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Categoría: Criminologia biosocial

La relación entre los trastornos de conducta en la adolescencia y los trastornos de personalidad en la edad adulta. Club Ciencias Forenses

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Continuities Between Emotional and Disruptive Behavior Disorders in Adolescence and Personality Disorders in Adulthood”, de Margareth Helgeland, Ellen  Kjelsberg y Svenn Torgersen, que investiga la continuidad entre los trastornos de conducta en la adolescencia y los trastornos de personalidad en la edad adulta.

De acuerdo con el DSM-IV, los trastornos de la personalidad representan disfunciones de la personalidad caracterizadas por rasgos de personalidad inadaptados, penetrantes e inflexibles que se desvían marcadamente de las normas culturales, causando una gran angustia o deterioro. Los trastornos de la personalidad pueden manifestarse en la infancia y la adolescencia temprana y continuar hasta la edad adulta.

Varios estudios han demostrado que los trastornos de la personalidad son atribuibles a los trastornos emocionales y y al comportamiento en la infancia y la adolescencia. Los trastornos disruptivos, de ansiedad, depresivos y de uso de sustancias en adolescentes se asociaron con puntajes dimensionales elevados del trastorno de la personalidad obtenidos en un seguimiento de 6 años en una población adulta joven. Se descubrió también que los trastornos de conducta disruptiva y los trastornos afectivos medidos en la infancia y la adolescencia aumentaban el riesgo de síntomas de trastorno de la personalidad en la edad adulta. Los trastornos del comportamiento disruptivo en la adolescencia se asocian con una amplia gama de psicopatología de la personalidad en la edad adulta. Los adolescentes jóvenes que han  tenido trastornos de conducta disruptiva durante la adolescencia muestran tasas altas de todos los tipos de trastornos de la personalidad, aunque los que tienen trastornos emocionales tienen una tasa menor de trastornos de la personalidad. Algunos estudios han demostrado que la adolescencia es un período de riesgo para el inicio de los trastornos de la personalidad. Por lo tanto, la evidencia sugiere que uno debe buscar antecedentes de trastornos de la personalidad en los trastornos de la infancia y la adolescencia.

A pesar de que los trastornos de la personalidad representan un problema de salud importante debido a su prevalencia, al costo del tratamiento, y a la discapacidad que causan, la evidencia empírica sobre la continuidad entre las condiciones psiquiátricas de niños y adolescentes y los trastornos de la personalidad en la edad adulta son todavía limitados, excepto en lo que respecta al trastorno de personalidad antisocial. Además, los estudios disponibles ofrecen periodos de seguimiento principalmente cortos que no se extienden más allá de la adultez temprana (19-25 años); por lo tanto, no abordan el potencial de desarrollo completo de los sujetos y no demuestran la estabilidad del trastorno. Por otro lado, los estudios de seguimiento disponibles a largo plazo de los trastornos de la personalidad no abordan las poblaciones adolescentes.

El objetivo del estudio resumido en esta entrada fue investigar cuasiconversamente las continuidades entre los trastornos emocionales y los trastornos de la conducta en la adolescencia y los trastornos de la personalidad en la edad adulta. El grupo de estudio consistió en pacientes psiquiátricos adolescentes diagnosticados de manera confiable sobre la base de registros médicos en su índice de hospitalización en la adolescencia y en un seguimiento de 28 años. El estudio también aborda el efecto del género en la continuidad entre los trastornos del comportamiento emocional y disruptivo y los trastornos de la personalidad en la edad adulta.

Las hipótesis investigadas fueron:

  1. Los adolescentes con trastornos de comportamiento perturbador tendrían más probabilidades de tener trastornos de personalidad como adultos que los adolescentes con trastornos emocionales.
  2. Los trastornos del comportamiento perturbador en la adolescencia se asociarían con mayores tasas de trastornos de la personalidad antisociales, histriónicos y narcisistas (grupo B) en la edad adulta que los trastornos de personalidad del grupo A y del grupo C.
  3. Los trastornos emocionales en la adolescencia estarían asociados con el desarrollo de trastornos de personalidad por evitación, dependientes, obsesivo-compulsivos, autodestructivos y pasivo-agresivos (grupo C) en la adultez.

Para comprobar estas hipótesis, se contó con la participación de 1,018 pacientes adolescentes, 553 hombres (54,3%) y 465 mujeres (45,7%), que fueron ingresados ​​consecutivamente en la unidad de adolescentes en el Centro Nacional de Psiquiatría Infantil y Adolescente en Oslo, Noruega, desde 1963 hasta 1978. Sobre la base de un examen del registro de diagnósticos del Centro, se excluyeron del estudio 93 pacientes con un diagnóstico de síndrome cerebral orgánico y 35 pacientes sin diagnóstico definitivo debido a su corta estancia. Excepto por tres personas, no se mantuvo contacto con los sujetos entre la admisión en la adolescencia y el seguimiento en la edad adulta.

En el momento del seguimiento, 143 sujetos habían fallecido, 59 habían emigrado, 17 no podían ser identificados y 24 tenían direcciones imposibles de rastrear, según el Registro Central de Personas de Noruega. Por lo tanto, en total, 371 sujetos fueron inicialmente excluidos del estudio. A los 647 sujetos restantes se les solicitó por correo y se les solicitó participar voluntariamente en un estudio de seguimiento. El estudio fue aprobado por el comité de revisión de ética.

Una vez que los procedimientos se explicaron por completo, se obtuvo el consentimiento informado por escrito de 194 (30%) de los sujetos. De estos, 33 cancelaron su cita de entrevista. Por razones desconocidas, siete sujetos no se presentaron a la entrevista. Catorce sujetos no estaban disponibles en la dirección o el número de teléfono indicado en el consentimiento informado por escrito y, por lo tanto, eran imposibles de rastrear. Dos sujetos estaban demasiado perturbados para ser entrevistados. Cuatrocientos cuarenta y cinco sujetos no respondieron a la solicitud, y ocho sujetos expresaron su desaprobación por ser contactados. Finalmente, se entrevistaron 148 sujetos, 77 hombres y 71 mujeres (14.5% del grupo original).

Todas las entrevistas se realizaron en persona, excepto dos, que se completaron por teléfono. El entrevistador estaba ciego a los diagnósticos de los sujetos del Centro Nacional de Psiquiatría Infantil y Adolescente. De acuerdo con las preferencias de los sujetos, las entrevistas se realizaron en sus hogares, en la Universidad de Oslo, en instituciones de salud mental o en la prisión. La duración promedio de cada entrevista fue de 4.5 horas. Cada entrevista de seguimiento consistió en la administración de la Entrevista Clínica Estructurada para los Trastornos del Eje I del DSM-IV y la Entrevista Estructurada para la Personalidad DSM-IV, entrevistas semiestructuradas que evalúan los trastornos sintomáticos y los 12 trastornos de la personalidad descritos en DSM-IV. Treinta entrevistas fueron grabadas para una evaluación de la confiabilidad entre evaluadores de los diagnósticos.

Trece sujetos que recibieron un diagnóstico de esquizofrenia en el seguimiento fueron excluidos del presente estudio. Esto se hizo porque una evaluación de los trastornos de la personalidad en una persona con esquizofrenia es difícil porque los diagnósticos de los trastornos de la personalidad se basan en la forma habitual de comportamiento de la persona, independientemente de los trastornos sintomáticos, medicación, enfermedad médica u otros factores de confusión. factores. Por lo tanto, se incluyeron un total de 135 sujetos en el estudio.

Con base en los registros hospitalarios de la hospitalización índice en la adolescencia, los 135 sujetos fueron redirigidos, según el eje I del DSM-IV por un clínico experimentado. Los registros se hicieron anónimos por adelantado. Por lo tanto, todas las calificaciones de M.I.H. se llevaron a cabo como calificaciones ciegas. Ninguno de los autores había participado en el tratamiento de los sujetos. Los registros médicos completos de alta calidad son imprescindibles para la evaluación diagnóstica basada en un registro médico.

Los diagnósticos de los adolescentes se dividieron en dos grupos: trastornos de conducta disruptiva y trastornos emocionales. La distinción entre estos dos grupos está bien establecida. Dos sujetos con trastorno bipolar, dos sujetos con un episodio psicótico breve y un sujeto con un trastorno de aprendizaje se excluyeron del estudio porque no se pudieron asignar a ninguno de los grupos.

85 sujetos habían recibido un diagnóstico adolescente de trastornos de conducta disruptiva: 67.7% de los hombres (N = 42) y 63.2% (N = 43) de las mujeres. El grupo con trastornos de conducta disruptiva incluyó 70 sujetos (82.4%) con trastorno de conducta, seis (7.1%) con trastorno negativista desafiante, cinco (5.9%) con trastorno por consumo de sustancias psicoactivas, tres (3.5%) con trastorno de adaptación con alteración de conducta y uno (1.2%) con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH).

45 sujetos habían recibido un diagnóstico adolescente de trastornos emocionales: 32.3% (N = 20) de los hombres y 36.8% (N = 25) de las mujeres. El grupo con trastornos emocionales incluyó 17 sujetos (37.8%) con trastornos de ansiedad, 16 (35.6%) con trastornos depresivos, siete (15.6%) con trastornos de la alimentación, cuatro (8.9%) con trastornos somatoformes, y uno (2.2%) con trastorno de eliminación.

El 42% de los sujetos con trastorno de conducta disruptiva tenían más de un trastorno, siendo el trastorno por consumo de sustancias psicoactivas la comorbilidad más frecuente (21.5% de los casos). Significativamente más hombres que mujeres tenían un trastorno de consumo de sustancias psicoactivas comórbido. 27 sujetos (20.8%) tenían un trastorno emocional comórbido, mientras que 30 (23.1%) no tenían un trastorno comórbido. En caso de comorbilidad, se le dio prioridad jerárquica al diagnóstico de trastorno de conducta disruptiva, el diagnóstico de mayor importancia clínica, y sirvió como punto de partida para la asignación al grupo con trastorno de conducta disruptiva.

Los sujetos con trastornos de conducta disruptiva no difirieron significativamente de los sujetos con trastornos emocionales en términos de edad, sexo, edad en la hospitalización índice y edad en el seguimiento. Sin embargo, difirieron en términos de clase social porque la mayoría de los sujetos con trastornos de conducta disruptiva provenían de familias con un nivel socioeconómico bajo.

Los resultados globales fueron los siguientes: 81 individuos cumplieron los criterios para un diagnóstico de trastorno de la personalidad: 58.1% de los hombres (N = 36) y 66.2% de las mujeres (N = 45). El 30% de los que tenían un trastorno de la personalidad tenía más de un trastorno de la personalidad concurrente (N = 39). 55 (64.7%) de los adolescentes con trastornos de conducta disruptiva y 26 (57.8%) de los sujetos con trastornos emocionales tenían al menos un trastorno de la personalidad en el seguimiento. Los adolescentes con trastornos de conducta disruptiva fueron significativamente más propensos a tener un trastorno de personalidad del grupo B en el seguimiento que los adolescentes con trastornos emocionales.

El trastorno de personalidad antisocial fue el trastorno de personalidad más común encontrado (N = 34, 26,2%). Todos los sujetos con trastornos antisociales de la personalidad tenían un diagnóstico de trastorno de la conducta en la infancia o la adolescencia. Los trastornos de personalidad del grupo C fueron más frecuentes entre las mujeres (N = 33, 48,5%) que entre los hombres.

Además, cualquier grupo A, cualquier grupo B o cualquier trastorno de personalidad del grupo C; y los trastornos específicos de la personalidad en la edad adulta, con el género, la edad y los trastornos de la conducta disruptiva frente a los trastornos emocionales en la adolescencia como predictores independientes revelaron lo siguiente:

  1. Los adolescentes con trastornos de conducta disruptiva no tenían más probabilidades de tener trastornos de la personalidad en la edad adulta que los adolescentes con trastornos emocionales.
  2. Los adolescentes con trastornos de conducta disruptiva tenían más probabilidades de tener trastornos de personalidad del grupo B en la edad adulta que los adolescentes con trastornos emocionales.
  3. En cuanto a los trastornos de personalidad específicos dentro del grupo B, los adolescentes con trastorno de conducta disruptiva tenían más probabilidades de tener un trastorno de personalidad antisocial y trastorno de personalidad límite en la edad adulta que los adolescentes con trastornos emocionales.
  4. Además, la edad fue un predictor independiente de cualquier trastorno de personalidad en la edad adulta, por lo que la mayor edad en el seguimiento se asoció significativamente con una menor probabilidad de un diagnóstico de trastorno de la personalidad.
  5. La misma relación entre la edad y los trastornos de la personalidad también se observó para los trastornos de personalidad del grupo B y, más específicamente, para el trastorno de personalidad antisocial.

Los análisis de regresión logística revelaron que solo los adolescentes varones con trastornos de conducta disruptiva tenían más probabilidades que los varones con trastornos emocionales de tener un trastorno de la personalidad en el seguimiento. Los trastornos del comportamiento perturbador en las mujeres se asociaron más fuertemente con un alto riesgo de diagnósticos del grupo B que los trastornos del comportamiento disruptivo en los hombres. Los trastornos del comportamiento perturbador en la adolescencia fueron predictores significativos e independientes del trastorno de personalidad antisocial en los hombres, pero no en las mujeres. Los trastornos emocionales fueron predictores significativos e independientes de los trastornos de personalidad del grupo C en las mujeres, pero no en los hombres.

En los hombres, la edad fue un predictor independiente y significativo de cualquier trastorno de la personalidad, por lo que a mayor edad de seguimiento, menor es la probabilidad de trastornos de la personalidad. La misma relación también se observó específicamente para el grupo B y el trastorno de personalidad antisocial.

Por tanto, en general, los resultados de este estudio respaldan la opinión de que los trastornos de la personalidad se remontan a trastornos de conducta emocional y disruptiva en la adolescencia. Además, estos resultados demuestran claramente que el género puede desempeñar un papel moderador en esas continuidades.

En general, sin embargo, los adolescentes con trastornos de conducta disruptiva no eran más propensos que los adolescentes con trastornos emocionales a tener trastornos de la personalidad en la edad adulta, aunque hay que tener en cuetna que debido a que los adolescentes atendidos en el Centro Nacional de Psiquiatría Infantil y Adolescente representaban a los adolescentes más gravemente enfermos en Noruega en ese momento, es posible que el grupo con trastornos emocionales estuviera predispuesto a casos extraordinarios. Sin embargo, estos resultados también pueden representar un nuevo hallazgo que requiere replicaciones en estudios futuros.

En conclusión, y teniendo en cuenta las limitaciones metodológicas, los resultados respaldan la opinión de que los trastornos de la personalidad se remontan a trastornos emocionales y trastornos conductuales del adolescente. El efecto moderador del género en los trastornos de personalidad del grupo B y del grupo C sugiere que los factores biológicos y socioculturales pueden contribuir a diferentes resultados en adultos en hombres y mujeres con trastornos psiquiátricos adolescentes similares.

La influencia familiar en la conducta delictiva. Club de Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen de uno de los capítulos de la obra “The study of offenders: Prison treatment”, de H. Marchiori, que explica que papel tiene la familia en la conducta delictiva. 

A lo largo de la historia se ha intentado explicar qué factores influyen en la conducta criminal. Desde el punto de vista psicológico, se señalan 5 grandes grupos que tratan de explicar el motivo por el que una persona considerada como “normal”, con conocimiento pleno de sus acciones, realiza conductas delictivas.  Una primera hipótesis considera que las conductas criminales son consecuencia de una constitución genética heredada. El segundo gran grupo aborda la conducta criminal desde bases estrictamente psicológicas, basándose en estudios relativos al aprendizaje social del individuo o a la visión cognitiva referente a los procesos de razonamiento que suceden en la mente de los criminales. Un tercer grupo está basado en las teorías del control social en el que la interpretación propia y del resto de sujetos regula el comportamiento criminal (casos de etiquetaje, estigmas sociales, etc). El cuarto grupo explica la criminalidad como una conducta consecuente del fracaso, usando una visión humanista y existencial. Por último, el quinto gran grupo está basado en la teoría motivacional, que explica que los delitos están determinados por una interacción entre el ambiente, la persona y el contexto.

En este último grupo, que explica la conducta criminal como el resultado de la interacción entre el ambiente, la persona y el contexto, se presta una especial atención a la influencia de la familia en la conducta delictiva. Por ello, explicamos a continuación el papel que tiene la familia en la conducta delictiva a partir de uno de los trabajos de H. Marchiori.

La familia es uno de los principales focos de aprendizaje de comportamiento y normas, y si bien una buena educación familiar es la base de un correcto comportamiento, los problemas encontrados en una familia que no es capaz de enseñar los valores correctos de comportamiento pueden quedar reflejados en las personas que viven en ese ambiente.

Sin duda, la familia es uno de los pilares básicos en el desarrollo y crecimiento en una persona, constituye una parte importantísima en el ambiente psicológico del individuo, por ello no podemos dejar de obviarla al hablar de conducta delictiva, pues es, cómo ya, apuntábamos anteriormente, no sólo un foco de aprendizaje de normas y maneras de comportarse, sino que a su vez puede transmitir desestructuración y problemas que quedarán reflejados en quienes viven en ese ambiente.

Del mismo modo que el contexto social en el que se mueve el sujeto (costumbres, tradiciones, actitudes encontradas) influye en su conducta, el ambiente en el hogar (cercanía a los padres, situación económica, situación afectiva…) debe de ser considerada para comprender la conducta delictiva del sujeto.

Así, esta autora realiza una clasificación más allá de la sencilla y clásica división de familias estructuradas y desestructuradas, sino que además clasifica las conexiones existentes entre el tipo de familia y el tipo de delincuente, señalando principalmente seis grupos principales.

El delincuente ladrón, suele responder al perfil de un sujeto cuyo ambiente familiar está marcado por castigos, situaciones traumáticas y ambiente familiar inestable. Puede existir una falta de ciudados por parte de la familia hacia el menor, algo que hace que el sujeto no sienta seguridad ni estabilidad. Estos sujetos comienzan a mostrar conductas antisociales (así como agresiones continuas y problemas escolares) desde una edad temprana. Debido a la falta de correctos valores, estos sujetos inician su carrera delictiva y abandonan el hogar y generalmente los vínculos con la familia. Cuando estos sujetos son arrestados por sus robos, la familia no suele ayudar al interno ni colaborar en el tratamiento penitenciario.

En cuanto al delincuente sexual, su perfil también puede presentar un contexto familiar desestructurado en donde la falta de supervisión y de afecto están presentes.  Tiende a pertenecer a un hogar desintegrado, con una marcada carencia de afecto, de supervisión y cuidados, con unas condiciones en el entorno familiar poco favorables. Son supuestamente estas condiciones soportadas durante la infancia las que harán sentir al individuo confundido en el área sexual. El delincuente sexual muestra dos necesidades fundamentales como son la seguridad y el afecto, y exterioriza hostilidad y resentimiento hacia la autoridad debido a las carencias emocionales de las que ha sido víctima. Ante el delito sexual la familia muestra rechazo y distanciamiento, lo que provoca normalmente que, tras la institucionalización, el delincuente vuelva a delinquir, pues carece del apoyo de un núcleo familiar idóneo que le ayude tanto en su tratamiento como en su recuperación y, posteriormente, le muestre apoyo en su nueva salida.

El tipo de familia que suele rodear al delincuente homicida sin embargo es una familia integrada, que siendo consciente de la desorganización psicológica del sujeto, permanece pasiva. Sin llegar a participar de una forma activa en frenar esa conducta, si muestran apoyo y ayuda al sujeto durante el encarcelamiento, y durante la reintegración social tras ser encarcelado.

En el caso del estafador, encontramos un contexto familiar en el que el sujeto ha sido víctima de una infancia dura o sobreprotegida con una educación estricta y con continuas frustraciones y prohibiciones que condicionan su comportamiento delictivo posterior.

Los delincuentes drogadictos provienen de contextos inestables tanto a nivel familiar, como a nivel laboral y educacional. Existen vínculos enfrentados hacia los miembros de la familia, con la figura de un padre rígido y autoritario y la figura de una madre insegura e inestable. Son las tensiones producidas en el seno de la familia las que son cargadas al sujeto, el cual se refugia en un “nuevo mundo” a través de las drogas como comportamiento destructivo para afrontar la situación familiar.

Existen otros muchos contextos que deben de tenerse en cuenta, no solo el familiar; sin embargo es importante tener en cuenta la influencia de la familia en el comportamiento delictivo o desviado como uno de los primeros factores posibles que puedan explicar determinadas conductas en los individuos.

¿Qué relación existe entre los rasgos psicopáticos y el racismo? (II) Resultados de la investigación

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos la segunda parten del artículo “Is There a Relationship Between Psychopathic Traits and Racism?”, de los autores Kaine Grigg y Lenore Manderson, que realizan una investigación sobre la relación existente entre los rasgos psicopáticos y el racismo. 

Para la presente investigación, los participantes adolescentes y adultos (individuos de 15 años o más) fueron escogidos de toda Australia a través de periódicos, radio y publicidad online. La gran mayoría de las respuestas se obtuvieron de una base de datos de encuestas online, en las que las encuestas tomaron aproximadamente 15 minutos en completarse. Los datos fueron examinados en su totalidad y divididos por adolescentes de 15-20 años y adultos mayores de 21 años para explorar la consistencia de los hallazgos en múltiples grupos de edad. Los datos también se dividieron por el historial de delitos para explorar la coherencia de la medida, con un individuo clasificado como un delito si han sido acusados de un delito.

Se utilizó un cuestionario demográfico para recopilar información demográfica general y detalles del historial de ofensas de los participantes. Los encuestados completaron la versión de 40 ítems de RACES, un instrumento desarrollado para explorar actitudes relacionadas con la raza en Australia. RACES consta de tres subescalas independientes: “Escala de Actitud Racista” (RAS), una escala de 8 elementos de actitudes racistas; “Aceptación de la Escala de Actitudes” (AAS), una escala de actitudes de 12 ítems que refleja el respaldo de los grupos externos; y la “Escala de Actitudes Etnocéntricas” (EAS), una escala de actitudes de 4 ítems que refleja el favoritismo dentro del grupo. Se responde a los elementos en una escala tipo Likert de cinco puntos que va desde “Muy en desacuerdo” a “Muy de acuerdo”.Se sabe además que RACES es internamente consistente, posee validez factorial, constructiva, discriminante y convergente en niños, adolescentes y adultos, y confiabilidad test-retest en niños. Además de RACES, se administró a los participantes la “Encuesta de Racismo” (DG), un instrumento de 10 ítems diseñado para medir actitudes racistas explícitas en Australia. En este instrumento, los ítems se responden de nuevo en una escala tipo Likert de cinco puntos con la mitad del puntaje invertido, por lo que los puntajes más altos indican niveles más altos de actitudes racistas. Aunque no se ha validado a través de investigaciones empíricas, es la única medida australiana existente de actitudes racistas no específicas de un solo grupo y se ha utilizado a nivel nacional. Por lo tanto, era apropiado para fines comparativos.

La deseabilidad social es especialmente preocupante cuando se miden temas sensibles, potencialmente incómodos o que provocan ansiedad, como los relacionados con el racismo. Una versión de 10 elementos de la Escala de Deseabilidad Social de Marlowe-Crowne (MCSDS), modificada previamente para su uso con jóvenes australianos y que se demostró que es particularmente útil, fue incluido para este propósito. Los ítems de MCSDS también se responden en una escala tipo Likert de cinco puntos con media puntuación inversa, por lo que los puntajes más altos indican niveles más altos de respuestas socialmente deseables. El MCSDS es internamente consistente y posee una validez convergente adecuada. También se utilizó el Inventario de temperamento de Minnesota, una medida basada en la investigación de 19 ítems de rasgos de personalidad psicopática de adolescentes y adultos. El instrumento mide la falta de empatía y remordimiento, emociones superficiales, egocentrismo y engaño, y puede considerarse una medida de los rasgos de personalidad psicópata, ya que se centra en los componentes psicológicos del constructo y omite en gran medida los aspectos conductuales. Se responde a los elementos en una escala tipo Likert de cuatro puntos que va desde “Esto no es cierto para mí” hasta “Esto es muy cierto para mí”; los puntajes más altos en todos los ítems indican niveles más altos de rasgos psicópatas.

Los resultados mostraron lo siguiente. Hubo una fuerte consistencia de las relaciones entre las variables medidas entre los participantes con y sin historial de ofensas. Dado el vínculo establecido entre la educación y el comportamiento delictivo, se esperaría que los participantes con antecedentes penales tuvieran niveles de educación más bajos. Tomando en cuenta esta expectativa además de las relaciones establecidas entre educación y actitudes racistas, la consistencia de las relaciones entre los participantes con y sin una historia de ofensa fue sorprendente. Las relaciones observadas reflejaron la misma dirección para todas las variables, aunque fueron mucho más fuertes para los participantes con un historial de ofensa. La consistencia de los hallazgos en cada medida sugiere que el tamaño de muestra limitado puede haber contribuido a los resultados no significativos y, por lo tanto, los resultados no son incompatibles con la validez discriminante de RACES. Aunque descriptivamente los resultados indican que no puede haber diferencia en actitudes de aceptación o rasgos psicópatas para individuos con y sin historial de ofensa, debido al tamaño de muestra limitado de los participantes con un historial de ofensa (1) no se pueden sacar conclusiones firmes de estos resultados; (2) muchas de las relaciones observadas no fueron significativas para los participantes con un historial de ofensa; y (3) los resultados para los participantes con un historial de ofensa tienen una generalización limitada. Las limitaciones de los datos del historial de ofensas se destacaron específicamente por los elementos de configuración amplios, lo que indica la imprecisión de los análisis y resalta la necesidad de replicación con una variabilidad disminuida.

Los resultados de la investigación actual proporcionan un fuerte apoyo para la existencia de una relación entre la psicopatía y las actitudes racistas y proporcionan evidencia de validez adicional para RACES como una medida efectiva de las actitudes racistas en Australia. Es importante que el enlace establecido se confirme en muestras alternativas de la comunidad en todo el mundo, para garantizar que los resultados sean generalizables y no puramente un artefacto de la población australiana. Además, la evaluación de la relación entre el racismo y los rasgos de personalidad psicópata en las poblaciones encarceladas también es vital para avanzar en la comprensión de las similitudes y / o diferencias en cómo la psicopatía y el racismo se presentan y se relacionan entre las poblaciones comunitarias y las no comunitarias. Con respecto a la práctica informativa, los resultados sugieren que puede ser necesaria una reconsideración de la formación de la personalidad de las personas consideradas con actitudes racistas.

La psicopatía y el racismo son problemas sociales omnipresentes que tienen el potencial de afectar negativamente a toda la comunidad. La psicopatía está relacionada con una gama de comportamientos antisociales violentos y no violentos y con conductas de alto riesgo. Del mismo modo, el racismo se relaciona con los resultados negativos de salud mental, los resultados fisiológicos más pobres y la psicopatología general. Se informa que las tasas de psicopatía en las poblaciones encarceladas de todo el mundo son de hasta el 73%. Aunque es relativamente raro en la comunidad, con una prevalencia estimada en menos del 1% en la población general, se asocia con una variedad de resultados negativos como comportamiento ofensivo, falta de vivienda y hospitalización psiquiátrica. En contraste, el racismo en Australia prevalece ampliamente en la comunidad, con índices de hasta el 97% de los australianos indígenas que informan haber sido víctimas del racismo. Además, el trabajo sobre la geografía del racismo sugiere que la gran mayoría de los australianos tienen algunas creencias o actitudes que podrían considerarse racistas. Independientemente de las diferencias en prevalencia y resultados, ambos son problemas que son perjudiciales para la sociedad. Además, las similitudes en el desarrollo de ambos problemas sugieren que es importante investigar cómo interactúan los dos constructos. Los datos presentados aquí proporcionaron el primer examen de la relación entre los rasgos de personalidad psicópata y las actitudes racistas, lo que demuestra un fuerte vínculo entre los dos constructos. Los resultados también proporcionaron pruebas sólidas adicionales para la validez de constructo y la validez convergente de la escala total y las subescalas de RACES, y proporcionaron evidencia tenue para la validez discriminante, con los hallazgos que demuestran las relaciones esperadas para la escala total de RACES y las subescalas. Esto incluye las relaciones entre la escala total de RACES y las subescalas; entre la escala total de RACES y las subescalas y una encuesta existente de actitudes racistas; y entre la escala total de RACES y las subescalas y una medida de los rasgos psicopáticos. Estos hallazgos también refuerzan el impacto potencial de la respuesta socialmente deseable en diversas medidas de actitud, incluidas las actitudes racistas y los rasgos de personalidad psicopática. Es importante destacar que se encontraron resultados similares en personas con y sin historial de delitos y entre grupos de edad

Hasta la fecha, se han llevado a cabo pocos exámenes de actitudes racistas y comportamientos ofensivos, y la mayoría explora el posible racismo sistémico que subyace a las tasas más altas de criminalidad en las poblaciones minoritarias. Sin embargo, se esperaría que se relacionen comportamientos ofensivos y comportamientos racistas, ambos comportamientos antisociales con actitudes antisociales subyacentes que potencialmente comparten vías de desarrollo. Los hallazgos de investigaciones previas que demuestran relaciones entre actitudes racistas, problemas de conducta y, de manera opuesta, comportamientos pro-sociales, además de la presente investigación que demuestra relaciones entre actitudes racistas y rasgos de personalidad psicopáticos, respaldan esta expectativa . Sería interesante evaluar el valor de las intervenciones generalizadas que intentan mejorar las conductas pro-sociales al tiempo que abordan el comportamiento ofensivo problemático en la reducción de los niveles de actitudes, creencias y comportamientos racistas.

La intervención temprana para limitar el desarrollo de rasgos de personalidad indeseables que fomentan actitudes racistas posteriores (por ejemplo, falta de empatía) es esencial. Abordar y mejorar los niveles de empatía actualmente se considera central para los programas efectivos contra el racismo, pero la presente investigación subraya la importancia de explorar otros componentes del desarrollo moral temprano más ampliamente. Por ejemplo, aumentar el desarrollo moral mientras se desaprueba el comportamiento antisocial, la criminalidad y la violencia en general, puede ser útil para reducir el cultivo y la perpetuación de las actitudes racistas. Los resultados brindan un impulso para futuros trabajos sobre el racismo y la psicopatía y resaltan el potencial de los conocimientos existentes sobre el manejo de ambos constructos para ser integrados a fin de fortalecer las intervenciones para reducir los impactos negativos de cada uno. Las investigaciones futuras pueden descubrir un área de investigación interesante y potencialmente decisiva que conduzca a la reducción simultánea del racismo, la psicopatía y el comportamiento ofensivo. Combinar los recursos destinados a investigar el racismo y los rasgos de personalidad psicópata para avanzar en los programas y abordar eficazmente el desarrollo de ambos temas sería de gran beneficio para la sociedad.

¿Qué relación existe entre los rasgos psicopáticos y el racismo? Un enfoque teórico. Club Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Is There a Relationship Between Psychopathic Traits and Racism?”, de los autores Kaine Grigg y Lenore Manderson, que exponen, desde un punto de vista teórico , y posteriormente a través de una investigación, la relación existente entre los rasgos psicopáticos y el racismo. En esta primera publicación resumiremos los aspectos teóricos, centrándonos en los resultados de la investigación en el próximo artículo.

La psicopatía tiene una larga historia tanto en la investigación de la psicología forense criminal como en la práctica clínica, con una amplia gama de actitudes y comportamientos antisociales que coexisten regularmente con la psicopatía. Las actitudes racistas se consideran antisociales y comparten muchas similitudes con los rasgos de personalidad psicopáticos, incluso en su desarrollo y su manifestación. Tanto la psicopatía como el racismo tienen impactos perjudiciales significativos y penetrantes en la sociedad; mejorar la comprensión de cada construcción y las posibles formas de reducir su impacto social, por lo tanto, sería útil.

Las características distintivas de la psicopatía incluyen encanto superficial y egocentrismo, las características afectivas incluyen niveles superficiales e impredecibles de emoción y deficiencias en la culpa, empatía y remordimiento, y las características conductuales incluyen la participación en actividades erráticas, negligentes, de riesgo y de búsqueda de sensaciones que violan las normas sociales y legales, asi como una incapacidad para mantener relaciones a largo plazo y la explotación indiferente y deliberada de otros. Los investigadores además han relacionado la psicopatía con un rango de comportamiento antisocial violento y no violento y con conductas de alto riesgo.

En cuanto a la estabilidad de la psicopatía, la investigación empírica sugiere que la psicopatía en la infancia y la adolescencia es igualmente estable y se presenta de manera similar a la psicopatía en la edad adulta, y que las características de la psicopatía adolescente muestran una estabilidad moderada de los componentes afectivos, incluida la falta de empatía y remordimiento, emociones superficiales, egocentrismo y engaño a lo largo de la transición de la adolescencia a la adultez. Esta constancia sugiere que la psicopatía infantil puede convertirse en un factor estable y duradero de rasgos de personalidad.

El desarrollo de la psicopatía se ha relacionado con los déficits individuales en características como el temperamento y la inhibición conductual, el desarrollo moral y emocional, el procesamiento sociocognitivo y la disfunción emocional y cognitiva general, por ello es esencial comprender cómo se nutren tales características. Dichos déficits se ven considerablemente afectados por la crianza de los hijos, lo que sugiere posibles asociaciones entre el desarrollo de la psicopatía y una gama de variables parentales pobres. Apoyando esta proposición, niveles más altos de síntomas de Trastorno de Personalidad Antisocial, que abarcan rasgos psicopáticos, han sido vinculados a una gran cantidad de variables parentales que incluyen maltrato infantil, menores niveles de cuidado paterno y materno, mal vínculo parental, y abusos físicos, psicológicos o sexuales.

Pues bien, el desarrollo de actitudes racistas ha sido explorado de manera similar. Investigaciones recientes propusieron que tanto el racismo como el sexismo son dos formas interrelacionadas de actitudes discriminatorias vinculadas a través de creencias de jerarquías sociales, que pueden ser atribuibles a los rasgos subyacentes de la personalidad. Por ello, similar al cultivo de la psicopatía, también se han establecido vínculos entre la crianza estricta y rígida, el desarrollo de la personalidad y las consecuentes actitudes racistas. No es sorprendente que comportamientos y actitudes indeseables como el racismo se desarrollen en niños que experimentan una crianza negativa, dado el significativo poder del rechazo y aceptación de los padres al moldear nuestras personalidades como niños y adultos, aunque el enfoque en la crianza autoritaria como la causa de las actitudes racistas en los niños ha sido reemplazado por una mayor comprensión sociocognitiva.

En contraste, la crianza positiva, que incluye el uso de técnicas de empatía, parece disminuir los comportamientos antisociales y limitar el desarrollo de los rasgos de personalidad psicópata y las actitudes racistas. De manera similar, los niveles de empatía parecen estar relacionados con las actitudes racistas y son un moderador importante de tales actitudes. Como la empatía es un antecedente clave del comportamiento prosocial y del desarrollo moral, estos vínculos son aún más importantes en una investigación de actitudes racistas y rasgos de personalidad psicopática. Además, el desarrollo del comportamiento intimidatorio se ha relacionado con el comportamiento antisocial posterior, la criminalidad y la violencia, lo que podría incluir el desarrollo de actitudes racistas y rasgos de personalidad psicopática.

Debido a los vínculos inversos entre la empatía y los problemas de conducta, las actitudes racistas y los rasgos psicopáticos, así como las similitudes en los caminos del desarrollo del racismo y la psicopatía, se esperaría una relación entre los rasgos psicópatas y las actitudes racistas. Los fuertes vínculos entre la psicopatía y varias conductas antisociales violentas y no violentas añaden más peso a esta idea, pero aún no se han realizado investigaciones que exploren esta relación propuesta.

Para poder demostrar de un modo empírico esta relación entre los rasgos psicopáticos y el racismo, los autores Kaine Grigg y Lenore Manderson realizaron una investigación con 402 participantes cuyo objetivo principal fue examinar la relación explicada anteriormente, y cuyo objetivo secundario fue explorar la consistencia de esta relación entre adolescentes y adultos. La metodología, resultados y conclusiones podrán consultarse en el siguiente artículo del Club Forenses.

El cerebro se adapta a la falta de honestidad. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The Brain Adapts to Dishonesty”, de los autores Neil Garrett, Stephanie C. Lazzaro, Dan Ariely y Tali Sharot, de la Universidad de Londres, que analizan cómo el cerebro se adapta a los actos deshonestos.

¿Cuántas veces te has sentido tentado de hacer algo deshonesto? Quizás alguna vez en el supermercado te dieron de más en el cambio y te sentiste tentado de quedarte esas monedas extra. O tal vez mentiste inventando un compromiso ineludible para evitar un evento al que no te apetecía en absoluto asistir. Ser poco honrado es una tentación común y estas pequeñas tentaciones son parte de la vida cotidiana. Continuamente debemos decidir cómo actuar según nuestra moral y, en parte, lo que guía esas decisiones es lo desagradable que es la falta de honestidad.

Sin embargo, ¿qué pasaría si pudiéramos acostumbrarnos a ese malestar y acabar por “superarlo”? No es tan disparatado pensar que nadie se vuelve un estafador, un ladrón o cualquier otra alternativa fraudulenta de la noche a la mañana. Es más lógico pensar que, como todo largo camino, empezó con un pequeño paso. Por ello, la hipótesis de este estudio era: ¿y si al hacer algo mal, la siguiente vez nos resulta más fácil? ¿Podría ser que nuestra deshonestidad aumente como una bola de nieve rodando por una colina?

Esta hipótesis parte de la idea de la adaptación neuronal, consistente en que el cerebro se vuelve menos sensible a los estímulos después de una exposición repetida. Por ejemplo, somos plenamente conscientes del olor a pan recién hecho cuando entramos en una panadería, pero si nos quedáramos mucho rato allí dejaríamos de percibirlo aunque el olor siga en el aire. De la misma forma, una vez que nos hemos vestido, dejamos de ser conscientes del tacto de la ropa a menos que pensemos activamente en ello, o ignoramos el sonido del ventilador o del aire acondicionado cuando ya lleva un rato oyéndose ese murmullo repetitivo de fondo. Igual que nos adaptamos a los estímulos físicos, podemos adaptarnos a los emocionales, así que no es desproporcionado pensar que podríamos acostumbrarnos y, por tanto, dejar de percibir la aversión a la deshonestidad.

Para probar esta hipótesis participaron 55 individuos entre 18 y 65 años con una edad media de 23 años; 34 de ellos, mujeres. Se les realizaba una resonancia magnética funcional mientras llevaban a cabo una tarea en la que debían cooperar con otra persona que era en realidad un cómplice del investigador. Entre los dos debían valorar cuántas monedas de un centavo había en un frasco que contenía entre £15 y £35. Los participantes podían ver la imagen en grande y durante varios segundos, pero los cómplices apenas la veían un segundo y mucho más pequeña. En una primera tarea se les pidió simplemente cooperación para valorar la capacidad de estimación de los participantes y poder así compararla con la segunda tarea, en la que se pretendía provocar la falta de honradez.

En una segunda tarea, se les dijo a los participantes que serían recompensados de acuerdo a la cantidad que su acompañante sobreestimara por encima de la real, mientras que los acompañantes serían recompensados por acertar con precisión. Además, se les indicaba que sólo a ellos se les había informado de que ese cambio de normas. Es decir, las parejas no tenían por qué dudar de la buena intención de los participantes cuando exageraran la cantidad para beneficiarse ellos mismos a costa de sus compañeros. También se aplicaron otras tareas en las que el beneficiado podía ser el acompañante o ambos.

Los resultados son bastante pesimistas: las pequeñas trasgresiones iniciales iban acompañadas de fuertes respuestas emocionales, pero poco a poco se iban acostumbrando a realizarlas adaptándose a la respuesta y dejando de mostrar esa fuerte aversión. Y, finalmente, podían ser mucho más deshonestos que al principio del experimento pero con una sensibilidad emocional mucho más limitada. La falta de honradez empezaba a sentirse como algo “no tan malo”. Sin embargo, también se encontró que la gente mentía más cuando sacarían beneficio de ello tanto sus compañeros como ellos mismos, viendo así su falta de honradez como algo menos malo.

En conclusión, los resultados son muy relevantes ya que nos muestran un posible origen de las conductas transgresoras y su justificación a nivel neuronal. Es muy posible que este mecanismo esté presente en otras conductas que también escalan a peor como la asunción de riesgos o la conducta violenta. Así pues, queda en evidencia la importancia de la prevención en las fases primarias de esos pequeños actos deshonestos antes de que la bola de nieve sea demasiado grande para pararla.

Factores de Criminalidad. Club Ciencias Forenses.

Factores que conducen a la criminalidad.

Factores de Criminalidad. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, esta semana les ofrecemos un resumen del artículo “Los factores de la Criminalidad son los Genes, el Temperamento y la Personalidad psicopática”, de los autores Matt DeLisi de la Universidad Estatal de Iowa (EE.UU.) y Michael G. Vaughn de la Universidad de Saint-Louis (EE.UU.), que trata sobre los factores que conducen a la criminalidad.

El estudio de la conducta antisocial grave y violenta ha evolucionado de un enfoque basado en los factores estructurales y medioambientales hasta un nivel individual. La criminología ha empezado a prestar atención a los factores constitucionales que influyen en la autorregulación, el procesamiento emocional, el funcionamiento neuropsicológico y los procesos relacionados. En este trabajo se plantea que las condiciones necesarias para la criminalidad implican características constitucionales básicas y recalca la reciente investigación sobre genes, temperamento y personalidad psicopática. Se centra además en la Evaluación Integral de la Personalidad Psicopática (CAPP) y en el estudio de la posible integración de la genética, el temperamento, y la psicopatía para comprender la criminalidad.

Más allá de los factores de riesgo sociales, existen otros factores que explican la varianza de la agresión, la ira y los problemas de conducta en la infancia. Y esos otros factores son los factores genéticos. Gracias a los numerosos estudios sobre asociación genética molecular existe un amplio conjunto de genes específicos que se han relacionado con la criminalidad. Se ha descubierto que los portadores del alelo G manifiestan más comportamientos antisociales en situaciones de estrés social. Se han revelado asimismo asociaciones significativas entre los genes de la dopamina y el comportamiento antisocial cuando se dan en contextos ambientales que evidencian un control social bajo. Se han hallado recientemente asociaciones significativas entre el gen de la monoaminaooxidasa A (MAOA) y la adversidad en la infancia. Se ha podido demostrar igualmente una relación entre el gen DRD4 y la delincuencia, la ira y la búsqueda de emociones. Es importante recordar que, aunque significativos, los efectos genéticos normalmente son muy escasos y suelen darse en ambientes desfavorecidos. A la larga, el ADN, el ARN y la síntesis de proteínas se expresan en nuestra biología, y lo más importante, en nuestro cerebro. El temperamento es la tendencia estable, en gran parte innata con la que un individuo percibe el entorno y regula sus respuestas hacia él. El temperamento refleja las diferencias básicas en la reactividad del sistema nervioso central que se manifiestan en la varianza en el nivel de actividad, la emotividad y el humor, los comportamientos de acercamiento y retirada, y la autorregulación. Por otro lado, los factores de riesgo genéticos relacionados con el temperamento de la madre biológica interactúan con los factores de riesgo ambientales para influir en los comportamientos desafiantes infantiles. El perfil temperamental ofensivo se asocia especialmente con la insensibilidad y formas más agresivas de problemas conductuales. En resumen, los déficits temperamentales caracterizados por una baja autorregulación, una emocionalidad negativa e intercambios hostiles con otros, proporcionan toda una vida con problemas de conducta. Por lo tanto el temperamento constituye un componente principal de la criminalidad y, afortunadamente se observa en edades muy tempranas para facilitar las intervenciones preventivas. A pesar de que el temperamento refleja la diferenciación biológica básica, generalmente se considera la base sobre la cual descansa la personalidad. La personalidad psicopática, caracterizada por rasgos afectivos, comportamentales, y estilos de vida distintivos, es moderadamente hereditaria e identificable en niños y adolescentes. Asimismo, la antisocialidad es inherente a la psicopatía. Una innovación relativamente reciente pero importante en la bibliografía sobre psicopatía ofrece la posibilidad de integrar todos estos ingredientes básicos para la comprensión de la criminalidad. La Evaluación Integral del Trastorno de Personalidad Psicopática (CAPP) conceptualiza el trastorno en un modelo léxico de la personalidad. El CAPP incluye 33 síntomas que son adjetivos o frases adjetivas que se definen en términos de otros tres adjetivos/frases adjetivas. Estos síntomas se agrupan en seis áreas que representan: 1) apego, 2) regulación o restricción conductual, 3) cognición, 4) dominación o relaciones de estado, 5) emoción y 6) identidad.

Uno de los debates más importantes en psicología se centra en la utilidad de la aplicación de los modelos estructurales de la personalidad para la comprensión de la psicopatía. Los modelos estructurales son las evaluaciones globales de la personalidad que no están centrados en un tema específico, como la antisocialidad o la aptitud profesional. El modelo estructural más conocido es el modelo de los Cinco Factores o comúnmente conocido como los Cinco Grandes (Big Five), que se mide con el NEO-PIR. Esta reciente conceptualización ha encontrado su camino en la psiquiatría, la práctica clínica y correccional. En el DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales), el Trastorno Antisocial de la Personalidad está compuesto por dos criterios diagnósticos. Es decir, existe un reciente y creciente movimiento hacia la conceptualización de las condiciones antisociales, o más generalmente, de la criminalidad, como un conjunto de rasgos básicos reflejados por constructos de orden superior. En consecuencia la criminalidad está determinada por rasgos de personalidad psicopática (que se encuentran dentro de los rasgos normales de la personalidad), que se apoya en extensiones fisiológicas y psicológicas del temperamento, y es significativamente hereditaria. Las ventajas de un mayor ámbito de investigación empírica es que facilita no sólo nueva conceptualizaciones sino también una poderosa evidencia convergente que puede ser relacionada con mecanismos básicos. Además de para saber la verdad, esto es importante para llevar a cabo intervenciones preventivas que son posiblemente más sostenibles ya que están unidas a procesos causales subyacentes que ocurren a una edad relativamente temprana. Por otra parte, los científicos de prevención también han señalado que muchas intervenciones efectivas son de naturaleza biosocial, que se ajustan muy bien a los elementos básicos de la criminalidad analizados en el presente trabajo. Aunque es cierto que muchas de estas intervenciones necesitan más pruebas y perfeccionamiento, se espera que una base etiológica de conocimiento más fuerte pueda prestarse a una mayor eficacia de las tecnologías de prevención, que pueden ser ampliamente divulgadas para beneficio de todos.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club de Ciencias Forenses

Traducción y edición: Leticia Moreno

Criminología Biosocial y prevención de la delincuencia. Club Ciencias Forenses.

Criminología Biosocial y prevención de la delincuencia. Club Ciencias Forenses.

Criminología Biosocial y prevención de la delincuencia. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les ofrecemos un resumen del artículo “Criminología Biosocial y prevención del crimen moderno”, de los autores Michael Rocque de la Universidad de Maine y de la Universidad del Noreste (EE.UU.), Brandon C. Welsh de la Universidad del Noreste (EE.UU.) y Adrian Raine de la Universidad de Pensilvania (EE.UU.), acerca de la aplicación de la biología a la prevención del crimen.

En los últimos años, se ha centrado el interés en la prevención del delito. Este artículo, trata de demostrar que la nueva prevención biológica del crimen es muy diferente de los enfoques biológicos del pasado. Lejos de abogar por medidas eugenésicas poco éticas, este trabajo se centra en la mejora del entorno para promover un desarrollo biológico sano en la infancia. Por lo tanto, en cierto sentido, este trabajo de prevención del delito es integrador en el reconocimiento de la importancia del entorno como del organismo. El interés académico por el estudio de la prevención ambiental del delito ha crecido en los últimos años. Los programas para niños que buscan mejorar el desarrollo comenzaron a recopilar datos sobre la delincuencia y la conducta antisocial, ayudando a demostrar el potencial de la prevención temprana del delito. Un enfoque de prevención básico aboga por determinar qué facilita el comportamiento criminal y aborda esos factores antes de que se produzca el delito. En este caso, los médicos no se basan en la identificación de las víctimas de una enfermedad como su único medio para tratar la enfermedad; sino que comparten su conocimiento acerca de los factores de riesgo que pueden llegar a producir ciertas enfermedades y orientan a las personas en riesgo con el fin de evitar la enfermedad antes de que se manifieste. La prevención del desarrollo se refiere a las intervenciones diseñadas para prevenir el desarrollo del potencial criminal de los individuos, especialmente los factores de riesgo de victimización y de protección descubiertos en los estudios sobre desarrollo humano. La prevención comunitaria se refiere a las intervenciones diseñadas para modificar las condiciones sociales y las instituciones que influyen en la delincuencia en zonas residenciales. La prevención situacional se refiere a las intervenciones diseñadas para prevenir la ocurrencia de delitos mediante la reducción de oportunidades y el aumento del riesgo y la dificultad de delinquir. La prevención judicial penal se refiere a las estrategias de rehabilitación, de incapacitación y de disuasión tradicionales aplicadas por las fuerzas del orden y los organismos del sistema judicial penal. La prevención del desarrollo es la nueva forma de prevención del delito. Es asimismo la más relevante para la prevención del delito desde una perspectiva biológica y, posiblemente, el enfoque que puede dar lugar a dilemas neuroéticos.

El trabajo de Raine y sus colegas ha demostrado cómo la tecnología (por ejemplo, imágenes de resonancia magnética funcional) puede ilustrar la relación entre los déficits de funcionamiento del cerebro y el comportamiento criminal/antisocial. Uno de los correlatos más fuertes de la conducta criminal tardía son los déficits neuropsicológicos o cognitivos en la infancia. Lo más probable es que existan varias causas para el deterioro de las funciones cognitivas dentro de las cuales se incluyen las predisposiciones genéticas, biológicas, psicológicas y sociales. Mientras que los criminólogos a menudo consideran la impulsividad y la emocionalidad negativa como rasgos de la personalidad, la investigación ha indicado que tienen base biológica. Algunos teóricos sostienen que la impulsividad es más importante que cualquier otro rasgo en el desarrollo de la delincuencia. El temperamento negativo también puede asociarse con una mala conducta dadas las respuestas sociales que “provoca”. La investigación ha demostrado que la agresión temprana o el diagnóstico de trastornos conductuales en niños son predictores significativos de un comportamiento antisocial o criminal posterior. Mientras que el comportamiento agresivo en los niños se puede considerar como una conducta antisocial, la investigación ha demostrado que está relacionado con la violencia y el delito en la posterior edad adulta. La investigación también ha señalado que la salud física y mental (o enfermedad) se relaciona con la conducta delictiva y antisocial. Sin embargo, cabe mencionar que la relación entre la enfermedad mental y la delincuencia es compleja, y la evidencia muestra que no todas las enfermedades mentales están asociadas con un aumento del riesgo de manifestar un comportamiento criminal. La mala salud se ha asociado con una conducta criminal posterior, debido a una mala alimentación de la madre y del niño.

La mayoría de los enfoques modernos que incorporan la biología a la prevención del delito reconocen que factores tales como los genes o la personalidad interaccionan con el medio ambiente y la mejor forma de abordarlos es alterando este último. Los Biocriminólogos e investigadores de diversas disciplinas están empezando a hacer recomendaciones para la prevención de la delincuencia compatibles con los enfoques sociológicos tradicionales. Los estudiosos que defienden la integración de la biología en la criminología argumentan que la conducta antisocial se puede evitar mediante la aplicación de programas específicos, y no tienen que implicar “intervenciones estatales represivas”. Además, algunos trabajos experimentales muestran cómo tratar los factores biológicos que pueden conducir a una reducción del comportamiento antisocial. Se ha evidenciado que los programas de salud y nutrición para mujeres embarazadas y sus hijos pueden influir en una posterior conducta antisocial. Estos programas, que por lo general se concentran en la mejora de las habilidades de crianza, han sido revisados por numerosos académicos y en general muestran un impacto positivo en el desarrollo del niño. Desafortunadamente, muchas evaluaciones de programas de prevención del desarrollo no incluyen medidas de conducta antisocial, crimen, o delincuencia. Algunos programas que tratan de alterar el desarrollo de los factores de riesgo biológicos de comportamiento antisocial se han llevado a cabo en un contexto escolar. Los programas preescolares enriquecidos están diseñados para proporcionar “a los niños económicamente desfavorecidos una estimulación cognitiva y experiencias enriquecedoras que sus padres no pueden aportarles en casa”. Sus principales objetivos son la mejora de las habilidades cognitivas, la preparación para la escuela, y el desarrollo social y emocional. Existen asimismo una serie de programas de prevención del delito en las escuelas desarrollados para jóvenes con factores de riesgo biológicos identificados. Existe cierta evidencia que señala que los programas pueden ayudar a la prevención de ciertas enfermedades mentales graves o trastornos. En la medida en que ciertos tipos de enfermedades mentales son un factor de riesgo para la delincuencia, prevenir la enfermedad debería reducir el comportamiento criminal posterior. La evidencia más reciente hasta la fecha sugiere que la relación entre la salud y el delito radica en que la delincuencia habitual conlleva un deterioro de la salud. Sin embargo, parece que poco se sabe sobre la relación entre salud y delincuencia en la infancia. Debido al creciente número de investigaciones que han demostrado la existencia de una relación entre el déficit cognitivo, el funcionamiento del cerebro y la delincuencia, tal vez no sea sorprendente que estudios recientes hayan demostrado que la nutrición puede ayudar a prevenir la conducta antisocial. Parece que la nutrición puede tener incluso un efecto significativo en el comportamiento. De esta manera, las investigaciones experimentales han demostrado que los suplementos nutricionales pueden afectar significativamente al comportamiento, incluyendo la delincuencia. Lo que plantea otro importante vínculo entre la biología y el comportamiento que aún no ha sido estudiado por la criminología convencional o la prevención del delito.

La actual bibliografía sobre prevención del delito se caracteriza por diversos enfoques, desde estrategias comunitarias y de espacio construido, a estrategias de desarrollo infantil. Con respecto a las causas biológicas de la delincuencia, una estrategia relevante de prevención del delito es la estrategia del desarrollo. Este enfoque reconoce la interacción entre el individuo y el entorno. El enfoque del desarrollo tiende a centrarse en la identificación de factores de riesgo en niños o familias y trata de mejorar las condiciones ambientales con el fin de facilitar el desarrollo saludable del niño. Existe una gran cantidad de literatura acerca de cómo un entorno desfavorable en la infancia tiene un efecto negativo en el desarrollo cognitivo. En el futuro, es razonable suponer que surgirán más programas o estrategias centrados en los factores de riesgo biológicos. Es importante destacar que, estos enfoques no buscan alterar la biología del individuo de forma radical, sino más bien mejorar su funcionamiento en el mundo social. En cuanto a la prevención del desarrollo de la delincuencia, las investigaciones señalan que cuanto antes sea la intervención, mejor. Por lo tanto, la intervención temprana es fundamental para el tratamiento de algunas causas biológicas de la delincuencia. Con respecto al sistema judicial penal, es probable que prevalezca un enfoque más limitado, pero no cabe esperar que los programas que se dirigen a las “necesidades criminógenas” aborden factores biológicos/genéticos en el futuro. Será igualmente importante para los investigadores asegurar que con el nuevo conocimiento sobre el papel del organismo en el comportamiento criminal, los enfoques de prevención no participen en conductas poco éticas. Tal vez el mayor peligro asociado al estudio de la prevención del delito desde una perspectiva biológica es el “mal uso” por los líderes políticos o los medios de comunicación de dicha información. Sin embargo, tal y como se ha demostrado en este artículo, se puede utilizar un enfoque biológico de una manera eficaz y no discriminatoria para prevenir la delincuencia. El actual enfoque de prevención de la bio-delincuencia reconoce la importancia del medio ambiente y de la intervención temprana. Estas estrategias tratan de mejorar la vida en lugar de eliminar a los individuos de la sociedad. En este sentido, la prevención de la bio-delincuencia es una evolución positiva que merece más atención por parte de la comunidad criminológica.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club de Ciencias Forenses

Traducción y edición: Leticia Moreno

Coleccionistas: Delincuentes sexuales en serie que conservan pruebas de sus crímenes. Club de las Ciencias Forenses.

Coleccionistas: Delincuentes sexuales en serie que conservan pruebas de sus crimenes. Club de las Ciencias Forenses.

Coleccionistas. Club de las Ciencias Forenses.

Estimados seguidores del Club de las Ciencias Forenses, una vez más, es un placer poder mostrarles un artículo que despierta  nuestro interés y curiosidad, como en este caso el realizado por Park E. Dietz, Robert R. Hazelwood y Janet I. Warren de la Universidad de Virginia (EE.UU.) que versa sobre el terrorífico mundo de los delincuentes sexuales que coleccionan recuerdos de sus víctimas.

Un comportamiento coleccionista es contrario a la intuición, ya que representa una prueba irrefutable de la responsabilidad de un sujeto en la comisión de un delito grave. El proceso de reunión de estos artículos y el hecho de mantenerlos juntos cerca del delincuente parece suponer una experiencia psicológica fundamental para la motivación a la hora de cometer los crímenes.

Entre los comportamientos asociados a las parafilias se encuentra la búsqueda de la estimulación a través de imágenes y materiales adquiridos hasta conformar una colección personal. Los delincuentes sexuales en serie que cumplen sus deseos parafílicos (conocidos por la policía como delincuentes sexuales rituales) no son una excepción a esta regla. En la investigación de este tipo de delincuentes se ha observado un fenómeno extraordinario: algunos intencionalmente graban, conservan y archivan numerosos detalles de sus crímenes sexuales. Sus métodos incluyen grabación en vídeo, cintas de audio, fotografías, dibujos, redacciones en diarios, cartografía, anotaciones en calendarios, largas descripciones y conservación de ropa interior, joyas u otros objetos pertenecientes a la víctima, incluso líquidos y/o partes de su cuerpo.¿Qué mueve a los delincuentes a preservar las pruebas fehacientes que confirman sus crímenes, algo que amenaza su libertad y su vida? Se ha encontrado un patrón de conservación de artículos de los crímenes en serie entre asesinos sádicos sexuales, asesinos, violadores, necrófilos y pederastas. Los delincuentes utilizan una variedad de modalidades para la grabación y archivo de sus crímenes y algunos de ellos utilizan más de una modalidad. Esto no constituye una tipología de los delincuentes, ya que dichas modalidades no son ni mutuamente excluyentes dentro del repertorio ni recoge todas las posibilidades existentes.

Algunos delincuentes acumulan material a modo de catálogo de posibles futuras víctimas. Esto les proporciona una fantasía pre-delito, además de identificar a un grupo de víctimas que pueda estar disponible cuando se decidan a actuar. La búsqueda incesante de una nueva adquisición les genera entusiasmo, ansiosas expectativas y emoción. Este proceso de seleccionar víctimas potenciales tiene el doble objetivo de crear un catálogo entre las que elegir y generar una fantasía de oportunidades y conquistas sexuales interminables. Poseer algo que pertenece a la víctima, que simboliza a la víctima, valida su conquista o victoria sobre ella a modo de trofeo. Los objetos cumplen una función de enlace, manteniendo al delincuente psicológicamente conectado con la víctima a pesar de la terminación del delito o incluso de la muerte de la víctima. Por otra parte, las colecciones permiten revivir la experiencia, refinar futuros delitos sexuales y generar pornografía para uso personal o para compartir con otros. Una vez que la víctima se añade a su archivo, el crimen se vuelve interminable y la víctima es capturada en un perpetuo estado de victimización.

La importancia psicológica de las colecciones de los delincuentes sexuales en serie es extraordinaria para ellos, ya que arriesgan sus vidas y su libertad mediante la preservación de las pruebas de sus crímenes. Hay un impulso para mantener la colección a mano y disponible para poder verla y manejarla a su antojo, vincularla a sus víctimas y disfrutar de los beneficios psicológicos de la misma (captura, posesión, fantasía sexual, recuerdo y poder). Desde una perspectiva más amplia, estos hechos ilustran la multiplicidad de trastornos parafílicos demostrados por delincuentes sexuales violentos y la conexión entre la conducta fetichista y los asesinatos en serie. Esta es una conexión documentada hace muchos años en varios estudios de asesinos en serie en los que se refleja la conexión entre los asesinatos en serie, el travestismo y otras formas específicas de conducta fetichista.

Este hallazgo también tiene relevancia para los profesionales del orden público, la salud mental o la comunidad forense, que deberían considerar si un delincuente sexual o una persona que presenta parafilias, a priori inofensivas, podría tener en el futuro impulsos y conductas más peligrosas. Deberán estar especialmente vigilantes sobre aquellos que tienen un historial de actos criminales, trastornos de la personalidad, enfermedad mental, abuso de sustancias o trauma sexual personal. La probabilidad de reincidencia en delincuentes en serie es muy alta y no existe ningún tratamiento capaz de reconstituir sus personalidades con el fin de hacerlas inocuas. En 1930, Wilhelm Stekel, en su obra Las aberraciones sexuales, argumentó que este tipo de delincuente debe ser “entregado a un especialista para un tratamiento después de un examen preliminar”. Desgraciadamente, no existe antídoto alguno para erradicar las perversiones violentas junto a trastornos de personalidad. Por lo tanto, la rápida identificación y aprehensión es lo mejor que puede hacerse ante el estado actual de conocimiento.

Seríamos negligentes si no resaltáramos que solo porque algunos delincuentes en serie amasen una colección de materiales de fantasía no significa que todos los que tengan colecciones de este tipo vayan a delinquir. Existen individuos no delincuentes cuyas colecciones están disponibles para el estudio y recogen gran cantidad de, por ejemplo, pornografía especializada. Estas colecciones son obviamente de naturaleza sexual, pero no están asociadas a la violencia, al menos hacia una víctima real. Sin embargo, existe un riesgo claro de que las personas que no entiendan bien la naturaleza del deseo o de las parafilias inocuas confundan una colección de material de fantasía con un catálogo de posibles víctimas.

Existe una obvia relación entre la parafilia, teniendo en cuenta el factor secreto de este comportamiento sexual, y una colección inanimada que ayude a preservar las experiencias de su propietario. En conclusión, esta tendencia que se da entre algunos delincuentes parafílicos en serie constituye una importante área de estudio psicológico y criminológico. Gracias a ello se revela parte de la motivación del delincuente y su fantasía sexual esencial y puede corroborar su asociación con la víctima, que a menudo ha fallecido antes de que se descubra la colección.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club de las Ciencias Forenses

Traducción: Nahikari Sánchez

Edición: Belén Alcázar

La Biocriminología en la prevención del delito. Club de las Ciencias Forenses.

Aplicacion de la biocriminologia en la prevencion del delito. Club de las Ciencias Forenses

Biocriminología. Club de las Ciencias Forenses.

En esta ocasión, queridos seguidores del Club de las Ciencias Forenses,  les ofrecemos un artículo que aborda un tema innovador y sin duda interesantísimo como es la aplicación de la criminología biosocial en la prevención del delito, gracias a la investigación llevada a cabo por Michael Rocque de la Universidad del Noreste, Boston (EE.UU), Brandon C. Welsh de Universidad de Maine, Orono (EE.UU) y Adrian Raine  Universidad de Pennsylvania, Philadelphia (EE.UU).

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, los esfuerzos criminológicos para prevenir o reducir el crimen se centraron en abordar las presuntas causas biológicas de la criminalidad. Hoy en día, la prevención del delito pone un énfasis especial en los factores de riesgo biológico y fisiológico, sobre todo durante los períodos tempranos de la vida. Existe un número creciente de programas de prevención del delito que estudian los factores de riesgo biológico en la delincuencia criminal. Estos programas se aplican en los entornos de la familia, la escuela y la comunidad. La evidencia sugiere que estos programas pueden reducir el crimen. Aunque “la prevención biológica del delito” no ha surgido todavía como un campo independiente de estudio, los resultados muestran que la biología supone un impacto significativo en la aparición del delito. A día de hoy, muchos criminólogos se mantienen cautelosos frente a cualquier estudio que infiera la biología como factor del delito. Sin embargo, la investigación criminológica examina los factores biológicos de un modo sofisticado y atendiendo a la importancia del contexto social. Por lo tanto, la prevención del delito con base biológica vuelve a estar presente en la literatura criminológica, pero de manera muy diferente a las estrategias biológicas del pasado. Lejos de abogar por medidas eugenésicas no éticas, este trabajo se centra en mejorar el entorno del sujeto para promover el desarrollo biológico saludable desde la edad temprana.

La prevención del delito tiene una larga historia en el campo de la criminología y la justicia penal. Las evaluaciones de los programas de prevención del delito se han llevado a cabo durante décadas, sobre todo en Estados Unidos. Con respecto a la biología, los esfuerzos de prevención del delito a finales del siglo XIX y principios del XX llaman a evitar que los denominados pueblos inferiores se reproduzcan a través de políticas eugenésicas.

Un esquema influyente distingue cuatro estrategias principales para la clasificación de los programas de prevención del delito (Tonry y Farrington, 1995):

– La prevención del desarrollo se refiere a intervenciones diseñadas para prevenir el desarrollo del potencial criminal de las personas, especialmente las dirigidas a abordar los factores de riesgo y de protección descubiertos en los estudios sobre el desarrollo humano (Farrington y Welsh, 2007  y  Tremblay y Craig, 1995).
– La prevención de la comunidad se refiere a intervenciones diseñadas para cambiar las condiciones sociales y las de las instituciones (por ejemplo, las familias, los compañeros, las normas sociales u organizaciones) que influyen en la delincuencia, dentro de las comunidades residenciales (Hope, 1995).
– La prevención situacional se refiere a aquellas intervenciones diseñadas para prevenir los delitos mediante la reducción de las oportunidades de actuar del sujeto (Clarke, 2009).
– La prevención de la justicia penal se refiere al elemento de disuasión tradicional, llevando a cabo estrategias de rehabilitación gestionadas por la policía y por los organismos del sistema de justicia penal (Blumstein, Cohen y Nagin, 1978).

La literatura actual de prevención del delito se caracteriza por estudiar diversos focos de atención: la comunidad, el entorno y las estrategias de desarrollo en la primera infancia. Con respecto a las causas biológicas del delito, una estrategia de prevención de la delincuencia será muy relevante. Este enfoque reconoce la interacción entre la persona y su entorno, punto de vista de los investigadores biosociales contemporáneos del crimen y la delincuencia. El enfoque de desarrollo tiende a centrarse en la identificación de los factores de riesgo en niños o familias para mejorar sus condiciones ambientales, con el fin de facilitar el desarrollo sano de los más pequeños.

Un enfoque de prevención del delito biológico que se centre únicamente en la “identificación de los nacidos para cometer el crimen” es una reliquia del pasado en criminología. Los programas de prevención de la delincuencia y los programas existentes defendidos por biocriminólogos buscan prevenir la aparición de factores de riesgo biológico (impidiendo el desarrollo de déficits cognitivos) y la conducta delictiva entre quienes tienen factores de riesgo identificados. La investigación indica que los programas de prevención precoz fomentan el desarrollo saludable del cerebro y producen mejoras cognitivas de manera acumulativa. Los estudios demuestran, además, que una nutrición adecuada puede mejorar el crecimiento de los nervios cerebrales, hecho crucial en el tema que nos atañe. En los casos en los que los factores de riesgo son hereditarios o genéticos, los programas pueden prevenir la delincuencia a través de la identificación de los factores ambientales que puedan incrementar la conducta criminal.

En el futuro es razonable suponer que surgirán un mayor número de programas o estrategias basados en los factores de riesgo biológico. En cuanto a la prevención del delito en el desarrollo, la investigación ha demostrado que cuanto antes se efectúe la intervención, mejor. La etapa más importante del desarrollo para el crecimiento cognitivo parece transcurrir entre el embarazo y los primeros 2 años de vida. Los traumas durante este período pueden resultar especialmente impactantes, afectando al desarrollo del cerebro en la edad adulta. La desventaja de determinados entornos pueden retrasar gravemente el desarrollo cognitivo con unos efectos duraderos, incluido un mayor riesgo de pobreza, nivel de educación más bajo y oportunidades de empleo más pobres. Se ha demostrado que un tratamiento dirigido a personas expuestas a un trauma precoz puede mejorar los efectos del desarrollo cognitivo negativos de dicho trauma. Por lo tanto, la intervención temprana es de suma importancia en el tratamiento de ciertas causas biológicas de la criminalidad. Los programas de prevención dependen de los presupuestos gubernamentales. La identificación de las causas biológicas de la criminalidad puede ser políticamente atractiva, pero sin una continuidad puede tener consecuencias engañosas e incluso peligrosas.

Un enfoque basado en la biología puede utilizarse de una manera eficaz a la hora de prevenir el delito. Programas de prevención biocrimen reconocen la importancia del entorno de la persona y de la intervención temprana. Estas estrategias pretenden mejorar la vida de los sujetos en lugar de sacarlos de la sociedad. En este sentido, la prevención biocrimen supone un desarrollo positivo que merece más atención de la comunidad criminológica.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club de las Ciencias Forenses

Traducción: Nahikari Sánchez

Edición: Belén Alcázar