clubforenses.com

clubforenses.com

Categoría: Trastorno de personalidad (página 1 de 2)

Las acosadoras. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The Female Stalker”, de los autores J. Reid Meloy, Kris Mohandie y Mila Green, de la Universidad de Phoenix, que estudian el perfil de las acosadoras.

Aunque la mayoría de acosadores son varones cuyas víctimas son mujeres, también podemos encontrar acosadoras. Hasta hace una década se trataba de una proporción de cuatro a uno, pero no deja de ser una minoría significativa. Las víctimas masculinas del acoso femenino se enfrentan a menudo a la indiferencia, el escepticismo o incluso la burla. Incluso se llega a cuestionar su sexualidad. E incluso en igualdad de condiciones, una acosadora tiene menos papeletas para ser procesada. Por lo general, se tiende a pensar que por su inferioridad física una acosadora es menos peligrosa o incluso menos digna del foco atencional de la propia criminología. Por ello, es importante investigar a este colectivo y lograr el manejo de esta amenaza tan obviada.

Se investigaron 1005 casos de acoso de ambos sexos para un estudio comparativo, entendiendo como conducta de acecho dos o más contactos no deseados hacia una misma persona que generara un miedo razonable en ella. Se codificaron en los casos 50 variables que incluían aspectos demográficos, objetivos del acoso, consecuencias legales y reincidencia. Además se disponía de una valoración del estado mental de los acosadores en el 76% de los casos.

Se identificaron 143 acosadoras femeninas en la muestra, cuyo perfil típico era el de una mujer soltera, separada o divorciada de unos 30 años con un diagnóstico psiquiátrico, la mayoría de las veces un trastorno del estado de ánimo. Era más probable que persiguiera a un varón conocido, extranjero o celebridad, en lugar de alguien con quien tuviera una intimidad sexual previa. En comparación con los acosadores masculinos, las acosadoras tenían antecedentes penales significativamente menos frecuentes y eran significativamente menos amenazantes y violentos. Su comportamiento de búsqueda era menos basado en la proximidad, y sus comunicaciones eran más benignas que las de los hombres. La duración media del acecho fue de 17 meses, pero la duración modal fue de dos meses. La reincidencia fue de 50%, con un tiempo modal entre la intervención y el contacto con la víctima de un día. Cualquier relación real previa (relaciones sexuales íntimas o conocidas) aumentó significativamente la frecuencia de las amenazas y la violencia con grandes tamaños de efecto para toda la muestra femenina. Este resultó ser el subgrupo más peligroso, de los cuales la mayoría amenazaban y eran físicamente violentas. Las menos peligrosas eran los acosadoras de las celebridades de Hollywood. Dos de las variables predictoras para la violencia en el acecho de los hombres fueron validadas externamente con tamaños de efecto moderados para las mujeres: las amenazas se asociaron con un mayor riesgo de violencia y la escritura de cartas se asoció con un menor riesgo de violencia.

En conclusión,  la relación entre el acosador y la víctima parece primordial en el comportamiento del acosador femenino. En mujeres mitiga la agresión, pero el apego la agrava.  De hecho, el subgrupo más peligroso entre los acosadores masculinos y femeninos es aquellos que han tenido una relación previa sexualmente íntima con la víctima. Este estudio subraya la importancia de determinar el tipo de acosador cuando se realizan investigaciones o intervenciones de planificación, partiendo de las dos tipologías de acecho.

Los psicópatas y la inmunidad al castigo. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Punishment and psychopathy: a case-control functional MRI investigation of reinforcement learning in violent antisocial personality disordered men”, de los autores Sarah Gregory, R. James Blair, Dominic Ff ytche, Andrew Simmons, Veena Kumari, Sheilagh Hodgins y Nigel Blackwood, del Departamento de Ciencias Forenses y Neurodesarrollo del Instituto de Psiquiatría del Kings College London, que estudian las diferencias a nivel cerebral de los psicópatas y el resto de delincuentes y personas normales.

Estamos familiarizados con el concepto de “psicópata”. Ya hemos hablado en otras ocasiones de ellos y es que no podemos dejar de estar fascinados con ese aproximado 1- 3% de la población que, aunque físicamente es igual que nosotros, carece de empatía, remordimientos, vergüenza o culpa. Está claro que, ni todos los asesinos son psicópatas, ni todos los psicópatas son asesinos, pero sus características emocionales y psicológicas les hacen personas a las que no querríamos al cargo de nuestros hijos o nuestros secretos. Y es que se calcula que entre el 15% y el 25% de la población masculina delincuente son psicópatas, es decir, aproximadamente uno de cada cinco delincuentes violentos es un psicópata. Datos nada desdeñables y que les mantienen bajo los focos de la investigación criminológica.

Sin embargo, la duda que ahora los trae a colación es cómo funciona realmente la mente de un psicópata violento en comparación otros delincuentes violentos no psicópatas. Si realizan los mismos actos, ¿realmente son tan diferentes?

Participaron en este estudio 50 personas, de las cuales 12 eran delincuentes violentos con trastorno antisocial y psicopatía, 20 delincuentes violentos con trastorno antisocial pero no psicópatas y 18 personas que no eran delincuentes ni tenían ningún tipo de trastorno como grupo de control. Todos ellos estaban entre los 20 y los 50 años de edad. Los participantes pasaron por una resonancia magnética funcional para medir la activación cerebral asociada con el castigo y la recompensa durante una tarea de probabilidades después de dos semanas sin consumo de alcohol ni drogas, factor que se comprobó con análisis de saliva y orina. Realizaron también una prueba de inteligencia y un cuestionario sobre agresividad.

Los investigadores encontraron que a nivel cerebral los psicópatas mostraban activación en la corteza cingulada posterior y la ínsula anterior en respuesta a los castigos en lo errores y una disminución de la activación en la corteza temporal superior a las recompensas. Es decir, una alteración en las zonas relacionadas con la empatía, el procesamiento de las emociones como la culpa y la vergüenza y el razonamiento moral. Estas zonas son también responsables de nuestra capacidad de aprender a base de recompensas y castigos.

Por lo general, las personas dirigimos nuestra conducta a base del juicio social, buscando el halago y huyendo del reproche o las represalias. Nuestro cerebro nos hace sentir bien cuando somos recompensados y mal cuando somos reprendidos, pero, ¿por qué íbamos a cambiar nuestra conducta si al hacer algo mal no sentimos ningún tipo de molestia? Y esto es lo que les ocurre a los psicópatas. Valoran las recompensas de sus actos, pero ignoran las consecuencias, no sienten culpa, ni remordimientos, ni vergüenza como ya hemos dicho así que su conducta no varía por esas mismas variables que nos mueven a los demás. De hecho, un psicópata es mucho más proclive a delinquir una vez salga de la cárcel, ya que el castigo no modula su forma de actuar.

En conclusión, si bien un psicópata es legalmente responsable de sus actos, ya que conoce las leyes que infringe, es difícil considerarle moralmente responsable dado que sus cerebros no funcionan en términos de ética y moral. El siguiente punto sería abordar cómo tratar en el sistema penal con gente a la que la cárcel no le sirve de escarmiento sino sólo como forma de aislarles del resto del mundo y cómo abordar su reinserción en un mundo que sí se rige por la ética.

Utilidad del test SDQ para detectar jóvenes pirómanos. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The utility of the Strengths and Difficulties Questionnaire as a screening measure among children and adolescents who light fires”, de los autores Ian Lambie y Ariana Krynen, de la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda), que nos enseña como un sencillo test puede ser utilizado para detectar conductas piromaniacas en niños y adolescentes.

La piromanía es un comportamiento con altas tasas de participación de niños y adolescentes. En 2014, los niños de hasta 17 años fueron el 49% de las detenciones por incendios en Nueva Zelanda, y los menores de 21 fueron responsables de hasta un 60%. Del mismo modo, en Estados Unidos los menores de 18 años son el 45% de los casos de conductas piromaniacas; y en Reino Unido, el 40% se achaca a niños entre 10 y 17 años.

Por lo que sabemos, consiste en comenzar un fuego de forma deliberada y es más común en varones. Es un comportamiento potencialmente peligroso, con serios daños emocionales y económicos. Además, se trata de una conducta recurrente, por lo que es importante realizar intervenciones que reduzcan las posibilidades de futuros incidentes. Las investigaciones previas correlacionan la piromanía con trastornos de conducta antisocial. Es por ello que se propone el test SDQ como herramienta para el cribado y la detección de pirómanos en la infancia y adolescencia.

La muestra está compuesta por 57 niños y adolescentes con edades comprendidas entre los 6 y los 17 años que tuvieron un comportamiento pirómano en los últimos seis meses. El 90% de la muestra fueron varones, es decir, sólo hubo seis chicas. La muestra se dividió en tres subgrupos por edades. El primer grupo comprendía a los niños entre 6 y 10 años, que fueron un total de dieciséis, doce de ellos chicos. El segundo grupo fueron catorce chicos, todo varones, de entre 11 y 13 años. Y el tercero fueron veintisiete participantes, 25 de los cuales eran hombres, con edades entre 14 y 17 años. Para hacer comparaciones se seleccionó a los 32 chavales de entre 13 y 17 años que tenían conducta pirómana y a 484 estudiantes de entre 13 y 17 años, de los cuales el 51% eran varones, que nunca habían mostrado síntomas de conducta pirómana.

Se les pasó el cuestionario SDQ (“Strengths and Difficulties Questionnaire” o Cuestionario de Fortalezas/Capacidades y Dificultades), que sirve para cribar problemas emocionales y de comportamiento en jóvenes entre 4 y 17 años. Son 25 ítems que se subdividen en cinco escalas: síntomas emocionales (ej. “tengo muchas preocupaciones”), problemas de conducta (ej. “a menudo tengo mal genio”), hiperactividad o déficit de atención (ej. “no puedo quedarme quieto por mucho tiempo”), problemas en la relación con iguales (ej. “soy más bien solitario”) y conducta prosocial (ej. “ofrezco ayuda cuando la necesitan”). Además incluye un suplemento de preguntas para el malestar general y el bienestar emocional. Es uno de los test más utilizado para salud mental en niños y adolescentes por su fiabilidad y validez.

El test fue utilizado en su versión para padres y profesores y en casos de autoinforme cuando era posible (mayores de 11 años). Sin embargo, no todos los profesores cumplimentaron el informe, de modo que los datos de todos los profesores se dejaron fuera del análisis.

  • De 6 a 10 años: El 56% tenían puntuaciones en el rango anormal, lo que sugiere que tenían un riesgo considerable de tener algún tipo de problema clínico. El 69% tenían problemas de conducta, el 56% de relación entre iguales, el 38% déficit de atención y 38% de falta de conducta prosocial. Pero en los problemas emocionales, el 69% tuvo un rango normal. En las preguntas suplementarias, el 50% de los padres consideró que sus hijos tenían dificultades.
  • De 11 a 13 años: se tenían tantos los reportes de los padres como los de autoinforme. El 78,6% y el 27,3% respectivamente indicaban que estaban que estaban en riesgo sustancial de tener problemas clínicos. Según los informes de los padres, el 78,6% tenían problemas de conducta (36,4% según el autoinforme), el 71,4% de relación entre iguales, el 42,9% de síntomas emocionales, el 28,6% déficit de atención (45,5% según el autoinforme), pero no hubo problemas con la conducta prosocial. Para los valores suplementerios encontramos 64,3% y 45,5% (padres e hijos respectivamente) en valores anormales de angustia y malestar.
  • De 14 a 17 años: se tenían tantos los reportes de los padres como los de autoinforme. El 40% y el 11,5% respectivamente indicaban que estaban que estaban en riesgo sustancial de tener problemas clínicos. Según los informes de los padres, el 40% tenían problemas de conducta (27% según el autoinforme), el 24% de relación entre iguales, el 44% déficit de atención (23% según el autoinforme), pero no hubo problemas con la conducta prosocial ni problemas emocionales. Para los valores suplementerios había una gran proporción de valores anormales de angustia y malestar.

A nivel general, no encontramos diferencias entre los tres grupos entre sí que sean estadísticamente significativas. Pero al compararlos con la muestra de niños sin problemas de piromanía encontramos que hay diferencias significativas para los problemas de conducta, los problemas de atención e hiperactividad y totales más altos en general. En el resto de escalas no hubo diferencias. También se encontró que correlacionaban los autoinformes de los niños con los de los padres, a pesar de las diferencias antes observadas.

En conclusión, los niños y adolescentes con tendencias a la piromanía exhibían una amplia gama de problemas conductuales y psicosociales. La identificación de estos casos es clave para evitar desastres y proporcionar ayuda a la familia en una intervención adecuada. Para futuras investigaciones sería interesante que los estudiantes que usaron como grupo control se ajustaran a la muestra en sexo, dado que una era casi en su totalidad varones y en la otra eran la mitad. Y también sería interesante replicar este estudio con adolescentes de otras partes del mundo, no sólo de Nueva Zelanda. Algo que con las nuevas tecnologías sería fácil de conseguir por internet o colaborando con otras universidades. Pero es un importante paso en la detección de pirómanos.

Síndrome de Munchausen por Poder. Club de las Ciencias Forenses.

Sindrome de Munchausen por poder Club Ciencias Forenses

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Síndrome de Munchausen por poder”, de los autores María Fernanda Cujiño, Andrés Dávila, Mónica María Sarmiento, María Inés Villareal y Roberto Chaskel, de la Universidad de Bogotá, que realizan una revisión sobre el síndrome de Munchausen por poder en niños.

En el siglo XVIII, Karl Friedrich Hieronymus, barón de Münchhausen, se hizo famoso por contar historias de aventuras fantásticas que nunca le habían sucedido, como haber bailado en el estómago de una ballena o haber viajado a la luna. No fue hasta 1951 cuando el doctor Richard Asher, en honor al fantasioso barón, tomó su nombre para identificar a un peculiar síndrome consistente en fingir síntomas de enfermedad en ausencia de ésta. Es importante diferenciarlos de aquellos que simulan las dolencias para obtener algún beneficio o evitar responsabilidades, como sería el caso de cobrar un seguro médico o evitar la cárcel.  Los que adolecen este síndrome no buscan incentivos externos más allá de la atención médica que logran como pacientes.

Una variante de este síndrome es el Munchausen por poder, también conocido como trastorno facticio impuesto a otro, que como su nombre indica consiste en atribuir la enfermedad a otra persona, llegando a provocarle los síntomas incluso. Es frecuente que las víctimas en este caso sean menores de edad por lo que es considerada una forma de maltrato infantil potencialmente peligrosa y muy distinta de la que acostumbramos a tratar.

Los elementos esenciales del síndrome son la presencia de síntomas físicos o psicológicos que pueden ser inventados o producidos por los padres o cuidadores y que además remiten al separar a los niños de ellos y la negación por su parte de haber perpetrado la farsa. Los padres o cuidadores tienen la necesidad de enfermar al niño o de llamar la atención de esta forma. El problema radica en que no se posee una manera fácil de detectar las señales de este síndrome, por lo que es complejo ayudar a la sospecha diagnóstica ya que cualquier sistema puede encontrarse comprometido (respiratorio, gastrointestinal, cardiovascular) e incluso a veces presentar síntomas de diversas enfermedades al mismo tiempo. El síntoma más frecuente es el sangrado de cualquier tipo (44%), seguido de convulsiones (42%), apnea (15%), diarrea (11%), vómito (10%) y fiebre (10%).

Se ha calculado que existe una incidencia anual de 0,5 a 2 por cada 100000 niños menores de 16 años. La prevalencia es por igual en ambos sexos y la edad promedio es entre los tres y los cuatro años, aunque incluso se han observado casos en fetos. Y el intervalo entre el inicio de los síntomas y el diagnóstico es de 15 meses. Por lo general, la causante es la madre.

Como decíamos, no es fácil detectar este síndrome, pero hay algunas señales que pueden servir de indicadores a los clínicos:

  • Enfermedad persistente o recurrente que no puede ser explicada adecuadamente con una base médica.
  • Signos y síntomas que aparecen en la presencia del cuidador y desaparecen en su ausencia.
  • Madre sobreinvolucrada con la atención del paciente y siempre presente en el hospital.
  • El caso descrito parece un trastorno raro.
  • Ausencia de respuesta a tratamientos adecuados.
  • Discrepancia entre la historia, los hallazgos clínicos y el buen estado del niño.
  • Madre menos preocupada que el personal médico acerca de la enfermedad del paciente.
  • Familias con antecedentes previos de muertes infantiles inexplicadas.
  • Cuidador con experiencia o entrenamiento en el campo de la salud.
  • Historia psiquiátrica de la madre.
  • Conducta extraña de la madre en el hospital.
  • Gran cantidad de exámenes paraclínicos realizados y dentro de los límites normales.

Además, es importante conocer a los padres para ver sus perfiles. En general, los padres tienen buena relación con el equipo médico hasta que se descartan las causas orgánicas de la enfermedad de su hijo. La mayoría serán madres con experiencia o cercanía al área de salud y padres que no saben de la supuesta enfermedad o están poco involucrados en el cuidado del niño, frecuentemente con trabajos que les alejan de la familia por largos periodos de tiempo y una relación marital pobre.  Además, podemos ver que las madres son sobreprotectoras, aunque más afectivas con sus hijos cuando hay personas delante, y no reaccionan bien cuando se les discute sobre la enfermedad del niño o de las técnicas médicas a emplear.

La tasa de mortalidad de los niños diagnosticados es de 9%, siendo las causas de muerte más frecuente son sofocación y envenenamiento. En aquellos pacientes que no habían sufrido previamente heridas físicas y volvieron con sus familias se encontró evidencia de maltrato en 17% a los dos años de seguimiento. Algunos estudios añaden que, en caso de muerte en el primer niño, los padres inician el síndrome en otros niños de la casa. También se ha observado el patrón de que, al crecer, los niños se vuelven colaboradores y aceptan su papel de enfermos, aprendiendo pasivamente a tolerar los procedimientos médicos. Son niños que en un futuro muestran comportamiento hipocondriaco y llegan a ser perpetuadores del síndrome de Munchausen con sus propios hijos.

En conclusión, aún sabemos poco de este tipo de abuso que, por lo general, tiene como víctimas a los niños. A pesar de tener algunos indicadores basados principalmente en el perfil psicológico de los padres, es difícil dar una respuesta rápida ya que por las diversas formas de manifestarse el maltrato no es hasta que falla el tratamiento que podemos empezar a sospechar que se trata de una sintomatología provocada. Sin embargo, una vez detectado es importante la intervención tanto en el adulto perpetrador como en el propio niño para evitar que en un futuro continúe esa cadena de atrocidad.

Psicopatía, sadismo y maltrato animal – Club de las Ciencias Forenses

Psicopatía, sadismo y maltrato animal - Behavior and law

Estimados suscriptores y seguidores del Club de Ciencias Forenses, esta semana les ofrecemos un resumen del artículo “Among a German Sample of Forensic Patients, Previous Animal Abuse Mediates Between Psychopathy and Sadistic Actions”, de los autores Alexandra Stupperich, de la Police Academy of Lower Saxony, y Micha Strack, del Georg-Elias-Mueller-Institute of Psychology, que busca relacionar un historial previo de abusos a animales con la presencia de actitudes sádicas posteriores.

Hace mucho tiempo que se presta atención a las motivaciones personales de aquellos que cometen agresiones interpersonales severas. Sin embargo, no se ha prestado tanta atención a los contribuidores observables a estas formas de agresión. En este sentido, recientes estudios han puesto de relevancia un elevado número de vías ambientales a través de las cuales un individuo puede desarrollar una tendencia a realizar conductas sádicas durante sus crímenes. Aunque hay un gran número de factores de riesgo (por ejemplo, falta de culpabilidad, de empatías, etc.), hay uno que ha llamado particularmente la atención, y que aparece a edades jóvenes: el abuso y maltrato de animales.

Pero, ¿Qué son las conductas sádicas? se trata de conductas caracterizadas por la presencia de un patrón de crueldad, agresividad, manipulación y conducta despreciativa hacia otros. Pero además, si observamos más en profundidad las investigaciones y analizamos las posibles relaciones entre comportamientos, encontramos que ambas conductas (el maltrato animal y las conductas sádicas) pueden encontrarse relacionadas con otro desorden de la personalidad: la psicopatía. Con esta tríada de conceptos, las autoras de esta investigación realizan dos preguntas:

1. ¿Pueden los abusadores de animales ser identificados como un perfil concreto dentro de la psicopatía?

2. ¿Media la conducta de agresión a los animales entre la psicopatía y la violencia sádica interpersonal?

Si la respuesta a ambas cuestiones es sí, los psicópatas que abusen de animales deberán ser distintos de aquellos que no lo son en las escalas de la “Psychopathy Checklist”, y las mismas escalas deberán permitir predecir las conductas sádicas. Pues bien: para poner a prueba estas hipótesis, se recurrió a una muestra de 60 hombres alemanes durante su estancia en hospitales forenses de alta seguridad en Alemania. Los crímenes de los mismos variaron entre el asesinato (11), violación (7), abuso a menores (5), crímenes de lesiones (26) robos (6) y otros (5). Para evaluar la psicopatía se utilizó el PCL-SV, una escala de 12 ítems basada en la PCL-R. La existencia de conductas de maltrato hacia animales y de otras conductas sádicas se analizó a través del estudio de archivos y de entrevistas con los presos.

Entre los 60 pacientes, se encontró que 10 habían abusado de animales. De entre los mismos, seis confesaron haber llevado a cabo acciones sádicas en sus crímenes. Aunque esta muestra era pequeña, se encontró que la asociación entre abuso animal y actuaciones sádicas era significativa. A su vez, se encontró (poniendo a prueba la primera hipótesis) que los abusadores puntuaban significativamente más alto en conducta antisocial en la adolescencia, superficialidad, falta de remordimientos, falta de empatía y grandiosidad. Es decir, se encontraron diferencias significativas en los factores afectivos e interpersonales, aunque no en los de estilo de vida.

Con el fin de demostrar la segunda hipótesis, se estudió la relación entre las tres variables. Así, se encontró que el abuso animal aparece como necesario para realizar acciones sádicas (recordemos la particularidad de la muestra). Por otro lado, se comprobó que si el abuso animal permite predecir las conductas sádicas en los crímenes, y que la puntuación en la escala de psicopatía permitía predecir la realización de conductas sádicas y la presencia de abuso animal. Por tanto, y en base a los cálculos estadísticos realizados, se encontró que en la muestra estudiada, la mediación entre la psicopatía y la conducta sádica a través del abuso animal era completo, demostrándose así una posible conexión entre crueldad con los animales y desarrollo psicopático, y la relación existente entre la crueldad con los animales y el uso de conductas sádicas a nivel criminal.

El Lenguaje de los Psicópatas. Club Ciencias Forenses.

El Lenguaje de los Psicópatas. Club Ciencias Forenses.

El Lenguaje de los Psicópatas. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, esta semana les ofrecemos un resumen del artículo “Hambre de lobo: Un análisis de los patrones lingüísticos del lenguaje de los psicópatas”, de los autores Jeffrey T. Hancock de la Universidad Cornell (EE.UU.) y, Michael T. Woodworth y Stephen Porter de la Universidad de Columbia Británica (Canadá), sobre las características lingüísticas de un psicópata.

Las palabras pueden revelar importantes conocimientos sobre el funcionamiento psicológico incluidos la depresión, la personalidad, e incluso si una persona está mintiendo. Una creciente linea de investigación sugiere que los patrones sutiles en la selección de palabras pueden revelar los procesos cognitivos y emocionales subyacentes, en gran parte debido a la operación automática y no consciente de la producción del lenguaje que está estrechamente relacionada con los estados y las dinámicas psicológicas básicas. Se puede obtener una comprensión más depurada de las particulares características psicológicas a través de programas de análisis estadístico de textos que analizan de manera eficaz una diversidad de variables lingüísticas. Aunque este tipo de investigación plantea que la psicopatología puede reflejarse en los estilos lingüísticos idiosincrásicos, existen pocos análisis de relatos de psicópatas. Los psicópatas poseen combinaciones específicas de características cognitivas, sociales y emocionales que los diferencian de la población general. Demuestran una tendencia totalmente egoísta y un profundo déficit emocional, como se evidencia en estudios de psicofisiología, neurología y conducta. Los psicópatas suelen ser hábiles conversadores y emplean el lenguaje para mentir, atraer, y en última instancia “utilizan” a los demás para obtener un beneficio material, drogas, sexo o poder. A pesar de esta habilidad aparente, estudios previos han revelado que el lenguaje del psicópata parece ser, sorprendentemente, menos coherente que el de los no psicópatas. Se ha podido observar, que el discurso de los psicópatas suele ser más accesorio e incoherente. El presente estudio es el primero en analizar únicamente las cualidades específicas del lenguaje psicopático utilizando unas sofisticadas herramientas de análisis estadístico de textos.

Usando estas herramientas, se han examinado las características lingüísticas de los psicópatas (al relatar sus crímenes violentos) en tres características principales: su naturaleza instrumental, material único y necesidades socioemocionales y déficit emocional. En primer lugar, parece que los psicópatas ven el mundo y a los demás de una manera instrumental. Sería interesante comprobar si su orientación instrumental se refleja en su discurso con un lenguaje más obvio y enfocado a sus actos criminales, con un uso relativamente elevado de conjunciones subordinadas (“porque”, “puesto”, “como”, “por lo que”). En segundo lugar, se supone que los psicópatas tienen impulsos y necesidades socioemocionales especiales que podrían dar lugar a patrones lingüísticos particulares. En tercer lugar, los psicópatas evidencian un déficit generalizado en su capacidad para interpretar y experimentar la emoción. Se ha investigado por tanto, si este déficit emocional se refleja en varias dimensiones de su lenguaje. El distanciamiento psicológico se relaciona con un mayor uso de formas verbales en pasado y menos formas verbales del presente, y un mayor empleo de artículos o nombres concretos. Se espera que los psicópatas utilicen un lenguaje consistente con el distanciamiento psicológico y que hablen de sus asesinatos como si hubiesen ocurrido hace mucho tiempo y empleando más artículos que los no psicópatas. La muestra se compone de 52 asesinos de género masculino, psicópatas (n=14) y no psicópatas (n=38), encarcelados en centro penitenciarios canadienses, que admitieron sus crímenes y se ofrecieron voluntarios para este estudio. La psicopatía se midió utilizando el Psychopathy Checklist-Revised (PCL-R), el método más ampliamente utilizado para la evaluación de la psicopatía en los últimos 20 años. Mientras estaban siendo grabado tanto en vídeo como en audio, se pedía a los participantes que describieran el acto homicida con el mayor detalle posible. Se han utilizado dos herramientas de análisis de texto para analizar las transcripciones. La primera es el programa de análisis de corpus Wmatrix, empleado para comparar las partes del discurso y analizar los conceptos semánticos en los corpus de los psicópatas y del grupo control. La segunda herramienta de análisis de texto es el Dictionary of Affect in Language (DAL), un programa que se usa para examinar el estilo afectivo de las palabras.

Se espera que los psicópatas muestren patrones lingüísticos únicos relacionados con su visión del mundo instrumental, sus necesidades fisiológicas primitivas, y su profundo déficit emocional, al describir un suceso autobiográfico importante (un homicidio). Generalmente, los resultados han sido consistentes con las predicciones; las narraciones de los psicópatas contienen una mayor instrumentalidad y más aclaraciones, enfocadas en la auto-preservación y la necesidades corporales, y con más interrupciones del habla, orientadas hacia el pasado, y con menos intensidad emocional en comparación con los delincuentes no psicópatas. Es importante destacar que estas diferencias en el estilo están probablemente fuera del control consciente y son difíciles de alterar intencionalmente en un discurso. El primer hallazgo, es que los psicópatas son más propensos a utilizar un lenguaje aclaratorio y enfocado a sus actos criminales, con un nivel relativamente alto de conjunciones subordinadas, lo que indica más afirmaciones de causa-efecto. Este patrón sugiere que los psicópatas probablemente consideran el crimen como un resultado lógico de un plan, consistente con que su violencia es más instrumental y está más motivada por los objetivos que la de otros delincuentes. En segundo lugar, se ha descubierto que los psicópatas usan aproximadamente dos veces más palabras relacionadas con las necesidades fisiológicas y de autoconservación básicas al describir su violencia que sus homólogos. Por otra parte, los delincuentes no psicópatas utilizan un lenguaje más relacionado con las necesidades sociales. Este patrón es consistente con el hecho de que la conceptualización de los psicópatas está centrada en las necesidades más básicas o en una etapa más temprana del desarrollo del yo. Los resultados, sin embargo, también pueden simplemente reflejar que son más propensos a recordar detalles accesorios del asesinato (como lo que comieron ese día) que los no psicópatas que suelen recordar los detalles más centrales del homicidio. Otro hallazgo importante se refiere al contenido emocional de los relatos. Era de suponer que los psicópatas describieran el horrible acto de manera fría, sin emociones, consistente con el conocimiento teórico y empírico existente. Así pues, los individuos con altas puntuaciones en el Factor 1 del PCL-R (rasgos afectivos/interpersonales) describen el crimen con menor intensidad emocional y utilizan asimismo un lenguaje menos emocionalmente agradable, lo que demuestra efectivamente la naturaleza más oscura de su personalidad. El hecho de que los psicópatas sitúen el asesinato lejos en el pasado puede ser consistente con la idea del distanciamiento emocional, tal y como se observa por el incremento en el uso de formas verbales del pasado pero no de formas verbales del presente. Por otra parte, los no psicópatas pueden visualizar y describir el suceso en el presente. No obstante, el principal hallazgo es que el lenguaje del psicópata contiene considerablemente más interrupciones del habla. La específica tarea de describir un intenso suceso “emocional” a otra persona de manera que parezca apropiado (gestión de la impresión) puede producir una mayor carga cognitiva en el psicópata, lo que da lugar a un habla menos fluida y coherente. Sin embargo, existen algunas limitaciones que deben tenerse en cuenta en la interpretación de los resultados. En primer lugar, el análisis estadístico de textos se ha llevado a cabo con narraciones relativas a un tipo de suceso (un homicidio), evidentemente, un tipo inusual de suceso en términos de tasas de referencia y contenido emocional. En segundo lugar, se pidió a los delincuentes que describieran un suceso que no fue grabado. Por lo que es probable que algunos de los sujetos no fueran del todo sinceros acerca de los detalles del suceso. En resumidas cuentas, el análisis del lenguaje de los psicópatas revela que describen sucesos emocionales intensos (sus crímenes) de una forma peculiar. En relación con otros individuos, sus relatos contienen más afirmaciones de causa-efecto, más referencias a necesidades fisiológicas básicas, son menos emocionales y menos positivos, muestran un desapego emocional al usar más tiempos en pasado, y revelan una gran falta de fluidez que sugiere que la tarea es cognitivamente exigente. En general, estos resultados abren una nueva ventana a la mente del psicópata, permitiendo deducir que la visión del mundo de un psicópata es fundamentalmente diferente del resto de la especie humana.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club de Ciencias Forenses

Traducción y edición: Leticia Moreno

Factores de Criminalidad. Club Ciencias Forenses.

Factores que conducen a la criminalidad.

Factores de Criminalidad. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, esta semana les ofrecemos un resumen del artículo “Los factores de la Criminalidad son los Genes, el Temperamento y la Personalidad psicopática”, de los autores Matt DeLisi de la Universidad Estatal de Iowa (EE.UU.) y Michael G. Vaughn de la Universidad de Saint-Louis (EE.UU.), que trata sobre los factores que conducen a la criminalidad.

El estudio de la conducta antisocial grave y violenta ha evolucionado de un enfoque basado en los factores estructurales y medioambientales hasta un nivel individual. La criminología ha empezado a prestar atención a los factores constitucionales que influyen en la autorregulación, el procesamiento emocional, el funcionamiento neuropsicológico y los procesos relacionados. En este trabajo se plantea que las condiciones necesarias para la criminalidad implican características constitucionales básicas y recalca la reciente investigación sobre genes, temperamento y personalidad psicopática. Se centra además en la Evaluación Integral de la Personalidad Psicopática (CAPP) y en el estudio de la posible integración de la genética, el temperamento, y la psicopatía para comprender la criminalidad.

Más allá de los factores de riesgo sociales, existen otros factores que explican la varianza de la agresión, la ira y los problemas de conducta en la infancia. Y esos otros factores son los factores genéticos. Gracias a los numerosos estudios sobre asociación genética molecular existe un amplio conjunto de genes específicos que se han relacionado con la criminalidad. Se ha descubierto que los portadores del alelo G manifiestan más comportamientos antisociales en situaciones de estrés social. Se han revelado asimismo asociaciones significativas entre los genes de la dopamina y el comportamiento antisocial cuando se dan en contextos ambientales que evidencian un control social bajo. Se han hallado recientemente asociaciones significativas entre el gen de la monoaminaooxidasa A (MAOA) y la adversidad en la infancia. Se ha podido demostrar igualmente una relación entre el gen DRD4 y la delincuencia, la ira y la búsqueda de emociones. Es importante recordar que, aunque significativos, los efectos genéticos normalmente son muy escasos y suelen darse en ambientes desfavorecidos. A la larga, el ADN, el ARN y la síntesis de proteínas se expresan en nuestra biología, y lo más importante, en nuestro cerebro. El temperamento es la tendencia estable, en gran parte innata con la que un individuo percibe el entorno y regula sus respuestas hacia él. El temperamento refleja las diferencias básicas en la reactividad del sistema nervioso central que se manifiestan en la varianza en el nivel de actividad, la emotividad y el humor, los comportamientos de acercamiento y retirada, y la autorregulación. Por otro lado, los factores de riesgo genéticos relacionados con el temperamento de la madre biológica interactúan con los factores de riesgo ambientales para influir en los comportamientos desafiantes infantiles. El perfil temperamental ofensivo se asocia especialmente con la insensibilidad y formas más agresivas de problemas conductuales. En resumen, los déficits temperamentales caracterizados por una baja autorregulación, una emocionalidad negativa e intercambios hostiles con otros, proporcionan toda una vida con problemas de conducta. Por lo tanto el temperamento constituye un componente principal de la criminalidad y, afortunadamente se observa en edades muy tempranas para facilitar las intervenciones preventivas. A pesar de que el temperamento refleja la diferenciación biológica básica, generalmente se considera la base sobre la cual descansa la personalidad. La personalidad psicopática, caracterizada por rasgos afectivos, comportamentales, y estilos de vida distintivos, es moderadamente hereditaria e identificable en niños y adolescentes. Asimismo, la antisocialidad es inherente a la psicopatía. Una innovación relativamente reciente pero importante en la bibliografía sobre psicopatía ofrece la posibilidad de integrar todos estos ingredientes básicos para la comprensión de la criminalidad. La Evaluación Integral del Trastorno de Personalidad Psicopática (CAPP) conceptualiza el trastorno en un modelo léxico de la personalidad. El CAPP incluye 33 síntomas que son adjetivos o frases adjetivas que se definen en términos de otros tres adjetivos/frases adjetivas. Estos síntomas se agrupan en seis áreas que representan: 1) apego, 2) regulación o restricción conductual, 3) cognición, 4) dominación o relaciones de estado, 5) emoción y 6) identidad.

Uno de los debates más importantes en psicología se centra en la utilidad de la aplicación de los modelos estructurales de la personalidad para la comprensión de la psicopatía. Los modelos estructurales son las evaluaciones globales de la personalidad que no están centrados en un tema específico, como la antisocialidad o la aptitud profesional. El modelo estructural más conocido es el modelo de los Cinco Factores o comúnmente conocido como los Cinco Grandes (Big Five), que se mide con el NEO-PIR. Esta reciente conceptualización ha encontrado su camino en la psiquiatría, la práctica clínica y correccional. En el DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales), el Trastorno Antisocial de la Personalidad está compuesto por dos criterios diagnósticos. Es decir, existe un reciente y creciente movimiento hacia la conceptualización de las condiciones antisociales, o más generalmente, de la criminalidad, como un conjunto de rasgos básicos reflejados por constructos de orden superior. En consecuencia la criminalidad está determinada por rasgos de personalidad psicopática (que se encuentran dentro de los rasgos normales de la personalidad), que se apoya en extensiones fisiológicas y psicológicas del temperamento, y es significativamente hereditaria. Las ventajas de un mayor ámbito de investigación empírica es que facilita no sólo nueva conceptualizaciones sino también una poderosa evidencia convergente que puede ser relacionada con mecanismos básicos. Además de para saber la verdad, esto es importante para llevar a cabo intervenciones preventivas que son posiblemente más sostenibles ya que están unidas a procesos causales subyacentes que ocurren a una edad relativamente temprana. Por otra parte, los científicos de prevención también han señalado que muchas intervenciones efectivas son de naturaleza biosocial, que se ajustan muy bien a los elementos básicos de la criminalidad analizados en el presente trabajo. Aunque es cierto que muchas de estas intervenciones necesitan más pruebas y perfeccionamiento, se espera que una base etiológica de conocimiento más fuerte pueda prestarse a una mayor eficacia de las tecnologías de prevención, que pueden ser ampliamente divulgadas para beneficio de todos.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club de Ciencias Forenses

Traducción y edición: Leticia Moreno

Policía y Salud Mental. Club Ciencias Forenses.

Cómo se enfrenta la Policía a personas con trastornos mentales en su trabajo diario.

Policía y Salud Mental. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, esta vez les ofrecemos un resumen del artículo “Policía y Salud Mental”, de los autores H. Richard Lamb y Linda E. Weinberger de la Universidad de California del Sur (EE.UU.) y Walter J. DeCuirJr de la Unidad de Evaluación Mental del Departamento de Policía de Los Ángeles (EE.UU.), que trata acerca de cómo se enfrenta la Policía a personas con trastornos mentales en su trabajo diario.

El propósito de este artículo es repasar la bibliografía existente acerca del papel de la Policía en el trato con personas con enfermedades mentales graves que sufren crisis y las cuestiones que surgen a menudo durante la necesaria interacción entre las fuerzas del orden y los profesionales de la salud mental. Con respecto a los enfermos mentales, la Policía tiene la facultad de trasladarlos para su evaluación y tratamiento psiquiátrico cuando existe una causa probable para pensar que son un peligro para ellos mismos o para los demás debido a su condición. Ellos son los responsables ya sea del reconocimiento de la necesidad de tratamiento como de ponerlos en relación con los medios de tratamiento adecuados o determinar que el hecho cometido es la principal preocupación y la persona debe ser detenida. En consecuencia, los agentes han pasado a asumir el papel de “psiquiatras de calle”. Un problema importante que supone cumplir esta función es que la Policía tiene poco entrenamiento en este tipo de situaciones. Así pues, esta falta de formación es uno de los factores que ha contribuido a la criminalización de los enfermos mentales. La policía actúa con total discrecionalidad en el ejercicio de sus funciones, incluyendo la decisión sobre lo que debe hacerse en el caso de tener que tratar con un enfermo mental. En la mayoría de los casos, se emplean métodos informales, como tratar de “calmar” a la persona o trasladarla a su domicilio. En situaciones que no pueden ser manejadas de manera informal, la Policía puede tener que conducirlos a los hospitales o a los calabozos. Sin embargo en algunos casos, esta discrecionalidad se ve limitada, por lo que tanto la evaluación psiquiátrica como el tratamiento se llevarán a cabo mientras la persona está bajo custodia. Se han planteado una serie de factores para explicar por qué, en el caso de delitos menores, un agente de policía decide detener a una persona con problemas mentales en lugar de llevarla a un hospital. Para un agente no es tan evidente determinar si una persona padece un trastorno mental como lo es para un profesional de la salud mental, puesto que a pesar de su experiencia, no ha recibido la suficiente formación. Por otro lado, la Policía es muy consciente de que si refieren un enfermo mental al sistema judicial penal, será tratado de manera más apropiada. Cuando la interacción entre el agente y el enfermo es iniciada por la propia Policía, goza de una mayor discrecionalidad. En estos casos, actúan libremente y resuelven el problema de la forma que consideren adecuada, en base a sus conocimientos. El resultado es que algunos policías son más propensos a arrestar a estas personas, otros intentan que sean hospitalizadas y otros tienden simplemente a dejarlos libres sin otra disposición. A menudo, sin embargo, esta interacción es iniciada por los propios ciudadanos. En tales casos, las demandas de los ciudadanos también pueden entrar en juego y limitar la discrecionalidad de la Policía.

Generalmente, la violencia subyace en la mayoría de las emergencias psiquiátricas. Así pues, la evidencia sugiere que existe un subgrupo de personas con trastornos mentales graves que son significativamente más peligrosos; como son los psicóticos, los que no toman su medicación y los toxicómanos. Este subgrupo plantea un reto considerable tanto para los profesionales de la salud mental como para la Policía. Por lo tanto, es crucial que en situaciones de crisis, tanto la Policía como el sistema de salud mental de emergencia trabajen en estrecha colaboración. Se han desarrollado diferentes estrategias para proporcionar un equipo móvil de la Policía o de profesionales de la salud mental, o ambos para responder a emergencias de este tipo. Muchos partidos judiciales disponen de policías con una formación especial en salud mental que intervienen en situaciones de crisis y actúan como enlaces con el sistema de salud mental. Se denomina a este enfoque el modelo de Memphis. En efecto, estos equipos pueden intervenir en situaciones de emergencia sanitaria o actuar como consultores de los agentes en el lugar de los hechos. Otro plan de acción es la contratación por el propio Departamento de Policía de consejeros de salud mental, que en este caso no serían agentes de policía. Otra estrategia ampliamente aceptada es recurrir, mediante un acuerdo especial con el Departamento de Policía, a equipos psiquiátricos de emergencias constituidos por profesionales de la salud mental que forman parte del sistema sanitario, para responder a situaciones delicadas en el lugar de los hechos. Otro método empleado es el despliegue de equipos integrados tanto por agentes especializados como por profesionales de la salud mental. Los principales objetivos de estos equipos móviles especializados en crisis es resolver el incidente y reducir la criminalización. Una parte fundamental en el desarrollo y mantenimiento de estos equipos móviles especializados es que se debe llevar a cabo una rigurosa y continua evaluación del programa. Además de las alternativas elegidas, las tasas de detención de estos equipos deben ser evaluadas con regularidad para asegurar que se están poniendo en práctica las disposiciones adecuadas y que los centros de salud mental están cooperando en este sentido.

Se ha podido demostrar, que en general, la formación policial es insuficiente para poder identificar y hacer frente a personas con trastornos mentales. Los propios policías consideran que carecen de la formación adecuada para gestionar este segmento de la población. Por lo tanto, esta formación en salud mental es necesaria para todos los agentes, no solo para los que forman parte de los equipos móviles especializados en situaciones de crisis. Además, se debería hacer énfasis en reducir las situaciones que pudieran conllevar el uso de fuerza letal contra personas con trastornos mentales. Por otra parte, probablemente no existe otra situación más difícil para los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley que el llamado “suicidio por policía” o “suicidio asistido por la Policía”. En este tipo de situaciones, un suicida inicia un comportamiento que constituye una amenaza con un arma letal, o con lo que parece ser un arma letal, con la intención de que los propios agentes le disparen en legítima defensa o para proteger a los ciudadanos. En consecuencia, ni el sistema de salud mental ni el sistema policial pueden gestionar las crisis de salud mental de manera eficaz sin la ayuda del otro. Es importante que los agentes de policía sean conscientes de que su función principal sigue siendo el cumplimiento de la ley, aunque posean una formación especial en salud mental. Asimismo, es importante que los profesionales de la salud mental, miembros de los equipos móviles de crisis, no traten de actuar como policías. Para promover aún más la colaboración entre el sistema de salud mental y los departamentos de Policía, deberían realizarse reuniones informativas de forma regular y permanente con representantes de ambas instituciones. Otro elemento importante en la resolución de crisis en las que se ven involucrados enfermos mentales, así como en la reducción de su criminalización, es la disponibilidad de recursos de salud mental apropiados. Existe igualmente la necesidad de mejorar la formación de los agentes en relación a los trastornos mentales, de satisfacer adecuadamente las necesidades de los enfermos mentales, y de saber emplear los recursos de salud mental. Evidentemente, se puede hacer mucho para que ambos sistemas atiendan mejor a las personas con trastornos mentales. En los Estados Unidos, los enfermos mentales han sido asesinados o gravemente heridos en los intentos de manejar las situaciones de crisis sobrevenidas. Estos hechos, con razón, han indignado a la ciudadanía y frustrado a los agentes de la ley y a los profesionales de la salud mental. Así pues, para lograr reducir estos trágicos errores y garantizar una mejor seguridad para todos, se debe favorecer un trabajo eficaz de colaboración entre las fuerzas del orden y el sistema de salud mental.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club de Ciencias Forenses

Traducción y edición: Leticia Moreno

Etiología de la Psicopatía. Club Ciencias Forenses.

Etiología de la Psicopatía. Club Ciencias Forenses.

Etiología de la Psicopatía. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, esta semana les sugerimos un resumen del artículo “La etiología de la psicopatía: Una perspectiva neuropsicológica”, de la autora Pamela R. Perez de la Universidad de Loma Linda (EE.UU.), sobre los patrones biológicos básicos de disfunción cerebral observados en psicópatas.

La psicopatía ha sido definida como un trastorno de la personalidad que se caracteriza por un comportamiento antisocial abierto, así como una serie de rasgos desviados de personalidad; como la falta de empatía, la falta de remordimiento, la insensibilidad, el afecto superficial, la baja tolerancia a la frustración o agresión y la manipulación. A pesar de que existe diferencia entre un psicópata y un sociópata, los términos psicopatía y sociopatía se utilizan a menudo indistintamente. Y por ello sigue habiendo confusión entre estos términos, aunque existen diferencias notables. Según Ramsland (2007), mientras que el psicópata no siente remordimiento por sus actos, el sociópata es capaz de sentir culpa y arrepentimiento, al menos en el contexto de grupo (pandilla) o relaciones familiares. Al sociópata, sin embargo, no le importan nada las normas sociales, y las infringirá sin dudarlo si al hacerlo satisface sus propios deseos o propósitos. Lykken (1995) diferencia entre el sociópata “común” y el psicópata señalando que la sociopatía suele ser resultado de factores ambientales, como la crianza, la ausencia del padre, y la falta de socialización, mientras que la psicopatía se debe a factores biológicos como el temperamento. Hare (1996) denominó a los psicópatas “depredadores intraespecies”, capaces de emplear los medios necesarios, incluida la violencia, para controlar a los demás y satisfacer sus deseos y necesidades. Se sabe muy poco acerca de las causas reales de la psicopatía. Sin embargo, existe cierto acuerdo en “que los factores sociales, especialmente las situaciones adversas en la infancia, como el abuso, juegan un papel en el posterior desarrollo de trastornos de la personalidad”.

Tal y como se ha podido demostrar, los vínculos afectivos formados en la infancia son fundamentales en el desarrollo de la personalidad. Lo que se sabe acerca de los antecedentes familiares de muchos delincuentes violentos, es que la mayoría han tenido historias de abuso y/o negligencia en la infancia, o han sido criados en entornos en los que la violencia era habitual. Existe un fuerte componente tanto ambiental como biológico en la psicopatía, que no debe pasarse por alto. Numerosos estudios han revelado una correlación entre la función del lóbulo frontal y el deterioro en tareas ejecutivas y de discriminación de inhibición conductual en delincuentes. Un primer síntoma importante de psicopatía es un “comportamiento asocial y antisocial persistente, frecuente y variado en edad temprana”. La correlación entre crimen violento y psicopatía es muy fuerte. No obstante, a pesar de ello poco se sabe acerca de por qué algunos individuos se vuelven asesinos en serie con una clara predisposición hacia la psicopatía y otros no. Fonagy et al. (1997), que han realizado un gran estudio sobre el caso de Aileen Wuornos y otros asesinos en serie depredadores, argumentan que la violencia y la delincuencia son en realidad trastornos del sistema de apego. A través del apego los seres humanos desarrollan las habilidades mentales necesarias para reflejar sus propios estados internos así como los de los demás. Sin esta capacidad, la violencia y los actos criminales son una manera de hacer frente a la falta de representación mental de otro. Otra cuestión importante que cabe mencionar, es que los psicópatas no solo son antisociales, sino que tienen claros marcadores neurocognitivos que indican un problema para procesar señales de angustia en otros. Mientras que biológicamente no hay una “causa” universalmente aceptada de la psicopatía, se han observado patrones básicos de disfunción cerebral en individuos que manifiestan tendencias psicopáticas.

La disfunción del lóbulo frontal, junto con la disfunción ejecutiva que resulta de ello, ha sido vinculada durante mucho tiempo a la psicopatía. De acuerdo con las investigaciones en este campo, las regiones específicas de la corteza frontal pueden estar implicadas en la psicopatía. Los individuos psicópatas muestran un deterioro significativo de la función de la corteza frontal orbital (CFO). La CFO se encuentra justo detrás de los ojos. Esta parte del cerebro está involucrada en los procesos cognitivos, incluyendo todo el proceso de toma de decisiones importantes. Se ha sugerido que la CFO podría estar implicada en la planificación de la conducta asociada con el refuerzo y el castigo, las emociones, el comportamiento social, y el aprendizaje de normas. Fallon (2006) declara que la psicopatología violenta en los jóvenes podría estar asociada con un daño estructural y funcional en la CFO, lo que podría afectar a los circuitos relacionados (amígdala, ganglios basales, y circuito córtico-subcortical estríado). Por otra parte, una reacción galvánica anormal ante la anticipación de situaciones aversivas es una reacción común tanto en psicópatas como en sociópatas. En estudios previos se ha observado que la región dorsolateral de la corteza frontal está relacionada con la agresión física. Estudios neuropsicológicos con sujetos con personalidad Grupo B (trastornos borderline, antisocial, histriónico y narcisista) indican que estos individuos presentan una variedad de déficits funcionales ejecutivos (prefrontal) y de memoria (temporal).

Además de regular las funciones ejecutivas, la región prefrontal del cerebro también parece jugar un papel fundamental en el razonamiento abstracto, el control de la atención, la memoria de trabajo, la integración a través del espacio y del tiempo, la anticipación y la planificación. Mientras que la amígdala, por ejemplo, estimula comportamientos instintivos como el hambre, el sexo, la agresión y otras emociones fuertes, la corteza orbital los inhibe. La clave es el equilibrio y un ajuste positivo. Aquí es donde entra en juego la neuroquímica. Los niveles de dopamina (DA) seguramente se verán afectados en esta interacción que tiene lugar en el cerebro, al igual que otros neurotransmisores. La principal preocupación para los neurocientíficos en el estudio de los efectos de estos procesos hormonales/químicos en el cerebro es cuando los niveles de neurotransmisores se desequilibran. Este desequilibrio parece ser el problema en muchos trastornos psicológicos, patológicos, y de la personalidad (incluido el trastorno antisocial de la personalidad). Según Palmer (2005), que trabaja en el ámbito de la criminología psicobiológica, existe un apetitivo (depredador), la fase de búsqueda del psicópata, y luego una fase de consumación (satisfacción). El psicópata buscará la excitación/reacción hormonal por sí mismo o a través de la víctima. Aquí es donde entran en juego las feromonas. La testosterona y los andrógenos son las hormonas más importantes que se han estudiado en criminología, y la serotonina es, probablemente, el principal neurotransmisor estudiado. Del mismo modo, la serotonina (5-HT), la dopamina (DA) y la noradrenalina (NA) son los tres neurotransmisores más comúnmente estudiados por criminólogos, puesto que los individuos antisociales tienden a tener niveles más bajos de serotonina.

Para las personas corrientes, la idea de vivir sin conciencia, sin sentimientos de remordimiento o culpa o vergüenza, y especialmente por el dolor y sufrimiento infligido a los demás, es inimaginable. La incidencia de la psicopatía tiene un impacto tan profundo y terrible en la sociedad que es sorprendente lo poco que la mayoría de la población sabe acerca de ella.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club de Ciencias Forenses

Traducción y edición: Leticia Moreno

Relación entre el Trastorno Negativista Desafiante, el Trastorno de la Conducta, el Trastorno Antisocial de la Personalidad y la Psicopatía. Club Ciencias Forenses.

Relación entre el Trastorno Negativista Desafiante, el Trastorno de la Conducta, el Trastorno Antisocial de la Personalidad y la Psicopatía. Club Ciencias Forenses.

Relación entre el Trastorno Negativista Desafiante, el Trastorno de la Conducta, el Trastorno Antisocial de la Personalidad y la Psicopatía. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les sugerimos un resumen del artículo “La relación entre el Trastorno Negativista Desafiante, el Trastorno de la Conducta, el Trastorno Antisocial de la Personalidad y la Psicopatía: Una trayectoria propuesta” del autor Taylor Salisbury de la Universidad de Western Ontario (Canadá), que nos introduce en el mundo de los trastornos de la conducta y la psicopatía.

Tradicionalmente, los términos asocial, sociópata, psicópata, y TAP (trastorno antisocial de la personalidad) han sido utilizados indistintamente; sin embargo, los recientes progresos en nosología han ayudado a esclarecer la distinción entre ellos. Ahora, los criterios del DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales) se basan en rasgos de comportamiento manifiestos que pueden ser observados y medidos en lugar de depender de las características de personalidad interpersonales y afectivas a menudo ambiguas empleadas para inferir diagnósticos en el pasado. Se ha sostenido la idea de que el TAP, y otros trastornos diagnosticados en la infancia y adolescencia, se encuentran en realidad en un continuo con la psicopatía. El diagnóstico del trastorno negativista desafiante (TND) y/o trastorno de la conducta (TC) en la infancia o adolescencia a menudo precede al desarrollo del TAP en la edad adulta, con lo cual pueden servir de indicadores de comportamiento de una personalidad psicopática general. Es importante examinar estos trastornos del comportamiento para poder extraer las implicaciones relacionadas con el desarrollo infantil y el sistema de justicia penal.

El DSM-IV describe el TND como un patrón negativista, desafiante, desobediente, y un comportamiento hostil hacia las figuras de autoridad con una duración de al menos seis mes y que causa angustia significativa o deterioro en la vida del niño. Este trastorno del comportamiento generalmente comienza en la infancia (2-4 años) y se caracteriza por una manifestación de comportamientos y sentimientos de oposición hacia otras personas, particularmente figuras de autoridad. Rowe et al. (2010) descubrieron que el TND es un predictor significativo de inicio de TC en la infancia. Se ha podido confirmar asimismo que el TND suele tener un inicio más temprano y es más frecuente que el TC. El TC se caracteriza por la violación general de los derechos básicos de los demás, y otras características que incluyen agresión a las personas y animales, destrucción de la propiedad, falsedad, robo, incumplimiento de reglas, y violación grave de las normas sociales. El TC tiene una edad de inicio similar al TND, con síntomas emergentes de los cuatro hasta cinco años, y puede ser diagnosticado en la infancia, la adolescencia o la edad adulta. Obviamente, no todos los niños diagnosticados de TND llegan a desarrollar un TC. Milán y Pinderhughes (2006) examinaron la relación entre la inestabilidad familiar y el desarrollo infantil y plantearon que los patrones precoces de inestabilidad están relacionados con la exteriorización de problemas de conducta (por ejemplo, conducta desafiante). Además, Campbell, Shaw, y Gilliom (2000) encontraron que un ambiente de crianza negativa y estrés combinado con patrones de hiperactividad y agresión puede agravar la progresión de la exteriorización de esos problemas. Finalmente, Skodol et al. (2007) determinaron que las experiencias positivas en la infancia se asocian con un mejor pronóstico y remisión de ciertos trastornos de la personalidad. Los resultados de estos estudios apoyan la idea de que un entorno familiar inestable puede ser un factor influyente en el desarrollo de un TND hacia un inicio prematuro de un TC.

Todas las manifestaciones de un trastorno de la conducta están presentes en el trastorno antisocial de la personalidad a un nivel más extremo, de forma similar a como se relacionan el trastorno negativista desafiante y el trastorno de la conducta. Algunos de los criterios de diagnóstico del TAP incluyen transgresión de las normas sociales, engaño, impulsividad, temeridad, irresponsabilidad y falta de remordimiento. La violencia y la delincuencia son dos características que definen este trastorno, con una proporción significativa de personas con un TAP que se ven envueltos en un estilo de vida criminal. Tanto el TC como el TAP se caracterizan por un comportamiento conflictivo, sin embargo el TAP se distingue por tener un estilo de vida más antisocial. No todos los casos de TC evolucionan como un TAP; no obstante, numerosos estudios empíricos han demostrado un fuerte vínculo entre los dos. Aunque muchos niños y adolescentes con un TND o un TC superan su trastorno, la relación de estos dos trastornos con el TAP es profunda. El DSM-IV-TR utiliza un enfoque conductual en la elaboración de los criterios de diagnóstico para eliminar la confusión y mejorar la fiabilidad del diagnóstico. Puesto que el diagnóstico del TND, TC o TAP está restringido unicamente a la observación de manifestaciones conductuales, se puede sugerir que los tres trastornos están relacionados con la psicopatía, que abarca características conductuales, interpersonales, y afectivas de la personalidad antisocial, que por el contrario no tienen en cuenta los profesionales que emplean el DSM-IV-TR.

El PCL-R (Psychopathic CkeckList Revised), desarrollado por Robert Hare, es una herramienta de medición para evaluar el nivel de psicopatía basado en rasgos conductuales, interpersonales y afectivos. Muchas de las dimensiones evaluadas en el PCL-R son consistentes con los criterios diagnósticos establecidos para el TAP. Asimismo, algunos de sus elementos también se relacionan directamente con el TND y el TC. Del mismo modo, se ha hallado una correlación significativa entre la gravedad del TAP y la gravedad de la psicopatía, apoyando así la idea de que los dos constructos se encuentran en un continuo. A pesar de esa significativa correlación, no todos los individuos con un TAP pueden considerarse psicópatas. Por lo tanto, esto parece indicar que el TAP puede ser una forma moderada de psicopatía basada en un reducido subconjunto de rasgos de comportamiento. Estos hallazgos tienen varias implicaciones para el sistema judicial penal. Tal y como se ha comentado anteriormente, la violencia y la delincuencia son dos características del TAP y por lo tanto de la psicopatía. Heinzen, Kohler, Godt, Geiger y Huchzermeier (2011) señalaron que el cociente intelectual es un factor importante a la hora de predecir la tasa de condena de individuos antisociales. Encontraron que los individuos con altas puntuaciones en características interpersonales de psicopatía son más inteligentes que los que puntúan alto en características antisociales. Aplicando este descubrimiento se podría predecir la tasa de condena y reincidencia de los delincuentes antisociales. Así pues, se ha demostrado la correlación significativa entre las tasas de reincidencia y la psicopatía medida por el PCL-R. El DSM-IV-TR reconoce que la psicopatía tiene una mayor validez predictiva respecto a la reincidencia, especialmente en los centros penitenciarios. Es muy importante entender cómo se relacionan el TND, el TC, el TAP, y la psicopatía con el fin de predecir las vías de desarrollo en niños conflictivos, así como la tasa de condena y reincidencia de adultos antisociales. Queda por tanto claro que el TND, el TC y el TAP pueden ser manifestaciones dependientes de la edad del mismo trastorno subyacente. Comprender esta vía es importante para los niños diagnosticados a una edad temprana, ya que los intentos de educación familiar y terapia pueden ser utilizados para controlar los comportamientos conflictivos e interrumpir su desarrollo. Roberts (1984) destacó la importancia de la participación de los padres para los resultados del tratamiento y sugirió que tiene un impacto en la gestión efectiva de los problemas del paciente y en la aparición de crisis emocionales en adolescentes.

Dicho esto, es importante destacar la interacción del medio ambiente y los factores genéticos en la manifestación de trastornos del comportamiento tales como el TDN y el TC. Puesto que los patrones de inestabilidad familiar pueden contribuir al desarrollo de un trastorno mental, el desarrollo inicial es más probable que se produzca en individuos con una predisposición genética a ese comportamiento. Se puede afirmar lo mismo a la inversa. Los genes pueden ejercen sus efectos combinados en varios sistemas de neurotransmisores y zonas receptoras e interactuar para describir los patrones de comportamiento del TND, el TC o el TAP. Puede resultar muy difícil separar los efectos; sin embargo, es importante admitir la interacción tanto de factores genéticos como ambientales en el desarrollo de los trastornos de la conducta y en su tratamiento. La comprensión de esta vía de desarrollo es igualmente importante para el “etiquetado”. Es peligroso diagnosticar de forma equivocada a una edad temprana dadas las implicaciones negativas que esta etiqueta puede tener en la identidad y desarrollo del niño. No obstante, el diagnostico y etiquetado tienen beneficios que pueden ser aplicados al sistema judicial criminal. Comprender cómo estos trastornos del comportamiento se relacionan con la psicopatía puede ayudar a predecir la tasa de condena y reincidencia en delincuentes antisociales.

El DSM-IV-TR ha respaldado la idea de que el TAP puede estar relacionado con la psicopatía. Además, se ha observado también que los déficits de control inhibitorio y los patrones de actividad cerebral observada en individuos con Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) son similares a los déficits presentes en individuos con TC, TND, y TAP. Este hallazgo ha permitido especular sobre si el TDAH puede ser otro trastorno del comportamiento, lo que podría convertirse en una emocionante línea para futuras investigaciones. Tal y como indica este artículo, es muy importante ser crítico con los intentos de clasificación psicológica y con las implicaciones que pueden tener en los individuos. A medida que nuestra comprensión de los trastornos mentales varía con el tiempo, la correspondiente nosología también debe ser actualizada y mejorada. Este tipo de análisis ha conseguido acercar al DSM hacia el actual sistema de clasificación más válido y fiable.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club de Ciencias Forenses

Traducción y edición: Leticia Moreno

Antiguas entradas