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Categoría: Psicología Jurídica

No esperarás que me crea eso, ¿no? Club ciencias forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo ““You don’t expect me to believe that, do you?” Expectations influence recall and belief of alibi information”, de la autora Elizabeth A. Olson, de la Universidad de Wisconsin-Whitewater, que aborda cómo la presunción de culpa afecta a la credibilidad y al recuerdo de la coartada.

Seguro que has oído alguna vez acerca de la profecía autocumplida. De manera que cuando esperamos conseguir algo lo acabamos consiguiendo fruto de nuestra propia fe en nosotros mismos, y cuando creemos que vamos a fracasar lo hacemos porque nos autosaboteamos sin darnos cuenta. Las expectativas tienen un gran poder en cómo percibimos el mundo, siendo un importante sesgo. Esa es una de las razones de que en la investigación se utilice el “doble ciego”, que consiste en no saber qué grupo de personas son las de control y cuál el grupo experimental hasta analizar los resultados para que nuestras expectativas no influyan en cómo analizamos los datos o en cómo tratamos a los sujetos.

También podemos encontrar en la práctica el “efecto halo”, que consiste en, a partir de un solo rasgo o característica, formarnos expectativas que nos impiden ver la realidad. Algo muy común cuando nos enamorábamos de la persona más atractiva del instituto. Y es que se ha demostrado que esto nos ocurre también de adultos en entrevistas de trabajo o a la hora de juzgar la inocencia de alguien.

Éste es un problema común en las investigaciones policiales, donde, cuando el entrevistador determina que el entrevistado es culpable, cambia su percepción de él. El problema con esto es que cuando se presume la culpabilidad, se tienden a escuchar y recordar sólo la información que apunta al engaño y la culpa. Simplemente no prestamos atención a los hechos que refutan nuestras suposiciones. No es necesariamente sea intencional, sino que simplemente observamos que los datos confirman nuestra hipótesis.

Para estudiar este fenómeno 285 estudiantes universitarios vieron un vídeo de un joven que relataba lo que había hecho durante unas horas en un día en particular. A algunos de ellos se les dijo que su narrativa era una coartada antes de que vieran el vídeo y a otros se les dijo después. Además, a algunos se les dijo que era culpable mientras que a otros se les dijo que era inocente, y a un tercer grupo no se le dijo nada sobre ese aspecto. Después de ver el video, se pidió a los participantes que escribieran tantos detalles como recordaran. Por último, se les pidió que calificaran la credibilidad del actor sobre su coartada.

Los resultados son coherentes con lo que decíamos de las expectativas: Los participantes a los que se les había dicho que la persona era culpable recordaron menos detalles de la coartada grabada en vídeo, encontraron la excusa menos creíble y vieron al proveedor de la coartada más negativamente que los que no se les había dicho que era culpable.

Sin embargo, es importante matizar que los investigadores acuñaron directamente las etiquetas “culpable” o “inocente”, en lugar de preguntar a los participantes por sus impresiones y dejar que ellos mismos sacaran a la luz sus propios prejuicios. Ya que no es lo mismo medir las expectativas sobre la culpa que el hecho de que sepan que son o no culpables. Pero estos resultados ilustran a la perfección cómo nos condiciona a la hora de juzgar a los demás lo que pensamos de ellos. Quizás también en la investigación policial debería aplicarse de alguna forma el “doble ciego” de la ciencia para evitar este sesgo que trae consecuencias tan graves.

“Él ha dicho qué”: El efecto de los otros y la edad en la memoria. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Other People: A child’s age predicts a source’s effect on memory”, de Rolando N. Carol de la Universidad Auburn en Montgomery (Alabama, EEUU) y Nadja Schreiber Compo de la Universidad Internacional de Florida (EEUU), que aborda cómo influye en el testimonio de los niños y adolescentes la opinión de un adulto o un igual.

“Tu amigo me lo ha contado todo. ¿Es así como pasó?”

Esas simples palabras en un interrogatorio pueden convertir un “no” en un “sí”. Durante décadas, los investigadores han estudiado las diversas técnicas de sugestión que pueden tener lugar durante las entrevistas. Los niños han demostrado ser especialmente sugestionables y uno de los métodos particularmente sencillo es decirle que otra persona (supuestamente) dijo tal cosa para lograr que el niño opine de la misma manera. Este efecto, conocido como “otras personas” (other people en inglés), es un riesgo potencial en las entrevistas dado que contamina la información y sugestiona a los testigos, especialmente cuando se trata de un crimen con testigos múltiples.

A medida que crecen, los niños se van volviendo menos dependientes emocionalmente de los padres y más de los amigos, volviéndose cada vez más vulnerables a la presión de grupo. Es por ello que es lógico pensar que, igual que sus opiniones son volubles a esa influencia también lo serán sus recuerdos, pudiendo ser sugestionados por sus iguales sin darse cuenta. Dado que cualquier niño, sea de la edad que sea, puede ser testigo de un crimen y su palabra puede ser relevante en un caso, es importante saber hasta qué punto pueden llegar a ser sugestionables y por quiénes. Los autores hipotetizaron que, a medida que los niños se hacen mayores, más sugestionables serían a la “opinión de otros” si esos otros eran sus compañeros o amigos.

Los participantes fueron 110 niños de entre 7 y 18 años. Se les organizaba en grupos de entre 12 y 30 al mismo tiempo, junto a 2 ó 3 adultos, para ver un vídeo de diez minutos de duración y una semana después debían contestar a unas preguntas de sí/no. Además, se dividió a los niños en un grupo de control al que no se le daba ningún tipo de información y en otros dos grupos: a un grupo se le decía lo que supuestamente había dicho un compañero suyo y a los otros lo que teóricamente había dicho uno de los adultos. En ambos casos se les hacía creer que la persona de la que se le daba la opinión era uno de los que había visto el vídeo con él aunque no dieran su nombre. De esta manera se podía ver la influencia de “los otros” y también cómo influía la propia edad del niño al que se pretendía manipular. El vídeo era un fragmento de la película Buscando Milagros, de manera que todos serían evaluados sobre el mismo evento, que además tenía un considerable número de detalles en tiempo.

En contra de lo esperado, la opinión de los adultos influía a los niños mucho más que la de sus compañeros, dándole más credibilidad. Además, este efecto se potenciaba cuanto más pequeño era el testigo. Sin embargo, la opinión de los compañeros no fue tan influyente como se esperaba. De hecho, cuanto mayores eran los niños menos les afectaban las opiniones ajenas, independientemente de quién fuera la fuente. Es posible que eso se deba a que no se identificaba cuál de sus amigos o compañeros estaba supuestamente dando la información. En otras investigaciones se ha demostrado en ocasiones los jóvenes tienden a ajustarse a sus pares cuando la información sobre la que discuten es de un ámbito social, pero en cuanto a datos objetivos, como en este caso recordar un vídeo, recurren a los adultos. Es posible que debido a estos dos motivos el “efecto de los otros” respecto a los compañeros no haya surtido efecto.

En conclusión, deben tenerse en cuenta, especialmente en los más jóvenes, las consecuencias del “otras personas han dicho qué”. En momentos de inseguridad, un niño se respaldará en las palabras que nosotros digamos que ha pronunciado un adulto, de manera que estaríamos manipulando su testimonio. Es por este y otros muchos motivos que debe darse una formación muy especializada a los profesionales sobre cómo llevar a cabo los interrogatorios para que sean objetivos y no sugestionen al testigo.

La credibilidad en casos de agresión sexual cuando se es obeso. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The Effects of Obesity Myths on Perceptions of Sexual Assault Victims and Perpetrators’ Credibility”, de los autores Niwako Yamawaki, Christina Riley, Claudia Rasmussen and Mary Cook, de la Universidad Brigham Young, que abordan como afecta la obesidad a la credibilidad en casos de agresión sexual.

Los derechos humanos de las mujeres han mejorado a lo largo de los años. Sin embargo, la violación y la agresión sexual siguen siendo una amenaza común para las mujeres en todo el mundo. En Estados Unidos, aunque los incidentes reportados han disminuido, se estima que una de cada seis mujeres es víctimas de violación cada año. Además, aproximadamente el 64% de las agresiones sexuales no se informa a las autoridades. Por lo tanto, la violación y las agresiones sexuales cometidas contra las mujeres continúan siendo graves preocupaciones sociales y de derechos humanos, ya que siguen siendo altamente infravaloradas independientemente de las recientes disminuciones en la prevalencia.

Pero otra preocupación que merece atención y examen es la subutilización de los recursos apropiados por las víctimas. Se calcula que sólo una de cada cuatro víctimas de agresión sexual o violación recibe ayuda o asesoramiento. Esta subutilización y falta de denuncia puede atribuirse a la victimización secundaria, que se refiere a un proceso en el cual las actitudes y reacciones negativas de los demás hacia las víctimas las disuaden de buscar ayuda. Ocurre tanto en entornos formales (por ejemplo, hospitales o comisarías) como en entornos informales (entre familiares y amigos), se culpa a la víctima, se excusa al agresor y se minimiza el incidente. En consecuencia, la victimización secundaria intensifica los efectos psicológicos negativos sobre las víctimas de violación y de agresión sexual, y este proceso de re-victimización es, de hecho, más severo que el trauma original.

Para entender la victimización secundaria, se han estudiado en diversas investigaciones algunas características relacionadas con las víctimas y los agresores y qué características del observador que pueden influir en las actitudes negativas de un individuo hacia las víctimas de violación. Los investigadores encontraron que algunas características del observador son predictores significativos de las actitudes negativas hacia las víctimas de violación. Por ejemplo, se ha encontrado diferencias raciales (se culpa más a la víctima cuando es de una raza diferente a la de su agresor), sexuales (se culpa más a la víctima cuando es un hombre), sobriedad (se las culpabiliza más si habían tomado alcohol previamente), la relación (si se conocían de antes se culpabiliza menos al agresor por haber “malinterpretado” la relación entre ambos) o la clase social (si el agresor es de clase alta se minimiza el suceso).

Otro factor importante pero a menudo ignorado que puede influir en gran medida las actitudes negativas de un observador hacia las víctimas de violación es la obesidad y ese fue el objetivo de este estudio. Una de cada cinco personas en España tiene obesidad, porcentaje que asciende a una de cada tres en Estados Unidos, no es una población despreciable y menos cuando hay datos de que ser obeso afecta la credibilidad en casos de agresión sexual. Además, este estudio quería demostrar que tener ciertas ideas preconcebidas o mitos sobre la obesidad nos lleva a juzgar más duramente a este colectivo cuando realizan una denuncia de este tipo.

Para este experimento se creo un escenario de violación heterosexual. Una chica, Janet, acusaba a su compañero de estudio de haber abusado de ella mientras estudiaban juntos en el dormitorio de él. Janet afirmaba estar dolida ya que ella protestó y se negó y aun así fue forzada por su amigo. Por el contrario, el chico, Mark, afirmaba que había sido consentido y que de hecho fue Janet la que inició la aproximación sexual, y decía estar sorprendido y dolido por la acusación de su amiga. Esta historia se les presentaba a los ciento sesenta y cinco estudiantes universitarios que participaron de este estudio en el que se les dividía en tres grupos. La diferencia entre los grupos residía en el físico de los personajes: en una Janet era obesa y Mark, no; en otra, era Mark el obeso y no Janet; y en la última lo eran ambos. Posteriormente se pasaba un cuestionario que tomaban tres medidas: atribución de la culpa a las víctimas, una escala de credibilidad sobre los testimonios de ambos y una escala de mitos sobre la obesidad (como, por ejemplo, que los obesos buscan llamar la atención o que no les importa que se aprovechen de ellos).

Los resultados muestran que la obesidad afecta a la credibilidad: La gente veía más creíble la versión del agresor cuando la víctima era obesa y él no, y menos creíble cuando el obeso era él y no ella o cuando eran obesos los dos. En contraste, la credibilidad de la víctima no variaba: no importaba si ella era obesa o no, o si lo era su atacante; lo que varía es la credibilidad que damos al agresor. Sin embargo, sí que se encontró que la obesidad afectaba a la credibilidad de la víctima cuando el observador creía en los mitos sobre la obesidad, pero únicamente cuando la víctima es la obesa y no su agresor. Se especula el porqué de este hallazgo y los investigadores creen que es posible que se deba a que de por si una queja por violación siempre parece menos creíble si no hay violencia o armas y se pone en duda que siendo más corpulenta la víctima no pueda defenderse del agresor. También es posible que se apoyen en mitos como que “nadie se siente atraído por una persona obesa” o “las personas obesas están desesperadas por llamar la atención”, de manera que se toma menos en serio a la víctima e incluso se la culpabiliza, ya no sólo de que la agresión fuera consentida, sino de haber buscado ellas mismas que sucediera. Los hombres resultaron creer esos mitos más que las mujeres.

En muchos casos de agresión sexual no hubo testigos o pruebas fiables para probar el sexo no consensuado, por lo tanto, durante el procesamiento legal, la credibilidad de la presunta víctima y de su agresor se ha convertido en un factor crucial para convencer a los miembros del jurado. Este estudio muestra que la credibilidad se ve afectada por el peso y es importante concienciarnos de que los mitos sobre la obesidad pueden llevarnos a ver menos creíbles ciertas denuncias y no dar el apoyo y la ayuda necesaria a las víctimas.

El orden de los factores altera el producto: El efecto de contraste en la percepción de la gravedad de un delito. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Contrast effect on the perception of the severity of a criminal offence”, de los autores Gabriel Rodríguez y Sara Blanco, de la Universidad del País Vasco, que estudian cómo nuestra percepción de la gravedad de un delito puede verse modulada por la gravedad de otras acciones a las que hemos sido previamente expuestos.

¿Has visto alguna vez la ilusión óptica conocida como el tablero de Adelson? Si no es así seguramente te costará creer que la casilla A y la casilla B son del mismo color. Y, sin embargo, así es. El efecto producido por los colores de alrededor y las sombras engañan a la vista, produciendo una ilusión llamada efecto de contraste, consistente en percibir algo de una manera o de otra en función de lo que lo rodea.

Este peculiar efecto no se encuentra sólo en la vista, afecta a toda nuestra percepción y por tanto, sesga nuestra concepción del mundo y afecta a nuestras decisiones. Pongamos como ejemplo dos jueces. El primero ha estado en audiencias anteriores atendiendo casos muy severos como homicidios y acciones terroristas. El segundo, en cambio, ha estado con casos más leves como multas de tráfico. Si a continuación a ambos se les presentara un caso de una gravedad media, ¿reaccionarían imponiendo la misma condena?

Lo ideal sería poder responder que sí, pero somos humanos y como decíamos antes nuestras decisiones se ven afectadas por nuestros sesgos. Es por ello que los autores de esta investigación creyeron que en estos casos también afectaría el efecto de contraste: la experiencia previa modularía la gravedad con que se vería ese caso, sobreacusándolo el juez que hubiera estado con delitos leves y desdeñándolo el de los delitos graves.

Para demostrarlo contaron con la colaboración de 152 estudiantes universitarios a los que dividieron en dos grupos. Todos los grupos verían cinco actos delictivos contemplados en el código penal junto a la gama de sentencias en meses que se corresponden para cada uno. Uno de los grupos vería cuatro delitos graves (como por ejemplo homicidio o prostitución de menores) y el otro cuatro delitos leves (como amenazar o cometer una infracción al volante). El quinto delito sería de gravedad media y sería el mismo para ambos: robo con violencia.

Los participantes simplemente debían asignar la pena que ellos creían adecuada para cada delito dentro del rango que dictaba la ley. Tal como se esperaba, aquellos que estuvieron viendo delitos graves tuvieron tendencia a aplicar las sentencias más leves al robo, mientras que los que vieron los delitos leves aplicaron las más severas. Lo cual nos da evidencia de que la experiencia previa se convierte en marco cognitivo para interpretar la información venidera, con las consecuencias que eso pueda tener como sesgo en nuestras decisiones.

En definitiva, una persona recibiría una condena diferente según la experiencia previa del juez, lo cual supone una injusticia. Sabiendo que este sesgo existe debería buscarse la manera de proteger a los acusados de una sentencia exagerada o reblandecida por motivos ajenos a ellos, en lugar de esperar que la suerte juegue a su favor.

La entrevista estratégica para detectar el engaño. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Strategic Interviewing to Detect Deception: Cues to Deception across Repeated Interviews”, de los autores Jaume Masip, Iris Blandón-Gitlin, Carmen Martínez, Carmen Herrero y Izaskun Ibabe, en un estudio conjunto de la Universidad de Salamanca, la Universidad Estatal de California y la Universidad del País Vasco, que trata de cómo discernir la verdad de la mentira con un procedimiento original durante un interrogatorio.

La detección del engaño es extremadamente difícil. Las personas apenas pueden distinguir una mentira por encima de la probabilidad de azar, y por ahora, los profesionales son apenas un poco más precisos en la detección. Es por ello que es importante seguir estudiando este campo y hallar nuevas conductas que discriminen a los mentirosos de los veraces.

Esta investigación recicla la idea de que los mentiros son tan consistentes en sus respuestas como los sinceros porque siguen una “estrategia de repetición” en las entrevistas. Por ello, el objetivo de este experimento fue diseñar un procedimiento que eludiera esa estrategia haciendo que no supieran que iban a ser entrevistados una segunda vez y presionando a los sospechosos para obtener una respuesta rápida, sin darles tiempo a forzar la memoria o desarrollar una mentira.

Los participantes fueron 48 estudiantes, con una edad media de 20 años, repartidos en 15 mujeres y 9 hombres en cada uno de los dos grupos experimentales (inocentes y culpables). Para motivarles con el interrogatorio, se les incentivó diciendo que los declarados culpables deberían escribir una redacción sobre una asignatura que detestaran.

Para este experimento, los participantes asignados en el rol de culpables cometían un falso crimen, y los inocentes realizaban unas tareas a petición del experimentador como ver un pequeño documental o jugar al tetris. A ambos grupos se les informaba de que se les consideraba sospechosos de un crimen y serían entrevistados, y su máxima debía ser convencer al entrevistador de que eran inocentes. Por tanto, los inocentes sólo debían ser sinceros, mientras que los culpables debían mentir, fingiendo que habían realizado las mismas tareas que los inocentes. La entrevista tenía lugar ese mismo día, pero después de que a los culpables se les diera toda la información que requirieran sobre las actividades sobre las que debían mentir. En la entrevista ambos grupos recibían las mismas preguntas y tenían las siguientes características:

  1. Se centraba en la coartada (las tareas de los inocentes), no en el delito. Lo normal es que en un interrogatorio la policía tiene una información limitada sobre el crimen pero es fácil obtener información sobre las coartadas. Por ejemplo, si un detenido afirma que estuvo viendo un programa de televisión a cierta hora, sería una buena técnica ver el programa e interrogarle con preguntas muy específicas acerca de él para comprobar si realmente lo ha visto.
  2. Se les hicieron preguntas centrales y periféricas. Los datos centrales serían los esenciales, los que no pueden cambiarse sin alterar la historia. Mientras que los periféricos son irrelevantes, detalles añadidos. Sin embargo, a la hora de interrogar, lo más probable es que los culpables tengan muchos datos centrales (qué, dónde y cómo), ya que han podido preguntar al respecto a los experimentadores, pero apenas tendrán información periférica, mientras que los inocentes tendrán de ambos tipos ya que realmente vivieron la experiencia.
  3. Las preguntas se centraron en los detalles muy específicos. ¿De qué color era la puerta? Por muy bien que hubieran preparado su coartada, una sola palabra podía contestar correctamente esa pregunta.
  4. Se pidió a los entrevistados que respondieran lo más rápido posible. La velocidad de respuesta es algo cognitivamente exigente para los mentirosos ya que, por una parte, la información no está codificada de la misma forma en la memoria largo plazo al ser inventada y requiere más tiempo, y por otra parte, si no la recuerdan necesitan inventar algo coherente para decir en su lugar, lo que también requiere tiempo.
  5. La clave fundamental era que la entrevista se repetiría una semana después y sin previo aviso.

La primera hipótesis a contrastar sería que los culpables solicitarían información central a los experimentadores para prepararse para el interrogatorio, pero no periférica. La segunda sería que los culpables contestarían menos preguntas correctamente que los inocentes en ambas entrevistas, debido a la información incompleta que poseían. Efecto que se vería con más fuerza en las preguntas periféricas (tercera hipótesis). Además, dado que ocurriría una semana entre ambas entrevistas, tendría lugar una degradación en el recuerdo y éste ocurriría con más fuerza en los culpables por no recordar vivencias sino palabras, por lo que al repetir las preguntas encontraríamos más incongruencias entre ambas entrevistas que en los inocentes (cuarta hipótesis) y esto ocurriría también con más fuerza en los detalles periféricos (hipótesis cinco). Por otro lado, al obligar a responder rápido sería más probable que se recurriera a respuestas evasivas por la incapacidad para improvisar una mentira o no recordar los datos, así que sexta hipótesis era que los mentirosos darían más respuestas evasivas, y la séptima hipótesis, que las darían particularmente en las preguntas sobre datos periféricos.

En los resultados se encontró que, efectivamente, los culpables se centraron en la información principal y obviaron la periférica. Además contestaron menos preguntas correctamente que los inocentes. Sin embargo, no pudo probarse la distinción entre información central y periférica respecto a la memoria. Quizás porque la información que solicitaron fue demasiado escasa o porque estuvo mal codificada y no pudieron recordarla una semana después. Por otro lado, la coherencia, es decir, mantener la misma versión todo el tiempo, era un indicador válido de la verdad, del mismo modo que las respuestas fueron un indicador de las mentiras. Sin embargo, no sólo fueron más evasivos en los datos periféricos, sino también en los centrales. Y al contrario ocurrió con la coherencia, donde no se encontraron resultados diferentes entre los dos tipos de información.

En conclusión, este estudio nos aporta unas interesantes estrategias para detectar la mentira, pero es importante replicarlo en situaciones reales para darle mayor validez externa. Además, debe tenerse en cuenta que no hay criterios inequívocos para la detección de la mentira. Una respuesta errónea, incongruente o evasiva puede deberse también a un bajo cociente intelectual, personas altamente sugestionables, ansiedad o déficit de memoria. Sin embargo, los datos son muy prometedores y pueden ser una herramienta muy útil en el futuro.

Diferencias del desarrollo en la niñez intermedia en la memoria y la sugestión para eventos negativos y positivos. Club de las Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Developmental Differences across Middle Childhood in Memory and Suggestibility for Negative and Positive Events”, de los autores Pedro M. Paz-Alonso y Gail S. Goodman, en un estudio conjunto de la Universidad de California y el Centro de Cognición, Cerebro y Lenguaje de Gipuzkoa, que estudia las diferencias en la memoria de los niños para eventos positivos y negativos según su franja de edad.

Una niña dice una mentira, pongamos que por un enfado propio de su edad. La niña acusa a un adulto de haber hecho algo que no debía con ella. Otros adultos lo oyen, se escandalizan y, a falta de un interrogatorio correctamente realizado, la niña es sugestionada y acaba creyendo su propia mentira. Y con esto, tanto la vida del hombre como de la niña quedan destrozadas.

El argumento de La Caza de Thomas Vinterberg podría ser fácilmente una historia basada en hechos reales. En el ámbito jurídico, el testimonio de los niños en ocasiones es necesario y si bien todos somos vulnerables de caer en las falsas memorias, es importante recordar que la mente de los niños es especialmente manipulable. Es por ello que es importante el estudio de los interrogatorios a menores para tener siempre la mayor confianza posible de que estamos acusando o defendiendo a alguien bajo un testimonio verídico.

Además, en gran medida, los experimentos sobre testimonios de niños se han basado en la memoria de estímulos neutros. Aunque también es posible que se necesite declarar sobre casos así, es más probable que el testimonio requerido sea en torno a un acontecimiento con carga emocional. Por ello, este estudio trata de evaluar la memoria de los niños de distintas edades sobre elementos con carga emocional.

El experimento tuvo dos fases. En la primera, se examinaron a 216 niños de 8 a 12 años sobre la intensidad de experiencias negativas y positivas. En primer lugar, se les pedía que dijeran hasta cuatro eventos positivos y otros cuatro negativos que les hubiera ocurrido en el último año. Después se les pedía que valoraran la intensidad de esos eventos de 0 (nada intensa) a 4 (muy intensa). Codificando juntos los eventos similares (por ejemplo, “mi décimo cumpleaños” y “mi fiesta de cumpleaños”) se juntaron un total de 37 eventos negativos y 40 positivos. La experiencia negativa más común fue “accidente/enfermedad”, mientras que la positiva fue “excursión/viaje con los padres”, por lo que se escogieron esas dos categorías para la siguiente fase.

En la segunda fase se utilizaron a otros 227 niños diferentes de los de la fase anterior de la misma franja de edad y se les clasificó en niños de 8 y 9 años por un lado, y niños de 10 a 12 por otro. Para esta fase se diseñaron dos vídeos basándose en los resultados de la primera fase, con una duración de 3 minutos y 40 segundos. Ambos vídeos mostraban una excursión familiar al campo pero tenían 30 segundos de metraje diferente: en uno, el niño se caía y lloraba en el suelo por las heridas de sus brazos y rodillas (evento negativo); en el otro, el niño jugaba con su padre (evento positivo). También se crearon dos textos diferentes para acompañar al vídeo: en uno de ellos se añadían detalles falsos que no aparecían en el vídeo y en el otro sólo había información verídica. Por lo tanto, dentro de cada uno de los dos grupos de edades se asignó a los niños a una de las cuatro condiciones experimentales: mal informados-evento negativo, mal informados-evento positivo, bien informados-evento negativo y bien informados-evento positivo.

Posteriormente se pasaba a los niños un cuestionario con 40 preguntas de respuesta múltiple para evaluar la memoria sobre el evento. La mitad de las preguntas eran correctas (por ejemplo, “¿el padre tenía el cabello oscuro y corto?” y así era). Diez de las preguntas restantes eran incorrectas (“¿lanza la pelota la niña al niño?” pero no sucedía así). Y las diez restantes tenían información incorrecta que aparecía en el texto con información falsa (“¿comían los niños un aperitivo?”). El orden de las preguntas fue aleatorio y de las cuatro opciones de respuesta, una era la verdadera, dos falsas y la cuarta era un “no lo sé” para evitar la respuesta forzosa.

Para confirmar que los datos de la primera fase se cumplían en esta segunda muestra, se pidió a los niños que dijeran si alguna vez habían vivido una experiencia similar a la del vídeo y que lo valoraran del 0 al 4. En ambos vídeos unas tres cuartas partes de los niños habían tenido una experiencia similar y la valoración media fue por encima de 3 puntos, por lo que se le atribuyó una alta intensidad emocional.

Se encontró que los niños de más edad eran menos maleables en cuanto a sus recuerdos y menos vulnerables a la información falsa que los más pequeños. También se encontró que se mejora el reconocimiento con la edad en el grupo que vio el evento negativo, pero no se encontró el mismo efecto en los que vieron el evento positivo. Además, el dar información falsa produjo más errores, especialmente cuando se trataba de detalles secundarios.

Aunque los datos son muy interesantes y suponen un avance, deben ser tenidos con cuidado en el ámbito forense. Los niños no fueron interrogados con recuerdo libre sino respondiendo a un test, lo que sesga la variedad de respuesta. Además, no había consecuencias de un error ni de una mentira en este experimento al tratarse de casi un juego para ellos y no de un testimonio real en un contexto policial. Por tanto, es aconsejable tomarse las generalizaciones con cuidado.

Efectos de la personalidad, técnicas de interrogación y plausibilidad en un paradigma experimental de confesión falsa. Club de las Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Effects of personality, interrogation techniques and plausibility in an experimental false confession paradigm”, de los autores Jessica R. Klaver, Zina Lee y V. Gordon Rose, de las universidades de Alabama (USA) y Simon Fraser (Canadá), que trata de abordar los factores individuales y situacionales que pueden contribuir a la obtención de confesiones falsas.

Por lo general, una confesión es la prueba más influyente en un juicio. Incluso en casos de juicios simulados, cuando se ha pedido expresamente que no se tengan en cuenta las confesiones, éstas aumentan la tasa de veredictos de culpabilidad. Y es que es una prueba que ha demostrado un impacto más fuerte que incluso el testimonio de testigos.

Ciertamente, la mayoría de sospechosos que confiesan un crimen son culpables y en gran parte de las confesiones hay corroboración. Sin embargo, existen numerosos casos de condenas erróneas resultado de confesiones falsas. Por tanto, debido a gran influencia que tienen las confesiones en el veredicto es importante examinar qué factores pueden estar implicados en la producción de confesiones falsas.

Para este estudio los participantes fueron 219 estudiantes universitarios, en su mayoría mujeres, de unos dieciocho años, y de diverso origen étnico. Se les aplicaron test de sugestionabilidad, obediencia, autoestima y locus de control. También completaron un cuestionario de datos demográficos para indagar sobre la edad, el género, el origen étnico, la fluidez del idioma y el nivel educativo.

Posteriormente se pedía a los participantes que llevaran a cabo una prueba de mecanografía, haciéndoles creer que se estaba midiendo su velocidad. Se diseñaron dos versiones del experimento: alta y baja verosimilitud. En la de alta verosimilitud, a los participantes se les advirtió que no debían tocar la tecla ALT, ya que hacerlo bloquearía el programa y se perderían los datos. El diseño estaba preparado para que cuando pulsaran la tecla Z (muy cercana a ALT) se bloqueara el ordenador. En el diseño de baja verosimilitud, lo que no debían pulsar era la tecla ESC, que está distante de la Z, lo que haría poco plausible que la tocaran por accidente durante el ejercicio. En esta situación también se bloqueaba el ordenador al pulsar la Z en determinado momento.

Luego se dividía a los participantes en dos estrategias diferentes de interrogatorio con la finalidad de hacerles firmar una confesión escrita de que habían pulsado la tecla prohibida. Una de las estrategias consistía en minimizar el acto para normalizarlo, culpando al ordenador en lugar de al participante para darle una sensación de falsa seguridad: “No se preocupe, no fue su culpa. Varias personas lo han pulsado por accidente. La tecla es demasiado sensible y con apenas rozarla se activa. ¿Es eso lo que pasó?”

En la condición de maximizar el acto, el experimentador inducía intimidación y exageraba la gravedad de la presunta transgresión: “Hemos llevado a cabo más de cincuenta ensayos en las últimas tres semanas y es la única vez que se ha bloqueado el ordenador. Ahora no hay manera de recuperar los datos. Usted lo ha pulsado, ¿verdad?”

En todas las condiciones se pedía al participante que firmara una confesión escrita que indicaba: “He pulsado la tecla ALT/ESC y he causado que el equipo se bloquee. Todos los datos se perdieron”. Independientemente de si firmaba, el experimentador explicaba que el ordenador tendría que ser reprogramado para que se pudiera terminar el ensayo y se le pudiera dar el crédito al estudiante y alegaba tener que salir de la habitación para hablar con el supervisor del proyecto. Una vez salía de la habitación entraba otro experimentador que se hacía pasar por otro estudiante y preguntaba al participante qué había ocurrido porque había oído voces fuera. La respuesta del participante se registraba literalmente.

Las dos medidas que se buscaban en el experimento eran la confesión falsa y la internalización de la culpa. La confesión se medía en cuanto a la firma del papel con la confesión, y la internalización en función de la respuesta dada al otro experimentador. Para evitar sesgos sólo se consideraba internalizada la culpa si el participante aceptaba haber pulsado la tecla. Si daba respuestas vagas como “creo que sí”, “no estoy seguro”, “tal vez” o “él dice que he pulsado la tecla” se consideraba que no la había internalizado.

Los resultados muestran que un 43% de los participantes confesaron haberlo hecho aun siendo inocentes y un 10% llegó a internalizar la culpa, es decir, a creerlo de verdad. Además, si se minimizaban los hechos era mucho más probable una confesión y una internalización, y también influyó altamente si los hechos eran plausibles (tecla cercana o alejada). De hecho, ningún participante internalizó la culpa en el caso de la baja plausibilidad, ni siquiera minimizando los hechos. Esto concuerda con otros experimentos que afirman que los eventos pueden ser implantados en la memoria en la medida en la que son plausibles para la persona.

En cuanto a las otras variables, se encontró que había una tendencia mayor a las confesiones en las mujeres pero los datos no llegaron a ser significativos. Tampoco hubo diferencias significativas en cuanto a la etnia ni las variables de personalidad estudiadas. Sin embargo, sí se encontró que las personas más sugestionables eran más propensas a firmar la confesión falsa, aunque curiosamente esta evidencia se cumplía únicamente en los participantes caucásicos.

Es posible que se requieran otros paradigmas para estudiar la influencia del comportamiento en las confesiones falsas, o quizás sean otros rasgos de la personalidad los que han de someterse a estudios. Lo que es seguro es que aún nos queda mucho por averiguar y que, dados estos resultados, debemos tener cautela a la hora de minimizar los hechos en un interrogatorio.

Bajo presión: Mujeres que asumen la culpa de crímenes que no han cometido. Club de las Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, esta semana les proponemos un resumen del artículo “Under pressure: Women who plead guilty to crimes they have not committed”, de la autora Stephen Jones, de la Universidad de Bristol, en el cuál se analiza la posibilidad de que haya factores de género que empujen a las mujeres a confesar crímenes que no han cometido.

Hace trescientos años, las mujeres ardían en la hoguera acusadas por brujería. A día de hoy, no dudamos de que todas ellas eran inocentes inculpadas por la paranoia y el miedo. Pero, ¿sabía que en la mayoría de los casos ellas mismas se declaraban culpables? Y lo hacían a sabiendas de cuál sería su condena por ello alentadas por la presión de sus seres queridos y por consecuencias que traería sobre ellas seguir manteniendo su inocencia. La falsa confesión era la salida fácil a un infierno físico y psicológico.

Aunque esto pueda parecernos algo del pasado, el estudio de Stephen Jones echa un vistazo a las cárceles inglesas para sacar a la luz el testimonio de decenas de mujeres que se declararon a sí mismas culpables de crímenes que no habían cometido. Basándose en estudios anteriores que compartían su hipótesis, llevó a cabo 50 entrevistas semiestructuradas a mujeres condenadas sobre su relación con sus co-acusados para indagar en las causas de su falsa declaración.

Las razones por las que las personas confiesan falsamente son complejas y variadas, pero lo que tienden a tener en común es la creencia de que mentir diciendo que cometieron el crimen en cuestión será más beneficioso que continuar manteniendo su inocencia. Según un estudio de Gudjonsson y Sigurdsson, las tres razones más comunes dadas por todos los prisioneros para hacer falsas confesiones fueron la presión policial, la protección de otra persona y la prevención de la detención policial. Dentro de esas tres razones, las mujeres eran mucho más propensas que los hombres a hacer una falsa confesión para proteger a otra persona. Un estudio posterior de estos mismos autores demostró que la baja autoestima de las mujeres las llevaba a ser más complacientes en las solicitudes hechas por otras personas, especialmente en figuras de autoridad (y sobre todo si son hombres), para evitar conflictos. Esta reacción se vería acentuada en situaciones en las que se sienten impotentes como es el caso de una detención policial.

Al parecer, hay algunas formas de presión para admitir la culpa a las que las mujeres son especialmente sensibles respecto a los hombres:

  • Responsabilidades familiares: Como cuidadora primaria, las mujeres sufren un estrés considerable cuando están separadas de sus familias. La presión de “hacer lo correcto” las podría llevar a confesar si creen que eso sería beneficioso para sus seres queridos, como por ejemplo, consiguiendo una pena menor y así pudiendo salir antes de la cárcel para volver con ellos.
  • Coacción: Algunas mujeres habían sido obligadas a confesar crímenes cometidos por sus parejas bajo amenazas e intimidación por parte de éstas.
  • Deseo de proteger a sus parejas: Aunque no es raro que un hombre confiese un crimen para proteger a su mujer, es significativamente mayor el número de veces que ocurre a la inversa. La idea de brindar protección y permanecer leal a la pareja masculina es un tema recurrente de por qué algunas mujeres confiesan los delitos. Algunos autores defienden que este comportamiento es fruto de una relación codependiente y de la necesidad de anteponer las necesidades de los demás por encima de la suyas.

En vista de estos resultados, el debate se ha centrado en si debía tratarse a las mujeres igual que a los hombres ante la ley o si se debían hacer concesiones para las diferentes necesidades de los dos sexos. La opinión del Ministerio de Justicia para la cuestión es: “La igualdad en este contexto no significa necesariamente que todos deban ser tratados de la misma manera, sino que la política debe promover la igualdad de resultados”.

Se propone como posibles soluciones que las mujeres sean interrogadas por policía femenina, que se advierta al jurado de que el testimonio puede ser poco fiable o que se requieran evidencias adicionales para corroborar la confesión. Sin embargo, se considera que el “trato especial” podría estar infantilizando a las mujeres en el sistema judicial, pero parece la única manera de lograr un trato justo a nivel penal.

¿Cómo distinguir la verdad en los testimonios infantiles? Club Ciencias Forenses.

¿Cómo distinguir la verdad en los testimonios infantiles? Club Ciencias Forenses.

¿Cómo distinguir la verdad en los testimonios infantiles? Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, esta semana les sugerimos un resumen del artículo “¿Está la verdad en sus palabras? Distinguiendo la declaraciones veraces y engañosas de los niños”, de los autores Shanna Mary Williams y Victoria Talwar de la Universidad McGill (Canadá), R. C. L. Lindsay y Nicholas Bala de la Universidad de Queen (Canadá) y Kang Lee de la Universidad de Toronto (Canadá), que trata sobre el testimonio de los niños.

En las últimas décadas, se ha incrementado el número de niños que deben testificar en los tribunales, lo que ha llevado a un mayor interés en investigar la fiabilidad y la credibilidad de los testigos infantiles. Puesto que los niños pueden ser entrenados para contar historias falsas, es necesario analizar métodos fiables para que los adultos puedan distinguir con precisión entre las declaraciones veraces y engañosas de los niños. El objetivo del presente estudio es analizar la eficacia de un software, el Buscador Lingüístico y Contador de Palabras, en inglés Linguistic Inquiry Word Count (LIWC), para distinguir entre las narraciones inventadas y veraces de los niños. Además, el análisis computarizado de testimonios de niños se comparó con el análisis computarizado de testimonios de adultos. Los niños empiezan a contar mentiras alrededor de los 3 años de edad. Sin embargo, con el fin de tener éxito y para evitar la detección, los niños deben aprender a controlar su comportamiento expresivo no verbal. Incluso los niños en edad preescolar son capaces de controlar su comportamiento no verbal para parecer sinceros, y esta capacidad mejora con la edad. Además de controlar la conducta expresiva no verbal, el buen mentiroso debe asimismo controlar sus manifestaciones verbales con el fin de evitar inconsistencias en sus falsas declaraciones. Se ha demostrado que la habilidad de los niños para mantener sus mentiras y evitar la detección se incrementa con la edad. A medida que los niños crecen, su habilidad para elaborar mentiras y mantener la coherencia en sus declaraciones falsas aumenta. Cuando testifican en un juicio, los niños suelen tener que proporcionar muchos detalles acerca de los hechos. Por lo tanto, en términos de relevancia forense, es más importante investigar las habilidades del niño para elaborar narraciones libres verídicas e inventadas sobre los hechos.

Puesto que en general los adultos son incapaces de reconocer las técnicas de engaño de los niños, se han desarrollado métodos más sistemáticos de análisis del engaño, como el Reality Monitoring (RM) o el Análisis de Contenido Basado en Criterios (CBCA). El Análisis de Contenido Basado en Criterios examina las declaraciones en base a 19 criterios (por ejemplo: estructura lógica y correcciones espontáneas) y la presencia de cada criterio en una declaración aumenta la probabilidad de que sea veraz. Este procedimiento logra calificar correctamente relatos veraces en un 65%-90% de las veces. El Reality Monitoring (RM) también se ha desarrollado en un intento de calificar correctamente verdades y mentiras, con algunos estudios que demuestran ser más eficaz que el CBCA. El RM se basa en el principio de que las declaraciones veraces contienen más información sensorial, contextual, y temporal, mientras que los relatos falsos contienen más referencias a mecanismos cognitivos. Mediante el uso de esta técnica, se puede calificar correctamente la veracidad de las declaraciones en un 64%-85%. A pesar de que estos dos métodos han sido utilizados con éxito para detectar relatos veraces, inducidos y falsos, existen algunas limitaciones para el uso de estas técnicas con niños pequeños. En general, tanto el RM como el CBCA se pueden utilizar para discriminar declaraciones veraces y falsas cuando son largas. Sin embargo, ambos métodos requieren instrucción. Para solucionar esto, los investigadores han logrado desarrollar un software para analizar la veracidad de las declaraciones de adultos. Uno de ellos es el Buscador Lingüístico y Contador de Palabras (LIWC). Este programa detecta los patrones semánticos del lenguaje mediante el análisis de texto y el cálculo de la frecuencia de las palabras empleadas en relación al recuento total.

El programa LIWC permite analizar el contenido de una declaración en base a una narración escrita. El LIWC analiza las palabras de un relato y las compara con más de 2.000 palabras de un diccionario almacenado. Gracias a este diccionario, se ha descubierto que las declaraciones falsas se caracterizan por contener menos pronombres en primera persona del singular (yo, mi, mio), menos pronombres en tercera persona (él, ella, ellos), más palabras negativas (odio, ira, enemigo), menos palabras excluyentes (pero, excepto, sin), y más verbos de movimiento (caminar, moverse, ir). Se ha planteado que este patrón lingüístico disminuye la carga cognitiva, permitiendo al mentiroso mantener la consistencia y alejarse de la mentira. El engaño requiere más carga cognitiva y mayores habilidades de procesamiento que decir la verdad. Dadas las diferencias de desarrollo en el comportamiento engañoso de los niños y sus habilidades cognitivas y lingüísticas con los adultos, no está claro si los marcadores lingüísticos del LIWC discriminarán los relatos veraces e inventados de los niños. El estudio analizó narraciones veraces e inventadas tanto de niños (4 a 7 años) como de adultos (18 a 25 años) mediante el LIWC para detectar las diferencias en los patrones lingüísticos de los relatos. Se examinaron relatos más extensos de niños obtenidos de testimonios en simulacros de juicio. Niños y adultos testificaron sobre los detalles de un hecho realmente experimentado o un evento que nunca habían vivido realmente. Junto con el análisis de veracidad proporcionado por el LIWC, se examinaron asimismo las habilidades “intuitivas” de adultos no expertos en la detección de relatos verdaderos e inventados de niños y adultos. A continuación, se compararon las opiniones proporcionadas por los adultos no expertos con las tasas de engaño obtenidos a través del análisis del LIWC.

Los hallazgos del estudio revelan diferencias lingüísticas significativas entre los relatos veraces y falsos, así como entre los diferentes grupos de edad dentro de la muestra. En cuanto a las diferencias entre las declaraciones veraces e inventadas, en su conjunto los resultados son consistentes con investigaciones previas, lo que sugiere que con la edad la habilidad de los niños para mantener sus mentiras mejora. Lo que en general sugiere que los marcadores verbales de engaño de los niños pueden ser resultado de sus intentos por disminuir la carga cognitiva y el efecto de la edad (la elaboración de relatos inventados mejora con la edad). Además, en comparación con los adultos, los niños pueden utilizar estrategias diferentes cuando elaboran las declaraciones inventadas y estas pueden cambiar durante el desarrollo. Los resultados avalan igualmente el uso del programa LIWC en la generación de marcadores lingüísticos para determinar la veracidad de las declaraciones de los niños. El uso del LIWC puede ser un método de evaluación más eficaz que otros métodos de análisis (por ejemplo: el RM) ya que este permite un examen más rápido de las declaraciones y una mayor objetividad. El LIWC puede ser una técnica viable alternativa para calificar las declaraciones veraces e inventadas. No obstante, existen algunas limitaciones en este estudio. En primer lugar, el desarrollo del lenguaje en los niños no se evaluó adecuadamente. En futuros estudios se debería proporcionar un análisis de las habilidades verbales de los niños como una posible covariable. Una cuestión particularmente importante será determinar la edad en la que los efectos del patrón observado en los niños cambia al de los adultos. Para apoyar aún más este hallazgo, debería llevarse a cabo un estudio complementario con una muestra de mayor tamaño. Las futuras investigaciones deberían asimismo comparar y medir directamente la precisión del método LIWC con otros enfoques analizados en este trabajo (CBCA y RM). La habilidad para detectar eficazmente las declaraciones engañosas de los niños tiene posibles implicaciones para los profesionales del sistema judicial (policías, abogados, trabajadores sociales, y jueces). A medida que los niños son, cada vez más, llamados a declarar en juicio, es importante determinar los métodos eficaces para analizar sus declaraciones. Este estudio es el primero que ofrece un análisis de los relatos de los niños empleando este software. El LIWC discrimina eficazmente las declaraciones veraces e inventadas de los niños. No obstante, una investigación y replicación adicional serían necesarias para valorar su utilidad en otras situaciones y edades. El estudio proporciona un punto de partida para el desarrollo de softwares de análisis lingüístico que pueden ser utilizados para determinar la veracidad de las declaraciones de niños.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club de Ciencias Forenses

Traducción y edición: Leticia Moreno

Percepción de las pruebas forenses presentadas en juicio por los miembros del Jurado. Club Ciencias Forenses.

Percepción de las pruebas forenses presentadas en juicio por los miembros del Jurado. Club Ciencias Forenses.

Percepción de las pruebas forenses presentadas en juicio por los miembros del Jurado. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, esta vez les presentamos un resumen del artículo “Comprensión de la apreciación de las evidencias forenses por los miembros del Jurado: Investigación sobre el impacto del contexto del caso en la estimación de la solidez de las evidencias forenses“, de los autores Lisa L. Smith, Ray Bull y Robyn Holliday de la Universidad de Leicester (UK), que trata sobre las percepciones que tienen de los miembros de un jurado sobre las evidencias presentadas en un juicio.

En las últimas décadas, los tribunales han visto un asombroso incremento en la aplicación de técnicas científicas. Las actuales técnicas de las ciencias forenses son capaces de recuperar y analizar una amplia gama de materiales (por ejemplo: vidrio, fibras, pintura, residuos de pólvora) y pueden utilizarse para establecer la conexión entre una causa y un acto criminal o la escena de un delito. Aunque estos métodos de detección extremadamente sensibles pueden ser muy beneficiosos para la investigación criminal, la interpretación de tales evidencias requiere explicaciones alternativas de la presencia de pequeñas trazas de material. La función del Jurado es la interpretación contextual final de las evidencias forenses presentadas en juicio; por lo tanto, es fundamental entender de que manera los miembros del jurado perciben y evalúan esas evidencias ante los avances tecnológicos en las técnicas de análisis de evidencias ya que estos han aportado una mayor ambigüedad en la interpretación del valor probatorio. La compleja información que se presenta a los miembros del jurado en un juicio es inevitablemente asimilada en base a las creencias previas y conocimiento de cada miembro acerca de las ciencias forenses y del Sistema de Justicia Penal en general.

El modelo de toma de decisiones del jurado más ampliamente aceptado es el modelo del relato, que propone que los miembros del jurado organizan la información presentada durante un juicio en representaciones narrativas que luego utilizan para evaluar las pruebas y, finalmente, llegar a un veredicto. La construcción narrativa de los acontecimientos presentados en el juicio se basa tanto en las evidencias relacionadas con los hechos y los sujetos involucrados como en los conocimientos generales acerca de situaciones similares enjuiciadas por el jurado. Schoemaker describe el proceso del modelo del relato como un medio “para conectar los nuevos estímulos con los modelos mentales en nuestras cabezas”. Esta incorporación de nuevos estímulos (las evidencias) en los modelos mentales existentes puede ayudar a los miembros del jurado a dar sentido a una gran cantidad de información que suele ser bastante ambigua. Sin embargo, esta dependencia de los modelos mentales también puede conducir a un razonamiento y una toma de decisiones poco óptimos. Los miembros del jurado pueden llegar a depender excesivamente de estos esquemas, y esto puede dar lugar a una resistencia a cambiar la narración en base a evidencias que no encajan en el esquema preferente. El enfoque de la actual investigación ha sido el uso de modelos teóricos de probabilidad para determinar la comprensión del jurado de la estadística del testimonio que a menudo acompaña a este tipo de pruebas. Los modelos de la teoría de la probabilidad son, según algunos investigadores, especialmente útiles para evaluar la toma de decisiones del jurado, en particular en los casos en que se les presentan pruebas estadísticas o probabilísticas en forma de testimonio de testigos expertos. Generalmente, la evidencia es asociativa por su naturaleza (también conocida como prueba de identificación), es decir que puede coincidir con una muestra comparativa del acusado o de otra persona relevante para el caso. Así pues, un jurado se enfrenta tanto a pruebas físicas como a testimonios de expertos que aportan probabilidades relevantes con el fin de colaborar con el análisis del valor probatorio de las pruebas. Uno de los enfoques de la bibliografía de investigación es el teorema de Bayes, utilizado como cálculo normativo para comparar tomas de decisiones de jurados simulados relativas a la probabilidad de culpabilidad de un sospechoso. El objetivo de estos estudios es investigar el peso relativo asignado por los miembros del jurado a los distintos elementos de prueba, y el posterior impacto que esto tiene en la percepción definitiva de la culpabilidad del sospechoso. Este enfoque acerca de la interpretación probabilística de la información proporciona una explicación acerca de una posible fuente de error de los jurados al evaluar pruebas forenses. Otra potencial fuente de error que no se aborda en anteriores investigaciones, es la medida en que los miembros del jurado comprenden el valor probatorio de los distintos tipos de pruebas materiales.

El valor probatorio de las pruebas forenses se determina en base a varias características de las pruebas en el contexto de una escena del crimen en particular. La ubicación, la orientación, la singularidad y la movilidad son factores que pueden contribuir al posible valor probatorio de las pruebas. Los dos estudios presentados en este trabajo utilizan variaciones sistemáticas en dos características de la evidencia, la movilidad, y la relevancia, para cuantificar el valor probatorio de los distintos tipos de pruebas forenses. Al definir el valor probatorio en base a estos dos factores, es posible determinar si estos aspectos de las pruebas son considerados por los potenciales miembros del jurado cuando se toman decisiones sobre el valor probatorio. En el primer estudio, los potenciales jurados evaluaron la solidez de la evidencia forense en ausencia de contexto del caso para determinar si la movilidad y relevancia juegan un papel en la percepción del valor probatorio. El segundo estudio tiene como objetivo determinar el impacto del contexto del caso sobre la evaluación de la solidez de las pruebas, y por lo tanto, cómo afecta la propuesta de integración de la información del caso en una narración a la percepción de la fuerza probatoria (tal y como describe el modelo del relato).

Los hallazgos del primer estudio respecto a la capacidad de los participantes para evaluar la solidez de los distintos elementos de prueba parecen prometedores, ya que sugieren que la movilidad y la relevancia son factores importantes en el proceso de evaluación. Al demostrar que los potenciales jurados son sensibles a dos importantes factores de la solidez de las pruebas (movilidad y relevancia) en ausencia de cualquier información contextual y que en este estudio no estaban haciendo juicios basados únicamente en el tipo de prueba (ADN, huellas dactilares, calzado), los resultados plantean que los jurados son capaces de entender algunos de los entresijos que determinan teóricamente el valor probatorio de las pruebas forenses. Esto parece contrario a algunas investigaciones previas, que han señalado que los jurados simulados no razonan de manera eficiente en situaciones judiciales. El enfoque del modelo del relato, considera que la conducta de los miembros del jurado está influida tanto por la situación (el juicio y las pruebas recogidas) como por el individuo (personalidad, creencias, actitudes, etc.). En el caso de un juicio con pruebas sólidas, los factores situacionales serán especialmente relevantes, y por lo tanto, este enfoque podría predecir que las diferencias individuales de los jurados juegan un papel relativamente insignificante en las decisiones del jurado. Sin embargo, en los casos en que las evidencias son inconsistentes o ambiguas, la falta de señales situacionales claras dará lugar a una mayor influencia de los prejuicios y experiencias del jurado. Es igualmente importante discutir el impacto de estos resultados sobre los veredictos dictados por los participantes, puesto que es la decisión final tomada por los miembros reales del jurado en un juicio. Los resultados de esta investigación indican que, aunque el peso de las pruebas forenses inconsistentes mejora cuando se acompaña del contexto del caso, no se ve reflejado en un correspondiente aumento de los veredictos de culpabilidad en estas condiciones. Esta investigación tiene algunas limitaciones importantes. El proceso de toma de decisiones de jurados reales en casos reales está en gran medida fuera del alcance de los investigadores, por lo que hay que recurrir a la simulación como metodología de investigación. El uso de situaciones artificiales es un problema para la generalización de los resultados a jurados reales. La investigación presentada en este artículo intenta solucionar este problema recurriendo a ciudadanos potencialmente elegibles para formar parte de un jurado como participantes. En consecuencia, sería conveniente que las futuras investigaciones en este campo se llevaran a cabo con sujetos que hayan ejercido de jurados reales para mejorar la generalización de los resultados.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club de Ciencias Forenses

Traducción y edición: Leticia Moreno