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Categoría: Psicología Jurídica (página 1 de 2)

Familiaridad y falsas memorias en la rueda de reconocimiento. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Feelings of familiarity and false memory for specific associations resulting from mugshot exposure”, de los autores Alan W. Kersten y Julie L. Earles, de la Universidad de Florida, que analizan cómo las ruedas de reconocimiento pueden afectar a la memoria de los testigos.

El 27 de octubre de 1985, una mujer fue violada en su propia casa, en Virginia (Estados Unidos). Ella dijo a la policía que la habitación estaba a oscuras y no pudo ver la cara del agresor, pero dos de sus vecinos testificaron haber visto a un hombre llamado Walter Snyder fuera de la casa la víctima poco antes del ataque. Snyder fue interrogado y su foto fue incluida entre las que se mostraron a la víctima para el reconocimiento. La mujer no le señaló como el perpetrador pero sí que manifestó que las cejas de él le resultaban familiares. Meses después, en la rueda de reconocimiento, la víctima le reconoció como culpable. Después de siete años en prisión, la familia logró que se hicieran pruebas de ADN (en ese momento novedosas) y tras tres pruebas diferentes fue descartado como culpable.

Este caso demuestra los peligros asociados con la presentación de fotos de los sospechosos a los testigos oculares y a las víctimas de un crimen. Aunque puede ser una herramienta de investigación útil, también puede tener el efecto de contaminar la memoria de los testigos oculares sobre el evento. Si un individuo representado en las fotografías se asemeja al autor real o si resulta familiar a la víctima por otras razones, puede hacer que un testigo recuerde más tarde haber visto al individuo representado cometer el crimen. Como por ejemplo en este caso, que Walter Snyder resultaba familiar a la víctima porque ella lo había visto pasear en el vecindario. Este proceso se llama “transferencia inconsciente”.

Para estudiar en profundidad este proceso, los investigadores utilizaron a 80 estudiantes, con una edad media de 20 años, y 40 ancianos, con una media de 71 años.  A cada participante se le mostró una serie de fragmentos de vídeo de actores que realizaban acciones sencillas y luego se les indicó que recordaran qué actor realizó esa tarea. Completaron esta tarea 36 veces cada uno.

Después de las presentaciones, los 40 adultos mayores y la mitad de los jóvenes (otros 40) fueron examinados inmediatamente para ver cuánto podían reconocer correctamente. Los 40 jóvenes restantes fueron examinados de nuevo tres semanas más tarde.

Según los resultados, tanto los participantes más jóvenes como los mayores eran más propensos a reconocer falsamente los acontecimientos si los actores que aparecían en esos eventos también habían aparecido en las fotos. Además, para los adultos mayores, la toma de fotografías significaba que experimentaban una sensación de familiaridad cuando veían al actor actuar en los fragmentos de vídeo, incluso si se les había preguntado una acción diferente cuando vieron las fotos. Los investigadores creen que esto probablemente signifique que las personas mayores reconocieron la cara familiar, pero no pudieron ubicar por qué. Por su parte, los más jóvenes tenían tendencia a crear más falsos recuerdos siempre que la pregunta y la fotografía le hubieran sido presentadas de manera conjunta en la tarea, ya que esto parecía crear algún tipo de aprendizaje asociativo que afectaba al recuerdo original.

En conclusión, tras la primera rueda de reconocimiento, ya sean fotos o en persona, un mismo testigo no debería ser llamado de nuevo para un segundo reconocimiento ya que su recuerdo del evento está enturbiado por la visión de los sospechosos.

Las acosadoras. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The Female Stalker”, de los autores J. Reid Meloy, Kris Mohandie y Mila Green, de la Universidad de Phoenix, que estudian el perfil de las acosadoras.

Aunque la mayoría de acosadores son varones cuyas víctimas son mujeres, también podemos encontrar acosadoras. Hasta hace una década se trataba de una proporción de cuatro a uno, pero no deja de ser una minoría significativa. Las víctimas masculinas del acoso femenino se enfrentan a menudo a la indiferencia, el escepticismo o incluso la burla. Incluso se llega a cuestionar su sexualidad. E incluso en igualdad de condiciones, una acosadora tiene menos papeletas para ser procesada. Por lo general, se tiende a pensar que por su inferioridad física una acosadora es menos peligrosa o incluso menos digna del foco atencional de la propia criminología. Por ello, es importante investigar a este colectivo y lograr el manejo de esta amenaza tan obviada.

Se investigaron 1005 casos de acoso de ambos sexos para un estudio comparativo, entendiendo como conducta de acecho dos o más contactos no deseados hacia una misma persona que generara un miedo razonable en ella. Se codificaron en los casos 50 variables que incluían aspectos demográficos, objetivos del acoso, consecuencias legales y reincidencia. Además se disponía de una valoración del estado mental de los acosadores en el 76% de los casos.

Se identificaron 143 acosadoras femeninas en la muestra, cuyo perfil típico era el de una mujer soltera, separada o divorciada de unos 30 años con un diagnóstico psiquiátrico, la mayoría de las veces un trastorno del estado de ánimo. Era más probable que persiguiera a un varón conocido, extranjero o celebridad, en lugar de alguien con quien tuviera una intimidad sexual previa. En comparación con los acosadores masculinos, las acosadoras tenían antecedentes penales significativamente menos frecuentes y eran significativamente menos amenazantes y violentos. Su comportamiento de búsqueda era menos basado en la proximidad, y sus comunicaciones eran más benignas que las de los hombres. La duración media del acecho fue de 17 meses, pero la duración modal fue de dos meses. La reincidencia fue de 50%, con un tiempo modal entre la intervención y el contacto con la víctima de un día. Cualquier relación real previa (relaciones sexuales íntimas o conocidas) aumentó significativamente la frecuencia de las amenazas y la violencia con grandes tamaños de efecto para toda la muestra femenina. Este resultó ser el subgrupo más peligroso, de los cuales la mayoría amenazaban y eran físicamente violentas. Las menos peligrosas eran los acosadoras de las celebridades de Hollywood. Dos de las variables predictoras para la violencia en el acecho de los hombres fueron validadas externamente con tamaños de efecto moderados para las mujeres: las amenazas se asociaron con un mayor riesgo de violencia y la escritura de cartas se asoció con un menor riesgo de violencia.

En conclusión,  la relación entre el acosador y la víctima parece primordial en el comportamiento del acosador femenino. En mujeres mitiga la agresión, pero el apego la agrava.  De hecho, el subgrupo más peligroso entre los acosadores masculinos y femeninos es aquellos que han tenido una relación previa sexualmente íntima con la víctima. Este estudio subraya la importancia de determinar el tipo de acosador cuando se realizan investigaciones o intervenciones de planificación, partiendo de las dos tipologías de acecho.

No esperarás que me crea eso, ¿no? Club ciencias forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo ““You don’t expect me to believe that, do you?” Expectations influence recall and belief of alibi information”, de la autora Elizabeth A. Olson, de la Universidad de Wisconsin-Whitewater, que aborda cómo la presunción de culpa afecta a la credibilidad y al recuerdo de la coartada.

Seguro que has oído alguna vez acerca de la profecía autocumplida. De manera que cuando esperamos conseguir algo lo acabamos consiguiendo fruto de nuestra propia fe en nosotros mismos, y cuando creemos que vamos a fracasar lo hacemos porque nos autosaboteamos sin darnos cuenta. Las expectativas tienen un gran poder en cómo percibimos el mundo, siendo un importante sesgo. Esa es una de las razones de que en la investigación se utilice el “doble ciego”, que consiste en no saber qué grupo de personas son las de control y cuál el grupo experimental hasta analizar los resultados para que nuestras expectativas no influyan en cómo analizamos los datos o en cómo tratamos a los sujetos.

También podemos encontrar en la práctica el “efecto halo”, que consiste en, a partir de un solo rasgo o característica, formarnos expectativas que nos impiden ver la realidad. Algo muy común cuando nos enamorábamos de la persona más atractiva del instituto. Y es que se ha demostrado que esto nos ocurre también de adultos en entrevistas de trabajo o a la hora de juzgar la inocencia de alguien.

Éste es un problema común en las investigaciones policiales, donde, cuando el entrevistador determina que el entrevistado es culpable, cambia su percepción de él. El problema con esto es que cuando se presume la culpabilidad, se tienden a escuchar y recordar sólo la información que apunta al engaño y la culpa. Simplemente no prestamos atención a los hechos que refutan nuestras suposiciones. No es necesariamente sea intencional, sino que simplemente observamos que los datos confirman nuestra hipótesis.

Para estudiar este fenómeno 285 estudiantes universitarios vieron un vídeo de un joven que relataba lo que había hecho durante unas horas en un día en particular. A algunos de ellos se les dijo que su narrativa era una coartada antes de que vieran el vídeo y a otros se les dijo después. Además, a algunos se les dijo que era culpable mientras que a otros se les dijo que era inocente, y a un tercer grupo no se le dijo nada sobre ese aspecto. Después de ver el video, se pidió a los participantes que escribieran tantos detalles como recordaran. Por último, se les pidió que calificaran la credibilidad del actor sobre su coartada.

Los resultados son coherentes con lo que decíamos de las expectativas: Los participantes a los que se les había dicho que la persona era culpable recordaron menos detalles de la coartada grabada en vídeo, encontraron la excusa menos creíble y vieron al proveedor de la coartada más negativamente que los que no se les había dicho que era culpable.

Sin embargo, es importante matizar que los investigadores acuñaron directamente las etiquetas “culpable” o “inocente”, en lugar de preguntar a los participantes por sus impresiones y dejar que ellos mismos sacaran a la luz sus propios prejuicios. Ya que no es lo mismo medir las expectativas sobre la culpa que el hecho de que sepan que son o no culpables. Pero estos resultados ilustran a la perfección cómo nos condiciona a la hora de juzgar a los demás lo que pensamos de ellos. Quizás también en la investigación policial debería aplicarse de alguna forma el “doble ciego” de la ciencia para evitar este sesgo que trae consecuencias tan graves.

“Él ha dicho qué”: El efecto de los otros y la edad en la memoria. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Other People: A child’s age predicts a source’s effect on memory”, de Rolando N. Carol de la Universidad Auburn en Montgomery (Alabama, EEUU) y Nadja Schreiber Compo de la Universidad Internacional de Florida (EEUU), que aborda cómo influye en el testimonio de los niños y adolescentes la opinión de un adulto o un igual.

“Tu amigo me lo ha contado todo. ¿Es así como pasó?”

Esas simples palabras en un interrogatorio pueden convertir un “no” en un “sí”. Durante décadas, los investigadores han estudiado las diversas técnicas de sugestión que pueden tener lugar durante las entrevistas. Los niños han demostrado ser especialmente sugestionables y uno de los métodos particularmente sencillo es decirle que otra persona (supuestamente) dijo tal cosa para lograr que el niño opine de la misma manera. Este efecto, conocido como “otras personas” (other people en inglés), es un riesgo potencial en las entrevistas dado que contamina la información y sugestiona a los testigos, especialmente cuando se trata de un crimen con testigos múltiples.

A medida que crecen, los niños se van volviendo menos dependientes emocionalmente de los padres y más de los amigos, volviéndose cada vez más vulnerables a la presión de grupo. Es por ello que es lógico pensar que, igual que sus opiniones son volubles a esa influencia también lo serán sus recuerdos, pudiendo ser sugestionados por sus iguales sin darse cuenta. Dado que cualquier niño, sea de la edad que sea, puede ser testigo de un crimen y su palabra puede ser relevante en un caso, es importante saber hasta qué punto pueden llegar a ser sugestionables y por quiénes. Los autores hipotetizaron que, a medida que los niños se hacen mayores, más sugestionables serían a la “opinión de otros” si esos otros eran sus compañeros o amigos.

Los participantes fueron 110 niños de entre 7 y 18 años. Se les organizaba en grupos de entre 12 y 30 al mismo tiempo, junto a 2 ó 3 adultos, para ver un vídeo de diez minutos de duración y una semana después debían contestar a unas preguntas de sí/no. Además, se dividió a los niños en un grupo de control al que no se le daba ningún tipo de información y en otros dos grupos: a un grupo se le decía lo que supuestamente había dicho un compañero suyo y a los otros lo que teóricamente había dicho uno de los adultos. En ambos casos se les hacía creer que la persona de la que se le daba la opinión era uno de los que había visto el vídeo con él aunque no dieran su nombre. De esta manera se podía ver la influencia de “los otros” y también cómo influía la propia edad del niño al que se pretendía manipular. El vídeo era un fragmento de la película Buscando Milagros, de manera que todos serían evaluados sobre el mismo evento, que además tenía un considerable número de detalles en tiempo.

En contra de lo esperado, la opinión de los adultos influía a los niños mucho más que la de sus compañeros, dándole más credibilidad. Además, este efecto se potenciaba cuanto más pequeño era el testigo. Sin embargo, la opinión de los compañeros no fue tan influyente como se esperaba. De hecho, cuanto mayores eran los niños menos les afectaban las opiniones ajenas, independientemente de quién fuera la fuente. Es posible que eso se deba a que no se identificaba cuál de sus amigos o compañeros estaba supuestamente dando la información. En otras investigaciones se ha demostrado en ocasiones los jóvenes tienden a ajustarse a sus pares cuando la información sobre la que discuten es de un ámbito social, pero en cuanto a datos objetivos, como en este caso recordar un vídeo, recurren a los adultos. Es posible que debido a estos dos motivos el “efecto de los otros” respecto a los compañeros no haya surtido efecto.

En conclusión, deben tenerse en cuenta, especialmente en los más jóvenes, las consecuencias del “otras personas han dicho qué”. En momentos de inseguridad, un niño se respaldará en las palabras que nosotros digamos que ha pronunciado un adulto, de manera que estaríamos manipulando su testimonio. Es por este y otros muchos motivos que debe darse una formación muy especializada a los profesionales sobre cómo llevar a cabo los interrogatorios para que sean objetivos y no sugestionen al testigo.

La credibilidad en casos de agresión sexual cuando se es obeso. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The Effects of Obesity Myths on Perceptions of Sexual Assault Victims and Perpetrators’ Credibility”, de los autores Niwako Yamawaki, Christina Riley, Claudia Rasmussen and Mary Cook, de la Universidad Brigham Young, que abordan como afecta la obesidad a la credibilidad en casos de agresión sexual.

Los derechos humanos de las mujeres han mejorado a lo largo de los años. Sin embargo, la violación y la agresión sexual siguen siendo una amenaza común para las mujeres en todo el mundo. En Estados Unidos, aunque los incidentes reportados han disminuido, se estima que una de cada seis mujeres es víctimas de violación cada año. Además, aproximadamente el 64% de las agresiones sexuales no se informa a las autoridades. Por lo tanto, la violación y las agresiones sexuales cometidas contra las mujeres continúan siendo graves preocupaciones sociales y de derechos humanos, ya que siguen siendo altamente infravaloradas independientemente de las recientes disminuciones en la prevalencia.

Pero otra preocupación que merece atención y examen es la subutilización de los recursos apropiados por las víctimas. Se calcula que sólo una de cada cuatro víctimas de agresión sexual o violación recibe ayuda o asesoramiento. Esta subutilización y falta de denuncia puede atribuirse a la victimización secundaria, que se refiere a un proceso en el cual las actitudes y reacciones negativas de los demás hacia las víctimas las disuaden de buscar ayuda. Ocurre tanto en entornos formales (por ejemplo, hospitales o comisarías) como en entornos informales (entre familiares y amigos), se culpa a la víctima, se excusa al agresor y se minimiza el incidente. En consecuencia, la victimización secundaria intensifica los efectos psicológicos negativos sobre las víctimas de violación y de agresión sexual, y este proceso de re-victimización es, de hecho, más severo que el trauma original.

Para entender la victimización secundaria, se han estudiado en diversas investigaciones algunas características relacionadas con las víctimas y los agresores y qué características del observador que pueden influir en las actitudes negativas de un individuo hacia las víctimas de violación. Los investigadores encontraron que algunas características del observador son predictores significativos de las actitudes negativas hacia las víctimas de violación. Por ejemplo, se ha encontrado diferencias raciales (se culpa más a la víctima cuando es de una raza diferente a la de su agresor), sexuales (se culpa más a la víctima cuando es un hombre), sobriedad (se las culpabiliza más si habían tomado alcohol previamente), la relación (si se conocían de antes se culpabiliza menos al agresor por haber “malinterpretado” la relación entre ambos) o la clase social (si el agresor es de clase alta se minimiza el suceso).

Otro factor importante pero a menudo ignorado que puede influir en gran medida las actitudes negativas de un observador hacia las víctimas de violación es la obesidad y ese fue el objetivo de este estudio. Una de cada cinco personas en España tiene obesidad, porcentaje que asciende a una de cada tres en Estados Unidos, no es una población despreciable y menos cuando hay datos de que ser obeso afecta la credibilidad en casos de agresión sexual. Además, este estudio quería demostrar que tener ciertas ideas preconcebidas o mitos sobre la obesidad nos lleva a juzgar más duramente a este colectivo cuando realizan una denuncia de este tipo.

Para este experimento se creo un escenario de violación heterosexual. Una chica, Janet, acusaba a su compañero de estudio de haber abusado de ella mientras estudiaban juntos en el dormitorio de él. Janet afirmaba estar dolida ya que ella protestó y se negó y aun así fue forzada por su amigo. Por el contrario, el chico, Mark, afirmaba que había sido consentido y que de hecho fue Janet la que inició la aproximación sexual, y decía estar sorprendido y dolido por la acusación de su amiga. Esta historia se les presentaba a los ciento sesenta y cinco estudiantes universitarios que participaron de este estudio en el que se les dividía en tres grupos. La diferencia entre los grupos residía en el físico de los personajes: en una Janet era obesa y Mark, no; en otra, era Mark el obeso y no Janet; y en la última lo eran ambos. Posteriormente se pasaba un cuestionario que tomaban tres medidas: atribución de la culpa a las víctimas, una escala de credibilidad sobre los testimonios de ambos y una escala de mitos sobre la obesidad (como, por ejemplo, que los obesos buscan llamar la atención o que no les importa que se aprovechen de ellos).

Los resultados muestran que la obesidad afecta a la credibilidad: La gente veía más creíble la versión del agresor cuando la víctima era obesa y él no, y menos creíble cuando el obeso era él y no ella o cuando eran obesos los dos. En contraste, la credibilidad de la víctima no variaba: no importaba si ella era obesa o no, o si lo era su atacante; lo que varía es la credibilidad que damos al agresor. Sin embargo, sí que se encontró que la obesidad afectaba a la credibilidad de la víctima cuando el observador creía en los mitos sobre la obesidad, pero únicamente cuando la víctima es la obesa y no su agresor. Se especula el porqué de este hallazgo y los investigadores creen que es posible que se deba a que de por si una queja por violación siempre parece menos creíble si no hay violencia o armas y se pone en duda que siendo más corpulenta la víctima no pueda defenderse del agresor. También es posible que se apoyen en mitos como que “nadie se siente atraído por una persona obesa” o “las personas obesas están desesperadas por llamar la atención”, de manera que se toma menos en serio a la víctima e incluso se la culpabiliza, ya no sólo de que la agresión fuera consentida, sino de haber buscado ellas mismas que sucediera. Los hombres resultaron creer esos mitos más que las mujeres.

En muchos casos de agresión sexual no hubo testigos o pruebas fiables para probar el sexo no consensuado, por lo tanto, durante el procesamiento legal, la credibilidad de la presunta víctima y de su agresor se ha convertido en un factor crucial para convencer a los miembros del jurado. Este estudio muestra que la credibilidad se ve afectada por el peso y es importante concienciarnos de que los mitos sobre la obesidad pueden llevarnos a ver menos creíbles ciertas denuncias y no dar el apoyo y la ayuda necesaria a las víctimas.

El orden de los factores altera el producto: El efecto de contraste en la percepción de la gravedad de un delito. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Contrast effect on the perception of the severity of a criminal offence”, de los autores Gabriel Rodríguez y Sara Blanco, de la Universidad del País Vasco, que estudian cómo nuestra percepción de la gravedad de un delito puede verse modulada por la gravedad de otras acciones a las que hemos sido previamente expuestos.

¿Has visto alguna vez la ilusión óptica conocida como el tablero de Adelson? Si no es así seguramente te costará creer que la casilla A y la casilla B son del mismo color. Y, sin embargo, así es. El efecto producido por los colores de alrededor y las sombras engañan a la vista, produciendo una ilusión llamada efecto de contraste, consistente en percibir algo de una manera o de otra en función de lo que lo rodea.

Este peculiar efecto no se encuentra sólo en la vista, afecta a toda nuestra percepción y por tanto, sesga nuestra concepción del mundo y afecta a nuestras decisiones. Pongamos como ejemplo dos jueces. El primero ha estado en audiencias anteriores atendiendo casos muy severos como homicidios y acciones terroristas. El segundo, en cambio, ha estado con casos más leves como multas de tráfico. Si a continuación a ambos se les presentara un caso de una gravedad media, ¿reaccionarían imponiendo la misma condena?

Lo ideal sería poder responder que sí, pero somos humanos y como decíamos antes nuestras decisiones se ven afectadas por nuestros sesgos. Es por ello que los autores de esta investigación creyeron que en estos casos también afectaría el efecto de contraste: la experiencia previa modularía la gravedad con que se vería ese caso, sobreacusándolo el juez que hubiera estado con delitos leves y desdeñándolo el de los delitos graves.

Para demostrarlo contaron con la colaboración de 152 estudiantes universitarios a los que dividieron en dos grupos. Todos los grupos verían cinco actos delictivos contemplados en el código penal junto a la gama de sentencias en meses que se corresponden para cada uno. Uno de los grupos vería cuatro delitos graves (como por ejemplo homicidio o prostitución de menores) y el otro cuatro delitos leves (como amenazar o cometer una infracción al volante). El quinto delito sería de gravedad media y sería el mismo para ambos: robo con violencia.

Los participantes simplemente debían asignar la pena que ellos creían adecuada para cada delito dentro del rango que dictaba la ley. Tal como se esperaba, aquellos que estuvieron viendo delitos graves tuvieron tendencia a aplicar las sentencias más leves al robo, mientras que los que vieron los delitos leves aplicaron las más severas. Lo cual nos da evidencia de que la experiencia previa se convierte en marco cognitivo para interpretar la información venidera, con las consecuencias que eso pueda tener como sesgo en nuestras decisiones.

En definitiva, una persona recibiría una condena diferente según la experiencia previa del juez, lo cual supone una injusticia. Sabiendo que este sesgo existe debería buscarse la manera de proteger a los acusados de una sentencia exagerada o reblandecida por motivos ajenos a ellos, en lugar de esperar que la suerte juegue a su favor.

La entrevista estratégica para detectar el engaño. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Strategic Interviewing to Detect Deception: Cues to Deception across Repeated Interviews”, de los autores Jaume Masip, Iris Blandón-Gitlin, Carmen Martínez, Carmen Herrero y Izaskun Ibabe, en un estudio conjunto de la Universidad de Salamanca, la Universidad Estatal de California y la Universidad del País Vasco, que trata de cómo discernir la verdad de la mentira con un procedimiento original durante un interrogatorio.

La detección del engaño es extremadamente difícil. Las personas apenas pueden distinguir una mentira por encima de la probabilidad de azar, y por ahora, los profesionales son apenas un poco más precisos en la detección. Es por ello que es importante seguir estudiando este campo y hallar nuevas conductas que discriminen a los mentirosos de los veraces.

Esta investigación recicla la idea de que los mentiros son tan consistentes en sus respuestas como los sinceros porque siguen una “estrategia de repetición” en las entrevistas. Por ello, el objetivo de este experimento fue diseñar un procedimiento que eludiera esa estrategia haciendo que no supieran que iban a ser entrevistados una segunda vez y presionando a los sospechosos para obtener una respuesta rápida, sin darles tiempo a forzar la memoria o desarrollar una mentira.

Los participantes fueron 48 estudiantes, con una edad media de 20 años, repartidos en 15 mujeres y 9 hombres en cada uno de los dos grupos experimentales (inocentes y culpables). Para motivarles con el interrogatorio, se les incentivó diciendo que los declarados culpables deberían escribir una redacción sobre una asignatura que detestaran.

Para este experimento, los participantes asignados en el rol de culpables cometían un falso crimen, y los inocentes realizaban unas tareas a petición del experimentador como ver un pequeño documental o jugar al tetris. A ambos grupos se les informaba de que se les consideraba sospechosos de un crimen y serían entrevistados, y su máxima debía ser convencer al entrevistador de que eran inocentes. Por tanto, los inocentes sólo debían ser sinceros, mientras que los culpables debían mentir, fingiendo que habían realizado las mismas tareas que los inocentes. La entrevista tenía lugar ese mismo día, pero después de que a los culpables se les diera toda la información que requirieran sobre las actividades sobre las que debían mentir. En la entrevista ambos grupos recibían las mismas preguntas y tenían las siguientes características:

  1. Se centraba en la coartada (las tareas de los inocentes), no en el delito. Lo normal es que en un interrogatorio la policía tiene una información limitada sobre el crimen pero es fácil obtener información sobre las coartadas. Por ejemplo, si un detenido afirma que estuvo viendo un programa de televisión a cierta hora, sería una buena técnica ver el programa e interrogarle con preguntas muy específicas acerca de él para comprobar si realmente lo ha visto.
  2. Se les hicieron preguntas centrales y periféricas. Los datos centrales serían los esenciales, los que no pueden cambiarse sin alterar la historia. Mientras que los periféricos son irrelevantes, detalles añadidos. Sin embargo, a la hora de interrogar, lo más probable es que los culpables tengan muchos datos centrales (qué, dónde y cómo), ya que han podido preguntar al respecto a los experimentadores, pero apenas tendrán información periférica, mientras que los inocentes tendrán de ambos tipos ya que realmente vivieron la experiencia.
  3. Las preguntas se centraron en los detalles muy específicos. ¿De qué color era la puerta? Por muy bien que hubieran preparado su coartada, una sola palabra podía contestar correctamente esa pregunta.
  4. Se pidió a los entrevistados que respondieran lo más rápido posible. La velocidad de respuesta es algo cognitivamente exigente para los mentirosos ya que, por una parte, la información no está codificada de la misma forma en la memoria largo plazo al ser inventada y requiere más tiempo, y por otra parte, si no la recuerdan necesitan inventar algo coherente para decir en su lugar, lo que también requiere tiempo.
  5. La clave fundamental era que la entrevista se repetiría una semana después y sin previo aviso.

La primera hipótesis a contrastar sería que los culpables solicitarían información central a los experimentadores para prepararse para el interrogatorio, pero no periférica. La segunda sería que los culpables contestarían menos preguntas correctamente que los inocentes en ambas entrevistas, debido a la información incompleta que poseían. Efecto que se vería con más fuerza en las preguntas periféricas (tercera hipótesis). Además, dado que ocurriría una semana entre ambas entrevistas, tendría lugar una degradación en el recuerdo y éste ocurriría con más fuerza en los culpables por no recordar vivencias sino palabras, por lo que al repetir las preguntas encontraríamos más incongruencias entre ambas entrevistas que en los inocentes (cuarta hipótesis) y esto ocurriría también con más fuerza en los detalles periféricos (hipótesis cinco). Por otro lado, al obligar a responder rápido sería más probable que se recurriera a respuestas evasivas por la incapacidad para improvisar una mentira o no recordar los datos, así que sexta hipótesis era que los mentirosos darían más respuestas evasivas, y la séptima hipótesis, que las darían particularmente en las preguntas sobre datos periféricos.

En los resultados se encontró que, efectivamente, los culpables se centraron en la información principal y obviaron la periférica. Además contestaron menos preguntas correctamente que los inocentes. Sin embargo, no pudo probarse la distinción entre información central y periférica respecto a la memoria. Quizás porque la información que solicitaron fue demasiado escasa o porque estuvo mal codificada y no pudieron recordarla una semana después. Por otro lado, la coherencia, es decir, mantener la misma versión todo el tiempo, era un indicador válido de la verdad, del mismo modo que las respuestas fueron un indicador de las mentiras. Sin embargo, no sólo fueron más evasivos en los datos periféricos, sino también en los centrales. Y al contrario ocurrió con la coherencia, donde no se encontraron resultados diferentes entre los dos tipos de información.

En conclusión, este estudio nos aporta unas interesantes estrategias para detectar la mentira, pero es importante replicarlo en situaciones reales para darle mayor validez externa. Además, debe tenerse en cuenta que no hay criterios inequívocos para la detección de la mentira. Una respuesta errónea, incongruente o evasiva puede deberse también a un bajo cociente intelectual, personas altamente sugestionables, ansiedad o déficit de memoria. Sin embargo, los datos son muy prometedores y pueden ser una herramienta muy útil en el futuro.

Diferencias del desarrollo en la niñez intermedia en la memoria y la sugestión para eventos negativos y positivos. Club de las Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Developmental Differences across Middle Childhood in Memory and Suggestibility for Negative and Positive Events”, de los autores Pedro M. Paz-Alonso y Gail S. Goodman, en un estudio conjunto de la Universidad de California y el Centro de Cognición, Cerebro y Lenguaje de Gipuzkoa, que estudia las diferencias en la memoria de los niños para eventos positivos y negativos según su franja de edad.

Una niña dice una mentira, pongamos que por un enfado propio de su edad. La niña acusa a un adulto de haber hecho algo que no debía con ella. Otros adultos lo oyen, se escandalizan y, a falta de un interrogatorio correctamente realizado, la niña es sugestionada y acaba creyendo su propia mentira. Y con esto, tanto la vida del hombre como de la niña quedan destrozadas.

El argumento de La Caza de Thomas Vinterberg podría ser fácilmente una historia basada en hechos reales. En el ámbito jurídico, el testimonio de los niños en ocasiones es necesario y si bien todos somos vulnerables de caer en las falsas memorias, es importante recordar que la mente de los niños es especialmente manipulable. Es por ello que es importante el estudio de los interrogatorios a menores para tener siempre la mayor confianza posible de que estamos acusando o defendiendo a alguien bajo un testimonio verídico.

Además, en gran medida, los experimentos sobre testimonios de niños se han basado en la memoria de estímulos neutros. Aunque también es posible que se necesite declarar sobre casos así, es más probable que el testimonio requerido sea en torno a un acontecimiento con carga emocional. Por ello, este estudio trata de evaluar la memoria de los niños de distintas edades sobre elementos con carga emocional.

El experimento tuvo dos fases. En la primera, se examinaron a 216 niños de 8 a 12 años sobre la intensidad de experiencias negativas y positivas. En primer lugar, se les pedía que dijeran hasta cuatro eventos positivos y otros cuatro negativos que les hubiera ocurrido en el último año. Después se les pedía que valoraran la intensidad de esos eventos de 0 (nada intensa) a 4 (muy intensa). Codificando juntos los eventos similares (por ejemplo, “mi décimo cumpleaños” y “mi fiesta de cumpleaños”) se juntaron un total de 37 eventos negativos y 40 positivos. La experiencia negativa más común fue “accidente/enfermedad”, mientras que la positiva fue “excursión/viaje con los padres”, por lo que se escogieron esas dos categorías para la siguiente fase.

En la segunda fase se utilizaron a otros 227 niños diferentes de los de la fase anterior de la misma franja de edad y se les clasificó en niños de 8 y 9 años por un lado, y niños de 10 a 12 por otro. Para esta fase se diseñaron dos vídeos basándose en los resultados de la primera fase, con una duración de 3 minutos y 40 segundos. Ambos vídeos mostraban una excursión familiar al campo pero tenían 30 segundos de metraje diferente: en uno, el niño se caía y lloraba en el suelo por las heridas de sus brazos y rodillas (evento negativo); en el otro, el niño jugaba con su padre (evento positivo). También se crearon dos textos diferentes para acompañar al vídeo: en uno de ellos se añadían detalles falsos que no aparecían en el vídeo y en el otro sólo había información verídica. Por lo tanto, dentro de cada uno de los dos grupos de edades se asignó a los niños a una de las cuatro condiciones experimentales: mal informados-evento negativo, mal informados-evento positivo, bien informados-evento negativo y bien informados-evento positivo.

Posteriormente se pasaba a los niños un cuestionario con 40 preguntas de respuesta múltiple para evaluar la memoria sobre el evento. La mitad de las preguntas eran correctas (por ejemplo, “¿el padre tenía el cabello oscuro y corto?” y así era). Diez de las preguntas restantes eran incorrectas (“¿lanza la pelota la niña al niño?” pero no sucedía así). Y las diez restantes tenían información incorrecta que aparecía en el texto con información falsa (“¿comían los niños un aperitivo?”). El orden de las preguntas fue aleatorio y de las cuatro opciones de respuesta, una era la verdadera, dos falsas y la cuarta era un “no lo sé” para evitar la respuesta forzosa.

Para confirmar que los datos de la primera fase se cumplían en esta segunda muestra, se pidió a los niños que dijeran si alguna vez habían vivido una experiencia similar a la del vídeo y que lo valoraran del 0 al 4. En ambos vídeos unas tres cuartas partes de los niños habían tenido una experiencia similar y la valoración media fue por encima de 3 puntos, por lo que se le atribuyó una alta intensidad emocional.

Se encontró que los niños de más edad eran menos maleables en cuanto a sus recuerdos y menos vulnerables a la información falsa que los más pequeños. También se encontró que se mejora el reconocimiento con la edad en el grupo que vio el evento negativo, pero no se encontró el mismo efecto en los que vieron el evento positivo. Además, el dar información falsa produjo más errores, especialmente cuando se trataba de detalles secundarios.

Aunque los datos son muy interesantes y suponen un avance, deben ser tenidos con cuidado en el ámbito forense. Los niños no fueron interrogados con recuerdo libre sino respondiendo a un test, lo que sesga la variedad de respuesta. Además, no había consecuencias de un error ni de una mentira en este experimento al tratarse de casi un juego para ellos y no de un testimonio real en un contexto policial. Por tanto, es aconsejable tomarse las generalizaciones con cuidado.

Efectos de la personalidad, técnicas de interrogación y plausibilidad en un paradigma experimental de confesión falsa. Club de las Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Effects of personality, interrogation techniques and plausibility in an experimental false confession paradigm”, de los autores Jessica R. Klaver, Zina Lee y V. Gordon Rose, de las universidades de Alabama (USA) y Simon Fraser (Canadá), que trata de abordar los factores individuales y situacionales que pueden contribuir a la obtención de confesiones falsas.

Por lo general, una confesión es la prueba más influyente en un juicio. Incluso en casos de juicios simulados, cuando se ha pedido expresamente que no se tengan en cuenta las confesiones, éstas aumentan la tasa de veredictos de culpabilidad. Y es que es una prueba que ha demostrado un impacto más fuerte que incluso el testimonio de testigos.

Ciertamente, la mayoría de sospechosos que confiesan un crimen son culpables y en gran parte de las confesiones hay corroboración. Sin embargo, existen numerosos casos de condenas erróneas resultado de confesiones falsas. Por tanto, debido a gran influencia que tienen las confesiones en el veredicto es importante examinar qué factores pueden estar implicados en la producción de confesiones falsas.

Para este estudio los participantes fueron 219 estudiantes universitarios, en su mayoría mujeres, de unos dieciocho años, y de diverso origen étnico. Se les aplicaron test de sugestionabilidad, obediencia, autoestima y locus de control. También completaron un cuestionario de datos demográficos para indagar sobre la edad, el género, el origen étnico, la fluidez del idioma y el nivel educativo.

Posteriormente se pedía a los participantes que llevaran a cabo una prueba de mecanografía, haciéndoles creer que se estaba midiendo su velocidad. Se diseñaron dos versiones del experimento: alta y baja verosimilitud. En la de alta verosimilitud, a los participantes se les advirtió que no debían tocar la tecla ALT, ya que hacerlo bloquearía el programa y se perderían los datos. El diseño estaba preparado para que cuando pulsaran la tecla Z (muy cercana a ALT) se bloqueara el ordenador. En el diseño de baja verosimilitud, lo que no debían pulsar era la tecla ESC, que está distante de la Z, lo que haría poco plausible que la tocaran por accidente durante el ejercicio. En esta situación también se bloqueaba el ordenador al pulsar la Z en determinado momento.

Luego se dividía a los participantes en dos estrategias diferentes de interrogatorio con la finalidad de hacerles firmar una confesión escrita de que habían pulsado la tecla prohibida. Una de las estrategias consistía en minimizar el acto para normalizarlo, culpando al ordenador en lugar de al participante para darle una sensación de falsa seguridad: “No se preocupe, no fue su culpa. Varias personas lo han pulsado por accidente. La tecla es demasiado sensible y con apenas rozarla se activa. ¿Es eso lo que pasó?”

En la condición de maximizar el acto, el experimentador inducía intimidación y exageraba la gravedad de la presunta transgresión: “Hemos llevado a cabo más de cincuenta ensayos en las últimas tres semanas y es la única vez que se ha bloqueado el ordenador. Ahora no hay manera de recuperar los datos. Usted lo ha pulsado, ¿verdad?”

En todas las condiciones se pedía al participante que firmara una confesión escrita que indicaba: “He pulsado la tecla ALT/ESC y he causado que el equipo se bloquee. Todos los datos se perdieron”. Independientemente de si firmaba, el experimentador explicaba que el ordenador tendría que ser reprogramado para que se pudiera terminar el ensayo y se le pudiera dar el crédito al estudiante y alegaba tener que salir de la habitación para hablar con el supervisor del proyecto. Una vez salía de la habitación entraba otro experimentador que se hacía pasar por otro estudiante y preguntaba al participante qué había ocurrido porque había oído voces fuera. La respuesta del participante se registraba literalmente.

Las dos medidas que se buscaban en el experimento eran la confesión falsa y la internalización de la culpa. La confesión se medía en cuanto a la firma del papel con la confesión, y la internalización en función de la respuesta dada al otro experimentador. Para evitar sesgos sólo se consideraba internalizada la culpa si el participante aceptaba haber pulsado la tecla. Si daba respuestas vagas como “creo que sí”, “no estoy seguro”, “tal vez” o “él dice que he pulsado la tecla” se consideraba que no la había internalizado.

Los resultados muestran que un 43% de los participantes confesaron haberlo hecho aun siendo inocentes y un 10% llegó a internalizar la culpa, es decir, a creerlo de verdad. Además, si se minimizaban los hechos era mucho más probable una confesión y una internalización, y también influyó altamente si los hechos eran plausibles (tecla cercana o alejada). De hecho, ningún participante internalizó la culpa en el caso de la baja plausibilidad, ni siquiera minimizando los hechos. Esto concuerda con otros experimentos que afirman que los eventos pueden ser implantados en la memoria en la medida en la que son plausibles para la persona.

En cuanto a las otras variables, se encontró que había una tendencia mayor a las confesiones en las mujeres pero los datos no llegaron a ser significativos. Tampoco hubo diferencias significativas en cuanto a la etnia ni las variables de personalidad estudiadas. Sin embargo, sí se encontró que las personas más sugestionables eran más propensas a firmar la confesión falsa, aunque curiosamente esta evidencia se cumplía únicamente en los participantes caucásicos.

Es posible que se requieran otros paradigmas para estudiar la influencia del comportamiento en las confesiones falsas, o quizás sean otros rasgos de la personalidad los que han de someterse a estudios. Lo que es seguro es que aún nos queda mucho por averiguar y que, dados estos resultados, debemos tener cautela a la hora de minimizar los hechos en un interrogatorio.

Bajo presión: Mujeres que asumen la culpa de crímenes que no han cometido. Club de las Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, esta semana les proponemos un resumen del artículo “Under pressure: Women who plead guilty to crimes they have not committed”, de la autora Stephen Jones, de la Universidad de Bristol, en el cuál se analiza la posibilidad de que haya factores de género que empujen a las mujeres a confesar crímenes que no han cometido.

Hace trescientos años, las mujeres ardían en la hoguera acusadas por brujería. A día de hoy, no dudamos de que todas ellas eran inocentes inculpadas por la paranoia y el miedo. Pero, ¿sabía que en la mayoría de los casos ellas mismas se declaraban culpables? Y lo hacían a sabiendas de cuál sería su condena por ello alentadas por la presión de sus seres queridos y por consecuencias que traería sobre ellas seguir manteniendo su inocencia. La falsa confesión era la salida fácil a un infierno físico y psicológico.

Aunque esto pueda parecernos algo del pasado, el estudio de Stephen Jones echa un vistazo a las cárceles inglesas para sacar a la luz el testimonio de decenas de mujeres que se declararon a sí mismas culpables de crímenes que no habían cometido. Basándose en estudios anteriores que compartían su hipótesis, llevó a cabo 50 entrevistas semiestructuradas a mujeres condenadas sobre su relación con sus co-acusados para indagar en las causas de su falsa declaración.

Las razones por las que las personas confiesan falsamente son complejas y variadas, pero lo que tienden a tener en común es la creencia de que mentir diciendo que cometieron el crimen en cuestión será más beneficioso que continuar manteniendo su inocencia. Según un estudio de Gudjonsson y Sigurdsson, las tres razones más comunes dadas por todos los prisioneros para hacer falsas confesiones fueron la presión policial, la protección de otra persona y la prevención de la detención policial. Dentro de esas tres razones, las mujeres eran mucho más propensas que los hombres a hacer una falsa confesión para proteger a otra persona. Un estudio posterior de estos mismos autores demostró que la baja autoestima de las mujeres las llevaba a ser más complacientes en las solicitudes hechas por otras personas, especialmente en figuras de autoridad (y sobre todo si son hombres), para evitar conflictos. Esta reacción se vería acentuada en situaciones en las que se sienten impotentes como es el caso de una detención policial.

Al parecer, hay algunas formas de presión para admitir la culpa a las que las mujeres son especialmente sensibles respecto a los hombres:

  • Responsabilidades familiares: Como cuidadora primaria, las mujeres sufren un estrés considerable cuando están separadas de sus familias. La presión de “hacer lo correcto” las podría llevar a confesar si creen que eso sería beneficioso para sus seres queridos, como por ejemplo, consiguiendo una pena menor y así pudiendo salir antes de la cárcel para volver con ellos.
  • Coacción: Algunas mujeres habían sido obligadas a confesar crímenes cometidos por sus parejas bajo amenazas e intimidación por parte de éstas.
  • Deseo de proteger a sus parejas: Aunque no es raro que un hombre confiese un crimen para proteger a su mujer, es significativamente mayor el número de veces que ocurre a la inversa. La idea de brindar protección y permanecer leal a la pareja masculina es un tema recurrente de por qué algunas mujeres confiesan los delitos. Algunos autores defienden que este comportamiento es fruto de una relación codependiente y de la necesidad de anteponer las necesidades de los demás por encima de la suyas.

En vista de estos resultados, el debate se ha centrado en si debía tratarse a las mujeres igual que a los hombres ante la ley o si se debían hacer concesiones para las diferentes necesidades de los dos sexos. La opinión del Ministerio de Justicia para la cuestión es: “La igualdad en este contexto no significa necesariamente que todos deban ser tratados de la misma manera, sino que la política debe promover la igualdad de resultados”.

Se propone como posibles soluciones que las mujeres sean interrogadas por policía femenina, que se advierta al jurado de que el testimonio puede ser poco fiable o que se requieran evidencias adicionales para corroborar la confesión. Sin embargo, se considera que el “trato especial” podría estar infantilizando a las mujeres en el sistema judicial, pero parece la única manera de lograr un trato justo a nivel penal.

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