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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Criminal Behavior and Psychosocial Risk Factors in Brazilian Adolescent Offenders: An Exploratory Latent Class Analysis” de Galinari, L. S. y Rezende Bazon, M. (2021), en el que las autoras realizan un estudio en el que pretenden establecer una clasificación de los jóvenes delincuentes en el contexto de Brasil, en función de sus características delictivas y personales.

En el artículo de la semana pasada exploramos a los delincuentes juveniles con respecto a la reincidencia.

Esta semana nos centramos en un estudio que se pregunta si es posible establecer una tipología de jóvenes delincuentes para facilitar el tratamiento y la reinserción de estos, en el contexto de Brasil.

Las normas tanto en Brasil como en el resto del mundo abogan por un sistema de justicia que es diferente para adultos y adolescentes. Eso significa que se tiene en cuenta, normalmente, que la adolescencia es una fase del desarrollo humano en la que un individuo es sometido a transformaciones rápidas y simultáneas tanto a nivel físico como psicológico.

Por tanto, los adolescentes son un segmento vulnerable cuando hablamos de conductas desviadas porque son altamente susceptibles a cambios. Esto, a su vez, se debe a la gran plasticidad neuropsicológica del momento del desarrollo en el que se encuentran.

Es por esto por lo que la mayoría de sistemas judiciales concibe la justicia de menores no sólo como una forma de responsabilizarles de sus actos, sino también como una manera de ayudar a que los jóvenes completen su desarrollo psicosocial a través de un seguimiento que se centra en su reinserción social y en la reducción de las posibilidades de reincidencia.

Investigaciones anteriores han señalado la necesidad de enfocarse en los aspectos de la personalidad (impulsividad, abuso de sustancias, actitudes antisociales…) y los aspectos microsociales (vínculos familiares, prácticas parentales, absentismo escolar…) de los jóvenes para entender su criminalidad.

Sin embargo, los jóvenes que se encuentran en el sistema de justicia representan un grupo heterogéneo, con diferentes problemas y diferentes necesidades. Por eso, la efectividad de las intervenciones y los estudios en este campo está condicionada por la adecuación y la personalización de estos.

En estudios previos se ha identificado de forma recurrente al delincuente juvenil con un patrón caracterizado por una alta frecuencia de delitos de baja gravedad, pobreza, malas relaciones familiares y bajo rendimiento académico.

Sin embargo, las autoras del artículo quieren ir más allá e intentar establecer una tipología un poco más precisa.

Para ello, toman una muestra de 400 delincuentes jóvenes. Todos varones, debido a que son significativamente más numerosos en el sistema de justicia juvenil de Brasil, donde se realizó el estudio. La edad media fue de casi 17 años.

Para el análisis de sus casos, se utilizaron diferentes cuestionarios psicosociales con validez científica.

Con los resultados obtenidos, las autoras pudieron hacer una clasificación de cuatro tipos de delincuentes juveniles, si bien señalan que hay que tomar precauciones con respecto a la tipología, ya que cada persona y caso cuenta con sus peculiaridades.

Existe un perfil al que llaman C1 que se refiere a adolescentes que, aunque han sido judicializados por algún delito, no son distintos de los adolescentes que no lo han sido, en esencia. Tampoco existen diferencias significativas en cuanto a su exposición a variables sociales y personales que podamos considerar criminógenas.

En este perfil hay una recurrencia a lidiar con pensamientos desagradables vinculados a aspectos percibidos como negativos sobre uno mismo y/o sus relaciones. Como resultado, se tenderá a reprimir estas emociones.

Con este perfil, estos jóvenes tendrían pocas necesidades de intervención. Las autoras aconsejan una intervención que no tenga que ver con la justicia, o una intervención judicial leve.

Posteriormente, aparece el perfil C2. Este se refiere a adolescentes que, a pesar de tener una participación delictiva más importante que los jóvenes del grupo C1, muestran un patrón de conducta caracterizado por una baja frecuencia delictiva y la ausencia de delitos violentos.

Sin embargo, en este perfil hay puntuaciones importantes de desajuste social y alienación. Es decir, son jóvenes con creencias y valores antisociales, y con desconfianza hacia los demás por encima de la media.

Estos jóvenes necesitan intervenciones centradas en estas conductas y asistencia en entornos de socialización prosocial. Además, teniendo en cuenta su poca peligrosidad, deberían aprobarse para ellos medidas menos restrictivas.

El perfil llamado C3 se refiere a adolescentes que presentan un mayor compromiso delictivo, con una frecuencia delictiva y diversidad de delitos por encima de la media, además de que participan en aquellos que son violentos.

Estos jóvenes tienen antecedentes de violencia familiar y relaciones escolares negativas. Sin embargo, no destacan especiales dificultades a nivel psicológico.

Este tipo de adolescentes deberían participar en intervenciones centradas en mejorar sus relaciones familiares y escolares y, si en algún momento presentan un compromiso delictivo importante, las autoras consideran necesaria una medida judicial algo más intensa.

Por último, aparece el perfil C4. Estos adolescentes presentan una puntuación por encima de la media en frecuencia y diversidad de delitos violentos, al igual que en variables sociales y personales de riesgo. Tendrían muy poco apego a sus padres, problemas conductuales en la escuela, episodios de violencia familiar y antecedentes criminales dentro de la familia.

Por otro lado, también se moverían por entornos de inadaptación social, manifestarían agresividad, orientación antisocial, bajo control de los impulsos, escepticismo y desconfianza hacia los demás.

Estos jóvenes tienen necesidades mucho más complejas. Deberían centrarse sobre todo en controlar las actitudes antisociales y mejorar su autocontrol. También necesitan intervención en los aspectos sociales, especialmente en el desarrollo de relaciones familiares. Una vez que cometan un delito grave, si es que sucede, es posible que sean necesarias medidas intensas y restrictivas.

Las autoras destacan que más del 40% de los jóvenes que participaron en el estudio fueron clasificados en la categoría C4.

Para futuras investigaciones, las autoras consideran que los diferentes perfiles propuestos pueden ser de gran ayuda, sobre todo para organizar las intervenciones de una forma más adecuada. Además, es importante proponer, implementar y evaluar protocolos de intervención que siempre tengan presente la heterogeneidad en adolescentes infractores.

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