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La importancia de la nota de suicidio en la investigación criminal. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The Role of Suicide Notes in Death Investigation”, de Steven Koehler, que explica qué importancia tiene la nota de suicidio en la investigación sobre la muerte del sujeto.

La nota dejada por una víctima de suicidio es una pieza clave de evidencia forense en la investigación de una muerte súbita. Este artículo proporciona información general sobre las notas de suicidio a la vez que disipa algunos de los mitos.

Las notas de suicidio son una pieza única de información forense en la investigación de una muerte sospechosa. La nota puede arrojar mucha luz sobre las posibles razones del suicidio. Un suicidio se define como una muerte causada por el propio acto del individuo. Una nota de suicidio se puede definir como un mensaje dejado por alguien que luego intenta suicidarse o se suicida exitosamente. Pero, ¿qué formas toman las notas de suicidio?. Según informa el presente artículo, las notas pueden tomar varias formas. El tipo de nota más común que se encuentra es el escrito a mano, generalmente ubicado cerca de la víctima. Con la proliferación de ordenadores, se han localizado varias notas de suicidio buscando en los archivos de la computadora de la víctima una nota electrónica. En ocasiones, la víctima deja los mensajes finales de despedida en los contestadores de los familiares o amigos justo antes del acto. Con la creciente disponibilidad y la facilidad de uso de las cámaras de video, las futuras notas de suicidio pueden dejarse como un mensaje de video.

Las personas escriben notas de suicidio por una serie de razones que van desde la compasión hasta la venganza. Se pueden escribir notas de suicidio para aliviar el dolor de los demás al disipar la culpa. Por otro lado, pueden escribirse para aumentar el dolor de determinadas personas al crear culpa. Las notas de suicidio también pueden ser una forma de llamar la atención o la simpatía hacia la víctima. Las notas pueden escribirse por una razón específica, por ejemplo, para definir el motivo de las acciones de la víctima, proporcionar instrucciones familiares sobre la disposición de sus restos o, en raras ocasiones, las víctimas utilizan la nota como una confesión de un delito que cometieron o fueron acusados ​​de cometer. Por tanto, no hay una nota típica. Van desde unas pocas palabras hasta cientos de páginas. Sin embargo, el contenido de las notas está influenciado de alguna manera por la edad de la víctima. Las notas de suicidio dejadas por los jóvenes, por lo general hombres, por lo general giran en torno a problemas de relación como rupturas; entre los individuos de mediana edad la nota generalmente involucra asuntos financieros; y entre los ancianos, las notas generalmente giran en torno a problemas de salud.

Los autores del artículo realizaron una búsqueda de artículos médicos publicados que abordan específicamente las notas de suicidio, y esta búsqueda reveló muy pocos artículos. La información con respecto a la presencia de una nota de suicidio entre los suicidios completados generalmente está incrustada en estudios retrospectivos más grandes de suicidio en general. Algunos estudios informaron que se encontraron notas de suicidio en 10% a 37% de los suicidios, lo que nos hace entender que en la mayoría de los casos, los sujetos no dejan notas. Hay una serie de razones por las que las personas no dejan una nota. Pueden ser funcional o completamente analfabetos; puede ser que no tengan a nadie para dirigir la nota (generalmente se ve entre los ancianos); carecen de la energía física debido a enfermedad mental o medicación; su acto de suicidio fue impulsivo (por lo tanto, no había tiempo para dejar una nota); pueden esperar que la muerte sea considerada un accidente por motivos religiosos o para cobrar los beneficios del seguro.

Pero, en caso de dejarla, ¿Qué importancia tiene la nota de suicidio en una investigación sobre la muerte del sujeto?. Tradicionalmente, la ubicación de una nota de suicidio en la escena de la muerte juega un papel fundamental en la determinación de la forma de la muerte. El forense busca tres elementos clave dentro de la nota. Primero, una indicación de que el individuo se mataría a sí mismo; segundo, una razón para el suicidio; y tercero, mensajes para amar a los seres queridos. La nota sirve para ayudar al forense y a los familiares sobrevivientes a comprender el suicidio. Puede ofrecer una idea de la situación psicológica, física o financiera de la víctima en el momento del evento. La investigación forense también examina el intervalo de tiempo entre el momento en que la nota fue fechada (si fue fechada) y la fecha real del evento. Sin embargo, la falta de una nota de suicidio no debería ser una contraindicación para descartar la muerte por suicidio.

Las notas de suicidio son pensamientos privados de las víctimas antes de su muerte. Estas notas son usadas por investigadores forenses y psiquiátricos como parte de la investigación de la muerte y por miembros de la familia para su cierre. Las notas normalmente no se lanzan al dominio público. Por lo general, la oficina del médico forense / forense conserva una copia de la nota de suicidio y devuelve el original al pariente más cercano.

Se concluye por tanto que en la investigación forense de un posible suicidio se realiza un examen detallado del cuerpo, la escena, el mecanismo de la muerte, los eventos precipitantes y el estado psicológico y fisiológico del individuo, pero los investigadores de la muerte en la escena también deben comprender la importancia de realizar una búsqueda exhaustiva de una nota de suicidio (si bien la ubicación de una nota de suicidio no da automáticamente como resultado la determinación de que la muerte fue un suicidio, y del mismo modo, la ausencia de una nota no indica una muerte no suicida). La nota de suicidio es solo una pieza de evidencia que se compara con otras evidencias forenses y las circunstancias que rodearon la muerte. Los estudios futuros deberían examinar con qué precisión la información contenida en la nota refleja hechos reales o eventos en la vida de la persona.

Destacar por último la importancia de la función de los peritos calígrafos y expertos en documentoscopia en el análisis de las notas de suicidio, quienes entre otras cosas pueden comprobar la veracidad de las notas y determinadas características del sujeto a partir de su escritura. Se puede encontrar un ejemplo de ello en el artículo “Stacey Castor, la viuda negra” ( https://peritocaligrafo-documentoscopia.com/stacey-castor-la-viuda-negra/ ) escrito por Leticia Perinat, Directora Técnica del Máster en Pericia Caligráfica y Documentoscopia de Behavior & Law.

La relación entre los trastornos de conducta en la adolescencia y los trastornos de personalidad en la edad adulta. Club Ciencias Forenses

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Continuities Between Emotional and Disruptive Behavior Disorders in Adolescence and Personality Disorders in Adulthood”, de Margareth Helgeland, Ellen  Kjelsberg y Svenn Torgersen, que investiga la continuidad entre los trastornos de conducta en la adolescencia y los trastornos de personalidad en la edad adulta.

De acuerdo con el DSM-IV, los trastornos de la personalidad representan disfunciones de la personalidad caracterizadas por rasgos de personalidad inadaptados, penetrantes e inflexibles que se desvían marcadamente de las normas culturales, causando una gran angustia o deterioro. Los trastornos de la personalidad pueden manifestarse en la infancia y la adolescencia temprana y continuar hasta la edad adulta.

Varios estudios han demostrado que los trastornos de la personalidad son atribuibles a los trastornos emocionales y y al comportamiento en la infancia y la adolescencia. Los trastornos disruptivos, de ansiedad, depresivos y de uso de sustancias en adolescentes se asociaron con puntajes dimensionales elevados del trastorno de la personalidad obtenidos en un seguimiento de 6 años en una población adulta joven. Se descubrió también que los trastornos de conducta disruptiva y los trastornos afectivos medidos en la infancia y la adolescencia aumentaban el riesgo de síntomas de trastorno de la personalidad en la edad adulta. Los trastornos del comportamiento disruptivo en la adolescencia se asocian con una amplia gama de psicopatología de la personalidad en la edad adulta. Los adolescentes jóvenes que han  tenido trastornos de conducta disruptiva durante la adolescencia muestran tasas altas de todos los tipos de trastornos de la personalidad, aunque los que tienen trastornos emocionales tienen una tasa menor de trastornos de la personalidad. Algunos estudios han demostrado que la adolescencia es un período de riesgo para el inicio de los trastornos de la personalidad. Por lo tanto, la evidencia sugiere que uno debe buscar antecedentes de trastornos de la personalidad en los trastornos de la infancia y la adolescencia.

A pesar de que los trastornos de la personalidad representan un problema de salud importante debido a su prevalencia, al costo del tratamiento, y a la discapacidad que causan, la evidencia empírica sobre la continuidad entre las condiciones psiquiátricas de niños y adolescentes y los trastornos de la personalidad en la edad adulta son todavía limitados, excepto en lo que respecta al trastorno de personalidad antisocial. Además, los estudios disponibles ofrecen periodos de seguimiento principalmente cortos que no se extienden más allá de la adultez temprana (19-25 años); por lo tanto, no abordan el potencial de desarrollo completo de los sujetos y no demuestran la estabilidad del trastorno. Por otro lado, los estudios de seguimiento disponibles a largo plazo de los trastornos de la personalidad no abordan las poblaciones adolescentes.

El objetivo del estudio resumido en esta entrada fue investigar cuasiconversamente las continuidades entre los trastornos emocionales y los trastornos de la conducta en la adolescencia y los trastornos de la personalidad en la edad adulta. El grupo de estudio consistió en pacientes psiquiátricos adolescentes diagnosticados de manera confiable sobre la base de registros médicos en su índice de hospitalización en la adolescencia y en un seguimiento de 28 años. El estudio también aborda el efecto del género en la continuidad entre los trastornos del comportamiento emocional y disruptivo y los trastornos de la personalidad en la edad adulta.

Las hipótesis investigadas fueron:

  1. Los adolescentes con trastornos de comportamiento perturbador tendrían más probabilidades de tener trastornos de personalidad como adultos que los adolescentes con trastornos emocionales.
  2. Los trastornos del comportamiento perturbador en la adolescencia se asociarían con mayores tasas de trastornos de la personalidad antisociales, histriónicos y narcisistas (grupo B) en la edad adulta que los trastornos de personalidad del grupo A y del grupo C.
  3. Los trastornos emocionales en la adolescencia estarían asociados con el desarrollo de trastornos de personalidad por evitación, dependientes, obsesivo-compulsivos, autodestructivos y pasivo-agresivos (grupo C) en la adultez.

Para comprobar estas hipótesis, se contó con la participación de 1,018 pacientes adolescentes, 553 hombres (54,3%) y 465 mujeres (45,7%), que fueron ingresados ​​consecutivamente en la unidad de adolescentes en el Centro Nacional de Psiquiatría Infantil y Adolescente en Oslo, Noruega, desde 1963 hasta 1978. Sobre la base de un examen del registro de diagnósticos del Centro, se excluyeron del estudio 93 pacientes con un diagnóstico de síndrome cerebral orgánico y 35 pacientes sin diagnóstico definitivo debido a su corta estancia. Excepto por tres personas, no se mantuvo contacto con los sujetos entre la admisión en la adolescencia y el seguimiento en la edad adulta.

En el momento del seguimiento, 143 sujetos habían fallecido, 59 habían emigrado, 17 no podían ser identificados y 24 tenían direcciones imposibles de rastrear, según el Registro Central de Personas de Noruega. Por lo tanto, en total, 371 sujetos fueron inicialmente excluidos del estudio. A los 647 sujetos restantes se les solicitó por correo y se les solicitó participar voluntariamente en un estudio de seguimiento. El estudio fue aprobado por el comité de revisión de ética.

Una vez que los procedimientos se explicaron por completo, se obtuvo el consentimiento informado por escrito de 194 (30%) de los sujetos. De estos, 33 cancelaron su cita de entrevista. Por razones desconocidas, siete sujetos no se presentaron a la entrevista. Catorce sujetos no estaban disponibles en la dirección o el número de teléfono indicado en el consentimiento informado por escrito y, por lo tanto, eran imposibles de rastrear. Dos sujetos estaban demasiado perturbados para ser entrevistados. Cuatrocientos cuarenta y cinco sujetos no respondieron a la solicitud, y ocho sujetos expresaron su desaprobación por ser contactados. Finalmente, se entrevistaron 148 sujetos, 77 hombres y 71 mujeres (14.5% del grupo original).

Todas las entrevistas se realizaron en persona, excepto dos, que se completaron por teléfono. El entrevistador estaba ciego a los diagnósticos de los sujetos del Centro Nacional de Psiquiatría Infantil y Adolescente. De acuerdo con las preferencias de los sujetos, las entrevistas se realizaron en sus hogares, en la Universidad de Oslo, en instituciones de salud mental o en la prisión. La duración promedio de cada entrevista fue de 4.5 horas. Cada entrevista de seguimiento consistió en la administración de la Entrevista Clínica Estructurada para los Trastornos del Eje I del DSM-IV y la Entrevista Estructurada para la Personalidad DSM-IV, entrevistas semiestructuradas que evalúan los trastornos sintomáticos y los 12 trastornos de la personalidad descritos en DSM-IV. Treinta entrevistas fueron grabadas para una evaluación de la confiabilidad entre evaluadores de los diagnósticos.

Trece sujetos que recibieron un diagnóstico de esquizofrenia en el seguimiento fueron excluidos del presente estudio. Esto se hizo porque una evaluación de los trastornos de la personalidad en una persona con esquizofrenia es difícil porque los diagnósticos de los trastornos de la personalidad se basan en la forma habitual de comportamiento de la persona, independientemente de los trastornos sintomáticos, medicación, enfermedad médica u otros factores de confusión. factores. Por lo tanto, se incluyeron un total de 135 sujetos en el estudio.

Con base en los registros hospitalarios de la hospitalización índice en la adolescencia, los 135 sujetos fueron redirigidos, según el eje I del DSM-IV por un clínico experimentado. Los registros se hicieron anónimos por adelantado. Por lo tanto, todas las calificaciones de M.I.H. se llevaron a cabo como calificaciones ciegas. Ninguno de los autores había participado en el tratamiento de los sujetos. Los registros médicos completos de alta calidad son imprescindibles para la evaluación diagnóstica basada en un registro médico.

Los diagnósticos de los adolescentes se dividieron en dos grupos: trastornos de conducta disruptiva y trastornos emocionales. La distinción entre estos dos grupos está bien establecida. Dos sujetos con trastorno bipolar, dos sujetos con un episodio psicótico breve y un sujeto con un trastorno de aprendizaje se excluyeron del estudio porque no se pudieron asignar a ninguno de los grupos.

85 sujetos habían recibido un diagnóstico adolescente de trastornos de conducta disruptiva: 67.7% de los hombres (N = 42) y 63.2% (N = 43) de las mujeres. El grupo con trastornos de conducta disruptiva incluyó 70 sujetos (82.4%) con trastorno de conducta, seis (7.1%) con trastorno negativista desafiante, cinco (5.9%) con trastorno por consumo de sustancias psicoactivas, tres (3.5%) con trastorno de adaptación con alteración de conducta y uno (1.2%) con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH).

45 sujetos habían recibido un diagnóstico adolescente de trastornos emocionales: 32.3% (N = 20) de los hombres y 36.8% (N = 25) de las mujeres. El grupo con trastornos emocionales incluyó 17 sujetos (37.8%) con trastornos de ansiedad, 16 (35.6%) con trastornos depresivos, siete (15.6%) con trastornos de la alimentación, cuatro (8.9%) con trastornos somatoformes, y uno (2.2%) con trastorno de eliminación.

El 42% de los sujetos con trastorno de conducta disruptiva tenían más de un trastorno, siendo el trastorno por consumo de sustancias psicoactivas la comorbilidad más frecuente (21.5% de los casos). Significativamente más hombres que mujeres tenían un trastorno de consumo de sustancias psicoactivas comórbido. 27 sujetos (20.8%) tenían un trastorno emocional comórbido, mientras que 30 (23.1%) no tenían un trastorno comórbido. En caso de comorbilidad, se le dio prioridad jerárquica al diagnóstico de trastorno de conducta disruptiva, el diagnóstico de mayor importancia clínica, y sirvió como punto de partida para la asignación al grupo con trastorno de conducta disruptiva.

Los sujetos con trastornos de conducta disruptiva no difirieron significativamente de los sujetos con trastornos emocionales en términos de edad, sexo, edad en la hospitalización índice y edad en el seguimiento. Sin embargo, difirieron en términos de clase social porque la mayoría de los sujetos con trastornos de conducta disruptiva provenían de familias con un nivel socioeconómico bajo.

Los resultados globales fueron los siguientes: 81 individuos cumplieron los criterios para un diagnóstico de trastorno de la personalidad: 58.1% de los hombres (N = 36) y 66.2% de las mujeres (N = 45). El 30% de los que tenían un trastorno de la personalidad tenía más de un trastorno de la personalidad concurrente (N = 39). 55 (64.7%) de los adolescentes con trastornos de conducta disruptiva y 26 (57.8%) de los sujetos con trastornos emocionales tenían al menos un trastorno de la personalidad en el seguimiento. Los adolescentes con trastornos de conducta disruptiva fueron significativamente más propensos a tener un trastorno de personalidad del grupo B en el seguimiento que los adolescentes con trastornos emocionales.

El trastorno de personalidad antisocial fue el trastorno de personalidad más común encontrado (N = 34, 26,2%). Todos los sujetos con trastornos antisociales de la personalidad tenían un diagnóstico de trastorno de la conducta en la infancia o la adolescencia. Los trastornos de personalidad del grupo C fueron más frecuentes entre las mujeres (N = 33, 48,5%) que entre los hombres.

Además, cualquier grupo A, cualquier grupo B o cualquier trastorno de personalidad del grupo C; y los trastornos específicos de la personalidad en la edad adulta, con el género, la edad y los trastornos de la conducta disruptiva frente a los trastornos emocionales en la adolescencia como predictores independientes revelaron lo siguiente:

  1. Los adolescentes con trastornos de conducta disruptiva no tenían más probabilidades de tener trastornos de la personalidad en la edad adulta que los adolescentes con trastornos emocionales.
  2. Los adolescentes con trastornos de conducta disruptiva tenían más probabilidades de tener trastornos de personalidad del grupo B en la edad adulta que los adolescentes con trastornos emocionales.
  3. En cuanto a los trastornos de personalidad específicos dentro del grupo B, los adolescentes con trastorno de conducta disruptiva tenían más probabilidades de tener un trastorno de personalidad antisocial y trastorno de personalidad límite en la edad adulta que los adolescentes con trastornos emocionales.
  4. Además, la edad fue un predictor independiente de cualquier trastorno de personalidad en la edad adulta, por lo que la mayor edad en el seguimiento se asoció significativamente con una menor probabilidad de un diagnóstico de trastorno de la personalidad.
  5. La misma relación entre la edad y los trastornos de la personalidad también se observó para los trastornos de personalidad del grupo B y, más específicamente, para el trastorno de personalidad antisocial.

Los análisis de regresión logística revelaron que solo los adolescentes varones con trastornos de conducta disruptiva tenían más probabilidades que los varones con trastornos emocionales de tener un trastorno de la personalidad en el seguimiento. Los trastornos del comportamiento perturbador en las mujeres se asociaron más fuertemente con un alto riesgo de diagnósticos del grupo B que los trastornos del comportamiento disruptivo en los hombres. Los trastornos del comportamiento perturbador en la adolescencia fueron predictores significativos e independientes del trastorno de personalidad antisocial en los hombres, pero no en las mujeres. Los trastornos emocionales fueron predictores significativos e independientes de los trastornos de personalidad del grupo C en las mujeres, pero no en los hombres.

En los hombres, la edad fue un predictor independiente y significativo de cualquier trastorno de la personalidad, por lo que a mayor edad de seguimiento, menor es la probabilidad de trastornos de la personalidad. La misma relación también se observó específicamente para el grupo B y el trastorno de personalidad antisocial.

Por tanto, en general, los resultados de este estudio respaldan la opinión de que los trastornos de la personalidad se remontan a trastornos de conducta emocional y disruptiva en la adolescencia. Además, estos resultados demuestran claramente que el género puede desempeñar un papel moderador en esas continuidades.

En general, sin embargo, los adolescentes con trastornos de conducta disruptiva no eran más propensos que los adolescentes con trastornos emocionales a tener trastornos de la personalidad en la edad adulta, aunque hay que tener en cuetna que debido a que los adolescentes atendidos en el Centro Nacional de Psiquiatría Infantil y Adolescente representaban a los adolescentes más gravemente enfermos en Noruega en ese momento, es posible que el grupo con trastornos emocionales estuviera predispuesto a casos extraordinarios. Sin embargo, estos resultados también pueden representar un nuevo hallazgo que requiere replicaciones en estudios futuros.

En conclusión, y teniendo en cuenta las limitaciones metodológicas, los resultados respaldan la opinión de que los trastornos de la personalidad se remontan a trastornos emocionales y trastornos conductuales del adolescente. El efecto moderador del género en los trastornos de personalidad del grupo B y del grupo C sugiere que los factores biológicos y socioculturales pueden contribuir a diferentes resultados en adultos en hombres y mujeres con trastornos psiquiátricos adolescentes similares.

Factores de riesgo en violencia en pareja según la severidad de la violencia. Club Ciencias Forenses

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Risk factors of Marital Violence of Married Men and Women in Different Levels of Severity”, de Elnaz Khosravipoura, Parvaneh Mohammadkhani, Abbas Pourshahbaz, Ommehani Alizadeh Sahraei, y Maedeh Yousefnejad, que estudia si los factores de riesgo de la violencia en pareja son diferentes según la severidad de la violencia. 

Un informe realizado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre violencia y salud define la violencia como “el uso intencional de la fuerza o el poder amenazado o real, contra uno mismo, contra otra persona o contra un grupo o comunidad, que resulta en o tiene una alta probabilidad de resultar en lesiones, muerte, o daño psicológico”. La violencia conyugal es un problema serio en todo el mundo, considerando el hecho de que este tipo de violencia ha sido experimentada principalmente por mujeres. Sin embargo, Swan y Snow (2002) entrevistaron a mujeres y les preguntaron sobre su agresión y la de sus parejas. Identificaron 3 tipos de relaciones: las mujeres como víctimas (34%), las mujeres como agresoras (12%) y las relaciones mixtas (50%). Por lo tanto, la violencia fue mutua en la mayoría de los casos.

Se sabe que existen 2 formas de violencia; el maltrato que se produce en el contexto de un patrón general de poder y control por parte de uno de los cónyuges (principalmente hombres) para dominar, aterrorizar y controlar a otro compañero a través de una violencia más severa debido a la patología individual del perpetrador, y la violencia en pareja “común” que es un tipo de agresión que ocurre a un ritmo relativamente igual entre hombres y mujeres y se caracteriza por actos de agresión infrecuentes y menores: la violencia en pareja común ha sido etiquetada como violencia situacional que se sale de control, con raros casos de lesiones sin un patrón general de poder y control. Por lo tanto, las motivaciones detrás de estos dos tipos de violencia son significativamente diferentes y la violencia más severa es unilateral en lugar de mutua. Dado que la violencia en tipos graves es el resultado de una patología individual y resultados de tipo menor del contexto interpersonal y la incapacidad para manejar el conflicto, los factores de riesgo de ellos podrían ser diferentes. Muchos de los estudios han investigado el factor de riesgo de la violencia conyugal, pero se ha considerado menos la investigación del factor de riesgo en diferentes niveles de gravedad. Por lo tanto, el propósito del estudio que resumimos es explorar los factores de riesgo tanto individuales como interpersonales de perpetración entre agresores graves y menos graves entre hombres y mujeres casados.

En el diseño analítico y comparativo se seleccionaron 306 hombres y mujeres casados ​​que habían vivido con su pareja durante al menos 6 meses y con edades entre 15 y 55 años. Con el fin de tener perpetradores más severos y menores en la muestra, se realizó en una muestra comunitaria (centros de entretenimiento) y tribunales familiares. Debe tenerse en cuenta que los tribunales y centros de entretenimiento se ubicaron en 2 barrios socioeconómicos diferentes. La muestra incluyó a 68 hombres y 82 mujeres que estaban en centros de entretenimiento y 82 hombres y 74 mujeres que estaban presentes en los tribunales de familia. También se incluyó a 150 participantes de la muestra comunitaria. Estos 306 participantes se dividieron en dos grupos (perpetradores más severos y menores). Finalmente, en base a sus respuestas, se organizaron 99 participantes en un grupo menor y 207 participantes en un grupo más severo.

Todos los participantes accedieron a participar después de haber sido informados brevemente sobre el objetivo de la investigación y el principio de confianza, luego completaron cuatro cuestionarios autoinformados por completo. Los datos se recolectaron a través del inventario demográfico realizado por el autor, la escala de ajuste diádico, el perfil personal y de relación y la escala táctica de conflicto revisada. Algunos cuestionarios se excluyeron de la investigación debido a estar incompletos o porque los participantes renunciaron a completar la prueba.

En cuanto al resto de resultados, en esta investigación se hipotetizó que los hombres perpetran violencia severa más que las mujeres, también la patología individual y las características tenían un papel más importante en la perpetración de violencia severa y las características relacionales tenían un papel más importante en la perpetración de violencia marital menor. Además, la mayoría de las investigaciones en la perspectiva feminista están orientadas al género, por lo que suponen violencia contra la mujer, por lo tanto, estudian a los hombres como perpetradores o a las mujeres como las víctimas y pierden las interacciones interpersonales. Por el contrario, la perspectiva del conflicto familiar se centra en el contexto y la interacción de las parejas, lo que disminuye la responsabilidad de los perpetradores. Por lo tanto, en el presente estudio considerando los diferentes aspectos tales como severidad (mayor / menor), género (hombres / mujeres) y tipo de factores de riesgo (individual / interpersonal / demográfico), se han comparado las diferencias entre los factores de riesgo y se ha determinado su papel predictivo en explicación de la violencia.

Los resultados que se basan en la comparación de las diferencias de los factores de riesgo entre dos niveles de severidad analizados por análisis de varianza multivariada indican que hubo diferencias significativas en los factores de riesgo entre los dos niveles. Las motivaciones y las patologías individuales y los factores que resultan en violencia severa y leve son diferentes, ya que no solo la severidad, sino también la calidad de estos dos tipos de violencia son diferentes. El segundo hallazgo muestra que los predictores más importantes son: el dominio que es un factor relacional y el manejo de la ira, que es un factor individual. Estos dos factores explican la perpetración de violencia marital menor.

El factor de dominancia fue predictor de violencia conyugal menor, aunque siempre se creía que la violencia severa ocurre en el contexto del control y el dominio, pero, de manera adversa, el hallazgo indica que el dominio predice una violencia menor (aunque esto puede ser el resultado de los pocos números de perpetradores menores de violencia en la muestra y, por consiguiente, esto afecta al resultado de los análisis). Según los hallazgos, la historia delictiva, el manejo de la ira y la edad, que son factores individuales y la atribución negativa, que es un factor relacional, tienen un papel importante en la explicación de la perpetración de violencia severa. También el historial criminal y el trastorno de la conducta fueron variables mediadoras entre el historial de abuso infantil en la familia de origen y la violencia conyugal en el futuro. La edad fue también el pronosticador de la violencia conyugal; mientras la edad aumenta, disminuye la violencia severa y moderada.

En conclusión, los factores de riesgo en violencia severa y menor son diferentes. Los predictores de violencia severa a menudo son individuales y parece que en la violencia menor, no se puede expresar con certeza que los factores de riesgo sean relacionales o individuales. Por lo tanto, los predictores de violencia tienen perfiles distintos. De acuerdo con los hallazgos, la planificación de programas de tratamiento específicos para el nivel de violencia menor o severa debe considerarse de forma diferente, por lo tanto, es mejor que los programas de tratamiento se planifiquen principalmente en función de la gravedad y no del género; parece que la violencia es un problema humano no solo para los hombres. Igualmente, sería necesario realizar estudios con un número mayor de participantes en el futuro para poder comprobar estas hipótesis con mayor fiabilidad.

El trastorno límite de la personalidad ¿puede ser un trastorno relacionado con el trauma?. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen de uno de los capítulos de la obra “The Relationship of Borderline Personality Disorder to Posttraumatic Stress Disorder and Traumatic Events”, de Julia Golier, Rachel Yehuda, Linda Bierer y Vivian Mitropopoulou, que estudia si existe alguna relación entre el  trastorno límite de personalidad y el estrés posttraumático. 

Entre los trastornos de la personalidad, el trastorno límite de la personalidad ha sido el más estudiado en términos de prevalencia de eventos adversos tempranos. Múltiples estudios han informado que un historial de abuso físico y sexual en la infancia tiene una alta prevalencia entre los pacientes con trastorno límite de la personalidad, y algunos estudios encuentran que el abuso es una experiencia casi omnipresente en las primeras vidas de estos pacientes. La alta tasa de trauma temprano en sujetos con trastorno límite de la personalidad y la superposición fenomenológica con el trastorno de estrés postraumático (TEPT) han llevado a la hipótesis de que el trastorno límite de la personalidad puede ser un trastorno relacionado con el trauma o una variante de TEPT derivada de trauma en la infancia. Sin embargo, el trauma temprano no se ha examinado sistemáticamente en sujetos con otros trastornos de la personalidad, por lo que no está claro si la asociación con el trauma temprano es exclusiva del trastorno límite de la personalidad.

Se han encontrado altas tasas de trastornos de estrés postraumático comórbido, que van del 26% al 57%, en sujetos con trastorno límite de la personalidad. La comorbilidad podría ser el resultado de una mayor exposición al trauma en pacientes con trastorno límite de la personalidad, ya sea en la infancia o más adelante en la vida. El trauma infantil puede ser un desencadenante focal del Estrés Post-traumático o puede contribuir a un ciclo de revictimización que conduce a un trauma en la edad adulta y al posterior desarrollo de dicho estrés post-traumático. Los sujetos con trastorno límite de la personalidad también pueden estar en mayor riesgo de victimización u otras formas de trauma más adelante en la vida, tal vez como resultado de su impulsividad o relaciones caóticas, lo que indirectamente podría aumentar su riesgo de estrés post-traumático. Las tasas más altas de este trastorno en sujetos con trastorno límite de la personalidad también pueden reflejar una mayor vulnerabilidad a los efectos psicológicos del estrés traumático y una menor capacidad para adaptarse o recuperarse de dichos eventos. La coincidencia también podría reflejar un vínculo intrínseco entre los dos trastornos que no está relacionado con la exposición al trauma, o la coincidencia puede ser simplemente un artefacto de criterios de diagnóstico superpuestos, como la ira y los síntomas disociativos. Sin embargo, dado que las asociaciones de trastorno límite de la personalidad con trauma infantil y trastorno de estrés postraumático no se han estudiado al mismo tiempo, se desconoce la relación de estas variables entre sí y con los eventos traumáticos en la edad adulta.

El objetivo del estudio que resumimos fue examinar la relación entre el trastorno límite de la personalidad y el trastorno de estrés posttraumático con respecto al papel y el momento de la exposición al trauma. Para ello, participaron 180 sujetos con edades comprendidas entre 18 y 66 años, con una edad media de 37 años, siendo todos pacientes ambulatorios con uno o más trastornos de la personalidad, en los que se examinó si el trastorno límite de la personalidad se asociaba con abuso físico, abuso sexual u otros tipos de trauma en la infancia / adolescencia,  si el trastorno límite de la personalidad se asoció con asalto físico, agresión sexual u otras formas de trauma en la adultez, y por último si la prevalencia del trastorno de estrés posttraumático fue mayor en sujetos con trastorno límite de la personalidad.

No se tuvieron en cuenta a sujetos que cumplían los criterios de esquizofrenia u otro trastorno psicótico primario, trastorno bipolar (tipo I), dependencia de sustancias, antecedentes de por vida de uso de drogas intravenosas, abuso de sustancias en los últimos 6 meses o un trastorno médico o neurológico significativo. El trastorno depresivo mayor, la distimia y el trastorno bipolar (tipo II) no fueron diagnósticos de exclusión. Los eventos que ocurrieron a la edad de 18 años se clasificaron como ocurridos durante la infancia / adolescencia, y los que sucedieron después de los 18 años se clasificaron como que ocurren en la edad adulta. Este límite de edad permite examinar por separado los traumatismos que ocurrieron antes o alrededor del momento del desarrollo del trastorno de la personalidad, que por definición tiene su inicio a fines de la adolescencia, de aquellos que claramente ocurrieron después.

Los resultados mostraron que los sujetos con trastorno límite de la personalidad fueron más propensos que aquellos sin trastorno límite de personalidad a cumplir los criterios histriónicos, narcisistas, y antisociales. Los sujetos con trastorno de personalidad paranoide eran más propensos que aquellos sin trastorno de personalidad paranoide a cumplir con los criterios para esquizotípico, narcisista, histriónico, y antisocial. Los sujetos con trastorno de personalidad límite tenían un mayor número de diagnósticos de trastorno de personalidad (distintos del trastorno de personalidad límite) que los sujetos sin trastorno de personalidad límite. Los sujetos con trastorno de personalidad paranoide también tenían un mayor número de trastornos de personalidad (distintos del trastorno de personalidad paranoide) que los sujetos sin trastorno de personalidad paranoide.

En cuanto a los aspectos relativos al trauma en la infancia o la adolescencia, los sujetos con trastorno de personalidad límite tenían tasas significativamente más altas de abuso físico en la infancia / adolescencia que los sujetos sin trastorno límite de la personalidad. Los sujetos con trastorno de personalidad paranoide también tuvieron una tasa significativamente más alta de abuso físico en la infancia / adolescencia que los sujetos sin trastorno de personalidad paranoide. Las asociaciones de abuso físico infantil / adolescente con trastorno límite de la personalidad y con trastorno de personalidad paranoide también se analizaron usando cada uno de los otros diagnósticos de trastorno de la personalidad como covariables adicionales, y los resultados fueron estadísticamente similares.

Los sujetos con trastorno antisocial de la personalidad fueron más propensos que aquellos sin trastorno antisocial de la personalidad a haber sufrido un duelo en la infancia. Ninguno de los otros tipos de trastorno de la personalidad se asoció significativa y positivamente con el abuso sexual, el abuso físico o cualquiera de los otros tipos de trauma en la infancia / adolescencia.

Sobre el trauma en la edad adulta, el trastorno límite de la personalidad no se asoció significativamente con asalto físico, agresión sexual o cualquier otro tipo de trauma en la edad adulta. Los sujetos con trastorno de personalidad paranoide fueron significativamente más propensos que aquellos sin trastorno de personalidad paranoide a haber sufrido un ataque físico en la edad adulta. Las personas con trastorno de personalidad paranoica también tuvieron mayores tasas de accidentes / lesiones que aquellos sin el trastorno, pero estas diferencias no fueron estadísticamente significativas después de controlar los efectos de comparaciones múltiples. Ninguno de los otros tipos de trastorno de la personalidad se asoció significativamente con ningún tipo de trauma en la edad adulta.

Finalmente, los sujetos con trastorno límite de la personalidad tenían una tasa significativamente mayor de trastorno de estrés post-traumático que los sujetos sin trastorno límite de la personalidad (25.0% versus 13.0%). Los sujetos con trastorno de personalidad paranoide también tenían tasas más altas de trastorno de estrés post-traumático que los sujetos sin trastorno de personalidad paranoide (29% versus 12%).

Por tanto, resumiendo, los predictores más fuertes de trastorno de estrés post-traumático fueron asalto en la edad adulta y abuso infantil. Estos hallazgos respaldan la idea de que el abuso infantil es un factor de riesgo para el trastorno de estrés post-traumático, independientemente del tipo de trastorno de personalidad, y puede estar relacionado con el trastorno de estrés post-traumático por varios mecanismos. Además de precipitar directamente el trastorno, el abuso infantil parece aumentar la probabilidad de exposiciones posteriores al trauma y también puede aumentar la probabilidad de desarrollar síntomas posteriores.

¿Qué relación existe entre los comportamientos violentos y los diferentes trastornos de personalidad?. Club Ciencias Forenses

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen de uno de los capítulos de la obra “Association between personality disorder and violent behavior pattern”, de Martins de Barros, y De Pa´dua Serafim, que explica qué asociaciones existen entre el comportamiento violento y los distintos trastornos de personalidad.. 

Muchos estudios han confirmado la asociación entre los trastornos de la personalidad y el comportamiento criminal, mientras que otros han identificado que las personalidades antisociales y limítrofes son fuertes predictores de violencia y agresión, incluso entre los delincuentes. La personalidad antisocial se considera como un trastorno distinto de la psicopatía: el primer diagnóstico tiene en cuenta casi exclusivamente el patrón de conducta antisocial, mientras que el segundo incluye no solo el comportamiento sino la falta de remordimiento, insensibilidad y frialdad de afecto. Sin embargo, ambos se consideran disfunciones correlacionadas, teniendo en cuenta además que una parte de los pacientes antisociales podrían ser psicópatas.

Por otro lado, los pacientes con trastorno límite de personalidad, definidos por DSM-IV como sujetos con ira inapropiada e intensa, o dificultad para controlar la ira y la impulsividad en al menos dos áreas que son potencialmente autolesionantes, también son propensos a participar en la agresión física. Esto debe ser una consecuencia de la impulsividad central de este trastorno, ya que la impulsividad está más asociada con la violencia y la agresión. La cuestión de si existe alguna asociación entre los trastornos de personalidad específicos y los distintos patrones de delitos menores se ha abordado en términos de violencia instrumental y emocional, encontrando que los pacientes antisociales exhiben mucha más violencia instrumental que los pacientes no antisociales. Además, los delincuentes con trastornos antisociales y limítrofes son más agresivos e impulsivos que los delincuentes sin trastornos de la personalidad.

El objetivo del artículo resumido es buscar comportamientos violentos, agresivos y contra la ley en pacientes con trastornos antisociales y de personalidad límite observados en un centro de trastornos de la personalidad, probando si existen diferencias entre los patrones de violencia según a los diagnósticos. Para ello, se facilitaron encuestas a 51 pacientes, 11 con un diagnóstico de trastorno de personalidad antisocial, 19 con trastorno límite de la personalidad y 21 pacientes control con un diagnóstico eje I, atendidos en la misma clínica ambulatoria pero sin trastorno de la personalidad. Solo se consideraron los pacientes que habían sido evaluados utilizando la Entrevista de Estructura para los Trastornos de la Personalidad DSM, una entrevista semiestructurada específica para los trastornos de la personalidad traducida y validada. Se realizaron búsquedas en los registros médicos de los informes de comportamiento violento, agresión o cualquier violación de la ley descrita por los psiquiatras después de los casos. Cualquier forma de estos comportamientos se consideraron válidos, incluso si no existían condenas: con o sin problemas legales, siempre que hubiera una descripción en la historia clínica de que el sujeto había lesionado la integridad física de otros o se había infringido alguna ley, se consideró válido para el estudio.

Se analizaron por tanto los registros médicos de todos los pacientes diagnosticados con trastorno antisocial de la personalidad, resultando en el estudio de 11 pacientes, 10 hombres  y 1 mujer, con una edad media de 25,09 años, donde el 100% había exhibido algún tipo de violencia, agresión u otra violación de la ley. Siete de ellos se dedicaron solo a crímenes contra la propiedad (63.63%), 2 en agresión (18,18%), 1 en homicidio (9.1%) y 1 en robo con homicidio (9.1%). Como grupo de comparación se evaluó aleatoriamente los registros de 19 pacientes con trastorno límite de la personalidad, 12 varones (63,15%) y 7 mujeres (36,85%), con una edad media de 26,31, y encontraron que 11 (57,9%) tenían antecedentes de alguna actividad delictiva : 1 paciente que participó solo en delitos contra la propiedad (5,25%), 7 en agresión o intento de homicidio (36,85%), 3 en ambos (15,8%) y 8 (42,1%) no registraron violencia. Ningún paciente cometió un homicidio. Para el grupo de control, los registros de 21 pacientes sin trastorno de la personalidad de la misma clínica ambulatoria fueron elegidos al azar para el análisis. Encontramos que entre los 21 pacientes (10 hombres, 47.61% y 11 mujeres, 52.39%, con una edad promedio de 43.52 años), 4 de ellos tenían antecedentes de agresión (19%) y 1 de delito contra la propiedad (4.8%), mientras que la gran mayoría no tenía antecedentes de violación de la ley (16 personas, 76,2%) y nadie tenía antecedentes de homicidio. Los tres grupos no son estadísticamente diferentes con respecto al género; con respecto a la edad, los grupos antisociales y limítrofes no son diferentes, pero son ambos más jóvenes que el grupo control.

Cuando se analiza estadísticamente el estilo de violación de la ley, el patrón de comportamiento también difiere entre pacientes antisociales y límites de personalidad. Los pacientes antisociales se dedicaron más a los delitos contra la propiedad que los pacientes límite. Por otro lado, los pacientes límite mostraron una tendencia estadística a participar en más episodios de agresión que los pacientes antisociales. Además, los pacientes antisociales incurren en delitos contra la propiedad más que en la violencia física, mientras que los pacientes límite muestran una tendencia a involucrarse más en delitos menores contra otras personas que en contra de la propiedad.

Se sabe y se concluye por tanto que aunque los trastornos de la personalidad están asociados con la criminalidad o con la violencia y la agresión, el patrón de comportamiento es diferente según el trastorno de la personalidad. La característica central de la personalidad antisocial, principalmente para el subtipo psicópata, puede considerarse la frialdad del temperamento, mientras que para la personalidad límite la impulsividad es central. Si bien la personalidad antisocial se asoció con crímenes contra la propiedad, la personalidad límite tiende a estar asociada con la violencia física y la agresión. Los crímenes contra la propiedad, como los allanamientos en el hogar o el robo con allanamiento de morada, generalmente requieren planificación y deliberación, un patrón que se observa en la violencia instrumental. Sin embargo, la agresión física, principalmente contra conocidos como familiares y amigos, está fuertemente asociada con la impulsividad y los arrebatos, siendo un patrón de violencia emocional.

La influencia familiar en la conducta delictiva. Club de Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen de uno de los capítulos de la obra “The study of offenders: Prison treatment”, de H. Marchiori, que explica que papel tiene la familia en la conducta delictiva. 

A lo largo de la historia se ha intentado explicar qué factores influyen en la conducta criminal. Desde el punto de vista psicológico, se señalan 5 grandes grupos que tratan de explicar el motivo por el que una persona considerada como “normal”, con conocimiento pleno de sus acciones, realiza conductas delictivas.  Una primera hipótesis considera que las conductas criminales son consecuencia de una constitución genética heredada. El segundo gran grupo aborda la conducta criminal desde bases estrictamente psicológicas, basándose en estudios relativos al aprendizaje social del individuo o a la visión cognitiva referente a los procesos de razonamiento que suceden en la mente de los criminales. Un tercer grupo está basado en las teorías del control social en el que la interpretación propia y del resto de sujetos regula el comportamiento criminal (casos de etiquetaje, estigmas sociales, etc). El cuarto grupo explica la criminalidad como una conducta consecuente del fracaso, usando una visión humanista y existencial. Por último, el quinto gran grupo está basado en la teoría motivacional, que explica que los delitos están determinados por una interacción entre el ambiente, la persona y el contexto.

En este último grupo, que explica la conducta criminal como el resultado de la interacción entre el ambiente, la persona y el contexto, se presta una especial atención a la influencia de la familia en la conducta delictiva. Por ello, explicamos a continuación el papel que tiene la familia en la conducta delictiva a partir de uno de los trabajos de H. Marchiori.

La familia es uno de los principales focos de aprendizaje de comportamiento y normas, y si bien una buena educación familiar es la base de un correcto comportamiento, los problemas encontrados en una familia que no es capaz de enseñar los valores correctos de comportamiento pueden quedar reflejados en las personas que viven en ese ambiente.

Sin duda, la familia es uno de los pilares básicos en el desarrollo y crecimiento en una persona, constituye una parte importantísima en el ambiente psicológico del individuo, por ello no podemos dejar de obviarla al hablar de conducta delictiva, pues es, cómo ya, apuntábamos anteriormente, no sólo un foco de aprendizaje de normas y maneras de comportarse, sino que a su vez puede transmitir desestructuración y problemas que quedarán reflejados en quienes viven en ese ambiente.

Del mismo modo que el contexto social en el que se mueve el sujeto (costumbres, tradiciones, actitudes encontradas) influye en su conducta, el ambiente en el hogar (cercanía a los padres, situación económica, situación afectiva…) debe de ser considerada para comprender la conducta delictiva del sujeto.

Así, esta autora realiza una clasificación más allá de la sencilla y clásica división de familias estructuradas y desestructuradas, sino que además clasifica las conexiones existentes entre el tipo de familia y el tipo de delincuente, señalando principalmente seis grupos principales.

El delincuente ladrón, suele responder al perfil de un sujeto cuyo ambiente familiar está marcado por castigos, situaciones traumáticas y ambiente familiar inestable. Puede existir una falta de ciudados por parte de la familia hacia el menor, algo que hace que el sujeto no sienta seguridad ni estabilidad. Estos sujetos comienzan a mostrar conductas antisociales (así como agresiones continuas y problemas escolares) desde una edad temprana. Debido a la falta de correctos valores, estos sujetos inician su carrera delictiva y abandonan el hogar y generalmente los vínculos con la familia. Cuando estos sujetos son arrestados por sus robos, la familia no suele ayudar al interno ni colaborar en el tratamiento penitenciario.

En cuanto al delincuente sexual, su perfil también puede presentar un contexto familiar desestructurado en donde la falta de supervisión y de afecto están presentes.  Tiende a pertenecer a un hogar desintegrado, con una marcada carencia de afecto, de supervisión y cuidados, con unas condiciones en el entorno familiar poco favorables. Son supuestamente estas condiciones soportadas durante la infancia las que harán sentir al individuo confundido en el área sexual. El delincuente sexual muestra dos necesidades fundamentales como son la seguridad y el afecto, y exterioriza hostilidad y resentimiento hacia la autoridad debido a las carencias emocionales de las que ha sido víctima. Ante el delito sexual la familia muestra rechazo y distanciamiento, lo que provoca normalmente que, tras la institucionalización, el delincuente vuelva a delinquir, pues carece del apoyo de un núcleo familiar idóneo que le ayude tanto en su tratamiento como en su recuperación y, posteriormente, le muestre apoyo en su nueva salida.

El tipo de familia que suele rodear al delincuente homicida sin embargo es una familia integrada, que siendo consciente de la desorganización psicológica del sujeto, permanece pasiva. Sin llegar a participar de una forma activa en frenar esa conducta, si muestran apoyo y ayuda al sujeto durante el encarcelamiento, y durante la reintegración social tras ser encarcelado.

En el caso del estafador, encontramos un contexto familiar en el que el sujeto ha sido víctima de una infancia dura o sobreprotegida con una educación estricta y con continuas frustraciones y prohibiciones que condicionan su comportamiento delictivo posterior.

Los delincuentes drogadictos provienen de contextos inestables tanto a nivel familiar, como a nivel laboral y educacional. Existen vínculos enfrentados hacia los miembros de la familia, con la figura de un padre rígido y autoritario y la figura de una madre insegura e inestable. Son las tensiones producidas en el seno de la familia las que son cargadas al sujeto, el cual se refugia en un “nuevo mundo” a través de las drogas como comportamiento destructivo para afrontar la situación familiar.

Existen otros muchos contextos que deben de tenerse en cuenta, no solo el familiar; sin embargo es importante tener en cuenta la influencia de la familia en el comportamiento delictivo o desviado como uno de los primeros factores posibles que puedan explicar determinadas conductas en los individuos.

La relación entre el estrés y los cambios conductuales crónicos.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Stress and disorders of the stress system”, de George P. Chrousos, que explica las consecuencias del estrés agudo y crónico en la sociedad actual más allá de la fátiga y el cambio conductual temporal. 

Todos los organismos vivos mantienen un equilibrio dinámico complejo (lo que se conoce como homeostasis), que se ve desafiado constantemente por efectos adversos internos o externos, denominados factores estresantes. Por lo tanto, el estrés se define como un estado en el que la homeostasis se ve amenazada; la homeostasis se restablece mediante un complejo repertorio de respuestas conductuales y fisiológicas de adaptación del organismo.

Los factores de estrés comprenden una larga lista de fuerzas potencialmente adversas, que pueden ser emocionales o físicas. Tanto la magnitud como la cronicidad de los factores estresantes son importantes. Cuando cualquier estresor excede una cierta severidad o umbral temporal, los sistemas adaptativos homeostáticos del organismo activan respuestas compensatorias que funcionalmente corresponden al estresor. El estrés es una respuesta relativamente estereotípica e innata que ha evolucionado para coordinar la homeostasis y proteger al organismo durante el estrés agudo. Los cambios ocurren en el sistema nervioso central (SNC) y en varios órganos y tejidos periféricos. En el SNC, la respuesta al estrés incluye la facilitación de vías neuronales que sirven para funciones adaptativas agudas y limitadas, como la excitación, la vigilancia y la atención centrada, y la inhibición de las vías neuronales que sirven para funciones agudas no adaptativas, como la alimentación, el crecimiento y la reproducción. Además, los cambios relacionados con el estrés conducen a una mayor oxigenación y nutrición del cerebro, el corazón y los músculos esqueléticos, que son todos los órganos cruciales para la coordinación central de la respuesta al estrés y la reacción de “lucha o huida”. Sin embargo en ocasiones el manejo del estrés no es correcto y puede producir problemas, por ejemplo, tanto las reacciones defectuosas como excesivas al miedo implican una menor capacidad de supervivencia del individuo y la especie. Por lo tanto, tanto los sujetos intrépidos y desinhibidos como los sujetos temerosos y excesivamente inhibidos tienen mayores riesgos de morbilidad y mortalidad, el primero como resultado de la subestimación del peligro, el último como resultado de una menor integración social. La interacción entre los factores estresantes perturbadores de la homeostasis y las respuestas adaptativas del órgano apoyadas por la resistencia nerviosa puede tener tres posibles resultados. Primero, el emparejamiento puede ser perfecto y el organismo regresa a su homeostasis basal; segundo, la respuesta adaptativa puede ser inapropiada (por ejemplo, inadecuada, excesiva y / o prolongada) y el organismo cae en el denominado estado de cacosis; y, en tercer lugar, el emparejamiento puede ser perfecto y el órgano se beneficia de la experiencia y se logra una nueva capacidad mejorada, entendido como “hiperstasis”’.

Como hemos dicho, la actividad basal inadecuada tanto en términos de magnitud como de duración, pueden perjudicar el crecimiento, desarrollo y composición corporal, y pueden ser responsables de muchos trastornos conductuales, endocrinos, metabólicos, cardiovasculares, autoinmunes, etc. El desarrollo y la gravedad de estas afecciones dependen de su exposición a los factores estresantes durante los “períodos críticos” de desarrollo, la presencia de factores ambientales adversos o protectores simultáneos, y el momento oportuno, magnitud y duración del estrés. El desarrollo prenatal, la infancia, la infancia y la adolescencia son tiempos de mayor vulnerabilidad a los factores estresantes. La presencia de factores estresantes durante estos períodos críticos puede tener efectos prolongados, como una cacostasis sostenida que puede durar toda la vida de un individuo. A través de sus mediadores, el estrés puede conducir a condiciones patológicas, físicas y mentales agudas o crónicas en individuos con antecedentes genéticos o constitucionales vulnerables. El estrés agudo puede desencadenar ataques de pánico y episodios psicóticos, y el estrés crónico puede causar manifestaciones comportamentales y / o neuropsiquiátricas (ansiedad, depresión, disfunción ejecutiva y cognitiva, etc) como resultado de la activación continua o intermitente de los síndromes de estrés y enfermedad y de la secreción prolongada de sus mediadores.

Estos mediadores también suprimen el sistema de sueño, que causa insomnio, pérdida de sueño y somnolencia diurna, y los sistemas ejecutivo y cognitivo también funcionan mal como resultado de la activación prolongada y crónica de los síndromes de estrés y enfermedad, y las personas pueden realizar y planificar de manera no óptima y tomar y seguir decisiones equivocadas. Se inicia y sostiene un círculo vicioso, en el que la inadaptación conductual conduce a problemas psicosociales en la familia, el grupo de iguales, el colegio o el trabajo, que mantienen o causan más cambios de mediadores y producen el desajuste conductual. El cerebro joven y en desarrollo es particularmente vulnerable, ya que carece de experiencias útiles previas a las que recurrir. Las consecuencias somáticas de la activación continua o intermitente de los síndromes de estrés y enfermedad pueden ser igualmente devastadoras (o incluso peores) que sus consecuencias conductuales. Por ejemplo, en niños en desarrollo, el crecimiento puede ser suprimido como resultado de un eje hipotético de crecimiento hipo funcional; en los adultos, el hipogonadismo inducido por estrés puede manifestarse como pérdida de la libido o como hipofertilidad, y la hiperactividad del sistema simpático puede conducir a la hipertensión esencial.

En las sociedades modernas, el estilo de vida ha cambiado dramáticamente desde el pasado. El estrés es omnipresente y universalmente penetrante; en la vida moderna, las estadísticas muestran los poderosos efectos del estrés temprano en la vida, el estrés crónico simultáneo y el estatus socioeconómico tanto en la morbilidad como en la mortalidad de las enfermedades crónicas. Sabiendo por tanto los efectos negativos del estrés tanto en nuestra salud como en nuestro comportamiento, y conociendo que estas modificaciones conductuales pueden resultar crónicas y generarse desde la infancia, se debe de tomar como factor de riesgo conductual el estrés al que puede haber estado sometido el sujeto estudiado, y no se debe de olvidar por tanto que la actividad basal óptima y la capacidad de respuesta del sistema de estrés son esenciales para una sensación de bienestar, para la correcta realización de tareas, y para las interacciones sociales apropiadas. Por el contrario, la actividad basal excesiva o inadecuada y la capacidad de respuesta de este sistema pueden perjudicar el desarrollo, el crecimiento y la composición corporal, y conducir a una serie de condiciones patológicas conductuales y somáticas que impidan un correcto desarrollo e integración social.

¿Qué relación existe entre los rasgos psicopáticos y el racismo? (II) Resultados de la investigación

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos la segunda parten del artículo “Is There a Relationship Between Psychopathic Traits and Racism?”, de los autores Kaine Grigg y Lenore Manderson, que realizan una investigación sobre la relación existente entre los rasgos psicopáticos y el racismo. 

Para la presente investigación, los participantes adolescentes y adultos (individuos de 15 años o más) fueron escogidos de toda Australia a través de periódicos, radio y publicidad online. La gran mayoría de las respuestas se obtuvieron de una base de datos de encuestas online, en las que las encuestas tomaron aproximadamente 15 minutos en completarse. Los datos fueron examinados en su totalidad y divididos por adolescentes de 15-20 años y adultos mayores de 21 años para explorar la consistencia de los hallazgos en múltiples grupos de edad. Los datos también se dividieron por el historial de delitos para explorar la coherencia de la medida, con un individuo clasificado como un delito si han sido acusados de un delito.

Se utilizó un cuestionario demográfico para recopilar información demográfica general y detalles del historial de ofensas de los participantes. Los encuestados completaron la versión de 40 ítems de RACES, un instrumento desarrollado para explorar actitudes relacionadas con la raza en Australia. RACES consta de tres subescalas independientes: “Escala de Actitud Racista” (RAS), una escala de 8 elementos de actitudes racistas; “Aceptación de la Escala de Actitudes” (AAS), una escala de actitudes de 12 ítems que refleja el respaldo de los grupos externos; y la “Escala de Actitudes Etnocéntricas” (EAS), una escala de actitudes de 4 ítems que refleja el favoritismo dentro del grupo. Se responde a los elementos en una escala tipo Likert de cinco puntos que va desde “Muy en desacuerdo” a “Muy de acuerdo”.Se sabe además que RACES es internamente consistente, posee validez factorial, constructiva, discriminante y convergente en niños, adolescentes y adultos, y confiabilidad test-retest en niños. Además de RACES, se administró a los participantes la “Encuesta de Racismo” (DG), un instrumento de 10 ítems diseñado para medir actitudes racistas explícitas en Australia. En este instrumento, los ítems se responden de nuevo en una escala tipo Likert de cinco puntos con la mitad del puntaje invertido, por lo que los puntajes más altos indican niveles más altos de actitudes racistas. Aunque no se ha validado a través de investigaciones empíricas, es la única medida australiana existente de actitudes racistas no específicas de un solo grupo y se ha utilizado a nivel nacional. Por lo tanto, era apropiado para fines comparativos.

La deseabilidad social es especialmente preocupante cuando se miden temas sensibles, potencialmente incómodos o que provocan ansiedad, como los relacionados con el racismo. Una versión de 10 elementos de la Escala de Deseabilidad Social de Marlowe-Crowne (MCSDS), modificada previamente para su uso con jóvenes australianos y que se demostró que es particularmente útil, fue incluido para este propósito. Los ítems de MCSDS también se responden en una escala tipo Likert de cinco puntos con media puntuación inversa, por lo que los puntajes más altos indican niveles más altos de respuestas socialmente deseables. El MCSDS es internamente consistente y posee una validez convergente adecuada. También se utilizó el Inventario de temperamento de Minnesota, una medida basada en la investigación de 19 ítems de rasgos de personalidad psicopática de adolescentes y adultos. El instrumento mide la falta de empatía y remordimiento, emociones superficiales, egocentrismo y engaño, y puede considerarse una medida de los rasgos de personalidad psicópata, ya que se centra en los componentes psicológicos del constructo y omite en gran medida los aspectos conductuales. Se responde a los elementos en una escala tipo Likert de cuatro puntos que va desde “Esto no es cierto para mí” hasta “Esto es muy cierto para mí”; los puntajes más altos en todos los ítems indican niveles más altos de rasgos psicópatas.

Los resultados mostraron lo siguiente. Hubo una fuerte consistencia de las relaciones entre las variables medidas entre los participantes con y sin historial de ofensas. Dado el vínculo establecido entre la educación y el comportamiento delictivo, se esperaría que los participantes con antecedentes penales tuvieran niveles de educación más bajos. Tomando en cuenta esta expectativa además de las relaciones establecidas entre educación y actitudes racistas, la consistencia de las relaciones entre los participantes con y sin una historia de ofensa fue sorprendente. Las relaciones observadas reflejaron la misma dirección para todas las variables, aunque fueron mucho más fuertes para los participantes con un historial de ofensa. La consistencia de los hallazgos en cada medida sugiere que el tamaño de muestra limitado puede haber contribuido a los resultados no significativos y, por lo tanto, los resultados no son incompatibles con la validez discriminante de RACES. Aunque descriptivamente los resultados indican que no puede haber diferencia en actitudes de aceptación o rasgos psicópatas para individuos con y sin historial de ofensa, debido al tamaño de muestra limitado de los participantes con un historial de ofensa (1) no se pueden sacar conclusiones firmes de estos resultados; (2) muchas de las relaciones observadas no fueron significativas para los participantes con un historial de ofensa; y (3) los resultados para los participantes con un historial de ofensa tienen una generalización limitada. Las limitaciones de los datos del historial de ofensas se destacaron específicamente por los elementos de configuración amplios, lo que indica la imprecisión de los análisis y resalta la necesidad de replicación con una variabilidad disminuida.

Los resultados de la investigación actual proporcionan un fuerte apoyo para la existencia de una relación entre la psicopatía y las actitudes racistas y proporcionan evidencia de validez adicional para RACES como una medida efectiva de las actitudes racistas en Australia. Es importante que el enlace establecido se confirme en muestras alternativas de la comunidad en todo el mundo, para garantizar que los resultados sean generalizables y no puramente un artefacto de la población australiana. Además, la evaluación de la relación entre el racismo y los rasgos de personalidad psicópata en las poblaciones encarceladas también es vital para avanzar en la comprensión de las similitudes y / o diferencias en cómo la psicopatía y el racismo se presentan y se relacionan entre las poblaciones comunitarias y las no comunitarias. Con respecto a la práctica informativa, los resultados sugieren que puede ser necesaria una reconsideración de la formación de la personalidad de las personas consideradas con actitudes racistas.

La psicopatía y el racismo son problemas sociales omnipresentes que tienen el potencial de afectar negativamente a toda la comunidad. La psicopatía está relacionada con una gama de comportamientos antisociales violentos y no violentos y con conductas de alto riesgo. Del mismo modo, el racismo se relaciona con los resultados negativos de salud mental, los resultados fisiológicos más pobres y la psicopatología general. Se informa que las tasas de psicopatía en las poblaciones encarceladas de todo el mundo son de hasta el 73%. Aunque es relativamente raro en la comunidad, con una prevalencia estimada en menos del 1% en la población general, se asocia con una variedad de resultados negativos como comportamiento ofensivo, falta de vivienda y hospitalización psiquiátrica. En contraste, el racismo en Australia prevalece ampliamente en la comunidad, con índices de hasta el 97% de los australianos indígenas que informan haber sido víctimas del racismo. Además, el trabajo sobre la geografía del racismo sugiere que la gran mayoría de los australianos tienen algunas creencias o actitudes que podrían considerarse racistas. Independientemente de las diferencias en prevalencia y resultados, ambos son problemas que son perjudiciales para la sociedad. Además, las similitudes en el desarrollo de ambos problemas sugieren que es importante investigar cómo interactúan los dos constructos. Los datos presentados aquí proporcionaron el primer examen de la relación entre los rasgos de personalidad psicópata y las actitudes racistas, lo que demuestra un fuerte vínculo entre los dos constructos. Los resultados también proporcionaron pruebas sólidas adicionales para la validez de constructo y la validez convergente de la escala total y las subescalas de RACES, y proporcionaron evidencia tenue para la validez discriminante, con los hallazgos que demuestran las relaciones esperadas para la escala total de RACES y las subescalas. Esto incluye las relaciones entre la escala total de RACES y las subescalas; entre la escala total de RACES y las subescalas y una encuesta existente de actitudes racistas; y entre la escala total de RACES y las subescalas y una medida de los rasgos psicopáticos. Estos hallazgos también refuerzan el impacto potencial de la respuesta socialmente deseable en diversas medidas de actitud, incluidas las actitudes racistas y los rasgos de personalidad psicopática. Es importante destacar que se encontraron resultados similares en personas con y sin historial de delitos y entre grupos de edad

Hasta la fecha, se han llevado a cabo pocos exámenes de actitudes racistas y comportamientos ofensivos, y la mayoría explora el posible racismo sistémico que subyace a las tasas más altas de criminalidad en las poblaciones minoritarias. Sin embargo, se esperaría que se relacionen comportamientos ofensivos y comportamientos racistas, ambos comportamientos antisociales con actitudes antisociales subyacentes que potencialmente comparten vías de desarrollo. Los hallazgos de investigaciones previas que demuestran relaciones entre actitudes racistas, problemas de conducta y, de manera opuesta, comportamientos pro-sociales, además de la presente investigación que demuestra relaciones entre actitudes racistas y rasgos de personalidad psicopáticos, respaldan esta expectativa . Sería interesante evaluar el valor de las intervenciones generalizadas que intentan mejorar las conductas pro-sociales al tiempo que abordan el comportamiento ofensivo problemático en la reducción de los niveles de actitudes, creencias y comportamientos racistas.

La intervención temprana para limitar el desarrollo de rasgos de personalidad indeseables que fomentan actitudes racistas posteriores (por ejemplo, falta de empatía) es esencial. Abordar y mejorar los niveles de empatía actualmente se considera central para los programas efectivos contra el racismo, pero la presente investigación subraya la importancia de explorar otros componentes del desarrollo moral temprano más ampliamente. Por ejemplo, aumentar el desarrollo moral mientras se desaprueba el comportamiento antisocial, la criminalidad y la violencia en general, puede ser útil para reducir el cultivo y la perpetuación de las actitudes racistas. Los resultados brindan un impulso para futuros trabajos sobre el racismo y la psicopatía y resaltan el potencial de los conocimientos existentes sobre el manejo de ambos constructos para ser integrados a fin de fortalecer las intervenciones para reducir los impactos negativos de cada uno. Las investigaciones futuras pueden descubrir un área de investigación interesante y potencialmente decisiva que conduzca a la reducción simultánea del racismo, la psicopatía y el comportamiento ofensivo. Combinar los recursos destinados a investigar el racismo y los rasgos de personalidad psicópata para avanzar en los programas y abordar eficazmente el desarrollo de ambos temas sería de gran beneficio para la sociedad.

¿Qué relación existe entre los rasgos psicopáticos y el racismo? Un enfoque teórico. Club Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Is There a Relationship Between Psychopathic Traits and Racism?”, de los autores Kaine Grigg y Lenore Manderson, que exponen, desde un punto de vista teórico , y posteriormente a través de una investigación, la relación existente entre los rasgos psicopáticos y el racismo. En esta primera publicación resumiremos los aspectos teóricos, centrándonos en los resultados de la investigación en el próximo artículo.

La psicopatía tiene una larga historia tanto en la investigación de la psicología forense criminal como en la práctica clínica, con una amplia gama de actitudes y comportamientos antisociales que coexisten regularmente con la psicopatía. Las actitudes racistas se consideran antisociales y comparten muchas similitudes con los rasgos de personalidad psicopáticos, incluso en su desarrollo y su manifestación. Tanto la psicopatía como el racismo tienen impactos perjudiciales significativos y penetrantes en la sociedad; mejorar la comprensión de cada construcción y las posibles formas de reducir su impacto social, por lo tanto, sería útil.

Las características distintivas de la psicopatía incluyen encanto superficial y egocentrismo, las características afectivas incluyen niveles superficiales e impredecibles de emoción y deficiencias en la culpa, empatía y remordimiento, y las características conductuales incluyen la participación en actividades erráticas, negligentes, de riesgo y de búsqueda de sensaciones que violan las normas sociales y legales, asi como una incapacidad para mantener relaciones a largo plazo y la explotación indiferente y deliberada de otros. Los investigadores además han relacionado la psicopatía con un rango de comportamiento antisocial violento y no violento y con conductas de alto riesgo.

En cuanto a la estabilidad de la psicopatía, la investigación empírica sugiere que la psicopatía en la infancia y la adolescencia es igualmente estable y se presenta de manera similar a la psicopatía en la edad adulta, y que las características de la psicopatía adolescente muestran una estabilidad moderada de los componentes afectivos, incluida la falta de empatía y remordimiento, emociones superficiales, egocentrismo y engaño a lo largo de la transición de la adolescencia a la adultez. Esta constancia sugiere que la psicopatía infantil puede convertirse en un factor estable y duradero de rasgos de personalidad.

El desarrollo de la psicopatía se ha relacionado con los déficits individuales en características como el temperamento y la inhibición conductual, el desarrollo moral y emocional, el procesamiento sociocognitivo y la disfunción emocional y cognitiva general, por ello es esencial comprender cómo se nutren tales características. Dichos déficits se ven considerablemente afectados por la crianza de los hijos, lo que sugiere posibles asociaciones entre el desarrollo de la psicopatía y una gama de variables parentales pobres. Apoyando esta proposición, niveles más altos de síntomas de Trastorno de Personalidad Antisocial, que abarcan rasgos psicopáticos, han sido vinculados a una gran cantidad de variables parentales que incluyen maltrato infantil, menores niveles de cuidado paterno y materno, mal vínculo parental, y abusos físicos, psicológicos o sexuales.

Pues bien, el desarrollo de actitudes racistas ha sido explorado de manera similar. Investigaciones recientes propusieron que tanto el racismo como el sexismo son dos formas interrelacionadas de actitudes discriminatorias vinculadas a través de creencias de jerarquías sociales, que pueden ser atribuibles a los rasgos subyacentes de la personalidad. Por ello, similar al cultivo de la psicopatía, también se han establecido vínculos entre la crianza estricta y rígida, el desarrollo de la personalidad y las consecuentes actitudes racistas. No es sorprendente que comportamientos y actitudes indeseables como el racismo se desarrollen en niños que experimentan una crianza negativa, dado el significativo poder del rechazo y aceptación de los padres al moldear nuestras personalidades como niños y adultos, aunque el enfoque en la crianza autoritaria como la causa de las actitudes racistas en los niños ha sido reemplazado por una mayor comprensión sociocognitiva.

En contraste, la crianza positiva, que incluye el uso de técnicas de empatía, parece disminuir los comportamientos antisociales y limitar el desarrollo de los rasgos de personalidad psicópata y las actitudes racistas. De manera similar, los niveles de empatía parecen estar relacionados con las actitudes racistas y son un moderador importante de tales actitudes. Como la empatía es un antecedente clave del comportamiento prosocial y del desarrollo moral, estos vínculos son aún más importantes en una investigación de actitudes racistas y rasgos de personalidad psicopática. Además, el desarrollo del comportamiento intimidatorio se ha relacionado con el comportamiento antisocial posterior, la criminalidad y la violencia, lo que podría incluir el desarrollo de actitudes racistas y rasgos de personalidad psicopática.

Debido a los vínculos inversos entre la empatía y los problemas de conducta, las actitudes racistas y los rasgos psicopáticos, así como las similitudes en los caminos del desarrollo del racismo y la psicopatía, se esperaría una relación entre los rasgos psicópatas y las actitudes racistas. Los fuertes vínculos entre la psicopatía y varias conductas antisociales violentas y no violentas añaden más peso a esta idea, pero aún no se han realizado investigaciones que exploren esta relación propuesta.

Para poder demostrar de un modo empírico esta relación entre los rasgos psicopáticos y el racismo, los autores Kaine Grigg y Lenore Manderson realizaron una investigación con 402 participantes cuyo objetivo principal fue examinar la relación explicada anteriormente, y cuyo objetivo secundario fue explorar la consistencia de esta relación entre adolescentes y adultos. La metodología, resultados y conclusiones podrán consultarse en el siguiente artículo del Club Forenses.

Estilos interpersonales entre negociadores de crisis y pacientes forenses hospitalizados. Club Forenses

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The Interpersonal Style and Complementarity Between Crisis Negotiators and Forensic Inpatients”, de los autores Lindsay H. Dewa, Carol A. Ireland y Neil Gredecki, que exponen la influencia del estilo interpersonal y complementariedad entre los negociadores de crisis y los pacientes forenses hospitalizados.

Un negociador de crisis intenta resolver un incidente crítico mediante la negociación con una persona o grupo de personas en crisis. El propósito de la investigación que resumimos a continuación fue establecer el estilo interpersonal de los negociadores de crisis y la interacción interpersonal entre ellos y pacientes hospitalizados forenses.

La negociación de crisis se ha utilizado como la principal táctica para intervenir y resolver incidentes críticos en todo el mundo. En situaciones de crisis, como la toma de rehenes, el enfoque principal de un negociador de crisis es determinar un resultado seguro para todos los involucrados. Se entiende por tanto que una comunicación efectiva y correcta es uno de los componentes más importantes para lograrlo, y que se puede lograr una comunicación efectiva como resultado de una correspondencia complementaria entre el estilo interpersonal del negociador y el del perpetrador.

Un incidente crítico puede definirse como un “evento significativo que interrumpe negativamente las funciones de la vida cotidiana y que requiere la atención y la experiencia de aquellos que están especialmente capacitados para manejar estos eventos” (Vecchi). Los incidentes críticos suelen provenir de individuos con altos niveles emocionales y se manejan a través de la facilitación de la negociación de crisis utilizando estrategias de comunicación verbal. Los incidentes críticos que involucran al negociador y perpetrador de la crisis pueden definirse bajo dos términos separados: ‘conflicto alto’, donde el perpetrador involucrado es de una mente racional y usualmente tiene un objetivo claro o un resultado para obtener de la situación; o “situación de crisis”, donde el individuo es irracional y no tiene intención de resolver la situación. Al aplicar esto al desorden mental, la comunicación efectiva es uno de los componentes más importantes para lograr un resultado seguro tanto para el negociador de crisis como para el perpetrador mentalmente desordenado. Pero, ¿qué sucede cuando los negociadores de crisis deben tratar con delincuentes con trastornos mentales?

Este estudio de investigación intenta investigar la relación interpersonal entre el negociador y el paciente forense con trastorno de personalidad en un entorno seguro (hospital), y busca determinar el estilo interpersonal del negociador de crisis y si es diferente del estilo interpersonal del personal clínico.

Para comprobarlo, participaron un total de 90 personas en el estudio. El estudio seleccionó a 31 negociadores entrenados en crisis que trabajan en un hospital forense de alta seguridad y 32 empleados no clínicos del mismo hospital. Además, 27 estudiantes de psicología de pregrado fueron seleccionados al azar de una sala de conferencias al solicitar informalmente voluntarios para completar el proyecto de investigación. A los tres grupos (n = 90) se les dieron ocho viñetas que detallaban diferentes estilos interpersonales. Las viñetas solo difieren en el estilo interpersonal del paciente: dominante, dominante hostil, hostil, sumiso-hostil, sumiso, amistoso-sumiso, amistoso, y amistoso-dominante.

Se pidió a los participantes que estudiasen ocho viñetas que describen un estilo interpersonal de un paciente involucrado en un incidente de rehenes, basado en las definiciones interpersonales de sumiso, amistoso-sumiso, hostil, hostil, amistoso, dominante, hostil-dominante y amistoso-dominante. Se evaluó la percepción de la capacidad de trabajar con el paciente mostrando las posibles respuestas en una escala de Likert de siete puntos que va desde extremadamente difícil (1) a extremadamente fácil (7).

Un ejemplo de la viñeta dominante para el estudio es la siguiente: El paciente A es un paciente forense que reside en un hospital seguro. Actualmente está involucrado en un incidente de crisis (por ejemplo, toma de rehenes / situación de barricada). El paciente A es autosuficiente, permanece tranquilo, se afirma a sí mismo, persuade a los demás, se hace cargo, instruye y da consejos, y defiende a los demás. “¿Qué tan fácil es trabajar con este paciente involucrado en un incidente de crisis?” Esto se repitió para los ocho estilos interpersonales.

Los resultado mostraron que la diferencia entre los grupos (negociadores de crisis, trabajadores clínicos y estudiantes) en estilos interpersonales dominantes, hostil dominante, hostil, hostil-sumisa y amigable-dominante no fue significativa. Sin embargo, se mostraron diferencias estadísticamente significativas en el estilo interpersonal sumiso en los tres grupos participantes; los estudiantes fueron más sumisos que los trabajadores clínicos o los negociadores de crisis. También existió una diferencia estadísticamente significativa al tener un estilo interpersonal amistoso-sumiso entre grupos entrenados y no entrenados, demostrando que era estadísticamente más probable que los negociadores de crisis tuvieran un estilo interpersonal amistoso y sumiso. Un análisis de una vía de la varianza mostró que la diferencia entre los participantes con un estilo interpersonal dominante y los pacientes forenses con un estilo interpersonal sumiso no fue significativa, y asimismo un análisis de varianza de otra vía mostró que no hubo diferencias significativas entre los participantes con estilo interpersonal sumiso y el estilo interpersonal de pacientes hospitalizados forenses dominantes, indicando así que los participantes dominantes no eran optimistas sobre el trabajo con pacientes forenses sumisos.

También se planteó la hipótesis de que los participantes con un estilo interpersonal amistoso serían más optimistas sobre el trabajo con pacientes internos forenses con un estilo interpersonal amigable. Se realizó un análisis de varianza de una vía que muestra que hubo una diferencia no significativa entre los participantes con un estilo interpersonal amistoso y los pacientes forenses con un estilo interpersonal amistoso, mostrando así que los participantes amigables no eran optimistas sobre el trabajo con pacientes forenses amistosos. En cuanto a los negociadores de crisis, un análisis de varianza de una vía mostró que la perspectiva de los negociadores de crisis con un estilo interpersonal sumiso que trabaja con pacientes forenses con un estilo interpersonal dominante no fue significativamente optimista, al igual que de la forma contraria el análisis de varianza de otra vía reveló que los negociadores de crisis con un estilo interpersonal dominante no informaron percepciones significativamente más optimistas sobre el trabajo con pacientes forenses con un estilo interpersonal sumiso.

Resumimos por tanto de estos resultados que el estilo interpersonal sumiso demostró una diferencia entre los negociadores de crisis, los trabajadores clínicos y los estudiantes. El estilo interpersonal amistoso-sumiso fue diferente en los tres grupos participantes, mientras que los estilos interpersonales restantes no fueron significativamente diferentes entre los grupos. El entrenamiento en la negociación de crisis fue predictivo para tener un estilo interpersonal amistoso y sumiso en comparación con los grupos no entrenados. El análisis posterior reveló que los individuos dominantes no mostraron juicios positivos al trabajar con pacientes forenses forenses sumisos. Del mismo modo, las personas sumisas no eran optimistas sobre el trabajo con pacientes forenses dominantes.

Los negociadores de crisis dominantes eran más optimistas sobre el trabajo con pacientes forenses con un estilo interpersonal dominante, mientras que los estilos amistosos y hostiles no mostraron una complementariedad con los estilos interpersonales correspondientes de los pacientes forenses hospitalizados. Todos los participantes eran más optimistas acerca de trabajar con pacientes forenses con un estilo interpersonal amigable que cualquier otro estilo, incluido el hostil.

La investigación muestra que la amabilidad es común en todos los individuos y con frecuencia sucede independientemente del estilo interpersonal de la otra persona. Es probable que la razón de que no haya una complementariedad correspondiente entre el estilo interpersonal hostil, y el estilo interpersonal amistoso, sea que se observó que la amabilidad era más prominente que la hostilidad. Esto indica que los participantes que mostraron un estilo interpersonal amistoso fueron amables independientemente del estilo interpersonal del paciente forense. En consecuencia, controlar la amabilidad puede hacer que la influencia de la complementariedad sea más visible. El estudio actual encontró que los negociadores entrenados en crisis son más propensos a tener un estilo interpersonal amigable en comparación con los otros estilos; sin embargo, los negociadores de crisis tenían aún más probabilidades de tener un estilo interpersonal amistoso-sumiso que los otros participantes, lo que estaba de acuerdo con la hipótesis original. Sin embargo, los trabajadores clínicos y los estudiantes también eran más propensos a tener un estilo interpersonal amistoso y amistoso-sumiso que cualquier otro estilo interpersonal.

En cuanto al optimismo, los participantes en general fueron más optimistas acerca de trabajar con pacientes forenses con un estilo interpersonal sumiso que con estilo dominante. Sin embargo, se produjo un resultado inesperado que desafió la teoría de la complementariedad. Los negociadores dominantes de crisis se mostraron optimistas acerca de trabajar con pacientes forenses con un estilo interpersonal dominante determinado por las definiciones de estilo interpersonal. Este resultado fue en contra de la teoría de la complementariedad; en su lugar, apoyó la hipótesis de “similitud” con énfasis específico en cómo los individuos con la misma personalidad “gustan” a individuos con las mismas características que ellos. Es posible, por lo tanto, que contrariamente a la visión de complementariedad de que los negociadores de crisis con un estilo interpersonal dominante sean más optimistas sobre trabajar con pacientes forense con un estilo interpersonal sumiso, los negociadores de crisis dominantes sean más optimistas sobre el trabajo con pacientes forenses dominantes.

De todos modos, hay que tener en cuenta que este ha sido el único estudio encontrado referente al estilo interpersonal, la interacción y la complementariedad de los negociadores de crisis y los pacientes forenses hospitalizados. Por lo tanto, los resultados de este estudio son exclusivos de la investigación actual y en función de 90 resultados, lo que si bien puede servir de referencia, sigue resultando una muestra pequeña. Una investigación con una muestra mayor podría ser útil para comprobar si es recomendable o no emparejar estilos interpersonales similares (negociador-sujeto problemático) para determinar el resultado más seguro en una situación de crisis. En general, se requiere más investigación para apoyar o negar la teoría de la complementariedad y la hipótesis de “similitud”.

No debemos de olvidar que con independencia del estilo interpersonal, todo negociador de situaciones en crisis debe de ser formado correctamente, siendo posible formarse, por ejemplo, a través del Máster Online de Perfilación de Personalidad y Negociación de Behavior & Law.

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