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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Cyber terrorism and public support for retaliation – a multi-country survey experiment”, de Shandler, R.; Gross, M. L.; Backhaus, S. y Canetti, D. (2021), en el que los autores realizan un estudio en diferentes países para saber cómo cambia la opinión política de las personas cuando se les informa de ataques ciberterroristas en comparación con el terrorismo convencional. 

Aquellos que se dedican a la ciberseguridad han advertido durante mucho tiempo sobre la creciente amenaza que representa el ciberterrorismo

En los últimos años, tras una serie de informes sobre ciberataques de última generación que causan destrucción palpable en el mundo, parece ser que por fin nos lo estamos tomando en serio. 

De hecho, los expertos en terrorismo ya utilizan el término “kinetic cyber”, que sería la capacidad de usar ciberataques para conseguir efectos cinéticos. 

Hay quienes cuestionan la importancia del ciberterrorismo, alegando que se hiperbolizan sus efectos; sin embargo, cada vez hay más pruebas de que las organizaciones terroristas utilizan herramientas informáticas para lanzar ataques que con el tiempo se van sofisticando. Esto provoca que el público sienta cada vez más inseguridad por la capacidad destructiva del ciberterrorismo. 

Además, plantea nuevas preguntas significativas para las ciencias políticas, que probablemente se vuelvan cada vez más relevantes. Por ejemplo: ¿cómo afecta a las preferencias políticas de la población la exposición a los ciberataques? ¿Mediante qué mecanismo la exposición a los ciberataques produce cambios en estas preferencias? ¿Y en qué difiere esto de los cambios derivados del terrorismo convencional? 

Una idea es que el ciberterrorismo pueda provocar una respuesta política más débil, debido a la falta de historial de consecuencias fatales que tiene. Esto es parte de lo que este estudio aborda, pero antes, ahondemos un poco más en estas cuestiones. 

Durante décadas de investigación se ha intentado identificar minuciosamente cómo la exposición a la violencia política en general, y al terrorismo en particular, determina las preferencias y comportamientos políticos de la población. 

La exposición al terrorismo convencional socava la sensación de seguridad y aumenta los sentimientos de vulnerabilidad de las personas, fomenta una visión amenazante del mundo y aumenta el apoyo a las políticas duras, además de conducir a un aumento de las demandas de los gobiernos para que emprendan fuertes acciones contra los grupos terroristas. 

Todos estos comportamientos se reflejan en la tendencia a desarrollar sentimientos externos negativos y conductas políticas inclinadas a la derecha. 

Una diferencia entre el ciberterrorismo y el terrorismo convencional, es que el primero no ha amenazado hasta ahora la seguridad física de los civiles, y la letalidad percibida es fundamental para comprender el impacto del ataque terrorista.

Por otro lado, un estudio reciente menciona que, en una encuesta de 2019, los participantes que manifestaron ira tras el ataque terrorista eran los más partidarios de tomar represalias activas contra los terroristas, como, por ejemplo, ataques con drones. 

Para analizar estas cuestiones se realizó una gran encuesta, con más de 1.800 participantes de Estados Unidos, Reino Unido e Israel. Se les hizo ver una serie de vídeos, pertenecientes a diferentes categorías: ciberterrorismo con consecuencias mortales, terrorismo convencional con consecuencias mortales, ciberterrorismo no mortal y terrorismo convencional no mortal. 

Parece ser que los civiles responden políticamente al ciberterrorismo con la misma intensidad que al terrorismo convencional sólo cuando éste tiene consecuencias mortales. La distinción entre ataques fatales y no fatales sería lo que definiría el impacto político en la población. 

Por otro lado, los ciberataques y el terrorismo convencional operarían a través de un mecanismo psicológico similar, donde la ira sería un elemento mediador. 

Si bien algunas investigaciones empíricas han comenzado ya a examinar cómo se forman las preferencias políticas cuando se desconoce quién comete los ciberataques, los autores animan a que se realicen investigaciones adicionales centradas en este tema.

Además, la investigación reciente indica que los discursos públicos de los líderes pueden tener un efecto significativo en los niveles públicos de ira, por lo que también recomiendan ahondar en ello. 

Una última revelación de los datos fueron los efectos específicos de cada país. Los encuestados estadounidenses mostraron una variación muy pequeña en la intensidad de la ira y las actitudes de represalia entre uno y otro tipo de terrorismo, mientras que en Reino Unido e Israel los sentimientos están algo más polarizados.

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Amigos del club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Criminal investigation and Criminal intelligence: Example of Adaptation in the Prevention and Repression of Cybercrime”, de Jerome, B. (2020), en el que el autor hace una revisión de cómo la investigación y la inteligencia criminal pueden ayudar en la prevención de la ciberdelincuencia.

Con el avance de las tecnologías en los últimos años nos encontramos en un contexto de digitalización de las actividades delictivas, que cada vez se perpetran con más frecuencia por internet.

Por ello, se plantea cada vez más la cuestión de cuáles son los medios más adecuados para prevenir y luchar contra este tipo de delitos, prácticamente nuevos.

Gracias al desarrollo de la nueva criminología, ha ido surgiendo una sociedad que está basada en la prevención de riesgos. Esto significa que, con el tiempo, hemos pasado de estar enfocados en la justicia penal que llega después del delito, a estarlo en el ámbito de mejora de la seguridad, de forma que podamos anticiparnos a la delincuencia.

Dicho de otra manera, cada vez nos centramos más, en esta sociedad del riesgo, en controlar el presente y el futuro, dejando de concentrar nuestras energías y recursos en resolver situaciones pasadas.

Cobran especial importancia entonces los conceptos de investigación e inteligencia criminales.

La investigación, desde el siglo XX, comenzó un proceso de mejora de su estructuración. Se apostó por estandarizar los procesos, sistematizándolos y aumentando los esfuerzos dedicados a la criminalidad.

Con la evolución de la investigación criminal de los últimos años, podemos considerarla prácticamente un arte, capaz de individualizar el vínculo existente entre el hecho delictivo y el autor a efectos judiciales.

Sin embargo, en cuanto a la defensa de la seguridad de los ciudadanos en materia de delitos cibernéticos, la investigación debe continuar mejorando.

Un ejemplo de esto es que la tasa de resolución de ciberdelitos es muy baja, especialmente cuando se trata de estafas, que representan más del 70% de ellos.

La novedad de esta dimensión delictiva ha hecho, pues, que la investigación se haya quedado algo obsoleta, no siendo capaz de afrontar como se esperaba estos retos.

¿Por qué? Porque aún hoy se sigue abordando el ciberdelito de forma tradicional, sin tener en cuenta los cambios sociales. Cualquier denuncia de este tipo de ofensas se manejan igual que todas las que no se dan en entornos online.

Por ejemplo, es muy complicado establecer conexiones entre los casos porque cada hecho se aborda de forma individual, con una única víctima, impidiendo muchas veces que los fenómenos se consideren en su verdadera extensión.

Las fuerzas policiales, dándose cuenta de esto, deciden ponerse al servicio de la inteligencia y aunar fuerzas.

La investigación contribuye a comprender fenómenos y bandas criminales, especialmente a través del estudio de casos, tanto actuales como pasados. La inteligencia los aprehende globalmente, a través de una recolección de datos más amplia, y un procesamiento de la información más exigente, entre otras soluciones.

De esta forma, la inteligencia criminal sería parte de una forma de gestionar los riesgos donde el objetivo es reducir la incertidumbre en un entorno donde la información es imperfecta.

El enfoque que adoptaría la inteligencia criminal sería el de explorar una amplia gama de medidas correctivas, más allá de la neutralización vía penal que, si bien es una de ellas, no es la única y, además, no siempre es la más eficaz.

La unión entre estas dos disciplinas era necesaria para perseguir con éxito los delitos informáticos.

¿Por qué? Porque el alcance de sus actores, sus medios de detección y procedimientos de investigación beben de técnicas que son distintas de las contempladas en el sistema penal tradicional.

Gracias a esta unión, la represión de esta tipología delictiva consigue adaptarse poco a poco a su contexto.

Esto ocurre porque la inteligencia criminal reúne los elementos necesarios para comprender el cibercrimen. Proporciona soluciones prometedoras para el manejo de esta delincuencia masiva, como no ocurría utilizando únicamente la investigación.

Un pequeño avance conseguido con la unión de las dos disciplinas mencionadas que se debe señalar es que, con el fin de superar el bajo nivel de denuncia de estos delitos, los organismos encargados de hacer cumplir la ley consideran que ya no es necesaria la denuncia de la víctima para abrir una investigación.

Un punto que el autor del artículo quiere destacar, es que la intervención pública no es suficiente y se requiere de la ayuda del sector privado para prevenir exitosamente el ciberdelito.

Se concluye con la idea de que poco a poco se va avanzando en este complejo ámbito de la delincuencia online, y, aunque queda mucho camino, los esfuerzos realizados comienzan a ver sus frutos.

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