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Categoría: Victimología (página 1 de 2)

La pantalla del móvil revela toda nuestra vida. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Lifestyle chemistries from phones for individual profiling”, de los autores Amina Bouslimani, Alexey V. Melnik, Zhenjiang Xu, Amnon Amir, Ricardo R. da Silva, Mingxun Wang, Nuno Bandeira, Theodore Alexandrov, Rob Knight y Pieter C. Dorrestein, de la Universidad de California, que estudian los restos orgánicos de los teléfonos móviles.

Sabemos que nuestro móvil tiene todo sobre nosotros. En las redes sociales están los datos de nuestros amigos, dónde trabajamos e incluso dónde estamos pasando las vacaciones. En la galería de imágenes hay más fotos de nuestra vida privada en un año de las que nuestros padres se hicieron en toda una vida. En Youtube hay un registro de qué música escuchas y Google sabe dónde has estado. Nuestro móvil puede realizar un análisis completo de nuestras vidas y nuestra forma de ser. Pero, ¿sabías que puede hacerlo también sin necesidad de desbloquear tu pantalla?

Cada vez que nuestros dedos tocan el teléfono móvil, dejamos atrás pequeños restos. A veces células de piel, otras de lo que hemos tocado recientemente. Pequeñas moléculas del café del desayuno, del champú o tabaco. El móvil, que de media tenemos unas cinco horas diarias en las manos, es también una especie de diario de nuestra propia vida para un científico forense.

En este estudio analizaron las sobras químicas en los teléfonos de 39 voluntarios, pasando un simple bastoncillo por la pantalla, y los dedos de la mano derecha, comparando los patrones químicos entre ambos. La coincidencia entre ambos sugeriría que esas moléculas de la piel habían sido transferidas al teléfono de cada usuario. Los científicos identificaron muchas de las moléculas que encontraron y posteriormente los compararon con una base de datos de productos químicos que contiene los perfiles de varios compuestos, incluyendo especias, cafeína y medicinas.

Las huellas de cientos de miles de moléculas diferentes aparecieron en cada teléfono. Las moléculas reflejaban lo que había estado en el cuerpo, como los medicamentos y los alimentos. También reflejaban lo que cada persona había manejado antes de tocar el teléfono, como jabón o maquillaje. De hecho, la mayoría de las moléculas provienen de productos de belleza, medicinas y alimentos. Estos residuos ayudaron a los científicos a analizar el comportamiento de cada usuario del teléfono. Los resultados a menudo podían descubrir si al propietario de un teléfono le gustaba la comida picante, bebía café o usaba desodorante. Las pruebas podían indicar lugares que alguien había visitado recientemente o incluso podían señalar si estaba enfermo.

Incluso después de lavarnos las manos tras comer, pequeños rastros moleculares quedan en nuestros dedos y pasan al teléfono. De hecho, lavarnos las manos añade a nuestra huella molecular rastros de jabón. Cada actividad aumenta la complejidad de la huella que vamos depositando. Encontramos por ejemplo el caso del participante número 21, en cuya pantalla se apreciaban restos de un medicamento antidepresivo, el citalopram, seguramente procedente del sudor de sus manos.

Esto significa que con sólo analizar un teléfono móvil, podemos hacer un perfil de su usuario. Por ejemplo, podríamos decir si probablemente es una mujer, qué tipo de cosméticos usa, si se tiñe el cabello, si bebe café, si prefiere el vino a la cerveza o si toma comida picante. La policía ya utiliza análisis moleculares para buscar rastros de explosivos o drogas ilegales, pero pronto podrán usar los residuos del teléfono para reducir las pistas en buscar a un sospechoso o localizar a alguien que dejó un teléfono detrás en una escena del crimen. La privacidad en el siglo XXI será pronto tan sólo un recuerdo anecdótico del siglo XX.

Detectar el suicidio en los rasgos faciales. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Detecting Suicidality From Facial Appearance”, de los autores Sela Kleiman y Nicholas O. Rule, de la Universidad de Toronto, que estudian los rasgos faciales asociados a la conducta suicida. 

El suicidio es la primera causa de muerte no natural en España. Dificultad para concentrarse, desprenderse de sus pertenencias, cambios repentinos de comportamiento, pérdida de interés en sus actividades, dificultades en el trabajo, modificación de los hábitos alimentarios o de sueño, conductas autodestructivas o consumo de drogas o alcohol. Hay muchas señales y a pesar de todo, no somos capaces de verlo venir. Es difícil estar atento a tantas señales que a veces pueden achacarse a otros factores… Pero, ¿y si pudiéramos preverlo con un simple vistazo?

Un equipo canadiense plantea la posibilidad, a lo largo de varios estudios y experimentos, de que haya algún tipo de patrón detectable en la cara de los suicidas que nos pueda dar la pista de que van a cometer un suicidio en breve. Lo cual sería una valiosa herramienta en la prevención.

Para este experimento se cogieron fotos de personas fallecidas por suicidio y de personas vivas de sus anuarios del instituto y la universidad. Fueron un total de 80 fotos, 40 de cada tipo (12 mujeres y 28 hombres), que se emparejaron por sexo y raza y se recortaron para mostrar únicamente el rostro. Además se pusieron en escala de grises para tratar de homogeneizarlas entre sí.

En la primera fase del estudio, se pidió a 33 participantes que observaran las 80 fotos y determinaran rápidamente, basándose en su “intuición”, si creían que las personas de las fotografías se habían suicidado o si estaban vivas. Sin importar si el participante ni el individuo representado en la foto eran hombre o mujer, los participantes fueron capaces de identificar con éxito a aquellos que se habían suicidado a un nivel significativamente por encima del azar.

En la siguiente fase, los investigadores querían estar seguros de que el peinado o la forma de la cara no estaban afectando las decisiones. Así que se recortó las fotos más para mostrar sólo “características faciales internas”. 30 participantes examinaron las fotos y, de nuevo, fueron capaces de identificar a las personas que se habían suicidado por encima del azar.

Posteriormente se consiguieron otras 25 fotos de suicidas que posaban mirando a la cámara de entre 14 y 19 años y se emparejaron de nuevo con la misma cantidad de fotos coincidentes en sexo y raza. Esta vez también se tuvieron en cuenta otros detalles al emparejarlos como llevar gafas, por ejemplo. Y, para mayor fiabilidad, realizó el emparejamiento una persona ajena a la investigación para evitar posibles sesgos. Una vez más se recortaron para mostrar sólo los rasgos faciales internos y se presentaron a 29 participantes, que de nuevo acertaron por encima del azar.

Para un segundo estudio, 161 estudiantes de calificaron las fotos de la primera fase del estudio anterior en medidas de depresión, desesperanza, satisfacción con la vida o impulsividad. Las víctimas de suicidio fueron vistas como más impulsivas y más deprimidas, pero no se observaron diferencias en los otros factores. Por lo tanto, las inferencias de la depresión e impulsividad contribuyen a las percepciones sobre el suicidio, pero sólo las inferencias sobre impulsividad realmente pueden predecir si un individuo se suicidará.

En un tercer estudio, pidieron a 133 participantes que evaluaran cada cara sobre la probabilidad de que pensaran que la persona representada podría hacer una compra impulsiva, participar en un comportamiento sexual impulsivo (relaciones sexuales sin protección) o participar en un acto violento impulsivo (una pelea en un bar). Los suicidas fueron juzgados con mayor probabilidad de estar involucrados en un altercado violento, pero no se les veía más propensos a participar en relaciones sexuales sin protección o a realizar una compra impulsiva.  Con lo cual, los investigadores concluyen que, como el suicidio constituye un acto violento contra el yo, hay algún tipo de señal en la apariencia facial que indica la posibilidad violencia impulsiva para el observador.

En conclusión, parece que es posible que haya algún tipo de lenguaje no verbal que ponga en evidencia la ideación suicida. Sería importante aprender a evaluar esos rasgos concretos y detectarlos como una importante medida de prevención.

Minorías sexuales: La discriminación mata. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Structural stigma and all-cause mortality in sexual minority populations”, de los autores Mark L. Hatzenbuehler, Anna Bellatorre, Yeonjin Lee, Brian K. Finch, Peter Muennig y Kevin Fiscella, en un estudio conjunto de las universidades de Nueva York, Nebraska y Pennsylvania, que analizan cómo la discriminación acorta considerablemente la esperanza de vida.

Tras un intenso debate social, el 30 de junio de 2005 se aprobó en España la ley que permite a los homosexuales casarse y adoptar. En marzo de 2007 se aprobó, además, una ley que permite a las personas transexuales cambiar su nombre y la definición legal de su sexo sin necesidad de una sentencia judicial ni una operación quirúrgica previa. Andalucía dio un paso más en junio de 2014 al aprobar una ley que reconoce el derecho de la libre autodeterminación del género sin necesidad de diagnóstico. Sin embargo, sólo 63 países tienen legislaciones específicas que prohíben y persiguen la discriminación por razón de orientación sexual y sólo en 22 se reconoce el matrimonio homosexual mientras que en 72 países la homosexualidad sigue criminalizada y perseguida y en 8 aún se castiga con pena de muerte.

Y el problema no radica sólo en la ley, sino también en la propia sociedad. Estigmatizar a individuos, ya sea por su orientación sexual, su raza/etnia o incluso su aspecto físico, conlleva un aumento en el riesgo de padecer deterioro en la salud física y mental. Es por ello que el objetivo de este estudio es demostrar cómo afecta a la esperanza de vida vivir en una sociedad altamente prejuiciosa frente a una tolerante cuando se es una minoría sexual.

Para este estudio se analizaron los datos de la Encuesta Nacional de Entrevistas de Salud y la Encuesta Nacional de Exámenes de Salud y Nutrición, todas ellas y otras más recogidas en el Centro Nacional de Estadísticas de Salud que recoge los datos referentes a este tema en la población estadounidense. Los años estudiados fueron de 1988 a 2002 (dado que antes de esa fecha no estaban disponibles los datos de las minorías sexuales). De los 21045 encuestados evaluados, 914 (4,34%) mantuvieron relaciones con personas de su mismo sexo.

Por un lado se midieron las actitudes contra las minorías sexuales a través de cuatro ítems: (1) “Si algunas personas en su comunidad sugirieran que un libro a favor de la homosexualidad se sacara de la biblioteca pública, ¿favorecería usted la eliminación de este libro o no?”; (2) “¿Debería permitirse a un hombre que admita que es homosexual enseñar en un colegio o universidad o no?”; (3) “Supongamos que un hombre que admite ser homosexual quisiera hacer un discurso en su comunidad. ¿Debería permitirse que hablara o no?”; (4) “¿Cree usted que las relaciones sexuales entre dos adultos del mismo sexo siempre son algo malo, casi siempre son algo malo, son malas sólo a veces, o no son malas en absoluto?”.  Luego se evaluaron variables de las minorías sexuales que fallecieron en esos años como nivel de ingresos, nivel educativo, percepción subjetiva de la salud, raza, sexo, edad y lugar de nacimiento.

Los resultados mostraron que había una diferencia significativa entre vivir en una comunidad con alto nivel de prejuicios y estigmatización y en una tolerante: la esperanza de vida se reducía una media de 12 años para las minorías sexuales.  Además, era tres veces más probable morir por asesinato en estas comunidades y que se cometiera suicidio con más frecuencia y a una edad mucho más temprana de lo habitual.

Aunque sería interesante ampliar este estudio en otras poblaciones y evaluando también los últimos quince años, los datos no son nada desdeñables. Es importante prevenir y concienciar en la sociedad en contra de los prejuicios y la estigmatización para evitar que el odio siga matando, incluso cuando no lo haga de forma física sino psicosocial.

Estrategias de persuasión en grooming online de menores. Club ciencias forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Estrategias de persuasión en grooming online de menores: un análisis cualitativo con agresores en prisión”, de los autores Patricia de Santisteban y Manuel Gámez-Guadix, de la Universidad Autónoma de Madrid, que analiza las estrategias que siguen los delincuentes de grooming para embaucar a los menores.

Las tecnologías avanzan y, con ellas, los peligros. Un nuevo problema social muy serio se cierne online sobre los menores: el grooming. Así es cómo se conoce al proceso en el cual un adulto se gana la confianza de un menor con el objetivo de obtener algún tipo de contacto sexual con él. Cada vez es más común que los niños tengan acceso a internet y, lo que es más preocupante, sin control parental, lo que genera y prolifera este tipo de delitos. Conocida esta problemática, este estudio busca explorar las estrategias de acceso, persuasión y manipulación que tienen lugar en el proceso de grooming online desde la perspectiva de los agresores para identificar elementos que facilitan y/o mantienen dicho proceso.

Para este estudio se entrevistaron en profundidad a 12 hombres condenados por grooming online, con edades comprendidas entre 21 y 51 años. Los condenados cumplían penas de prisión por delitos sexuales contra niños menores de 16 años que se iniciaron o cometieron por internet (11 niñas y 6 niños). También se comparó la información obtenida con el análisis de los hechos probados de sus condenas.

El análisis de las entrevistas mostró una progresión en el proceso de grooming online. Se observa como inician la persuasión en el comienzo del contacto con las potenciales víctimas, analizan sus vulnerabilidades y despliegan estrategias, adaptadas a las necesidades de los menores, para conseguir la implicación del menor en el abuso. El resultado son los encuentros sexuales entre adultos y menores, que pueden ser tanto puntuales como sostenidos en el tiempo.

En un primer momento, para acceder a los menores los agresores usaban un número considerable de técnicas, desde el uso de chats hasta la obtención indiscriminada de correos electrónicos de terceros. El siguiente paso era adaptar su lenguaje a la jerga típica de los menores y hablaban de temas de interés para estos, proporcionándoles una identidad basada en la real pero mejorada (quitarse años, por ejemplo) o creando una nueva identidad más deseable y acorde a los gustos de los menores, a partir de lo cual consiguen llamar la atención del menor y sostenerla.

Iniciado el contacto y tras conseguir mantener la atención de los menores, los adultos comienzan a centrarse en el estudio de la víctima y su entorno. Se observa cómo los adultos se interesaban por elementos estructurales de la vida diaria de los niños, como sus horarios, actividades o cuidadores disponibles. Se aseguraban de conocer importantes detalles acerca de los conflictos familiares y carencias materiales del menor, pero también sobre situaciones de maltrato, negligencia o problemas psicológicos, con lo que se conforman un marco de la vulnerabilidad del menor y las particularidades de su entorno. Los datos pusieron de manifiesto que los agresores desarrollan una serie de estrategias de persuasión que parecen utilizar para adaptarse a las necesidades de los niños; con ello, tratan de involucrar a los menores de manera activa en el proceso de abuso, o bien presionarlos para que accedan a sus pretensiones. Principalmente encontramos 4 estrategias que sirven para ejercer y mantener la situación abusiva tratando de evitar la revelación: engaño, corrupción, implicación y agresión.

  • Engaño. Las estrategias de engaño encontradas van más allá de la mera ocultación de las intenciones, apareciendo diferentes grados de elaboración. En algunos casos el engaño se mantiene y aumenta para sostener y potenciar la falsa identidad creada desde le persuasión inicial, llegando incluso a contar con colaboradores externos que participan en la farsa. En otros casos se introducían pretextos para conseguir la implicación de los menores, o se creaban historias paralelas, implicando a varios personajes reales o ficticios para dar credibilidad a las mentiras.
  • Corrupción. Las estrategias de corrupción encontradas en los casos estudiados se relacionan con el ofrecimiento de bienes materiales a los menores. En varios casos se les ofreció dinero explícitamente a cambio de sexo, trabajo como modelo o actriz, o regalos.
  • Implicación. Las estrategias de implicación encontradas se centran en cómo los agresores tratan de conseguir la implicación afectiva del menor en la relación abusiva, mostrándose ante ellos como si de una relación libre y equitativa se tratara. Se identificaron varios tipos de implicación, como la inversión de tiempo y dedicación. Finalmente emergen diversos modos de posicionamiento (como amigo, cuidador, pareja, etc.) frente al menor, probablemente en ese intento de adaptarse a sus necesidades afectivas estudiadas previamente.
  • Agresión. En ocasiones se observa como el adulto también emplea conductas de acoso, intimidación o coacción, ya sea para conseguir mantener la relación abusiva o como venganza por no ceder a sus pretensiones o dar por finalizada la relación.

Con las estrategias desarrolladas los adultos consiguen su propósito de mantener relaciones sexuales con los menores, tanto vía online (a través de intercambio de fotos o vídeos de contenido sexual) como offline (encuentros sexuales). Estos resultados son un contacto sexual puntual o un contacto sexual sostenido; asimismo, pueden haber sido realizados con una o múltiples víctimas.

En definitiva, estos depredadores tienen refinadas estrategias para engañar a los menores y hacerse partícipes de sus vidas a espaldas de cualquier adulto que esté al cargo, sabiendo manipular la situación hasta lograr de ellos lo que desean. Es por ello que es importante que los padres hablen con sus hijos para prevenirles de estos peligros y estar pendientes a las señales de aviso. Así mismo, los programas de prevención podrían beneficiarse enormemente de incorporar los hallazgos sobre las tácticas y estrategias que los agresores utilizan para manipular y explotar sexualmente a los menores.

Racismo y violación: ¿quién es el culpable? Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Victim Blaming in Rape: Effects of Victim and Perpetrator Race, Type of Rape, and Participant Racism”, de los autores William H. George, de la Universidad de Washington, y Lorraine J. Martínez, de la Universidad de Berkeley en California, que aborda cómo el racismo afecta a la credibilidad en casos de violación.

Según el Registro Nacional de Exoneraciones de Estados Unidos, sólo entre octubre de 2016 y marzo de 2017, de las 1900 exoneraciones que se produjeron de condenas injustas a inocentes, el 47% fueron sobre afroamericanos a pesar de que apenas suponen el 13% de la población, lo que pone en evidencia un claro sesgo: Una preso de raza negra tiene siete veces más probabilidades de ser apresado siendo inocente que otros convictos. Y de promedio pasan tres años más en la cárcel antes de su liberación, cuatro si están condenados a pena de muerte. ¿Y en España? En el 2015, el 38% de los crímenes de odio fueron por racismo. Es decir, sólo en 2015 hubo 505 casos de delitos racistas. ¡Más de uno al día!

Hace unas semanas ya hablamos de los estereotipos que afectan a la credibilidad en los casos de violación y ahora ahondaremos en cómo la raza afecta a esa credibilidad. Los autores de este estudio, recopilaron algunas de las creencias que la gente tiene sobre los afroamericanos: se piensa que las personas de raza negra son más sexuales, experimentadas, accesibles, indiscriminadas y capaces que los blancos o los europeos. Y, concretamente por sexos, que las mujeres son más promiscuas, y que los hombres son propensos a violar mujeres blancas.

Los autores trataron de poner a prueba esos estereotipos con el presente estudio, para el cuál contaron con 332 estudiantes universitarios, de los cuales 170 fueron hombres y 162 mujeres, con una edad promedio de 20 años. Un 60% fueron blancos (192) y casi un tercio asiáticos (108). El 10% restante fueron afroamericanos (5), latinos (8) u otros (19). Para medir el racismo de los participantes rellenaron la Escala de Racismo Moderno, que mide el racismo sutil expresado como resentimiento por beneficios inmerecidos.

Después se les presentaba una viñeta que fue desarrollada específicamente para este estudio. En el escenario principal se ve a una mujer sola en casa por la noche, después sale a buscar a su gato al jardín y responde a un comentario amistoso de un hombre que pasa por la calle (ya sea un vecino o un extraño). Después podía ocurrir que ella invitara al hombre a casa para seguir conversando o que fuera empujada dentro de la casa con violencia por el extraño, según la versión que le tocara a cada uno de los participantes. La escena posterior incluía agresión física por parte del atacante y resistencia a la violación por parte de la mujer en todas las versiones de la historia.

Se midieron por tanto las variables: raza del agresor (blanco/negro), raza de la víctima (blanca/negra), relación con el agresor (desconocido/conocido). Y para todas las versiones de la historia, los participantes debían contestar a unas preguntas sobre lo que habían visto:
1) ¿Fue realmente una violación?
2) ¿Qué grado de culpabilidad tuvo la víctima/agresor?
3) ¿Es creíble la resistencia que opuso la víctima?
4) ¿Qué sentencia recomendarías para el agresor?

Los resultados mostraron que la raza fue muy influyente en todas las valoraciones. Los participantes juzgaron a las mujeres violadas interracialmente como más culpables de lo que les había ocurrido que las que eran violadas por alguien de su misma raza. Viendo también la violación como algo menos serio, su resistencia menos creíble y castigando con penas más pequeñas al agresor. Además, a la hora de condenar al agresor, los hombres pedían penas más duras para los agresores afroamericanos que para los blancos.

En conclusión, a día de hoy aún persisten los estereotipos raciales y aplicados a la violación no son nada benignos. Esto conlleva a que en la práctica, las mujeres negras sean culpabilizadas de ser violadas cuando el agresor es un hombre blanco, y a que los hombres negros sean más duramente castigados que los blancos por el mismo crimen. El racismo sigue siendo una asignatura pendiente en Estados Unidos, y está por ver, con las estadísticas del resto de países, si nosotros no suspenderíamos también.

Experiencias traumáticas en la infancia y criminalidad adulta. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Adverse Childhood Experiences and Adult Criminality: How Long Must We Live before We Possess Our Own Lives?”, de los autores James A Reavis, Jan Looman, Kristina A. Franco y Briana Rojas, de la clínica de salud mental Intrapsychic en San Diego (California, Estados Unidos), que analiza cómo las experiencias traumáticas en la infancia afectan a la vida adulta.

De tal palo, tal astilla. Es un refrán popular que hace referencia al parecido entre padres e hijos. Por desgracia, esa filosofía parece poder aplicarse también a las conductas antisociales. Maltrato físico, sexual, emocional… Cualquier tipo de abuso que sufra un niño es una secuela permanente que poco a poco irá conformando a un adulto disfuncional.

El maltrato infantil es, pues, la acción, omisión o trato negligente que no se produce de manera accidental, y que priva al niño de sus derechos y su bienestar, que amenaza o interfiere su ordenado desarrollo físico, psíquico y social, y cuyos autores de estos hechos pueden ser personas, instituciones o la propia sociedad.

El objetivo de este estudio fue demostrar cómo, en comparación con la población normal, podemos encontrar que los criminales de hoy son los niños maltratados, violados y hostigados de ayer.

La muestra se compuso de 151 delincuentes varones adultos que por orden judicial iban a recibir tratamiento psicológico posterior a su condena. Los crímenes por los que habían sido juzgados estaban asociados a la violencia doméstica, el acoso, el abuso infantil, la violencia y la desviación sexual. De estos sujetos, 35 (23,2%) cometieron abuso infantil no sexual; 45 (29,8%) fueron acusados de violencia doméstica; 61 (40,4%) fueron catalogados como delincuentes sexuales, y 10 (6,6%) eran acosadores. Las categorías no se superpusieron en ningún caso.

Se dividió a los participantes en dos grupos: los que puntuaron alto en el Cuestionario de Experiencias Infantiles Adversas y los que puntuaron bajo. Luego se analizó la correlación entre esa puntuación con la pertenencia a los distintos grupos de delincuencia y las puntuaciones normativas estandarizadas.

Se encontró que en la población normal, tan sólo un 12,5% de la gente puntuaría alto en el cuestionario de Experiencias Infantiles Adversas, mientras que en la muestra puntuaban así un 48,3%, casi la mitad. De todos los eventos por los que se preguntó, se encontró mucha más prevalencia en el grupo de delincuentes que en la población general, duplicándolo en casos como el abuso sexual y llegando a ser hasta siete veces más alto como en el caso del abuso psicológico. Lo cual evidencia que la acumulación de experiencias traumáticas en la infancia disminuye la capacidad de formar relaciones normales y sanas como adulto. Un claro ejemplo es cómo los chicos que sufrieron abusos sexuales de niños tenían 45 veces más posibilidades de maltratar a sus parejas en la adolescencia.

En conclusión, los datos evidencian que en muchos casos la criminalidad de hoy es fruto de un pasado traumático. Es importante prevenir las experiencias traumáticas en niños y, cuando éstas sucedan, tratarlas adecuadamente para prevenir el daño psicológico que devendrá en muchas más víctimas en el futuro.

Nota suicida y autopsia psicológica. Parte II. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, como comentábamos la semana pasada, les presentamos un resumen del artículo “Nota suicida y autopsia psicológica: Aspectos comportamentales asociados”, de los autores Mª Patricia Acinas, José I. Robles y M. Ángeles Peláez-Fernández, en un estudio del SEPADEM (Sociedad Española de Psicología Aplicada a Desastres, Urgencias y Emergencias), que analiza con detalle el suicidio y la autopsia psicológica. Por su extensión, lo partimos en dos secciones y hoy abordaremos la segunda parte, la autopsia psicológica.

La conducta suicida consumada es cada vez más prevalente, llegando a superar las muertes por accidente de tráfico. La autopsia psicológica ayuda a diferenciar una muerte suicida de otra muerte violenta (homicidio, simulación de suicidio cuando es un asesinato…) y facilita las gestiones médicas y el llegar a conclusiones más fiables con mayor eficiencia y efectividad. En la autopsia psicológica, la nota suicida es uno de los documentos que se emplean para clarificar la situación. El análisis de los elementos que rodean a la nota suicida (tipología, intencionalidad, etc.), los peritajes y análisis grafológicos, se convierten en piezas clave fundamentales de la autopsia psicológica para reconstruir y conocer el estado mental de la persona de manera previa al suicidio. Por ejemplo, una persona depresiva podría emplear frases o palabras casi inconexas, que emanen tristeza, un trazo lento, torpe, con poca presión sobre el papel, con psicomotricidad fina alterada, hipotonía en los dedos que hacen pinza para la escritura, etc.

La autopsia psicológica es un método de investigación retrospectivo e indirecto sobre las características de la personalidad que tuvo el individuo en vida para poder acercarse a las circunstancias de su muerte. La autopsia psicológica es una peritación, un instrumento procesal y, por este motivo, debe realizarse con las garantías que estipula la Ley Procesal, bien porque le interese a la Autoridad Judicial competente o a las partes interesadas en el procedimiento. Es un aspecto importante que es éticamente incompatible que realice este procedimiento el mismo profesional de la salud mental que haya atendido en consulta a esa persona.

Si se considera la posibilidad de suicidio, se buscarán entrevistas con familiares, pero debe actuarse con rigurosa delicadeza para que la familia no se sienta invadida ni cuestionada, tratando de no incurrir en una victimización secundaria (conductas y actitudes que culpabilizan a las víctimas). Se realizará también, previa autorización judicial, el estudio y análisis de efectos personales como diarios personales, cuadernos de notas, correspondencia, emails, mensajes en móviles… Por tanto, la autopsia psicológica puede facilitar el esclarecimiento en casos de muerte dudosa: Valorando los factores de riesgo, el estilo de vida, el estado mental en el momento de la muerte, las áreas de conflicto y motivacionales, el perfil de personalidad, señales de preaviso suicida; y en los casos de otras muertes violentas puede delimitar el círculo de sospechosos.

Hay varios modelos para sistematizar la tarea:

  • MAPI (Modelo de Autopsia Psicológica Integrado). Es el más usado en el área iberoamericana (México, Chile, Honduras, Costa Rica…). Se aplicó a víctimas de suicidio, homicidio y accidentes. Es muy estructurado y sistematizado con respuesta cerrada que disminuye los posibles sesgos y la subjetividad del entrevistado. Es uno de los más completos; abarca 59 categorías con numerosas subcategorías y va acompañado de instrucciones para los aplicadores y respuestas a las dudas que puedan surgir en el proceso, además de requisitos para seleccionar las fuentes de información que deben explorarse.
  • ARMY. Este modelo se aplicó dentro del ámbito militar para poder elaborar planes preventivos; clasifica los suicidios en tres grados:
    • Intención clara de suicidio.
    • Impulsivo, no premeditado.
    • Intención no suicida (casos de suicidio por negligencia como los acaecidos por juegos de riesgo, abuso de sustancias…).
  • NAVY. Modelo del Servicio de Investigación Criminal de la Marina estadounidense.
  • Modelo sistematizado que plantea cuatro pasos a seguir:
    • Examen cuidadoso de la escena de los hechos (fotos, grabaciones).
    • Estudio de documentos disponibles, declaración de testigos, reporte de autopsia médica y toxicología.
    • Documentos que informen de la vida de la víctima antes de la muerte (notas escolares, visitas al médico, centros de salud mental, información laboral).
    • Entrevista con personas relevantes.

La autopsia psicológica se inicia con la aparición del cadáver y los métodos policiales y forenses, pero continua luego con otros especialistas y métodos (como técnicas de Entrevista Cognitiva para personas especialmente afectadas y/o con problemas de memoria; y cuestionarios más cerrados para informadores de referencia). Algunos autores recomiendan entre uno y seis meses después de ocurrido el hecho, porque aún se conserva la nitidez del recuerdo y la información obtenida es confiable. El tiempo promedio de la entrevista será de dos horas aunque puede extenderse un poco más.

La elección de los informantes es crucial: en suicidios de adultos se escoge a cónyuges o parientes de primer grado, además de informantes secundarios, como amigos, compañeros de trabajo, compañeros de piso, médicos, dependientes de tiendas, bares o lugares frecuentados por la persona. Cuando el suicidio es cometido por un adolescente, la información se extrae de padres, hermanos, amigos… (Con la autorización de padres o tutores de los menores), profesores, que pudieron detectar signos de aviso en alguna circunstancia. En ancianos, se amplía el rango de informantes para poder averiguar presencia de enfermedad física subyacente, medicación, circunstancias socioeconómicas… por lo que se podría entrevistar a trabajadores sociales, farmacéuticos, vecinos.

La autopsia psicológica, considerada como método de trabajo ante muerte dudosa o posible suicidio, tiene como objetivos: Aumentar la exactitud de las certificaciones; ofrecer indicaciones que el investigador puede emplear para evaluar el propósito letal de personas vivas; y postvención o función terapéutica con los familiares.

La AP debe responder, por tanto, al menos a tres cuestiones distintas:

  • ¿Por qué lo hizo el individuo? (explicar las razones del acto o descubrir qué llevó a él, reconstruyendo las motivaciones del difunto).
  • ¿Cómo murió el individuo y cuándo, o sea, por qué en ese momento particular? (aclarar las razones sociopsicopatológicas por las que murió en ese momento).
  • ¿Cuál es el modo de muerte más probable? (cuando el modo de muerte es equívoco, establecer con cierta probabilidad lo que pudo ocurrir).

El papel de los trastornos del sueño en la conducta suicida y autolesiva en adolescentes. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The Role of Sleep Disturbance in Suicidal and Nonsuicidal Self-Injurious Behavior among Adolescents”, de los autores Eleanor L. McGlynchey, Elizabeth A. Courtney-Seidler, Miguelina German y Alec L. Miller, del Instituto Psiquiátrico Estatal de Nueva York y el Centro Médico de la Universidad de Columbia, que analiza como causa de autolesión y suicidio en adolescentes los problemas de sueño.

Mueren en España 10 personas por suicidio al día. Esos son los cálculos aproximados del 2016. Ésta es además la primera causa de mortalidad entre las chicas de entre 15 y 19 años. Y es también la primera causa de muerte no natural, por encima de accidentes de tráfico, homicidios y accidentes laborales. El suicidio se ha convertido en un importante problema de salud pública dado que aumenta cada década que pasa y seguirá aumentando si no cuenta con la investigación y prevención necesarias para impedir que esto ocurra. Por ello, una mayor comprensión de los factores que conducen al suicidio en adolescentes es un paso crucial para la disminución de éstos.

Un factor que es particularmente relevante para la comprensión del suicidio en la adolescencia es la influencia de los trastornos del sueño. Muchos adolescentes experimentan cambios en sus ritmos de sueño debido a la pubertad: dificultad para conciliar el sueño, sueño ligero, despertarse demasiado pronto, inversión del ritmo circadiano y/o somnolencia diurna excesiva. Y los adolescentes con trastornos del ánimo o de ansiedad son especialmente vulnerables a tener dificultades para dormir, y los problemas para dormir pueden preceder a la aparición de síntomas psiquiátricos.

Por ello, identificar a los adolescentes con problemas de sueño y el ánimo afectado puede ser el objetivo principal de intervenciones dirigidas a reducir la ideación suicida y las autolesiones. Por tanto, el objetivo de este estudio era asociar los problemas de sueño y las conductas relacionadas con el suicidio y la autolesión en una muestra clínica de adolescentes, tratando además de dilucidar qué problemas de sueño concretos correlacionaban con cada una de las conductas para buscar posibles predictores.

Para este estudio participaron 223 personas del Programa de Depresión y Suicidio Adolescente de Centro Médico de Montefiore y el Colegio de Medicina Albert Einstein de Nueva York, de los cuales el 72% eran mujeres. El rango de edad comprendía entre los 11 y los 19 años y la gran mayoría eran hispanos (63%) seguidos de raza negra (19%). Los adolescentes, con permiso paterno y del centro médico, debían rellenar el Inventario de Depresión Beck. Las dificultades en el sueño se evaluaron con algunos ítems del test K-SADS, que evaluaban: insomnio leve, insomnio moderado, insomnio terminal, reversión circadiana, sueño no reparador e hipersomnia. Para evaluar las conductas de autolesión no suicida y los intentos de suicidio se utilizó el BAASSI y para la ideación suicida el SIQ-JR.

Se encontró pensamientos y conductas autolesivas en el 49% de la muestra, un 30% había tenido al menos un intento de suicidio y hubo un promedio muy alto en la mayoría de ellos de ideación suicida. Por otro lado, un 77,8% reportó alteraciones del sueño moderadas y un 65% alteraciones del sueño graves. Al poner en relación los dos tipos de variables se encontró que había diferencias significativas entre el grupo con problemas de sueño y el de sueño normal en cuanto a conductas autolesivas, siendo mayores en el grupo con problemas de sueño. Sin embargo, al analizar por separado los tipos de trastornos del sueño no se encontró que ninguno en concreto fuera predictor de estas conductas. En cambio, se encontró que el insomnio moderado y la reversión circadiana fueron predictores de los intentos de suicidio y el insomnio terminal lo fue de la ideación suicida. Además podemos encontrar diferencias de género, siendo más propensas las mujeres a la autolesión y los intentos de suicidio. También se encontró que la edad influía, haciendo que los más jóvenes estuvieran más predispuestos a la ideación suicida, del mismo modo que afectaba padecer depresión. Sin embargo, no se halló que la raza influyera en ninguna de las tres variables.

En resumen, parece ser que hay una correlación entre tener dificultades en el sueño y las conductas de autolesión, los intentos de suicidio y la ideación suicida. Así pues, debido al aumento de los suicidios y las conductas autolesivas en adolescentes, es de vital importancia atender a cualquier señal que pueda indicarnos que hay riesgo y, en vistas a los resultados, examinar el sueño de los adolescentes puede ser una clave para la prevención. Basándonos en los resultados de este estudio, sería aconsejable que los profesionales enfoquen el sueño como uno de los objetivos a evaluar y considerar.

Si lleva gafas es inocente: El efecto de las gafas en la percepción, el reconocimiento y las impresiones. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The glasses stereotype revisited: Effects of glasses on perception, recognition and impressions of faces”, de los autores Michael Forster, Gernot Gerger y Helmut Leder, de la Universidad de Viena, que abordan los estereotipos sobre las personas con gafas y cómo afectan al reconocimiento facial.

Los escoceses son alcohólicos, las rubias son tontas y los andaluces son perezosos. ¿Quién no ha oído alguna vez uno de estos estereotipos? Los hay de raza, género, edad, procedencia o apariencia y los usamos para configurar nuestras visiones del mundo de forma subconsciente y pueden afectarnos a la hora de determinar la culpabilidad de alguien. A pesar de que los estereotipos puedan fallar, nos ayudan a tomar decisiones rápidas y economizar esfuerzos cognitivos y por eso no podemos evitar utilizarlos. Algunos de esos estereotipos los comentábamos el otro día, como es el caso del baby face: las personas con rasgos faciales aniñados parecen más inocentes e inmaduras, características útiles para un acusado pero perjudiciales para el testigo. Otro de los estereotipos es el ahora conocido como “estereotipo nerd”, que consiste en ver a los individuos que llevan gafas como más inteligentes aunque menos atractivos. Y no sólo eso, además reciben menos veredictos de culpabilidad. Sin embargo, no se ha estudiado qué tipo de gafas producen este efecto o si lo hacen todas.

Del mismo modo, en un contexto jurídico, las caras juegan un papel crucial en el reconocimiento de los testigos. Y algo tan simple como cambiar de gafas o dejar de usarlas puede influir tanto en la percepción de esa persona como en la capacidad de poder reconocerla. Es decir, que las gafas pueden influir tanto en el reconocimiento como en la evaluación de los rasgos de personalidad de un individuo. Para estudiar este hecho se llevaron a cabo cuatro experimentos.

Para el primer experimento se pidió a un total de 76 participantes que calificara el éxito, la inteligencia, la confiabilidad, el atractivo, la simpatía y la cooperación de 78 caras: 26 sin gafas, 26 con gafas de montura gruesa y 26 con gafas con cristal al aire. Los resultados mostraron que las personas sin gafas se veían más atractivas y agradables que las que llevaban gafas con montura gruesa. Pero las caras con gafas sin montura tuvieron los mismos resultados que no llevar gafas en esas dos variables. En cuanto al éxito y la inteligencia, las personas con gafas (de los dos tipos) fueron calificadas como más exitosas e inteligentes que las que no llevaban gafas. Por otro lado, las personas con gafas al aire se veían más dignas de confianza que las que no llevaban gafas, pero no hubo diferencias en cuanto a cooperación.

Los ojos son una parte central y muy informativa del rostro humano y es a donde miramos principalmente cuando miramos una cara. Además, sabemos que llevar gafas cambia el aspecto de esta zona. Por ello, en el segundo experimento se pidió a 20 personas que evaluaran 26 caras en tres versiones (sin gafas, con gafas al aire y con gafas de montura gruesa), lo que hace un total de 78 imágenes. Para que atendieran a las imágenes se les pidió que valoraran el atractivo y la peculiaridad de cada rostro. Se realizó un seguimiento ocular de los observadores mientras estudiaban las fotos y se encontró que dedicaban más tiempo a la zona ocular cuando las imágenes llevaban fotos. Curiosamente los dos tipos de gafas atraían la atención el mismo tiempo.

Como hemos visto, las gafas afectan a cómo miramos un rostro, así que era relevante estudiar también si nos afectaría ese cambio en la percepción a la hora de discriminar caras. Para esto se mostraban dos caras, al mismo tiempo o secuencialmente, y debía decirse lo más rápido posible si se trataba de la misma cara o no. Los participantes fueron 20 estudiantes y examinaron 180 pares de caras. Una de las dos caras de la pareja siempre llevaba gafas y la otra no, para ver la influencia de este elemento. Los resultados muestran que cuando ambas caras se presentan simultáneamente requiere más tiempo discriminarlas cuando una de ellas lleva gafas de montura gruesa pero no afectaba a la exactitud, es decir, sólo les realentizaba. Pero no se encontró tal efecto cuando las imágenes eran secuenciales, que es como ocurre en la vida real ya que la identificación de testigos ocurre tiempo después del crimen.

Una vez demostrada la capacidad de discriminación, se buscó evaluar el reconocimiento. Para ello, 24 estudiantes tuvieron que ver rostros sin gafas y más tarde con gafas, sin que se les pidiera que las memorizaran, ya que en una situación real no se es consciente de la necesidad de memorizar un rostro. Los resultados muestran que hay mayor reconocimiento cuando la imagen era idéntica, es decir, cuando no añadíamos ni quitábamos elementos como las gafas. Por otro lado, las gafas sin montura tenían más posibilidades de evaluarse como que se habían visto previamente (falsos positivos).

En conclusión, las gafas afectan a la imagen que nos formamos de la persona, pero no todas las gafas producen el mismo efecto en el observador. También lograban llamar más la atención y ralentizar la discriminación, pero lo realmente importante es que las gafas sin montura daban la sensación de haber visto una cara anteriormente, lo que puede conseguir que un inocente sea acusado por los testigos oculares de ser el culpable falsamente. Así que jugar con las gafas puede ser un elemento interesante en un juicio según si uno es culpable o inocente.

La credibilidad en casos de agresión sexual cuando se es obeso. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The Effects of Obesity Myths on Perceptions of Sexual Assault Victims and Perpetrators’ Credibility”, de los autores Niwako Yamawaki, Christina Riley, Claudia Rasmussen and Mary Cook, de la Universidad Brigham Young, que abordan como afecta la obesidad a la credibilidad en casos de agresión sexual.

Los derechos humanos de las mujeres han mejorado a lo largo de los años. Sin embargo, la violación y la agresión sexual siguen siendo una amenaza común para las mujeres en todo el mundo. En Estados Unidos, aunque los incidentes reportados han disminuido, se estima que una de cada seis mujeres es víctimas de violación cada año. Además, aproximadamente el 64% de las agresiones sexuales no se informa a las autoridades. Por lo tanto, la violación y las agresiones sexuales cometidas contra las mujeres continúan siendo graves preocupaciones sociales y de derechos humanos, ya que siguen siendo altamente infravaloradas independientemente de las recientes disminuciones en la prevalencia.

Pero otra preocupación que merece atención y examen es la subutilización de los recursos apropiados por las víctimas. Se calcula que sólo una de cada cuatro víctimas de agresión sexual o violación recibe ayuda o asesoramiento. Esta subutilización y falta de denuncia puede atribuirse a la victimización secundaria, que se refiere a un proceso en el cual las actitudes y reacciones negativas de los demás hacia las víctimas las disuaden de buscar ayuda. Ocurre tanto en entornos formales (por ejemplo, hospitales o comisarías) como en entornos informales (entre familiares y amigos), se culpa a la víctima, se excusa al agresor y se minimiza el incidente. En consecuencia, la victimización secundaria intensifica los efectos psicológicos negativos sobre las víctimas de violación y de agresión sexual, y este proceso de re-victimización es, de hecho, más severo que el trauma original.

Para entender la victimización secundaria, se han estudiado en diversas investigaciones algunas características relacionadas con las víctimas y los agresores y qué características del observador que pueden influir en las actitudes negativas de un individuo hacia las víctimas de violación. Los investigadores encontraron que algunas características del observador son predictores significativos de las actitudes negativas hacia las víctimas de violación. Por ejemplo, se ha encontrado diferencias raciales (se culpa más a la víctima cuando es de una raza diferente a la de su agresor), sexuales (se culpa más a la víctima cuando es un hombre), sobriedad (se las culpabiliza más si habían tomado alcohol previamente), la relación (si se conocían de antes se culpabiliza menos al agresor por haber “malinterpretado” la relación entre ambos) o la clase social (si el agresor es de clase alta se minimiza el suceso).

Otro factor importante pero a menudo ignorado que puede influir en gran medida las actitudes negativas de un observador hacia las víctimas de violación es la obesidad y ese fue el objetivo de este estudio. Una de cada cinco personas en España tiene obesidad, porcentaje que asciende a una de cada tres en Estados Unidos, no es una población despreciable y menos cuando hay datos de que ser obeso afecta la credibilidad en casos de agresión sexual. Además, este estudio quería demostrar que tener ciertas ideas preconcebidas o mitos sobre la obesidad nos lleva a juzgar más duramente a este colectivo cuando realizan una denuncia de este tipo.

Para este experimento se creo un escenario de violación heterosexual. Una chica, Janet, acusaba a su compañero de estudio de haber abusado de ella mientras estudiaban juntos en el dormitorio de él. Janet afirmaba estar dolida ya que ella protestó y se negó y aun así fue forzada por su amigo. Por el contrario, el chico, Mark, afirmaba que había sido consentido y que de hecho fue Janet la que inició la aproximación sexual, y decía estar sorprendido y dolido por la acusación de su amiga. Esta historia se les presentaba a los ciento sesenta y cinco estudiantes universitarios que participaron de este estudio en el que se les dividía en tres grupos. La diferencia entre los grupos residía en el físico de los personajes: en una Janet era obesa y Mark, no; en otra, era Mark el obeso y no Janet; y en la última lo eran ambos. Posteriormente se pasaba un cuestionario que tomaban tres medidas: atribución de la culpa a las víctimas, una escala de credibilidad sobre los testimonios de ambos y una escala de mitos sobre la obesidad (como, por ejemplo, que los obesos buscan llamar la atención o que no les importa que se aprovechen de ellos).

Los resultados muestran que la obesidad afecta a la credibilidad: La gente veía más creíble la versión del agresor cuando la víctima era obesa y él no, y menos creíble cuando el obeso era él y no ella o cuando eran obesos los dos. En contraste, la credibilidad de la víctima no variaba: no importaba si ella era obesa o no, o si lo era su atacante; lo que varía es la credibilidad que damos al agresor. Sin embargo, sí que se encontró que la obesidad afectaba a la credibilidad de la víctima cuando el observador creía en los mitos sobre la obesidad, pero únicamente cuando la víctima es la obesa y no su agresor. Se especula el porqué de este hallazgo y los investigadores creen que es posible que se deba a que de por si una queja por violación siempre parece menos creíble si no hay violencia o armas y se pone en duda que siendo más corpulenta la víctima no pueda defenderse del agresor. También es posible que se apoyen en mitos como que “nadie se siente atraído por una persona obesa” o “las personas obesas están desesperadas por llamar la atención”, de manera que se toma menos en serio a la víctima e incluso se la culpabiliza, ya no sólo de que la agresión fuera consentida, sino de haber buscado ellas mismas que sucediera. Los hombres resultaron creer esos mitos más que las mujeres.

En muchos casos de agresión sexual no hubo testigos o pruebas fiables para probar el sexo no consensuado, por lo tanto, durante el procesamiento legal, la credibilidad de la presunta víctima y de su agresor se ha convertido en un factor crucial para convencer a los miembros del jurado. Este estudio muestra que la credibilidad se ve afectada por el peso y es importante concienciarnos de que los mitos sobre la obesidad pueden llevarnos a ver menos creíbles ciertas denuncias y no dar el apoyo y la ayuda necesaria a las víctimas.

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