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Categoría: Trastorno de personalidad (página 1 de 4)

Delincuentes violentos: ¿castigar o rehabilitar? Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Should all violent offenders be treated equally? Perceptions of punishment and rehabilitation for violent offenders with varying attributes” de Atkin-Plunk C. A. (2020), en el cual se examinan las preferencias diferenciales de sanción para los delincuentes violentos en función de sus atributos personales.

Criminales, agresores sexuales, ladrones, delincuentes juveniles… si pudieses elegir, ¿optarías por castigos, rehabilitación o ambas?

Hasta los años ’70, la ideología correccional estaba mayoritariamente basada en la rehabilitación de los individuos implicados en conductas delictivas. Con la aparición de diversas publicaciones que ponían en duda la eficacia de los programas de rehabilitación, el enfoque ha cambiado hacia acciones más punitivas. Por ello, la población correccional registró un aumento destacable.

En este proceso de cambio, la opinión publica también se tuvo en cuenta. Muchos investigadores del momento han analizado si la población se orienta hacia lo punitivo tanto como los legisladores. Las tendencias registradas mostraban que la población tiene una actitud altamente punitiva hacia la criminalidad. Acepta leyes duras de castigo, optan por la encarcelación, sentencias más largas y la pena de muerte.

En cualquier caso, la población sigue apoyando los programas de rehabilitación.  Esto lleva al concepto de justicia equilibrada. Aunque deseemos castigar duramente a los que incumplen la ley, también aprobamos la rehabilitación e incluso la reintegración. Generalmente, parece que se ha superado la visión de los años ’20 tipo enciérralos y tira la llave.

Se ha visto que incluso los individuos más conservadores, que atribuyen la culpa de los delitos a factores disposicionales (p. ej. personalidad), también reconocen que los factores situacionales pueden llevar a cometer delitos. Aunque haya una visión muy punitiva de los delitos (p. ej. como ocurre en el estado de Texas), muchas personas optan por sanciones de rehabilitación para los delincuentes no violentos.

Cuando se trata de conductas violentas, hay una tendencia de preferencia para los castigos severos. Muchas personas consideran que en la rehabilitación no funciona para los delincuentes violentos. Por ello, si tenemos que elegir una intervención para un traficante de drogas, es más probable que optemos por la rehabilitación. En cambio, si el delincuente es un violador, esa opción no nos parece viable.

Hasta aquí, queda claro que la gravedad del delito nos influye a la hora de elegir sanciones. Dónde hay violencia, queremos más castigo. Lo que queda menos claro es qué condiciones o atributos de los delincuentes violentos influyen en las preferencias de sanción.

Es decir, aparte de diferentes tipologías de delitos, ¿nos influye saber que el delincuente sufre de drogodependencias u trastornos mentales, que ha vivido bajo patrones de abuso o que ha prestado servicio militar? El estudio citado pretende indagar en ello.

La elección de tales atributos se basa en evidencias de que solemos juzgar una conducta como moralmente incorrecta en función del estado mental del delincuente. En cambio, cuando elegimos una sanción, tenemos en cuenta el daño causado por tales conductas.

Una asignación de sanciones más duras se da cuando consideramos que el delincuente es moralmente responsable del daño causado. Por ello, es posible que ciertos atributos reduzcan o aumenten la percepción sobre la responsabilidad moral del delincuente y, consecuentemente, asignar sanciones más o menos duras.

En el estudio participaron 575 estudiantes universitarios de criminología. Estos contestaron a varias preguntas completando un cuestionario. Para cada pregunta hay 4 versiones en las que se plantea un atributo diferente: drogodependencia, trastornos mentales, veteranos e individuos que han sufrido de violencia doméstica.

También se registran diferentes variables demográficas, así como el riesgo percibido de ser víctima, importancia que se da a la religión y actitudes racistas. Todas ellas se han seleccionado en base a evidencias previas de relación con actitudes de castigo de los delincuentes.

¿Cuál debería ser la meta de las sentencias para delincuentes violentos: castigar o rehabilitar?

Tal como se esperaba, los participantes no ven a todos los delincuentes violentos de la misma manera. Por ejemplo, creen que la rehabilitación debería ser la primera elección cuando se trata de delincuentes que sufren de trastornos mentales (38,9%). Por otro lado, creen que los que menos deberían recibir este tratamiento como primera elección son aquellos delincuentes que han sufrido de violencia doméstica (12,1%).

Para una justicia equilibrada optan aproximadamente la mitad de los sujetos, tanto para delincuentes que sufren de drogodependencias (45,7%), como para aquellos que sufren de trastornos mentales (47,8%) o son militares veteranos (45,4%). Para los delincuentes que han sufrido de violencia doméstica se registran mayores preferencias para sanciones típicas como el encarcelamiento (62%).

¿Se merecen estos delincuentes violentos tener acceso a programas de rehabilitación? ¿Es posible rehabilitarlo y son estos programas eficaces? ¿Cooperan los delincuentes con los profesionales de rehabilitación en ese proceso?

Las respuestas a estas preguntas conforman creencias sobre los programas de rehabilitación. Lo que se pretende es observar si estas creencias son diferentes en función de las características de cada participante (p. ej. sexo, raza) del estudio.  Por ejemplo, ¿son la raza o la ideología política características que marcan la diferencia en estas creencias sobre rehabilitación?

En todos los casos de delincuentes violentos con los diferentes atributos planteados se observa que, cuando los participantes creen que estos merecen tener acceso a la rehabilitación y/o que esta es eficaz, hay mucha más probabilidad de optar por un sistema de justicia equilibrada. También hay mayor tendencia en estos casos a mostrar preferencias hacia la rehabilitación por encima del castigo.

En el caso de los delincuentes violentos con trastornos mentales o con drogodependencias, la variable demográfica con mayor impacto es la ideología política. Específicamente, si los participantes se identifican con una ideología conservadora, las preferencias de castigo son mayoritarias y mucho más que en los sujetos liberales. Cuando se trata de delincuentes violentos militares veteranos, quienes se identifican con una ideología política moderada apoyan más el castigo y menos la rehabilitación que los liberales.

Otra variable demográfica con un papel destacable es el año de estudio en el que se encuentran los participantes. La preferencia por la justicia equilibrada se da más en sujetos que se encuentran en el último año de carrera cuando se trata de delincuentes violentos con drogodependencias.

La nota media del curso parece mostrar una asociación con las preferencias de castigo/rehabilitación para los delincuentes violentos que han vivido en un entorno de violencia doméstica. Específicamente, a mayor nota media, mayor probabilidad de optar por un sistema de justicia equilibrada. Para este tipo de delincuentes, también influyen en las preferencias de castigo/rehabilitación la raza y el género de los participantes. Parece que los hombres blancos son los que más optan por la rehabilitación y no por el castigo.

En resumen, las creencias de que la rehabilitación funciona, que los delincuentes violentos se merecen acceso a ello e incluso que estos vayan a colaborar en su proceso de tratamiento (para los veteranos) están detrás de las preferencias por una justicia equilibrada y para la rehabilitación como primera elección por encima del castigo.

Ello ocurre en todos los casos, pero con matices. Los porcentajes de probabilidad de optar por una preferencia de justicia equilibrada debido a las creencias antes mencionadas son mayores cando se trata de delincuentes violentos con trastornos mentales y menores para los que han vivido en entornos de violencia doméstica. La ideología política y el nivel de formación influyen en algunos casos, por lo que los atributos de los delincuentes violentos sí impactan en las preferencias de sanción.

Todo ello implica que la opinión pública no es tan punitiva como se ha pensaba. Las creencias sobre la eficacia de la rehabilitación y la posibilidad de que estos delincuentes mejoren a través de ello generan unas preferencias diferentes que cuando no se cree en el tratamiento. Asimismo, la responsabilidad moral que se atribuye a un delincuente varía según ciertos atributos. Es decir, la población percibe de manera diferente la causa de la conducta violenta.

Pero ¿qué pasa cuando se trata de personas no delincuentes? ¿También evaluaríamos la responsabilidad de manera diferente cuando, por ejemplo, sufren de drogodependencias o de trastornos mentales? Os invitamos a la reflexión.

 

 

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La Triada Oscura y las conductas de fraude. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “The effect of the dark triad on unethical behavior” de Harrison A., Summers J. y Mennecke B. (2016), en el cual se analiza el papel de los rasgos de personalidad de la Triada Oscura en las conductas de fraude.

El fraude en la era digital implica comportamientos bastante diferentes de lo que los investigadores del fraude están acostumbrados. No obstante, es probable que detrás de las conductas de fraude estén los mismos perfiles psicológicos que en el fraude no digital. Es decir, los hallazgos previos en cuanto a estos perfiles pueden seguir siendo válidos. El cambio de comportamiento puede ser simplemente la adaptación al nuevo entorno: lo digital.

Las conductas no éticas se definen como actos que provocan daño ajeno y que son ilegales o inaceptables moralmente para la comunidad extensa. Las investigaciones sobre el fraude han sacado a la luz importantes factores psicológicos que afectan a la propensión de llevar a cabo conductas no éticas. No obstante, que afecten no equivale a que sean causas de las conductas fraudulentas. Cuáles son las causas de tales conductas sigue siendo una pregunta sin responder.

Algunos factores personales han sido considerados ampliamente como factores predisponentes de ciertas conductas. Algunos serían: nivel educativo, estatus socio-económico o rasgos de personalidad. Estos últimos son los que reciben atención en el estudio citado. ¿Cómo influyen ciertos rasgos de personalidad en las conductas de fraude? E incluso ¿cómo influyen estos rasgos en el proceso de toma de decisiones?

Los rasgos de personalidad de interés en la conducta fraudulenta son aquellos que conforman la conocida triada oscura. Estos tienen un papel destacable en varias conductas antisociales y el fraude es una de ellas. Hablamos de psicopatía, narcicismo y maquiavelismo. Cuando se presentan de manera combinada, suelen considerarse como predictivos de actitudes y comportamientos egoístas, manipulativos e insensibles.

Estos rasgos influyen en conductas no ética, pero se desconoce si, por ejemplo, afectan a la toma de decisiones. Saberlo es importante porque para llevar a cabo cualquier conducta, primero se toma la decisión de hacerlo. Las decisiones pueden ser más o menos conscientes, pero el proceso de toma de decisiones siempre está presente.

En cuanto al fraude, las conductas relacionadas se analizan desde una perspectiva interaccionista. Es decir, los individuos que deciden cometer fraude responden a una serie de factores que interaccionan entre sí. Hay motivación para cometer un fraude o engañar. Se da la oportunidad de engañar a otro individuo y aprovecharse de él. Por último, hay habilidad de racionalizar los actos no éticos desde un código ético propio, no compartido.

Por ejemplo, imagínate que vas a una entrevista de trabajo. Para aumentar las probabilidades de conseguir el puesto (motivación), puedes mentir sobre tu historia laboral. Sabes, además, que la empresa entrevistadora no suele verificar las credenciales de los aspirantes (oportunidad), porque es una empresa pequeña, con mucha carga de trabajo y necesitan contratar ya. Al decidir mentir en esta entrevista puedes pensar algo así como no creo que sea poco ético, es una mentira de nada; con lo competitivo que está el mercado, me vale la pena mentir, todos mienten en algún momento. ¡Tan grave no es! (racionalización desde un código ético propio).

Este sería un ejemplo de la estructura del llamado triángulo del fraude. Muchas veces también se considera un cuarto elemento: las capacidades del individuo. Una persona evalúa si tiene la capacidad de llevar a cabo exitosamente la conducta fraudulenta. En el ejemplo anterior sería evaluar si tenemos la habilidad de mentir.

Aquel que quiera cometer un fraude debe detectar la oportunidad de hacerlo. La dificultad de asegurar que las identidades digitales son reales y la posibilidad de anonimidad da lugar a oportunidades de engaño y reduce la presión al conformismo con las normas sociales en contra del fraude.

La motivación para cometer un fraude es necesaria en términos de tener como meta obtener una serie de beneficios. No obstante, esa búsqueda de beneficios se presenta más en términos de necesidad de responder a problemas que un individuo experimenta como difíciles de resolver: tener problemas económicos, no encontrar un trabajo, etc.

Racionalizar las conductas de fraude implica que el individuo sigue teniendo actitudes de rechazo hacia tales conductas en la sociedad. Lo que ocurre es que encuentra justificaciones para sus conductas no éticas lo suficientemente convincentes para que distorsione su percepción desde una conducta no ética hacia una conducta justificada. La racionalización es la reconciliación de intenciones deshonestas con un código ético personal que habilita al individuo a actuar de manera deshonesta o inmoral en contextos y situaciones específicas.

¿Por qué voy a avisar a la dependienta de la vuelta incorrecta de dinero si no es atenta a su trabajo? (culpar a la víctima). Yo no miento por mentir; pero si no lo hago ahora, se va enfadar y le voy a quitar toda la ilusión que tenía (hacer el bien).

En el contexto digital, los fraudes son mayoritariamente de naturaleza económica. No obstante, también hay motivaciones no monetarias. Por ejemplo, la presión social de conseguir un estatus de éxito, poder e influencia, algo muy típico en el mercado actual. Las prácticas fraudulentas online más comunes son una descripción falsa de los productos/servicios a vender y la no entrega de dichos productos/servicios. Los canales de comunicación más comunes son los correos electrónicos y la paginas web.

Dada la frecuencia de este tipo de fraudes, los autores de la investigación desarrollan un estudio endos fases enfocado en la venta digital de un producto tecnológico. En dicho estudio participan 329 sujetos.

En la fase 1, además de completar un cuestionario con datos demográficos y escalas relativas a sus rasgos de personalidad, los participantes estimaron el valor de 6 tipos de productos de tecnología: smartphones, ordenadores de sobremesa, laptops, tablets, cámaras digitales y DVDs. Lo relevante de estas estimaciones es el valor que se la da a un iPhone que no está en perfecto estado, está usado y tiene arañazos. Por otro lado, los participantes estiman el valor de todos los productos mencionados para evitar que en la fase 2 recuerden el precio estimado en la fase 1.

La fase 2 ocurre una semana más tarde y participan los mismos sujetos. En esta fase, se pide la creación de un anuncio de venta del iPhone, mencionando precio, estado y descripción. Las diferencias entre ambas fases mostrarían la intención de engañar a posibles compradores y si existen relaciones entre dichas intenciones y los rasgos de personalidad de la triada oscura. Por ejemplo, si un sujeto estima en la  fase 1 un precio de 100 euros y de 200 en la fase 2 y, además, informa de que el estado del móvil es nuevo, estaría intentando engañar al futuro comprador.

Lo principal de los resultados es que los rasgos de personalidad asociados a la triada oscura sí influyen en el comportamiento de fraude. Más interesante aún, se observa que diferentes rasgos de la triada oscura afectan a diferentes factores del triángulo del fraude. Es decir, diferentes constructos de la triada oscura facilitan diferentes partes del proceso de la decisión de engañar.

El narcisismo correlaciona positivamente con la motivación de cometer fraudes. No obstante, el narcisismo implica desear aparentar poder y prestigio, pero internamente hay mucha inseguridad. Esto encaja con el hallazgo de los autores en cuanto a alta motivación de cometer fraudes, pero una muy baja percepción de ser capaz de cometerlos.

Las altas puntuaciones en maquiavelismo muestran un importante impacto en la motivación y en la percepción de oportunidad de cometer fraudes. El deseo de control y poder de estos individuos generan alta motivación para engañar a otros. No obstante, aun de percibir oportunidades para engañar, la poca confianza que suelen tener en otros disminuye dicha percepción.

La psicopatía parece jugar un papel central en la decisión de cometer un fraude. En el estudio se ha observado que este constructo, asociado a amoralidad y propensión a actuar impulsivamente, es el que mayor impacto tiene en el proceso de decisión de cometer fraudes. Esto es así por efectos destacables en la racionalización. La racionalización también suele considerarse como uno de los factores más cruciales del triángulo del fraude. Si alguien es capaz de justificar cualquier acto, será difícil que no lo lleve a cabo.

En conclusión, en los comportamientos fraudulentos tienen mayor impacto los rasgos relativos a psicopatía y maquiavelismo y mucho menos los relativos a narcicismo. Un enfoque interaccionista como el de este estudio permite detectar influencias más específicas de diferentes factores, como son, en este caso, los rasgos de personalidad de la triada oscura. Cada comportamiento implica una serie de pasos y casi todos los comportamientos humanos son complejos. Por ello, se necesita un análisis de  los factores que influyen en cada uno de esos pasos, con el fin de desarrollar modelos de prevención e intervención más eficaces.

 

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El peso de los factores protectores en la reincidencia de conductas violentas. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Assessing protective factors in treated violent offenders: associations with recidivism reduction and positive community outcomes” de Coupland R. B. A. y Olver M. E. (2020) en el cual se analiza la utilidad de evaluar factores protectores en pos de predecir reincidencia de la violencia y de obtener buenos resultados post-tratamiento de reducción de la violencia.

En los últimos 20 años, se registró un importante avance en la evaluación del riesgo de violencia. De estos avances, implementados tanto en la investigación como en la práctica profesional, se destacan varios: el desarrollo de herramientas de evaluación y predicción eficaces, la proliferación de factores de riesgo dinámicos, la evaluación del cambio en cuanto riesgos y la validación cruzada de los métodos de evaluación a nivel internacional.

No obstante, un área de bastante importancia quedó atrás: los factores protectores. Sigue habiendo dificultades tanto en cuanto a su conceptualización, como en cuanto a su medición e identificación.

Los factores protectores podrían generar beneficios saludables y es muy probable que estén ligados a resultados individuales positivos. Buscar tales factores para las personas con historial de delincuencia podría mitigar el riesgo de violencia. Es posible que provoquen mejoras en el panorama en cuanto a una reintegración exitosa. A grandes rasgos, aportarían una visión más esperanzadora y optimista en las evaluaciones forenses.

Algunos autores consideran que la evaluación enfocada (solo) al riesgo puede crear actitudes pesimistas en los terapeutas que tratan con personas violentas. Asimismo, este enfoque puede alimentar predicciones excesivas de reincidencia y pasar por alto resultados positivos potenciales como conseguir un trabajo, retomar la formación, etc. En la misma línea, se plantea un posible sesgo hacia lo negativo mientras las evaluaciones de riesgo solo se basen en factores de riesgo.

En los últimos años, el enfoque ha tomado una dirección hacia factores protectores dinámicos. Por ejemplo, una red de apoyo social fuerte o estilos de afrontamiento. Pero, ¿qué son los factores protectores?

Los factores de riesgo directa o indirectamente incrementan la probabilidad de reincidencia de un delincuente. En cambio, los factores protectores tienen un efecto amortiguador en el riesgo de reincidencia. Aun así, el rol exacto que tienen estos factores es aún poco claro, pero se plantea que podrían mediar entre el riesgo de violencia y reincidencia.

Diversos factores protectores se han estudiado y han recibido apoyo empírico o conceptual. Estos muestran relevancia tanto en la población de delincuentes juveniles como adultos. Algunos serían: apoyo de una red prosocial fuerte, red de apoyo emocional, uso apropiado del tiempo de ocio, actividad y afiliación religiosa, actitudes positivas hacia la intervención, alojamiento estable y habilidades de afrontamiento adaptativo o de resolución de problema prosociales.

Una de las listas de verificación más conocidas en cuanto a evaluación de factores protectores para la población forense es SAPROF (Structures Assessment of Protective Factors). Contiene 17 factores protectores, de los cuales 15 son dinámicos. Estos están clasificados en 3 grupos: internos, motivacionales y externos.

Se puede decir que a lo largo de los diferentes estudios en los cuales se utiliza SAPROF los resultados son generalmente buenos. No obstante, también se encuentran inconsistencias entre estudios, así como dificultades en cuanto a predicción del riesgo de violencia en subpoblaciones específicas, p. ej. mujeres delincuentes.

Los autores de este estudio analizan una muestra de 178 delincuentes (análisis documental) que fueron encarcelados por alguna actividad violenta. Estos participaron en un programa de reducción de la violencia de alta intensidad en un centro psiquiátrico de máxima seguridad de Canadá. La muestra presenta, en su mayoría, algún problema de salud mental: psicosis, depresión, trastornos de personalidad, abuso de sustancias, etc. Más del 70% de la muestra presentaba un trastorno de personalidad antisocial.

La duración media de las sentencias es de 6 años. La edad media de inicio de actividades violentas es de 18 años. La mayoría tenía un historial de violencia, encontrándose un 56% de delitos violentos sin homicidio, un 38% de delitos violentos con homicidio, un 5% de delitos no violentos y un 2% con delitos sexuales violentos.

El programa de tratamiento es Aggressive Behavioral Control (ABC). Su duración es de 6 a 8 meses y tiene como objetivo reducir la reincidencia de violencia en hombres con un extenso historial de violencia o con problemas serios de mala conducta institucional. Es un programa multidisciplinar, con psicoeducación, instrucción de habilidades de prevención de la reincidencia y terapia individual y grupal para atender las necesidades criminógenas.

Ha mostrado eficacia en disminuir la frecuencia y gravedad de nuevas mala conductas institucionales. Asimismo, disminuye, según las evidencias, la probabilidad de reincidencia en delincuentes afiliados a bandas o altos en psicopatía. Los cambios positivos que provoca se han asociado a un decremento de la violencia en la comunidad.

En el análisis de la muestra se utilizan, aparte de SAPROF, una lista de factores protectores (lista PF) con factores recopilados de las evidencias científicas. Otra es la herramienta de evaluación de riesgo y planificación de tratamiento VRS (Wong & Gordon, 1999-2003). Asimismo, el conocido HCR-20 (segunda versión, Webster et al., 1977) que evalúa el riesgo mediante 10 factores relativos al historial criminal, 5 factores clínicos 5 factores de gestión del riesgo. Esta herramienta tiene una alta precisión predictiva para la violencia.

En términos generales, el tratamiento aplicado a la muestra parece haber dado buenos resultados. Los cambios positivos se han registrado en los factores protectores internos y motivacionales del SAPROF, pero no los externos. El menor nivel de mejora se ha observado en el periodo desde post-tratamiento hasta la incorporación en la comunidad. En cambio, desde la fase de pre-tratamiento hasta la incorporación en la comunidad se han observado cambios importantes en los factores protectores. En términos de puntuación del SAPROF, las mejoras se dieron en un 40%.

Las correlaciones entre factores de riesgo y protectores se muestra inversa. Es decir, a mayor protección, menor riesgo de reincidencia. Asimismo, los hombres con historial de violencia más grave y con mayor riesgo de reincidencia mostraban menos factores protectores. Por tanto, ambos tipos de factores no son independientes. Aun así, los datos muestran que estos factores no representan a un mismo constructo, es decir, no son las dos caras de una misma moneda. Lo más probable es que se solapen, por ejemplo, compartiendo consecuencias.

Las herramientas de evaluación de factores protectores predicen la reincidencia comunitaria e institucional. Específicamente, baja protección se asocia a incrementos de las tasas de violencia y reincidencia general, así como con una mayor frecuencia y gravedad de las malas conductas institucionales.

Cuando se analizan los cambios en protección en función de las medidas de riesgo, no se observa una predicción incremental desde pre a post- tratamiento. Es decir, no aparece un patrón constante de, por ejemplo, mayor protección, menor riesgo de reincidencia.  Los autores plantean que esto puede deberse a que el tratamiento aplicado a los delincuentes no se centra en factores protectores o en incrementar la protección.

En cambio, se centra en disminuir el riesgo de reincidencia y la violencia. Y, como hemos mencionado antes, si protección y riesgo no son dos caras de la misma moneda, reducir los niveles de riesgo no necesariamente debería incrementar la protección.

Lo más importante es que un enfoque en la reducción del riesgo provocaría una reducción de la reincidencia. No obstante, no volver a cometer delitos no equivale a un funcionamiento adecuado en la comunidad ni a una reinserción exitosa. Por eso, parece que para conseguir lo segundo, los factores protectores deben ser tenidos en cuenta en la rehabilitación y reintegración en la comunidad.

Asimismo, los autores recomiendan que las herramientas de evaluación de factores protectores no se utilicen solo para predecir la reincidencia, porque de esta forma no cumplen como medidas de protección, sino simplemente informan del riesgo.

Y, como han observado, los factores protectores pueden tener un alto potencial para añadir a un bajo riesgo de reincidencia una reinserción más exitosa en la comunidad. Una influyente revisión sobre la evaluación de riesgo de violencia (Hanson, 2009) muestra que, para la siguiente generación de herramientas, añadir los factores protectores será una adición clave.

 

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Trastornos de personalidad en la población criminal. ¿Cómo tratarlos? Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Schema therapy in forensic settings” de Bernstein D. P., Clercx M. y Keulen-De Vos M. (2019), en el cual se describe la utilidad de la Terapia de Esquema en el tratamiento de los trastornos de personalidad de pacientes en ámbito forenses.

Eres psiquiatra forense y tienes varios pacientes con trastornos de personalidad que han llevado a cabo varios delitos. Ya han pasado, por tanto, por la fase de evaluación y entran en una fase de tratamiento. Si lo primero que piensas es que no hay nada que hacer para prevenir que vuelvan a cometer delitos, estás ignorando años de investigación. Y si crees que no se debería hacer nada para tratar los trastornos que presentan, te olvidas de algo importante.

Por más duro que nos parezca y por más rechazo que sintamos ante la idea, hablamos de seres humanos, como tú y yo. Que por la multitud de factores que inciden en la personalidad humana, llegaron a cometer actos que puede que ni ellos habían pensado que van a cometer. Que por la razón que sea, desarrollan trastornos de personalidad y otros problemas de salud mental y una posible medida que se les aplica por sus delitos es el internamiento en un centro psiquiátrico o penitenciario.

Ofrecer un tratamiento no implica exculpar, sino intentar disminuir el riesgo de reincidencia y, por qué no, ofrecer una segunda oportunidad. Si se consigue una mejora, la persona tendrá la oportunidad de reinsertarse en la sociedad cuando se encuentre en libertad.

En cualquier caso, si estaríamos en esa situación, tendríamos que elegir el tratamiento más adecuado. Adecuado supone mínimo una eficacia demostrada empíricamente. Para algunos trastornos mentales existen tratamientos psicológicos muy buenos, pero para otros es más difícil conseguirlo. Ocurre así en el caso de los trastornos de personalidad (TPs).

Si no existen tratamientos suficientemente eficaces para estos casos ¿qué hacemos? ¿Damos por hecho que están personas volverán a cometer los mismos delitos una y otra vez? ¿Los encerramos de por vida sea cual sea el delito que hayan cometido? En algunos casos diríamos que sí, pero no todo es blanco o negro. Las personas que trabajan en este campo lo saben.

Tal es el caso de los autores de esta investigación. A falta de tratamientos adecuados por los TPs, en 2007 iniciaron un ensayo de control aleatorizado que duró tres años. El objetivo era poner a prueba la eficacia de la Terapia de Esquema (ST, Schema Therapy) en comparación con el tratamiento típicamente utilizado para los TPs (Terapia Cognitivo-Conductual).

Ese trabajo dio lugar a un apoyo empírico fuerte para la eficacia de la ST en pacientes forenses con TPs. La ST fue reconocida oficialmente en los Países Bajos como el primer tratamiento para este tipo de pacientes.

En el contexto forense, los TPs más asociados al riesgo de reincidencia de la conducta delictiva son aquellos que pertenecen clínicamente al cluster B: narcisista, antisocial, trastorno límite de la personalidad, así como el tipo paranoide del cluster A. También se presentan grandes dificultades en el caso de la psicopatía, que muchas veces se considera como imposible de tratar.

Los TPs tiene una prevalencia tres veces mayor en la población de perpetradores masculinos que en la población masculina general. En la población carcelaria la prevalencia de los TPs es de 65% en el caso de los hombres y de 43% en el caso de las mujeres. En ambos casos, la prevalencia es mayor que en la población general.

Los diagnósticos de TPs son muy relevantes en las conductas criminales. Los delincuentes con un diagnóstico de TP son los que cometen los crímenes más graves y violentos. También muestran mayores tasas de reincidencia en comparación a los perpetradores sin TPs. Por eso, una terapia eficaz debe alcanzar también la disminución de la tasa de reincidencia.

La Terapia Cognitivo-Conductual tiende a enfocarse en el control de la conducta agresiva y mostró resultados moderados. En cambio, la ST abarca síntomas del trastorno, características asociadas y muchos otros aspectos. La base teórica de la ST se construye sobre las tradiciones cognitiva, conductual, psicodinámica y experiencial.

El concepto central de la ST es el modo esquema. Este representa los estados fluctuantes que dominan el comportamiento, las emociones y las cogniciones del sujeto. El modo esquema está determinado por la activación de un esquema desadaptativo adquirido en edades tempranas. La activación de ese esquema desencadena una respuesta emocional relacionada. Ante esta última aparece una respuesta de afrontamiento.

Existen cuatro áreas de modo esquema. El modo infantil hace referencia a respuestas emocionales universales en la etapa infantil: ira, miedo, tristeza, vergüenza e impulsividad. La internalización de exigencias parentales severas o crítica punitiva provoca el modo de padres disfuncionales. El modo afrontamiento desadaptativo consiste en intentos extremos para afrontar la activación de los esquemas, sea través de la rendición, evitación o sobrecompensación. Por último, el modo saludable implica una reflexión sana sobre uno mismo y sentimientos de alegría y placer.

Las personas con TPs muestran patrones específicos del modo esquema. Los modos esquema se activan ante estímulos externos y tienen correlatos cognitivos y fisiológicos. Las últimas evidencias muestran que juegan un papel importante en el comportamiento criminal y violento.

Los eventos que llevan a una conducta criminal se inician a menudo con el modo infantil. Este, a su vez, lleva una secuencia en escalada de otros modos y a menudo se culmina con modos de sobrecompensación (afrontamiento). Estos últimos son los que están presentes cuando se comete el delito.

Un ejemplo muy gráfico que proporcionan los autores es el siguiente. La pareja de un sujeto rechaza tener sexo con él/ella. Esto hace que el sujeto se sienta inferior, frustrado y furioso. Por tanto, se activan modos infantiles de humillación, de impulsividad e ira, respectivamente. Para afrontar todas estas emociones, el sujeto intenta sobrecompensar con un modo de auto-engrandecimiento. En este caso dominan la sensación de poder y la activación sexual.

El sujeto sale a la calle, busca una víctima, por lo que hablamos de un modo depredador. El sujeto toca puertas al azar hasta que una mujer contesta. El sujeto procede a manipular a la persona para que entre en su casa, por lo que se da aquí la activación de un modo de engaño y manipulación. De forma violenta, tira al suelo a la mujer y le amenaza con matarle si no coopera (modo de intimidación y ataque).

En este ejemplo vemos como el modo infantil desencadena los demás modos. Los cuatro modos posteriores y junto con el modo de sobrecontrolador paranoico son los que más aparecen en pacientes en contexto forense. Los cinco implican una cascada de respuestas con el fin de afrontar emociones derivadas del modo infantil (y de la situación que lo desencadena) a través de la sobrecompensación.

Los factores externos de riesgo (p. ej. abuso infantil, negligencia, factores genéticos, etc.) y de protección (p. ej. apoyo, oportunidades económicas, genética, etc.) modulan el desarrollo de los esquemas en la infancia. Los modos esquema desadaptativos se derivan del poder de los factores de riesgo que aumentan la probabilidad de aparición de conductas antisociales. Asimismo, los modos esquema sanos son los factores protectores que disminuyen esa probabilidad.

Por tanto, la probabilidad de comportamientos violentos y/o criminales en un momento concreto viene determinada por la activación relativa de los modos desadaptativos y sanos. Mayor activación de los primeros sobre los segundos, mayor el riesgo para la aparición de conductas violentas y/o criminales. Los factores de riesgo y de protección del entorno del sujeto a lo largo de su vida (especialmente en la etapa en la que comete el delito) interaccionan de forma recíproca con los modos esquema.

Por ejemplo, tener un grupo de amigos con comportamientos antisociales puede incrementar la fuerza de los modos desadaptativos. Al mismo tiempo, la presencia de estos modos puede aumentar la probabilidad de buscar relacionarse con amigos así.

Sin ánimo de entrar en muchos detalles, decir que las fases de tratamiento de la ST son dos. Una es una fase de evaluación y conceptualización del caso, con psicoeducación para el sujeto. Se le familiariza con los conceptos abordados y se le ayuda en la auto-aplicación.  En la fase de cambio se utiliza una gran variedad de técnicas para reducir la fuerza de los esquemas y respuestas de afrontamiento desadaptativos, así como de los modos esquema. Se busca romper los patrones disfuncionales e iniciar formas de afrontamiento saludable.

Cuando se trata de pacientes en ámbito forense con TPs graves se necesitan modificaciones importantes en la terapia. Una es que se enfatiza más en los modos esquemas que en lo desadaptativo. La razón es que muchos de estos pacientes tienen grandes dificultades para mostrar vulnerabilidad y/o hablar sobre la infancia.

Se necesita mucho tiempo y atención para construir una alianza terapéutica entre terapeuta y paciente. No hay que olvidar que estos sujetos suelen acudir a terapia como obligación judicial, por lo que a menudo les falta motivación.

Faltan muchas más investigaciones sobre la aplicación de la Terapia de Esquema en pacientes en ámbito forense. Aun así, esta intervención ya está establecida como eficaz para los TPs dentro y fuera del contexto forense. La labor de estos profesionales muestra resultados prometedores. Además, puede que sea imprescindible para disminuir las tasas de reincidencia delictiva.

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Intermediarios en la entrevista policial a testigos con síntomas disociativos. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos “Investigative interviewing, dissociative identity disorder and the role of the Registered Intermediary” de O´Mahoney B. M., Milen B. y Smith K. (2018), en el cual se analiza el papel de los intermediarios en las entrevistas policiales con testigos que sufren del Trastorno Disociativo de Personalidad.

En algunos países, como Inglaterra, se da la posibilidad de utilizar intermediarios en las entrevistas policiales con testigos que sean menores de 18 años o que tengan un trastorno mental, problemas de aprendizaje, discapacidad o trastorno físico. Estos intermediarios son profesionales registrados, generalmente de las áreas de psicología, enfermería o logopedia.

La razón de la inclusión de los intermediarios en las entrevistas policiales es la falta general de habilidades de comunicación de los profesionales de la justicia para entrevistar adecuadamente a personas vulnerables y, por tanto, obtener información precisa.

Obviamente, esa falta de habilidades no se debe a una actuación profesional de poca calidad, ni a falta de interés en aprender a atender a estas personas como es debido. Lo que ocurre es que se carece de guías, ayudas y/o de formación específica para ello, al igual que habíamos mencionado en otros artículos sobre la entrevista con personas con discapacidad intelectual.

El rol del intermediario registrado se ha analizado especialmente en contextos de entrevista con testigos adultos y con problemas de aprendizaje o con menores. En cambio, no hay datos suficientes sobre la entrevista con intermediarios a testigos que presentan problemas de salud mental. Un testigo puede tener algún trastorno mental ya antes de la entrevista, pero también puede desarrollar algún tipo de disociación como resultado del estrés que le provoca el caso en el que está implicado (eventos traumáticos).

La disociación se describe como el producto de afrontar sin éxito conflictos emocionales o estresores internos y externos. Este enfrentamiento provoca una ruptura en la integración normal de las funciones mentales como consciencia, memoria, percepción del yo y del entorno y conducta motora y/o sensorial. Como trastorno o síntoma de disociación pueden darse: amnesia disociativa, despersonalización, desrealización, un trastorno de identidad disociativo (TID) u otros menos frecuentes.

En la entrevista, un testigo puede presentar síntomas de disociación al rememorar eventos traumáticos sin que el entrevistador sea consciente de ello. Además, en el caso del TID, detectar variables como número de alter egos, consciencia y relación entre ellos, cuál es el implicado en el caso u otras es difícil incluso para un profesional preparado. La complejidad, la naturaleza contradictoria de las declaraciones de los sujetos con TID y los múltiples mitos alrededor de este trastorno generan muchas sospechas sobre la veracidad de sus declaraciones. Por las mismas razones, estos sujetos suelen ser considerados testigos no fidedignos.

A falta de un manual o guía para entrevistar adecuadamente a testigos con síntomas o trastornos disociativos, el entrevistador puede contar con la ayuda de un intermediario registrado. No obstante, para esta problemática mental no hay investigaciones y, por tanto, en este estudio se plantean tres dudas principales. ¿Con qué frecuencia se dan testigos con TID? ¿Hay requisitos de conocimiento para los intermediarios implicados en estos casos? ¿Y qué aconsejan los intermediarios?

El estudio se desarrolla en dos fases. En la primera fase se solicita a la Agencia Nacional del Crimen de Reino Unido el número de casos con testigos que presentan TID y en los cuales han participado un intermediario (de 2013 a 2016). De 251 casos con testigos con trastornos de personalidad, se detectan 20 casos de TID o donde este podría haber sido un factor presente.

Dos de los autores de este estudio trabajan en su vida real como intermediarios registrados. Por lo que, en la segunda fase, desarrollan un cuestionario basado en sus experiencias profesionales y en las conversaciones con oficiales de policía que han solicitado la ayuda de un intermediario en las entrevistas de testigos con TID.

Las preguntas se dirigen a intermediarios y en el estudio se consigue la participación de solo 4 profesionales de: trabajo social, logopedia, enfermería y psicología. Se pretende obtener información como: el número de casos atendido con testigos con TID, metodología, dificultades encontradas, consejos ofrecidos a los entrevistadores para facilitar la comunicación con el testigo, la formación recibida y cuál creen que sería necesaria para atender estos casos.

Los intermediarios participantes informaron haber recibido muy poca formación específica para tratar con casos de TID. Las actuaciones de estos intermediarios fueron muy variables lo que indica la falta de guía para estos casos. Por ejemplo, uno de los intermediarios se enfocó en la identidad principal, llamada host y en detectar cuando aparecía otro alter ego para hacer volver al host. Un intermediario tuvo que pedir consejo al encargado del equipo de intermediarios sobre la actuación adecuada y otro solicitó consejo tanto al equipo como a superiores de la policía.

Destacaron la dificultad de comunicación incluso en casos en los que no existe TID y la necesidad de tener en cuenta la presencia de múltiples casos de comorbilidad entre TID y ansiedad, depresión y otros. En respuesta a si creen necesario que sean los profesionales de salud mental los que atienden estos casos, los intermediarios respondieron tanto con un como con un no necesariamente. La cuestión más relevante es que habrá ciertas limitaciones en la comunicación con el testigo con TID en cualquiera de los casos.

En cuanto a los casos analizados en este estudio, se destaca haber encontrado referencia a un trastorno de personalidad dividida. Teniendo en cuenta que hablamos de profesionales, es curioso encontrar este término cuando no existe oficialmente un problema de salud mental con este nombre. Además, muchas veces se utiliza este término para designar incorrectamente a los casos de esquizofrenia. Se desconoce la prevalencia de casos de entrevistas policiales con testigos con TID o síntomas relacionados, al igual que la cantidad de casos no registrados. Las guías de actuación para estos casos también son ausentes.

Por lo tanto, hay puntos de carencia a destacar tanto para las actuaciones de los intermediarios como para los entrevistadores oficiales. A la vulnerabilidad ya dada por ser testigos de algo que puede modificar la vida de los implicados, se suma la vulnerabilidad dada por presentar síntomas disociativos y por recibir una atención inadecuada desde el sistema judicial. Hay un vacío en la investigación sobre cómo el sistema judicial atiende estos casos.

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Negociando cara a cara vs online: los rasgos de la Triada Oscura marcan la diferencia. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos un artículo muy interesante titulado “The dark side of negotiation: examining the outcomes of face-to-face and computer-mediated negotiations among dark personalities” de Crossley L., Woodworth M., Black P.J. y Hare R. (2015), que combina el contexto de negociación (online vs cara a cara) con los rasgos de los tres tipos de personalidad que componen la Triada Oscura: psicopatía, maquiavelismo y narcicismo. ¿Tener o no estos rasgos marca alguna diferencia a la hora de negociar? Sigue leyendo para averiguarlo.

La Triada Oscura es un concepto que hace referencia a rasgos de personalidad que se dan en las personalidades psicopáticas, maquiavélicas y narcisistas. Se consideran en conjunto, formando este constructo de Triada Oscura, porque comparten una serie de rasgos considerados negativos, que se reflejan en las interacciones con los demás y con el mundo en general.  Lo que más se ha asociado a la Triada Oscura es un comportamiento de explotación, manipulación e insensibilidad hacia los demás en una gran variedad de situaciones cara-a-cara (p. ej. en el trabajo).

Aunque la Triada Oscura se puede considerar como un constructo único, se debe tener en cuenta que cada tipo de personalidad conlleva también atributos únicos y una sola persona puede encajar en un tipo o en varios, dándose combinaciones diferentes en cada sujeto. Por separado, cada tipo de personalidad se asocia de manera más recurrente a ciertos comportamientos: la psicopatía se asocia más a un estilo de vida anti-social, el maquiavelismo a la manipulación y a ser orientado a metas, y el narcicismo a comportamientos de grandiosidad y auto-adoración.

¿Qué tienen que ver personalidad y negociación? Existe una gran cantidad de investigaciones que llegan a la conclusión de que los rasgos de personalidad son uno de los mayores predictores del rendimiento en una negociación, aunque suele ser clave si en la negociación se necesita competir o cooperar. Hay rasgos que suponen una ventaja para lo primero y no para la segundo y al revés; por ejemplo, ser más simpático o agradable da mejores resultados en una negociación en la que se necesita cooperar y serlo menos da mejores resultados cuando se necesita competir, por lo que, por lo menos las personalidades psicopáticas, lo harían mejor en una negociación competitiva. Y sería así porque se les asocian una actitud más hostil y menos agradable.

La negociación es un contexto casi-perfecto para observar habilidades de persuasión y manipulación y se espera que los sujetos con personalidades de la Triada Oscura lo hagan muy bien y mejor que los sujetos que no presentan estos rasgos. Pero, ¿por qué deberían hacerlo tan bien? Pues, aparte de que se les asocian comportamientos de manipulación que podrían darles ventaja en una negociación, no hay que olvidar que la negociación es principalmente un proceso comunicativo.  Se ha observado que los sujetos con personalidades de la Triada Oscura tienen sus “trucos” para manipular a través de la comunicación. Estos “trucos” se basan principalmente en el lenguaje no verbal: el contacto visual, el tono de voz que utilizan, copiar las expresiones faciales del receptor, dándoles más credibilidad, etc. El uso de claves no verbales sí son útiles en negociaciones cara a cara, pero no se espera que ocurra lo mismo en negociaciones mediante ordenador (por escrito), contexto que claramente difiere en la cantidad y diversidad de información que se puede recibir desde la otra persona.

En la comunicación a través del ordenador el lenguaje no verbal desaparece, la expresión escrita es más controlada, no se puede observar la consecuencia inmediata de aquello que se dice o de los gestos, etc. En definitiva, conversar y negociar por internet ocurre en un contexto en el que faltan muchas claves contextuales y socio-emocionales que sí median en la comunicación cara a cara. Por lo tanto, este estudio plantea que los sujetos con personalidades de la Triada Oscura van a negociar mejor cara a cara que los que no presentan rasgos de este tipo, pero no pasará lo mismo en las negociaciones en línea, por la falta de esas claves socio-emocionales que mencionábamos.

Partiendo de estas ideas, el estudio se desarrolla de la siguiente manera: participan 206 universitarios/as con una media de edad de 20 años, a los cuales se les evalúan rasgos de personalidad típicos de la Triada Oscura con tres cuestionarios pertinentes, cada uno para cada tipo de personalidad (psicopática, maquiavélica y narcisista). Se obtienen cuatro tipos de puntuaciones altas y baja: las primeras tres son de cada tipo de personalidad y una puntuación total en la Triada Oscura. La negociación en este estudio es una situación en la que los sujetos deben negociar la compraventa de unas entradas al concierto, durante un máximo de 20 minutos y, después de asignar aleatoriamente el contexto de negociación (cara a cara vs chat) y el rol (vendedor o comprador), reciben un documento en el cual se concreta: qué se negocia (precio de la entrada, productos de merchadising, asiento y acceso al backstage), posibles precios de compra-venta (según el rol) y la cantidad de dinero que van a ganar como beneficio de la negociación. Así, en el rol de comprador, a menor precio que consigue los productos, más beneficio y, del mismo modo, en el rol del vendedor, a mayor precio que consigue por los productos, más beneficio; en este proceso podían conseguir un total de 9$ y este beneficio es la variable que se espera que difiera entre grupos.

Los autores encuentran dos resultados principales. Considerando la Triada Oscura como único constructo, lo que encuentran es que el grupo con altas puntuaciones en la Triada Oscura es el que peores resultados ha obtenido de todos los grupos en la negociación por ordenador, es decir, el que menos beneficio ha obtenido. Además, y tal como se esperaba, este mismo grupo ha obtenido mejores resultados en la negociación cara a cara que el grupo con puntuaciones bajas en la Triada Oscura.

Considerando las personalidades psicopática, maquiavélica y narcisista por separado, se obtienen nuevos datos sobre las dos primeras en cuanto al éxito en las negociaciones cara a cara: los sujetos con puntuaciones altas en ambas ganaron mucho más dinero que los sujetos con puntuaciones altas en psicopatía, pero bajas en maquiavelismo, independientemente de la vía de comunicación de la negociación; hasta cierto punto, esto puede indicar que hay algunos atributos clave que son la llave del éxito en la negociación. También se observó que los sujetos con altas puntuaciones en maquiavelismo han obtenido mayores beneficios en la negociación cara a cara que por ordenador. Como este grupo destaca, siendo el maquiavelismo el único que indica una relación recurrente con el éxito en negociaciones cara a cara, los autores consideran que puede ser por rasgos como orientación a metas y comportamientos típicos de “los fines justifican los medios”.

Cabe destacar que el narcicismo no ha mostrado relaciones con el éxito en la negociación cara a cara y se puede deber a que los comportamientos principales asociados al narcicismo son la insensibilidad hacia los demás y la búsqueda de atención. En la base de estos comportamientos se encuentran otras motivaciones con poco impacto en las negociaciones.

Concluyendo, las diferencias individuales parecen interaccionar con el contexto de comunicación, influyendo en los resultados de una negociación y, por tanto, esta variable debería ser tenida en cuenta cuando se negocia con diferentes personalidades, porque hay ventajas diferenciales según el tipo de comunicación que se utiliza. También cabe destacar que, si se hiciera el mismo estudio, pero con una negociación vía videochat, los resultados podrían ser bien diferentes por la inclusión de algunas claves contextuales que desaparecen en los mensajes escritos.

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¿Qué tipos de acoso tienen una mayor relación con episodios violentos? Análisis de factores de riesgo. Club Ciencias Forenses

acoso y violencia acoso y violencia ¿Qué tipos de acoso tienen una mayor relación con episodios violentos? Análisis de factores de riesgo. Club Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, a continuación presentamos el resumen del artículo “Violence in stalking situations” de T. McEwan, P.E. Mullen, R.D. MacKenzie y J.R. Ogloff. Un artículo especialmente interesante en el que se investigan los diferentes tipos de posible violencia perpetrados por acosadores según el tipo de acosador y su relación con la víctima.

El acoso se considera a menudo como un precursor de la violencia, pero determinar qué acosadores pueden atacar es una tarea difícil. Este estudio supera deficiencias en investigaciones previas mediante la adopción de un diseño pseudo-prospectivo y el examen de factores de riesgo potenciales para diferentes tipos de acosador.

En el acoso un individuo se inmiscuye repetidamente en otro produciendo miedo o angustia. Las encuestas a las víctimas revelan que los efectos psicológicos del acoso pueden ser devastadores, incluidos los síntomas postraumáticos, el aumento del consumo de sustancias, la depresión y la ideación suicida. La concurrencia frecuente de acoso y psicopatología en víctimas y perpetradores significa que cualquier profesional de salud mental, no solo especialistas forenses, puede ser requerido para evaluar a las personas involucradas en una situación de acoso. Además, la literatura muestra que los profesionales de la salud mental tienen un mayor riesgo de acoso por parte de un cliente actual o anterior.

Cuando ocurre la violencia de acoso, generalmente implica dar puñetazos, patadas y empujones. Raramente causa daño físico duradero, aunque los efectos psicológicos pueden ser más persistentes. Las revisiones de la literatura de acoso sugieren que los acosadores pueden categorizarse efectivamente como de alto o bajo riesgo de violencia basados ​​únicamente en su relación con la víctima. Los compañeros ex íntimos presentan un riesgo relativamente alto de violencia, y los extraños y conocidos tienen un riesgo relativamente bajo. Se ha sugerido que la mayor proximidad a la víctima está asociada con la violencia de acoso, y las tácticas de intimidación, incluidas las amenazas y el daño a la propiedad, son factores de riesgo identificados. El papel del trastorno de la personalidad, el uso de sustancias y otros factores de riesgo de la violencia general, incluida la violencia previa y la criminalidad previa del acosador, no se comprenden tan bien. Contrariamente a la literatura general de evaluación de riesgos, los acosadores con un trastorno psicótico han demostrado consistentemente ser menos violentos.

Los análisis existentes de los factores de riesgo de violencia acosada se han visto obstaculizados por la dependencia de la revisión de archivos y el tamaño limitado de las muestras. El predominio de la violencia por ex-acosadores íntimos significa que la violencia cometida por otros acosadores se ve abrumada en los análisis estadísticos, ocultando la presencia de otras características que también pueden significar un mayor riesgo. Como resultado, actualmente es complicado distinguir entre ex íntimos de alto y bajo riesgo y desconocidos o conocidos de alto y bajo riesgo, aunque es evidente para los médicos que trabajan con acosadores que existen estas subdivisiones. Debido a la dependencia en la revisión de archivos, la información en estudios previos a menudo ha comprendido evaluaciones realizadas para otros fines, no siempre relacionadas directamente con el acoso, y no utilizando entrevistas estructuradas o cronogramas de evaluación. Se desconoce la diligencia con la que se determinaron y discutieron varios comportamientos de acoso y las definiciones de violencia han variado ampliamente. En muchos casos, la documentación auxiliar parece haber sido limitada y el examen de los archivos del caso a menudo se produjo meses o años después de la evaluación.

El actual estudio que resumimos empleó un diseño pseudo-prospectivo con entrevistas clínicas semiestructuradas aumentadas por extensas evaluaciones psicométricas e información colateral para identificar los factores de riesgo de acoso de la violencia. Este enfoque permitió la investigación por separado de la violencia entre ex acosadores íntimos motivados por el rechazo y los acosadores de otras relaciones y categorías de motivación. El objetivo del estudio fue identificar los factores de riesgo más allá del tipo de relación que diferencian a los acosadores que presentan alto o bajo riesgo de violencia. Un objetivo secundario fue comparar la utilidad de las tipologías de relación frente a las motivacionales para evaluar el riesgo de acechar la violencia.

En este estudio los datos fueron recolectados en torno a acosadores facilitados por parte de una clínica comunitaria de salud mental forense. Los criterios de inclusión fueron una condena por acoso o evidencia de intrusiones múltiples que ocasionan miedo. Los pacientes fueron excluidos si su estado mental, funcionamiento intelectual o dificultades de lenguaje impidieron la posibilidad de obtener un consentimiento informado. La mayoría de las evaluaciones fueron realizadas por los autores y el resto llevado a cabo por otros psiquiatras y psicólogos clínicos que trabajan en la clínica del acosador. Los médicos diagnosticaron enfermedades mentales usando los criterios DSM-IV-TR. Se registró el trastorno de la personalidad en presencia de un diagnóstico o rasgos problemáticos basados ​​en la entrevista clínica y la prueba psicométrica. El uso de sustancias en el momento del acoso se registró por separado y además de los trastornos de consumo de sustancias diagnosticados.

Los datos se obtuvieron de entrevistas clínicas, pruebas psicométricas, información de referencia, informes policiales y, cuando están disponibles, declaraciones de impacto de la víctima. Como las evaluaciones se llevaron a cabo en el momento de la comparecencia ante el tribunal o el momento de los comportamientos de acoso, se pudo obtener alguna forma de información colateral en todos los casos. Esta información se usó para clasificar a los acosadores por motivación en “Rechazado”, “Resentido”, “Búsqueda de intimidad”, “Inválidos incompetentes” o “Depredador”, y por relación a ex-íntimos, conocidos y extraños.

Las comunicaciones no deseadas incluían llamadas telefónicas, correspondencia escrita, mensajes de texto en teléfonos móviles, pedidos o cancelaciones de bienes y servicios, y envío de materiales no solicitados. Los “comportamientos de acercamiento” fueron intrusiones cercanas a la víctima, que incluyen merodear cerca, seguir, acosar a la víctima con intención conciliatoria u hostil y entrar a la casa de la víctima sin consentimiento.

Las amenazas incluyeron declaraciones verbales o escritas explícitas que evidencian un intento de dañar. Las amenazas pasadas (antes del episodio de acoso actual) se registraron como presentes si existía una amenaza previa de matar o amenazar con perjudicar condenas, evidencia en información de referencia o si el participante admitió amenazas pasadas.

Los comportamientos de abordaje, las amenazas y los daños a la propiedad se registraron como presentes o ausentes, y se tomó nota de si ocurrieron antes y separados del primer acto violento en la situación de acoso.

La violencia se definió como el contacto físico con la víctima con la intención de coaccionar o dañar. Esto incluía tocar a la víctima de una manera hostil (por ejemplo, golpear a la víctima en el estómago con las llaves del auto o tocar los genitales o los pechos de la víctima). Cuando el comportamiento violento era potencialmente mortal, causaba daños corporales importantes, involucraba un contacto real o intencional con un arma, o casos reales o intentados de agresión sexual con penetración, la violencia también se codificaba como “violencia grave”. Violencia previa estaba presente si existían condenas por delitos violentos (asalto, lesiones, violación, homicidio involuntario, asesinato o delitos de penetración sexual), había descripciones de violencia anterior en la información de referencia, o si el participante admitió la violencia anterior. La naturaleza y el contexto de la violencia previa se determinaron en la entrevista.

El comportamiento de acoso previo estaba presente si el individuo tenía convicciones por comportamiento de acoso anterior, o admitía un acoso previo cuando era interrogado. Los detalles del acoso anterior se determinaron en la entrevista permitiendo la diferenciación entre los episodios. Cuando el acosador ofendió a la misma víctima, se tomó cualquier cese voluntario de al menos 6 meses para indicar una interrupción entre dos episodios de acoso separados.

En el análisis se incluyeron predictores potenciales con relaciones positivas o disputadas a la violencia previamente identificadas, además de variables conductuales no examinadas previamente (por ejemplo, comportamientos de aproximación).

Los criterios de inclusión fueron cumplidos por 232 individuos, 21 se negaron a participar (90.5% tasa de participación). De los 211, 190 eran hombres (90%). La edad varió de 18 a 76 años (media = 35.6). La mayoría se identificaron como heterosexuales (n = 199, 94%), y la mayoría no tenía pareja en el momento de la situación de acoso (n = 189, 90%). Casi un tercio (29%) nunca había mantenido una relación íntima durante más de 1 año. Solo 75 (36%) acosadores completaron la educación secundaria. Los 90 (43%) reportaron empleo a tiempo completo, 20 (10%) ocuparon empleos a tiempo parcial, 28 (13%) en pensiones por discapacidad y 73 (35%) desempleados.

Solo 36 acosadores (17%) no tenían trastorno mental. Los problemas más comunes fueron en el espectro de trastornos de la personalidad, con 40 (20%) teniendo esto como su única patología y otros 52 (25%) coexistiendo con otros trastornos. Los trastornos del grupo B predominaron. La esquizofrenia fue el trastorno más común del Eje I (17%), seguido de la depresión (13%). El trastorno delirante (tipo erotomaníaco) estuvo presente en seis casos (3%), discapacidad intelectual en 13 casos (7%) y síndrome de Asperger en cuatro casos. Un trastorno por consumo de sustancias estuvo presente en 22 casos (10%), pero otras 77 personas informaron el uso de sustancias en el momento del comportamiento de acoso [47%, que comprende el uso de drogas ilícitas (18%), consumo de alcohol (16%) y consumo de alcohol y drogas (13%)].

La duración promedio de los episodios de acoso fue de 58.3 semanas, con un rango de menos de 1 semana a 832 semanas. El número medio de métodos de acoso fue 3.4. Se sabe que un total de 65 acosadores (31%) habían acechado previamente, 19 en contra de la misma víctima. Un total de 44 (21%) habían proferido amenazas para dañar o matar, y 86 (41%) habían sido violentos antes del episodio actual de acoso .

La violencia ocurrió en 39 casos (19%), 11 cumpliendo los criterios adicionales de violencia grave. 20 fueron violentas una vez, 8 dos veces, 4 tres veces, y las 3 restantes fueron violentas cuatro, cinco y seis veces respectivamente. Los tres últimos eran acosadores depredadores que acosaban y atacaban sexualmente a múltiples víctimas. En 14 casos, la violencia fue extremadamente leve, y consistió en una combinación de víctimas hostiles que tocaban, empujaban o restringían. En otros 22 casos, hubo contacto sexual, puñetazos o patadas (en cuatro casos constituyeron violencia grave), y 16 casos fueron tan graves como ataques con arma o vehículo, agresión sexual, intento de asesinato y asedios armados (muchos acosadores utilizaron varios tipos). de violencia). En 10 casos, la violencia grave fue cometida por un acosador exiliado rechazado (que representa el 35% de toda la violencia por acosadores Rechazados); el otro involucraba a un acosador depredador. En otros cuatro casos, la gestión exitosa o la circunstancia fortuita aliviaron la violencia grave. Un acosador resentido fue arrestado en la casa de la víctima, armado con un cuchillo y expresando un intento homicida. De manera similar, un acosador que buscaba intimidad fue arrestado dentro de la casa de la víctima armado con un cuchillo y una cuerda. Otro acosador resentido siguió un ataque físico a la víctima al incendiar su casa y automóvil (con la creencia errónea de que la víctima estaba adentro) y, en un caso final, un acosador rechazado intentó contratar a alguien para ejecutar a la víctima. Afortunadamente, la persona que intentó emplear era un oficial de policía encubierto.

Como la violencia grave fue relativamente poco común en toda la muestra, la violencia se analizó como una variable única para evitar problemas con bajas tasas de base. En el 77% de los casos, la violencia estuvo acompañada de amenazas. De las amenazas, el 63% se pronunció por separado y antes de cualquier violencia, por lo que son predictores potenciales útiles para la inclusión en los modelos multivariados.

Un total de 27 de los 72 acosadores rechazados fueron violentos. Como la violencia grave era relativamente común entre los acosadores rechazados, estos casos se eliminaron y los análisis se repitieron para identificar si la violencia grave estaba afectando negativamente el valor predictivo del modelo.  La violencia ocurrió en 12 de 138 episodios de acoso instigados por un acosador con una motivación distinta al rechazo (incluido un caso de violencia grave).

De todos los sujetos del estudio, la mitad de los acosadores amenazan con dañar o matar a la víctima o a un tercero. De los 105 acosadores que profirieron amenazas, 30 (29%) también fueron violentos y la (s) amenaza (s) precedieron a la violencia en el 63% de los casos. En 8 casos, se profirieron amenazas en el momento de la violencia, y en tres casos el momento de la amenaza no pudo determinarse de manera confiable.

En conclusión, este estudio indicó que los factores de riesgo para la violencia de acoso difieren con la motivación del acosador y la relación con la víctima. En gran medida, el examen de los acosadores como un grupo homogéneo reveló que los jóvenes ex parejas íntimas que no sufrían de psicosis, tenían antecedentes de violencia y no escribieron a la víctima eran más propensos a ser violentos durante el acoso. Sin embargo, este estudio también mostró claramente que los acosadores de alto y bajo riesgo de otros grupos motivacionales podrían identificarse mediante el análisis de estos grupos por separado. Por lo tanto, la evaluación de riesgos y la gestión de la violencia de acoso podría mejorar al determinar la motivación del acosador y luego examinar los factores de riesgo específicos de ese tipo motivacional.

¿Escuchan voces en su cabeza? Realidad vs. Simulación. Club Ciencias Forenses

voces 1 AVH ¿Escuchan voces en su cabeza? Realidad vs. Simulación. Club Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, a continuación presentamos el resumen del artículo “Listening to voices: The use of phenomenology to differentiate malingered from genuine auditory verbal hallucinations” de McCarthy-Jones y Philip Resnick,  en el que se explican las características fundamentales del fenómeno de “escuchar voces en la cabeza” y las pautas principales para diferenciar un caso genuino de uno simulado.

Las experiencias de oír voces en ausencia de cualquier estímulo externo apropiado, referidas en la literatura psiquiátrica como alucinaciones verbales auditivas (AVH), son una característica común de muchos trastornos psiquiátricos. Aunque se encuentran con mayor frecuencia en personas diagnosticadas con esquizofrenia, con aproximadamente tres de cada cuatro personas con este diagnóstico que experimentan AVH, también se pueden encontrar en personas con otros diagnósticos psiquiátricos como trastorno bipolar, trastorno límite de la personalidad y trastorno de estrés postraumático, así como como miembros sanos de la población general.

Los profesionales de la salud mental capacitados pueden ser engañados por personas que afirman falsamente experimentar AVH. Aunque hay pocas razones para sospechar que las personas angustiadas que acuden habitualmente a los servicios de salud mental afirman falsamente que escuchan voces, hay una serie de situaciones en las que puede haber un beneficio potencial para que las personas afirmen falsamente estar experimentando AVH. Se dice que estos individuos están simulando, lo que el DSM-IV-TR define como “la producción intencional de síntomas físicos o psicológicos falsos o extremadamente exagerados, motivados por incentivos externos”. Estos incentivos externos pueden incluir obtener pagos injustificados de asistencia social o escapar de la persecución ya sea por incompetencia para ser juzgado o por la locura en el juicio. La existencia de acusados ​​que simulan AVH en casos penales y personas que simulan AVH para obtener una ventaja financiera están bien documentados. De hecho, se ha afirmado que los AVH son el síntoma de psicosis con más frecuencia simulado por los acusados ​​delictivos.

Las razones por las que los individuos eligen simular específicamente las AVH (a diferencia de otras experiencias asociadas con la psicosis) pueden incluir la percepción de asociación entre AVH y locura a la vista del público, y la efectividad de AVH en potencialmente obtener un motivo de demencia exitoso, ya que una persona no es responsable de su conducta criminal si al momento de tal conducta como resultado de una enfermedad mental o defecto que carece de capacidad sustancial para apreciar la criminalidad de su conducta o para ajustar su conducta a los requisitos de la ley.

Por ello, el actual artículo resumido explica que la opinión primero debe establecer si el acusado tenía una “enfermedad o defecto mental”. Un diagnóstico psiquiátrico per se no es suficiente para cumplir con este requisito. El DSM-IV-TR  contiene un descargo explícito de que simplemente tener un diagnóstico incluido en el manual no implica que cumpla con los criterios legales para una enfermedad mental en una defensa por demencia. Dado que las AVH se definen como un síntoma característico de la esquizofrenia, y que la Declaración de posición de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría de 1982 sobre la defensa contra la locura estableció que para que un trastorno sea una “enfermedad o defecto mental” debería “ser de la gravedad (si no siempre de la calidad) de las condiciones que los psiquiatras diagnostican como psicosis “, es probable que las AVH conduzcan al juicio de que el individuo tiene una” enfermedad o defecto mental “.

En segundo lugar, la opinión de los expertos debe establecer evidencia de capacidad. Las AVH puede abrumar la capacidad de un individuo de conformar su conducta a los requisitos de la ley. De manera similar, en el caso de un decreto deficiente (en el que una persona escucha la voz de Dios que le ordena llevar a cabo una acción), un acusado penal podría argumentar que no conocía la ilicitud de sus acciones y, por lo tanto, calificar para la locura en los paises que no tienen un brazo “incapaz de abstenerse” de la prueba de locura. Al decidir si una persona puede negarse a obedecer un comando de AVH, el evaluador debe evaluar las consecuencias que un individuo cree que seguirá como resultado de no obedecer la voz. Las consecuencias percibidas por no obedecer una alucinación de mando pueden variar desde un sueño inquieto, a un peligro significativo para uno mismo, a la creencia de que el alma pasará la eternidad en el Infierno. Solo las consecuencias de la severidad de estos últimos tipos probablemente cumplan con el estándar de locura.

Finalmente, el acusado debe establecer que la AVH jugó un papel causal en la ofensa. Aquí es crítico para el evaluador psiquiátrico establecer la relación entre el AVH y el comportamiento criminal del acusado. En resumen, dado que las AVH verídicas pueden, por las razones mencionadas anteriormente, conducir a una defensa de demencia exitosa, las AVH simuladas pueden conducir a un resultado de prueba injusto.

Si bien la existencia de AVH simuladas naturalmente enfoca la atención en prevenir que los errores involuntarios de la justicia derivados de AVH simulados no sean detectados, también existe el peligro de injusticia que resulta de que alguien que realmente ha experimentado AVH sea incorrectamente etiquetado como simulador. Este problema fue planteado por un estudio  de Rosenhan, quien se puso en contacto con el personal de un hospital para informarles que en algún momento durante los siguientes 3 meses, una o más personas que fingían AVH tratarían de ingresar al hospital psiquiátrico. De 193 juicios sobre pacientes realizados por el personal y obtenidos por Rosenhan, el 21% fueron acusados ​​con alta confianza de estar fingiendo. Entonces se reveló que, de hecho, Rosenhan no había enviado ningún pseudopaciente al hospital. Por lo tanto, es bastante plausible que, en un tribunal de justicia, algunos acusados ​​que honestamente informan haber tenido AVH puedan ser considerados erróneamente por testimonio experto como simuladores.

La capacidad de evaluar con precisión si las AVH reivindicadas son verídicas o simuladas es, por lo tanto, de crucial importancia, particularmente para el resultado de juicios penales en los que el acusado afirma que tales experiencias son relevantes para su defensa o su competencia para ser enjuiciado. Los médicos llamados a hacer este juicio deben tener un conocimiento detallado de la fenomenología de AVH genuinos. Tales decisiones también pueden ser informadas provechosamente por el conocimiento de la fenomenología de las AVH simuladas.

Por todo esto, es fundamental conocer la fenomenología de las AVH genuinas tal como lo establece la investigación contemporánea. En este artículo que resumimos, los autores explican con detenimiento determinadas características que pueden diferenciar una AVH simulada de una real, por lo que a continuación se nombrarán algunas de las características más destacadas.

La primera es relativa a la hipótesis de que, por lo general, las voces provienen del interior de la cabeza (con el corolario de que las voces que se oyen como provenientes de fuera de la cabeza son atípicas). Sobre esto, la evidencia de investigación no respalda la afirmación de que las voces localizadas son emblemáticas de AVH genuino, y las voces localizadas externamente son atípicas. Por ejemplo, un estudio encontró que de 199 pacientes psiquiátricos (81% que habían sido diagnosticados con esquizofrenia), el 38% escucharon ambas voces provenientes de dentro y fuera de su cabeza, 34 % solo escuchó voces localizadas internamente, y 28% solo escuchó voces localizadas externamente. El segundo estudio más grande de esta pregunta, que estudió a 100 pacientes psiquiátricos (la mayoría con un diagnóstico de esquizofrenia), encontró que el 38% de los pacientes describió tener una voz que se encontraba dentro de su cabeza, mientras que el 49 % de la muestra escuchó sus voces a través de sus oídos como estímulos externos.

La segunda hipótesis, es relativa a que las voces son típicamente las de personas famosas o de grupos de personas o de extraños. Un número significativo de personas diagnosticadas con esquizofrenia identifican sus voces como las de personas famosas. Sin embargo, las voces alucinadas a menudo también eran conocidas por el paciente en la vida real, lo que indica que pueden modelarse en la memoria de una voz real. De hecho, en su estudio, el 46% de los pacientes escucharon voces que podrían identificarse como personas reales y conocidas, como un pariente, un vecino o un médico. Además, una investigación de McCarthy-Jones et al.  mostró que el 70% de los pacientes informaron que las voces que escuchaban eran como las de las personas que les habían hablado en el pasado. La literatura más amplia de AVH también está repleta de ejemplos de personas que oyen voces de personas que conocen personalmente y que han conocido en el pasado. Finalmente, en términos de escuchar las voces de grupos de personas, McCarthy-Jones et al.  encontraron que el 53% de los pacientes nunca oyeron todas sus voces hablar al mismo tiempo (como un coro).

 Entre las propiedades típicas de AVH están que los pacientes pueden escuchar un mayor número de voces de lo que se pensaba anteriormente, se demostró que las voces que hablaban en un volumen conversacional normal eran menos comunes de lo que se había pensado anteriormente, y que el 12% de los pacientes informaron escuchar voces que sentían eran idénticas “repeticiones” de recuerdos de conversaciones previas que habían experimentado (una experiencia más frecuentemente asociada con el trastorno de estrés postraumático que la psicosis). Al agregar estos hallazgos al corpus de investigación existente en esta área, se puede mejorar el perfil de la fenomenología de una “AVH típica”, que puede usarse como un mejor criterio para evaluar la validez de las AVH reclamadas. Además, el oyente de voz generalmente podrá identificar quiénes son al menos algunas de las voces (por ejemplo, identificar a algunas de ellas como personas reales y conocidas, o atribuir la voz a una entidad sobrenatural como Dios o el Diablo).

Por lo general, las voces se escuchan varias veces al día o la mayoría de las veces, y la duración de cada instancia es muy variable (dura desde apenas unos segundos hasta que dura más de una hora). Las voces intentarán influir en la actividad del oyente vocal emitiendo comandos para realizar acciones específicas, y también pueden juzgar al oyente de la voz, típicamente de manera negativa, a través de comentarios críticos o abusivos dirigidos a él / ella. Además de estas voces negativas, las voces positivas muy a menudo se informarán, que son amables, amorosas y de apoyo. Las voces tenderán a ser muy repetitivas en lo que dicen. El que escucha la voz tendrá cierto control sobre sus voces, y algunos podrán hacer preguntas a las voces y obtener respuestas. Las voces individuales también suelen ir acompañadas de voces de murmullo de fondo. Además de esto, los que escuchan la voz generalmente podrán recordar claramente la primera vez que escucharon la voz, y también informarán otras formas de alucinaciones, como música, clics y golpes, alucinaciones visuales y / o alucinaciones táctiles. Además, habrán desarrollado una gama de estrategias para hacer frente a sus voces, informarán que sus voces se vuelven más frecuentes cuando están solos, y que los factores contextuales (por ejemplo, su estado de ánimo) impactan la frecuencia de sus voces.

Por otro lado, existen algunas propiedades atípicas de los AVH. La técnica de preguntar sobre la presencia de características atípicas de una experiencia como método para evaluar la simulación ha sido empleada con éxito con relación a la simulación de síntomas psiquiátricos. Estas propiedades atípicas incluían estar asociado con delirios en todos los casos, usar un lenguaje artificial, no depender del contexto, ser insoportablemente angustiante y no existir estrategias para disminuir las voces malévolas, obedecer todas las órdenes y no mostrar evidencia conductual de distracción. McCarthy-Jones et al. encontraron que el 48% de los que escuchan la voz dijeron que sus voces estaban “constantemente con ellos”, incluso si no hablaban continuamente.

También hay alguna evidencia de que muchos oyentes pueden escuchar voces en ausencia de ideación delirante. Se podría agregar a la lista los items encontrados por McCarthy-Jones et al. Que encontraron que en menos del 5% de los pacientes con AVH existía una voz cuyo tono de voz normal es gritar o chillar, escuchaban solo voces femeninas o solo voces de niños, nunca escuchaban la misma voz dos veces, y nunca escuchaban voces con el mismo tema o contenido. Estos ítems se combinan con los ítems señalados como atípicos, así como otros hallazgos de la literatura de investigación, para crear una lista de propiedades atípicas de las AVH. Todas estas propiedades, junto con otras como alegar que no se puede resistir a todos los comandos AVH, han sido utilizados explícitamente por los expertos como parte de sus consideraciones de que los que escuchan la voz estaban simulando sus AVH en casos judiciales.

En resumen, este documento ha identificado las propiedades fenomenológicas típicas y atípicas de las AVH, y revisó lo que se sabe sobre la fenomenología de las AVH simuladas. Ahora se requiere más trabajo, basándose en estos hallazgos, para establecer una herramienta psicométrica confiable y válida que pueda usarse para evaluar la validez de las afirmaciones de un individuo de haber experimentado AVH. Dicha herramienta podría tener el potencial de reducir los errores de justicia que ocurren a través de AVH simuladas que pasan desapercibidas, y a través de AVHs genuinos que son erróneamente etiquetados como simulados.

La relación entre la severidad de la violencia en el hogar, la violencia en el noviazgo, y la teoría del Aprendizaje Social. Club Ciencias Forenses.

violencia 1 violencia en el noviazgo La relación entre la severidad de la violencia en el hogar, la violencia en el noviazgo, y la teoría del Aprendizaje Social. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The relationship between severity of violence in the home and dating violence” de Eva Sims, Virginia Dodd y Manuel Tejeda, en donde se explica la relación entre la severidad de la violencia en el hogar y la violencia en el noviazgo.  

Históricamente, la violencia familiar ha capturado la atención emocional y política de los países. Sin embargo, este problema social generalizado se ha centrado por lo general únicamente  en las víctimas de la violencia infligida por la pareja y el abuso infantil. La investigación sobre la violencia de pareja se ha centrado principalmente en las características de la víctima y el agresor, detallando la experiencia previa con violencia en el hogar y las variables demográficas, pero muy pocos investigadores han identificado el papel de la gravedad de la violencia que se experimenta en el hogar en la perpetración posterior de violencia en el noviazgo.

La literatura sobre la violencia familiar y el testimonio de niños a la violencia parental es extensa, sin embargo, la literatura que se enfoca en los resultados de tales fenómenos es limitada. Uno de estos resultados es el maltrato entre adolescentes o la violencia íntima perpetrada por jóvenes, que puede verse como el vínculo entre la violencia de la familia de origen y la violencia de la familia de la pareja. Por ejemplo, los investigadores documentan una relación significativa entre ser víctima de maltrato infantil y luego perpetrar violencia contra un hermano, un padre,  o un compañero de citas. Por tanto se sugiere que las personas que inician un comportamiento violento en la infancia corren un riesgo particularmente alto de ser víctimas de delitos violentos graves en la adolescencia y la edad adulta.

Investigaciones anteriores sobre la diversidad de género señalan que los hombres y las mujeres experimentan la violencia de manera diferente. A medida que los niños y las niñas se socializan de manera diferente, pueden internalizar la violencia familiar de forma diferente; por lo tanto, los mediadores de la relación entre la violencia familiar y la perpetración de violencia en el noviazgo pueden diferir según el género.

Por ejemplo, revisando varios estudios se llega a la conclusión de que los hombres son más propensos a recurrir al abuso físico si han estado expuestos a que sus padres abusen físicamente de sus madres, y las mujeres eran ligeramente más propensas que los hombres a usar uno o más actos de agresión física y a utilizar tales actos con frecuencia, aunque los hombres eran más propensos a infligir una lesión.

Muy pocos estudios sobre la perpetración de violencia se centran en los efectos a largo plazo de la gravedad de la violencia. En una muestra comunitaria de más de 900 participantes, Leonard, Quigley y Collins informan de que la mayoría de los episodios más violentos entre adultos jóvenes incluyeron bofetadas, puñetazos o patadas, con estimaciones que van del 57 al 60%; sin embargo, entre 15 y 20% involucró el uso de un arma, identificando esto como el tipo de violencia más grave.

Otros encuentran que las diferencias de gravedad han sido mediadas por el género, donde las altas tasas de perpetración de violencia en el noviazgo femenino se han atribuido a actuar en defensa propia. Entre las mujeres, la investigación informa tasas relativamente altas de perpetración leve de violencia (es decir, insultos y bofetadas) y bajas tasas de perpetración severa de violencia (es decir, golpear y usar un cuchillo o pistola).

También se ha observado que las mujeres sufren consecuencias más graves de la violencia que los hombres. Duncan informa que hombres y mujeres perpetraron violencia entre hermanos en frecuencias similares; sin embargo, los hombres seguían siendo el conjunto más grande de perpetradores “severos”.

Las teorías sociales se esfuerzan por explicar el comportamiento y organizar el conocimiento. La teoría del aprendizaje social es una perspectiva explicativa ampliamente aceptada en la literatura de violencia y se basa en la creencia de que la agresión se aprende mediante modelos de comportamiento, donde los individuos no heredan tendencias violentas sino que aprenden respuestas agresivas al observar a los demás. El aprendizaje social supone que es más probable que se aprenda cuando se percibe que los modelos de comportamiento tienen más poder, competencia y alto estatus o involucra a alguien a quien respeta o admira.

Por ejemplo, ser testigo o experimentar un acto de violencia por sí solo no es suficiente para aprender, sino más bien ser testigo o experimentar violencia por alguien que el niño ama o admira, los coloca en un mayor riesgo de participar en la violencia en sus propias relaciones íntimas. Revisiones recientes de la teoría de aprendizaje social explican la influencia sistemática del género, donde las personas en posiciones dominantes son más propensas a perpetrar violencia que aquellas en posiciones no dominantes.

El estudio actual que resumimos prueba las afirmaciones de la teoría del aprendizaje social para examinar si la gravedad del maltrato infantil, la perpetración de violencia entre hermanos y el testimonio infantil de violencia parental aumenta significativamente la varianza de la perpetración de violencia en el noviazgo. Este estudio también analiza el papel del género al informar la violencia en el hogar y la posterior perpetración de violencia en el noviazgo.

Nuestra hipótesis es que existen asociaciones significativas entre el maltrato infantil, el testimonio infantil de la violencia parental, la perpetración de violencia entre hermanos y la perpetración de violencia entre parejas, y que tales asociaciones variarán significativamente según el sexo. También se plantea la hipótesis de que la severidad de la violencia en el hogar afectará la perpetración de violencia entre parejas, por lo que los tipos más severos de violencia experimentados en el hogar representarán más de la variación prevista en la perpetración de violencia entre parejas y dicha varianza será diferente según el género.

Para el estudio se realizaron encuestas a 538 estudiantes universitarios. La encuesta exploró las experiencias de adolescentes con violencia familiar y violencia de pareja. Los criterios de exclusión incluyeron estudiantes que no tenían hermanos, que tenían más de 30 años y / o que estaban casados; por lo tanto, la muestra final en este estudio incluyó a 422 estudiantes. Las subescalas de Agresión psicológica y Agresión física se utilizaron para crear cuatro factores sumativos: el maltrato infantil, el testimonio infantil de violencia paterna, la violencia entre hermanos y la violencia entre parejas.

Los ítems de Agresión física y Agresión psicológica incluyen pedir a los encuestados que recuerden cuántas veces durante todo el tiempo entre las edades de 10 y 14 años (aproximadamente 5º a 9º grado) participaron su hermano (su madre, su padre o su pareja). en conductas dirigidas hacia ellos. El ítem de seguimiento incluye preguntar cuántas veces el entrevistado participó en el mismo comportamiento y lo dirigió hacia un hermano (o pareja). El tiempo de recuerdo para los items de violencia en citas fue en los últimos 12 meses. El testimonio de la violencia parental se evaluó preguntando cuántas veces la madre de uno se involucró en el comportamiento y lo dirigió hacia su padre y viceversa durante el tiempo que el encuestado tenía entre 10 y 14 años.

Se pidieron elementos de escala en diversos grados de severidad, desde leves comportamientos violentos (es decir, llamar a uno gordo o feo y bofetadas), a comportamientos violentos severos (es decir, siempre usando un arma o cuchillo contra el otro). Las preguntas estaban ancladas en un continuo de frecuencia, que van desde (0) nunca, (1) una vez, (2) dos veces, (3) 3-5 veces, (4) 6-10 veces, (5) 11-20 veces, y (6) comportamiento que ocurre más de 20 veces. Para reconocer los diferentes niveles de severidad dentro de los ítems de la escala, este estudio diferenció dichos ítems, calificando cada uno en una escala de 10 puntos, donde un valor de 1 representa el acto de agresión menos grave y 10 representa el acto más severo de agresión.

El procedimiento de puntuación revisado se estableció mediante una consulta exhaustiva con 10 profesionales en el área del sur de la Florida, cada uno con experiencia en diferentes ámbitos de la violencia doméstica. Estos profesionales comprendían un grupo diverso de personas con experiencia en el maltrato infantil, testigos de la violencia parental, violencia entre hermanos, violencia en el noviazgo y / o violencia en la pareja. A cada profesional se le pidió que calificara las 18 declaraciones en el instrumento original en una escala de 1-10. Una vez que todos los profesionales respondieron, se estableció un puntaje promedio para cada uno en la encuesta de 144 preguntas.

Las tasas promediadas fueron nuevamente enviadas a los profesionales para un acuerdo de evaluación. Una vez que se estableció el acuerdo, las respuestas de los participantes del estudio se recodificaron con los puntajes calificados en cada categoría. Los puntajes calificados se multiplicaron por la frecuencia de la respuesta para crear una calificación ponderada para cada elemento de la escala. Por ejemplo, si el encuestado declaró que insultó a un miembro de la familia o pareja dos veces, el valor de severidad asignado a dicha pregunta, en este caso 6, se multiplicó por la frecuencia, en este caso 2, para crear una ponderación de 12.

Este procedimiento fue replicado para cada ítem en la encuesta de 144 preguntas. A cada profesional nuevamente se le pidió que colocara los ítems de la escala en las siguientes categorías de nivel ordinal: agresión menor, agresión moderada y agresión severa. Los revisores llegaron a un consenso utilizando el acuerdo de la mayoría de los ítems de la escala.

Resultados

Los resultados fueron los siguientes:

Utilizando la escala ponderada, el 94.20% de los hombres y el 94.40% de las mujeres revelaron que habían sido víctimas de maltrato infantil , 97.60% de los hombres y 97.70% de las mujeres revelaron que habían sido perpetradores de violencia entre hermanos, 73.40% de los hombres  y 78.10% de las mujeres revelaron que habían presenciado violencia entre sus padres, y 59.90% de los hombres y 80.50% de las mujeres revelaron que habían perpetrado violencia entre parejas.

Para los hombres, se encontraron correlaciones significativas entre la violencia severa de padres a hijos y la violencia severa de pareja, entre la perpetración de violencia entre hermanos y la perpetración de violencia de pareja, y entre presenciar violencia severa de padres a padres y perpetración de violencia de pareja severa.

Para las mujeres, si un padre comete maltrato infantil, también se produce violencia entre padres, donde los tipos graves de violencia están estrechamente relacionados entre sí. Por ejemplo, aquellos que informan violencia severa de padre a hijo también están reportando violencia severa de padre a madre, lo que sugiere hogares mutuamente violentos. Se encontraron correlaciones significativas entre la perpetración de violencia grave entre hermanos y la perpetración de violencia de pareja menor, y entre la violencia menor entre padres y violencia menor de pareja.

Se realizaron regresiones lineales simples, divididas por sexo, para evaluar la predicción de la perpetración de violencia en el noviazgo infantil, la perpetración de violencia entre hermanos y el testimonio infantil de violencia paterna. Los resultados revelaron que la gravedad del maltrato infantil, la perpetración de violencia entre hermanos y el testimonio infantil de violencia parental se correlacionaban significativamente con la perpetración de violencia en el noviazgo. En la correlación entre el maltrato infantil severo y la perpetración de violencia entre parejas se comprobó que el 40% de la varianza de la violencia de noviazgo se debió a su relación lineal con el maltrato infantil grave. La correlación entre testigo de violencia parental severa y perpetración de violencia entre parejas mostró que el 53% de la varianza de la violencia de citas se debió a su relación lineal con el testimonio severo violencia parental.

La correlación entre la perpetración de violencia entre hermanos y la violencia entre parejas muestra que el 7,9% de la varianza de la violencia de pareja se debió a su relación lineal con la violencia severa de hermanos. Por último se realizó un análisis de regresión múltiple para hombres y mujeres por separado para evaluar si el maltrato infantil grave, la perpetración de violencia grave entre hermanos, y el testimonio infantil severo de violencia parental predijeron la perpetración de violencia entre parejas.

El resultado de la regresión fue significativo para las mujeres, indicando que el 7% de la varianza en la violencia de citas puede atribuirse a la combinación lineal de medidas de violencia severa, pero también fue un resultado significativo para los hombres, indicando que el 62.5% de la varianza en la violencia de citas puede atribuirse a la combinación lineal de medidas de violencia severa.

Concluimos por tanto que si bien para los hombres, el aprendizaje social dentro del contexto del hogar está contribuyendo a la perpetración posterior de violencia en el noviazgo, para las mujeres, otra cosa está contribuyendo a las altas tasas de perpetración de la violencia entre parejas. De hecho, los investigadores han apoyado que el inicio de la violencia de las mujeres puede estar relacionado con variables más proximales, como la autodefensa, en oposición al abuso infantil o la violencia interparental, aunque otros investigadores han indicado que las mujeres usan la violencia obtener poder y control, o porque no creían que sus víctimas masculinas serían heridas. También se observa que cuanto más joven es la muestra, mayor es el nivel de violencia femenina en relación con la violencia masculina.

Por otra parte, la percepción de lo que es comportamiento violento y cómo se traduce en perpetración de violencia es diferente para hombres y mujeres. Los niños y niñas que viven en la misma familia y están expuestos a comportamientos violentos similares se ven afectados y reaccionan de manera diferente.

¿Existe relación entre la reincidencia criminal entre mujeres y los trastornos mentales?. Club Ciencias Forenses.

arma reincidencia criminal entre mujeres ¿Existe relación entre la reincidencia criminal entre mujeres y los trastornos mentales?. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Risk of repeat offending among violent female offenders with psychotic and personality disorders” de Hanna Putkonen, Mark Eronen y Erkki Kormulainen,  cuyo objetivo fue examinar la tasa de reincidencia criminal entre mujeres delincuentes evaluadas por psiquiatras forenses, comparar esta tasa con la de otras delincuentes violentas y analizar las variables explicativas de la reincidencia.

Aunque los delincuentes violentos y su amenaza futura son preocupaciones actuales, hay poca información sobre la reincidencia criminal entre mujeres delincuentes. Un estudio encontró que delincuentes delictivos en el Centro de Detención de Winnipeg eran reincidentes en el 73% de los casos, y que los problemas de alcohol o de drogas se relacionan con la reincidencia. La asociación entre los trastornos mentales y el homicidio y la reincidencia también se ha estudiado y discutido ampliamente. Este estudio se centra en cuestiones de reincidencia criminal para todas las mujeres referidas para evaluación psiquiátrica forense antes de la sentencia por homicidio o intento de homicidio en Finlandia. Los objetivos del estudio fueron investigar la tasa de criminalidad antes y después de la ofensa, comparar esto con delincuentes violentos sin enfermedad mental, y analizar las asociaciones estadísticas de reincidencia con variables explicativas.

Durante el período de recolección del estudio, más del 90% de los homicidios en Finlandia se resolvieron cada año. Las mujeres respondían aproximadamente al 10% del total de los casos de homicidio. La práctica establecida en Finlandia es que los infractores de homicidios se sometan a un examen psiquiátrico forense detallado antes de la sentencia o que al menos sean evaluados por un psiquiatra para ayudar al tribunal a decidir si se necesita o no ese examen. Este estudio se centró en las 132 mujeres que recibieron una evaluación psiquiátrica forense después de haber sido condenadas por homicidio o intento de homicidio; 22 habían cometido un asesinato, seis habían sido acusados ​​de intento de asesinato, 55 habían cometido homicidio, 42 habían sido acusados ​​de intento de homicidio y siete habían cometido un delito de homicidio neonato. Todos los sujetos eran caucásicos finlandeses y la edad media fue de 33 años.

Se recopiló información sobre la actividad delictiva antes de la ofensa de los informes de exámenes psiquiátricos forenses, y se recopiló información sobre la actividad delictiva antes y después de la ofensa. La información se analizó como una variable de por vida para producir una visión general del historial de delitos de los sujetos y las estadísticas de supervivencia. Se incluyen en el estudio todas las ofensas y se condifican de acuerdo con la gravedad. Los delitos violentos incluyen homicidio, intento de homicidio o cualquier ataque.

En Finlandia, el tribunal decide si se requiere o no un examen psiquiátrico forense para evaluar la responsabilidad penal de un perpetrador de homicidio. Lo realiza un psiquiatra forense, que siempre es un funcionario del estado (es decir, el psiquiatra es pagado por el estado y se espera que sea lo más objetivo posible). El examen es muy minucioso e incluye una evaluación psiquiátrica exhaustiva; pruebas psicológicas estandarizadas, evaluación de la condición física, incluidas las pruebas de laboratorio y la observación constante del delincuente por parte del personal hospitalario que dura normalmente de 4 a 8 semanas. Se recomienda al psiquiatra forense que calcule los trastornos mentales más graves (psicosis> trastornos de la personalidad> trastornos de ansiedad o distimia), si los hubiera, de los que sufrió el delincuente durante la ofensa. Después del examen, el psiquiatra forense presenta un informe detallado con el diagnóstico. El informe es luego examinado por al menos dos psiquiatras independientes y por al menos un abogado. Para mejorar aún más la fiabilidad de los diagnósticos, también se permite que otro psiquiatra forense independiente reevalúe los datos de diagnóstico. En 127 de 132 casos (96.2%), los psiquiatras estuvieron de acuerdo.

Para el estudio, se clasificaron los diagnósticos de la siguiente manera: trastornos psicóticos (28%), trastornos de la personalidad (61%) y ningún trastorno (11%). De las 37 mujeres con trastornos psicóticos, 14 también tenían un diagnóstico de trastorno comórbido de la personalidad, pero solo se clasificaron en trastornos psicóticos según la convención. También se incluyeron el diagnóstico de dependencia del alcohol o las drogas (45%) como variable de fondo. El tiempo medio de seguimiento para los delincuentes reincidentes fue de 4 años.

Los resultados mostraron lo siguiente: Después de la ofensa, 31 (23%) de 132 habían cometido ofensas repetidas, 15% de las cuales eran violentas. De estos delincuentes reincidentes, 25 (81%) de 31 tenían un trastorno de la personalidad, 10% tenían un trastorno psicótico y 90% habían cometido delitos antes de la ofensa. De todas las 132 mujeres, 74 (56%) habían cometido algún delito antes de la ofensa, el 33% de las cuales eran violentas. De estos, 58 (78%) de 74 fueron diagnosticados con un trastorno de la personalidad, y el 18% fueron diagnosticados con un trastorno psicótico.

Dos mujeres cometieron un nuevo homicidio después de su homicidio inicial, y dos habían cometido homicidio antes del homicidio estudiado. Todas tenían desórdenes de personalidad. Otras cinco mujeres fueron condenadas por intento de homicidio después de su delito principal, y cuatro fueron condenadas por intento de homicidio antes de su delito principal. Trece mujeres cometieron delitos violentos después y 35 antes de su delito principal.

La repetición de la ofensa ocurrió temprano durante el período de seguimiento; El 48% cometió otra ofensa dentro de los primeros 2 años del evento. Hubo dos grupos de reincidencia: uno poco después de la ofensa y el otro poco después de la liberación de la prisión. De los delincuentes reincidentes, el 80% cometió su delito dentro de los primeros 2 años después de la liberación de la prisión o el hospital. Once mujeres cometieron su ofensa de seguimiento antes de ser liberadas: tres en prisión, una en el hospital, cuatro días después de su delito pero antes del arresto, dos en libertad y en espera de sentencia, y una después de escapar de prisión. La edad joven y la dependencia del alcohol o las drogas aumentaron el riesgo de que los sujetos sean reincidentes.

Concluimos por tanto que de las mujeres con trastornos de la personalidad, el 31% eran reincidentes, y todas las reincidentes de homicidio tenían trastornos de la personalidad, por lo que se entiende que la reincidencia violenta, incluido el homicidio, está asociada con el trastorno de personalidad antisocial. Solo tres (8%) de los sujetos psicóticos cometieron ofensas repetidas.

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