clubforenses.com

clubforenses.com

Categoría: Victimología (página 1 de 5)

Víctimas de fraude en Cataluña: factores de denuncia. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Fraud reporting in Catalonia in the Internet era: Determinants and motives” de Kemp, S. (2020), en el que se estudian diversos determinantes o características de las víctimas de fraude, tanto online como no virtual, y los motivos para denunciar o no estos delitos. 

El aumento de oportunidades delictivas en el ciberespacio relacionadas con la transnacionalidad, el anonimato y las bajas barreras tecnológicas de entrada representan un claro impedimento para la vigilancia del fraude

En las fuerzas públicas se ha detectado, a su vez, una falta de preparación para lidiar con el fraude online. Sin embargo, uno de los grandes retos de la prevención y vigilancia del fraude es relativamente viejo: las bajas denuncias. 

La denuncia de delitos y, por tanto, las estadísticas fiables son importantes por muchas razones (investigaciones policiales, elaboración de buenas políticas públicas y de prevención…). Varias fuentes internacionales muestran los altos costes financieros del fraude para la sociedad actual, llegando a alcanzar estos los billones de euros.  

En lo que respecta a la víctima, esta puede llegar a sufrir impactos emocionales, psicológicos e incluso físicos como consecuencia del fraude. A estos hay que añadir también los costes económicos y el tiempo. Así pues, dadas las consecuencias del fraude y su gran prevalencia entre los delitos cibernéticos, es necesario entender los factores asociados a su denuncia

Continuando con el trabajo de van de Weijer, Leukfeldt y Bernasco sobre los determinantes de la denuncia del ciberdelito (el cual publicamos hace unos días y podéis leer aquí), entre otros autores, Kemp profundiza en esta temática. Esto es, qué factores hacen que una víctima denuncie o no el fraude, comparando el online con el offline.  

Así las cosas, el índice de denuncia en este tipo de delitos suele ser muy bajo. Por ejemplo, menos del 30% de la población holandesa del estudio de van de Weijer denunció delitos de fraude. Este porcentaje era significativamente más bajo que el de los delitos tradicionales, con excepción del vandalismo. Se trata de una tendencia que se repite en muchos otros países, como Inglaterra y Gales (15%). 

Sin embargo, no se ha profundizado en las diferencias entre las diferentes modalidades de fraude y su denuncia. Las escasas denuncias se han explicado por diversas hipótesis. Las víctimas pueden llegar a no ser conscientes de su victimización, no ver suficientes beneficios al denunciar o no saber a quién acudir (o acudir a otras agencias distintas a la policía). 

En la investigación del autor la muestra procede de las dos últimas ediciones (2015 y 2017) de la Encuesta de Seguridad Pública de Cataluña. Esta se realiza cada dos años. En 2015, 530 individuos reportaron haber sido víctimas de fraude, mientras que en 2017 fueron 659. Finalmente, la muestra consistió en 1177 víctimas de fraude o estafa.

La encuesta contiene preguntas sobre las siguientes características demográficas: género, edad, lugar de nacimiento, educación, situación profesional, situación económica, discapacidad. Además, se pidió su opinión sobre la seguridad en su ámbito local y sobre la policía catalana y local. Se les preguntó a los encuestados sobre los factores relacionados con el delito de fraude, incluido si denunciaron o no. Asimismo, se tuvo en cuenta si consideraban que lo que les había ocurrido era un delito de fraude. 

Así pues, los resultados reflejaron lo siguiente. Por un lado, los fraudes cometidos en persona o por teléfono eran menos denunciados que los cometidos por internet. Sin embargo, las probabilidades de denunciar eran mucho mayores en cualquier caso si la víctima consideraba el fraude un crimen. De igual forma, el impacto financiero se asoció con la predisposición a denunciar. Por otro lado, los impactos psicológicos no aportaron valor predictivo sobre la denuncia, al igual que el resto de variables de opinión y demográficas.

Consecuentemente, el modus operandi (fraude online u offline) fue la variable con más efecto o poder predictivo de la denuncia, seguida del impacto económico. Las denuncias de fraude online pueden verse influenciadas por considerarlo (o no) un delito, el impacto financiero, la molestia y la edad. En general, estas variables se asocian con más denuncias. En cuanto al fraude offline, las variables relevantes para denunciar serían: considerarlo delito, el impacto económico y el impacto psicológico.

Por tanto, la siguiente cuestión que debemos plantearnos es ¿qué hace que las víctimas consideren el fraude un delito o crimen?

Una vez más, encontramos que el modus operandi es el principal factor que influye en tal consideración. Es más frecuente que se considere como delito cometer fraude por Internet que cometerlo en persona o por teléfono. La molestia y el impacto psicológico también mostraron una fuerte asociación estadística positiva, aunque con un efecto más reducido.

Una posible explicación para esto es que puede ser más fácil proporcionar evidencia de victimización online. Alternativamente, las víctimas de fraude online podrían considerar que han sido defraudadas, mientras que las de fraude offline creer que se han dejado defraudar. Esto es, es más probable que se culpen a sí mismos por su victimización y, por ello, se abstengan de denunciar. 

Con respecto a por qué las víctimas no denunciaron, encontramos que la inconveniencia y duración del proceso, junto a la insignificancia de las pérdidas y la creencia de que la policía no podría hacer mucho, eran las justificaciones más comunes. Estas motivaciones están ligadas a los impactos psicológicos, por lo que se debe evitar culpar o estigmatizar a las víctimas. 

Del mismo modo, podría ser beneficioso contar con un sistema centralizado de denuncia. Finalmente, no parece haber un perfil demográfico general del denunciante de fraude, aunque ciertos factores (ej. edad) están asociados con ciertas razones para no denunciar. Futuras investigaciones podrían ahondar en esta percepción de culpa. Asimismo, deberían considerarse estrategias que redujeran los costes asociados a la denuncia e incrementaran los beneficios (impactos económicos, psicológicos…).

Si quieres saber más sobre el cibercrimen, Victimología y el ámbito de las Ciencias Forenses no te pierdas nuestro Máster en Análisis en Conducta en Gestión del Fraude o nuestro Experto Universitario en Análisis de Conducta en Gestión del Fraude, programa 100% online y certificado por la Universidad a Distancia de Madrid, con becas especiales para lectores del Club Forenses.

Víctimas de delitos cibernéticos. ¿Denuncian? Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Determinants of reporting cybercrime: A comparison between identity theft, consumer fraud, and hacking” de van de Weijer, S. G. A.; Leukfeldt, R. y Bernasco, W. (2018), en el cual se compara la asociación entre las características de las víctimas de delitos cibernéticos y tradicionales, y el comportamiento de denuncia de ambos tipos distintos de delitos.

Existen diversos estudios sobre la relación entre las características de las víctimas de delitos tradicionales y su índice de denuncia. Sin embargo, se desconoce si esas características son también aplicables a las víctimas de delitos cibernéticos. Generalmente, el índice de denuncia de tales delitos es muy bajo, siendo los casos de hacking los —aparentemente— menos reportados.

Entre las explicaciones teóricas que se han dado a los determinantes para denunciar, se han detectado tres factores. Por un lado, existen factores económicos, entendidos como un análisis de los costes-beneficios que conlleva denunciar. Entre los costes para la víctima se encuentran el tiempo invertido, conocerse su identidad, las posibles consecuencias para el agresor…

En contraposición, entre los posibles beneficios de denunciar destacan las indemnizaciones, recuperar bienes o que el agresor no la vuelva a victimizar. Así, las indemnizaciones y ofrecer alternativas en la forma de denunciar (por teléfono o por Internet) hacen que se incrementen las probabilidades de que la víctima denuncie.

Por otro lado, existen también factores psicológicos. Estos se reflejan en cómo las víctimas ven su papel en el delito (si su conducta, por ejemplo, aumentó las posibilidades de ser victimizados), el tipo de represalias para el agresor y en la vergüenza por haber sido victimizadas. El entorno social más próximo y la imagen que tengan de las autoridades también influyen en la decisión de denunciar.

En este sentido, se han detectado a su vez factores ambientales. Esto es, la influencia de la familia, los amigos, colegas y la comunidad. Las circunstancias socioeconómicas de la víctima, el nivel de urbanización y cohesión social… etc., también se han considerado como posibles características de influencia, aunque sin resultados concluyentes.

Finalmente, hay factores sociodemográficos asociados al índice de denuncia de las víctimas. Las mujeres, las personas más mayores y las personas que tienen pareja son quienes más tienden a denunciar. Cabe mencionar que estos factores son aplicables a víctimas de delitos tradicionales, desconociéndose si pueden generalizarse a víctimas de delitos cibernéticos. Algunas características del delito cibernético podrían influir en el impacto del delito en las víctimas y su decisión de denunciar.

Así pues, en el estudio de los autores obtuvieron los datos de 97.186 víctimas en Holanda, entre 2012 y 2015. Se distinguió entre crímenes tradicionales y cibernéticos, incluyendo en estos últimos hacking, robos de identidad y fraudes al consumidor online. Los cibercrímenes supusieron un 28.5% de los delitos denunciados de la muestra.

Teniendo en cuenta los tres tipos de cibercrímenes reportados, los resultados indican que estos son denunciados a la policía con menos frecuencia que los delitos tradicionales, salvo el vandalismo. Asimismo, las víctimas de robo de identidad sí reportaban lo sucedido con más frecuencia a otras organizaciones en vez de la policía. Las víctimas de hacking y fraude no denunciaban habitualmente ni a la policía ni a ninguna organización.

Si bien los resultados del estudio mostraron que existen relaciones entre las características de las víctimas y las denuncias a la policía similares para ambos tipos de delitos (cibernéticos y tradicionales), se detectaron también algunas diferencias remarcables. Entre estas, destaca por ejemplo el sexo de la víctima. Los hombres del estudio son más propensos a denunciar delitos cibernéticos, mientras que las mujeres lo son de denunciar delitos tradicionales.

Las víctimas holandesas denunciaban con más frecuencia delitos tradicionales que cibernéticos, mientras que las víctimas no occidentales denunciaban con más frecuencia a la policía ciberdelitos. Asimismo, las víctimas con una mayor renta tienen más probabilidades de denunciar delitos tradicionales que cibernéticos.

Del mismo modo, aparentemente las víctimas no vinculan su victimización por ciberdelitos a su localización física, al contrario que con delitos tradicionales. Por tanto, la seguridad del vecindario suele ser vinculada a los delitos tradicionales y su denuncia y no tanto a delitos cibernéticos.

Con respecto a los delitos cibernéticos específicos, se detectaron tres predictores o determinantes específicos relacionados significativamente con su denuncia. La victimización anterior, los ingresos y el nivel educativo se relacionaron significativamente de manera negativa con la denuncia a la policía de la victimización de los tres tipos de delitos cibernéticos. Las relaciones con otros determinantes difirieron entre los tres tipos de ciberdelito.

Concretamente, algunas otras características de las víctimas están asociadas con denunciar delitos a la policía en comparación con denunciar delitos a otras organizaciones. El hallazgo más notable es que las víctimas de delitos cibernéticos que habían sido victimizados anteriormente tienen menos probabilidades de denunciar su victimización a la policía y más probabilidades de denunciarlo a otras organizaciones.

Otra diferencia sería que los hombres tienen más probabilidades de denunciar, específicamente, los fraudes de consumo a la policía. En contraposición, las mujeres las tenían de denunciar el hacking y robo de identidad a otras organizaciones.

Así pues, sería deseable que las investigaciones futuras también tuvieran en cuenta las características del delito (la gravedad o magnitud del delito y sus consecuencias, la indemnización…) al estudiar la disposición a denunciar los delitos cibernéticos. Asimismo, deberían estudiarse en profundidad los motivos para denunciar o no (esto es, los factores psicológicos); otros tipos de víctimas, como las empresas o gobiernos; y más tipos de delitos cibernéticos.

Si quieres saber más sobre Victimología, ciberdelincuencia y el ámbito de las Ciencias Forenses no te pierdas nuestro Máster de Criminal Profiling o nuestro Experto Universitario en Investigación Criminológica, programa 100% online y certificado por la Universidad a Distancia de Madrid, con becas especiales para lectores del Club Forenses.

Cultura de la violación en las redes sociales: Twitter. Club de Ciencias Forenses

 Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Tweeting rape culture: Examining portrayals of victim blaming in discussions of sexual assault cases on Twitter” de Stubbs-Richardson, M.; Rader, N. E. y Cosby, A. G. (2018), en el que se examina cómo es interpretada la cultura de la violación en las redes sociales, concretamente en Twitter.

Bien, por cultura de la violación debemos entender aquellos comportamientos o ideologías que normalizan la violencia sexual. De hecho, a través de esta cultura se construye socialmente lo que entendemos por violación y cómo son —supuestamente— las víctimas.

Los mitos como “ella quería” o “mintió, eso no es violación” forman parte de esta cultura y pueden ser reflejados en los medios, las leyes, etc., en el consenso de la comunidad y a nivel individual. Estos mitos contribuyen a justificar la agresión, excusar al agresor y culpabilizar a la víctima, sobretodo cuando se cosifica sexualmente a esta como, por ejemplo, una trabajadora sexual.

Dicha cultura, junto a la culpabilización de la víctima y avergonzar a las mujeres por su actividad sexual (presunta o real), son cuestiones representadas en las redes sociales mediante la discusión de casos de delitos sexuales. Estadísticamente, en EE.UU se viola a 1 de cada 5 mujeres, y muchas no denuncian por la vergüenza, su culpabilización y el miedo a que las autoridades no las crean. De hecho, un estudio determinó que el 43% de los abogados de la acusación en estos casos mostraba entre una moderada y alta aceptación de la cultura de la violación.

Así pues, la existencia de una cultura de violación hace que sea menos probable que se denuncie la violación y también es una forma de victimización que estigmatiza y culpa a las víctimas de violación por su victimización. A grandes rasgos, las investigaciones sugieren que las redes sociales se utilizan tanto para victimizar a las supervivientes de violación como para abogar contra una cultura de violación.

El bullying y el acoso sexual de las víctimas de violación es una forma de victimización secundaria que tiene muchas consecuencias para la salud y que, en última instancia, puede llevar al suicidio de la víctima.

En el estudio realizado por los autores, estos analizaron en la red social Twitter un total de 603 tweets referentes a tres casos de violación (259 tweets de apoyo a las víctimas y 344 culpabilizándolas), usando los términos “violación y puta” para seleccionar ambos tipos de tweets.

Los tres casos discutidos incluyen víctimas jóvenes femeninas cuya victimización por violación salió a la luz a través de las redes sociales. En los tres casos, se culpó a las víctimas por su violación (encontrarse intoxicadas, tener comportamientos promiscuos…) y, posteriormente, se las hostigó tanto online como fuera del ciberespacio. Los tweets se dividieron en tres categorías.

Por un lado, el binario “virgen-puta” y el mundo justo; esta última hipótesis sostiene que a las malas personas les ocurren cosas malas y viceversa. Consecuentemente, la violación se considera un acto desviado que le ocurre a mujeres con comportamientos o formas de vestir inapropiadas. Así pues, algunas personas llegan incluso a considerar que las prostitutas (no sólo en el sentido literal de la palabra) no pueden ser violadas.

Esto es, este tipo de tweets sostienen que algunas víctimas de violación se merecen lo que les pasó. En este sentido, las “putas” se perciben como las víctimas más merecedoras de violación (degradándolas como objetos sexuales), mientras que las vírgenes se salvan. Este binario, pues, justifica la violación, culpabiliza a la víctima y exculpa o justifica al agresor.

Por otro lado, los tweets sobre noticias, copiando la información sobre los hechos, pueden servir tanto como apoyo a la víctima como para legitimar o excusar la violación. Los usuarios de Twitter parecen querer crear sus propias noticias, incluso para temas emocionales como el suicidio de las víctimas de violación.

Este tipo de subtweets a menudo agregan un comentario cargado de emociones que deja entrever su opinión, que suele ser de tristeza o enfado. Cuando se presentan hechos para resaltar la experiencia de la víctima, parece que los efectos negativos de la cultura de la violación se notan y se oponen con mayor facilidad.

Por último, se encuentran los tweets encaminados a desprestigiar los mitos de la violación. En ellos es en los que más apoyo a las víctimas se suele mostrar argumentando que la violación no es aceptable bajo ninguna circunstancia. Los tweets de apoyo a las víctimas sostienen que la violación no debe justificarse como un resultado aceptable por motivos de vestimenta, comportamiento, alcohol o drogas, o encuentros sexuales previos.

Así pues, utilizando los términos “violación y puta”, se identificaron numerosos ejemplos de contenido tanto de culpa como apoyo a las víctimas. Los resultados del estudio revelan que, en general, los tweets que culpan a las víctimas son más influyentes tanto en el número de seguidores como de retweets. No obstante, es posible que los términos de búsqueda resulten en una subsección más pequeña y extrema de las discusiones sobre la cultura de la violación y, por tanto, se recogieran en el estudio más tweets legitimando la violación.

En cualquier caso, estos hallazgos resaltan la importancia de examinar el diálogo o interacciones entre grupos en las redes sociales. Las redes sociales ofrecen la oportunidad de evaluar ejemplos del mundo real de culpar a las víctimas que, de otro modo, serían difíciles de obtener.

La investigación futura debería examinar qué discusiones surgen cuando se emplean términos de búsqueda más generales como violación y agresión sexual en las redes sociales. Incluso podría ampliarse a cuando estos estén relacionados con el comportamiento sexual.

Por otro lado, podrían evaluarse los tipos de apoyo a las víctimas o los esfuerzos de intervención que reducen la aceptación de los mitos sobre la violación y la violencia hacia las mujeres, que evalúan los efectos sobre la salud mental y que apuntan a mejorar las intervenciones de los espectadores en línea.

Si quieres saber más sobre Victimología y el ámbito de las Ciencias Forenses no te pierdas nuestro Máster de Criminal Profiling o nuestro Experto Universitario en Investigación Criminológica, programa 100% online y certificado por la Universidad a Distancia de Madrid, con becas especiales para lectores del Club Forenses.

Los perfiles de agresores sexuales y homicidas de personas de la tercera edad. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “The unusual victim: understanding the specific crime processes and motivations for elderly sexual homicide” de Chopin J. y Beauregard E. (2019), en el cual se analizan los aspectos diferenciales de los homicidios sexuales con víctimas de la tercera edad, en comparación con los homicidios sexuales que afectan a víctimas jóvenes y adultas.

A pesar de ser un crimen horrible, la investigación de la violencia sexual cuyas víctimas son personas de tercera edad es muy limitada. Las agresiones sexuales y crímenes contra las personas de tercera edad son relativamente raras en comparación con aquellas que afectan a otros grupos de edad.

Aun así, las agresiones sexuales y crímenes con víctimas de tercera edad (VTE) conforman un grupo diferenciado de casos con víctimas adultas y jóvenes (VAJ). Por ello, se deben analizar sus características por separado y, así, poder crear perfiles criminales más precisos.

Investigaciones previas en agresiones sexuales a VTE vs. VAJ

En las agresiones sexuales que afectan a VTE hay mayor violencia física. Esta se observa en las estrategias de aproximación a la víctima y en la agresión per se. Suele haber más golpes violentos y consecuencias más graves a nivel físico.

La mayoría de las agresiones ocurren en el domicilio de la víctima. Esto es congruente con la evidencia de que el domicilio de una víctima suele ser uno de los escenarios más comunes de violación. Las motivaciones del perpetrador en este tipo de agresiones se clasifican en tres dimensiones: basadas en ira, sexuales y oportunistas. Los autores añaden una cuarta posible, que sería la experimental.

Cuanto se trata de ira, esta es una ira típicamente misógina, con humillación sexual y fantasías sádicas. El agresor suele mostrar un alto grado de expresión de la ira y comportamientos antisociales en etapas juvenil y adulta. La aproximación a la víctima suele ser de tipo súbito y agreden a la víctima sin que haya necesariamente penetración.

Cuando se trata de motivaciones sexuales lo que se busca es la gratificación sexual. Estos agresores suelen consumir y poseer mucho material pornográfico y suelen presentar conductas sexuales desviadas.  La ira suele estar ausente, con bajos niveles de violencia física y altos niveles de penetración sexual. Asimismo, después de la agresión, suelen dejar libre a la víctima deliberadamente.

Los agresores sexuales oportunistas de VTE aprovechan situaciones de vulnerabilidad de la víctima. Por ejemplo, cuando no hay nadie que les pueda proteger. Este tipo de agresiones pueden darse a menudo en un contexto de robo. No suele haber penetración sexual, sino besos o caricias sexuales. El escenario suele darse en zonas públicas o exteriores.

También podría existir una cuarta dimensión de la motivación: experimental. Estos agresores sexuales buscarían deliberadamente una experiencia sexual con una víctima vulnerable elegida. Serían agresores de tipo hibrido, cuya experiencia con VTE no estaría muy bien definida.

Investigación actual sobre los homicidios sexuales con VTE

Los autores del estudio analizan diferencias entre 513 casos de homicidios sexuales que implican víctimas entre 16 y 45 años y 56 casos que implican víctimas de 65 años o más. Se excluyen las edades entre 45 y 65 años debido a características que se solapan y, por ello, dificultades para clasificar de manera precisa adultos y personas de tercera edad. Asimismo, los casos con víctimas de menores de 16 años se excluyen debido a que conforman un cluster normalmente bien diferenciado.

Los casos provienen de una base de datos oficial, con casos de Francia y Canadá y abarcan el periodo desde 1984 hasta 2018. Para que un homicidio sea considerado de naturaleza sexual debe tener al menos una de varias características. Por ejemplo, la exposición de partes sexuales del cuerpo de la víctima y/o evidencias de actividad sexual o sustitutos de ella.

Por un lado, se observa que los homicidios sexuales a VTE conforman un grupo diferenciado de los casos con VAJ, al igual que lo observado en las agresiones sexuales.  En la mayoría de los casos el escenario del crimen es el domicilio de la víctima, donde también ocurre la aproximación a ella.

La mayor probabilidad de que los crímenes ocurran en el domicilio se explicarían por las rutinas de las VTE. Suelen desarrollarse en el domicilio, además de las situaciones comunes de soledad, jubilación o enfermedad que provoca la permanencia en casa.

Algo parecido ocurriría en el caso de las víctimas menores, cuyas actividades también se desarrollan mayoritariamente en el hogar. Otra similitud con los casos que implican menores es la mayor cantidad de criminales que son conocidos de la víctima.

Al igual que en las agresiones, los homicidios sexuales a VTE son mucho más violentos que los homicidios sexuales de VAJ. Esto puede deberse a que la mayoría de estos criminales suelen actuar con motivaciones de ira y sadismo, ambas asociadas a altos niveles de violencia.

En cuanto a conductas sexuales per se, no hay muchas diferencias en las conductas normalizadas (p. ej. penetración vaginal). En cambio, si se detecta un alto número de conductas extrañas, como la penetración con objetos o actividad sexual postmortem. La primera se puede considerar como una conducta de tortura o sustituto de actividad sexual debido a disfunción sexual. La segunda es una conducta parafílica, pero también puede darse como resultado de una disfunción sexual.

Aparte de estas diferencias generales, los autores desarrollan una clasificación para los criminales sexuales de VTE según sus motivaciones y mediante el análisis del modus operandi, similar a la descrita para las agresiones sexuales. Se trataría de motivaciones sexuales, de robo, sádicas y experimentales.

Los criminales motivados sexualmente atacan a mujeres y especialmente cuando están durmiendo. En todos los casos se da penetración vaginal y suele haber mucha diversidad de actos sexuales cometidos comparado con otros tipos de agresores. Entre ellas, se da la penetración con objetos extraños en una tercera parte de los casos.

Suelen utilizar métodos ilegales para entrar en el domicilio. Matan a la víctima especialmente porque suelen ser conocidos, pero rara vez llevan a cabo conductas para destruir pruebas. También roban cosas de valor de la víctima, pero impulsivamente más que llevarse souvenirs.

Los motivados por el robo también atacan principalmente a mujeres, en sus domicilios y mientras están durmiendo o llevando a cabo alguna actividad doméstica. Lo más diferencial de estos criminales es que lo principal es el robo, mientras que la agresión sexual y el homicidio son subsecuentes y basadas en la oportunidad. Las agresiones sexuales suelen ser relativas a masturbación y similar. En la agresión y el homicidio se suelen notar aspectos que indican la falta de premeditación.

Los criminales sádicos atacan exclusivamente a mujeres en sitios exteriores y especialmente cuando las víctimas hacen deporte. Suelen ser desconocidos para las víctimas. No buscan actividades sexuales comunes ni suele haber gran diversificación de estas. En cambio, cometen actos sexuales de dominancia, tortura psicológica y/o física, humillación y/o mutilación. Lo que les motiva, por tanto, es el sufrimiento de la víctima y no la naturaleza sexual de sus conductas. Suelen utilizar armas para matar a la víctima y suelen destruir pruebas.

Por último, los criminales experimentales atacan tanto a hombres como a mujeres de la tercera edad, generalmente en sus domicilios. En la mayoría de los casos los criminales son conocidos de las víctimas y es así como se aprovechan para entrar en sus casas. No suelen implicarse en agresiones sexuales típicas.

En cambio, suele haber presencia de actos extraños como la penetración con objetos y actividades sexuales postmortem. En estos casos es donde la hipótesis de disfunción sexual encaja más, así como las fantasías sexuales desviadas. Suelen planear el ataque, reflejándose esto en la ausencia de golpes y muchos de los crímenes se cometen con un arma.

Como conclusión, observamos que analizar los casos de agresión y homicidio con víctimas de la tercera edad como un grupo separado es crucial, dado que se pueden encontrar diferencias destacables con respecto a los casos con VAJ (aunque se requiere mucha más investigación). Estas diferencias serían cruciales cuando se evalúa el riesgo de reincidencia, se desarrollan perfiles criminales e incluso cuando se trata de evaluación y tratamiento.

Aunque este tipo de casos sean menos frecuentes, es importante estudiarlos porque debido al incremento de la población de la tercera edad, dicha frecuencia puede aumentar.

¿Te interesan el campo de las Ciencias Forenses? ¿Quieres aprender sobre análisis de escenarios de crimen, profiling e/o investigación criminológica? Visita nuestro Máster en Criminal Profiling  y nuestro Experto Universitario en Investigación Criminológica,  con becas especiales para los lectores del Club Ciencias Forenses.

Criminal profiling de los asesinos de trabajadores/as sexuales. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Sex worker homicide series:profiling the crime scene” de Sorochinski M. y Salfati C. G. (2019), en el cual se exponen aspectos relativos al profiling de criminales con víctimas trabajadoras del sexo.

Contrario a las creencias populares, los criminales con víctimas trabajadoras del sexo exhiben una variabilidad sustancial en la selección de sus víctimas y en sus patrones comportamentales. Por esa razón, hay grandes dificultades para investigar este tipo de crímenes.

La perfilación criminal implica múltiples variables. Una parte del análisis se enfoca en la escena del crimen. Dicha escena ofrece información sobre cómo se comete el crimen, patrones y subtipos comportamentales que se relacionan con diferentes subtipos de escenarios y características criminales.

Hay tres áreas principales que el profiling atiende. Primero, las diferencias individuales de comportamiento criminal, con el fin de establecer subgrupos de criminales y tipos de escenarios. Segundo, la consistencia conductual, clave en el profiling. Sirve para entender el desarrollo de la carrera criminal de un individuo. Asimismo, trata de la consistencia entre varios crímenes cometidos por una misma persona. Tercero, las inferencias sobre características del criminal, que son el núcleo del profiling. El análisis de la consistencia, en este caso, es el enfoque principal.

Las autoras de este estudio recogen datos de diferentes investigaciones y bases de datos. La información que exponemos a continuación se corresponde al análisis de 83 criminales (series de crímenes). El total de las victimas asciende a 519 de 6 países diferentes.

De las 83 series, las victimas de 44 fueron solo trabajadores/as del sexo, la mayoría mujeres, pero también hombres (21 víctimas) y transgénero (2 víctimas). Las 39 series restantes implican también víctimas de otras profesiones. Entre las víctimas se encuentra una mayoría de personas de raza blanca (61%). Todos los criminales de estos casos son hombres, la mayoría blancos (61%). La edad media al cometer el primer crimen es de 32 años.

Algunos factores del escenario del crimen ayudan a determinar diferencias y similitudes entre las escenas del crimen identificadas. Se incluyen aquí acciones que preceden al crimen, como el tipo de víctima seleccionado y la localización. Otras son las acciones durante el crimen, como la actividad sexual y las heridas. También son importante las acciones post crimen, como la transportación del cuerpo de la víctima y su colocación.

La revisión de las autoras muestra que los factores más importantes en el análisis del crimen de personas que trabajan en el área sexual son también aquellos que mayores dificultades presentan para el análisis.

La localización del cuerpo de la víctima es uno de los elementos diferenciadores claves entre los criminales que solo matan victimas trabajadoras del sexo y los que matan también a otros tipos de víctimas. Este aspecto también es útil de manera inversa. La localización del cuerpo determina si se trata de la víctima de un criminal de trabajadores/as sexuales o mixto.

Se ha observado que el cuerpo de las víctimas trabajadoras del sexo se encuentra más a menudo en interiores. Asimismo, las víctimas de un criminal mixto se encuentran más a menudo en exteriores. Los criminales mixtos suelen llevar a cabo más agresiones sexuales que los que asesinan trabajadores/as del sexo. Suelen poner mayor esfuerzo en la conducta de colocación del cuerpo de la víctima. Matan más por estrangulación y con premeditación para tal estrategia.

Los criminales mixtos tratan de manera diferente a las víctimas trabajadoras del sexo y a las que trabajan en otros campos. Estas diferencias también están ligadas a la variable interior vs exterior, pero de manera inversa. Al primer tipo de víctimas las suelen atacar en exteriores y al segundo mayoritariamente en interiores.

Estos datos pueden ser de gran ayuda para las investigaciones. La razón clave es que la decisión sobre el sitio de ataque y sobre dónde dejar el cuerpo de la víctima implican planificación. Los comportamientos que requieren planificación suelen ser los de mayor consistencia.

Como antes hemos mencionado, los criminales mixtos matan más por estrangulación. No obstante, la diferenciación entre víctimas trabajadoras sexuales versus de otros campos muestra cierto cambio en los datos. Las víctimas trabajadoras del sexo tienen mayor probabilidad de ser asesinadas por estrangulación. Las víctimas no trabajadoras del sexo tienen mayor probabilidad de ser atacadas en interiores y de ser dejadas con vida.

A pesar de tales aspectos diferenciales, no se puede hablar de un valor predictivo suficiente. Estos indicadores son insuficientes para determinar con confianza si la víctima pertenece a una serie mixta o de trabajadores/as sexuales.

Los criminales que se incluyen en la serie mixta asesinaron casi dos veces más víctimas que los otros. Este dato es muy importante. Indica que los criminales mixtos son más difíciles de capturar y, por eso, tienen más tiempo en libertad para asesinar. Por tanto, matan más víctimas a lo largo del tiempo.

La razón más probable es la gran heterogeneidad de comportamientos que presentan y, por tanto, mayores dificultades para capturarlos. De hecho, las autoras han observado una importante inconsistencia conductual registrada en los criminales mixtos.

Por ello, puede que sea importante no solo investigar los patrones comportamentales del criminal mixto, sino también las progresiones en los patrones de victimización. Por ejemplo, en qué punto de la serie de crímenes de un sujeto cambia de un tipo de víctima a otra.

Como en todos los análisis basados en el profiling, hay ciertas dificultades y, en el caso de las víctimas trabajadoras sexuales, aún más. No por ello se debe considerar que el profiling no sea suficientemente útil. Como ocurre muy a menudo, hace falta más investigación específica en cada tipo de crimen.

 

Si te interesa la perfilación criminal, podrás conocer más detalles sobre ello en las IV Jornadas De Perfilación Criminal, dónde se reúnen varios expertos internacionales. ¡No te lo pierdas!

Además de las IV Jornadas De Perfilación Criminal, puedes aprender más en nuestro Máster en Criminal Profiling  y nuestro Experto Universitario en Investigación Criminológica,  con becas especiales para los lectores del Club Ciencias Forenses.

Casos de maltrato de menores con discapacidad intelectual: las mejores prácticas de entrevista. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Best practices for interviewing children with intellectual disabilties in maltreatment cases” de Wyman J. D., Lavoie J. y Talwar V. (2018), en el cual se describen las mejores prácticas en materia de entrevista con niños y niñas con discapacidad intelectual en casos de maltrato.

Como ya hemos mencionado en un artículo anterior, infancia y discapacidad intelectual (DI) es una combinación que implica un alto riesgo de ser víctima de maltrato. Para complicarlo aun más, las limitaciones comunicativas y de memoria de trabajo de este tipo de discapacidad puede provocar una percepción de no credibilidad en aquellos que entrevistan a las víctimas de maltrato con DI. A su vez, esas limitaciones dificultan la obtención de testimonios precisos y detallados, clave para investigar, comprobar y procesar alegaciones de manera efectiva.

A diferencia de las entrevistas clínicas que trabajan con un enfoque terapéutico, las entrevistas forenses reúnen información sobre el evento y evidencias que puedan corroborar el testimonio de la víctima. Estas son mucho más estructuradas, formales y se basan en un enfoque de investigación de hechos objetivos. También se recogen otras evidencias: pruebas físicas, informes de otros testigos, informes profesionales, etc. El problema es que, en muchos casos, el testimonio de la víctima es la única evidencia disponible. Además, se ha observado que las víctimas con DI suelen ser reacias o incapaces de revelar el maltrato que reciben, sea por un desarrollo limitado, traumas severos o apego con los autores del maltrato.

La DI implica un retraso en el desarrollo cognitivo y en el funcionamiento adaptativo. Puede afectar a la comunicación, al razonamiento abstracto, a la capacidad de aprendizaje y muchas otras funciones cognitivas. Lo que está claro es que hay mucha variabilidad en la expresión de la DI en la población afectada. Cada niño y niña presenta un patrón único de retrasos en el desarrollo cognitivo y según cada patrón hay un cierto impacto en cómo se responde a los formatos estándar de la entrevista forense.

Por ejemplo, la predominancia de problemas en el lenguaje hace difícil describir verbalmente un evento, algo que se requiere en los métodos de entrevista más utilizados (p. ej.  Entrevista Cognitiva, Protocolos NICHD). La misma dificultad se daría cuando se evalúa la veracidad del testimonio en base a la cantidad de detalles específicos, consistentes y precisos, como ocurre en Statement Validity Assesment (SVA; Vrij, 2000). Si la memoria episódica y el procesamiento de la información son los más afectados, los/as niños/as tienen dificultad para recordar detalles específicos cuando solo se les entrevista una vez (típico cuando se entrevista después de mucho tiempo desde el evento denunciado). Por lo tanto, si el objetivo es atender cada caso de maltrato a menores con DI con la profesionalidad, validez y fiabilidad debidas, se debe adaptar la metodología utilizada en cada caso.

Previo a la entrevista, se recomienda consultar con los profesionales que trabajan con la víctima. Pueden ser psicólogos, trabajadores sociales, educadores, etc. Se debe hacer un esfuerzo para entender la gravedad de la DI de la víctima y para definir cuáles son y cómo pueden afectar los déficits a la capacidad de testificar.

Se recomiendan pocas modificaciones y más adaptaciones de las estrategias de entrevista y la planificación es clave. Poco de las primeras porque modificar implica alterar de manera sustancial el proceso de la entrevista. Eso puede dar lugar al uso de estrategias poco fiables, no comprobadas o espontáneas y que pueden afectar a los resultados del caso.  Mejor hacer adaptaciones porque son pequeños ajustes a las prácticas de entrevista basadas en evidencia para acomodarlas al desarrollo único de la víctima.

El escenario de la entrevista puede incluir pequeños detalles que faciliten la entrevista. Se pueden ajustar los estímulos ambientales para evitar la sobreestimulación sensorial de la víctima. Se pueden traer objetos familiares, poner algo de música o jugar algo antes de la entrevista, todo ello encaminado a disminuir la ansiedad y el estrés de la víctima. No obstante, se deben eliminar todos los distractores cuando la entrevista empiece.

Las estrategias de prueba preconstituida también son útiles en poblaciones vulnerables. Un ejemplo sería grabar la entrevista y no basarse solo en las notas del entrevistador. Una grabación también puede evitar la necesidad de repetir la entrevista. Se recomienda que el entrevistador siempre sea el mismo, que se respeten las rutinas de la víctima y monitorizar constantemente su estado psicológico (p. ej. si hay fatiga, estrés, distracción, etc.). Por último, cada vez más se incluye un intermediario entre el testigo y el entrevistador. Suele ser un profesional de la salud o de la educación, que ayuda en la adecuación de la entrevista a las necesidades de la víctima.

En el artículo se destacan algunas ideas que sirven de guía para la adaptación de las entrevistas con menores con DI. La entrevista debería empezar con la construcción de relaciones con la víctima, esencial para sobrepasar la reluctancia de revelar aspectos tan sensibles a un desconocido. Empezar con preguntas abiertas, dirigidas a intereses personales y experiencias positivas de la víctima puede generar familiaridad, reducir la ansiedad y evitar percepciones de autoridad sobre el entrevistador.

Que la víctima empiece a contar lo ocurrido como respuesta a preguntas abiertas y de recuerdo libre hace que los testimonios sean más largos, más ricos en detalles y menos sugestionables que responder a preguntas cerradas. En estos casos, aunque pueda darse una falta de detalles periféricos debito a déficits de memoria y lenguaje, se ha observado que la precisión de las narrativas son a menudo las normativas en términos de edad.

A pesar de las grandes limitaciones de las preguntas cerradas, no se puede negar su utilidad cuando se construyen sobre lo que la víctima ha revelado previamente. Se pueden usar para confirmar detalles que responden a las seis W (qué, quién, cuándo, dónde, por qué, cómo; seis W o cinco W y una H del inglés what, who, when, where, why, how) y, así, obtener información más precisa. También son útiles cuando la víctima presenta déficits lingüísticos y no pueden describir verbalmente un evento.

Existen algunas evidencias sobre la utilidad de la Entrevista Cognitiva (EC) en personas con discapacidad. El uso de de las técnicas mnemónicas, como la restauración mental de contextos o cambio de perspectiva puede dar lugar a testimonios más detallados y consistentes. No obstante, se debe tener en cuenta que algunas de las técnicas de la EC no se pueden utilizar con menores con DI debido a su complejidad.  En algunos estudios se modificaron, pero se desconoce la eficacia de dichas modificaciones.

Se destaca el uso de la técnica de andamiaje, que en este caso supone partir las instrucciones y preguntas en trozos más pequeños. Por ejemplo, en lugar de una sola pregunta abierta y amplia, pueden utilizarse preguntas que guían en el recuerdo del evento. Pueden ser preguntas de orientación al detalle (p. ej. ¿y cómo era la casa por fuera?)  o indicaciones abiertas (p. ej. ¿y qué pasó después?).

En aquellos menores con DI y déficits en el lenguaje se recomienda que los entrevistadores combinen estrategias de comunicación verbal y no verbal. Las estrategias no verbales son muy útiles porque permiten obtener información a pesar de limitaciones en la comunicación verbal. Escribir, el uso de lenguaje de signos o dibujar pueden ofrecer información valiosa.

Por último, las entrevistas múltiples (repetidas) mostraron ser útiles para obtener cada vez más información sobre una situación de maltrato. Este incremento gradual en la cantidad de información se ha observado también en menores con DI. Repetir una entrevista supone dar más oportunidades para revelar información y elaborarla en base a testimonios anteriores. Estas observaciones son representativas de las entrevistas llevadas a cabo poco tiempo después del evento en cuestión.

Obviamente, el uso de entrevistas múltiples no está exento de riesgos y dificultades. Pueden darse mayores inconsistencias o cambios e inclusiones de información que proviene de otras personas con las que a víctima se relaciona entre entrevistas. Para evitar estos riesgos, se recomienda que, en las entrevistas posteriores, se pida información solo sobre cuestiones no tocadas ni reveladas en la entrevista inicial.

Los profesionales que entrevistan niños/as con DI informan no estar preparados suficientemente para ello. A pesar de todo el progreso en las técnicas de entrevista, la mayoría se han probado con personas con un desarrollo normativo. La necesidad de atender las diferencias y dificultades de las entrevistas con personas desarrolladas no normativamente sigue estando sobre la mesa.

Si quieres aprender más sobre técnicas de entrevista y cómo aplicarlas en diversos contextos no te pierdas nuestro curso de Experto Universitario en Investigación Criminológica,   con becas especiales para los lectores del Club Forenses.

VioGén: Validación y calibración para evaluar el riesgo de violencia contra la pareja. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Validation and calibration of the Spanish Police Intimate Partner Violence Risk Assessment System (VioGén)” de López-Ossorio J. J., Gonzále- Álvarez J. L., Muñoz Vicente J. M., Urruela Cortés C. y Andrés-Pueyo A. (2019), en el cual se describe el marco teórico, el desarrollo y la validación de los formularios de evaluación policial del riesgo de la violencia contra la pareja (VCP) que pertenecen al sistema VioGén del Ministerio de Interior español.

El contexto de aplicación de la ley es la principal vía de entrada de una víctima en el sistema de justicia. En algunos países este contexto es un lugar privilegiado y es el primero en el cual se adoptan medidas de protección. En España es una obligación: hay ordenes explícitas de las instituciones legislativas para tomar estas medidas. Por esta razón, se han desarrollado cada vez más herramientas que evalúen y manejen adecuadamente el riesgo de reincidencia violenta. Debido al aumento de la conciencia social y de la magnitud del problema de violencia de género, es en el ámbito de la VCP dónde hay mayor desarrollo metodológico.

Actualmente, existen aproximadamente 150 herramientas para este fin. Existen herramientas internacionales (p. ej. SARA, Spousal Abuse Risk Assessmental; Kropp e al., 1995, con adaptaciones al contexto español) y nacionales (p.ej. EPV-R, Escala de Predicción del Riesgo de Violencia Grave contra la Pareja – Revisada, Echeburúa et al., 2010). Este tipo de herramientas contienen tanto elementos específicos de la VCP como elementos inespecíficos que comparten con otros tipos de violencia.

Los protocolos de evaluación de riesgo tienen el importantísimo papel de servir de guía para los profesionales en la toma de decisiones con implicaciones significativas para la libertad civil y la seguridad pública. La evaluación del riesgo a través de herramientas fiables y válidas persigue un objetivo clave: minimizar la subjetividad. Esta debe minimizarse o bien en el evaluador en la estimación del riesgo o bien en la tarea de desarrollo de pautas estructuradas de juicio clínico que ofrezcan mayor prudencia en las tareas predictivas.

El paradigma del análisis de la violencia no siempre fue el mismo. Se pasó de una evaluación del peligro a una evaluación de riesgo, basada en evidencias relativas a la probabilidad de reincidencia. Este cambio de paradigma llevó a mayor eficacia predictiva, objetividad y transparencia en los procesos de evaluación y a una organización de recursos disponibles para hacer frente al riesgo más eficiente y efectiva.

En España existe un mandato institucional que alberga las tareas de aplicación de la ley en la VCP. Hablamos del Sistema de Seguimiento Integral en los casos de Violencia de Género o VioGén que, además de muchas otras funcionalidades, contiene un protocolo dual actuarial para la evaluación del riesgo de la VCP, con dos versiones digitales.

Una es la Valoración Policial del Riesgo (VPR) que cumple una función de screening para casos con indicadores de riesgo actuarial. La segunda herramienta es la Valoración Policial de la Evolución del Riesgo (VPER) que monitoriza la evolución de eventos de riesgo y de indicadores de protección. Se decidió actualizar estas herramientas, de las cuales resultaron las versiones 4.0 en ambos casos.

La actualización implicó una fase exploratoria con el objetivo de obtener una validez de contenido. En esta fase colaboraron diversos expertos institucionales y profesionales. Se obtuvieron varios indicadores de reincidencia por lo que la siguiente fase fue la construcción de las escalas.

Se construyeron borradores de las herramientas y se pusieron a prueba en una muestra de 6613 nuevos casos de VCP incluidos en VioGén a lo largo de 2 meses y con un seguimiento mayor de 6 meses. El objetivo de las pruebas fue verificar la razón de probabilidades de cada indicador con relación a los comportamientos violentos y sus parámetros. También se establecieron puntos de corte, determinándose 5 niveles de riesgo: inapreciable, bajo, medio, alto y extremo.

VPR 4.0 se formaliza con 39 indicadores clasificados en 4 dimensiones temáticas. Estas son: gravedad de los episodios registrados (historial), factores del agresor (p. ej. comportamientos de celos, control y acoso o indicadores de ajuste psicológico/psicopatológico), características de vulnerabilidad de las víctimas y agravantes.

VPER 4.0 se formaliza con 43 indicadores, de los cuales 34 son factores de riesgo y 9 son factores de protección. Los indicadores se agrupan en 5 dimensiones criminológicas: las 4 de VPR 4.0 y una quinta que atiende a las relaciones dinámicas entre indicadores. Esta herramienta se utiliza de forma complementaria a VPR 4.0.

En la fase de la validación, se observó que las herramientas tienen una validez predictiva buena y similar a otras herramientas de evaluación del riesgo en VCP. VPR 4.0 se muestra sensible a la detección del riesgo de reincidencia y presenta una probabilidad de riesgo de detectar falsos negativos de 5,1%. Es una herramienta capaz de detectar a aquellos sujetos con un bajo riesgo de reincidencia.

En el caso de VPER 4.0, se ha tenido que desarrollar dos formas diferentes: una para los casos con evolución positiva y otra para los casos con evolución negativa. Estos escenarios se presentan de manera tan distinta que se justifica la necesidad de crear dos versiones VPER. Ambas muestran sensibilidad a incidencias y características del agresor que podrían aumentar las probabilidades de un evento violento.

Por último, se destaca que estas herramientas actuariales de VioGén apoyan la fuerte evidencia de la necesidad de un plan para la protección de las víctimas acorde a la evaluación del riesgo que se obtiene de cada caso. Ni VPR ni VPER están diseñadas para la evaluación de aspectos psicológicos o constructos. La transparencia y fiabilidad de estas herramientas están diseñadas para hacer predicciones e identificar a lo sujetos con mayor riesgo de reincidencia con  el fin de poder asignar los recursos de protección de la forma más eficiente posible.

Si quieres aprender más herramientas muy útiles para valorar el riesgo de conductas violentas no te pierdas nuestro curso sobre Herramientas de Valoración y Gestión del Comportamiento Delictivo especialmente útil para criminólogos/as.

Características del abuso sexual a menores cuando el agresor es mujer. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Child sexual abuse perpetrated by women: case series and review of the literature” de Curti S. M., Lupariello F., Coppo E., Praznik E. J., Racalbuto S. S. y Di Vella G. (2019). Se analizan una serie de casos de abuso sexual infantil llevado a cabo por mujeres y se explora la homogeneidad de características, tanto de las víctimas como de las agresoras.

La sociedad parece tener un punto ciego con respecto a las agresoras sexuales de menores. Histórica y culturalmente, los agresores sexuales se perciben como hombres. Aunque el porcentaje de agresoras sexuales de menores (ASM solo para mujeres, de aquí en adelante) está bastante por debajo del porcentaje de agresores, no cabe duda de que las mujeres también llevan a cabo este tipo de delitos. El hecho de que una mujer sea capaz de llevar a cabo tales acciones choca con la creencia común (que gradualmente se va superando) de que las mujeres son sujetos pasivos sexualmente y no tienen ni el deseo ni el potencial para cometer tales crímenes. Además, en el caso de menores es aún más difícil de creer, dada la constante práctica y atribución del rol de cuidadoras a las mujeres.

Se debe tener en cuenta que los registros sobre la prevalencia de ASM se basan en datos fuertemente influenciados por el tipo de fuente de la que provienen. Los estudios que analizan la prevalencia de ASM suelen contar los casos que llegan a la atención del sistema judicial. Y si abusos o agresiones sexuales a menores llevadas a cabo por hombres se denuncian poco, en el caso de las mujeres ese poco disminuye mucho más. En algunos registros y/o estudios, la prevalencia de ASM ronda el 10% de los casos. Las ASM que reciben una condena son aquellas que llevan a cabo actos muy graves y violentos. Probablemente haya una elevada cifra negra, sea por falta de denuncia o por una actitud más indulgente del sistema judicial o social.

Este estudio utiliza un enfoque cualitativo y retrospectivo para el análisis de 9 casos de abuso sexual en los cuales el delincuente es una mujer. Dos de los casos implican a una misma agresora, con dos víctimas hermanas. En total se analizan 11 víctimas, con un rango de edad de 3 a 10 años y 8 ASM, con un rango de edad entre 33 y 70 años. Los casos provienen de la Unidad Bambi del Hospital Pediátrico de Turín, una unidad multidisciplinar entrenada específicamente para detectar los casos de menores que sufren de abuso sexual. En el análisis se tienen en cuenta datos clínicos y judiciales, tanto de las víctimas como de las agresoras. De esta forma, es posible mirar más de cerca las relaciones entre ambas partes y no solo los roles de cada uno por separado.

La mayoría de los abusos sexuales a víctimas de corta edad (menores de 5 años) de las analizadas ocurren en un contexto de cuidados. Lo curioso es que la mayoría de las ASM eran cuidadoras puntuales de las víctimas. Estas ASM eran abuelas paternas en 5 casos (45%), la madre biológica en 3 casos (27%), una vecina en 2 casos (18%) y una empleada cuidadora en un caso (9%).

 En cambio, el acercamiento sexual a las victimas mayores de 9 años se expresa de manera distinta. No se dan tanto en un contexto de cuidado y hay acciones más explicitas o sugestivas de la ASM hacia la víctima. Es decir, se acercan más al concepto de agresión que de abuso sexual. Se observa una predominancia del involucramiento o la exposición de las victimas a contenido pornográfico. Además, estas víctimas no tenían una relación de alto apego emocional, común en las victimas más pequeñas, y desarrollaron miedo hacia la agresora. Estas diferencias indican una modulación del comportamiento de las agresoras. No se acercan solo a las victimas que consiguen engañar, sino que adaptan su comportamiento a la edad de las víctimas.

En la mayoría de los casos, no solo hubo abusos sexuales, sino también violencia asistencial y otras formas de abuso. Se destaca la dificultad de obtener pruebas físicas de las víctimas, dado que se observa que en el 60% de los casos hay algún tipo de contacto con contenido sexual, pero son abusos sin penetración. Lo que más se registran son acciones coercitivas o manipulativas a nivel verbal, para presenciar actos sexuales de las agresoras, para exponerse a contenidos pornográficos o para participar en ellos. Estos resultados son coherentes con otras investigaciones donde se ha visto que solo en 1% de los casos se dieron evidencias físicas significativas. En algunos casos, las señales físicas de abuso aparecieron unos días más tarde después del abuso, por lo que el primer análisis médico resultó en una falta de pruebas. En otros casos, cuando la exploración medica se lleva a cabo muy tarde, no se registra nada porque el tejido joven tiene una alta capacidad de regeneración.

Algunos autores consideran que los casos de contacto sin penetración son los más frecuentes porque el abuso se lleva a cabo con más facilidad, enmascarándolo como una extensión de los cuidados de los menores (lavar, vestir, aplicación de cremas genitales, etc.). No hay una demanda directa de actividad sexual por parte de la agresora, sino una actitud activa de manipulación del menor.

De los casos analizados, solo en los menores de 5 años se dieron casos de penetración (con el dedo u objetos pequeños). Las agresoras podrían aprovecharse de la dificultad de los niños y niñas más pequeñas en diferenciar entre su piel, su cuerpo y la de otros. Hasta cierta edad, no se tiene consciencia sobre los limites propios del cuerpo y hay una percepción cargada de fantasía que facilita el engaño y la manipulación de los menores.

Aunque el daño físico sea menor o ausente en muchos casos, el daño psicológico siempre está presente. De hecho, hay estudios que evidencian un mayor daño psicológico de las víctimas cuando el agresor es una mujer. En los casos analizados, se observaron muchas señales de estrés psicológico de las víctimas. Las más frecuentes fueron: comportamiento rígido, hiperactividad, ansiedad, regresión de las funciones mentales, comportamientos de abuso, intimidación y una estructuración inicial de un falso yo.

La observación clínica a medio y largo plazo mostró que las victimas desarrollaron diversos problemas de salud mental y/o comportamentales. Las fobias específicas o los miedos injustificados, los comportamientos sexualizados, ideas constantes relativas al sexo, masturbación compulsiva, aislamiento social y depresión, insomnio y agresividad hacia los adultos fueron los más frecuentes.

Entre las ASM hay mucha heterogeneidad en cuanto a profesiones, nivel de estudios, historial de problemas de salud mental propio o de familiares y muchas otras características. No hay un perfil común de abuso sexual a menores ni de la condición de víctima, pero en el caso de las ASM sí destacan algunas características que se repiten a lo largo de la muestra: personas simples, carentes de estrategias de afrontamiento para los eventos estresantes de la vida, con comportamiento de negligencia hacia los menores de los que abusaron y hacia otros menores con lo que se relacionaron en el pasado, comportamientos intrusivos y autoritarios, cierta agresividad e historial familiar de violencia (sea como víctima directa o presenciándolo).

¿Por qué es tan importante prestar más atención a estos casos y registrarlos adecuadamente? El análisis de estos casos muestra que en el 75% de los ellos las ASM se quedaron libres de cargos. En un solo caso se condenó a la agresora a un arresto domiciliario de 7 años y a la compensación económica a la familia de la víctima.

Tanto en la experiencia judicial, como en la literatura científica sobre el tema, se observa que a las ASM se les consideran como menos culpables, menos violentas, menos peligrosas. Reciben condenas con menos frecuencia o de menos duración que en los casos en los que el agresor es un hombre y se les da más importancia a factores familiares presentes o pasados.

El testimonio de los menores es el elemento con más influencia en los resultados del procedimiento judicial. No obstante, se presentan diversos obstáculos para la validación de esos testimonios. Con frecuencia (y también se observó en esta muestra), se invalida a los menores como testigos. Además, la distancia temporal entre la primera denuncia y el interrogatorio formal suele ser muy larga; en estos casos fue de 8,5 meses de media. Cuando ocurre esto, fácilmente se invalida el testimonio de los menores como prueba o se le da poca credibilidad. Por eso, muchos casos de abuso sexual llevado a cabo por mujeres acaban libres de condena o con absolución.

Por último, y en cuanto a las relaciones entre víctimas y agresora, se destaca un mayor daño psicológico y mayor inhabilitación para la vida diaria como consecuencia al abuso sexual. Además, cuanto menor sea la víctima mayores daños. Estas diferencias según edad y tipo de relación se dan especialmente por la mediación del apego. Una víctima que espera  protección del adulto y que este responda a sus necesidades más básicas, que recibe a cambio actos de abuso, puede desarrollar patrones de apego desorganizado. Este tipo de apego puede provocar comportamientos desadaptativos tanto en la infancia como en la adultez, ira sin motivo, alternancia de agresividad y desapego, entre otras.

En conclusión, el abuso sexual de menores llevado a cabo por mujeres es una cuestión que no recibe la atención suficiente ni equivalente a la atención que reciben los abusos sexuales a menores llevados a cabo por hombres. Al haber tanta heterogeneidad de características relativas a las víctimas, a las agresoras y a las relaciones entre ellas, se hace necesario un análisis más profundo, de corte más cualitativo, que mejore la detecciónfutura de abusos sexuales a menores y a sus agresores/as.

¿Estamos preparados para evaluar la veracidad de testimonios de personas con discapacidad intelectual? Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Criteria-bases Content Analysis in true and simulated victims with intelectual disability” de Manzanero A.L., Scott M.T., Vallet R., Aróztegui J. y Bull R. (2019), en el cual se examina la capacidad natural de las personas para discriminar entre declaraciones verdaderas y falsas de personas con discapacidad intelectual, así como las características diferenciales de estas declaraciones, utilizando la técnica CBCA.

Las personas con discapacidad intelectual (DI) suelen ser víctimas de varios delitos y suelen estar implicadas en procedimientos legales/policiales más a menudo que el resto de la población. Un gran número de estos procedimientos no llegan a juicio. La razón podría ser la falta de adaptación del sistema policial y judicial a las características de estas personas. También afectan los mitos que encontramos en la población sobre una supuesta capacidad limitada de las personas con DI a la hora de testificar con precisión. En muchos casos, las declaraciones de personas con DI han sido consideradas menos creíbles y, a la vez, existe el mito de que a estas personas se les cree más fácilmente. ¿Algún punto a su favor?

En algunos estudios, se ha mostrado que las personas con DI pueden tener el mismo rendimiento que otras sin DI en contextos forenses. Esta similitud puede deberse a que la memoria autobiográfica de las personas con DI es bastante estable a lo largo del tiempo. Además, se propone que dar declaraciones falsas supone el uso de más recursos cognitivos que decir la verdad. Es un proceso complejo, por lo que las personas con DI tendrían cierta dificultad para generar una historia falsa.

Existen pocos estudios que analicen las características diferenciales de las declaraciones verdaderas y falsas de testigos con DI. En otras poblaciones, como los menores, se ha propuesto el uso de algunos procedimientos útiles `para evaluar la credibilidad del testimonio. Un procedimiento es el Sistema de Análisis de Validez de las Declaraciones (Statement Validity Assesment, SVA), que se utiliza especialmente con menores víctimas de abusos sexuales. El componente central de SVA es el Análisis de Contenido Basado en Criterios (Criteria-based Content Analysis, CBCA). Esta técnica parte de la idea de que las declaraciones sobre eventos reales son cualitativamente diferentes de aquellas que no se basan en una experiencia real.

Los objetivos de este estudio son tres. Primero, probar el uso de CBCA en el análisis de declaraciones falsas y simuladas de testigos con DI. Segundo, comprobar la capacidad natural o intuitiva de las personas para discriminar entre estos dos tipos de declaraciones. Y, por último, también se busca comprobar esa capacidad natural a través de un análisis de macrodatos, para mejorar la calidad de la clasificación.

Antes del estudio, dos psicólogos forenses tomaron declaraciones a 29 personas con DI. Trece de estas eran testigos reales de un incendio del autobús en el cual iban de excursión. Los 16 restantes conocían el evento, pero no habían estado presentes en dicha excursión. Por lo tanto, tenían que contar lo que pasó en base a lo que habían escuchado sobre el caso, generando una falsa declaración y haciendo creer a los evaluadores que habían estado presentes en el incendio.

En el estudio participan 33 estudiantes españoles como evaluadores. Estos no tienen experiencia alguna en el análisis de credibilidad de los testimonios, ni conocimientos específicos sobre la DI. Los participantes miran 29 videos, de los cuales 16 contienen declaraciones verdaderas y 13 declaraciones falsas. Después de visualizar cada video, tienen que considerar si el testimonio que acaban de escuchar es falso o verdadero.

Aparte de los sujetos sin experiencia, dos evaluadores profesionales entrenados en el uso de la técnica CBCA analizan las transcripciones de los videos. El CBCA contiene 19 criterios, cuya presencia indica la veracidad del testimonio. En el estudio se utilizan 17 porque los dos restantes no son relevantes para el caso.

De todos los criterios del CBCA, solo uno fue determinante de la verdad: cantidad de detalles. La falta de discriminación entre las declaraciones falsas y las verdaderas de los demás criterios del CBCA puede deberse a una gran variabilidad de la muestra o a los déficits en el desarrollo del lenguaje y de la articulación que implica la DI. En cualquier caso, los evaluadores profesionales clasificaron correctamente un 81% de las declaraciones.

El análisis de los testimonios que llevaron a cabo los sujetos no profesionales dio lugar a una discriminación correcta de declaraciones verdaderas y falsas por encima de lo que se podría conseguir por azar (50%). Un 62% de los testimonios fueron clasificados correctamente. Si se consideran por separado, falsos y verdaderos, se detectaron correctamente 65% de los testimonios falsos y 59% de las verdaderos.

Clasificar correctamente a un 62% de los testimonios implica un rendimiento superior al azar de un 12%. Este nivel de acierto no es suficiente en el contexto forense y esa es la razón por la que se necesitan herramientas como el CBCA. Además, los cuerpos policiales (y otros) consiguen un porcentaje similar de aciertos cuando analizan las declaraciones de personas con un desarrollo normativo.

También se comprobó si el cociente intelectual (IQ) marca alguna diferencia en cómo se evalúan los testimonios. Los resultados indicaron que la clasificación que hicieron los evaluadores no profesionales es independiente del IQ de los participantes. El mismo resultado se observó en estudios previos.

Buscando relaciones entre los criterios de CBCA y las evaluaciones de los participantes no profesionales, se encuentra que cuatro de los criterios del CBCA median en la valoración de la veracidad de los testimonios. Es decir, para decidir si un testimonio es verdadero, los sujetos que evalúan de manera intuitiva tienen en cuenta la estructura de la producción/narración, la cantidad de detalles, las complicaciones inesperadas de la historia y los detalles característicos.

Como se observa, la cantidad de detalles aparece como criterio relevante tanto para evaluadores profesionales como para no profesionales. Un resultado curioso, ya que las personas con DI suelen dar pocos detalles en una narración, incluso si esta es veraz. ¿Qué ocurriría si las declaraciones veraces de personas con DI se compararían con las de la población general? En el análisis de los testimonios de las personas con DI, especialmente de aquellas que presentan un vocabulario reducido y déficits de las memorias semántica y autobiográfica, se correría un alto riesgo. Esto implicaría que se podría juzgar erróneamente la credibilidad de estas personas y, por tanto, podría ocurrir una revictimización.

Por lo tanto, en el análisis de veracidad de los testimonios, no solo es necesario el uso de herramientas diseñadas para tal fin, sino también una adecuación de estas a la diversidad poblacional. En el caso de personas con DI, se hace especialmente relevante, dado que, y como ya se ha mencionado, son a menudo víctimas de diversos delitos.

¿Qué tipos de acoso tienen una mayor relación con episodios violentos? Análisis de factores de riesgo. Club Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, a continuación presentamos el resumen del artículo “Violence in stalking situations” de T. McEwan, P.E. Mullen, R.D. MacKenzie y J.R. Ogloff. Un artículo especialmente interesante en el que se investigan los diferentes tipos de posible violencia perpetrados por acosadores según el tipo de acosador y su relación con la víctima.

El acoso se considera a menudo como un precursor de la violencia, pero determinar qué acosadores pueden atacar es una tarea difícil. Este estudio supera deficiencias en investigaciones previas mediante la adopción de un diseño pseudo-prospectivo y el examen de factores de riesgo potenciales para diferentes tipos de acosador.

En el acoso un individuo se inmiscuye repetidamente en otro produciendo miedo o angustia. Las encuestas a las víctimas revelan que los efectos psicológicos del acoso pueden ser devastadores, incluidos los síntomas postraumáticos, el aumento del consumo de sustancias, la depresión y la ideación suicida. La concurrencia frecuente de acoso y psicopatología en víctimas y perpetradores significa que cualquier profesional de salud mental, no solo especialistas forenses, puede ser requerido para evaluar a las personas involucradas en una situación de acoso. Además, la literatura muestra que los profesionales de la salud mental tienen un mayor riesgo de acoso por parte de un cliente actual o anterior.

Cuando ocurre la violencia de acoso, generalmente implica dar puñetazos, patadas y empujones. Raramente causa daño físico duradero, aunque los efectos psicológicos pueden ser más persistentes. Las revisiones de la literatura de acoso sugieren que los acosadores pueden categorizarse efectivamente como de alto o bajo riesgo de violencia basados ​​únicamente en su relación con la víctima. Los compañeros ex íntimos presentan un riesgo relativamente alto de violencia, y los extraños y conocidos tienen un riesgo relativamente bajo. Se ha sugerido que la mayor proximidad a la víctima está asociada con la violencia de acoso, y las tácticas de intimidación, incluidas las amenazas y el daño a la propiedad, son factores de riesgo identificados. El papel del trastorno de la personalidad, el uso de sustancias y otros factores de riesgo de la violencia general, incluida la violencia previa y la criminalidad previa del acosador, no se comprenden tan bien. Contrariamente a la literatura general de evaluación de riesgos, los acosadores con un trastorno psicótico han demostrado consistentemente ser menos violentos.

Los análisis existentes de los factores de riesgo de violencia acosada se han visto obstaculizados por la dependencia de la revisión de archivos y el tamaño limitado de las muestras. El predominio de la violencia por ex-acosadores íntimos significa que la violencia cometida por otros acosadores se ve abrumada en los análisis estadísticos, ocultando la presencia de otras características que también pueden significar un mayor riesgo. Como resultado, actualmente es complicado distinguir entre ex íntimos de alto y bajo riesgo y desconocidos o conocidos de alto y bajo riesgo, aunque es evidente para los médicos que trabajan con acosadores que existen estas subdivisiones. Debido a la dependencia en la revisión de archivos, la información en estudios previos a menudo ha comprendido evaluaciones realizadas para otros fines, no siempre relacionadas directamente con el acoso, y no utilizando entrevistas estructuradas o cronogramas de evaluación. Se desconoce la diligencia con la que se determinaron y discutieron varios comportamientos de acoso y las definiciones de violencia han variado ampliamente. En muchos casos, la documentación auxiliar parece haber sido limitada y el examen de los archivos del caso a menudo se produjo meses o años después de la evaluación.

El actual estudio que resumimos empleó un diseño pseudo-prospectivo con entrevistas clínicas semiestructuradas aumentadas por extensas evaluaciones psicométricas e información colateral para identificar los factores de riesgo de acoso de la violencia. Este enfoque permitió la investigación por separado de la violencia entre ex acosadores íntimos motivados por el rechazo y los acosadores de otras relaciones y categorías de motivación. El objetivo del estudio fue identificar los factores de riesgo más allá del tipo de relación que diferencian a los acosadores que presentan alto o bajo riesgo de violencia. Un objetivo secundario fue comparar la utilidad de las tipologías de relación frente a las motivacionales para evaluar el riesgo de acechar la violencia.

En este estudio los datos fueron recolectados en torno a acosadores facilitados por parte de una clínica comunitaria de salud mental forense. Los criterios de inclusión fueron una condena por acoso o evidencia de intrusiones múltiples que ocasionan miedo. Los pacientes fueron excluidos si su estado mental, funcionamiento intelectual o dificultades de lenguaje impidieron la posibilidad de obtener un consentimiento informado. La mayoría de las evaluaciones fueron realizadas por los autores y el resto llevado a cabo por otros psiquiatras y psicólogos clínicos que trabajan en la clínica del acosador. Los médicos diagnosticaron enfermedades mentales usando los criterios DSM-IV-TR. Se registró el trastorno de la personalidad en presencia de un diagnóstico o rasgos problemáticos basados ​​en la entrevista clínica y la prueba psicométrica. El uso de sustancias en el momento del acoso se registró por separado y además de los trastornos de consumo de sustancias diagnosticados.

Los datos se obtuvieron de entrevistas clínicas, pruebas psicométricas, información de referencia, informes policiales y, cuando están disponibles, declaraciones de impacto de la víctima. Como las evaluaciones se llevaron a cabo en el momento de la comparecencia ante el tribunal o el momento de los comportamientos de acoso, se pudo obtener alguna forma de información colateral en todos los casos. Esta información se usó para clasificar a los acosadores por motivación en “Rechazado”, “Resentido”, “Búsqueda de intimidad”, “Inválidos incompetentes” o “Depredador”, y por relación a ex-íntimos, conocidos y extraños.

Las comunicaciones no deseadas incluían llamadas telefónicas, correspondencia escrita, mensajes de texto en teléfonos móviles, pedidos o cancelaciones de bienes y servicios, y envío de materiales no solicitados. Los “comportamientos de acercamiento” fueron intrusiones cercanas a la víctima, que incluyen merodear cerca, seguir, acosar a la víctima con intención conciliatoria u hostil y entrar a la casa de la víctima sin consentimiento.

Las amenazas incluyeron declaraciones verbales o escritas explícitas que evidencian un intento de dañar. Las amenazas pasadas (antes del episodio de acoso actual) se registraron como presentes si existía una amenaza previa de matar o amenazar con perjudicar condenas, evidencia en información de referencia o si el participante admitió amenazas pasadas.

Los comportamientos de abordaje, las amenazas y los daños a la propiedad se registraron como presentes o ausentes, y se tomó nota de si ocurrieron antes y separados del primer acto violento en la situación de acoso.

La violencia se definió como el contacto físico con la víctima con la intención de coaccionar o dañar. Esto incluía tocar a la víctima de una manera hostil (por ejemplo, golpear a la víctima en el estómago con las llaves del auto o tocar los genitales o los pechos de la víctima). Cuando el comportamiento violento era potencialmente mortal, causaba daños corporales importantes, involucraba un contacto real o intencional con un arma, o casos reales o intentados de agresión sexual con penetración, la violencia también se codificaba como “violencia grave”. Violencia previa estaba presente si existían condenas por delitos violentos (asalto, lesiones, violación, homicidio involuntario, asesinato o delitos de penetración sexual), había descripciones de violencia anterior en la información de referencia, o si el participante admitió la violencia anterior. La naturaleza y el contexto de la violencia previa se determinaron en la entrevista.

El comportamiento de acoso previo estaba presente si el individuo tenía convicciones por comportamiento de acoso anterior, o admitía un acoso previo cuando era interrogado. Los detalles del acoso anterior se determinaron en la entrevista permitiendo la diferenciación entre los episodios. Cuando el acosador ofendió a la misma víctima, se tomó cualquier cese voluntario de al menos 6 meses para indicar una interrupción entre dos episodios de acoso separados.

En el análisis se incluyeron predictores potenciales con relaciones positivas o disputadas a la violencia previamente identificadas, además de variables conductuales no examinadas previamente (por ejemplo, comportamientos de aproximación).

Los criterios de inclusión fueron cumplidos por 232 individuos, 21 se negaron a participar (90.5% tasa de participación). De los 211, 190 eran hombres (90%). La edad varió de 18 a 76 años (media = 35.6). La mayoría se identificaron como heterosexuales (n = 199, 94%), y la mayoría no tenía pareja en el momento de la situación de acoso (n = 189, 90%). Casi un tercio (29%) nunca había mantenido una relación íntima durante más de 1 año. Solo 75 (36%) acosadores completaron la educación secundaria. Los 90 (43%) reportaron empleo a tiempo completo, 20 (10%) ocuparon empleos a tiempo parcial, 28 (13%) en pensiones por discapacidad y 73 (35%) desempleados.

Solo 36 acosadores (17%) no tenían trastorno mental. Los problemas más comunes fueron en el espectro de trastornos de la personalidad, con 40 (20%) teniendo esto como su única patología y otros 52 (25%) coexistiendo con otros trastornos. Los trastornos del grupo B predominaron. La esquizofrenia fue el trastorno más común del Eje I (17%), seguido de la depresión (13%). El trastorno delirante (tipo erotomaníaco) estuvo presente en seis casos (3%), discapacidad intelectual en 13 casos (7%) y síndrome de Asperger en cuatro casos. Un trastorno por consumo de sustancias estuvo presente en 22 casos (10%), pero otras 77 personas informaron el uso de sustancias en el momento del comportamiento de acoso [47%, que comprende el uso de drogas ilícitas (18%), consumo de alcohol (16%) y consumo de alcohol y drogas (13%)].

La duración promedio de los episodios de acoso fue de 58.3 semanas, con un rango de menos de 1 semana a 832 semanas. El número medio de métodos de acoso fue 3.4. Se sabe que un total de 65 acosadores (31%) habían acechado previamente, 19 en contra de la misma víctima. Un total de 44 (21%) habían proferido amenazas para dañar o matar, y 86 (41%) habían sido violentos antes del episodio actual de acoso .

La violencia ocurrió en 39 casos (19%), 11 cumpliendo los criterios adicionales de violencia grave. 20 fueron violentas una vez, 8 dos veces, 4 tres veces, y las 3 restantes fueron violentas cuatro, cinco y seis veces respectivamente. Los tres últimos eran acosadores depredadores que acosaban y atacaban sexualmente a múltiples víctimas. En 14 casos, la violencia fue extremadamente leve, y consistió en una combinación de víctimas hostiles que tocaban, empujaban o restringían. En otros 22 casos, hubo contacto sexual, puñetazos o patadas (en cuatro casos constituyeron violencia grave), y 16 casos fueron tan graves como ataques con arma o vehículo, agresión sexual, intento de asesinato y asedios armados (muchos acosadores utilizaron varios tipos). de violencia). En 10 casos, la violencia grave fue cometida por un acosador exiliado rechazado (que representa el 35% de toda la violencia por acosadores Rechazados); el otro involucraba a un acosador depredador. En otros cuatro casos, la gestión exitosa o la circunstancia fortuita aliviaron la violencia grave. Un acosador resentido fue arrestado en la casa de la víctima, armado con un cuchillo y expresando un intento homicida. De manera similar, un acosador que buscaba intimidad fue arrestado dentro de la casa de la víctima armado con un cuchillo y una cuerda. Otro acosador resentido siguió un ataque físico a la víctima al incendiar su casa y automóvil (con la creencia errónea de que la víctima estaba adentro) y, en un caso final, un acosador rechazado intentó contratar a alguien para ejecutar a la víctima. Afortunadamente, la persona que intentó emplear era un oficial de policía encubierto.

Como la violencia grave fue relativamente poco común en toda la muestra, la violencia se analizó como una variable única para evitar problemas con bajas tasas de base. En el 77% de los casos, la violencia estuvo acompañada de amenazas. De las amenazas, el 63% se pronunció por separado y antes de cualquier violencia, por lo que son predictores potenciales útiles para la inclusión en los modelos multivariados.

Un total de 27 de los 72 acosadores rechazados fueron violentos. Como la violencia grave era relativamente común entre los acosadores rechazados, estos casos se eliminaron y los análisis se repitieron para identificar si la violencia grave estaba afectando negativamente el valor predictivo del modelo.  La violencia ocurrió en 12 de 138 episodios de acoso instigados por un acosador con una motivación distinta al rechazo (incluido un caso de violencia grave).

De todos los sujetos del estudio, la mitad de los acosadores amenazan con dañar o matar a la víctima o a un tercero. De los 105 acosadores que profirieron amenazas, 30 (29%) también fueron violentos y la (s) amenaza (s) precedieron a la violencia en el 63% de los casos. En 8 casos, se profirieron amenazas en el momento de la violencia, y en tres casos el momento de la amenaza no pudo determinarse de manera confiable.

En conclusión, este estudio indicó que los factores de riesgo para la violencia de acoso difieren con la motivación del acosador y la relación con la víctima. En gran medida, el examen de los acosadores como un grupo homogéneo reveló que los jóvenes ex parejas íntimas que no sufrían de psicosis, tenían antecedentes de violencia y no escribieron a la víctima eran más propensos a ser violentos durante el acoso. Sin embargo, este estudio también mostró claramente que los acosadores de alto y bajo riesgo de otros grupos motivacionales podrían identificarse mediante el análisis de estos grupos por separado. Por lo tanto, la evaluación de riesgos y la gestión de la violencia de acoso podría mejorar al determinar la motivación del acosador y luego examinar los factores de riesgo específicos de ese tipo motivacional.

Antiguas entradas