Es uno de los test más utilizado para salud mental en niños y adolescentes por su fiabilidad y validez.

El test fue utilizado en su versión para padres y profesores y en casos de autoinforme cuando era posible (mayores de 11 años). Sin embargo, no todos los profesores cumplimentaron el informe, de modo que los datos de todos los profesores se dejaron fuera del análisis.

  • De 6 a 10 años: El 56% tenían puntuaciones en el rango anormal, lo que sugiere que tenían un riesgo considerable de tener algún tipo de problema clínico. El 69% tenían problemas de conducta, el 56% de relación entre iguales, el 38% déficit de atención y 38% de falta de conducta prosocial. Pero en los problemas emocionales, el 69% tuvo un rango normal. En las preguntas suplementarias, el 50% de los padres consideró que sus hijos tenían dificultades.
  • De 11 a 13 años: se tenían tantos los reportes de los padres como los de autoinforme. El 78,6% y el 27,3% respectivamente indicaban que estaban que estaban en riesgo sustancial de tener problemas clínicos. Según los informes de los padres, el 78,6% tenían problemas de conducta (36,4% según el autoinforme), el 71,4% de relación entre iguales, el 42,9% de síntomas emocionales, el 28,6% déficit de atención (45,5% según el autoinforme), pero no hubo problemas con la conducta prosocial. Para los valores suplementerios encontramos 64,3% y 45,5% (padres e hijos respectivamente) en valores anormales de angustia y malestar.
  • De 14 a 17 años: se tenían tantos los reportes de los padres como los de autoinforme. El 40% y el 11,5% respectivamente indicaban que estaban que estaban en riesgo sustancial de tener problemas clínicos. Según los informes de los padres, el 40% tenían problemas de conducta (27% según el autoinforme), el 24% de relación entre iguales, el 44% déficit de atención (23% según el autoinforme), pero no hubo problemas con la conducta prosocial ni problemas emocionales. Para los valores suplementerios había una gran proporción de valores anormales de angustia y malestar.

A nivel general, no encontramos diferencias entre los tres grupos entre sí que sean estadísticamente significativas. Pero al compararlos con la muestra de niños sin problemas de piromanía encontramos que hay diferencias significativas para los problemas de conducta, los problemas de atención e hiperactividad y totales más altos en general. En el resto de escalas no hubo diferencias. También se encontró que correlacionaban los autoinformes de los niños con los de los padres, a pesar de las diferencias antes observadas.

En conclusión, los niños y adolescentes con tendencias a la piromanía exhibían una amplia gama de problemas conductuales y psicosociales. La identificación de estos casos es clave para evitar desastres y proporcionar ayuda a la familia en una intervención adecuada. Para futuras investigaciones sería interesante que los estudiantes que usaron como grupo control se ajustaran a la muestra en sexo, dado que una era casi en su totalidad varones y en la otra eran la mitad. Y también sería interesante replicar este estudio con adolescentes de otras partes del mundo, no sólo de Nueva Zelanda. Algo que con las nuevas tecnologías sería fácil de conseguir por internet o colaborando con otras universidades. Pero es un importante paso en la detección de pirómanos.

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