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Paula Atienza

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Does she kill like he kills? Comparison of homicides committed by women with homicides committed by men in Spain” de Santos-Hermoso, J.; Quintana-Touza, J. M.; Medina-Bueno, Z. y Gómez-Colino, M. R. (2021), en el que los autores realizan un análisis de las diferencias entre cómo matan las mujeres y cómo matan los hombres.

Los estudios sobre las conductas delictivas han mostrado que la mayoría de los delitos, especialmente los violentos, son cometidos por hombres.

En el contexto español, la tasa media de delincuencia de los hombres entre los años 2010 y 2018 fue cinco veces superior a la de las mujeres.

A pesar de las diferencias que refleja este dato, a lo largo de los últimos 20 años se ha registrado un aumento constante del número de mujeres condenadas por delitos violentos. Y no sólo en España; de hecho, Finlandia constató un aumento de los homicidios cometidos por mujeres entre 1995 y 2004.

Si bien el estudio de mujeres como víctimas de homicidio ha sido ampliamente estudiado, no ocurre lo mismo si pensamos en ellas como victimarias. Esto es así, principalmente, por el bajo nivel de prevalencia de mujeres asesinas. Y dentro del grupo de investigaciones sobre mujeres homicidas, aún hay menos que analicen los homicidios cometidos por ellas fuera del ámbito familia.

Pero ¿qué sabemos hasta ahora? Pues bien, una de las principales conclusiones extraídas de estos estudios comparativos, es que las mujeres matan principalmente a miembros de su familia, mientras que los hombres tienden a matar a conocidos y extraños.

En cuanto al género de las víctimas, la mayoría de los estudios muestran que tanto hombres como mujeres, prefieren a estas últimas.

Por otro lado, parece ser que las víctimas de corta edad tienden a asociarse con mujeres, principalmente por la implicación de estas en los casos de filicidio.

Con respecto a las características de los agresores, la literatura habla de que las mujeres tienden a estar casadas o en pareja y conviven con otras personas, mientras que los hombres suelen ser solteros y vivir solos. Otro dato sería que ellos suelen tener más antecedentes penales que ellas.

Sobre el consumo de alcohol y drogas, también es más probable que los hombres hayan consumido alguna sustancia, mientras que, con respecto a enfermedades mentales, es más probable que sean ellas las que tengan un diagnóstico previo.

Los hombres matan en escenarios públicos y al aire libre, mientras que las mujeres lo hacen en espacios cerrados, como los hogares. Ellos, además, usan armas de fuego en mayor medida, y ellas tienden a utilizar la asfixia o las armas blancas.

Con estos datos de trabajos anteriores, los autores realizan un estudio con la intención de profundizar en las diferencias entre unos y otros homicidios, pero sin limitarse a un ámbito específico como pueden ser los casos de pareja o los filicidios.

Para ello, analizan casos que corresponden a 577 homicidios resueltos por la Guardia Civil española entre 2013 y 2018 (un 95,5% del total de los casos registrados en esos años).

¿Cuáles fueron los resultados obtenidos?

En primer lugar, hay que señalar que las mujeres perpetradoras constituyeron un 9,8% del total de los perpetradores analizados. De este porcentaje, 3 de cada 4 fueron cometidos por mujeres en el ámbito familiar, destacando los casos de filicidio.

Con respecto al género de las víctimas, sorprendentemente se observó que las mujeres matan predominantemente a hombres, y no a mujeres como se creía; mientras que en los hombres ocurre al contrario. Las mujeres también preferirían a personas jóvenes, por lo que en aquellos casos en los que la víctima es un hombre joven, es más probable que el homicidio lo haya cometido una mujer.

En cuanto al perfil psicosocial, las mujeres asesinan a víctimas que pueden ser consideradas vulnerables, ya sea por lo que acabamos de comentar sobre la juventud, o por el hecho de que estas víctimas puedan exhibir algún tipo de enfermedad o dificultad mental en mayor medida que las víctimas de los hombres.

Sobre los perpetradores, la información que arrojan los autores es que las mujeres son, de media, algo mayores que los hombres, pero la diferencia no es significativa.

Un hallazgo importante que confirma conclusiones de otras investigaciones es que, en mayor medida que los hombres, las mujeres tienden a presentar o estar diagnosticadas con trastornos mentales en momento del incidente. Por otro lado, los hombres están más frecuentemente bajo la influencia de sustancias.

Un hallazgo interesante que las mujeres tienden a cometer los homicidios durante la tarde. No suelen llevarlos a cabo en presencia de testigos, probablemente porque ya hemos visto que prefieren espacios cerrados.

Además, tal y como sugerían otras investigaciones, parece ser que las mujeres tienden a desplazar los cuerpos. Esto puede explicarse porque la mayoría de sus víctimas son familiares y pueden optar por el desplazamiento del cuerpo como método de desvinculación; por otro lado, dado que las víctimas menores de edad están asociadas a las mujeres, sus cuerpos son más sencillos de mover.

Parece que existe consenso en que las armas de fuego son utilizadas principalmente por hombres y los métodos de asfixia por mujeres. De los 100 casos del estudio en los que se utilizaron armas de fuego, sólo 1 involucró a una mujer agresora.

En términos de los comportamientos de los perpetradores posteriores al homicidio, los estudios sugieren que las mujeres permanecen en la escena y tienden a confesar con mayor frecuencia que los hombres.

Este estudio proporciona una base interesante sobre la que seguir investigando las diferencias entre los homicidios cometidos por hombres y los cometidos por mujeres. Si bien una limitación existente podría ser que, sabemos que las mujeres cometen principalmente los homicidios en el ámbito familiar, ¿pero existen diferencias entre los homicidios familiares cometidos por mujeres y hombres?

Por otro lado, aún es necesario desarrollar estudios que incluyan el análisis de otras variables, como si existe o no relación previa entre víctima y victimario.

Los autores señalan este punto como una idea de la que pueden partir investigaciones futuras.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Drug dealing and drug use prevention – a qualitative interview study of authorities’ perspectives on two open drug scenes in Stockholm”, de Feltmann, K.; Gripenberg, J.; Strandberg, A. K.; Elgán, T. H. y Kvillemo, P. (2021), en el que los autores realizan unas entrevistas a expertos para comprobar su opinión sobre el tráfico de drogas y cómo prevenirlo en el contexto sueco.

El uso de drogas ilícitas causa sufrimiento individual pero también costos sociales, por sus propiedades adictivas y por lo sencillo que es adquirirlas.

Están disponibles a través de diversas fuentes, como Internet, redes sociales, contactos personales e incluso lugares públicos en áreas urbanas, los llamados escenarios abiertos de drogas.

Estos últimos brindan una oportunidad para comprar y vender de forma relativamente anónima, ya que el alcance de las ventas no se puede rastrear a lo largo del tiempo de la misma forma que las transacciones online.

Además, son puntos de encuentro para personas socialmente marginadas, lo que podría hacer que éstas se iniciasen o aumentasen su consumo y dependencia de las drogas, con resultados fatales.

Las escenas abiertas de drogas también causan molestias a las personas no usuarias, ya que a menudo son foco de acoso, violencia o delitos, lo que las convierte no solo en un problema de salud pública sino también de disturbios.

Por todo ello, en los últimos 50 años se han desarrollado y utilizado diversas estrategias en Europa para frenar y prevenir los efectos del tráfico y consumo de drogas. Han variado desde estrategias preventivas que involucran a la ley, hasta estrategias correctivas, más dirigidas a las intervenciones sociales y sanitarias.

Debido a la complejidad del problema, se cree que el sistema más eficaz es una combinación de medidas de prevención, aplicación, reducción de daños y tratamiento implementadas a través de la cooperación estructurada entre diferentes partes interesadas.

En el contexto de Suecia, que es en el que se desarrolla esta investigación, la estrategia para combatir las drogas ilícitas se centra en gran medida en la protección de los jóvenes o marginados.

Los autores se preguntan cómo las diferentes autoridades describen la naturaleza de dos escenarios abiertos concretos de Estocolmo, y cuáles creen que son elementos facilitadores y cuáles barreras para implementar programas de prevención. Estos escenarios abiertos fueron uno en el centro de la ciudad y otro en las afueras.

El equipo de investigación realizó entrevistas telefónicas semiestructuradas con personas cuyo trabajo se centra en las escenas mencionadas.

¿Quiénes fueron estas personas? Profesionales de organizaciones involucradas en el trabajo en los escenarios de drogas seleccionados y que forman parte de las autoridades. El grupo final fue de 21 personas, incluyendo agentes de policía, trabajadores sociales, funcionarios municipales, entre otros.

Según los informantes, el consumo de drogas se produce tanto en la escena suburbana como en la central, aunque hay una mayor presencia policial en la escena central y esto parece haber disminuido el consumo público.

Uno de los informantes comentó que el consumo abierto de drogas en el escenario suburbano, es menos común debido a las drogas que se comercializan, principalmente cannabis y cocaína.

Ambos lugares son de conocimiento público. En la escena central, cualquier persona puede obtener fácilmente productos desde el cannabis hasta benzodiacepinas o heroína.

Además del tráfico de drogas, ambos escenarios se caracterizan por otras actividades delictivas como violencia o amenazas de violencia, robo y hurto, principalmente carteristas y hurtos. Los dueños de tiendas y restaurantes, así como el personal de seguridad en la escena suburbana, estarían amenazados.

Con respecto al control ejercido en la zona, los policías uniformados ejercen uno de tipo formal, manteniendo el orden, interviniendo cuando surgen discusiones o violencia entre grupos criminales, previniendo el narcotráfico y otros delitos.

El control informal lo ejercerían los transeúntes, pero rara vez la gente se detiene en la escena. Para aumentar el control informal y compensar la escasez de control formal, se llevó a cabo un programa con actividades culturales durante 2018 que contribuyó a reducir el tráfico de drogas y los problemas relacionados.

Para prevenir el desarrollo de un trastorno por uso de sustancias entre los jóvenes, los agentes de policía y trabajadores sociales se acercan a los adolescentes en las escenas e intentan persuadirlos para que no pasen tiempo en las plazas y acepten ayuda si es necesario.

Los trabajadores sociales también visitan escuelas para presentarse y ofrecer apoyo a los estudiantes.

Varios informantes destacaron factores socioeconómicos que contribuyen al reclutamiento de personas para el tráfico de drogas, lo que influye en la magnitud del problema a tratar. El nivel socioeconómico bajo que caracteriza al escenario suburbano conlleva altas tasas de desempleo, lo que puede convertirse en el primer paso para el reclutamiento de jóvenes a redes criminales. Para evitar esto, se necesitan oportunidades de educación y trabajo y actividades organizadas de tiempo libre.

Los autores señalan como limitación el contexto sueco, ya que es posible que los resultados de la investigación no puedan aplicarse a otros países fuera de Europa.

Comentan que para obtener una comprensión más profunda de la prevención eficaz del tráfico de drogas, es necesario realizar estudios que combinen datos cualitativos y cuantitativos a largo plazo.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Is criminal expertise a feature of unsolved sexual assault involving theft?” de Reale, K. S.; Bauregard, E. y Chopin, J. (2021), en el que los autores estudian el papel de la experiencia criminal en la resolución de casos de agresiones sexuales con robos.

 Las agresiones sexuales son uno de los delitos violentos más comunes, pero también uno de los menos denunciados.

Incluso cuando se denuncian, las tasas de enjuiciamiento por ellos se encuentran entre las más bajas en comparación con otros delitos violentos.  Además, sólo una minoría de delitos sexuales tiene sospechosos concluyentes.

A pesar de estos problemas, ha habido poca información empírica sobre qué factores influyen en la capacidad de solución en la agresión sexual, ya que la mayoría de estudios se han centrado en factores que ayuden a resolver homicidios.

Sin embargo, sí hay algunos estudios que han demostrado, en el ámbito de las agresiones sexuales, que hay delincuentes profesionales diferenciados de los novatos porque han desarrollado un conocimiento y habilidades orientadas a la detección que hacen sus casos más particulares.

Y aunque es un primer esbozo, en realidad no se ha estudiado si esta experiencia tiene relación real con la resolución de casos. Es precisamente este vacío el que pretende llenar este estudio.

Pero, ¿qué es la pericia criminal? En delitos sexuales, se refiere a un delincuente que ha desarrollado habilidades relacionadas con el crimen y utiliza un modus operandi sofisticado que implica la evitación de la detección.

Algunos expertos han sugerido que hay delincuentes sexuales que, teniendo múltiples víctimas, y permaneciendo en el anonimato durante largos periodos de tiempo, terminarán desarrollando experiencia criminal que implicará aprender las habilidades y conocimientos necesarios para funcionar bien en un dominio en particular.

Esta perspectiva nos sugiere que los delincuentes que poseen esta característica, en principio tendrían más éxito cuando cometen crímenes e intentan evitar ser detectados.

Los autores se proponen estudiar esta posibilidad. Para ello, realizaron una investigación en la que todos los casos de la muestra son de agresión sexual en los que las víctimas son desconocidas (porque son los casos más difíciles de resolver) y víctimas en el mismo momento de robo de artículos personales.

El robo de artículos fetiche, en particular, puede ser un marcador de un delincuente parafílico con una importante peligrosidad sexual. También puede asociarse con una escalada en los delitos cometidos.

Fueron un total de 1041 casos analizados, obtenidos de una base de datos de la policía nacional de Francia con delitos registrados desde 1991 hasta 2018.

Los hallazgos sugirieron que el indicador conductual de la experiencia no es una característica relevante de los delitos sexuales no resueltos en la muestra estudiada. Es decir, no parece que los casos de agresión sexual no detectados puedan utilizarse como una estimación de los delincuentes expertos. Sin embargo, hubo más resultados interesantes.

Se encontró que el número de violaciones o actos sexuales cometidas por el delincuente, y el semen encontrado en la escena del crimen, sí se asociaban significativamente con la resolución del caso. Cuanto más contacto hay con la víctima, hay más probabilidades de ser detenido.

La única variable del delito asociada con el estado de un caso no resuelto era cuando se robaban artículos fetiche, en comparación con el robo de artículos valiosos.

No se puede excluir la posibilidad de que esto se relacione simplemente con que los artículos valiosos son más rastreables y, por tanto, ofrezcan un medio alternativo para que la policía identifique al sospechoso cuando no haya pruebas.

También es posible plantear la hipótesis de que los artículos fetiche son robados por delincuentes que pasan menos tiempo con la víctima o cometen actos menos intrusivos y, por tanto, dejan menos evidencia forense.

El análisis demostró que aquellos que roban artículos fetiche a sus víctimas, con menos frecuencia cometen actos de perpetración sexual. Por tanto, es posible que este tipo de delincuente sea también el más experto porque prioriza el robo sobre actos que tienen un mayor riesgo.

Este tipo de robo está también relacionado con la escalada de delitos, por lo que eventualmente se puede alcanzar una agresión sexual o asesinato.

Es decir, existe un vínculo entre el robo de fetiches y la escalada de delitos sexuales que puede reflejar un subgrupo particularmente importante de delincuentes no detectados.

En cuanto a las limitaciones del estudio, los autores señalan que sólo se investigaron agresiones sexuales con robo, y los resultados pueden no ser generalizables a otros tipos de agresiones sexuales. Además, sólo se examinó la experiencia criminal en violación de extraños.

Comentan que las investigaciones futuras deberían intentar replicar estos hallazgos en otros delitos sexuales e incluir información cualitativa más detallada relacionada con la experiencia del delincuente.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Deadly violence in Sweden: profiling offenders through a latent class analysis” de Khoshnood, A.; Ohlsson, H.; Sundquist, J. y Sundquist, K. (2020), en el que los autores dan unas nociones acercad el perfil criminal del delincuente sueco.

El homicidio y el asesinato son dos de los delitos más graves que se pueden observar en cualquier ordenamiento jurídico. Incluso la tentativa de homicidio se une a ellos, causando daños irreparables a las víctimas y a toda la sociedad.

A partir de 2015-2016, se ha visto aumentada la tasa de estos delitos en países de Europa occidental, como Suecia, que ha sido testigo de problemas crecientes con la violencia relacionada con armas de fuego y explosivos.

Esto nos llama la atención, debido a las políticas restrictivas con respecto a las armas de fuego que imperan en la mayoría del territorio de la Comunidad Europea.

Un estudio recientemente publicado mostró que la violencia letal ha sido más que duplicada en Suecia en comparación con 2012, que fue cuando la tasa de esta violencia fue mínima.

El 35% de estos homicidios se llevaron a cabo con armas de fuego y fue perpetrado por hombres de entre 15 y 29 años.

Por tanto, teniendo en cuenta esta tendencia creciente de la violencia mortal en Suecia, y que es el país con el porcentaje más alto en Europa occidental de homicidios relacionados con armas de fuego entre hombres jóvenes, es de vital importancia obtener más conocimiento sobre los delincuentes que perpetran este tipo de crímenes.

La identificación de las características comunes de los delincuentes para delitos violentos como los homicidios se pueden utilizar en la prevención de éstos y en la evaluación de riesgos.

Además, esta información ampliaría nuestra comprensión de qué personas pueden estar en riesgo de cometer delitos violentos, y contribuir a un mayor conocimiento sobre qué factores pueden ser de protección o perjudiciales para ellas.

Hasta ahora, solo unos pocos estudios sobre las características de los delincuentes y sus crímenes se basaron en personas suecas. Y si queremos estudiar al delincuente sueco, este tipo de datos son esenciales.  Además, esos estudios se limitaron a investigar muestras pequeñas o solo un tipo de delito violento.

Los autores intentan subsanar estas limitaciones identificando clases de individuos que cometieron homicidios o intentos de homicidios, incluso conspiración o preparación, en el contexto sueco.

Para ello, utilizaron información del Registro Sueco de Delitos y del Registro Sueco de Sospechosos Penales. Incluyeron a personas de entre 15 y 60 años de edad, condenadas y/o sospechosas de homicidio entre 2000 y 2015.

Además, se agregó información sobre criminalidad previa, abuso de sustancias y trastornos psiquiátricos.

Se contó con un total de 14.466 individuos. Más del 80% de ellos eran hombres, y la gran mayoría de nacionalidad sueca, aunque existía una proporción importante de inmigrantes de primera y segunda generación.

En cuanto a los resultados, aparece la siguiente información.

El modus operandi más común para el homicidio fue el uso de armas de fuego (42%) y más de la mitad de las personas incluidas habían sido condenadas previamente por delitos contra la propiedad (53%).

Un poco mas de la quinta parte de los individuos incluidos (23%) tenían un transtorno psiquiátrico y una gran proporción tenía problemas de alcohol (23%) o de abuso de sustancias (42%).

Una parte importante de las personas tenía un nivel educativo bajo (41%) y cerca de un tercio había recibido asistencia social recientemente (32,4%).

Con respecto al coeficiente intelectual, su resiliencia y rendimiento escolar, no se tuvieron datos para todos los sujetos, si bien aquellos para quienes sí existían mostraron valores bajos en las tres variables.

La mayoría de personas pertenecía a una clase socioeconómica baja.

Además, se vio cómo una historia previa de delitos es un factor de riesgo, tanto para la reincidencia como para cometer otro tipo de delitos. Esto se debe a que los delitos violentos aumentan el riesgo de seguir cometiendo delitos violentos, cuya intensidad va aumentando.

A diferencia de estudios internacionales, las personas de este estudio tenían una media de 39 años. Los delitos violentos graves suelen ser cometidos por jóvenes, con un promedio de 30 años. Por tanto, es un dato que consideramos se debe tener en cuenta.

Los resultados obtenidos son considerados consistentes para el contexto sueco debido a la gran muestra y la objetividad de los datos.

Son particularmente importantes para las autoridades policiales pertinentes y la organización de inteligencia de la policía, que pueden utilizar los hallazgos para crear mejores perfiles de delincuentes. Además, puede ser información de interés para centros penitenciarios y de libertad condicional, y pueden ser útiles para identificar y prevenir procesos que conducen a la violencia mortal.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Characteristics of persons accused of intimate partner homicide amongst forensic psychiatric observations”, de Valabdass, S. N.; Subramaney, U. y Edge, A. (2021), en el que los autores realizan un estudio para intentar obtener un perfil criminal de acusados de violencia íntima en la pareja que se encuentran en centros psiquiátricos a la espera de juicio.

La violencia dentro de la pareja es un tema que hemos tratado previamente en otros post y ya sabemos que es un problema con una gran dimensión que debe ser abordado con urgencia.

El homicidio dentro de la pareja se define como el asesinato intencional de la pareja actual o anterior, y dentro de la violencia en este ámbito se considera la forma más extrema. Estos homicidios pueden involucrar cónyuges, parejas actuales o que ya no lo son, parejas homosexuales y víctimas tanto masculinas como femeninas (en este caso, hablamos de violencia de género).

En un estudio global realizado en más de 66 países se encontró que el 13,5% de todos los homicidios, y el 38,6% de aquellos en los que las víctimas eran mujeres, fueron cometidos por las parejas íntimas de estas.

Un estudio en el contexto nacional de los autores, Sudáfrica, reveló que entre 1999 y 2009, aproximadamente el 50% de las víctimas de asesinatos u homicidios habían muerto a manos de sus parejas.

 Por tanto, es un fenómeno de especial importancia que debemos estudiar para mejorar en su prevención.

Existen algunas lagunas, aún a día de hoy, con respecto al perfil criminal de los acusados y las características del delito en aquellos casos de violencia en la pareja que son remitidos a observación psiquiátrica forense.

Esto es, casos de violencia en la pareja en los que se ha considerado que el victimario no era responsable penalmente o era inimputable debido a ciertas características.

El objetivo de este estudio es describir el perfil sociodemográfico, clínico y forense de los acusados remitidos a observación psiquiátrica forense. Además, los autores examinaron las características de los delitos.

El estudio consistió en una revisión retrospectiva de los expedientes de los acusados por homicidio o intento de homicidio en el contexto de la pareja que encontraban internados en un hospital psiquiátrico de Sudáfrica. Se tuvieron en cuenta los datos desde el 1 de enero del 2000 hasta el 31 de diciembre de 2018.

La muestra incluyó únicamente a mayores de edad, de ambos sexos. Fueron un total de 145 hombres y 18 mujeres. 33 de ellos tenían una enfermedad psiquiátrica previa y 108 admitieron consumir sustancias como alcohol y cannabis con cierta frecuencia. Además, el 26% de los acusados fueron victimarios anteriores de violencia de género.

Con respecto a las características del delito, se obtuvieron datos muy interesantes.

Por ejemplo, la gran mayoría de las víctimas eran el cónyuge o pareja actual del acusado. El apuñalamiento con cuchillo era el método homicida más común, seguido del disparo.

La mayoría de delitos ocurrieron en la residencia, o bien de la víctima o bien del victimario, habiendo casos en los que ambos la compartían.

El 69% de los acusados informó de no haber consumido ninguna sustancia en el momento del delito.

Además, hubo quienes señalaron motivos para cometer estos delitos. Los más comunes fueron rabia, infidelidad y separación.

Con respecto a la observación psiquiátrica, se vio que el 18% tenía un trastorno por consumo de sustancias; el 15%, uno depresivo mayor; el 9% tenía un trastorno del estado de ánimo; el 3%, demencia y un 1% contaba con algún tipo de retraso mental.

En general, se consideró que la muestra era más apta para ser juzgada que para no ser juzgada, así como que había muchos más acusados responsables penalmente que no responsables.

También se descubrió que el género es un factor de predicción significativo de ambas cosas: la aptitud para ser juzgado y la responsabilidad penal.

Esto es, los hombres tenían más probabilidades de ser considerados aptos y responsables, mientras que ocurría lo contrario con las mujeres.

La presencia de un diagnóstico psiquiátrico en el momento de la comisión del delito, se asoció significativamente con estos dos puntos. Tener una psicopatología como un trastorno psicótico o demencia en el momento de la infracción, hizo que fuera más probable que los acusados fueran considerados inadecuados para ser juzgados y no responsables penalmente.

Además, la literatura sugiere que el trauma infantil juega un papel muy importante. El trauma puede incluir abuso físico y/o sexual o presenciar violencia. Sin embargo, solo un 10% de la muestra refirió haber experimentado traumas infantiles. Existe la posibilidad de que los sujetos no hayan informado de haberlo experimentado o que los evaluadores no hayan indagado lo suficiente sobre esta posibilidad.

Al igual que la mayoría de estudios, este presenta limitaciones. Una de ellas es que por la propia naturaleza retrospectiva de éste, es posible que los datos no siempre estén completos y haya información inexacta o imprecisa.

Los autores señalan la necesidad de seguir ahondando en el tema, especialmente en el contexto de Sudáfrica en el que se encuentran, ya que existe muy poca investigación en él sobre el fenómeno.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Pathological risk-propensity typifies Mafia members’ cognitive profile” de Salvato, G.; Fiorina, M. L.; De Maio, G.; Francescon, E.; Ovadia, D.; Bernardelli, L.; Santosuosso, A.; Paulesu, E. y Bottini, G. (2020), en el que los autores estudian si existen diferencias entre los perfiles cognitivos de los miembros de bandas de crimen organizado y aquellos delincuentes que actúan en solitario.

 El crimen organizado es un asunto que preocupa a nivel mundial, a cuya comprensión y prevención se invierten cada vez más recursos y esfuerzos.

Gran parte de la prevención se basa en las maneras de detectarlo de forma pronta para poder evitarlo o minimizar sus consecuencias.

Por otro lado, respecto a la comprensión del fenómeno, sabemos ya algunas cosas. Por ejemplo, sabemos que son organizaciones muy estables con una compleja estructura jerárquica que se rige por unas normas muy estrictas.

Los integrantes más recientes, deben dejar atrás su identidad para adoptar una nueva. Sus actividades delictivas, así como su vida privada, están reguladas por códigos de conducta que prácticamente podrían llamarse mandamientos. Estas normas construyen una identidad colectiva a la que los miembros se adhieren, creando una fuerte cohesión.

Se sabe que el grupo empuja a los individuos a llevar a cabo conductas arriesgadas. Los autores sugieren dos explicaciones para esto.

Primero, la responsabilidad compartida por el grupo. Esto significaría que las decisiones arriesgadas serían percibidas por los individuos como más asequibles.

Segundo, existe una persuasión, dirigida a perpetrar estas conductas de riesgo, que sería ejercida por los individuos que son más influyentes en y para el grupo.

Además, entienden que esto pueda ocurrir también como una forma de mantener el estatus conseguido dentro del grupo, o de acercarse al que se pretende alcanzar.

Estas y otras características distinguen la delincuencia organizada del crimen ordinario, tanto desde una perspectiva jurídica como social.

Los autores se preguntan, pues, si existen también diferencias entre los delincuentes de uno y otro tipo a nivel conductual.

Hacen una suposición: es posible que las características distintivas, si las hay, procedan de variaciones cognitivas en las funciones ejecutivas del lóbulo frontal.

Esta idea procede de otros estudios previos, que han demostrado que ciertas disfunciones ejecutivas de este tipo predicen conductas delictivas específicas.

Sin embargo, hasta ahora se desconoce si existe un patrón característico de los miembros de organizaciones criminales.

Para dar respuesta a estas y otras cuestiones, los autores decidieron llevar a cabo un experimento en el que contaron con 50 convictos que cumplían condena por crimen organizado y a 50 delincuentes comunes.

Además, se creó un grupo de control formado por personas sin historial delictivo para comparar.

Se les pasaron unos tests sobre capacidades cognitivas, depresión, ansiedad y psicopatía, entre otros.

Los resultados obtenidos arrojaron ideas muy interesantes. En primer lugar, que efectivamente, la afiliación a grupos tan dominantes como las mafias influye en el comportamiento de sus miembros dentro y fuera de sus actividades profesionales.

 Esto sería consistente con estudios de psicología social que muestran que las dinámicas de grupo modulan el comportamiento individual en general.

Esta sería la primera diferencia entre los dos tipos de delincuentes mencionados, ya que las personas con una fuerte sensación de pertenencia a un grupo se comportarían de forma distinta que aquellas que se perciben a sí mismas como individuos solitarios.

Con respecto al perfil cognitivo, el estudio muestra que los miembros de bandas de crímenes organizados parecen tener más probabilidades de mostrar una propensión al riesgo patológico en comparación con los delincuentes comunes.

No nos sorprende, sabiendo que la pertenencia a un grupo parece tener una enorme influencia en esta conducta patológica. Esta sería la diferencia más importante entre uno y otro tipo de delincuentes.

Los autores señalan que se han diseñado numerosos programas de prevención para fomentar el desarrollo de habilidades emocionales y sociales desde la infancia y también la adolescencia, en caso de que se detecten comportamientos disfuncionales.

Consideran que este tipo de programas deberían adoptarse de forma mucho más frecuente, ya que son particularmente efectivos para factores como el riesgo patológico observado en este estudio.

Como en toda investigación, existen limitaciones. Una de ellas es que los autores consideran que las personas que participaron en el estudio no son representativas de la totalidad de la sociedad.

Si bien los autores han conseguido una respuesta parcial a la incógnita, es muy importante tener en cuenta que los fenómenos criminológicos relacionados con la delincuencia organizada son extremadamente complejos y, por ello, deben seguir destinándose esfuerzos y recursos para investigar sobre cómo prevenirlos.

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Amigos del club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Criminal investigation and Criminal intelligence: Example of Adaptation in the Prevention and Repression of Cybercrime”, de Jerome, B. (2020), en el que el autor hace una revisión de cómo la investigación y la inteligencia criminal pueden ayudar en la prevención de la ciberdelincuencia.

Con el avance de las tecnologías en los últimos años nos encontramos en un contexto de digitalización de las actividades delictivas, que cada vez se perpetran con más frecuencia por internet.

Por ello, se plantea cada vez más la cuestión de cuáles son los medios más adecuados para prevenir y luchar contra este tipo de delitos, prácticamente nuevos.

Gracias al desarrollo de la nueva criminología, ha ido surgiendo una sociedad que está basada en la prevención de riesgos. Esto significa que, con el tiempo, hemos pasado de estar enfocados en la justicia penal que llega después del delito, a estarlo en el ámbito de mejora de la seguridad, de forma que podamos anticiparnos a la delincuencia.

Dicho de otra manera, cada vez nos centramos más, en esta sociedad del riesgo, en controlar el presente y el futuro, dejando de concentrar nuestras energías y recursos en resolver situaciones pasadas.

Cobran especial importancia entonces los conceptos de investigación e inteligencia criminales.

La investigación, desde el siglo XX, comenzó un proceso de mejora de su estructuración. Se apostó por estandarizar los procesos, sistematizándolos y aumentando los esfuerzos dedicados a la criminalidad.

Con la evolución de la investigación criminal de los últimos años, podemos considerarla prácticamente un arte, capaz de individualizar el vínculo existente entre el hecho delictivo y el autor a efectos judiciales.

Sin embargo, en cuanto a la defensa de la seguridad de los ciudadanos en materia de delitos cibernéticos, la investigación debe continuar mejorando.

Un ejemplo de esto es que la tasa de resolución de ciberdelitos es muy baja, especialmente cuando se trata de estafas, que representan más del 70% de ellos.

La novedad de esta dimensión delictiva ha hecho, pues, que la investigación se haya quedado algo obsoleta, no siendo capaz de afrontar como se esperaba estos retos.

¿Por qué? Porque aún hoy se sigue abordando el ciberdelito de forma tradicional, sin tener en cuenta los cambios sociales. Cualquier denuncia de este tipo de ofensas se manejan igual que todas las que no se dan en entornos online.

Por ejemplo, es muy complicado establecer conexiones entre los casos porque cada hecho se aborda de forma individual, con una única víctima, impidiendo muchas veces que los fenómenos se consideren en su verdadera extensión.

Las fuerzas policiales, dándose cuenta de esto, deciden ponerse al servicio de la inteligencia y aunar fuerzas.

La investigación contribuye a comprender fenómenos y bandas criminales, especialmente a través del estudio de casos, tanto actuales como pasados. La inteligencia los aprehende globalmente, a través de una recolección de datos más amplia, y un procesamiento de la información más exigente, entre otras soluciones.

De esta forma, la inteligencia criminal sería parte de una forma de gestionar los riesgos donde el objetivo es reducir la incertidumbre en un entorno donde la información es imperfecta.

El enfoque que adoptaría la inteligencia criminal sería el de explorar una amplia gama de medidas correctivas, más allá de la neutralización vía penal que, si bien es una de ellas, no es la única y, además, no siempre es la más eficaz.

La unión entre estas dos disciplinas era necesaria para perseguir con éxito los delitos informáticos.

¿Por qué? Porque el alcance de sus actores, sus medios de detección y procedimientos de investigación beben de técnicas que son distintas de las contempladas en el sistema penal tradicional.

Gracias a esta unión, la represión de esta tipología delictiva consigue adaptarse poco a poco a su contexto.

Esto ocurre porque la inteligencia criminal reúne los elementos necesarios para comprender el cibercrimen. Proporciona soluciones prometedoras para el manejo de esta delincuencia masiva, como no ocurría utilizando únicamente la investigación.

Un pequeño avance conseguido con la unión de las dos disciplinas mencionadas que se debe señalar es que, con el fin de superar el bajo nivel de denuncia de estos delitos, los organismos encargados de hacer cumplir la ley consideran que ya no es necesaria la denuncia de la víctima para abrir una investigación.

Un punto que el autor del artículo quiere destacar, es que la intervención pública no es suficiente y se requiere de la ayuda del sector privado para prevenir exitosamente el ciberdelito.

Se concluye con la idea de que poco a poco se va avanzando en este complejo ámbito de la delincuencia online, y, aunque queda mucho camino, los esfuerzos realizados comienzan a ver sus frutos.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “The Concept of Lie and its Identification in Criminal Proceedings” de Antonov, I. O.; Burganova, G. V. y Nasyrova, Y. M. (2021), en el cual los investigadores exponen una visión general de la mentira y su concepto y cómo se explora este asunto en el entorno forense.

Esta semana hablaremos de la mentira, encontrándonos con un artículo muy relacionado también con nuestro Club del Lenguaje No Verbal.

Sabemos que el trabajo de las agencias de investigación y las fuerzas policiales va dirigido a la oportuna y rápida detección del delito. Para ello será importante no sólo la identificación de estos actos delictivos, sino también conocer a los culpables y evitar que eludan las consecuencias penales derivadas de su comportamiento.

Una forma de eludir éstas, es presentando un testimonio falso durante el interrogatorio y también en enfrentamientos cara a cara.

Esto sucede de forma común y, obviamente, dificulta enormemente el proceso forense, desde la recolección de pruebas hasta la propia identificación del culpable.

Debido a la importancia de reconocer este tipo de declaraciones no verídicas y los efectos para las personas en función de asumir consecuencias penales o no, los autores hacen una revisión del concepto de mentira y cómo se investiga en el ámbito forense.

Con respecto a la definición de la mentira, los autores comentan que una de ellas podría ser: “una declaración consciente e incorrecta que sirve para conseguir ciertos objetivos a través del engaño”.

Además, según varios autores, existirían tres características que definirían una mentira. La primera de ellas sería la consciencia, ya que una persona sabe que su declaración es falsa; la segunda, la intención de engañar a otra persona debe existir; la tercera, la persona persigue ciertos objetivos y pretende alcanzarlos comunicando información falsa.

Debemos decir, que, en el entorno forense, estos objetivos suelen ser beneficiarse de o evitar las consecuencias penales.

Los autores comentan que, según muchos estudiosos de la materia, se podría distinguir entre mentiras activas y mentiras pasivas. Pondremos un ejemplo del entorno criminal.

Una mentira activa sería proporcionar información falsa a quien nos interroga, sabiendo que, efectivamente, son datos no verídicos.

La mentira pasiva, sería simplemente ocultar información a la persona interrogada.

Al ser un fenómeno tan complejo y donde intervienen tantos factores, es necesario un gran esfuerzo por parte de las autoridades de investigación para discernir en las declaraciones forenses quién parece estar diciendo la verdad y quién parece estar mintiendo.

Posteriormente, los autores pasan a mencionar algunas de las técnicas que se utilizan para este fin.

Por ejemplo, la grabación de vídeo permite exponer a la persona que está siendo interrogada, de forma que se registra el contenido de la acción de la investigación, su dinámica, y demostrar así que no ha existido ningún tipo de violencia o coacción contra las personas interrogadas.

El uso de vídeos es muy útil para que cada acción enfocada en detectar falsos testimonios quede registrada, entre otras cosas, para poder analizar todo el encuentro las veces que sea necesario.

La grabación de audio también sería algo muy recomendado por varios motivos. En primer lugar, se puede inferir el estado emocional de la persona interrogada a través de estudiar su entonación, volumen y otros factores prosódicos. Y, además, se puede utilizar para comparar y buscar contradicciones en el caso de que el testimonio cambie en el futuro.

La observación también se utiliza en el proceso de detección de testimonios falsos y es fundamental. Permite inferir las emociones y el estado psicológico de las personas a través de la comunicación tanto verbal como no verbal. Es un método que se utiliza en la comunidad científica de forma muy habitual.

Estos métodos han mostrado su efectividad en el sentido de que una persona experimenta ciertos cambios psicofisiológicos al reportar información falsa al pasar por un estado de tensión emocional.

Esta es una idea con la que numerosos autores han trabajado: teniendo en cuenta que al mentir se produce un esfuerzo cognitivo cuyas consecuencias son observables.

Vale la pena decir que la investigación de la mentira desde una perspectiva empírica en el entorno forense es algo a lo que cada vez más autores destinan sus esfuerzos.

Prestan atención a elementos prosódicos, gestos, expresiones faciales, movimientos corporales…

Además, un adecuado diagnóstico y predicción sobre el estado psicológico de la persona, su temperamento y su carácter, permite asumir la línea en la que irá la conducta de la persona interrogada en una situación particular, como puede ser el propio interrogatorio.

El reconocimiento y superación de la mentira en el testimonio sigue siendo una de las principales tareas de un investigador a la hora de estudiar un caso criminal.

De hecho, cada vez se les presta más atención a las aportaciones con respaldo científico de autores importantes sobre esta materia.

Sin embargo, los autores comentan que aún queda un camino muy largo por recorrer y deben seguir invirtiéndose recursos para descubrir más acerca de las técnicas de detección de mentiras y cómo se pueden aplicar al ámbito forense y criminal.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Where should pólice forces target their residential burglary reduction efforts? Using official victimisation data to predict burglary incidences at the neighbourhood level”, de Hunter, J.; Ward, B.; Tseloni, A. y Pease, K. (2021), en el que los autores exponen algunos datos interesantes de factores riesgo y protección a la hora de sufrir robos en hogares de áreas residenciales.

El robo en el domicilio es uno de los delitos frente a los que nos sentimos más impotentes. En nuestros hogares estamos cómodos y protegidos, y si alguien entra a robarnos, sentimos una gran violación de nuestra privacidad, espacio y derechos.

La criminología ha aportado herramientas de análisis a los cuerpos de seguridad que llevan ya unos años implementando y tienen que ver con este asunto.

En concreto, nos referimos al análisis de concentración espacial del crimen. Este tipo de análisis se suele hacer con mapas de los llamados puntos calientes, que son lugares en los que la tasa de criminalidad, de cualquier tipo, es mayor que en otros y requiere especial atención.

Este tipo de mapas de concentraciones delictivas ofrecen a las fuerzas policiales la oportunidad de centrarse en las intervenciones dentro de zonas críticas para reducir la incidencia criminal.

Aunque este método no ha sido del todo inútil, es cierto que la simple designación de un área como punto caliente en función de la cantidad de delitos registrados por la policía, descuida gran parte de los datos de las dinámicas de los robos.

Por ejemplo, la victimización repetida o una difusión anticipada de los posibles beneficios.

Los autores de este artículo se apoyan precisamente en este punto. Consideran que asignar recursos policiales reactivos y/o proactivos basándose simplemente en el análisis de puntos calientes pasan por alto aspectos cruciales. Estarían olvidando la importancia de las características de las personas, los hogares y los barrios.

Teniendo en cuenta que este tipo de delitos tienen un fuerte componente de victimización para las personas que lo sufren, los autores del artículo se preguntan si es posible aplicar la victimología para arrojar luz sobre ellos y mejorar su prevención.

Algunos de los conceptos a los que se refieren podrían ser el comportamiento de los residentes, el ambiente de la zona, el lugar exacto o la motivación de los ladrones.

En este artículo, los autores intentan crear unos mapas de predicción de robos y describirlos, para abordar la ausencia de la consideración de los factores que consideran importantes y olvidados por las fuerzas de seguridad.

Los lugares representados en los mapas y, por tanto, de estudio, son Inglaterra y Gales.

Los datos utilizados son recopilados de una encuesta realizada a nivel nacional sobre el crimen y experiencias relacionadas con él. Fue llevada a cabo por la ONS (Office for National Statistics, u Oficina Nacional de Estadística) de Reino Unido. En total, los datos procedían de más de 130.000 unidades familiares.

Se obtuvieron resultados que merece la pena tener en cuenta a la hora de actuar para prevenir este tipo de delitos. Las estructuras de oportunidad que dan forma al riesgo de victimización por robo están influenciadas, como ya hemos comentado, por muchos factores.

Algunos de ellos son la hora y el día de la semana, el tipo de propiedad, pistas visuales que se ofrecen a los delincuentes, el trayecto que deben hacer éstos hasta el lugar del crimen y sus decisiones de comportamiento, e incluso las propias respuestas policiales para reducir los robos, como la vigilancia de los puntos calientes.

Basándose en las encuestas ya mencionadas sobre delincuencia, los autores intentan identificar los tipos de hogares que son más robados y el perfil sociodemográfico de las áreas en las que se encuentran.

Los factores que parecen propiciar la comisión de robos incluyen, por un lado, características individuales. Por ejemplo, parece que en el área de estudio las personas asiáticas corren más peligro.

También habría que tener en cuenta qué personas forman parte del hogar y sus circunstancias. Aquellos con más riesgo son los mayores de 65 años que viven solos, las familias monoparentales o los que viven en alquileres sociales.

Tener más de tres coches o no tener ninguno también llamaría la atención de los ladrones, así como tener alguna enfermedad, especialmente las limitantes. Ocurriría lo mismo con haberse mudado en el último año o vivir en áreas con un complicado acceso al sector servicios.

Por lo contrario, los hogares de familias negras o con una mujer como cabeza de familia, al igual que tener un solo coche o vivir en zonas urbanas o con servicios accesibles, reduciría el riesgo.

Además, influyen factores importantes que señala la criminología sobre la oportunidad. Por ejemplo, el estado de salud física de la víctima, vulnerabilidades percibidas (como dificultades de la víctima para comunicarse con los demás) e incluso la potencial inmunidad de los ladrones.

Con todos estos datos, los autores generan un mapa que consideran muy útil para que las fuerzas de seguridad utilicen a la hora de destinar recursos para prevenir este tipo de delitos.

Existen limitaciones en este artículo, como que no se tiene toda la información deseada de las encuestas, como la presencia o ausencia de dispositivos de seguridad en los hogares.

Las futuras investigaciones deberán ir encaminadas a la solución o corrección de estas limitaciones y, además, los autores sugieren que se haga lo mismo para otro tipo de delitos, ya que se podría obtener información muy útil.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Identifying and predicting criminal career profiles from adolescence to age 39”, de Kim, B. E.; Gilman, A. B.; Tan, K. P.; Kosterman, R.; Bailey, J. A.; Catalano, R. F. y Hawkins, J. D. (2020), en el cual, utilizando unos datos obtenidos en otro proyecto, los autores intentan identificar qué factores influyen en el desarrollo de una carrera criminal, además de cómo prevenirlo.

 Conocer los factores de riesgo y protección del desarrollo de las carreras criminales es un tema que se estudia en criminología con especial interés debido a su complejidad.

Proteger a los más jóvenes de la delincuencia y sus consecuencias sociales y personales es una de las ambiciones del área de estudio criminal.

Debido a la importancia de conocer estos factores, los autores del artículo se preguntan tres cuestiones.

Primero, cuáles son los perfiles de delincuentes en función de las diferentes edades que van a estudiar (es decir, entre 12 y 39 años). En otras palabras, se interesan por saber cuál es el perfil en la adolescencia, cuál en la adultez temprana y cuál en la tardía.

Por ejemplo, se sabe según estudios anteriores, que la mayoría de los adolescentes experimenta con factores y conductas de riesgo que pueden desembocar en problemas de comportamiento al ir creciendo.

Otra de las preguntas de los autores, es cómo los perfiles basados en autoinformes se pueden comparar con los datos oficiales de las autoridades.

Este estudio se realiza con datos de ambos tipos. Por un lado, los autoinformes, que son información y datos proporcionados por los participantes. Por otro, los datos oficiales de las autoridades sobre los delitos que ha cometido esa persona y sus antecedentes.

Investigaciones previas han señalado que los autoinformes son un método de obtención de datos dudoso y que se debería confiar únicamente en los registros oficiales.

Este es el motivo por el que los autores deciden utilizar información que proviene de ambas fuentes, para así comprobar cómo se adecúan los autoinformes a los datos oficiales y saber si se puede confiar en ellos.

La última cuestión que se plantean es cuáles son los factores de protección que se pueden perseguir en edades tempranas para evitar la adscripción de los jóvenes a la delincuencia.

Para este estudio se analizaron datos obtenidos de otro proyecto anterior en el que participaron 808 jóvenes y sus familias.

Por un lado, se realizaron entrevistas a modo de autoinformes a los participantes y sus familias cuando los primeros tenían 11, 16, 18, 21, 24, 27, 30, 33, 35 y 39 años.

Además, se obtuvieron datos recogidos de fuentes oficiales sobre las carreras criminales (si las había) de los participantes a lo largo del tiempo.

Después, se categorizaron los datos, obteniendo tres tipos distintos de sujetos: adolescentes, adultos tempranos y adultos medios.

A su vez, se estableció una clasificación de los delitos registrados, de baja (por ejemplo, robar algo de menos de 5 dólares), media (golpear a alguien con la intención de hacerle daño, robar algo de menos de 50 dólares) y alta gravedad (utilizar armas para robar, traficar con drogas o robar algo de más de 50 dólares).

Los resultados obtenidos fueron muy interesantes.

Un 35,6% de los participantes no cometieron ningún delito, un 33,2% se limitó a delinquir durante la adolescencia, un 18,3% dejó de hacerlo cuando comenzó a entrar en la adultez y un 12,9% continuaban desarrollando una carrera criminal.

Estos últimos tenían el mayor registro oficial de delitos de alta gravedad de todos los sujetos participantes.

Se observó que un ambiente familiar y escolar positivo se asociaba con niveles más bajos de participación en delitos, tanto a nivel ocasional como crónico, y era un rasgo distintivo de los sujetos para los cuales no existían registros de antecedentes criminales.

Además, altos niveles de creencias antisociales se asociaban al grupo de delincuentes adolescentes, al igual que tener amigos o conocidos con este tipo de ideas.

Por lo tanto, para la primera pregunta que se hacían los autores, podemos decir, por ejemplo, que los individuos cuya actividad criminal es crónica mostraron conductas similares en la adolescencia de carácter leve, para luego pasar a las moderadas y graves en la edad adulta.

Algunos de los que no habían cometido ningún delito refirieron haber cometido conductas criminales leves en la adolescencia, pero no de forma habitual.

Con respecto a la segunda pregunta, se puede afirmar que los autoinformes coinciden con los datos de registros policiales oficiales y, por tanto, en principio se podría confiar en ellos ya que la información es fiable.

Para la tercera cuestión, sobre los factores predictivos de riesgo y los de protección, la información obtenida es más extensa.

Por ejemplo, se encontraron, además de con los datos que hemos mencionado previamente, con que aquellas personas que formaban parte del grupo de delincuentes persistentes tenían en el colegio unos niveles muy altos de conductas antisociales.

Y, además, al igual que los individuos cuya criminalidad se limitó a la adolescencia, los delincuentes crónicos tenían unos niveles altos de internalización de los problemas en la época escolar comparados con sus compañeros. Es curioso que esto no parecía ser determinante en aquellos individuos que dejaron de cometer delitos en la adultez temprana.

Los autores refieren que los esfuerzos preventivos deben enfocarse en aumentar las redes de apoyo, especialmente de amigos y compañeros en los colegios e institutos. Además, comentan que sería muy útil que los jóvenes tengan adultos positivos de referencia que promuevan en ellos conductas sociales.

Por supuesto, es muy importante mantener un ambiente familiar y escolar positivo.

El estudio tiene algunas limitaciones, como que las entrevistas fueron realizadas cada dos o tres años y algunos datos pueden haberse escapado; además las preguntas no fueron iguales en cada una de ellas.

Los autores comentan la necesidad de seguir ahondando en este tema debido a la gran cantidad de factores que influyen en el desarrollo de una carrera criminal y pueden condicionarla.

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