Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el resumen del estudio “Intimate Femicide: The Role of Coercetive Control” de Johnson, Eriksson, Mazerolle y Wortley; en él se estudia diferentes factores de riesgo que se relacionan con el feminicidio, destacando entre ellos las conductas de control coercitivo.

El feminicidio es un tema de actualidad, con este estudio se busca realizar un análisis de los diferentes factores de riesgo, centrándose especialmente en las conductas de control coercitivo. Para ello, en este estudio se analizaron las historias de una muestra de condenados por matar a su pareja íntima en Australia. Utilizándose los datos del Australian Homicide Project, que contenía información de 302 delincuentes condenados por homicidio, siendo el 87% varones y el 13% mujeres. De esta muestra se utilizaron los referentes a 68 hombres que habían sido condenados por matar a sus parejas íntimas femeninas.

Lo que proponían los investigadores era examinar las variables que distinguían a los homicidas de género que habían sido violentos previamente de aquellos que no lo habían sido. Para ello se utilizó la Escala Revisada de Tácticas de Conflicto (CTS-2) que midió los niveles de agresión física y sexual en los doce meses previos al homicidio. También, se utilizaron preguntas combinadas sobre amenazas de muerte y uso de violencia en el año anterior. La muestra quedó dividida a partes iguales entre los hombres que declararon haber usado la violencia (34) y aquellos que no (34).

Se analizaron muchas de las variables que la literatura anterior destacó como influyente, como son: las características personales del autor, las experiencias de violencia en la infancia, el uso del control coercitivo hacía la víctima y el historial criminal. Las características personales del autor incluían datos relacionados con: educación, dificultades económicas, separación o amenaza de la misma, infidelidad o sospecha de ella, la presencia de hijastros, tratamientos médicos o psiquiátricos, intentos autolíticos, problemas de abuso de alcohol o drogas.

En la muestra del estudio un tercio había terminado la educación secundaria. En el año anterior al crimen la mitad de la muestra tenía problemas económicos y estaban separados o sus parejas les habían amenazado con la separación. Un tercio de la muestra afirmaba que sabía o sospechaba que su pareja le era infiel. Un cuarto de los 68 hombres convivía con hijastros y un 16% había recibido tratamiento médico o psiquiátrico en el último año. Un porcentaje similar había intentado suicidarse y tres de cada diez hombres tenía un problema con el abuso de las drogas y el alcohol. El 40% de la muestra manifestó haber sido víctima de abuso físico o sexual en la infancia y una quinta parte de sus padres habían sido violentos con sus madres. Dos tercios tenían antecedentes violentos y un tercio había cometido su primer crimen antes de los 13 años. La mitad de ellos habían sido violentos en el hogar el año anterior al feminicidio y una quinta parte también había presentado esa conducta violenta fuera del hogar.

Para medir las tácticas coercitivas y de control que usaban los homicidas se utilizaron tres herramientas diferentes y un indicador adicional. La primera de ellas fue la Escala de Titularidad y Propiedad Relacional (REPS), que consta de 28 ítems como lo siguientes: “tengo derecho a contactor con los amigos de mi pareja para ver cómo actúa sin mí; miro el cajón, el bolso o los bolsillos de mi compañero; si mi pareja me abandona me aseguraré de que se arrepienta”. La segunda herramienta utilizada fueron los ítems relacionados con el control psicológico que se encuentra dentro del CTS- 2, que incluyen cuestiones como el insulto, la amenaza o la destrucción de propiedad. La tercera herramienta, fue una modificación de la Escala Provocadora de Malestar de Salovey y Rodin, que evalúa los celos y el dominio durante la relación romántica. En ella se puede encontrar diferentes situaciones como una cena con otro hombre atractivo, bailar pegado a un amigo o ver a una persona con la que se mantuvo una relación en el pasado. Por último, el indicador hace alusión a la conducta de acoso a la víctima durante el año anterior al homicidio.

En lo relativo al control, la mitad de la muestra eran controladores, dos tercios habían tenido conductas de abuso psicológico, una cuarta parte de la muestra tenían altos niveles de celos y una quinta parte declaró haber acosado a la víctima antes de matarla.

Los hombres que no habían sido violentos antes del homicidio tenían más posibilidades de haber acabado la escuela secundaria y presentaban menos posibilidades de estar separados o de haber sido amenazados con ello, al igual que de tener problemas con el alcohol o las drogas y de haber crecido en un hogar violento. También, eran más bajos en dos de los indicativos de control coercitivo como son el abuso psicológico y el acoso a la víctima. Al igual que tenían índices menores de antecedentes penales. Por el contrario, los dos grupos tenían niveles parecidos de sospechas de infidelidad, convivencia con hijastros, tratamientos de salud mental y tasa de suicidio.

Estos resultados coinciden con otros estudios llevados a cabo en otras partes del mundo, como el que se realizó en Gran Bretaña (Dobash, Dobash y Cavanagh, 2009), donde los datos obtenidos mostraban que los hombres que no tenían antecedentes por violencia de género eran más “convencionales”: poseían una educación superior, mantenían una mejor relación, no tenían problemas de abuso de sustancias y sus infancias no fueron problemáticas. También presentaban niveles más bajos de control psicológico y acoso, aunque sí que presentaban celos.

Si bien es cierto que en general los hombres con antecedentes de violencia de género presentaban mayores niveles de control coercitivo, el 62% de los que no tenían antecedentes también reconocían haber usado alguna técnica de control sobre las mujeres que acabaron matando. Una quinta parte de estos hombres tenían una orden de alejamiento que les impedía acercarse a su pareja o la policía se había tenido que personar en su domicilio por algún tipo de incidente. Aunque no hubieran sufrido agresiones directas las mujeres estaban lo suficientemente atemorizadas como para pedir protección policial. Estas intervenciones, como ha quedado claro con el homicidio, han sido del todo ineficaces.

Por tanto, se puede concluir que, aunque una presencia clara de un comportamiento de control o de acoso puede ser precursor de un homicidio de violencia de género, comportamientos menos evidentes, sin agresiones directas, también pueden ser indicadores de riesgo de este tipo de conducta.  Este último tipo de comportamiento puede ser pasado por alto por la justicia, ya que no deja evidencias tan claras como una agresión física. Esto lleva a pensar que las evaluaciones de riesgo a veces pueden pasar por alto comportamientos de acoso que clasifican como “menores” y que pueden indicar un riesgo de homicidio.