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Categoría: Criminologia (página 1 de 9)

Pornografia infantil: características de los delincuentes. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Child porn offenders, solicitation and child sexual abusers: what literatura has to say” de Johnson S. A. (2019), una amplia revisión de las investigaciones en materia de agresiones sexuales a menores y las características de los delincuentes que consumen pornografía infantil.

Generalmente, aquello que se conoce sobre los delincuentes sexuales con víctimas adultas se puede aplicar también a los que agreden a víctimas menores de edad. Muchas veces hay cierta confusión debido al desarrollo de tipologías y definiciones, que no se mantienen homogéneamente a lo largo de las investigaciones. El problema, en parte, se deriva del solapamiento de motivaciones, características y tipologías entre los diferentes agresores sexuales.

También hay cuestiones contradictorias. Por ejemplo, algunos autores consideran que aquellos que consumen y distribuyen pornografía infantil son en realidad agresores sexuales no capturados. En cambio, otros profesionales plantean que el uso de pornografía infantil no implica necesariamente el llevar a cabo agresiones sexuales.

Simplificando, por un lado, hay delincuentes sexuales que solo consumen pornografía infantil o que implica a menores (porn child ofender). Otros contactan con posibles víctimas a través de la tecnología, solicitando y convenciendo a los menores en implicarse en todo tipo de actividades sexuales. Puede ser mostrar partes del cuerpo, actividades masturbatorias, juegos de rol, etc. (solicitation offender). Estos pueden o no consumir pornografía infantil y pueden o no solicitar contacto en persona.

Cuando además de actividades en línea, utilizan pornografía infantil y/o abusan sexualmente hablaríamos de agresores duales. Y, por último, hay agresores cuya motivación principal es tener encuentros sexuales con menores. Pueden buscar a sus víctimas en la comunidad o en el medio online. Estos suelen ser los que en la literatura científica se denomina agresores sexuales infantiles o agresores de contacto (del inglés, contact offenders).

La clasificación más conocida es aquella que habla de pedofilia, hebefilia y efebofilia, donde los tres tipos sientes atracción por menores con diferentes rangos de edad. Estos no abusan necesariamente de los menores, lo definitorio es la atracción. Entre todos ellos, pueden o no haber pederastas o agresores sexuales de menores.

Los delincuentes relacionados con la pornografía infantil pueden tener diferentes motivaciones para ello. Kenneth V. Lanning, un perfilador de la FBI, identificó 4 tipos de delincuentes de pornografía con menores. Hay quienes no tienen intereses sexuales específicos en menores. Acceden a la pornografía de manera impulsiva o por curiosidad.

Otros consumen pornografía con menores para satisfacer necesidades sexuales, pero nunca agreden de manera física ni establecen contactos con posibles víctimas. En otra clasificación (Krone, 2004), estos se restringen a sus fantasías y al consumo de pornografía. La motivación principal sería el interés pedófilo.

Existen delincuentes de la pornografía infantil que la producen y la distribuyen para ganancias económicas. Pueden sentir o no atracción sexual hacia menores. La motivación se basa en la explotación comercial y ven sus actividades como un negocio.

Y, por último, aquellos que utilizan internet para acceder a víctimas y conseguir un contacto real. En el contacto suelen grabar a sus víctimas o hacerles fotos. Estos serían los agresores duales antes mencionados. Lo que buscan principalmente es conseguir el contacto sexual.

Cabe destacar que no hay perfiles puros. Un delincuente que principalmente consume pornografía infantil, puede que intente contactar en algún momento con víctimas en el medio online. Aquellos que solo consumen pornografía infantil, que no llevan a cabo agresiones físicas, ni contactan con las víctimas en internet, son delincuentes que hacen uso de material de explotación sexual infantil (CEM, Child Explotation Material).

Algunos estudios destacan que estos suelen tener un nivel educativo más alto que los agresores sexuales de menores. Suelen tener un IQ mayor, edades en 25 y 50 años y mayoritariamente caucásicos. Es más probable que convivan con menores que los agresores sexuales de menores. Aunque parece que la mayoría suelen ser hombres, los delincuentes pueden ser  mujeres entre 1 y 33% de los casos.

La mayoría tienen un trabajo estable y que requieren un título universitario. Además, suelen ser empleos que requieren poco o nada de contacto con otras personas, pero sí contacto con menores. Aproximadamente la mitad de este tipo de delincuentes están casados. En la otra mitad, la situación sentimental puede variar desde no haber tenido nunca una relación hasta cualquier otra posibilidad. En este segundo grupo, es más probable que los delincuentes vivan solos o con sus padres. También que tengan menos contacto con las personas en el contexto real.

En cuanto a historial criminal, se observó que la mayoría no lo tienen. No obstante, otros autores defienden que suele haber mínimo una historia criminal relacionada con el uso de sustancias ilegales. Lo más preocupante es que, en algunos estudios, se ha encontrado que entre 50 y 85% de los consumidores de pornografía infantil informan haber intentado contactar y/o agredir a menores, pero sin ser detectados.

Esta es una cuestión a debate muy importante. Los que solo hacen uso de la pornografía infantil, ¿realmente es solo eso o el contacto con las víctimas que no se detecta?

El historial criminal de agresiones con violencia es un fuerte predictor de todos los tipos de agresiones. Es común que la primera agresión se dé en la edad joven. Los que consumen pornografía con menores no suelen reincidir una vez pillados. De los que presentan reincidencia, un 25% de ellos suelen reincidir mientras están en libertad condicional.

A nivel psicológico, algunos estudios consideran que no hay diferencias entre los que solo consumen pornografía infantil y los pederastas. En cambio, otros estudio destacan varias cosas diferenciales. Los delincuentes relacionados con la pornografía infantil suelen tener mayores problemas psicológicos, como trastorno obsesivo-compulsivo o síntomas depresivos. Las parafilias suelen ser más marcadas, hay mayor estrés y masturbación frecuente. No se observan diferencias en cuanto a trastornos de depresión y ansiedad entre estos y los agresores sexuales de menores. En ambos casos se informa de problemas de soledad y baja autoestima, aunque muchos autores subrayan diferencias en la intensidad o gravedad de estos aspectos. En cualquier caso, en el análisis de problemas de salud mental hay alta heterogeneidad de resultados.

Aunque de modo intuitivo consideraríamos que todos los delincuentes relacionados con los menores son pedófilos, no parece que sea así. Se ha observado que solo el 25% de los implicados en pornografía infantil presentan este tipo de parafilia. La mayoría fueron diagnosticados con parafilias no especificadas. Es una categoría diagnóstica que incluye los casos que no cumplen todos los criterios necesarios para una categoría diagnóstica ya establecida. También parece ser que la mayoría de estos delincuentes presentan hebefilia (atracción sexual hacia adolescentes) y no pedofilia.

Otros datos en materia de problemas de salud mental muestran que estos delincuentes suelen presentar rasgos de exhibicionismo sexual y voyerismo. Asimismo, es probable que puntúen bajo en herramientas de evaluación de riesgo para agresiones sexuales.

Normalmente, las personas consumen material pornográfico que encaja con sus intereses sexuales. La colección de material pornográfico es el mejor indicador sobre qué quiere hacer el delincuente, pero no necesariamente sobre lo que haya hecho. Es decir, la especificidad del material pornográfico es indicador de la preferencia sexual pero no de las actividades sexuales reales.

Como ya hemos mencionado, no todos los que ven pornografía infantil son pedófilos. Muchos pedófilos encuentran este tipo de material como repugnante. Los delincuentes que ven este tipo de material pornográfico suelen coleccionar mayor material con mayores rangos de edad de menores. No obstante, también borran más a menudo ese material. Hay mucha variabilidad en cuanto al tipo de material: desde menores sin actividad sexual hasta actividad sexual extrema. Otro dato es que suelen pagar más por acceder a pornografía infantil.

Por último, la motivación para hacer uso de tal material debe ser tenida en cuenta porque no es nada homogénea. Por ejemplo, algunos utilizan el material pornográfico infantil para mantener bajo control las conductas o deseo sexuales desviados. Para otros, este material facilita la actuación en base a fantasías preexistentes. Como observamos, lo único que no estaría al debate es la gran variabilidad en todos los aspectos relacionados con las agresiones sexuales a menores.

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Psicopatología del canibalismo. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “The psychopathological profile of cannibalism: a review of five cases” de Raymond S., Léger A. y Gasman I., en el cual se analizan cinco casos de canibalismo y los perfiles psicopatológicos relacionados.

En la sociedad actual, el canibalismo es extremadamente raro y representa un acto de violencia impensable. Se define como un acto que implica el consumo de un individuo de una especie (o partes de él) por parte de otro individuo de la misma especie.

Hay muchos ejemplos de canibalismo en la mitología, cuentos de hadas o literatura. Además, hay muchas expresiones lingüísticas que implicaría canibalismo, a menudo con connotaciones sexuales. Por ejemplo, está para comérselo/a. No obstante, nadie dice tal expresión con la intención de comerse a nadie.

No pensamos en el canibalismo y puede que pocos se atrevan a bromear con ello. Simplemente excluimos esa posibilidad de nuestra cabeza. Esto es así porque el canibalismo, al igual que muchos otros temas, sigue siendo un gran tabú.

Un ejemplo en este sentido es que en muchos países europeos el canibalismo está ausente en el Código Penal. En Francia se considera un acto de degradación del cuerpo de la víctima si ocurre después de un crimen. Si hay canibalismo sin crimen se considera un acto de tortura. En el Código Penal español no hay mención directa alguna del canibalismo. Algunos consideran que se sobreentiende a través del artículo 526, pero no queda muy claro.

En el reino animal el canibalismo no es algo tan extraño, excepto para los humanos. Cuando ocurre, no es una decisión individual o costumbre, sino que depende de una variedad de factores. Por ejemplo, el aumento poblacional de una especie. El canibalismo suele darse más entre las hembras y más a menudo en épocas de hambruna.

El canibalismo entre humanos como práctica recurrente no está documentado suficientemente. No hay evidencias de ello, excepto en circunstancias extremas como las situaciones de hambruna o como parte de una conducta antisocial.

En cualquier caso, la mayoría de los antropólogos coinciden en que hay tres tipos de canibalismo humano: como ritual, de supervivencia y patológico. El canibalismo ritual ocurriría en grupos tribales como norma social, donde el sistema de creencias autoriza la ingesta de personas.

El canibalismo de supervivencia ocurre excepcionalmente en situaciones muy extremas. Aquel que lo practica normalmente está en contra de tal acto, pero situaciones como hambruna, asedios militares o naufragios le obliga a ello.

El canibalismo patológico es una práctica individual y voluntaria, altamente condenada por la sociedad. Hay unos cuantos casos muy famosos, por ejemplo, J. Dahmer, arrestado en 1991, que mató y descuartizo a 17 hombres y se alimentó de ellos. Fue diagnosticado con un trastorno de personalidad mixta, con rasgos fetichistas antisociales, sádicos y obsesivos.

Hay pocos estudios sobre este tipo de canibalismo también extremadamente raro. De los casos analizados parecen emerger dos perfiles. Por un lado, individuos que sufren de formas extremas de parafilia. Por otro lado, individuos que sufren trastornos psicóticos severos.

En esta investigación, los autores analizan cinco casos que implican canibalismo. Se trata de 5 personas internadas en el Hospital Paul Guiraud de Francia en algún momento de los últimos 20 años. Estos 5 pacientes son todos hombres, con un historial de aislamiento y deterioro social. Todos ellos han tenido una infancia disfuncional, con negligencia emocional. Tres de ellos han sufrido violencia familiar y los dos restantes fueron víctimas de abuso sexual. Solo dos sujetos de los cinco tienen historial criminal.

Los 5 pacientes tienen un historial de atención psiquiátrica con hospitalización. Todos han mostrado un cumplimiento deficiente de las recomendaciones de salud mental en la etapa posterior a la hospitalización.

Del análisis de estos casos, se pueden extraer dos grupos que difieren en diagnóstico y psicopatología. El primer grupo se compone de tres sujetos diagnosticados con esquizofrenia paranoide. El segundo grupo se compone de dos sujetos con un diagnóstico de trastorno de personalidad mixta (TPM), con rasgos sádicos asociados a la parafilia.

Psicopatología

En el grupo de esquizofrenia, el ataque a las víctimas se inició con impulsividad, sin premeditación. Un factor predisponente que contribuyó a ello es el uso de sustancias como el cannabis o el cese de la toma de medicación. El factor precipitante fue a menudo trivial, por ejemplo, una discusión con la familia sobre la herencia. Los tres pacientes de este grupo presentaban delirios de persecución o alucinaciones místicas.

En el segundo grupo, los sujetos con TPM admitieron haber tenido fantasías canibalísticas o planes ocultos relacionados con el canibalismo en el pasado. Además, se destaca la ausencia total de tabús en estos sujetos y ausencia de delirios. No se destacan factores predisponentes, pero sí precipitantes diferentes de los del grupo anterior. Se trata de sentimientos de humillación y ambos sujetos de este grupo atacaron a su víctima cuando sufrían una muy baja autoestima.

Relación con las víctimas y modus operandi

En el grupo con esquizofrenia, todas las víctimas pertenecían a la pareja parental. Se habla, por tanto, de canibalismo en un contexto de parricidio. En los tres casos hubo relaciones hijo-padre/madre de dependencia con un gran componente de hostilidad. Esto explicaría la elección de los órganos a ingerir: orejas, ojos, manos y antebrazos. Los sujetos no saborearon la carne (sin apreciaciones conscientes de la carne, como cuando probamos algo), la ingirieron cruda y no hubo evidencias de satisfacción sexual.

En el grupo con TPM las cosas son bastante diferentes. Los dos sujetos de este grupo eran conocidos de sus víctimas y mantenían una relación marcada por la cosificación. Las víctimas eran parte de una situación de punto muerto del agresor, marcada por fuertes sentimientos de humillación. En estos casos, los agresores seleccionaron cuidadosamente las partes a ingerir, sí saborearon la carne previamente cocinada.

También hubo elementos de placer sexual. Uno de los sujetos había planeado canibalismo con necrofilia y el otro presentó activación sexual y eyaculó durante el acto de canibalismo. No hubo remordimientos posteriores, ni implicaciones morales, ambos tratando los hechos como unos eventos casuales.

Perfil psicológico

Aunque cada caso tenga sus particularidades, los autores concluyen que, para el grupo con esquizofrenia, el canibalismo es una reacción de autodefensa ante amenazas percibidas o ante un daño destructivo físico o psicológico. Por ejemplo, los sujetos utilizaron expresiones como me estaba comiendo vivo o me sentía consumido por ella. Se trata de una dinámica de auto-presentación, que el otro (la víctima) sepa que uno existe, que tiene poder.

No solo cometieron el crimen, sino una exageración del acto a través del canibalismo, una defensa adicional. Siguieron un concepto de violencia fundamental, relacionado con la supervivencia: yo o él/ella (sin olvidar que hay una patología mental de fondo). Estos sujetos pasaron al cuidado de unidad psiquiátrica, sin sentencia de prisión.

Para el grupo con TPM, el canibalismo permitió un restablecimiento narcisista. Estos actos ocurrieron en el contexto de una intensa frustración, humillación (percibida) y conflicto entre las realidades internas y externas. Supusieron una liberación de la tensión basada en ira y aumentaron la autoestima de los agresores.

Los actos de canibalismo fueron una forma de eliminar los sentimientos de inferioridad y/o vulnerabilidad en una atmósfera megalomaníaca. Por ejemplo, uno de los sujetos dijo haberse sentido como un héroe. Ya no se trata de un yo o él/ella, sino de un él/ella es yo, dónde la víctima es algo inferior y el poder de destruirla reivindica el yo.

Por tanto, el tema central es el ego y el narcicismo. Los sujetos siguieron un deseo intenso de superar frustraciones fuertemente enraizadas y comportamientos socio-emocionales inadecuados a través de un acto extraordinario. De los dos sujetos de este grupo, uno declaró enajenación mental y otro fue sentenciado a 30 años de prisión.

Todo lo observado en el análisis de estos casos encaja con lo visto en otras investigaciones. El canibalismo aparece asociado a dificultades en la infancia (p. ej. abuso físico, suicidio de miembros familiares, etc.). Los agresores suelen tener un historial de problemas psiquiátricos. También cometen crímenes más violentos que otro tipo de criminales, sugiriéndose mayores niveles de ira.

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Perfil geográfico de agresores sexuales. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “The mobility crime triangle for sexual offenders and the role of individual and environmental factors” de Chopin J. y Caneppele S. (2018) en el cual se construyen perfiles geográficos de agresores sexuales a partir de datos geocodificados.

El paradigma ambiental de la criminología ha cambiado su atención desde las causas más distantes de criminalidad hasta sus mecanismos. Para las primeras, un ejemplo es el desempleo. En mecanismo se incluye, por ejemplo, el modus operandi. La criminología ambiental ha resultado muy útil para entender los delitos contra la propiedad. No obstante, permitió la comprensión incluso de crímenes que a primera vista parecen irracionales.

Utilizando este enfoque, los criminólogos han estudiado la convergencia en el espacio físico entre el agresor y sus víctimas. El análisis se dirige a los patrones de movilidad de los perpetradores. La movilidad criminal implica, entre otras cosas, la distancia (ida-vuelta) que un perpetrador recorre desde su punto de anclaje hasta el escenario del crimen. El punto de anclaje suele ser el domicilio del agresor. No obstante, también puede ser el lugar de trabajo o un domicilio anterior.

Muchos investigadores han establecido que la movilidad criminal se basa en un patrón de decaimiento con la distancia. Cuanto más lejos tiene que viajar el agresor, más disminuye la frecuencia de sus agresiones. Además, hay una zona de seguridad (buffer zone) que cubre los alrededores más cercanos del punto de anclaje. Esta zona implica que el agresor no cometerá delitos hasta cierta distancia de su casa. Hacerlo supone muchos riesgos, por ejemplo, que alguien le reconozca.

Por tanto, las conductas criminales ocurrirán a distancias no muy cercanas al punto de anclaje, cuidando su zona de seguridad. Asimismo, el patrón de decaimiento con la distancia nos dice que los delitos tampoco ocurrirán muy lejos de ese punto. Hay una zona y/o distancia que el agresor conoce más y eso le permitirá disminuir costes y maximizar su utilidad. Por ejemplo, podrá cometer el delito y, además, sabrá cómo escapar más fácil y rápido del escenario del crimen.

A partir de aquí, vamos a enfocarnos en las agresiones sexuales. Estudios previos indican que los violadores no viajan lejos de sus casas para cometer el delito. La distancia que recorren los agresores sexuales suele variar entre 0,92 y 4 km desde el punto de anclaje. Y estas variaciones en la distancia suelen darse en función del tipo de agresión sexual.

La movilidad de las víctimas en el día en el que son atacadas se ha estudiado muy poco. En base al enfoque de la oportunidad y a la geometría del crimen, se asume que la víctima sigue patrones de movilidad similares a los de los agresores.

Si se conectan el escenario del crimen, el punto de anclaje y la residencia de la víctima, se puede investigar el triángulo de movilidad criminal. Para los delitos sexuales hay pocos estudios al respecto (y se requieren actualizaciones). En Filadelfia, en el 68,5% de las violaciones, la distancia entre agresor y víctima era de unos edificios. La movilidad criminal tiene mucha más relevancia cuando se trata de casos con una sola víctima y un agresor y menos cuando se trata de casos con agresores y/o víctimas múltiples.

Hay algunos datos en cuanto a factores asociados a la movilidad del agresor. Los agresores más jóvenes se alejan menos de sus puntos de anclajes que los más mayores para cometer un delito. Los agresores casados agreden más lejos de esos puntos que los no casados. Las diferencias de género son difíciles de estudiar, dado que el número de agresoras es mucho menor.

Se ha observado una asociación entre el método de aproximación a la víctima y la distancia recorrida desde el punto de anclaje hasta ella. Este aspecto y otros que conforman el modus operandi pueden ser cruciales para determinar la movilidad criminal.

Las agresiones sexuales ocurren mayoritariamente en sitios cerrados. No obstante, también ocurren en sitios abiertos y rara vez en un vehículo. Los agresores suelen elegir sitios donde pueden estar a solas con la víctima. Y claro está, eligen sitios donde haya probabilidad mínima de que aparezca un tercero. El tipo de agresión sexual y el uso de armas dependen de características geográficas del escenario del crimen.

Los autores del estudio se enfocan en los casos de agresión sexual extra-familiar. Se analizan 1447 casos de agresión sexual sin homicidio, con un único agresor y una víctima. Todos los datos provienen de la base de datos nacional francesa. Solo se incluyen los casos que implican mayores de 15 años (edad mínima para el consentimiento sexual en Francia).

Recordar que para cada caso hay 3 localizaciones geográficas.  Una del escenario del crimen y dos de las residencias del agresor y de la víctima, que conforman diferentes patrones. Solo se incluyen aquellos casos en los que las localizaciones relevantes pudieron ser geocodificadas.

Para codificar estas localizaciones y sus interrelaciones, se siguen tres patrones geométricos establecidos en las investigaciones al respecto. Puntos para agresiones cuyas tres localizaciones coinciden en el mismo edificio. Patrones de líneas para los casos en los que dos localizaciones coinciden en dirección. Por último, triángulos para casos cuyas tres localizaciones se encuentran en 3 puntos distintos. También se analizan los perfiles geográficos (p. ej. vecindario) y diversas características individuales y ambientales que detallaremos en resultados.

Los resultados de este estudio coinciden con muchos otros resultados internacionales en el tema. Los agresores sexuales suelen actuar cerca de los puntos de anclaje. La distancia recorrida hasta el escenario de agresión fue menor de 3 km en más del 50% de los casos.

No obstante, sigue quedando un alto número de agresores sexuales que están dispuestos a viajar más lejos. Si la distancia se extiende a 10 km, se incluye el 70% de los casos analizados. Por un lado, esto puede deberse a limitaciones con respecto a la muestra. Por otro lado, la disposición a moverse más puede deberse a la naturaleza de este tipo de agresiones. Es decir, puede haber aspectos diferenciales con respecto a otro tipo de delitos analizados en otros estudios (p. ej. homicidio).

Más del 50% de las víctimas fueron atacadas a distancias menores de 0,75 km de sus domicilios. En estudios previos se ha observado que los violadores en serie desconocidos para las víctimas viajan más para delinquir. En cambio, parece que la búsqueda de objetivos de los agresores sexuales no se aleja mucho de sus residencias.

Más de un tercio de las víctimas fueron agredidas en su propia casa. Se registró predominantemente un patrón geométrico de punto cuando la víctima (V) y el agresor (A) ya se conocían. Si V y A comparten localización geográfica de la residencia (p. e. viven en el mismo edificio) y el delito ocurre en ese mismo sitio, es más probable que ya se hayan conocido antes.

Si hay una relación más cercana, es probable que la agresión ocurra en el domicilio de uno de los dos. Esto significa que en estos casos habría patrones predominantemente en línea. Asimismo, es más probable que en estos casos se dé la penetración.

Cuando A es desconocido para V, el patrón de movilidad forma mayoritariamente una línea, seguido del triángulo. Todo ello afecta al concepto de zona de seguridad. Parece que el rango de esta zona para los agresores sexuales varía en función del tipo de relación. En cualquier caso, solo el 2,35% de la muestra de casos presenta un patrón de punto. Los patrones en línea aparecen en 25% y en más del 70% se da un patrón en triángulo.

El modus operandi se muestra significativamente diferente en función de estos patrones geométricos. Por tanto, los factores ambientales tienen más peso para explicar los patrones de movilidad que los factores individuales. Por ejemplo, cómo el agresor aborda a la víctima depende de si viven cerca uno del otro o no. En estos casos las características personales del agresor (p. ej. impulsividad) no influyen tanto en el modus operandi.

Las mejoras en movilidad geográfica (p.ej. mayor acceso al transporte) también facilitan la movilidad de los agresores. La mayoría de los casos analizados mostraron un patrón triangular bastante amplio. Las víctimas pueden ser agredidas cerca de su trabajo, en lugares de ocio o en el transporte público.

Por ello, parece que muchos casos de agresión sexual responden a situaciones de oportunidad (agresores oportunistas). No obstante, no se descarta que, siguiendo los mismos patrones, puede haber agresores tipo depredador.

Por último, como factores individuales de víctima y agresor se atienden varios. Las víctimas solteras suelen ser agredidas en patrones de movilidad en triángulo (52,38%), seguido del patrón en línea (42,94%). En cuanto al estilo de vida, aquellas víctimas que consumieron alcohol tienen más probabilidad de ser agredidas en patrones puntiformes. Cuando es el agresor el que ha consumido alcohol, los patrones de movilidad son mayoritariamente en línea.

Las victimas masculinas se enfrentan a mayor riesgo de ser agredidas por un conocido. La excusa de quedar en un sitio privado para consumir sustancias ilegales aparece a menudo. Cuanto más lejana la localización, más probabilidad de que la agresión se lleve a cabo con éxito. El consumo de drogas reduce la resistencia de la víctima ante la agresión sexual. Parece que tales patrones están más asociados con entornos homosexuales.

 

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Cyberprofiling: la perfilación criminal más compleja. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Criminal profiling in digital forensics: assumptions, challenges ann probable solution” de Balogun A. M. y Zuva T. (2018), en el cual se analiza la posibilidad de transferir la metodología de la perfilación criminal a las investigaciones en cibercrimen y las dificultades encontradas.

Todo avance, por más éxito y beneficios que tenga, también viene acompañado de riesgos. El éxito de las TICs y de Internet conlleva la exposición a posibles cibercrímenes. Y actuar contra ello es un compromiso consecuente de este éxito.

Considerando dos eventos, el primero es que, gradualmente, el número y el coste de los incidentes cibercriminales ha aumentado. El segundo es que, a la par, los stakeholders exploran nuevas maneras de afrontar estos incidentes. Desarrollan herramientas y técnicas para añadir eficacia a la prevención, investigación e intervención en estos casos. No obstante, la brecha entre uno y otro también se amplia.

El cibercrimen incluye cualquier actividad cuyo objetivo es un interés ilegal y que se lleva a cabo directa o indirectamente, utilizando y/o atacando cualquier dispositivo apto para operaciones de procesamiento, almacenamiento y comunicación. Tales actividades son el hacking, fraudes/blanqueo de dinero, robo de propiedad intelectual y de identidad, pornografía infantil, piratería, acoso y/o bullying digital, bloqueo de servicios y ciberterrorismo, entre otros.

Los crímenes de este tipo se han convertido en una pandemia. Afectan a privacidad, confianza, finanzas, bienestar de las personas saludables y con ingresos bajos, así como a organizaciones y gobiernos. Incluso organizaciones que invierten millones en defensa ante tales ataques, como Google o Linkedn, han sido objetivos del cibercrimen. ¿Está alguien a salvo?

Consecuentemente, ha emergido un área forense digital heterogénea en cuanto a la tipología de profesionales incluidos en este campo. Estos desarrollan protocolos, técnicas y herramientas para averiguar el qué, cuándo, quien, cómo y porqué de los incidentes cibercriminales. En el campo de investigación forense tradicional, una herramienta muy valiosa es la perfilación criminal. ¿Servirá también para crear perfiles cibercriminales?

La perfilación criminal es una herramienta basada en amplias evidencias en cuanto a su precisión y valor. No obstante, en el contexto del cibercrimen, no ha sido tan utilizada como en otras áreas. La razón parece ser que hay dificultades para transferir su aplicación de un campo a otro.

Algunos autores la consideran inaplicable al campo del cibercrimen. No obstante, algunos de ellos han dado un paso adelante, adaptando las metodologías de profiling a algunos cibercrímenes específicos.

Los procedimientos utilizados en la perfilación criminal tradicional se basan en dos enfoques. Un enfoque inductivo, que utiliza información extraída de bases de datos de crímenes. Aquí se incluyen características del agresor, víctima y escena del crimen, entre otras. A partir de estos datos, se construyen perfiles criminales que sirven para analizar casos de crímenes específicos. Otro enfoque es el deductivo. Este utiliza información detallada de un crimen específico para construir un perfil criminal para ese tipo de crimen.

Por lo general, el enfoque inductivo está sujeto a mayor error y a sesgos que no aparecen en el deductivo. En cualquier caso, hay mayor uso del primero debido a dificultas para acceder a detalles de casos reales.

En un enfoque deductivo, primero, se analizan las fuentes de evidencia para asegurar su integridad en los pasos posteriores. Hablamos de evidencias físicas, de los escenarios del crimen, fotos, declaración de las victimas e informes de laboratorio. También se recolectan todo tipo de evidencias asociadas. Con todo ello se prepara un plan claro para las siguientes etapas. Hasta aquí se suele poder establecer el tipo de crimen que se investiga.

El segundo paso es la victimología. El objetivo es inferir el comportamiento del agresor a partir del tipo de víctima que ha elegido. Se analiza el comportamiento de la victima de antes, durante y después del ataque que sea. Este análisis muestra indicadores sobre el estilo de vida de la víctima y sobre la exposición situacional. La relación de la víctima con el agresor, su rol en el ataque y otros detalles permiten construir inferencias sobre la motivación del agresor, fantasía, modus operandi y su pericia.

Lo siguiente a analizar son las características del escenario del crimen. Junto con datos obtenidos en las fases previas, se busca entender cómo el agresor organizó y cometió el crimen. La fase final se basa en inferir características de manera detallada sobre el agresor desconocido.

Se establece su motivación, intenciones y nivel de riesgo que estaba dispuesto a soportar para cumplir con su objetivo criminal. Si el criminal presenta algún problema de salud mental suele establecerse en esta fase. También aquí se infieren otros detalles como tipo de trabajo, vehículo, hobbies, etc. El perfil inferido marca la dirección de la investigación, la agiliza y permite reducir el número de sospechosos.

¿Qué pasa en un cibercrimen? El escenario del crimen deja de ser algo tangible. Los rastros de las acciones criminales exhiben una concepción abstracta y un alto grado de volatilidad. Antes de poder recolectar evidencias, estas pueden desaparecer o ser distorsionadas rápidamente. Las que se pueden registrar generalmente tienen un valor probatorio limitado o nulo. Las más valiosas solo se pueden encontrar con una búsqueda técnica deliberada y oportuna.

Otra dificultad es la gran variedad de escenas de cibercrimen y que, además, pueden ser varias en un solo caso. Por ejemplo, en casos de ciber-acoso, tanto el ordenador del agresor como el de la víctima contienen evidencias del crimen. Ambos son escenarios a analizar.

El transnacionalismo de los cibercrímenes añade aun mayor dificultad para el análisis. En un incidente típico, la víctima y el agresor residen en dos estados o continentes diferentes. Además, el cibercrimen organizado puede tener un amplio número de terminales localizados en diferentes sitios. Esto implica una descentralización del escenario del crimen que hace difícil o imposible diseñar un perfil.

Cabe destacar la falta de consistencia en leyes relativas al cibercrimen a lo largo y ancho del mundo. Aunque el tipo de cibercrimen sea el mismo o similar, las leyes varían entre países. Los aspectos culturales también suelen aportar información valiosa cuando se trata de crímenes en el espacio físico. Usar un modelo particular de cuchillo en un asesinato puede sugerir que el delincuente proviene de un grupo particular que los utiliza.

Sin embargo, los delitos cibernéticos cruzan las fronteras geográficas y culturales. Los investigadores pueden encontrar grandes dificultades para hacer traducciones culturales con precisión y distinguir los elementos apropiados.

¿Alguna solución? Las investigaciones dirigidas a este tema han utilizado diferentes metodologías, aunque con limitaciones importantes. Por ejemplo, empezando con la victimología, se infiere el motivo del agresor y luego sus características. Las características incluyen habilidades sociales y técnicas. Estas habilidades también sirven de evidencia digital forenses y construyen el modus operandi. Con todas las evidencias se desarrolla una inferencia deductiva sobre el perfil del criminal.

En otra investigación, el análisis se desarrolló en torno a la perfilación de la identidad digital del cibercriminal. Este enfoque se basaba en un análisis técnico de los dispositivos de la víctima y del ciberdelincuente. El perfil resultante podía ser utilizado para los profesionales forenses para agilizar futuras investigaciones de naturaleza similar.

También se ha desarrollado una perfilación a partir de las redes sociales e indicadores de bajo auto-control. Un bajo nivel de autocontrol suele considerarse como uno de los mejores indicadores para la predisposición hacia comportamientos criminales. Y en el ciberespacio también se pueden observar conductas que indican la presencia de esta característica.

Los perfiles cibercriminales creados a partir de datos demográficos y rasgos de autocontrol fueron bastante precisos. Esta precisión se comprobó a través de entrevistas posteriores con los sujetos analizados.

Los autores de este artículo proponen un marco de trabajo más amplio y genérico. No obstante, no lo desarrollan demasiado. Se prevé su desarrollo en publicaciones futuras. A modo resumido, se empieza con las evidencias digitales que se recogen, se examinan, se analizan y se registran. Una sola evidencia puede dar indicios de múltiples características. Y las características a inferir son similares a las de un agresor del espacio físico, aunque adaptadas al ciberespacio.

La idea clave es intentar crear un marco genérico de análisis y pefilación cibercriminal y no buscar tanto formas que solo se ajusten a un tipo de crimen o a unas características concretas.

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Trastorno de Estrés Post-Traumático en investigadores del escenario del crimen. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “PTSD symptoms experienced and coping tactics used by crime scene investigators in the United States” de Rosanskt J. A., Cook J., Rosenberg H. y Sprague J. E. (2019), en el cual se analiza la presencia de síntomas de estrés post-traumático y las estrategias de afrontamiento más utilizadas por investigadores del escenario del crimen.

A veces nos olvidamos de que cualquier profesional es también una persona. Esperamos que un médico no tenga problemas de salud o que se cuide mucho más que otras personas. Nos parece raro que un psicólogo tenga problemas de salud mental. Nos sorprende que un profesor de historia no recuerde una fecha importante de esta. O que un matemático haga que errores de cálculo sencillos, como una multiplicación.

Hablamos de personas preparadas para afrontar aquello que su labor requiere. Pero eso solo implica una menor probabilidad de tener ciertos problemas o errores. Formarse y adquirir experiencias profesionales no implica haber aprendido por completo como afrontar todos los riesgos de la profesión. Para corregir percepciones tan erróneas hace falta normalizar que, por más preparación que haya, nadie está libre de riesgos.

Todas las profesiones tienen asociados posibles problemas. Por ello, investigar la prevalencia de tales problemas puede ser clave para mejorar la calidad de vida personal, social y profesional de muchas personas.

Así es el caso de este estudio. Se analiza la prevalencia de síntomas relacionados con el trastorno de estrés postraumático (TEPT) en investigadores del escenario del crimen (CSIs). También se analizan las estrategias de afrontamiento, el apoyo social percibido y la resiliencia de estos.

La exposición a eventos traumáticos, tales como desastres naturales, cadáveres o violencia, puede dar lugar al desarrollo de TEPT. El TEPT es un problema de salud mental que conlleva recuerdos y sueños angustiantes y/o experiencias disociativas (desrealización y/o flashbacks). A nivel comportamental suele darse la evitación de todos aquello que recuerda el evento traumático. Son típicas la alta activación fisiológica y psicológica y las emociones como vergüenza, culpa, ira y tristeza.

El inicio, la duración, la gravedad y los síntomas específicos del TEPT varían entre los individuos. Estas variaciones pueden deberse a múltiples factores. Algunos factores pre-trauma son las diferencias interindividuales en personalidad y las estrategias de afrontamiento adquiridas. Factores post-trauma claves son la disponibilidad de apoyo social y el uso de las estrategias adecuadas de afrontamiento.

Muchas personas sufren de un número insuficiente de síntomas como para considerar clínicamente la presencia de TEPT. No obstante, el sufrimiento está presente. Ante estímulos relacionados con el evento traumático aparece el estrés, sea a nivel psicológico, social, familiar o laboral.

Las profesiones más estresantes probablemente sean aquellas que tratan de cuestiones de vida o muerte. Oficiales de policía, bomberos, técnicos de emergencias son profesionales que se enfrentan a eventos potencialmente traumáticos contantemente.

No obstante, hay otros profesionales, como los CSIs, más enfocados en el análisis del contexto en el que ocurren estos eventos. Están expuestos repetidamente a escenarios en los que hubo violencia, muerte, daños y también a sus secuelas. Su trabajo puede implicar examinar, oler, tocar y recolectar cuerpos descompuestos o fluidos corporales. No sería extraño que algunas de estas experiencias se conviertan en traumáticas. El desarrollo de síntomas de estrés post-traumático ocurre independientemente del nivel de entrenamiento profesional.

En el estudio se analizan distintas variables relacionadas con el TEPT y la profesión de CSI ya observadas en estudios previos. Participan 225 CSIs de varias regiones de EE. UU. Los instrumentos de evaluación son diferentes cuestionarios pertinentes (síntomas TEPT, resiliencia, etc.) en formato online.

Más de la mitad de los CSIs han informado haber experimentado 7 de 20 síntomas asociados al TEPT (DSM V). Los más frecuentes fueron las creencias negativas sobre uno mismo, los otros y el mundo (48%) y la hipervigilancia (44%).

Un cuarto de la muestra ha tenido problemas de sueño y comportamientos evitativos de recuerdos, pensamientos y emociones relacionados con escenarios del crimen. También tuvieron sensaciones de desrealización y dificultades de concentración. De toda la muestra analizada, un 9,3 % encajaría en un diagnóstico de TEPT.

Todos los síntomas han sido experimentados por al menos 10 sujetos. Cabe destacar que los síntomas registrados como más frecuentes no son específicos solo del TEPT. Síntomas como el insomnio o la hipervigilancia están asociados a muchos otros problemas cotidianos.

En cuanto a estrategias de afrontamiento, la mayoría de los participantes utilizaron a menudo 4 de 14 estrategias expuestas. Cumplir con las tareas que deben cumplir, sin procrastinar o evitarlo, es una estrategia llevada a cabo por 94% de los sujetos. Un 80% han utilizado un método de aprendizaje. Extraen enseñanzas de la experiencia y, así, uno se enfoca en la utilidad de haber vivido una situación.

Aprender a vivir con la experiencia traumática es una estrategia que aparece en el 79% de los casos. Y, similarmente, un 73% aplica la aceptación de un hecho y que este no puede cambiarse. Algunos sujetos bromean sobre el evento traumático. Otros hacen deporte o se enfocan en sus hobbies para vaciar la mente. Otros, y menos de lo que se debería, hablan con alguien sobre el tema. En cualquier caso, es importante que las estrategias de afrontamiento sean activas y que funcionen.

Menos de la mitad de la muestra (38%) informó haber consumido alcohol como estrategia de afrontamiento. Es un sondemasiado alto y relevante, teniendo en cuenta el daño y la evitación que supone. En la misma línea, se observó que a más síntomas de TEPT experimentados, mayor frecuencia de consumo de alcohol como estrategia de afrontamiento.

Los sujetos con más síntomas de TEPT consideran más frecuentemente no poder afrontar lo vivido.  A mayor número de síntomas de TEPT, menor apoyo social. Tambien se destaca la baja resiliencia y el cobijarse en creencias religiosas como asociados al número de síntomas de TEPT.

En estudios similares de diferentes países se han observado resultados similares. Los CSIs sufren de síntomas de estrés contigentes a sus tareas de investigación del escenario del crimen. Aunque falte mucha investigación, estos datos deberían tenerse en cuenta.

Los profesionales deben construir redes de apoyo social, ya que este impacta en el bienestar y en la reducción de estrés. La resiliencia, también clave,  podría ser objeto de formación para estos profesionales. Asímismo, promover la participación en tratamientos para problemas de salud mental debería ser imprescindible.

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Trastornos de personalidad en la población criminal. ¿Cómo tratarlos? Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Schema therapy in forensic settings” de Bernstein D. P., Clercx M. y Keulen-De Vos M. (2019), en el cual se describe la utilidad de la Terapia de Esquema en el tratamiento de los trastornos de personalidad de pacientes en ámbito forenses.

Eres psiquiatra forense y tienes varios pacientes con trastornos de personalidad que han llevado a cabo varios delitos. Ya han pasado, por tanto, por la fase de evaluación y entran en una fase de tratamiento. Si lo primero que piensas es que no hay nada que hacer para prevenir que vuelvan a cometer delitos, estás ignorando años de investigación. Y si crees que no se debería hacer nada para tratar los trastornos que presentan, te olvidas de algo importante.

Por más duro que nos parezca y por más rechazo que sintamos ante la idea, hablamos de seres humanos, como tú y yo. Que por la multitud de factores que inciden en la personalidad humana, llegaron a cometer actos que puede que ni ellos habían pensado que van a cometer. Que por la razón que sea, desarrollan trastornos de personalidad y otros problemas de salud mental y una posible medida que se les aplica por sus delitos es el internamiento en un centro psiquiátrico o penitenciario.

Ofrecer un tratamiento no implica exculpar, sino intentar disminuir el riesgo de reincidencia y, por qué no, ofrecer una segunda oportunidad. Si se consigue una mejora, la persona tendrá la oportunidad de reinsertarse en la sociedad cuando se encuentre en libertad.

En cualquier caso, si estaríamos en esa situación, tendríamos que elegir el tratamiento más adecuado. Adecuado supone mínimo una eficacia demostrada empíricamente. Para algunos trastornos mentales existen tratamientos psicológicos muy buenos, pero para otros es más difícil conseguirlo. Ocurre así en el caso de los trastornos de personalidad (TPs).

Si no existen tratamientos suficientemente eficaces para estos casos ¿qué hacemos? ¿Damos por hecho que están personas volverán a cometer los mismos delitos una y otra vez? ¿Los encerramos de por vida sea cual sea el delito que hayan cometido? En algunos casos diríamos que sí, pero no todo es blanco o negro. Las personas que trabajan en este campo lo saben.

Tal es el caso de los autores de esta investigación. A falta de tratamientos adecuados por los TPs, en 2007 iniciaron un ensayo de control aleatorizado que duró tres años. El objetivo era poner a prueba la eficacia de la Terapia de Esquema (ST, Schema Therapy) en comparación con el tratamiento típicamente utilizado para los TPs (Terapia Cognitivo-Conductual).

Ese trabajo dio lugar a un apoyo empírico fuerte para la eficacia de la ST en pacientes forenses con TPs. La ST fue reconocida oficialmente en los Países Bajos como el primer tratamiento para este tipo de pacientes.

En el contexto forense, los TPs más asociados al riesgo de reincidencia de la conducta delictiva son aquellos que pertenecen clínicamente al cluster B: narcisista, antisocial, trastorno límite de la personalidad, así como el tipo paranoide del cluster A. También se presentan grandes dificultades en el caso de la psicopatía, que muchas veces se considera como imposible de tratar.

Los TPs tiene una prevalencia tres veces mayor en la población de perpetradores masculinos que en la población masculina general. En la población carcelaria la prevalencia de los TPs es de 65% en el caso de los hombres y de 43% en el caso de las mujeres. En ambos casos, la prevalencia es mayor que en la población general.

Los diagnósticos de TPs son muy relevantes en las conductas criminales. Los delincuentes con un diagnóstico de TP son los que cometen los crímenes más graves y violentos. También muestran mayores tasas de reincidencia en comparación a los perpetradores sin TPs. Por eso, una terapia eficaz debe alcanzar también la disminución de la tasa de reincidencia.

La Terapia Cognitivo-Conductual tiende a enfocarse en el control de la conducta agresiva y mostró resultados moderados. En cambio, la ST abarca síntomas del trastorno, características asociadas y muchos otros aspectos. La base teórica de la ST se construye sobre las tradiciones cognitiva, conductual, psicodinámica y experiencial.

El concepto central de la ST es el modo esquema. Este representa los estados fluctuantes que dominan el comportamiento, las emociones y las cogniciones del sujeto. El modo esquema está determinado por la activación de un esquema desadaptativo adquirido en edades tempranas. La activación de ese esquema desencadena una respuesta emocional relacionada. Ante esta última aparece una respuesta de afrontamiento.

Existen cuatro áreas de modo esquema. El modo infantil hace referencia a respuestas emocionales universales en la etapa infantil: ira, miedo, tristeza, vergüenza e impulsividad. La internalización de exigencias parentales severas o crítica punitiva provoca el modo de padres disfuncionales. El modo afrontamiento desadaptativo consiste en intentos extremos para afrontar la activación de los esquemas, sea través de la rendición, evitación o sobrecompensación. Por último, el modo saludable implica una reflexión sana sobre uno mismo y sentimientos de alegría y placer.

Las personas con TPs muestran patrones específicos del modo esquema. Los modos esquema se activan ante estímulos externos y tienen correlatos cognitivos y fisiológicos. Las últimas evidencias muestran que juegan un papel importante en el comportamiento criminal y violento.

Los eventos que llevan a una conducta criminal se inician a menudo con el modo infantil. Este, a su vez, lleva una secuencia en escalada de otros modos y a menudo se culmina con modos de sobrecompensación (afrontamiento). Estos últimos son los que están presentes cuando se comete el delito.

Un ejemplo muy gráfico que proporcionan los autores es el siguiente. La pareja de un sujeto rechaza tener sexo con él/ella. Esto hace que el sujeto se sienta inferior, frustrado y furioso. Por tanto, se activan modos infantiles de humillación, de impulsividad e ira, respectivamente. Para afrontar todas estas emociones, el sujeto intenta sobrecompensar con un modo de auto-engrandecimiento. En este caso dominan la sensación de poder y la activación sexual.

El sujeto sale a la calle, busca una víctima, por lo que hablamos de un modo depredador. El sujeto toca puertas al azar hasta que una mujer contesta. El sujeto procede a manipular a la persona para que entre en su casa, por lo que se da aquí la activación de un modo de engaño y manipulación. De forma violenta, tira al suelo a la mujer y le amenaza con matarle si no coopera (modo de intimidación y ataque).

En este ejemplo vemos como el modo infantil desencadena los demás modos. Los cuatro modos posteriores y junto con el modo de sobrecontrolador paranoico son los que más aparecen en pacientes en contexto forense. Los cinco implican una cascada de respuestas con el fin de afrontar emociones derivadas del modo infantil (y de la situación que lo desencadena) a través de la sobrecompensación.

Los factores externos de riesgo (p. ej. abuso infantil, negligencia, factores genéticos, etc.) y de protección (p. ej. apoyo, oportunidades económicas, genética, etc.) modulan el desarrollo de los esquemas en la infancia. Los modos esquema desadaptativos se derivan del poder de los factores de riesgo que aumentan la probabilidad de aparición de conductas antisociales. Asimismo, los modos esquema sanos son los factores protectores que disminuyen esa probabilidad.

Por tanto, la probabilidad de comportamientos violentos y/o criminales en un momento concreto viene determinada por la activación relativa de los modos desadaptativos y sanos. Mayor activación de los primeros sobre los segundos, mayor el riesgo para la aparición de conductas violentas y/o criminales. Los factores de riesgo y de protección del entorno del sujeto a lo largo de su vida (especialmente en la etapa en la que comete el delito) interaccionan de forma recíproca con los modos esquema.

Por ejemplo, tener un grupo de amigos con comportamientos antisociales puede incrementar la fuerza de los modos desadaptativos. Al mismo tiempo, la presencia de estos modos puede aumentar la probabilidad de buscar relacionarse con amigos así.

Sin ánimo de entrar en muchos detalles, decir que las fases de tratamiento de la ST son dos. Una es una fase de evaluación y conceptualización del caso, con psicoeducación para el sujeto. Se le familiariza con los conceptos abordados y se le ayuda en la auto-aplicación.  En la fase de cambio se utiliza una gran variedad de técnicas para reducir la fuerza de los esquemas y respuestas de afrontamiento desadaptativos, así como de los modos esquema. Se busca romper los patrones disfuncionales e iniciar formas de afrontamiento saludable.

Cuando se trata de pacientes en ámbito forense con TPs graves se necesitan modificaciones importantes en la terapia. Una es que se enfatiza más en los modos esquemas que en lo desadaptativo. La razón es que muchos de estos pacientes tienen grandes dificultades para mostrar vulnerabilidad y/o hablar sobre la infancia.

Se necesita mucho tiempo y atención para construir una alianza terapéutica entre terapeuta y paciente. No hay que olvidar que estos sujetos suelen acudir a terapia como obligación judicial, por lo que a menudo les falta motivación.

Faltan muchas más investigaciones sobre la aplicación de la Terapia de Esquema en pacientes en ámbito forense. Aun así, esta intervención ya está establecida como eficaz para los TPs dentro y fuera del contexto forense. La labor de estos profesionales muestra resultados prometedores. Además, puede que sea imprescindible para disminuir las tasas de reincidencia delictiva.

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El maltrato animal y los crímenes en masa: ¿están relacionados? Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Harming animals and massacring humans: characteristics of public mass and active shooters who abused animals” de Arluke A., Lankford A. y Madfis E. (2018), en el cual se analizan las características de asesinos en masa con historial de maltrato animal.

Durante décadas, se ha estudiado la tendencia de asesinos en serie a dañar o torturar animales. Por ejemplo, se ha visto que el historial de maltrato animal aparece mucho más en asesinos en serie que en los casos de crímenes por violencia de género. El historial de maltrato animal puede provenir de la infancia, adolescencia o etapa adulta.

Los asesinos en serie comparten características con otros tipos de criminales. Un ejemplo son los tiradores activos y en masa. Características compartidas son la mayor probabilidad a asesinar desconocidos y a llevar a cabo crímenes premeditados. También comparten rasgos de personalidad, tales como una agresividad instintiva o insensibilidad.

Tanto los tiradores activos como los tiradores en masa hacen referencia a personas que atacan en lugares públicos con el objetivo de dañar a más de una víctima. Los asesinos en masa son aquellos que provocan la muerte de cuatro o más víctimas. En cambio, los tiradores activos no se definen por ningún límite mínimo del número de víctimas.

A diferencia de los casos con asesinos en serie, en estos  no se ha estudiado tanto la posible presencia de historial de maltrato animal. Dado que comparten características con otros tipos de criminales, es de esperar que también presenten historiales de maltrato animal.

En cualquier caso, también muestran diferencias importantes, por lo que asumirlo sería un grave error. De hecho, algunos investigadores subrayan que los perfiles psicológicos  de los asesinos en serie son bastante diferentes de los tiradores activos y asesinos en masa.

Los asesinos en masa y los tiradores activos son diferentes también de otros tipos de asesinos en masa más específicos. Por ejemplo, de los que participan en violencia de bandas, tráfico de drogas, asesinatos de familias, grupos terroristas o genocidios.

El estudio se basa en tres objetivos. Uno es identificar todos los casos registrados sobre asesinos en masa y tiradores activos desde 1966 a 2018, que incluyen además un historial de maltrato animal. El segundo objetivo es analizar la naturaleza de la violencia de estos hacia animales y personas. Por último, se pretenden evaluar las diferencias entre este tipo de criminales con y sin historial de maltrato animal.

El maltrato animal que se atiende en este estudio es aquel más explícito como pegar y disparar animales de compañía, prenderles fuego, torturar, mutilar y otros similares. Además, tiene que haber ocurrido antes del ataque hacia las personas y no ser parte del crimen en masa.

De 88 casos de criminales en masa y tiradores activos, se han detectado 20 casos a nivel mundial en los cuales el criminal tenía un historial confirmado de maltrato animal.  La mayoría de ellos eran de hombres (95%) estadounidenses (45%), de raza blanca (95%) y con una media de edad de 25 años.

 En el 75% de los 20 casos se registró maltrato de animales durante la infancia. En el 65% de los casos los animales maltratados eran gatos o perros. Asimismo, en el 75% de los casos, el maltrato se llevó a cabo desde muy cerca del animal (no es lo mismo disparar desde 3 metros que disparar a quemarropa).

Nueve de los 20 casos se registraron en EE.UU. También se encontraron en otros países como, por ejemplo, en Australia (1996), en Escocia (1996) o en Noruega (2011). De todos los casos de la muestra, en un 60% la escuela fue la escena del crimen.

Analizando a los criminales de EE. UU., se destaca una diferencia importante entre los criminales con y sin historial de maltrato animal. Esta es que los primeros son significativamente más jóvenes en el momento del ataque a personas (22,7 años de media vs. 35,2 años en los casos sin historial de maltrato animal).

Los asesinos en masa y los tiradores activos con historial de maltrato animal hicieron daño a un mayor número de víctimas que los sujetos sin historial. Un caso fue registrado como extremo y sin historial de maltrato animal: Stephen Paddock asesinó a 58 víctimas y provocó heridas a aproximadamente 700 personas (Las Vegas, 2017).

En los demás 11 casos que ocurrieron en otros países, los criminales también eran la mayoría blancos y jóvenes, aunque la media de edad se sitúa en los 28 años (vs. menores de 25 años en EE.UU.). También se observó un mayor número de víctimas en los casos con historial de maltrato animal.

Aparte de los datos demográficos y el número de víctimas, se observó otra característica asociada a la presencia de historial de maltrato animal. Hay una menor probabilidad de que los criminales con historial de maltrato animal falleciesen en la escena del crimen.

En términos generales, la cantidad de asesinos en masa y tiradores activos con historial de maltrato animal está muy por debajo de la cantidad de otros criminales que llevan a cabo homicidios múltiples y con ese mismo historial. Como ya hemos mencionado, maltratar animales es mucho más común entre los criminales en serie. Por ejemplo, en un estudio se registró que un 90% de asesinos en serie sádicos de la muestra analizada habían maltratado animales en el pasado.

No obstante, el menor registro de historial de maltrato animal entre los asesinos en masa y tiradores activos no conlleva la ausencia real de maltrato animal. Estos casos suelen recibir menor atención mediática a largo plazo. Por eso, también es probable que se indague menos sobre sus pasados. Además, si los criminales actúan a edad adulta, puede ser difícil encontrar historiales de  las etapas más tempranas de sus vidas.

No obstante, no se descarta la existencia de diferencias psicológicas reales y claves entre este tipo de criminales y asesinos en serie sádicos. Los asesinos en serie sádicos suelen presentar rasgos psicopáticos de una forma marcada. Este hecho no es tan común en el caso de los asesinos en masa y tiradores activos. No suelen sentir atracción hacia la tortura y/o el sadismo.

En la mayoría de los casos, el maltrato animal se llevó a cabo desde muy cerca con respecto a la víctima animal. En algunos estudios se ha visto que esta característica está asociada a una violencia más grave hacia las personas.

Por lo general, la resistencia humana a matar aumenta a medida que la distancia hasta la victima disminuye. En cambio, aquellos más determinados a matar, más perturbados o con rasgos psicopáticos más marcados, se sentirían menos inhibidos por la distancia entre ellos y la víctima.

Aunque la muestra sea pequeña, se obtienen evidencias interesantes. Los asesinos en masa y tiradores activos con historial de maltrato animal maltrataron perros y/o gatos y a quemarropa. Por lo tanto, este tipo de criminales (al igual que muchos criminales en serie) pueden presentar más a menudo rasgos psicopáticos. Asimismo, dado el bajo número de casos con historial de maltrato animal, esta actividad dañina y delictiva no puede considerarse como una señal robusta de futuros tiradores.

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La formación en detección de mentiras: ¿qué hay que saber? Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Teaching students about sender and receiver variability in lie detection” de Masip J., Levine T. R., Somastre S. y Herrero C. (2019), en el cual se analiza la eficacia pedagógica de una actividad de formación en detección de mentiras, con la finalidad principal de  corregir los sesgos  y adquirir conocimientos precisos.

La detección del engaño es un tema de diversos cursos de psicología y comunicación. Para adquirir un conocimiento preciso en el campo, hace falta que reemplazar los conceptos erróneos y creencias falsas sobre la detección de mentiras.

La detección de mentiras es un área afectada por diversos mitos y creencias falsas. Por ejemplo, muchos consideran que aquellos que mienten muestran siempre señales comportamentales que indican engaño.

Otra creencia común es que existen personas muy habilidosas en detectar mentiras. En cambio, esta es una realidad muy poco frecuente. En las investigaciones previas se ha observado que la capacidad general para detectar mentiras es ligeramente superior al azar (54%).

Los dos roles principales en una interacción los ocupan un receptor y un emisor. Las investigaciones en detección de mentira se centran en dos aspectos clave relacionados con el proceso de intercambio de mensajes veraces y engañosos.

Uno es la precisión de detección de mentiras, que hace referencia a la habilidad del receptor en distinguir entre mensaje veraces y falsos. El segundo aspecto es el procesamiento sesgado de los receptores que inclina hacia evaluaciones del mensaje muy poco objetivos y sesgadas. El sesgo más relevante en este caso es un sesgo de la veracidad (o de la verdad) que provoca mayor evaluación de los mensajes como veraces que como engañosos.

Si alguien detecta una mentira ¿es porque el receptor es muy receptivo, porque el que miente lo hace mal o ambas? ¿Cuándo una mentira se toma por veraz es porque el emisor es creíble o el receptor crédulo? Hace falta cierto conocimiento para no confundir aspectos relevantes del receptor con los del emisor. Por ello, para entender la detección del engaño y los procesos subyacente se necesita de un conocimiento más definido y empírico.

La precisión y la presencia de sesgos dependen de cuatro de constructos. Detectar un mensaje engañoso depende de la transparencia y credibilidad del emisor. Asimismo, este proceso también depende de la habilidad para la detección de la mentira y credulidad del receptor.

Hasta qué punto el emisor parece honesto cuando dice la verdad y engañoso cuando miente hace referencia a la transparencia. La credibilidad es el grado de honestidad o engaño que aparenta el emisor, independientemente de la veracidad del mensaje.

En cuanto al receptor, su habilidad de detectar las mentiras es el grado en el cual es capaz de distinguir correctamente entre mentiras y verdades. Su credulidad, otro aspecto clave, es hasta qué punto juzga los mensajes como veraces, independientemente de la veracidad del mensaje recibido.

La transparencia del emisor y la habilidad del receptor impactan en la precisión de la detección de mentiras. En cambio, la credibilidad del emisor y la credulidad del receptor influyen en la presencia o ausencia de respuestas sesgadas.

Para un conocimiento lo más preciso posible, es importante tener en cuenta la variabilidad de estas características del receptor y del emisor. En cuanto al receptor, hay poca variabilidad en habilidades para la detección de mentiras. De forma similar ocurre en cuanto a la credulidad de los receptores, tendemos a considerar los mensajes más como veraces que como engañosos.

En cuanto al emisor, la credibilidad y la transparencia son dos dimensiones con mucha variabilidad. Es decir, los comportamientos de los que emiten mensajes engañosos son poco uniformes y, por ello, detectar mentiras no es una labor fácil.

El estudio se enfoca en tres cuestiones. Una es observar si la variabilidad de los constructos de los receptores y emisores de la muestra (50) es consistente con la observada en otros estudios. Segundo, se verifica si el procedimiento de formación en detección de mentiras corrige las creencias erróneas de los estudiantes. Si es así, la evaluación de los constructos debería ajustarse a los hallazgos previos en la fase post-formación. Es decir, debería ser más precisa en comparación con la fase pre-formación.

Por último, también se solicitan auto-informes sobre los constructos. Se pregunta a los participantes cuánto de transparente, creíbles, crédulos y habilidosos en detección de mentiras creen ser. Este análisis tiene el fin de detectar el sesgo o prejuicio de punto ciego.

El estudio se lleva a cabo a lo largo de cuatro fases de evaluación y formación. En la primera fase se aplica un cuestionario. Este mide el conocimiento previo sobre la variabilidad de los constructos en otros. Asimismo, se evalúa cómo se perciben los propios sujetos en términos de dichos constructos.

En la segunda fase, de 3 semanas de duración, los participantes deben responder a 8 preguntas (p. ej. ¿Cuál es tu película favorita y por qué?). A cuatro de ellas deben responder con mentiras.

A continuación, cada participante responde ante sus compañeros a las mismas preguntas. Los demás deben evaluar si el emisor miente, su transparencia (% de evaluación correcta) y su credibilidad (%.de evaluación del emisor como sincero). El porcentaje de evaluaciones correctas de los receptores sirve de medida de habilidad. El porcentaje de mensaje evaluados por los receptores como veraces se considera como medida de credulidad, indicando la presencia del sesgo de veracidad.

En la tercera fase, los sujetos reciben formación basada en los hallazgos empíricos sobre la detección de la mentira. Esta información también se hace accesible a los alumnos de manera online. La cuarta fase es similar a la primera y corresponde a la post-evaluación del conocimiento. Cabe destacar que, para obtener datos de la eficacia de la formación, solo se tienen en cuenta 24 sujetos—solo aquellos que no faltaron a ninguna sesión de formación—.

Los resultados fueron similares a los de otros estudios (p. ej. Levine, 2016) en cuanto a las características del receptor. Se observó poca variabilidad en cuanto a las habilidades de detección de mentiras. Las habilidades de detección correcta superaron ligeramente el azar, siendo la media de detección de las mentiras 54,70%.

La variabilidad de la credulidad de los receptores en esta muestra fue inesperadamente alta. El sesgo de veracidad se hizo presente en la primera fase, dado que el 63,38% de las evaluaciones de los receptores fueron juicios de veracidad.

En la evaluación inicial de la fase 1, los sujetos consideraron que tanto los emisores como los receptores suelen variar mucho en transparencia, credibilidad, credulidad y habilidades de detección de mentiras. En cambio, en la fase 4, posterior a la formación, los resultados son sin duda alguna consistentes con los hallazgos previos.

Es decir, los participantes integraron correctamente la cuestión de mayor variabilidad de la transparencia y credibilidad de los emisores. Aprendieron que los que mienten varían mucho en credibilidad y transparencia. Lo mismo ocurrió en cuanto a la menor variabilidad real de la credulidad y habilidades de los receptores. Quedó claro que los que se dedican a detectar mentiras son similares en la poca habilidad de hacerlo y en su alto nivel de credulidad.

Estos cambios en el aprendizaje se observó en cuanto a cómo son los demás. En la auto-percepción de los cuatro constructos no hubo cambios y los sujetos no corrigieron sus falsas creencias. A pesar de haber recibido feedback sobre los constructos a nivel personal y formación, el sesgo de punto ciego permaneció.

A pesar de esa permanencia del sesgo del punto ciego, observado en muchos otros profesionales, una formación adecuada para la detección de mentiras corrige los sesgos, como el sesgo de la veracidad, y ofrece mayor objetividad en esta labor. Aunque sea extremadamente raro encontrar personas con altas habilidades en detección de mentiras, quedan pocas dudas de la necesidad de formación.

Puede que la formación no aumente directamente ni indudablemente el porcentaje de evaluaciones correctas de la mentira.  Pero muy probablemente podría hacerlo indirectamente a través de la reducción de creencias falsas, sesgos y otros impedimentos para una evaluación objetiva y fiable.

 

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Perfilación criminal del incendiario forestal. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Forest arsonist: criminal profiling and its implications for intervention and prevention” de Soeiro C. y Guerra R. (2014), en el cual se explican las características más comunes de incendiarios forestales de Portugal y la utilidad de la perfilación criminal de estos para desarrollar pautas de prevención e intervención.

Solo existen dos líneas de investigación del incendiario forestal, una portuguesa y otra española, que mediante la técnica del perfilamiento criminal han obtenido una tipología que informa sobre qué tipo de persona cometerá con mayor probabilidad un incendio forestal (González, Muñoz, Cacerrada y Sotoca, 2017). Esta cita resume perfectamente el estado de la cuestión sobre la investigación de los incendiarios forestales. El artículo que presentamos proviene de la línea portuguesa de investigación.

En los países europeos, los incendios forestales representan un problema de alto impacto social y económico. Para poder desarrollar actuaciones de prevención e intervención apropiadas, es esencial desarrollar estudios que describan el fenómeno.

Se estima que el interés hacia el fuego aparece entre 2 y 5 años. Con independencia a la edad de inicio de este interés, se ha sugerido que el uso del fuego con intenciones de dañar podría tener causas internas (p. ej. las alteraciones de personalidad, predisposiciones neurológicas, etc.), externas (p. ej. problemas familiares) o ambas. Existen clasificaciones de los incendiarios, como la de Geller que considera 4 tipos: con ausencia de trastornos, con trastorno mental, con trastorno neurológico e incendiarios juveniles.

El comportamiento de los incendiarios a menudo se confunde con la piromanía. En cambio, la piromanía solo explica un grupo muy pequeño de casos. Esta se expresa como el resultado de un impulso a encender deliberadamente fuegos en busca de aliviar la tensión. Ese alivio es gratificante (sienten placer), por lo que el comportamiento se refuerza positivamente y es probable que se repita.

A pesar de ese componente impulsivo, un pirómano suele preparar con antelación su futuro crimen. No suelen tener una motivación instrumental para provocar un incendio y esta es una diferencia clave de los incendiarios forestales. Estos último suelen provocar incendios con intereses monetarios, personales, políticos o por la presencia de alucinaciones o de trastornos mentales como la psicosis. En todas estas motivaciones se puede perseguir el ocultar pruebas, vengarse o responder a emociones como la ira.

Otra diferencia importante entre pirómanos e incendiarios forestales es que los primeros suelen ser observadores regulares del fuego. También presentan comportamientos incongruentes a largo plazo. Por ejemplo, pueden mostrarse muy interesados en trabajar como bomberos o ser voluntarios y, a la vez, sentir indiferencia hacia las consecuencias devastadoras de un incendio. En cualquier caso, las evidencias muestran que la piromanía supone rara vez una causa de los incendios forestales intencionados.

Los incendiarios forestales llevan a cabo sus conductas para la destrucción de la propiedad o en contra de los individuos y/o grupos. La acción incendiaria supone una forma de expresión emocional para comunicar un deseo o necesidad. Según algunos autores, el incendiario forestal debe verse como un individuo que no puede tener en el mundo el impacto que quiere tener a través de otros medios que no sea el incendio. Por lo tanto, el fuego es una estrategia para conseguir sus metas.

Este comportamiento se explica a menudo por dificultades en la resolución de problemas interpersonales y una tolerancia muy limitada a la frustración en los contextos sociales. Por lo tanto, se habla de una interacción destructiva con el mundo que le rodea.

En este estudio se analiza una muestra de 452 incendiarios forestales investigados y detenidos por la policía portuguesa entre los años 1995 y 2013. De las variables demográficas recogidas sobre estos sujetos, lo que más destaca es que la mayoría (68%) estaban solteros.

Los instrumentos utilizados son dos: un cuestionario para la perfilación de incendiarios (QIPI; Soeiro, 2002) y una entrevista psicológica basada en el PCL: SV (Hart, Cóx y Hare, 1995). El primero mide aspectos como características sociales y psicológicas del criminal y de sus víctimas, comportamiento del criminal durante la investigación policial, entre otros. La entrevista se dirige al análisis de la presencia de trastornos mentales y para identificar los aspectos mas salientes del historial del perpetrador.

Del análisis de esta muestra se obtienen los aspectos más frecuentes relacionados con el comportamiento de los incendiarios forestales. Los incendiarios suelen ser hombres solteros, de entre 20 y 35 años, con un nivel primario de educación y profesiones no cualificadas. Provocan los incendios especialmente en horario de tarde y suelen utilizar velas, cerillas o mecheros para iniciar el fuego, mayoritariamente en zonas rurales. Después de provocar el incendio, abandonan la escena del crimen y suelen residir cerca de ella. No suelen tener relación alguna con las víctimas o con el terreno incendiado (con el dueño) y no suelen tener antecedentes penales registrados.

En términos de perfilación criminal, se obtienen cuatro tipologías estadísticamente significativas. El perfil A (41,5% de los casos) incluye sujetos que actúan con instrumentalidad y/o venganza. Los sujetos suelen actuar desde motivaciones como ira, venganza, soledad o en respuesta a problemas familiares. De hecho, pueden utilizar sus conductas para expresar emociones hacia miembros familiares o conocidos. En las investigaciones policiales suelen explicar su conducta por la hostilidad hacia los afectados.

Es probable que haya un historial clínico de consumo de alcohol y/o epilepsia y suelen tener 46 o más años. El historial delictivo suele ser definido por conductas de agresión. Los incendiarios del perfil A pueden ser hombres o mujeres, que utilizan herramientas simples para encender el fuego (cerrillas, velas, etc.) en zonas de bosque o terrenos no cultivados, entre las 16 y 20 horas.

En el perfil B (3%) hablamos de una instrumentalidad orientada al beneficio (p.ej. dinero), con conductas explicadas por factores económicos o negligencias. Por lo general, son hombres, sin historial clínico relevante y con un historial de arrestos o multas para otro tipo de delitos (p. ej. conducir sin carné). Además de provocar un incendio, pueden estar implicados en delitos relacionados con la propiedad (p. ej. robo). Suelen utilizar herramientas de ignición más complejas (p. ej. productos inflamables) en las mismas escenas de crimen del perfil A, además de zonas cultivadas.

El perfil C se divide en dos sub-perfiles: C1 y C2. Ambos suponen un perfil expresivo, pero muestran diferencias importantes. El perfil C1 (55%) incluye sujetos con historial clínico de problemas mentales, como la esquizofrenia, demencia o derivados del consumo de alcohol, entre otros. Estos problemas son los que provocan la motivación para provocar un incendio.

Los sujetos suelen ser solteros, con bajo nivel educativo y estatus profesional, con edades entre 36 y 55 años y problemas de socialización. Utilizan herramientas de ignición simples, en bosques cercanos al lugar de residencia, generalmente en días laborables y en un rango temporal amplio (8 p.m.- 4 a.m.). Un aspecto destacable es que suelen quedarse un tiempo en la escena del crimen después de provocar el incendio.

El perfil C2 se da rara vez y se necesitan más datos para definirlo adecuadamente. En cualquier caso, en este grupo entrarían aquellos sujetos que sienten atracción hacia el fuego. Sujetos jóvenes, de hasta los 35 años, con un impulso irresistible para prender fuego a las cosas. La causa principal de su conducta es la falta de control de esta, pero no suelen tener historial de trastornos psiquiátricos. Curiosamente, suelen provocar el incendio y, seguidamente, suelen prestar su ayuda a los bomberos para apagarlo.

Como observamos, la perfilación criminal es una herramienta muy útil y necesaria para poder desarrollar las mejores actuaciones de prevención, evaluación, tratamiento y castigo (adecuado). En base a los perfiles encontrados, las autoras sugieren diferentes estrategias. Por ejemplo, para el perfil A sería adecuado utilizar programas educativos, además de estrategias de detección y castigo adecuados. En cambio, para el perfil C lo más adecuado sería llevar a cabo actuaciones de detección y diagnóstico, evaluación del riesgo y de tratamiento y control.

Esperemos que, en el futuro, las líneas de investigación de este tema se amplíen a más países, dado que en los últimos años varios puntos forestales del planeta han quedado gravemente afectados.

Para conocer más sobre perfilación criminal no te pierdas nuestro Máster en Criminal Profiling. Si quieres conocer mejor estrategias de investigación criminal mira nuestro Experto Universitario en Investigación Criminológica.

Perfilación criminal basada en características de la víctima y de la escena del crimen. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses esta semana presentamos el artículo “Homicide profiles based on crime scene and victim characteristics” de Pecino-Latorre M. M., Pérez-Fuentes M. C. y Patró-Hernández R. M. (2019), en el cual se analiza si las características de la escena del crimen y de la víctima sirven como predictores eficaces en la perfilación criminal.

Las investigaciones sobre homicidios han ganado con el tiempo mucho interés tanto académico como profesional. Este interés se debe, por un lado, a que el homicidio es el comportamiento criminal más peligroso. Por otro lado, el impacto a nivel psicosocial, político y socioeconómico es muy importante. De hecho, la presencia de homicidios se considera un fuerte indicador del nivel de violencia y seguridad de un país.

En las últimas décadas ha habido mucho avance en la metodología y enfoque de estudio de los homicidios. Aun así, los homicidios son fenómenos extremadamente complejos, dado que es una categoría criminal que incluye diferentes variantes, cada una con sus características dinámicas y procesos psicológicos implicados. Además, las características de los criminales y de las víctimas son muy diversas.

La metodología tradicional de análisis se basa en descripciones de los fenómenos y se sigue utilizando en las investigaciones sobre el tema. No obstante, el uso de técnicas más sofisticados, como el análisis multivariante, son cada vez más populares. La ventaja principal de los métodos estadísticos como el antes mencionado es que consideran la relación compuesta entre todos elementos ligados a un homicidio. Así, se obtiene una mejor comprensión del fenómeno y se permite la obtención de conclusiones más útiles y realistas. Los estudios que utilizan este enfoque metodológico se basan en la perfilación criminal y su aplicación práctica durante las investigaciones policiales.

El perfilador criminal es un profesional que ofrece consejos e información operativa en las investigaciones policiales, utilizando un enfoque basado en evidencias científicas. No obstante, la información que un perfilador criminal ofrece no tiene carácter vinculante, sino que se presenta en términos probabilísticos.

Nos alejamos de la visión tradicional del perfilador que predice los rasgos de personalidad de un criminal desconocido. La base del trabajo de un profesional de este campo se compone de elementos que permiten hipotetizar las características potenciales de un criminal, facilitando un proceso más riguroso de priorización de los sospechosos. Por lo tanto, la eficacia de la investigación policial aumenta.

Las características de los criminales de mayor interés suelen ser las relativas a variables sociodemográficas (sexo, edad, país de origen), historial delictivo y tipo de relación que tiene con la víctima. Algunos autores también se han enfocado en las diferencias en el modus operandi según el género del autor de un homicidio y en los actos de precaución que llevan a cabo.

 El objetivo de este estudio es determinar qué características del homicidio, de los comportamientos llevados a cabo en la escena del crimen y de las víctimas están asociadas a las características del autor de un homicidio en una muestra española. La muestra de estudio se compone de 448 casos de homicidios, con autores mayores de edad, donde solo hay una víctima y un criminal (se excluyen los homicidios múltiples) y registrados en España entre el 2010 y el 2012. Del análisis de los casos se extraen y se clasifican 6 variables en relación al autor (edad, sexo, país de origen, historial delictivo, historial de crímenes y relación con la víctima) en función de 18 variables relacionadas con la escena del crimen, modus operandi y características de la víctima.

La variable mas relevante para identificar el género del autor de un crimen es la edad de la víctima, el tipo de arma homicida y/o el método utilizados para cometer el crimen. Es más probable que el autor sea una mujer cuando la víctima es menor de edad y cuando se utilizan métodos de asfixia para cometer el crimen. Por otro lado, es más probable que los hombres utilicen armas de fuego o su fuerza física para matar a sus víctimas. En términos generales, hay evidencias de que cada criminal está influenciado parcialmente por las características de las víctimas a la hora de elegir las armas/métodos.

Para determinar la edad del autor son determinantes la edad y el género de la víctima y el método de aproximación a esta. Por ejemplo, es más probable que el autor sea mayor de 51 años si la víctima ronda esta edad y si es mujer. En otros estudios se ha observado que es más probable que el autor tenga 55 o más años cuando la víctima es mujer y mayor de 65 años.

Si el autor se aproxima súbitamente a la víctima, si ha tenido alguna relación previa con esta o si la aproximación no ocurre con el objetivo de cometer un crimen, hay casi un 60% de probabilidad de que el agresor tenga entre 18 y 30 años. En cambio, si la aproximación es por sorpresa y la víctima es menor o tiene entre 18 y 30 años, hay una probabilidad de entre 50% y 70% de que el autor tenga entre 31 y 50 años.

El país de origen de la víctima es la variable que más se asocia al país de origen del agresor. Si la víctima es de origen extranjero, hay una probabilidad de 30% de que el agresor sea español y esta asciende a una 74% de que el agresor sea también extranjero. Cuando la víctima es española, se registra una probabilidad de 80% de que el agresor también lo sea.

 Para determinar si el autor de un crimen tiene un historial delictivo el método utilizado para escapar de la escena y la edad de la víctima son aspectos clave. Este resultado es consistente con otros estudios que indican que aquellos agresores con un historial de conductas violentas y agresiones sexuales suelen elegir víctimas con edades entre 19 y 35. Estos también suelen llevar a cabo más actos de precaución para evitar que se les identifique.

En cambio, para determinar si el autor tiene un historial específicamente de crimen (homicidio, i.e. crímenes contra la vida, la integridad o la libertad de otros) no solo son claves los dos aspectos antes mencionados sino también el lugar del homicidio. El mejor nivel de probabilidad se obtiene en cuanto a víctimas menores de edad o mayores de 64. En estos casos hay un 81% de probabilidad de que el autor tenga historial criminal.

Por último, el género y la edad de la víctima se asocian de manera significativa al tipo de relación entre victima y agresor. Si la víctima es menor de edad y de sexo masculino, es más probable (71%) de que el agresor sea un miembro de la familia. De manera similar ocurre cuando la víctima es anciana. En cambio, si la víctima es hombre mayor de 18 años es más probable que el agresor sea un conocido. También se destaca que, si la víctima es mujer entre 18 y 64 años, la probabilidad de que el agresor sea su pareja o expareja roza el 70%.

Los resultados obtenidos en este estudio son consistentes con las ideas centrales postuladas en la perfilación criminal. Es decir, en base a ciertos elementos del homicidio se pueden generar hipótesis sobre las características potenciales del autor de un crimen. A su vez, esas hipótesis ayudan a tomar decisiones y a establecer un proceso de priorización de los sospechosos más riguroso.

Muchos estudios de criminología y otras ciencias forenses han demostrado la utilidad de la perfilación criminal en la medida en la que el análisis se basa en procedimientos estadísticos que analizan interacciones (p. ej. análisis multivariado) y no tanto en modelos puramente lineales.

Por último, se destaca la importancia de tener más en cuenta las características de las víctimas. Algunos autores incluso consideran a la víctima como una extensión de la escena del crimen y, por lo tanto, algo imprescindible para el análisis. Mayor conocimiento sobre la perfilación criminal y cómo interpretar las asociaciones entre rasgos de la escena del crimen, del agresor, de la victima y otros podría llevar a una reducción importante del tiempo y de los recursos económicos invertidos en las investigaciones criminales.

Si quieres conocer más sobre cómo la perfilación criminal puede ayudar en la resolución de homicidios no te pierdas nuestro Máster en Criminal Profiling. Y si quieres conocer mejor cómo llevar a cabo investigaciones criminales mira nuestro Experto Universitario en Investigación Criminológica.

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