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Delincuentes violentos: ¿castigar o rehabilitar? Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Should all violent offenders be treated equally? Perceptions of punishment and rehabilitation for violent offenders with varying attributes” de Atkin-Plunk C. A. (2020), en el cual se examinan las preferencias diferenciales de sanción para los delincuentes violentos en función de sus atributos personales.

Criminales, agresores sexuales, ladrones, delincuentes juveniles… si pudieses elegir, ¿optarías por castigos, rehabilitación o ambas?

Hasta los años ’70, la ideología correccional estaba mayoritariamente basada en la rehabilitación de los individuos implicados en conductas delictivas. Con la aparición de diversas publicaciones que ponían en duda la eficacia de los programas de rehabilitación, el enfoque ha cambiado hacia acciones más punitivas. Por ello, la población correccional registró un aumento destacable.

En este proceso de cambio, la opinión publica también se tuvo en cuenta. Muchos investigadores del momento han analizado si la población se orienta hacia lo punitivo tanto como los legisladores. Las tendencias registradas mostraban que la población tiene una actitud altamente punitiva hacia la criminalidad. Acepta leyes duras de castigo, optan por la encarcelación, sentencias más largas y la pena de muerte.

En cualquier caso, la población sigue apoyando los programas de rehabilitación.  Esto lleva al concepto de justicia equilibrada. Aunque deseemos castigar duramente a los que incumplen la ley, también aprobamos la rehabilitación e incluso la reintegración. Generalmente, parece que se ha superado la visión de los años ’20 tipo enciérralos y tira la llave.

Se ha visto que incluso los individuos más conservadores, que atribuyen la culpa de los delitos a factores disposicionales (p. ej. personalidad), también reconocen que los factores situacionales pueden llevar a cometer delitos. Aunque haya una visión muy punitiva de los delitos (p. ej. como ocurre en el estado de Texas), muchas personas optan por sanciones de rehabilitación para los delincuentes no violentos.

Cuando se trata de conductas violentas, hay una tendencia de preferencia para los castigos severos. Muchas personas consideran que en la rehabilitación no funciona para los delincuentes violentos. Por ello, si tenemos que elegir una intervención para un traficante de drogas, es más probable que optemos por la rehabilitación. En cambio, si el delincuente es un violador, esa opción no nos parece viable.

Hasta aquí, queda claro que la gravedad del delito nos influye a la hora de elegir sanciones. Dónde hay violencia, queremos más castigo. Lo que queda menos claro es qué condiciones o atributos de los delincuentes violentos influyen en las preferencias de sanción.

Es decir, aparte de diferentes tipologías de delitos, ¿nos influye saber que el delincuente sufre de drogodependencias u trastornos mentales, que ha vivido bajo patrones de abuso o que ha prestado servicio militar? El estudio citado pretende indagar en ello.

La elección de tales atributos se basa en evidencias de que solemos juzgar una conducta como moralmente incorrecta en función del estado mental del delincuente. En cambio, cuando elegimos una sanción, tenemos en cuenta el daño causado por tales conductas.

Una asignación de sanciones más duras se da cuando consideramos que el delincuente es moralmente responsable del daño causado. Por ello, es posible que ciertos atributos reduzcan o aumenten la percepción sobre la responsabilidad moral del delincuente y, consecuentemente, asignar sanciones más o menos duras.

En el estudio participaron 575 estudiantes universitarios de criminología. Estos contestaron a varias preguntas completando un cuestionario. Para cada pregunta hay 4 versiones en las que se plantea un atributo diferente: drogodependencia, trastornos mentales, veteranos e individuos que han sufrido de violencia doméstica.

También se registran diferentes variables demográficas, así como el riesgo percibido de ser víctima, importancia que se da a la religión y actitudes racistas. Todas ellas se han seleccionado en base a evidencias previas de relación con actitudes de castigo de los delincuentes.

¿Cuál debería ser la meta de las sentencias para delincuentes violentos: castigar o rehabilitar?

Tal como se esperaba, los participantes no ven a todos los delincuentes violentos de la misma manera. Por ejemplo, creen que la rehabilitación debería ser la primera elección cuando se trata de delincuentes que sufren de trastornos mentales (38,9%). Por otro lado, creen que los que menos deberían recibir este tratamiento como primera elección son aquellos delincuentes que han sufrido de violencia doméstica (12,1%).

Para una justicia equilibrada optan aproximadamente la mitad de los sujetos, tanto para delincuentes que sufren de drogodependencias (45,7%), como para aquellos que sufren de trastornos mentales (47,8%) o son militares veteranos (45,4%). Para los delincuentes que han sufrido de violencia doméstica se registran mayores preferencias para sanciones típicas como el encarcelamiento (62%).

¿Se merecen estos delincuentes violentos tener acceso a programas de rehabilitación? ¿Es posible rehabilitarlo y son estos programas eficaces? ¿Cooperan los delincuentes con los profesionales de rehabilitación en ese proceso?

Las respuestas a estas preguntas conforman creencias sobre los programas de rehabilitación. Lo que se pretende es observar si estas creencias son diferentes en función de las características de cada participante (p. ej. sexo, raza) del estudio.  Por ejemplo, ¿son la raza o la ideología política características que marcan la diferencia en estas creencias sobre rehabilitación?

En todos los casos de delincuentes violentos con los diferentes atributos planteados se observa que, cuando los participantes creen que estos merecen tener acceso a la rehabilitación y/o que esta es eficaz, hay mucha más probabilidad de optar por un sistema de justicia equilibrada. También hay mayor tendencia en estos casos a mostrar preferencias hacia la rehabilitación por encima del castigo.

En el caso de los delincuentes violentos con trastornos mentales o con drogodependencias, la variable demográfica con mayor impacto es la ideología política. Específicamente, si los participantes se identifican con una ideología conservadora, las preferencias de castigo son mayoritarias y mucho más que en los sujetos liberales. Cuando se trata de delincuentes violentos militares veteranos, quienes se identifican con una ideología política moderada apoyan más el castigo y menos la rehabilitación que los liberales.

Otra variable demográfica con un papel destacable es el año de estudio en el que se encuentran los participantes. La preferencia por la justicia equilibrada se da más en sujetos que se encuentran en el último año de carrera cuando se trata de delincuentes violentos con drogodependencias.

La nota media del curso parece mostrar una asociación con las preferencias de castigo/rehabilitación para los delincuentes violentos que han vivido en un entorno de violencia doméstica. Específicamente, a mayor nota media, mayor probabilidad de optar por un sistema de justicia equilibrada. Para este tipo de delincuentes, también influyen en las preferencias de castigo/rehabilitación la raza y el género de los participantes. Parece que los hombres blancos son los que más optan por la rehabilitación y no por el castigo.

En resumen, las creencias de que la rehabilitación funciona, que los delincuentes violentos se merecen acceso a ello e incluso que estos vayan a colaborar en su proceso de tratamiento (para los veteranos) están detrás de las preferencias por una justicia equilibrada y para la rehabilitación como primera elección por encima del castigo.

Ello ocurre en todos los casos, pero con matices. Los porcentajes de probabilidad de optar por una preferencia de justicia equilibrada debido a las creencias antes mencionadas son mayores cando se trata de delincuentes violentos con trastornos mentales y menores para los que han vivido en entornos de violencia doméstica. La ideología política y el nivel de formación influyen en algunos casos, por lo que los atributos de los delincuentes violentos sí impactan en las preferencias de sanción.

Todo ello implica que la opinión pública no es tan punitiva como se ha pensaba. Las creencias sobre la eficacia de la rehabilitación y la posibilidad de que estos delincuentes mejoren a través de ello generan unas preferencias diferentes que cuando no se cree en el tratamiento. Asimismo, la responsabilidad moral que se atribuye a un delincuente varía según ciertos atributos. Es decir, la población percibe de manera diferente la causa de la conducta violenta.

Pero ¿qué pasa cuando se trata de personas no delincuentes? ¿También evaluaríamos la responsabilidad de manera diferente cuando, por ejemplo, sufren de drogodependencias o de trastornos mentales? Os invitamos a la reflexión.

 

 

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Déficits en las funciones ejecutivas como posibles predictores de la violencia de pareja. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “A systematic review of executive cognitive function intimate partner violent offenders” de Humenik A. M., Grounds Z., K., Mayer H. M. y Dolan S. L. (2020), en el cual se analizan múltiples evidencias relativas a la relación entre las disfunciones cognitivas de las funciones ejecutiva y el comportamiento violento en la pareja.

La violencia de pareja (VP) es un problema de salud pública que afecta a millones de mujeres y hombres, niñas y niños en todo el mundo. Está conectada con múltiples consecuencias negativas: problemas de salud física y psicológica, aumento de costes, victimización y morbilidad.

Este concepto -violencia de pareja- abarca comportamientos desadaptativos como la violencia física, psicológica y sexual, el acoso y el control del comportamiento del otro. Para explicar las causas de la VP se han desarrollado diversas teorías que atienden a factores socio-culturales, contextuales, de personalidad, entre otros. Aunque hayan recibido cierto apoyo empírico, fallan en explicar las probables contribuciones de algunas variables biológicas.

En este sentido, existen evidencias de la relación entre las disfunciones neuropsicológicas y la agresión. Más específicamente, se habla de disfunciones de las funciones cognitivas ejecutivas (FEs) que facilitan las conductas de agresión.

En cualquier caso, la VP y la agresión en general son dos constructos que difieren en cuanto a rasgos de personalidad implicados, comportamientos antisociales y presencia de psicopatologías. Ello implica que, si las disfunciones de las FEs están asociadas a la agresión, no necesariamente serán de gran importancia en la violencia de pareja. La VP es un proceso complejo, que va más allá de las conductas de agresión per se.

Por ello, se necesita evaluar de manera específica las conexiones entre la violencia de pareja y las FEs. Los autores de este estudio recopilan los hallazgos en cuanto a estas conexiones, atendiendo a las funciones cognitivas de alto nivel o ejecutivas que ya han mostrado importancia en los comportamientos de agresión.

Estas FEs son: la memoria de trabajo (MT), la flexibilidad cognitiva, la inhibición (control inhibitorio), la fluencia y la toma de decisiones. Todas están mediadas por el proceso de atención y tienen un papel importante en el control y la regulación de procesos implicados en las intenciones, planificación y desarrollo de las conductas necesarias para conseguir una meta. En general, las disfunciones en el funcionamiento de las FEs están asociadas a dificultades académicas, profesionales e interpersonales.

Los estudios sobre agresión y FEs indican que los sujetos que presentan mayores niveles de impulsividad, desinhibición e inflexibilidad cognitiva también muestran conductas agresivas más violentas y con mayor frecuencia. También hay evidencias de que los déficits en las FEs de mayor gravedad están asociados a tipos específicos de comportamientos antisociales.

Los estudios sobre violencia de pareja y su relación con el funcionamiento de las FEs muestran resultados mixtos que vamos a describir a continuación. Estos hallazgos provienen de 22 estudios que incluyen mediciones de FEs y cuyas muestras de estudio se componen de sujetos mayores de edad y que hayan llevado a cabo conductas de violencia de pareja.

La flexibilidad cognitiva es la habilidad de pensar sobre algo de múltiples maneras e incluye el concepto de cambio mental (de creencias, punto de vista, etc.). En general, es una de las funciones más estudiadas en relación a la agresión.

De los estudios analizados, 20 muestran relaciones entre déficits en flexibilidad cognitiva y la violencia de pareja. La relación se explicaría por la puesta en práctica de estrategia inefectivas de resolución de problemas. Por ello, cada vez que el sujeto violento se encuentra con una situación de pareja que considera como un problema, aplica estrategia de resolución basadas en la agresividad y la violencia.

Aunque los grupos control varían de estudio a estudio, generalmente los maltratadores registran mayor cantidad de errores en las tareas de flexibilidad cognitiva y responden más lentamente. Comprados con grupos de sujetos no violentos, los sujetos maltratadores fallan más. En cambio, en otros estudios son los que más fallan en las tareas de flexibilidad cognitiva pero no más que los agresores sexuales.

La memoria de trabajo es la habilidad de almacenar y manipular información en la consciencia por un corto periodo de tiempo.  Es clave en la regulación del procesamiento de la información social, de la atención y de las conductas orientadas a metas.

Los déficits de la MT se han asociado con una interpretación errónea de las señales sociales. Esta interpretación errónea es un factor de riesgo para las agresiones, tanto en niños/as como en adultos. Más específicamente, los sujetos implicados en conductas violentas suelen mostrar un peor rendimiento en tareas de memoria de trabajo espacial que los sujetos no violentos.

En cuanto a los maltratadores, hay resultados mixtos debido a la diversidad de metodología y medidas que utilizan. Por ejemplo, en un estudio se comparan sujetos condenados por VP con dependencia de alcohol (VP+), sujetos no condenados por VP con la misma dependencia (VP-) y sujetos fumadores como grupo control. En la tarea de recuperación de dígitos contando hacia atrás, el grupo VP+ ha mostrado el peor rendimiento.

En otro estudio se ha comparado el rendimiento de sujetos maltratadores con y sin historial de otras conductas violentas y un grupo control sin condenas. En una tarea de span de memoria para dígitos, ambos grupos de sujetos maltratadores han mostrado peores resultados que el grupo control. Además, el grupo de maltratadores con historial de otras conductas violentas exhibió el peor rendimiento.

 Resultados como estos indican la presencia de patrones de déficits de la MT diferenciales entre aquellos que cometen VP y aquellos que cometen conductas violentas de manera más generalizada. Aun así, los resultados difieren en función de la tarea requerida y, a veces, se observan diferencias no significativas o bien significativa, pero de tamaño de efecto pequeño.

El control inhibitorio es la habilidad de controlar y autorregular la atención y los impulsos propios. En pacientes forenses, los problemas de la capacidad de inhibición son el predictor más fuerte del comportamiento agresivo. Asimismo, la desinhibición está muy relacionada con la impulsividad y muchas veces se solapan. La impulsividad tiene alta relevancia en este contexto, siendo una característica repetidamente asociada a las conductas de agresión.

Los sujetos que maltratan a sus parejas exhiben mucha más desinhibición que sujetos que no cometen este tipo de conductas. La desinhibición se encuentra asociada a niveles más altos de agresión tanto mutuamente en pareja, como de maltrato de marido a mujer y de maltrato de marido a mujer con violencia grave.

Los sujetos maltratadores dan respuestas más rápidas en tareas de Stroop emocional con palabras agresivas. Aquellos que también tienen un historial de otras conductas violentas muestran un tiempo de reacción aún mayor.

Ello sugiere dificultades para inhibir los estímulos emocionales distractores. Estas dificultades llevan a déficits de resolución de problemas en situaciones cargadas emocionalmente (como los conflictos) y, consecuentemente, se desarrollan respuestas agresivas. Los estudios que no encuentran diferencias significativas destacan por tener muestras de estudio muy pequeñas, lo que no permite sacar conclusiones fiables.

La fluidez es la habilidad de producir información verbal o no verbal durante un periodo de tiempo determinado sin repetir las respuestas.  Muy pocos estudios analizan la fluidez verbal en relación a las conductas violentas. En general, los resultados indican que no hay diferencias significativas en la fluidez verbal entre sujetos molturadores y no maltratadores.

Por último, la toma de decisiones es la habilidad cognitiva de hacer una elección lógica de varias opciones. Los déficits en toma de decisiones han mostrado asociaciones con el comportamiento violento numerosas veces. Además, los comportamientos de riesgo y de agresiones impulsivas parecen compartir déficits en la zona orbitofrontal del cerebro, con un papel clave en la toma de decisiones.

En algunos estudios se han observado importantes déficits en la toma de decisiones de sujetos que cometen violencia de pareja. Dedican menos tiempo al proceso deliberativo, muestran una peor calidad de decisión, se arriesgan más y presentan mayor aversión a posponer las conductas. En cualquier caso, hay resultados mixtos. Por ejemplo, algunos estudios sugieren un mejor rendimiento de estos sujetos comparado con los que cometen otro tipo de conductas violentas. Otros sugieren que no hay déficit alguno en la toma de decisiones.

Cada vez más estudios consideran los daños cerebrales traumáticos y el abuso de sustancias como factores que influyen en el funcionamiento neuropsicológico. Estos factores también afectarían a las funciones ejecutivas y estarían relacionados con las conductas de violencia de pareja.

Tanto los comportamientos de agresión como de consumo de drogas se han asociado a dificultades para considerar a priori las consecuencias de una conducta, así como dificultades para la inhibición conductual. El uso de drogas como, por ejemplo, el alcohol, puede incrementar la gravedad de las agresiones. El alcohol y otras drogas limitan la capacidad de autorregulación del comportamiento y de procesamiento de las señales sociales. Por ello, sería similar a lo mencionado en los déficits de memoria de trabajo.

En cuanto al daño cerebral de origen traumático, destacar que muchos sujetos con conductas violentas también tienen historial de alguna lesión en la cabeza (p. ej. golpes por accidente). La prevalencia de este tipo de daño cerebral es alta en la población de sujetos maltratadores y posiblemente mayor que en la población general.

En conclusión, puede haber múltiples fuentes de déficit en las funciones ejecutivas. Estos déficits no se pueden pasar por alto en las conductas violentas porque, generalmente, hay evidencias de su importancia. Ello no implica justificar las conductas violentas por causas biológicas, ni descartar el papel de otro tipo de factores como contextuales, socio-económicos, culturales u otros. Mejor conocimiento sobre qué impacta, influye o provoca las conductas violentas, mayores posibilidades de desarrollo de estrategias eficaces de prevención y tratamiento.

 

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Vínculos entre el maltrato infantil y las tipologías de asesinos en serie. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “A behaviour sequence analysis of serial killers’ lives: from childhood abuse to methods of murder” de Marono A. J., Reid S., Yaksic E. y Keatley D. A. (2020), en el cual se analizan posibles vínculos entre sufrir abuso infantil y cometer crímenes en serie con la ayuda del Análisis Secuencial de la Conducta.

Un homicidio se define como la acción/conducta de matar a una persona. Es un término que incluye subcategorías tales como: crimen, homicidio múltiple y homicidio involuntario. En el segundo grupo encontramos a los asesinos en serie. El FBI define a los asesinatos en serie como el asesinar a dos o más personas en eventos separados. Es un acto intencional, premeditado y no es un crimen impulsivo o en respuesta a una amenaza percibida.

No hay que confundir a los asesinos seriales con los asesinos en masa ni con los asesinos frenéticos. Los asesinos en masa matan a 4 o más personas durante un solo evento, sin intervalos temporales distintivos entre un asesinato y otro. Los crímenes de un asesino frenético ocurren en dos o más lugares distintos, de manera consecutiva y sin periodos de enfriamiento emocional entre los crímenes.

Los avances en tecnología, así como la creación de amplias bases de datos han permitido el desarrollo de modelos predictivos, por ejemplo, para predecir quién es probable que cometa asesinatos en serie. También se pretende interpretar los patrones de conducta con el fin de predecir reincidencias.

Independientemente del tipo de predicción, para desarrollar tales modelos es necesario entender la cadena de eventos que preceden a los asesinatos. Una forma de hacerlo es clasificando las conductas relacionadas con los crímenes, agrupándolas, por ejemplo, según la forma de aproximarse a las víctimas.

Las primeras clasificaciones eran muy simples: conductas/crímenes organizados y desorganizados. Dada su simplicidad, las tipologías se han desarrollado ampliamente. En cualquier caso, el refinamiento de las tipologías no asegura la existencia de asesinos en serie (u otros tipos) prototípicos.

El profiling es una técnica retrospectiva. Aunque sea muy útil, no está exenta de posibles errores. Y, para poder perfilar de manera más adecuada, se ha sugerido que es importante incluir datos de los historiales de los criminales y/o factores de personalidad. En el historial personal lo que se destaca de gran importancia son los eventos más traumáticos, especialmente aquellos relacionados con la violencia.  El maltrato infantil sería uno de ellos.

La OMS define el maltrato infantil como los abusos y la desatención de menores de 18 años, e incluye todos los tipos de maltrato físico o psicológico, abuso sexual, desatención, negligencia y explotación comercial o de otro tipo que causen o puedan causar un daño a la salud, desarrollo o dignidad del niño, o poner en peligro su supervivencia, en el contexto de una relación de responsabilidad, confianza o poder. La exposición a la violencia de pareja también se incluye a veces entre las formas de maltrato infantil.

Muchas investigaciones han sugerido que el perfil de un asesino en serie incluye a menudo haber sufrido maltrato infantil. La relación entre ese daño en la etapa infantil y las conductas criminales se explicarían, por ejemplo, por haber desarrollado habituación y tolerancia al dolor (según el tipo de maltrato recibido).

El maltrato infantil también se ha asociado con problemas de procesamiento cognitivo. Por ejemplo, sesgos de atribución hostiles, accesibilidad de respuestas agresivas, evaluaciones positivas de la agresividad, etc.

En algunos estudios se han mostrado relaciones entre abuso infantil y crímenes basado en gratificación sexual. El 50% de los asesinos en serie analizados han informado haber sufrido de abuso psicológico. Un 36% ha sufrido de maltrato físico en la infancia y un 26% de abuso sexual.

Conocer estas relaciones es de gran utilidad. No obstante, se desconocen las vías secuenciales entre el maltrato infantil y las diferentes tipologías de asesinos en serie. Para ello, los autores proponen aplicar el Análisis Secuencial de la Conducta (ASC).

El ASC es un método cuyo objetivo es entender las relaciones dinámicas entre las progresiones conductuales y las interacciones sociales que tienen lugar a lo largo del tiempo. Con ello se investigan las vinculaciones entre cadenas de comportamiento y eventos. Determina cuánto es de probable (en comparación con el nivel de azar) que un evento sea consecuente a otro antecedente. Por ejemplo, el sujeto X ha sufrido un abuso A; ¿cuánto es de probable que se dé el comportamiento B, C o D?

En este estudio, se analizan dos eventos, aunque el análisis permite la vinculación de tantos eventos/comportamientos como se considere adecuado. El primer evento es el tipo de maltrato infantil sufrido. El segundo evento hace referencia a los crímenes y se tienen en cuenta los tipos de asesinos en serie, así como con el comportamiento en la escena del crimen (características del modus operandi).

Los autores del estudio se enfocan en tres tipos de abuso: físico, psicológico y sexual. La tipología de asesinos en serie que se utiliza es la basada en motivaciones: lujuria, ira, poder y ganancias económicas.

En cuanto a conducta que se dan en el escenario del crimen, se analiza cómo se asesinó a la víctima y qué se hizo posteriormente con el cuerpo. La muestra de análisis se compone de 233 asesinos en serie que han sido víctimas de maltrato infantil. Los crímenes de estos sujetos han ocurrido entre 1850 y 2014.

A modo general, los resultados del estudio muestran que diferentes tipos de maltrato afectan a diferentes tipologías de asesinos y comportamiento criminales.

Haber sufrido de maltrato físico aumenta las probabilidades de mostrar una conducta homicida exagerada. Es decir, de hacer mucho más daño a la víctima del necesario para quitarle la vida. En cualquier caso, los asesinos en serie que más conductas violentas muestran (p. ej. tortura, mutilación, etc.) son aquellos que han sufrido de abusos sexuales y/o maltrato psicológico.

Entre los asesinos en serie que han sufrido de abusos sexuales se observó una tendencia de llevar a cabo el crimen con rapidez. Aunque no se pueda determinar el porqué, una hipótesis es que aquellos que han sufrido de abuso sexual sienten ira y culpabilidad, lo que les hace arremeter y matar con rapidez.

Un crimen con rapidez se ha observado en todos los casos en los que la motivación se basa en el poder. Y en este subgrupo, al igual que entre aquellos que han sufrido abusos sexuales, no se dan conductas homicidas exageradas. Tampoco se observan torturas o mutilaciones a las víctimas.

 La motivación de poder implica obtener placer a través de la sensación de tener control sobre las víctimas. Pero más allá del placer, según evidencias previas, estos asesinos en serie ven el matar como una necesidad. De ahí la rapidez y la falta conductas homicidas que inflijan dolor innecesario.

Aquellos asesinos en serie clasificados como siguiendo unas motivaciones de lujuria (que suelen ser violadores) a menudo han llevado a cabo actividades sexuales postmortem y toturas. La existencia de estas conductas se observa como independiente al tipo de abuso que hayan sufrido en la infancia.

Las explicaciones en este caso se centran en la presencia de parafilias anormales o sadismo sexual. En cualquier caso, parece que la presencia de abuso sexual en sus historiales, sea asilado o junto a otros tipos de maltrato, guarda relación con la presencia de mutilaciones y/o torturas a las víctimas.

De manera opuesta a muchas investigaciones previas, en este estudio no se observan patrones consistentes para la forma de asesinar a las víctimas y la disposición del cuerpo a posteriori, en función de la tipología. Ya existen autores que sugieren que, aunque se puedan clasificar a los asesinos en serie, las tipologías no son mutuamente excluyentes. Haría falta prestar más atención a qué factores influyen a métodos criminales específicos y menos en sus motivaciones individuales.

Cabe destacar que el análisis de los autores tiene el objetivo de mostrar la utilidad del ASC.  Utilizar tan solo dos momentos temporales puede que no sea suficiente para sacar grandes conclusiones, por lo que se necesitan más estudios.

 Asimismo, con este estudio pretenden subrayar la posible importancia de eventos de violencia o de gravedad similar que han ocurrido tempranamente en la vida de los asesinos en serie. El maltrato infantil tiene graves impactos en la vida de las personas, a corto y largo plazo.

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Los perfiles de agresores sexuales y homicidas de personas de la tercera edad. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “The unusual victim: understanding the specific crime processes and motivations for elderly sexual homicide” de Chopin J. y Beauregard E. (2019), en el cual se analizan los aspectos diferenciales de los homicidios sexuales con víctimas de la tercera edad, en comparación con los homicidios sexuales que afectan a víctimas jóvenes y adultas.

A pesar de ser un crimen horrible, la investigación de la violencia sexual cuyas víctimas son personas de tercera edad es muy limitada. Las agresiones sexuales y crímenes contra las personas de tercera edad son relativamente raras en comparación con aquellas que afectan a otros grupos de edad.

Aun así, las agresiones sexuales y crímenes con víctimas de tercera edad (VTE) conforman un grupo diferenciado de casos con víctimas adultas y jóvenes (VAJ). Por ello, se deben analizar sus características por separado y, así, poder crear perfiles criminales más precisos.

Investigaciones previas en agresiones sexuales a VTE vs. VAJ

En las agresiones sexuales que afectan a VTE hay mayor violencia física. Esta se observa en las estrategias de aproximación a la víctima y en la agresión per se. Suele haber más golpes violentos y consecuencias más graves a nivel físico.

La mayoría de las agresiones ocurren en el domicilio de la víctima. Esto es congruente con la evidencia de que el domicilio de una víctima suele ser uno de los escenarios más comunes de violación. Las motivaciones del perpetrador en este tipo de agresiones se clasifican en tres dimensiones: basadas en ira, sexuales y oportunistas. Los autores añaden una cuarta posible, que sería la experimental.

Cuanto se trata de ira, esta es una ira típicamente misógina, con humillación sexual y fantasías sádicas. El agresor suele mostrar un alto grado de expresión de la ira y comportamientos antisociales en etapas juvenil y adulta. La aproximación a la víctima suele ser de tipo súbito y agreden a la víctima sin que haya necesariamente penetración.

Cuando se trata de motivaciones sexuales lo que se busca es la gratificación sexual. Estos agresores suelen consumir y poseer mucho material pornográfico y suelen presentar conductas sexuales desviadas.  La ira suele estar ausente, con bajos niveles de violencia física y altos niveles de penetración sexual. Asimismo, después de la agresión, suelen dejar libre a la víctima deliberadamente.

Los agresores sexuales oportunistas de VTE aprovechan situaciones de vulnerabilidad de la víctima. Por ejemplo, cuando no hay nadie que les pueda proteger. Este tipo de agresiones pueden darse a menudo en un contexto de robo. No suele haber penetración sexual, sino besos o caricias sexuales. El escenario suele darse en zonas públicas o exteriores.

También podría existir una cuarta dimensión de la motivación: experimental. Estos agresores sexuales buscarían deliberadamente una experiencia sexual con una víctima vulnerable elegida. Serían agresores de tipo hibrido, cuya experiencia con VTE no estaría muy bien definida.

Investigación actual sobre los homicidios sexuales con VTE

Los autores del estudio analizan diferencias entre 513 casos de homicidios sexuales que implican víctimas entre 16 y 45 años y 56 casos que implican víctimas de 65 años o más. Se excluyen las edades entre 45 y 65 años debido a características que se solapan y, por ello, dificultades para clasificar de manera precisa adultos y personas de tercera edad. Asimismo, los casos con víctimas de menores de 16 años se excluyen debido a que conforman un cluster normalmente bien diferenciado.

Los casos provienen de una base de datos oficial, con casos de Francia y Canadá y abarcan el periodo desde 1984 hasta 2018. Para que un homicidio sea considerado de naturaleza sexual debe tener al menos una de varias características. Por ejemplo, la exposición de partes sexuales del cuerpo de la víctima y/o evidencias de actividad sexual o sustitutos de ella.

Por un lado, se observa que los homicidios sexuales a VTE conforman un grupo diferenciado de los casos con VAJ, al igual que lo observado en las agresiones sexuales.  En la mayoría de los casos el escenario del crimen es el domicilio de la víctima, donde también ocurre la aproximación a ella.

La mayor probabilidad de que los crímenes ocurran en el domicilio se explicarían por las rutinas de las VTE. Suelen desarrollarse en el domicilio, además de las situaciones comunes de soledad, jubilación o enfermedad que provoca la permanencia en casa.

Algo parecido ocurriría en el caso de las víctimas menores, cuyas actividades también se desarrollan mayoritariamente en el hogar. Otra similitud con los casos que implican menores es la mayor cantidad de criminales que son conocidos de la víctima.

Al igual que en las agresiones, los homicidios sexuales a VTE son mucho más violentos que los homicidios sexuales de VAJ. Esto puede deberse a que la mayoría de estos criminales suelen actuar con motivaciones de ira y sadismo, ambas asociadas a altos niveles de violencia.

En cuanto a conductas sexuales per se, no hay muchas diferencias en las conductas normalizadas (p. ej. penetración vaginal). En cambio, si se detecta un alto número de conductas extrañas, como la penetración con objetos o actividad sexual postmortem. La primera se puede considerar como una conducta de tortura o sustituto de actividad sexual debido a disfunción sexual. La segunda es una conducta parafílica, pero también puede darse como resultado de una disfunción sexual.

Aparte de estas diferencias generales, los autores desarrollan una clasificación para los criminales sexuales de VTE según sus motivaciones y mediante el análisis del modus operandi, similar a la descrita para las agresiones sexuales. Se trataría de motivaciones sexuales, de robo, sádicas y experimentales.

Los criminales motivados sexualmente atacan a mujeres y especialmente cuando están durmiendo. En todos los casos se da penetración vaginal y suele haber mucha diversidad de actos sexuales cometidos comparado con otros tipos de agresores. Entre ellas, se da la penetración con objetos extraños en una tercera parte de los casos.

Suelen utilizar métodos ilegales para entrar en el domicilio. Matan a la víctima especialmente porque suelen ser conocidos, pero rara vez llevan a cabo conductas para destruir pruebas. También roban cosas de valor de la víctima, pero impulsivamente más que llevarse souvenirs.

Los motivados por el robo también atacan principalmente a mujeres, en sus domicilios y mientras están durmiendo o llevando a cabo alguna actividad doméstica. Lo más diferencial de estos criminales es que lo principal es el robo, mientras que la agresión sexual y el homicidio son subsecuentes y basadas en la oportunidad. Las agresiones sexuales suelen ser relativas a masturbación y similar. En la agresión y el homicidio se suelen notar aspectos que indican la falta de premeditación.

Los criminales sádicos atacan exclusivamente a mujeres en sitios exteriores y especialmente cuando las víctimas hacen deporte. Suelen ser desconocidos para las víctimas. No buscan actividades sexuales comunes ni suele haber gran diversificación de estas. En cambio, cometen actos sexuales de dominancia, tortura psicológica y/o física, humillación y/o mutilación. Lo que les motiva, por tanto, es el sufrimiento de la víctima y no la naturaleza sexual de sus conductas. Suelen utilizar armas para matar a la víctima y suelen destruir pruebas.

Por último, los criminales experimentales atacan tanto a hombres como a mujeres de la tercera edad, generalmente en sus domicilios. En la mayoría de los casos los criminales son conocidos de las víctimas y es así como se aprovechan para entrar en sus casas. No suelen implicarse en agresiones sexuales típicas.

En cambio, suele haber presencia de actos extraños como la penetración con objetos y actividades sexuales postmortem. En estos casos es donde la hipótesis de disfunción sexual encaja más, así como las fantasías sexuales desviadas. Suelen planear el ataque, reflejándose esto en la ausencia de golpes y muchos de los crímenes se cometen con un arma.

Como conclusión, observamos que analizar los casos de agresión y homicidio con víctimas de la tercera edad como un grupo separado es crucial, dado que se pueden encontrar diferencias destacables con respecto a los casos con VAJ (aunque se requiere mucha más investigación). Estas diferencias serían cruciales cuando se evalúa el riesgo de reincidencia, se desarrollan perfiles criminales e incluso cuando se trata de evaluación y tratamiento.

Aunque este tipo de casos sean menos frecuentes, es importante estudiarlos porque debido al incremento de la población de la tercera edad, dicha frecuencia puede aumentar.

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El peso de los factores protectores en la reincidencia de conductas violentas. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Assessing protective factors in treated violent offenders: associations with recidivism reduction and positive community outcomes” de Coupland R. B. A. y Olver M. E. (2020) en el cual se analiza la utilidad de evaluar factores protectores en pos de predecir reincidencia de la violencia y de obtener buenos resultados post-tratamiento de reducción de la violencia.

En los últimos 20 años, se registró un importante avance en la evaluación del riesgo de violencia. De estos avances, implementados tanto en la investigación como en la práctica profesional, se destacan varios: el desarrollo de herramientas de evaluación y predicción eficaces, la proliferación de factores de riesgo dinámicos, la evaluación del cambio en cuanto riesgos y la validación cruzada de los métodos de evaluación a nivel internacional.

No obstante, un área de bastante importancia quedó atrás: los factores protectores. Sigue habiendo dificultades tanto en cuanto a su conceptualización, como en cuanto a su medición e identificación.

Los factores protectores podrían generar beneficios saludables y es muy probable que estén ligados a resultados individuales positivos. Buscar tales factores para las personas con historial de delincuencia podría mitigar el riesgo de violencia. Es posible que provoquen mejoras en el panorama en cuanto a una reintegración exitosa. A grandes rasgos, aportarían una visión más esperanzadora y optimista en las evaluaciones forenses.

Algunos autores consideran que la evaluación enfocada (solo) al riesgo puede crear actitudes pesimistas en los terapeutas que tratan con personas violentas. Asimismo, este enfoque puede alimentar predicciones excesivas de reincidencia y pasar por alto resultados positivos potenciales como conseguir un trabajo, retomar la formación, etc. En la misma línea, se plantea un posible sesgo hacia lo negativo mientras las evaluaciones de riesgo solo se basen en factores de riesgo.

En los últimos años, el enfoque ha tomado una dirección hacia factores protectores dinámicos. Por ejemplo, una red de apoyo social fuerte o estilos de afrontamiento. Pero, ¿qué son los factores protectores?

Los factores de riesgo directa o indirectamente incrementan la probabilidad de reincidencia de un delincuente. En cambio, los factores protectores tienen un efecto amortiguador en el riesgo de reincidencia. Aun así, el rol exacto que tienen estos factores es aún poco claro, pero se plantea que podrían mediar entre el riesgo de violencia y reincidencia.

Diversos factores protectores se han estudiado y han recibido apoyo empírico o conceptual. Estos muestran relevancia tanto en la población de delincuentes juveniles como adultos. Algunos serían: apoyo de una red prosocial fuerte, red de apoyo emocional, uso apropiado del tiempo de ocio, actividad y afiliación religiosa, actitudes positivas hacia la intervención, alojamiento estable y habilidades de afrontamiento adaptativo o de resolución de problema prosociales.

Una de las listas de verificación más conocidas en cuanto a evaluación de factores protectores para la población forense es SAPROF (Structures Assessment of Protective Factors). Contiene 17 factores protectores, de los cuales 15 son dinámicos. Estos están clasificados en 3 grupos: internos, motivacionales y externos.

Se puede decir que a lo largo de los diferentes estudios en los cuales se utiliza SAPROF los resultados son generalmente buenos. No obstante, también se encuentran inconsistencias entre estudios, así como dificultades en cuanto a predicción del riesgo de violencia en subpoblaciones específicas, p. ej. mujeres delincuentes.

Los autores de este estudio analizan una muestra de 178 delincuentes (análisis documental) que fueron encarcelados por alguna actividad violenta. Estos participaron en un programa de reducción de la violencia de alta intensidad en un centro psiquiátrico de máxima seguridad de Canadá. La muestra presenta, en su mayoría, algún problema de salud mental: psicosis, depresión, trastornos de personalidad, abuso de sustancias, etc. Más del 70% de la muestra presentaba un trastorno de personalidad antisocial.

La duración media de las sentencias es de 6 años. La edad media de inicio de actividades violentas es de 18 años. La mayoría tenía un historial de violencia, encontrándose un 56% de delitos violentos sin homicidio, un 38% de delitos violentos con homicidio, un 5% de delitos no violentos y un 2% con delitos sexuales violentos.

El programa de tratamiento es Aggressive Behavioral Control (ABC). Su duración es de 6 a 8 meses y tiene como objetivo reducir la reincidencia de violencia en hombres con un extenso historial de violencia o con problemas serios de mala conducta institucional. Es un programa multidisciplinar, con psicoeducación, instrucción de habilidades de prevención de la reincidencia y terapia individual y grupal para atender las necesidades criminógenas.

Ha mostrado eficacia en disminuir la frecuencia y gravedad de nuevas mala conductas institucionales. Asimismo, disminuye, según las evidencias, la probabilidad de reincidencia en delincuentes afiliados a bandas o altos en psicopatía. Los cambios positivos que provoca se han asociado a un decremento de la violencia en la comunidad.

En el análisis de la muestra se utilizan, aparte de SAPROF, una lista de factores protectores (lista PF) con factores recopilados de las evidencias científicas. Otra es la herramienta de evaluación de riesgo y planificación de tratamiento VRS (Wong & Gordon, 1999-2003). Asimismo, el conocido HCR-20 (segunda versión, Webster et al., 1977) que evalúa el riesgo mediante 10 factores relativos al historial criminal, 5 factores clínicos 5 factores de gestión del riesgo. Esta herramienta tiene una alta precisión predictiva para la violencia.

En términos generales, el tratamiento aplicado a la muestra parece haber dado buenos resultados. Los cambios positivos se han registrado en los factores protectores internos y motivacionales del SAPROF, pero no los externos. El menor nivel de mejora se ha observado en el periodo desde post-tratamiento hasta la incorporación en la comunidad. En cambio, desde la fase de pre-tratamiento hasta la incorporación en la comunidad se han observado cambios importantes en los factores protectores. En términos de puntuación del SAPROF, las mejoras se dieron en un 40%.

Las correlaciones entre factores de riesgo y protectores se muestra inversa. Es decir, a mayor protección, menor riesgo de reincidencia. Asimismo, los hombres con historial de violencia más grave y con mayor riesgo de reincidencia mostraban menos factores protectores. Por tanto, ambos tipos de factores no son independientes. Aun así, los datos muestran que estos factores no representan a un mismo constructo, es decir, no son las dos caras de una misma moneda. Lo más probable es que se solapen, por ejemplo, compartiendo consecuencias.

Las herramientas de evaluación de factores protectores predicen la reincidencia comunitaria e institucional. Específicamente, baja protección se asocia a incrementos de las tasas de violencia y reincidencia general, así como con una mayor frecuencia y gravedad de las malas conductas institucionales.

Cuando se analizan los cambios en protección en función de las medidas de riesgo, no se observa una predicción incremental desde pre a post- tratamiento. Es decir, no aparece un patrón constante de, por ejemplo, mayor protección, menor riesgo de reincidencia.  Los autores plantean que esto puede deberse a que el tratamiento aplicado a los delincuentes no se centra en factores protectores o en incrementar la protección.

En cambio, se centra en disminuir el riesgo de reincidencia y la violencia. Y, como hemos mencionado antes, si protección y riesgo no son dos caras de la misma moneda, reducir los niveles de riesgo no necesariamente debería incrementar la protección.

Lo más importante es que un enfoque en la reducción del riesgo provocaría una reducción de la reincidencia. No obstante, no volver a cometer delitos no equivale a un funcionamiento adecuado en la comunidad ni a una reinserción exitosa. Por eso, parece que para conseguir lo segundo, los factores protectores deben ser tenidos en cuenta en la rehabilitación y reintegración en la comunidad.

Asimismo, los autores recomiendan que las herramientas de evaluación de factores protectores no se utilicen solo para predecir la reincidencia, porque de esta forma no cumplen como medidas de protección, sino simplemente informan del riesgo.

Y, como han observado, los factores protectores pueden tener un alto potencial para añadir a un bajo riesgo de reincidencia una reinserción más exitosa en la comunidad. Una influyente revisión sobre la evaluación de riesgo de violencia (Hanson, 2009) muestra que, para la siguiente generación de herramientas, añadir los factores protectores será una adición clave.

 

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Características de los agresores sexuales juveniles. Club de Ciencias Forenses

Amigos el Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Differences in psychosexual development among child, peer and mixed juvenile sex offenders” de Lillard C. M., Cooper-Lehki C., Fremouw W. J. y DiSciullo V. A. (2019), en el cual se repasan las diferencias más destacables entre los tipos de agresores sexuales juveniles.

Las agresiones sexuales son crímenes graves con consecuencias graves. Se definen como el comportamiento que incluye cualquier interacción sexual con una persona de cualquier edad, en contra de la voluntad de la víctima, sin su consentimiento, con agresividad, manipulación, explotación o amenazas.

Durante mucho tiempo, la investigación en esta área se ha enfocado en hombre adultos que cometen agresiones sexuales. Recientemente, se han incluido en el estudio los agresores sexuales juveniles. Estos suelen ser adolescentes, con edad menor a los 18 años en el momento que cometieron la agresión.

Se estima que la mitad de los abusos sexuales a menores y el 20% de las agresiones sexuales son cometidas por agresores sexuales juveniles. Inicialmente se ha planteado que los agresores sexuales adultos y juveniles representan una sola población. No obstante, investigaciones recientes refutan esta creencia. Se ha observado que la mayoría de los agresores sexuales juveniles (ASJ) no vuelen a cometer delitos sexuales. Las tasas de reincidencia varían entre el 5 y el 15 %.

Por ejemplo, en un estudio se analizó una muestra de más de 20.000 sujetos que fueron arrestados por un delito cuando tenían entre 12 y 23 años.  Se observó que, de los sujetos con un solo arresto, el 3 % había vuelto a cometer una agresión en etapa adulta. El 12,3 % de los que habían sido arrestados por múltiples agresiones sexuales lo han vuelto a hacer en etapa adulta. El 95,5 % de los agresores sexuales adultos nunca habían sido arrestados por una agresión sexual en etapa juvenil.

Estos datos sugieren que solo una pequeña proporción de los ASJ reinciden en la etapa adulta. Asimismo, los ASJ que sí reinciden de adultos suelen ser los que han cometido múltiples agresiones sexuales cuando eran menores. Con todo ello, se destaca la importancia de separar los ASJ que han cometido múltiples agresiones sexuales de lo que se han cometido una sola agresión sexual.

Los ASJ conforman un grupo heterogéneo. No obstante, existen diversas tipologías. Una de ellas se construye en función del tipo de víctima y habría dos tipos de ASJ. ASJ con víctimas en etapa infantil o ASJ infantiles y ASJ con víctimas iguales (peer, edades parecidas con los ASJ, amigos, etc.) o ASJ de iguales. A partir de esta clasificación, se han hecho diversas comparaciones que vamos a resumir a continuación.

Características de las víctimas. Los ASJ infantiles suele cometer varias agresiones a la misma víctima. En cambio, los ASJ de iguales suelen tener mayor número de víctimas. Ambos tipos suelen atacar a conocidos. No obstante, los ASJ infantiles tienden a atacar más a familiares. Los ASJ que atacan a hermanos/as suelen mostrar una mayor tasa de abuso físico y sexual y cometer crímenes más graves. También es más probable que estos hayan sido diagnosticados con algún trastorno de la conducta.

En cuanto al género de las víctimas, los ASJ de iguales suelen atacar exclusivamente a mujeres. En cambio, los ASJ infantiles no suelen optar por un género u otro exclusivamente, aunque la mayor proporción se compone de victimas masculinas.

Características del agresor. En términos de edad no suele haber diferencias entre ASJ infantiles y de iguales, aunque hay algunos estudios que destacan que los segundos suelen ser mayores que los primeros. La raza se encuentra como no diferencial. No obstante, al igual que en el tema de la edad, algunos estudios encuentran que los ASJ infantiles suelen ser caucásicos y los ASJ de iguales afro-americanos.

En términos psicológicos, los ASJ infantiles suelen experimentar más ansiedad y tener más trastornos relativos al uso de drogas. También suelen tener una autoestima más baja, un rendimiento psicosocial más pobre y mayor probabilidad de sufrir de bullying.

Los ASJ de iguales muestran conductas más agresivas y más externalizantes. Suelen tener un estatus socioeconómico más bajo, una supervisión parental mínima y un historial criminal familiar más largo. También exhiben más conductas de delincuencia, sexo consentido, más amigos de la misma edad y mayor número de victimas desconocidas.

Características de la agresión. Los ASJ de iguales suelen atacar más en sitios públicos. Los ASJ infantiles, en cambio, suelen atacar a sus víctimas en contextos de residencia o casas de acogida. Los dos tipos de ASJ no difieren en cuanto al tipo de arma o las drogas que utilizan durante la agresión.

Desarrollo psicosexual de los agresores sexuales juveniles. Existen pocos datos al respeto. Las diferencias más destacables serían, por ejemplo, que los ASJ de iguales, así como los mixtos (víctimas menores, pero de cualquier edad) suelen informar de más experiencias sexuales consentidas y mayor uso de pornografía que los ASJ infantiles. Los ASJ mixtos también suelen tener más fantasías atípicas. En pruebas falométricas no se observaron diferencias.

Estudio. Como existen tan pocos datos sobre el desarrollo psicosexual de los ASJ, los autores estudian estas diferencias en 74 jóvenes internados en reformatorios, que han cometido alguna agresión sexual. Dos criterios de inclusión en la muestra lo suponen la disponibilidad de una evaluación psicológica y de un perfil obtenido con el Multiphasic Sex Inventory-II (MSI-II).

Congruentemente con resultados de estudios anteriores, los ASJ de iguales de esta muestra han llevado a cabo agresiones con mayor violencia y gravedad. También suelen tener en su historial criminal más condenas por delitos no violentos. En términos específicos de psicosexualidad, las únicas diferencias encontradas se refieren a los ASJ de iguales. Estos parecen tener mayores problemas de disfunción sexual y eréctil que los ASJ infantiles.

Cabe destacar que una subescala de MSI-II relativa a acoso infantil (escala Child Molestation) consigue diferenciar con alta precisión los ASJ infantiles de otros tipos. Es decir, es capaz de predecir el grupo al que pertenece un ASJ, así como el tipo de historial.

Utilizando una clasificación de 3 grupos, ASJ infantiles, de iguales y mixtos, se observan diferencias en cuanto a características de la víctima, agresión, agresor y tratamiento previo relativo a las agresiones. Los ASJ infantiles y de iguales suelen tener víctimas femeninas.

En cambio, los mixtos presentan una mayor heterogeneidad en género de la víctima. En cuanto a relación con la víctima, los datos son similares a lo antes mencionado, sumando que los ASJ mixtos suelen atacar tanto a víctimas conocidas y/o familiares, como desconocidas. Generalmente, los ASJ mixtos presentan patrones amplios, heterogéneos y sin discriminación por género, edad y otras. También estos suelen cometer su primera agresión a edades mucho más tempranas que los ASJ infantiles.

Los ASJ infantiles no suelen tener en su historial algún tipo de tratamiento relativo a las conductas de agresión sexual. Aproximadamente la mitad de los ASJ de iguales y la mayoría de los mixtos sí han recibido tal tratamiento. Entre los ASJ mixtos es común la existencia de varios tratamientos, sin completar y sin adherencia. Los fallos en los tratamientos suelen ser factores de riesgos muy importantes en cuanto a reincidencia y también informan de mayor peligrosidad.

En los estudios que analizaron agresores sexuales adultos mixtos se ha sugerido que estos suelen ser más peligrosos y tienen mayor probabilidad de reincidencia, así como la necesidad de tratamientos más intensivos. También hay posturas que no coinciden con lo anteriormente mencionado y, en cualquier caso, se necesitan más estudios similares con la población de ASJ.

 

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Pornografia infantil: características de los delincuentes. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Child porn offenders, solicitation and child sexual abusers: what literatura has to say” de Johnson S. A. (2019), una amplia revisión de las investigaciones en materia de agresiones sexuales a menores y las características de los delincuentes que consumen pornografía infantil.

Generalmente, aquello que se conoce sobre los delincuentes sexuales con víctimas adultas se puede aplicar también a los que agreden a víctimas menores de edad. Muchas veces hay cierta confusión debido al desarrollo de tipologías y definiciones, que no se mantienen homogéneamente a lo largo de las investigaciones. El problema, en parte, se deriva del solapamiento de motivaciones, características y tipologías entre los diferentes agresores sexuales.

También hay cuestiones contradictorias. Por ejemplo, algunos autores consideran que aquellos que consumen y distribuyen pornografía infantil son en realidad agresores sexuales no capturados. En cambio, otros profesionales plantean que el uso de pornografía infantil no implica necesariamente el llevar a cabo agresiones sexuales.

Simplificando, por un lado, hay delincuentes sexuales que solo consumen pornografía infantil o que implica a menores (porn child ofender). Otros contactan con posibles víctimas a través de la tecnología, solicitando y convenciendo a los menores en implicarse en todo tipo de actividades sexuales. Puede ser mostrar partes del cuerpo, actividades masturbatorias, juegos de rol, etc. (solicitation offender). Estos pueden o no consumir pornografía infantil y pueden o no solicitar contacto en persona.

Cuando además de actividades en línea, utilizan pornografía infantil y/o abusan sexualmente hablaríamos de agresores duales. Y, por último, hay agresores cuya motivación principal es tener encuentros sexuales con menores. Pueden buscar a sus víctimas en la comunidad o en el medio online. Estos suelen ser los que en la literatura científica se denomina agresores sexuales infantiles o agresores de contacto (del inglés, contact offenders).

La clasificación más conocida es aquella que habla de pedofilia, hebefilia y efebofilia, donde los tres tipos sientes atracción por menores con diferentes rangos de edad. Estos no abusan necesariamente de los menores, lo definitorio es la atracción. Entre todos ellos, pueden o no haber pederastas o agresores sexuales de menores.

Los delincuentes relacionados con la pornografía infantil pueden tener diferentes motivaciones para ello. Kenneth V. Lanning, un perfilador de la FBI, identificó 4 tipos de delincuentes de pornografía con menores. Hay quienes no tienen intereses sexuales específicos en menores. Acceden a la pornografía de manera impulsiva o por curiosidad.

Otros consumen pornografía con menores para satisfacer necesidades sexuales, pero nunca agreden de manera física ni establecen contactos con posibles víctimas. En otra clasificación (Krone, 2004), estos se restringen a sus fantasías y al consumo de pornografía. La motivación principal sería el interés pedófilo.

Existen delincuentes de la pornografía infantil que la producen y la distribuyen para ganancias económicas. Pueden sentir o no atracción sexual hacia menores. La motivación se basa en la explotación comercial y ven sus actividades como un negocio.

Y, por último, aquellos que utilizan internet para acceder a víctimas y conseguir un contacto real. En el contacto suelen grabar a sus víctimas o hacerles fotos. Estos serían los agresores duales antes mencionados. Lo que buscan principalmente es conseguir el contacto sexual.

Cabe destacar que no hay perfiles puros. Un delincuente que principalmente consume pornografía infantil, puede que intente contactar en algún momento con víctimas en el medio online. Aquellos que solo consumen pornografía infantil, que no llevan a cabo agresiones físicas, ni contactan con las víctimas en internet, son delincuentes que hacen uso de material de explotación sexual infantil (CEM, Child Explotation Material).

Algunos estudios destacan que estos suelen tener un nivel educativo más alto que los agresores sexuales de menores. Suelen tener un IQ mayor, edades en 25 y 50 años y mayoritariamente caucásicos. Es más probable que convivan con menores que los agresores sexuales de menores. Aunque parece que la mayoría suelen ser hombres, los delincuentes pueden ser  mujeres entre 1 y 33% de los casos.

La mayoría tienen un trabajo estable y que requieren un título universitario. Además, suelen ser empleos que requieren poco o nada de contacto con otras personas, pero sí contacto con menores. Aproximadamente la mitad de este tipo de delincuentes están casados. En la otra mitad, la situación sentimental puede variar desde no haber tenido nunca una relación hasta cualquier otra posibilidad. En este segundo grupo, es más probable que los delincuentes vivan solos o con sus padres. También que tengan menos contacto con las personas en el contexto real.

En cuanto a historial criminal, se observó que la mayoría no lo tienen. No obstante, otros autores defienden que suele haber mínimo una historia criminal relacionada con el uso de sustancias ilegales. Lo más preocupante es que, en algunos estudios, se ha encontrado que entre 50 y 85% de los consumidores de pornografía infantil informan haber intentado contactar y/o agredir a menores, pero sin ser detectados.

Esta es una cuestión a debate muy importante. Los que solo hacen uso de la pornografía infantil, ¿realmente es solo eso o el contacto con las víctimas que no se detecta?

El historial criminal de agresiones con violencia es un fuerte predictor de todos los tipos de agresiones. Es común que la primera agresión se dé en la edad joven. Los que consumen pornografía con menores no suelen reincidir una vez pillados. De los que presentan reincidencia, un 25% de ellos suelen reincidir mientras están en libertad condicional.

A nivel psicológico, algunos estudios consideran que no hay diferencias entre los que solo consumen pornografía infantil y los pederastas. En cambio, otros estudio destacan varias cosas diferenciales. Los delincuentes relacionados con la pornografía infantil suelen tener mayores problemas psicológicos, como trastorno obsesivo-compulsivo o síntomas depresivos. Las parafilias suelen ser más marcadas, hay mayor estrés y masturbación frecuente. No se observan diferencias en cuanto a trastornos de depresión y ansiedad entre estos y los agresores sexuales de menores. En ambos casos se informa de problemas de soledad y baja autoestima, aunque muchos autores subrayan diferencias en la intensidad o gravedad de estos aspectos. En cualquier caso, en el análisis de problemas de salud mental hay alta heterogeneidad de resultados.

Aunque de modo intuitivo consideraríamos que todos los delincuentes relacionados con los menores son pedófilos, no parece que sea así. Se ha observado que solo el 25% de los implicados en pornografía infantil presentan este tipo de parafilia. La mayoría fueron diagnosticados con parafilias no especificadas. Es una categoría diagnóstica que incluye los casos que no cumplen todos los criterios necesarios para una categoría diagnóstica ya establecida. También parece ser que la mayoría de estos delincuentes presentan hebefilia (atracción sexual hacia adolescentes) y no pedofilia.

Otros datos en materia de problemas de salud mental muestran que estos delincuentes suelen presentar rasgos de exhibicionismo sexual y voyerismo. Asimismo, es probable que puntúen bajo en herramientas de evaluación de riesgo para agresiones sexuales.

Normalmente, las personas consumen material pornográfico que encaja con sus intereses sexuales. La colección de material pornográfico es el mejor indicador sobre qué quiere hacer el delincuente, pero no necesariamente sobre lo que haya hecho. Es decir, la especificidad del material pornográfico es indicador de la preferencia sexual pero no de las actividades sexuales reales.

Como ya hemos mencionado, no todos los que ven pornografía infantil son pedófilos. Muchos pedófilos encuentran este tipo de material como repugnante. Los delincuentes que ven este tipo de material pornográfico suelen coleccionar mayor material con mayores rangos de edad de menores. No obstante, también borran más a menudo ese material. Hay mucha variabilidad en cuanto al tipo de material: desde menores sin actividad sexual hasta actividad sexual extrema. Otro dato es que suelen pagar más por acceder a pornografía infantil.

Por último, la motivación para hacer uso de tal material debe ser tenida en cuenta porque no es nada homogénea. Por ejemplo, algunos utilizan el material pornográfico infantil para mantener bajo control las conductas o deseo sexuales desviados. Para otros, este material facilita la actuación en base a fantasías preexistentes. Como observamos, lo único que no estaría al debate es la gran variabilidad en todos los aspectos relacionados con las agresiones sexuales a menores.

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El maltrato animal y los crímenes en masa: ¿están relacionados? Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Harming animals and massacring humans: characteristics of public mass and active shooters who abused animals” de Arluke A., Lankford A. y Madfis E. (2018), en el cual se analizan las características de asesinos en masa con historial de maltrato animal.

Durante décadas, se ha estudiado la tendencia de asesinos en serie a dañar o torturar animales. Por ejemplo, se ha visto que el historial de maltrato animal aparece mucho más en asesinos en serie que en los casos de crímenes por violencia de género. El historial de maltrato animal puede provenir de la infancia, adolescencia o etapa adulta.

Los asesinos en serie comparten características con otros tipos de criminales. Un ejemplo son los tiradores activos y en masa. Características compartidas son la mayor probabilidad a asesinar desconocidos y a llevar a cabo crímenes premeditados. También comparten rasgos de personalidad, tales como una agresividad instintiva o insensibilidad.

Tanto los tiradores activos como los tiradores en masa hacen referencia a personas que atacan en lugares públicos con el objetivo de dañar a más de una víctima. Los asesinos en masa son aquellos que provocan la muerte de cuatro o más víctimas. En cambio, los tiradores activos no se definen por ningún límite mínimo del número de víctimas.

A diferencia de los casos con asesinos en serie, en estos  no se ha estudiado tanto la posible presencia de historial de maltrato animal. Dado que comparten características con otros tipos de criminales, es de esperar que también presenten historiales de maltrato animal.

En cualquier caso, también muestran diferencias importantes, por lo que asumirlo sería un grave error. De hecho, algunos investigadores subrayan que los perfiles psicológicos  de los asesinos en serie son bastante diferentes de los tiradores activos y asesinos en masa.

Los asesinos en masa y los tiradores activos son diferentes también de otros tipos de asesinos en masa más específicos. Por ejemplo, de los que participan en violencia de bandas, tráfico de drogas, asesinatos de familias, grupos terroristas o genocidios.

El estudio se basa en tres objetivos. Uno es identificar todos los casos registrados sobre asesinos en masa y tiradores activos desde 1966 a 2018, que incluyen además un historial de maltrato animal. El segundo objetivo es analizar la naturaleza de la violencia de estos hacia animales y personas. Por último, se pretenden evaluar las diferencias entre este tipo de criminales con y sin historial de maltrato animal.

El maltrato animal que se atiende en este estudio es aquel más explícito como pegar y disparar animales de compañía, prenderles fuego, torturar, mutilar y otros similares. Además, tiene que haber ocurrido antes del ataque hacia las personas y no ser parte del crimen en masa.

De 88 casos de criminales en masa y tiradores activos, se han detectado 20 casos a nivel mundial en los cuales el criminal tenía un historial confirmado de maltrato animal.  La mayoría de ellos eran de hombres (95%) estadounidenses (45%), de raza blanca (95%) y con una media de edad de 25 años.

 En el 75% de los 20 casos se registró maltrato de animales durante la infancia. En el 65% de los casos los animales maltratados eran gatos o perros. Asimismo, en el 75% de los casos, el maltrato se llevó a cabo desde muy cerca del animal (no es lo mismo disparar desde 3 metros que disparar a quemarropa).

Nueve de los 20 casos se registraron en EE.UU. También se encontraron en otros países como, por ejemplo, en Australia (1996), en Escocia (1996) o en Noruega (2011). De todos los casos de la muestra, en un 60% la escuela fue la escena del crimen.

Analizando a los criminales de EE. UU., se destaca una diferencia importante entre los criminales con y sin historial de maltrato animal. Esta es que los primeros son significativamente más jóvenes en el momento del ataque a personas (22,7 años de media vs. 35,2 años en los casos sin historial de maltrato animal).

Los asesinos en masa y los tiradores activos con historial de maltrato animal hicieron daño a un mayor número de víctimas que los sujetos sin historial. Un caso fue registrado como extremo y sin historial de maltrato animal: Stephen Paddock asesinó a 58 víctimas y provocó heridas a aproximadamente 700 personas (Las Vegas, 2017).

En los demás 11 casos que ocurrieron en otros países, los criminales también eran la mayoría blancos y jóvenes, aunque la media de edad se sitúa en los 28 años (vs. menores de 25 años en EE.UU.). También se observó un mayor número de víctimas en los casos con historial de maltrato animal.

Aparte de los datos demográficos y el número de víctimas, se observó otra característica asociada a la presencia de historial de maltrato animal. Hay una menor probabilidad de que los criminales con historial de maltrato animal falleciesen en la escena del crimen.

En términos generales, la cantidad de asesinos en masa y tiradores activos con historial de maltrato animal está muy por debajo de la cantidad de otros criminales que llevan a cabo homicidios múltiples y con ese mismo historial. Como ya hemos mencionado, maltratar animales es mucho más común entre los criminales en serie. Por ejemplo, en un estudio se registró que un 90% de asesinos en serie sádicos de la muestra analizada habían maltratado animales en el pasado.

No obstante, el menor registro de historial de maltrato animal entre los asesinos en masa y tiradores activos no conlleva la ausencia real de maltrato animal. Estos casos suelen recibir menor atención mediática a largo plazo. Por eso, también es probable que se indague menos sobre sus pasados. Además, si los criminales actúan a edad adulta, puede ser difícil encontrar historiales de  las etapas más tempranas de sus vidas.

No obstante, no se descarta la existencia de diferencias psicológicas reales y claves entre este tipo de criminales y asesinos en serie sádicos. Los asesinos en serie sádicos suelen presentar rasgos psicopáticos de una forma marcada. Este hecho no es tan común en el caso de los asesinos en masa y tiradores activos. No suelen sentir atracción hacia la tortura y/o el sadismo.

En la mayoría de los casos, el maltrato animal se llevó a cabo desde muy cerca con respecto a la víctima animal. En algunos estudios se ha visto que esta característica está asociada a una violencia más grave hacia las personas.

Por lo general, la resistencia humana a matar aumenta a medida que la distancia hasta la victima disminuye. En cambio, aquellos más determinados a matar, más perturbados o con rasgos psicopáticos más marcados, se sentirían menos inhibidos por la distancia entre ellos y la víctima.

Aunque la muestra sea pequeña, se obtienen evidencias interesantes. Los asesinos en masa y tiradores activos con historial de maltrato animal maltrataron perros y/o gatos y a quemarropa. Por lo tanto, este tipo de criminales (al igual que muchos criminales en serie) pueden presentar más a menudo rasgos psicopáticos. Asimismo, dado el bajo número de casos con historial de maltrato animal, esta actividad dañina y delictiva no puede considerarse como una señal robusta de futuros tiradores.

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Perfilación criminal basada en características de la víctima y de la escena del crimen. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses esta semana presentamos el artículo “Homicide profiles based on crime scene and victim characteristics” de Pecino-Latorre M. M., Pérez-Fuentes M. C. y Patró-Hernández R. M. (2019), en el cual se analiza si las características de la escena del crimen y de la víctima sirven como predictores eficaces en la perfilación criminal.

Las investigaciones sobre homicidios han ganado con el tiempo mucho interés tanto académico como profesional. Este interés se debe, por un lado, a que el homicidio es el comportamiento criminal más peligroso. Por otro lado, el impacto a nivel psicosocial, político y socioeconómico es muy importante. De hecho, la presencia de homicidios se considera un fuerte indicador del nivel de violencia y seguridad de un país.

En las últimas décadas ha habido mucho avance en la metodología y enfoque de estudio de los homicidios. Aun así, los homicidios son fenómenos extremadamente complejos, dado que es una categoría criminal que incluye diferentes variantes, cada una con sus características dinámicas y procesos psicológicos implicados. Además, las características de los criminales y de las víctimas son muy diversas.

La metodología tradicional de análisis se basa en descripciones de los fenómenos y se sigue utilizando en las investigaciones sobre el tema. No obstante, el uso de técnicas más sofisticados, como el análisis multivariante, son cada vez más populares. La ventaja principal de los métodos estadísticos como el antes mencionado es que consideran la relación compuesta entre todos elementos ligados a un homicidio. Así, se obtiene una mejor comprensión del fenómeno y se permite la obtención de conclusiones más útiles y realistas. Los estudios que utilizan este enfoque metodológico se basan en la perfilación criminal y su aplicación práctica durante las investigaciones policiales.

El perfilador criminal es un profesional que ofrece consejos e información operativa en las investigaciones policiales, utilizando un enfoque basado en evidencias científicas. No obstante, la información que un perfilador criminal ofrece no tiene carácter vinculante, sino que se presenta en términos probabilísticos.

Nos alejamos de la visión tradicional del perfilador que predice los rasgos de personalidad de un criminal desconocido. La base del trabajo de un profesional de este campo se compone de elementos que permiten hipotetizar las características potenciales de un criminal, facilitando un proceso más riguroso de priorización de los sospechosos. Por lo tanto, la eficacia de la investigación policial aumenta.

Las características de los criminales de mayor interés suelen ser las relativas a variables sociodemográficas (sexo, edad, país de origen), historial delictivo y tipo de relación que tiene con la víctima. Algunos autores también se han enfocado en las diferencias en el modus operandi según el género del autor de un homicidio y en los actos de precaución que llevan a cabo.

 El objetivo de este estudio es determinar qué características del homicidio, de los comportamientos llevados a cabo en la escena del crimen y de las víctimas están asociadas a las características del autor de un homicidio en una muestra española. La muestra de estudio se compone de 448 casos de homicidios, con autores mayores de edad, donde solo hay una víctima y un criminal (se excluyen los homicidios múltiples) y registrados en España entre el 2010 y el 2012. Del análisis de los casos se extraen y se clasifican 6 variables en relación al autor (edad, sexo, país de origen, historial delictivo, historial de crímenes y relación con la víctima) en función de 18 variables relacionadas con la escena del crimen, modus operandi y características de la víctima.

La variable mas relevante para identificar el género del autor de un crimen es la edad de la víctima, el tipo de arma homicida y/o el método utilizados para cometer el crimen. Es más probable que el autor sea una mujer cuando la víctima es menor de edad y cuando se utilizan métodos de asfixia para cometer el crimen. Por otro lado, es más probable que los hombres utilicen armas de fuego o su fuerza física para matar a sus víctimas. En términos generales, hay evidencias de que cada criminal está influenciado parcialmente por las características de las víctimas a la hora de elegir las armas/métodos.

Para determinar la edad del autor son determinantes la edad y el género de la víctima y el método de aproximación a esta. Por ejemplo, es más probable que el autor sea mayor de 51 años si la víctima ronda esta edad y si es mujer. En otros estudios se ha observado que es más probable que el autor tenga 55 o más años cuando la víctima es mujer y mayor de 65 años.

Si el autor se aproxima súbitamente a la víctima, si ha tenido alguna relación previa con esta o si la aproximación no ocurre con el objetivo de cometer un crimen, hay casi un 60% de probabilidad de que el agresor tenga entre 18 y 30 años. En cambio, si la aproximación es por sorpresa y la víctima es menor o tiene entre 18 y 30 años, hay una probabilidad de entre 50% y 70% de que el autor tenga entre 31 y 50 años.

El país de origen de la víctima es la variable que más se asocia al país de origen del agresor. Si la víctima es de origen extranjero, hay una probabilidad de 30% de que el agresor sea español y esta asciende a una 74% de que el agresor sea también extranjero. Cuando la víctima es española, se registra una probabilidad de 80% de que el agresor también lo sea.

 Para determinar si el autor de un crimen tiene un historial delictivo el método utilizado para escapar de la escena y la edad de la víctima son aspectos clave. Este resultado es consistente con otros estudios que indican que aquellos agresores con un historial de conductas violentas y agresiones sexuales suelen elegir víctimas con edades entre 19 y 35. Estos también suelen llevar a cabo más actos de precaución para evitar que se les identifique.

En cambio, para determinar si el autor tiene un historial específicamente de crimen (homicidio, i.e. crímenes contra la vida, la integridad o la libertad de otros) no solo son claves los dos aspectos antes mencionados sino también el lugar del homicidio. El mejor nivel de probabilidad se obtiene en cuanto a víctimas menores de edad o mayores de 64. En estos casos hay un 81% de probabilidad de que el autor tenga historial criminal.

Por último, el género y la edad de la víctima se asocian de manera significativa al tipo de relación entre victima y agresor. Si la víctima es menor de edad y de sexo masculino, es más probable (71%) de que el agresor sea un miembro de la familia. De manera similar ocurre cuando la víctima es anciana. En cambio, si la víctima es hombre mayor de 18 años es más probable que el agresor sea un conocido. También se destaca que, si la víctima es mujer entre 18 y 64 años, la probabilidad de que el agresor sea su pareja o expareja roza el 70%.

Los resultados obtenidos en este estudio son consistentes con las ideas centrales postuladas en la perfilación criminal. Es decir, en base a ciertos elementos del homicidio se pueden generar hipótesis sobre las características potenciales del autor de un crimen. A su vez, esas hipótesis ayudan a tomar decisiones y a establecer un proceso de priorización de los sospechosos más riguroso.

Muchos estudios de criminología y otras ciencias forenses han demostrado la utilidad de la perfilación criminal en la medida en la que el análisis se basa en procedimientos estadísticos que analizan interacciones (p. ej. análisis multivariado) y no tanto en modelos puramente lineales.

Por último, se destaca la importancia de tener más en cuenta las características de las víctimas. Algunos autores incluso consideran a la víctima como una extensión de la escena del crimen y, por lo tanto, algo imprescindible para el análisis. Mayor conocimiento sobre la perfilación criminal y cómo interpretar las asociaciones entre rasgos de la escena del crimen, del agresor, de la victima y otros podría llevar a una reducción importante del tiempo y de los recursos económicos invertidos en las investigaciones criminales.

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VioGén: Validación y calibración para evaluar el riesgo de violencia contra la pareja. Club de Ciencias Forenses

Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Validation and calibration of the Spanish Police Intimate Partner Violence Risk Assessment System (VioGén)” de López-Ossorio J. J., Gonzále- Álvarez J. L., Muñoz Vicente J. M., Urruela Cortés C. y Andrés-Pueyo A. (2019), en el cual se describe el marco teórico, el desarrollo y la validación de los formularios de evaluación policial del riesgo de la violencia contra la pareja (VCP) que pertenecen al sistema VioGén del Ministerio de Interior español.

El contexto de aplicación de la ley es la principal vía de entrada de una víctima en el sistema de justicia. En algunos países este contexto es un lugar privilegiado y es el primero en el cual se adoptan medidas de protección. En España es una obligación: hay ordenes explícitas de las instituciones legislativas para tomar estas medidas. Por esta razón, se han desarrollado cada vez más herramientas que evalúen y manejen adecuadamente el riesgo de reincidencia violenta. Debido al aumento de la conciencia social y de la magnitud del problema de violencia de género, es en el ámbito de la VCP dónde hay mayor desarrollo metodológico.

Actualmente, existen aproximadamente 150 herramientas para este fin. Existen herramientas internacionales (p. ej. SARA, Spousal Abuse Risk Assessmental; Kropp e al., 1995, con adaptaciones al contexto español) y nacionales (p.ej. EPV-R, Escala de Predicción del Riesgo de Violencia Grave contra la Pareja – Revisada, Echeburúa et al., 2010). Este tipo de herramientas contienen tanto elementos específicos de la VCP como elementos inespecíficos que comparten con otros tipos de violencia.

Los protocolos de evaluación de riesgo tienen el importantísimo papel de servir de guía para los profesionales en la toma de decisiones con implicaciones significativas para la libertad civil y la seguridad pública. La evaluación del riesgo a través de herramientas fiables y válidas persigue un objetivo clave: minimizar la subjetividad. Esta debe minimizarse o bien en el evaluador en la estimación del riesgo o bien en la tarea de desarrollo de pautas estructuradas de juicio clínico que ofrezcan mayor prudencia en las tareas predictivas.

El paradigma del análisis de la violencia no siempre fue el mismo. Se pasó de una evaluación del peligro a una evaluación de riesgo, basada en evidencias relativas a la probabilidad de reincidencia. Este cambio de paradigma llevó a mayor eficacia predictiva, objetividad y transparencia en los procesos de evaluación y a una organización de recursos disponibles para hacer frente al riesgo más eficiente y efectiva.

En España existe un mandato institucional que alberga las tareas de aplicación de la ley en la VCP. Hablamos del Sistema de Seguimiento Integral en los casos de Violencia de Género o VioGén que, además de muchas otras funcionalidades, contiene un protocolo dual actuarial para la evaluación del riesgo de la VCP, con dos versiones digitales.

Una es la Valoración Policial del Riesgo (VPR) que cumple una función de screening para casos con indicadores de riesgo actuarial. La segunda herramienta es la Valoración Policial de la Evolución del Riesgo (VPER) que monitoriza la evolución de eventos de riesgo y de indicadores de protección. Se decidió actualizar estas herramientas, de las cuales resultaron las versiones 4.0 en ambos casos.

La actualización implicó una fase exploratoria con el objetivo de obtener una validez de contenido. En esta fase colaboraron diversos expertos institucionales y profesionales. Se obtuvieron varios indicadores de reincidencia por lo que la siguiente fase fue la construcción de las escalas.

Se construyeron borradores de las herramientas y se pusieron a prueba en una muestra de 6613 nuevos casos de VCP incluidos en VioGén a lo largo de 2 meses y con un seguimiento mayor de 6 meses. El objetivo de las pruebas fue verificar la razón de probabilidades de cada indicador con relación a los comportamientos violentos y sus parámetros. También se establecieron puntos de corte, determinándose 5 niveles de riesgo: inapreciable, bajo, medio, alto y extremo.

VPR 4.0 se formaliza con 39 indicadores clasificados en 4 dimensiones temáticas. Estas son: gravedad de los episodios registrados (historial), factores del agresor (p. ej. comportamientos de celos, control y acoso o indicadores de ajuste psicológico/psicopatológico), características de vulnerabilidad de las víctimas y agravantes.

VPER 4.0 se formaliza con 43 indicadores, de los cuales 34 son factores de riesgo y 9 son factores de protección. Los indicadores se agrupan en 5 dimensiones criminológicas: las 4 de VPR 4.0 y una quinta que atiende a las relaciones dinámicas entre indicadores. Esta herramienta se utiliza de forma complementaria a VPR 4.0.

En la fase de la validación, se observó que las herramientas tienen una validez predictiva buena y similar a otras herramientas de evaluación del riesgo en VCP. VPR 4.0 se muestra sensible a la detección del riesgo de reincidencia y presenta una probabilidad de riesgo de detectar falsos negativos de 5,1%. Es una herramienta capaz de detectar a aquellos sujetos con un bajo riesgo de reincidencia.

En el caso de VPER 4.0, se ha tenido que desarrollar dos formas diferentes: una para los casos con evolución positiva y otra para los casos con evolución negativa. Estos escenarios se presentan de manera tan distinta que se justifica la necesidad de crear dos versiones VPER. Ambas muestran sensibilidad a incidencias y características del agresor que podrían aumentar las probabilidades de un evento violento.

Por último, se destaca que estas herramientas actuariales de VioGén apoyan la fuerte evidencia de la necesidad de un plan para la protección de las víctimas acorde a la evaluación del riesgo que se obtiene de cada caso. Ni VPR ni VPER están diseñadas para la evaluación de aspectos psicológicos o constructos. La transparencia y fiabilidad de estas herramientas están diseñadas para hacer predicciones e identificar a lo sujetos con mayor riesgo de reincidencia con  el fin de poder asignar los recursos de protección de la forma más eficiente posible.

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