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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Pathological risk-propensity typifies Mafia members’ cognitive profile” de Salvato, G.; Fiorina, M. L.; De Maio, G.; Francescon, E.; Ovadia, D.; Bernardelli, L.; Santosuosso, A.; Paulesu, E. y Bottini, G. (2020), en el que los autores estudian si existen diferencias entre los perfiles cognitivos de los miembros de bandas de crimen organizado y aquellos delincuentes que actúan en solitario.

 El crimen organizado es un asunto que preocupa a nivel mundial, a cuya comprensión y prevención se invierten cada vez más recursos y esfuerzos.

Gran parte de la prevención se basa en las maneras de detectarlo de forma pronta para poder evitarlo o minimizar sus consecuencias.

Por otro lado, respecto a la comprensión del fenómeno, sabemos ya algunas cosas. Por ejemplo, sabemos que son organizaciones muy estables con una compleja estructura jerárquica que se rige por unas normas muy estrictas.

Los integrantes más recientes, deben dejar atrás su identidad para adoptar una nueva. Sus actividades delictivas, así como su vida privada, están reguladas por códigos de conducta que prácticamente podrían llamarse mandamientos. Estas normas construyen una identidad colectiva a la que los miembros se adhieren, creando una fuerte cohesión.

Se sabe que el grupo empuja a los individuos a llevar a cabo conductas arriesgadas. Los autores sugieren dos explicaciones para esto.

Primero, la responsabilidad compartida por el grupo. Esto significaría que las decisiones arriesgadas serían percibidas por los individuos como más asequibles.

Segundo, existe una persuasión, dirigida a perpetrar estas conductas de riesgo, que sería ejercida por los individuos que son más influyentes en y para el grupo.

Además, entienden que esto pueda ocurrir también como una forma de mantener el estatus conseguido dentro del grupo, o de acercarse al que se pretende alcanzar.

Estas y otras características distinguen la delincuencia organizada del crimen ordinario, tanto desde una perspectiva jurídica como social.

Los autores se preguntan, pues, si existen también diferencias entre los delincuentes de uno y otro tipo a nivel conductual.

Hacen una suposición: es posible que las características distintivas, si las hay, procedan de variaciones cognitivas en las funciones ejecutivas del lóbulo frontal.

Esta idea procede de otros estudios previos, que han demostrado que ciertas disfunciones ejecutivas de este tipo predicen conductas delictivas específicas.

Sin embargo, hasta ahora se desconoce si existe un patrón característico de los miembros de organizaciones criminales.

Para dar respuesta a estas y otras cuestiones, los autores decidieron llevar a cabo un experimento en el que contaron con 50 convictos que cumplían condena por crimen organizado y a 50 delincuentes comunes.

Además, se creó un grupo de control formado por personas sin historial delictivo para comparar.

Se les pasaron unos tests sobre capacidades cognitivas, depresión, ansiedad y psicopatía, entre otros.

Los resultados obtenidos arrojaron ideas muy interesantes. En primer lugar, que efectivamente, la afiliación a grupos tan dominantes como las mafias influye en el comportamiento de sus miembros dentro y fuera de sus actividades profesionales.

 Esto sería consistente con estudios de psicología social que muestran que las dinámicas de grupo modulan el comportamiento individual en general.

Esta sería la primera diferencia entre los dos tipos de delincuentes mencionados, ya que las personas con una fuerte sensación de pertenencia a un grupo se comportarían de forma distinta que aquellas que se perciben a sí mismas como individuos solitarios.

Con respecto al perfil cognitivo, el estudio muestra que los miembros de bandas de crímenes organizados parecen tener más probabilidades de mostrar una propensión al riesgo patológico en comparación con los delincuentes comunes.

No nos sorprende, sabiendo que la pertenencia a un grupo parece tener una enorme influencia en esta conducta patológica. Esta sería la diferencia más importante entre uno y otro tipo de delincuentes.

Los autores señalan que se han diseñado numerosos programas de prevención para fomentar el desarrollo de habilidades emocionales y sociales desde la infancia y también la adolescencia, en caso de que se detecten comportamientos disfuncionales.

Consideran que este tipo de programas deberían adoptarse de forma mucho más frecuente, ya que son particularmente efectivos para factores como el riesgo patológico observado en este estudio.

Como en toda investigación, existen limitaciones. Una de ellas es que los autores consideran que las personas que participaron en el estudio no son representativas de la totalidad de la sociedad.

Si bien los autores han conseguido una respuesta parcial a la incógnita, es muy importante tener en cuenta que los fenómenos criminológicos relacionados con la delincuencia organizada son extremadamente complejos y, por ello, deben seguir destinándose esfuerzos y recursos para investigar sobre cómo prevenirlos.

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