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Categoría: Psicopatía (página 1 de 2)

Las acosadoras. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The Female Stalker”, de los autores J. Reid Meloy, Kris Mohandie y Mila Green, de la Universidad de Phoenix, que estudian el perfil de las acosadoras.

Aunque la mayoría de acosadores son varones cuyas víctimas son mujeres, también podemos encontrar acosadoras. Hasta hace una década se trataba de una proporción de cuatro a uno, pero no deja de ser una minoría significativa. Las víctimas masculinas del acoso femenino se enfrentan a menudo a la indiferencia, el escepticismo o incluso la burla. Incluso se llega a cuestionar su sexualidad. E incluso en igualdad de condiciones, una acosadora tiene menos papeletas para ser procesada. Por lo general, se tiende a pensar que por su inferioridad física una acosadora es menos peligrosa o incluso menos digna del foco atencional de la propia criminología. Por ello, es importante investigar a este colectivo y lograr el manejo de esta amenaza tan obviada.

Se investigaron 1005 casos de acoso de ambos sexos para un estudio comparativo, entendiendo como conducta de acecho dos o más contactos no deseados hacia una misma persona que generara un miedo razonable en ella. Se codificaron en los casos 50 variables que incluían aspectos demográficos, objetivos del acoso, consecuencias legales y reincidencia. Además se disponía de una valoración del estado mental de los acosadores en el 76% de los casos.

Se identificaron 143 acosadoras femeninas en la muestra, cuyo perfil típico era el de una mujer soltera, separada o divorciada de unos 30 años con un diagnóstico psiquiátrico, la mayoría de las veces un trastorno del estado de ánimo. Era más probable que persiguiera a un varón conocido, extranjero o celebridad, en lugar de alguien con quien tuviera una intimidad sexual previa. En comparación con los acosadores masculinos, las acosadoras tenían antecedentes penales significativamente menos frecuentes y eran significativamente menos amenazantes y violentos. Su comportamiento de búsqueda era menos basado en la proximidad, y sus comunicaciones eran más benignas que las de los hombres. La duración media del acecho fue de 17 meses, pero la duración modal fue de dos meses. La reincidencia fue de 50%, con un tiempo modal entre la intervención y el contacto con la víctima de un día. Cualquier relación real previa (relaciones sexuales íntimas o conocidas) aumentó significativamente la frecuencia de las amenazas y la violencia con grandes tamaños de efecto para toda la muestra femenina. Este resultó ser el subgrupo más peligroso, de los cuales la mayoría amenazaban y eran físicamente violentas. Las menos peligrosas eran los acosadoras de las celebridades de Hollywood. Dos de las variables predictoras para la violencia en el acecho de los hombres fueron validadas externamente con tamaños de efecto moderados para las mujeres: las amenazas se asociaron con un mayor riesgo de violencia y la escritura de cartas se asoció con un menor riesgo de violencia.

En conclusión,  la relación entre el acosador y la víctima parece primordial en el comportamiento del acosador femenino. En mujeres mitiga la agresión, pero el apego la agrava.  De hecho, el subgrupo más peligroso entre los acosadores masculinos y femeninos es aquellos que han tenido una relación previa sexualmente íntima con la víctima. Este estudio subraya la importancia de determinar el tipo de acosador cuando se realizan investigaciones o intervenciones de planificación, partiendo de las dos tipologías de acecho.

Asesinas en serie. Club ciencias forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Female serial killers in the United States: means, motives, and makings”, de los autores Marissa A. Harrison, Erin A. Murphy, Lavina Y. Ho, Thomas G. Bowers y Claire V. Flaherty, de la Universidad Estatal de Pensilvania, que analizan las características de las asesinas en serie.

Ted Bundy. Charles Manson. John Wayne Gacy. Nombres que no pasan inadvertidos, que evocan escenas horribles. Y es que, por lo general, los asesinos en serie fascinan tanto como horrorizan al público. Ese morbo por estas figuras podemos encontrarlo en los medios como Se7en, El silencio de los corderos, la serie Dexter, etc. Sin embargo, nombres como Belle Gunness, Nannie Doss o Dorothea Puente no nos dicen nada. Y es que las mujeres han sido ignoradas por la historia en muchos campos. Es un error muy común creer que va en contra de la “naturaleza” de la mujer cometer asesinatos múltiples, y como resultado de ese inocente concepto muchos crímenes han quedado sin resolver.

Según los estudios, 1 de cada 6 asesinos en serie es una mujer. No es una cantidad despreciable teniendo en cuenta las mortales consecuencias de ignorar su existencia, y es por ello el objetivo de este estudio dar a conocer las características de estas mujeres y sus diferencias en cuanto a sus crímenes en comparación con los de los varones.

Para este estudio se analizaron 64 casos. De los cuales, 55 eran de raza blanca, 6 afroamericanas y 1 latina. La información sobre su afiliación religiosa era limitada pero 18 de los casos se indicaron como 100% cristianas. El estado civil estuvo disponible sólo para 59 de las mujeres: en el momento de sus asesinatos, estaban casadas el 54,2%, el 15,3% estaban divorciadas, 13,5% eran viudas, 8,5% estaban en relaciones duraderas y 8,5% eran solteras. Para aquellas que estaban casadas, divorciadas o viudas (81,4%; n = 48), se promediaron dos matrimonios, con un rango que iba de uno a siete. Casi una cuarta parte (22,9%) se casó tres o más veces.

El nivel socioeconómico fue medido en 47 de los casos, siendo la mayoría clase media (55,3%), algo menos eran de clase baja (40,4%) y la clase alta fue muy infrecuente (4,3%). La media de edad para el primer asesinato era de 32 años, aunque la horquilla abarca desde los 16 hasta los 65. Casi la mitad cometieron el crimen en la veintena (49,2%) y casi la cuarta parte en la treintena (24,6%), siendo las dos franjas principales. Además, la media de edad para cesar en los asesinatos fueron los 39,25 años, dando un periodo de actividad medio de 7,25 años y un promedio de 6,1 víctimas (con un rango de 3 a 31 víctimas).

Respecto a los logros académicos se encontró poca información y muy dispar, encontrando desde abandono escolar hasta titulación universitaria. Lo mismo ocurre con la inteligencia estimada. Respecto al oficio se tienen datos de 51 de las asesinas, que mostraban también un amplio espectro, desde maestras hasta prostitutas. Un 39,2% tenía empleos relacionados con la salud (como por ejemplo enfermeras, auxiliares, administrativas en centros de salud) y un 21,6% trabajaban en cuidado de otros (niñera, ama de casa, esposa y/o madre). Sólo una estaba en paro. Respecto a su apariencia física, está disponible de 25 casos. Diez fueron descritas como “normal”, siete como atractivas, cinco con sobrepeso y tres como poco atractivas.

Casi el 40% de la muestra experimentó algún tipo de enfermedad mental, mientras que casi un tercio (31,5%) había sufrido algún tipo de abuso, ya sea físico o sexual (o ambos), por cualquiera de los padres o abuelos en la infancia, y por esposos o parejas a largo plazo en edad adulta. Incluso en ausencia de enfermedad mental diagnosticada, los autores informan de las características de personalidad “disfuncionales”, tales como la mentira, la manipulación o la falta de sinceridad en muchos de los casos.

Lo más común es que mataran para obtener ganancias financieras pero también murieron por el poder, la venganza, la notoriedad y la emoción. Las mujeres no recurren generalmente a asaltar sexualmente a sus víctimas, ni tampoco tienden a mutilar o torturar, como vemos con los asesinos en serie masculinos. Su método para cometer los crímenes más común era el envenenamiento, siendo el 50% de los casos y mostrándose cuatro veces más propensas que los hombres a esta técnica.

Su tendencia era a matar tanto a hombres como a mujeres (67,3%), siendo las que mataban sólo a hombres un 20% y las que mataban mujeres solamente un 12,7%. Las víctimas eran conocidas por las asesinas en el 92,2% de los casos, siendo familiares muchas veces (43,8% eran sus propios hijos y en un 29,7% sus parejas). Por lo general, atacaban al menos a una persona indefensa o a su cuidado, víctimas con poca o ninguna posibilidad de defenderse como niños, ancianos o enfermos (71,9%).

En resumen, las mujeres (como los hombres) matan. Pero, dicen estos investigadores, la diferencia fundamental es que las mujeres tienden a matar por los recursos (por ejemplo, la utilidad, comodidad, control) mientras que los hombres matan por sexo (por ejemplo, la violación, la tortura sexual, la mutilación). Es imprescindible conocer mejor los factores de riesgo psicosocial para la prevención y minimizar el número potencial de víctimas en el futuro.

Los psicópatas y la inmunidad al castigo. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Punishment and psychopathy: a case-control functional MRI investigation of reinforcement learning in violent antisocial personality disordered men”, de los autores Sarah Gregory, R. James Blair, Dominic Ff ytche, Andrew Simmons, Veena Kumari, Sheilagh Hodgins y Nigel Blackwood, del Departamento de Ciencias Forenses y Neurodesarrollo del Instituto de Psiquiatría del Kings College London, que estudian las diferencias a nivel cerebral de los psicópatas y el resto de delincuentes y personas normales.

Estamos familiarizados con el concepto de “psicópata”. Ya hemos hablado en otras ocasiones de ellos y es que no podemos dejar de estar fascinados con ese aproximado 1- 3% de la población que, aunque físicamente es igual que nosotros, carece de empatía, remordimientos, vergüenza o culpa. Está claro que, ni todos los asesinos son psicópatas, ni todos los psicópatas son asesinos, pero sus características emocionales y psicológicas les hacen personas a las que no querríamos al cargo de nuestros hijos o nuestros secretos. Y es que se calcula que entre el 15% y el 25% de la población masculina delincuente son psicópatas, es decir, aproximadamente uno de cada cinco delincuentes violentos es un psicópata. Datos nada desdeñables y que les mantienen bajo los focos de la investigación criminológica.

Sin embargo, la duda que ahora los trae a colación es cómo funciona realmente la mente de un psicópata violento en comparación otros delincuentes violentos no psicópatas. Si realizan los mismos actos, ¿realmente son tan diferentes?

Participaron en este estudio 50 personas, de las cuales 12 eran delincuentes violentos con trastorno antisocial y psicopatía, 20 delincuentes violentos con trastorno antisocial pero no psicópatas y 18 personas que no eran delincuentes ni tenían ningún tipo de trastorno como grupo de control. Todos ellos estaban entre los 20 y los 50 años de edad. Los participantes pasaron por una resonancia magnética funcional para medir la activación cerebral asociada con el castigo y la recompensa durante una tarea de probabilidades después de dos semanas sin consumo de alcohol ni drogas, factor que se comprobó con análisis de saliva y orina. Realizaron también una prueba de inteligencia y un cuestionario sobre agresividad.

Los investigadores encontraron que a nivel cerebral los psicópatas mostraban activación en la corteza cingulada posterior y la ínsula anterior en respuesta a los castigos en lo errores y una disminución de la activación en la corteza temporal superior a las recompensas. Es decir, una alteración en las zonas relacionadas con la empatía, el procesamiento de las emociones como la culpa y la vergüenza y el razonamiento moral. Estas zonas son también responsables de nuestra capacidad de aprender a base de recompensas y castigos.

Por lo general, las personas dirigimos nuestra conducta a base del juicio social, buscando el halago y huyendo del reproche o las represalias. Nuestro cerebro nos hace sentir bien cuando somos recompensados y mal cuando somos reprendidos, pero, ¿por qué íbamos a cambiar nuestra conducta si al hacer algo mal no sentimos ningún tipo de molestia? Y esto es lo que les ocurre a los psicópatas. Valoran las recompensas de sus actos, pero ignoran las consecuencias, no sienten culpa, ni remordimientos, ni vergüenza como ya hemos dicho así que su conducta no varía por esas mismas variables que nos mueven a los demás. De hecho, un psicópata es mucho más proclive a delinquir una vez salga de la cárcel, ya que el castigo no modula su forma de actuar.

En conclusión, si bien un psicópata es legalmente responsable de sus actos, ya que conoce las leyes que infringe, es difícil considerarle moralmente responsable dado que sus cerebros no funcionan en términos de ética y moral. El siguiente punto sería abordar cómo tratar en el sistema penal con gente a la que la cárcel no le sirve de escarmiento sino sólo como forma de aislarles del resto del mundo y cómo abordar su reinserción en un mundo que sí se rige por la ética.

La psicopatía desde la perspectiva de la teoría del apego. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Examining psychopathy from an attachment perspective: the role of fear of rejection and abandonment”, de los autores Henk Jan Conradi, Sanne Dithe Boertien, Hal Cavus y Bruno Verschuere, en un estudio conjunto de las Universidades de Amsterdam, Ghent (Bélgica) y Limerick (Irlanda), que pone en relación la teoría del apego con la psicopatía.

Tendemos a imaginar a los psicópatas como nos los muestra Hollywood: depredadores sociales y asesinos en serie sin corazón. Lo cierto es que, tras esa imagen tan demonizada, debemos saber que ni todos los asesinos son psicópatas, ni todos los psicópatas son asesinos. De hecho, se estima que un 2% de la población mundial son psicópatas, siendo tres veces más común en hombres que en mujeres. La psicopatía es un constructo complejo y multifacético, que por lo general se expresa como una afectividad fría, relaciones interpersonales superficiales, engañosas y manipuladoras, arrogancia y comportamiento imprudente y, a menudo, antisocial. Pero la característica central sería esa especie de anestesia afectiva por la cual no sienten culpa ni ningún tipo de sentimiento de amistad o amor, aunque sí puedan sentir emociones como la ira.

Hace ya más de setenta años, Bowlby observó que en los delincuentes jóvenes, aquellos que mostraban rasgos de psicopatía eran mucho más propensos a haber experimentado privación materna. Es decir, que habían sido separados de su madre durante seis o más meses en sus dos primeros años de vida. Es en este periodo vital cuando, según la teoría del apego, los bebés se apegan emocionalmente a los adultos que son sensibles y receptivos a relacionarse con ellos, principalmente sus cuidadores principales. Es decir, los padres, por lo general. El desarrollo de esa relación con el cuidador es fundamental para el desarrollo emocional y social del niño más adelante. De manera que el estudio puso en evidencia que ese mal desarrollo del apego normal en la niñez pudo derivar en el desarrollo de la psicopatía en la adolescencia y juventud y, más tarde, en una conducta delictiva.

A pesar de esos resultados, otros estudios no han logrado replicar el estudio debido a la utilización de muestras pequeñas o al uso de muestras delictivas frente a las no delictivas, lo que causaba inconsistencias en los resultados. Es por ello que el objetivo de este estudio es tomar el relevo de esta teoría pero con ciertas variantes. Para empezar, parten de la base de que el abandono emocional del bebé no provocaría la psicopatía (esto ocurre con la sociopatía, no con la psicopatía), sino que sería el niño el que, en esa fase en la que por lo general un niño busca una figura de apego, un niño con psicopatía a pesar de tener un cuidador que alente ese vínculo se mantendrían distantes emocionalmente incluso a tan corta edad. Del mismo modo, cabe esperar que este tipo de personas no padezcan miedo ni ansiedad por la separación ya que están poco conectados socialmente y sus conexiones son superficiales e interesadas. También se hipotetiza que puntuarán alto en miedo al rechazo, pues utilizan a las figuras de apego como forma de conseguir apoyo y validación en una forma de sobrecompensar su falta de vínculo, siendo esa la razón por la que se mostrarían tan irascibles ante la falta de atención de las personas de su entorno.

Para probar sus hipótesis contaron con 1074 participantes con una edad media de 20 años y estudios universitarios, en su mayoría mujeres. Los participantes llevaron a cabo el Inventario de Rasgos Psicopatológicos Juveniles (YIP), donde debían valorar de 1 (no se me aplica en absoluto) a 4 (se me aplica totalmente) un total de 50 ítems como “Creo que llorar es un signo de debilidad, incluso si nadie te ve”. Los ítems se subdividen en tres categorías: carencia de emociones, vanidoso/manipulador e impulsivo/irresponsable. Después llevaron a cabo el cuestionario ECR que mide el apego en relaciones de pareja pasadas y presentes. Este test tiene dos subescalas: la ansiedad por el rechazo y el abandono (por ejemplo, “me preocupa ser abandonado”) y la evitación de la intimidad (por ejemplo, “prefiero no ser muy cercano con mis parejas sentimentales”). En este caso se evaluaba de 1 (muy en desacuerdo) a 7 (totalmente de acuerdo).

Se pusieron en relación los resultados de ambos cuestionarios, encontrando que efectivamente hay una relación entre la carencia de emociones y evitación del apego y la intimidad. Del mismo modo encontramos que los rasgos impulsivos e irresponsables están relacionados con la ansiedad por el rechazo, como decíamos, posiblemente como estrategia para llamar la atención y suplir el vínculo emocional en la relación. Curiosamente se encontró también que la faceta ególatra y manipuladora también correlacionaba con la falta de apego y el miedo al rechazo. Esto sugiere un posible mecanismo de compensación en el que se generan sentimientos de grandiosidad en la distancia, inflando su autoestima para reducir la necesidad de apego y el miedo a ser rechazado por los demás. Los hombres puntuaron más bajo en ansiedad por el rechazo que las mujeres, pero es difícil sacar conclusiones sobre esta diferencia teniendo en cuenta que eran minoritarios en la muestra. Sin embargo, con estos datos podemos decir que la teoría del apego nos ayuda a entender mejor la psicopatía y da un nuevo enfoque a su comprensión.

Utilidad del test SDQ para detectar jóvenes pirómanos. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The utility of the Strengths and Difficulties Questionnaire as a screening measure among children and adolescents who light fires”, de los autores Ian Lambie y Ariana Krynen, de la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda), que nos enseña como un sencillo test puede ser utilizado para detectar conductas piromaniacas en niños y adolescentes.

La piromanía es un comportamiento con altas tasas de participación de niños y adolescentes. En 2014, los niños de hasta 17 años fueron el 49% de las detenciones por incendios en Nueva Zelanda, y los menores de 21 fueron responsables de hasta un 60%. Del mismo modo, en Estados Unidos los menores de 18 años son el 45% de los casos de conductas piromaniacas; y en Reino Unido, el 40% se achaca a niños entre 10 y 17 años.

Por lo que sabemos, consiste en comenzar un fuego de forma deliberada y es más común en varones. Es un comportamiento potencialmente peligroso, con serios daños emocionales y económicos. Además, se trata de una conducta recurrente, por lo que es importante realizar intervenciones que reduzcan las posibilidades de futuros incidentes. Las investigaciones previas correlacionan la piromanía con trastornos de conducta antisocial. Es por ello que se propone el test SDQ como herramienta para el cribado y la detección de pirómanos en la infancia y adolescencia.

La muestra está compuesta por 57 niños y adolescentes con edades comprendidas entre los 6 y los 17 años que tuvieron un comportamiento pirómano en los últimos seis meses. El 90% de la muestra fueron varones, es decir, sólo hubo seis chicas. La muestra se dividió en tres subgrupos por edades. El primer grupo comprendía a los niños entre 6 y 10 años, que fueron un total de dieciséis, doce de ellos chicos. El segundo grupo fueron catorce chicos, todo varones, de entre 11 y 13 años. Y el tercero fueron veintisiete participantes, 25 de los cuales eran hombres, con edades entre 14 y 17 años. Para hacer comparaciones se seleccionó a los 32 chavales de entre 13 y 17 años que tenían conducta pirómana y a 484 estudiantes de entre 13 y 17 años, de los cuales el 51% eran varones, que nunca habían mostrado síntomas de conducta pirómana.

Se les pasó el cuestionario SDQ (“Strengths and Difficulties Questionnaire” o Cuestionario de Fortalezas/Capacidades y Dificultades), que sirve para cribar problemas emocionales y de comportamiento en jóvenes entre 4 y 17 años. Son 25 ítems que se subdividen en cinco escalas: síntomas emocionales (ej. “tengo muchas preocupaciones”), problemas de conducta (ej. “a menudo tengo mal genio”), hiperactividad o déficit de atención (ej. “no puedo quedarme quieto por mucho tiempo”), problemas en la relación con iguales (ej. “soy más bien solitario”) y conducta prosocial (ej. “ofrezco ayuda cuando la necesitan”). Además incluye un suplemento de preguntas para el malestar general y el bienestar emocional. Es uno de los test más utilizado para salud mental en niños y adolescentes por su fiabilidad y validez.

El test fue utilizado en su versión para padres y profesores y en casos de autoinforme cuando era posible (mayores de 11 años). Sin embargo, no todos los profesores cumplimentaron el informe, de modo que los datos de todos los profesores se dejaron fuera del análisis.

  • De 6 a 10 años: El 56% tenían puntuaciones en el rango anormal, lo que sugiere que tenían un riesgo considerable de tener algún tipo de problema clínico. El 69% tenían problemas de conducta, el 56% de relación entre iguales, el 38% déficit de atención y 38% de falta de conducta prosocial. Pero en los problemas emocionales, el 69% tuvo un rango normal. En las preguntas suplementarias, el 50% de los padres consideró que sus hijos tenían dificultades.
  • De 11 a 13 años: se tenían tantos los reportes de los padres como los de autoinforme. El 78,6% y el 27,3% respectivamente indicaban que estaban que estaban en riesgo sustancial de tener problemas clínicos. Según los informes de los padres, el 78,6% tenían problemas de conducta (36,4% según el autoinforme), el 71,4% de relación entre iguales, el 42,9% de síntomas emocionales, el 28,6% déficit de atención (45,5% según el autoinforme), pero no hubo problemas con la conducta prosocial. Para los valores suplementerios encontramos 64,3% y 45,5% (padres e hijos respectivamente) en valores anormales de angustia y malestar.
  • De 14 a 17 años: se tenían tantos los reportes de los padres como los de autoinforme. El 40% y el 11,5% respectivamente indicaban que estaban que estaban en riesgo sustancial de tener problemas clínicos. Según los informes de los padres, el 40% tenían problemas de conducta (27% según el autoinforme), el 24% de relación entre iguales, el 44% déficit de atención (23% según el autoinforme), pero no hubo problemas con la conducta prosocial ni problemas emocionales. Para los valores suplementerios había una gran proporción de valores anormales de angustia y malestar.

A nivel general, no encontramos diferencias entre los tres grupos entre sí que sean estadísticamente significativas. Pero al compararlos con la muestra de niños sin problemas de piromanía encontramos que hay diferencias significativas para los problemas de conducta, los problemas de atención e hiperactividad y totales más altos en general. En el resto de escalas no hubo diferencias. También se encontró que correlacionaban los autoinformes de los niños con los de los padres, a pesar de las diferencias antes observadas.

En conclusión, los niños y adolescentes con tendencias a la piromanía exhibían una amplia gama de problemas conductuales y psicosociales. La identificación de estos casos es clave para evitar desastres y proporcionar ayuda a la familia en una intervención adecuada. Para futuras investigaciones sería interesante que los estudiantes que usaron como grupo control se ajustaran a la muestra en sexo, dado que una era casi en su totalidad varones y en la otra eran la mitad. Y también sería interesante replicar este estudio con adolescentes de otras partes del mundo, no sólo de Nueva Zelanda. Algo que con las nuevas tecnologías sería fácil de conseguir por internet o colaborando con otras universidades. Pero es un importante paso en la detección de pirómanos.

Síndrome de Munchausen por Poder. Club de las Ciencias Forenses.

Sindrome de Munchausen por poder Club Ciencias Forenses

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Síndrome de Munchausen por poder”, de los autores María Fernanda Cujiño, Andrés Dávila, Mónica María Sarmiento, María Inés Villareal y Roberto Chaskel, de la Universidad de Bogotá, que realizan una revisión sobre el síndrome de Munchausen por poder en niños.

En el siglo XVIII, Karl Friedrich Hieronymus, barón de Münchhausen, se hizo famoso por contar historias de aventuras fantásticas que nunca le habían sucedido, como haber bailado en el estómago de una ballena o haber viajado a la luna. No fue hasta 1951 cuando el doctor Richard Asher, en honor al fantasioso barón, tomó su nombre para identificar a un peculiar síndrome consistente en fingir síntomas de enfermedad en ausencia de ésta. Es importante diferenciarlos de aquellos que simulan las dolencias para obtener algún beneficio o evitar responsabilidades, como sería el caso de cobrar un seguro médico o evitar la cárcel.  Los que adolecen este síndrome no buscan incentivos externos más allá de la atención médica que logran como pacientes.

Una variante de este síndrome es el Munchausen por poder, también conocido como trastorno facticio impuesto a otro, que como su nombre indica consiste en atribuir la enfermedad a otra persona, llegando a provocarle los síntomas incluso. Es frecuente que las víctimas en este caso sean menores de edad por lo que es considerada una forma de maltrato infantil potencialmente peligrosa y muy distinta de la que acostumbramos a tratar.

Los elementos esenciales del síndrome son la presencia de síntomas físicos o psicológicos que pueden ser inventados o producidos por los padres o cuidadores y que además remiten al separar a los niños de ellos y la negación por su parte de haber perpetrado la farsa. Los padres o cuidadores tienen la necesidad de enfermar al niño o de llamar la atención de esta forma. El problema radica en que no se posee una manera fácil de detectar las señales de este síndrome, por lo que es complejo ayudar a la sospecha diagnóstica ya que cualquier sistema puede encontrarse comprometido (respiratorio, gastrointestinal, cardiovascular) e incluso a veces presentar síntomas de diversas enfermedades al mismo tiempo. El síntoma más frecuente es el sangrado de cualquier tipo (44%), seguido de convulsiones (42%), apnea (15%), diarrea (11%), vómito (10%) y fiebre (10%).

Se ha calculado que existe una incidencia anual de 0,5 a 2 por cada 100000 niños menores de 16 años. La prevalencia es por igual en ambos sexos y la edad promedio es entre los tres y los cuatro años, aunque incluso se han observado casos en fetos. Y el intervalo entre el inicio de los síntomas y el diagnóstico es de 15 meses. Por lo general, la causante es la madre.

Como decíamos, no es fácil detectar este síndrome, pero hay algunas señales que pueden servir de indicadores a los clínicos:

  • Enfermedad persistente o recurrente que no puede ser explicada adecuadamente con una base médica.
  • Signos y síntomas que aparecen en la presencia del cuidador y desaparecen en su ausencia.
  • Madre sobreinvolucrada con la atención del paciente y siempre presente en el hospital.
  • El caso descrito parece un trastorno raro.
  • Ausencia de respuesta a tratamientos adecuados.
  • Discrepancia entre la historia, los hallazgos clínicos y el buen estado del niño.
  • Madre menos preocupada que el personal médico acerca de la enfermedad del paciente.
  • Familias con antecedentes previos de muertes infantiles inexplicadas.
  • Cuidador con experiencia o entrenamiento en el campo de la salud.
  • Historia psiquiátrica de la madre.
  • Conducta extraña de la madre en el hospital.
  • Gran cantidad de exámenes paraclínicos realizados y dentro de los límites normales.

Además, es importante conocer a los padres para ver sus perfiles. En general, los padres tienen buena relación con el equipo médico hasta que se descartan las causas orgánicas de la enfermedad de su hijo. La mayoría serán madres con experiencia o cercanía al área de salud y padres que no saben de la supuesta enfermedad o están poco involucrados en el cuidado del niño, frecuentemente con trabajos que les alejan de la familia por largos periodos de tiempo y una relación marital pobre.  Además, podemos ver que las madres son sobreprotectoras, aunque más afectivas con sus hijos cuando hay personas delante, y no reaccionan bien cuando se les discute sobre la enfermedad del niño o de las técnicas médicas a emplear.

La tasa de mortalidad de los niños diagnosticados es de 9%, siendo las causas de muerte más frecuente son sofocación y envenenamiento. En aquellos pacientes que no habían sufrido previamente heridas físicas y volvieron con sus familias se encontró evidencia de maltrato en 17% a los dos años de seguimiento. Algunos estudios añaden que, en caso de muerte en el primer niño, los padres inician el síndrome en otros niños de la casa. También se ha observado el patrón de que, al crecer, los niños se vuelven colaboradores y aceptan su papel de enfermos, aprendiendo pasivamente a tolerar los procedimientos médicos. Son niños que en un futuro muestran comportamiento hipocondriaco y llegan a ser perpetuadores del síndrome de Munchausen con sus propios hijos.

En conclusión, aún sabemos poco de este tipo de abuso que, por lo general, tiene como víctimas a los niños. A pesar de tener algunos indicadores basados principalmente en el perfil psicológico de los padres, es difícil dar una respuesta rápida ya que por las diversas formas de manifestarse el maltrato no es hasta que falla el tratamiento que podemos empezar a sospechar que se trata de una sintomatología provocada. Sin embargo, una vez detectado es importante la intervención tanto en el adulto perpetrador como en el propio niño para evitar que en un futuro continúe esa cadena de atrocidad.

En busca de los “Ángeles de la Muerte”: Conceptualización del enfermero asesino en serie contemporáneo. Club de las Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “In Search of the ‘Angels of Death’: Conceptualising the Contemporary Nurse Healthcare Serial Killer”, de los autores Elizabeth Yardley y David Wilson, en un estudio de la Universidad de Birmingham, que hacen una revisión acerca de los asesinos en serie conocidos como “ángeles de la muerte” que actúan en el ámbito sanitario.

Inteligentes o no tanto. Jóvenes o maduros. Algunos son hombres, otros son mujeres. De distintas orientaciones sexuales. Médicos, enfermeras o meros asistentes. Hay una enorme diversidad tras este colectivo que en principio sólo parece tener una cosa en común: su capacidad para matar a la gente a la que deberían cuidar.

Son los llamados ángeles de la muerte. Se considera así a los empleados del sistema sanitario que hayan aprovechado su posición laboral para cometer al menos dos asesinatos en dos incidentes separados y poseer la capacidad psicológica de seguir haciéndolo. Entrarían dentro de este grupo médicos, enfermeros o cualquier persona que tenga a otras a su cargo y cuidado como trabajadores de residencias de ancianos. Este cargo “estratégico” les otorga la posición de poder sobre sus víctimas para decidir sobre la vida y la muerte. Víctimas que, por otro lado, se encuentran en un estado de indefensión, de enfermedad o de padecimiento crónico, lo que las convierte en víctimas ideales y de bajo riesgo para el asesino.

Algunas de las señales de advertencia que se han asociado con los ángeles de la muerte son los siguientes rasgos de personalidad o comportamientos:

  • Trasladarse de un hospital a otro.
  • Relaciones personales difíciles o reservadas.
  • Historia de inestabilidad mental o depresión.
  • Predice cuando alguien va a morir.
  • Comentarios extraños o afirmaciones sobre ser “gafe”.
  • Le gusta hablar sobre la muerte o hace comentarios extraños cuando alguien muere.
  • Durante su turno de trabajo hay una mayor incidencia de muertes.
  • Se muestra excesivamente entusiasmado acerca de sus habilidades.
  • Hace declaraciones inconsistentes cuando es interrogado acerca de las muertes.
  • Prefiere los turnos nocturnos o en los que haya menos compañeros.
  • Están asociados a incidentes en otros hospitales.
  • Ha estado involucrado en otras actividades criminales.
  • Sus compañeros se sienten ansiosos acerca de él o sospechan de él.
  • Busca captar atención.
  • Intentan evitar que otros supervisen a sus pacientes.
  • Se involucran durante la investigación de las muertes.
  • Están en posesión de drogas en sus casas o sus taquillas.
  • Mienten acerca de información personal.
  • Están en posesión de libros sobre venenos o asesinatos en serie.
  • Han tenido problemas disciplinarios.
  • Parecen tener un trastorno de la personalidad.
  • Tienen un problema de abuso de sustancias.

Por desgracia, no se sabe decir cuántas de estas señales deben de verse juntas para considerarlo un indicador o cuáles son mejores indicadores que otros. Y por ahora tampoco sabe decirse si un mayor número de estos rasgos correlaciona con una mayor tasa de asesinatos. Por ello, el objetivo de esta revisión de casos es servir de utilidad tanto a los hospitales como a la comprensión criminológica a la hora de detectar y comprender este subtipo de asesino en serie que por ahora ha pasado de puntillas por la investigación académica.

Para una revisión algo más exhaustiva se analizaron 41 casos de enfermeros que habían trabajado en un hospital y habían cometido mínimo dos asesinatos. Sin embargo, se excluyeron después de la lista los casos que apelaron o que más tarde fueron condenados por homicidio involuntario en lugar de asesinato. Se recogieron datos sociodemográficos de los distintos casos utilizando registros legales como Lexis y Westlaw, y con informes de prensa obtenidos a través de Nexis (base de datos electrónica con los principales periódicos británicos y unos 2000 periódicos del resto del mundo).

Finalmente la muestra se vio reducida a 16 asesinos (9 mujeres y 7 hombres). Los asesinatos ocurrieron entre 1977 y 2009, principalmente en Estados Unidos y Europa. Las edades fueron muy diversas, aunque la mitad de ellos estaban en la franja de edad entre 31 y 40 años. Respecto al número de asesinatos, a la mayoría se le asignan menos de 10 asesinatos (12 de 16). Existen casos de asesinos a los que se les han estimado más de 400 víctimas, pero no parecen representativos de este grupo. Respecto al tiempo de actividad, a gran parte les cogieron antes de los tres meses, aunque no hay ninguna tendencia temporal, llegando algunos a prolongar su actividad hasta los dos años. Así mismo, la mayoría cometieron sus crímenes en un único hospital o centro, aunque este dato ha de ser tomado con precaución: No puede descartarse que cometieran más crímenes en otros emplazamientos que hayan podido no ser detectados o para los que los fiscales no hayan logrado suficientes pruebas.

Respecto al género de las víctimas, salvo raras excepciones que mostraban predilección por un sexo en concreto, en la mayoría de casos encontramos que los ángeles de la muerte asesinan por igual a hombres y mujeres. En cuanto a las edades, podemos ver que la mitad de nuestra muestra asesinaban a adultos y personas de edad avanzada, además de un tercio que mataban únicamente a personas ancianas. Elegir como víctimas a niños o jóvenes es algo raro según estos datos. Además, la gran mayoría de ángeles de la muerte prefieren utilizar un único método para sus crímenes, siendo además el envenenamiento el método más popular. La sustancia utilizada en cambio es muy variada, siendo la más popular la insulina (19%).

Se ha intentado hacer una correlación entre estos datos y las 22 señales de alerta que antes mencionábamos. Se encontró que el asesino que más señales mostró fueron 11 pero los datos fueron muy dispersos. Aunque sí se encontró que los indicadores más comunes eran: mayor incidencia de muertes en su turno (94%), historia de inestabilidad mental o depresión (62,5%), provoca ansiedad a sus compañeros (56%), posesión de drogas (50%) y aparente trastorno de la personalidad (50%). Sin embargo, algunos indicadores no salieron ni una vez en esta muestra: Evitar que otros supervisen a sus pacientes, involucrarse en la investigación de la muerte y mentir sobre información personal. Aunque es importante tener en cuenta que los datos son poco fiables dado que están sujetos a interpretación al ser rasgos de personalidad y conductas poco específicas. (¿Moverse regularmente de un hospital a otro cada cuanto tiempo sería para decir que sí? ¿Cómo se mide objetivamente que alguien intente llamar la atención?).

En conclusión, esta investigación ha arrojado algo de luz a un subtipo de asesinos en serie poco estudiados como lo son los ángeles de la muerte. Sería interesante poder ampliar la muestra para lograr datos más fiables y que se perfeccionara la lista de indicadores con aclaraciones más precisas, de manera que podamos detectar a tiempo a estos criminales.

Homicidio homosexual juvenil. Club de la Ciencias Forenses.

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Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Juvenile Homosexual Homicide”, de los autores Wade C. Myers y Heng Choon (Oliver) Chan, en un estudio conjunto de las universidades de Tampa y Hong Kong, que hacen una revisión acerca de los asesinatos cometidos por varones menores de edad a personas de su mismo sexo.

El homicidio sexual es un tipo de asesinato en el que la sexualidad está presente como característica central, ya sea de forma explícita o simbólica. Según los datos recogidos por la Oficina Federal de Investigación de Estados Unidos, de 1976 a 2015 se registraron 3888 homicidios sexuales, de los cuales el 18% fueron crímenes “homosexuales” (17% hombres a hombres y el 1% mujeres a mujeres). Aunque los estudios que se han concentrado en este sector son limitados, los investigadores afirman que este tipo de delitos reflejan mayor violencia que los crímenes heterosexuales, reflejado en una mayor probabilidad de traumatismos craneales, estrangulamientos, numerosas puñaladas, múltiples tipos de lesiones y ensañamiento (exceso de heridas más allá de las necesarias para causar la muerte).

A pesar de lo dispares y escasos que son los informes que hay sobre este tema, parece un factor común en todos los casos reportados la presencia de tendencias sexuales sádicas combinadas con la capacidad de causar agresiones severas. De hecho, se cree que el sadismo sexual y los trastornos de conducta son los denominadores comunes de la mayoría de los homicidios sexuales juveniles.

Esta investigación aborda la epidemiología y las características del crimen en los casos de homicidios sexuales juveniles para tratar de arrojar algo de luz a ese sector tan olvidado. Usando como fuente los datos recogidos por la Oficina Federal de Investigación de Estados Unidos, de 1976 a 2015, encontramos que el 22% de todos los casos de homicidio sexual juvenil eran homosexuales. Es decir, 93 delincuentes que cometieron homicidio homosexual juvenil (88 hombres y 5 mujeres). La edad media de los varones era de 15,8 años, con un rango que oscilaba entre los 12 y los 17. El 69% fueron caucásicos y el 31% afroamericanos. Por el escaso número de casos recogidos en mujeres, se las deja fuera de la revisión.

Edad de inicio en la conducta de homicida: A medida que avanza la edad es más alto el número de víctimas, encontrando un 1% de agresores de 12 años de edad, un 6% tenían 13 años, y un 16% respectivamente con 14 y 15 años, después la cifra asciende considerablemente hasta un 31% de 16 años y un 30% de 17.

Victimología: La edad de las víctimas oscilaba entre los 2 y los 69 años, siendo la media 30,5. Un 75% fueron de raza blanca y un 25% afroamericanos. El rango de edad con mayor probabilidad de muerte fue la categoría de adultos (62%), seguida por los niños (17%), adolescentes (13%) y ancianos (8%).

Relación entre el agresor y la víctima: Las posibles relaciones se clasificaron en cuatro categorías: conocido/amigo, extraño, íntimo y miembro de la familia. En la mayoría de los casos, la relación entre los delincuentes y las víctimas pertenecía a la categoría de conocido/amigo (55%), seguido de extraños (36%), íntimos (5%) y familiares (4%). Además, ninguna de las víctimas de los miembros de la familia eran de primer grado (padres, hermanos o hijos). En la mayoría de los casos las víctimas fueron de la misma raza que el agresor (93% para caucásicos y 69% afroamericanos).

Arma del crimen: Se analizó también el arma homicida, encontrando que el 40% de las agresiones se cometían con armas de contacto o afiladas (ej. Cuchillos), casi la misma probabilidad que las armas de fuego con un 39%. Las armas personales como la estrangulación manual u otras partes del cuerpo fue un 18%. Otro tipo de armas como venenos o explosivos fue apenas un 3%. También se analizó la relación entre la elección de arma y la edad de la víctima. Contra los niños era más común el uso de armas personales (53%), contra los adolescentes y adultos armas de fuego (36% y 47% respectivamente), y contra ancianos armas de contacto o afiladas (71%).

Incidencia: Un dato esperanzador es que, analizando las fechas de los homicidios en rangos de cinco años, encontramos una tendencia a la disminución de estos crímenes con el tiempo, bajando del 36,36% entre 1976 y 1980 hasta un 3% entre 2001 y 2005.

Sin embargo, aunque pionero en su campo, la base de datos utilizada tiene una gran limitación al no tener información detallada de los motivos de la agresión ni demografía. Por lo tanto, no puede descartarse que los jóvenes homicidas sean heterosexuales o incluso que estuvieran actuando en defensa propia contra adultos que trataban de abusar de ellos. Teoría que no puede descartarse ya que el 62% de las víctimas eran adultos en lugar de compañeros de su edad y es relevante en comparación con otros grupos de delincuentes sexuales juveniles que atacan predominantemente a menores. Además, como se dijo al principio se han considerado un 22% de los asesinatos juveniles son homosexuales, lo que parece sobrerrepresentar a la población estadísticamente. De modo que de cara a futuras investigaciones será importante aumentar las características demográficas y psicosociales estudiadas para poder comprender realmente este tipo de homicidio y poder intervenir en su disminución.

Psicopatía, sadismo y maltrato animal – Club de las Ciencias Forenses

Psicopatía, sadismo y maltrato animal - Behavior and law

Estimados suscriptores y seguidores del Club de Ciencias Forenses, esta semana les ofrecemos un resumen del artículo “Among a German Sample of Forensic Patients, Previous Animal Abuse Mediates Between Psychopathy and Sadistic Actions”, de los autores Alexandra Stupperich, de la Police Academy of Lower Saxony, y Micha Strack, del Georg-Elias-Mueller-Institute of Psychology, que busca relacionar un historial previo de abusos a animales con la presencia de actitudes sádicas posteriores.

Hace mucho tiempo que se presta atención a las motivaciones personales de aquellos que cometen agresiones interpersonales severas. Sin embargo, no se ha prestado tanta atención a los contribuidores observables a estas formas de agresión. En este sentido, recientes estudios han puesto de relevancia un elevado número de vías ambientales a través de las cuales un individuo puede desarrollar una tendencia a realizar conductas sádicas durante sus crímenes. Aunque hay un gran número de factores de riesgo (por ejemplo, falta de culpabilidad, de empatías, etc.), hay uno que ha llamado particularmente la atención, y que aparece a edades jóvenes: el abuso y maltrato de animales.

Pero, ¿Qué son las conductas sádicas? se trata de conductas caracterizadas por la presencia de un patrón de crueldad, agresividad, manipulación y conducta despreciativa hacia otros. Pero además, si observamos más en profundidad las investigaciones y analizamos las posibles relaciones entre comportamientos, encontramos que ambas conductas (el maltrato animal y las conductas sádicas) pueden encontrarse relacionadas con otro desorden de la personalidad: la psicopatía. Con esta tríada de conceptos, las autoras de esta investigación realizan dos preguntas:

1. ¿Pueden los abusadores de animales ser identificados como un perfil concreto dentro de la psicopatía?

2. ¿Media la conducta de agresión a los animales entre la psicopatía y la violencia sádica interpersonal?

Si la respuesta a ambas cuestiones es sí, los psicópatas que abusen de animales deberán ser distintos de aquellos que no lo son en las escalas de la “Psychopathy Checklist”, y las mismas escalas deberán permitir predecir las conductas sádicas. Pues bien: para poner a prueba estas hipótesis, se recurrió a una muestra de 60 hombres alemanes durante su estancia en hospitales forenses de alta seguridad en Alemania. Los crímenes de los mismos variaron entre el asesinato (11), violación (7), abuso a menores (5), crímenes de lesiones (26) robos (6) y otros (5). Para evaluar la psicopatía se utilizó el PCL-SV, una escala de 12 ítems basada en la PCL-R. La existencia de conductas de maltrato hacia animales y de otras conductas sádicas se analizó a través del estudio de archivos y de entrevistas con los presos.

Entre los 60 pacientes, se encontró que 10 habían abusado de animales. De entre los mismos, seis confesaron haber llevado a cabo acciones sádicas en sus crímenes. Aunque esta muestra era pequeña, se encontró que la asociación entre abuso animal y actuaciones sádicas era significativa. A su vez, se encontró (poniendo a prueba la primera hipótesis) que los abusadores puntuaban significativamente más alto en conducta antisocial en la adolescencia, superficialidad, falta de remordimientos, falta de empatía y grandiosidad. Es decir, se encontraron diferencias significativas en los factores afectivos e interpersonales, aunque no en los de estilo de vida.

Con el fin de demostrar la segunda hipótesis, se estudió la relación entre las tres variables. Así, se encontró que el abuso animal aparece como necesario para realizar acciones sádicas (recordemos la particularidad de la muestra). Por otro lado, se comprobó que si el abuso animal permite predecir las conductas sádicas en los crímenes, y que la puntuación en la escala de psicopatía permitía predecir la realización de conductas sádicas y la presencia de abuso animal. Por tanto, y en base a los cálculos estadísticos realizados, se encontró que en la muestra estudiada, la mediación entre la psicopatía y la conducta sádica a través del abuso animal era completo, demostrándose así una posible conexión entre crueldad con los animales y desarrollo psicopático, y la relación existente entre la crueldad con los animales y el uso de conductas sádicas a nivel criminal.

Psicopatología y Crimen: ¿demencia o excusa? Club Ciencias Forenses.

Psicopatología y Crimen: ¿demencia o excusa? Club Ciencias Forenses.

Psicopatología y Crimen: ¿demencia o excusa? Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, esta vez les hacemos llegar un resumen del artículo “Psicopatología y causalidad delictiva: ¿demencia o excusa? ”, de la autora Meagan Cline de la Universidad Liberty (EE. UU.), acerca de la aplicación o validez de la “enajenación mental” como argumento de defensa en los procesos criminales.

Los delitos se cometen por muchas razones. Los dos elementos fundamentales de los actos criminales son la intención y el acto criminal. La cuestión es, ¿qué sucede cuando una persona sufre un trastorno mental o cualquier otro problema que influye en su cognición? ¿Es realmente posible que un individuo carezca del control cognitivo necesario para abstenerse de realizar un acto criminal? La investigación de la causalidad delictiva y la psicopatología ciertamente parece indicar que puede darse el caso. La psicopatología es uno de los elementos más importantes para el estudio y la comprensión de la causalidad del crimen. No obstante, cabe preguntarse si la psicopatología es una causa o una excusa para la conducta ilícita de los delincuentes violentos. Para hablar sobre la causalidad delictiva, es importante entender también la terminología utilizada. El primer término relevante para esta evaluación es psicopatología. La definición estándar de psicopatología es el “estudio de las condiciones mentales psicopáticas”. El siguiente es psicosis. La psicosis es una de las condiciones mentales más comúnmente ligadas al comportamiento criminal. Se define como una condición que hace que el individuo pierda el contacto con la realidad. Otro factor importante para la comprensión de la psicopatología y la causalidad criminal es la comprensión del diagnóstico. El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) es la guía oficial para el diagnóstico de los trastornos mentales. Por otra parte, la teoría de la tensión es otro elemento importante en esta investigación. Esta teoría sostiene que las personas que cometen delitos lo hacen con el fin de aliviar algún tipo de tensión psicológica o estrés. En casos extremos, esa tensión o estrés pueden dar lugar a delitos más graves, incluidos crímenes sexuales o incluso el asesinato. La teoría del aprendizaje social sugiere que los individuos pueden estar condicionados para cometer delitos por su entorno. Es decir, aprenden la actividad criminal de las personas de su entorno. La teoría del control plantea que las personas que cometen delitos lo hacen porque lo ven como una alternativa más fácil para conseguir algo. Por otro lado, según la teoría de la anomia, la anomia es “la de ausencia de normas”. Es decir, que un individuo expuesto a la anomia puede tener una sensación de alienación de los grupos “normales” dentro de la sociedad.

Es fundamental aprender todo lo posible acerca de por qué se cometen los delitos, quién los comete y con qué propósito. La única manera de combatir eficazmente la delincuencia, reducir la reincidencia, y transformar las vidas de los que están en la comunidad afectada por la delincuencia, es entender estos conceptos. La investigación apoya la idea de que la disfunción cerebral y el comportamiento criminal están vinculados. Los factores psicopatológicos a menudo se convierten en un problema durante los procesos judiciales. Desde la mitad del siglo XIX, los acusados han argumentado enajenación mental o incapacidad mental para excusar la conducta ilegal que han cometido y conseguir una sentencia más leve. Asimismo, existen muchos trastornos que pueden encuadrarse dentro de la psicosis o del trastorno mental, como la pedofilia, el exhibicionismo, el abuso de sustancias, el sadismo sexual, el voyeurismo, la piromanía y la cleptomanía. Del mismo modo, es necesario considerar el comportamiento y cuidado de los prisioneros, puesto que los psicópatas y sociópatas a menudo son capaces de mostrarse de una manera mientras mantienen una lucha interior para controlar sus delirios, paranoias y otros trastornos mentales. Cabe afirmar según las fuentes consultadas que los individuos clasificados como psicópatas o
sociópatas tienen pocas, o ninguna, pauta moral. Asimismo los factores sociodemográficos y psicológicos están sin duda relacionados con la delincuencia, especialmente con los crímenes violentos. La investigación indica que existe una fuerte correlación entre el acoso, la psicopatología, la compulsión y el pensamiento delirante. Con una sociedad actual tan culturalmente diversa, es importante aplicar los conceptos de cultura y diversidad a la psicopatología y la causalidad criminal. Para ello, habría que recurrir a la teoría del aprendizaje social para distinguir los grupos de población a fin de determinar la actitud de las diversas culturas y poblaciones con respecto al crimen. Además, se necesita una aplicación real para el asesoramiento o tratamiento de los delincuentes, ya que hay que tener en cuenta las variables culturales y ambientales subyacentes para que el tratamiento o terapia sea eficaz. Dentro de este contexto, también es importante entender la prevalencia de las subculturas, puesto que es un importante factor sociológico que influye en la causalidad del crimen. Otra de las aplicaciones para la vida real de la psicopatología y la causalidad criminal son los perfiles criminales. Los perfiles criminales son especialmente importantes en los crímenes violentos, ya que estos tipos de delitos en general están relacionados con la psicopatología, el sadismo y otros trastornos mentales.

El quid de la justicia penal es entender de qué crimen se trata, quién lo ha cometido y por qué. La investigación llevada a cabo en este estudio indica claramente que muchas personas realmente sufren de trastornos mentales y pueden no ser capaces de controlar sus pensamientos y conductas. A medida que la sociedad sigue evolucionando y, con ella, el sistema de justicia criminal, es importante que las personas que trabajan en el sistema de justicia penal sean conscientes de las diferentes investigaciones que se han llevado y se están llevando a cabo. La bibliografía revisada revela una clara necesidad de métodos innovadores, competentes en la lucha contra la delincuencia y la comprensión de la causalidad delictiva. Plantea igualmente una continua necesidad de identificación y tratamiento de los trastornos mentales individuales. No obstante, es cierto que en algunas ocasiones un criminal ha podido utilizar el argumento del trastorno mental como excusa para su lamentable comportamiento. Sin embargo, las investigaciones y revisiones indican que hay, de hecho, muchas personas que son verdaderos enfermos mentales y que carecen de la capacidad mental para entender su propio comportamiento. En estos casos, es importante para el sistema de justicia criminal reconocer su situación y ofrecer el tratamiento y aplicar las penas que contribuyan a su salud y bienestar. Parece ser que el sistema de justicia penal está abierto a la innovación y a la consideración de las enfermedades mentales; sin embargo, hay una sensación general de escepticismo hacia cualquier caso criminal que recurra al argumento de defensa por enajenación mental o incluso la mera mención de enfermedad mental. Esto no quiere decir que los tribunales no deban estudiar detenidamente el caso para determinar si la enfermedad mental es, de hecho, un factor.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club de Ciencias Forenses.

Traducción y edición: Leticia Moreno

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