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Pornografia infantil: características de los delincuentes. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Child porn offenders, solicitation and child sexual abusers: what literatura has to say” de Johnson S. A. (2019), una amplia revisión de las investigaciones en materia de agresiones sexuales a menores y las características de los delincuentes que consumen pornografía infantil.

Generalmente, aquello que se conoce sobre los delincuentes sexuales con víctimas adultas se puede aplicar también a los que agreden a víctimas menores de edad. Muchas veces hay cierta confusión debido al desarrollo de tipologías y definiciones, que no se mantienen homogéneamente a lo largo de las investigaciones. El problema, en parte, se deriva del solapamiento de motivaciones, características y tipologías entre los diferentes agresores sexuales.

También hay cuestiones contradictorias. Por ejemplo, algunos autores consideran que aquellos que consumen y distribuyen pornografía infantil son en realidad agresores sexuales no capturados. En cambio, otros profesionales plantean que el uso de pornografía infantil no implica necesariamente el llevar a cabo agresiones sexuales.

Simplificando, por un lado, hay delincuentes sexuales que solo consumen pornografía infantil o que implica a menores (porn child ofender). Otros contactan con posibles víctimas a través de la tecnología, solicitando y convenciendo a los menores en implicarse en todo tipo de actividades sexuales. Puede ser mostrar partes del cuerpo, actividades masturbatorias, juegos de rol, etc. (solicitation offender). Estos pueden o no consumir pornografía infantil y pueden o no solicitar contacto en persona.

Cuando además de actividades en línea, utilizan pornografía infantil y/o abusan sexualmente hablaríamos de agresores duales. Y, por último, hay agresores cuya motivación principal es tener encuentros sexuales con menores. Pueden buscar a sus víctimas en la comunidad o en el medio online. Estos suelen ser los que en la literatura científica se denomina agresores sexuales infantiles o agresores de contacto (del inglés, contact offenders).

La clasificación más conocida es aquella que habla de pedofilia, hebefilia y efebofilia, donde los tres tipos sientes atracción por menores con diferentes rangos de edad. Estos no abusan necesariamente de los menores, lo definitorio es la atracción. Entre todos ellos, pueden o no haber pederastas o agresores sexuales de menores.

Los delincuentes relacionados con la pornografía infantil pueden tener diferentes motivaciones para ello. Kenneth V. Lanning, un perfilador de la FBI, identificó 4 tipos de delincuentes de pornografía con menores. Hay quienes no tienen intereses sexuales específicos en menores. Acceden a la pornografía de manera impulsiva o por curiosidad.

Otros consumen pornografía con menores para satisfacer necesidades sexuales, pero nunca agreden de manera física ni establecen contactos con posibles víctimas. En otra clasificación (Krone, 2004), estos se restringen a sus fantasías y al consumo de pornografía. La motivación principal sería el interés pedófilo.

Existen delincuentes de la pornografía infantil que la producen y la distribuyen para ganancias económicas. Pueden sentir o no atracción sexual hacia menores. La motivación se basa en la explotación comercial y ven sus actividades como un negocio.

Y, por último, aquellos que utilizan internet para acceder a víctimas y conseguir un contacto real. En el contacto suelen grabar a sus víctimas o hacerles fotos. Estos serían los agresores duales antes mencionados. Lo que buscan principalmente es conseguir el contacto sexual.

Cabe destacar que no hay perfiles puros. Un delincuente que principalmente consume pornografía infantil, puede que intente contactar en algún momento con víctimas en el medio online. Aquellos que solo consumen pornografía infantil, que no llevan a cabo agresiones físicas, ni contactan con las víctimas en internet, son delincuentes que hacen uso de material de explotación sexual infantil (CEM, Child Explotation Material).

Algunos estudios destacan que estos suelen tener un nivel educativo más alto que los agresores sexuales de menores. Suelen tener un IQ mayor, edades en 25 y 50 años y mayoritariamente caucásicos. Es más probable que convivan con menores que los agresores sexuales de menores. Aunque parece que la mayoría suelen ser hombres, los delincuentes pueden ser  mujeres entre 1 y 33% de los casos.

La mayoría tienen un trabajo estable y que requieren un título universitario. Además, suelen ser empleos que requieren poco o nada de contacto con otras personas, pero sí contacto con menores. Aproximadamente la mitad de este tipo de delincuentes están casados. En la otra mitad, la situación sentimental puede variar desde no haber tenido nunca una relación hasta cualquier otra posibilidad. En este segundo grupo, es más probable que los delincuentes vivan solos o con sus padres. También que tengan menos contacto con las personas en el contexto real.

En cuanto a historial criminal, se observó que la mayoría no lo tienen. No obstante, otros autores defienden que suele haber mínimo una historia criminal relacionada con el uso de sustancias ilegales. Lo más preocupante es que, en algunos estudios, se ha encontrado que entre 50 y 85% de los consumidores de pornografía infantil informan haber intentado contactar y/o agredir a menores, pero sin ser detectados.

Esta es una cuestión a debate muy importante. Los que solo hacen uso de la pornografía infantil, ¿realmente es solo eso o el contacto con las víctimas que no se detecta?

El historial criminal de agresiones con violencia es un fuerte predictor de todos los tipos de agresiones. Es común que la primera agresión se dé en la edad joven. Los que consumen pornografía con menores no suelen reincidir una vez pillados. De los que presentan reincidencia, un 25% de ellos suelen reincidir mientras están en libertad condicional.

A nivel psicológico, algunos estudios consideran que no hay diferencias entre los que solo consumen pornografía infantil y los pederastas. En cambio, otros estudio destacan varias cosas diferenciales. Los delincuentes relacionados con la pornografía infantil suelen tener mayores problemas psicológicos, como trastorno obsesivo-compulsivo o síntomas depresivos. Las parafilias suelen ser más marcadas, hay mayor estrés y masturbación frecuente. No se observan diferencias en cuanto a trastornos de depresión y ansiedad entre estos y los agresores sexuales de menores. En ambos casos se informa de problemas de soledad y baja autoestima, aunque muchos autores subrayan diferencias en la intensidad o gravedad de estos aspectos. En cualquier caso, en el análisis de problemas de salud mental hay alta heterogeneidad de resultados.

Aunque de modo intuitivo consideraríamos que todos los delincuentes relacionados con los menores son pedófilos, no parece que sea así. Se ha observado que solo el 25% de los implicados en pornografía infantil presentan este tipo de parafilia. La mayoría fueron diagnosticados con parafilias no especificadas. Es una categoría diagnóstica que incluye los casos que no cumplen todos los criterios necesarios para una categoría diagnóstica ya establecida. También parece ser que la mayoría de estos delincuentes presentan hebefilia (atracción sexual hacia adolescentes) y no pedofilia.

Otros datos en materia de problemas de salud mental muestran que estos delincuentes suelen presentar rasgos de exhibicionismo sexual y voyerismo. Asimismo, es probable que puntúen bajo en herramientas de evaluación de riesgo para agresiones sexuales.

Normalmente, las personas consumen material pornográfico que encaja con sus intereses sexuales. La colección de material pornográfico es el mejor indicador sobre qué quiere hacer el delincuente, pero no necesariamente sobre lo que haya hecho. Es decir, la especificidad del material pornográfico es indicador de la preferencia sexual pero no de las actividades sexuales reales.

Como ya hemos mencionado, no todos los que ven pornografía infantil son pedófilos. Muchos pedófilos encuentran este tipo de material como repugnante. Los delincuentes que ven este tipo de material pornográfico suelen coleccionar mayor material con mayores rangos de edad de menores. No obstante, también borran más a menudo ese material. Hay mucha variabilidad en cuanto al tipo de material: desde menores sin actividad sexual hasta actividad sexual extrema. Otro dato es que suelen pagar más por acceder a pornografía infantil.

Por último, la motivación para hacer uso de tal material debe ser tenida en cuenta porque no es nada homogénea. Por ejemplo, algunos utilizan el material pornográfico infantil para mantener bajo control las conductas o deseo sexuales desviados. Para otros, este material facilita la actuación en base a fantasías preexistentes. Como observamos, lo único que no estaría al debate es la gran variabilidad en todos los aspectos relacionados con las agresiones sexuales a menores.

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Psicopatología del canibalismo. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “The psychopathological profile of cannibalism: a review of five cases” de Raymond S., Léger A. y Gasman I., en el cual se analizan cinco casos de canibalismo y los perfiles psicopatológicos relacionados.

En la sociedad actual, el canibalismo es extremadamente raro y representa un acto de violencia impensable. Se define como un acto que implica el consumo de un individuo de una especie (o partes de él) por parte de otro individuo de la misma especie.

Hay muchos ejemplos de canibalismo en la mitología, cuentos de hadas o literatura. Además, hay muchas expresiones lingüísticas que implicaría canibalismo, a menudo con connotaciones sexuales. Por ejemplo, está para comérselo/a. No obstante, nadie dice tal expresión con la intención de comerse a nadie.

No pensamos en el canibalismo y puede que pocos se atrevan a bromear con ello. Simplemente excluimos esa posibilidad de nuestra cabeza. Esto es así porque el canibalismo, al igual que muchos otros temas, sigue siendo un gran tabú.

Un ejemplo en este sentido es que en muchos países europeos el canibalismo está ausente en el Código Penal. En Francia se considera un acto de degradación del cuerpo de la víctima si ocurre después de un crimen. Si hay canibalismo sin crimen se considera un acto de tortura. En el Código Penal español no hay mención directa alguna del canibalismo. Algunos consideran que se sobreentiende a través del artículo 526, pero no queda muy claro.

En el reino animal el canibalismo no es algo tan extraño, excepto para los humanos. Cuando ocurre, no es una decisión individual o costumbre, sino que depende de una variedad de factores. Por ejemplo, el aumento poblacional de una especie. El canibalismo suele darse más entre las hembras y más a menudo en épocas de hambruna.

El canibalismo entre humanos como práctica recurrente no está documentado suficientemente. No hay evidencias de ello, excepto en circunstancias extremas como las situaciones de hambruna o como parte de una conducta antisocial.

En cualquier caso, la mayoría de los antropólogos coinciden en que hay tres tipos de canibalismo humano: como ritual, de supervivencia y patológico. El canibalismo ritual ocurriría en grupos tribales como norma social, donde el sistema de creencias autoriza la ingesta de personas.

El canibalismo de supervivencia ocurre excepcionalmente en situaciones muy extremas. Aquel que lo practica normalmente está en contra de tal acto, pero situaciones como hambruna, asedios militares o naufragios le obliga a ello.

El canibalismo patológico es una práctica individual y voluntaria, altamente condenada por la sociedad. Hay unos cuantos casos muy famosos, por ejemplo, J. Dahmer, arrestado en 1991, que mató y descuartizo a 17 hombres y se alimentó de ellos. Fue diagnosticado con un trastorno de personalidad mixta, con rasgos fetichistas antisociales, sádicos y obsesivos.

Hay pocos estudios sobre este tipo de canibalismo también extremadamente raro. De los casos analizados parecen emerger dos perfiles. Por un lado, individuos que sufren de formas extremas de parafilia. Por otro lado, individuos que sufren trastornos psicóticos severos.

En esta investigación, los autores analizan cinco casos que implican canibalismo. Se trata de 5 personas internadas en el Hospital Paul Guiraud de Francia en algún momento de los últimos 20 años. Estos 5 pacientes son todos hombres, con un historial de aislamiento y deterioro social. Todos ellos han tenido una infancia disfuncional, con negligencia emocional. Tres de ellos han sufrido violencia familiar y los dos restantes fueron víctimas de abuso sexual. Solo dos sujetos de los cinco tienen historial criminal.

Los 5 pacientes tienen un historial de atención psiquiátrica con hospitalización. Todos han mostrado un cumplimiento deficiente de las recomendaciones de salud mental en la etapa posterior a la hospitalización.

Del análisis de estos casos, se pueden extraer dos grupos que difieren en diagnóstico y psicopatología. El primer grupo se compone de tres sujetos diagnosticados con esquizofrenia paranoide. El segundo grupo se compone de dos sujetos con un diagnóstico de trastorno de personalidad mixta (TPM), con rasgos sádicos asociados a la parafilia.

Psicopatología

En el grupo de esquizofrenia, el ataque a las víctimas se inició con impulsividad, sin premeditación. Un factor predisponente que contribuyó a ello es el uso de sustancias como el cannabis o el cese de la toma de medicación. El factor precipitante fue a menudo trivial, por ejemplo, una discusión con la familia sobre la herencia. Los tres pacientes de este grupo presentaban delirios de persecución o alucinaciones místicas.

En el segundo grupo, los sujetos con TPM admitieron haber tenido fantasías canibalísticas o planes ocultos relacionados con el canibalismo en el pasado. Además, se destaca la ausencia total de tabús en estos sujetos y ausencia de delirios. No se destacan factores predisponentes, pero sí precipitantes diferentes de los del grupo anterior. Se trata de sentimientos de humillación y ambos sujetos de este grupo atacaron a su víctima cuando sufrían una muy baja autoestima.

Relación con las víctimas y modus operandi

En el grupo con esquizofrenia, todas las víctimas pertenecían a la pareja parental. Se habla, por tanto, de canibalismo en un contexto de parricidio. En los tres casos hubo relaciones hijo-padre/madre de dependencia con un gran componente de hostilidad. Esto explicaría la elección de los órganos a ingerir: orejas, ojos, manos y antebrazos. Los sujetos no saborearon la carne (sin apreciaciones conscientes de la carne, como cuando probamos algo), la ingirieron cruda y no hubo evidencias de satisfacción sexual.

En el grupo con TPM las cosas son bastante diferentes. Los dos sujetos de este grupo eran conocidos de sus víctimas y mantenían una relación marcada por la cosificación. Las víctimas eran parte de una situación de punto muerto del agresor, marcada por fuertes sentimientos de humillación. En estos casos, los agresores seleccionaron cuidadosamente las partes a ingerir, sí saborearon la carne previamente cocinada.

También hubo elementos de placer sexual. Uno de los sujetos había planeado canibalismo con necrofilia y el otro presentó activación sexual y eyaculó durante el acto de canibalismo. No hubo remordimientos posteriores, ni implicaciones morales, ambos tratando los hechos como unos eventos casuales.

Perfil psicológico

Aunque cada caso tenga sus particularidades, los autores concluyen que, para el grupo con esquizofrenia, el canibalismo es una reacción de autodefensa ante amenazas percibidas o ante un daño destructivo físico o psicológico. Por ejemplo, los sujetos utilizaron expresiones como me estaba comiendo vivo o me sentía consumido por ella. Se trata de una dinámica de auto-presentación, que el otro (la víctima) sepa que uno existe, que tiene poder.

No solo cometieron el crimen, sino una exageración del acto a través del canibalismo, una defensa adicional. Siguieron un concepto de violencia fundamental, relacionado con la supervivencia: yo o él/ella (sin olvidar que hay una patología mental de fondo). Estos sujetos pasaron al cuidado de unidad psiquiátrica, sin sentencia de prisión.

Para el grupo con TPM, el canibalismo permitió un restablecimiento narcisista. Estos actos ocurrieron en el contexto de una intensa frustración, humillación (percibida) y conflicto entre las realidades internas y externas. Supusieron una liberación de la tensión basada en ira y aumentaron la autoestima de los agresores.

Los actos de canibalismo fueron una forma de eliminar los sentimientos de inferioridad y/o vulnerabilidad en una atmósfera megalomaníaca. Por ejemplo, uno de los sujetos dijo haberse sentido como un héroe. Ya no se trata de un yo o él/ella, sino de un él/ella es yo, dónde la víctima es algo inferior y el poder de destruirla reivindica el yo.

Por tanto, el tema central es el ego y el narcicismo. Los sujetos siguieron un deseo intenso de superar frustraciones fuertemente enraizadas y comportamientos socio-emocionales inadecuados a través de un acto extraordinario. De los dos sujetos de este grupo, uno declaró enajenación mental y otro fue sentenciado a 30 años de prisión.

Todo lo observado en el análisis de estos casos encaja con lo visto en otras investigaciones. El canibalismo aparece asociado a dificultades en la infancia (p. ej. abuso físico, suicidio de miembros familiares, etc.). Los agresores suelen tener un historial de problemas psiquiátricos. También cometen crímenes más violentos que otro tipo de criminales, sugiriéndose mayores niveles de ira.

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Análisis de heridas de bala: huesos craneales vs. huesos largos. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Interpretation of long bones ballistic trauma” de Martrille L. y Symes S. A. (2019), en el cual se analizan las características de las heridas de bala en huesos tubulares y sus similitudes con las heridas craneales.

En el cuerpo humano hay diferentes tipos de huesos. Uno de ellos es el hueso largo que presenta un cuerpo tubular llamado diáfisis, dos extremos llamados epífisis y suele ser más largo que ancho. Por ejemplo, los huesos de los brazos y piernas, excepto rótula y huesos de la muñeca y tobillo, son huesos largos.

Desde una perspectiva antropológica forense, la interpretación precisa de heridas de bala en huesos largos podría ser la única forma de determinar características esenciales para entender la apariencia del arma utilizado.

Una herida ósea provocada por una bala es un fenómeno complejo que resulta de la acción de una bala y la reacción del tejido óseo. Cuando hay heridas de bala, la interpretación de los patrones de fractura ósea es un componente clave en la autopsia. Y esa interpretación requiere muchas habilidades: distinguir entre heridas de entrada y salida, establecer la dirección y recorrido de la bala a través del cuerpo o entender la orientación de las extremidades.

Para determinar el patrón de fractura es crucial reconstruir el sitio de esa fractura. Y es una labor clave, siendo muchas veces la única forma de determinar la causa y forma de la muerte. Es de especial importancia cuando, para el análisis, lo único disponible son los restos óseos, con ausencia de tejidos blandos. También puede ser que los tejidos blandos estén muy afectados por descomposición, carbonización u otras modificaciones postmortem. En cualquier caso, la presencia de tejidos blandos no asegura una buena interpretación del caso. A veces, las claves están simplemente en la herida ósea.

Las heridas de bala en el cráneo han sido muy estudiadas y ampliamente descritas. En cambio, pocos autores han documentado las heridas provocadas en huesos largos, a excepción de los cirujanos.

El examen de un traumatismo craneal se centra en las características principales de las fracturas balísticas: fragmentos óseos de taponamiento y desprendimiento, patrones de fracturas radiales y concéntricas. En el punto de impacto, se generan fuerzas de corte y tracción, lo que resulta en defectos de desprendimiento biselados y hundimientos del hueso. La superficie de impacto se puede astillar con una menor cantidad de biselado.

Con suficiente energía, se generan fracturas secundarias cerca del punto de impacto de bala. Las grietas radiales forman segmentos en forma de cuña. Se forman a la velocidad del sonido para el material dado, lo que permite que las fracturas radiales asociadas a la entrada interrumpan y comprometan el cráneo antes de la salida de la bala. Las áreas del cráneo más reforzadas pueden no presentar heridas radiales o que ocurra una apertura de suturas del cráneo. Dada la gran presión y tensión provocadas por el impacto de la bala, las fracturas radiales pueden seguir las líneas de sutura o incluso bifurcarse.

Aunque las fracturas puedan proporcionar un alivio suficiente del estrés provocado en el hueso, con frecuencia van acompañadas de fracturas terciarias debido al desplazamiento hacia afuera de los segmentos en forma de cuña. Estas se denominan fracturas concéntricas porque terminan en las grietas radiales y eso implica que estas últimas ya existían (son secundarias). Se han observado casos con fracturas concéntricas en ausencia de fracturas radiales, como se puede ver cuando un pequeño proyectil esférico golpea una lámina de vidrio.

Estas características muestran si la bala está entrando o saliendo del hueso. Lo diferencial se define típicamente por la ubicación de la fractura del bisel primario: mayor en el aspecto interno de la herida de entrada, mayor en el aspecto externo de la herida de salida. No obstante, también se siguen otros criterios.

Teniendo en cuenta estos principios de penetración de balas en el cráneo, los autores del estudio los aplican en la interpretación de fracturas de huesos tubulares. Para ello, revisan la autopsia de tres casos de herida de bala en el muslo con fracturas de fémur.

Los tres casos presentaban heridas de balas de distinto tipo. Para comparar las heridas de estos casos con las que habrían ocurrido si fueran heridas del cráneo utilizan una técnica muy sencilla. En una hoja de papel adhesivo dibujan un patrón de fractura típico de lo que se esperaría ver en el cráneo. Enrollan ese el papel adhesivo en un cilindro y lo comparan con el patrón de fractura en el fémur. 

El equivalente de las heridas de entrada se diseña en un pedazo de papel y se pega en un globo. Las heridas de entradas están representadas por un agujero negro circular, tal como se ve en las entradas de bala individuales. Para algunos de los casos se incluye una astilla de hueso alrededor de la herida principal y se agregan fracturas lineales, radiales y concéntricas.

A modo general, las descripciones de los 3 casos son consistentes con la literatura científica existente sobre el tema. Es decir, las heridas de balas en huesos largos son similares a las heridas que se dan en el cráneo. Se destacan las entradas de borde liso y fracturas radiales y concéntricas resultantes de la cantidad de energía provocada por el impacto. El biselado en forma cono es más evidente cuando las balas impactan de manera directa que tangencial.

En 1915, Sir John Bland-Sutton informó sobre cinco tipos de fracturas de huesos largos provocadas por balas. Primero, una fractura transversal, que suele verse rara vez y suele ser una fractura indirecta. Segundo, una perforación completa del eje del hueso, principalmente en huesos esponjosos como el extremo inferior del fémur o la tibia proximal. Tercero, la bala se incrusta en el hueso. Cuarto, la bala rompe y tritura el hueso, produciendo una fractura estrellada o mariposa, con 4 fisuras oblicuas radiales desde la herida primaria. Y, por último, la bala impacta cerca de la articulación, rompiendo el extremo del hueso en pequeños fragmentos.

Lo más observado en los casos del estudio fue el cuarto tipo. Esa fractura en forma de mariposa se describió también en su versión falsa. La original se reserva a fracturas por flexión. En las lesiones producidas por arma de fuego no se produce flexión y, por eso, las fracturas radiantes suelen tener una forma de V (doble, con cuatro fisuras). La configuración de la mariposa falsa se observa a menudo en huesos largos que han recibido un disparo de baja velocidad.

La gravedad de la herida y el tipo de fractura reflejan la energía que la bala trasfiere al hueso al impactarlo. Cuando una bala golpea el cuerpo se desestabiliza y oscila, trasfiriendo una gran cantidad de energía cinética a los tejidos. A mayor energía cinética del impacto, heridas más extensas.

Un proyectil de alta velocidad generará más fracturas que uno que impacta a baja velocidad. No obstante, la deformación y fragmentación de la bala también tiene mucho que decir en la apariencia de la fractura. Las características del hueso también importan, tales como elasticidad, cohesión o densidad. Y, por último, la edad del sujeto es algo que debe considerarse en el análisis. Una razón de ello es que la resistencia de los huesos disminuye con la edad.

Las descargas de escopeta muestran patrones específicos. Los perdigones de plomo tienen menor efecto de herida debido a su rápida dispersión. A corto alcance, las heridas son muy importantes tanto en el cráneo como en los huesos largos. Los perdigones se dispersan muy rápidamente cuando golpean el tejido con un efecto billar.

Por lo tanto, los aspectos de la penetración balística son constantes y las propiedades materiales de cráneo y huesos tubulares son similares. A pesar de la especificidad de la forma y densidad de los huesos tubulares, se podría decir que reaccionan como los huesos craneales cuando reciben un impacto de bala. Investigaciones de este tipo sirven para entender e identificar la dirección y la magnitud de las fuerzas implicadas analizando el patrón de las fracturas. Esto permite a los patólogos forenses y a los antropólogos entender los mecanismos de las heridas.

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Perfil geográfico de agresores sexuales. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “The mobility crime triangle for sexual offenders and the role of individual and environmental factors” de Chopin J. y Caneppele S. (2018) en el cual se construyen perfiles geográficos de agresores sexuales a partir de datos geocodificados.

El paradigma ambiental de la criminología ha cambiado su atención desde las causas más distantes de criminalidad hasta sus mecanismos. Para las primeras, un ejemplo es el desempleo. En mecanismo se incluye, por ejemplo, el modus operandi. La criminología ambiental ha resultado muy útil para entender los delitos contra la propiedad. No obstante, permitió la comprensión incluso de crímenes que a primera vista parecen irracionales.

Utilizando este enfoque, los criminólogos han estudiado la convergencia en el espacio físico entre el agresor y sus víctimas. El análisis se dirige a los patrones de movilidad de los perpetradores. La movilidad criminal implica, entre otras cosas, la distancia (ida-vuelta) que un perpetrador recorre desde su punto de anclaje hasta el escenario del crimen. El punto de anclaje suele ser el domicilio del agresor. No obstante, también puede ser el lugar de trabajo o un domicilio anterior.

Muchos investigadores han establecido que la movilidad criminal se basa en un patrón de decaimiento con la distancia. Cuanto más lejos tiene que viajar el agresor, más disminuye la frecuencia de sus agresiones. Además, hay una zona de seguridad (buffer zone) que cubre los alrededores más cercanos del punto de anclaje. Esta zona implica que el agresor no cometerá delitos hasta cierta distancia de su casa. Hacerlo supone muchos riesgos, por ejemplo, que alguien le reconozca.

Por tanto, las conductas criminales ocurrirán a distancias no muy cercanas al punto de anclaje, cuidando su zona de seguridad. Asimismo, el patrón de decaimiento con la distancia nos dice que los delitos tampoco ocurrirán muy lejos de ese punto. Hay una zona y/o distancia que el agresor conoce más y eso le permitirá disminuir costes y maximizar su utilidad. Por ejemplo, podrá cometer el delito y, además, sabrá cómo escapar más fácil y rápido del escenario del crimen.

A partir de aquí, vamos a enfocarnos en las agresiones sexuales. Estudios previos indican que los violadores no viajan lejos de sus casas para cometer el delito. La distancia que recorren los agresores sexuales suele variar entre 0,92 y 4 km desde el punto de anclaje. Y estas variaciones en la distancia suelen darse en función del tipo de agresión sexual.

La movilidad de las víctimas en el día en el que son atacadas se ha estudiado muy poco. En base al enfoque de la oportunidad y a la geometría del crimen, se asume que la víctima sigue patrones de movilidad similares a los de los agresores.

Si se conectan el escenario del crimen, el punto de anclaje y la residencia de la víctima, se puede investigar el triángulo de movilidad criminal. Para los delitos sexuales hay pocos estudios al respecto (y se requieren actualizaciones). En Filadelfia, en el 68,5% de las violaciones, la distancia entre agresor y víctima era de unos edificios. La movilidad criminal tiene mucha más relevancia cuando se trata de casos con una sola víctima y un agresor y menos cuando se trata de casos con agresores y/o víctimas múltiples.

Hay algunos datos en cuanto a factores asociados a la movilidad del agresor. Los agresores más jóvenes se alejan menos de sus puntos de anclajes que los más mayores para cometer un delito. Los agresores casados agreden más lejos de esos puntos que los no casados. Las diferencias de género son difíciles de estudiar, dado que el número de agresoras es mucho menor.

Se ha observado una asociación entre el método de aproximación a la víctima y la distancia recorrida desde el punto de anclaje hasta ella. Este aspecto y otros que conforman el modus operandi pueden ser cruciales para determinar la movilidad criminal.

Las agresiones sexuales ocurren mayoritariamente en sitios cerrados. No obstante, también ocurren en sitios abiertos y rara vez en un vehículo. Los agresores suelen elegir sitios donde pueden estar a solas con la víctima. Y claro está, eligen sitios donde haya probabilidad mínima de que aparezca un tercero. El tipo de agresión sexual y el uso de armas dependen de características geográficas del escenario del crimen.

Los autores del estudio se enfocan en los casos de agresión sexual extra-familiar. Se analizan 1447 casos de agresión sexual sin homicidio, con un único agresor y una víctima. Todos los datos provienen de la base de datos nacional francesa. Solo se incluyen los casos que implican mayores de 15 años (edad mínima para el consentimiento sexual en Francia).

Recordar que para cada caso hay 3 localizaciones geográficas.  Una del escenario del crimen y dos de las residencias del agresor y de la víctima, que conforman diferentes patrones. Solo se incluyen aquellos casos en los que las localizaciones relevantes pudieron ser geocodificadas.

Para codificar estas localizaciones y sus interrelaciones, se siguen tres patrones geométricos establecidos en las investigaciones al respecto. Puntos para agresiones cuyas tres localizaciones coinciden en el mismo edificio. Patrones de líneas para los casos en los que dos localizaciones coinciden en dirección. Por último, triángulos para casos cuyas tres localizaciones se encuentran en 3 puntos distintos. También se analizan los perfiles geográficos (p. ej. vecindario) y diversas características individuales y ambientales que detallaremos en resultados.

Los resultados de este estudio coinciden con muchos otros resultados internacionales en el tema. Los agresores sexuales suelen actuar cerca de los puntos de anclaje. La distancia recorrida hasta el escenario de agresión fue menor de 3 km en más del 50% de los casos.

No obstante, sigue quedando un alto número de agresores sexuales que están dispuestos a viajar más lejos. Si la distancia se extiende a 10 km, se incluye el 70% de los casos analizados. Por un lado, esto puede deberse a limitaciones con respecto a la muestra. Por otro lado, la disposición a moverse más puede deberse a la naturaleza de este tipo de agresiones. Es decir, puede haber aspectos diferenciales con respecto a otro tipo de delitos analizados en otros estudios (p. ej. homicidio).

Más del 50% de las víctimas fueron atacadas a distancias menores de 0,75 km de sus domicilios. En estudios previos se ha observado que los violadores en serie desconocidos para las víctimas viajan más para delinquir. En cambio, parece que la búsqueda de objetivos de los agresores sexuales no se aleja mucho de sus residencias.

Más de un tercio de las víctimas fueron agredidas en su propia casa. Se registró predominantemente un patrón geométrico de punto cuando la víctima (V) y el agresor (A) ya se conocían. Si V y A comparten localización geográfica de la residencia (p. e. viven en el mismo edificio) y el delito ocurre en ese mismo sitio, es más probable que ya se hayan conocido antes.

Si hay una relación más cercana, es probable que la agresión ocurra en el domicilio de uno de los dos. Esto significa que en estos casos habría patrones predominantemente en línea. Asimismo, es más probable que en estos casos se dé la penetración.

Cuando A es desconocido para V, el patrón de movilidad forma mayoritariamente una línea, seguido del triángulo. Todo ello afecta al concepto de zona de seguridad. Parece que el rango de esta zona para los agresores sexuales varía en función del tipo de relación. En cualquier caso, solo el 2,35% de la muestra de casos presenta un patrón de punto. Los patrones en línea aparecen en 25% y en más del 70% se da un patrón en triángulo.

El modus operandi se muestra significativamente diferente en función de estos patrones geométricos. Por tanto, los factores ambientales tienen más peso para explicar los patrones de movilidad que los factores individuales. Por ejemplo, cómo el agresor aborda a la víctima depende de si viven cerca uno del otro o no. En estos casos las características personales del agresor (p. ej. impulsividad) no influyen tanto en el modus operandi.

Las mejoras en movilidad geográfica (p.ej. mayor acceso al transporte) también facilitan la movilidad de los agresores. La mayoría de los casos analizados mostraron un patrón triangular bastante amplio. Las víctimas pueden ser agredidas cerca de su trabajo, en lugares de ocio o en el transporte público.

Por ello, parece que muchos casos de agresión sexual responden a situaciones de oportunidad (agresores oportunistas). No obstante, no se descarta que, siguiendo los mismos patrones, puede haber agresores tipo depredador.

Por último, como factores individuales de víctima y agresor se atienden varios. Las víctimas solteras suelen ser agredidas en patrones de movilidad en triángulo (52,38%), seguido del patrón en línea (42,94%). En cuanto al estilo de vida, aquellas víctimas que consumieron alcohol tienen más probabilidad de ser agredidas en patrones puntiformes. Cuando es el agresor el que ha consumido alcohol, los patrones de movilidad son mayoritariamente en línea.

Las victimas masculinas se enfrentan a mayor riesgo de ser agredidas por un conocido. La excusa de quedar en un sitio privado para consumir sustancias ilegales aparece a menudo. Cuanto más lejana la localización, más probabilidad de que la agresión se lleve a cabo con éxito. El consumo de drogas reduce la resistencia de la víctima ante la agresión sexual. Parece que tales patrones están más asociados con entornos homosexuales.

 

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Cyberprofiling: la perfilación criminal más compleja. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Criminal profiling in digital forensics: assumptions, challenges ann probable solution” de Balogun A. M. y Zuva T. (2018), en el cual se analiza la posibilidad de transferir la metodología de la perfilación criminal a las investigaciones en cibercrimen y las dificultades encontradas.

Todo avance, por más éxito y beneficios que tenga, también viene acompañado de riesgos. El éxito de las TICs y de Internet conlleva la exposición a posibles cibercrímenes. Y actuar contra ello es un compromiso consecuente de este éxito.

Considerando dos eventos, el primero es que, gradualmente, el número y el coste de los incidentes cibercriminales ha aumentado. El segundo es que, a la par, los stakeholders exploran nuevas maneras de afrontar estos incidentes. Desarrollan herramientas y técnicas para añadir eficacia a la prevención, investigación e intervención en estos casos. No obstante, la brecha entre uno y otro también se amplia.

El cibercrimen incluye cualquier actividad cuyo objetivo es un interés ilegal y que se lleva a cabo directa o indirectamente, utilizando y/o atacando cualquier dispositivo apto para operaciones de procesamiento, almacenamiento y comunicación. Tales actividades son el hacking, fraudes/blanqueo de dinero, robo de propiedad intelectual y de identidad, pornografía infantil, piratería, acoso y/o bullying digital, bloqueo de servicios y ciberterrorismo, entre otros.

Los crímenes de este tipo se han convertido en una pandemia. Afectan a privacidad, confianza, finanzas, bienestar de las personas saludables y con ingresos bajos, así como a organizaciones y gobiernos. Incluso organizaciones que invierten millones en defensa ante tales ataques, como Google o Linkedn, han sido objetivos del cibercrimen. ¿Está alguien a salvo?

Consecuentemente, ha emergido un área forense digital heterogénea en cuanto a la tipología de profesionales incluidos en este campo. Estos desarrollan protocolos, técnicas y herramientas para averiguar el qué, cuándo, quien, cómo y porqué de los incidentes cibercriminales. En el campo de investigación forense tradicional, una herramienta muy valiosa es la perfilación criminal. ¿Servirá también para crear perfiles cibercriminales?

La perfilación criminal es una herramienta basada en amplias evidencias en cuanto a su precisión y valor. No obstante, en el contexto del cibercrimen, no ha sido tan utilizada como en otras áreas. La razón parece ser que hay dificultades para transferir su aplicación de un campo a otro.

Algunos autores la consideran inaplicable al campo del cibercrimen. No obstante, algunos de ellos han dado un paso adelante, adaptando las metodologías de profiling a algunos cibercrímenes específicos.

Los procedimientos utilizados en la perfilación criminal tradicional se basan en dos enfoques. Un enfoque inductivo, que utiliza información extraída de bases de datos de crímenes. Aquí se incluyen características del agresor, víctima y escena del crimen, entre otras. A partir de estos datos, se construyen perfiles criminales que sirven para analizar casos de crímenes específicos. Otro enfoque es el deductivo. Este utiliza información detallada de un crimen específico para construir un perfil criminal para ese tipo de crimen.

Por lo general, el enfoque inductivo está sujeto a mayor error y a sesgos que no aparecen en el deductivo. En cualquier caso, hay mayor uso del primero debido a dificultas para acceder a detalles de casos reales.

En un enfoque deductivo, primero, se analizan las fuentes de evidencia para asegurar su integridad en los pasos posteriores. Hablamos de evidencias físicas, de los escenarios del crimen, fotos, declaración de las victimas e informes de laboratorio. También se recolectan todo tipo de evidencias asociadas. Con todo ello se prepara un plan claro para las siguientes etapas. Hasta aquí se suele poder establecer el tipo de crimen que se investiga.

El segundo paso es la victimología. El objetivo es inferir el comportamiento del agresor a partir del tipo de víctima que ha elegido. Se analiza el comportamiento de la victima de antes, durante y después del ataque que sea. Este análisis muestra indicadores sobre el estilo de vida de la víctima y sobre la exposición situacional. La relación de la víctima con el agresor, su rol en el ataque y otros detalles permiten construir inferencias sobre la motivación del agresor, fantasía, modus operandi y su pericia.

Lo siguiente a analizar son las características del escenario del crimen. Junto con datos obtenidos en las fases previas, se busca entender cómo el agresor organizó y cometió el crimen. La fase final se basa en inferir características de manera detallada sobre el agresor desconocido.

Se establece su motivación, intenciones y nivel de riesgo que estaba dispuesto a soportar para cumplir con su objetivo criminal. Si el criminal presenta algún problema de salud mental suele establecerse en esta fase. También aquí se infieren otros detalles como tipo de trabajo, vehículo, hobbies, etc. El perfil inferido marca la dirección de la investigación, la agiliza y permite reducir el número de sospechosos.

¿Qué pasa en un cibercrimen? El escenario del crimen deja de ser algo tangible. Los rastros de las acciones criminales exhiben una concepción abstracta y un alto grado de volatilidad. Antes de poder recolectar evidencias, estas pueden desaparecer o ser distorsionadas rápidamente. Las que se pueden registrar generalmente tienen un valor probatorio limitado o nulo. Las más valiosas solo se pueden encontrar con una búsqueda técnica deliberada y oportuna.

Otra dificultad es la gran variedad de escenas de cibercrimen y que, además, pueden ser varias en un solo caso. Por ejemplo, en casos de ciber-acoso, tanto el ordenador del agresor como el de la víctima contienen evidencias del crimen. Ambos son escenarios a analizar.

El transnacionalismo de los cibercrímenes añade aun mayor dificultad para el análisis. En un incidente típico, la víctima y el agresor residen en dos estados o continentes diferentes. Además, el cibercrimen organizado puede tener un amplio número de terminales localizados en diferentes sitios. Esto implica una descentralización del escenario del crimen que hace difícil o imposible diseñar un perfil.

Cabe destacar la falta de consistencia en leyes relativas al cibercrimen a lo largo y ancho del mundo. Aunque el tipo de cibercrimen sea el mismo o similar, las leyes varían entre países. Los aspectos culturales también suelen aportar información valiosa cuando se trata de crímenes en el espacio físico. Usar un modelo particular de cuchillo en un asesinato puede sugerir que el delincuente proviene de un grupo particular que los utiliza.

Sin embargo, los delitos cibernéticos cruzan las fronteras geográficas y culturales. Los investigadores pueden encontrar grandes dificultades para hacer traducciones culturales con precisión y distinguir los elementos apropiados.

¿Alguna solución? Las investigaciones dirigidas a este tema han utilizado diferentes metodologías, aunque con limitaciones importantes. Por ejemplo, empezando con la victimología, se infiere el motivo del agresor y luego sus características. Las características incluyen habilidades sociales y técnicas. Estas habilidades también sirven de evidencia digital forenses y construyen el modus operandi. Con todas las evidencias se desarrolla una inferencia deductiva sobre el perfil del criminal.

En otra investigación, el análisis se desarrolló en torno a la perfilación de la identidad digital del cibercriminal. Este enfoque se basaba en un análisis técnico de los dispositivos de la víctima y del ciberdelincuente. El perfil resultante podía ser utilizado para los profesionales forenses para agilizar futuras investigaciones de naturaleza similar.

También se ha desarrollado una perfilación a partir de las redes sociales e indicadores de bajo auto-control. Un bajo nivel de autocontrol suele considerarse como uno de los mejores indicadores para la predisposición hacia comportamientos criminales. Y en el ciberespacio también se pueden observar conductas que indican la presencia de esta característica.

Los perfiles cibercriminales creados a partir de datos demográficos y rasgos de autocontrol fueron bastante precisos. Esta precisión se comprobó a través de entrevistas posteriores con los sujetos analizados.

Los autores de este artículo proponen un marco de trabajo más amplio y genérico. No obstante, no lo desarrollan demasiado. Se prevé su desarrollo en publicaciones futuras. A modo resumido, se empieza con las evidencias digitales que se recogen, se examinan, se analizan y se registran. Una sola evidencia puede dar indicios de múltiples características. Y las características a inferir son similares a las de un agresor del espacio físico, aunque adaptadas al ciberespacio.

La idea clave es intentar crear un marco genérico de análisis y pefilación cibercriminal y no buscar tanto formas que solo se ajusten a un tipo de crimen o a unas características concretas.

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La motivación de protegerse ante el cibercrimen. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Investigating and comparing the predictors of the intention towards taking security measures against malware, scams and cybercrime in general” de Martens M., De Wolf R. y De Marez L. (2019), en el cual se pretende entender qué hace que las personas tomen medidas de protección contra el cibercrimen.

Desde ya hace bastantes años, vivimos en una sociedad hiperconectada en red a través de la tecnología informática (TI). Hacemos transacciones online, socializamos, compramos y hacemos uso de todo tipo de servicios de computación en la nube.

La mayor importancia de la TI también conlleva riesgos importantes. Todos los años ocurren topo tipo de cibercrímenes y están en aumento. El cibercrimen es un concepto general que describe diferentes amenazas online. Las más importantes son el malware, las estafas digitales (scam) y la piratería digital (hacking).

El cibercrimen está presente en la agenda gubernamental y también es un objetivo a erradicar para grupos civiles o jugadores de la industria de TI. Aun así, el cibercrimen está en fase creciente y atenderla se vuelve cada vez más urgente.

Para una protección eficaz, cada usuario de TI debe protegerse de ello. Si los usuarios no utilizan adecuadamente medidas de seguridad, entonces las herramientas existentes para ello no sirven de nada. Aun así, más que culpabilizar a los usuarios individuales, hace falta entender la motivación para protegerse de ello.

Poco se conoce sobre la motivación de protegerse en contextos de TI. Por eso, los autores de este estudio investigan las variables que influyen en la intención de protegerse. Para ello, parten de la Teoría de Motivación para la Protección (Protección Motivation Theory, PMT) que explicaremos más adelante.

Los estudios anteriores en el tema se enfocan mayoritariamente en un tipo de cibercrimen. En cambio, este estudio también atiende a comparaciones entre ellos. Específicamente, se analiza el malware, los scams y el cibercrimen en general. Asimismo, se analiza si hay diferencias motivacionales para protegerse ante el malware y los scams.

El malware hace referencia a softwares que alteran el funcionamiento normal de un dispositivo. Se incluyen aquí troyanos, gusanos y diferentes virus informáticos. Para eliminarlos se requieren conocimientos técnicos. Por tanto, por sus características se consideran cibercrímenes técnicos.

Los scams o estafas digitales son acciones engañosas dirigidas a obtener información o dinero. Se engaña a los usuarios, se obtiene información personal de ellos y se les roba la identidad digital. Las estafas digitales se basan en errores humanos e ingeniería social para conseguir información de las víctimas. Por ello, los scams se consideran cibercrímenes sociales.

La PMT (Rogers, 1975) se ha utilizado para explicar los comportamientos de protección ante riesgos en el contexto de la salud. Recientemente, también se ha visto útil para explicar los mismos comportamientos en el contexto del cibercrimen.

Esta teoría se divide en tres procesos consecutivos, tres fases, y cada una de ellas predice a la siguiente. Estos procesos secuenciales deben darse para llevar a cabo comportamiento de protección.

El primer proceso de la PMT, el procesamiento de la fuente de información, se basa en la conciencia de seguridad. Siendo un término un tanto amplio, muchos autores dividen este concepto en conciencia de amenaza y conciencia de afrontamiento. La primera se refiere a saber qué amenazas existen. La segunda hace referencia en ser consciente de qué medidas existen para protegerse ante esas amenazas.

El segundo proceso de la PMT, el proceso de mediación cognitiva, se divide en dos áreas, cada una de ellas con dos características. Un área es la evaluación de la amenaza, con un rol clave en el moldeamiento de la motivación a protegerse. Sus características (o componentes) son la gravedad percibida y la vulnerabilidad percibida.

La gravedad percibida es hasta qué punto cree una persona que las consecuencias de la amenaza serán dañinas. La vulnerabilidad percibida es la percepción de la vulnerabilidad propia a ser víctima de una amenaza concreta. Ambas, según la PMT, motivan y generan actitudes de protección ante las amenazas detectadas.

El segundo área de este proceso es la evaluación de las estrategias de afrontamiento. Se define por eficacia de respuesta, autoeficacia y coste de respuesta. La eficacia de la respuesta representa la efectividad de una medida de protección ante un cibercrimen específico. La autoeficacia es la sensación de ser capaz de implementar métodos de protección. Se considera que ambas van a motivar comportamientos de protección. El coste de respuesta se excluye del análisis porque es difícil de operacionalizar y prescindible para estudiar la motivación.

Estos dos procesos son predictores de actitudes que promueven los comportamientos de protección. Estas actitudes, junto con normas subjetivas, predicen el tercer proceso de la PMT, la intención de implementar métodos de protección.

Son los autores del estudio los que añaden las normas subjetivas al modelo, considerándolas altamente importantes. Se refieren a qué creemos que otros (importantes para nosotros) quieren que hagamos. Esas percepciones las convertimos en normas personales. Se ha observado en muchos estudios que predicen el comportamiento e influyen en nuestras intenciones.

Para verificar la validez de este modelo y de sus modificaciones se aplica un cuestionario digital con medidas de todos los constructos mencionados. Participan 1181 personas, tanto hombres como mujeres, con heterogeneidad suficiente en edad y nivel educativo.

Los resultados mostraron que las normas subjetivas representan un predictor muy potente para la intención a implementar métodos de protección. Lo más importante es que tienen mayor fuerza predictiva que las actitudes resultantes de las dos primeras fases de la PMT.

Además, se observó que las actitudes promotoras de comportamiento de protección se construyen de manera diferente para los malwares que para los scams. Las diferencias se dan en las transiciones desde la fuente de información hacia los procesos de mediación cognitiva.

A mayor consciencia sobre la presencia de malwares, mayor percepción sobre la gravedad de estos. Lo mismo ocurre con la percepción de la propia vulnerabilidad ante estas amenazas. Dado que esto solo se observa en el caso del malware, probablemente sea por la complejidad técnica que requieren las respuestas de protección.

Además de que la protección ante scams no muestra los mismos predictores, también se observa una relación inversa. Cuanta mayor consciencia de amenazas tipo scam, menor sensación de vulnerabilidad. Esto puede deberse a un sesgo optimista. Cuando las personas detectan scams fácilmente, podrían sentirse como expertos. Esta sensación sesgada provocaría una sobreestimación de sus habilidades para afrontarlo y de la probabilidad de ser víctima de ello.

Ser consciente de las amenazas predice el desarrollo de respuestas más eficaces y de mayor sensación de auto-eficacia. Asimismo, ser consciente de las capacidades y/o herramientas de afrontamiento de las amenazas permite desarrollar respuestas eficaces de protección. No obstante, esto ocurre más cuando se trata de respuestas ante malwares y menos ante scams. Una vez más, las características técnicas pueden explicar estos resultados.

A modo general, total las variables del modelo han correlacionado en mayor o menor medida. El modelo planteado por los autores muestra, en términos estadísticos, un buen nivel predictor de las intenciones a implementar medidas de protección ante el cibercrimen.

Como usuarios de internet, tenemos a disposición diferentes herramientas para protegernos de las amenazas del cibercrimen. Asimismo, hay actividades cibercriminales que requieren un mayor nivel de protección que el que un individuo sea capaz de establecer.

Asimismo, no estaría de más que las políticas públicas inviertan en campañas de concienciación. Como hemos observado, ser consciente de las amenazas es el primer paso imprescindible hacia la protección. Además, hace falta diferenciar entre tipos de cibercrimen, tanto para el estudio, como para la intervención y prevención.

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Trastorno de Estrés Post-Traumático en investigadores del escenario del crimen. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “PTSD symptoms experienced and coping tactics used by crime scene investigators in the United States” de Rosanskt J. A., Cook J., Rosenberg H. y Sprague J. E. (2019), en el cual se analiza la presencia de síntomas de estrés post-traumático y las estrategias de afrontamiento más utilizadas por investigadores del escenario del crimen.

A veces nos olvidamos de que cualquier profesional es también una persona. Esperamos que un médico no tenga problemas de salud o que se cuide mucho más que otras personas. Nos parece raro que un psicólogo tenga problemas de salud mental. Nos sorprende que un profesor de historia no recuerde una fecha importante de esta. O que un matemático haga que errores de cálculo sencillos, como una multiplicación.

Hablamos de personas preparadas para afrontar aquello que su labor requiere. Pero eso solo implica una menor probabilidad de tener ciertos problemas o errores. Formarse y adquirir experiencias profesionales no implica haber aprendido por completo como afrontar todos los riesgos de la profesión. Para corregir percepciones tan erróneas hace falta normalizar que, por más preparación que haya, nadie está libre de riesgos.

Todas las profesiones tienen asociados posibles problemas. Por ello, investigar la prevalencia de tales problemas puede ser clave para mejorar la calidad de vida personal, social y profesional de muchas personas.

Así es el caso de este estudio. Se analiza la prevalencia de síntomas relacionados con el trastorno de estrés postraumático (TEPT) en investigadores del escenario del crimen (CSIs). También se analizan las estrategias de afrontamiento, el apoyo social percibido y la resiliencia de estos.

La exposición a eventos traumáticos, tales como desastres naturales, cadáveres o violencia, puede dar lugar al desarrollo de TEPT. El TEPT es un problema de salud mental que conlleva recuerdos y sueños angustiantes y/o experiencias disociativas (desrealización y/o flashbacks). A nivel comportamental suele darse la evitación de todos aquello que recuerda el evento traumático. Son típicas la alta activación fisiológica y psicológica y las emociones como vergüenza, culpa, ira y tristeza.

El inicio, la duración, la gravedad y los síntomas específicos del TEPT varían entre los individuos. Estas variaciones pueden deberse a múltiples factores. Algunos factores pre-trauma son las diferencias interindividuales en personalidad y las estrategias de afrontamiento adquiridas. Factores post-trauma claves son la disponibilidad de apoyo social y el uso de las estrategias adecuadas de afrontamiento.

Muchas personas sufren de un número insuficiente de síntomas como para considerar clínicamente la presencia de TEPT. No obstante, el sufrimiento está presente. Ante estímulos relacionados con el evento traumático aparece el estrés, sea a nivel psicológico, social, familiar o laboral.

Las profesiones más estresantes probablemente sean aquellas que tratan de cuestiones de vida o muerte. Oficiales de policía, bomberos, técnicos de emergencias son profesionales que se enfrentan a eventos potencialmente traumáticos contantemente.

No obstante, hay otros profesionales, como los CSIs, más enfocados en el análisis del contexto en el que ocurren estos eventos. Están expuestos repetidamente a escenarios en los que hubo violencia, muerte, daños y también a sus secuelas. Su trabajo puede implicar examinar, oler, tocar y recolectar cuerpos descompuestos o fluidos corporales. No sería extraño que algunas de estas experiencias se conviertan en traumáticas. El desarrollo de síntomas de estrés post-traumático ocurre independientemente del nivel de entrenamiento profesional.

En el estudio se analizan distintas variables relacionadas con el TEPT y la profesión de CSI ya observadas en estudios previos. Participan 225 CSIs de varias regiones de EE. UU. Los instrumentos de evaluación son diferentes cuestionarios pertinentes (síntomas TEPT, resiliencia, etc.) en formato online.

Más de la mitad de los CSIs han informado haber experimentado 7 de 20 síntomas asociados al TEPT (DSM V). Los más frecuentes fueron las creencias negativas sobre uno mismo, los otros y el mundo (48%) y la hipervigilancia (44%).

Un cuarto de la muestra ha tenido problemas de sueño y comportamientos evitativos de recuerdos, pensamientos y emociones relacionados con escenarios del crimen. También tuvieron sensaciones de desrealización y dificultades de concentración. De toda la muestra analizada, un 9,3 % encajaría en un diagnóstico de TEPT.

Todos los síntomas han sido experimentados por al menos 10 sujetos. Cabe destacar que los síntomas registrados como más frecuentes no son específicos solo del TEPT. Síntomas como el insomnio o la hipervigilancia están asociados a muchos otros problemas cotidianos.

En cuanto a estrategias de afrontamiento, la mayoría de los participantes utilizaron a menudo 4 de 14 estrategias expuestas. Cumplir con las tareas que deben cumplir, sin procrastinar o evitarlo, es una estrategia llevada a cabo por 94% de los sujetos. Un 80% han utilizado un método de aprendizaje. Extraen enseñanzas de la experiencia y, así, uno se enfoca en la utilidad de haber vivido una situación.

Aprender a vivir con la experiencia traumática es una estrategia que aparece en el 79% de los casos. Y, similarmente, un 73% aplica la aceptación de un hecho y que este no puede cambiarse. Algunos sujetos bromean sobre el evento traumático. Otros hacen deporte o se enfocan en sus hobbies para vaciar la mente. Otros, y menos de lo que se debería, hablan con alguien sobre el tema. En cualquier caso, es importante que las estrategias de afrontamiento sean activas y que funcionen.

Menos de la mitad de la muestra (38%) informó haber consumido alcohol como estrategia de afrontamiento. Es un sondemasiado alto y relevante, teniendo en cuenta el daño y la evitación que supone. En la misma línea, se observó que a más síntomas de TEPT experimentados, mayor frecuencia de consumo de alcohol como estrategia de afrontamiento.

Los sujetos con más síntomas de TEPT consideran más frecuentemente no poder afrontar lo vivido.  A mayor número de síntomas de TEPT, menor apoyo social. Tambien se destaca la baja resiliencia y el cobijarse en creencias religiosas como asociados al número de síntomas de TEPT.

En estudios similares de diferentes países se han observado resultados similares. Los CSIs sufren de síntomas de estrés contigentes a sus tareas de investigación del escenario del crimen. Aunque falte mucha investigación, estos datos deberían tenerse en cuenta.

Los profesionales deben construir redes de apoyo social, ya que este impacta en el bienestar y en la reducción de estrés. La resiliencia, también clave,  podría ser objeto de formación para estos profesionales. Asímismo, promover la participación en tratamientos para problemas de salud mental debería ser imprescindible.

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Antropología forense: avances en la metodología para estimar la edad. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Estimation of age in forensic anthropology: historical perspective and recent methodological advances” de Ubelaker D. H. y Khosrowshahi H. (2019), en el cual se analizan los avances metodológicos más destacables en la estimación de la edad de esqueletos y de sujetos vivos.

La estimación de la edad representa uno de los aspectos más importantes a analizar en antropología forense. Los cuerpos de algunas víctimas mortales desaparecen y, más tarde, se consiguen encontrar los restos óseos, siendo muy difícil identificarlas. De las diferentes variables del perfil biológico de estas víctimas, la edad en el momento de su muerte es clave para la identificación.

Seleccionar los métodos apropiados depende de qué elementos del esqueleto están disponibles para el análisis y de la edad general. Las técnicas utilizadas para analizar esqueletos en fases inmaduras (fetos, niños, etc.) difieren de las utilizadas para analizar esqueletos de individuos maduros.

La metodología para estimar la edad en adultos ha cambiado drásticamente a lo largo de la historia de la antropología forense. Se pasó del uso de único método a múltiples métodos o indicadores de la edad. Se empezó a tener en cuenta que las técnicas desarrolladas con una muestra pueden no ser válidas para otras con el mismo nivel de confianza.

Así, de la aplicación de un solo método se pasó al uso de métodos multifactoriales, estadística Bayesiana y análisis de transición. Incluso se trabaja con técnicas de visualización 3D, aunque el análisis directo de los huesos siempre ofrece resultados más precisos.

Las zonas óseas que más analizadas en el pasado son las suturas ectocraneales, el hueso púbico, la superficie auricular del ilion, las costillas y la dentadura. Gradualmente, las áreas que pueden indicar la edad del individuo analizado aumentaron debido a diversas investigaciones en el campo.

Si a la hora de analizar un esqueleto se encontraría en su estado original, no habría muchos problemas para identificar la edad del sujeto. Colecciones de esqueletos de este tipo, con edades identificadas, son utilizadas para desarrollar nuevas técnicas. En cambio, en los análisis forenses rara vez se encuentra con esqueletos prístinos.

Hace muchas décadas que se conoce el daño que pueden provocar los cambios postmortem. En cambio, investigaciones recientes han mostrado que ese daño es mayor cuando se trata de individuos en edades avanzadas.

Recientemente, se ha observado que los cambios artríticos en las articulaciones del esqueleto correlacionan con la edad. Se han observado estos cambios en articulaciones de las extremidades, así como en el hombro. La densidad mineral de los huesos también es un buen indicador de la edad, especialmente en edades avanzadas.

La histología de hueso se ha utilizado ya desde 1965 y, al principio, se enfocaba en el eje medio del fémur, de la tibia y del peroné. Con el paso del tiempo, se atiende a la histología de más estructuras óseas. La histología de hueso se considera una de las técnicas más precisas. No obstante, su uso es limitado debido a la necesidad de un entrenamiento altamente especializado.

Las variaciones en la población también deben tenerse en cuenta. Muchos investigadores han analizado muestras de diferentes países en busca de indicadores que difieren según estas variaciones. Además, no solo influye el hecho de vivir en diferentes regiones, sino también el tamaño del cuerpo y los niveles socioeconómicos. Se han observado variaciones en el crecimiento de los huesos en función del estatus socio-económico en muestras de EE. UU., Australia y Nueva Zelanda.

Los dientes suelen ser buenos indicadores de la edad en etapas pre-adultas. No obstante, estudios recientes han mostrado que la cámara pulpar, el área interna dónde se sitúa el nervio del diente, ofrece datos muy útiles para determinar la edad en etapas adultas. El análisis de esta área en dientes caninos ofrece mayor precisión que analizarla en dientes maxilares. La anchura del canal de la raíz dental es especialmente útil para estimar si un individuo tiene menos o más de 18 años.

Los avances en tecnología y matemáticas permiten el uso de nuevas técnicas para evaluar los huesos. Los escáneres láser 3D se han utilizado en numerosos estudios para escanear la sínfisis del pubis. El uso de este tipo de escáneres ofrece mayor precisión que el uso de escáneres tradicionales (con alto error y alta subjetividad). El uso del método Multivariate adaptive regression splines (MARS) es un ejemplo de avance matemático. Aunque se necesitan más estudios, la combinación de cálculos matemáticos complejos mejora la estimación de la edad.

El análisis bioquímico se enfoca especialmente en el ADN y ofrece información vital sobre la edad en el momento del fallecimiento. Hay muchas técnicas desde esta área de análisis y destacamos el uso de marcadores de metilación del ADN. Esta representa un enfoque muy prometedor para la estimación de la edad. Los niveles de metilación en loci específicos analizados en muestras de sangre permiten predecir la edad con un margen de error de tan solo 3,07 años.

Algunos casos forenses requieren la estimación de la edad de personas vivas. Los casos de esta naturaleza suelen deberse a problemas relacionadas con: migración, pornografía infantil, jóvenes o adultos acusados de crímenes o progresión de la edad en personas desaparecidas.

La mayor parte del progreso en esta materia se debe al Grupo de Estudio Alemán sobre Estimación Forense de la Edad (AGFAD), fundado en Berlín en el 2000. Estos recomiendan enfocarse en la examinación física, dental y radiografías de la mano izquierda. Asimismo, recomiendan el uso de diferentes técnicas de imagen. En base a estas recomendaciones, se observó que el nivel de unión epifisaria de las clavículas también da lugar a información clave para determinar la edad.

Otros autores han avanzado en la estimación de la edad y la predicción de patrones de crecimiento utilizando prototipos faciales 3D. Avances como esto permiten estimar con mayor precisión el crecimiento físico de personas desaparecidas a partir de fotografías.

El progreso en la metodología para la estimación de la edad está ligado al creciente interés global en la antropología forense. Cada vez hay más profesionales cualificados, bien entrenados y altamente motivados para trabajar en este campo. No hay dudas de que es fascinante y de gran utilidad y aunque no todo sea como en la serie Bones, vale la pena seguir investigando.

 

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Trastornos de personalidad en la población criminal. ¿Cómo tratarlos? Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Schema therapy in forensic settings” de Bernstein D. P., Clercx M. y Keulen-De Vos M. (2019), en el cual se describe la utilidad de la Terapia de Esquema en el tratamiento de los trastornos de personalidad de pacientes en ámbito forenses.

Eres psiquiatra forense y tienes varios pacientes con trastornos de personalidad que han llevado a cabo varios delitos. Ya han pasado, por tanto, por la fase de evaluación y entran en una fase de tratamiento. Si lo primero que piensas es que no hay nada que hacer para prevenir que vuelvan a cometer delitos, estás ignorando años de investigación. Y si crees que no se debería hacer nada para tratar los trastornos que presentan, te olvidas de algo importante.

Por más duro que nos parezca y por más rechazo que sintamos ante la idea, hablamos de seres humanos, como tú y yo. Que por la multitud de factores que inciden en la personalidad humana, llegaron a cometer actos que puede que ni ellos habían pensado que van a cometer. Que por la razón que sea, desarrollan trastornos de personalidad y otros problemas de salud mental y una posible medida que se les aplica por sus delitos es el internamiento en un centro psiquiátrico o penitenciario.

Ofrecer un tratamiento no implica exculpar, sino intentar disminuir el riesgo de reincidencia y, por qué no, ofrecer una segunda oportunidad. Si se consigue una mejora, la persona tendrá la oportunidad de reinsertarse en la sociedad cuando se encuentre en libertad.

En cualquier caso, si estaríamos en esa situación, tendríamos que elegir el tratamiento más adecuado. Adecuado supone mínimo una eficacia demostrada empíricamente. Para algunos trastornos mentales existen tratamientos psicológicos muy buenos, pero para otros es más difícil conseguirlo. Ocurre así en el caso de los trastornos de personalidad (TPs).

Si no existen tratamientos suficientemente eficaces para estos casos ¿qué hacemos? ¿Damos por hecho que están personas volverán a cometer los mismos delitos una y otra vez? ¿Los encerramos de por vida sea cual sea el delito que hayan cometido? En algunos casos diríamos que sí, pero no todo es blanco o negro. Las personas que trabajan en este campo lo saben.

Tal es el caso de los autores de esta investigación. A falta de tratamientos adecuados por los TPs, en 2007 iniciaron un ensayo de control aleatorizado que duró tres años. El objetivo era poner a prueba la eficacia de la Terapia de Esquema (ST, Schema Therapy) en comparación con el tratamiento típicamente utilizado para los TPs (Terapia Cognitivo-Conductual).

Ese trabajo dio lugar a un apoyo empírico fuerte para la eficacia de la ST en pacientes forenses con TPs. La ST fue reconocida oficialmente en los Países Bajos como el primer tratamiento para este tipo de pacientes.

En el contexto forense, los TPs más asociados al riesgo de reincidencia de la conducta delictiva son aquellos que pertenecen clínicamente al cluster B: narcisista, antisocial, trastorno límite de la personalidad, así como el tipo paranoide del cluster A. También se presentan grandes dificultades en el caso de la psicopatía, que muchas veces se considera como imposible de tratar.

Los TPs tiene una prevalencia tres veces mayor en la población de perpetradores masculinos que en la población masculina general. En la población carcelaria la prevalencia de los TPs es de 65% en el caso de los hombres y de 43% en el caso de las mujeres. En ambos casos, la prevalencia es mayor que en la población general.

Los diagnósticos de TPs son muy relevantes en las conductas criminales. Los delincuentes con un diagnóstico de TP son los que cometen los crímenes más graves y violentos. También muestran mayores tasas de reincidencia en comparación a los perpetradores sin TPs. Por eso, una terapia eficaz debe alcanzar también la disminución de la tasa de reincidencia.

La Terapia Cognitivo-Conductual tiende a enfocarse en el control de la conducta agresiva y mostró resultados moderados. En cambio, la ST abarca síntomas del trastorno, características asociadas y muchos otros aspectos. La base teórica de la ST se construye sobre las tradiciones cognitiva, conductual, psicodinámica y experiencial.

El concepto central de la ST es el modo esquema. Este representa los estados fluctuantes que dominan el comportamiento, las emociones y las cogniciones del sujeto. El modo esquema está determinado por la activación de un esquema desadaptativo adquirido en edades tempranas. La activación de ese esquema desencadena una respuesta emocional relacionada. Ante esta última aparece una respuesta de afrontamiento.

Existen cuatro áreas de modo esquema. El modo infantil hace referencia a respuestas emocionales universales en la etapa infantil: ira, miedo, tristeza, vergüenza e impulsividad. La internalización de exigencias parentales severas o crítica punitiva provoca el modo de padres disfuncionales. El modo afrontamiento desadaptativo consiste en intentos extremos para afrontar la activación de los esquemas, sea través de la rendición, evitación o sobrecompensación. Por último, el modo saludable implica una reflexión sana sobre uno mismo y sentimientos de alegría y placer.

Las personas con TPs muestran patrones específicos del modo esquema. Los modos esquema se activan ante estímulos externos y tienen correlatos cognitivos y fisiológicos. Las últimas evidencias muestran que juegan un papel importante en el comportamiento criminal y violento.

Los eventos que llevan a una conducta criminal se inician a menudo con el modo infantil. Este, a su vez, lleva una secuencia en escalada de otros modos y a menudo se culmina con modos de sobrecompensación (afrontamiento). Estos últimos son los que están presentes cuando se comete el delito.

Un ejemplo muy gráfico que proporcionan los autores es el siguiente. La pareja de un sujeto rechaza tener sexo con él/ella. Esto hace que el sujeto se sienta inferior, frustrado y furioso. Por tanto, se activan modos infantiles de humillación, de impulsividad e ira, respectivamente. Para afrontar todas estas emociones, el sujeto intenta sobrecompensar con un modo de auto-engrandecimiento. En este caso dominan la sensación de poder y la activación sexual.

El sujeto sale a la calle, busca una víctima, por lo que hablamos de un modo depredador. El sujeto toca puertas al azar hasta que una mujer contesta. El sujeto procede a manipular a la persona para que entre en su casa, por lo que se da aquí la activación de un modo de engaño y manipulación. De forma violenta, tira al suelo a la mujer y le amenaza con matarle si no coopera (modo de intimidación y ataque).

En este ejemplo vemos como el modo infantil desencadena los demás modos. Los cuatro modos posteriores y junto con el modo de sobrecontrolador paranoico son los que más aparecen en pacientes en contexto forense. Los cinco implican una cascada de respuestas con el fin de afrontar emociones derivadas del modo infantil (y de la situación que lo desencadena) a través de la sobrecompensación.

Los factores externos de riesgo (p. ej. abuso infantil, negligencia, factores genéticos, etc.) y de protección (p. ej. apoyo, oportunidades económicas, genética, etc.) modulan el desarrollo de los esquemas en la infancia. Los modos esquema desadaptativos se derivan del poder de los factores de riesgo que aumentan la probabilidad de aparición de conductas antisociales. Asimismo, los modos esquema sanos son los factores protectores que disminuyen esa probabilidad.

Por tanto, la probabilidad de comportamientos violentos y/o criminales en un momento concreto viene determinada por la activación relativa de los modos desadaptativos y sanos. Mayor activación de los primeros sobre los segundos, mayor el riesgo para la aparición de conductas violentas y/o criminales. Los factores de riesgo y de protección del entorno del sujeto a lo largo de su vida (especialmente en la etapa en la que comete el delito) interaccionan de forma recíproca con los modos esquema.

Por ejemplo, tener un grupo de amigos con comportamientos antisociales puede incrementar la fuerza de los modos desadaptativos. Al mismo tiempo, la presencia de estos modos puede aumentar la probabilidad de buscar relacionarse con amigos así.

Sin ánimo de entrar en muchos detalles, decir que las fases de tratamiento de la ST son dos. Una es una fase de evaluación y conceptualización del caso, con psicoeducación para el sujeto. Se le familiariza con los conceptos abordados y se le ayuda en la auto-aplicación.  En la fase de cambio se utiliza una gran variedad de técnicas para reducir la fuerza de los esquemas y respuestas de afrontamiento desadaptativos, así como de los modos esquema. Se busca romper los patrones disfuncionales e iniciar formas de afrontamiento saludable.

Cuando se trata de pacientes en ámbito forense con TPs graves se necesitan modificaciones importantes en la terapia. Una es que se enfatiza más en los modos esquemas que en lo desadaptativo. La razón es que muchos de estos pacientes tienen grandes dificultades para mostrar vulnerabilidad y/o hablar sobre la infancia.

Se necesita mucho tiempo y atención para construir una alianza terapéutica entre terapeuta y paciente. No hay que olvidar que estos sujetos suelen acudir a terapia como obligación judicial, por lo que a menudo les falta motivación.

Faltan muchas más investigaciones sobre la aplicación de la Terapia de Esquema en pacientes en ámbito forense. Aun así, esta intervención ya está establecida como eficaz para los TPs dentro y fuera del contexto forense. La labor de estos profesionales muestra resultados prometedores. Además, puede que sea imprescindible para disminuir las tasas de reincidencia delictiva.

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El maltrato animal y los crímenes en masa: ¿están relacionados? Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Harming animals and massacring humans: characteristics of public mass and active shooters who abused animals” de Arluke A., Lankford A. y Madfis E. (2018), en el cual se analizan las características de asesinos en masa con historial de maltrato animal.

Durante décadas, se ha estudiado la tendencia de asesinos en serie a dañar o torturar animales. Por ejemplo, se ha visto que el historial de maltrato animal aparece mucho más en asesinos en serie que en los casos de crímenes por violencia de género. El historial de maltrato animal puede provenir de la infancia, adolescencia o etapa adulta.

Los asesinos en serie comparten características con otros tipos de criminales. Un ejemplo son los tiradores activos y en masa. Características compartidas son la mayor probabilidad a asesinar desconocidos y a llevar a cabo crímenes premeditados. También comparten rasgos de personalidad, tales como una agresividad instintiva o insensibilidad.

Tanto los tiradores activos como los tiradores en masa hacen referencia a personas que atacan en lugares públicos con el objetivo de dañar a más de una víctima. Los asesinos en masa son aquellos que provocan la muerte de cuatro o más víctimas. En cambio, los tiradores activos no se definen por ningún límite mínimo del número de víctimas.

A diferencia de los casos con asesinos en serie, en estos  no se ha estudiado tanto la posible presencia de historial de maltrato animal. Dado que comparten características con otros tipos de criminales, es de esperar que también presenten historiales de maltrato animal.

En cualquier caso, también muestran diferencias importantes, por lo que asumirlo sería un grave error. De hecho, algunos investigadores subrayan que los perfiles psicológicos  de los asesinos en serie son bastante diferentes de los tiradores activos y asesinos en masa.

Los asesinos en masa y los tiradores activos son diferentes también de otros tipos de asesinos en masa más específicos. Por ejemplo, de los que participan en violencia de bandas, tráfico de drogas, asesinatos de familias, grupos terroristas o genocidios.

El estudio se basa en tres objetivos. Uno es identificar todos los casos registrados sobre asesinos en masa y tiradores activos desde 1966 a 2018, que incluyen además un historial de maltrato animal. El segundo objetivo es analizar la naturaleza de la violencia de estos hacia animales y personas. Por último, se pretenden evaluar las diferencias entre este tipo de criminales con y sin historial de maltrato animal.

El maltrato animal que se atiende en este estudio es aquel más explícito como pegar y disparar animales de compañía, prenderles fuego, torturar, mutilar y otros similares. Además, tiene que haber ocurrido antes del ataque hacia las personas y no ser parte del crimen en masa.

De 88 casos de criminales en masa y tiradores activos, se han detectado 20 casos a nivel mundial en los cuales el criminal tenía un historial confirmado de maltrato animal.  La mayoría de ellos eran de hombres (95%) estadounidenses (45%), de raza blanca (95%) y con una media de edad de 25 años.

 En el 75% de los 20 casos se registró maltrato de animales durante la infancia. En el 65% de los casos los animales maltratados eran gatos o perros. Asimismo, en el 75% de los casos, el maltrato se llevó a cabo desde muy cerca del animal (no es lo mismo disparar desde 3 metros que disparar a quemarropa).

Nueve de los 20 casos se registraron en EE.UU. También se encontraron en otros países como, por ejemplo, en Australia (1996), en Escocia (1996) o en Noruega (2011). De todos los casos de la muestra, en un 60% la escuela fue la escena del crimen.

Analizando a los criminales de EE. UU., se destaca una diferencia importante entre los criminales con y sin historial de maltrato animal. Esta es que los primeros son significativamente más jóvenes en el momento del ataque a personas (22,7 años de media vs. 35,2 años en los casos sin historial de maltrato animal).

Los asesinos en masa y los tiradores activos con historial de maltrato animal hicieron daño a un mayor número de víctimas que los sujetos sin historial. Un caso fue registrado como extremo y sin historial de maltrato animal: Stephen Paddock asesinó a 58 víctimas y provocó heridas a aproximadamente 700 personas (Las Vegas, 2017).

En los demás 11 casos que ocurrieron en otros países, los criminales también eran la mayoría blancos y jóvenes, aunque la media de edad se sitúa en los 28 años (vs. menores de 25 años en EE.UU.). También se observó un mayor número de víctimas en los casos con historial de maltrato animal.

Aparte de los datos demográficos y el número de víctimas, se observó otra característica asociada a la presencia de historial de maltrato animal. Hay una menor probabilidad de que los criminales con historial de maltrato animal falleciesen en la escena del crimen.

En términos generales, la cantidad de asesinos en masa y tiradores activos con historial de maltrato animal está muy por debajo de la cantidad de otros criminales que llevan a cabo homicidios múltiples y con ese mismo historial. Como ya hemos mencionado, maltratar animales es mucho más común entre los criminales en serie. Por ejemplo, en un estudio se registró que un 90% de asesinos en serie sádicos de la muestra analizada habían maltratado animales en el pasado.

No obstante, el menor registro de historial de maltrato animal entre los asesinos en masa y tiradores activos no conlleva la ausencia real de maltrato animal. Estos casos suelen recibir menor atención mediática a largo plazo. Por eso, también es probable que se indague menos sobre sus pasados. Además, si los criminales actúan a edad adulta, puede ser difícil encontrar historiales de  las etapas más tempranas de sus vidas.

No obstante, no se descarta la existencia de diferencias psicológicas reales y claves entre este tipo de criminales y asesinos en serie sádicos. Los asesinos en serie sádicos suelen presentar rasgos psicopáticos de una forma marcada. Este hecho no es tan común en el caso de los asesinos en masa y tiradores activos. No suelen sentir atracción hacia la tortura y/o el sadismo.

En la mayoría de los casos, el maltrato animal se llevó a cabo desde muy cerca con respecto a la víctima animal. En algunos estudios se ha visto que esta característica está asociada a una violencia más grave hacia las personas.

Por lo general, la resistencia humana a matar aumenta a medida que la distancia hasta la victima disminuye. En cambio, aquellos más determinados a matar, más perturbados o con rasgos psicopáticos más marcados, se sentirían menos inhibidos por la distancia entre ellos y la víctima.

Aunque la muestra sea pequeña, se obtienen evidencias interesantes. Los asesinos en masa y tiradores activos con historial de maltrato animal maltrataron perros y/o gatos y a quemarropa. Por lo tanto, este tipo de criminales (al igual que muchos criminales en serie) pueden presentar más a menudo rasgos psicopáticos. Asimismo, dado el bajo número de casos con historial de maltrato animal, esta actividad dañina y delictiva no puede considerarse como una señal robusta de futuros tiradores.

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