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Categoría: Perfiles criminales (página 1 de 4)

La pantalla del móvil revela toda nuestra vida. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Lifestyle chemistries from phones for individual profiling”, de los autores Amina Bouslimani, Alexey V. Melnik, Zhenjiang Xu, Amnon Amir, Ricardo R. da Silva, Mingxun Wang, Nuno Bandeira, Theodore Alexandrov, Rob Knight y Pieter C. Dorrestein, de la Universidad de California, que estudian los restos orgánicos de los teléfonos móviles.

Sabemos que nuestro móvil tiene todo sobre nosotros. En las redes sociales están los datos de nuestros amigos, dónde trabajamos e incluso dónde estamos pasando las vacaciones. En la galería de imágenes hay más fotos de nuestra vida privada en un año de las que nuestros padres se hicieron en toda una vida. En Youtube hay un registro de qué música escuchas y Google sabe dónde has estado. Nuestro móvil puede realizar un análisis completo de nuestras vidas y nuestra forma de ser. Pero, ¿sabías que puede hacerlo también sin necesidad de desbloquear tu pantalla?

Cada vez que nuestros dedos tocan el teléfono móvil, dejamos atrás pequeños restos. A veces células de piel, otras de lo que hemos tocado recientemente. Pequeñas moléculas del café del desayuno, del champú o tabaco. El móvil, que de media tenemos unas cinco horas diarias en las manos, es también una especie de diario de nuestra propia vida para un científico forense.

En este estudio analizaron las sobras químicas en los teléfonos de 39 voluntarios, pasando un simple bastoncillo por la pantalla, y los dedos de la mano derecha, comparando los patrones químicos entre ambos. La coincidencia entre ambos sugeriría que esas moléculas de la piel habían sido transferidas al teléfono de cada usuario. Los científicos identificaron muchas de las moléculas que encontraron y posteriormente los compararon con una base de datos de productos químicos que contiene los perfiles de varios compuestos, incluyendo especias, cafeína y medicinas.

Las huellas de cientos de miles de moléculas diferentes aparecieron en cada teléfono. Las moléculas reflejaban lo que había estado en el cuerpo, como los medicamentos y los alimentos. También reflejaban lo que cada persona había manejado antes de tocar el teléfono, como jabón o maquillaje. De hecho, la mayoría de las moléculas provienen de productos de belleza, medicinas y alimentos. Estos residuos ayudaron a los científicos a analizar el comportamiento de cada usuario del teléfono. Los resultados a menudo podían descubrir si al propietario de un teléfono le gustaba la comida picante, bebía café o usaba desodorante. Las pruebas podían indicar lugares que alguien había visitado recientemente o incluso podían señalar si estaba enfermo.

Incluso después de lavarnos las manos tras comer, pequeños rastros moleculares quedan en nuestros dedos y pasan al teléfono. De hecho, lavarnos las manos añade a nuestra huella molecular rastros de jabón. Cada actividad aumenta la complejidad de la huella que vamos depositando. Encontramos por ejemplo el caso del participante número 21, en cuya pantalla se apreciaban restos de un medicamento antidepresivo, el citalopram, seguramente procedente del sudor de sus manos.

Esto significa que con sólo analizar un teléfono móvil, podemos hacer un perfil de su usuario. Por ejemplo, podríamos decir si probablemente es una mujer, qué tipo de cosméticos usa, si se tiñe el cabello, si bebe café, si prefiere el vino a la cerveza o si toma comida picante. La policía ya utiliza análisis moleculares para buscar rastros de explosivos o drogas ilegales, pero pronto podrán usar los residuos del teléfono para reducir las pistas en buscar a un sospechoso o localizar a alguien que dejó un teléfono detrás en una escena del crimen. La privacidad en el siglo XXI será pronto tan sólo un recuerdo anecdótico del siglo XX.

Detectar el suicidio en los rasgos faciales. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Detecting Suicidality From Facial Appearance”, de los autores Sela Kleiman y Nicholas O. Rule, de la Universidad de Toronto, que estudian los rasgos faciales asociados a la conducta suicida. 

El suicidio es la primera causa de muerte no natural en España. Dificultad para concentrarse, desprenderse de sus pertenencias, cambios repentinos de comportamiento, pérdida de interés en sus actividades, dificultades en el trabajo, modificación de los hábitos alimentarios o de sueño, conductas autodestructivas o consumo de drogas o alcohol. Hay muchas señales y a pesar de todo, no somos capaces de verlo venir. Es difícil estar atento a tantas señales que a veces pueden achacarse a otros factores… Pero, ¿y si pudiéramos preverlo con un simple vistazo?

Un equipo canadiense plantea la posibilidad, a lo largo de varios estudios y experimentos, de que haya algún tipo de patrón detectable en la cara de los suicidas que nos pueda dar la pista de que van a cometer un suicidio en breve. Lo cual sería una valiosa herramienta en la prevención.

Para este experimento se cogieron fotos de personas fallecidas por suicidio y de personas vivas de sus anuarios del instituto y la universidad. Fueron un total de 80 fotos, 40 de cada tipo (12 mujeres y 28 hombres), que se emparejaron por sexo y raza y se recortaron para mostrar únicamente el rostro. Además se pusieron en escala de grises para tratar de homogeneizarlas entre sí.

En la primera fase del estudio, se pidió a 33 participantes que observaran las 80 fotos y determinaran rápidamente, basándose en su “intuición”, si creían que las personas de las fotografías se habían suicidado o si estaban vivas. Sin importar si el participante ni el individuo representado en la foto eran hombre o mujer, los participantes fueron capaces de identificar con éxito a aquellos que se habían suicidado a un nivel significativamente por encima del azar.

En la siguiente fase, los investigadores querían estar seguros de que el peinado o la forma de la cara no estaban afectando las decisiones. Así que se recortó las fotos más para mostrar sólo “características faciales internas”. 30 participantes examinaron las fotos y, de nuevo, fueron capaces de identificar a las personas que se habían suicidado por encima del azar.

Posteriormente se consiguieron otras 25 fotos de suicidas que posaban mirando a la cámara de entre 14 y 19 años y se emparejaron de nuevo con la misma cantidad de fotos coincidentes en sexo y raza. Esta vez también se tuvieron en cuenta otros detalles al emparejarlos como llevar gafas, por ejemplo. Y, para mayor fiabilidad, realizó el emparejamiento una persona ajena a la investigación para evitar posibles sesgos. Una vez más se recortaron para mostrar sólo los rasgos faciales internos y se presentaron a 29 participantes, que de nuevo acertaron por encima del azar.

Para un segundo estudio, 161 estudiantes de calificaron las fotos de la primera fase del estudio anterior en medidas de depresión, desesperanza, satisfacción con la vida o impulsividad. Las víctimas de suicidio fueron vistas como más impulsivas y más deprimidas, pero no se observaron diferencias en los otros factores. Por lo tanto, las inferencias de la depresión e impulsividad contribuyen a las percepciones sobre el suicidio, pero sólo las inferencias sobre impulsividad realmente pueden predecir si un individuo se suicidará.

En un tercer estudio, pidieron a 133 participantes que evaluaran cada cara sobre la probabilidad de que pensaran que la persona representada podría hacer una compra impulsiva, participar en un comportamiento sexual impulsivo (relaciones sexuales sin protección) o participar en un acto violento impulsivo (una pelea en un bar). Los suicidas fueron juzgados con mayor probabilidad de estar involucrados en un altercado violento, pero no se les veía más propensos a participar en relaciones sexuales sin protección o a realizar una compra impulsiva.  Con lo cual, los investigadores concluyen que, como el suicidio constituye un acto violento contra el yo, hay algún tipo de señal en la apariencia facial que indica la posibilidad violencia impulsiva para el observador.

En conclusión, parece que es posible que haya algún tipo de lenguaje no verbal que ponga en evidencia la ideación suicida. Sería importante aprender a evaluar esos rasgos concretos y detectarlos como una importante medida de prevención.

Perfiles neuropsicológicos de los asesinos de niños. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Killing A Child: Neuropsychological Profiles of Murderers of Children”, de los autores Nicole M. Azores-Gococo, Michael Brook, Saritha P. Teralandur y Robert E. Hanlon, de la Universidad de Northwestern, que analizan las diferencias entre asesinos de niños y otros tipos de asesinos. 

El homicidio de una víctima infantil es una de las categorías más raras y menos entendidas de homicidio. Es por ello que la identificación de las diferencias entre los asesinos de niños y homicidas de cualquier rango de edad es muy limitada pero podría ayudar a predecir qué niños pueden estar en riesgo.

Estudios anteriores se han centrado principalmente en las mujeres que mataron a bebés y niños. El estudio actual amplió el enfoque para incluir a hombres y mujeres. Por tanto, el objetivo del estudio fue examinar los perfiles demográficos, criminológicos, psiquiátricos y cognitivos de un grupo de autores de homicidios que mataron a niños.

Los participantes incluyeron a 33 personas (27 hombres y 6 mujeres) condenadas por asesinato de primer grado en tres estados (Illinois, Missouri e Indiana) que fueron remitidos para evaluaciones neuropsicológicas forenses para evaluar la aptitud para someterse a juicio, su responsabilidad penal o la sentencia. De este pequeño grupo, la edad promedio fue de 32 años, el 48,5% eran afroamericanos, el 36,4% eran caucásicos y el 12,1% eran hispanos, mientras que el 3,0% se describía como “otro” en términos de raza/etnia. Además, un 60,6% eran solteros.

Las evaluaciones forenses incluyeron tres componentes: (a) una entrevista clínica detallada, (b) revisión de registros pertinentes, y (c) evaluación neuropsicológica integral. En la entrevista clínica, se preguntó a los participantes acerca de su información demográfica, historia de desarrollo, historia educativa, historia vocacional, historia médica, historia psiquiátrica, antecedentes penales, relación con la víctima y los relatos de sus respectivos delitos. La revisión de registros incluyó informes policiales, fotos de escenas del crimen, informes de autopsias, informes de antecedentes penales, registros correccionales, expedientes médicos, registros psiquiátricos, registros escolares, documentos judiciales y entrevistas de colaterales y abogados. El rendimiento neurocognitivo se evaluó mediante pruebas neuropsicológicas estandarizadas y el funcionamiento intelectual se evaluó utilizando la Escala de Inteligencia de Adultos Wechsler 4ª edición (WAIS-IV).

Los resultados nos revelan que los individuos que matan solamente a niños tienden a tener una inteligencia relativamente baja y eran más propensos a puntuar más bajo en las mediciones del lenguaje y la memoria verbal (que los investigadores vinculan a habilidades de mediación de conflictos pobres). Además tienden a matar impulsivamente, con métodos manuales (por ejemplo, palizas, ahogamiento), en comparación con las personas que asesinan a niños y uno o más adultos en el mismo acto homicida. En cambio, los homicidas que no discriminan de edad tienden a cometer asesinatos premeditados y a utilizar armas. Poseen una inteligencia normal pero tienen rasgos antisociales de personalidad y abusan de sustancias. Los investigadores plantean que puede ser por su limitada inteligencia y su falta de organización que estos homicidas maten niños en lugar de adultos, debido a que sería un crimen más “fácil”.

Según los hallazgos de este estudio, los autores advierten de lo poco que tiene en común la realidad con el estereotipo mediático de madres psicóticas que matan a sus propios niños. A pesar de las limitaciones por su escasa muestra, los hallazgos proporcionan la primera evidencia empírica de que los delincuentes que matan únicamente a los niños pueden ser un fenotipo criminológico identificable, distinto de los delincuentes generales de homicidio y aquellos que matan a niños y adultos como parte del delito. La evaluación apropiada y los enfoques preventivos para quienes tienen antecedentes de violencia, especialmente aquellos que están cerca de los niños, pueden reducir el riesgo de violencia fatal ayudando a las personas con terapias de control de los impulsos y control de la ira.

El cerebro se adapta a la falta de honestidad. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The Brain Adapts to Dishonesty”, de los autores Neil Garrett, Stephanie C. Lazzaro, Dan Ariely y Tali Sharot, de la Universidad de Londres, que analizan cómo el cerebro se adapta a los actos deshonestos.

¿Cuántas veces te has sentido tentado de hacer algo deshonesto? Quizás alguna vez en el supermercado te dieron de más en el cambio y te sentiste tentado de quedarte esas monedas extra. O tal vez mentiste inventando un compromiso ineludible para evitar un evento al que no te apetecía en absoluto asistir. Ser poco honrado es una tentación común y estas pequeñas tentaciones son parte de la vida cotidiana. Continuamente debemos decidir cómo actuar según nuestra moral y, en parte, lo que guía esas decisiones es lo desagradable que es la falta de honestidad.

Sin embargo, ¿qué pasaría si pudiéramos acostumbrarnos a ese malestar y acabar por “superarlo”? No es tan disparatado pensar que nadie se vuelve un estafador, un ladrón o cualquier otra alternativa fraudulenta de la noche a la mañana. Es más lógico pensar que, como todo largo camino, empezó con un pequeño paso. Por ello, la hipótesis de este estudio era: ¿y si al hacer algo mal, la siguiente vez nos resulta más fácil? ¿Podría ser que nuestra deshonestidad aumente como una bola de nieve rodando por una colina?

Esta hipótesis parte de la idea de la adaptación neuronal, consistente en que el cerebro se vuelve menos sensible a los estímulos después de una exposición repetida. Por ejemplo, somos plenamente conscientes del olor a pan recién hecho cuando entramos en una panadería, pero si nos quedáramos mucho rato allí dejaríamos de percibirlo aunque el olor siga en el aire. De la misma forma, una vez que nos hemos vestido, dejamos de ser conscientes del tacto de la ropa a menos que pensemos activamente en ello, o ignoramos el sonido del ventilador o del aire acondicionado cuando ya lleva un rato oyéndose ese murmullo repetitivo de fondo. Igual que nos adaptamos a los estímulos físicos, podemos adaptarnos a los emocionales, así que no es desproporcionado pensar que podríamos acostumbrarnos y, por tanto, dejar de percibir la aversión a la deshonestidad.

Para probar esta hipótesis participaron 55 individuos entre 18 y 65 años con una edad media de 23 años; 34 de ellos, mujeres. Se les realizaba una resonancia magnética funcional mientras llevaban a cabo una tarea en la que debían cooperar con otra persona que era en realidad un cómplice del investigador. Entre los dos debían valorar cuántas monedas de un centavo había en un frasco que contenía entre £15 y £35. Los participantes podían ver la imagen en grande y durante varios segundos, pero los cómplices apenas la veían un segundo y mucho más pequeña. En una primera tarea se les pidió simplemente cooperación para valorar la capacidad de estimación de los participantes y poder así compararla con la segunda tarea, en la que se pretendía provocar la falta de honradez.

En una segunda tarea, se les dijo a los participantes que serían recompensados de acuerdo a la cantidad que su acompañante sobreestimara por encima de la real, mientras que los acompañantes serían recompensados por acertar con precisión. Además, se les indicaba que sólo a ellos se les había informado de que ese cambio de normas. Es decir, las parejas no tenían por qué dudar de la buena intención de los participantes cuando exageraran la cantidad para beneficiarse ellos mismos a costa de sus compañeros. También se aplicaron otras tareas en las que el beneficiado podía ser el acompañante o ambos.

Los resultados son bastante pesimistas: las pequeñas trasgresiones iniciales iban acompañadas de fuertes respuestas emocionales, pero poco a poco se iban acostumbrando a realizarlas adaptándose a la respuesta y dejando de mostrar esa fuerte aversión. Y, finalmente, podían ser mucho más deshonestos que al principio del experimento pero con una sensibilidad emocional mucho más limitada. La falta de honradez empezaba a sentirse como algo “no tan malo”. Sin embargo, también se encontró que la gente mentía más cuando sacarían beneficio de ello tanto sus compañeros como ellos mismos, viendo así su falta de honradez como algo menos malo.

En conclusión, los resultados son muy relevantes ya que nos muestran un posible origen de las conductas transgresoras y su justificación a nivel neuronal. Es muy posible que este mecanismo esté presente en otras conductas que también escalan a peor como la asunción de riesgos o la conducta violenta. Así pues, queda en evidencia la importancia de la prevención en las fases primarias de esos pequeños actos deshonestos antes de que la bola de nieve sea demasiado grande para pararla.

Asesinas en serie. Club ciencias forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Female serial killers in the United States: means, motives, and makings”, de los autores Marissa A. Harrison, Erin A. Murphy, Lavina Y. Ho, Thomas G. Bowers y Claire V. Flaherty, de la Universidad Estatal de Pensilvania, que analizan las características de las asesinas en serie.

Ted Bundy. Charles Manson. John Wayne Gacy. Nombres que no pasan inadvertidos, que evocan escenas horribles. Y es que, por lo general, los asesinos en serie fascinan tanto como horrorizan al público. Ese morbo por estas figuras podemos encontrarlo en los medios como Se7en, El silencio de los corderos, la serie Dexter, etc. Sin embargo, nombres como Belle Gunness, Nannie Doss o Dorothea Puente no nos dicen nada. Y es que las mujeres han sido ignoradas por la historia en muchos campos. Es un error muy común creer que va en contra de la “naturaleza” de la mujer cometer asesinatos múltiples, y como resultado de ese inocente concepto muchos crímenes han quedado sin resolver.

Según los estudios, 1 de cada 6 asesinos en serie es una mujer. No es una cantidad despreciable teniendo en cuenta las mortales consecuencias de ignorar su existencia, y es por ello el objetivo de este estudio dar a conocer las características de estas mujeres y sus diferencias en cuanto a sus crímenes en comparación con los de los varones.

Para este estudio se analizaron 64 casos. De los cuales, 55 eran de raza blanca, 6 afroamericanas y 1 latina. La información sobre su afiliación religiosa era limitada pero 18 de los casos se indicaron como 100% cristianas. El estado civil estuvo disponible sólo para 59 de las mujeres: en el momento de sus asesinatos, estaban casadas el 54,2%, el 15,3% estaban divorciadas, 13,5% eran viudas, 8,5% estaban en relaciones duraderas y 8,5% eran solteras. Para aquellas que estaban casadas, divorciadas o viudas (81,4%; n = 48), se promediaron dos matrimonios, con un rango que iba de uno a siete. Casi una cuarta parte (22,9%) se casó tres o más veces.

El nivel socioeconómico fue medido en 47 de los casos, siendo la mayoría clase media (55,3%), algo menos eran de clase baja (40,4%) y la clase alta fue muy infrecuente (4,3%). La media de edad para el primer asesinato era de 32 años, aunque la horquilla abarca desde los 16 hasta los 65. Casi la mitad cometieron el crimen en la veintena (49,2%) y casi la cuarta parte en la treintena (24,6%), siendo las dos franjas principales. Además, la media de edad para cesar en los asesinatos fueron los 39,25 años, dando un periodo de actividad medio de 7,25 años y un promedio de 6,1 víctimas (con un rango de 3 a 31 víctimas).

Respecto a los logros académicos se encontró poca información y muy dispar, encontrando desde abandono escolar hasta titulación universitaria. Lo mismo ocurre con la inteligencia estimada. Respecto al oficio se tienen datos de 51 de las asesinas, que mostraban también un amplio espectro, desde maestras hasta prostitutas. Un 39,2% tenía empleos relacionados con la salud (como por ejemplo enfermeras, auxiliares, administrativas en centros de salud) y un 21,6% trabajaban en cuidado de otros (niñera, ama de casa, esposa y/o madre). Sólo una estaba en paro. Respecto a su apariencia física, está disponible de 25 casos. Diez fueron descritas como “normal”, siete como atractivas, cinco con sobrepeso y tres como poco atractivas.

Casi el 40% de la muestra experimentó algún tipo de enfermedad mental, mientras que casi un tercio (31,5%) había sufrido algún tipo de abuso, ya sea físico o sexual (o ambos), por cualquiera de los padres o abuelos en la infancia, y por esposos o parejas a largo plazo en edad adulta. Incluso en ausencia de enfermedad mental diagnosticada, los autores informan de las características de personalidad “disfuncionales”, tales como la mentira, la manipulación o la falta de sinceridad en muchos de los casos.

Lo más común es que mataran para obtener ganancias financieras pero también murieron por el poder, la venganza, la notoriedad y la emoción. Las mujeres no recurren generalmente a asaltar sexualmente a sus víctimas, ni tampoco tienden a mutilar o torturar, como vemos con los asesinos en serie masculinos. Su método para cometer los crímenes más común era el envenenamiento, siendo el 50% de los casos y mostrándose cuatro veces más propensas que los hombres a esta técnica.

Su tendencia era a matar tanto a hombres como a mujeres (67,3%), siendo las que mataban sólo a hombres un 20% y las que mataban mujeres solamente un 12,7%. Las víctimas eran conocidas por las asesinas en el 92,2% de los casos, siendo familiares muchas veces (43,8% eran sus propios hijos y en un 29,7% sus parejas). Por lo general, atacaban al menos a una persona indefensa o a su cuidado, víctimas con poca o ninguna posibilidad de defenderse como niños, ancianos o enfermos (71,9%).

En resumen, las mujeres (como los hombres) matan. Pero, dicen estos investigadores, la diferencia fundamental es que las mujeres tienden a matar por los recursos (por ejemplo, la utilidad, comodidad, control) mientras que los hombres matan por sexo (por ejemplo, la violación, la tortura sexual, la mutilación). Es imprescindible conocer mejor los factores de riesgo psicosocial para la prevención y minimizar el número potencial de víctimas en el futuro.

Estrategias de persuasión en grooming online de menores. Club ciencias forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Estrategias de persuasión en grooming online de menores: un análisis cualitativo con agresores en prisión”, de los autores Patricia de Santisteban y Manuel Gámez-Guadix, de la Universidad Autónoma de Madrid, que analiza las estrategias que siguen los delincuentes de grooming para embaucar a los menores.

Las tecnologías avanzan y, con ellas, los peligros. Un nuevo problema social muy serio se cierne online sobre los menores: el grooming. Así es cómo se conoce al proceso en el cual un adulto se gana la confianza de un menor con el objetivo de obtener algún tipo de contacto sexual con él. Cada vez es más común que los niños tengan acceso a internet y, lo que es más preocupante, sin control parental, lo que genera y prolifera este tipo de delitos. Conocida esta problemática, este estudio busca explorar las estrategias de acceso, persuasión y manipulación que tienen lugar en el proceso de grooming online desde la perspectiva de los agresores para identificar elementos que facilitan y/o mantienen dicho proceso.

Para este estudio se entrevistaron en profundidad a 12 hombres condenados por grooming online, con edades comprendidas entre 21 y 51 años. Los condenados cumplían penas de prisión por delitos sexuales contra niños menores de 16 años que se iniciaron o cometieron por internet (11 niñas y 6 niños). También se comparó la información obtenida con el análisis de los hechos probados de sus condenas.

El análisis de las entrevistas mostró una progresión en el proceso de grooming online. Se observa como inician la persuasión en el comienzo del contacto con las potenciales víctimas, analizan sus vulnerabilidades y despliegan estrategias, adaptadas a las necesidades de los menores, para conseguir la implicación del menor en el abuso. El resultado son los encuentros sexuales entre adultos y menores, que pueden ser tanto puntuales como sostenidos en el tiempo.

En un primer momento, para acceder a los menores los agresores usaban un número considerable de técnicas, desde el uso de chats hasta la obtención indiscriminada de correos electrónicos de terceros. El siguiente paso era adaptar su lenguaje a la jerga típica de los menores y hablaban de temas de interés para estos, proporcionándoles una identidad basada en la real pero mejorada (quitarse años, por ejemplo) o creando una nueva identidad más deseable y acorde a los gustos de los menores, a partir de lo cual consiguen llamar la atención del menor y sostenerla.

Iniciado el contacto y tras conseguir mantener la atención de los menores, los adultos comienzan a centrarse en el estudio de la víctima y su entorno. Se observa cómo los adultos se interesaban por elementos estructurales de la vida diaria de los niños, como sus horarios, actividades o cuidadores disponibles. Se aseguraban de conocer importantes detalles acerca de los conflictos familiares y carencias materiales del menor, pero también sobre situaciones de maltrato, negligencia o problemas psicológicos, con lo que se conforman un marco de la vulnerabilidad del menor y las particularidades de su entorno. Los datos pusieron de manifiesto que los agresores desarrollan una serie de estrategias de persuasión que parecen utilizar para adaptarse a las necesidades de los niños; con ello, tratan de involucrar a los menores de manera activa en el proceso de abuso, o bien presionarlos para que accedan a sus pretensiones. Principalmente encontramos 4 estrategias que sirven para ejercer y mantener la situación abusiva tratando de evitar la revelación: engaño, corrupción, implicación y agresión.

  • Engaño. Las estrategias de engaño encontradas van más allá de la mera ocultación de las intenciones, apareciendo diferentes grados de elaboración. En algunos casos el engaño se mantiene y aumenta para sostener y potenciar la falsa identidad creada desde le persuasión inicial, llegando incluso a contar con colaboradores externos que participan en la farsa. En otros casos se introducían pretextos para conseguir la implicación de los menores, o se creaban historias paralelas, implicando a varios personajes reales o ficticios para dar credibilidad a las mentiras.
  • Corrupción. Las estrategias de corrupción encontradas en los casos estudiados se relacionan con el ofrecimiento de bienes materiales a los menores. En varios casos se les ofreció dinero explícitamente a cambio de sexo, trabajo como modelo o actriz, o regalos.
  • Implicación. Las estrategias de implicación encontradas se centran en cómo los agresores tratan de conseguir la implicación afectiva del menor en la relación abusiva, mostrándose ante ellos como si de una relación libre y equitativa se tratara. Se identificaron varios tipos de implicación, como la inversión de tiempo y dedicación. Finalmente emergen diversos modos de posicionamiento (como amigo, cuidador, pareja, etc.) frente al menor, probablemente en ese intento de adaptarse a sus necesidades afectivas estudiadas previamente.
  • Agresión. En ocasiones se observa como el adulto también emplea conductas de acoso, intimidación o coacción, ya sea para conseguir mantener la relación abusiva o como venganza por no ceder a sus pretensiones o dar por finalizada la relación.

Con las estrategias desarrolladas los adultos consiguen su propósito de mantener relaciones sexuales con los menores, tanto vía online (a través de intercambio de fotos o vídeos de contenido sexual) como offline (encuentros sexuales). Estos resultados son un contacto sexual puntual o un contacto sexual sostenido; asimismo, pueden haber sido realizados con una o múltiples víctimas.

En definitiva, estos depredadores tienen refinadas estrategias para engañar a los menores y hacerse partícipes de sus vidas a espaldas de cualquier adulto que esté al cargo, sabiendo manipular la situación hasta lograr de ellos lo que desean. Es por ello que es importante que los padres hablen con sus hijos para prevenirles de estos peligros y estar pendientes a las señales de aviso. Así mismo, los programas de prevención podrían beneficiarse enormemente de incorporar los hallazgos sobre las tácticas y estrategias que los agresores utilizan para manipular y explotar sexualmente a los menores.

Diferencias entre homicidios dentro y fuera de casa. Club ciencias forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Domestic homicide: neuropsychological profiles of murderers who kill family members and intimate partners”, de los autores Robert E. Hanlon, Michael Brook, Jason A. Demery y Mark D. Cunningham, de la Universidad de Northwestern en Chicago, que aborda las diferencias entre los asesinos de desconocidos y aquellos que matan a sus familiares o parejas.

No es raro ver en las noticias terribles sucesos de asesinatos. Hombres que asesinan a sus mujeres, madres que asesinan a sus hijos. Son crímenes que nos remueven en lo más profundo porque sabemos que no es lo mismo hacer daño a un desconocido que a alguien querido, aunque ambos crímenes sean igual de execrables.

Sin embargo, sabemos que tiene que haber alguna diferencia más allá de lo cercana que sea la víctima. Asesinar a un ser querido por lo general se produce en un arrebato pasional y suele implicar drogas o alcohol, quizás impulsados por celos o venganza tras una separación. Son explosiones de ira que acaban con alguien cogiendo un cuchillo de la cocina y apuñalando a otro cuarenta y dos veces.

Por tanto, existen diferencias entre los que matan a miembros de su familia y los que asesinan a extraños. Es por esto que los autores auguran que podrían quizás prevenir los homicidios de la familia si somos capaces de ver los indicios.

Los investigadores entrevistaron a 153 hombres y mujeres acusados y/o condenados por asesinato en primer grado en Illinois, Missouri, Indiana, Colorado y Arizona que fueron remitidos para evaluaciones neuropsicológicas para determinar su capacidad para ser procesados, la responsabilidad penal o para determinar la sentencia apropiada. Cada participante recibió una entrevista clínica detallada, la evaluación neuropsicológica, revisión de los registros pertinentes, incluyendo informes de la policía, fotografías de la escena del crimen, los informes de la autopsia, informes de antecedentes penales, registros penitenciarios, documentos de la corte y entrevistas de los abogados. Los participantes eran en su mayoría hombres (88,2%) y afroamericanos (64,7%), con edades comprendidas entre los 15 y los 67 años de edad (con una edad media de 33,1 años) y un amplio rango en cuanto a educación, con una media de 10,5 años.

Las armas de fuego eran el arma más común (40,5%), luego cuchillos (29,4%), y estrangulamiento o asfixia (15,7%). Otras armas incluyen bates de béisbol, martillos, palos, piedras, puños, ahogamiento y fuego (22,2%). El número total de víctimas por los 153 participantes fue de 263, teniendo lugar en la mayoría de ellos (62,1%) una sola víctima. Los hombres agresores, tuvieron como víctimas a mujeres en casi la mitad de los casos (48,4%), mientras que las mujeres mataron a casi el doble de hombres (65%) que de mujeres.

Sin embargo, no hubo diferencias significativas entre los que mataron a miembros de la familia y los que mataron a desconocidos con respecto a múltiples variables demográficas (por ejemplo, edad, educación, origen étnico, empleo). Tampoco hubo diferencias entre los grupos en términos de la historia neurológica, la historia del desarrollo neurológico, historia de abuso (físico o sexual) o la prevalencia del consumo de drogas. Ambos grupos tenían lo que los investigadores llaman una “alta incidencia de consumo de drogas ilegales, traumatismo en la cabeza y una alta prevalencia de trastornos psiquiátricos”.

En cuanto a las diferencias entre ambos grupos, los “homicidios domésticos espontáneos” (que es como los autores denominaron a este tipo de crimen) son diferentes de los que matan a otros (homicidios no domésticos) en:

  • Tenían dos veces más probabilidades de un diagnóstico de un trastorno psicótico, pero menos probabilidades de tener un diagnóstico de trastorno de la personalidad antisocial.
  • Tenían más probabilidades de habérseles recetado un antipsicótico o antidepresivo y un poco menos propensos a tener antecedentes de condenas por delitos graves.
  • El número promedio de víctimas fue menor para aquellos que mataron a miembros de la familia que los que mataron a desconocidos.
  • Era menos probable (14%) utilizar un arma de fuego en sus crímenes en comparación con los autores de homicidios no domésticos (59%). Era más probable en su lugar usar cuchillos, bates de béisbol, palos o los puños.
  • Tenían un menor cociente intelectual y peores niveles atencionales, función ejecutiva y memoria, pero las habilidades lingüísticas fueron aproximadamente las mismas.

En conclusión, los autores creen que estas diferencias pueden ser útiles para discernir cuando los miembros de la familia están en riesgo de causar algún daño y ayudan a comprender cuándo es el momento de retirarse de la situación antes de que sea demasiado tarde.

Racismo y violación: ¿quién es el culpable? Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Victim Blaming in Rape: Effects of Victim and Perpetrator Race, Type of Rape, and Participant Racism”, de los autores William H. George, de la Universidad de Washington, y Lorraine J. Martínez, de la Universidad de Berkeley en California, que aborda cómo el racismo afecta a la credibilidad en casos de violación.

Según el Registro Nacional de Exoneraciones de Estados Unidos, sólo entre octubre de 2016 y marzo de 2017, de las 1900 exoneraciones que se produjeron de condenas injustas a inocentes, el 47% fueron sobre afroamericanos a pesar de que apenas suponen el 13% de la población, lo que pone en evidencia un claro sesgo: Una preso de raza negra tiene siete veces más probabilidades de ser apresado siendo inocente que otros convictos. Y de promedio pasan tres años más en la cárcel antes de su liberación, cuatro si están condenados a pena de muerte. ¿Y en España? En el 2015, el 38% de los crímenes de odio fueron por racismo. Es decir, sólo en 2015 hubo 505 casos de delitos racistas. ¡Más de uno al día!

Hace unas semanas ya hablamos de los estereotipos que afectan a la credibilidad en los casos de violación y ahora ahondaremos en cómo la raza afecta a esa credibilidad. Los autores de este estudio, recopilaron algunas de las creencias que la gente tiene sobre los afroamericanos: se piensa que las personas de raza negra son más sexuales, experimentadas, accesibles, indiscriminadas y capaces que los blancos o los europeos. Y, concretamente por sexos, que las mujeres son más promiscuas, y que los hombres son propensos a violar mujeres blancas.

Los autores trataron de poner a prueba esos estereotipos con el presente estudio, para el cuál contaron con 332 estudiantes universitarios, de los cuales 170 fueron hombres y 162 mujeres, con una edad promedio de 20 años. Un 60% fueron blancos (192) y casi un tercio asiáticos (108). El 10% restante fueron afroamericanos (5), latinos (8) u otros (19). Para medir el racismo de los participantes rellenaron la Escala de Racismo Moderno, que mide el racismo sutil expresado como resentimiento por beneficios inmerecidos.

Después se les presentaba una viñeta que fue desarrollada específicamente para este estudio. En el escenario principal se ve a una mujer sola en casa por la noche, después sale a buscar a su gato al jardín y responde a un comentario amistoso de un hombre que pasa por la calle (ya sea un vecino o un extraño). Después podía ocurrir que ella invitara al hombre a casa para seguir conversando o que fuera empujada dentro de la casa con violencia por el extraño, según la versión que le tocara a cada uno de los participantes. La escena posterior incluía agresión física por parte del atacante y resistencia a la violación por parte de la mujer en todas las versiones de la historia.

Se midieron por tanto las variables: raza del agresor (blanco/negro), raza de la víctima (blanca/negra), relación con el agresor (desconocido/conocido). Y para todas las versiones de la historia, los participantes debían contestar a unas preguntas sobre lo que habían visto:
1) ¿Fue realmente una violación?
2) ¿Qué grado de culpabilidad tuvo la víctima/agresor?
3) ¿Es creíble la resistencia que opuso la víctima?
4) ¿Qué sentencia recomendarías para el agresor?

Los resultados mostraron que la raza fue muy influyente en todas las valoraciones. Los participantes juzgaron a las mujeres violadas interracialmente como más culpables de lo que les había ocurrido que las que eran violadas por alguien de su misma raza. Viendo también la violación como algo menos serio, su resistencia menos creíble y castigando con penas más pequeñas al agresor. Además, a la hora de condenar al agresor, los hombres pedían penas más duras para los agresores afroamericanos que para los blancos.

En conclusión, a día de hoy aún persisten los estereotipos raciales y aplicados a la violación no son nada benignos. Esto conlleva a que en la práctica, las mujeres negras sean culpabilizadas de ser violadas cuando el agresor es un hombre blanco, y a que los hombres negros sean más duramente castigados que los blancos por el mismo crimen. El racismo sigue siendo una asignatura pendiente en Estados Unidos, y está por ver, con las estadísticas del resto de países, si nosotros no suspenderíamos también.

Los psicópatas y la inmunidad al castigo. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Punishment and psychopathy: a case-control functional MRI investigation of reinforcement learning in violent antisocial personality disordered men”, de los autores Sarah Gregory, R. James Blair, Dominic Ff ytche, Andrew Simmons, Veena Kumari, Sheilagh Hodgins y Nigel Blackwood, del Departamento de Ciencias Forenses y Neurodesarrollo del Instituto de Psiquiatría del Kings College London, que estudian las diferencias a nivel cerebral de los psicópatas y el resto de delincuentes y personas normales.

Estamos familiarizados con el concepto de “psicópata”. Ya hemos hablado en otras ocasiones de ellos y es que no podemos dejar de estar fascinados con ese aproximado 1- 3% de la población que, aunque físicamente es igual que nosotros, carece de empatía, remordimientos, vergüenza o culpa. Está claro que, ni todos los asesinos son psicópatas, ni todos los psicópatas son asesinos, pero sus características emocionales y psicológicas les hacen personas a las que no querríamos al cargo de nuestros hijos o nuestros secretos. Y es que se calcula que entre el 15% y el 25% de la población masculina delincuente son psicópatas, es decir, aproximadamente uno de cada cinco delincuentes violentos es un psicópata. Datos nada desdeñables y que les mantienen bajo los focos de la investigación criminológica.

Sin embargo, la duda que ahora los trae a colación es cómo funciona realmente la mente de un psicópata violento en comparación otros delincuentes violentos no psicópatas. Si realizan los mismos actos, ¿realmente son tan diferentes?

Participaron en este estudio 50 personas, de las cuales 12 eran delincuentes violentos con trastorno antisocial y psicopatía, 20 delincuentes violentos con trastorno antisocial pero no psicópatas y 18 personas que no eran delincuentes ni tenían ningún tipo de trastorno como grupo de control. Todos ellos estaban entre los 20 y los 50 años de edad. Los participantes pasaron por una resonancia magnética funcional para medir la activación cerebral asociada con el castigo y la recompensa durante una tarea de probabilidades después de dos semanas sin consumo de alcohol ni drogas, factor que se comprobó con análisis de saliva y orina. Realizaron también una prueba de inteligencia y un cuestionario sobre agresividad.

Los investigadores encontraron que a nivel cerebral los psicópatas mostraban activación en la corteza cingulada posterior y la ínsula anterior en respuesta a los castigos en lo errores y una disminución de la activación en la corteza temporal superior a las recompensas. Es decir, una alteración en las zonas relacionadas con la empatía, el procesamiento de las emociones como la culpa y la vergüenza y el razonamiento moral. Estas zonas son también responsables de nuestra capacidad de aprender a base de recompensas y castigos.

Por lo general, las personas dirigimos nuestra conducta a base del juicio social, buscando el halago y huyendo del reproche o las represalias. Nuestro cerebro nos hace sentir bien cuando somos recompensados y mal cuando somos reprendidos, pero, ¿por qué íbamos a cambiar nuestra conducta si al hacer algo mal no sentimos ningún tipo de molestia? Y esto es lo que les ocurre a los psicópatas. Valoran las recompensas de sus actos, pero ignoran las consecuencias, no sienten culpa, ni remordimientos, ni vergüenza como ya hemos dicho así que su conducta no varía por esas mismas variables que nos mueven a los demás. De hecho, un psicópata es mucho más proclive a delinquir una vez salga de la cárcel, ya que el castigo no modula su forma de actuar.

En conclusión, si bien un psicópata es legalmente responsable de sus actos, ya que conoce las leyes que infringe, es difícil considerarle moralmente responsable dado que sus cerebros no funcionan en términos de ética y moral. El siguiente punto sería abordar cómo tratar en el sistema penal con gente a la que la cárcel no le sirve de escarmiento sino sólo como forma de aislarles del resto del mundo y cómo abordar su reinserción en un mundo que sí se rige por la ética.

Experiencias traumáticas en la infancia y criminalidad adulta. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Adverse Childhood Experiences and Adult Criminality: How Long Must We Live before We Possess Our Own Lives?”, de los autores James A Reavis, Jan Looman, Kristina A. Franco y Briana Rojas, de la clínica de salud mental Intrapsychic en San Diego (California, Estados Unidos), que analiza cómo las experiencias traumáticas en la infancia afectan a la vida adulta.

De tal palo, tal astilla. Es un refrán popular que hace referencia al parecido entre padres e hijos. Por desgracia, esa filosofía parece poder aplicarse también a las conductas antisociales. Maltrato físico, sexual, emocional… Cualquier tipo de abuso que sufra un niño es una secuela permanente que poco a poco irá conformando a un adulto disfuncional.

El maltrato infantil es, pues, la acción, omisión o trato negligente que no se produce de manera accidental, y que priva al niño de sus derechos y su bienestar, que amenaza o interfiere su ordenado desarrollo físico, psíquico y social, y cuyos autores de estos hechos pueden ser personas, instituciones o la propia sociedad.

El objetivo de este estudio fue demostrar cómo, en comparación con la población normal, podemos encontrar que los criminales de hoy son los niños maltratados, violados y hostigados de ayer.

La muestra se compuso de 151 delincuentes varones adultos que por orden judicial iban a recibir tratamiento psicológico posterior a su condena. Los crímenes por los que habían sido juzgados estaban asociados a la violencia doméstica, el acoso, el abuso infantil, la violencia y la desviación sexual. De estos sujetos, 35 (23,2%) cometieron abuso infantil no sexual; 45 (29,8%) fueron acusados de violencia doméstica; 61 (40,4%) fueron catalogados como delincuentes sexuales, y 10 (6,6%) eran acosadores. Las categorías no se superpusieron en ningún caso.

Se dividió a los participantes en dos grupos: los que puntuaron alto en el Cuestionario de Experiencias Infantiles Adversas y los que puntuaron bajo. Luego se analizó la correlación entre esa puntuación con la pertenencia a los distintos grupos de delincuencia y las puntuaciones normativas estandarizadas.

Se encontró que en la población normal, tan sólo un 12,5% de la gente puntuaría alto en el cuestionario de Experiencias Infantiles Adversas, mientras que en la muestra puntuaban así un 48,3%, casi la mitad. De todos los eventos por los que se preguntó, se encontró mucha más prevalencia en el grupo de delincuentes que en la población general, duplicándolo en casos como el abuso sexual y llegando a ser hasta siete veces más alto como en el caso del abuso psicológico. Lo cual evidencia que la acumulación de experiencias traumáticas en la infancia disminuye la capacidad de formar relaciones normales y sanas como adulto. Un claro ejemplo es cómo los chicos que sufrieron abusos sexuales de niños tenían 45 veces más posibilidades de maltratar a sus parejas en la adolescencia.

En conclusión, los datos evidencian que en muchos casos la criminalidad de hoy es fruto de un pasado traumático. Es importante prevenir las experiencias traumáticas en niños y, cuando éstas sucedan, tratarlas adecuadamente para prevenir el daño psicológico que devendrá en muchas más víctimas en el futuro.

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