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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Sex offending among adolescents and young men with history of psychiatric inpatient care in adolescence” de Kaltiala, R., Holttinen, T. y Ellonen, N. (2022), en el que los autores realizan un estudio de seguimiento de 30 años de duración en casos de hombres y jóvenes adultos que estuvieron en centros psiquiátricos, para saber si, al ser dados de alta, cometieron algún tipo de delito, poniendo el foco en los delitos sexuales. 

Durante la adolescencia existen discrepancias entre la maduración física, la maduración cognitiva y la maduración emocional, y esto es algo que puede aumentar el riesgo de los jóvenes para formar parte, por ejemplo, de encuentros sexuales que no son seguros. En casos más extremos, incluso pueden aparecer encuentros sexuales no consensuados.

Todo esto puede estar relacionado con trastornos mentales de internalización y también de externalización. De hecho, formar parte de una actividad sexual no consentida, según mencionan los autores, sería un factor de riesgo importante para los trastornos mentales. Ser el victimario en este tipo de actos, puede guardar relación también con problemas de desarrollo.

Además de los factores de riesgo que existen para la delincuencia en general, los delincuentes sexuales jóvenes a menudo presentan un historial de sujeción al abuso sexual, intereses sexuales atípicos, aislamiento social y algún tipo de psicopatología.

Algunas condiciones psiquiátricas y de desarrollo se han asociado en jóvenes y adultos con una mayor probabilidad de cometer delitos sexuales. Por ejemplo, trastornos graves de conducta, desarrollo de una personalidad antisocial, e incluso en algunos casos (aunque no mayoritarios), trastornos del espectro autista y retraso mental. 

Hasta dos tercios de los delincuentes sexuales jóvenes cumplen los criterios diagnósticos de algunos trastornos mentales. 

Muchos trastornos mentales graves están relacionados con la sexualidad y deben ser tenidos en cuenta, ya que pueden distorsionar el desarrollo normativo hacia una sexualidad consensuada y satisfactoria, como la anhedonia, el déficit de control de impulsos, la ansiedad social o problemas de percepción y comunicación. Esto puede ser particularmente dañino en la adolescencia, cuando los jóvenes están experimentando un desarrollo decisivo en muchas y variadas áreas de su vida. 

Los autores tienen diferentes objetivos en este trabajo. Por ejemplo, conocer con qué frecuencia los jóvenes varones ingresados en atención psiquiátrica adquieren antecedentes penales por delitos sexuales en los primeros 10 años desde su alta médica, en el caso de que los adquieran. Conocer cuál de los diagnósticos conlleva el mayor riesgo de delitos sexuales posteriores también es uno de sus objetivos. 

Por otro lado, como el estudio implica un seguimiento de los casos durante 30 años, se preguntan también cuáles son las diferencias entre los jóvenes ingresados en la década de 1980, 1990 y los 2000. 

Para ello, obtuvieron una muestra de 6.749 adolescentes de entre 13 y 17 años que fueron admitidos, entre 1980 y 2010 para realizar su primer tratamiento psiquiátrico.

Los antecedentes penales posteriores se obtuvieron de registros públicos de Finlandia, el contexto del estudio. Contenían datos sobre las sentencias impuestas, las sentencias perdonadas y los cargos rechazados por los tribunales de primera instancia. 

De todos los pacientes, sólo 103 habían cometido delitos sexuales durante el seguimiento, lo cual es un número muy bajo (1,5%). Por tanto, la condena penal por delitos sexuales cometidos por adolescentes durante los 10 años posteriores a su alta de un centro psiquiátrico, es muy poco común.

La adquisición de antecedentes penales por delitos sexuales fue igualmente común entre aquellos que ingresaron en psiquiatría en la adolescencia temprana (13-14 años) y aquellos que lo hicieron en adolescencia más avanzada (15-17 años).

Los antecedentes penales por delitos sexuales fueron más comunes entre aquellos con diagnósticos primarios de consumo de sustancias, trastorno de la personalidad o de la conducta. Fue menos común entre aquellos jóvenes con trastornos del estado de ánimo. 

Además, tener antecedentes penales por violencia no sexual antes de la admisión en el centro psiquiátrico, se asoció con un mayor riesgo de cometer esos mismos delitos después de la admisión. 

Los pacientes ingresados por primera vez con diagnósticos relacionados con la esquizofrenia, tenían un riesgo bajo de cometer posteriormente delitos, tanto sexuales como no sexuales, aplicándose también a delitos no violentos. 

Sin embargo, pese a todo lo anteriormente nombrado, es importante mencionar que los delitos sexuales posteriores a la estancia en el centro psiquiátrico, fueron más comunes entre los jóvenes admitidos en los centros en la última década. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Female Forensic Patients May Be an atypical sub-type of Females Presenting Aggressive and Antisocial Behavior” de Hodgins, S. (2022), en el que la autora recopila información perteneciente a literatura previa sobre las mujeres que se encuentran en tratamiento psiquiátrico forense y centra su atención en los rasgos antisociales y agresivos.

En la mayoría de países, hay menos mujeres tratadas en los servicios psiquiátricos forenses que hombres, y menos son encarceladas en prisiones. 

Algunas personas señalan que esto ocurre porque hay un menor comportamiento agresivo y antisocial (de ahora en adelante, CAA) en las mujeres que en los hombres; sin embargo, no todos los expertos apoyan esta idea porque los estudios no son concluyentes. 

Por ejemplo, en un estudio donde se analizó a aproximadamente 1.000 individuos adultos, hombres y mujeres, el 7,5% de ellas y el 10,5% de ellos presentaban conductas antisociales y agresivas, que comenzaron en la infancia y se mantuvieron hasta la edad adulta. La diferencia no es significativa. 

Para comprender mejor la situación de estas mujeres y las características de su salud mental, la autora revisa artículos ya publicados sobre ello. 

Un estudio holandés utilizó una muestra de 275 pacientes forenses, mujeres, en torno a los 30 años. Antes de haber ingresado como pacientes, el 54% había sido condenada por algún delito y el 88% había sido tratada previamente por otros servicios de psiquiatría

Tres cuartas partes de ellas habían sufrido maltratos en la infancia, en algunos casos prolongados hasta la edad adulta. 

Los delitos por los que habían llegado al centro psiquiátrico forense incluían homicidio (más del 50%), incendios provocados, otros delitos violentos, delitos contra la propiedad y violencia sexual. 

Los diagnósticos que habían recibido eran esquizofrenia (en un 32,9%), trastorno de uso de drogas, depresión, trastorno de estrés postraumático y trastorno límite de la personalidad. 

78 de las mujeres de este estudio fueron seguidas durante 3 años después de recibir el alta. Muy pocas reincidieron, de ellas, sólo 6 fueron condenadas por delitos violentos en estos 3 años inmediatamente posteriores al alta. 

Otro estudio, este realizado en Ontario, Canadá, analizó todos los casos de psiquiatría forense desde 1987 a 2012, de personas que fueron declaradas no responsables penalmente por trastorno mental. El 14% eran mujeres. El 91% de ellas habían sido atendidas previamente en servicios psiquiátricos y el 36% habían sido condenadas por algún delito. 

Además, el 13% de ellas se encontraba en una situación precaria, viviendo en la calle, y el 21% estaban desempleadas. 

Por lo tanto, todo esto sugiere que las pacientes psiquiátricas forenses femeninas presentan trastornos mentales que incluyen disfunciones emocionales, cognitivas, y bajos niveles de funcionamiento psicosocial. 

Entre las mujeres que presentan CAA, es necesario mencionar que muchas de ellas no son procesadas por el sistema de justicia penal. 

En un estudio con 96 niñas y adolescentes que acudieron a una clínica buscando ayuda por abuso de sustancias, el 44,8% de ellas informó haber participado en algún acto violento (peleas callejeras, golpear a alguien, portar armas…). Casi dos tercios de estas niñas, y el 34% de aquellas que no habían sido violentas, fueron diagnosticadas con un trastorno de conducta. 

Las comparaciones de los casos de cada una de las niñas, mostró que aquellas que habían participado en actos violentos tenían cuatro veces más probabilidades de tener un trastorno por consumo de drogas y tres veces más propensas a sufrir abusos físicos y sexuales. Es decir, tenían significativamente más factores de riesgo. 

Se siguió a las niñas que participaron en este estudio durante 5 años, y aunque no cumplían con todos los criterios de un trastorno de personalidad antisocial, sí tenían una conducta más violenta que las mujeres sanas. 

Esto sugiere que tanto en la adolescencia como en la edad adulta, las mujeres con un trastorno de conducta previo tienden a mostrar niveles más altos de rasgos psicopáticos, como la agresividad, y algunos rasgos del trastorno de conducta antisocial. 

Así, se han identificado algunos factores a los que es importante prestar atención desde la infancia para prevenir y tratar estos trastornos, como un bajo rendimiento académico, la aparición de rasgos psicopáticos…, pero no conductas agresivas y antisociales, por lo tanto, esto es algo que ha permanecido oculto a la vista.

Es importante destacar que los problemas de conducta y determinados rasgos emocionales en los jóvenes pueden predecir la criminalidad. 

Además, se ha relacionado en varios estudios a la esquizofrenia y el trastorno límite de la personalidad con la conducta agresiva y antisocial en los casos de mujeres que se encuentran en tratamiento psiquiátrico forense. 

La autora propone prestar especial atención a los primeros años de las niñas, ya que muchos problemas de salud mental tienen su origen en una crianza dura, poco eficaz, o un entorno primario problemático.  

Aunque el trastorno de conducta agresiva y antisocial sea difícil de observar, las consecuencias para las niñas y su entorno son brutales y destructivas. 

Así, la autora recomienda centrar los esfuerzos en la prevención y el tratamiento de aquellas mujeres que ya sufren estos problemas. Por ejemplo, intervenir en campañas de prevención del uso de sustancias, del embarazo adolescente o de la agresividad en general. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Mechanisms for protecting children’s rights and the role of psychological services in the juvenile justice system of Russia against the background of international practices”, de Orsayeva, R.; Vasyaev, A. y Shestak, V. (2022), en el que los autores realizan un análisis crítico de la situación actual del sistema penal y procesal penal en Rusia aplicado a menores de edad.

La protección de los derechos del niño sigue siendo uno de los desafíos más graves a los que se enfrentan las sociedades modernas. A pesar de los esfuerzos de las autoridades y la sociedad para mejorar la protección de la infancia, no se han resuelto las estrategias dirigidas a algunos temas, como las intervenciones de los jóvenes en el sistema penal o la prevención para que éstos no sufran violencia y abandono por parte de sus familias. 

La Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño ha sido ratificada por todos los países europeos y ha ayudado a fortalecer la cultura de la protección del niño. Sin embargo, los resultados obtenidos no son los esperados. 

Además, en la justicia juvenil, las violaciones de los derechos del niño son omnipresentes, y parece ser que en la última década ha habido una regresión en lugar de avances o estancamientos. Esto puede explicarse porque, quizá, la sociedad no sabe con exactitud cómo los derechos del niño pueden contribuir a una mejora del sistema judicial juvenil.

En cuanto a la protección de los derechos del niño y el sistema de justicia juvenil en Rusia, existe un problema de discrepancia entre los derechos declarados por ley y los derechos que se aplican de forma efectiva.

Un tema aparte es el factor de las características y problemas psicológicos de los adolescentes en el sistema de justicia. En los últimos 10 años, sólo en EEUU, el porcentaje de jóvenes que habían tenido contacto con el sistema penal y que, además, poseían problemas de salud mental, ascendía al 70%. 

El objetivo de este estudio es analizar el estado y la eficacia de los mecanismos de protección de los derechos del niño en Rusia, para comparar con las leyes de otros estados, haciendo lo mismo con el sistema de justicia juvenil. También se revisa brevemente la problemática de la salud mental en los jóvenes que entran en contacto con este sistema. 

En el ámbito legal, hay muchas discusiones sobre los aspectos negativos de la justicia juvenil y su implementación en Rusia. 

El principal aspecto negativo es el control estatal final sobre la familia. Los trabajadores de justicia juvenil están autorizados para alejar al niño de su familia cuando los padres son acusados de abuso, incapacidad de proporcionar una nutrición adecuada, tienen una situación financiera inadecuada, entre otros. 

Por lo tanto, la sociedad está asustada por el hecho de que las familias pueden verse privadas de sus hijos, ya que hay una gran cantidad de ellas que viven en situación de pobreza. 

Sin embargo, estos temores son exagerados. El objetivo de la justicia juvenil simplemente busca ser una garantía de los derechos básicos del niño y sólo se tomarán medidas cuando haya pruebas de esas acusaciones

Además, en Rusia, el sistema de justicia juvenil se basa en las opiniones subjetivas de los representantes de sus órganos, por tanto, en un número significativo de casos, los tribunales no satisfacen las solicitudes de internamiento en un centro de detención juvenil. Además, no hay una evaluación psicológica profesional en el tribunal, y bien es sabido que, en base a éstas, se planifican y organizan medidas sociales y psicológicas encaminadas a maximizar el éxito del desarrollo del menor. 

Con respecto al problema de la salud mental, numerosos estudios confirman que una proporción significativa de jóvenes del sistema de justicia juvenil sufren de un trastorno mental diagnosticable. Según los datos disponibles en Rusia, entre los delincuentes adolescentes, el número de personas con trastornos mentales es de mínimo el 50% de los casos. 

Los autores proponen que la prioridad del sistema debe ser dedicar recursos a los programas sociales destinados a la prevención de la delincuencia juvenil, además de proporcionar oportunidades a quienes son propensos a delinquir. Es de suma importancia apoyar tanto a la policía y las demás autoridades, como a los programas dirigidos a personas en riesgo. 

El personal escolar, los servicios sociales, las organizaciones sin ánimo de lucro y la sociedad, están obligados a hacer un gran esfuerzo. 

Es mediante el ejercicio de todos los poderes que se podrá mantener la integridad del sistema de justicia juvenil mientras se brindan alternativas apropiadas a los menores que no pueden o no quieren obtener asistencia. 

Además, para terminar de desarrollar una justicia justa, los autores creen que Rusia debe ir más allá del concepto legal de justicia, y cambiar a uno que pueda combatir las desigualdades de cualquier tipo, ya sean de naturaleza criminal o social. Esto sería particularmente importante en el contexto de la juventud, ya que se ven afectados por políticas injustas, según comentan los autores. Este sería el enfoque de justicia social que consideran puede señalar el camino a seguir. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Radicalization in Adolescence: the Identification of Vulnerable Groups”, de Schröder, C. P.; Bruns, J.; Lehmann, L.; Goede, L. R.; Bliesener, T. y Tomczyk, S. (2022), en el que los autores realizan un estudio para identificar los factores de riesgo de radicalización en adolescentes.

Uno de los temas que más ha preocupado a los expertos criminales en los últimos años ha sido el de la radicalización violenta

Esta se entiende como un proceso que comienza temprano en el curso de la vida y que puede conducir al extremismo, incluyendo actos terroristas. Se caracteriza por la interacción compleja de muchos factores individuales y sociales, y se manifiesta en ideas, actitudes y comportamientos distintos.

Dado que los comienzos de la radicalización se observan, a menudo, en cortas edades, muchos expertos han centrado sus análisis y su trabajo en los adolescentes. Además, los adolescentes son el grupo que más interesa estudiar, porque se encuentran en una etapa especial en su desarrollo, ya que es en la adolescencia cuando las personas comienzan a buscar su propia identidad y son más vulnerables. 

Además, desde una perspectiva evolutiva, la adolescencia representa un período especialmente relevante para el desarrollo de la identidad, así como de una serie de normas y un sistema de valores. 

Los adolescentes son, por tanto, especialmente vulnerables porque también empiezan a buscar pertenecer a algún grupo, obtener reconocimiento y así afianzar su identidad. Todo esto, sucede en torno a los 14-16 años. 

También suelen buscar aventuras, emociones, provocaciones… Y también estos años son especialmente relevantes para la socialización política y el desarrollo de actitudes relacionadas que generalmente se mantienen estables a lo largo de toda la vida. 

Por lo tanto, hay muchos factores de riesgo relacionados con la radicalización que juegan un papel importante en esta etapa de la vida.

Muchos modelos teóricos y estudios empíricos sobre radicalización se han centrado en el islamismo extremista debido a que el terrorismo yihadista ha sido la mayor amenaza terrorista de los últimos años para Europa. Sin embargo, le sigue muy de cerca el terrorismo ultraderechista. 

El extremismo de derechas es, por tanto, un problema social muy importante y representa una gran amenaza para las minorías, así como para la propia democracia. Las ideologías de extrema derecha están, a menudo, detrás de los crímenes de odio, que son altamente problemáticos porque son consecuencia de ideologías de desigualdad, exclusión y violencia, representando actitudes antisemitas, xenófobas, homófobas o sexistas, entre otras.

El objetivo de este artículo es, por tanto, analizar este tipo de extremismo examinando las condiciones de origen y otros factores de riesgo asociados. 

Lo que ocurre es que, para capturar la complejidad de los patrones de actitud, los análisis estadísticos no son suficientes. Los expertos abogan por comenzar a utilizar métodos centrados en las personas, que serían más útiles. Por ejemplo, los análisis de clases latentes pueden examinar las diferentes “constelaciones” de actitudes xenófobas o antisemitas dentro de una población. 

El estudio de los autores se centra, por tanto, en las actitudes de ultraderecha de una muestra de adolescentes, utilizando un análisis de clases latentes. 

En él, participaron un total de 6.335 jóvenes cuya edad oscilaba entre los 13 y los 19 años, aunque la gran mayoría tenía entre 14 y 15. 

La base del estudio era un cuestionario online cuantitativo de aproximadamente 90 minutos de duración, que incluía preguntas sobre varios temas; por ejemplo, actitudes políticas, religión, entorno social, actividades de ocio, actividades online, etcétera.

Más de la mitad de los adolescentes de la muestra pertenecían a una clase (o grupo) caracterizada por un fuerte desacuerdo con todas las actitudes relacionadas con la ultraderecha. 

Sin embargo, el grupo etiquetado como “los extremistas” (es decir, las personas que sí mostraron actitudes de ultraderecha) mostró algunas características: en su gran mayoría predominaba el género masculino y sentimientos muy altos de privación social. Esto sería coherente con algunas investigaciones previas. Para esta clase también aparecieron fuertes sentimientos de privación política y una tendencia hacia la perpetración de delitos violentos. 

El grupo “antiautoritario” se caracerizó por niveles muy bajos de privación política y muy poca tendencia a delitos violentos. 

Estas ideas nos dan a entender que los enfoques de prevención que se dirigen a todos los grupos no son efectivos, ya que cada uno tiene sus necesidades especiales. 

Parece necesario, por tanto, tener objetivos de prevención distintos para grupos específicos, además de tener en cuenta el género, ya que se ha visto que los jóvenes varones están en mayor riesgo. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Dark Triad Personalities, Self-Control, and antisocial/criminal outcomes in Youth” de Pechorro, P.; DeLisi, M.; Gonçalves, R. A.; Braga, T. y Maroco, J. (2021), en el que los autores realizan un estudio para examinar si el autocontrol media las relaciones entre la Tríada Oscura y aspectos como la delincuencia, los trastornos de conducta y la gravedad de los delitos cometidos. 

La investigación en criminología y diversas áreas de la psicología, como la psicopatología del desarrollo o la personalidad, apunta de manera consistente a la existencia de características oscuras de la personalidad y comenta que éstas están asociadas a diversos problemas de conducta. 

Dentro de estos rasgos aparecería el autocontrol, y también la famosísima Tríada Oscura compuesta por el narcisismo, el maquiavelismo y la psicopatía. 

El narcisismo se caracteriza por ser egoísta, egocéntrico, tener baja empatía y una gran necesidad de ser admirado por los demás.

Cuando una persona es maquiavélica es astuta, intrigante y sin escrúpulos en su comportamiento, además, tiende a explotar a los demás para su beneficio. 

Por último, la psicopatía comparte muchos rasgos con el trastorno de personalidad antisocial y describe a una persona con poca empatía, conexiones emocionales con los demás muy reducidas, impulsiva, y con tendencia a involucrarse en conductas imprudentes, lo que en ocasiones les lleva a cometer delitos. 

Aunque la Tríada Oscura y el autocontrol son ideas distintas, presentan puntos en común. Ambas encarnan a un individuo que tiene una regulación emocional y una conducta muy pobres, es egocéntrico y persigue el interés propio sin tener en cuenta a los demás; además, es una persona mentirosa y manipuladora, propensa a tener problemas de conducta. 

Hasta la fecha, hay varios estudios metaanalíticos que indican que la Tríada Oscura y el autocontrol están significativamente relacionados con una variedad de resultados antisociales y con distintas patologías de personalidad. 

Es importante señalar que, aunque el autocontrol y la Tríada Oscura se asocian constantemente, hay pocas investigaciones que hayan examinado estos dos conceptos de forma conjunta: tan sólo lo hicieron el 5% de los estudios encontrados por Miller en su metaanálisis de 2019 (citado en el artículo). 

Larson realizó en 2015 un análisis en el que se vio que casi el 60% de los participantes tenían un bajo nivel de narcisismo y un alto nivel de autocontrol y, por lo tanto, exhibían un funcionamiento normativo de su personalidad; sin embargo, un 6,4% de la muestra presentó un alto narcisismo y muy bajo autocontrol.

Esta parte de la muestra tenía un perfil psiquiátrico de riesgo, más posibilidades de abusar de sustancias y sufrir violencia. Además, también tenían más riesgo de cometer delitos como violencia en la pareja, crueldad hacia los animales, robo, agresión sexual.. 

El estudio, pues, mostró que existe, aparentemente, una tendencia al crimen cuando se presentan las características del narcisismo (que es una de las características de la Tríada Oscura) y el bajo autocontrol.

En este estudio, los autores investigan si el autocontrol media las relaciones entre la Tríada Oscura y algunos trastornos de conducta en una muestra de jóvenes portugueses. Al hacerlo, se examinaron los vínculos de la Tríada Oscura con el autocontrol y la criminalidad.

La muestra estuvo formada por 567 jóvenes de entre 14 y 18 años. Se utilizaron una serie de test y escalas validadas por la comunidad científica para examinar el autocontrol, la delincuencia, los trastornos de la conducta, entre otros. 

Los análisis mostraron que la psicopatía presentó el mayor impacto en términos de vínculos con el bajo autocontrol y la delincuencia juvenil, el trastorno de la conducta y la gravedad del delito. 

Esto es consistente con la reputación de la psicopatía como uno de los impulsores más importantes de la delincuencia. 

Los hallazgos también indicaron que el bajo autocontrol medió parcialmente la asociación entre psicopatía y maquiavelismo. 

Por otro lado, el narcisismo presentó poco o ningún efecto significativo directo sobre los resultados, e incluso presentó asociaciones negativas con el bajo autocontrol. Esto es consistente con estudios previos.

Dentro de las limitaciones del estudio hay que señalar que los datos se recopilaron a través de autoinformes y por eso debemos interpretarlos con cautela y confiar en que las investigaciones futuras van a emplear datos, lo más objetivos posible, para ahondar en estas cuestiones. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Could Expanding and Investing in First-Episode Psychosis Services Prevent Aggressive Behaviour and Violent Crime?” de Hodgins, S. (2022), en el que la autora realiza una revisión de literatura ya existente, sobre tratamientos que han recibido personas con esquizofrenia para tratar la conducta agresiva. 

La esquizofrenia es una enfermedad mental muy compleja y difícil de tratar, que causa sufrimiento a quien la padece y a sus seres queridos. 

Algunas personas que la desarrollan o la presentan, se involucran en conductas agresivas y, en ocasiones, delictivas.

La mayoría de estos individuos sufren un primer episodio de psicosis que marca un antes y un después, pero ya antes de este episodio suelen mostrar conductas con un cierto nivel de agresividad. 

Sin embargo, los servicios destinados a atender los primeros episodios de psicosis han mejorado la atención clínica de estas personas, al intervenir temprano en el curso de la enfermedad. Esto ayudaría también con la conducta violenta, ya que algunas personas con esquizofrenia tienen antecedentes de comportamientos violentos e incluso de comportamientos antisociales desde la infancia, por lo que tendrían mayores necesidades de tratamiento. 

Aún así, la realidad es que muchos servicios de atención al primer episodio de psicosis no tratan ni evalúan la conducta agresiva, por lo que los pacientes continúan manifestándola dentro y fuera de los servicios psiquiátricos. 

En muchas ocasiones, cuando esta conducta agresiva explota y alguien sale herido, el perpetrador es acusado de un delito violento. Algunas de estas personas son juzgadas como no responsables penalmente debido al trastorno mental que sufren, y son enviados a hospitales psiquiátricos forenses. Otros, son declarados culpables y sentenciados a prisión en un centro convencional

Es decir, los costes humanos de la incapacidad para identificar y tratar a estos pacientes cuando acuden por primera vez a los servicios clínicos son enormes. 

La literatura existente indica que los servicios de atención al primer episodio psicótico tienen el potencial de prevenir muchas manifestaciones de estas conductas agresivas y, por tanto, delitos violentos por parte de personas con esquizofrenia.

Esto reduciría el sufrimiento humano de pacientes y víctimas, así como los costes policiales, de los tribunales, centros penitenciarios y otros recursos de atención social, ayudando, además, a reducir el estigma contra las personas con enfermedades mentales. 

Existen evidencias que confirman que las personas con esquizofrenia son más propensas que sus pares de misma edad y sexo a participar en conductas agresivas (lo que, a su vez, puede dar lugar a acciones penales). Tienen un mayor riesgo de ser condenados por delitos no violentos, violentos, y, en especial, de ser condenados por homicidio. Sin embargo, los servicios de salud mental para personas con esquizofrenia no evalúan ni tratan las conductas agresivas. 

Un metaanálisis demostró que el 35% de las personas que se comunicaron con los servicios de atención al primer episodio de psicosis, habían cometido previamente al menos una agresión. 

Por ejemplo, un estudio con más de 200 personas tratadas por estos servicios, realizado en Reino Unido, demostró que un tercio de los hombres y un 10% de las mujeres habían sido condenados o declarados no culpables por enfermedad mental en al menos un delito violento. Es decir, parece que la mayoría de pacientes con esquizofrenia que muestra un comportamiento agresivo está, efectivamente, en mayor riesgo de delinquir. 

En general, entre los pacientes que presentan un primer episodio de psicosis y sufren esquizofrenia, existen dos grupos: uno de ellos son personas que tienen un largo historial de problemas de conducta violenta que a veces han podido terminar convirtiéndose en delitos, y por otro lado, están las personas que recientemente manifiestan este tipo de conducta agresiva. 

Otro dato significativo lo aporta un estudio realizado en Canadá, que informa de que la mayoría de personas declaradas no responsables penalmente debido a un trastorno mental, entre los años 2000 y 2005, fueron hombres con un diagnóstico de esquizofrenia que habían cometido un delito violento

Un metaanálisis mostró que, de los pacientes atendidos en clínicas de asistencia a primeros episodios de psicosis, un 29-38% consumían cannabis de forma regular. Otro metaanálisis encontró que, entre las personas con enfermedades mentales graves, el riesgo de actitudes violentas se incrementaba entre dos y cinco veces con el consumo de cannabis. Esto sugiere que es posible que estas personas sufran también algún trastorno de adicción. 

Por otro lado, los adultos con esquizofrenia muestran niveles más altos de victimización que sus vecinos, incluso después de ser conscientes de su propia criminalidad, y tienen también más riesgo de ser víctimas de homicidio. 

Se ha demostrado que, cuando se aplica tratamiento para estos pacientes que además de estar enfocado en la esquizofrenia también se enfoca en la conducta violenta, su estado de salud mental mejora y se reducen los episodios agresivos.

Por tanto, toda la evidencia disponible sugiere que identificar y tratar esta conducta, además de la psicosis, reduciría el sufrimiento de los pacientes, y los costos humanos y económicos secundarios. Además, promovería la seguridad de los pacientes y sus seres queridos y les ayudaría con su independencia y autonomía. 

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Juvenile Homicide Offenders Look Back 35 years later: Reasons They Were Involved In Murder” de Heide, K. M. (2020), en el que la autora realiza una serie de entrevistas con personas que, en su juventud, fueron encarceladas por cometer asesinatos, para investigar cuáles son las causas que les llevaron a ello, según la opinión de los propios ex delincuentes.

El homicidio cometido por jóvenes y el trato posterior de la justicia con éstos, ha sido un tema controvertido y al que los expertos le han prestado atención especialmente desde el pasado siglo.

Cuando los jóvenes se involucran en delitos violentos, especialmente asesinatos, la sociedad se pregunta por qué y qué se debe hacer con ellos.

En el contexto de Estados Unidos hay dos períodos en los que los asesinatos cometidos por menores aumentaron. El primero se dio entre 1960 y 1975, cuando los arrestos a menores por asesinato y homicidio aumentaron un 200%. La segunda etapa se dio entre 1984 y 1993, donde los arrestos a menores pasaron de ser 1.004 a 3.284. Además, de estos arrestos, el porcentaje de homicidios pasó del 7,3% al 16,2%.

Este aumento significativo en la participación de menores en asesinatos ocurrió, además, en un momento en que la población juvenil estaba disminuyendo.

Los expertos advirtieron a la nación que esperara una ola de jóvenes superdepredadores y pronosticó que habría una escalada continua en los asesinatos de menores en los próximos años.

En respuesta a este fenómeno, en Estados Unidos se aprobaron una serie de leyes a finales de los años 80 y durante los años 90 que facilitaban la transferencia de menores involucrados en delitos graves como el asesinato, a la corte de adultos.

Los menores condenados en el sistema de justicia penal para adultos durante ese período, al igual que éstos, estaban sujetos a la pena de muerte, cadena perpetua sin libertad condicional y largas penas de prisión.

En el siglo XXI, los tribunales de Estados Unidos reconocieron que los menores tienen un desarrollo diferente al de los adultos. Debido a que sus cerebros no están completamente desarrollados, están menos equipados para evaluar situaciones de forma crítica y tienden a ser más impulsivos. También son más vulnerables a la presión de sus compañeros y tienen una capacidad limitada para librarse de entornos desfavorables en sus hogares o sus barrios.

Algunos expertos investigaron qué ocurría con estos jóvenes una vez que unos años habían pasado desde el crimen cometido. Los que habían salido de prisión ¿habían reincidido? Los que no habían salido ¿habían reincidido dentro de prisión?

Vries y Liem realizaron un seguimiento a 137 jóvenes condenados por homicidio que ingresaron en centros de menores en los Países Bajos. El seguimiento se realizó durante un período entre 1 y 16 años. El 59% fue condenado de nuevo por otros delitos, entre ellos, más asesinatos.

Estos autores consideraron que la edad del primer arresto, la edad en el momento del homicidio, la cantidad de delitos anteriores y las relaciones con amigos delincuentes, eran factores predictivos significativos.

Para analizar la reincidencia, las impresiones con respecto a sus crímenes y otros factores, la autora decidió llevar a cabo una serie de entrevistas con personas que formaban parte de la muestra de uno de los estudios de Heide.

Heide realizó cinco estudios de seguimiento de un grupo de jóvenes masculinos condenados por asesinato, intento de asesinato u homicidio. Estos jóvenes habían sido juzgados en tribunales para adultos con las consecuentes penas.

En el momento de redacción de este artículo, estos jóvenes contaban ya con algo más de 50 años, ya que habían pasado 35 años desde el primer estudio. Se les realizaron entrevistas semiestructuradas con preguntas abiertas y cerradas acerca de sus experiencias en prisión, sus experiencias posteriores a su liberación, la reincidencia, y se les preguntó cuáles creían que eran las razones por las que se habían metido en problemas.

Un factor se destacó como la razón más importante. El 70% de los participantes identificaron la presión de los amigos como el factor con mayor influencia en su participación delictiva. Más del 50% dijeron que los factores más importantes fue la adicción a las drogas, además de convivir con el crimen diariamente en sus barrios.

Esto es coherente con la teoría subcultural y la teoría de la desorganización social.

Sólo un tercio de los entrevistados dijeron que actuaron de forma impulsiva. Debemos recordar que la impulsividad es un rasgo muy significativo de la psicopatía y un factor principal en la teoría del autocontrol del crimen, que a veces también se denomina teoría general del crimen.

Dentro de las limitaciones del estudio, los autores señalan que se debería reducir el periodo de seguimiento, ya que algunos sujetos que participaron en el estudio original ya habían muerto cuando se realizaron estas entrevistas.

Proponen disuadir a los jóvenes rehabilitados de regresar a sus antiguos barrios, particularmente si sus hogares se encontraban en comunidades donde el crimen era común. También se recomienda que no se asocien con sus viejos amigos si éstos continúan en este ambiente.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Characterizing trajectories of anxiety, depression, and criminal offending in male adolescents over the 5 year following their first arrest”, de Baker, A. E.; Padgaonkar, N. T.; Galván, A.; Frick, P. J.; Steinberg, L. y Cauffman, E. (2022), en el que los autores realizan un estudio para saber cómo la ansiedad, la depresión y otros factores relacionados con la salud mental, influyen en la vida de los jóvenes que delinquen por primera vez, tomando como punto de partida su primer arresto.

 La posibilidad de entrar en prisión y ser juzgado por un delito no es agradable para nadie. Por ello, no es de extrañar que los jóvenes que entran en contacto con el sistema de justicia experimenten niveles más altos de internalización de síntomas como la ansiedad y la depresión, en comparación con los jóvenes que no delinquen.

Las tasas de ansiedad y depresión en esta población son especialmente preocupantes: casi la mitad de los jóvenes implicados en la justicia cumplen con criterios clínicos de internalización de problemas psicológicos.

Y aproximadamente la mitad de los hombres adultos en la misma situación experimentan trastornos de salud mental mientras cumplen condena, e incluso una vez que son liberados.

Además, los problemas de salud mental van de la mano con los problemas criminológicos: las personas que continúan delinquiendo después de la adolescencia tienen casi tres veces más probabilidades de experimentar problemas de salud.

Otro dato importante, es que los jóvenes en el sistema de justicia rara vez reciben tratamiento, lo cual se relaciona con un mayor riesgo de abuso de sustancias, fracaso académico y trastornos emocionales que perdurarán en la edad adulta, incluso un mayor riesgo de suicidio.

Es un tema muy importante y que se debe tratar, debido a que la mayoría de trastornos psiquiátricos aparece durante la adolescencia o la adultez temprana, un periodo en el que los comportamientos de riesgo también alcanzan su punto máximo.

Pero ¿qué dice la literatura existente sobre ello? Los resultados de un estudio de 2019 sugieren una cascada temporal en la que los problemas de conducta en la infancia se traducen en resultados sociales negativos, que contribuyen a la depresión en la adolescencia y esta a su vez, puede contribuir a la delincuencia adolescente o adulta posterior.

En una muestra que se siguió durante seis años hasta 2012, los jóvenes que mostraban altos niveles de depresión estaban en riesgo de aumentar su comportamiento disruptivo, y los jóvenes que mostraban altos niveles de comportamiento disruptivo estaban, a su vez, en riesgo de desarrollar síntomas de depresión mucho más altos.

Lo que este trabajo se plantea es averiguar si la trayectoria de los síntomas y la trayectoria ofensiva cambian con el ingreso de los jóvenes en el sistema de justicia y cómo lo hacen.

Primero, los autores buscaron caracterizar la trayectoria media de la internalización de síntomas y conductas delictivas de los jóvenes después de su primer contacto con el sistema de justicia. Dado que la prevalencia de los trastornos de salud mental tiende a aumentar después del primer contacto con el sistema de justicia, los autores plantearon la hipótesis de que el grupo mostraría un aumento progresivo de éstos.

Además, debido al aumento en el comportamiento delictivo durante la adolescencia y la edad adulta joven, también se planteó la hipótesis de la continuación de la delincuencia en la adultez.

El segundo objetivo, era examinar si el cambio en la salud mental está relacionado con el cambio en la delincuencia, o al revés, y describir esta relación.

Para todo esto, 1216 adolescentes varones fueron evaluados durante los cinco años posteriores a su primer arresto. Estos arrestos se produjeron por delitos leves de mediano alcance, como robo de bienes, agresiones simples o vandalismo. Fueron evaluados cada seis meses durante los primeros tres años, después las entrevistas se dieron de forma anual.

Los resultados del estudio indicaron que la ansiedad y la depresión cambian junto con las conductas delictivas en los adolescentes varones después de su primer arresto, de modo que una mayor mejora en la salud mental, se relaciona con un nivel más alto de disminución de la delincuencia, y viceversa. Estos hallazgos resaltan la naturaleza entrelazada de los síntomas de internalización y los comportamientos de externalización, y subrayan la importancia de considerar la salud mental en los estudios de reincidencia juvenil.

Cuando los jóvenes entraron en contacto con el sistema de justicia, se vio una disminución inicial de la ansiedad y la depresión, seguida de un aumento en los síntomas unos años más tarde.

Esto último sugiere que la participación en el sistema de justicia influye en la trayectoria de los síntomas y los empeora a medida que los jóvenes se desarrollan.

Además, cuando los jóvenes se habían criado en barrios pobres y problemáticos, presentaron una mayor gravedad en la ansiedad y depresión sufrida, lo que está en línea con estudios anteriores que destacan que la desorganización del barrio y la exposición a la violencia pueden aumentar el riesgo de problemas de salud mental en adolescentes.

A pesar de la utilidad de este estudio, una limitación es que se realizó únicamente con jóvenes varones, por lo que quizás los resultados no pueden aplicarse al sexo femenino, por tanto, los autores recomiendan explorar esta dimensión.

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Racial Essentialism and Stress: a Deadly Combination for Prospective Police Officers’ Encounters with Black Suspects” de Tawa, J. (2022), en el que el autor realiza un experimento para saber cómo el estrés y los estereotipos raciales afectan a la actuación policial cuando los sospechosos no son personas caucásicas. 

En muchas ocasiones hemos visto cómo en redes sociales o en medios de comunicación se expone la violencia policial hacia personas negras, un fenómeno que no tiene precedentes en la sociedad contemporánea actual. 

Los análisis documentados de tiroteos policiales encuentran, generalmente, que los sospechosos negros son asesinados de manera desproporcionada en relación con los sospechosos blancos. Sin embargo, estos análisis no pueden estudiar todas las variables.

Se han realizado estudios previos que han conseguido llevar a cabo con éxito experimentos donde los participantes debían tomar decisiones en tiempo real que se verían afectadas por sus prejuicios raciales y les harían elegir entre usar la fuerza letal o no. 

Generalmente, en estos estudios, los participantes se sentaban frente a un ordenador y veían imágenes de sospechosos blancos y negros, armados y desarmados, y debían responder a cuestiones sobre la imagen, tales como si dispararían o no. 

Lo que hay que cuestionar de estos estudios, entre otras cosas, es que los programas que analizan los resultados no infieren tipos de estados afectivos, como el estrés psicológico, o los procesos cognitivos experimentados por los agentes de policía que toman decisiones de uso de fuerza letal dentro de situaciones impredecibles y de alta presión. 

El autor señala, en un intento por buscar explicación a estos sucesos, la idea del estrés y la del sesgo racial. Es posible que uno afecte al otro, depende de la medida en que los participantes crean en prejuicios raciales, por ejemplo, creyendo que las personas negras son naturalmente agresivas e impredecibles. 

La investigación sobre la “teoría del control atencional” sugiere que, cuando las personas están en situación de estrés, tienden a asignar, de manera desproporcionada, la atención visual a los estímulos que consideran amenazantes. Por tanto, es lógico que aquellas personas que esencializan la raza y creen en los estereotipos asociados a ésta, presten atención excesiva a los sospechosos negros. 

Es por este motivo por lo que identificar la forma en que estos estereotipos, el estrés y la atención visual interaccionan entre sí, podría ser de gran ayuda en el desarrollo de programas de capacitación policial. 

Pero ¿cuáles son los datos reales hasta el momento? En un estudio en el que se analizaron tiroteos en St. Louis que tuvieron lugar entre 2003 y 2012, se descubrió que los sucesos de violencia comunitaria dentro de las comunidades negras representaron el porcentaje más alto del uso de fuerza letal por parte de la policía. 

Hay expertos en la comunidad científica que apoyan la idea de que esto sucede simplemente porque hay objetivamente niveles más altos de amenaza de violencia hacia los policías. Sin embargo, otros estudios han encontrado evidencias de que las comunidades con un mayor número de personas negras experimentan niveles más altos de uso policial de fuerza letal, incluso cuando no hay una amenaza objetiva. 

Todo esto nos sugiere que el nivel de fuerza letal utilizada por los policías puede ser el resultado de las percepciones subjetivas de amenaza violenta de los agentes de policía, y estas percepciones pueden estar influenciadas por los estereotipos racistas, como la idea, por ejemplo, de que las personas negras son más peligrosas. 

Otro dato importante es que, al momento de escribir el artículo, un análisis publicó que los hombres y mujeres afroamericanos representaban el 22,9% de las muertes a manos de policías, a pesar de ser sólo aproximadamente el 13% de la población de los EEUU. 

A pesar de las valiosas contribuciones que se han hecho para intentar arrojar luz al tema, los experimentos de laboratorio cuentan con varias limitaciones, entre ellas, que no inducen estados afectivos (como el estrés al vivir una situación real) o procesos cognitivos. 

Por ello, el autor lleva a cabo su propio experimento donde intenta corregir esta limitación. Para ello, filmó una serie de escenarios con interacciones entre un sospechoso, a veces blanco y a veces negro, y un policía, con una cámara de vídeo 360º, que pueden verse con gafas de realidad virtual de forma muy inmersiva. El estrés se midió con la dilatación de la pupila, que ya se ha demostrado que puede ser un indicador fiable de éste. 

Participaron 49 personas, el 98% de ellas había nacido en los EEUU y todos eran blancos. Se les dijo que deberían disparar al sospechoso si sentían que su vida o la de otra persona corría peligro. 

Los resultados obtenidos van en la línea de lo esperado. Ni el estrés ni el esencialismo racial tuvieron un impacto directo en la atención a los sospechosos negros por separado, pero en combinación, sí lo hicieron. 

La idea de que el estrés puede perjudicar pero también mejorar el rendimiento no es nueva. Quizás entonces, en ausencia de estereotipos raciales, los participantes tienen cierta libertad para asignar recursos cognitivos a la detección de señales contextuales sociales dentro de un entorno en condiciones de presión; facilitando la obtención de pistas sobre la peligrosidad real o la inocencia del sospechoso.

El aspecto más alentador del estudio es que, si bien el esencialismo racial tuvo consecuencias perjudiciales al decidir usar o no la fuerza letal, existe investigación que sugiere que estas opiniones raciales pueden mitigarse a través de la educación

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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Adverse perinatal events and offspring criminal convictions in men and women: a population-based study” de Oskarsson, S.; García-Argibay, M.; Andersson, A.; Kuja-Halkola, R.; Latvala, A.; D’Onofrio, B. M.; Raine, A.; Patrick, C. J.; Lichtenstein, P.; Larsson, H. y Tuvblad, C. (2022), en el que los autores investigan si existen asociaciones entre eventos perinatales adversos y las conductas criminales en la vida adulta.

Los eventos perinatales adversos (es decir, aquellos factores de riesgo para la salud que están relacionados con el embarazo y el parto) se han asociado desde hace unos años con mayores niveles de problemas de salud mental y conductuales. 

Sin embargo, parece ser que también estarían relacionados con un riesgo elevado de delincuencia posterior, según investigaciones recientes. 

Los eventos perinatales adversos surgen de una combinación compleja de factores fisiológicos y ambientales, que hace que los eventos en esta etapa sean de interés criminológico y biopsicosocial. Esto sucede porque las desviaciones del curso normal de los eventos durante el embarazo y el parto, se pueden considerar parte de la criminología biopsicosocial, debido a que se ha descrito que tienen efectos dañinos y duraderos en el feto. 

Esta área de la criminología hace hincapié en el papel del cerebro en la explicación de la criminalidad, y considera que el período perinatal es crítico, ya que los daños tempranos en el cerebro que se está formando pueden alterar el desarrollo neuropsicológico normal, lo que a su vez puede dar lugar a problemas que aumenten el riesgo de criminalidad. 

A partir de 1990, se llevaron a cabo investigaciones centradas en la combinación de eventos perinatales negativos y adversidades psicosociales y su relación con el comportamiento delictivo posterior. Los resultados sugirieron que los eventos perinatales adversos, junto al rechazo materno, un entorno familiar desfavorecido, malas prácticas de crianza o dificultades familiares, se asociaban con mayor índice de criminalidad en la descendencia afectada.

Otro estudio encontró que las complicaciones durante el nacimiento aumentaban el riesgo de externalizar problemas conductuales a partir de los 11 años, aproximadamente. 

La mayoría de los estudios que examinan los eventos perinatales adversos en relación con el comportamiento delictivo han utilizado muestras solo de hombres. Si bien es cierto que los hombres cometen un porcentaje mayor de delitos que las mujeres, ningún marco teórico ha explicado con éxito la brecha de género en el crimen, y ningún estudio sobre los eventos perinatales adversos y la criminalidad ha incluido a las mujeres de la forma en que lo incluye el que nos ocupa. 

Los factores biopsicosociales en general y los eventos perinatales adversos en particular, pueden ser útiles para explicar algunas diferencias sexuales en el crimen, ya que se ha teorizado que el cerebro masculino es más susceptible a las influencias de los factores de riesgo tempranos que pueden afectar al desarrollo neurológico normal. 

Esto podría poner a los hombres en mayor riesgo de desarrollar ciertos trastornos y participar en la delincuencia en mayor medida que las mujeres. 

En este estudio, los autores se preguntaron qué eventos perinatales son los que estarían asociados con un mayor riesgo de condenas por delitos violentos y no violentos y si las asociaciones son distintas para hombres y mujeres.

Para obtener respuesta se utilizaron varios registros de población de Suecia (el lugar en el que se realizó el estudio), entre ellos el Registro Nacional de Delitos. Se analizaron los nacimientos de un solo bebé entre 1973 y 1995, obteniendo un total de 2.231.787 individuos, 51,4% hombres y 48,6% mujeres. 

Se encontró que varios eventos perinatales adversos se asociaron con un mayor riesgo de condenas penales, tanto violentas como no violentas, tanto en hombres como en mujeres. 

Con respecto a los nacimientos prematuros, hay resultados inconcluyentes. En este estudio sugirió ser un factor de riesgo en las mujeres, pero no en los hombres. Sin embargo, hay estudios previos donde se vio relación con la criminalidad en los hombres y otros en los que parecía no afectar en absoluto o incluso ser un factor de protección. 

Esto sugiere que es de suma importancia continuar investigando este aspecto pero además estudiar a hombres y mujeres por separado. 

Los eventos que afectarían a los hombres serían un peso extremadamente bajo al nacer, ser demasiado pequeños para la edad gestacional y tener un perímetro cefálico pequeño. Para las mujeres, sería el bajo peso al nacer y un perímetro cefálico pequeño.

Una limitación sería que todavía existe un porcentaje de nacimientos que no está incluido en los registros y sería conveniente poder analizar.

En conclusión, los hallazgos sugieren que los eventos perinatales adversos aumentan el riesgo, no sólo de condenas penales violentas, sino también de las no violentas. 

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