Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Cyberstalking versus off-line stalking in a forensic sample”, de los autores Cristina Cavezza y Troy E. McEwan, de la Universidad de Melbourne (Australia), que aborda las diferencias entre el ciberacoso y el acoso tradicional.

En esta época en la que gran parte de las interacciones humanas están pasando a ser a través de una pantalla, el ciberacoso o cyberstalking se alza como una nueva forma de delito. Dada la naturaleza cambiante de la tecnología, los tipos de conductas que suponen un acoso cibernético es probable que aumenten con el tiempo, pero hasta la fecha incluyen: el envío de correos o mensajes instantáneos no deseados, la publicación de información falsa u hostil sobre la víctima, el uso de redes sociales para acosar, suscribirse a productos o servicios en nombre de la víctima, pirateo de cuentas personales, robo de identidad, envío de spam o virus y reclutar a otros para hostigar a la víctima.

Internet ofrece cuatro elementos únicos para los acosadores que facilitan mucho su labor: (1) la falta de limitaciones sociales que inhiban la agresión; (2) la falta de estímulos sensoriales que conducen a una mayor fantasía en el delincuente; (3) la oportunidad para el engaño; y (4) el potencial de descubrir que la relación con su víctima no se ajusta a lo deseado. Se ha planteado que estos aspectos pueden invitar a los individuos a acechar por internet, gente que de otra manera no lo haría.

Debido a la escasez de datos sobre este nuevo tipo de acoso, aún hay cierto debate sobre si el ciberacoso es realmente una forma distinta de acoso o tan sólo una extensión en línea. Por ello, el objetivo de este estudio es investigar las diferencias demográficas, clínicas y de conducta entre los ciberacosadores y los acosadores tradicionales.

Los participantes del estudio fueron 271 pacientes de una clínica que habían sido remitidos allí por tribunales y servicios de libertad condicional entre otros por tener conductas de acoso. Todos dieron su consentimiento para el estudio y se excluyó a los que no tenían buen dominio del idioma o su estado mental impedía dar el consentimiento. Para el estudio se analizaron detalladamente los archivos de cada caso y se separó a los que realizaron ciberacoso de los que no. Luego se emparejaron los ciberacosadores con los acosadores por género, edad similar (±2 años) y en el mismo periodo de actuación.

Para delimitar las conductas a evaluar se definió acoso (stalking en el inglés original) como intrusiones no deseadas y repetidas que causan miedo o preocupación. Mientras que ciberacoso se considera al uso de internet para llevar a cabo la conducta acosadora e incluye cualquiera de los siguientes comportamientos:

  • Contacto por mail con la víctima.
  • Uso de redes sociales para comunicarse con la víctima o sobre ella.
  • Uso indirecto de internet como: crear páginas webs despectivas sobre la víctima, usar internet para acceder a información de la víctima, suplantar a la víctima online o publicar información sobre la víctima en páginas de internet que no sean redes sociales.

Puede además categorizarse como “comunicativo” y “no-comunicativo”. El ciberacoso comunicativo incluye intentos de comunicarse directamente con las víctimas, por lo general a través de correos electrónicos o mensajes en las redes sociales. Mientras que el no comunicativo hacía referencia a mensajes en sitios webs hablando de la víctima, hacerse pasar por ella, etc. Es decir, sin intentos directos de comunicarse con la víctima. En el caso de utilizarse ambas categorías se considera “mixto”.

De los 271 pacientes, se encontraron 36 casos de ciberacoso (13%). De los cuales, un 94% eran hombres con una edad media de 37 años, similar a la de los acosadores fuera de internet. Dos de los casos surgieron entre 2002 y 2005, ocho entre 2006 y 2008 y el resto entre 2010 y 2013, lo que indica que se está volviendo un método popular de acoso. Entre los dos grupos no hubo diferencias en cuanto a la forma de ingresarlos en el centro ni de nivel educativo. Además, tampoco encontramos diferencias en cuanto a amenazas, historial de acoso o violencia antes del episodio de acecho.

Las características clínicas de ambos grupos también eran similares: 1 de cada 5 acosadores, en ambos casos, había sido diagnosticado con un trastorno de la personalidad. Sin embargo, son pocos casos para obtener datos significativos sobre el tipo de trastorno predominante. Y respecto al tipo de acoso, no difirieron en la duración, en el género predominante y tenían la misma propensión a tener más de una víctima simultáneamente.

Donde sí encontramos una diferencia significativa es en la relación con la víctima, ya que la mayoría de los ciberacosadores eran exparejas de los susodichos. Además, los ciberacosadores tenían más probabilidades de tener una orden de alejamiento (aunque ambos tipos tenían la misma tendencia a infringirlas). Por otro lado, los ciberacosadores tenían menos tendencia a acercarse a sus víctimas fuera del ordenador pero sus amenazas eran más explícitas.

En conclusión, aunque se trata de conceptos similares tienen algunas diferencias fundamentales. Sería aconsejable replicar el estudio con más participantes para corroborar esas diferencias y poder hablar definitivamente de que se tratan de dos tipos de acoso diferentes, ya que también son muchas las similitudes. Aunque todo parece indicar que a nivel legal y de salud mental no hacen falta tratamientos diferentes para ambos tipos de acosadores.