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Categoría: Trastorno mental

Detectar el suicidio en los rasgos faciales. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Detecting Suicidality From Facial Appearance”, de los autores Sela Kleiman y Nicholas O. Rule, de la Universidad de Toronto, que estudian los rasgos faciales asociados a la conducta suicida. 

El suicidio es la primera causa de muerte no natural en España. Dificultad para concentrarse, desprenderse de sus pertenencias, cambios repentinos de comportamiento, pérdida de interés en sus actividades, dificultades en el trabajo, modificación de los hábitos alimentarios o de sueño, conductas autodestructivas o consumo de drogas o alcohol. Hay muchas señales y a pesar de todo, no somos capaces de verlo venir. Es difícil estar atento a tantas señales que a veces pueden achacarse a otros factores… Pero, ¿y si pudiéramos preverlo con un simple vistazo?

Un equipo canadiense plantea la posibilidad, a lo largo de varios estudios y experimentos, de que haya algún tipo de patrón detectable en la cara de los suicidas que nos pueda dar la pista de que van a cometer un suicidio en breve. Lo cual sería una valiosa herramienta en la prevención.

Para este experimento se cogieron fotos de personas fallecidas por suicidio y de personas vivas de sus anuarios del instituto y la universidad. Fueron un total de 80 fotos, 40 de cada tipo (12 mujeres y 28 hombres), que se emparejaron por sexo y raza y se recortaron para mostrar únicamente el rostro. Además se pusieron en escala de grises para tratar de homogeneizarlas entre sí.

En la primera fase del estudio, se pidió a 33 participantes que observaran las 80 fotos y determinaran rápidamente, basándose en su “intuición”, si creían que las personas de las fotografías se habían suicidado o si estaban vivas. Sin importar si el participante ni el individuo representado en la foto eran hombre o mujer, los participantes fueron capaces de identificar con éxito a aquellos que se habían suicidado a un nivel significativamente por encima del azar.

En la siguiente fase, los investigadores querían estar seguros de que el peinado o la forma de la cara no estaban afectando las decisiones. Así que se recortó las fotos más para mostrar sólo “características faciales internas”. 30 participantes examinaron las fotos y, de nuevo, fueron capaces de identificar a las personas que se habían suicidado por encima del azar.

Posteriormente se consiguieron otras 25 fotos de suicidas que posaban mirando a la cámara de entre 14 y 19 años y se emparejaron de nuevo con la misma cantidad de fotos coincidentes en sexo y raza. Esta vez también se tuvieron en cuenta otros detalles al emparejarlos como llevar gafas, por ejemplo. Y, para mayor fiabilidad, realizó el emparejamiento una persona ajena a la investigación para evitar posibles sesgos. Una vez más se recortaron para mostrar sólo los rasgos faciales internos y se presentaron a 29 participantes, que de nuevo acertaron por encima del azar.

Para un segundo estudio, 161 estudiantes de calificaron las fotos de la primera fase del estudio anterior en medidas de depresión, desesperanza, satisfacción con la vida o impulsividad. Las víctimas de suicidio fueron vistas como más impulsivas y más deprimidas, pero no se observaron diferencias en los otros factores. Por lo tanto, las inferencias de la depresión e impulsividad contribuyen a las percepciones sobre el suicidio, pero sólo las inferencias sobre impulsividad realmente pueden predecir si un individuo se suicidará.

En un tercer estudio, pidieron a 133 participantes que evaluaran cada cara sobre la probabilidad de que pensaran que la persona representada podría hacer una compra impulsiva, participar en un comportamiento sexual impulsivo (relaciones sexuales sin protección) o participar en un acto violento impulsivo (una pelea en un bar). Los suicidas fueron juzgados con mayor probabilidad de estar involucrados en un altercado violento, pero no se les veía más propensos a participar en relaciones sexuales sin protección o a realizar una compra impulsiva.  Con lo cual, los investigadores concluyen que, como el suicidio constituye un acto violento contra el yo, hay algún tipo de señal en la apariencia facial que indica la posibilidad violencia impulsiva para el observador.

En conclusión, parece que es posible que haya algún tipo de lenguaje no verbal que ponga en evidencia la ideación suicida. Sería importante aprender a evaluar esos rasgos concretos y detectarlos como una importante medida de prevención.

El papel de los trastornos del sueño en la conducta suicida y autolesiva en adolescentes. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The Role of Sleep Disturbance in Suicidal and Nonsuicidal Self-Injurious Behavior among Adolescents”, de los autores Eleanor L. McGlynchey, Elizabeth A. Courtney-Seidler, Miguelina German y Alec L. Miller, del Instituto Psiquiátrico Estatal de Nueva York y el Centro Médico de la Universidad de Columbia, que analiza como causa de autolesión y suicidio en adolescentes los problemas de sueño.

Mueren en España 10 personas por suicidio al día. Esos son los cálculos aproximados del 2016. Ésta es además la primera causa de mortalidad entre las chicas de entre 15 y 19 años. Y es también la primera causa de muerte no natural, por encima de accidentes de tráfico, homicidios y accidentes laborales. El suicidio se ha convertido en un importante problema de salud pública dado que aumenta cada década que pasa y seguirá aumentando si no cuenta con la investigación y prevención necesarias para impedir que esto ocurra. Por ello, una mayor comprensión de los factores que conducen al suicidio en adolescentes es un paso crucial para la disminución de éstos.

Un factor que es particularmente relevante para la comprensión del suicidio en la adolescencia es la influencia de los trastornos del sueño. Muchos adolescentes experimentan cambios en sus ritmos de sueño debido a la pubertad: dificultad para conciliar el sueño, sueño ligero, despertarse demasiado pronto, inversión del ritmo circadiano y/o somnolencia diurna excesiva. Y los adolescentes con trastornos del ánimo o de ansiedad son especialmente vulnerables a tener dificultades para dormir, y los problemas para dormir pueden preceder a la aparición de síntomas psiquiátricos.

Por ello, identificar a los adolescentes con problemas de sueño y el ánimo afectado puede ser el objetivo principal de intervenciones dirigidas a reducir la ideación suicida y las autolesiones. Por tanto, el objetivo de este estudio era asociar los problemas de sueño y las conductas relacionadas con el suicidio y la autolesión en una muestra clínica de adolescentes, tratando además de dilucidar qué problemas de sueño concretos correlacionaban con cada una de las conductas para buscar posibles predictores.

Para este estudio participaron 223 personas del Programa de Depresión y Suicidio Adolescente de Centro Médico de Montefiore y el Colegio de Medicina Albert Einstein de Nueva York, de los cuales el 72% eran mujeres. El rango de edad comprendía entre los 11 y los 19 años y la gran mayoría eran hispanos (63%) seguidos de raza negra (19%). Los adolescentes, con permiso paterno y del centro médico, debían rellenar el Inventario de Depresión Beck. Las dificultades en el sueño se evaluaron con algunos ítems del test K-SADS, que evaluaban: insomnio leve, insomnio moderado, insomnio terminal, reversión circadiana, sueño no reparador e hipersomnia. Para evaluar las conductas de autolesión no suicida y los intentos de suicidio se utilizó el BAASSI y para la ideación suicida el SIQ-JR.

Se encontró pensamientos y conductas autolesivas en el 49% de la muestra, un 30% había tenido al menos un intento de suicidio y hubo un promedio muy alto en la mayoría de ellos de ideación suicida. Por otro lado, un 77,8% reportó alteraciones del sueño moderadas y un 65% alteraciones del sueño graves. Al poner en relación los dos tipos de variables se encontró que había diferencias significativas entre el grupo con problemas de sueño y el de sueño normal en cuanto a conductas autolesivas, siendo mayores en el grupo con problemas de sueño. Sin embargo, al analizar por separado los tipos de trastornos del sueño no se encontró que ninguno en concreto fuera predictor de estas conductas. En cambio, se encontró que el insomnio moderado y la reversión circadiana fueron predictores de los intentos de suicidio y el insomnio terminal lo fue de la ideación suicida. Además podemos encontrar diferencias de género, siendo más propensas las mujeres a la autolesión y los intentos de suicidio. También se encontró que la edad influía, haciendo que los más jóvenes estuvieran más predispuestos a la ideación suicida, del mismo modo que afectaba padecer depresión. Sin embargo, no se halló que la raza influyera en ninguna de las tres variables.

En resumen, parece ser que hay una correlación entre tener dificultades en el sueño y las conductas de autolesión, los intentos de suicidio y la ideación suicida. Así pues, debido al aumento de los suicidios y las conductas autolesivas en adolescentes, es de vital importancia atender a cualquier señal que pueda indicarnos que hay riesgo y, en vistas a los resultados, examinar el sueño de los adolescentes puede ser una clave para la prevención. Basándonos en los resultados de este estudio, sería aconsejable que los profesionales enfoquen el sueño como uno de los objetivos a evaluar y considerar.

Síndrome de Munchausen por Poder. Club de las Ciencias Forenses.

Sindrome de Munchausen por poder Club Ciencias Forenses

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Síndrome de Munchausen por poder”, de los autores María Fernanda Cujiño, Andrés Dávila, Mónica María Sarmiento, María Inés Villareal y Roberto Chaskel, de la Universidad de Bogotá, que realizan una revisión sobre el síndrome de Munchausen por poder en niños.

En el siglo XVIII, Karl Friedrich Hieronymus, barón de Münchhausen, se hizo famoso por contar historias de aventuras fantásticas que nunca le habían sucedido, como haber bailado en el estómago de una ballena o haber viajado a la luna. No fue hasta 1951 cuando el doctor Richard Asher, en honor al fantasioso barón, tomó su nombre para identificar a un peculiar síndrome consistente en fingir síntomas de enfermedad en ausencia de ésta. Es importante diferenciarlos de aquellos que simulan las dolencias para obtener algún beneficio o evitar responsabilidades, como sería el caso de cobrar un seguro médico o evitar la cárcel.  Los que adolecen este síndrome no buscan incentivos externos más allá de la atención médica que logran como pacientes.

Una variante de este síndrome es el Munchausen por poder, también conocido como trastorno facticio impuesto a otro, que como su nombre indica consiste en atribuir la enfermedad a otra persona, llegando a provocarle los síntomas incluso. Es frecuente que las víctimas en este caso sean menores de edad por lo que es considerada una forma de maltrato infantil potencialmente peligrosa y muy distinta de la que acostumbramos a tratar.

Los elementos esenciales del síndrome son la presencia de síntomas físicos o psicológicos que pueden ser inventados o producidos por los padres o cuidadores y que además remiten al separar a los niños de ellos y la negación por su parte de haber perpetrado la farsa. Los padres o cuidadores tienen la necesidad de enfermar al niño o de llamar la atención de esta forma. El problema radica en que no se posee una manera fácil de detectar las señales de este síndrome, por lo que es complejo ayudar a la sospecha diagnóstica ya que cualquier sistema puede encontrarse comprometido (respiratorio, gastrointestinal, cardiovascular) e incluso a veces presentar síntomas de diversas enfermedades al mismo tiempo. El síntoma más frecuente es el sangrado de cualquier tipo (44%), seguido de convulsiones (42%), apnea (15%), diarrea (11%), vómito (10%) y fiebre (10%).

Se ha calculado que existe una incidencia anual de 0,5 a 2 por cada 100000 niños menores de 16 años. La prevalencia es por igual en ambos sexos y la edad promedio es entre los tres y los cuatro años, aunque incluso se han observado casos en fetos. Y el intervalo entre el inicio de los síntomas y el diagnóstico es de 15 meses. Por lo general, la causante es la madre.

Como decíamos, no es fácil detectar este síndrome, pero hay algunas señales que pueden servir de indicadores a los clínicos:

  • Enfermedad persistente o recurrente que no puede ser explicada adecuadamente con una base médica.
  • Signos y síntomas que aparecen en la presencia del cuidador y desaparecen en su ausencia.
  • Madre sobreinvolucrada con la atención del paciente y siempre presente en el hospital.
  • El caso descrito parece un trastorno raro.
  • Ausencia de respuesta a tratamientos adecuados.
  • Discrepancia entre la historia, los hallazgos clínicos y el buen estado del niño.
  • Madre menos preocupada que el personal médico acerca de la enfermedad del paciente.
  • Familias con antecedentes previos de muertes infantiles inexplicadas.
  • Cuidador con experiencia o entrenamiento en el campo de la salud.
  • Historia psiquiátrica de la madre.
  • Conducta extraña de la madre en el hospital.
  • Gran cantidad de exámenes paraclínicos realizados y dentro de los límites normales.

Además, es importante conocer a los padres para ver sus perfiles. En general, los padres tienen buena relación con el equipo médico hasta que se descartan las causas orgánicas de la enfermedad de su hijo. La mayoría serán madres con experiencia o cercanía al área de salud y padres que no saben de la supuesta enfermedad o están poco involucrados en el cuidado del niño, frecuentemente con trabajos que les alejan de la familia por largos periodos de tiempo y una relación marital pobre.  Además, podemos ver que las madres son sobreprotectoras, aunque más afectivas con sus hijos cuando hay personas delante, y no reaccionan bien cuando se les discute sobre la enfermedad del niño o de las técnicas médicas a emplear.

La tasa de mortalidad de los niños diagnosticados es de 9%, siendo las causas de muerte más frecuente son sofocación y envenenamiento. En aquellos pacientes que no habían sufrido previamente heridas físicas y volvieron con sus familias se encontró evidencia de maltrato en 17% a los dos años de seguimiento. Algunos estudios añaden que, en caso de muerte en el primer niño, los padres inician el síndrome en otros niños de la casa. También se ha observado el patrón de que, al crecer, los niños se vuelven colaboradores y aceptan su papel de enfermos, aprendiendo pasivamente a tolerar los procedimientos médicos. Son niños que en un futuro muestran comportamiento hipocondriaco y llegan a ser perpetuadores del síndrome de Munchausen con sus propios hijos.

En conclusión, aún sabemos poco de este tipo de abuso que, por lo general, tiene como víctimas a los niños. A pesar de tener algunos indicadores basados principalmente en el perfil psicológico de los padres, es difícil dar una respuesta rápida ya que por las diversas formas de manifestarse el maltrato no es hasta que falla el tratamiento que podemos empezar a sospechar que se trata de una sintomatología provocada. Sin embargo, una vez detectado es importante la intervención tanto en el adulto perpetrador como en el propio niño para evitar que en un futuro continúe esa cadena de atrocidad.

Psicopatología y Crimen: ¿demencia o excusa? Club Ciencias Forenses.

Psicopatología y Crimen: ¿demencia o excusa? Club Ciencias Forenses.

Psicopatología y Crimen: ¿demencia o excusa? Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, esta vez les hacemos llegar un resumen del artículo “Psicopatología y causalidad delictiva: ¿demencia o excusa? ”, de la autora Meagan Cline de la Universidad Liberty (EE. UU.), acerca de la aplicación o validez de la “enajenación mental” como argumento de defensa en los procesos criminales.

Los delitos se cometen por muchas razones. Los dos elementos fundamentales de los actos criminales son la intención y el acto criminal. La cuestión es, ¿qué sucede cuando una persona sufre un trastorno mental o cualquier otro problema que influye en su cognición? ¿Es realmente posible que un individuo carezca del control cognitivo necesario para abstenerse de realizar un acto criminal? La investigación de la causalidad delictiva y la psicopatología ciertamente parece indicar que puede darse el caso. La psicopatología es uno de los elementos más importantes para el estudio y la comprensión de la causalidad del crimen. No obstante, cabe preguntarse si la psicopatología es una causa o una excusa para la conducta ilícita de los delincuentes violentos. Para hablar sobre la causalidad delictiva, es importante entender también la terminología utilizada. El primer término relevante para esta evaluación es psicopatología. La definición estándar de psicopatología es el “estudio de las condiciones mentales psicopáticas”. El siguiente es psicosis. La psicosis es una de las condiciones mentales más comúnmente ligadas al comportamiento criminal. Se define como una condición que hace que el individuo pierda el contacto con la realidad. Otro factor importante para la comprensión de la psicopatología y la causalidad criminal es la comprensión del diagnóstico. El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) es la guía oficial para el diagnóstico de los trastornos mentales. Por otra parte, la teoría de la tensión es otro elemento importante en esta investigación. Esta teoría sostiene que las personas que cometen delitos lo hacen con el fin de aliviar algún tipo de tensión psicológica o estrés. En casos extremos, esa tensión o estrés pueden dar lugar a delitos más graves, incluidos crímenes sexuales o incluso el asesinato. La teoría del aprendizaje social sugiere que los individuos pueden estar condicionados para cometer delitos por su entorno. Es decir, aprenden la actividad criminal de las personas de su entorno. La teoría del control plantea que las personas que cometen delitos lo hacen porque lo ven como una alternativa más fácil para conseguir algo. Por otro lado, según la teoría de la anomia, la anomia es “la de ausencia de normas”. Es decir, que un individuo expuesto a la anomia puede tener una sensación de alienación de los grupos “normales” dentro de la sociedad.

Es fundamental aprender todo lo posible acerca de por qué se cometen los delitos, quién los comete y con qué propósito. La única manera de combatir eficazmente la delincuencia, reducir la reincidencia, y transformar las vidas de los que están en la comunidad afectada por la delincuencia, es entender estos conceptos. La investigación apoya la idea de que la disfunción cerebral y el comportamiento criminal están vinculados. Los factores psicopatológicos a menudo se convierten en un problema durante los procesos judiciales. Desde la mitad del siglo XIX, los acusados han argumentado enajenación mental o incapacidad mental para excusar la conducta ilegal que han cometido y conseguir una sentencia más leve. Asimismo, existen muchos trastornos que pueden encuadrarse dentro de la psicosis o del trastorno mental, como la pedofilia, el exhibicionismo, el abuso de sustancias, el sadismo sexual, el voyeurismo, la piromanía y la cleptomanía. Del mismo modo, es necesario considerar el comportamiento y cuidado de los prisioneros, puesto que los psicópatas y sociópatas a menudo son capaces de mostrarse de una manera mientras mantienen una lucha interior para controlar sus delirios, paranoias y otros trastornos mentales. Cabe afirmar según las fuentes consultadas que los individuos clasificados como psicópatas o
sociópatas tienen pocas, o ninguna, pauta moral. Asimismo los factores sociodemográficos y psicológicos están sin duda relacionados con la delincuencia, especialmente con los crímenes violentos. La investigación indica que existe una fuerte correlación entre el acoso, la psicopatología, la compulsión y el pensamiento delirante. Con una sociedad actual tan culturalmente diversa, es importante aplicar los conceptos de cultura y diversidad a la psicopatología y la causalidad criminal. Para ello, habría que recurrir a la teoría del aprendizaje social para distinguir los grupos de población a fin de determinar la actitud de las diversas culturas y poblaciones con respecto al crimen. Además, se necesita una aplicación real para el asesoramiento o tratamiento de los delincuentes, ya que hay que tener en cuenta las variables culturales y ambientales subyacentes para que el tratamiento o terapia sea eficaz. Dentro de este contexto, también es importante entender la prevalencia de las subculturas, puesto que es un importante factor sociológico que influye en la causalidad del crimen. Otra de las aplicaciones para la vida real de la psicopatología y la causalidad criminal son los perfiles criminales. Los perfiles criminales son especialmente importantes en los crímenes violentos, ya que estos tipos de delitos en general están relacionados con la psicopatología, el sadismo y otros trastornos mentales.

El quid de la justicia penal es entender de qué crimen se trata, quién lo ha cometido y por qué. La investigación llevada a cabo en este estudio indica claramente que muchas personas realmente sufren de trastornos mentales y pueden no ser capaces de controlar sus pensamientos y conductas. A medida que la sociedad sigue evolucionando y, con ella, el sistema de justicia criminal, es importante que las personas que trabajan en el sistema de justicia penal sean conscientes de las diferentes investigaciones que se han llevado y se están llevando a cabo. La bibliografía revisada revela una clara necesidad de métodos innovadores, competentes en la lucha contra la delincuencia y la comprensión de la causalidad delictiva. Plantea igualmente una continua necesidad de identificación y tratamiento de los trastornos mentales individuales. No obstante, es cierto que en algunas ocasiones un criminal ha podido utilizar el argumento del trastorno mental como excusa para su lamentable comportamiento. Sin embargo, las investigaciones y revisiones indican que hay, de hecho, muchas personas que son verdaderos enfermos mentales y que carecen de la capacidad mental para entender su propio comportamiento. En estos casos, es importante para el sistema de justicia criminal reconocer su situación y ofrecer el tratamiento y aplicar las penas que contribuyan a su salud y bienestar. Parece ser que el sistema de justicia penal está abierto a la innovación y a la consideración de las enfermedades mentales; sin embargo, hay una sensación general de escepticismo hacia cualquier caso criminal que recurra al argumento de defensa por enajenación mental o incluso la mera mención de enfermedad mental. Esto no quiere decir que los tribunales no deban estudiar detenidamente el caso para determinar si la enfermedad mental es, de hecho, un factor.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club de Ciencias Forenses.

Traducción y edición: Leticia Moreno

Policía y Salud Mental. Club Ciencias Forenses.

Cómo se enfrenta la Policía a personas con trastornos mentales en su trabajo diario.

Policía y Salud Mental. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, esta vez les ofrecemos un resumen del artículo “Policía y Salud Mental”, de los autores H. Richard Lamb y Linda E. Weinberger de la Universidad de California del Sur (EE.UU.) y Walter J. DeCuirJr de la Unidad de Evaluación Mental del Departamento de Policía de Los Ángeles (EE.UU.), que trata acerca de cómo se enfrenta la Policía a personas con trastornos mentales en su trabajo diario.

El propósito de este artículo es repasar la bibliografía existente acerca del papel de la Policía en el trato con personas con enfermedades mentales graves que sufren crisis y las cuestiones que surgen a menudo durante la necesaria interacción entre las fuerzas del orden y los profesionales de la salud mental. Con respecto a los enfermos mentales, la Policía tiene la facultad de trasladarlos para su evaluación y tratamiento psiquiátrico cuando existe una causa probable para pensar que son un peligro para ellos mismos o para los demás debido a su condición. Ellos son los responsables ya sea del reconocimiento de la necesidad de tratamiento como de ponerlos en relación con los medios de tratamiento adecuados o determinar que el hecho cometido es la principal preocupación y la persona debe ser detenida. En consecuencia, los agentes han pasado a asumir el papel de “psiquiatras de calle”. Un problema importante que supone cumplir esta función es que la Policía tiene poco entrenamiento en este tipo de situaciones. Así pues, esta falta de formación es uno de los factores que ha contribuido a la criminalización de los enfermos mentales. La policía actúa con total discrecionalidad en el ejercicio de sus funciones, incluyendo la decisión sobre lo que debe hacerse en el caso de tener que tratar con un enfermo mental. En la mayoría de los casos, se emplean métodos informales, como tratar de “calmar” a la persona o trasladarla a su domicilio. En situaciones que no pueden ser manejadas de manera informal, la Policía puede tener que conducirlos a los hospitales o a los calabozos. Sin embargo en algunos casos, esta discrecionalidad se ve limitada, por lo que tanto la evaluación psiquiátrica como el tratamiento se llevarán a cabo mientras la persona está bajo custodia. Se han planteado una serie de factores para explicar por qué, en el caso de delitos menores, un agente de policía decide detener a una persona con problemas mentales en lugar de llevarla a un hospital. Para un agente no es tan evidente determinar si una persona padece un trastorno mental como lo es para un profesional de la salud mental, puesto que a pesar de su experiencia, no ha recibido la suficiente formación. Por otro lado, la Policía es muy consciente de que si refieren un enfermo mental al sistema judicial penal, será tratado de manera más apropiada. Cuando la interacción entre el agente y el enfermo es iniciada por la propia Policía, goza de una mayor discrecionalidad. En estos casos, actúan libremente y resuelven el problema de la forma que consideren adecuada, en base a sus conocimientos. El resultado es que algunos policías son más propensos a arrestar a estas personas, otros intentan que sean hospitalizadas y otros tienden simplemente a dejarlos libres sin otra disposición. A menudo, sin embargo, esta interacción es iniciada por los propios ciudadanos. En tales casos, las demandas de los ciudadanos también pueden entrar en juego y limitar la discrecionalidad de la Policía.

Generalmente, la violencia subyace en la mayoría de las emergencias psiquiátricas. Así pues, la evidencia sugiere que existe un subgrupo de personas con trastornos mentales graves que son significativamente más peligrosos; como son los psicóticos, los que no toman su medicación y los toxicómanos. Este subgrupo plantea un reto considerable tanto para los profesionales de la salud mental como para la Policía. Por lo tanto, es crucial que en situaciones de crisis, tanto la Policía como el sistema de salud mental de emergencia trabajen en estrecha colaboración. Se han desarrollado diferentes estrategias para proporcionar un equipo móvil de la Policía o de profesionales de la salud mental, o ambos para responder a emergencias de este tipo. Muchos partidos judiciales disponen de policías con una formación especial en salud mental que intervienen en situaciones de crisis y actúan como enlaces con el sistema de salud mental. Se denomina a este enfoque el modelo de Memphis. En efecto, estos equipos pueden intervenir en situaciones de emergencia sanitaria o actuar como consultores de los agentes en el lugar de los hechos. Otro plan de acción es la contratación por el propio Departamento de Policía de consejeros de salud mental, que en este caso no serían agentes de policía. Otra estrategia ampliamente aceptada es recurrir, mediante un acuerdo especial con el Departamento de Policía, a equipos psiquiátricos de emergencias constituidos por profesionales de la salud mental que forman parte del sistema sanitario, para responder a situaciones delicadas en el lugar de los hechos. Otro método empleado es el despliegue de equipos integrados tanto por agentes especializados como por profesionales de la salud mental. Los principales objetivos de estos equipos móviles especializados en crisis es resolver el incidente y reducir la criminalización. Una parte fundamental en el desarrollo y mantenimiento de estos equipos móviles especializados es que se debe llevar a cabo una rigurosa y continua evaluación del programa. Además de las alternativas elegidas, las tasas de detención de estos equipos deben ser evaluadas con regularidad para asegurar que se están poniendo en práctica las disposiciones adecuadas y que los centros de salud mental están cooperando en este sentido.

Se ha podido demostrar, que en general, la formación policial es insuficiente para poder identificar y hacer frente a personas con trastornos mentales. Los propios policías consideran que carecen de la formación adecuada para gestionar este segmento de la población. Por lo tanto, esta formación en salud mental es necesaria para todos los agentes, no solo para los que forman parte de los equipos móviles especializados en situaciones de crisis. Además, se debería hacer énfasis en reducir las situaciones que pudieran conllevar el uso de fuerza letal contra personas con trastornos mentales. Por otra parte, probablemente no existe otra situación más difícil para los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley que el llamado “suicidio por policía” o “suicidio asistido por la Policía”. En este tipo de situaciones, un suicida inicia un comportamiento que constituye una amenaza con un arma letal, o con lo que parece ser un arma letal, con la intención de que los propios agentes le disparen en legítima defensa o para proteger a los ciudadanos. En consecuencia, ni el sistema de salud mental ni el sistema policial pueden gestionar las crisis de salud mental de manera eficaz sin la ayuda del otro. Es importante que los agentes de policía sean conscientes de que su función principal sigue siendo el cumplimiento de la ley, aunque posean una formación especial en salud mental. Asimismo, es importante que los profesionales de la salud mental, miembros de los equipos móviles de crisis, no traten de actuar como policías. Para promover aún más la colaboración entre el sistema de salud mental y los departamentos de Policía, deberían realizarse reuniones informativas de forma regular y permanente con representantes de ambas instituciones. Otro elemento importante en la resolución de crisis en las que se ven involucrados enfermos mentales, así como en la reducción de su criminalización, es la disponibilidad de recursos de salud mental apropiados. Existe igualmente la necesidad de mejorar la formación de los agentes en relación a los trastornos mentales, de satisfacer adecuadamente las necesidades de los enfermos mentales, y de saber emplear los recursos de salud mental. Evidentemente, se puede hacer mucho para que ambos sistemas atiendan mejor a las personas con trastornos mentales. En los Estados Unidos, los enfermos mentales han sido asesinados o gravemente heridos en los intentos de manejar las situaciones de crisis sobrevenidas. Estos hechos, con razón, han indignado a la ciudadanía y frustrado a los agentes de la ley y a los profesionales de la salud mental. Así pues, para lograr reducir estos trágicos errores y garantizar una mejor seguridad para todos, se debe favorecer un trabajo eficaz de colaboración entre las fuerzas del orden y el sistema de salud mental.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club de Ciencias Forenses

Traducción y edición: Leticia Moreno

Etiología de la Psicopatía. Club Ciencias Forenses.

Etiología de la Psicopatía. Club Ciencias Forenses.

Etiología de la Psicopatía. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, esta semana les sugerimos un resumen del artículo “La etiología de la psicopatía: Una perspectiva neuropsicológica”, de la autora Pamela R. Perez de la Universidad de Loma Linda (EE.UU.), sobre los patrones biológicos básicos de disfunción cerebral observados en psicópatas.

La psicopatía ha sido definida como un trastorno de la personalidad que se caracteriza por un comportamiento antisocial abierto, así como una serie de rasgos desviados de personalidad; como la falta de empatía, la falta de remordimiento, la insensibilidad, el afecto superficial, la baja tolerancia a la frustración o agresión y la manipulación. A pesar de que existe diferencia entre un psicópata y un sociópata, los términos psicopatía y sociopatía se utilizan a menudo indistintamente. Y por ello sigue habiendo confusión entre estos términos, aunque existen diferencias notables. Según Ramsland (2007), mientras que el psicópata no siente remordimiento por sus actos, el sociópata es capaz de sentir culpa y arrepentimiento, al menos en el contexto de grupo (pandilla) o relaciones familiares. Al sociópata, sin embargo, no le importan nada las normas sociales, y las infringirá sin dudarlo si al hacerlo satisface sus propios deseos o propósitos. Lykken (1995) diferencia entre el sociópata “común” y el psicópata señalando que la sociopatía suele ser resultado de factores ambientales, como la crianza, la ausencia del padre, y la falta de socialización, mientras que la psicopatía se debe a factores biológicos como el temperamento. Hare (1996) denominó a los psicópatas “depredadores intraespecies”, capaces de emplear los medios necesarios, incluida la violencia, para controlar a los demás y satisfacer sus deseos y necesidades. Se sabe muy poco acerca de las causas reales de la psicopatía. Sin embargo, existe cierto acuerdo en “que los factores sociales, especialmente las situaciones adversas en la infancia, como el abuso, juegan un papel en el posterior desarrollo de trastornos de la personalidad”.

Tal y como se ha podido demostrar, los vínculos afectivos formados en la infancia son fundamentales en el desarrollo de la personalidad. Lo que se sabe acerca de los antecedentes familiares de muchos delincuentes violentos, es que la mayoría han tenido historias de abuso y/o negligencia en la infancia, o han sido criados en entornos en los que la violencia era habitual. Existe un fuerte componente tanto ambiental como biológico en la psicopatía, que no debe pasarse por alto. Numerosos estudios han revelado una correlación entre la función del lóbulo frontal y el deterioro en tareas ejecutivas y de discriminación de inhibición conductual en delincuentes. Un primer síntoma importante de psicopatía es un “comportamiento asocial y antisocial persistente, frecuente y variado en edad temprana”. La correlación entre crimen violento y psicopatía es muy fuerte. No obstante, a pesar de ello poco se sabe acerca de por qué algunos individuos se vuelven asesinos en serie con una clara predisposición hacia la psicopatía y otros no. Fonagy et al. (1997), que han realizado un gran estudio sobre el caso de Aileen Wuornos y otros asesinos en serie depredadores, argumentan que la violencia y la delincuencia son en realidad trastornos del sistema de apego. A través del apego los seres humanos desarrollan las habilidades mentales necesarias para reflejar sus propios estados internos así como los de los demás. Sin esta capacidad, la violencia y los actos criminales son una manera de hacer frente a la falta de representación mental de otro. Otra cuestión importante que cabe mencionar, es que los psicópatas no solo son antisociales, sino que tienen claros marcadores neurocognitivos que indican un problema para procesar señales de angustia en otros. Mientras que biológicamente no hay una “causa” universalmente aceptada de la psicopatía, se han observado patrones básicos de disfunción cerebral en individuos que manifiestan tendencias psicopáticas.

La disfunción del lóbulo frontal, junto con la disfunción ejecutiva que resulta de ello, ha sido vinculada durante mucho tiempo a la psicopatía. De acuerdo con las investigaciones en este campo, las regiones específicas de la corteza frontal pueden estar implicadas en la psicopatía. Los individuos psicópatas muestran un deterioro significativo de la función de la corteza frontal orbital (CFO). La CFO se encuentra justo detrás de los ojos. Esta parte del cerebro está involucrada en los procesos cognitivos, incluyendo todo el proceso de toma de decisiones importantes. Se ha sugerido que la CFO podría estar implicada en la planificación de la conducta asociada con el refuerzo y el castigo, las emociones, el comportamiento social, y el aprendizaje de normas. Fallon (2006) declara que la psicopatología violenta en los jóvenes podría estar asociada con un daño estructural y funcional en la CFO, lo que podría afectar a los circuitos relacionados (amígdala, ganglios basales, y circuito córtico-subcortical estríado). Por otra parte, una reacción galvánica anormal ante la anticipación de situaciones aversivas es una reacción común tanto en psicópatas como en sociópatas. En estudios previos se ha observado que la región dorsolateral de la corteza frontal está relacionada con la agresión física. Estudios neuropsicológicos con sujetos con personalidad Grupo B (trastornos borderline, antisocial, histriónico y narcisista) indican que estos individuos presentan una variedad de déficits funcionales ejecutivos (prefrontal) y de memoria (temporal).

Además de regular las funciones ejecutivas, la región prefrontal del cerebro también parece jugar un papel fundamental en el razonamiento abstracto, el control de la atención, la memoria de trabajo, la integración a través del espacio y del tiempo, la anticipación y la planificación. Mientras que la amígdala, por ejemplo, estimula comportamientos instintivos como el hambre, el sexo, la agresión y otras emociones fuertes, la corteza orbital los inhibe. La clave es el equilibrio y un ajuste positivo. Aquí es donde entra en juego la neuroquímica. Los niveles de dopamina (DA) seguramente se verán afectados en esta interacción que tiene lugar en el cerebro, al igual que otros neurotransmisores. La principal preocupación para los neurocientíficos en el estudio de los efectos de estos procesos hormonales/químicos en el cerebro es cuando los niveles de neurotransmisores se desequilibran. Este desequilibrio parece ser el problema en muchos trastornos psicológicos, patológicos, y de la personalidad (incluido el trastorno antisocial de la personalidad). Según Palmer (2005), que trabaja en el ámbito de la criminología psicobiológica, existe un apetitivo (depredador), la fase de búsqueda del psicópata, y luego una fase de consumación (satisfacción). El psicópata buscará la excitación/reacción hormonal por sí mismo o a través de la víctima. Aquí es donde entran en juego las feromonas. La testosterona y los andrógenos son las hormonas más importantes que se han estudiado en criminología, y la serotonina es, probablemente, el principal neurotransmisor estudiado. Del mismo modo, la serotonina (5-HT), la dopamina (DA) y la noradrenalina (NA) son los tres neurotransmisores más comúnmente estudiados por criminólogos, puesto que los individuos antisociales tienden a tener niveles más bajos de serotonina.

Para las personas corrientes, la idea de vivir sin conciencia, sin sentimientos de remordimiento o culpa o vergüenza, y especialmente por el dolor y sufrimiento infligido a los demás, es inimaginable. La incidencia de la psicopatía tiene un impacto tan profundo y terrible en la sociedad que es sorprendente lo poco que la mayoría de la población sabe acerca de ella.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club de Ciencias Forenses

Traducción y edición: Leticia Moreno

Relación entre el Trastorno Negativista Desafiante, el Trastorno de la Conducta, el Trastorno Antisocial de la Personalidad y la Psicopatía. Club Ciencias Forenses.

Relación entre el Trastorno Negativista Desafiante, el Trastorno de la Conducta, el Trastorno Antisocial de la Personalidad y la Psicopatía. Club Ciencias Forenses.

Relación entre el Trastorno Negativista Desafiante, el Trastorno de la Conducta, el Trastorno Antisocial de la Personalidad y la Psicopatía. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les sugerimos un resumen del artículo “La relación entre el Trastorno Negativista Desafiante, el Trastorno de la Conducta, el Trastorno Antisocial de la Personalidad y la Psicopatía: Una trayectoria propuesta” del autor Taylor Salisbury de la Universidad de Western Ontario (Canadá), que nos introduce en el mundo de los trastornos de la conducta y la psicopatía.

Tradicionalmente, los términos asocial, sociópata, psicópata, y TAP (trastorno antisocial de la personalidad) han sido utilizados indistintamente; sin embargo, los recientes progresos en nosología han ayudado a esclarecer la distinción entre ellos. Ahora, los criterios del DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales) se basan en rasgos de comportamiento manifiestos que pueden ser observados y medidos en lugar de depender de las características de personalidad interpersonales y afectivas a menudo ambiguas empleadas para inferir diagnósticos en el pasado. Se ha sostenido la idea de que el TAP, y otros trastornos diagnosticados en la infancia y adolescencia, se encuentran en realidad en un continuo con la psicopatía. El diagnóstico del trastorno negativista desafiante (TND) y/o trastorno de la conducta (TC) en la infancia o adolescencia a menudo precede al desarrollo del TAP en la edad adulta, con lo cual pueden servir de indicadores de comportamiento de una personalidad psicopática general. Es importante examinar estos trastornos del comportamiento para poder extraer las implicaciones relacionadas con el desarrollo infantil y el sistema de justicia penal.

El DSM-IV describe el TND como un patrón negativista, desafiante, desobediente, y un comportamiento hostil hacia las figuras de autoridad con una duración de al menos seis mes y que causa angustia significativa o deterioro en la vida del niño. Este trastorno del comportamiento generalmente comienza en la infancia (2-4 años) y se caracteriza por una manifestación de comportamientos y sentimientos de oposición hacia otras personas, particularmente figuras de autoridad. Rowe et al. (2010) descubrieron que el TND es un predictor significativo de inicio de TC en la infancia. Se ha podido confirmar asimismo que el TND suele tener un inicio más temprano y es más frecuente que el TC. El TC se caracteriza por la violación general de los derechos básicos de los demás, y otras características que incluyen agresión a las personas y animales, destrucción de la propiedad, falsedad, robo, incumplimiento de reglas, y violación grave de las normas sociales. El TC tiene una edad de inicio similar al TND, con síntomas emergentes de los cuatro hasta cinco años, y puede ser diagnosticado en la infancia, la adolescencia o la edad adulta. Obviamente, no todos los niños diagnosticados de TND llegan a desarrollar un TC. Milán y Pinderhughes (2006) examinaron la relación entre la inestabilidad familiar y el desarrollo infantil y plantearon que los patrones precoces de inestabilidad están relacionados con la exteriorización de problemas de conducta (por ejemplo, conducta desafiante). Además, Campbell, Shaw, y Gilliom (2000) encontraron que un ambiente de crianza negativa y estrés combinado con patrones de hiperactividad y agresión puede agravar la progresión de la exteriorización de esos problemas. Finalmente, Skodol et al. (2007) determinaron que las experiencias positivas en la infancia se asocian con un mejor pronóstico y remisión de ciertos trastornos de la personalidad. Los resultados de estos estudios apoyan la idea de que un entorno familiar inestable puede ser un factor influyente en el desarrollo de un TND hacia un inicio prematuro de un TC.

Todas las manifestaciones de un trastorno de la conducta están presentes en el trastorno antisocial de la personalidad a un nivel más extremo, de forma similar a como se relacionan el trastorno negativista desafiante y el trastorno de la conducta. Algunos de los criterios de diagnóstico del TAP incluyen transgresión de las normas sociales, engaño, impulsividad, temeridad, irresponsabilidad y falta de remordimiento. La violencia y la delincuencia son dos características que definen este trastorno, con una proporción significativa de personas con un TAP que se ven envueltos en un estilo de vida criminal. Tanto el TC como el TAP se caracterizan por un comportamiento conflictivo, sin embargo el TAP se distingue por tener un estilo de vida más antisocial. No todos los casos de TC evolucionan como un TAP; no obstante, numerosos estudios empíricos han demostrado un fuerte vínculo entre los dos. Aunque muchos niños y adolescentes con un TND o un TC superan su trastorno, la relación de estos dos trastornos con el TAP es profunda. El DSM-IV-TR utiliza un enfoque conductual en la elaboración de los criterios de diagnóstico para eliminar la confusión y mejorar la fiabilidad del diagnóstico. Puesto que el diagnóstico del TND, TC o TAP está restringido unicamente a la observación de manifestaciones conductuales, se puede sugerir que los tres trastornos están relacionados con la psicopatía, que abarca características conductuales, interpersonales, y afectivas de la personalidad antisocial, que por el contrario no tienen en cuenta los profesionales que emplean el DSM-IV-TR.

El PCL-R (Psychopathic CkeckList Revised), desarrollado por Robert Hare, es una herramienta de medición para evaluar el nivel de psicopatía basado en rasgos conductuales, interpersonales y afectivos. Muchas de las dimensiones evaluadas en el PCL-R son consistentes con los criterios diagnósticos establecidos para el TAP. Asimismo, algunos de sus elementos también se relacionan directamente con el TND y el TC. Del mismo modo, se ha hallado una correlación significativa entre la gravedad del TAP y la gravedad de la psicopatía, apoyando así la idea de que los dos constructos se encuentran en un continuo. A pesar de esa significativa correlación, no todos los individuos con un TAP pueden considerarse psicópatas. Por lo tanto, esto parece indicar que el TAP puede ser una forma moderada de psicopatía basada en un reducido subconjunto de rasgos de comportamiento. Estos hallazgos tienen varias implicaciones para el sistema judicial penal. Tal y como se ha comentado anteriormente, la violencia y la delincuencia son dos características del TAP y por lo tanto de la psicopatía. Heinzen, Kohler, Godt, Geiger y Huchzermeier (2011) señalaron que el cociente intelectual es un factor importante a la hora de predecir la tasa de condena de individuos antisociales. Encontraron que los individuos con altas puntuaciones en características interpersonales de psicopatía son más inteligentes que los que puntúan alto en características antisociales. Aplicando este descubrimiento se podría predecir la tasa de condena y reincidencia de los delincuentes antisociales. Así pues, se ha demostrado la correlación significativa entre las tasas de reincidencia y la psicopatía medida por el PCL-R. El DSM-IV-TR reconoce que la psicopatía tiene una mayor validez predictiva respecto a la reincidencia, especialmente en los centros penitenciarios. Es muy importante entender cómo se relacionan el TND, el TC, el TAP, y la psicopatía con el fin de predecir las vías de desarrollo en niños conflictivos, así como la tasa de condena y reincidencia de adultos antisociales. Queda por tanto claro que el TND, el TC y el TAP pueden ser manifestaciones dependientes de la edad del mismo trastorno subyacente. Comprender esta vía es importante para los niños diagnosticados a una edad temprana, ya que los intentos de educación familiar y terapia pueden ser utilizados para controlar los comportamientos conflictivos e interrumpir su desarrollo. Roberts (1984) destacó la importancia de la participación de los padres para los resultados del tratamiento y sugirió que tiene un impacto en la gestión efectiva de los problemas del paciente y en la aparición de crisis emocionales en adolescentes.

Dicho esto, es importante destacar la interacción del medio ambiente y los factores genéticos en la manifestación de trastornos del comportamiento tales como el TDN y el TC. Puesto que los patrones de inestabilidad familiar pueden contribuir al desarrollo de un trastorno mental, el desarrollo inicial es más probable que se produzca en individuos con una predisposición genética a ese comportamiento. Se puede afirmar lo mismo a la inversa. Los genes pueden ejercen sus efectos combinados en varios sistemas de neurotransmisores y zonas receptoras e interactuar para describir los patrones de comportamiento del TND, el TC o el TAP. Puede resultar muy difícil separar los efectos; sin embargo, es importante admitir la interacción tanto de factores genéticos como ambientales en el desarrollo de los trastornos de la conducta y en su tratamiento. La comprensión de esta vía de desarrollo es igualmente importante para el “etiquetado”. Es peligroso diagnosticar de forma equivocada a una edad temprana dadas las implicaciones negativas que esta etiqueta puede tener en la identidad y desarrollo del niño. No obstante, el diagnostico y etiquetado tienen beneficios que pueden ser aplicados al sistema judicial criminal. Comprender cómo estos trastornos del comportamiento se relacionan con la psicopatía puede ayudar a predecir la tasa de condena y reincidencia en delincuentes antisociales.

El DSM-IV-TR ha respaldado la idea de que el TAP puede estar relacionado con la psicopatía. Además, se ha observado también que los déficits de control inhibitorio y los patrones de actividad cerebral observada en individuos con Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) son similares a los déficits presentes en individuos con TC, TND, y TAP. Este hallazgo ha permitido especular sobre si el TDAH puede ser otro trastorno del comportamiento, lo que podría convertirse en una emocionante línea para futuras investigaciones. Tal y como indica este artículo, es muy importante ser crítico con los intentos de clasificación psicológica y con las implicaciones que pueden tener en los individuos. A medida que nuestra comprensión de los trastornos mentales varía con el tiempo, la correspondiente nosología también debe ser actualizada y mejorada. Este tipo de análisis ha conseguido acercar al DSM hacia el actual sistema de clasificación más válido y fiable.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club de Ciencias Forenses

Traducción y edición: Leticia Moreno

La esquizofrenia y sus implicaciones para la criminología. Club de las Ciencias Forenses.

Esquizofrenia

La esquizofrenia como patología forense. Club de las Ciencias Forenses.

En esta ocasión, apreciados seguidores del Club de las Ciencias Forenses, nos complace presentarles el artículo elaborado por Anthony Walsh de la Universidad Estatal de Boise (EE.UU.) y por Ilhong Yun de la Universidad Chosun (Corea del Sur) que se ocupa del controvertido trastorno de la esquizofrenia.

Recientemente William Johnson (2011) destacó el carácter preocupante de las enfermedades mentales en general, y de la esquizofrenia en particular, por la relativa falta de atención que estos enfermos tenían en su interacción con los sistemas de justicia. Así, advirtió que las cárceles en Estados Unidos, hoy en día, se han convertido en hospitales psiquiátricos de sustitución. Este hecho pone de manifiesto la importancia de conocer y comprender el comportamiento de los esquizofrénicos y su interacción con la justicia. Fisher (2006) consideró además fundamental la comprensión de esta enfermedad debido a que es la que más a menudo está en asociación con el comportamiento criminal.

Así, la esquizofrenia es uno de los trastornos psiquiátricos más extendido, siendo de carácter progresivo y pasando, por lo tanto, inadvertido hasta que los síntomas se manifiestan de forma evidente. Algunos pacientes pueden mejorar con la edad, y sus síntomas aparecer de manera episódica. Afecta a hombres y mujeres por igual, teniendo una edad de inicio más temprana en los hombres (adolescencia) que en las mujeres (20 a 30 años). Cuanto antes aparezca la enfermedad, más graves pueden llegar a ser las deficiencias generadas. La esquizofrenia se manifiesta en una gran cantidad de subtipos, según los síntomas, siendo el paranoide (hostil y desconfiado), el más propenso a la agresión física. Así las cosas, hay que dejar constancia de que aunque no existe una cura para esta enfermedad, los síntomas son manejables, pudiendo llevarse una vida productiva bajo un tratamiento adecuado.

Los síntomas de la esquizofrenia son tanto positivos como negativos. Los positivos incluyen delirios (creencias sin base en la realidad), trastornos del pensamiento (usar palabras sin sentido), alucinaciones (oír, ver y oler cosas que no están allí) y trastornos del movimiento (movimientos lentos y gestos repetitivos). Los síntomas negativos incluyen la anhedonia (incapacidad para experimentar emociones placenteras), alogia (pobreza del lenguaje) abulia y apatía (falta de energía e interés), aislamiento social y problemas cognitivos de atención. La severidad de estos síntomas varía ampliamente entre los individuos, razón por la que la esquizofrenia se considera un trastorno del espectro, en lugar de una enfermedad concreta que uno o bien tiene o no tiene (Garrett, 2009).

La genética juega un papel muy importante en el desarrollo de la esquizofrenia, mostrándose, según múltiples estudios, una heredabilidad promedio del 80% (Keshaven y colaboradores, 2011). Existen tasas de concordancia para la esquizofrenia en gemelos monocigóticos con independencia de que se hayan criado juntos o separados, lo que sugiere que las influencias ambientales ocurren antes del nacimiento o durante el periodo perinatal.

Se han estudiado modelos de neurodesarrollo relacionados con la esquizofrenia a través de la genética, la epigenética, la inmunología y los dos periodos especialmente críticos para el desarrollo cerebral, el prenatal/perinatal y la adolescencia. Además, una amplia variedad de agentes infecciosos se han relacionado con la esquizofrenia, centrándose, por lo tanto, una gran cantidad de investigación en torno a la respuesta inmune (Meyer y Feldon, 2009). Cuando el sistema inmunitario detecta una sustancia extraña en el cuerpo del anfitrión, éste moviliza una gran cantidad de células especializadas para lanzar un ataque contra ella. Estas células liberan una clase de proteínas llamadas citoquinas, que llevan señales de célula a célula sobre la ubicación del antígeno (el cuerpo extraño), y alteran el funcionamiento de la célula para iniciar la respuesta inmune. Así, las citoquinas liberadas por el sistema inmune de la madre embarazada (y/o la placenta o el sistema inmunitario fetal) en respuesta a una infección, pueden ser las responsables de la interacción entre la infección de la madre durante el embarazo, la alteración del desarrollo neuronal y las enfermedades mentales (Depino, 2006).

Por lo que respecta a la relación entre la esquizofrenia y el comportamiento criminal, según Elbogen y Johnson ( 2009 ), después de décadas de negar la existencia de una relación entre la enfermedad mental y la delincuencia , la comunidad psiquiátrica ha revertido su posición, a pesar de que todavía hay cierta reticencia a afirmar el vínculo entre el crimen y la esquizofrenia, por miedo a estigmatizar aún más a un grupo ya muy estigmatizado , pero la evidencia (incremento de las tasas de detención de esquizofrénicos) no puede ser desestimada o ignorada. Un estudio sueco concluyó que las personas con psicosis tienen hasta cuatro veces más probabilidades de tener antecedentes penales que los miembros de una población general (Tuninger y colaboradores, 2001). No obstante, hay que dejar claro que la violencia impulsada por la psicosis sigue siendo una parte muy pequeña del problema de la violencia en la sociedad (Taylor, 2008).

En otro orden, el abuso de sustancias en personas con esquizofrenia, se estima en un 50% frente al 15% de la población general (Musser y colaboradores, 2013), derivado de un intento de automedicación, erróneo, que a su vez pone a las personas con esquizofrenia en riesgo de realizar mayor número de comportamientos violentos. Taylor (2008) afirma que las personas con esquizofrenia también son las de mayor riesgo de ser victimizadas.

Con todo, es de gran importancia que tanto los criminólogos miembros del Equipo de Intervención en Crisis (CIT) en Estados unidos, como el Equipo Móvil de Crisis (MCT) de Canadá, así como todos los profesionales que realicen intervención de urgencia con enfermos mentales, tengan conocimiento y entrenamiento en relación a la psicopatología del comportamiento delictivo. Igualmente es fundamental que conozcan esta área de estudio los agentes de la libertad condicional.

La medicación es fundamental para la estabilización del enfermo de esquizofrenia. Actúa estabilizando las funciones biológicas mediante la reducción o eliminación de los pensamientos engañosos y la reducción de la ansiedad. Las terapias cognitivo conductuales, las terapias de intervención familiar y de habilidades sociales, son las consideradas de mayor utilidad para la normalización de estos pacientes.

Club de las Ciencias Forenses.

Traducción: Nahikari Sánchez

Edición: Belén Alcázar