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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Psychosocial and Personality Characteristics of Juvenile Offenders in a Detention Centre regarding Recidivism Risk” de Cacho, R.; Fernández-Montalvo, J.; López-Goñi, J. J.; Arteaga, A. y Haro, B. (2020) en el que los autores realizan un estudio para conocer los diferentes perfiles de los jóvenes en centros de detención para menores de edad centrándose en la reincidencia.  

Consideramos la delincuencia juvenil como un grave problema que nos afecta a todos, ya que una de las máximas de la sociedad debería ser proteger a los jóvenes de ser tanto víctimas como victimarios.

La tasa de infracción de menores es muy alta: el 80% de los adolescentes ha cometido al menos un acto delictivo en su vida (de leves a graves).

En la búsqueda de razones explicativas del fenómeno, se han asociado diferentes actores a la conducta delictiva, tanto personales (como la impulsividad), como factores relacionados con la escuela, la familia o los amigos.

En literatura previa se sugiere que los jóvenes menores de edad condenados por delitos penales, presentan problemas de socialización, déficits de inteligencia emocional y estrategias de afrontamiento inadecuadas.

Además, una característica importante que tiene que ver con la reincidencia, es que los delitos que cometen son progresivamente más graves y frecuentes. Esto estaría promovido por la presión de los pares, la pertenencia a pandillas, la falta de autonomía a la hora de resolver problemas o la impulsividad.

También se ha sugerido que los jóvenes con alto riesgo de reincidencia tienen tasas más altas de fracaso escolar y trastornos de la conducta, así como unas habilidades sociales pobres, en comparación con infractores con bajo riesgo de reincidencia.

Otros factores que en principio influyen en la reincidencia delictiva de los jóvenes serían la familia (violencia familiar, drogadicción, dificultades laborales o económicas), así como la falta de adherencia a programas de intervención.

El sistema de justicia de menores español, que es el utilizado en el contexto del estudio (Navarra, España), establece que los delincuentes juveniles son aquellos que han cometido un delito entre los 14 y los 18 años. Para ellos, se prevé el internamiento en centros de detención cuando el delito cometido es de naturaleza grave y se caracteriza por la violencia, la intimidación, o por haber puesto en peligro a otras personas. El objetivo de estos centros es sancionar a los infractores y facilitar la intervención educativa necesaria para su reinserción social.

En España la tasa de reincidencia es del 62-70% para quienes han cumplido con condenas privativas de libertad. Es una tasa muy superior a la de aquellos que han cumplido con condenas en entornos abiertos, que es del 22-27%.

Por tanto, los autores consideran necesaria una evaluación exhaustiva de los factores que predicen la reincidencia delictiva y del perfil específico de los menores infractores que se encuentran en centros de detención.

Los autores deciden realizar un estudio cuyo objetivo es describir a los menores infractores que cumplen penas judiciales en el único centro de detención de Navarra, España.

Para ello, toman una muestra de 102 delincuentes juveniles para estudiar detenidamente cada uno de sus casos.

Los resultados obtenidos revelan niveles de riesgo de reincidencia relativamente bajos en los sujetos estudiados. Ninguno de los adolescentes presentaba un nivel de riesgo significativamente alto, siendo para la mayoría de bajo a moderado. Estos resultados contrastan con las tasas reales de reincidencia criminal encontradas en otros estudios sobre menores, según los cuales dos de cada tres reinciden. Por tanto, es necesario que en los estudios futuros evalúen en qué medida la literatura previa se corresponde con el contexto español.

La mayoría de los menores tenía problemas relacionados con la educación, tanto en el ámbito académico como familiar, y contacto previo con los servicios sociales. Es necesario señalar que la escuela y la familia constituyen los ejes principales de socialización de los niños y adolescentes. Por el contrario, las experiencias escolares positivas y el apoyo del núcleo familiar son factores de protección que ayudan a minimizar el comportamiento delictivo.

Los jóvenes presentaban principalmente cuatro rasgos en su personalidad: rebeldes, dramáticos, egoístas y contundentes. También exhibieron un alto grado de insensibilidad social. Existía una alta predisposición a delinquir y el consumo de sustancias.

Los adolescentes con mayor riesgo de reincidencia tienen más características personales (problemas de salud, baja autoestima, habilidades sociales deficientes, dificultad para resolver problemas, antecedentes violentos), sociales (antecedentes familiares de alcoholismo o abuso de otras drogas) y problemas escolares que aquellos que tienen un menor riesgo.

Además, estos jóvenes con mayor riesgo de reincidencia son menos sumisos, tienen una imagen corporal propia más negativa y menor sensibilidad social. Habría una mayor inclinación al abuso de sustancias, mayor predisposición a la delincuencia, sentimientos de ansiedad y trastornos alimenticios.

Los programas de intervención deben, por tanto, evaluar la presencia de antecedentes de conductas violentas previas y desarrollar medidas específicas para entrenar habilidades de resolución de problemas y promover un rendimiento académico adecuado.

Entre las limitaciones del estudio se encuentra el pequeño tamaño de la muestra, y que sólo se dirige a una población en un contexto muy específico: los menores infractores en centros de detención en Navarra, España. Para futuras investigaciones, los autores señalan que sería interesante ampliar la muestra.

Los datos encontrados apoyan la idea de que son necesarias intervenciones educativas específicas en los centros de detención de menores dirigidas a proporcionarles habilidades que les permitan reintegrarse en la sociedad y reducir la probabilidad de reincidencia. Para ello, comprender las características específicas de los adolescentes con mayor riesgo, sería fundamental.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Similar cimes, similar behaviors? Comparing lone-actor terrorists and public mass murderers” de Gill, P.; Silver, J.; Horgan, J.; Corner, E. y Bouhana, N. (2021), en el que los autores se preguntan si existen suficientes similitudes entre los terroristas solitarios y los asesinos en masa como para considerarlos delincuentes similares.

El estudio de los asesinatos públicos en masa y de los terroristas solitarios ha emergido de forma independiente como dos campos de investigación diferenciados en los últimos años.

Los primeros estudios sobre terroristas solitarios (o lobos solitarios, como se les ha llamado en numerosas ocasiones) sugerían que éstos necesitaban algún tipo de objetivo político, religioso o social. Estudios similares de asesinos en masa, se centraban en los antecedentes de salud mental y los acontecimientos precipitantes, o desencadenantes.

Pero, tras estos estudios, algunos expertos se preguntaron si la línea divisoria entre ambos tipos de delincuentes está tan clara.

Un ejemplo de esto es un trabajo citado en el artículo, en el que se sugiere que los agravios personales y los factores estresantes a menudo juegan un papel clave en la radicalización del individuo y la planificación del ataque terrorista (lo cual es algo típico de los asesinos en masa, según la literatura existente). Por otro lado, se encuentra que la presencia de impulsos políticos y factores sociales, también es un factor determinante en tiroteos escolares en los últimos años (este sería un factor típico también de los terroristas solitarios).

Es por ello por lo que algunos expertos han concluido con que sería más útil debatir sobre la violencia de los asesinos en masa y los ataques terroristas bajo un marco común de violencia demostrativa, que asignarlos a clases tan exclusivas de violencia.

Ante la posibilidad de poder considerar ambos tipos de delincuencia como una sola, o como delincuencias muy similares, los autores deciden llevar a cabo un estudio. En él, recopilan información de fuentes abiertas en internet, limitándose a eventos posteriores a 1990 para ser lo más actuales posibles.

Los resultados obtenidos nos proporcionan información interesante. Por ejemplo, que los hombres dominan en gran medida ambos tipos de delitos. También hubo poca diferencia en cuanto al estado civil en el momento del delito: la mayoría eran solteros (37% y 43%).

Los terroristas solitarios tenían significativamente más estudios que los asesinos en masa. Dos tercios de los terroristas, frente a sólo el 24% de los asesinos en masa, recibieron educación universitaria de algún tipo.

Los terroristas solitarios tenían muchas más probabilidades de tener experiencia militar, condenas penales, cambiar de domicilio antes de su ataque, vivir solos, estar socialmente aislados, demostrar que su ira aumenta y poseer armas.

Los asesinos en masa eran más propensos a tener un historial de abuso de sustancias, experimentar degradación o maltrato por otros de forma habitual o bien en el período previo al ataque, tener problemas relacionales con otras personas, experimentar estrés puntual y crónico, y tener algún tipo de relación o historia con el lugar del evento.

Con respecto a los trastornos mentales, no hubo diferencias significativas (39% y 41%). Tampoco las hubo en lo relativo a advertir del ataque antes de que sucediese (26% y 19%).

En general, los autores consideran que los datos informan de la idea de que los terroristas solitarios y los asesinos en masa tampoco son tan diferentes entre sí. Hay más cosas que los unen que cosas que los separan.

Se estudiaron más de 180 variables, y en ninguna de ellas se observaron diferencias significativas. En su mayor parte, son personas similares, con vías de movilización parecidas, que cometen actos violentos que no difieren demasiado, pero con estructuras motivacionales ligeramente distintas.

Los expertos argumentan que, en lugar de centrarse en tipologías delictivas para hablar de estas personas, podría ser más útil ver el grado de soledad que exhibieron, las directrices externas que recibió el delincuente y la profundidad de sus motivaciones políticas, si existen.

Este hallazgo puede tener implicaciones importantes para los profesionales de este campo. Por ejemplo, después de un asesinato en masa público, no reivindicado por ninguna organización terrorista, los investigadores no deben descartar la posibilidad de que el delincuente haya tenido motivaciones políticas o religiosas.

Donde se ven diferencias consistentes entre ambos es en las fugas. Los autores creen que esto tiene que ver con el apoyo que reciben los delincuentes. Naturalmente, las ideologías tienen más seguidores que los agravios personales. Es decir, donde hay una gran presencia de personas que comparten una misma ideología, existe una mayor probabilidad de que ocurra alguna forma de fuga.

En conclusión, los resultados demuestran que muchos de los principales factores de riesgo potenciales son igualmente comunes entre terroristas que actúan solos y asesinos en masa. Esto es especialmente importante para las políticas y protocolos de prevención del delito, y por tanto para la criminología, que podría considerar estos hallazgos de ahora en adelante para el estudio de estas tipologías delictivas.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Corona crimes: How pandemic narratives change criminal landscapes” de Sandberg, S. y Fondevila, G. (2020) en el que los autores hacen una revisión acerca de cómo la pandemia que a día de hoy seguimos sufriendo, ha afectado a las dinámicas del crimen, enfocándose en el contexto de México.

En el artículo escogido para esta semana vamos a explorar la dimensión criminógena de la pandemia de coronavirus contra la que todavía seguimos luchando. 

Si bien la delincuencia es siempre el resultado de un contexto social e histórico particular, y está en constante negociación, esto es particularmente evidente durante las crisis y los grandes cambios sociales. Estos momentos pueden dar lugar a nuevos tipos de delitos o reavivar los antiguos.

Es decir, lo que se define como crimen está siempre en constante cambio, y depende de las definiciones estatales y legales y de las percepciones populares. Decimos que está en negociación, también constante, porque es lo que se da entre los medios de comunicación, la política y la opinión pública para definir el crimen.

La pandemia de Covid-19 cambió los patrones establecidos en la delincuencia tradicional. Durante las primeras fases de la pandemia, también surgieron nuevas dinámicas delictivas y resurgieron otras antiguas. 

En América Latina, donde existen gobiernos muy frágiles, algunas comunidades bloquearon carreteras de forma ilegal para prevenir la propagación de la enfermedad o se atacó a los trabajadores de la salud, entre otros muchos incidentes. 

La pandemia hizo que se introdujesen nuevas leyes para limitar la interacción social y la movilidad y, por tanto, también se rompieron toques de queda. No usar la mascarilla en público o violar otras regulaciones estatales también han sido sucesos muy comunes. 

Es decir, se han producido una serie de cambios relacionados con la criminalidad a muchos y diferentes niveles con motivo de esta crisis sanitaria mundial. 

Atendiendo a la fragilidad relativa del estado de México, los autores deciden llevar a cabo una investigación con el objetivo de reflexionar y comprender mejor la criminología de estos últimos meses en el país. 

La narrativa apocalíptica es particularmente interesante para los autores. Éstas vienen con una intensa polarización del carácter, resaltando las más altas y más bajas emociones humanas. Crean una atmósfera de catástrofe, a veces afirmando que el mundo tal como lo conocemos está llegando a su fin, y enfrentan el bien supremo contra el mal supremo. 

Estas historias exigen acciones heroicas. Es en estos contextos donde surgen el terrorismo, la rebelión, los levantamientos o las guerras. La ideación apocalíptica implica un sentido de urgencia, y esta urgencia hace que las personas se planteen hacer cosas que en otras circunstancias no harían. Es decir, la crisis crea un entorno narrativo donde, lo que de otro modo se hubiera considerado radical o imposible, puede aceptarse o incluso parecer inevitable. 

Además, la psicología epidémica describe cómo las epidemias pueden ser una vorágine emocional y extraordinaria, que desencadena plagas de miedo, pánico, sospecha y estigma, con impacto individual y colectivo. 

Las muertes, las descripciones detalladas de escenarios en hospitales superpoblados, la amenaza de un malestar social y la incertidumbre sobre el riesgo, se unieron para crear una situación que justificó un sacrificio masivo en toda la sociedad. 

El primer caso de coronavirus se confirmó en México en febrero de 2020. Aproximadamente un mes después de notificar este caso, el gobierno implementó una serie de medidas destinadas a prevenir y controlar la propagación de la infección. Algunas fueron la suspensión de determinadas actividades económicas, la prohibición de concentraciones masivas o la recomendación de que la población permanezca en casa. 

Al mismo tiempo que se luchaba contra el coronavirus, México también luchaba contra la pobreza, las desigualdades sociales y unas estadísticas crecientes de homicidios y delincuencia

El hecho de que existiesen restricciones de movilidad y contacto social, dio lugar a incidentes en los que grupos de ciudadanos intentaron cerrar ilegalmente carreteras u otros puntos de acceso para proteger a sus comunidades. También se trató de obstaculizar la movilidad humana para evitar el contagio. Armados, los residentes bloqueaban el paso de cientos de municipios de todo el país, señalando la delgada línea existente entre la autoprotección y el vigilantismo. 

Las narrativas apocalípticas que hemos mencionado anteriormente, crean un ambiente de pánico y sospecha en el que las personas pueden estar dispuestas a tomar medidas drásticas para frenar la enfermedad. Además, el miedo puede ser la razón de ataques a grupos estigmatizados. 

Por ejemplo, los trabajadores de salud han tenido, y tienen, contacto directo con la enfermedad. A pesar de ser considerados héroes, en muchos lugares se reportaron ataques hacia ellos por estar en primera línea combatiendo al virus. 

También se deben mencionar las violaciones generalizadas de las regulaciones estatales. Por ejemplo, se cerraron áreas públicas, o negocios durante meses, y aún así las personas siguieron con una actividad normal, haciendo caso omiso de estos mandatos. 

Por otro lado, algunos grupos criminales aprovecharon las tensiones entre el gobierno y la población para crear asociaciones de ayuda e incluso hospitales de emergencia. Estos actos pueden verse como un intento de asumir el papel del Estado y cambiar las historias dominantes en la sociedad. Los cárteles y bandas criminales intentaron, de esta forma, aprovechar la oportunidad que brindaba la crisis para redefinir su papel y pasar de héroes a villanos. 

A pesar de contar con limitaciones, como que este estudio no puede aplicarse en zonas como Europa o América del Norte, la investigación aborda la cuestión narrativa criminológica de cómo los crímenes pueden ser mantenidos, instigados y despertados por situaciones de crisis. 

Comprender cómo el crimen se impulsa, se incorpora y se negocia, puede ser útil para implementar políticas y medidas pandémicas y post-pandémicas de prevención. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Growing up in single-parent families and the criminal involvement of adolescents: a systematic review”, de Kroese, J.; Bernasco, W.; Liefbroer A. C. y Rouwendal, J. (2021), en el que los autores realizan una revisión de la literatura existente sobre las consecuencias de crecer en una familia monoparental, prestándole especial atención a la vinculación al crimen. 

Muchos niños crecen en familias monoparentales; de hecho, según las estadísticas, el número de familias con un solo padre biológico presente ha aumentado en los países occidentales en los últimos años. 

Crecer en una familia de este tipo suele darse porque previamente se ha pasado por una separación, divorcio, fallecimiento de uno de los padres, etcétera. Sin embargo, este último caso es el menos común, ya que cada vez es mayor el porcentaje de familias monoparentales por divorcio, separación y madres solteras. 

Los autores consideran que, observando el aumento de las estadísticas con respecto a la existencia de este tipo de familias, se deberían estudiar las consecuencias de crecer en el entorno. 

En investigaciones previas se ha sugerido que crecer en una familia monoparental tiene efectos negativos en el bienestar emocional de los niños, así como en su desarrollo cognitivo y su rendimiento escolar. Además, se han señalado problemas de control del comportamiento o ansiedad en los niños que pertenecen a estas familias. 

Estos estudios apuntan al divorcio como un punto muy importante, fuertemente identificado como un factor estresante para los niños. 

¿Qué ocurre con la criminalidad? Se ha señalado que relacionarse con el crimen durante la adolescencia es un factor de riesgo para jóvenes que han crecido en familias con un único progenitor presente. Esto también se asocia con una peor salud y bienestar y mayores probabilidades de continuar con actividades delictivas en la madurez. 

Sin embargo, a pesar de que no existe gran cantidad de literatura sobre jóvenes de familias monoparentales y su relación con la criminalidad, sí se han estudiado en numerosas ocasiones los vínculos entre ésta y los jóvenes en general.

Existe la teoría del control social, que sugiere que los adolescentes participan en el crimen porque tienen una falta de vínculos afectivos con sus padres, una falta de compromiso con las normas, no se enganchan a actividades convencionales y no desarrollan la creencia de las ya mencionadas normas merezcan respeto. 

Por ejemplo, si existen vínculos muy débiles con los padres, es posible que los niños y jóvenes se sientan más estimulados pasando tiempo en ambientes criminógenos en lugar de con sus padres. 

También existe el modelo de la crisis de familia. Este modelo sugiere que las disrupciones familiares son importantes factores determinantes del bienestar de los niños. Por ejemplo, experimentar divorcio o separación de los padres causa estrés psicológico, resentimiento emocional y tensión social en los niños. 

Consecuentemente, el resentimiento emocional en los niños podría disminuir el nivel de vinculación familiar y aumentar la conducta criminal del niño. 

Por otro lado, este mismo modelo sostiene que experimentar la muerte de uno de los progenitores causa ansiedad, estrés emocional y depresión. 

Por lo tanto, parece coherente sugerir que, según este modelo, la conducta criminal tiene más posibilidades de aparecer en jóvenes que pertenecen a familias monoparentales que han experimentado divorcios o separaciones, antes que en jóvenes de familias monoparentales por fallecimiento de uno de los progenitores. 

Sin embargo, esta es sólo una pequeña parte de la literatura existente. Los autores realizan su propio estudio, investigando artículos sobre el tema. Finalmente, el número de la muestra fue de 48. 

Los autores señalan las cuestiones principales como conclusiones de su investigación: primero, parece ser que ser un adolescente relacionado con el crimen y haber nacido y crecido en una familia monoparental son hechos que guardan una fuerte relación; segundo, sólo un estudio reporta los efectos de cada uno de los distintos motivos de aparición de familias monoparentales como factores criminógenos para los jóvenes, así que está claro que se necesita más investigación. 

Con respecto a la primera cuestión, la gran mayoría de los artículos estudiados reporta una relación positiva entre ambas ideas. 

Se encontró que en un estudio realizado con informes sobre condenas de menores, se sugiere que los adolescentes de familias monoparentales por divorcio o separación mostraban niveles más altos de delincuencia que los adolescentes de familias monoparentales por fallecimiento de alguno de los progenitores. 

Este hallazgo es consistente con las expectativas del modelo de crisis familiar. Si bien, esta y otras teorías mencionadas en el artículo, no son suficientes para explicar completamente este fenómeno. 

Por tanto, existen limitaciones. Por ejemplo, casi todos los datos de comportamiento de los adolescentes fueron autoinformados. Es posible que por ello, exista una subestimación de los niveles reales de delincuencia. Por otro lado, en casi el 30% de los estudios sólo se incluyó a los niños como participantes. 

Hay varias sugerencias para investigaciones futuras, como realizar los estudios en contextos distintos al de los Estados Unidos. 

En conclusión, esta revisión proporciona información relevante, pero también muestra que se carece de los datos suficientes como para poder afirmar las consecuencias de crecer en una familia monoparental. Por ello, los autores recomiendan continuar estudiando este tema, dado que el porcentaje de familias de este tipo va en aumento desde hace unos años, como comentamos al principio del post. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Does she kill like he kills? Comparison of homicides committed by women with homicides committed by men in Spain” de Santos-Hermoso, J.; Quintana-Touza, J. M.; Medina-Bueno, Z. y Gómez-Colino, M. R. (2021), en el que los autores realizan un análisis de las diferencias entre cómo matan las mujeres y cómo matan los hombres.

Los estudios sobre las conductas delictivas han mostrado que la mayoría de los delitos, especialmente los violentos, son cometidos por hombres.

En el contexto español, la tasa media de delincuencia de los hombres entre los años 2010 y 2018 fue cinco veces superior a la de las mujeres.

A pesar de las diferencias que refleja este dato, a lo largo de los últimos 20 años se ha registrado un aumento constante del número de mujeres condenadas por delitos violentos. Y no sólo en España; de hecho, Finlandia constató un aumento de los homicidios cometidos por mujeres entre 1995 y 2004.

Si bien el estudio de mujeres como víctimas de homicidio ha sido ampliamente estudiado, no ocurre lo mismo si pensamos en ellas como victimarias. Esto es así, principalmente, por el bajo nivel de prevalencia de mujeres asesinas. Y dentro del grupo de investigaciones sobre mujeres homicidas, aún hay menos que analicen los homicidios cometidos por ellas fuera del ámbito familia.

Pero ¿qué sabemos hasta ahora? Pues bien, una de las principales conclusiones extraídas de estos estudios comparativos, es que las mujeres matan principalmente a miembros de su familia, mientras que los hombres tienden a matar a conocidos y extraños.

En cuanto al género de las víctimas, la mayoría de los estudios muestran que tanto hombres como mujeres, prefieren a estas últimas.

Por otro lado, parece ser que las víctimas de corta edad tienden a asociarse con mujeres, principalmente por la implicación de estas en los casos de filicidio.

Con respecto a las características de los agresores, la literatura habla de que las mujeres tienden a estar casadas o en pareja y conviven con otras personas, mientras que los hombres suelen ser solteros y vivir solos. Otro dato sería que ellos suelen tener más antecedentes penales que ellas.

Sobre el consumo de alcohol y drogas, también es más probable que los hombres hayan consumido alguna sustancia, mientras que, con respecto a enfermedades mentales, es más probable que sean ellas las que tengan un diagnóstico previo.

Los hombres matan en escenarios públicos y al aire libre, mientras que las mujeres lo hacen en espacios cerrados, como los hogares. Ellos, además, usan armas de fuego en mayor medida, y ellas tienden a utilizar la asfixia o las armas blancas.

Con estos datos de trabajos anteriores, los autores realizan un estudio con la intención de profundizar en las diferencias entre unos y otros homicidios, pero sin limitarse a un ámbito específico como pueden ser los casos de pareja o los filicidios.

Para ello, analizan casos que corresponden a 577 homicidios resueltos por la Guardia Civil española entre 2013 y 2018 (un 95,5% del total de los casos registrados en esos años).

¿Cuáles fueron los resultados obtenidos?

En primer lugar, hay que señalar que las mujeres perpetradoras constituyeron un 9,8% del total de los perpetradores analizados. De este porcentaje, 3 de cada 4 fueron cometidos por mujeres en el ámbito familiar, destacando los casos de filicidio.

Con respecto al género de las víctimas, sorprendentemente se observó que las mujeres matan predominantemente a hombres, y no a mujeres como se creía; mientras que en los hombres ocurre al contrario. Las mujeres también preferirían a personas jóvenes, por lo que en aquellos casos en los que la víctima es un hombre joven, es más probable que el homicidio lo haya cometido una mujer.

En cuanto al perfil psicosocial, las mujeres asesinan a víctimas que pueden ser consideradas vulnerables, ya sea por lo que acabamos de comentar sobre la juventud, o por el hecho de que estas víctimas puedan exhibir algún tipo de enfermedad o dificultad mental en mayor medida que las víctimas de los hombres.

Sobre los perpetradores, la información que arrojan los autores es que las mujeres son, de media, algo mayores que los hombres, pero la diferencia no es significativa.

Un hallazgo importante que confirma conclusiones de otras investigaciones es que, en mayor medida que los hombres, las mujeres tienden a presentar o estar diagnosticadas con trastornos mentales en momento del incidente. Por otro lado, los hombres están más frecuentemente bajo la influencia de sustancias.

Un hallazgo interesante que las mujeres tienden a cometer los homicidios durante la tarde. No suelen llevarlos a cabo en presencia de testigos, probablemente porque ya hemos visto que prefieren espacios cerrados.

Además, tal y como sugerían otras investigaciones, parece ser que las mujeres tienden a desplazar los cuerpos. Esto puede explicarse porque la mayoría de sus víctimas son familiares y pueden optar por el desplazamiento del cuerpo como método de desvinculación; por otro lado, dado que las víctimas menores de edad están asociadas a las mujeres, sus cuerpos son más sencillos de mover.

Parece que existe consenso en que las armas de fuego son utilizadas principalmente por hombres y los métodos de asfixia por mujeres. De los 100 casos del estudio en los que se utilizaron armas de fuego, sólo 1 involucró a una mujer agresora.

En términos de los comportamientos de los perpetradores posteriores al homicidio, los estudios sugieren que las mujeres permanecen en la escena y tienden a confesar con mayor frecuencia que los hombres.

Este estudio proporciona una base interesante sobre la que seguir investigando las diferencias entre los homicidios cometidos por hombres y los cometidos por mujeres. Si bien una limitación existente podría ser que, sabemos que las mujeres cometen principalmente los homicidios en el ámbito familiar, ¿pero existen diferencias entre los homicidios familiares cometidos por mujeres y hombres?

Por otro lado, aún es necesario desarrollar estudios que incluyan el análisis de otras variables, como si existe o no relación previa entre víctima y victimario.

Los autores señalan este punto como una idea de la que pueden partir investigaciones futuras.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Is criminal expertise a feature of unsolved sexual assault involving theft?” de Reale, K. S.; Bauregard, E. y Chopin, J. (2021), en el que los autores estudian el papel de la experiencia criminal en la resolución de casos de agresiones sexuales con robos.

 Las agresiones sexuales son uno de los delitos violentos más comunes, pero también uno de los menos denunciados.

Incluso cuando se denuncian, las tasas de enjuiciamiento por ellos se encuentran entre las más bajas en comparación con otros delitos violentos.  Además, sólo una minoría de delitos sexuales tiene sospechosos concluyentes.

A pesar de estos problemas, ha habido poca información empírica sobre qué factores influyen en la capacidad de solución en la agresión sexual, ya que la mayoría de estudios se han centrado en factores que ayuden a resolver homicidios.

Sin embargo, sí hay algunos estudios que han demostrado, en el ámbito de las agresiones sexuales, que hay delincuentes profesionales diferenciados de los novatos porque han desarrollado un conocimiento y habilidades orientadas a la detección que hacen sus casos más particulares.

Y aunque es un primer esbozo, en realidad no se ha estudiado si esta experiencia tiene relación real con la resolución de casos. Es precisamente este vacío el que pretende llenar este estudio.

Pero, ¿qué es la pericia criminal? En delitos sexuales, se refiere a un delincuente que ha desarrollado habilidades relacionadas con el crimen y utiliza un modus operandi sofisticado que implica la evitación de la detección.

Algunos expertos han sugerido que hay delincuentes sexuales que, teniendo múltiples víctimas, y permaneciendo en el anonimato durante largos periodos de tiempo, terminarán desarrollando experiencia criminal que implicará aprender las habilidades y conocimientos necesarios para funcionar bien en un dominio en particular.

Esta perspectiva nos sugiere que los delincuentes que poseen esta característica, en principio tendrían más éxito cuando cometen crímenes e intentan evitar ser detectados.

Los autores se proponen estudiar esta posibilidad. Para ello, realizaron una investigación en la que todos los casos de la muestra son de agresión sexual en los que las víctimas son desconocidas (porque son los casos más difíciles de resolver) y víctimas en el mismo momento de robo de artículos personales.

El robo de artículos fetiche, en particular, puede ser un marcador de un delincuente parafílico con una importante peligrosidad sexual. También puede asociarse con una escalada en los delitos cometidos.

Fueron un total de 1041 casos analizados, obtenidos de una base de datos de la policía nacional de Francia con delitos registrados desde 1991 hasta 2018.

Los hallazgos sugirieron que el indicador conductual de la experiencia no es una característica relevante de los delitos sexuales no resueltos en la muestra estudiada. Es decir, no parece que los casos de agresión sexual no detectados puedan utilizarse como una estimación de los delincuentes expertos. Sin embargo, hubo más resultados interesantes.

Se encontró que el número de violaciones o actos sexuales cometidas por el delincuente, y el semen encontrado en la escena del crimen, sí se asociaban significativamente con la resolución del caso. Cuanto más contacto hay con la víctima, hay más probabilidades de ser detenido.

La única variable del delito asociada con el estado de un caso no resuelto era cuando se robaban artículos fetiche, en comparación con el robo de artículos valiosos.

No se puede excluir la posibilidad de que esto se relacione simplemente con que los artículos valiosos son más rastreables y, por tanto, ofrezcan un medio alternativo para que la policía identifique al sospechoso cuando no haya pruebas.

También es posible plantear la hipótesis de que los artículos fetiche son robados por delincuentes que pasan menos tiempo con la víctima o cometen actos menos intrusivos y, por tanto, dejan menos evidencia forense.

El análisis demostró que aquellos que roban artículos fetiche a sus víctimas, con menos frecuencia cometen actos de perpetración sexual. Por tanto, es posible que este tipo de delincuente sea también el más experto porque prioriza el robo sobre actos que tienen un mayor riesgo.

Este tipo de robo está también relacionado con la escalada de delitos, por lo que eventualmente se puede alcanzar una agresión sexual o asesinato.

Es decir, existe un vínculo entre el robo de fetiches y la escalada de delitos sexuales que puede reflejar un subgrupo particularmente importante de delincuentes no detectados.

En cuanto a las limitaciones del estudio, los autores señalan que sólo se investigaron agresiones sexuales con robo, y los resultados pueden no ser generalizables a otros tipos de agresiones sexuales. Además, sólo se examinó la experiencia criminal en violación de extraños.

Comentan que las investigaciones futuras deberían intentar replicar estos hallazgos en otros delitos sexuales e incluir información cualitativa más detallada relacionada con la experiencia del delincuente.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Deadly violence in Sweden: profiling offenders through a latent class analysis” de Khoshnood, A.; Ohlsson, H.; Sundquist, J. y Sundquist, K. (2020), en el que los autores dan unas nociones acercad el perfil criminal del delincuente sueco.

El homicidio y el asesinato son dos de los delitos más graves que se pueden observar en cualquier ordenamiento jurídico. Incluso la tentativa de homicidio se une a ellos, causando daños irreparables a las víctimas y a toda la sociedad.

A partir de 2015-2016, se ha visto aumentada la tasa de estos delitos en países de Europa occidental, como Suecia, que ha sido testigo de problemas crecientes con la violencia relacionada con armas de fuego y explosivos.

Esto nos llama la atención, debido a las políticas restrictivas con respecto a las armas de fuego que imperan en la mayoría del territorio de la Comunidad Europea.

Un estudio recientemente publicado mostró que la violencia letal ha sido más que duplicada en Suecia en comparación con 2012, que fue cuando la tasa de esta violencia fue mínima.

El 35% de estos homicidios se llevaron a cabo con armas de fuego y fue perpetrado por hombres de entre 15 y 29 años.

Por tanto, teniendo en cuenta esta tendencia creciente de la violencia mortal en Suecia, y que es el país con el porcentaje más alto en Europa occidental de homicidios relacionados con armas de fuego entre hombres jóvenes, es de vital importancia obtener más conocimiento sobre los delincuentes que perpetran este tipo de crímenes.

La identificación de las características comunes de los delincuentes para delitos violentos como los homicidios se pueden utilizar en la prevención de éstos y en la evaluación de riesgos.

Además, esta información ampliaría nuestra comprensión de qué personas pueden estar en riesgo de cometer delitos violentos, y contribuir a un mayor conocimiento sobre qué factores pueden ser de protección o perjudiciales para ellas.

Hasta ahora, solo unos pocos estudios sobre las características de los delincuentes y sus crímenes se basaron en personas suecas. Y si queremos estudiar al delincuente sueco, este tipo de datos son esenciales.  Además, esos estudios se limitaron a investigar muestras pequeñas o solo un tipo de delito violento.

Los autores intentan subsanar estas limitaciones identificando clases de individuos que cometieron homicidios o intentos de homicidios, incluso conspiración o preparación, en el contexto sueco.

Para ello, utilizaron información del Registro Sueco de Delitos y del Registro Sueco de Sospechosos Penales. Incluyeron a personas de entre 15 y 60 años de edad, condenadas y/o sospechosas de homicidio entre 2000 y 2015.

Además, se agregó información sobre criminalidad previa, abuso de sustancias y trastornos psiquiátricos.

Se contó con un total de 14.466 individuos. Más del 80% de ellos eran hombres, y la gran mayoría de nacionalidad sueca, aunque existía una proporción importante de inmigrantes de primera y segunda generación.

En cuanto a los resultados, aparece la siguiente información.

El modus operandi más común para el homicidio fue el uso de armas de fuego (42%) y más de la mitad de las personas incluidas habían sido condenadas previamente por delitos contra la propiedad (53%).

Un poco mas de la quinta parte de los individuos incluidos (23%) tenían un transtorno psiquiátrico y una gran proporción tenía problemas de alcohol (23%) o de abuso de sustancias (42%).

Una parte importante de las personas tenía un nivel educativo bajo (41%) y cerca de un tercio había recibido asistencia social recientemente (32,4%).

Con respecto al coeficiente intelectual, su resiliencia y rendimiento escolar, no se tuvieron datos para todos los sujetos, si bien aquellos para quienes sí existían mostraron valores bajos en las tres variables.

La mayoría de personas pertenecía a una clase socioeconómica baja.

Además, se vio cómo una historia previa de delitos es un factor de riesgo, tanto para la reincidencia como para cometer otro tipo de delitos. Esto se debe a que los delitos violentos aumentan el riesgo de seguir cometiendo delitos violentos, cuya intensidad va aumentando.

A diferencia de estudios internacionales, las personas de este estudio tenían una media de 39 años. Los delitos violentos graves suelen ser cometidos por jóvenes, con un promedio de 30 años. Por tanto, es un dato que consideramos se debe tener en cuenta.

Los resultados obtenidos son considerados consistentes para el contexto sueco debido a la gran muestra y la objetividad de los datos.

Son particularmente importantes para las autoridades policiales pertinentes y la organización de inteligencia de la policía, que pueden utilizar los hallazgos para crear mejores perfiles de delincuentes. Además, puede ser información de interés para centros penitenciarios y de libertad condicional, y pueden ser útiles para identificar y prevenir procesos que conducen a la violencia mortal.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “The Concept of Lie and its Identification in Criminal Proceedings” de Antonov, I. O.; Burganova, G. V. y Nasyrova, Y. M. (2021), en el cual los investigadores exponen una visión general de la mentira y su concepto y cómo se explora este asunto en el entorno forense.

Esta semana hablaremos de la mentira, encontrándonos con un artículo muy relacionado también con nuestro Club del Lenguaje No Verbal.

Sabemos que el trabajo de las agencias de investigación y las fuerzas policiales va dirigido a la oportuna y rápida detección del delito. Para ello será importante no sólo la identificación de estos actos delictivos, sino también conocer a los culpables y evitar que eludan las consecuencias penales derivadas de su comportamiento.

Una forma de eludir éstas, es presentando un testimonio falso durante el interrogatorio y también en enfrentamientos cara a cara.

Esto sucede de forma común y, obviamente, dificulta enormemente el proceso forense, desde la recolección de pruebas hasta la propia identificación del culpable.

Debido a la importancia de reconocer este tipo de declaraciones no verídicas y los efectos para las personas en función de asumir consecuencias penales o no, los autores hacen una revisión del concepto de mentira y cómo se investiga en el ámbito forense.

Con respecto a la definición de la mentira, los autores comentan que una de ellas podría ser: “una declaración consciente e incorrecta que sirve para conseguir ciertos objetivos a través del engaño”.

Además, según varios autores, existirían tres características que definirían una mentira. La primera de ellas sería la consciencia, ya que una persona sabe que su declaración es falsa; la segunda, la intención de engañar a otra persona debe existir; la tercera, la persona persigue ciertos objetivos y pretende alcanzarlos comunicando información falsa.

Debemos decir, que, en el entorno forense, estos objetivos suelen ser beneficiarse de o evitar las consecuencias penales.

Los autores comentan que, según muchos estudiosos de la materia, se podría distinguir entre mentiras activas y mentiras pasivas. Pondremos un ejemplo del entorno criminal.

Una mentira activa sería proporcionar información falsa a quien nos interroga, sabiendo que, efectivamente, son datos no verídicos.

La mentira pasiva, sería simplemente ocultar información a la persona interrogada.

Al ser un fenómeno tan complejo y donde intervienen tantos factores, es necesario un gran esfuerzo por parte de las autoridades de investigación para discernir en las declaraciones forenses quién parece estar diciendo la verdad y quién parece estar mintiendo.

Posteriormente, los autores pasan a mencionar algunas de las técnicas que se utilizan para este fin.

Por ejemplo, la grabación de vídeo permite exponer a la persona que está siendo interrogada, de forma que se registra el contenido de la acción de la investigación, su dinámica, y demostrar así que no ha existido ningún tipo de violencia o coacción contra las personas interrogadas.

El uso de vídeos es muy útil para que cada acción enfocada en detectar falsos testimonios quede registrada, entre otras cosas, para poder analizar todo el encuentro las veces que sea necesario.

La grabación de audio también sería algo muy recomendado por varios motivos. En primer lugar, se puede inferir el estado emocional de la persona interrogada a través de estudiar su entonación, volumen y otros factores prosódicos. Y, además, se puede utilizar para comparar y buscar contradicciones en el caso de que el testimonio cambie en el futuro.

La observación también se utiliza en el proceso de detección de testimonios falsos y es fundamental. Permite inferir las emociones y el estado psicológico de las personas a través de la comunicación tanto verbal como no verbal. Es un método que se utiliza en la comunidad científica de forma muy habitual.

Estos métodos han mostrado su efectividad en el sentido de que una persona experimenta ciertos cambios psicofisiológicos al reportar información falsa al pasar por un estado de tensión emocional.

Esta es una idea con la que numerosos autores han trabajado: teniendo en cuenta que al mentir se produce un esfuerzo cognitivo cuyas consecuencias son observables.

Vale la pena decir que la investigación de la mentira desde una perspectiva empírica en el entorno forense es algo a lo que cada vez más autores destinan sus esfuerzos.

Prestan atención a elementos prosódicos, gestos, expresiones faciales, movimientos corporales…

Además, un adecuado diagnóstico y predicción sobre el estado psicológico de la persona, su temperamento y su carácter, permite asumir la línea en la que irá la conducta de la persona interrogada en una situación particular, como puede ser el propio interrogatorio.

El reconocimiento y superación de la mentira en el testimonio sigue siendo una de las principales tareas de un investigador a la hora de estudiar un caso criminal.

De hecho, cada vez se les presta más atención a las aportaciones con respaldo científico de autores importantes sobre esta materia.

Sin embargo, los autores comentan que aún queda un camino muy largo por recorrer y deben seguir invirtiéndose recursos para descubrir más acerca de las técnicas de detección de mentiras y cómo se pueden aplicar al ámbito forense y criminal.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Identifying and predicting criminal career profiles from adolescence to age 39”, de Kim, B. E.; Gilman, A. B.; Tan, K. P.; Kosterman, R.; Bailey, J. A.; Catalano, R. F. y Hawkins, J. D. (2020), en el cual, utilizando unos datos obtenidos en otro proyecto, los autores intentan identificar qué factores influyen en el desarrollo de una carrera criminal, además de cómo prevenirlo.

 Conocer los factores de riesgo y protección del desarrollo de las carreras criminales es un tema que se estudia en criminología con especial interés debido a su complejidad.

Proteger a los más jóvenes de la delincuencia y sus consecuencias sociales y personales es una de las ambiciones del área de estudio criminal.

Debido a la importancia de conocer estos factores, los autores del artículo se preguntan tres cuestiones.

Primero, cuáles son los perfiles de delincuentes en función de las diferentes edades que van a estudiar (es decir, entre 12 y 39 años). En otras palabras, se interesan por saber cuál es el perfil en la adolescencia, cuál en la adultez temprana y cuál en la tardía.

Por ejemplo, se sabe según estudios anteriores, que la mayoría de los adolescentes experimenta con factores y conductas de riesgo que pueden desembocar en problemas de comportamiento al ir creciendo.

Otra de las preguntas de los autores, es cómo los perfiles basados en autoinformes se pueden comparar con los datos oficiales de las autoridades.

Este estudio se realiza con datos de ambos tipos. Por un lado, los autoinformes, que son información y datos proporcionados por los participantes. Por otro, los datos oficiales de las autoridades sobre los delitos que ha cometido esa persona y sus antecedentes.

Investigaciones previas han señalado que los autoinformes son un método de obtención de datos dudoso y que se debería confiar únicamente en los registros oficiales.

Este es el motivo por el que los autores deciden utilizar información que proviene de ambas fuentes, para así comprobar cómo se adecúan los autoinformes a los datos oficiales y saber si se puede confiar en ellos.

La última cuestión que se plantean es cuáles son los factores de protección que se pueden perseguir en edades tempranas para evitar la adscripción de los jóvenes a la delincuencia.

Para este estudio se analizaron datos obtenidos de otro proyecto anterior en el que participaron 808 jóvenes y sus familias.

Por un lado, se realizaron entrevistas a modo de autoinformes a los participantes y sus familias cuando los primeros tenían 11, 16, 18, 21, 24, 27, 30, 33, 35 y 39 años.

Además, se obtuvieron datos recogidos de fuentes oficiales sobre las carreras criminales (si las había) de los participantes a lo largo del tiempo.

Después, se categorizaron los datos, obteniendo tres tipos distintos de sujetos: adolescentes, adultos tempranos y adultos medios.

A su vez, se estableció una clasificación de los delitos registrados, de baja (por ejemplo, robar algo de menos de 5 dólares), media (golpear a alguien con la intención de hacerle daño, robar algo de menos de 50 dólares) y alta gravedad (utilizar armas para robar, traficar con drogas o robar algo de más de 50 dólares).

Los resultados obtenidos fueron muy interesantes.

Un 35,6% de los participantes no cometieron ningún delito, un 33,2% se limitó a delinquir durante la adolescencia, un 18,3% dejó de hacerlo cuando comenzó a entrar en la adultez y un 12,9% continuaban desarrollando una carrera criminal.

Estos últimos tenían el mayor registro oficial de delitos de alta gravedad de todos los sujetos participantes.

Se observó que un ambiente familiar y escolar positivo se asociaba con niveles más bajos de participación en delitos, tanto a nivel ocasional como crónico, y era un rasgo distintivo de los sujetos para los cuales no existían registros de antecedentes criminales.

Además, altos niveles de creencias antisociales se asociaban al grupo de delincuentes adolescentes, al igual que tener amigos o conocidos con este tipo de ideas.

Por lo tanto, para la primera pregunta que se hacían los autores, podemos decir, por ejemplo, que los individuos cuya actividad criminal es crónica mostraron conductas similares en la adolescencia de carácter leve, para luego pasar a las moderadas y graves en la edad adulta.

Algunos de los que no habían cometido ningún delito refirieron haber cometido conductas criminales leves en la adolescencia, pero no de forma habitual.

Con respecto a la segunda pregunta, se puede afirmar que los autoinformes coinciden con los datos de registros policiales oficiales y, por tanto, en principio se podría confiar en ellos ya que la información es fiable.

Para la tercera cuestión, sobre los factores predictivos de riesgo y los de protección, la información obtenida es más extensa.

Por ejemplo, se encontraron, además de con los datos que hemos mencionado previamente, con que aquellas personas que formaban parte del grupo de delincuentes persistentes tenían en el colegio unos niveles muy altos de conductas antisociales.

Y, además, al igual que los individuos cuya criminalidad se limitó a la adolescencia, los delincuentes crónicos tenían unos niveles altos de internalización de los problemas en la época escolar comparados con sus compañeros. Es curioso que esto no parecía ser determinante en aquellos individuos que dejaron de cometer delitos en la adultez temprana.

Los autores refieren que los esfuerzos preventivos deben enfocarse en aumentar las redes de apoyo, especialmente de amigos y compañeros en los colegios e institutos. Además, comentan que sería muy útil que los jóvenes tengan adultos positivos de referencia que promuevan en ellos conductas sociales.

Por supuesto, es muy importante mantener un ambiente familiar y escolar positivo.

El estudio tiene algunas limitaciones, como que las entrevistas fueron realizadas cada dos o tres años y algunos datos pueden haberse escapado; además las preguntas no fueron iguales en cada una de ellas.

Los autores comentan la necesidad de seguir ahondando en este tema debido a la gran cantidad de factores que influyen en el desarrollo de una carrera criminal y pueden condicionarla.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “C3-Sex: a Conversational Agent to Detect Online Sex Offenders” de Ibáñez Rodríguez, J.; Rocha Durán, S.; Díaz-López, D.; Pastor-Galindo, J. y Gómez Mármol, F. (2020), en el que los autores prueban una herramienta de inteligencia artificial creada para detectar posibles agresores sexuales interesados en menores.

Desafortunadamente, el tráfico de personas, de drogas, el abuso sexual o el bullying son realidades que, a pesar de los esfuerzos de la sociedad, siguen presentes.

Con el desarrollo de la tecnología en los últimos años, una de las figuras delictivas que más ha proliferado ha sido el abuso de menores y la creación, distribución y consumo de pornografía infantil.

Hoy en día no es difícil encontrar foros, comunidades online y redes sociales dedicadas a ello. La INTERPOL registró, a fecha de julio de 2020, casi tres millones de imágenes y vídeos de abusos a menores.

Sin embargo, la tecnología también ha sido capaz de proporcionarnos herramientas para perseguir este tipo de conductas.

Una de ellas es la ya conocida inteligencia artificial, o IA, se utiliza para, por ejemplo, ayudar a los humanos a tomar decisiones, detectar patrones en bases de datos o predecir eventos futuros.

Una de las técnicas utilizadas en las redes sociales por las IA es el PNL, o procesamiento del lenguaje natural. Su función es analizar y entender el lenguaje humano, incluso replicarlo, y una de sus aplicaciones más comunes es la de las entidades de conversación artificial, también conocidas como chatbots.

Los chatbots, grosso modo, serían aplicaciones con las que se puede mantener una conversación, es decir, sin necesidad de que ésta sea entre dos personas humanas.

Es por esto por lo que los autores se plantearon, siguiendo investigaciones anteriores que parecían prometedoras, si existía la posibilidad de desarrollar un chatbot cuya función fuese detectar posibles agresores sexuales de menores interesados en pornografía infantil.

Así nació C3-Sex, una inteligencia artificial, un chatbot, que interactúa con usuarios de una plataforma de chat anónimo, llamada Omegle, y analiza el comportamiento de los usuarios en torno a la pornografía infantil.

Después de pasar por todo el complejo proceso de creación del software, los creadores de C3-Sex decidieron ponerlo a prueba.

¿Cómo lo hicieron?

Los pasos a seguir eran simples. C3-Sex entraría en una sala de chat de Omegle, seleccionando “sexo” como tema de interés. Allí, usuarios de todo el mundo podrían abrir una ventana de chat privada con el bot y comenzaría una conversación. En caso de que el usuario estuviese interesado en compartir contenido multimedia, C3-Sex le sugeriría utilizar Snapchat para intercambiarlo.

Snapchat es una red social famosa entre los jóvenes porque se pueden enviar fotografías y vídeos que tienen caducidad y sólo se pueden visualizar una vez, a gusto del usuario. Además, la aplicación te envía una notificación cuando alguien ha hecho una captura de pantalla de la imagen o vídeo que le has enviado.

En algún momento, la conversación entre el usuario y C3-Sex terminará, siendo el usuario quien de el primer paso para ello, pues sólo si éste cierra el chat, lo hará también C3-Sex.

Es en este momento cuando el software analizaría de forma exhaustiva la conversación, que habría sido guardada en su totalidad.

Tras utilizar C3-Sex durante un total de 50 días, se obtuvo una clasificación de tres enormes grupos de usuarios en función de cómo interactuaron con el chatbot.

El primer grupo fue el de usuarios indiferentes, 1489 personas del total. Estas personas demostraron tener una opinión negativa sobre el abuso sexual infantil y la pornografía de este tipo, manifestando emociones de rechazo. Obviamente, estas personas no enviaron imágenes sexuales ni manifestaron querer recibirlas. Además, fueron los más rápidos en responder, probablemente para manifestar esta negativa.

El segundo grupo fue el de usuarios interesados, 4041 sospechosos. Estas personas tenían una opinión favorable sobre el abuso infantil y sus emociones presentadas hacia una interacción sexual eran positivas. No parecían interesados en intercambiar contenido multimedia, centrando la mayor parte de su actividad en Omegle, sin llegar a Snapchat.

Por último, el grupo de los usuarios pervertidos, un total de 1669. Estas personas estaban interesadas en la interacción sexual y también en compartir contenido multimedia, mostrando en todo momento una actitud receptiva. Además, registraron una alta actividad en Snapchat y eran muy rápidos en responder.

Con estos resultados, se probó que C3-Sex era, en efecto, un software poderoso, útil y con mucho potencial para detectar sospechosos de abuso online de menores, así como de consumo y distribución de pornografía infantil.

Una de las limitaciones de C3-Sex es que, si bien perfila a los sospechosos a través de una gran cantidad de información, la versión actual del software no permite saber la posibilidad real de que los sospechosos se conviertan en pedófilos. Eso es un trabajo que debe hacer el analista de ciberinteligencia.

Los autores señalan que, para futuras publicaciones, están trabajando de forma que el software subsane los pequeños errores y limitaciones que posee, además de instalarle mejoras. Por ejemplo, quieren implementar un porcentaje de peligrosidad del individuo en función de la conversación, proporcionándole una función predictiva.

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