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Categoría: Trastorno mental (página 1 de 3)

Índices de psicopatía, ¿mayores en poblaciones reclusas? Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Are Prisoners More Psychopathic than Non- forensic PopulationsProfiling Psychopathic Traits among PrisonersCommunity AdultsUniversity Students, and Adolescents” de Boduszek, D.; Debowska, A.; Sherretts, N.; Willmott, D.; Boulton, M.; Kielkiewicz, K.; Popiolek, K. y Hyland, P. (2019), en el cual se comparan los índices de psicopatía entre población reclusa, adultos, estudiantes universitarios y adolescentes. 

La psicopatía suele considerarse como una de las enfermedades mentales más antiguas de la historia. Sin embargo, no existe mucho consenso sobre las características de este desorden y cómo tratarlo. Siendo más específicos, la inclusión de la conducta criminal / antisocial como un componente fundamental de la psicopatía sigue siendo polémica. 

Hasta la fecha, la herramienta de evaluación más utilizada ha sido la Lista de Verificación de la psicopatía actualizada, componiéndose este trastorno de cuatro conjuntos de rasgos. Estos son: la manipulación interpersonal (engaño, grandiosidad…), el afecto insensible (esto es, falta de empatía o remordimientos), un estilo de vida errático (debido a la impulsividad o irresponsabilidad) y una conducta antisocial (desvío social, comportamiento criminal…). Sin embargo, cuando se ha aplicado este método podría haberse producido una sobreestimación del trastorno en delincuentes, al incluirse como un rasgo la conducta antisocial o criminal. 

Varias fuentes han indicado que el comportamiento antisocial / criminal debe considerarse como una posible consecuencia más que como una parte integral de la psicopatía. Por ello, se ha propuesto también un método alternativo de evaluación no verbal: la Escala de Rasgos de Personalidad Psicopática. Esta se compone de cuatro dimensiones:  

  • La capacidad de respuesta afectiva, por ejemplo: los déficits en reacciones emocionales hacia otras personas. 
  • La capacidad de respuesta cognitiva, esto es: déficits en el compromiso cognitivo con los demás. 
  • La manipulación interpersonal, como un estilo comunicativo engañoso y coercitivo. 
  • El egocentrismocentrarse exclusivamente en los propios intereses y creencias. 

La exclusión de los aspectos conductuales hace que la escala sea adecuada para su uso con una variedad de muestras, incluidas las poblaciones no infractoras y la juventud. Aunque los niños y adolescentes no pueden ser diagnosticados con un trastorno de la personalidad, reconocer ciertos problemas desde el principio y obtener una comprensión más profunda de la estabilidad de los rasgos en las etapas del desarrollo podría servir para diseñar mejores estrategias de intervención, rápidas y eficientes. 

Por otro lado, las diferencias cualitativas y cuantitativas en la expresión de los rasgos psicopáticos pueden explorarse con el uso de técnicas analíticas centradas en la persona, como el análisis de perfiles latentes. Estos permiten revelar variaciones en la intensidad de los rasgos, así como las agrupaciones de los rasgos entre individuos. 

Así pues, ¿cuáles pueden ser los índices reales de psicopatía en la población tanto reclusa como no reclusa? 

Para intentar dar respuesta a esta cuestión, los autores aplicaron la Escala de Rasgos de Personalidad y el análisis de perfiles latentes a cuatro grupos/muestras de participantes en su propio estudio. A saber: 772 reclusos de la cárcel de Pensilvania (EE.UU); 1201 adultos de la comunidad del norte de Inglaterra; 2080 estudiantes universitarios, de dos universidades del norte de Inglaterra; y 472 adolescentes de una escuela secundaria en el norte de Inglaterra. En todos ellos, se incluyeron tanto a hombres como mujeres, siento estas últimas mayoritarias en las muestras de adultos y universitarios. Los datos recabados procedían de entre los años 2015 y 2017 incluidos. 

Los resultados revelaron que los adolescentes eran los que más puntuación obtuvieron en déficits de la capacidad de respuesta afectiva. En la capacidad de respuesta cognitiva fueron los que más puntuación obtuvieron, seguidos de los reclusos. Los universitarios y los adultos obtuvieron más puntos que los presos y adolescentes en la manipulación interpersonal. En términos de egocentrismo, los universitarios mostraron puntajes más altos que los adultos de la comunidad y los reclusos. 

En el caso de los adolescentes, dichos resultados pueden sugerir que esos rasgos, relacionados con la empatía afectiva y cognitiva, se contrarresten y la empatía se desarrolle más en la época adulta. En este sentido, investigaciones anteriores atestiguan diferencias relacionadas con la edad y el desarrollo más tardío de determinadas regiones del cerebro.  

Consecuentemente, parece que algunos de los rasgos centrales de la psicopatía pueden ser maleables. Esto ofrece una vía prometedora para las intervenciones dirigidas a los jóvenes identificados como en riesgo de psicopatía adulta, si bien se requiere de más investigación.  

Además de los resultados referentes a los adolescentes, el estudio proporciona más pruebas de la existencia de grupos de psicopatía cualitativamente diversos 

A grandes rasgos, aunque se detectaron ciertas variaciones en los patrones de puntuación entre las muestras, se identificaron: un grupo de psicopatía baja para todas las muestras, grupos claros de psicopatía alta para los presos y universitarios, y un aumento de los grupos de psicopatía entre los adultos y adolescentes de la comunidad.  

Concretamente, se identificaron grupos de alta psicopatía por igual para los presos y universitariosEstos grupos eran casi idénticos en tamaño, lo que sugiere que el aumento de la psicopatía no es más común entre las poblaciones forenses que entre las no forenses.  

Específicamente, dado que la psicopatía alta se identifica en aproximadamente el 7% de las poblaciones adultas (siendo igual el porcentaje para las muestras del estudio), parece que algunos de esos rasgos pueden aliviarse naturalmente en el proceso de maduración y socialización. Sin embargo, esto sugiere, a su vez, que los reclusos no son más psicopáticos que las poblaciones no penitenciarias. 

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Delincuentes violentos: ¿castigar o rehabilitar? Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Should all violent offenders be treated equally? Perceptions of punishment and rehabilitation for violent offenders with varying attributes” de Atkin-Plunk C. A. (2020), en el cual se examinan las preferencias diferenciales de sanción para los delincuentes violentos en función de sus atributos personales.

Criminales, agresores sexuales, ladrones, delincuentes juveniles… si pudieses elegir, ¿optarías por castigos, rehabilitación o ambas?

Hasta los años ’70, la ideología correccional estaba mayoritariamente basada en la rehabilitación de los individuos implicados en conductas delictivas. Con la aparición de diversas publicaciones que ponían en duda la eficacia de los programas de rehabilitación, el enfoque ha cambiado hacia acciones más punitivas. Por ello, la población correccional registró un aumento destacable.

En este proceso de cambio, la opinión publica también se tuvo en cuenta. Muchos investigadores del momento han analizado si la población se orienta hacia lo punitivo tanto como los legisladores. Las tendencias registradas mostraban que la población tiene una actitud altamente punitiva hacia la criminalidad. Acepta leyes duras de castigo, optan por la encarcelación, sentencias más largas y la pena de muerte.

En cualquier caso, la población sigue apoyando los programas de rehabilitación.  Esto lleva al concepto de justicia equilibrada. Aunque deseemos castigar duramente a los que incumplen la ley, también aprobamos la rehabilitación e incluso la reintegración. Generalmente, parece que se ha superado la visión de los años ’20 tipo enciérralos y tira la llave.

Se ha visto que incluso los individuos más conservadores, que atribuyen la culpa de los delitos a factores disposicionales (p. ej. personalidad), también reconocen que los factores situacionales pueden llevar a cometer delitos. Aunque haya una visión muy punitiva de los delitos (p. ej. como ocurre en el estado de Texas), muchas personas optan por sanciones de rehabilitación para los delincuentes no violentos.

Cuando se trata de conductas violentas, hay una tendencia de preferencia para los castigos severos. Muchas personas consideran que en la rehabilitación no funciona para los delincuentes violentos. Por ello, si tenemos que elegir una intervención para un traficante de drogas, es más probable que optemos por la rehabilitación. En cambio, si el delincuente es un violador, esa opción no nos parece viable.

Hasta aquí, queda claro que la gravedad del delito nos influye a la hora de elegir sanciones. Dónde hay violencia, queremos más castigo. Lo que queda menos claro es qué condiciones o atributos de los delincuentes violentos influyen en las preferencias de sanción.

Es decir, aparte de diferentes tipologías de delitos, ¿nos influye saber que el delincuente sufre de drogodependencias u trastornos mentales, que ha vivido bajo patrones de abuso o que ha prestado servicio militar? El estudio citado pretende indagar en ello.

La elección de tales atributos se basa en evidencias de que solemos juzgar una conducta como moralmente incorrecta en función del estado mental del delincuente. En cambio, cuando elegimos una sanción, tenemos en cuenta el daño causado por tales conductas.

Una asignación de sanciones más duras se da cuando consideramos que el delincuente es moralmente responsable del daño causado. Por ello, es posible que ciertos atributos reduzcan o aumenten la percepción sobre la responsabilidad moral del delincuente y, consecuentemente, asignar sanciones más o menos duras.

En el estudio participaron 575 estudiantes universitarios de criminología. Estos contestaron a varias preguntas completando un cuestionario. Para cada pregunta hay 4 versiones en las que se plantea un atributo diferente: drogodependencia, trastornos mentales, veteranos e individuos que han sufrido de violencia doméstica.

También se registran diferentes variables demográficas, así como el riesgo percibido de ser víctima, importancia que se da a la religión y actitudes racistas. Todas ellas se han seleccionado en base a evidencias previas de relación con actitudes de castigo de los delincuentes.

¿Cuál debería ser la meta de las sentencias para delincuentes violentos: castigar o rehabilitar?

Tal como se esperaba, los participantes no ven a todos los delincuentes violentos de la misma manera. Por ejemplo, creen que la rehabilitación debería ser la primera elección cuando se trata de delincuentes que sufren de trastornos mentales (38,9%). Por otro lado, creen que los que menos deberían recibir este tratamiento como primera elección son aquellos delincuentes que han sufrido de violencia doméstica (12,1%).

Para una justicia equilibrada optan aproximadamente la mitad de los sujetos, tanto para delincuentes que sufren de drogodependencias (45,7%), como para aquellos que sufren de trastornos mentales (47,8%) o son militares veteranos (45,4%). Para los delincuentes que han sufrido de violencia doméstica se registran mayores preferencias para sanciones típicas como el encarcelamiento (62%).

¿Se merecen estos delincuentes violentos tener acceso a programas de rehabilitación? ¿Es posible rehabilitarlo y son estos programas eficaces? ¿Cooperan los delincuentes con los profesionales de rehabilitación en ese proceso?

Las respuestas a estas preguntas conforman creencias sobre los programas de rehabilitación. Lo que se pretende es observar si estas creencias son diferentes en función de las características de cada participante (p. ej. sexo, raza) del estudio.  Por ejemplo, ¿son la raza o la ideología política características que marcan la diferencia en estas creencias sobre rehabilitación?

En todos los casos de delincuentes violentos con los diferentes atributos planteados se observa que, cuando los participantes creen que estos merecen tener acceso a la rehabilitación y/o que esta es eficaz, hay mucha más probabilidad de optar por un sistema de justicia equilibrada. También hay mayor tendencia en estos casos a mostrar preferencias hacia la rehabilitación por encima del castigo.

En el caso de los delincuentes violentos con trastornos mentales o con drogodependencias, la variable demográfica con mayor impacto es la ideología política. Específicamente, si los participantes se identifican con una ideología conservadora, las preferencias de castigo son mayoritarias y mucho más que en los sujetos liberales. Cuando se trata de delincuentes violentos militares veteranos, quienes se identifican con una ideología política moderada apoyan más el castigo y menos la rehabilitación que los liberales.

Otra variable demográfica con un papel destacable es el año de estudio en el que se encuentran los participantes. La preferencia por la justicia equilibrada se da más en sujetos que se encuentran en el último año de carrera cuando se trata de delincuentes violentos con drogodependencias.

La nota media del curso parece mostrar una asociación con las preferencias de castigo/rehabilitación para los delincuentes violentos que han vivido en un entorno de violencia doméstica. Específicamente, a mayor nota media, mayor probabilidad de optar por un sistema de justicia equilibrada. Para este tipo de delincuentes, también influyen en las preferencias de castigo/rehabilitación la raza y el género de los participantes. Parece que los hombres blancos son los que más optan por la rehabilitación y no por el castigo.

En resumen, las creencias de que la rehabilitación funciona, que los delincuentes violentos se merecen acceso a ello e incluso que estos vayan a colaborar en su proceso de tratamiento (para los veteranos) están detrás de las preferencias por una justicia equilibrada y para la rehabilitación como primera elección por encima del castigo.

Ello ocurre en todos los casos, pero con matices. Los porcentajes de probabilidad de optar por una preferencia de justicia equilibrada debido a las creencias antes mencionadas son mayores cando se trata de delincuentes violentos con trastornos mentales y menores para los que han vivido en entornos de violencia doméstica. La ideología política y el nivel de formación influyen en algunos casos, por lo que los atributos de los delincuentes violentos sí impactan en las preferencias de sanción.

Todo ello implica que la opinión pública no es tan punitiva como se ha pensaba. Las creencias sobre la eficacia de la rehabilitación y la posibilidad de que estos delincuentes mejoren a través de ello generan unas preferencias diferentes que cuando no se cree en el tratamiento. Asimismo, la responsabilidad moral que se atribuye a un delincuente varía según ciertos atributos. Es decir, la población percibe de manera diferente la causa de la conducta violenta.

Pero ¿qué pasa cuando se trata de personas no delincuentes? ¿También evaluaríamos la responsabilidad de manera diferente cuando, por ejemplo, sufren de drogodependencias o de trastornos mentales? Os invitamos a la reflexión.

 

 

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Psicopatología del canibalismo. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “The psychopathological profile of cannibalism: a review of five cases” de Raymond S., Léger A. y Gasman I., en el cual se analizan cinco casos de canibalismo y los perfiles psicopatológicos relacionados.

En la sociedad actual, el canibalismo es extremadamente raro y representa un acto de violencia impensable. Se define como un acto que implica el consumo de un individuo de una especie (o partes de él) por parte de otro individuo de la misma especie.

Hay muchos ejemplos de canibalismo en la mitología, cuentos de hadas o literatura. Además, hay muchas expresiones lingüísticas que implicaría canibalismo, a menudo con connotaciones sexuales. Por ejemplo, está para comérselo/a. No obstante, nadie dice tal expresión con la intención de comerse a nadie.

No pensamos en el canibalismo y puede que pocos se atrevan a bromear con ello. Simplemente excluimos esa posibilidad de nuestra cabeza. Esto es así porque el canibalismo, al igual que muchos otros temas, sigue siendo un gran tabú.

Un ejemplo en este sentido es que en muchos países europeos el canibalismo está ausente en el Código Penal. En Francia se considera un acto de degradación del cuerpo de la víctima si ocurre después de un crimen. Si hay canibalismo sin crimen se considera un acto de tortura. En el Código Penal español no hay mención directa alguna del canibalismo. Algunos consideran que se sobreentiende a través del artículo 526, pero no queda muy claro.

En el reino animal el canibalismo no es algo tan extraño, excepto para los humanos. Cuando ocurre, no es una decisión individual o costumbre, sino que depende de una variedad de factores. Por ejemplo, el aumento poblacional de una especie. El canibalismo suele darse más entre las hembras y más a menudo en épocas de hambruna.

El canibalismo entre humanos como práctica recurrente no está documentado suficientemente. No hay evidencias de ello, excepto en circunstancias extremas como las situaciones de hambruna o como parte de una conducta antisocial.

En cualquier caso, la mayoría de los antropólogos coinciden en que hay tres tipos de canibalismo humano: como ritual, de supervivencia y patológico. El canibalismo ritual ocurriría en grupos tribales como norma social, donde el sistema de creencias autoriza la ingesta de personas.

El canibalismo de supervivencia ocurre excepcionalmente en situaciones muy extremas. Aquel que lo practica normalmente está en contra de tal acto, pero situaciones como hambruna, asedios militares o naufragios le obliga a ello.

El canibalismo patológico es una práctica individual y voluntaria, altamente condenada por la sociedad. Hay unos cuantos casos muy famosos, por ejemplo, J. Dahmer, arrestado en 1991, que mató y descuartizo a 17 hombres y se alimentó de ellos. Fue diagnosticado con un trastorno de personalidad mixta, con rasgos fetichistas antisociales, sádicos y obsesivos.

Hay pocos estudios sobre este tipo de canibalismo también extremadamente raro. De los casos analizados parecen emerger dos perfiles. Por un lado, individuos que sufren de formas extremas de parafilia. Por otro lado, individuos que sufren trastornos psicóticos severos.

En esta investigación, los autores analizan cinco casos que implican canibalismo. Se trata de 5 personas internadas en el Hospital Paul Guiraud de Francia en algún momento de los últimos 20 años. Estos 5 pacientes son todos hombres, con un historial de aislamiento y deterioro social. Todos ellos han tenido una infancia disfuncional, con negligencia emocional. Tres de ellos han sufrido violencia familiar y los dos restantes fueron víctimas de abuso sexual. Solo dos sujetos de los cinco tienen historial criminal.

Los 5 pacientes tienen un historial de atención psiquiátrica con hospitalización. Todos han mostrado un cumplimiento deficiente de las recomendaciones de salud mental en la etapa posterior a la hospitalización.

Del análisis de estos casos, se pueden extraer dos grupos que difieren en diagnóstico y psicopatología. El primer grupo se compone de tres sujetos diagnosticados con esquizofrenia paranoide. El segundo grupo se compone de dos sujetos con un diagnóstico de trastorno de personalidad mixta (TPM), con rasgos sádicos asociados a la parafilia.

Psicopatología

En el grupo de esquizofrenia, el ataque a las víctimas se inició con impulsividad, sin premeditación. Un factor predisponente que contribuyó a ello es el uso de sustancias como el cannabis o el cese de la toma de medicación. El factor precipitante fue a menudo trivial, por ejemplo, una discusión con la familia sobre la herencia. Los tres pacientes de este grupo presentaban delirios de persecución o alucinaciones místicas.

En el segundo grupo, los sujetos con TPM admitieron haber tenido fantasías canibalísticas o planes ocultos relacionados con el canibalismo en el pasado. Además, se destaca la ausencia total de tabús en estos sujetos y ausencia de delirios. No se destacan factores predisponentes, pero sí precipitantes diferentes de los del grupo anterior. Se trata de sentimientos de humillación y ambos sujetos de este grupo atacaron a su víctima cuando sufrían una muy baja autoestima.

Relación con las víctimas y modus operandi

En el grupo con esquizofrenia, todas las víctimas pertenecían a la pareja parental. Se habla, por tanto, de canibalismo en un contexto de parricidio. En los tres casos hubo relaciones hijo-padre/madre de dependencia con un gran componente de hostilidad. Esto explicaría la elección de los órganos a ingerir: orejas, ojos, manos y antebrazos. Los sujetos no saborearon la carne (sin apreciaciones conscientes de la carne, como cuando probamos algo), la ingirieron cruda y no hubo evidencias de satisfacción sexual.

En el grupo con TPM las cosas son bastante diferentes. Los dos sujetos de este grupo eran conocidos de sus víctimas y mantenían una relación marcada por la cosificación. Las víctimas eran parte de una situación de punto muerto del agresor, marcada por fuertes sentimientos de humillación. En estos casos, los agresores seleccionaron cuidadosamente las partes a ingerir, sí saborearon la carne previamente cocinada.

También hubo elementos de placer sexual. Uno de los sujetos había planeado canibalismo con necrofilia y el otro presentó activación sexual y eyaculó durante el acto de canibalismo. No hubo remordimientos posteriores, ni implicaciones morales, ambos tratando los hechos como unos eventos casuales.

Perfil psicológico

Aunque cada caso tenga sus particularidades, los autores concluyen que, para el grupo con esquizofrenia, el canibalismo es una reacción de autodefensa ante amenazas percibidas o ante un daño destructivo físico o psicológico. Por ejemplo, los sujetos utilizaron expresiones como me estaba comiendo vivo o me sentía consumido por ella. Se trata de una dinámica de auto-presentación, que el otro (la víctima) sepa que uno existe, que tiene poder.

No solo cometieron el crimen, sino una exageración del acto a través del canibalismo, una defensa adicional. Siguieron un concepto de violencia fundamental, relacionado con la supervivencia: yo o él/ella (sin olvidar que hay una patología mental de fondo). Estos sujetos pasaron al cuidado de unidad psiquiátrica, sin sentencia de prisión.

Para el grupo con TPM, el canibalismo permitió un restablecimiento narcisista. Estos actos ocurrieron en el contexto de una intensa frustración, humillación (percibida) y conflicto entre las realidades internas y externas. Supusieron una liberación de la tensión basada en ira y aumentaron la autoestima de los agresores.

Los actos de canibalismo fueron una forma de eliminar los sentimientos de inferioridad y/o vulnerabilidad en una atmósfera megalomaníaca. Por ejemplo, uno de los sujetos dijo haberse sentido como un héroe. Ya no se trata de un yo o él/ella, sino de un él/ella es yo, dónde la víctima es algo inferior y el poder de destruirla reivindica el yo.

Por tanto, el tema central es el ego y el narcicismo. Los sujetos siguieron un deseo intenso de superar frustraciones fuertemente enraizadas y comportamientos socio-emocionales inadecuados a través de un acto extraordinario. De los dos sujetos de este grupo, uno declaró enajenación mental y otro fue sentenciado a 30 años de prisión.

Todo lo observado en el análisis de estos casos encaja con lo visto en otras investigaciones. El canibalismo aparece asociado a dificultades en la infancia (p. ej. abuso físico, suicidio de miembros familiares, etc.). Los agresores suelen tener un historial de problemas psiquiátricos. También cometen crímenes más violentos que otro tipo de criminales, sugiriéndose mayores niveles de ira.

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Trastorno de Estrés Post-Traumático en investigadores del escenario del crimen. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “PTSD symptoms experienced and coping tactics used by crime scene investigators in the United States” de Rosanskt J. A., Cook J., Rosenberg H. y Sprague J. E. (2019), en el cual se analiza la presencia de síntomas de estrés post-traumático y las estrategias de afrontamiento más utilizadas por investigadores del escenario del crimen.

A veces nos olvidamos de que cualquier profesional es también una persona. Esperamos que un médico no tenga problemas de salud o que se cuide mucho más que otras personas. Nos parece raro que un psicólogo tenga problemas de salud mental. Nos sorprende que un profesor de historia no recuerde una fecha importante de esta. O que un matemático haga que errores de cálculo sencillos, como una multiplicación.

Hablamos de personas preparadas para afrontar aquello que su labor requiere. Pero eso solo implica una menor probabilidad de tener ciertos problemas o errores. Formarse y adquirir experiencias profesionales no implica haber aprendido por completo como afrontar todos los riesgos de la profesión. Para corregir percepciones tan erróneas hace falta normalizar que, por más preparación que haya, nadie está libre de riesgos.

Todas las profesiones tienen asociados posibles problemas. Por ello, investigar la prevalencia de tales problemas puede ser clave para mejorar la calidad de vida personal, social y profesional de muchas personas.

Así es el caso de este estudio. Se analiza la prevalencia de síntomas relacionados con el trastorno de estrés postraumático (TEPT) en investigadores del escenario del crimen (CSIs). También se analizan las estrategias de afrontamiento, el apoyo social percibido y la resiliencia de estos.

La exposición a eventos traumáticos, tales como desastres naturales, cadáveres o violencia, puede dar lugar al desarrollo de TEPT. El TEPT es un problema de salud mental que conlleva recuerdos y sueños angustiantes y/o experiencias disociativas (desrealización y/o flashbacks). A nivel comportamental suele darse la evitación de todos aquello que recuerda el evento traumático. Son típicas la alta activación fisiológica y psicológica y las emociones como vergüenza, culpa, ira y tristeza.

El inicio, la duración, la gravedad y los síntomas específicos del TEPT varían entre los individuos. Estas variaciones pueden deberse a múltiples factores. Algunos factores pre-trauma son las diferencias interindividuales en personalidad y las estrategias de afrontamiento adquiridas. Factores post-trauma claves son la disponibilidad de apoyo social y el uso de las estrategias adecuadas de afrontamiento.

Muchas personas sufren de un número insuficiente de síntomas como para considerar clínicamente la presencia de TEPT. No obstante, el sufrimiento está presente. Ante estímulos relacionados con el evento traumático aparece el estrés, sea a nivel psicológico, social, familiar o laboral.

Las profesiones más estresantes probablemente sean aquellas que tratan de cuestiones de vida o muerte. Oficiales de policía, bomberos, técnicos de emergencias son profesionales que se enfrentan a eventos potencialmente traumáticos contantemente.

No obstante, hay otros profesionales, como los CSIs, más enfocados en el análisis del contexto en el que ocurren estos eventos. Están expuestos repetidamente a escenarios en los que hubo violencia, muerte, daños y también a sus secuelas. Su trabajo puede implicar examinar, oler, tocar y recolectar cuerpos descompuestos o fluidos corporales. No sería extraño que algunas de estas experiencias se conviertan en traumáticas. El desarrollo de síntomas de estrés post-traumático ocurre independientemente del nivel de entrenamiento profesional.

En el estudio se analizan distintas variables relacionadas con el TEPT y la profesión de CSI ya observadas en estudios previos. Participan 225 CSIs de varias regiones de EE. UU. Los instrumentos de evaluación son diferentes cuestionarios pertinentes (síntomas TEPT, resiliencia, etc.) en formato online.

Más de la mitad de los CSIs han informado haber experimentado 7 de 20 síntomas asociados al TEPT (DSM V). Los más frecuentes fueron las creencias negativas sobre uno mismo, los otros y el mundo (48%) y la hipervigilancia (44%).

Un cuarto de la muestra ha tenido problemas de sueño y comportamientos evitativos de recuerdos, pensamientos y emociones relacionados con escenarios del crimen. También tuvieron sensaciones de desrealización y dificultades de concentración. De toda la muestra analizada, un 9,3 % encajaría en un diagnóstico de TEPT.

Todos los síntomas han sido experimentados por al menos 10 sujetos. Cabe destacar que los síntomas registrados como más frecuentes no son específicos solo del TEPT. Síntomas como el insomnio o la hipervigilancia están asociados a muchos otros problemas cotidianos.

En cuanto a estrategias de afrontamiento, la mayoría de los participantes utilizaron a menudo 4 de 14 estrategias expuestas. Cumplir con las tareas que deben cumplir, sin procrastinar o evitarlo, es una estrategia llevada a cabo por 94% de los sujetos. Un 80% han utilizado un método de aprendizaje. Extraen enseñanzas de la experiencia y, así, uno se enfoca en la utilidad de haber vivido una situación.

Aprender a vivir con la experiencia traumática es una estrategia que aparece en el 79% de los casos. Y, similarmente, un 73% aplica la aceptación de un hecho y que este no puede cambiarse. Algunos sujetos bromean sobre el evento traumático. Otros hacen deporte o se enfocan en sus hobbies para vaciar la mente. Otros, y menos de lo que se debería, hablan con alguien sobre el tema. En cualquier caso, es importante que las estrategias de afrontamiento sean activas y que funcionen.

Menos de la mitad de la muestra (38%) informó haber consumido alcohol como estrategia de afrontamiento. Es un sondemasiado alto y relevante, teniendo en cuenta el daño y la evitación que supone. En la misma línea, se observó que a más síntomas de TEPT experimentados, mayor frecuencia de consumo de alcohol como estrategia de afrontamiento.

Los sujetos con más síntomas de TEPT consideran más frecuentemente no poder afrontar lo vivido.  A mayor número de síntomas de TEPT, menor apoyo social. Tambien se destaca la baja resiliencia y el cobijarse en creencias religiosas como asociados al número de síntomas de TEPT.

En estudios similares de diferentes países se han observado resultados similares. Los CSIs sufren de síntomas de estrés contigentes a sus tareas de investigación del escenario del crimen. Aunque falte mucha investigación, estos datos deberían tenerse en cuenta.

Los profesionales deben construir redes de apoyo social, ya que este impacta en el bienestar y en la reducción de estrés. La resiliencia, también clave,  podría ser objeto de formación para estos profesionales. Asímismo, promover la participación en tratamientos para problemas de salud mental debería ser imprescindible.

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Trastornos de personalidad en la población criminal. ¿Cómo tratarlos? Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Schema therapy in forensic settings” de Bernstein D. P., Clercx M. y Keulen-De Vos M. (2019), en el cual se describe la utilidad de la Terapia de Esquema en el tratamiento de los trastornos de personalidad de pacientes en ámbito forenses.

Eres psiquiatra forense y tienes varios pacientes con trastornos de personalidad que han llevado a cabo varios delitos. Ya han pasado, por tanto, por la fase de evaluación y entran en una fase de tratamiento. Si lo primero que piensas es que no hay nada que hacer para prevenir que vuelvan a cometer delitos, estás ignorando años de investigación. Y si crees que no se debería hacer nada para tratar los trastornos que presentan, te olvidas de algo importante.

Por más duro que nos parezca y por más rechazo que sintamos ante la idea, hablamos de seres humanos, como tú y yo. Que por la multitud de factores que inciden en la personalidad humana, llegaron a cometer actos que puede que ni ellos habían pensado que van a cometer. Que por la razón que sea, desarrollan trastornos de personalidad y otros problemas de salud mental y una posible medida que se les aplica por sus delitos es el internamiento en un centro psiquiátrico o penitenciario.

Ofrecer un tratamiento no implica exculpar, sino intentar disminuir el riesgo de reincidencia y, por qué no, ofrecer una segunda oportunidad. Si se consigue una mejora, la persona tendrá la oportunidad de reinsertarse en la sociedad cuando se encuentre en libertad.

En cualquier caso, si estaríamos en esa situación, tendríamos que elegir el tratamiento más adecuado. Adecuado supone mínimo una eficacia demostrada empíricamente. Para algunos trastornos mentales existen tratamientos psicológicos muy buenos, pero para otros es más difícil conseguirlo. Ocurre así en el caso de los trastornos de personalidad (TPs).

Si no existen tratamientos suficientemente eficaces para estos casos ¿qué hacemos? ¿Damos por hecho que están personas volverán a cometer los mismos delitos una y otra vez? ¿Los encerramos de por vida sea cual sea el delito que hayan cometido? En algunos casos diríamos que sí, pero no todo es blanco o negro. Las personas que trabajan en este campo lo saben.

Tal es el caso de los autores de esta investigación. A falta de tratamientos adecuados por los TPs, en 2007 iniciaron un ensayo de control aleatorizado que duró tres años. El objetivo era poner a prueba la eficacia de la Terapia de Esquema (ST, Schema Therapy) en comparación con el tratamiento típicamente utilizado para los TPs (Terapia Cognitivo-Conductual).

Ese trabajo dio lugar a un apoyo empírico fuerte para la eficacia de la ST en pacientes forenses con TPs. La ST fue reconocida oficialmente en los Países Bajos como el primer tratamiento para este tipo de pacientes.

En el contexto forense, los TPs más asociados al riesgo de reincidencia de la conducta delictiva son aquellos que pertenecen clínicamente al cluster B: narcisista, antisocial, trastorno límite de la personalidad, así como el tipo paranoide del cluster A. También se presentan grandes dificultades en el caso de la psicopatía, que muchas veces se considera como imposible de tratar.

Los TPs tiene una prevalencia tres veces mayor en la población de perpetradores masculinos que en la población masculina general. En la población carcelaria la prevalencia de los TPs es de 65% en el caso de los hombres y de 43% en el caso de las mujeres. En ambos casos, la prevalencia es mayor que en la población general.

Los diagnósticos de TPs son muy relevantes en las conductas criminales. Los delincuentes con un diagnóstico de TP son los que cometen los crímenes más graves y violentos. También muestran mayores tasas de reincidencia en comparación a los perpetradores sin TPs. Por eso, una terapia eficaz debe alcanzar también la disminución de la tasa de reincidencia.

La Terapia Cognitivo-Conductual tiende a enfocarse en el control de la conducta agresiva y mostró resultados moderados. En cambio, la ST abarca síntomas del trastorno, características asociadas y muchos otros aspectos. La base teórica de la ST se construye sobre las tradiciones cognitiva, conductual, psicodinámica y experiencial.

El concepto central de la ST es el modo esquema. Este representa los estados fluctuantes que dominan el comportamiento, las emociones y las cogniciones del sujeto. El modo esquema está determinado por la activación de un esquema desadaptativo adquirido en edades tempranas. La activación de ese esquema desencadena una respuesta emocional relacionada. Ante esta última aparece una respuesta de afrontamiento.

Existen cuatro áreas de modo esquema. El modo infantil hace referencia a respuestas emocionales universales en la etapa infantil: ira, miedo, tristeza, vergüenza e impulsividad. La internalización de exigencias parentales severas o crítica punitiva provoca el modo de padres disfuncionales. El modo afrontamiento desadaptativo consiste en intentos extremos para afrontar la activación de los esquemas, sea través de la rendición, evitación o sobrecompensación. Por último, el modo saludable implica una reflexión sana sobre uno mismo y sentimientos de alegría y placer.

Las personas con TPs muestran patrones específicos del modo esquema. Los modos esquema se activan ante estímulos externos y tienen correlatos cognitivos y fisiológicos. Las últimas evidencias muestran que juegan un papel importante en el comportamiento criminal y violento.

Los eventos que llevan a una conducta criminal se inician a menudo con el modo infantil. Este, a su vez, lleva una secuencia en escalada de otros modos y a menudo se culmina con modos de sobrecompensación (afrontamiento). Estos últimos son los que están presentes cuando se comete el delito.

Un ejemplo muy gráfico que proporcionan los autores es el siguiente. La pareja de un sujeto rechaza tener sexo con él/ella. Esto hace que el sujeto se sienta inferior, frustrado y furioso. Por tanto, se activan modos infantiles de humillación, de impulsividad e ira, respectivamente. Para afrontar todas estas emociones, el sujeto intenta sobrecompensar con un modo de auto-engrandecimiento. En este caso dominan la sensación de poder y la activación sexual.

El sujeto sale a la calle, busca una víctima, por lo que hablamos de un modo depredador. El sujeto toca puertas al azar hasta que una mujer contesta. El sujeto procede a manipular a la persona para que entre en su casa, por lo que se da aquí la activación de un modo de engaño y manipulación. De forma violenta, tira al suelo a la mujer y le amenaza con matarle si no coopera (modo de intimidación y ataque).

En este ejemplo vemos como el modo infantil desencadena los demás modos. Los cuatro modos posteriores y junto con el modo de sobrecontrolador paranoico son los que más aparecen en pacientes en contexto forense. Los cinco implican una cascada de respuestas con el fin de afrontar emociones derivadas del modo infantil (y de la situación que lo desencadena) a través de la sobrecompensación.

Los factores externos de riesgo (p. ej. abuso infantil, negligencia, factores genéticos, etc.) y de protección (p. ej. apoyo, oportunidades económicas, genética, etc.) modulan el desarrollo de los esquemas en la infancia. Los modos esquema desadaptativos se derivan del poder de los factores de riesgo que aumentan la probabilidad de aparición de conductas antisociales. Asimismo, los modos esquema sanos son los factores protectores que disminuyen esa probabilidad.

Por tanto, la probabilidad de comportamientos violentos y/o criminales en un momento concreto viene determinada por la activación relativa de los modos desadaptativos y sanos. Mayor activación de los primeros sobre los segundos, mayor el riesgo para la aparición de conductas violentas y/o criminales. Los factores de riesgo y de protección del entorno del sujeto a lo largo de su vida (especialmente en la etapa en la que comete el delito) interaccionan de forma recíproca con los modos esquema.

Por ejemplo, tener un grupo de amigos con comportamientos antisociales puede incrementar la fuerza de los modos desadaptativos. Al mismo tiempo, la presencia de estos modos puede aumentar la probabilidad de buscar relacionarse con amigos así.

Sin ánimo de entrar en muchos detalles, decir que las fases de tratamiento de la ST son dos. Una es una fase de evaluación y conceptualización del caso, con psicoeducación para el sujeto. Se le familiariza con los conceptos abordados y se le ayuda en la auto-aplicación.  En la fase de cambio se utiliza una gran variedad de técnicas para reducir la fuerza de los esquemas y respuestas de afrontamiento desadaptativos, así como de los modos esquema. Se busca romper los patrones disfuncionales e iniciar formas de afrontamiento saludable.

Cuando se trata de pacientes en ámbito forense con TPs graves se necesitan modificaciones importantes en la terapia. Una es que se enfatiza más en los modos esquemas que en lo desadaptativo. La razón es que muchos de estos pacientes tienen grandes dificultades para mostrar vulnerabilidad y/o hablar sobre la infancia.

Se necesita mucho tiempo y atención para construir una alianza terapéutica entre terapeuta y paciente. No hay que olvidar que estos sujetos suelen acudir a terapia como obligación judicial, por lo que a menudo les falta motivación.

Faltan muchas más investigaciones sobre la aplicación de la Terapia de Esquema en pacientes en ámbito forense. Aun así, esta intervención ya está establecida como eficaz para los TPs dentro y fuera del contexto forense. La labor de estos profesionales muestra resultados prometedores. Además, puede que sea imprescindible para disminuir las tasas de reincidencia delictiva.

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Intermediarios en la entrevista policial a testigos con síntomas disociativos. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos “Investigative interviewing, dissociative identity disorder and the role of the Registered Intermediary” de O´Mahoney B. M., Milen B. y Smith K. (2018), en el cual se analiza el papel de los intermediarios en las entrevistas policiales con testigos que sufren del Trastorno Disociativo de Personalidad.

En algunos países, como Inglaterra, se da la posibilidad de utilizar intermediarios en las entrevistas policiales con testigos que sean menores de 18 años o que tengan un trastorno mental, problemas de aprendizaje, discapacidad o trastorno físico. Estos intermediarios son profesionales registrados, generalmente de las áreas de psicología, enfermería o logopedia.

La razón de la inclusión de los intermediarios en las entrevistas policiales es la falta general de habilidades de comunicación de los profesionales de la justicia para entrevistar adecuadamente a personas vulnerables y, por tanto, obtener información precisa.

Obviamente, esa falta de habilidades no se debe a una actuación profesional de poca calidad, ni a falta de interés en aprender a atender a estas personas como es debido. Lo que ocurre es que se carece de guías, ayudas y/o de formación específica para ello, al igual que habíamos mencionado en otros artículos sobre la entrevista con personas con discapacidad intelectual.

El rol del intermediario registrado se ha analizado especialmente en contextos de entrevista con testigos adultos y con problemas de aprendizaje o con menores. En cambio, no hay datos suficientes sobre la entrevista con intermediarios a testigos que presentan problemas de salud mental. Un testigo puede tener algún trastorno mental ya antes de la entrevista, pero también puede desarrollar algún tipo de disociación como resultado del estrés que le provoca el caso en el que está implicado (eventos traumáticos).

La disociación se describe como el producto de afrontar sin éxito conflictos emocionales o estresores internos y externos. Este enfrentamiento provoca una ruptura en la integración normal de las funciones mentales como consciencia, memoria, percepción del yo y del entorno y conducta motora y/o sensorial. Como trastorno o síntoma de disociación pueden darse: amnesia disociativa, despersonalización, desrealización, un trastorno de identidad disociativo (TID) u otros menos frecuentes.

En la entrevista, un testigo puede presentar síntomas de disociación al rememorar eventos traumáticos sin que el entrevistador sea consciente de ello. Además, en el caso del TID, detectar variables como número de alter egos, consciencia y relación entre ellos, cuál es el implicado en el caso u otras es difícil incluso para un profesional preparado. La complejidad, la naturaleza contradictoria de las declaraciones de los sujetos con TID y los múltiples mitos alrededor de este trastorno generan muchas sospechas sobre la veracidad de sus declaraciones. Por las mismas razones, estos sujetos suelen ser considerados testigos no fidedignos.

A falta de un manual o guía para entrevistar adecuadamente a testigos con síntomas o trastornos disociativos, el entrevistador puede contar con la ayuda de un intermediario registrado. No obstante, para esta problemática mental no hay investigaciones y, por tanto, en este estudio se plantean tres dudas principales. ¿Con qué frecuencia se dan testigos con TID? ¿Hay requisitos de conocimiento para los intermediarios implicados en estos casos? ¿Y qué aconsejan los intermediarios?

El estudio se desarrolla en dos fases. En la primera fase se solicita a la Agencia Nacional del Crimen de Reino Unido el número de casos con testigos que presentan TID y en los cuales han participado un intermediario (de 2013 a 2016). De 251 casos con testigos con trastornos de personalidad, se detectan 20 casos de TID o donde este podría haber sido un factor presente.

Dos de los autores de este estudio trabajan en su vida real como intermediarios registrados. Por lo que, en la segunda fase, desarrollan un cuestionario basado en sus experiencias profesionales y en las conversaciones con oficiales de policía que han solicitado la ayuda de un intermediario en las entrevistas de testigos con TID.

Las preguntas se dirigen a intermediarios y en el estudio se consigue la participación de solo 4 profesionales de: trabajo social, logopedia, enfermería y psicología. Se pretende obtener información como: el número de casos atendido con testigos con TID, metodología, dificultades encontradas, consejos ofrecidos a los entrevistadores para facilitar la comunicación con el testigo, la formación recibida y cuál creen que sería necesaria para atender estos casos.

Los intermediarios participantes informaron haber recibido muy poca formación específica para tratar con casos de TID. Las actuaciones de estos intermediarios fueron muy variables lo que indica la falta de guía para estos casos. Por ejemplo, uno de los intermediarios se enfocó en la identidad principal, llamada host y en detectar cuando aparecía otro alter ego para hacer volver al host. Un intermediario tuvo que pedir consejo al encargado del equipo de intermediarios sobre la actuación adecuada y otro solicitó consejo tanto al equipo como a superiores de la policía.

Destacaron la dificultad de comunicación incluso en casos en los que no existe TID y la necesidad de tener en cuenta la presencia de múltiples casos de comorbilidad entre TID y ansiedad, depresión y otros. En respuesta a si creen necesario que sean los profesionales de salud mental los que atienden estos casos, los intermediarios respondieron tanto con un como con un no necesariamente. La cuestión más relevante es que habrá ciertas limitaciones en la comunicación con el testigo con TID en cualquiera de los casos.

En cuanto a los casos analizados en este estudio, se destaca haber encontrado referencia a un trastorno de personalidad dividida. Teniendo en cuenta que hablamos de profesionales, es curioso encontrar este término cuando no existe oficialmente un problema de salud mental con este nombre. Además, muchas veces se utiliza este término para designar incorrectamente a los casos de esquizofrenia. Se desconoce la prevalencia de casos de entrevistas policiales con testigos con TID o síntomas relacionados, al igual que la cantidad de casos no registrados. Las guías de actuación para estos casos también son ausentes.

Por lo tanto, hay puntos de carencia a destacar tanto para las actuaciones de los intermediarios como para los entrevistadores oficiales. A la vulnerabilidad ya dada por ser testigos de algo que puede modificar la vida de los implicados, se suma la vulnerabilidad dada por presentar síntomas disociativos y por recibir una atención inadecuada desde el sistema judicial. Hay un vacío en la investigación sobre cómo el sistema judicial atiende estos casos.

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Los asesinos jóvenes ¿son psicópatas?. Club Ciencias Forenses

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, a continuación presentamos el resumen del artículo “Characteristics of Homicidal and Violent Juveniles” de David S y Geoffrey McKey en el que se investigan las características de los homicidas juveniles. 

La juventud homicida ha recibido considerable atención en los medios de comunicación y en la literatura de ciencias sociales en los últimos años. Debido a varios obstáculos metodológicos, se sabe relativamente poco sobre las características premórbidas y ofensivas de esta población. A pesar de los datos que sugieren una disminución general del homicidio juvenil desde 1993, las tasas siguen siendo preocupantes. Se ha observado que este fenómeno representa una gran preocupación social porque los perpetradores desafían las concepciones de larga data de la niñez y la adolescencia y crean serios dilemas para los sistemas de justicia penal y juvenil.

La mayoría de los estudios en esta área sufren de importantes limitaciones metodológicas al existir una dependencia excesiva en tamaños de muestra pequeños que limitan la validez externa de las conclusiones. Además, la mayoría de los estudios han utilizado muestras que abarcan un amplio rango de edad de delincuentes, que pueden ignorar diferencias importantes de desarrollo. Varios esfuerzos han utilizado muestras mixtas de personas homicidas agresivas y perpetradores de homicidios sin haber abordado directamente si los dos grupos son equivalentes en las variables de interés. Finalmente, los investigadores han demostrado una preferencia por estudiar a jóvenes que asesinan a miembros de la familia cuando, de hecho, este subgrupo representa solo del 10% al 20% de los casos de homicidio juvenil. Muchas de estas limitaciones metodológicas se pueden atribuir a la infrecuencia relativa de este delito y las dificultades relacionadas para encontrar una muestra grande en un entorno único.

Los estudios de predicción se han centrado en una variedad de factores psicológicos, cognitivos, familiares y ambientales que pueden estar asociados con el riesgo de un joven de asesinar. Los estudios con un enfoque en los predictores psicológicos han investigado la presencia del psicoticismo, las tendencias psicopáticas, o deficiencias de control de los impulsos en esta población. Los estudios de predicción cognitiva generalmente se han centrado en la inteligencia, las discapacidades de aprendizaje y las anomalías neurológicas. La mayoría de los estudios que examinan predictores familiares de homicidio en menores han examinado historias de abuso doméstico, inestabilidad y violencia, así como antecedentes penales y psiquiátricos anteriores. Finalmente, los estudios de predicción ambiental han examinado la influencia de las armas y las pandillas sobre el comportamiento homicida en la juventud.

El presente estudio que resumimos compara las características demográficas, históricas, clínicas, ofensivas y forense de una gran muestra de hombres jóvenes acusados ​​de asesinato con un grupo de comparación acusado de otros delitos graves y violentos. El objetivo principal del análisis es aumentar la comprensión de la juventud homicida a través de una comparación clínicamente significativa que mejora sobre varias debilidades metodológicas encontradas en estudios anteriores.

Para ello, se realizó una revisión de casos de una muestra grande de hombres jóvenes acusados ​​de delitos graves (es decir, asesinato, asalto y agresión con la intención de matar, secuestro, conducta sexual criminal, robo a mano armada, incendio premeditado y robo con allanamiento) que fueron derivados de 1987 a 1997 a un hospital psiquiátrico forense afiliado a una universidad para la evaluación preliminar de su competencia para ser juzgados y de su estado mental en el momento de la infracción. El funcionamiento psicológico, intelectual y social de cada menor fue evaluado por un psiquiatra y un psicólogo del personal al ingresar al establecimiento. Los diagnósticos del Eje I se obtuvieron mediante entrevistas semiestructuradas corroboradas por medidas de evaluación objetiva y protectora de la personalidad. Las estimaciones de inteligencia se obtuvieron utilizando medidas WISC-III y WAIS-R, así como los registros escolares anteriores. Los asistentes sociales del caso recopilaron historias personales de registros, miembros de la familia, documentos legales y otras fuentes de garantía. Un total de 30 hombres acusados ​​de asesinato se compararon con una muestra de 62 hombres acusados ​​de otros delitos graves y violentos. Las mujeres fueron excluidas del análisis debido a su muy baja representación (n = 7, 7.1%) en esta muestra.

Se recogieron datos demográficos, históricos, clínicos, ofensivos y forenses de cada cuadro hospitalario de menores, que incluía informes médicos, psicológicos y educativos previos, así como documentos legales, policiales y judiciales acompañantes. Los datos demográficos consistieron en la raza, la edad, el estado socioeconómico familiar, el estado de custodia (por ejemplo, en hogares de guarda) del menor y la presencia de hermanos. Datos históricos relacionados con la estabilidad familiar (por ejemplo, planteada por padres o adoptados), antecedentes familiares de salud mental, antecedentes de abuso físico, antecedentes de abuso sexual, antecedentes de negligencia, detenciones previas, colocación institucional correccional previa, antecedentes de abuso de sustancias, antecedentes mentales servicios de salud e historial de intentos de suicidio. Los datos clínicos contenían el grado actual y el estado de inscripción escolar del menor, colocación previa en clases remediales, emocionalmente discapacitadas, discapacitados mentales educables, historial de suspensiones o expulsiones, absentismo escolar y opinión del psiquiatra examinador del menor. Los datos ofensivos y forenses incluyen el número de cargos, la presencia de un codemandado, el uso de un arma, la ubicación del delito, la negación del acusado o la admisión de culpabilidad, la competencia para ser juzgado y tres variables que ocurren en el momento del delito: uso de sustancias, estado psiquiátrico (p. ej., descontinuación de medicamentos) y estado mental (p. ej., locura).

Para abordar los problemas metodológicos de las diferencias entre jóvenes acusados ​​de asesinato e intento de asesinato, los jóvenes de esta muestra acusados ​​de homicidio (n = 30) se compararon con jóvenes acusados ​​de intento de homicidio (asalto y agresión con intención de matar) (n = 27). Los resultados indicaron que no hubo diferencias significativas entre los grupos. En un análisis por separado, los juveniles se dividieron en tres grupos de edad (14 años y menos, 15 años y 16 años o más) para evaluar las diferencias en el desarrollo. No se encontraron diferencias significativas. Para abordar las preocupaciones de que los menores acusados ​​de intento de homicidio podrían ser diferentes de los delincuentes violentos no homicidas, se realizó un análisis por separado: no se encontraron diferencias significativas.

En cuanto a características demográficas, tampoco se observaron diferencias significativas entre las características demográficas de los dos grupos. La edad promedio fue de aproximadamente 15 años para los jóvenes homicidas y no homicidas. Aproximadamente las tres cuartas partes de los acusados ​​en ambos grupos eran afroamericanos. Una tendencia no significativa sugirió que los jóvenes homicidas tenían menos probabilidades de ser hijos únicos (13.3%) en comparación con otros jóvenes violentos (35.5%).

En cuanto a las características clínicas, los diagnósticos más frecuentes para jóvenes homicidas fueron trastorno de adaptación o abuso de sustancias (50.0%), mientras que los miembros del grupo no homicida eran más propensos a sufrir trastornos crónicos u orgánicos como trastorno de conducta, trastorno por déficit de atención, psicosis o trastornos del estado de ánimo (69.4%).

Por otro lado, se encontraron dos diferencias grupales significativas en las áreas de ofensas y características forenses. Los jóvenes homicidas tenían más probabilidades de haber actuado solos (46.7%) que los hombres acusados ​​de otros delitos violentos (8.1%). Además, los asesinatos fueron significativamente más probables de haber sido cometidos en un entorno doméstico (40%) en comparación con otras ofensas violentas (6.5%).

Otras dos características ofensivas merecen mención. Hubo una tendencia que indica que los jóvenes homicidas tenían más probabilidades (50%) de haber usado un arma de fuego que el grupo no homicida (19.4%) durante la comisión de la ofensa. Sin embargo, también hubo una tendencia que reflejó una mayor tasa de servicios de salud mental en el momento de la infracción en el grupo no homicida (40.5%) en comparación con la juventud homicida (8%). No se encontraron diferencias grupales significativas con respecto a las características forenses de la muestra. Sin embargo, una tendencia no significativa indicó que los jóvenes homicidas (78.6%) tenían más probabilidades de haber sido declarados competentes para ser juzgados que los jóvenes no homicidas (43.5%).

La mayoría de los acusados ​​de homicidio tenían un CI dentro del rango normal de inteligencia. Estos resultados son consistentes con estudios previos de autores de homicidios adolescentes que informan de rangos de CI dentro del rango límite a normal. El estado escolar general de los acusados ​​de homicidio, sin embargo, fue pobre. Muchos habían repetido al menos un grado (59.3%), habían estado en clases con problemas de aprendizaje (19.2%) y / o tenían antecedentes de absentismo escolar (60.0%) o expulsiones previas (71.4%). Sin embargo, los menores enfrentados a cargos por homicidio en esta muestra tenían menos probabilidades de repetir un grado o estar en clases con discapacidades de aprendizaje en comparación con poblaciones similares. Por lo tanto, si bien esta población puede, en promedio, poseer una inteligencia adecuada y tasas comparativamente bajas de desórdenes crónicos externos, sus historias escolares aún sugieren un ajuste deficiente, desconexión y relaciones interpersonales posiblemente tensas.

¿Escuchan voces en su cabeza? Realidad vs. Simulación. Club Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, a continuación presentamos el resumen del artículo “Listening to voices: The use of phenomenology to differentiate malingered from genuine auditory verbal hallucinations” de McCarthy-Jones y Philip Resnick,  en el que se explican las características fundamentales del fenómeno de “escuchar voces en la cabeza” y las pautas principales para diferenciar un caso genuino de uno simulado.

Las experiencias de oír voces en ausencia de cualquier estímulo externo apropiado, referidas en la literatura psiquiátrica como alucinaciones verbales auditivas (AVH), son una característica común de muchos trastornos psiquiátricos. Aunque se encuentran con mayor frecuencia en personas diagnosticadas con esquizofrenia, con aproximadamente tres de cada cuatro personas con este diagnóstico que experimentan AVH, también se pueden encontrar en personas con otros diagnósticos psiquiátricos como trastorno bipolar, trastorno límite de la personalidad y trastorno de estrés postraumático, así como como miembros sanos de la población general.

Los profesionales de la salud mental capacitados pueden ser engañados por personas que afirman falsamente experimentar AVH. Aunque hay pocas razones para sospechar que las personas angustiadas que acuden habitualmente a los servicios de salud mental afirman falsamente que escuchan voces, hay una serie de situaciones en las que puede haber un beneficio potencial para que las personas afirmen falsamente estar experimentando AVH. Se dice que estos individuos están simulando, lo que el DSM-IV-TR define como “la producción intencional de síntomas físicos o psicológicos falsos o extremadamente exagerados, motivados por incentivos externos”. Estos incentivos externos pueden incluir obtener pagos injustificados de asistencia social o escapar de la persecución ya sea por incompetencia para ser juzgado o por la locura en el juicio. La existencia de acusados ​​que simulan AVH en casos penales y personas que simulan AVH para obtener una ventaja financiera están bien documentados. De hecho, se ha afirmado que los AVH son el síntoma de psicosis con más frecuencia simulado por los acusados ​​delictivos.

Las razones por las que los individuos eligen simular específicamente las AVH (a diferencia de otras experiencias asociadas con la psicosis) pueden incluir la percepción de asociación entre AVH y locura a la vista del público, y la efectividad de AVH en potencialmente obtener un motivo de demencia exitoso, ya que una persona no es responsable de su conducta criminal si al momento de tal conducta como resultado de una enfermedad mental o defecto que carece de capacidad sustancial para apreciar la criminalidad de su conducta o para ajustar su conducta a los requisitos de la ley.

Por ello, el actual artículo resumido explica que la opinión primero debe establecer si el acusado tenía una “enfermedad o defecto mental”. Un diagnóstico psiquiátrico per se no es suficiente para cumplir con este requisito. El DSM-IV-TR  contiene un descargo explícito de que simplemente tener un diagnóstico incluido en el manual no implica que cumpla con los criterios legales para una enfermedad mental en una defensa por demencia. Dado que las AVH se definen como un síntoma característico de la esquizofrenia, y que la Declaración de posición de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría de 1982 sobre la defensa contra la locura estableció que para que un trastorno sea una “enfermedad o defecto mental” debería “ser de la gravedad (si no siempre de la calidad) de las condiciones que los psiquiatras diagnostican como psicosis “, es probable que las AVH conduzcan al juicio de que el individuo tiene una” enfermedad o defecto mental “.

En segundo lugar, la opinión de los expertos debe establecer evidencia de capacidad. Las AVH puede abrumar la capacidad de un individuo de conformar su conducta a los requisitos de la ley. De manera similar, en el caso de un decreto deficiente (en el que una persona escucha la voz de Dios que le ordena llevar a cabo una acción), un acusado penal podría argumentar que no conocía la ilicitud de sus acciones y, por lo tanto, calificar para la locura en los paises que no tienen un brazo “incapaz de abstenerse” de la prueba de locura. Al decidir si una persona puede negarse a obedecer un comando de AVH, el evaluador debe evaluar las consecuencias que un individuo cree que seguirá como resultado de no obedecer la voz. Las consecuencias percibidas por no obedecer una alucinación de mando pueden variar desde un sueño inquieto, a un peligro significativo para uno mismo, a la creencia de que el alma pasará la eternidad en el Infierno. Solo las consecuencias de la severidad de estos últimos tipos probablemente cumplan con el estándar de locura.

Finalmente, el acusado debe establecer que la AVH jugó un papel causal en la ofensa. Aquí es crítico para el evaluador psiquiátrico establecer la relación entre el AVH y el comportamiento criminal del acusado. En resumen, dado que las AVH verídicas pueden, por las razones mencionadas anteriormente, conducir a una defensa de demencia exitosa, las AVH simuladas pueden conducir a un resultado de prueba injusto.

Si bien la existencia de AVH simuladas naturalmente enfoca la atención en prevenir que los errores involuntarios de la justicia derivados de AVH simulados no sean detectados, también existe el peligro de injusticia que resulta de que alguien que realmente ha experimentado AVH sea incorrectamente etiquetado como simulador. Este problema fue planteado por un estudio  de Rosenhan, quien se puso en contacto con el personal de un hospital para informarles que en algún momento durante los siguientes 3 meses, una o más personas que fingían AVH tratarían de ingresar al hospital psiquiátrico. De 193 juicios sobre pacientes realizados por el personal y obtenidos por Rosenhan, el 21% fueron acusados ​​con alta confianza de estar fingiendo. Entonces se reveló que, de hecho, Rosenhan no había enviado ningún pseudopaciente al hospital. Por lo tanto, es bastante plausible que, en un tribunal de justicia, algunos acusados ​​que honestamente informan haber tenido AVH puedan ser considerados erróneamente por testimonio experto como simuladores.

La capacidad de evaluar con precisión si las AVH reivindicadas son verídicas o simuladas es, por lo tanto, de crucial importancia, particularmente para el resultado de juicios penales en los que el acusado afirma que tales experiencias son relevantes para su defensa o su competencia para ser enjuiciado. Los médicos llamados a hacer este juicio deben tener un conocimiento detallado de la fenomenología de AVH genuinos. Tales decisiones también pueden ser informadas provechosamente por el conocimiento de la fenomenología de las AVH simuladas.

Por todo esto, es fundamental conocer la fenomenología de las AVH genuinas tal como lo establece la investigación contemporánea. En este artículo que resumimos, los autores explican con detenimiento determinadas características que pueden diferenciar una AVH simulada de una real, por lo que a continuación se nombrarán algunas de las características más destacadas.

La primera es relativa a la hipótesis de que, por lo general, las voces provienen del interior de la cabeza (con el corolario de que las voces que se oyen como provenientes de fuera de la cabeza son atípicas). Sobre esto, la evidencia de investigación no respalda la afirmación de que las voces localizadas son emblemáticas de AVH genuino, y las voces localizadas externamente son atípicas. Por ejemplo, un estudio encontró que de 199 pacientes psiquiátricos (81% que habían sido diagnosticados con esquizofrenia), el 38% escucharon ambas voces provenientes de dentro y fuera de su cabeza, 34 % solo escuchó voces localizadas internamente, y 28% solo escuchó voces localizadas externamente. El segundo estudio más grande de esta pregunta, que estudió a 100 pacientes psiquiátricos (la mayoría con un diagnóstico de esquizofrenia), encontró que el 38% de los pacientes describió tener una voz que se encontraba dentro de su cabeza, mientras que el 49 % de la muestra escuchó sus voces a través de sus oídos como estímulos externos.

La segunda hipótesis, es relativa a que las voces son típicamente las de personas famosas o de grupos de personas o de extraños. Un número significativo de personas diagnosticadas con esquizofrenia identifican sus voces como las de personas famosas. Sin embargo, las voces alucinadas a menudo también eran conocidas por el paciente en la vida real, lo que indica que pueden modelarse en la memoria de una voz real. De hecho, en su estudio, el 46% de los pacientes escucharon voces que podrían identificarse como personas reales y conocidas, como un pariente, un vecino o un médico. Además, una investigación de McCarthy-Jones et al.  mostró que el 70% de los pacientes informaron que las voces que escuchaban eran como las de las personas que les habían hablado en el pasado. La literatura más amplia de AVH también está repleta de ejemplos de personas que oyen voces de personas que conocen personalmente y que han conocido en el pasado. Finalmente, en términos de escuchar las voces de grupos de personas, McCarthy-Jones et al.  encontraron que el 53% de los pacientes nunca oyeron todas sus voces hablar al mismo tiempo (como un coro).

 Entre las propiedades típicas de AVH están que los pacientes pueden escuchar un mayor número de voces de lo que se pensaba anteriormente, se demostró que las voces que hablaban en un volumen conversacional normal eran menos comunes de lo que se había pensado anteriormente, y que el 12% de los pacientes informaron escuchar voces que sentían eran idénticas “repeticiones” de recuerdos de conversaciones previas que habían experimentado (una experiencia más frecuentemente asociada con el trastorno de estrés postraumático que la psicosis). Al agregar estos hallazgos al corpus de investigación existente en esta área, se puede mejorar el perfil de la fenomenología de una “AVH típica”, que puede usarse como un mejor criterio para evaluar la validez de las AVH reclamadas. Además, el oyente de voz generalmente podrá identificar quiénes son al menos algunas de las voces (por ejemplo, identificar a algunas de ellas como personas reales y conocidas, o atribuir la voz a una entidad sobrenatural como Dios o el Diablo). Por lo general, las voces se escuchan varias veces al día o la mayoría de las veces, y la duración de cada instancia es muy variable (dura desde apenas unos segundos hasta que dura más de una hora). Las voces intentarán influir en la actividad del oyente vocal emitiendo comandos para realizar acciones específicas, y también pueden juzgar al oyente de la voz, típicamente de manera negativa, a través de comentarios críticos o abusivos dirigidos a él / ella. Además de estas voces negativas, las voces positivas muy a menudo se informarán, que son amables, amorosas y de apoyo. Las voces tenderán a ser muy repetitivas en lo que dicen. El que escucha la voz tendrá cierto control sobre sus voces, y algunos podrán hacer preguntas a las voces y obtener respuestas. Las voces individuales también suelen ir acompañadas de voces de murmullo de fondo. Además de esto, los que escuchan la voz generalmente podrán recordar claramente la primera vez que escucharon la voz, y también informarán otras formas de alucinaciones, como música, clics y golpes, alucinaciones visuales y / o alucinaciones táctiles. Además, habrán desarrollado una gama de estrategias para hacer frente a sus voces, informarán que sus voces se vuelven más frecuentes cuando están solos, y que los factores contextuales (por ejemplo, su estado de ánimo) impactan la frecuencia de sus voces.

Por otro lado, existen algunas propiedades atípicas de los AVH. La técnica de preguntar sobre la presencia de características atípicas de una experiencia como método para evaluar la simulación ha sido empleada con éxito con relación a la simulación de síntomas psiquiátricos. Estas propiedades atípicas incluían estar asociado con delirios en todos los casos, usar un lenguaje artificial, no depender del contexto, ser insoportablemente angustiante y no existir estrategias para disminuir las voces malévolas, obedecer todas las órdenes y no mostrar evidencia conductual de distracción. McCarthy-Jones et al. encontraron que el 48% de los que escuchan la voz dijeron que sus voces estaban “constantemente con ellos”, incluso si no hablaban continuamente. También hay alguna evidencia de que muchos oyentes pueden escuchar voces en ausencia de ideación delirante. Se podría agregar a la lista los items encontrados por McCarthy-Jones et al. Que encontraron que en menos del 5% de los pacientes con AVH existía una voz cuyo tono de voz normal es gritar o chillar, escuchaban solo voces femeninas o solo voces de niños, nunca escuchaban la misma voz dos veces, y nunca escuchaban voces con el mismo tema o contenido. Estos ítems se combinan con los ítems señalados como atípicos, así como otros hallazgos de la literatura de investigación, para crear una lista de propiedades atípicas de las AVH. Todas estas propiedades, junto con otras como alegar que no se puede resistir a todos los comandos AVH, han sido utilizados explícitamente por los expertos como parte de sus consideraciones de que los que escuchan la voz estaban simulando sus AVH en casos judiciales.

En resumen, este documento ha identificado las propiedades fenomenológicas típicas y atípicas de las AVH, y revisó lo que se sabe sobre la fenomenología de las AVH simuladas. Ahora se requiere más trabajo, basándose en estos hallazgos, para establecer una herramienta psicométrica confiable y válida que pueda usarse para evaluar la validez de las afirmaciones de un individuo de haber experimentado AVH. Dicha herramienta podría tener el potencial de reducir los errores de justicia que ocurren a través de AVH simuladas que pasan desapercibidas, y a través de AVHs genuinos que son erróneamente etiquetados como simulados.

La relación entre la severidad de la violencia en el hogar, la violencia en el noviazgo, y la teoría del Aprendizaje Social. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The relationship between severity of violence in the home and dating violence” de Eva Sims, Virginia Dodd y Manuel Tejeda, en donde se explica la relación entre la severidad de la violencia en el hogar y la violencia en el noviazgo.  

Históricamente, la violencia familiar ha capturado la atención emocional y política de los países. Sin embargo, este problema social generalizado se ha centrado por lo general únicamente  en las víctimas de la violencia infligida por la pareja y el abuso infantil. La investigación sobre la violencia de pareja se ha centrado principalmente en las características de la víctima y el agresor, detallando la experiencia previa con violencia en el hogar y las variables demográficas, pero muy pocos investigadores han identificado el papel de la gravedad de la violencia que se experimenta en el hogar en la perpetración posterior de violencia en el noviazgo.

La literatura sobre la violencia familiar y el testimonio de niños a la violencia parental es extensa, sin embargo, la literatura que se enfoca en los resultados de tales fenómenos es limitada. Uno de estos resultados es el maltrato entre adolescentes o la violencia íntima perpetrada por jóvenes, que puede verse como el vínculo entre la violencia de la familia de origen y la violencia de la familia de la pareja. Por ejemplo, los investigadores documentan una relación significativa entre ser víctima de maltrato infantil y luego perpetrar violencia contra un hermano, un padre,  o un compañero de citas. Por tanto se sugiere que las personas que inician un comportamiento violento en la infancia corren un riesgo particularmente alto de ser víctimas de delitos violentos graves en la adolescencia y la edad adulta.

Investigaciones anteriores sobre la diversidad de género señalan que los hombres y las mujeres experimentan la violencia de manera diferente. A medida que los niños y las niñas se socializan de manera diferente, pueden internalizar la violencia familiar de forma diferente; por lo tanto, los mediadores de la relación entre la violencia familiar y la perpetración de violencia en el noviazgo pueden diferir según el género. Por ejemplo, revisando varios estudios se llega a la conclusión de que los hombres son más propensos a recurrir al abuso físico si han estado expuestos a que sus padres abusen físicamente de sus madres, y las mujeres eran ligeramente más propensas que los hombres a usar uno o más actos de agresión física y a utilizar tales actos con frecuencia, aunque los hombres eran más propensos a infligir una lesión.

Muy pocos estudios sobre la perpetración de violencia se centran en los efectos a largo plazo de la gravedad de la violencia. En una muestra comunitaria de más de 900 participantes, Leonard, Quigley y Collins informan de que la mayoría de los episodios más violentos entre adultos jóvenes incluyeron bofetadas, puñetazos o patadas, con estimaciones que van del 57 al 60%; sin embargo, entre 15 y 20% involucró el uso de un arma, identificando esto como el tipo de violencia más grave. Otros encuentran que las diferencias de gravedad han sido mediadas por el género, donde las altas tasas de perpetración de violencia en el noviazgo femenino se han atribuido a actuar en defensa propia. Entre las mujeres, la investigación informa tasas relativamente altas de perpetración leve de violencia (es decir, insultos y bofetadas) y bajas tasas de perpetración severa de violencia (es decir, golpear y usar un cuchillo o pistola). También se ha observado que las mujeres sufren consecuencias más graves de la violencia que los hombres. Duncan informa que hombres y mujeres perpetraron violencia entre hermanos en frecuencias similares; sin embargo, los hombres seguían siendo el conjunto más grande de perpetradores “severos”.

Las teorías sociales se esfuerzan por explicar el comportamiento y organizar el conocimiento. La teoría del aprendizaje social es una perspectiva explicativa ampliamente aceptada en la literatura de violencia y se basa en la creencia de que la agresión se aprende mediante modelos de comportamiento, donde los individuos no heredan tendencias violentas sino que aprenden respuestas agresivas al observar a los demás. El aprendizaje social supone que es más probable que se aprenda cuando se percibe que los modelos de comportamiento tienen más poder, competencia y alto estatus o involucra a alguien a quien respeta o admira. Por ejemplo, ser testigo o experimentar un acto de violencia por sí solo no es suficiente para aprender, sino más bien ser testigo o experimentar violencia por alguien que el niño ama o admira, los coloca en un mayor riesgo de participar en la violencia en sus propias relaciones íntimas. Revisiones recientes de la teoría de aprendizaje social explican la influencia sistemática del género, donde las personas en posiciones dominantes son más propensas a perpetrar violencia que aquellas en posiciones no dominantes.

El estudio actual que resumimos prueba las afirmaciones de la teoría del aprendizaje social para examinar si la gravedad del maltrato infantil, la perpetración de violencia entre hermanos y el testimonio infantil de violencia parental aumenta significativamente la varianza de la perpetración de violencia en el noviazgo. Este estudio también analiza el papel del género al informar la violencia en el hogar y la posterior perpetración de violencia en el noviazgo. Nuestra hipótesis es que existen asociaciones significativas entre el maltrato infantil, el testimonio infantil de la violencia parental, la perpetración de violencia entre hermanos y la perpetración de violencia entre parejas, y que tales asociaciones variarán significativamente según el sexo. También se plantea la hipótesis de que la severidad de la violencia en el hogar afectará la perpetración de violencia entre parejas, por lo que los tipos más severos de violencia experimentados en el hogar representarán más de la variación prevista en la perpetración de violencia entre parejas y dicha varianza será diferente según el género.

Para el estudio se realizaron encuestas a 538 estudiantes universitarios. La encuesta exploró las experiencias de adolescentes con violencia familiar y violencia de pareja. Los criterios de exclusión incluyeron estudiantes que no tenían hermanos, que tenían más de 30 años y / o que estaban casados; por lo tanto, la muestra final en este estudio incluyó a 422 estudiantes. Las subescalas de Agresión psicológica y Agresión física se utilizaron para crear cuatro factores sumativos: el maltrato infantil, el testimonio infantil de violencia paterna, la violencia entre hermanos y la violencia entre parejas.

Los ítems de Agresión física y Agresión psicológica incluyen pedir a los encuestados que recuerden cuántas veces durante todo el tiempo entre las edades de 10 y 14 años (aproximadamente 5º a 9º grado) participaron su hermano (su madre, su padre o su pareja). en conductas dirigidas hacia ellos. El ítem de seguimiento incluye preguntar cuántas veces el entrevistado participó en el mismo comportamiento y lo dirigió hacia un hermano (o pareja). El tiempo de recuerdo para los items de violencia en citas fue en los últimos 12 meses. El testimonio de la violencia parental se evaluó preguntando cuántas veces la madre de uno se involucró en el comportamiento y lo dirigió hacia su padre y viceversa durante el tiempo que el encuestado tenía entre 10 y 14 años. Se pidieron elementos de escala en diversos grados de severidad, desde leves comportamientos violentos (es decir, llamar a uno gordo o feo y bofetadas), a comportamientos violentos severos (es decir, siempre usando un arma o cuchillo contra el otro). Las preguntas estaban ancladas en un continuo de frecuencia, que van desde (0) nunca, (1) una vez, (2) dos veces, (3) 3-5 veces, (4) 6-10 veces, (5) 11-20 veces, y (6) comportamiento que ocurre más de 20 veces. Para reconocer los diferentes niveles de severidad dentro de los ítems de la escala, este estudio diferenció dichos ítems, calificando cada uno en una escala de 10 puntos, donde un valor de 1 representa el acto de agresión menos grave y 10 representa el acto más severo de agresión. El procedimiento de puntuación revisado se estableció mediante una consulta exhaustiva con 10 profesionales en el área del sur de la Florida, cada uno con experiencia en diferentes ámbitos de la violencia doméstica. Estos profesionales comprendían un grupo diverso de personas con experiencia en el maltrato infantil, testigos de la violencia parental, violencia entre hermanos, violencia en el noviazgo y / o violencia en la pareja. A cada profesional se le pidió que calificara las 18 declaraciones en el instrumento original en una escala de 1-10. Una vez que todos los profesionales respondieron, se estableció un puntaje promedio para cada uno en la encuesta de 144 preguntas. Las tasas promediadas fueron nuevamente enviadas a los profesionales para un acuerdo de evaluación. Una vez que se estableció el acuerdo, las respuestas de los participantes del estudio se recodificaron con los puntajes calificados en cada categoría. Los puntajes calificados se multiplicaron por la frecuencia de la respuesta para crear una calificación ponderada para cada elemento de la escala. Por ejemplo, si el encuestado declaró que insultó a un miembro de la familia o pareja dos veces, el valor de severidad asignado a dicha pregunta, en este caso 6, se multiplicó por la frecuencia, en este caso 2, para crear una ponderación de 12. Este procedimiento fue replicado para cada ítem en la encuesta de 144 preguntas. A cada profesional nuevamente se le pidió que colocara los ítems de la escala en las siguientes categorías de nivel ordinal: agresión menor, agresión moderada y agresión severa. Los revisores llegaron a un consenso utilizando el acuerdo de la mayoría de los ítems de la escala.

Los resultados fueron los siguientes:

Utilizando la escala ponderada, el 94.20% de los hombres y el 94.40% de las mujeres revelaron que habían sido víctimas de maltrato infantil , 97.60% de los hombres y 97.70% de las mujeres revelaron que habían sido perpetradores de violencia entre hermanos, 73.40% de los hombres  y 78.10% de las mujeres revelaron que habían presenciado violencia entre sus padres, y 59.90% de los hombres y 80.50% de las mujeres revelaron que habían perpetrado violencia entre parejas.

Para los hombres, se encontraron correlaciones significativas entre la violencia severa de padres a hijos y la violencia severa de pareja, entre la perpetración de violencia entre hermanos y la perpetración de violencia de pareja, y entre presenciar violencia severa de padres a padres y perpetración de violencia de pareja severa.

Para las mujeres, si un padre comete maltrato infantil, también se produce violencia entre padres, donde los tipos graves de violencia están estrechamente relacionados entre sí. Por ejemplo, aquellos que informan violencia severa de padre a hijo también están reportando violencia severa de padre a madre, lo que sugiere hogares mutuamente violentos. Se encontraron correlaciones significativas entre la perpetración de violencia grave entre hermanos y la perpetración de violencia de pareja menor, y entre la violencia menor entre padres y violencia menor de pareja.

Se realizaron regresiones lineales simples, divididas por sexo, para evaluar la predicción de la perpetración de violencia en el noviazgo infantil, la perpetración de violencia entre hermanos y el testimonio infantil de violencia paterna. Los resultados revelaron que la gravedad del maltrato infantil, la perpetración de violencia entre hermanos y el testimonio infantil de violencia parental se correlacionaban significativamente con la perpetración de violencia en el noviazgo. En la correlación entre el maltrato infantil severo y la perpetración de violencia entre parejas se comprobó que el 40% de la varianza de la violencia de noviazgo se debió a su relación lineal con el maltrato infantil grave. La correlación entre testigo de violencia parental severa y perpetración de violencia entre parejas mostró que el 53% de la varianza de la violencia de citas se debió a su relación lineal con el testimonio severo violencia parental La correlación entre la perpetración de violencia entre hermanos y la violencia entre parejas muestra que el 7,9% de la varianza de la violencia de pareja se debió a su relación lineal con la violencia severa de hermanos. Por último se realizó un análisis de regresión múltiple para hombres y mujeres por separado para evaluar si el maltrato infantil grave, la perpetración de violencia grave entre hermanos, y el testimonio infantil severo de violencia parental predijeron la perpetración de violencia entre parejas. El resultado de la regresión fue significativo para las mujeres, indicando que el 7% de la varianza en la violencia de citas puede atribuirse a la combinación lineal de medidas de violencia severa, pero también fue un resultado significativo para los hombres, indicando que el 62.5% de la varianza en la violencia de citas puede atribuirse a la combinación lineal de medidas de violencia severa.

Concluimos por tanto que si bien para los hombres, el aprendizaje social dentro del contexto del hogar está contribuyendo a la perpetración posterior de violencia en el noviazgo, para las mujeres, otra cosa está contribuyendo a las altas tasas de perpetración de la violencia entre parejas. De hecho, los investigadores han apoyado que el inicio de la violencia de las mujeres puede estar relacionado con variables más proximales, como la autodefensa, en oposición al abuso infantil o la violencia interparental, aunque otros investigadores han indicado que las mujeres usan la violencia obtener poder y control, o porque no creían que sus víctimas masculinas serían heridas. También se observa que cuanto más joven es la muestra, mayor es el nivel de violencia femenina en relación con la violencia masculina.

Por otra parte, la percepción de lo que es comportamiento violento y cómo se traduce en perpetración de violencia es diferente para hombres y mujeres. Los niños y niñas que viven en la misma familia y están expuestos a comportamientos violentos similares se ven afectados y reaccionan de manera diferente.

La relación entre la violencia de pandilleros y los trastornos psiquiátricos. Club de Ciencias Forenses.

Amigos del Club de Ciencias Forenses, a continuación presentamos el resumen del experimento presentado en el artículo “Gang Membership, Violence, and Psychiatric Morbidity” de Jeremy Coid y Simone Ullrich en el que se investiga la posible influencia de la violencia que rodea a los jóvenes miembros de pandillas con el desarrollo de trastornos psiquiátricos.

La violencia es una característica a menudo presente en las pandillas, junto con la criminalidad y el abuso de sustancias. En EEUU, el control de armas ha dado como resultado bajas tasas de homicidios que involucran armas de fuego, pero se estima que los pandilleros llevan a cabo la mitad de todos los tiroteos de EEUU y el 22% de los delitos violentos graves. La difusión de la violencia relacionada con las pandillas se asemeja a un modelo epidemiológico de “infección central” que explica un proceso de contagio social en el que las pandillas evalúan y responden a las acciones violentas altamente visibles de otras pandillas, intentando alcanzar el dominio a través de la retribución violenta. La violencia para ellos es necesaria para construir y mantener el estado personal y reforzar la cohesión del grupo, es instrumental para obtener acceso sexual y dinero a través del robo y la intimidación, y puede ser una fuente de emoción. Aun conociendo todo esto, no hay suficientes investigaciones sobre la posible relación entre la violencia de pandilleros y la morbilidad psiquiátrica (que no sea por el uso indebido de sustancias) o si representa una carga para los servicios de salud mental. Los estudios epidemiológicos han demostrado que la morbilidad psiquiátrica se asocia con el comportamiento violento, aunque los mecanismos implicados son complejos y no se entienden completamente. Además de la violencia hacia los demás, la violencia de las pandillas puede generar altos niveles de victimización traumática y miedo a la violencia.

A través de su violencia, los miembros de pandillas están potencialmente expuestos a múltiples factores de riesgo de morbilidad psiquiátrica. En el artículo que resumimos se investigaron las asociaciones entre la pertenencia a una pandilla, el comportamiento violento y la morbilidad psiquiátrica en una muestra nacional representativa de hombres jóvenes y para identificar los factores explicativos. Se examinaron las asociaciones entre conductas violentas, actitudes y experiencias de violencia, una variedad de trastornos mentales y el uso de servicios de salud mental. Para identificar los efectos específicos de los pandilleros, se comparan a los miembros de las pandillas con hombres jóvenes que eran violentos pero no pertenecían a pandillas.

Se realizó una encuesta en ubicaciones aleatorias de Inglaterra, Escocia y Gales, a jóvenes de entre 18 y 34 años de edad. En primer lugar, se seleccionaron jóvenes negros y de minorías étnicas de las áreas de salida con un mínimo de 5% de habitantes negros y de minorías étnicas. En segundo lugar, los hombres jóvenes de las clases sociales más bajas (grados D y E, según lo definido por la Sociedad de Investigación de Mercado, basada en el jefe del hogar: trabajadores manuales semicalificados, no calificados y ocasionales, y jubilados y beneficiarios de asistencia social) fueron seleccionados de las áreas en que había un mínimo de 30 hombres entre 18 y 64 años de edad en estos grados sociales. Las últimas encuestas se basaron en áreas de salida en dos lugares caracterizados por una alta membresía de pandillas, el distrito londinense de Hackney y Glasgow East, Escocia. Los mismos principios de muestreo aplicados a cada tipo de encuesta.

En primer lugar se evaluó si los participantes sufrían psicosis (analizando los criterios recogidos en el DSM-IV), niveles de ansiedad y depresión, o si habían intentado deliberadamente suicidarse o tomaban psicótropos prescritos.

Posteriormente, todos los participantes fueron interrogados sobre el comportamiento violento, incluso si habían estado “en una pelea física, habían agredido o golpeado deliberadamente a alguien en los últimos 5 años”.  Se buscó información sobre la cantidad de incidentes violentos en los que habían participado y sus actitudes y experiencias con respecto a la violencia. También se les preguntó: “¿Actualmente usted es miembro de una pandilla?” Para su inclusión en el estudio, los miembros de pandillas deben respaldar la membresía de una pandilla y uno o más de los siguientes: actividades criminales graves o condenas, participación con amigos en actividades delictivas o participación en peleas de pandillas durante los últimos 5 años.

Los participantes se dividieron en tres grupos mutuamente excluyentes de acuerdo con la participación en la violencia y la membresía en pandillas: 1) hombres no violentos: participantes que no informaron ningún comportamiento violento en los últimos 5 años y no pertenecían a una pandilla; 2) hombres violentos: participantes que informaron violencia en los últimos 5 años, pero no pertenencia a una pandilla o participación en peleas de pandillas; y 3) miembros de pandillas.

Finalmente, se investigó si las asociaciones entre 1) pertenencia a pandillas, 2) violencia y 3) uso de psicopatología o servicio, se explicaban por las actitudes hacia la violencia, las experiencias de victimización y las características de las conductas violentas. Las posibles variables explicativas se identificaron primero al probar su asociación con 1) pertenencia a una pandilla o violencia y 2) uso de psicopatología o servicio. Solo si ambas asociaciones fueron significativas se seleccionaron las variables y luego se ingresaron en un modelo ajustado, con la pertenencia al grupo como la variable independiente y el uso de la psicopatología o el servicio como la variable dependiente.

Los resultados mostraron lo siguiente: La muestra incluyó a 4.664 hombres entre 18 y 34 años de edad: 1.822 (39,1%) de la encuesta principal; 969 (20.8%) de la muestra de minorías étnicas; 555 (11.9%) de la muestra de hombres de clases sociales más bajas; 624 (13.4%) de Hackney; y 694 (14.9%) de Glasgow Este. Del total de la muestra, 3.285 (70.4%) informaron que no hubo violencia en los últimos 5 años, 1.272 (27.3%) reportaron agredir a otra persona o involucrarse en una pelea, y 108 (2.1%) informaron pertenencia actual a una pandilla.

Los hombres violentos eran más jóvenes en promedio que los hombres no violentos, más eran nacidos en el país y desempleados, y menos eran negros o del subcontinente indio. Los miembros de pandillas también eran más jóvenes que los hombres no violentos, menos propensos a ser solteros y no pertenecientes al Reino Unido.

En cuanto a la morbilidad psiquiátrica y el uso de servicios psiquiátricos por hombres no violentos, hombres violentos y miembros de pandillas, los datos muestran un marcado declive: la morbilidad psiquiátrica y el uso del servicio fueron poco frecuentes entre los hombres no violentos, pero aumentaron progresivamente de los no miembros violentos a los miembros de las pandillas. Este gradiente se confirmó para todos los resultados, excepto la depresión.

Además, los hombres violentos difieren del grupo de referencia no violento en sus actitudes hacia la violencia y la victimización violenta. Sin embargo, se observaron mayores diferencias entre los miembros de pandillas y los hombres no violentos. Los miembros de las pandillas eran significativamente más propensos que los hombres no violentos a ser víctimas de la violencia y temer una mayor victimización violenta. También eran más propensos a experimentar rumiaciones violentas y más preparados para actuar violentamente si no los respetaban. Estas actitudes y experiencias también fueron significativamente más altas en los miembros de pandillas que en los hombres violentos. Las características de la violencia entre los miembros de las pandillas también diferían considerablemente de las de los hombres violentos que no eran miembros de pandillas. Los miembros de pandillas reportaron significativamente más incidentes violentos y eran más propensos a tener condenas anteriores por violencia, a denunciar el uso de violencia instrumental y a sentirse emocionados por la violencia.

Los hombres violentos y los miembros de pandillas fueron significativamente más propensos a reconocer las actitudes positivas hacia la violencia, el aumento de la victimización violenta y las características más severas de la violencia. En cuanto a las probabilidades de psicopatología y uso del servicio clínico entre los hombres violentos después de tener en cuenta sus actitudes hacia la violencia y sus experiencias de victimización violenta (porcentaje de cambio en las probabilidades explicado por estas variables). Una vez que se tuvieron en cuenta las actuaciones violentas, el miedo a la victimización y la victimización violenta, algunas de las asociaciones previamente observadas entre los hombres violentos y la psicosis se redujeron considerablemente en tamaño y ya no eran significativas. Estas mismas variables también explicaron la alta probabilidad en este grupo de haber consultado a un psiquiatra o psicólogo y de la admisión psiquiátrica. Sin embargo, estas reducciones no se observaron en algunos de los resultados: los trastornos de ansiedad, la dependencia del alcohol, el trastorno de personalidad antisocial, el intento de suicidio, la consulta con médicos generales y el uso de medicación psicotrópica se redujeron en tamaño pero aún fueron significativos.

Se observó un patrón similar cuando se comparó a los miembros de pandillas con hombres no violentos, con la adición de que la prevalencia discrepante de los trastornos de ansiedad también se explicaba por las actuaciones violentas, el miedo a la victimización y ser víctima de la violencia.

Por último, la comparación de pandilleros y hombres violentos mostró que sus tasas más altas de trastorno de personalidad antisocial, intento de suicidio, consulta con un psiquiatra o psicólogo y admisión psiquiátrica se explicaron sustancialmente por sus actitudes positivas hacia la violencia, sus mayores experiencias de victimización y las características de su comportamiento violento.

Por tanto concluimos que existen niveles desmesuradamente altos de morbilidad psiquiátrica y el uso de servicios de salud asociados entre jóvenes británicos que son miembros de pandillas.

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