clubforenses.com

clubforenses.com

Categoría: Victimología (página 1 de 5)

Casos de maltrato de menores con discapacidad intelectual: las mejores prácticas de entrevista. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Best practices for interviewing children with intellectual disabilties in maltreatment cases” de Wyman J. D., Lavoie J. y Talwar V. (2018), en el cual se describen las mejores prácticas en materia de entrevista con niños y niñas con discapacidad intelectual en casos de maltrato.

Como ya hemos mencionado en un artículo anterior, infancia y discapacidad intelectual (DI) es una combinación que implica un alto riesgo de ser víctima de maltrato. Para complicarlo aun más, las limitaciones comunicativas y de memoria de trabajo de este tipo de discapacidad puede provocar una percepción de no credibilidad en aquellos que entrevistan a las víctimas de maltrato con DI. A su vez, esas limitaciones dificultan la obtención de testimonios precisos y detallados, clave para investigar, comprobar y procesar alegaciones de manera efectiva.

A diferencia de las entrevistas clínicas que trabajan con un enfoque terapéutico, las entrevistas forenses reúnen información sobre el evento y evidencias que puedan corroborar el testimonio de la víctima. Estas son mucho más estructuradas, formales y se basan en un enfoque de investigación de hechos objetivos. También se recogen otras evidencias: pruebas físicas, informes de otros testigos, informes profesionales, etc. El problema es que, en muchos casos, el testimonio de la víctima es la única evidencia disponible. Además, se ha observado que las víctimas con DI suelen ser reacias o incapaces de revelar el maltrato que reciben, sea por un desarrollo limitado, traumas severos o apego con los autores del maltrato.

La DI implica un retraso en el desarrollo cognitivo y en el funcionamiento adaptativo. Puede afectar a la comunicación, al razonamiento abstracto, a la capacidad de aprendizaje y muchas otras funciones cognitivas. Lo que está claro es que hay mucha variabilidad en la expresión de la DI en la población afectada. Cada niño y niña presenta un patrón único de retrasos en el desarrollo cognitivo y según cada patrón hay un cierto impacto en cómo se responde a los formatos estándar de la entrevista forense.

Por ejemplo, la predominancia de problemas en el lenguaje hace difícil describir verbalmente un evento, algo que se requiere en los métodos de entrevista más utilizados (p. ej.  Entrevista Cognitiva, Protocolos NICHD). La misma dificultad se daría cuando se evalúa la veracidad del testimonio en base a la cantidad de detalles específicos, consistentes y precisos, como ocurre en Statement Validity Assesment (SVA; Vrij, 2000). Si la memoria episódica y el procesamiento de la información son los más afectados, los/as niños/as tienen dificultad para recordar detalles específicos cuando solo se les entrevista una vez (típico cuando se entrevista después de mucho tiempo desde el evento denunciado). Por lo tanto, si el objetivo es atender cada caso de maltrato a menores con DI con la profesionalidad, validez y fiabilidad debidas, se debe adaptar la metodología utilizada en cada caso.

Previo a la entrevista, se recomienda consultar con los profesionales que trabajan con la víctima. Pueden ser psicólogos, trabajadores sociales, educadores, etc. Se debe hacer un esfuerzo para entender la gravedad de la DI de la víctima y para definir cuáles son y cómo pueden afectar los déficits a la capacidad de testificar.

Se recomiendan pocas modificaciones y más adaptaciones de las estrategias de entrevista y la planificación es clave. Poco de las primeras porque modificar implica alterar de manera sustancial el proceso de la entrevista. Eso puede dar lugar al uso de estrategias poco fiables, no comprobadas o espontáneas y que pueden afectar a los resultados del caso.  Mejor hacer adaptaciones porque son pequeños ajustes a las prácticas de entrevista basadas en evidencia para acomodarlas al desarrollo único de la víctima.

El escenario de la entrevista puede incluir pequeños detalles que faciliten la entrevista. Se pueden ajustar los estímulos ambientales para evitar la sobreestimulación sensorial de la víctima. Se pueden traer objetos familiares, poner algo de música o jugar algo antes de la entrevista, todo ello encaminado a disminuir la ansiedad y el estrés de la víctima. No obstante, se deben eliminar todos los distractores cuando la entrevista empiece.

Las estrategias de prueba preconstituida también son útiles en poblaciones vulnerables. Un ejemplo sería grabar la entrevista y no basarse solo en las notas del entrevistador. Una grabación también puede evitar la necesidad de repetir la entrevista. Se recomienda que el entrevistador siempre sea el mismo, que se respeten las rutinas de la víctima y monitorizar constantemente su estado psicológico (p. ej. si hay fatiga, estrés, distracción, etc.). Por último, cada vez más se incluye un intermediario entre el testigo y el entrevistador. Suele ser un profesional de la salud o de la educación, que ayuda en la adecuación de la entrevista a las necesidades de la víctima.

En el artículo se destacan algunas ideas que sirven de guía para la adaptación de las entrevistas con menores con DI. La entrevista debería empezar con la construcción de relaciones con la víctima, esencial para sobrepasar la reluctancia de revelar aspectos tan sensibles a un desconocido. Empezar con preguntas abiertas, dirigidas a intereses personales y experiencias positivas de la víctima puede generar familiaridad, reducir la ansiedad y evitar percepciones de autoridad sobre el entrevistador.

Que la víctima empiece a contar lo ocurrido como respuesta a preguntas abiertas y de recuerdo libre hace que los testimonios sean más largos, más ricos en detalles y menos sugestionables que responder a preguntas cerradas. En estos casos, aunque pueda darse una falta de detalles periféricos debito a déficits de memoria y lenguaje, se ha observado que la precisión de las narrativas son a menudo las normativas en términos de edad.

A pesar de las grandes limitaciones de las preguntas cerradas, no se puede negar su utilidad cuando se construyen sobre lo que la víctima ha revelado previamente. Se pueden usar para confirmar detalles que responden a las seis W (qué, quién, cuándo, dónde, por qué, cómo; seis W o cinco W y una H del inglés what, who, when, where, why, how) y, así, obtener información más precisa. También son útiles cuando la víctima presenta déficits lingüísticos y no pueden describir verbalmente un evento.

Existen algunas evidencias sobre la utilidad de la Entrevista Cognitiva (EC) en personas con discapacidad. El uso de de las técnicas mnemónicas, como la restauración mental de contextos o cambio de perspectiva puede dar lugar a testimonios más detallados y consistentes. No obstante, se debe tener en cuenta que algunas de las técnicas de la EC no se pueden utilizar con menores con DI debido a su complejidad.  En algunos estudios se modificaron, pero se desconoce la eficacia de dichas modificaciones.

Se destaca el uso de la técnica de andamiaje, que en este caso supone partir las instrucciones y preguntas en trozos más pequeños. Por ejemplo, en lugar de una sola pregunta abierta y amplia, pueden utilizarse preguntas que guían en el recuerdo del evento. Pueden ser preguntas de orientación al detalle (p. ej. ¿y cómo era la casa por fuera?)  o indicaciones abiertas (p. ej. ¿y qué pasó después?).

En aquellos menores con DI y déficits en el lenguaje se recomienda que los entrevistadores combinen estrategias de comunicación verbal y no verbal. Las estrategias no verbales son muy útiles porque permiten obtener información a pesar de limitaciones en la comunicación verbal. Escribir, el uso de lenguaje de signos o dibujar pueden ofrecer información valiosa.

Por último, las entrevistas múltiples (repetidas) mostraron ser útiles para obtener cada vez más información sobre una situación de maltrato. Este incremento gradual en la cantidad de información se ha observado también en menores con DI. Repetir una entrevista supone dar más oportunidades para revelar información y elaborarla en base a testimonios anteriores. Estas observaciones son representativas de las entrevistas llevadas a cabo poco tiempo después del evento en cuestión.

Obviamente, el uso de entrevistas múltiples no está exento de riesgos y dificultades. Pueden darse mayores inconsistencias o cambios e inclusiones de información que proviene de otras personas con las que a víctima se relaciona entre entrevistas. Para evitar estos riesgos, se recomienda que, en las entrevistas posteriores, se pida información solo sobre cuestiones no tocadas ni reveladas en la entrevista inicial.

Los profesionales que entrevistan niños/as con DI informan no estar preparados suficientemente para ello. A pesar de todo el progreso en las técnicas de entrevista, la mayoría se han probado con personas con un desarrollo normativo. La necesidad de atender las diferencias y dificultades de las entrevistas con personas desarrolladas no normativamente sigue estando sobre la mesa.

Si quieres aprender más sobre técnicas de entrevista y cómo aplicarlas en diversos contextos no te pierdas nuestro curso de Experto Universitario en Investigación Criminológica,   con becas especiales para los lectores del Club Forenses.

VioGén: Validación y calibración para evaluar el riesgo de violencia contra la pareja. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Validation and calibration of the Spanish Police Intimate Partner Violence Risk Assessment System (VioGén)” de López-Ossorio J. J., Gonzále- Álvarez J. L., Muñoz Vicente J. M., Urruela Cortés C. y Andrés-Pueyo A. (2019), en el cual se describe el marco teórico, el desarrollo y la validación de los formularios de evaluación policial del riesgo de la violencia contra la pareja (VCP) que pertenecen al sistema VioGén del Ministerio de Interior español.

El contexto de aplicación de la ley es la principal vía de entrada de una víctima en el sistema de justicia. En algunos países este contexto es un lugar privilegiado y es el primero en el cual se adoptan medidas de protección. En España es una obligación: hay ordenes explícitas de las instituciones legislativas para tomar estas medidas. Por esta razón, se han desarrollado cada vez más herramientas que evalúen y manejen adecuadamente el riesgo de reincidencia violenta. Debido al aumento de la conciencia social y de la magnitud del problema de violencia de género, es en el ámbito de la VCP dónde hay mayor desarrollo metodológico.

Actualmente, existen aproximadamente 150 herramientas para este fin. Existen herramientas internacionales (p. ej. SARA, Spousal Abuse Risk Assessmental; Kropp e al., 1995, con adaptaciones al contexto español) y nacionales (p.ej. EPV-R, Escala de Predicción del Riesgo de Violencia Grave contra la Pareja – Revisada, Echeburúa et al., 2010). Este tipo de herramientas contienen tanto elementos específicos de la VCP como elementos inespecíficos que comparten con otros tipos de violencia.

Los protocolos de evaluación de riesgo tienen el importantísimo papel de servir de guía para los profesionales en la toma de decisiones con implicaciones significativas para la libertad civil y la seguridad pública. La evaluación del riesgo a través de herramientas fiables y válidas persigue un objetivo clave: minimizar la subjetividad. Esta debe minimizarse o bien en el evaluador en la estimación del riesgo o bien en la tarea de desarrollo de pautas estructuradas de juicio clínico que ofrezcan mayor prudencia en las tareas predictivas.

El paradigma del análisis de la violencia no siempre fue el mismo. Se pasó de una evaluación del peligro a una evaluación de riesgo, basada en evidencias relativas a la probabilidad de reincidencia. Este cambio de paradigma llevó a mayor eficacia predictiva, objetividad y transparencia en los procesos de evaluación y a una organización de recursos disponibles para hacer frente al riesgo más eficiente y efectiva.

En España existe un mandato institucional que alberga las tareas de aplicación de la ley en la VCP. Hablamos del Sistema de Seguimiento Integral en los casos de Violencia de Género o VioGén que, además de muchas otras funcionalidades, contiene un protocolo dual actuarial para la evaluación del riesgo de la VCP, con dos versiones digitales.

Una es la Valoración Policial del Riesgo (VPR) que cumple una función de screening para casos con indicadores de riesgo actuarial. La segunda herramienta es la Valoración Policial de la Evolución del Riesgo (VPER) que monitoriza la evolución de eventos de riesgo y de indicadores de protección. Se decidió actualizar estas herramientas, de las cuales resultaron las versiones 4.0 en ambos casos.

La actualización implicó una fase exploratoria con el objetivo de obtener una validez de contenido. En esta fase colaboraron diversos expertos institucionales y profesionales. Se obtuvieron varios indicadores de reincidencia por lo que la siguiente fase fue la construcción de las escalas.

Se construyeron borradores de las herramientas y se pusieron a prueba en una muestra de 6613 nuevos casos de VCP incluidos en VioGén a lo largo de 2 meses y con un seguimiento mayor de 6 meses. El objetivo de las pruebas fue verificar la razón de probabilidades de cada indicador con relación a los comportamientos violentos y sus parámetros. También se establecieron puntos de corte, determinándose 5 niveles de riesgo: inapreciable, bajo, medio, alto y extremo.

VPR 4.0 se formaliza con 39 indicadores clasificados en 4 dimensiones temáticas. Estas son: gravedad de los episodios registrados (historial), factores del agresor (p. ej. comportamientos de celos, control y acoso o indicadores de ajuste psicológico/psicopatológico), características de vulnerabilidad de las víctimas y agravantes.

VPER 4.0 se formaliza con 43 indicadores, de los cuales 34 son factores de riesgo y 9 son factores de protección. Los indicadores se agrupan en 5 dimensiones criminológicas: las 4 de VPR 4.0 y una quinta que atiende a las relaciones dinámicas entre indicadores. Esta herramienta se utiliza de forma complementaria a VPR 4.0.

En la fase de la validación, se observó que las herramientas tienen una validez predictiva buena y similar a otras herramientas de evaluación del riesgo en VCP. VPR 4.0 se muestra sensible a la detección del riesgo de reincidencia y presenta una probabilidad de riesgo de detectar falsos negativos de 5,1%. Es una herramienta capaz de detectar a aquellos sujetos con un bajo riesgo de reincidencia.

En el caso de VPER 4.0, se ha tenido que desarrollar dos formas diferentes: una para los casos con evolución positiva y otra para los casos con evolución negativa. Estos escenarios se presentan de manera tan distinta que se justifica la necesidad de crear dos versiones VPER. Ambas muestran sensibilidad a incidencias y características del agresor que podrían aumentar las probabilidades de un evento violento.

Por último, se destaca que estas herramientas actuariales de VioGén apoyan la fuerte evidencia de la necesidad de un plan para la protección de las víctimas acorde a la evaluación del riesgo que se obtiene de cada caso. Ni VPR ni VPER están diseñadas para la evaluación de aspectos psicológicos o constructos. La transparencia y fiabilidad de estas herramientas están diseñadas para hacer predicciones e identificar a lo sujetos con mayor riesgo de reincidencia con  el fin de poder asignar los recursos de protección de la forma más eficiente posible.

Si quieres aprender más herramientas muy útiles para valorar el riesgo de conductas violentas no te pierdas nuestro curso sobre Herramientas de Valoración y Gestión del Comportamiento Delictivo especialmente útil para criminólogos/as.

Características del abuso sexual a menores cuando el agresor es mujer. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Child sexual abuse perpetrated by women: case series and review of the literature” de Curti S. M., Lupariello F., Coppo E., Praznik E. J., Racalbuto S. S. y Di Vella G. (2019). Se analizan una serie de casos de abuso sexual infantil llevado a cabo por mujeres y se explora la homogeneidad de características, tanto de las víctimas como de las agresoras.

La sociedad parece tener un punto ciego con respecto a las agresoras sexuales de menores. Histórica y culturalmente, los agresores sexuales se perciben como hombres. Aunque el porcentaje de agresoras sexuales de menores (ASM solo para mujeres, de aquí en adelante) está bastante por debajo del porcentaje de agresores, no cabe duda de que las mujeres también llevan a cabo este tipo de delitos. El hecho de que una mujer sea capaz de llevar a cabo tales acciones choca con la creencia común (que gradualmente se va superando) de que las mujeres son sujetos pasivos sexualmente y no tienen ni el deseo ni el potencial para cometer tales crímenes. Además, en el caso de menores es aún más difícil de creer, dada la constante práctica y atribución del rol de cuidadoras a las mujeres.

Se debe tener en cuenta que los registros sobre la prevalencia de ASM se basan en datos fuertemente influenciados por el tipo de fuente de la que provienen. Los estudios que analizan la prevalencia de ASM suelen contar los casos que llegan a la atención del sistema judicial. Y si abusos o agresiones sexuales a menores llevadas a cabo por hombres se denuncian poco, en el caso de las mujeres ese poco disminuye mucho más. En algunos registros y/o estudios, la prevalencia de ASM ronda el 10% de los casos. Las ASM que reciben una condena son aquellas que llevan a cabo actos muy graves y violentos. Probablemente haya una elevada cifra negra, sea por falta de denuncia o por una actitud más indulgente del sistema judicial o social.

Este estudio utiliza un enfoque cualitativo y retrospectivo para el análisis de 9 casos de abuso sexual en los cuales el delincuente es una mujer. Dos de los casos implican a una misma agresora, con dos víctimas hermanas. En total se analizan 11 víctimas, con un rango de edad de 3 a 10 años y 8 ASM, con un rango de edad entre 33 y 70 años. Los casos provienen de la Unidad Bambi del Hospital Pediátrico de Turín, una unidad multidisciplinar entrenada específicamente para detectar los casos de menores que sufren de abuso sexual. En el análisis se tienen en cuenta datos clínicos y judiciales, tanto de las víctimas como de las agresoras. De esta forma, es posible mirar más de cerca las relaciones entre ambas partes y no solo los roles de cada uno por separado.

La mayoría de los abusos sexuales a víctimas de corta edad (menores de 5 años) de las analizadas ocurren en un contexto de cuidados. Lo curioso es que la mayoría de las ASM eran cuidadoras puntuales de las víctimas. Estas ASM eran abuelas paternas en 5 casos (45%), la madre biológica en 3 casos (27%), una vecina en 2 casos (18%) y una empleada cuidadora en un caso (9%).

 En cambio, el acercamiento sexual a las victimas mayores de 9 años se expresa de manera distinta. No se dan tanto en un contexto de cuidado y hay acciones más explicitas o sugestivas de la ASM hacia la víctima. Es decir, se acercan más al concepto de agresión que de abuso sexual. Se observa una predominancia del involucramiento o la exposición de las victimas a contenido pornográfico. Además, estas víctimas no tenían una relación de alto apego emocional, común en las victimas más pequeñas, y desarrollaron miedo hacia la agresora. Estas diferencias indican una modulación del comportamiento de las agresoras. No se acercan solo a las victimas que consiguen engañar, sino que adaptan su comportamiento a la edad de las víctimas.

En la mayoría de los casos, no solo hubo abusos sexuales, sino también violencia asistencial y otras formas de abuso. Se destaca la dificultad de obtener pruebas físicas de las víctimas, dado que se observa que en el 60% de los casos hay algún tipo de contacto con contenido sexual, pero son abusos sin penetración. Lo que más se registran son acciones coercitivas o manipulativas a nivel verbal, para presenciar actos sexuales de las agresoras, para exponerse a contenidos pornográficos o para participar en ellos. Estos resultados son coherentes con otras investigaciones donde se ha visto que solo en 1% de los casos se dieron evidencias físicas significativas. En algunos casos, las señales físicas de abuso aparecieron unos días más tarde después del abuso, por lo que el primer análisis médico resultó en una falta de pruebas. En otros casos, cuando la exploración medica se lleva a cabo muy tarde, no se registra nada porque el tejido joven tiene una alta capacidad de regeneración.

Algunos autores consideran que los casos de contacto sin penetración son los más frecuentes porque el abuso se lleva a cabo con más facilidad, enmascarándolo como una extensión de los cuidados de los menores (lavar, vestir, aplicación de cremas genitales, etc.). No hay una demanda directa de actividad sexual por parte de la agresora, sino una actitud activa de manipulación del menor.

De los casos analizados, solo en los menores de 5 años se dieron casos de penetración (con el dedo u objetos pequeños). Las agresoras podrían aprovecharse de la dificultad de los niños y niñas más pequeñas en diferenciar entre su piel, su cuerpo y la de otros. Hasta cierta edad, no se tiene consciencia sobre los limites propios del cuerpo y hay una percepción cargada de fantasía que facilita el engaño y la manipulación de los menores.

Aunque el daño físico sea menor o ausente en muchos casos, el daño psicológico siempre está presente. De hecho, hay estudios que evidencian un mayor daño psicológico de las víctimas cuando el agresor es una mujer. En los casos analizados, se observaron muchas señales de estrés psicológico de las víctimas. Las más frecuentes fueron: comportamiento rígido, hiperactividad, ansiedad, regresión de las funciones mentales, comportamientos de abuso, intimidación y una estructuración inicial de un falso yo.

La observación clínica a medio y largo plazo mostró que las victimas desarrollaron diversos problemas de salud mental y/o comportamentales. Las fobias específicas o los miedos injustificados, los comportamientos sexualizados, ideas constantes relativas al sexo, masturbación compulsiva, aislamiento social y depresión, insomnio y agresividad hacia los adultos fueron los más frecuentes.

Entre las ASM hay mucha heterogeneidad en cuanto a profesiones, nivel de estudios, historial de problemas de salud mental propio o de familiares y muchas otras características. No hay un perfil común de abuso sexual a menores ni de la condición de víctima, pero en el caso de las ASM sí destacan algunas características que se repiten a lo largo de la muestra: personas simples, carentes de estrategias de afrontamiento para los eventos estresantes de la vida, con comportamiento de negligencia hacia los menores de los que abusaron y hacia otros menores con lo que se relacionaron en el pasado, comportamientos intrusivos y autoritarios, cierta agresividad e historial familiar de violencia (sea como víctima directa o presenciándolo).

¿Por qué es tan importante prestar más atención a estos casos y registrarlos adecuadamente? El análisis de estos casos muestra que en el 75% de los ellos las ASM se quedaron libres de cargos. En un solo caso se condenó a la agresora a un arresto domiciliario de 7 años y a la compensación económica a la familia de la víctima.

Tanto en la experiencia judicial, como en la literatura científica sobre el tema, se observa que a las ASM se les consideran como menos culpables, menos violentas, menos peligrosas. Reciben condenas con menos frecuencia o de menos duración que en los casos en los que el agresor es un hombre y se les da más importancia a factores familiares presentes o pasados.

El testimonio de los menores es el elemento con más influencia en los resultados del procedimiento judicial. No obstante, se presentan diversos obstáculos para la validación de esos testimonios. Con frecuencia (y también se observó en esta muestra), se invalida a los menores como testigos. Además, la distancia temporal entre la primera denuncia y el interrogatorio formal suele ser muy larga; en estos casos fue de 8,5 meses de media. Cuando ocurre esto, fácilmente se invalida el testimonio de los menores como prueba o se le da poca credibilidad. Por eso, muchos casos de abuso sexual llevado a cabo por mujeres acaban libres de condena o con absolución.

Por último, y en cuanto a las relaciones entre víctimas y agresora, se destaca un mayor daño psicológico y mayor inhabilitación para la vida diaria como consecuencia al abuso sexual. Además, cuanto menor sea la víctima mayores daños. Estas diferencias según edad y tipo de relación se dan especialmente por la mediación del apego. Una víctima que espera  protección del adulto y que este responda a sus necesidades más básicas, que recibe a cambio actos de abuso, puede desarrollar patrones de apego desorganizado. Este tipo de apego puede provocar comportamientos desadaptativos tanto en la infancia como en la adultez, ira sin motivo, alternancia de agresividad y desapego, entre otras.

En conclusión, el abuso sexual de menores llevado a cabo por mujeres es una cuestión que no recibe la atención suficiente ni equivalente a la atención que reciben los abusos sexuales a menores llevados a cabo por hombres. Al haber tanta heterogeneidad de características relativas a las víctimas, a las agresoras y a las relaciones entre ellas, se hace necesario un análisis más profundo, de corte más cualitativo, que mejore la detecciónfutura de abusos sexuales a menores y a sus agresores/as.

¿Estamos preparados para evaluar la veracidad de testimonios de personas con discapacidad intelectual? Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Criteria-bases Content Analysis in true and simulated victims with intelectual disability” de Manzanero A.L., Scott M.T., Vallet R., Aróztegui J. y Bull R. (2019), en el cual se examina la capacidad natural de las personas para discriminar entre declaraciones verdaderas y falsas de personas con discapacidad intelectual, así como las características diferenciales de estas declaraciones, utilizando la técnica CBCA.

Las personas con discapacidad intelectual (DI) suelen ser víctimas de varios delitos y suelen estar implicadas en procedimientos legales/policiales más a menudo que el resto de la población. Un gran número de estos procedimientos no llegan a juicio. La razón podría ser la falta de adaptación del sistema policial y judicial a las características de estas personas. También afectan los mitos que encontramos en la población sobre una supuesta capacidad limitada de las personas con DI a la hora de testificar con precisión. En muchos casos, las declaraciones de personas con DI han sido consideradas menos creíbles y, a la vez, existe el mito de que a estas personas se les cree más fácilmente. ¿Algún punto a su favor?

En algunos estudios, se ha mostrado que las personas con DI pueden tener el mismo rendimiento que otras sin DI en contextos forenses. Esta similitud puede deberse a que la memoria autobiográfica de las personas con DI es bastante estable a lo largo del tiempo. Además, se propone que dar declaraciones falsas supone el uso de más recursos cognitivos que decir la verdad. Es un proceso complejo, por lo que las personas con DI tendrían cierta dificultad para generar una historia falsa.

Existen pocos estudios que analicen las características diferenciales de las declaraciones verdaderas y falsas de testigos con DI. En otras poblaciones, como los menores, se ha propuesto el uso de algunos procedimientos útiles `para evaluar la credibilidad del testimonio. Un procedimiento es el Sistema de Análisis de Validez de las Declaraciones (Statement Validity Assesment, SVA), que se utiliza especialmente con menores víctimas de abusos sexuales. El componente central de SVA es el Análisis de Contenido Basado en Criterios (Criteria-based Content Analysis, CBCA). Esta técnica parte de la idea de que las declaraciones sobre eventos reales son cualitativamente diferentes de aquellas que no se basan en una experiencia real.

Los objetivos de este estudio son tres. Primero, probar el uso de CBCA en el análisis de declaraciones falsas y simuladas de testigos con DI. Segundo, comprobar la capacidad natural o intuitiva de las personas para discriminar entre estos dos tipos de declaraciones. Y, por último, también se busca comprobar esa capacidad natural a través de un análisis de macrodatos, para mejorar la calidad de la clasificación.

Antes del estudio, dos psicólogos forenses tomaron declaraciones a 29 personas con DI. Trece de estas eran testigos reales de un incendio del autobús en el cual iban de excursión. Los 16 restantes conocían el evento, pero no habían estado presentes en dicha excursión. Por lo tanto, tenían que contar lo que pasó en base a lo que habían escuchado sobre el caso, generando una falsa declaración y haciendo creer a los evaluadores que habían estado presentes en el incendio.

En el estudio participan 33 estudiantes españoles como evaluadores. Estos no tienen experiencia alguna en el análisis de credibilidad de los testimonios, ni conocimientos específicos sobre la DI. Los participantes miran 29 videos, de los cuales 16 contienen declaraciones verdaderas y 13 declaraciones falsas. Después de visualizar cada video, tienen que considerar si el testimonio que acaban de escuchar es falso o verdadero.

Aparte de los sujetos sin experiencia, dos evaluadores profesionales entrenados en el uso de la técnica CBCA analizan las transcripciones de los videos. El CBCA contiene 19 criterios, cuya presencia indica la veracidad del testimonio. En el estudio se utilizan 17 porque los dos restantes no son relevantes para el caso.

De todos los criterios del CBCA, solo uno fue determinante de la verdad: cantidad de detalles. La falta de discriminación entre las declaraciones falsas y las verdaderas de los demás criterios del CBCA puede deberse a una gran variabilidad de la muestra o a los déficits en el desarrollo del lenguaje y de la articulación que implica la DI. En cualquier caso, los evaluadores profesionales clasificaron correctamente un 81% de las declaraciones.

El análisis de los testimonios que llevaron a cabo los sujetos no profesionales dio lugar a una discriminación correcta de declaraciones verdaderas y falsas por encima de lo que se podría conseguir por azar (50%). Un 62% de los testimonios fueron clasificados correctamente. Si se consideran por separado, falsos y verdaderos, se detectaron correctamente 65% de los testimonios falsos y 59% de las verdaderos.

Clasificar correctamente a un 62% de los testimonios implica un rendimiento superior al azar de un 12%. Este nivel de acierto no es suficiente en el contexto forense y esa es la razón por la que se necesitan herramientas como el CBCA. Además, los cuerpos policiales (y otros) consiguen un porcentaje similar de aciertos cuando analizan las declaraciones de personas con un desarrollo normativo.

También se comprobó si el cociente intelectual (IQ) marca alguna diferencia en cómo se evalúan los testimonios. Los resultados indicaron que la clasificación que hicieron los evaluadores no profesionales es independiente del IQ de los participantes. El mismo resultado se observó en estudios previos.

Buscando relaciones entre los criterios de CBCA y las evaluaciones de los participantes no profesionales, se encuentra que cuatro de los criterios del CBCA median en la valoración de la veracidad de los testimonios. Es decir, para decidir si un testimonio es verdadero, los sujetos que evalúan de manera intuitiva tienen en cuenta la estructura de la producción/narración, la cantidad de detalles, las complicaciones inesperadas de la historia y los detalles característicos.

Como se observa, la cantidad de detalles aparece como criterio relevante tanto para evaluadores profesionales como para no profesionales. Un resultado curioso, ya que las personas con DI suelen dar pocos detalles en una narración, incluso si esta es veraz. ¿Qué ocurriría si las declaraciones veraces de personas con DI se compararían con las de la población general? En el análisis de los testimonios de las personas con DI, especialmente de aquellas que presentan un vocabulario reducido y déficits de las memorias semántica y autobiográfica, se correría un alto riesgo. Esto implicaría que se podría juzgar erróneamente la credibilidad de estas personas y, por tanto, podría ocurrir una revictimización.

Por lo tanto, en el análisis de veracidad de los testimonios, no solo es necesario el uso de herramientas diseñadas para tal fin, sino también una adecuación de estas a la diversidad poblacional. En el caso de personas con DI, se hace especialmente relevante, dado que, y como ya se ha mencionado, son a menudo víctimas de diversos delitos.

¿Qué tipos de acoso tienen una mayor relación con episodios violentos? Análisis de factores de riesgo. Club Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, a continuación presentamos el resumen del artículo “Violence in stalking situations” de T. McEwan, P.E. Mullen, R.D. MacKenzie y J.R. Ogloff. Un artículo especialmente interesante en el que se investigan los diferentes tipos de posible violencia perpetrados por acosadores según el tipo de acosador y su relación con la víctima.

El acoso se considera a menudo como un precursor de la violencia, pero determinar qué acosadores pueden atacar es una tarea difícil. Este estudio supera deficiencias en investigaciones previas mediante la adopción de un diseño pseudo-prospectivo y el examen de factores de riesgo potenciales para diferentes tipos de acosador.

En el acoso un individuo se inmiscuye repetidamente en otro produciendo miedo o angustia. Las encuestas a las víctimas revelan que los efectos psicológicos del acoso pueden ser devastadores, incluidos los síntomas postraumáticos, el aumento del consumo de sustancias, la depresión y la ideación suicida. La concurrencia frecuente de acoso y psicopatología en víctimas y perpetradores significa que cualquier profesional de salud mental, no solo especialistas forenses, puede ser requerido para evaluar a las personas involucradas en una situación de acoso. Además, la literatura muestra que los profesionales de la salud mental tienen un mayor riesgo de acoso por parte de un cliente actual o anterior.

Cuando ocurre la violencia de acoso, generalmente implica dar puñetazos, patadas y empujones. Raramente causa daño físico duradero, aunque los efectos psicológicos pueden ser más persistentes. Las revisiones de la literatura de acoso sugieren que los acosadores pueden categorizarse efectivamente como de alto o bajo riesgo de violencia basados ​​únicamente en su relación con la víctima. Los compañeros ex íntimos presentan un riesgo relativamente alto de violencia, y los extraños y conocidos tienen un riesgo relativamente bajo. Se ha sugerido que la mayor proximidad a la víctima está asociada con la violencia de acoso, y las tácticas de intimidación, incluidas las amenazas y el daño a la propiedad, son factores de riesgo identificados. El papel del trastorno de la personalidad, el uso de sustancias y otros factores de riesgo de la violencia general, incluida la violencia previa y la criminalidad previa del acosador, no se comprenden tan bien. Contrariamente a la literatura general de evaluación de riesgos, los acosadores con un trastorno psicótico han demostrado consistentemente ser menos violentos.

Los análisis existentes de los factores de riesgo de violencia acosada se han visto obstaculizados por la dependencia de la revisión de archivos y el tamaño limitado de las muestras. El predominio de la violencia por ex-acosadores íntimos significa que la violencia cometida por otros acosadores se ve abrumada en los análisis estadísticos, ocultando la presencia de otras características que también pueden significar un mayor riesgo. Como resultado, actualmente es complicado distinguir entre ex íntimos de alto y bajo riesgo y desconocidos o conocidos de alto y bajo riesgo, aunque es evidente para los médicos que trabajan con acosadores que existen estas subdivisiones. Debido a la dependencia en la revisión de archivos, la información en estudios previos a menudo ha comprendido evaluaciones realizadas para otros fines, no siempre relacionadas directamente con el acoso, y no utilizando entrevistas estructuradas o cronogramas de evaluación. Se desconoce la diligencia con la que se determinaron y discutieron varios comportamientos de acoso y las definiciones de violencia han variado ampliamente. En muchos casos, la documentación auxiliar parece haber sido limitada y el examen de los archivos del caso a menudo se produjo meses o años después de la evaluación.

El actual estudio que resumimos empleó un diseño pseudo-prospectivo con entrevistas clínicas semiestructuradas aumentadas por extensas evaluaciones psicométricas e información colateral para identificar los factores de riesgo de acoso de la violencia. Este enfoque permitió la investigación por separado de la violencia entre ex acosadores íntimos motivados por el rechazo y los acosadores de otras relaciones y categorías de motivación. El objetivo del estudio fue identificar los factores de riesgo más allá del tipo de relación que diferencian a los acosadores que presentan alto o bajo riesgo de violencia. Un objetivo secundario fue comparar la utilidad de las tipologías de relación frente a las motivacionales para evaluar el riesgo de acechar la violencia.

En este estudio los datos fueron recolectados en torno a acosadores facilitados por parte de una clínica comunitaria de salud mental forense. Los criterios de inclusión fueron una condena por acoso o evidencia de intrusiones múltiples que ocasionan miedo. Los pacientes fueron excluidos si su estado mental, funcionamiento intelectual o dificultades de lenguaje impidieron la posibilidad de obtener un consentimiento informado. La mayoría de las evaluaciones fueron realizadas por los autores y el resto llevado a cabo por otros psiquiatras y psicólogos clínicos que trabajan en la clínica del acosador. Los médicos diagnosticaron enfermedades mentales usando los criterios DSM-IV-TR. Se registró el trastorno de la personalidad en presencia de un diagnóstico o rasgos problemáticos basados ​​en la entrevista clínica y la prueba psicométrica. El uso de sustancias en el momento del acoso se registró por separado y además de los trastornos de consumo de sustancias diagnosticados.

Los datos se obtuvieron de entrevistas clínicas, pruebas psicométricas, información de referencia, informes policiales y, cuando están disponibles, declaraciones de impacto de la víctima. Como las evaluaciones se llevaron a cabo en el momento de la comparecencia ante el tribunal o el momento de los comportamientos de acoso, se pudo obtener alguna forma de información colateral en todos los casos. Esta información se usó para clasificar a los acosadores por motivación en “Rechazado”, “Resentido”, “Búsqueda de intimidad”, “Inválidos incompetentes” o “Depredador”, y por relación a ex-íntimos, conocidos y extraños.

Las comunicaciones no deseadas incluían llamadas telefónicas, correspondencia escrita, mensajes de texto en teléfonos móviles, pedidos o cancelaciones de bienes y servicios, y envío de materiales no solicitados. Los “comportamientos de acercamiento” fueron intrusiones cercanas a la víctima, que incluyen merodear cerca, seguir, acosar a la víctima con intención conciliatoria u hostil y entrar a la casa de la víctima sin consentimiento.

Las amenazas incluyeron declaraciones verbales o escritas explícitas que evidencian un intento de dañar. Las amenazas pasadas (antes del episodio de acoso actual) se registraron como presentes si existía una amenaza previa de matar o amenazar con perjudicar condenas, evidencia en información de referencia o si el participante admitió amenazas pasadas.

Los comportamientos de abordaje, las amenazas y los daños a la propiedad se registraron como presentes o ausentes, y se tomó nota de si ocurrieron antes y separados del primer acto violento en la situación de acoso.

La violencia se definió como el contacto físico con la víctima con la intención de coaccionar o dañar. Esto incluía tocar a la víctima de una manera hostil (por ejemplo, golpear a la víctima en el estómago con las llaves del auto o tocar los genitales o los pechos de la víctima). Cuando el comportamiento violento era potencialmente mortal, causaba daños corporales importantes, involucraba un contacto real o intencional con un arma, o casos reales o intentados de agresión sexual con penetración, la violencia también se codificaba como “violencia grave”. Violencia previa estaba presente si existían condenas por delitos violentos (asalto, lesiones, violación, homicidio involuntario, asesinato o delitos de penetración sexual), había descripciones de violencia anterior en la información de referencia, o si el participante admitió la violencia anterior. La naturaleza y el contexto de la violencia previa se determinaron en la entrevista.

El comportamiento de acoso previo estaba presente si el individuo tenía convicciones por comportamiento de acoso anterior, o admitía un acoso previo cuando era interrogado. Los detalles del acoso anterior se determinaron en la entrevista permitiendo la diferenciación entre los episodios. Cuando el acosador ofendió a la misma víctima, se tomó cualquier cese voluntario de al menos 6 meses para indicar una interrupción entre dos episodios de acoso separados.

En el análisis se incluyeron predictores potenciales con relaciones positivas o disputadas a la violencia previamente identificadas, además de variables conductuales no examinadas previamente (por ejemplo, comportamientos de aproximación).

Los criterios de inclusión fueron cumplidos por 232 individuos, 21 se negaron a participar (90.5% tasa de participación). De los 211, 190 eran hombres (90%). La edad varió de 18 a 76 años (media = 35.6). La mayoría se identificaron como heterosexuales (n = 199, 94%), y la mayoría no tenía pareja en el momento de la situación de acoso (n = 189, 90%). Casi un tercio (29%) nunca había mantenido una relación íntima durante más de 1 año. Solo 75 (36%) acosadores completaron la educación secundaria. Los 90 (43%) reportaron empleo a tiempo completo, 20 (10%) ocuparon empleos a tiempo parcial, 28 (13%) en pensiones por discapacidad y 73 (35%) desempleados.

Solo 36 acosadores (17%) no tenían trastorno mental. Los problemas más comunes fueron en el espectro de trastornos de la personalidad, con 40 (20%) teniendo esto como su única patología y otros 52 (25%) coexistiendo con otros trastornos. Los trastornos del grupo B predominaron. La esquizofrenia fue el trastorno más común del Eje I (17%), seguido de la depresión (13%). El trastorno delirante (tipo erotomaníaco) estuvo presente en seis casos (3%), discapacidad intelectual en 13 casos (7%) y síndrome de Asperger en cuatro casos. Un trastorno por consumo de sustancias estuvo presente en 22 casos (10%), pero otras 77 personas informaron el uso de sustancias en el momento del comportamiento de acoso [47%, que comprende el uso de drogas ilícitas (18%), consumo de alcohol (16%) y consumo de alcohol y drogas (13%)].

La duración promedio de los episodios de acoso fue de 58.3 semanas, con un rango de menos de 1 semana a 832 semanas. El número medio de métodos de acoso fue 3.4. Se sabe que un total de 65 acosadores (31%) habían acechado previamente, 19 en contra de la misma víctima. Un total de 44 (21%) habían proferido amenazas para dañar o matar, y 86 (41%) habían sido violentos antes del episodio actual de acoso .

La violencia ocurrió en 39 casos (19%), 11 cumpliendo los criterios adicionales de violencia grave. 20 fueron violentas una vez, 8 dos veces, 4 tres veces, y las 3 restantes fueron violentas cuatro, cinco y seis veces respectivamente. Los tres últimos eran acosadores depredadores que acosaban y atacaban sexualmente a múltiples víctimas. En 14 casos, la violencia fue extremadamente leve, y consistió en una combinación de víctimas hostiles que tocaban, empujaban o restringían. En otros 22 casos, hubo contacto sexual, puñetazos o patadas (en cuatro casos constituyeron violencia grave), y 16 casos fueron tan graves como ataques con arma o vehículo, agresión sexual, intento de asesinato y asedios armados (muchos acosadores utilizaron varios tipos). de violencia). En 10 casos, la violencia grave fue cometida por un acosador exiliado rechazado (que representa el 35% de toda la violencia por acosadores Rechazados); el otro involucraba a un acosador depredador. En otros cuatro casos, la gestión exitosa o la circunstancia fortuita aliviaron la violencia grave. Un acosador resentido fue arrestado en la casa de la víctima, armado con un cuchillo y expresando un intento homicida. De manera similar, un acosador que buscaba intimidad fue arrestado dentro de la casa de la víctima armado con un cuchillo y una cuerda. Otro acosador resentido siguió un ataque físico a la víctima al incendiar su casa y automóvil (con la creencia errónea de que la víctima estaba adentro) y, en un caso final, un acosador rechazado intentó contratar a alguien para ejecutar a la víctima. Afortunadamente, la persona que intentó emplear era un oficial de policía encubierto.

Como la violencia grave fue relativamente poco común en toda la muestra, la violencia se analizó como una variable única para evitar problemas con bajas tasas de base. En el 77% de los casos, la violencia estuvo acompañada de amenazas. De las amenazas, el 63% se pronunció por separado y antes de cualquier violencia, por lo que son predictores potenciales útiles para la inclusión en los modelos multivariados.

Un total de 27 de los 72 acosadores rechazados fueron violentos. Como la violencia grave era relativamente común entre los acosadores rechazados, estos casos se eliminaron y los análisis se repitieron para identificar si la violencia grave estaba afectando negativamente el valor predictivo del modelo.  La violencia ocurrió en 12 de 138 episodios de acoso instigados por un acosador con una motivación distinta al rechazo (incluido un caso de violencia grave).

De todos los sujetos del estudio, la mitad de los acosadores amenazan con dañar o matar a la víctima o a un tercero. De los 105 acosadores que profirieron amenazas, 30 (29%) también fueron violentos y la (s) amenaza (s) precedieron a la violencia en el 63% de los casos. En 8 casos, se profirieron amenazas en el momento de la violencia, y en tres casos el momento de la amenaza no pudo determinarse de manera confiable.

En conclusión, este estudio indicó que los factores de riesgo para la violencia de acoso difieren con la motivación del acosador y la relación con la víctima. En gran medida, el examen de los acosadores como un grupo homogéneo reveló que los jóvenes ex parejas íntimas que no sufrían de psicosis, tenían antecedentes de violencia y no escribieron a la víctima eran más propensos a ser violentos durante el acoso. Sin embargo, este estudio también mostró claramente que los acosadores de alto y bajo riesgo de otros grupos motivacionales podrían identificarse mediante el análisis de estos grupos por separado. Por lo tanto, la evaluación de riesgos y la gestión de la violencia de acoso podría mejorar al determinar la motivación del acosador y luego examinar los factores de riesgo específicos de ese tipo motivacional.

La relación entre la severidad de la violencia en el hogar, la violencia en el noviazgo, y la teoría del Aprendizaje Social. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The relationship between severity of violence in the home and dating violence” de Eva Sims, Virginia Dodd y Manuel Tejeda, en donde se explica la relación entre la severidad de la violencia en el hogar y la violencia en el noviazgo.  

Históricamente, la violencia familiar ha capturado la atención emocional y política de los países. Sin embargo, este problema social generalizado se ha centrado por lo general únicamente  en las víctimas de la violencia infligida por la pareja y el abuso infantil. La investigación sobre la violencia de pareja se ha centrado principalmente en las características de la víctima y el agresor, detallando la experiencia previa con violencia en el hogar y las variables demográficas, pero muy pocos investigadores han identificado el papel de la gravedad de la violencia que se experimenta en el hogar en la perpetración posterior de violencia en el noviazgo.

La literatura sobre la violencia familiar y el testimonio de niños a la violencia parental es extensa, sin embargo, la literatura que se enfoca en los resultados de tales fenómenos es limitada. Uno de estos resultados es el maltrato entre adolescentes o la violencia íntima perpetrada por jóvenes, que puede verse como el vínculo entre la violencia de la familia de origen y la violencia de la familia de la pareja. Por ejemplo, los investigadores documentan una relación significativa entre ser víctima de maltrato infantil y luego perpetrar violencia contra un hermano, un padre,  o un compañero de citas. Por tanto se sugiere que las personas que inician un comportamiento violento en la infancia corren un riesgo particularmente alto de ser víctimas de delitos violentos graves en la adolescencia y la edad adulta.

Investigaciones anteriores sobre la diversidad de género señalan que los hombres y las mujeres experimentan la violencia de manera diferente. A medida que los niños y las niñas se socializan de manera diferente, pueden internalizar la violencia familiar de forma diferente; por lo tanto, los mediadores de la relación entre la violencia familiar y la perpetración de violencia en el noviazgo pueden diferir según el género. Por ejemplo, revisando varios estudios se llega a la conclusión de que los hombres son más propensos a recurrir al abuso físico si han estado expuestos a que sus padres abusen físicamente de sus madres, y las mujeres eran ligeramente más propensas que los hombres a usar uno o más actos de agresión física y a utilizar tales actos con frecuencia, aunque los hombres eran más propensos a infligir una lesión.

Muy pocos estudios sobre la perpetración de violencia se centran en los efectos a largo plazo de la gravedad de la violencia. En una muestra comunitaria de más de 900 participantes, Leonard, Quigley y Collins informan de que la mayoría de los episodios más violentos entre adultos jóvenes incluyeron bofetadas, puñetazos o patadas, con estimaciones que van del 57 al 60%; sin embargo, entre 15 y 20% involucró el uso de un arma, identificando esto como el tipo de violencia más grave. Otros encuentran que las diferencias de gravedad han sido mediadas por el género, donde las altas tasas de perpetración de violencia en el noviazgo femenino se han atribuido a actuar en defensa propia. Entre las mujeres, la investigación informa tasas relativamente altas de perpetración leve de violencia (es decir, insultos y bofetadas) y bajas tasas de perpetración severa de violencia (es decir, golpear y usar un cuchillo o pistola). También se ha observado que las mujeres sufren consecuencias más graves de la violencia que los hombres. Duncan informa que hombres y mujeres perpetraron violencia entre hermanos en frecuencias similares; sin embargo, los hombres seguían siendo el conjunto más grande de perpetradores “severos”.

Las teorías sociales se esfuerzan por explicar el comportamiento y organizar el conocimiento. La teoría del aprendizaje social es una perspectiva explicativa ampliamente aceptada en la literatura de violencia y se basa en la creencia de que la agresión se aprende mediante modelos de comportamiento, donde los individuos no heredan tendencias violentas sino que aprenden respuestas agresivas al observar a los demás. El aprendizaje social supone que es más probable que se aprenda cuando se percibe que los modelos de comportamiento tienen más poder, competencia y alto estatus o involucra a alguien a quien respeta o admira. Por ejemplo, ser testigo o experimentar un acto de violencia por sí solo no es suficiente para aprender, sino más bien ser testigo o experimentar violencia por alguien que el niño ama o admira, los coloca en un mayor riesgo de participar en la violencia en sus propias relaciones íntimas. Revisiones recientes de la teoría de aprendizaje social explican la influencia sistemática del género, donde las personas en posiciones dominantes son más propensas a perpetrar violencia que aquellas en posiciones no dominantes.

El estudio actual que resumimos prueba las afirmaciones de la teoría del aprendizaje social para examinar si la gravedad del maltrato infantil, la perpetración de violencia entre hermanos y el testimonio infantil de violencia parental aumenta significativamente la varianza de la perpetración de violencia en el noviazgo. Este estudio también analiza el papel del género al informar la violencia en el hogar y la posterior perpetración de violencia en el noviazgo. Nuestra hipótesis es que existen asociaciones significativas entre el maltrato infantil, el testimonio infantil de la violencia parental, la perpetración de violencia entre hermanos y la perpetración de violencia entre parejas, y que tales asociaciones variarán significativamente según el sexo. También se plantea la hipótesis de que la severidad de la violencia en el hogar afectará la perpetración de violencia entre parejas, por lo que los tipos más severos de violencia experimentados en el hogar representarán más de la variación prevista en la perpetración de violencia entre parejas y dicha varianza será diferente según el género.

Para el estudio se realizaron encuestas a 538 estudiantes universitarios. La encuesta exploró las experiencias de adolescentes con violencia familiar y violencia de pareja. Los criterios de exclusión incluyeron estudiantes que no tenían hermanos, que tenían más de 30 años y / o que estaban casados; por lo tanto, la muestra final en este estudio incluyó a 422 estudiantes. Las subescalas de Agresión psicológica y Agresión física se utilizaron para crear cuatro factores sumativos: el maltrato infantil, el testimonio infantil de violencia paterna, la violencia entre hermanos y la violencia entre parejas.

Los ítems de Agresión física y Agresión psicológica incluyen pedir a los encuestados que recuerden cuántas veces durante todo el tiempo entre las edades de 10 y 14 años (aproximadamente 5º a 9º grado) participaron su hermano (su madre, su padre o su pareja). en conductas dirigidas hacia ellos. El ítem de seguimiento incluye preguntar cuántas veces el entrevistado participó en el mismo comportamiento y lo dirigió hacia un hermano (o pareja). El tiempo de recuerdo para los items de violencia en citas fue en los últimos 12 meses. El testimonio de la violencia parental se evaluó preguntando cuántas veces la madre de uno se involucró en el comportamiento y lo dirigió hacia su padre y viceversa durante el tiempo que el encuestado tenía entre 10 y 14 años. Se pidieron elementos de escala en diversos grados de severidad, desde leves comportamientos violentos (es decir, llamar a uno gordo o feo y bofetadas), a comportamientos violentos severos (es decir, siempre usando un arma o cuchillo contra el otro). Las preguntas estaban ancladas en un continuo de frecuencia, que van desde (0) nunca, (1) una vez, (2) dos veces, (3) 3-5 veces, (4) 6-10 veces, (5) 11-20 veces, y (6) comportamiento que ocurre más de 20 veces. Para reconocer los diferentes niveles de severidad dentro de los ítems de la escala, este estudio diferenció dichos ítems, calificando cada uno en una escala de 10 puntos, donde un valor de 1 representa el acto de agresión menos grave y 10 representa el acto más severo de agresión. El procedimiento de puntuación revisado se estableció mediante una consulta exhaustiva con 10 profesionales en el área del sur de la Florida, cada uno con experiencia en diferentes ámbitos de la violencia doméstica. Estos profesionales comprendían un grupo diverso de personas con experiencia en el maltrato infantil, testigos de la violencia parental, violencia entre hermanos, violencia en el noviazgo y / o violencia en la pareja. A cada profesional se le pidió que calificara las 18 declaraciones en el instrumento original en una escala de 1-10. Una vez que todos los profesionales respondieron, se estableció un puntaje promedio para cada uno en la encuesta de 144 preguntas. Las tasas promediadas fueron nuevamente enviadas a los profesionales para un acuerdo de evaluación. Una vez que se estableció el acuerdo, las respuestas de los participantes del estudio se recodificaron con los puntajes calificados en cada categoría. Los puntajes calificados se multiplicaron por la frecuencia de la respuesta para crear una calificación ponderada para cada elemento de la escala. Por ejemplo, si el encuestado declaró que insultó a un miembro de la familia o pareja dos veces, el valor de severidad asignado a dicha pregunta, en este caso 6, se multiplicó por la frecuencia, en este caso 2, para crear una ponderación de 12. Este procedimiento fue replicado para cada ítem en la encuesta de 144 preguntas. A cada profesional nuevamente se le pidió que colocara los ítems de la escala en las siguientes categorías de nivel ordinal: agresión menor, agresión moderada y agresión severa. Los revisores llegaron a un consenso utilizando el acuerdo de la mayoría de los ítems de la escala.

Los resultados fueron los siguientes:

Utilizando la escala ponderada, el 94.20% de los hombres y el 94.40% de las mujeres revelaron que habían sido víctimas de maltrato infantil , 97.60% de los hombres y 97.70% de las mujeres revelaron que habían sido perpetradores de violencia entre hermanos, 73.40% de los hombres  y 78.10% de las mujeres revelaron que habían presenciado violencia entre sus padres, y 59.90% de los hombres y 80.50% de las mujeres revelaron que habían perpetrado violencia entre parejas.

Para los hombres, se encontraron correlaciones significativas entre la violencia severa de padres a hijos y la violencia severa de pareja, entre la perpetración de violencia entre hermanos y la perpetración de violencia de pareja, y entre presenciar violencia severa de padres a padres y perpetración de violencia de pareja severa.

Para las mujeres, si un padre comete maltrato infantil, también se produce violencia entre padres, donde los tipos graves de violencia están estrechamente relacionados entre sí. Por ejemplo, aquellos que informan violencia severa de padre a hijo también están reportando violencia severa de padre a madre, lo que sugiere hogares mutuamente violentos. Se encontraron correlaciones significativas entre la perpetración de violencia grave entre hermanos y la perpetración de violencia de pareja menor, y entre la violencia menor entre padres y violencia menor de pareja.

Se realizaron regresiones lineales simples, divididas por sexo, para evaluar la predicción de la perpetración de violencia en el noviazgo infantil, la perpetración de violencia entre hermanos y el testimonio infantil de violencia paterna. Los resultados revelaron que la gravedad del maltrato infantil, la perpetración de violencia entre hermanos y el testimonio infantil de violencia parental se correlacionaban significativamente con la perpetración de violencia en el noviazgo. En la correlación entre el maltrato infantil severo y la perpetración de violencia entre parejas se comprobó que el 40% de la varianza de la violencia de noviazgo se debió a su relación lineal con el maltrato infantil grave. La correlación entre testigo de violencia parental severa y perpetración de violencia entre parejas mostró que el 53% de la varianza de la violencia de citas se debió a su relación lineal con el testimonio severo violencia parental La correlación entre la perpetración de violencia entre hermanos y la violencia entre parejas muestra que el 7,9% de la varianza de la violencia de pareja se debió a su relación lineal con la violencia severa de hermanos. Por último se realizó un análisis de regresión múltiple para hombres y mujeres por separado para evaluar si el maltrato infantil grave, la perpetración de violencia grave entre hermanos, y el testimonio infantil severo de violencia parental predijeron la perpetración de violencia entre parejas. El resultado de la regresión fue significativo para las mujeres, indicando que el 7% de la varianza en la violencia de citas puede atribuirse a la combinación lineal de medidas de violencia severa, pero también fue un resultado significativo para los hombres, indicando que el 62.5% de la varianza en la violencia de citas puede atribuirse a la combinación lineal de medidas de violencia severa.

Concluimos por tanto que si bien para los hombres, el aprendizaje social dentro del contexto del hogar está contribuyendo a la perpetración posterior de violencia en el noviazgo, para las mujeres, otra cosa está contribuyendo a las altas tasas de perpetración de la violencia entre parejas. De hecho, los investigadores han apoyado que el inicio de la violencia de las mujeres puede estar relacionado con variables más proximales, como la autodefensa, en oposición al abuso infantil o la violencia interparental, aunque otros investigadores han indicado que las mujeres usan la violencia obtener poder y control, o porque no creían que sus víctimas masculinas serían heridas. También se observa que cuanto más joven es la muestra, mayor es el nivel de violencia femenina en relación con la violencia masculina.

Por otra parte, la percepción de lo que es comportamiento violento y cómo se traduce en perpetración de violencia es diferente para hombres y mujeres. Los niños y niñas que viven en la misma familia y están expuestos a comportamientos violentos similares se ven afectados y reaccionan de manera diferente.

La relación entre la violencia de pandilleros y los trastornos psiquiátricos. Club de Ciencias Forenses.

Amigos del Club de Ciencias Forenses, a continuación presentamos el resumen del experimento presentado en el artículo “Gang Membership, Violence, and Psychiatric Morbidity” de Jeremy Coid y Simone Ullrich en el que se investiga la posible influencia de la violencia que rodea a los jóvenes miembros de pandillas con el desarrollo de trastornos psiquiátricos.

La violencia es una característica a menudo presente en las pandillas, junto con la criminalidad y el abuso de sustancias. En EEUU, el control de armas ha dado como resultado bajas tasas de homicidios que involucran armas de fuego, pero se estima que los pandilleros llevan a cabo la mitad de todos los tiroteos de EEUU y el 22% de los delitos violentos graves. La difusión de la violencia relacionada con las pandillas se asemeja a un modelo epidemiológico de “infección central” que explica un proceso de contagio social en el que las pandillas evalúan y responden a las acciones violentas altamente visibles de otras pandillas, intentando alcanzar el dominio a través de la retribución violenta. La violencia para ellos es necesaria para construir y mantener el estado personal y reforzar la cohesión del grupo, es instrumental para obtener acceso sexual y dinero a través del robo y la intimidación, y puede ser una fuente de emoción. Aun conociendo todo esto, no hay suficientes investigaciones sobre la posible relación entre la violencia de pandilleros y la morbilidad psiquiátrica (que no sea por el uso indebido de sustancias) o si representa una carga para los servicios de salud mental. Los estudios epidemiológicos han demostrado que la morbilidad psiquiátrica se asocia con el comportamiento violento, aunque los mecanismos implicados son complejos y no se entienden completamente. Además de la violencia hacia los demás, la violencia de las pandillas puede generar altos niveles de victimización traumática y miedo a la violencia.

A través de su violencia, los miembros de pandillas están potencialmente expuestos a múltiples factores de riesgo de morbilidad psiquiátrica. En el artículo que resumimos se investigaron las asociaciones entre la pertenencia a una pandilla, el comportamiento violento y la morbilidad psiquiátrica en una muestra nacional representativa de hombres jóvenes y para identificar los factores explicativos. Se examinaron las asociaciones entre conductas violentas, actitudes y experiencias de violencia, una variedad de trastornos mentales y el uso de servicios de salud mental. Para identificar los efectos específicos de los pandilleros, se comparan a los miembros de las pandillas con hombres jóvenes que eran violentos pero no pertenecían a pandillas.

Se realizó una encuesta en ubicaciones aleatorias de Inglaterra, Escocia y Gales, a jóvenes de entre 18 y 34 años de edad. En primer lugar, se seleccionaron jóvenes negros y de minorías étnicas de las áreas de salida con un mínimo de 5% de habitantes negros y de minorías étnicas. En segundo lugar, los hombres jóvenes de las clases sociales más bajas (grados D y E, según lo definido por la Sociedad de Investigación de Mercado, basada en el jefe del hogar: trabajadores manuales semicalificados, no calificados y ocasionales, y jubilados y beneficiarios de asistencia social) fueron seleccionados de las áreas en que había un mínimo de 30 hombres entre 18 y 64 años de edad en estos grados sociales. Las últimas encuestas se basaron en áreas de salida en dos lugares caracterizados por una alta membresía de pandillas, el distrito londinense de Hackney y Glasgow East, Escocia. Los mismos principios de muestreo aplicados a cada tipo de encuesta.

En primer lugar se evaluó si los participantes sufrían psicosis (analizando los criterios recogidos en el DSM-IV), niveles de ansiedad y depresión, o si habían intentado deliberadamente suicidarse o tomaban psicótropos prescritos.

Posteriormente, todos los participantes fueron interrogados sobre el comportamiento violento, incluso si habían estado “en una pelea física, habían agredido o golpeado deliberadamente a alguien en los últimos 5 años”.  Se buscó información sobre la cantidad de incidentes violentos en los que habían participado y sus actitudes y experiencias con respecto a la violencia. También se les preguntó: “¿Actualmente usted es miembro de una pandilla?” Para su inclusión en el estudio, los miembros de pandillas deben respaldar la membresía de una pandilla y uno o más de los siguientes: actividades criminales graves o condenas, participación con amigos en actividades delictivas o participación en peleas de pandillas durante los últimos 5 años.

Los participantes se dividieron en tres grupos mutuamente excluyentes de acuerdo con la participación en la violencia y la membresía en pandillas: 1) hombres no violentos: participantes que no informaron ningún comportamiento violento en los últimos 5 años y no pertenecían a una pandilla; 2) hombres violentos: participantes que informaron violencia en los últimos 5 años, pero no pertenencia a una pandilla o participación en peleas de pandillas; y 3) miembros de pandillas.

Finalmente, se investigó si las asociaciones entre 1) pertenencia a pandillas, 2) violencia y 3) uso de psicopatología o servicio, se explicaban por las actitudes hacia la violencia, las experiencias de victimización y las características de las conductas violentas. Las posibles variables explicativas se identificaron primero al probar su asociación con 1) pertenencia a una pandilla o violencia y 2) uso de psicopatología o servicio. Solo si ambas asociaciones fueron significativas se seleccionaron las variables y luego se ingresaron en un modelo ajustado, con la pertenencia al grupo como la variable independiente y el uso de la psicopatología o el servicio como la variable dependiente.

Los resultados mostraron lo siguiente: La muestra incluyó a 4.664 hombres entre 18 y 34 años de edad: 1.822 (39,1%) de la encuesta principal; 969 (20.8%) de la muestra de minorías étnicas; 555 (11.9%) de la muestra de hombres de clases sociales más bajas; 624 (13.4%) de Hackney; y 694 (14.9%) de Glasgow Este. Del total de la muestra, 3.285 (70.4%) informaron que no hubo violencia en los últimos 5 años, 1.272 (27.3%) reportaron agredir a otra persona o involucrarse en una pelea, y 108 (2.1%) informaron pertenencia actual a una pandilla.

Los hombres violentos eran más jóvenes en promedio que los hombres no violentos, más eran nacidos en el país y desempleados, y menos eran negros o del subcontinente indio. Los miembros de pandillas también eran más jóvenes que los hombres no violentos, menos propensos a ser solteros y no pertenecientes al Reino Unido.

En cuanto a la morbilidad psiquiátrica y el uso de servicios psiquiátricos por hombres no violentos, hombres violentos y miembros de pandillas, los datos muestran un marcado declive: la morbilidad psiquiátrica y el uso del servicio fueron poco frecuentes entre los hombres no violentos, pero aumentaron progresivamente de los no miembros violentos a los miembros de las pandillas. Este gradiente se confirmó para todos los resultados, excepto la depresión.

Además, los hombres violentos difieren del grupo de referencia no violento en sus actitudes hacia la violencia y la victimización violenta. Sin embargo, se observaron mayores diferencias entre los miembros de pandillas y los hombres no violentos. Los miembros de las pandillas eran significativamente más propensos que los hombres no violentos a ser víctimas de la violencia y temer una mayor victimización violenta. También eran más propensos a experimentar rumiaciones violentas y más preparados para actuar violentamente si no los respetaban. Estas actitudes y experiencias también fueron significativamente más altas en los miembros de pandillas que en los hombres violentos. Las características de la violencia entre los miembros de las pandillas también diferían considerablemente de las de los hombres violentos que no eran miembros de pandillas. Los miembros de pandillas reportaron significativamente más incidentes violentos y eran más propensos a tener condenas anteriores por violencia, a denunciar el uso de violencia instrumental y a sentirse emocionados por la violencia.

Los hombres violentos y los miembros de pandillas fueron significativamente más propensos a reconocer las actitudes positivas hacia la violencia, el aumento de la victimización violenta y las características más severas de la violencia. En cuanto a las probabilidades de psicopatología y uso del servicio clínico entre los hombres violentos después de tener en cuenta sus actitudes hacia la violencia y sus experiencias de victimización violenta (porcentaje de cambio en las probabilidades explicado por estas variables). Una vez que se tuvieron en cuenta las actuaciones violentas, el miedo a la victimización y la victimización violenta, algunas de las asociaciones previamente observadas entre los hombres violentos y la psicosis se redujeron considerablemente en tamaño y ya no eran significativas. Estas mismas variables también explicaron la alta probabilidad en este grupo de haber consultado a un psiquiatra o psicólogo y de la admisión psiquiátrica. Sin embargo, estas reducciones no se observaron en algunos de los resultados: los trastornos de ansiedad, la dependencia del alcohol, el trastorno de personalidad antisocial, el intento de suicidio, la consulta con médicos generales y el uso de medicación psicotrópica se redujeron en tamaño pero aún fueron significativos.

Se observó un patrón similar cuando se comparó a los miembros de pandillas con hombres no violentos, con la adición de que la prevalencia discrepante de los trastornos de ansiedad también se explicaba por las actuaciones violentas, el miedo a la victimización y ser víctima de la violencia.

Por último, la comparación de pandilleros y hombres violentos mostró que sus tasas más altas de trastorno de personalidad antisocial, intento de suicidio, consulta con un psiquiatra o psicólogo y admisión psiquiátrica se explicaron sustancialmente por sus actitudes positivas hacia la violencia, sus mayores experiencias de victimización y las características de su comportamiento violento.

Por tanto concluimos que existen niveles desmesuradamente altos de morbilidad psiquiátrica y el uso de servicios de salud asociados entre jóvenes británicos que son miembros de pandillas.

La importancia de motivar a los jóvenes en prisión para mejorar su comportamiento. Resultados de la herramienta PACI-O-YPV. Club Ciencias Forenses

Como continuación del anterior artículo,  presentamos el resumen del experimento presentado en el artículo “Motivating young people in prison to improve behaviour” de Susan Jearney y Joselyn Lizal. En este experimento se comprueba si la aplicación del PACI-O-YPV en jóvenes es capaz de aplicar un efecto motivacional en los jóvenes que influya en su comportamiento y ausencia de reincidencia posterior. 

En las prisiones, el estado del régimen de prisionero está sujeto a cambios en gran medida de acuerdo con los comportamientos positivos y negativos del preso. Estos comportamientos se registran en la hoja de registro de la prisión por oficiales correccionales y otras disciplinas que tienen información sobre la atención de las personas, como psicólogos y trabajadores sociales. Estas entradas positivas y negativas proporcionan al personal un indicador cuantitativo de la actitud y el comportamiento del preso. Para realizar este experimento, en el que se empleó el SWLS y el PACI-O (más concretamente el PACI-O-YV, una versión para jóvenes como explicaremos un poco más adelante), el estado del régimen de los participantes se registró al comienzo del período experimental y nuevamente al final, lo que permite la comparación de los estándares de comportamiento y la medición de la mejoría. A cada estado de régimen se le asignó un valor numérico para fines de análisis: bronce, plata, y oro. (Volvemos a recordar que respetamos las variables asignadas en el artículo resumido, si bien la correspondencia en el Sistema Penitenciario Español de los estados de régimen serían el primer, segundo o tercer grado). Además de registrar el estado del régimen al comienzo y al final del período experimental, se decidió calcular una medida que reflejaría el estado conductual promedio del individuo durante el período experimental. Por lo tanto, los registros semanales (o quincenales) del estado del régimen de los participantes se sumaron y se dividieron por cuatro para calcular la media del régimen para el período experimental.

Para realizar el expertimento, todos los participantes fueron informados de la naturaleza del estudio y dieron su consentimiento por escrito. Un total de 18 jóvenes presos participaron en la investigación, con nueve participantes en cada condición (experimental y de control). Se realizó un grupo de enfoque para evaluar la idoneidad y relevancia de PACI-O para su uso con esta población. Los jóvenes presos fueron invitados a una sesión de grupo en la que se les pidió que discutieran sus metas / aspiraciones actuales y problemas / inquietudes. Las seis áreas de vida se discutieron a su vez y los comentarios de los jóvenes se mapearon en el formato PACI-O existente. Una zona de vida adicional que fue identificada por el joven fue la tecnología que posteriormente se agregó al PACI-O que, en consecuencia, se conoció como PACI-O – Versión para jóvenes (en adelante se nombrará como PACI-O-YV).

En la primera parte del experimento (que entenderemos como “tiempo 1”) se registró el estado del régimen para los participantes en los grupos experimentales y de control, junto con los puntajes del SWLS. El PACI-O-YPV se administró al grupo experimental. El investigador leyó la página de instrucciones de la entrevista que proporcionó a los participantes una explicación estandarizada. Cada una de las ahora siete secciones de la entrevista se discutió a su vez con imágenes visualmente estimulantes que acompañan a cada área de la vida. El joven preso estaba obligado a identificar cualquier inquietud o aspiración en áreas de vida individuales, de ser relevante. A cada joven preso se le pidió que calificara su respuesta en cada uno de los índices de calificación PACI-O en relación con la preocupación o aspiración particular identificada. A los participantes se les preguntó cómo estar en prisión o reincidir en el futuro los ayudaría a alcanzar sus metas o resolver sus problemas y qué obstáculos se encontraban en el camino para alcanzar los objetivos. Una vez que se cubrieron todas las áreas de la vida, se envió un resumen verbal de la información proporcionada al joven para garantizar la precisión. Todas las entrevistas fueron supervisadas por el psicólogo forense interno en formación, quien informó a los participantes sobre la finalización.

En la segunda parte del experimento (que entenderemos como “tiempo 2”), un mes después de la entrevista inicial, el investigador documentó el estado actual del régimen de los participantes junto con todas las fluctuaciones, a fin de calcular la media del régimen para el período experimental. El investigador administró nuevamente el SWLS a grupos experimentales y de control. Los resultados fueron los siguientes:

En cuanto al estado del régimen, tanto la media experimental como la del grupo de control fueron idénticas en el tiempo 1 (media = 2, SD, 0,87) debido a la selección de la muestra, es decir, tres participantes de bronce, tres de plata y tres de oro en cada condición. En la segunda parte del experimento (un mes después), se muestra una mejoría estadísticamente significativa en el estado del régimen para el grupo experimental de los Tiempos 1 a 2. Mientras que el estado del régimen del grupo de control mejoró, pero no fue estadísticamente significativo.

Sobre la satisfacción con la escala de la vida (SWLS), las puntuaciones medias SWLS aumentaron en el grupo experimental de 18.56 (DE, 5.12) a 19.56 (DE, 3.29) en comparación con el grupo control cuyas puntuaciones disminuyeron durante el período experimental de 18.00 (DE, 5.61) a 17.67 (DE, 5.43).

Todos los cambios en el estado del régimen para YP se documentaron a lo largo del período de prueba del mes. Se calculó un puntaje promedio para representar el comportamiento para reflejar un desempeño general durante todo el período experimental. La media del régimen para el grupo experimental (M = 2.23, SD, 0.82) fue menor que la media del régimen para el grupo control (M = 2.30, SD, 0.61). Sin embargo, no hubo una diferencia significativa entre la puntuación media del régimen experimental y del grupo de control (p> 0.05). El régimen significa una correlación negativa con las entradas negativas (p <0.01) y correlacionó positivamente con las entradas positivas (p <0.05) como se esperaría ya que estas medidas son influyentes en la decisión del estado del régimen.

Por tanto, resumimos que si bien el estado del régimen en el grupo experimental fue mayor que el grupo de control al final del período de prueba, la media del régimen (la medida que refleja el comportamiento a lo largo del período de prueba) fue menor en el grupo experimental. Esto indicó que en algún momento entre los tiempos 1 y 2 el comportamiento en el grupo experimental cayó por debajo del grupo de control, antes de alcanzar un estado general más alto al final del estudio. Se hipotetiza que los participantes que participaron en el PACI-O-YPV pueden haber sido sensibles a un período de desilusión, por el cual los objetivos se identificaron y aparecieron, inicialmente al menos, como imposibles de obtener (debido a la encarcelación) que dieron como resultado un comportamiento inadaptado. Puede ser entonces que los jóvenes presos necesiten un cierto período de tiempo para asimilar todos los componentes positivos del PACI-O-YPV a fin de dirigir el comportamiento en una dirección significativa hacia la consecución de sus objetivos.

Con estos resultados se podría entender que la aplicación del PACI-O-YPV no ha sido del todo eficaz. Sin embargo hay que tener varios elementos en cuenta, siendo tal vez los más importantes el hecho de que en este experimento la muestra era de tan solo 18 jóvenes (una muestra demasiado pequeña para poder generalizar los resultados), y el hecho de que todos los que participaron y aplicaron el PCI-O-YPV desarrollaron una serie de motivaciones necesarias y vinculadas directamente con un comportamiento rehabilitador, siendo esto lo suficientemente importante como para poder destacar la validez de la herramienta, como explicaremos a continuación.

Los resultados presentados indican que el PACI-O-YPV puede ser una herramienta motivacional efectiva para su uso dentro de esta población; Sin embargo, se necesita más investigación para establecer esto con confianza. Los resultados apoyan la investigación previa con intervenciones basadas en objetivos, que ha sugerido que tienen éxito en mejorar la motivación de las poblaciones de delincuentes. El PACI -O-YPV podría utilizarse de varias maneras; ya sea como un potenciador de la motivación previo al tratamiento o como un componente fundamental de los programas de tratamiento como una estrategia con la que mantener un nivel adecuado de motivación en todo momento.

Una fortaleza particular del PACI-O-YPV es su enfoque centrado en el joven; como se mencionó anteriormente, el proceso permite a los delincuentes generar sus propios objetivos en lugar de conformarse con los objetivos preestablecidos por el terapeuta para el tratamiento. El joven preso participante en este estudio respondió bien a este estilo de entrevista individualista. Todos los presos en el grupo experimental se involucraron bien con el proceso e identificaron fácilmente las aspiraciones e inquietudes constructivas. Una fortaleza adicional es su modo de entrega uno-a-uno. Muchos programas de tratamiento e intervenciones para delincuentes se basan en grupos y es posible que a los internos no les guste este método, se sientan intimidados o simplemente no puedan participar en un proceso que no sienten que tenga un significado personal. Es posible que el PACI-O-YPV mejore la motivación al utilizar un proceso que los internos sienten que tiene relevancia personal para ellos.

En conclusión, la adaptación del PACI-O al PACI-O-YPV y sus primeros indicadores positivos deben ser vistos con optimismo ya que la falta de motivación dentro de esta población es una importante preocupación. Los resultados de la aplicación del PACI-O-YPV deberían incluir una mejor conducta mientras están encarcelados y una menor reincidencia, como resultado de la motivación hacia el cambio mediante la identificación de objetivos de vida positivos, en consonancia con la rehabilitación de delincuentes.

La importancia de motivar a los jóvenes en prisión para mejorar su comportamiento. Club Ciencias Forenses

Uno de los mayores desafíos que enfrentan los profesionales de los centros penitenciarios es motivar a los delincuentes a participar en el tratamiento correspondiente, y posiblemente uno de los grupos más difíciles de convencer para cumplir con los regímenes penitenciarios son los jóvenes en prisión de entre 15 y 17 años. Si bien se ha investigado el interés en la motivación por el tratamiento de los delincuentes adultos, se ha prestado poca atención a la motivación en los menores encarcelados. Por ello, a continuación presentamos el resumen del artículo “Motivating young people in prison to improve behaviour” de Susan Jearney y Joselyn Lizal, en donde explican la adaptación de la herramienta existente de mejora motivacional para adultos: el Inventario de Inquietudes y Aspiración Personal para Delincuentes (PACI-O), para usar con una población joven y explorar el efecto motivacional del PACI-O- YPV (versión para jóvenes) en jóvenes.

Antes de continuar el resumen del presente artículo es necesario recordar a los lectores de España que las Instituciones Penitenciarias ofrecen tratamientos individualizados a los presos en función no solo del delito cometido sino de la personalidad y necesidades del delincuente, por lo que la información recogida en este artículo relativo al programa PACI-O se recoge como una fuente alternativa de información relativa a este programa (como muchos otros que existen en diferentes países), con independencia de los programas de tratamiento utilizados en España o en otros lugares.

Los jóvenes cometen una cantidad significativa de crímenes, y la alta prevalencia de conductas delincuentes en la adolescencia está bien documentada. De hecho, la curva del delito por edad en la que el comportamiento delictivo aumenta rápidamente en la adolescencia temprana es uno de los temas más conocidos en la criminología.

Las estadísticas del Ministerio del Interior sugieren que la edad media para delinquir ocurre entre las edades de 16 y 17 años en hombres jóvenes. Una intervención exitosa en esta etapa podría evitar carreras criminales de por vida y por lo tanto hace que la participación terapéutica temprana con esta población sea esencial. Sin embargo, uno de los mayores desafíos es la falta de motivación de los delincuentes para participar en actividades penitenciarias en general y programas de tratamiento en particular. La importancia de mantener la motivación durante cualquier intervención para los delincuentes es crítica, ya que la finalización del programa está asociada con una menor reincidencia. Por el contrario, la falta de cumplimiento del tratamiento se ha asociado con una mayor reincidencia, lo que coloca a algunos delincuentes en mayor riesgo de reincidencia que los controles no tratados.

Por todo esto es fundamental comprender, evaluar y mejorar la motivación utilizando una perspectiva de objetivos. Las personas naturalmente se esfuerzan por alcanzar objetivos que son intrínsecamente gratificantes, promueven el bienestar y construyen un sentido de propósito en sus vidas.  Si bien hay que tener en cuenta los factores de riesgo dinámicos como una base fundamental para los programas de tratamiento, es importante incorporar procesos diseñados para proporcionar a las personas habilidades relevantes que les ayuden a alcanzar sus objetivos y “bienes humanos primarios”. La construcción de los Bienes Humanos Primarios se describe como las cosas, estados de ánimo, características personales, actividades o experiencias buscadas por sí mismas y que probablemente aumenten el bienestar psicológico si se logran. Además, los “bienes secundarios” podrían describirse como el medio a través del cual los individuos obtienen o se esfuerzan por obtener sus bienes humanos primarios, como el trabajo o las relaciones.

El Programa PACI-O se basa precisamente en el acercamiento a esos bienes humanos primarios y esos objetivos del sujeto, es decir, busca potenciar la motivación del preso. Además de una medida de motivación, el PACI-O ha revelado el potencial como un procedimiento motivacional en sí mismo, ya que la motivación puede mejorarse a medida que el proceso de entrevista utiliza objetivos individualistas en lugar de objetivos preconcebidos; los delincuentes han respondido positivamente al PACI-O, ya que afirman que les ha ayudado a descomponer lo que parecían ser problemas insuperables en objetivos manejables más pequeños, ayudándoles a sentirse más capaces de cambiar. Hasta hace poco, el PACI-O y sus predecesores solo se habían probado con delincuentes adultos. Por lo tanto, el objetivo de este estudio fue examinar si el PACI-O ayudaría a motivar a jóvenes condenados a mejorar el comportamiento institucional y mejorar el bienestar general. Por lo tanto, la hipótesis es que los jóvenes que participen en la entrevista PACI-O mostrarán un comportamiento mejorado evidenciado a través del esquema de recompensas y sanciones y un mejor bienestar, medido por una satisfacción con la escala de vida.

Para comprobarlo, los autores contaron con 18 participantes, todos hombres jóvenes tanto sentenciados como en prisión preventiva en una Unidad de Personas Jóvenes en el Reino Unido, todas con edades comprendidas entre 16 y 17 años. Se excluyó a los jóvenes menores de 16 años, ya que por ley no podían proporcionar un consentimiento informado independiente. Nueve participantes fueron asignados a cada una de las dos condiciones, experimental y control. Con el fin de obtener una muestra representativa de las normas de comportamiento, los participantes fueron reclutados en todo el rango de regímenes penitenciarios. El régimen del régimen penitenciario interno funciona en el formato de estado de régimen de oro, plata o bronce (recordamos de nuevo que no estamos hablando de centros penitenciarios españoles, cuyo régimen es diferente). A cada joven se le asigna un estatus plateado al ingresar a la unidad y, mediante un comportamiento bueno o malo, puede subir o bajar de la escala recibiendo o perdiendo beneficios, que incluyen tiempo de asociación, dinero o acceso al gimnasio. Tres participantes en el básico (bronce), tres en el estándar (plata) y tres en el régimen mejorado (oro) fueron seleccionados para cada condición, haciendo seis en total para cada estado de régimen (3 control y 3 experimental en cada grupo).

El PACI-O es una entrevista semiestructurada realizada en forma individualizada. Requiere que los encuestados consideren las aspiraciones y los objetivos en diferentes áreas de vida. Tiene ocho índices de calificación, dos preguntas categóricas y una sección sobre los obstáculos para el logro de los objetivos. Aunque el PACIO se ha desarrollado como una evaluación de la motivación para el compromiso y el cambio de comportamiento, Campbell y otros han sugerido que puede tener utilidad como una breve intervención motivacional. Algunas de las razones para esto son las siguientes:

Facilita la consideración de los costos-beneficios de la reincidencia contra los objetivos de la vida; ayuda al encuestado a considerar los obstáculos al logro de los objetivos; y proporciona un enfoque individualizado para la evaluación. Todos los asuntos que argumentan son consideraciones importantes desde una perspectiva terapéutica.

Además del PACI-O, existe otra herramienta capaz de evaluar y trabajar con la motivación del sujeto. La “escala de satisfacción con la vida” (conocido como “SWLS”) es una escala de cinco elementos diseñada para evaluar la satisfacción con la vida como un todo. El SWLS es una escala ampliamente utilizada para la medición del bienestar subjetivo y tiene una gran cantidad de evidencia que demuestra su fiabilidad y validez. Además de demostrar una buena estabilidad temporal, el SWLS ha mostrado suficiente sensibilidad como para ser una medida valiosa adecuada para detectar cambios en la satisfacción con la vida durante el curso de la intervención clínica.

Contando por tanto con PACI-O y SWLS ¿cómo se pudo evaluar la modificación de comportamiento y motivación de los jóvenes? Lo explicamos detalladamente en el siguiente artículo.

La influencia del entrevistador en la precisión de las respuestas de los niños. Club de Ciencias Forenses

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Effects of interviewer behavior on accuracy of children’s responses” de Jessica Sparling, David Wilder, Megan Boyle y Jennifer Kondash,  en donde explican como influye el comportamiento del entrevistador en la precisión de las respuestas de los niños.

La evaluación de la precisión de los informes de los niños se ha convertido en un tema importante de estudio. Algunas investigaciones sobre entrevistas con niños se han centrado en cómo la conducta del entrevistador influye en la declaración de los niños. Diferentes investigadores sugirieron que las entrevistas impropias tienen el potencial de evocar información falsa de los niños y describieron cuatro amplias categorías de técnicas inadecuadas de entrevista: preguntas sugestivas (por ejemplo, preguntando “¿La tocó de forma íntima?” cuando un niño ha reconocido ser tocado pero no ha mencionado ningún toque inapropiado), influencia (por ej., decirle al niño lo que ha dicho o ha visto sobre un tema), refuerzo y castigo (es decir, la entrega de declaraciones de aprobación y desaprobación dependientes de un informe del niño), y la eliminación de la experiencia directa (por ejemplo, invitar a un niño a especular sobre lo que pudo haber ocurrido).

Se examinaron los efectos de las preguntas sugestivas, la información de vacilación, las declaraciones de aprobación y desaprobación, y la solicitud (es decir, la presentación de una pregunta después de una respuesta inicial) sobre la precisión de los niños en las entrevistas. Los niños estuvieron expuestos a las cinco técnicas anteriores o solo a preguntas sugestivas durante las entrevistas sobre la visita. Los niños expuestos a las cinco técnicas de entrevista tenían más probabilidades de responder preguntas de forma incorrecta; sin embargo, no fue posible determinar cuál de las cinco técnicas tuvo el mayor efecto en la respuesta de los niños. En un estudio de seguimiento, se examinaron los efectos de las declaraciones aprobadas, la información de la actitud agresiva y el cuestionamiento sugestivo sobre la precisión de los niños. Los niños respondieron incorrectamente con mayor frecuencia cuando el entrevistador entregó declaraciones aprobadas supeditadas a que el niño proporcionara información inexacta.

Para el experimento participaron tres niños: Matthew (4 años), Owen (5 años) y Abby (8 años). Todos los niños tenían habilidades lingüísticas apropiadas para su edad, no tenían discapacidades o diagnósticos psiquiátricos, y estaban en clases de educación general en sus escuelas. Todas las sesiones se llevaron a cabo en una universidad en una sala que contenía un ordenador (para mirar videos) y una mesa y dos sillas. Los videos se obtuvieron de varios recursos en línea y consistieron en clips de dibujos animados para niños (por ejemplo, Scooby Doo) de 3 a 5 minutos de duración. Hasta 20 preguntas y respuestas correctas correspondientes basadas en eventos en cada video fueron preparadas por adelantado. Los videos fueron asignados aleatoriamente a las diversas condiciones de los estudios; es decir, cada video tenía la misma probabilidad de ser utilizado en cada condición de cada estudio. Para garantizar que la exposición repetida a un video no afectara la respuesta, los participantes vieron cada video solo una vez.

La variable dependiente fue la precisión de las respuestas de los participantes a las preguntas del entrevistador. Los participantes fueron entrevistados en sesiones que tuvieron lugar durante varios días. Las respuestas precisas se definieron como respuestas “sí” o “no” a una pregunta que requería la respuesta correspondiente. Las respuestas inexactas se definieron como una respuesta “sí” o “no” a una pregunta para la cual la respuesta opuesta sería apropiada. Si un participante respondió “No sé” a una pregunta, esa pregunta y respuesta se excluyeron del análisis (se excluyeron de una a dos preguntas por sesión). En el Experimento 1, el refuerzo se definió diciendo “bueno” y sonriendo. El castigo se definió diciendo “eso no está bien” y frunciendo el ceño. Una respuesta neutral se definió como un asentimiento rápido y decir “bien” sin inflexión vocal. Las preguntas generales, que se usaron en ambos experimentos, se definieron como preguntas afirmativas o negativas que contenían información sobre eventos en los videos (por ejemplo, preguntando si Scooby Doo se había caído). En el Experimento 2, las preguntas sugestivas se definieron como preguntas afirmativas o negativas que contenían información sobre eventos que no ocurrieron en los videos (por ejemplo, preguntando “¿No cayó Scooby?” Cuando no lo hizo). La información de co-testigo se definió como una pregunta precedida por la frase “Alguien me dijo que…”.

Al comienzo del Experimento 1, se les dijo a los participantes que miraran de cerca todos los videos porque les harían algunas preguntas. Para cada sesión, a los participantes se les mostró el video (descrito anteriormente) y posteriormente fueron entrevistados por el experimentador. Las entrevistas fueron precedidas por la dirección “Voy a hacerle algunas preguntas. Responda ‘sí’ o ‘no’ y hágalo lo mejor que pueda”. Se implementaron cuatro condiciones diferentes: control, refuerzo para respuestas imprecisas, castigo por respuestas precisas y refuerzo más castigo. El entrevistador, que era la misma persona en ambos experimentos, llevaba una camisa de diferente color para cada condición para ayudar a los participantes a discriminar entre las condiciones.

Se hicieron preguntas generales durante todas las condiciones, con un total de 12 preguntas por sesión para Matthew y Abby (debido a limitaciones de tiempo) y 20 preguntas por sesión para Owen. En la condición de control, se entregó refuerzo para cada respuesta, independientemente de la precisión de la respuesta. Por lo tanto, uno esperaría ver niveles más bajos (pero no inexistentes) de respuestas inexactas en esta condición que en las otras condiciones. En el refuerzo para las condiciones de respuesta imprecisas, todas las respuestas precisas fueron seguidas por una respuesta neutral y las respuestas inexactas fueron seguidas por el refuerzo, como se definió anteriormente. En el castigo por la condición de respuesta precisa, todas las respuestas precisas fueron seguidas por el castigo, como se definió anteriormente; las respuestas inexactas fueron seguidas por una respuesta neutral, como se definió anteriormente. En el refuerzo más las condiciones de castigo, el refuerzo se entregó dependiendo de respuestas inexactas y el castigo se aplicó a respuestas precisas.

En cuanto a los resultados del Experimento 1 los niveles más altos de inexactitud ocurrieron durante el refuerzo y las condiciones de castigo para todos los participantes. Además, la condición de control produjo niveles relativamente bajos de inexactitud para todos los participantes. Matthew respondió incorrectamente a una media de 33% (rango, 8% a 50%) de las preguntas en la condición de refuerzo y castigo y una media de 8% (rango, 0% a 17%) de las preguntas en la condición de control. Owen respondió incorrectamente a una media del 53% (rango, 37% a 65%) de las preguntas en el refuerzo más las condiciones de castigo, y una media del 20% (rango, 10% a 39%) de las preguntas en la condición de control. Abby respondió inexactamente a una media de 58% (rango, 25% a 92%) de las preguntas en la condición de refuerzo más castigo y una media de 17% (rango, 8% a 25%) de las preguntas en la condición de control.

Estos resultados sugieren que ambos antecedentes (es decir, la estructura de las preguntas) y las consecuencias (es decir, el refuerzo y el castigo) pueden influir en la precisión de la respuesta de los niños a las preguntas de un entrevistador. Además, la respuesta diferencial observada entre los participantes sugiere que algunos niños pueden ser más o menos sensibles a técnicas específicas de entrevistador. Esto es importante porque la mayoría de los estudios previos sobre este tema no se han llevado a cabo de una manera que permita dicho análisis. Finalmente, en estudios previos, ni el cuestionamiento sugestivo ni el suministro de información sobre la agresividad aumentaron sustancialmente la imprecisión. En contraste, los resultados del presente estudio sugieren que estas dos técnicas pueden aumentar la imprecisión en algunos niños. Las diferencias metodológicas entre el estudio actual y la investigación previa pueden explicar este hallazgo.

De todos modos, los niños en este estudio tenían edades comprendidas entre 4 y 8 años. Es probable que existan algunas diferencias de desarrollo en las habilidades del lenguaje en este rango de edad que puedan afectar la precisión. De hecho, las directrices de la entrevista forense reflejan esto; las recomendaciones para los niños más pequeños requieren preguntas más específicas que para los niños mayores. La investigación futura debe investigar las diferencias adicionales relacionadas con la edad en la sensibilidad a las técnicas del entrevistador.

Antiguas entradas