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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Youth Serial Killers: Psychological and Criminological Profiles”, de García-Baamonde, M. E.; Blázquez-Alonso, M.; Moreno-Manso, J. M.; Guerrero-Barona, E. y Guerrero-Molina, M. (2022), en el que los autores realizan una revisión de literatura anterior sobre jóvenes que han cometido asesinatos en serie para obtener algunos datos de interés para sus perfiles criminales. 

El fenómeno de los asesinatos en serie ocupa un lugar único en el campo de la criminología, pero también del sistema de justicia penal, especialmente cuando los autores de estos y otros tipos de delitos violentos, son menores de edad.

Además, existe una gran falta de comprensión del fenómeno de los asesinatos en serie. El tema está rodeado de un gran sensacionalismo mediático que surge siempre en torno a la pregunta de si los asesinos en serie nacen o se hacen. 

Por otro lado, son muchos los medios de comunicación que catalogan a quienes cometen estos delitos como “monstruos” o “demonios”, siendo esto una parte más del circo mediático que rodea estos casos tanto a nivel judicial como social. Esto contribuye y alimenta la mentalidad colectiva influenciada por los medios que no escatima en dar detalles sobre los crímenes y que, en ocasiones, incluso puede llegar a convertir a los victimarios en celebridades.

Para lograr un mejor conocimiento del fenómeno de los asesinatos en serie, su extensión y su gravedad, y centrándose en aquellos cometidos por jóvenes, los autores realizaron una revisión de literatura escrita en los últimos años sobre ello. 

Los autores consideran que la problemática jurídica y social no se da sólo en los casos en los que jóvenes menores de edad cometen asesinatos en serie, sino desde que cometen delitos violentos. 

A pesar de la terminología usada con frecuencia por los medios de comunicación, los jóvenes delincuentes no son monstruos ni bestias, y muchas veces no tienen antecedentes. 

A veces estos primeros delitos tienen lugar porque no pudieron negarse a la presión de grupo. Normalmente, suele haber una explicación. 

Algo que llama la atención a los autores, y les preocupa especialmente, es que desde mediados de los 80 y en torno a principios de los 90, se registró un crecimiento sin precedentes de los homicidios perpetrados por jóvenes. Los datos sugieren que los jóvenes participan, actualmente, en más crímenes que generaciones anteriores

Lo más común es que estos jóvenes pertenezcan a bandas callejeras, un fenómeno delictivo muy particular, ya que tienen unas variables específicas al resto de la delincuencia juvenil. 

Por estos datos, el perfil psicosocial y criminológico de los jóvenes que cometen homicidios no es equiparable al del delincuente común. 

También hay que mencionar que los casos de asesinos en serie donde los victimarios son niños o jóvenes, son, por supuesto, mucho menos frecuentes que los casos de adultos.

Algunos de estos jóvenes provienen de familias desestructuradas donde no pudieron adquirir una personalidad estable. Así, buscan continuamente satisfacer sus deseos a través de fantasías de dominación y control. 

Del mismo modo, algunos pueden haber sufrido abusos físicos, sexuales y emocionales y, a menudo, de forma simultánea. 

La investigación sobre el impacto del maltrato infantil en la conducta violenta ha demostrado que, el maltrato y la exposición a la violencia, en cualquiera de sus formas, es un factor predictivo importante para la conducta delictiva. 

Por otro lado, aparece la psicopatía, que todos conocemos, y que genera serios problemas en la dimensión afectiva, interpersonal y conductual de los humanos, tanto que los psicópatas pueden victimizar a otros sin que su conciencia se vea afectada. 

Muchos rasgos de la psicopatía comienzan a surgir en la infancia y se pueden identificar con más o menos facilidad, así como en la adolescencia y la juventud. Por eso se debe prestar atención a los menores que experimentan factores de riesgo como problemas de salud mental, problemas en su crianza, antecedentes de abuso de sustancias, impulsividad muy intensa, inestabilidad emocional, ausencia total de culpa, etcétera. 

Este artículo tiene algunas limitaciones. Por ejemplo, hay una baja prevalencia de asesinos en serie juveniles, lo cual dificulta el estudio de estos casos en concreto, por lo que el análisis debe tomarse con cautela. 

Sin embargo, a pesar de las limitaciones, el artículo original subraya la importancia de algunos factores psicosociales para una mejor comprensión del proceso por el cual menores de edad terminan cometiendo delitos tan graves como asesinatos en serie. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “‘Little Rascals’ or
Not-So-Ideal Victims: Dealing with minors trafficked for exploitation in criminal activities in the
Netherlands”, de Breuil, B. O. (2021), en el que la autora revisa el problema de la explotación
infantil con fines delictivos en el contexto holandés.

Sabemos que una de las grandes lacras como sociedad que a día de hoy sigue existiendo es la trata
de personas. La más conocida es la trata con fines de explotación sexual, que arrastra a millones y
millones de personas a destinos crueles, de donde es muy complicado salir.

Sin embargo, también existe la trata con fines delictivos, donde la mayoría de víctimas son, una vez
más, las personas más vulnerables: niños y menores de edad.

En los Países Bajos, contexto de este estudio, se defiende la idea de que se deben garantizar los
intereses de los menores en este tipo de casos, y que las víctimas de trata no deben ser consideradas
responsables ni deben ser castigadas por los delitos que se vieron obligadas a cometer. Sin embargo,
la sociedad suele considerar estos castigos como merecidos y justos.

Entonces, ¿los actores de primera línea (policías y figuras de autoridad) están preparados para
identificar y tratar estos casos?

Este tema se discute en la investigación realizada por la autora en 2015 y 2016, sobre los niños y
jóvenes explotados en actividades delictivas en los Países Bajos.

En el momento en que ésta se llevó a cabo, sólo cinco casos se habían juzgado exitosamente en los
tribunales. Y aunque la visibilidad del fenómeno ha aumentado en los últimos años,
desafortunadamente es una forma de trata que sigue siendo poco investigada, tanto en los Países
Bajos como en el resto del mundo.

El objetivo del artículo es, por tanto, contribuir a llenar ese vacío, aportando ideas que pueden ser
relevantes para las instituciones públicas de protección infantil.

La investigación gira en torno a dos cuestiones: primero, qué conocimiento existe sobre el
fenómeno, sobre su definición, características, los perfiles de los perpetradores y las víctimas,
etcétera. Por otro lado, se investigaron algunos casos con el fin de explorar las diferentes
manifestaciones del fenómeno.

Uno de los problemas que plantea esta tipología delictiva, es la reducida cantidad de literatura sobre
la misma. A partir de los datos limitados que existen, los delitos más comunes en este contexto
serían: el carterismo, la mendicidad forzada, el robo, el hurto en tiendas, la venta ambulante ilegal o
el tráfico de drogas.

En lo que respecta a las cuatro primeras actividades, hay un fuerte énfasis en la investigación sobre
niños romaníes, de Europa Central y oriental, como las principales víctimas de esta explotación.

Sin embargo, la autora menciona la necesidad de ser escépticos con respecto a la “etnitización” del
fenómeno. Lo más importante de la victimización de los menores para estos delitos son las
desventajas socioeconómicas de sus familias, vivir en barrios segregados, empobrecidos y
propensos a la delincuencia, con padres enfermos, desempleados, o bien consumidores de alcohol o
drogas. No hay razón para que niños de otros grupos étnicos que viven en circunstancias similares
sean victimizados: no tiene que ver con la raza, sino con unas condiciones de vida desfavorecidas.
Esto también tiene consecuencias negativas sobre los padres y la cultura romaní, que se ven
percibidos como victimarios.

Un aspecto muy interesante que se debe contemplar, es que las suposiciones sobre cómo deberían
ser las víctimas, disuaden a las autoridades de otorgar la condición de víctima a los menores que no
encajan en este ideal, ya que existe la creencia de que estos menores llegaron con sus familias al país de acogida para beneficiarse de sus ayudas sociales, lo que puede empañar su capacidad para
verlos como víctimas.

Es decir, aunque pueden ser identificados como víctimas de la trata con fines de delincuencia, esto
no garantiza que realmente se les reconozca como tales, debido a la estigmatización que sufren.

También existe un sesgo cognitivo que hace más sencillo considerar víctimas a las mujeres que a los
hombres. Algunas de las figuras de autoridad entrevistadas para el estudio de la autora,
mencionaron más obvia la posibilidad de que las niñas sean víctimas de trata.

Por otro lado, es complicado que los casos de explotación de menores en actividades delictivas
lleguen a los tribunales. Según la investigación, se debe a que en algún momento de la investigación
sobre el delito, se pierde la idea, se deja de considerar trata.

A veces ocurre porque los profesionales prefieren no etiquetar el caso como trata de personas de
forma oficial, para ser lo más objetivos posible e interpretar los hechos desde un papel neutral.
En otras ocasiones, se considera que etiquetar un caso como trata de personas podría no ir a favor
del interés y el bienestar del niño. Esto sigue el argumento de que, en algunos casos, calificar
legalmente unos hechos como consecuencia de la trata, evita abordar las causas estructurales
(políticas, económicas y sociales), en beneficio de las reacciones punitivas de la justicia penal.

Es decir, procesar y dar penas de cárcel a los padres por traficar con sus hijos puede tener graves
consecuencias para los niños y empeorar sus condiciones de vida. Una intervención orientada a
protegerlos, apoyar a los padres en la crianza, mejorar sus condiciones de vida, produciría mejores
resultados.

Estos esfuerzos combinados podrían allanar el camino para una mejor identificación de la trata de
menores para su explotación en actividades delictivas, y garantizar que se respeten los derechos de
los niños, incluido el derecho de no ser castigados por delitos que fueron obligados a cometer.
También sería necesario abordar las desigualdades económicas, sociales, culturales y de género,
mientras se mantiene en el foco de atención el interés superior de los niños.

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