Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Adverse Childhood Experiences and Adult Criminality: How Long Must We Live before We Possess Our Own Lives?”, de los autores James A Reavis, Jan Looman, Kristina A. Franco y Briana Rojas, de la clínica de salud mental Intrapsychic en San Diego (California, Estados Unidos), que analiza cómo las experiencias traumáticas en la infancia afectan a la vida adulta.

De tal palo, tal astilla. Es un refrán popular que hace referencia al parecido entre padres e hijos. Por desgracia, esa filosofía parece poder aplicarse también a las conductas antisociales. Maltrato físico, sexual, emocional… Cualquier tipo de abuso que sufra un niño es una secuela permanente que poco a poco irá conformando a un adulto disfuncional.

El maltrato infantil es, pues, la acción, omisión o trato negligente que no se produce de manera accidental, y que priva al niño de sus derechos y su bienestar, que amenaza o interfiere su ordenado desarrollo físico, psíquico y social, y cuyos autores de estos hechos pueden ser personas, instituciones o la propia sociedad.

El objetivo de este estudio fue demostrar cómo, en comparación con la población normal, podemos encontrar que los criminales de hoy son los niños maltratados, violados y hostigados de ayer.

La muestra se compuso de 151 delincuentes varones adultos que por orden judicial iban a recibir tratamiento psicológico posterior a su condena. Los crímenes por los que habían sido juzgados estaban asociados a la violencia doméstica, el acoso, el abuso infantil, la violencia y la desviación sexual. De estos sujetos, 35 (23,2%) cometieron abuso infantil no sexual; 45 (29,8%) fueron acusados de violencia doméstica; 61 (40,4%) fueron catalogados como delincuentes sexuales, y 10 (6,6%) eran acosadores. Las categorías no se superpusieron en ningún caso.

Se dividió a los participantes en dos grupos: los que puntuaron alto en el Cuestionario de Experiencias Infantiles Adversas y los que puntuaron bajo. Luego se analizó la correlación entre esa puntuación con la pertenencia a los distintos grupos de delincuencia y las puntuaciones normativas estandarizadas.

Se encontró que en la población normal, tan sólo un 12,5% de la gente puntuaría alto en el cuestionario de Experiencias Infantiles Adversas, mientras que en la muestra puntuaban así un 48,3%, casi la mitad. De todos los eventos por los que se preguntó, se encontró mucha más prevalencia en el grupo de delincuentes que en la población general, duplicándolo en casos como el abuso sexual y llegando a ser hasta siete veces más alto como en el caso del abuso psicológico. Lo cual evidencia que la acumulación de experiencias traumáticas en la infancia disminuye la capacidad de formar relaciones normales y sanas como adulto. Un claro ejemplo es cómo los chicos que sufrieron abusos sexuales de niños tenían 45 veces más posibilidades de maltratar a sus parejas en la adolescencia.

En conclusión, los datos evidencian que en muchos casos la criminalidad de hoy es fruto de un pasado traumático. Es importante prevenir las experiencias traumáticas en niños y, cuando éstas sucedan, tratarlas adecuadamente para prevenir el daño psicológico que devendrá en muchas más víctimas en el futuro.