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Categoría: Victimología (página 1 de 5)

Perfilando a las víctimas de fraude de inversión. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Profiling Victims of Investment Fraud: Mindsets and Risky Behaviors” de Deliema, M.; Shadel, D. y Pak, K. (2019), en el que se analiza el perfil de las víctimas de fraude de inversión.

La estafa a inversores es uno de los delitos de cuello —o guante— blanco más antiguos.

Los estudios que describen a las víctimas de fraude de inversión comenzaron a extenderse en la década de 1990. De manera generalizada, las encuestas determinaron que se trataba de hombres de mediana edad, o mayores, casados. También tenían mayores ingresos, educación y conocimientos financieros, pero solo en relación con la población general estadounidense. Sin embargo, más allá de estas características demográficas, deben estudiarse los factores psicológicos asociados a la victimización en estos fraudes.

El estatus social influye en los estilos de vida, los comportamientos y las rutinas diarias. A su vez, estos afectan de manera diferente a la probabilidad de interactuar con los delincuentes en entornos de riesgo. Según el modelo de oportunidad, las conductas que aumentan la exposición a delincuentes motivados en entornos sin supervisión aumentan las probabilidades de victimización.

Investigaciones anteriores han demostrado que realizar compras a proveedores desconocidos en respuesta a llamadas telefónicas, correos electrónicos, anuncios televisivos… etc., no solicitados aumenta la probabilidad de ser víctima de fraude de inversión. Otro comportamiento que puede aumentar la exposición a delincuentes motivados es participar frecuentemente en intercambios de acciones.

El fraude, a menudo, también se propaga a través de “redes de afinidad”. En estas, las personas son reclutadas para participar por alguien que conocen y con quien comparten ciertas características. Esto es típico de estafas piramidales. El estereotipo de la víctima de fraude codiciosa es también una creencia muy común.

Sin embargo, prácticamente no se ha recopilado evidencia cuantitativa para respaldar esta última clasificación. En contraposición, el materialismo se ha vinculado con falta de autocontrol. Una afirmación típica es que la inversión proporcionará beneficios garantizados con poco o ningún riesgo de pérdida. Esto se relacionaría, por tanto, con la impulsividad o falta de autocontrol vinculada al materialismo.

Así pues, los autores llevaron a cabo un estudio propio. El fin era comprobar si las víctimas de fraude de inversión conocidas se involucran en actividades de inversión más arriesgadas. En dicho caso, estas aumentan la exposición a delincuentes motivados. Otro objetivo es ver si tienen creencias que los convierten en objetivos más atractivos para los estafadores.

Se contó con 214 participantes reclutados entre 8.096 víctimas conocidas de fraude de inversión. Las víctimas habían invertido dinero en empresas que, después, se declararon en bancarrota. Asimismo, habían sido nombradas acreedoras en los documentos de quiebra.

Las estafas incluían el comercio de productos online, monedas de oro, arrendamiento posterior de cajeros automáticos, exploración de petróleo y gas y planes de inversión de seguros de vida, entre otros. Asimismo, se reclutaron a 813 inversores generales a partir de listas de teléfonos fijos elegibles de EE.UU para comparar.

Los participantes completaron una encuesta de 49 preguntas basada en entrevistas en profundidad con víctimas de fraude de inversión. También se realizaron entrevistas telefónicas asistidas por ordenador.

Los resultados fueron los siguientes. Más del 80% de las víctimas eran hombres, comparados con el 42,2% de los inversores generales. La edad media de las víctimas conocidas fue de 70,7 años y de 64,8 años para los inversores generales. Los porcentajes referentes al estado civil de los participantes eran bastante más similares. Las diferencias educativas y de sueldo no eran significativas.

Las víctimas participaron en muchas más operaciones bursátiles al año que los inversores generales. Asimismo, recibieron con una mayor frecuencia solicitudes de inversión por correo, teléfono y correo electrónico. En contraposición, las probabilidades de victimización disminuyeron un 30% por cada inversión hecha siguiendo recomendaciones de amigos, familiares, vecinos… etc. El materialismo se asoció positivamente con ser víctima de fraude. Lo mismo puede decirse de la creencia de que las inversiones no reguladas son más rentables.

Así pues, algunas variables se correlacionaron considerablemente con la victimización por fraude de inversión. No obstante, ninguna fue un predictor significativo en el modelo.

En resumen: las víctimas conocidas participaron en conductas de inversión mucho más arriesgadas que podrían aumentar su exposición a los infractores a través del intercambio frecuente de acciones y la compra online, remota, de inversiones a proveedores desconocidos.

El materialismo y las actitudes favorables hacia las inversiones no reguladas también pueden contribuir al atractivo del objetivo. Esto se debe a que aumenta la susceptibilidad a los mensajes de persuasión comunes. Sin embargo, estos factores no estuvieron tan fuertemente asociados con ser una víctima como los comportamientos de inversión.

En comparación con los inversores generales, las víctimas conocidas eran más materialistas y también más propensas a estar de acuerdo en que las inversiones no reguladas producen mayores rendimientos. Los perpetradores explotan estas orientaciones psicológicas prometiendo rendimientos increíbles.

Las personas que están especialmente motivadas por el dinero pueden ignorar la improbabilidad de estas promesas o creer que las ventajas superan las pérdidas potenciales. Estas creencias también podrían indicar un exceso de confianza y una tendencia a descontar el riesgo.

Contrariamente a lo esperado, las víctimas conocidas no expresaron más interés en nuevas oportunidades de inversión que los inversores generales. Debido a que los datos se recopilaron después de que ocurriera el fraude, las víctimas pueden haberse vuelto más escépticas.

Deberían investigarse más los efectos del exceso de confianza y su relación con las diferencias de género en el ámbito. Asimismo, las campañas de educación para inversores deben reducir el estigma de las víctimas de fraude. El objetivo es que se sientan empoderadas para informar a las autoridades y hablar sobre su experiencia.

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La investigación cualitativa y su importancia. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Promoting the qualitative research approach in the discipline of forensic and T legal medicine: Why more qualitative work should be promoted and how that can be achieved” de Kennedy, K. M. (2019), en el que se argumenta cómo la investigación cualitativa puede beneficiar a la medicina forense, identificar las barreras para su uso y sugerir soluciones específicas para también entender mejor al paciente.

En los últimos años, la medicina legal y forense ha evolucionado de manera dramática. Y, a medida que crecen las bases de pruebas, se debe alentar a los investigadores a aprovechar la mayor variedad posible de enfoques de investigación. El objetivo es poder utilizar metodologías complementarias que, en última instancia, produzcan los mejores resultados posibles.

Si bien la investigación cuantitativa es esencial, otros métodos de investigación también pueden ser muy beneficiosos. Cuantitativo y cualitativo representan dos enfoques principales en la investigación de las ciencias sociales, básicas y de la salud. Esencialmente, pueden diferenciarse por el tipo de información que explora cada uno.

La investigación cuantitativa suele conllevar análisis estadísticos de información en forma de valores numéricamente mensurables. La investigación cualitativa, por su parte, estudia material que no puede ser sometido a análisis estadístico. Pone un especial énfasis en interpretar los datos en términos de los significados que las personas individuales les atribuyen.

Asimismo, ambos tipos de investigación pueden ser considerados en función de su respectiva epistemología, ontología y metodología. Existen dos paradigmas predominantes en los ámbitos epistemológico (el conocimiento y cómo se obtiene) y ontológico (el ser en sí). Estos son: el positivismo (investigación cuantitativa) y el interpretivismo (investigación cualitativa).

La ontología positivista sostiene que existe una única realidad objetiva que es externa al investigador. Así, esta no estaría influenciada de ninguna manera por la perspectiva individual del investigador. El positivismo solo considera mensurables los fenómenos observables. Consecuentemente, la investigación cuantitativa tiene como objetivo ejecutar análisis estadísticos de una realidad única, objetiva y estática.

El interpretivismo, por otro lado, sostiene que la realidad es múltiple y relativa, variando según la interpretación de cada uno. La perspectiva ontológica subyacente es que la realidad es subjetiva y dinámica. En términos de epistemología, el conocimiento también es subjetivo y no existe una única forma “correcta” de conocer.

Este paradigma busca construir socialmente el conocimiento, indagando en cómo las personas dan cuenta del mundo en el que viven. La investigación cualitativa tiene una estructura menos rígida, pudiendo ser reactiva y flexible para responder y adaptarse a los hallazgos según avanza la investigación.

Así pues, varios factores contribuyen potencialmente al predominio de la investigación cuantitativa, al considerarla más objetiva y precisa. Entre estos encontramos, por ejemplo, el énfasis en el rigor científico de la investigación y las decisiones. En contraposición, algunos médicos, científicos, revistas, etc., consideran que los métodos cualitativos son más subjetivos, con resultados menos generalizables y pueden generar con más facilidad sesgos derivados de la relación médico-paciente.

Con respecto a la generalización de los resultados cualitativos, esta no se puede realizar de forma estadística. En su lugar, puede hacerse incluyendo una buena diversidad de participantes. La confiabilidad del análisis de datos cualitativos aumenta considerablemente cuando se utilizan evaluadores independientes para analizar dichos datos.

Siempre que sea posible, los investigadores cualitativos deben obtener información de fuentes diferentes e independientes. La meta es “triangular” los hallazgos, aumentando así la probabilidad de que sean una medida verdaderamente objetiva de investigación.

Así pues, en la medicina legal y forense, muchas de las investigaciones están relacionadas con temas delicados (suicidios, violencia doméstica…). En este contexto, muchos profesionales encuentran la forma de distanciarse de esta realidad en métodos cuantitativos de investigación. Se trataría en cierta medida, a su vez, de una autoprotección.

Entonces ¿por qué más investigaciones cualitativas serían beneficiosas para la medicina legal y forense?

Uno de los beneficios radicaría en que, al tratarse de una disciplina relativamente nueva, las investigaciones cualitativas pueden usarse para preguntarnos “qué” necesita ser estudiado. La teoría fundamentada propone que todas las hipótesis se derivan del análisis de los datos recopilados en sí, en contraste con el enfoque cuantitativo, donde la hipótesis es descrita antes de la investigación.

Asimismo, podría utilizarse para explorar los procesos utilizados para proporcionar atención médica forense. Por otro lado, los dos enfoques, si se aplican al mismo problema de investigación, explorarán diferentes aspectos del mismo problema. Por ejemplo, establecer la prevalencia de heridas anogenitales (cuantitativo) frente a indagar en por qué víctimas con estas heridas denuncian con más frecuencia (cualitativo).

No solo es importante la prevalencia de las lesiones, sino si la víctima recibe una atención adecuada centrada en el paciente. Esto es, ayudaría a comprender mejor todo (o casi todo) lo relacionado con la víctima y a esta. A entender a las personas como seres sociales, condicionados por la interpretación individual de sus experiencias y entornos. Finalmente, la investigación cualitativa puede emplearse con mucho éxito para ayudar al diseño del trabajo cuantitativo posterior (complementar metodologías).

Por tanto, la investigación cualitativa (creadora de hipótesis) a menudo puede ser útil para formar la base sobre la cual se pueden desarrollar muchos estudios cuantitativos (comprobadores de hipóteis) y de métodos mixtos.

Así pues, la contratación de revisores y editores, con conocimiento de la investigación tanto cualitativa como cuantitativa, para las principales revistas, ayudaría a ampliar el alcance de la literatura disponible. Además, los organismos correspondientes deben considerar la importancia de la investigación cualitativa, asignar las prioridades adecuadas e instruir a los profesionales en ambas metodologías.

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Víctimas de fraude en Cataluña: factores de denuncia. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Fraud reporting in Catalonia in the Internet era: Determinants and motives” de Kemp, S. (2020), en el que se estudian diversos determinantes o características de las víctimas de fraude, tanto online como no virtual, y los motivos para denunciar o no estos delitos. 

El aumento de oportunidades delictivas en el ciberespacio relacionadas con la transnacionalidad, el anonimato y las bajas barreras tecnológicas de entrada representan un claro impedimento para la vigilancia del fraude

En las fuerzas públicas se ha detectado, a su vez, una falta de preparación para lidiar con el fraude online. Sin embargo, uno de los grandes retos de la prevención y vigilancia del fraude es relativamente viejo: las bajas denuncias. 

La denuncia de delitos y, por tanto, las estadísticas fiables son importantes por muchas razones (investigaciones policiales, elaboración de buenas políticas públicas y de prevención…). Varias fuentes internacionales muestran los altos costes financieros del fraude para la sociedad actual, llegando a alcanzar estos los billones de euros.  

En lo que respecta a la víctima, esta puede llegar a sufrir impactos emocionales, psicológicos e incluso físicos como consecuencia del fraude. A estos hay que añadir también los costes económicos y el tiempo. Así pues, dadas las consecuencias del fraude y su gran prevalencia entre los delitos cibernéticos, es necesario entender los factores asociados a su denuncia

Continuando con el trabajo de van de Weijer, Leukfeldt y Bernasco sobre los determinantes de la denuncia del ciberdelito (el cual publicamos hace unos días y podéis leer aquí), entre otros autores, Kemp profundiza en esta temática. Esto es, qué factores hacen que una víctima denuncie o no el fraude, comparando el online con el offline.  

Así las cosas, el índice de denuncia en este tipo de delitos suele ser muy bajo. Por ejemplo, menos del 30% de la población holandesa del estudio de van de Weijer denunció delitos de fraude. Este porcentaje era significativamente más bajo que el de los delitos tradicionales, con excepción del vandalismo. Se trata de una tendencia que se repite en muchos otros países, como Inglaterra y Gales (15%). 

Sin embargo, no se ha profundizado en las diferencias entre las diferentes modalidades de fraude y su denuncia. Las escasas denuncias se han explicado por diversas hipótesis. Las víctimas pueden llegar a no ser conscientes de su victimización, no ver suficientes beneficios al denunciar o no saber a quién acudir (o acudir a otras agencias distintas a la policía). 

En la investigación del autor la muestra procede de las dos últimas ediciones (2015 y 2017) de la Encuesta de Seguridad Pública de Cataluña. Esta se realiza cada dos años. En 2015, 530 individuos reportaron haber sido víctimas de fraude, mientras que en 2017 fueron 659. Finalmente, la muestra consistió en 1177 víctimas de fraude o estafa.

La encuesta contiene preguntas sobre las siguientes características demográficas: género, edad, lugar de nacimiento, educación, situación profesional, situación económica, discapacidad. Además, se pidió su opinión sobre la seguridad en su ámbito local y sobre la policía catalana y local. Se les preguntó a los encuestados sobre los factores relacionados con el delito de fraude, incluido si denunciaron o no. Asimismo, se tuvo en cuenta si consideraban que lo que les había ocurrido era un delito de fraude. 

Así pues, los resultados reflejaron lo siguiente. Por un lado, los fraudes cometidos en persona o por teléfono eran menos denunciados que los cometidos por internet. Sin embargo, las probabilidades de denunciar eran mucho mayores en cualquier caso si la víctima consideraba el fraude un crimen. De igual forma, el impacto financiero se asoció con la predisposición a denunciar. Por otro lado, los impactos psicológicos no aportaron valor predictivo sobre la denuncia, al igual que el resto de variables de opinión y demográficas.

Consecuentemente, el modus operandi (fraude online u offline) fue la variable con más efecto o poder predictivo de la denuncia, seguida del impacto económico. Las denuncias de fraude online pueden verse influenciadas por considerarlo (o no) un delito, el impacto financiero, la molestia y la edad. En general, estas variables se asocian con más denuncias. En cuanto al fraude offline, las variables relevantes para denunciar serían: considerarlo delito, el impacto económico y el impacto psicológico.

Por tanto, la siguiente cuestión que debemos plantearnos es ¿qué hace que las víctimas consideren el fraude un delito o crimen?

Una vez más, encontramos que el modus operandi es el principal factor que influye en tal consideración. Es más frecuente que se considere como delito cometer fraude por Internet que cometerlo en persona o por teléfono. La molestia y el impacto psicológico también mostraron una fuerte asociación estadística positiva, aunque con un efecto más reducido.

Una posible explicación para esto es que puede ser más fácil proporcionar evidencia de victimización online. Alternativamente, las víctimas de fraude online podrían considerar que han sido defraudadas, mientras que las de fraude offline creer que se han dejado defraudar. Esto es, es más probable que se culpen a sí mismos por su victimización y, por ello, se abstengan de denunciar. 

Con respecto a por qué las víctimas no denunciaron, encontramos que la inconveniencia y duración del proceso, junto a la insignificancia de las pérdidas y la creencia de que la policía no podría hacer mucho, eran las justificaciones más comunes. Estas motivaciones están ligadas a los impactos psicológicos, por lo que se debe evitar culpar o estigmatizar a las víctimas. 

Del mismo modo, podría ser beneficioso contar con un sistema centralizado de denuncia. Finalmente, no parece haber un perfil demográfico general del denunciante de fraude, aunque ciertos factores (ej. edad) están asociados con ciertas razones para no denunciar. Futuras investigaciones podrían ahondar en esta percepción de culpa. Asimismo, deberían considerarse estrategias que redujeran los costes asociados a la denuncia e incrementaran los beneficios (impactos económicos, psicológicos…).

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Víctimas de delitos cibernéticos. ¿Denuncian? Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Determinants of reporting cybercrime: A comparison between identity theft, consumer fraud, and hacking” de van de Weijer, S. G. A.; Leukfeldt, R. y Bernasco, W. (2018), en el cual se compara la asociación entre las características de las víctimas de delitos cibernéticos y tradicionales, y el comportamiento de denuncia de ambos tipos distintos de delitos.

Existen diversos estudios sobre la relación entre las características de las víctimas de delitos tradicionales y su índice de denuncia. Sin embargo, se desconoce si esas características son también aplicables a las víctimas de delitos cibernéticos. Generalmente, el índice de denuncia de tales delitos es muy bajo, siendo los casos de hacking los —aparentemente— menos reportados.

Entre las explicaciones teóricas que se han dado a los determinantes para denunciar, se han detectado tres factores. Por un lado, existen factores económicos, entendidos como un análisis de los costes-beneficios que conlleva denunciar. Entre los costes para la víctima se encuentran el tiempo invertido, conocerse su identidad, las posibles consecuencias para el agresor…

En contraposición, entre los posibles beneficios de denunciar destacan las indemnizaciones, recuperar bienes o que el agresor no la vuelva a victimizar. Así, las indemnizaciones y ofrecer alternativas en la forma de denunciar (por teléfono o por Internet) hacen que se incrementen las probabilidades de que la víctima denuncie.

Por otro lado, existen también factores psicológicos. Estos se reflejan en cómo las víctimas ven su papel en el delito (si su conducta, por ejemplo, aumentó las posibilidades de ser victimizados), el tipo de represalias para el agresor y en la vergüenza por haber sido victimizadas. El entorno social más próximo y la imagen que tengan de las autoridades también influyen en la decisión de denunciar.

En este sentido, se han detectado a su vez factores ambientales. Esto es, la influencia de la familia, los amigos, colegas y la comunidad. Las circunstancias socioeconómicas de la víctima, el nivel de urbanización y cohesión social… etc., también se han considerado como posibles características de influencia, aunque sin resultados concluyentes.

Finalmente, hay factores sociodemográficos asociados al índice de denuncia de las víctimas. Las mujeres, las personas más mayores y las personas que tienen pareja son quienes más tienden a denunciar. Cabe mencionar que estos factores son aplicables a víctimas de delitos tradicionales, desconociéndose si pueden generalizarse a víctimas de delitos cibernéticos. Algunas características del delito cibernético podrían influir en el impacto del delito en las víctimas y su decisión de denunciar.

Así pues, en el estudio de los autores obtuvieron los datos de 97.186 víctimas en Holanda, entre 2012 y 2015. Se distinguió entre crímenes tradicionales y cibernéticos, incluyendo en estos últimos hacking, robos de identidad y fraudes al consumidor online. Los cibercrímenes supusieron un 28.5% de los delitos denunciados de la muestra.

Teniendo en cuenta los tres tipos de cibercrímenes reportados, los resultados indican que estos son denunciados a la policía con menos frecuencia que los delitos tradicionales, salvo el vandalismo. Asimismo, las víctimas de robo de identidad sí reportaban lo sucedido con más frecuencia a otras organizaciones en vez de la policía. Las víctimas de hacking y fraude no denunciaban habitualmente ni a la policía ni a ninguna organización.

Si bien los resultados del estudio mostraron que existen relaciones entre las características de las víctimas y las denuncias a la policía similares para ambos tipos de delitos (cibernéticos y tradicionales), se detectaron también algunas diferencias remarcables. Entre estas, destaca por ejemplo el sexo de la víctima. Los hombres del estudio son más propensos a denunciar delitos cibernéticos, mientras que las mujeres lo son de denunciar delitos tradicionales.

Las víctimas holandesas denunciaban con más frecuencia delitos tradicionales que cibernéticos, mientras que las víctimas no occidentales denunciaban con más frecuencia a la policía ciberdelitos. Asimismo, las víctimas con una mayor renta tienen más probabilidades de denunciar delitos tradicionales que cibernéticos.

Del mismo modo, aparentemente las víctimas no vinculan su victimización por ciberdelitos a su localización física, al contrario que con delitos tradicionales. Por tanto, la seguridad del vecindario suele ser vinculada a los delitos tradicionales y su denuncia y no tanto a delitos cibernéticos.

Con respecto a los delitos cibernéticos específicos, se detectaron tres predictores o determinantes específicos relacionados significativamente con su denuncia. La victimización anterior, los ingresos y el nivel educativo se relacionaron significativamente de manera negativa con la denuncia a la policía de la victimización de los tres tipos de delitos cibernéticos. Las relaciones con otros determinantes difirieron entre los tres tipos de ciberdelito.

Concretamente, algunas otras características de las víctimas están asociadas con denunciar delitos a la policía en comparación con denunciar delitos a otras organizaciones. El hallazgo más notable es que las víctimas de delitos cibernéticos que habían sido victimizados anteriormente tienen menos probabilidades de denunciar su victimización a la policía y más probabilidades de denunciarlo a otras organizaciones.

Otra diferencia sería que los hombres tienen más probabilidades de denunciar, específicamente, los fraudes de consumo a la policía. En contraposición, las mujeres las tenían de denunciar el hacking y robo de identidad a otras organizaciones.

Así pues, sería deseable que las investigaciones futuras también tuvieran en cuenta las características del delito (la gravedad o magnitud del delito y sus consecuencias, la indemnización…) al estudiar la disposición a denunciar los delitos cibernéticos. Asimismo, deberían estudiarse en profundidad los motivos para denunciar o no (esto es, los factores psicológicos); otros tipos de víctimas, como las empresas o gobiernos; y más tipos de delitos cibernéticos.

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Cultura de la violación en las redes sociales: Twitter. Club de Ciencias Forenses

 Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Tweeting rape culture: Examining portrayals of victim blaming in discussions of sexual assault cases on Twitter” de Stubbs-Richardson, M.; Rader, N. E. y Cosby, A. G. (2018), en el que se examina cómo es interpretada la cultura de la violación en las redes sociales, concretamente en Twitter.

Bien, por cultura de la violación debemos entender aquellos comportamientos o ideologías que normalizan la violencia sexual. De hecho, a través de esta cultura se construye socialmente lo que entendemos por violación y cómo son —supuestamente— las víctimas.

Los mitos como “ella quería” o “mintió, eso no es violación” forman parte de esta cultura y pueden ser reflejados en los medios, las leyes, etc., en el consenso de la comunidad y a nivel individual. Estos mitos contribuyen a justificar la agresión, excusar al agresor y culpabilizar a la víctima, sobretodo cuando se cosifica sexualmente a esta como, por ejemplo, una trabajadora sexual.

Dicha cultura, junto a la culpabilización de la víctima y avergonzar a las mujeres por su actividad sexual (presunta o real), son cuestiones representadas en las redes sociales mediante la discusión de casos de delitos sexuales. Estadísticamente, en EE.UU se viola a 1 de cada 5 mujeres, y muchas no denuncian por la vergüenza, su culpabilización y el miedo a que las autoridades no las crean. De hecho, un estudio determinó que el 43% de los abogados de la acusación en estos casos mostraba entre una moderada y alta aceptación de la cultura de la violación.

Así pues, la existencia de una cultura de violación hace que sea menos probable que se denuncie la violación y también es una forma de victimización que estigmatiza y culpa a las víctimas de violación por su victimización. A grandes rasgos, las investigaciones sugieren que las redes sociales se utilizan tanto para victimizar a las supervivientes de violación como para abogar contra una cultura de violación.

El bullying y el acoso sexual de las víctimas de violación es una forma de victimización secundaria que tiene muchas consecuencias para la salud y que, en última instancia, puede llevar al suicidio de la víctima.

En el estudio realizado por los autores, estos analizaron en la red social Twitter un total de 603 tweets referentes a tres casos de violación (259 tweets de apoyo a las víctimas y 344 culpabilizándolas), usando los términos “violación y puta” para seleccionar ambos tipos de tweets.

Los tres casos discutidos incluyen víctimas jóvenes femeninas cuya victimización por violación salió a la luz a través de las redes sociales. En los tres casos, se culpó a las víctimas por su violación (encontrarse intoxicadas, tener comportamientos promiscuos…) y, posteriormente, se las hostigó tanto online como fuera del ciberespacio. Los tweets se dividieron en tres categorías.

Por un lado, el binario “virgen-puta” y el mundo justo; esta última hipótesis sostiene que a las malas personas les ocurren cosas malas y viceversa. Consecuentemente, la violación se considera un acto desviado que le ocurre a mujeres con comportamientos o formas de vestir inapropiadas. Así pues, algunas personas llegan incluso a considerar que las prostitutas (no sólo en el sentido literal de la palabra) no pueden ser violadas.

Esto es, este tipo de tweets sostienen que algunas víctimas de violación se merecen lo que les pasó. En este sentido, las “putas” se perciben como las víctimas más merecedoras de violación (degradándolas como objetos sexuales), mientras que las vírgenes se salvan. Este binario, pues, justifica la violación, culpabiliza a la víctima y exculpa o justifica al agresor.

Por otro lado, los tweets sobre noticias, copiando la información sobre los hechos, pueden servir tanto como apoyo a la víctima como para legitimar o excusar la violación. Los usuarios de Twitter parecen querer crear sus propias noticias, incluso para temas emocionales como el suicidio de las víctimas de violación.

Este tipo de subtweets a menudo agregan un comentario cargado de emociones que deja entrever su opinión, que suele ser de tristeza o enfado. Cuando se presentan hechos para resaltar la experiencia de la víctima, parece que los efectos negativos de la cultura de la violación se notan y se oponen con mayor facilidad.

Por último, se encuentran los tweets encaminados a desprestigiar los mitos de la violación. En ellos es en los que más apoyo a las víctimas se suele mostrar argumentando que la violación no es aceptable bajo ninguna circunstancia. Los tweets de apoyo a las víctimas sostienen que la violación no debe justificarse como un resultado aceptable por motivos de vestimenta, comportamiento, alcohol o drogas, o encuentros sexuales previos.

Así pues, utilizando los términos “violación y puta”, se identificaron numerosos ejemplos de contenido tanto de culpa como apoyo a las víctimas. Los resultados del estudio revelan que, en general, los tweets que culpan a las víctimas son más influyentes tanto en el número de seguidores como de retweets. No obstante, es posible que los términos de búsqueda resulten en una subsección más pequeña y extrema de las discusiones sobre la cultura de la violación y, por tanto, se recogieran en el estudio más tweets legitimando la violación.

En cualquier caso, estos hallazgos resaltan la importancia de examinar el diálogo o interacciones entre grupos en las redes sociales. Las redes sociales ofrecen la oportunidad de evaluar ejemplos del mundo real de culpar a las víctimas que, de otro modo, serían difíciles de obtener.

La investigación futura debería examinar qué discusiones surgen cuando se emplean términos de búsqueda más generales como violación y agresión sexual en las redes sociales. Incluso podría ampliarse a cuando estos estén relacionados con el comportamiento sexual.

Por otro lado, podrían evaluarse los tipos de apoyo a las víctimas o los esfuerzos de intervención que reducen la aceptación de los mitos sobre la violación y la violencia hacia las mujeres, que evalúan los efectos sobre la salud mental y que apuntan a mejorar las intervenciones de los espectadores en línea.

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Los perfiles de agresores sexuales y homicidas de personas de la tercera edad. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “The unusual victim: understanding the specific crime processes and motivations for elderly sexual homicide” de Chopin J. y Beauregard E. (2019), en el cual se analizan los aspectos diferenciales de los homicidios sexuales con víctimas de la tercera edad, en comparación con los homicidios sexuales que afectan a víctimas jóvenes y adultas.

A pesar de ser un crimen horrible, la investigación de la violencia sexual cuyas víctimas son personas de tercera edad es muy limitada. Las agresiones sexuales y crímenes contra las personas de tercera edad son relativamente raras en comparación con aquellas que afectan a otros grupos de edad.

Aun así, las agresiones sexuales y crímenes con víctimas de tercera edad (VTE) conforman un grupo diferenciado de casos con víctimas adultas y jóvenes (VAJ). Por ello, se deben analizar sus características por separado y, así, poder crear perfiles criminales más precisos.

Investigaciones previas en agresiones sexuales a VTE vs. VAJ

En las agresiones sexuales que afectan a VTE hay mayor violencia física. Esta se observa en las estrategias de aproximación a la víctima y en la agresión per se. Suele haber más golpes violentos y consecuencias más graves a nivel físico.

La mayoría de las agresiones ocurren en el domicilio de la víctima. Esto es congruente con la evidencia de que el domicilio de una víctima suele ser uno de los escenarios más comunes de violación. Las motivaciones del perpetrador en este tipo de agresiones se clasifican en tres dimensiones: basadas en ira, sexuales y oportunistas. Los autores añaden una cuarta posible, que sería la experimental.

Cuanto se trata de ira, esta es una ira típicamente misógina, con humillación sexual y fantasías sádicas. El agresor suele mostrar un alto grado de expresión de la ira y comportamientos antisociales en etapas juvenil y adulta. La aproximación a la víctima suele ser de tipo súbito y agreden a la víctima sin que haya necesariamente penetración.

Cuando se trata de motivaciones sexuales lo que se busca es la gratificación sexual. Estos agresores suelen consumir y poseer mucho material pornográfico y suelen presentar conductas sexuales desviadas.  La ira suele estar ausente, con bajos niveles de violencia física y altos niveles de penetración sexual. Asimismo, después de la agresión, suelen dejar libre a la víctima deliberadamente.

Los agresores sexuales oportunistas de VTE aprovechan situaciones de vulnerabilidad de la víctima. Por ejemplo, cuando no hay nadie que les pueda proteger. Este tipo de agresiones pueden darse a menudo en un contexto de robo. No suele haber penetración sexual, sino besos o caricias sexuales. El escenario suele darse en zonas públicas o exteriores.

También podría existir una cuarta dimensión de la motivación: experimental. Estos agresores sexuales buscarían deliberadamente una experiencia sexual con una víctima vulnerable elegida. Serían agresores de tipo hibrido, cuya experiencia con VTE no estaría muy bien definida.

Investigación actual sobre los homicidios sexuales con VTE

Los autores del estudio analizan diferencias entre 513 casos de homicidios sexuales que implican víctimas entre 16 y 45 años y 56 casos que implican víctimas de 65 años o más. Se excluyen las edades entre 45 y 65 años debido a características que se solapan y, por ello, dificultades para clasificar de manera precisa adultos y personas de tercera edad. Asimismo, los casos con víctimas de menores de 16 años se excluyen debido a que conforman un cluster normalmente bien diferenciado.

Los casos provienen de una base de datos oficial, con casos de Francia y Canadá y abarcan el periodo desde 1984 hasta 2018. Para que un homicidio sea considerado de naturaleza sexual debe tener al menos una de varias características. Por ejemplo, la exposición de partes sexuales del cuerpo de la víctima y/o evidencias de actividad sexual o sustitutos de ella.

Por un lado, se observa que los homicidios sexuales a VTE conforman un grupo diferenciado de los casos con VAJ, al igual que lo observado en las agresiones sexuales.  En la mayoría de los casos el escenario del crimen es el domicilio de la víctima, donde también ocurre la aproximación a ella.

La mayor probabilidad de que los crímenes ocurran en el domicilio se explicarían por las rutinas de las VTE. Suelen desarrollarse en el domicilio, además de las situaciones comunes de soledad, jubilación o enfermedad que provoca la permanencia en casa.

Algo parecido ocurriría en el caso de las víctimas menores, cuyas actividades también se desarrollan mayoritariamente en el hogar. Otra similitud con los casos que implican menores es la mayor cantidad de criminales que son conocidos de la víctima.

Al igual que en las agresiones, los homicidios sexuales a VTE son mucho más violentos que los homicidios sexuales de VAJ. Esto puede deberse a que la mayoría de estos criminales suelen actuar con motivaciones de ira y sadismo, ambas asociadas a altos niveles de violencia.

En cuanto a conductas sexuales per se, no hay muchas diferencias en las conductas normalizadas (p. ej. penetración vaginal). En cambio, si se detecta un alto número de conductas extrañas, como la penetración con objetos o actividad sexual postmortem. La primera se puede considerar como una conducta de tortura o sustituto de actividad sexual debido a disfunción sexual. La segunda es una conducta parafílica, pero también puede darse como resultado de una disfunción sexual.

Aparte de estas diferencias generales, los autores desarrollan una clasificación para los criminales sexuales de VTE según sus motivaciones y mediante el análisis del modus operandi, similar a la descrita para las agresiones sexuales. Se trataría de motivaciones sexuales, de robo, sádicas y experimentales.

Los criminales motivados sexualmente atacan a mujeres y especialmente cuando están durmiendo. En todos los casos se da penetración vaginal y suele haber mucha diversidad de actos sexuales cometidos comparado con otros tipos de agresores. Entre ellas, se da la penetración con objetos extraños en una tercera parte de los casos.

Suelen utilizar métodos ilegales para entrar en el domicilio. Matan a la víctima especialmente porque suelen ser conocidos, pero rara vez llevan a cabo conductas para destruir pruebas. También roban cosas de valor de la víctima, pero impulsivamente más que llevarse souvenirs.

Los motivados por el robo también atacan principalmente a mujeres, en sus domicilios y mientras están durmiendo o llevando a cabo alguna actividad doméstica. Lo más diferencial de estos criminales es que lo principal es el robo, mientras que la agresión sexual y el homicidio son subsecuentes y basadas en la oportunidad. Las agresiones sexuales suelen ser relativas a masturbación y similar. En la agresión y el homicidio se suelen notar aspectos que indican la falta de premeditación.

Los criminales sádicos atacan exclusivamente a mujeres en sitios exteriores y especialmente cuando las víctimas hacen deporte. Suelen ser desconocidos para las víctimas. No buscan actividades sexuales comunes ni suele haber gran diversificación de estas. En cambio, cometen actos sexuales de dominancia, tortura psicológica y/o física, humillación y/o mutilación. Lo que les motiva, por tanto, es el sufrimiento de la víctima y no la naturaleza sexual de sus conductas. Suelen utilizar armas para matar a la víctima y suelen destruir pruebas.

Por último, los criminales experimentales atacan tanto a hombres como a mujeres de la tercera edad, generalmente en sus domicilios. En la mayoría de los casos los criminales son conocidos de las víctimas y es así como se aprovechan para entrar en sus casas. No suelen implicarse en agresiones sexuales típicas.

En cambio, suele haber presencia de actos extraños como la penetración con objetos y actividades sexuales postmortem. En estos casos es donde la hipótesis de disfunción sexual encaja más, así como las fantasías sexuales desviadas. Suelen planear el ataque, reflejándose esto en la ausencia de golpes y muchos de los crímenes se cometen con un arma.

Como conclusión, observamos que analizar los casos de agresión y homicidio con víctimas de la tercera edad como un grupo separado es crucial, dado que se pueden encontrar diferencias destacables con respecto a los casos con VAJ (aunque se requiere mucha más investigación). Estas diferencias serían cruciales cuando se evalúa el riesgo de reincidencia, se desarrollan perfiles criminales e incluso cuando se trata de evaluación y tratamiento.

Aunque este tipo de casos sean menos frecuentes, es importante estudiarlos porque debido al incremento de la población de la tercera edad, dicha frecuencia puede aumentar.

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Criminal profiling de los asesinos de trabajadores/as sexuales. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Sex worker homicide series:profiling the crime scene” de Sorochinski M. y Salfati C. G. (2019), en el cual se exponen aspectos relativos al profiling de criminales con víctimas trabajadoras del sexo.

Contrario a las creencias populares, los criminales con víctimas trabajadoras del sexo exhiben una variabilidad sustancial en la selección de sus víctimas y en sus patrones comportamentales. Por esa razón, hay grandes dificultades para investigar este tipo de crímenes.

La perfilación criminal implica múltiples variables. Una parte del análisis se enfoca en la escena del crimen. Dicha escena ofrece información sobre cómo se comete el crimen, patrones y subtipos comportamentales que se relacionan con diferentes subtipos de escenarios y características criminales.

Hay tres áreas principales que el profiling atiende. Primero, las diferencias individuales de comportamiento criminal, con el fin de establecer subgrupos de criminales y tipos de escenarios. Segundo, la consistencia conductual, clave en el profiling. Sirve para entender el desarrollo de la carrera criminal de un individuo. Asimismo, trata de la consistencia entre varios crímenes cometidos por una misma persona. Tercero, las inferencias sobre características del criminal, que son el núcleo del profiling. El análisis de la consistencia, en este caso, es el enfoque principal.

Las autoras de este estudio recogen datos de diferentes investigaciones y bases de datos. La información que exponemos a continuación se corresponde al análisis de 83 criminales (series de crímenes). El total de las victimas asciende a 519 de 6 países diferentes.

De las 83 series, las victimas de 44 fueron solo trabajadores/as del sexo, la mayoría mujeres, pero también hombres (21 víctimas) y transgénero (2 víctimas). Las 39 series restantes implican también víctimas de otras profesiones. Entre las víctimas se encuentra una mayoría de personas de raza blanca (61%). Todos los criminales de estos casos son hombres, la mayoría blancos (61%). La edad media al cometer el primer crimen es de 32 años.

Algunos factores del escenario del crimen ayudan a determinar diferencias y similitudes entre las escenas del crimen identificadas. Se incluyen aquí acciones que preceden al crimen, como el tipo de víctima seleccionado y la localización. Otras son las acciones durante el crimen, como la actividad sexual y las heridas. También son importante las acciones post crimen, como la transportación del cuerpo de la víctima y su colocación.

La revisión de las autoras muestra que los factores más importantes en el análisis del crimen de personas que trabajan en el área sexual son también aquellos que mayores dificultades presentan para el análisis.

La localización del cuerpo de la víctima es uno de los elementos diferenciadores claves entre los criminales que solo matan victimas trabajadoras del sexo y los que matan también a otros tipos de víctimas. Este aspecto también es útil de manera inversa. La localización del cuerpo determina si se trata de la víctima de un criminal de trabajadores/as sexuales o mixto.

Se ha observado que el cuerpo de las víctimas trabajadoras del sexo se encuentra más a menudo en interiores. Asimismo, las víctimas de un criminal mixto se encuentran más a menudo en exteriores. Los criminales mixtos suelen llevar a cabo más agresiones sexuales que los que asesinan trabajadores/as del sexo. Suelen poner mayor esfuerzo en la conducta de colocación del cuerpo de la víctima. Matan más por estrangulación y con premeditación para tal estrategia.

Los criminales mixtos tratan de manera diferente a las víctimas trabajadoras del sexo y a las que trabajan en otros campos. Estas diferencias también están ligadas a la variable interior vs exterior, pero de manera inversa. Al primer tipo de víctimas las suelen atacar en exteriores y al segundo mayoritariamente en interiores.

Estos datos pueden ser de gran ayuda para las investigaciones. La razón clave es que la decisión sobre el sitio de ataque y sobre dónde dejar el cuerpo de la víctima implican planificación. Los comportamientos que requieren planificación suelen ser los de mayor consistencia.

Como antes hemos mencionado, los criminales mixtos matan más por estrangulación. No obstante, la diferenciación entre víctimas trabajadoras sexuales versus de otros campos muestra cierto cambio en los datos. Las víctimas trabajadoras del sexo tienen mayor probabilidad de ser asesinadas por estrangulación. Las víctimas no trabajadoras del sexo tienen mayor probabilidad de ser atacadas en interiores y de ser dejadas con vida.

A pesar de tales aspectos diferenciales, no se puede hablar de un valor predictivo suficiente. Estos indicadores son insuficientes para determinar con confianza si la víctima pertenece a una serie mixta o de trabajadores/as sexuales.

Los criminales que se incluyen en la serie mixta asesinaron casi dos veces más víctimas que los otros. Este dato es muy importante. Indica que los criminales mixtos son más difíciles de capturar y, por eso, tienen más tiempo en libertad para asesinar. Por tanto, matan más víctimas a lo largo del tiempo.

La razón más probable es la gran heterogeneidad de comportamientos que presentan y, por tanto, mayores dificultades para capturarlos. De hecho, las autoras han observado una importante inconsistencia conductual registrada en los criminales mixtos.

Por ello, puede que sea importante no solo investigar los patrones comportamentales del criminal mixto, sino también las progresiones en los patrones de victimización. Por ejemplo, en qué punto de la serie de crímenes de un sujeto cambia de un tipo de víctima a otra.

Como en todos los análisis basados en el profiling, hay ciertas dificultades y, en el caso de las víctimas trabajadoras sexuales, aún más. No por ello se debe considerar que el profiling no sea suficientemente útil. Como ocurre muy a menudo, hace falta más investigación específica en cada tipo de crimen.

 

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Casos de maltrato de menores con discapacidad intelectual: las mejores prácticas de entrevista. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Best practices for interviewing children with intellectual disabilties in maltreatment cases” de Wyman J. D., Lavoie J. y Talwar V. (2018), en el cual se describen las mejores prácticas en materia de entrevista con niños y niñas con discapacidad intelectual en casos de maltrato.

Como ya hemos mencionado en un artículo anterior, infancia y discapacidad intelectual (DI) es una combinación que implica un alto riesgo de ser víctima de maltrato. Para complicarlo aun más, las limitaciones comunicativas y de memoria de trabajo de este tipo de discapacidad puede provocar una percepción de no credibilidad en aquellos que entrevistan a las víctimas de maltrato con DI. A su vez, esas limitaciones dificultan la obtención de testimonios precisos y detallados, clave para investigar, comprobar y procesar alegaciones de manera efectiva.

A diferencia de las entrevistas clínicas que trabajan con un enfoque terapéutico, las entrevistas forenses reúnen información sobre el evento y evidencias que puedan corroborar el testimonio de la víctima. Estas son mucho más estructuradas, formales y se basan en un enfoque de investigación de hechos objetivos. También se recogen otras evidencias: pruebas físicas, informes de otros testigos, informes profesionales, etc. El problema es que, en muchos casos, el testimonio de la víctima es la única evidencia disponible. Además, se ha observado que las víctimas con DI suelen ser reacias o incapaces de revelar el maltrato que reciben, sea por un desarrollo limitado, traumas severos o apego con los autores del maltrato.

La DI implica un retraso en el desarrollo cognitivo y en el funcionamiento adaptativo. Puede afectar a la comunicación, al razonamiento abstracto, a la capacidad de aprendizaje y muchas otras funciones cognitivas. Lo que está claro es que hay mucha variabilidad en la expresión de la DI en la población afectada. Cada niño y niña presenta un patrón único de retrasos en el desarrollo cognitivo y según cada patrón hay un cierto impacto en cómo se responde a los formatos estándar de la entrevista forense.

Por ejemplo, la predominancia de problemas en el lenguaje hace difícil describir verbalmente un evento, algo que se requiere en los métodos de entrevista más utilizados (p. ej.  Entrevista Cognitiva, Protocolos NICHD). La misma dificultad se daría cuando se evalúa la veracidad del testimonio en base a la cantidad de detalles específicos, consistentes y precisos, como ocurre en Statement Validity Assesment (SVA; Vrij, 2000). Si la memoria episódica y el procesamiento de la información son los más afectados, los/as niños/as tienen dificultad para recordar detalles específicos cuando solo se les entrevista una vez (típico cuando se entrevista después de mucho tiempo desde el evento denunciado). Por lo tanto, si el objetivo es atender cada caso de maltrato a menores con DI con la profesionalidad, validez y fiabilidad debidas, se debe adaptar la metodología utilizada en cada caso.

Previo a la entrevista, se recomienda consultar con los profesionales que trabajan con la víctima. Pueden ser psicólogos, trabajadores sociales, educadores, etc. Se debe hacer un esfuerzo para entender la gravedad de la DI de la víctima y para definir cuáles son y cómo pueden afectar los déficits a la capacidad de testificar.

Se recomiendan pocas modificaciones y más adaptaciones de las estrategias de entrevista y la planificación es clave. Poco de las primeras porque modificar implica alterar de manera sustancial el proceso de la entrevista. Eso puede dar lugar al uso de estrategias poco fiables, no comprobadas o espontáneas y que pueden afectar a los resultados del caso.  Mejor hacer adaptaciones porque son pequeños ajustes a las prácticas de entrevista basadas en evidencia para acomodarlas al desarrollo único de la víctima.

El escenario de la entrevista puede incluir pequeños detalles que faciliten la entrevista. Se pueden ajustar los estímulos ambientales para evitar la sobreestimulación sensorial de la víctima. Se pueden traer objetos familiares, poner algo de música o jugar algo antes de la entrevista, todo ello encaminado a disminuir la ansiedad y el estrés de la víctima. No obstante, se deben eliminar todos los distractores cuando la entrevista empiece.

Las estrategias de prueba preconstituida también son útiles en poblaciones vulnerables. Un ejemplo sería grabar la entrevista y no basarse solo en las notas del entrevistador. Una grabación también puede evitar la necesidad de repetir la entrevista. Se recomienda que el entrevistador siempre sea el mismo, que se respeten las rutinas de la víctima y monitorizar constantemente su estado psicológico (p. ej. si hay fatiga, estrés, distracción, etc.). Por último, cada vez más se incluye un intermediario entre el testigo y el entrevistador. Suele ser un profesional de la salud o de la educación, que ayuda en la adecuación de la entrevista a las necesidades de la víctima.

En el artículo se destacan algunas ideas que sirven de guía para la adaptación de las entrevistas con menores con DI. La entrevista debería empezar con la construcción de relaciones con la víctima, esencial para sobrepasar la reluctancia de revelar aspectos tan sensibles a un desconocido. Empezar con preguntas abiertas, dirigidas a intereses personales y experiencias positivas de la víctima puede generar familiaridad, reducir la ansiedad y evitar percepciones de autoridad sobre el entrevistador.

Que la víctima empiece a contar lo ocurrido como respuesta a preguntas abiertas y de recuerdo libre hace que los testimonios sean más largos, más ricos en detalles y menos sugestionables que responder a preguntas cerradas. En estos casos, aunque pueda darse una falta de detalles periféricos debito a déficits de memoria y lenguaje, se ha observado que la precisión de las narrativas son a menudo las normativas en términos de edad.

A pesar de las grandes limitaciones de las preguntas cerradas, no se puede negar su utilidad cuando se construyen sobre lo que la víctima ha revelado previamente. Se pueden usar para confirmar detalles que responden a las seis W (qué, quién, cuándo, dónde, por qué, cómo; seis W o cinco W y una H del inglés what, who, when, where, why, how) y, así, obtener información más precisa. También son útiles cuando la víctima presenta déficits lingüísticos y no pueden describir verbalmente un evento.

Existen algunas evidencias sobre la utilidad de la Entrevista Cognitiva (EC) en personas con discapacidad. El uso de de las técnicas mnemónicas, como la restauración mental de contextos o cambio de perspectiva puede dar lugar a testimonios más detallados y consistentes. No obstante, se debe tener en cuenta que algunas de las técnicas de la EC no se pueden utilizar con menores con DI debido a su complejidad.  En algunos estudios se modificaron, pero se desconoce la eficacia de dichas modificaciones.

Se destaca el uso de la técnica de andamiaje, que en este caso supone partir las instrucciones y preguntas en trozos más pequeños. Por ejemplo, en lugar de una sola pregunta abierta y amplia, pueden utilizarse preguntas que guían en el recuerdo del evento. Pueden ser preguntas de orientación al detalle (p. ej. ¿y cómo era la casa por fuera?)  o indicaciones abiertas (p. ej. ¿y qué pasó después?).

En aquellos menores con DI y déficits en el lenguaje se recomienda que los entrevistadores combinen estrategias de comunicación verbal y no verbal. Las estrategias no verbales son muy útiles porque permiten obtener información a pesar de limitaciones en la comunicación verbal. Escribir, el uso de lenguaje de signos o dibujar pueden ofrecer información valiosa.

Por último, las entrevistas múltiples (repetidas) mostraron ser útiles para obtener cada vez más información sobre una situación de maltrato. Este incremento gradual en la cantidad de información se ha observado también en menores con DI. Repetir una entrevista supone dar más oportunidades para revelar información y elaborarla en base a testimonios anteriores. Estas observaciones son representativas de las entrevistas llevadas a cabo poco tiempo después del evento en cuestión.

Obviamente, el uso de entrevistas múltiples no está exento de riesgos y dificultades. Pueden darse mayores inconsistencias o cambios e inclusiones de información que proviene de otras personas con las que a víctima se relaciona entre entrevistas. Para evitar estos riesgos, se recomienda que, en las entrevistas posteriores, se pida información solo sobre cuestiones no tocadas ni reveladas en la entrevista inicial.

Los profesionales que entrevistan niños/as con DI informan no estar preparados suficientemente para ello. A pesar de todo el progreso en las técnicas de entrevista, la mayoría se han probado con personas con un desarrollo normativo. La necesidad de atender las diferencias y dificultades de las entrevistas con personas desarrolladas no normativamente sigue estando sobre la mesa.

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VioGén: Validación y calibración para evaluar el riesgo de violencia contra la pareja. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Validation and calibration of the Spanish Police Intimate Partner Violence Risk Assessment System (VioGén)” de López-Ossorio J. J., Gonzále- Álvarez J. L., Muñoz Vicente J. M., Urruela Cortés C. y Andrés-Pueyo A. (2019), en el cual se describe el marco teórico, el desarrollo y la validación de los formularios de evaluación policial del riesgo de la violencia contra la pareja (VCP) que pertenecen al sistema VioGén del Ministerio de Interior español.

El contexto de aplicación de la ley es la principal vía de entrada de una víctima en el sistema de justicia. En algunos países este contexto es un lugar privilegiado y es el primero en el cual se adoptan medidas de protección. En España es una obligación: hay ordenes explícitas de las instituciones legislativas para tomar estas medidas. Por esta razón, se han desarrollado cada vez más herramientas que evalúen y manejen adecuadamente el riesgo de reincidencia violenta. Debido al aumento de la conciencia social y de la magnitud del problema de violencia de género, es en el ámbito de la VCP dónde hay mayor desarrollo metodológico.

Actualmente, existen aproximadamente 150 herramientas para este fin. Existen herramientas internacionales (p. ej. SARA, Spousal Abuse Risk Assessmental; Kropp e al., 1995, con adaptaciones al contexto español) y nacionales (p.ej. EPV-R, Escala de Predicción del Riesgo de Violencia Grave contra la Pareja – Revisada, Echeburúa et al., 2010). Este tipo de herramientas contienen tanto elementos específicos de la VCP como elementos inespecíficos que comparten con otros tipos de violencia.

Los protocolos de evaluación de riesgo tienen el importantísimo papel de servir de guía para los profesionales en la toma de decisiones con implicaciones significativas para la libertad civil y la seguridad pública. La evaluación del riesgo a través de herramientas fiables y válidas persigue un objetivo clave: minimizar la subjetividad. Esta debe minimizarse o bien en el evaluador en la estimación del riesgo o bien en la tarea de desarrollo de pautas estructuradas de juicio clínico que ofrezcan mayor prudencia en las tareas predictivas.

El paradigma del análisis de la violencia no siempre fue el mismo. Se pasó de una evaluación del peligro a una evaluación de riesgo, basada en evidencias relativas a la probabilidad de reincidencia. Este cambio de paradigma llevó a mayor eficacia predictiva, objetividad y transparencia en los procesos de evaluación y a una organización de recursos disponibles para hacer frente al riesgo más eficiente y efectiva.

En España existe un mandato institucional que alberga las tareas de aplicación de la ley en la VCP. Hablamos del Sistema de Seguimiento Integral en los casos de Violencia de Género o VioGén que, además de muchas otras funcionalidades, contiene un protocolo dual actuarial para la evaluación del riesgo de la VCP, con dos versiones digitales.

Una es la Valoración Policial del Riesgo (VPR) que cumple una función de screening para casos con indicadores de riesgo actuarial. La segunda herramienta es la Valoración Policial de la Evolución del Riesgo (VPER) que monitoriza la evolución de eventos de riesgo y de indicadores de protección. Se decidió actualizar estas herramientas, de las cuales resultaron las versiones 4.0 en ambos casos.

La actualización implicó una fase exploratoria con el objetivo de obtener una validez de contenido. En esta fase colaboraron diversos expertos institucionales y profesionales. Se obtuvieron varios indicadores de reincidencia por lo que la siguiente fase fue la construcción de las escalas.

Se construyeron borradores de las herramientas y se pusieron a prueba en una muestra de 6613 nuevos casos de VCP incluidos en VioGén a lo largo de 2 meses y con un seguimiento mayor de 6 meses. El objetivo de las pruebas fue verificar la razón de probabilidades de cada indicador con relación a los comportamientos violentos y sus parámetros. También se establecieron puntos de corte, determinándose 5 niveles de riesgo: inapreciable, bajo, medio, alto y extremo.

VPR 4.0 se formaliza con 39 indicadores clasificados en 4 dimensiones temáticas. Estas son: gravedad de los episodios registrados (historial), factores del agresor (p. ej. comportamientos de celos, control y acoso o indicadores de ajuste psicológico/psicopatológico), características de vulnerabilidad de las víctimas y agravantes.

VPER 4.0 se formaliza con 43 indicadores, de los cuales 34 son factores de riesgo y 9 son factores de protección. Los indicadores se agrupan en 5 dimensiones criminológicas: las 4 de VPR 4.0 y una quinta que atiende a las relaciones dinámicas entre indicadores. Esta herramienta se utiliza de forma complementaria a VPR 4.0.

En la fase de la validación, se observó que las herramientas tienen una validez predictiva buena y similar a otras herramientas de evaluación del riesgo en VCP. VPR 4.0 se muestra sensible a la detección del riesgo de reincidencia y presenta una probabilidad de riesgo de detectar falsos negativos de 5,1%. Es una herramienta capaz de detectar a aquellos sujetos con un bajo riesgo de reincidencia.

En el caso de VPER 4.0, se ha tenido que desarrollar dos formas diferentes: una para los casos con evolución positiva y otra para los casos con evolución negativa. Estos escenarios se presentan de manera tan distinta que se justifica la necesidad de crear dos versiones VPER. Ambas muestran sensibilidad a incidencias y características del agresor que podrían aumentar las probabilidades de un evento violento.

Por último, se destaca que estas herramientas actuariales de VioGén apoyan la fuerte evidencia de la necesidad de un plan para la protección de las víctimas acorde a la evaluación del riesgo que se obtiene de cada caso. Ni VPR ni VPER están diseñadas para la evaluación de aspectos psicológicos o constructos. La transparencia y fiabilidad de estas herramientas están diseñadas para hacer predicciones e identificar a lo sujetos con mayor riesgo de reincidencia con  el fin de poder asignar los recursos de protección de la forma más eficiente posible.

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Características del abuso sexual a menores cuando el agresor es mujer. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Child sexual abuse perpetrated by women: case series and review of the literature” de Curti S. M., Lupariello F., Coppo E., Praznik E. J., Racalbuto S. S. y Di Vella G. (2019). Se analizan una serie de casos de abuso sexual infantil llevado a cabo por mujeres y se explora la homogeneidad de características, tanto de las víctimas como de las agresoras.

La sociedad parece tener un punto ciego con respecto a las agresoras sexuales de menores. Histórica y culturalmente, los agresores sexuales se perciben como hombres. Aunque el porcentaje de agresoras sexuales de menores (ASM solo para mujeres, de aquí en adelante) está bastante por debajo del porcentaje de agresores, no cabe duda de que las mujeres también llevan a cabo este tipo de delitos. El hecho de que una mujer sea capaz de llevar a cabo tales acciones choca con la creencia común (que gradualmente se va superando) de que las mujeres son sujetos pasivos sexualmente y no tienen ni el deseo ni el potencial para cometer tales crímenes. Además, en el caso de menores es aún más difícil de creer, dada la constante práctica y atribución del rol de cuidadoras a las mujeres.

Se debe tener en cuenta que los registros sobre la prevalencia de ASM se basan en datos fuertemente influenciados por el tipo de fuente de la que provienen. Los estudios que analizan la prevalencia de ASM suelen contar los casos que llegan a la atención del sistema judicial. Y si abusos o agresiones sexuales a menores llevadas a cabo por hombres se denuncian poco, en el caso de las mujeres ese poco disminuye mucho más. En algunos registros y/o estudios, la prevalencia de ASM ronda el 10% de los casos. Las ASM que reciben una condena son aquellas que llevan a cabo actos muy graves y violentos. Probablemente haya una elevada cifra negra, sea por falta de denuncia o por una actitud más indulgente del sistema judicial o social.

Este estudio utiliza un enfoque cualitativo y retrospectivo para el análisis de 9 casos de abuso sexual en los cuales el delincuente es una mujer. Dos de los casos implican a una misma agresora, con dos víctimas hermanas. En total se analizan 11 víctimas, con un rango de edad de 3 a 10 años y 8 ASM, con un rango de edad entre 33 y 70 años. Los casos provienen de la Unidad Bambi del Hospital Pediátrico de Turín, una unidad multidisciplinar entrenada específicamente para detectar los casos de menores que sufren de abuso sexual. En el análisis se tienen en cuenta datos clínicos y judiciales, tanto de las víctimas como de las agresoras. De esta forma, es posible mirar más de cerca las relaciones entre ambas partes y no solo los roles de cada uno por separado.

La mayoría de los abusos sexuales a víctimas de corta edad (menores de 5 años) de las analizadas ocurren en un contexto de cuidados. Lo curioso es que la mayoría de las ASM eran cuidadoras puntuales de las víctimas. Estas ASM eran abuelas paternas en 5 casos (45%), la madre biológica en 3 casos (27%), una vecina en 2 casos (18%) y una empleada cuidadora en un caso (9%).

 En cambio, el acercamiento sexual a las victimas mayores de 9 años se expresa de manera distinta. No se dan tanto en un contexto de cuidado y hay acciones más explicitas o sugestivas de la ASM hacia la víctima. Es decir, se acercan más al concepto de agresión que de abuso sexual. Se observa una predominancia del involucramiento o la exposición de las victimas a contenido pornográfico. Además, estas víctimas no tenían una relación de alto apego emocional, común en las victimas más pequeñas, y desarrollaron miedo hacia la agresora. Estas diferencias indican una modulación del comportamiento de las agresoras. No se acercan solo a las victimas que consiguen engañar, sino que adaptan su comportamiento a la edad de las víctimas.

En la mayoría de los casos, no solo hubo abusos sexuales, sino también violencia asistencial y otras formas de abuso. Se destaca la dificultad de obtener pruebas físicas de las víctimas, dado que se observa que en el 60% de los casos hay algún tipo de contacto con contenido sexual, pero son abusos sin penetración. Lo que más se registran son acciones coercitivas o manipulativas a nivel verbal, para presenciar actos sexuales de las agresoras, para exponerse a contenidos pornográficos o para participar en ellos. Estos resultados son coherentes con otras investigaciones donde se ha visto que solo en 1% de los casos se dieron evidencias físicas significativas. En algunos casos, las señales físicas de abuso aparecieron unos días más tarde después del abuso, por lo que el primer análisis médico resultó en una falta de pruebas. En otros casos, cuando la exploración medica se lleva a cabo muy tarde, no se registra nada porque el tejido joven tiene una alta capacidad de regeneración.

Algunos autores consideran que los casos de contacto sin penetración son los más frecuentes porque el abuso se lleva a cabo con más facilidad, enmascarándolo como una extensión de los cuidados de los menores (lavar, vestir, aplicación de cremas genitales, etc.). No hay una demanda directa de actividad sexual por parte de la agresora, sino una actitud activa de manipulación del menor.

De los casos analizados, solo en los menores de 5 años se dieron casos de penetración (con el dedo u objetos pequeños). Las agresoras podrían aprovecharse de la dificultad de los niños y niñas más pequeñas en diferenciar entre su piel, su cuerpo y la de otros. Hasta cierta edad, no se tiene consciencia sobre los limites propios del cuerpo y hay una percepción cargada de fantasía que facilita el engaño y la manipulación de los menores.

Aunque el daño físico sea menor o ausente en muchos casos, el daño psicológico siempre está presente. De hecho, hay estudios que evidencian un mayor daño psicológico de las víctimas cuando el agresor es una mujer. En los casos analizados, se observaron muchas señales de estrés psicológico de las víctimas. Las más frecuentes fueron: comportamiento rígido, hiperactividad, ansiedad, regresión de las funciones mentales, comportamientos de abuso, intimidación y una estructuración inicial de un falso yo.

La observación clínica a medio y largo plazo mostró que las victimas desarrollaron diversos problemas de salud mental y/o comportamentales. Las fobias específicas o los miedos injustificados, los comportamientos sexualizados, ideas constantes relativas al sexo, masturbación compulsiva, aislamiento social y depresión, insomnio y agresividad hacia los adultos fueron los más frecuentes.

Entre las ASM hay mucha heterogeneidad en cuanto a profesiones, nivel de estudios, historial de problemas de salud mental propio o de familiares y muchas otras características. No hay un perfil común de abuso sexual a menores ni de la condición de víctima, pero en el caso de las ASM sí destacan algunas características que se repiten a lo largo de la muestra: personas simples, carentes de estrategias de afrontamiento para los eventos estresantes de la vida, con comportamiento de negligencia hacia los menores de los que abusaron y hacia otros menores con lo que se relacionaron en el pasado, comportamientos intrusivos y autoritarios, cierta agresividad e historial familiar de violencia (sea como víctima directa o presenciándolo).

¿Por qué es tan importante prestar más atención a estos casos y registrarlos adecuadamente? El análisis de estos casos muestra que en el 75% de los ellos las ASM se quedaron libres de cargos. En un solo caso se condenó a la agresora a un arresto domiciliario de 7 años y a la compensación económica a la familia de la víctima.

Tanto en la experiencia judicial, como en la literatura científica sobre el tema, se observa que a las ASM se les consideran como menos culpables, menos violentas, menos peligrosas. Reciben condenas con menos frecuencia o de menos duración que en los casos en los que el agresor es un hombre y se les da más importancia a factores familiares presentes o pasados.

El testimonio de los menores es el elemento con más influencia en los resultados del procedimiento judicial. No obstante, se presentan diversos obstáculos para la validación de esos testimonios. Con frecuencia (y también se observó en esta muestra), se invalida a los menores como testigos. Además, la distancia temporal entre la primera denuncia y el interrogatorio formal suele ser muy larga; en estos casos fue de 8,5 meses de media. Cuando ocurre esto, fácilmente se invalida el testimonio de los menores como prueba o se le da poca credibilidad. Por eso, muchos casos de abuso sexual llevado a cabo por mujeres acaban libres de condena o con absolución.

Por último, y en cuanto a las relaciones entre víctimas y agresora, se destaca un mayor daño psicológico y mayor inhabilitación para la vida diaria como consecuencia al abuso sexual. Además, cuanto menor sea la víctima mayores daños. Estas diferencias según edad y tipo de relación se dan especialmente por la mediación del apego. Una víctima que espera  protección del adulto y que este responda a sus necesidades más básicas, que recibe a cambio actos de abuso, puede desarrollar patrones de apego desorganizado. Este tipo de apego puede provocar comportamientos desadaptativos tanto en la infancia como en la adultez, ira sin motivo, alternancia de agresividad y desapego, entre otras.

En conclusión, el abuso sexual de menores llevado a cabo por mujeres es una cuestión que no recibe la atención suficiente ni equivalente a la atención que reciben los abusos sexuales a menores llevados a cabo por hombres. Al haber tanta heterogeneidad de características relativas a las víctimas, a las agresoras y a las relaciones entre ellas, se hace necesario un análisis más profundo, de corte más cualitativo, que mejore la detecciónfutura de abusos sexuales a menores y a sus agresores/as.

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