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Categoría: Violencia (página 1 de 3)

¿Qué relación existe entre los comportamientos violentos y los diferentes trastornos de personalidad?. Club Ciencias Forenses

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen de uno de los capítulos de la obra “Association between personality disorder and violent behavior pattern”, de Martins de Barros, y De Pa´dua Serafim, que explica qué asociaciones existen entre el comportamiento violento y los distintos trastornos de personalidad.. 

Muchos estudios han confirmado la asociación entre los trastornos de la personalidad y el comportamiento criminal, mientras que otros han identificado que las personalidades antisociales y limítrofes son fuertes predictores de violencia y agresión, incluso entre los delincuentes. La personalidad antisocial se considera como un trastorno distinto de la psicopatía: el primer diagnóstico tiene en cuenta casi exclusivamente el patrón de conducta antisocial, mientras que el segundo incluye no solo el comportamiento sino la falta de remordimiento, insensibilidad y frialdad de afecto. Sin embargo, ambos se consideran disfunciones correlacionadas, teniendo en cuenta además que una parte de los pacientes antisociales podrían ser psicópatas.

Por otro lado, los pacientes con trastorno límite de personalidad, definidos por DSM-IV como sujetos con ira inapropiada e intensa, o dificultad para controlar la ira y la impulsividad en al menos dos áreas que son potencialmente autolesionantes, también son propensos a participar en la agresión física. Esto debe ser una consecuencia de la impulsividad central de este trastorno, ya que la impulsividad está más asociada con la violencia y la agresión. La cuestión de si existe alguna asociación entre los trastornos de personalidad específicos y los distintos patrones de delitos menores se ha abordado en términos de violencia instrumental y emocional, encontrando que los pacientes antisociales exhiben mucha más violencia instrumental que los pacientes no antisociales. Además, los delincuentes con trastornos antisociales y limítrofes son más agresivos e impulsivos que los delincuentes sin trastornos de la personalidad.

El objetivo del artículo resumido es buscar comportamientos violentos, agresivos y contra la ley en pacientes con trastornos antisociales y de personalidad límite observados en un centro de trastornos de la personalidad, probando si existen diferencias entre los patrones de violencia según a los diagnósticos. Para ello, se facilitaron encuestas a 51 pacientes, 11 con un diagnóstico de trastorno de personalidad antisocial, 19 con trastorno límite de la personalidad y 21 pacientes control con un diagnóstico eje I, atendidos en la misma clínica ambulatoria pero sin trastorno de la personalidad. Solo se consideraron los pacientes que habían sido evaluados utilizando la Entrevista de Estructura para los Trastornos de la Personalidad DSM, una entrevista semiestructurada específica para los trastornos de la personalidad traducida y validada. Se realizaron búsquedas en los registros médicos de los informes de comportamiento violento, agresión o cualquier violación de la ley descrita por los psiquiatras después de los casos. Cualquier forma de estos comportamientos se consideraron válidos, incluso si no existían condenas: con o sin problemas legales, siempre que hubiera una descripción en la historia clínica de que el sujeto había lesionado la integridad física de otros o se había infringido alguna ley, se consideró válido para el estudio.

Se analizaron por tanto los registros médicos de todos los pacientes diagnosticados con trastorno antisocial de la personalidad, resultando en el estudio de 11 pacientes, 10 hombres  y 1 mujer, con una edad media de 25,09 años, donde el 100% había exhibido algún tipo de violencia, agresión u otra violación de la ley. Siete de ellos se dedicaron solo a crímenes contra la propiedad (63.63%), 2 en agresión (18,18%), 1 en homicidio (9.1%) y 1 en robo con homicidio (9.1%). Como grupo de comparación se evaluó aleatoriamente los registros de 19 pacientes con trastorno límite de la personalidad, 12 varones (63,15%) y 7 mujeres (36,85%), con una edad media de 26,31, y encontraron que 11 (57,9%) tenían antecedentes de alguna actividad delictiva : 1 paciente que participó solo en delitos contra la propiedad (5,25%), 7 en agresión o intento de homicidio (36,85%), 3 en ambos (15,8%) y 8 (42,1%) no registraron violencia. Ningún paciente cometió un homicidio. Para el grupo de control, los registros de 21 pacientes sin trastorno de la personalidad de la misma clínica ambulatoria fueron elegidos al azar para el análisis. Encontramos que entre los 21 pacientes (10 hombres, 47.61% y 11 mujeres, 52.39%, con una edad promedio de 43.52 años), 4 de ellos tenían antecedentes de agresión (19%) y 1 de delito contra la propiedad (4.8%), mientras que la gran mayoría no tenía antecedentes de violación de la ley (16 personas, 76,2%) y nadie tenía antecedentes de homicidio. Los tres grupos no son estadísticamente diferentes con respecto al género; con respecto a la edad, los grupos antisociales y limítrofes no son diferentes, pero son ambos más jóvenes que el grupo control.

Cuando se analiza estadísticamente el estilo de violación de la ley, el patrón de comportamiento también difiere entre pacientes antisociales y límites de personalidad. Los pacientes antisociales se dedicaron más a los delitos contra la propiedad que los pacientes límite. Por otro lado, los pacientes límite mostraron una tendencia estadística a participar en más episodios de agresión que los pacientes antisociales. Además, los pacientes antisociales incurren en delitos contra la propiedad más que en la violencia física, mientras que los pacientes límite muestran una tendencia a involucrarse más en delitos menores contra otras personas que en contra de la propiedad.

Se sabe y se concluye por tanto que aunque los trastornos de la personalidad están asociados con la criminalidad o con la violencia y la agresión, el patrón de comportamiento es diferente según el trastorno de la personalidad. La característica central de la personalidad antisocial, principalmente para el subtipo psicópata, puede considerarse la frialdad del temperamento, mientras que para la personalidad límite la impulsividad es central. Si bien la personalidad antisocial se asoció con crímenes contra la propiedad, la personalidad límite tiende a estar asociada con la violencia física y la agresión. Los crímenes contra la propiedad, como los allanamientos en el hogar o el robo con allanamiento de morada, generalmente requieren planificación y deliberación, un patrón que se observa en la violencia instrumental. Sin embargo, la agresión física, principalmente contra conocidos como familiares y amigos, está fuertemente asociada con la impulsividad y los arrebatos, siendo un patrón de violencia emocional.

La influencia familiar en la conducta delictiva. Club de Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen de uno de los capítulos de la obra “The study of offenders: Prison treatment”, de H. Marchiori, que explica que papel tiene la familia en la conducta delictiva. 

A lo largo de la historia se ha intentado explicar qué factores influyen en la conducta criminal. Desde el punto de vista psicológico, se señalan 5 grandes grupos que tratan de explicar el motivo por el que una persona considerada como “normal”, con conocimiento pleno de sus acciones, realiza conductas delictivas.  Una primera hipótesis considera que las conductas criminales son consecuencia de una constitución genética heredada. El segundo gran grupo aborda la conducta criminal desde bases estrictamente psicológicas, basándose en estudios relativos al aprendizaje social del individuo o a la visión cognitiva referente a los procesos de razonamiento que suceden en la mente de los criminales. Un tercer grupo está basado en las teorías del control social en el que la interpretación propia y del resto de sujetos regula el comportamiento criminal (casos de etiquetaje, estigmas sociales, etc). El cuarto grupo explica la criminalidad como una conducta consecuente del fracaso, usando una visión humanista y existencial. Por último, el quinto gran grupo está basado en la teoría motivacional, que explica que los delitos están determinados por una interacción entre el ambiente, la persona y el contexto.

En este último grupo, que explica la conducta criminal como el resultado de la interacción entre el ambiente, la persona y el contexto, se presta una especial atención a la influencia de la familia en la conducta delictiva. Por ello, explicamos a continuación el papel que tiene la familia en la conducta delictiva a partir de uno de los trabajos de H. Marchiori.

La familia es uno de los principales focos de aprendizaje de comportamiento y normas, y si bien una buena educación familiar es la base de un correcto comportamiento, los problemas encontrados en una familia que no es capaz de enseñar los valores correctos de comportamiento pueden quedar reflejados en las personas que viven en ese ambiente.

Sin duda, la familia es uno de los pilares básicos en el desarrollo y crecimiento en una persona, constituye una parte importantísima en el ambiente psicológico del individuo, por ello no podemos dejar de obviarla al hablar de conducta delictiva, pues es, cómo ya, apuntábamos anteriormente, no sólo un foco de aprendizaje de normas y maneras de comportarse, sino que a su vez puede transmitir desestructuración y problemas que quedarán reflejados en quienes viven en ese ambiente.

Del mismo modo que el contexto social en el que se mueve el sujeto (costumbres, tradiciones, actitudes encontradas) influye en su conducta, el ambiente en el hogar (cercanía a los padres, situación económica, situación afectiva…) debe de ser considerada para comprender la conducta delictiva del sujeto.

Así, esta autora realiza una clasificación más allá de la sencilla y clásica división de familias estructuradas y desestructuradas, sino que además clasifica las conexiones existentes entre el tipo de familia y el tipo de delincuente, señalando principalmente seis grupos principales.

El delincuente ladrón, suele responder al perfil de un sujeto cuyo ambiente familiar está marcado por castigos, situaciones traumáticas y ambiente familiar inestable. Puede existir una falta de ciudados por parte de la familia hacia el menor, algo que hace que el sujeto no sienta seguridad ni estabilidad. Estos sujetos comienzan a mostrar conductas antisociales (así como agresiones continuas y problemas escolares) desde una edad temprana. Debido a la falta de correctos valores, estos sujetos inician su carrera delictiva y abandonan el hogar y generalmente los vínculos con la familia. Cuando estos sujetos son arrestados por sus robos, la familia no suele ayudar al interno ni colaborar en el tratamiento penitenciario.

En cuanto al delincuente sexual, su perfil también puede presentar un contexto familiar desestructurado en donde la falta de supervisión y de afecto están presentes.  Tiende a pertenecer a un hogar desintegrado, con una marcada carencia de afecto, de supervisión y cuidados, con unas condiciones en el entorno familiar poco favorables. Son supuestamente estas condiciones soportadas durante la infancia las que harán sentir al individuo confundido en el área sexual. El delincuente sexual muestra dos necesidades fundamentales como son la seguridad y el afecto, y exterioriza hostilidad y resentimiento hacia la autoridad debido a las carencias emocionales de las que ha sido víctima. Ante el delito sexual la familia muestra rechazo y distanciamiento, lo que provoca normalmente que, tras la institucionalización, el delincuente vuelva a delinquir, pues carece del apoyo de un núcleo familiar idóneo que le ayude tanto en su tratamiento como en su recuperación y, posteriormente, le muestre apoyo en su nueva salida.

El tipo de familia que suele rodear al delincuente homicida sin embargo es una familia integrada, que siendo consciente de la desorganización psicológica del sujeto, permanece pasiva. Sin llegar a participar de una forma activa en frenar esa conducta, si muestran apoyo y ayuda al sujeto durante el encarcelamiento, y durante la reintegración social tras ser encarcelado.

En el caso del estafador, encontramos un contexto familiar en el que el sujeto ha sido víctima de una infancia dura o sobreprotegida con una educación estricta y con continuas frustraciones y prohibiciones que condicionan su comportamiento delictivo posterior.

Los delincuentes drogadictos provienen de contextos inestables tanto a nivel familiar, como a nivel laboral y educacional. Existen vínculos enfrentados hacia los miembros de la familia, con la figura de un padre rígido y autoritario y la figura de una madre insegura e inestable. Son las tensiones producidas en el seno de la familia las que son cargadas al sujeto, el cual se refugia en un “nuevo mundo” a través de las drogas como comportamiento destructivo para afrontar la situación familiar.

Existen otros muchos contextos que deben de tenerse en cuenta, no solo el familiar; sin embargo es importante tener en cuenta la influencia de la familia en el comportamiento delictivo o desviado como uno de los primeros factores posibles que puedan explicar determinadas conductas en los individuos.

La relación entre el estrés y los cambios conductuales crónicos.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Stress and disorders of the stress system”, de George P. Chrousos, que explica las consecuencias del estrés agudo y crónico en la sociedad actual más allá de la fátiga y el cambio conductual temporal. 

Todos los organismos vivos mantienen un equilibrio dinámico complejo (lo que se conoce como homeostasis), que se ve desafiado constantemente por efectos adversos internos o externos, denominados factores estresantes. Por lo tanto, el estrés se define como un estado en el que la homeostasis se ve amenazada; la homeostasis se restablece mediante un complejo repertorio de respuestas conductuales y fisiológicas de adaptación del organismo.

Los factores de estrés comprenden una larga lista de fuerzas potencialmente adversas, que pueden ser emocionales o físicas. Tanto la magnitud como la cronicidad de los factores estresantes son importantes. Cuando cualquier estresor excede una cierta severidad o umbral temporal, los sistemas adaptativos homeostáticos del organismo activan respuestas compensatorias que funcionalmente corresponden al estresor. El estrés es una respuesta relativamente estereotípica e innata que ha evolucionado para coordinar la homeostasis y proteger al organismo durante el estrés agudo. Los cambios ocurren en el sistema nervioso central (SNC) y en varios órganos y tejidos periféricos. En el SNC, la respuesta al estrés incluye la facilitación de vías neuronales que sirven para funciones adaptativas agudas y limitadas, como la excitación, la vigilancia y la atención centrada, y la inhibición de las vías neuronales que sirven para funciones agudas no adaptativas, como la alimentación, el crecimiento y la reproducción. Además, los cambios relacionados con el estrés conducen a una mayor oxigenación y nutrición del cerebro, el corazón y los músculos esqueléticos, que son todos los órganos cruciales para la coordinación central de la respuesta al estrés y la reacción de “lucha o huida”. Sin embargo en ocasiones el manejo del estrés no es correcto y puede producir problemas, por ejemplo, tanto las reacciones defectuosas como excesivas al miedo implican una menor capacidad de supervivencia del individuo y la especie. Por lo tanto, tanto los sujetos intrépidos y desinhibidos como los sujetos temerosos y excesivamente inhibidos tienen mayores riesgos de morbilidad y mortalidad, el primero como resultado de la subestimación del peligro, el último como resultado de una menor integración social. La interacción entre los factores estresantes perturbadores de la homeostasis y las respuestas adaptativas del órgano apoyadas por la resistencia nerviosa puede tener tres posibles resultados. Primero, el emparejamiento puede ser perfecto y el organismo regresa a su homeostasis basal; segundo, la respuesta adaptativa puede ser inapropiada (por ejemplo, inadecuada, excesiva y / o prolongada) y el organismo cae en el denominado estado de cacosis; y, en tercer lugar, el emparejamiento puede ser perfecto y el órgano se beneficia de la experiencia y se logra una nueva capacidad mejorada, entendido como “hiperstasis”’.

Como hemos dicho, la actividad basal inadecuada tanto en términos de magnitud como de duración, pueden perjudicar el crecimiento, desarrollo y composición corporal, y pueden ser responsables de muchos trastornos conductuales, endocrinos, metabólicos, cardiovasculares, autoinmunes, etc. El desarrollo y la gravedad de estas afecciones dependen de su exposición a los factores estresantes durante los “períodos críticos” de desarrollo, la presencia de factores ambientales adversos o protectores simultáneos, y el momento oportuno, magnitud y duración del estrés. El desarrollo prenatal, la infancia, la infancia y la adolescencia son tiempos de mayor vulnerabilidad a los factores estresantes. La presencia de factores estresantes durante estos períodos críticos puede tener efectos prolongados, como una cacostasis sostenida que puede durar toda la vida de un individuo. A través de sus mediadores, el estrés puede conducir a condiciones patológicas, físicas y mentales agudas o crónicas en individuos con antecedentes genéticos o constitucionales vulnerables. El estrés agudo puede desencadenar ataques de pánico y episodios psicóticos, y el estrés crónico puede causar manifestaciones comportamentales y / o neuropsiquiátricas (ansiedad, depresión, disfunción ejecutiva y cognitiva, etc) como resultado de la activación continua o intermitente de los síndromes de estrés y enfermedad y de la secreción prolongada de sus mediadores.

Estos mediadores también suprimen el sistema de sueño, que causa insomnio, pérdida de sueño y somnolencia diurna, y los sistemas ejecutivo y cognitivo también funcionan mal como resultado de la activación prolongada y crónica de los síndromes de estrés y enfermedad, y las personas pueden realizar y planificar de manera no óptima y tomar y seguir decisiones equivocadas. Se inicia y sostiene un círculo vicioso, en el que la inadaptación conductual conduce a problemas psicosociales en la familia, el grupo de iguales, el colegio o el trabajo, que mantienen o causan más cambios de mediadores y producen el desajuste conductual. El cerebro joven y en desarrollo es particularmente vulnerable, ya que carece de experiencias útiles previas a las que recurrir. Las consecuencias somáticas de la activación continua o intermitente de los síndromes de estrés y enfermedad pueden ser igualmente devastadoras (o incluso peores) que sus consecuencias conductuales. Por ejemplo, en niños en desarrollo, el crecimiento puede ser suprimido como resultado de un eje hipotético de crecimiento hipo funcional; en los adultos, el hipogonadismo inducido por estrés puede manifestarse como pérdida de la libido o como hipofertilidad, y la hiperactividad del sistema simpático puede conducir a la hipertensión esencial.

En las sociedades modernas, el estilo de vida ha cambiado dramáticamente desde el pasado. El estrés es omnipresente y universalmente penetrante; en la vida moderna, las estadísticas muestran los poderosos efectos del estrés temprano en la vida, el estrés crónico simultáneo y el estatus socioeconómico tanto en la morbilidad como en la mortalidad de las enfermedades crónicas. Sabiendo por tanto los efectos negativos del estrés tanto en nuestra salud como en nuestro comportamiento, y conociendo que estas modificaciones conductuales pueden resultar crónicas y generarse desde la infancia, se debe de tomar como factor de riesgo conductual el estrés al que puede haber estado sometido el sujeto estudiado, y no se debe de olvidar por tanto que la actividad basal óptima y la capacidad de respuesta del sistema de estrés son esenciales para una sensación de bienestar, para la correcta realización de tareas, y para las interacciones sociales apropiadas. Por el contrario, la actividad basal excesiva o inadecuada y la capacidad de respuesta de este sistema pueden perjudicar el desarrollo, el crecimiento y la composición corporal, y conducir a una serie de condiciones patológicas conductuales y somáticas que impidan un correcto desarrollo e integración social.

¿Qué relación existe entre los rasgos psicopáticos y el racismo? (II) Resultados de la investigación

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos la segunda parten del artículo “Is There a Relationship Between Psychopathic Traits and Racism?”, de los autores Kaine Grigg y Lenore Manderson, que realizan una investigación sobre la relación existente entre los rasgos psicopáticos y el racismo. 

Para la presente investigación, los participantes adolescentes y adultos (individuos de 15 años o más) fueron escogidos de toda Australia a través de periódicos, radio y publicidad online. La gran mayoría de las respuestas se obtuvieron de una base de datos de encuestas online, en las que las encuestas tomaron aproximadamente 15 minutos en completarse. Los datos fueron examinados en su totalidad y divididos por adolescentes de 15-20 años y adultos mayores de 21 años para explorar la consistencia de los hallazgos en múltiples grupos de edad. Los datos también se dividieron por el historial de delitos para explorar la coherencia de la medida, con un individuo clasificado como un delito si han sido acusados de un delito.

Se utilizó un cuestionario demográfico para recopilar información demográfica general y detalles del historial de ofensas de los participantes. Los encuestados completaron la versión de 40 ítems de RACES, un instrumento desarrollado para explorar actitudes relacionadas con la raza en Australia. RACES consta de tres subescalas independientes: “Escala de Actitud Racista” (RAS), una escala de 8 elementos de actitudes racistas; “Aceptación de la Escala de Actitudes” (AAS), una escala de actitudes de 12 ítems que refleja el respaldo de los grupos externos; y la “Escala de Actitudes Etnocéntricas” (EAS), una escala de actitudes de 4 ítems que refleja el favoritismo dentro del grupo. Se responde a los elementos en una escala tipo Likert de cinco puntos que va desde “Muy en desacuerdo” a “Muy de acuerdo”.Se sabe además que RACES es internamente consistente, posee validez factorial, constructiva, discriminante y convergente en niños, adolescentes y adultos, y confiabilidad test-retest en niños. Además de RACES, se administró a los participantes la “Encuesta de Racismo” (DG), un instrumento de 10 ítems diseñado para medir actitudes racistas explícitas en Australia. En este instrumento, los ítems se responden de nuevo en una escala tipo Likert de cinco puntos con la mitad del puntaje invertido, por lo que los puntajes más altos indican niveles más altos de actitudes racistas. Aunque no se ha validado a través de investigaciones empíricas, es la única medida australiana existente de actitudes racistas no específicas de un solo grupo y se ha utilizado a nivel nacional. Por lo tanto, era apropiado para fines comparativos.

La deseabilidad social es especialmente preocupante cuando se miden temas sensibles, potencialmente incómodos o que provocan ansiedad, como los relacionados con el racismo. Una versión de 10 elementos de la Escala de Deseabilidad Social de Marlowe-Crowne (MCSDS), modificada previamente para su uso con jóvenes australianos y que se demostró que es particularmente útil, fue incluido para este propósito. Los ítems de MCSDS también se responden en una escala tipo Likert de cinco puntos con media puntuación inversa, por lo que los puntajes más altos indican niveles más altos de respuestas socialmente deseables. El MCSDS es internamente consistente y posee una validez convergente adecuada. También se utilizó el Inventario de temperamento de Minnesota, una medida basada en la investigación de 19 ítems de rasgos de personalidad psicopática de adolescentes y adultos. El instrumento mide la falta de empatía y remordimiento, emociones superficiales, egocentrismo y engaño, y puede considerarse una medida de los rasgos de personalidad psicópata, ya que se centra en los componentes psicológicos del constructo y omite en gran medida los aspectos conductuales. Se responde a los elementos en una escala tipo Likert de cuatro puntos que va desde “Esto no es cierto para mí” hasta “Esto es muy cierto para mí”; los puntajes más altos en todos los ítems indican niveles más altos de rasgos psicópatas.

Los resultados mostraron lo siguiente. Hubo una fuerte consistencia de las relaciones entre las variables medidas entre los participantes con y sin historial de ofensas. Dado el vínculo establecido entre la educación y el comportamiento delictivo, se esperaría que los participantes con antecedentes penales tuvieran niveles de educación más bajos. Tomando en cuenta esta expectativa además de las relaciones establecidas entre educación y actitudes racistas, la consistencia de las relaciones entre los participantes con y sin una historia de ofensa fue sorprendente. Las relaciones observadas reflejaron la misma dirección para todas las variables, aunque fueron mucho más fuertes para los participantes con un historial de ofensa. La consistencia de los hallazgos en cada medida sugiere que el tamaño de muestra limitado puede haber contribuido a los resultados no significativos y, por lo tanto, los resultados no son incompatibles con la validez discriminante de RACES. Aunque descriptivamente los resultados indican que no puede haber diferencia en actitudes de aceptación o rasgos psicópatas para individuos con y sin historial de ofensa, debido al tamaño de muestra limitado de los participantes con un historial de ofensa (1) no se pueden sacar conclusiones firmes de estos resultados; (2) muchas de las relaciones observadas no fueron significativas para los participantes con un historial de ofensa; y (3) los resultados para los participantes con un historial de ofensa tienen una generalización limitada. Las limitaciones de los datos del historial de ofensas se destacaron específicamente por los elementos de configuración amplios, lo que indica la imprecisión de los análisis y resalta la necesidad de replicación con una variabilidad disminuida.

Los resultados de la investigación actual proporcionan un fuerte apoyo para la existencia de una relación entre la psicopatía y las actitudes racistas y proporcionan evidencia de validez adicional para RACES como una medida efectiva de las actitudes racistas en Australia. Es importante que el enlace establecido se confirme en muestras alternativas de la comunidad en todo el mundo, para garantizar que los resultados sean generalizables y no puramente un artefacto de la población australiana. Además, la evaluación de la relación entre el racismo y los rasgos de personalidad psicópata en las poblaciones encarceladas también es vital para avanzar en la comprensión de las similitudes y / o diferencias en cómo la psicopatía y el racismo se presentan y se relacionan entre las poblaciones comunitarias y las no comunitarias. Con respecto a la práctica informativa, los resultados sugieren que puede ser necesaria una reconsideración de la formación de la personalidad de las personas consideradas con actitudes racistas.

La psicopatía y el racismo son problemas sociales omnipresentes que tienen el potencial de afectar negativamente a toda la comunidad. La psicopatía está relacionada con una gama de comportamientos antisociales violentos y no violentos y con conductas de alto riesgo. Del mismo modo, el racismo se relaciona con los resultados negativos de salud mental, los resultados fisiológicos más pobres y la psicopatología general. Se informa que las tasas de psicopatía en las poblaciones encarceladas de todo el mundo son de hasta el 73%. Aunque es relativamente raro en la comunidad, con una prevalencia estimada en menos del 1% en la población general, se asocia con una variedad de resultados negativos como comportamiento ofensivo, falta de vivienda y hospitalización psiquiátrica. En contraste, el racismo en Australia prevalece ampliamente en la comunidad, con índices de hasta el 97% de los australianos indígenas que informan haber sido víctimas del racismo. Además, el trabajo sobre la geografía del racismo sugiere que la gran mayoría de los australianos tienen algunas creencias o actitudes que podrían considerarse racistas. Independientemente de las diferencias en prevalencia y resultados, ambos son problemas que son perjudiciales para la sociedad. Además, las similitudes en el desarrollo de ambos problemas sugieren que es importante investigar cómo interactúan los dos constructos. Los datos presentados aquí proporcionaron el primer examen de la relación entre los rasgos de personalidad psicópata y las actitudes racistas, lo que demuestra un fuerte vínculo entre los dos constructos. Los resultados también proporcionaron pruebas sólidas adicionales para la validez de constructo y la validez convergente de la escala total y las subescalas de RACES, y proporcionaron evidencia tenue para la validez discriminante, con los hallazgos que demuestran las relaciones esperadas para la escala total de RACES y las subescalas. Esto incluye las relaciones entre la escala total de RACES y las subescalas; entre la escala total de RACES y las subescalas y una encuesta existente de actitudes racistas; y entre la escala total de RACES y las subescalas y una medida de los rasgos psicopáticos. Estos hallazgos también refuerzan el impacto potencial de la respuesta socialmente deseable en diversas medidas de actitud, incluidas las actitudes racistas y los rasgos de personalidad psicopática. Es importante destacar que se encontraron resultados similares en personas con y sin historial de delitos y entre grupos de edad

Hasta la fecha, se han llevado a cabo pocos exámenes de actitudes racistas y comportamientos ofensivos, y la mayoría explora el posible racismo sistémico que subyace a las tasas más altas de criminalidad en las poblaciones minoritarias. Sin embargo, se esperaría que se relacionen comportamientos ofensivos y comportamientos racistas, ambos comportamientos antisociales con actitudes antisociales subyacentes que potencialmente comparten vías de desarrollo. Los hallazgos de investigaciones previas que demuestran relaciones entre actitudes racistas, problemas de conducta y, de manera opuesta, comportamientos pro-sociales, además de la presente investigación que demuestra relaciones entre actitudes racistas y rasgos de personalidad psicopáticos, respaldan esta expectativa . Sería interesante evaluar el valor de las intervenciones generalizadas que intentan mejorar las conductas pro-sociales al tiempo que abordan el comportamiento ofensivo problemático en la reducción de los niveles de actitudes, creencias y comportamientos racistas.

La intervención temprana para limitar el desarrollo de rasgos de personalidad indeseables que fomentan actitudes racistas posteriores (por ejemplo, falta de empatía) es esencial. Abordar y mejorar los niveles de empatía actualmente se considera central para los programas efectivos contra el racismo, pero la presente investigación subraya la importancia de explorar otros componentes del desarrollo moral temprano más ampliamente. Por ejemplo, aumentar el desarrollo moral mientras se desaprueba el comportamiento antisocial, la criminalidad y la violencia en general, puede ser útil para reducir el cultivo y la perpetuación de las actitudes racistas. Los resultados brindan un impulso para futuros trabajos sobre el racismo y la psicopatía y resaltan el potencial de los conocimientos existentes sobre el manejo de ambos constructos para ser integrados a fin de fortalecer las intervenciones para reducir los impactos negativos de cada uno. Las investigaciones futuras pueden descubrir un área de investigación interesante y potencialmente decisiva que conduzca a la reducción simultánea del racismo, la psicopatía y el comportamiento ofensivo. Combinar los recursos destinados a investigar el racismo y los rasgos de personalidad psicópata para avanzar en los programas y abordar eficazmente el desarrollo de ambos temas sería de gran beneficio para la sociedad.

¿Qué relación existe entre los rasgos psicopáticos y el racismo? Un enfoque teórico. Club Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Is There a Relationship Between Psychopathic Traits and Racism?”, de los autores Kaine Grigg y Lenore Manderson, que exponen, desde un punto de vista teórico , y posteriormente a través de una investigación, la relación existente entre los rasgos psicopáticos y el racismo. En esta primera publicación resumiremos los aspectos teóricos, centrándonos en los resultados de la investigación en el próximo artículo.

La psicopatía tiene una larga historia tanto en la investigación de la psicología forense criminal como en la práctica clínica, con una amplia gama de actitudes y comportamientos antisociales que coexisten regularmente con la psicopatía. Las actitudes racistas se consideran antisociales y comparten muchas similitudes con los rasgos de personalidad psicopáticos, incluso en su desarrollo y su manifestación. Tanto la psicopatía como el racismo tienen impactos perjudiciales significativos y penetrantes en la sociedad; mejorar la comprensión de cada construcción y las posibles formas de reducir su impacto social, por lo tanto, sería útil.

Las características distintivas de la psicopatía incluyen encanto superficial y egocentrismo, las características afectivas incluyen niveles superficiales e impredecibles de emoción y deficiencias en la culpa, empatía y remordimiento, y las características conductuales incluyen la participación en actividades erráticas, negligentes, de riesgo y de búsqueda de sensaciones que violan las normas sociales y legales, asi como una incapacidad para mantener relaciones a largo plazo y la explotación indiferente y deliberada de otros. Los investigadores además han relacionado la psicopatía con un rango de comportamiento antisocial violento y no violento y con conductas de alto riesgo.

En cuanto a la estabilidad de la psicopatía, la investigación empírica sugiere que la psicopatía en la infancia y la adolescencia es igualmente estable y se presenta de manera similar a la psicopatía en la edad adulta, y que las características de la psicopatía adolescente muestran una estabilidad moderada de los componentes afectivos, incluida la falta de empatía y remordimiento, emociones superficiales, egocentrismo y engaño a lo largo de la transición de la adolescencia a la adultez. Esta constancia sugiere que la psicopatía infantil puede convertirse en un factor estable y duradero de rasgos de personalidad.

El desarrollo de la psicopatía se ha relacionado con los déficits individuales en características como el temperamento y la inhibición conductual, el desarrollo moral y emocional, el procesamiento sociocognitivo y la disfunción emocional y cognitiva general, por ello es esencial comprender cómo se nutren tales características. Dichos déficits se ven considerablemente afectados por la crianza de los hijos, lo que sugiere posibles asociaciones entre el desarrollo de la psicopatía y una gama de variables parentales pobres. Apoyando esta proposición, niveles más altos de síntomas de Trastorno de Personalidad Antisocial, que abarcan rasgos psicopáticos, han sido vinculados a una gran cantidad de variables parentales que incluyen maltrato infantil, menores niveles de cuidado paterno y materno, mal vínculo parental, y abusos físicos, psicológicos o sexuales.

Pues bien, el desarrollo de actitudes racistas ha sido explorado de manera similar. Investigaciones recientes propusieron que tanto el racismo como el sexismo son dos formas interrelacionadas de actitudes discriminatorias vinculadas a través de creencias de jerarquías sociales, que pueden ser atribuibles a los rasgos subyacentes de la personalidad. Por ello, similar al cultivo de la psicopatía, también se han establecido vínculos entre la crianza estricta y rígida, el desarrollo de la personalidad y las consecuentes actitudes racistas. No es sorprendente que comportamientos y actitudes indeseables como el racismo se desarrollen en niños que experimentan una crianza negativa, dado el significativo poder del rechazo y aceptación de los padres al moldear nuestras personalidades como niños y adultos, aunque el enfoque en la crianza autoritaria como la causa de las actitudes racistas en los niños ha sido reemplazado por una mayor comprensión sociocognitiva.

En contraste, la crianza positiva, que incluye el uso de técnicas de empatía, parece disminuir los comportamientos antisociales y limitar el desarrollo de los rasgos de personalidad psicópata y las actitudes racistas. De manera similar, los niveles de empatía parecen estar relacionados con las actitudes racistas y son un moderador importante de tales actitudes. Como la empatía es un antecedente clave del comportamiento prosocial y del desarrollo moral, estos vínculos son aún más importantes en una investigación de actitudes racistas y rasgos de personalidad psicopática. Además, el desarrollo del comportamiento intimidatorio se ha relacionado con el comportamiento antisocial posterior, la criminalidad y la violencia, lo que podría incluir el desarrollo de actitudes racistas y rasgos de personalidad psicopática.

Debido a los vínculos inversos entre la empatía y los problemas de conducta, las actitudes racistas y los rasgos psicopáticos, así como las similitudes en los caminos del desarrollo del racismo y la psicopatía, se esperaría una relación entre los rasgos psicópatas y las actitudes racistas. Los fuertes vínculos entre la psicopatía y varias conductas antisociales violentas y no violentas añaden más peso a esta idea, pero aún no se han realizado investigaciones que exploren esta relación propuesta.

Para poder demostrar de un modo empírico esta relación entre los rasgos psicopáticos y el racismo, los autores Kaine Grigg y Lenore Manderson realizaron una investigación con 402 participantes cuyo objetivo principal fue examinar la relación explicada anteriormente, y cuyo objetivo secundario fue explorar la consistencia de esta relación entre adolescentes y adultos. La metodología, resultados y conclusiones podrán consultarse en el siguiente artículo del Club Forenses.

Las agresiones físicas y los rasgos de ira en sujetos con trastornos antisociales y de personalidad límite.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Trait Anger, Physical Aggression, and Violent Offending in Antisocial and Borderline Personality Disorders”, de los autores Nathan J. Kolla, Jeffrey H. Meyer, R. Michael Bagby, y Amanda Brijmohan, que investigan si existen diferencias entre los rasgos de ira y hostilidad asociados a agresiones físicas y violentas en sujetos con trastornos de personalidad límite y antisociales y en sujetos clínicamente sanos.

El trastorno de personalidad antisocial y el trastorno de personalidad límite son condiciones comunes en entornos forenses que presentan altas tasas de violencia. Los rasgos del modelo de “BIG FIVE” de neuroticismo y amabilidad han mostrado una relación con la agresión física en muestras no clínicas y psiquiátricas generales (la agresión humana es un fenómeno de comportamiento al menos parcialmente impulsado por las características de la personalidad del individuo). Recordamos que el modelo BIG FIVE es un patrón en el estudio de la personalidad que examina la estructura de ésta a partir de cinco elementos amplios o rasgos de personalidad: Neuroticismo, Responsabilidad, Extraversión, Apertura a la experiencia y Amabilidad. Así, se sabe que los niveles altos de neuroticismo y bajos de amabilidad están vinculados a la agresión física en casos no clínicos.

El objetivo de la investigación que presentamos en este artículo fue comprobar la vinculación existente entre estos rasgos de personalidad y los actos de violencia y agresión en casos de personalidad antisocial y trastorno de personalidad límite. Así, esta investigación cuenta con la  hipótesis de que los rasgos de personalidad del neuroticismo y la amabilidad vinculados a la agresión física en casos no clínicos, también están vinculados a la agresión física en los casos clínicos de personalidad antisocial y de trastornos de personalidad límite.

Para realizar la investigación (aprobada por la Junta de Ética en Investigación para Sujetos Humanos en el Centro de Adicción y Salud Mental de Toronto, Canadá), cada participante dio su consentimiento por escrito después de que explicarles los procedimientos del estudio. Un total de 71 sujetos participaron en el estudio: 20 hombres con trastorno antisocial, 27 mujeres con trastorno de personalidad límite y 24 controles sanos. Todos los participantes eran no fumadores y proporcionaron pruebas negativas de toxicidad en orina para sustancias ilícitas.

Todas las mediciones se hicieron usando el método NEO PI-R. El NEO PI-R es una medida autoevaluativa extensamente validada y confiable de la personalidad adulta que se basa en el BIG FIVE y proporciona puntajes dimensionales basados en pruebas de referencia normativa para el calculo de los rasgos de personalidad, capturando características de personalidad normales y anormales. Se evaluaron específicamente los rasgos de personalidad con apoyo empírico relativos a la agresión o violencia. Estos incluyen rasgos relacionados con neuroticismo (ira / hostilidad, ansiedad, impulsividad, autoconciencia) y rasgos indexados por la dimensión de amabilidad (ternura, cumplimiento y altruismo). Todos los sujetos completaron el NEO PI-R.

También se usó el “Aggression Questionnaire” (AQ). Se trata de un cuestionario ampliamente utilizado que evalúa la agresión, la hostilidad y la ira. La subescala de agresión física incluye nueve elementos que indexan comportamientos relacionados con la violencia física hacia otros y la destrucción de la propiedad. Todos los sujetos completaron la subescala de agresión física del AQ.

Además de realizar NEO PI-R y AQ, todos los participantes realizaron el “Wechsler Test of Adult Reading – Revised”, útil para proporcionar una estimación del CI total.

Los resultados de la investigación fueron los siguientes:

Como se esperaba, el grupo de trastorno de la personalidad exhibió mayores tasas de enfermedad psiquiátrica comórbida, y los resultados se vincularon a rasgos superiores relativos a la agresión física, presentando niveles más altos de ira / hostilidad, ansiedad, impulsividad y autoconciencia; y niveles de responsabilidad más bajos. El hallazgo principal del estudio es que el rasgo de ira / hostilidad predijo la agresión física en una muestra clínica de sujetos con trastorno de personalidad antisocial y trastorno de personalidad límite. Aunque esta investigación muestreó una gama de rasgos de personalidad empíricamente relacionados con el comportamiento agresivo, el rasgo de ira / hostilidad surgió como el único predictor de la agresión física. Estos resultados son importantes para comprender la relación entre los rasgos de personalidad inadaptados y la agresión física en los sujetos con trastorno de la personalidad y para explorar la utilidad clínica de la evaluación de la personalidad como un componente de la evaluación general del riesgo.

Los psiquiatras y psicólogos forenses son llamados regularmente para ofrecer evaluaciones del riesgo de violencia futura. Aunque algunos enfoques de juicio profesional estructurados para la evaluación de riesgos guían a los evaluadores a considerar rasgos de personalidad desadaptativos relevantes para la ira, estas herramientas no proporcionan una medida del funcionamiento de la personalidad en términos cuantitativos, y en este estudio se muestra como los participantes con trastorno de personalidad antisocial presentan una medida continua en el rasgo de ira / hostilidad que fue capaz de predecir el número de condenas violentas, por lo que son datos importantes teniendo en cuenta además que los inventarios de personalidad utilizados para realizar estas mediciones son inventarios económicos y fáciles de administrar que podrían proporcionar información suplementaria a los enfoques de evaluación de riesgos clínicos existentes.

Las acosadoras. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The Female Stalker”, de los autores J. Reid Meloy, Kris Mohandie y Mila Green, de la Universidad de Phoenix, que estudian el perfil de las acosadoras.

Aunque la mayoría de acosadores son varones cuyas víctimas son mujeres, también podemos encontrar acosadoras. Hasta hace una década se trataba de una proporción de cuatro a uno, pero no deja de ser una minoría significativa. Las víctimas masculinas del acoso femenino se enfrentan a menudo a la indiferencia, el escepticismo o incluso la burla. Incluso se llega a cuestionar su sexualidad. E incluso en igualdad de condiciones, una acosadora tiene menos papeletas para ser procesada. Por lo general, se tiende a pensar que por su inferioridad física una acosadora es menos peligrosa o incluso menos digna del foco atencional de la propia criminología. Por ello, es importante investigar a este colectivo y lograr el manejo de esta amenaza tan obviada.

Se investigaron 1005 casos de acoso de ambos sexos para un estudio comparativo, entendiendo como conducta de acecho dos o más contactos no deseados hacia una misma persona que generara un miedo razonable en ella. Se codificaron en los casos 50 variables que incluían aspectos demográficos, objetivos del acoso, consecuencias legales y reincidencia. Además se disponía de una valoración del estado mental de los acosadores en el 76% de los casos.

Se identificaron 143 acosadoras femeninas en la muestra, cuyo perfil típico era el de una mujer soltera, separada o divorciada de unos 30 años con un diagnóstico psiquiátrico, la mayoría de las veces un trastorno del estado de ánimo. Era más probable que persiguiera a un varón conocido, extranjero o celebridad, en lugar de alguien con quien tuviera una intimidad sexual previa. En comparación con los acosadores masculinos, las acosadoras tenían antecedentes penales significativamente menos frecuentes y eran significativamente menos amenazantes y violentos. Su comportamiento de búsqueda era menos basado en la proximidad, y sus comunicaciones eran más benignas que las de los hombres. La duración media del acecho fue de 17 meses, pero la duración modal fue de dos meses. La reincidencia fue de 50%, con un tiempo modal entre la intervención y el contacto con la víctima de un día. Cualquier relación real previa (relaciones sexuales íntimas o conocidas) aumentó significativamente la frecuencia de las amenazas y la violencia con grandes tamaños de efecto para toda la muestra femenina. Este resultó ser el subgrupo más peligroso, de los cuales la mayoría amenazaban y eran físicamente violentas. Las menos peligrosas eran los acosadoras de las celebridades de Hollywood. Dos de las variables predictoras para la violencia en el acecho de los hombres fueron validadas externamente con tamaños de efecto moderados para las mujeres: las amenazas se asociaron con un mayor riesgo de violencia y la escritura de cartas se asoció con un menor riesgo de violencia.

En conclusión,  la relación entre el acosador y la víctima parece primordial en el comportamiento del acosador femenino. En mujeres mitiga la agresión, pero el apego la agrava.  De hecho, el subgrupo más peligroso entre los acosadores masculinos y femeninos es aquellos que han tenido una relación previa sexualmente íntima con la víctima. Este estudio subraya la importancia de determinar el tipo de acosador cuando se realizan investigaciones o intervenciones de planificación, partiendo de las dos tipologías de acecho.

Minorías sexuales: La discriminación mata. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Structural stigma and all-cause mortality in sexual minority populations”, de los autores Mark L. Hatzenbuehler, Anna Bellatorre, Yeonjin Lee, Brian K. Finch, Peter Muennig y Kevin Fiscella, en un estudio conjunto de las universidades de Nueva York, Nebraska y Pennsylvania, que analizan cómo la discriminación acorta considerablemente la esperanza de vida.

Tras un intenso debate social, el 30 de junio de 2005 se aprobó en España la ley que permite a los homosexuales casarse y adoptar. En marzo de 2007 se aprobó, además, una ley que permite a las personas transexuales cambiar su nombre y la definición legal de su sexo sin necesidad de una sentencia judicial ni una operación quirúrgica previa. Andalucía dio un paso más en junio de 2014 al aprobar una ley que reconoce el derecho de la libre autodeterminación del género sin necesidad de diagnóstico. Sin embargo, sólo 63 países tienen legislaciones específicas que prohíben y persiguen la discriminación por razón de orientación sexual y sólo en 22 se reconoce el matrimonio homosexual mientras que en 72 países la homosexualidad sigue criminalizada y perseguida y en 8 aún se castiga con pena de muerte.

Y el problema no radica sólo en la ley, sino también en la propia sociedad. Estigmatizar a individuos, ya sea por su orientación sexual, su raza/etnia o incluso su aspecto físico, conlleva un aumento en el riesgo de padecer deterioro en la salud física y mental. Es por ello que el objetivo de este estudio es demostrar cómo afecta a la esperanza de vida vivir en una sociedad altamente prejuiciosa frente a una tolerante cuando se es una minoría sexual.

Para este estudio se analizaron los datos de la Encuesta Nacional de Entrevistas de Salud y la Encuesta Nacional de Exámenes de Salud y Nutrición, todas ellas y otras más recogidas en el Centro Nacional de Estadísticas de Salud que recoge los datos referentes a este tema en la población estadounidense. Los años estudiados fueron de 1988 a 2002 (dado que antes de esa fecha no estaban disponibles los datos de las minorías sexuales). De los 21045 encuestados evaluados, 914 (4,34%) mantuvieron relaciones con personas de su mismo sexo.

Por un lado se midieron las actitudes contra las minorías sexuales a través de cuatro ítems: (1) “Si algunas personas en su comunidad sugirieran que un libro a favor de la homosexualidad se sacara de la biblioteca pública, ¿favorecería usted la eliminación de este libro o no?”; (2) “¿Debería permitirse a un hombre que admita que es homosexual enseñar en un colegio o universidad o no?”; (3) “Supongamos que un hombre que admite ser homosexual quisiera hacer un discurso en su comunidad. ¿Debería permitirse que hablara o no?”; (4) “¿Cree usted que las relaciones sexuales entre dos adultos del mismo sexo siempre son algo malo, casi siempre son algo malo, son malas sólo a veces, o no son malas en absoluto?”.  Luego se evaluaron variables de las minorías sexuales que fallecieron en esos años como nivel de ingresos, nivel educativo, percepción subjetiva de la salud, raza, sexo, edad y lugar de nacimiento.

Los resultados mostraron que había una diferencia significativa entre vivir en una comunidad con alto nivel de prejuicios y estigmatización y en una tolerante: la esperanza de vida se reducía una media de 12 años para las minorías sexuales.  Además, era tres veces más probable morir por asesinato en estas comunidades y que se cometiera suicidio con más frecuencia y a una edad mucho más temprana de lo habitual.

Aunque sería interesante ampliar este estudio en otras poblaciones y evaluando también los últimos quince años, los datos no son nada desdeñables. Es importante prevenir y concienciar en la sociedad en contra de los prejuicios y la estigmatización para evitar que el odio siga matando, incluso cuando no lo haga de forma física sino psicosocial.

Diferencias entre homicidios dentro y fuera de casa. Club ciencias forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Domestic homicide: neuropsychological profiles of murderers who kill family members and intimate partners”, de los autores Robert E. Hanlon, Michael Brook, Jason A. Demery y Mark D. Cunningham, de la Universidad de Northwestern en Chicago, que aborda las diferencias entre los asesinos de desconocidos y aquellos que matan a sus familiares o parejas.

No es raro ver en las noticias terribles sucesos de asesinatos. Hombres que asesinan a sus mujeres, madres que asesinan a sus hijos. Son crímenes que nos remueven en lo más profundo porque sabemos que no es lo mismo hacer daño a un desconocido que a alguien querido, aunque ambos crímenes sean igual de execrables.

Sin embargo, sabemos que tiene que haber alguna diferencia más allá de lo cercana que sea la víctima. Asesinar a un ser querido por lo general se produce en un arrebato pasional y suele implicar drogas o alcohol, quizás impulsados por celos o venganza tras una separación. Son explosiones de ira que acaban con alguien cogiendo un cuchillo de la cocina y apuñalando a otro cuarenta y dos veces.

Por tanto, existen diferencias entre los que matan a miembros de su familia y los que asesinan a extraños. Es por esto que los autores auguran que podrían quizás prevenir los homicidios de la familia si somos capaces de ver los indicios.

Los investigadores entrevistaron a 153 hombres y mujeres acusados y/o condenados por asesinato en primer grado en Illinois, Missouri, Indiana, Colorado y Arizona que fueron remitidos para evaluaciones neuropsicológicas para determinar su capacidad para ser procesados, la responsabilidad penal o para determinar la sentencia apropiada. Cada participante recibió una entrevista clínica detallada, la evaluación neuropsicológica, revisión de los registros pertinentes, incluyendo informes de la policía, fotografías de la escena del crimen, los informes de la autopsia, informes de antecedentes penales, registros penitenciarios, documentos de la corte y entrevistas de los abogados. Los participantes eran en su mayoría hombres (88,2%) y afroamericanos (64,7%), con edades comprendidas entre los 15 y los 67 años de edad (con una edad media de 33,1 años) y un amplio rango en cuanto a educación, con una media de 10,5 años.

Las armas de fuego eran el arma más común (40,5%), luego cuchillos (29,4%), y estrangulamiento o asfixia (15,7%). Otras armas incluyen bates de béisbol, martillos, palos, piedras, puños, ahogamiento y fuego (22,2%). El número total de víctimas por los 153 participantes fue de 263, teniendo lugar en la mayoría de ellos (62,1%) una sola víctima. Los hombres agresores, tuvieron como víctimas a mujeres en casi la mitad de los casos (48,4%), mientras que las mujeres mataron a casi el doble de hombres (65%) que de mujeres.

Sin embargo, no hubo diferencias significativas entre los que mataron a miembros de la familia y los que mataron a desconocidos con respecto a múltiples variables demográficas (por ejemplo, edad, educación, origen étnico, empleo). Tampoco hubo diferencias entre los grupos en términos de la historia neurológica, la historia del desarrollo neurológico, historia de abuso (físico o sexual) o la prevalencia del consumo de drogas. Ambos grupos tenían lo que los investigadores llaman una “alta incidencia de consumo de drogas ilegales, traumatismo en la cabeza y una alta prevalencia de trastornos psiquiátricos”.

En cuanto a las diferencias entre ambos grupos, los “homicidios domésticos espontáneos” (que es como los autores denominaron a este tipo de crimen) son diferentes de los que matan a otros (homicidios no domésticos) en:

  • Tenían dos veces más probabilidades de un diagnóstico de un trastorno psicótico, pero menos probabilidades de tener un diagnóstico de trastorno de la personalidad antisocial.
  • Tenían más probabilidades de habérseles recetado un antipsicótico o antidepresivo y un poco menos propensos a tener antecedentes de condenas por delitos graves.
  • El número promedio de víctimas fue menor para aquellos que mataron a miembros de la familia que los que mataron a desconocidos.
  • Era menos probable (14%) utilizar un arma de fuego en sus crímenes en comparación con los autores de homicidios no domésticos (59%). Era más probable en su lugar usar cuchillos, bates de béisbol, palos o los puños.
  • Tenían un menor cociente intelectual y peores niveles atencionales, función ejecutiva y memoria, pero las habilidades lingüísticas fueron aproximadamente las mismas.

En conclusión, los autores creen que estas diferencias pueden ser útiles para discernir cuando los miembros de la familia están en riesgo de causar algún daño y ayudan a comprender cuándo es el momento de retirarse de la situación antes de que sea demasiado tarde.

Racismo y violación: ¿quién es el culpable? Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Victim Blaming in Rape: Effects of Victim and Perpetrator Race, Type of Rape, and Participant Racism”, de los autores William H. George, de la Universidad de Washington, y Lorraine J. Martínez, de la Universidad de Berkeley en California, que aborda cómo el racismo afecta a la credibilidad en casos de violación.

Según el Registro Nacional de Exoneraciones de Estados Unidos, sólo entre octubre de 2016 y marzo de 2017, de las 1900 exoneraciones que se produjeron de condenas injustas a inocentes, el 47% fueron sobre afroamericanos a pesar de que apenas suponen el 13% de la población, lo que pone en evidencia un claro sesgo: Una preso de raza negra tiene siete veces más probabilidades de ser apresado siendo inocente que otros convictos. Y de promedio pasan tres años más en la cárcel antes de su liberación, cuatro si están condenados a pena de muerte. ¿Y en España? En el 2015, el 38% de los crímenes de odio fueron por racismo. Es decir, sólo en 2015 hubo 505 casos de delitos racistas. ¡Más de uno al día!

Hace unas semanas ya hablamos de los estereotipos que afectan a la credibilidad en los casos de violación y ahora ahondaremos en cómo la raza afecta a esa credibilidad. Los autores de este estudio, recopilaron algunas de las creencias que la gente tiene sobre los afroamericanos: se piensa que las personas de raza negra son más sexuales, experimentadas, accesibles, indiscriminadas y capaces que los blancos o los europeos. Y, concretamente por sexos, que las mujeres son más promiscuas, y que los hombres son propensos a violar mujeres blancas.

Los autores trataron de poner a prueba esos estereotipos con el presente estudio, para el cuál contaron con 332 estudiantes universitarios, de los cuales 170 fueron hombres y 162 mujeres, con una edad promedio de 20 años. Un 60% fueron blancos (192) y casi un tercio asiáticos (108). El 10% restante fueron afroamericanos (5), latinos (8) u otros (19). Para medir el racismo de los participantes rellenaron la Escala de Racismo Moderno, que mide el racismo sutil expresado como resentimiento por beneficios inmerecidos.

Después se les presentaba una viñeta que fue desarrollada específicamente para este estudio. En el escenario principal se ve a una mujer sola en casa por la noche, después sale a buscar a su gato al jardín y responde a un comentario amistoso de un hombre que pasa por la calle (ya sea un vecino o un extraño). Después podía ocurrir que ella invitara al hombre a casa para seguir conversando o que fuera empujada dentro de la casa con violencia por el extraño, según la versión que le tocara a cada uno de los participantes. La escena posterior incluía agresión física por parte del atacante y resistencia a la violación por parte de la mujer en todas las versiones de la historia.

Se midieron por tanto las variables: raza del agresor (blanco/negro), raza de la víctima (blanca/negra), relación con el agresor (desconocido/conocido). Y para todas las versiones de la historia, los participantes debían contestar a unas preguntas sobre lo que habían visto:
1) ¿Fue realmente una violación?
2) ¿Qué grado de culpabilidad tuvo la víctima/agresor?
3) ¿Es creíble la resistencia que opuso la víctima?
4) ¿Qué sentencia recomendarías para el agresor?

Los resultados mostraron que la raza fue muy influyente en todas las valoraciones. Los participantes juzgaron a las mujeres violadas interracialmente como más culpables de lo que les había ocurrido que las que eran violadas por alguien de su misma raza. Viendo también la violación como algo menos serio, su resistencia menos creíble y castigando con penas más pequeñas al agresor. Además, a la hora de condenar al agresor, los hombres pedían penas más duras para los agresores afroamericanos que para los blancos.

En conclusión, a día de hoy aún persisten los estereotipos raciales y aplicados a la violación no son nada benignos. Esto conlleva a que en la práctica, las mujeres negras sean culpabilizadas de ser violadas cuando el agresor es un hombre blanco, y a que los hombres negros sean más duramente castigados que los blancos por el mismo crimen. El racismo sigue siendo una asignatura pendiente en Estados Unidos, y está por ver, con las estadísticas del resto de países, si nosotros no suspenderíamos también.

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