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Paula Atienza

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Impact of the Covid-19 lockdown on sexual assault cases in Eastern Denmark – a retrospective clinical forensic study”, de Bidstrup, J. E.; Busch, J. R.; Munkholm, J. y Banner, J. (2021), en el que los autores realizan una investigación sobre las exploraciones forenses por agresión sexual durante el confinamiento de 2020, para compararlas con las de 2019. 

Las agresiones sexuales siguen siendo un gran problema de salud pública en todo el mundo. En el contexto danés, que es el utilizado en el artículo, se estima que el número anual de agresiones sexuales ronda los 5.400 casos, siendo denunciados sólo ⅙ de ellos. Además, más del 90% de las víctimas son mujeres. 

Se sospecha que las pocas denuncias se deben a múltiples razones: el sentimiento de culpabilidad de la víctima, por vergüenza, por amnesia, o también por la relación preexistente entre víctima y victimario. 

En estudios previos se ha visto que existe una relación importante entre las agresiones sexuales y el consumo de alcohol, se cree que porque gran parte de estos sucesos se dan en contextos de ocio nocturno. 

Una de las ideas de los autores, es que esto podría haber cambiado durante 2020 por el confinamiento mundial debido a la Covid-19, ya que los restaurantes, bares y discotecas se vieron obligados a cerrar. El informe anual publicado por el Centro de Agresiones Sexuales de Copenhague mostró que ocurrieron más agresiones sexuales en casas particulares en 2020 que en 2019, apoyando esta idea. 

El objetivo principal del estudio es saber si durante 2020 cambió el número de exámenes forenses realizados a personas que denunciaron este tipo de delitos. También investigaron los cambios criminológicos que sospechaban se podían haber producido por las nuevas características de la vida durante el confinamiento. 

Antes de nada, nos explican algunas definiciones importantes según el Código Penal danés. Por ejemplo, las agresiones sexuales son actividades sexuales no deseadas o forzadas de cualquier tipo, con o sin contacto físico. Una violación, sería un coito sin consentimiento. 

Una agresión sexual facilitada por las drogas se definiría como una agresión sexual donde el consentimiento de la víctima es ausente o no es válido debido a la influencia del alcohol o las drogas. 

El estudio utilizó la base de datos del Departamento de Medicina Forense de la Universidad de Copenhague. Incluyó a todos los denunciantes adolescentes y adultos mayores de 15 años, examinados desde el 1 de abril al 30 de junio, tanto en 2019 como en 2020. Resultó un total de 130 casos, 125 víctimas fueron mujeres y 5 fueron hombres. 

Además, las víctimas presentaban casos de todo tipo de agresiones sexuales. Se tuvo en cuenta la posible intoxicación por drogas o alcohol a la hora de realizar el examen forense y el grado de amnesia si es que lo había.

También se registró la relación del agresor con la víctima: si eran pareja, si tenían una relación cercana, si eran conocidos, si era un extraño, u otro (por ejemplo, un profesor, un jefe, etcétera). 

También se tuvo en cuenta la ubicación del delito. Por ejemplo, la propia casa de la víctima o el agresor, la casa de un amigo, un espacio abierto, un restaurante o bar, entre otros. 

Aunque la cantidad total de exámenes de víctimas de agresión sexual no cambió de 2019 a 2020, se encontró que la cantidad de exámenes por mes fue aproximadamente estable en 2019, pero aumentó a lo largo de 2020, lo que puede ser por la reapertura gradual de la sociedad a lo largo de mayo y junio. 

No se encontraron diferencias significativas entre 2019 y 2020 con respecto al día de la semana y la hora de la agresión, lo que enfatiza que el riesgo de agresión sexual no varía demasiado y es independiente al acceso a la vida nocturna. 

Según la literatura anterior, la mayoría de víctimas de agresión sexual son jóvenes adultos de entre 15 y 25 años, lo cual es consistente con el estudio actual. 

La relación de agresor-víctima más común tanto en 2019 como 2020 fue la de “conocidos”. Se registraron menos agresiones sexuales por parte de un extraño en 2020 en comparación con 2019, presumiblemente debido al confinamiento. 

Se registraron más casos de agresión sexual por parte de la pareja en 2020 que en 2019, lo cual confirma la tendencia que se puede ver también en datos sobre violencia de género en la pareja, que aumentó durante el confinamiento. Es posible que ambas ideas estén relacionadas de forma positiva. 

La mayoría de las agresiones ocurrieron en casa del agresor durante 2020, lo cual contrasta con la creencia común de que la mayoría de agresiones se dan en espacios abiertos o discotecas por parte de un extraño. 

Además, el alcohol fue un factor frecuente en los casos tanto de 2020 como de 2019, lo que refleja que la ingesta de éste es muy común y siguió siéndolo durante el confinamiento. 

En conclusión, el estudio indica que el cierre de la sociedad no cambió el número total de exámenes clínicos forenses de víctimas de agresión sexual en Dinamarca, si bien sí hubo una modificación de las características criminológicas de estos delitos y un aumento significativo de las agresiones sexuales por parte de la pareja. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Sex offending among adolescents and young men with history of psychiatric inpatient care in adolescence” de Kaltiala, R., Holttinen, T. y Ellonen, N. (2022), en el que los autores realizan un estudio de seguimiento de 30 años de duración en casos de hombres y jóvenes adultos que estuvieron en centros psiquiátricos, para saber si, al ser dados de alta, cometieron algún tipo de delito, poniendo el foco en los delitos sexuales. 

Durante la adolescencia existen discrepancias entre la maduración física, la maduración cognitiva y la maduración emocional, y esto es algo que puede aumentar el riesgo de los jóvenes para formar parte, por ejemplo, de encuentros sexuales que no son seguros. En casos más extremos, incluso pueden aparecer encuentros sexuales no consensuados.

Todo esto puede estar relacionado con trastornos mentales de internalización y también de externalización. De hecho, formar parte de una actividad sexual no consentida, según mencionan los autores, sería un factor de riesgo importante para los trastornos mentales. Ser el victimario en este tipo de actos, puede guardar relación también con problemas de desarrollo.

Además de los factores de riesgo que existen para la delincuencia en general, los delincuentes sexuales jóvenes a menudo presentan un historial de sujeción al abuso sexual, intereses sexuales atípicos, aislamiento social y algún tipo de psicopatología.

Algunas condiciones psiquiátricas y de desarrollo se han asociado en jóvenes y adultos con una mayor probabilidad de cometer delitos sexuales. Por ejemplo, trastornos graves de conducta, desarrollo de una personalidad antisocial, e incluso en algunos casos (aunque no mayoritarios), trastornos del espectro autista y retraso mental. 

Hasta dos tercios de los delincuentes sexuales jóvenes cumplen los criterios diagnósticos de algunos trastornos mentales. 

Muchos trastornos mentales graves están relacionados con la sexualidad y deben ser tenidos en cuenta, ya que pueden distorsionar el desarrollo normativo hacia una sexualidad consensuada y satisfactoria, como la anhedonia, el déficit de control de impulsos, la ansiedad social o problemas de percepción y comunicación. Esto puede ser particularmente dañino en la adolescencia, cuando los jóvenes están experimentando un desarrollo decisivo en muchas y variadas áreas de su vida. 

Los autores tienen diferentes objetivos en este trabajo. Por ejemplo, conocer con qué frecuencia los jóvenes varones ingresados en atención psiquiátrica adquieren antecedentes penales por delitos sexuales en los primeros 10 años desde su alta médica, en el caso de que los adquieran. Conocer cuál de los diagnósticos conlleva el mayor riesgo de delitos sexuales posteriores también es uno de sus objetivos. 

Por otro lado, como el estudio implica un seguimiento de los casos durante 30 años, se preguntan también cuáles son las diferencias entre los jóvenes ingresados en la década de 1980, 1990 y los 2000. 

Para ello, obtuvieron una muestra de 6.749 adolescentes de entre 13 y 17 años que fueron admitidos, entre 1980 y 2010 para realizar su primer tratamiento psiquiátrico.

Los antecedentes penales posteriores se obtuvieron de registros públicos de Finlandia, el contexto del estudio. Contenían datos sobre las sentencias impuestas, las sentencias perdonadas y los cargos rechazados por los tribunales de primera instancia. 

De todos los pacientes, sólo 103 habían cometido delitos sexuales durante el seguimiento, lo cual es un número muy bajo (1,5%). Por tanto, la condena penal por delitos sexuales cometidos por adolescentes durante los 10 años posteriores a su alta de un centro psiquiátrico, es muy poco común.

La adquisición de antecedentes penales por delitos sexuales fue igualmente común entre aquellos que ingresaron en psiquiatría en la adolescencia temprana (13-14 años) y aquellos que lo hicieron en adolescencia más avanzada (15-17 años).

Los antecedentes penales por delitos sexuales fueron más comunes entre aquellos con diagnósticos primarios de consumo de sustancias, trastorno de la personalidad o de la conducta. Fue menos común entre aquellos jóvenes con trastornos del estado de ánimo. 

Además, tener antecedentes penales por violencia no sexual antes de la admisión en el centro psiquiátrico, se asoció con un mayor riesgo de cometer esos mismos delitos después de la admisión. 

Los pacientes ingresados por primera vez con diagnósticos relacionados con la esquizofrenia, tenían un riesgo bajo de cometer posteriormente delitos, tanto sexuales como no sexuales, aplicándose también a delitos no violentos. 

Sin embargo, pese a todo lo anteriormente nombrado, es importante mencionar que los delitos sexuales posteriores a la estancia en el centro psiquiátrico, fueron más comunes entre los jóvenes admitidos en los centros en la última década. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Female Forensic Patients May Be an atypical sub-type of Females Presenting Aggressive and Antisocial Behavior” de Hodgins, S. (2022), en el que la autora recopila información perteneciente a literatura previa sobre las mujeres que se encuentran en tratamiento psiquiátrico forense y centra su atención en los rasgos antisociales y agresivos.

En la mayoría de países, hay menos mujeres tratadas en los servicios psiquiátricos forenses que hombres, y menos son encarceladas en prisiones. 

Algunas personas señalan que esto ocurre porque hay un menor comportamiento agresivo y antisocial (de ahora en adelante, CAA) en las mujeres que en los hombres; sin embargo, no todos los expertos apoyan esta idea porque los estudios no son concluyentes. 

Por ejemplo, en un estudio donde se analizó a aproximadamente 1.000 individuos adultos, hombres y mujeres, el 7,5% de ellas y el 10,5% de ellos presentaban conductas antisociales y agresivas, que comenzaron en la infancia y se mantuvieron hasta la edad adulta. La diferencia no es significativa. 

Para comprender mejor la situación de estas mujeres y las características de su salud mental, la autora revisa artículos ya publicados sobre ello. 

Un estudio holandés utilizó una muestra de 275 pacientes forenses, mujeres, en torno a los 30 años. Antes de haber ingresado como pacientes, el 54% había sido condenada por algún delito y el 88% había sido tratada previamente por otros servicios de psiquiatría

Tres cuartas partes de ellas habían sufrido maltratos en la infancia, en algunos casos prolongados hasta la edad adulta. 

Los delitos por los que habían llegado al centro psiquiátrico forense incluían homicidio (más del 50%), incendios provocados, otros delitos violentos, delitos contra la propiedad y violencia sexual. 

Los diagnósticos que habían recibido eran esquizofrenia (en un 32,9%), trastorno de uso de drogas, depresión, trastorno de estrés postraumático y trastorno límite de la personalidad. 

78 de las mujeres de este estudio fueron seguidas durante 3 años después de recibir el alta. Muy pocas reincidieron, de ellas, sólo 6 fueron condenadas por delitos violentos en estos 3 años inmediatamente posteriores al alta. 

Otro estudio, este realizado en Ontario, Canadá, analizó todos los casos de psiquiatría forense desde 1987 a 2012, de personas que fueron declaradas no responsables penalmente por trastorno mental. El 14% eran mujeres. El 91% de ellas habían sido atendidas previamente en servicios psiquiátricos y el 36% habían sido condenadas por algún delito. 

Además, el 13% de ellas se encontraba en una situación precaria, viviendo en la calle, y el 21% estaban desempleadas. 

Por lo tanto, todo esto sugiere que las pacientes psiquiátricas forenses femeninas presentan trastornos mentales que incluyen disfunciones emocionales, cognitivas, y bajos niveles de funcionamiento psicosocial. 

Entre las mujeres que presentan CAA, es necesario mencionar que muchas de ellas no son procesadas por el sistema de justicia penal. 

En un estudio con 96 niñas y adolescentes que acudieron a una clínica buscando ayuda por abuso de sustancias, el 44,8% de ellas informó haber participado en algún acto violento (peleas callejeras, golpear a alguien, portar armas…). Casi dos tercios de estas niñas, y el 34% de aquellas que no habían sido violentas, fueron diagnosticadas con un trastorno de conducta. 

Las comparaciones de los casos de cada una de las niñas, mostró que aquellas que habían participado en actos violentos tenían cuatro veces más probabilidades de tener un trastorno por consumo de drogas y tres veces más propensas a sufrir abusos físicos y sexuales. Es decir, tenían significativamente más factores de riesgo. 

Se siguió a las niñas que participaron en este estudio durante 5 años, y aunque no cumplían con todos los criterios de un trastorno de personalidad antisocial, sí tenían una conducta más violenta que las mujeres sanas. 

Esto sugiere que tanto en la adolescencia como en la edad adulta, las mujeres con un trastorno de conducta previo tienden a mostrar niveles más altos de rasgos psicopáticos, como la agresividad, y algunos rasgos del trastorno de conducta antisocial. 

Así, se han identificado algunos factores a los que es importante prestar atención desde la infancia para prevenir y tratar estos trastornos, como un bajo rendimiento académico, la aparición de rasgos psicopáticos…, pero no conductas agresivas y antisociales, por lo tanto, esto es algo que ha permanecido oculto a la vista.

Es importante destacar que los problemas de conducta y determinados rasgos emocionales en los jóvenes pueden predecir la criminalidad. 

Además, se ha relacionado en varios estudios a la esquizofrenia y el trastorno límite de la personalidad con la conducta agresiva y antisocial en los casos de mujeres que se encuentran en tratamiento psiquiátrico forense. 

La autora propone prestar especial atención a los primeros años de las niñas, ya que muchos problemas de salud mental tienen su origen en una crianza dura, poco eficaz, o un entorno primario problemático.  

Aunque el trastorno de conducta agresiva y antisocial sea difícil de observar, las consecuencias para las niñas y su entorno son brutales y destructivas. 

Así, la autora recomienda centrar los esfuerzos en la prevención y el tratamiento de aquellas mujeres que ya sufren estos problemas. Por ejemplo, intervenir en campañas de prevención del uso de sustancias, del embarazo adolescente o de la agresividad en general. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Mechanisms for protecting children’s rights and the role of psychological services in the juvenile justice system of Russia against the background of international practices”, de Orsayeva, R.; Vasyaev, A. y Shestak, V. (2022), en el que los autores realizan un análisis crítico de la situación actual del sistema penal y procesal penal en Rusia aplicado a menores de edad.

La protección de los derechos del niño sigue siendo uno de los desafíos más graves a los que se enfrentan las sociedades modernas. A pesar de los esfuerzos de las autoridades y la sociedad para mejorar la protección de la infancia, no se han resuelto las estrategias dirigidas a algunos temas, como las intervenciones de los jóvenes en el sistema penal o la prevención para que éstos no sufran violencia y abandono por parte de sus familias. 

La Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño ha sido ratificada por todos los países europeos y ha ayudado a fortalecer la cultura de la protección del niño. Sin embargo, los resultados obtenidos no son los esperados. 

Además, en la justicia juvenil, las violaciones de los derechos del niño son omnipresentes, y parece ser que en la última década ha habido una regresión en lugar de avances o estancamientos. Esto puede explicarse porque, quizá, la sociedad no sabe con exactitud cómo los derechos del niño pueden contribuir a una mejora del sistema judicial juvenil.

En cuanto a la protección de los derechos del niño y el sistema de justicia juvenil en Rusia, existe un problema de discrepancia entre los derechos declarados por ley y los derechos que se aplican de forma efectiva.

Un tema aparte es el factor de las características y problemas psicológicos de los adolescentes en el sistema de justicia. En los últimos 10 años, sólo en EEUU, el porcentaje de jóvenes que habían tenido contacto con el sistema penal y que, además, poseían problemas de salud mental, ascendía al 70%. 

El objetivo de este estudio es analizar el estado y la eficacia de los mecanismos de protección de los derechos del niño en Rusia, para comparar con las leyes de otros estados, haciendo lo mismo con el sistema de justicia juvenil. También se revisa brevemente la problemática de la salud mental en los jóvenes que entran en contacto con este sistema. 

En el ámbito legal, hay muchas discusiones sobre los aspectos negativos de la justicia juvenil y su implementación en Rusia. 

El principal aspecto negativo es el control estatal final sobre la familia. Los trabajadores de justicia juvenil están autorizados para alejar al niño de su familia cuando los padres son acusados de abuso, incapacidad de proporcionar una nutrición adecuada, tienen una situación financiera inadecuada, entre otros. 

Por lo tanto, la sociedad está asustada por el hecho de que las familias pueden verse privadas de sus hijos, ya que hay una gran cantidad de ellas que viven en situación de pobreza. 

Sin embargo, estos temores son exagerados. El objetivo de la justicia juvenil simplemente busca ser una garantía de los derechos básicos del niño y sólo se tomarán medidas cuando haya pruebas de esas acusaciones

Además, en Rusia, el sistema de justicia juvenil se basa en las opiniones subjetivas de los representantes de sus órganos, por tanto, en un número significativo de casos, los tribunales no satisfacen las solicitudes de internamiento en un centro de detención juvenil. Además, no hay una evaluación psicológica profesional en el tribunal, y bien es sabido que, en base a éstas, se planifican y organizan medidas sociales y psicológicas encaminadas a maximizar el éxito del desarrollo del menor. 

Con respecto al problema de la salud mental, numerosos estudios confirman que una proporción significativa de jóvenes del sistema de justicia juvenil sufren de un trastorno mental diagnosticable. Según los datos disponibles en Rusia, entre los delincuentes adolescentes, el número de personas con trastornos mentales es de mínimo el 50% de los casos. 

Los autores proponen que la prioridad del sistema debe ser dedicar recursos a los programas sociales destinados a la prevención de la delincuencia juvenil, además de proporcionar oportunidades a quienes son propensos a delinquir. Es de suma importancia apoyar tanto a la policía y las demás autoridades, como a los programas dirigidos a personas en riesgo. 

El personal escolar, los servicios sociales, las organizaciones sin ánimo de lucro y la sociedad, están obligados a hacer un gran esfuerzo. 

Es mediante el ejercicio de todos los poderes que se podrá mantener la integridad del sistema de justicia juvenil mientras se brindan alternativas apropiadas a los menores que no pueden o no quieren obtener asistencia. 

Además, para terminar de desarrollar una justicia justa, los autores creen que Rusia debe ir más allá del concepto legal de justicia, y cambiar a uno que pueda combatir las desigualdades de cualquier tipo, ya sean de naturaleza criminal o social. Esto sería particularmente importante en el contexto de la juventud, ya que se ven afectados por políticas injustas, según comentan los autores. Este sería el enfoque de justicia social que consideran puede señalar el camino a seguir. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Crimes and sentences in individuals with intellectual disability in a forensic psychiatric context: a register-based study”, de Edberg, H.; Chen, Q.; Andiné, P.; Larsson, H. y Hirvikoski, T. (2022), en el que los autores realizan un estudio para conocer cuáles son los delitos cometidos por personas con discapacidad intelectual y su comparación con los cometidos por personas con un desarrollo intelectual típico.

Las personas con discapacidad intelectual que cometen delitos tienen un estatus judicial, unas características y unas necesidades que preocupan en la mayoría de países desarrollados. 

Estas personas constituyen un grupo importante, pero, aún así, pequeño y no bien reconocido. La prevalencia de la discapacidad intelectual (de ahora en adelante, DI) diagnosticada en la población general es de aproximadamente un 1%, y aquellos que cometen delitos penales constituyen un pequeño número de ese porcentaje. 

Si las personas con DI tienen o no un riesgo mayor de cometer delitos, es algo que no está claro según la literatura actual. Hay expertos que apoyan la idea y otros que la descartan, ya que no se ha podido confirmar.

En los últimos años se han propuesto varios patrones en cuanto a la tipología de los delitos cometidos por personas con DI. Varios estudios han señalado un mayor riesgo de conductas sexualmente inapropiadas y, por tanto, de ofensas sexuales. 

Esta generalización, sin embargo, debe estudiarse, ya que las muestras utilizadas para estos estudios han sido pequeñas y las definiciones propuestas de la discapacidad intelectual, inconsistentes. 

La mayoría de países desarrollados tienen una legislación penal en la que los infractores no serán responsables de sus crímenes si sufren algún tipo de patología mental, y cumplen ciertas condiciones. Se consideran, por ejemplo, incapaces de comparecer en el juicio, o no culpables por demencia. 

Satisfacer las necesidades especiales de estas personas, proporcionarles una rehabilitación adecuada y combinar ésto con la seguridad pública, es una tarea complicada para la que se necesita una pluralidad de opciones. Los autores sostienen que ni las órdenes penitenciarias ni las hospitalarias son ideales. Las sanciones y medidas comunitarias, definidas como sentencias no carcelarias, como, por ejemplo, la libertad condicional, han aumentado continuamente en los países europeos. Sin embargo, la prevalencia de personas con DI en los sistemas penitenciarios se encuentra aproximadamente en un 2-10%. 

Suecia (el país contexto de este estudio) considera que los delincuentes con trastornos mentales graves pueden ser considerados responsables de sus acciones. Sin embargo, el tribunal puede imponer una evaluación psiquiátrica forense previa al juicio para decidir si un delincuente sufre un trastorno mental severo, y así sentenciarlo a recibir atención psiquiátrica forense en lugar de ir a prisión. 

El objetivo principal de este estudio fue estudiar la tipología de delitos en personas con DI y sin DI que estaban sujetas a una evaluación psiquiátrica forense previa al juicio, en el contexto sueco. 

El estudio fue observacional y basado en registros de todas las personas sujetas a evaluación psiquiátrica forense en Suecia desde el 1 de enero de 1997 hasta el 30 de mayo de 2013. La población del estudio final fue de 7.450 individuos. 

Los delitos se clasificaron en cuatro categorías: delitos sexuales, delitos violentos, delitos violentos no sexuales y delitos no violentos no sexuales. 

Los delitos sexuales incluían la violación, la coerción sexual, el abuso de menores, el exhibicionismo, el acoso sexual, la pornografía infantil, entre otros. 

Los delitos violentos incluían homicidios, asaltos, robos, incendios provocados, amenazas ilegales o intimidación…. 

Los delitos violentos no sexuales excluyeron todos los delitos sexuales de la categoría de delitos violentos.

Por último, en los delitos no violentos no sexuales se incluyeron todos los que no entraban dentro de las categorías anteriores. 

Los resultados indicaron que los delitos sexuales fueron más comunes entre las personas con DI que sin DI. El 26% de los delincuentes con DI había cometido un delito sexual, en comparación con el 15% en el grupo sin DI. Los delitos violentos fueron igualmente frecuentes entre ambos grupos.

Se han propuesto varias explicaciones posibles a estos datos. Por ejemplo, la falta de conocimiento y educación sexual. Se ha demostrado que las personas con DI tienen niveles más bajos de conocimiento sexual que sus pares sin DI, planteando el tema de la educación sexual como medida preventiva de este tipo de delincuencia. 

Por otro lado, aparece la hipótesis del modelado como resultado de un abuso sexual previo. Surge de la idea de que la victimización previa es una circunstancia común entre los agresores sexuales y, además, las personas con DI tienen mayor riesgo de ser víctimas de este tipo de delitos. 

También aparece la falta de integración social, estrechamente relacionada con la idea de que los delincuentes sexuales en general, pueden carecer de una identidad prosocial. 

Los autores proponen invertir recursos y tiempo en programas de tratamiento estructurados y especializados para estas personas, además de investigar sobre las formas de rehabilitación y habilitación de la atención psiquiátrica forense que reciben. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Radicalization in Adolescence: the Identification of Vulnerable Groups”, de Schröder, C. P.; Bruns, J.; Lehmann, L.; Goede, L. R.; Bliesener, T. y Tomczyk, S. (2022), en el que los autores realizan un estudio para identificar los factores de riesgo de radicalización en adolescentes.

Uno de los temas que más ha preocupado a los expertos criminales en los últimos años ha sido el de la radicalización violenta

Esta se entiende como un proceso que comienza temprano en el curso de la vida y que puede conducir al extremismo, incluyendo actos terroristas. Se caracteriza por la interacción compleja de muchos factores individuales y sociales, y se manifiesta en ideas, actitudes y comportamientos distintos.

Dado que los comienzos de la radicalización se observan, a menudo, en cortas edades, muchos expertos han centrado sus análisis y su trabajo en los adolescentes. Además, los adolescentes son el grupo que más interesa estudiar, porque se encuentran en una etapa especial en su desarrollo, ya que es en la adolescencia cuando las personas comienzan a buscar su propia identidad y son más vulnerables. 

Además, desde una perspectiva evolutiva, la adolescencia representa un período especialmente relevante para el desarrollo de la identidad, así como de una serie de normas y un sistema de valores. 

Los adolescentes son, por tanto, especialmente vulnerables porque también empiezan a buscar pertenecer a algún grupo, obtener reconocimiento y así afianzar su identidad. Todo esto, sucede en torno a los 14-16 años. 

También suelen buscar aventuras, emociones, provocaciones… Y también estos años son especialmente relevantes para la socialización política y el desarrollo de actitudes relacionadas que generalmente se mantienen estables a lo largo de toda la vida. 

Por lo tanto, hay muchos factores de riesgo relacionados con la radicalización que juegan un papel importante en esta etapa de la vida.

Muchos modelos teóricos y estudios empíricos sobre radicalización se han centrado en el islamismo extremista debido a que el terrorismo yihadista ha sido la mayor amenaza terrorista de los últimos años para Europa. Sin embargo, le sigue muy de cerca el terrorismo ultraderechista. 

El extremismo de derechas es, por tanto, un problema social muy importante y representa una gran amenaza para las minorías, así como para la propia democracia. Las ideologías de extrema derecha están, a menudo, detrás de los crímenes de odio, que son altamente problemáticos porque son consecuencia de ideologías de desigualdad, exclusión y violencia, representando actitudes antisemitas, xenófobas, homófobas o sexistas, entre otras.

El objetivo de este artículo es, por tanto, analizar este tipo de extremismo examinando las condiciones de origen y otros factores de riesgo asociados. 

Lo que ocurre es que, para capturar la complejidad de los patrones de actitud, los análisis estadísticos no son suficientes. Los expertos abogan por comenzar a utilizar métodos centrados en las personas, que serían más útiles. Por ejemplo, los análisis de clases latentes pueden examinar las diferentes “constelaciones” de actitudes xenófobas o antisemitas dentro de una población. 

El estudio de los autores se centra, por tanto, en las actitudes de ultraderecha de una muestra de adolescentes, utilizando un análisis de clases latentes. 

En él, participaron un total de 6.335 jóvenes cuya edad oscilaba entre los 13 y los 19 años, aunque la gran mayoría tenía entre 14 y 15. 

La base del estudio era un cuestionario online cuantitativo de aproximadamente 90 minutos de duración, que incluía preguntas sobre varios temas; por ejemplo, actitudes políticas, religión, entorno social, actividades de ocio, actividades online, etcétera.

Más de la mitad de los adolescentes de la muestra pertenecían a una clase (o grupo) caracterizada por un fuerte desacuerdo con todas las actitudes relacionadas con la ultraderecha. 

Sin embargo, el grupo etiquetado como “los extremistas” (es decir, las personas que sí mostraron actitudes de ultraderecha) mostró algunas características: en su gran mayoría predominaba el género masculino y sentimientos muy altos de privación social. Esto sería coherente con algunas investigaciones previas. Para esta clase también aparecieron fuertes sentimientos de privación política y una tendencia hacia la perpetración de delitos violentos. 

El grupo “antiautoritario” se caracerizó por niveles muy bajos de privación política y muy poca tendencia a delitos violentos. 

Estas ideas nos dan a entender que los enfoques de prevención que se dirigen a todos los grupos no son efectivos, ya que cada uno tiene sus necesidades especiales. 

Parece necesario, por tanto, tener objetivos de prevención distintos para grupos específicos, además de tener en cuenta el género, ya que se ha visto que los jóvenes varones están en mayor riesgo. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Dark Triad Personalities, Self-Control, and antisocial/criminal outcomes in Youth” de Pechorro, P.; DeLisi, M.; Gonçalves, R. A.; Braga, T. y Maroco, J. (2021), en el que los autores realizan un estudio para examinar si el autocontrol media las relaciones entre la Tríada Oscura y aspectos como la delincuencia, los trastornos de conducta y la gravedad de los delitos cometidos. 

La investigación en criminología y diversas áreas de la psicología, como la psicopatología del desarrollo o la personalidad, apunta de manera consistente a la existencia de características oscuras de la personalidad y comenta que éstas están asociadas a diversos problemas de conducta. 

Dentro de estos rasgos aparecería el autocontrol, y también la famosísima Tríada Oscura compuesta por el narcisismo, el maquiavelismo y la psicopatía. 

El narcisismo se caracteriza por ser egoísta, egocéntrico, tener baja empatía y una gran necesidad de ser admirado por los demás.

Cuando una persona es maquiavélica es astuta, intrigante y sin escrúpulos en su comportamiento, además, tiende a explotar a los demás para su beneficio. 

Por último, la psicopatía comparte muchos rasgos con el trastorno de personalidad antisocial y describe a una persona con poca empatía, conexiones emocionales con los demás muy reducidas, impulsiva, y con tendencia a involucrarse en conductas imprudentes, lo que en ocasiones les lleva a cometer delitos. 

Aunque la Tríada Oscura y el autocontrol son ideas distintas, presentan puntos en común. Ambas encarnan a un individuo que tiene una regulación emocional y una conducta muy pobres, es egocéntrico y persigue el interés propio sin tener en cuenta a los demás; además, es una persona mentirosa y manipuladora, propensa a tener problemas de conducta. 

Hasta la fecha, hay varios estudios metaanalíticos que indican que la Tríada Oscura y el autocontrol están significativamente relacionados con una variedad de resultados antisociales y con distintas patologías de personalidad. 

Es importante señalar que, aunque el autocontrol y la Tríada Oscura se asocian constantemente, hay pocas investigaciones que hayan examinado estos dos conceptos de forma conjunta: tan sólo lo hicieron el 5% de los estudios encontrados por Miller en su metaanálisis de 2019 (citado en el artículo). 

Larson realizó en 2015 un análisis en el que se vio que casi el 60% de los participantes tenían un bajo nivel de narcisismo y un alto nivel de autocontrol y, por lo tanto, exhibían un funcionamiento normativo de su personalidad; sin embargo, un 6,4% de la muestra presentó un alto narcisismo y muy bajo autocontrol.

Esta parte de la muestra tenía un perfil psiquiátrico de riesgo, más posibilidades de abusar de sustancias y sufrir violencia. Además, también tenían más riesgo de cometer delitos como violencia en la pareja, crueldad hacia los animales, robo, agresión sexual.. 

El estudio, pues, mostró que existe, aparentemente, una tendencia al crimen cuando se presentan las características del narcisismo (que es una de las características de la Tríada Oscura) y el bajo autocontrol.

En este estudio, los autores investigan si el autocontrol media las relaciones entre la Tríada Oscura y algunos trastornos de conducta en una muestra de jóvenes portugueses. Al hacerlo, se examinaron los vínculos de la Tríada Oscura con el autocontrol y la criminalidad.

La muestra estuvo formada por 567 jóvenes de entre 14 y 18 años. Se utilizaron una serie de test y escalas validadas por la comunidad científica para examinar el autocontrol, la delincuencia, los trastornos de la conducta, entre otros. 

Los análisis mostraron que la psicopatía presentó el mayor impacto en términos de vínculos con el bajo autocontrol y la delincuencia juvenil, el trastorno de la conducta y la gravedad del delito. 

Esto es consistente con la reputación de la psicopatía como uno de los impulsores más importantes de la delincuencia. 

Los hallazgos también indicaron que el bajo autocontrol medió parcialmente la asociación entre psicopatía y maquiavelismo. 

Por otro lado, el narcisismo presentó poco o ningún efecto significativo directo sobre los resultados, e incluso presentó asociaciones negativas con el bajo autocontrol. Esto es consistente con estudios previos.

Dentro de las limitaciones del estudio hay que señalar que los datos se recopilaron a través de autoinformes y por eso debemos interpretarlos con cautela y confiar en que las investigaciones futuras van a emplear datos, lo más objetivos posible, para ahondar en estas cuestiones. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Could Expanding and Investing in First-Episode Psychosis Services Prevent Aggressive Behaviour and Violent Crime?” de Hodgins, S. (2022), en el que la autora realiza una revisión de literatura ya existente, sobre tratamientos que han recibido personas con esquizofrenia para tratar la conducta agresiva. 

La esquizofrenia es una enfermedad mental muy compleja y difícil de tratar, que causa sufrimiento a quien la padece y a sus seres queridos. 

Algunas personas que la desarrollan o la presentan, se involucran en conductas agresivas y, en ocasiones, delictivas.

La mayoría de estos individuos sufren un primer episodio de psicosis que marca un antes y un después, pero ya antes de este episodio suelen mostrar conductas con un cierto nivel de agresividad. 

Sin embargo, los servicios destinados a atender los primeros episodios de psicosis han mejorado la atención clínica de estas personas, al intervenir temprano en el curso de la enfermedad. Esto ayudaría también con la conducta violenta, ya que algunas personas con esquizofrenia tienen antecedentes de comportamientos violentos e incluso de comportamientos antisociales desde la infancia, por lo que tendrían mayores necesidades de tratamiento. 

Aún así, la realidad es que muchos servicios de atención al primer episodio de psicosis no tratan ni evalúan la conducta agresiva, por lo que los pacientes continúan manifestándola dentro y fuera de los servicios psiquiátricos. 

En muchas ocasiones, cuando esta conducta agresiva explota y alguien sale herido, el perpetrador es acusado de un delito violento. Algunas de estas personas son juzgadas como no responsables penalmente debido al trastorno mental que sufren, y son enviados a hospitales psiquiátricos forenses. Otros, son declarados culpables y sentenciados a prisión en un centro convencional

Es decir, los costes humanos de la incapacidad para identificar y tratar a estos pacientes cuando acuden por primera vez a los servicios clínicos son enormes. 

La literatura existente indica que los servicios de atención al primer episodio psicótico tienen el potencial de prevenir muchas manifestaciones de estas conductas agresivas y, por tanto, delitos violentos por parte de personas con esquizofrenia.

Esto reduciría el sufrimiento humano de pacientes y víctimas, así como los costes policiales, de los tribunales, centros penitenciarios y otros recursos de atención social, ayudando, además, a reducir el estigma contra las personas con enfermedades mentales. 

Existen evidencias que confirman que las personas con esquizofrenia son más propensas que sus pares de misma edad y sexo a participar en conductas agresivas (lo que, a su vez, puede dar lugar a acciones penales). Tienen un mayor riesgo de ser condenados por delitos no violentos, violentos, y, en especial, de ser condenados por homicidio. Sin embargo, los servicios de salud mental para personas con esquizofrenia no evalúan ni tratan las conductas agresivas. 

Un metaanálisis demostró que el 35% de las personas que se comunicaron con los servicios de atención al primer episodio de psicosis, habían cometido previamente al menos una agresión. 

Por ejemplo, un estudio con más de 200 personas tratadas por estos servicios, realizado en Reino Unido, demostró que un tercio de los hombres y un 10% de las mujeres habían sido condenados o declarados no culpables por enfermedad mental en al menos un delito violento. Es decir, parece que la mayoría de pacientes con esquizofrenia que muestra un comportamiento agresivo está, efectivamente, en mayor riesgo de delinquir. 

En general, entre los pacientes que presentan un primer episodio de psicosis y sufren esquizofrenia, existen dos grupos: uno de ellos son personas que tienen un largo historial de problemas de conducta violenta que a veces han podido terminar convirtiéndose en delitos, y por otro lado, están las personas que recientemente manifiestan este tipo de conducta agresiva. 

Otro dato significativo lo aporta un estudio realizado en Canadá, que informa de que la mayoría de personas declaradas no responsables penalmente debido a un trastorno mental, entre los años 2000 y 2005, fueron hombres con un diagnóstico de esquizofrenia que habían cometido un delito violento

Un metaanálisis mostró que, de los pacientes atendidos en clínicas de asistencia a primeros episodios de psicosis, un 29-38% consumían cannabis de forma regular. Otro metaanálisis encontró que, entre las personas con enfermedades mentales graves, el riesgo de actitudes violentas se incrementaba entre dos y cinco veces con el consumo de cannabis. Esto sugiere que es posible que estas personas sufran también algún trastorno de adicción. 

Por otro lado, los adultos con esquizofrenia muestran niveles más altos de victimización que sus vecinos, incluso después de ser conscientes de su propia criminalidad, y tienen también más riesgo de ser víctimas de homicidio. 

Se ha demostrado que, cuando se aplica tratamiento para estos pacientes que además de estar enfocado en la esquizofrenia también se enfoca en la conducta violenta, su estado de salud mental mejora y se reducen los episodios agresivos.

Por tanto, toda la evidencia disponible sugiere que identificar y tratar esta conducta, además de la psicosis, reduciría el sufrimiento de los pacientes, y los costos humanos y económicos secundarios. Además, promovería la seguridad de los pacientes y sus seres queridos y les ayudaría con su independencia y autonomía. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Personality Disorder Traits, Rorschach Performance, and Neuropsychological Functioning in the Case of a Serial Killer: The Importance of a Multilevel Approach in the Assessment of Personalities Associated with Extreme and Repetitive Violence”, de Schug, R. A. (2021), en el que el autor realiza un análisis multinivel, utilizando diferentes técnicas utilizadas por profesionales de la salud mental y forense, para conocer la personalidad de un asesino en serie. 

Los asesinos en serie se encuentran en el extremo más radical de la violencia y por ello llaman nuestra atención, porque pueden representar algunas de las formas más graves de trastornos de la personalidad

Por este motivo, los investigadores señalan continuamente la necesidad de evaluar de forma correcta las características de la personalidad que pueden ser exclusivas de los asesinos en serie, ya que se ha visto en estudios previos que existen ciertos rasgos que parecen repetirse en estos casos y pueden actuar como claves para la investigación. 

Algunos de los estudios enfocados en esta idea, utilizan como herramienta los autoinformes de los propios asesinos en serie o exámenes sobre la presencia de trastornos de personalidad. Esto nos ha proporcionado datos muy útiles, pero ¿qué otras técnicas se podrían utilizar?

Tenemos, por ejemplo, el test de Rorschach, que se ha utilizado para intentar dilucidar el funcionamiento psicológico y la personalidad de aquellos que matan. Cuando se ha utilizado con asesinos y agresores sexuales, ha indicado alteraciones de la personalidad y del funcionamiento psicológico en varias áreas, como la capacidad de comprometerse, el procesamiento cognitivo, la percepción, el estrés y la angustia… 

También existen los estudios neurobiológicos de la violencia, que pueden explicar cómo un individuo es capaz de perpetrar múltiples asesinatos, pero necesariamente tienen que ser complementados con algún tipo de herramienta para estudiar la personalidad.

Los investigadores, a partir del siglo XX, empezaron a proponer conceptualizaciones de la personalidad “en capas”, cada una de las cuales representaba diferentes niveles de conciencia y de accesibilidad. 

Leary fue uno de los que apoyaba esta teoría, y propuso cinco niveles en la dimensión de la personalidad: 1) la comunicación pública, 2) las descripciones conscientes, 3) la simbolización privada, 4) el inconsciente no expresado y 5) los valores.

Desde entonces, los investigadores contemporáneos han ido ampliando estos conceptos con estudios empíricos. Por ejemplo, McAdams enfatizó la importancia de estudiar la organización e integración de la personalidad, destacando la teoría de las múltiples capas de información. 

Teniendo todo esto en cuenta, parece lógico que se puedan combinar las herramientas que hemos mencionado antes para realizar análisis multinivel de la personalidad. Esto es precisamente lo que intenta conseguir el autor de este artículo: evaluar de forma integradora la personalidad de un asesino en serie, utilizando un caso real. 

El protagonista del caso era un hombre de 66 años que se encontraba cumpliendo condena en el momento de redacción del artículo. Se le realizaron una serie de entrevistas telefónicas y visitas presenciales a la cárcel. 

Primero se recopilaron datos básicos sobre su vida, especialmente su infancia y juventud. Por ejemplo, describió a su padre como bueno, aunque borracho; de su madre prácticamente no habló, además, ninguno de los dos era especialmente afectuoso con él. También recordaba conflictos verbales y físicos entre ellos. No sufrió abusos sexuales, pero sí físicos, por parte de sus padres. Consumía alcohol desde los 12 años de forma ocasional, pero no otras sustancias. En principio, no manifestaba ninguna enfermedad mental. Mató a ocho mujeres desde los 34 a los 39 años, todas fueron asfixiadas. Parecía haber algún componente sexual en sus crímenes, pero no estaba claro. 

Cuando se le pasaron diversos test de personalidad, cumplió con todos los criterios de diagnóstico para el trastorno de la personalidad antisocial (por ejemplo, aparecía en él un patrón generalizado de desprecio y violación de los derechos de los demás). 

Además, cumplió con la mayoría de criterios del trastorno de personalidad narcisista (grandiosidad, falta de empatía, arrogancia…), con algunos del trastorno esquizoide (no disfruta ni desea relaciones cercanas, elige actividades solitarias, no tiene interés por experiencias sexuales con los demás…) y del trastorno obsesivo compulsivo (dedicación excesiva al trabajo, renuencia a delegar el trabajo a menos que otros se sometan a su forma exacta de hacer las cosas, rigidez, terquedad…) y una gran dificultad de control de la ira

El test de Rorschach sugirió una actitud defensiva ante la vida, esfuerzo por complacer a los demás y límites psicológicos deficientes. Además, sus respuestas indicaron evitación emocional, una reactividad emocional muy limitada y una preferencia por la reflexión y la razón, lo que el autor tradujo en una preferencia por “vivir en su cabeza” y no “vivir en la realidad”. 

El análisis multinivel proporcionó, como vemos, muchas claves para conocer la personalidad del sujeto. Todo esto deja ver que los métodos de evaluación utilizados, combinados, podrían reportar beneficios para el diagnóstico. 

Los autores mencionan, como directriz para el futuro, que se deben mejorar estos métodos, y averiguar cuál es la forma más adecuada de combinar las diferentes herramientas. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Juvenile Homicide Offenders Look Back 35 years later: Reasons They Were Involved In Murder” de Heide, K. M. (2020), en el que la autora realiza una serie de entrevistas con personas que, en su juventud, fueron encarceladas por cometer asesinatos, para investigar cuáles son las causas que les llevaron a ello, según la opinión de los propios ex delincuentes.

El homicidio cometido por jóvenes y el trato posterior de la justicia con éstos, ha sido un tema controvertido y al que los expertos le han prestado atención especialmente desde el pasado siglo.

Cuando los jóvenes se involucran en delitos violentos, especialmente asesinatos, la sociedad se pregunta por qué y qué se debe hacer con ellos.

En el contexto de Estados Unidos hay dos períodos en los que los asesinatos cometidos por menores aumentaron. El primero se dio entre 1960 y 1975, cuando los arrestos a menores por asesinato y homicidio aumentaron un 200%. La segunda etapa se dio entre 1984 y 1993, donde los arrestos a menores pasaron de ser 1.004 a 3.284. Además, de estos arrestos, el porcentaje de homicidios pasó del 7,3% al 16,2%.

Este aumento significativo en la participación de menores en asesinatos ocurrió, además, en un momento en que la población juvenil estaba disminuyendo.

Los expertos advirtieron a la nación que esperara una ola de jóvenes superdepredadores y pronosticó que habría una escalada continua en los asesinatos de menores en los próximos años.

En respuesta a este fenómeno, en Estados Unidos se aprobaron una serie de leyes a finales de los años 80 y durante los años 90 que facilitaban la transferencia de menores involucrados en delitos graves como el asesinato, a la corte de adultos.

Los menores condenados en el sistema de justicia penal para adultos durante ese período, al igual que éstos, estaban sujetos a la pena de muerte, cadena perpetua sin libertad condicional y largas penas de prisión.

En el siglo XXI, los tribunales de Estados Unidos reconocieron que los menores tienen un desarrollo diferente al de los adultos. Debido a que sus cerebros no están completamente desarrollados, están menos equipados para evaluar situaciones de forma crítica y tienden a ser más impulsivos. También son más vulnerables a la presión de sus compañeros y tienen una capacidad limitada para librarse de entornos desfavorables en sus hogares o sus barrios.

Algunos expertos investigaron qué ocurría con estos jóvenes una vez que unos años habían pasado desde el crimen cometido. Los que habían salido de prisión ¿habían reincidido? Los que no habían salido ¿habían reincidido dentro de prisión?

Vries y Liem realizaron un seguimiento a 137 jóvenes condenados por homicidio que ingresaron en centros de menores en los Países Bajos. El seguimiento se realizó durante un período entre 1 y 16 años. El 59% fue condenado de nuevo por otros delitos, entre ellos, más asesinatos.

Estos autores consideraron que la edad del primer arresto, la edad en el momento del homicidio, la cantidad de delitos anteriores y las relaciones con amigos delincuentes, eran factores predictivos significativos.

Para analizar la reincidencia, las impresiones con respecto a sus crímenes y otros factores, la autora decidió llevar a cabo una serie de entrevistas con personas que formaban parte de la muestra de uno de los estudios de Heide.

Heide realizó cinco estudios de seguimiento de un grupo de jóvenes masculinos condenados por asesinato, intento de asesinato u homicidio. Estos jóvenes habían sido juzgados en tribunales para adultos con las consecuentes penas.

En el momento de redacción de este artículo, estos jóvenes contaban ya con algo más de 50 años, ya que habían pasado 35 años desde el primer estudio. Se les realizaron entrevistas semiestructuradas con preguntas abiertas y cerradas acerca de sus experiencias en prisión, sus experiencias posteriores a su liberación, la reincidencia, y se les preguntó cuáles creían que eran las razones por las que se habían metido en problemas.

Un factor se destacó como la razón más importante. El 70% de los participantes identificaron la presión de los amigos como el factor con mayor influencia en su participación delictiva. Más del 50% dijeron que los factores más importantes fue la adicción a las drogas, además de convivir con el crimen diariamente en sus barrios.

Esto es coherente con la teoría subcultural y la teoría de la desorganización social.

Sólo un tercio de los entrevistados dijeron que actuaron de forma impulsiva. Debemos recordar que la impulsividad es un rasgo muy significativo de la psicopatía y un factor principal en la teoría del autocontrol del crimen, que a veces también se denomina teoría general del crimen.

Dentro de las limitaciones del estudio, los autores señalan que se debería reducir el periodo de seguimiento, ya que algunos sujetos que participaron en el estudio original ya habían muerto cuando se realizaron estas entrevistas.

Proponen disuadir a los jóvenes rehabilitados de regresar a sus antiguos barrios, particularmente si sus hogares se encontraban en comunidades donde el crimen era común. También se recomienda que no se asocien con sus viejos amigos si éstos continúan en este ambiente.

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