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Amigos del Club de Ciencias Forenses, esta semana presentamos el artículo “Corona crimes: How pandemic narratives change criminal landscapes” de Sandberg, S. y Fondevila, G. (2020) en el que los autores hacen una revisión acerca de cómo la pandemia que a día de hoy seguimos sufriendo, ha afectado a las dinámicas del crimen, enfocándose en el contexto de México.

En el artículo escogido para esta semana vamos a explorar la dimensión criminógena de la pandemia de coronavirus contra la que todavía seguimos luchando. 

Si bien la delincuencia es siempre el resultado de un contexto social e histórico particular, y está en constante negociación, esto es particularmente evidente durante las crisis y los grandes cambios sociales. Estos momentos pueden dar lugar a nuevos tipos de delitos o reavivar los antiguos.

Es decir, lo que se define como crimen está siempre en constante cambio, y depende de las definiciones estatales y legales y de las percepciones populares. Decimos que está en negociación, también constante, porque es lo que se da entre los medios de comunicación, la política y la opinión pública para definir el crimen.

La pandemia de Covid-19 cambió los patrones establecidos en la delincuencia tradicional. Durante las primeras fases de la pandemia, también surgieron nuevas dinámicas delictivas y resurgieron otras antiguas. 

En América Latina, donde existen gobiernos muy frágiles, algunas comunidades bloquearon carreteras de forma ilegal para prevenir la propagación de la enfermedad o se atacó a los trabajadores de la salud, entre otros muchos incidentes. 

La pandemia hizo que se introdujesen nuevas leyes para limitar la interacción social y la movilidad y, por tanto, también se rompieron toques de queda. No usar la mascarilla en público o violar otras regulaciones estatales también han sido sucesos muy comunes. 

Es decir, se han producido una serie de cambios relacionados con la criminalidad a muchos y diferentes niveles con motivo de esta crisis sanitaria mundial. 

Atendiendo a la fragilidad relativa del estado de México, los autores deciden llevar a cabo una investigación con el objetivo de reflexionar y comprender mejor la criminología de estos últimos meses en el país. 

La narrativa apocalíptica es particularmente interesante para los autores. Éstas vienen con una intensa polarización del carácter, resaltando las más altas y más bajas emociones humanas. Crean una atmósfera de catástrofe, a veces afirmando que el mundo tal como lo conocemos está llegando a su fin, y enfrentan el bien supremo contra el mal supremo. 

Estas historias exigen acciones heroicas. Es en estos contextos donde surgen el terrorismo, la rebelión, los levantamientos o las guerras. La ideación apocalíptica implica un sentido de urgencia, y esta urgencia hace que las personas se planteen hacer cosas que en otras circunstancias no harían. Es decir, la crisis crea un entorno narrativo donde, lo que de otro modo se hubiera considerado radical o imposible, puede aceptarse o incluso parecer inevitable. 

Además, la psicología epidémica describe cómo las epidemias pueden ser una vorágine emocional y extraordinaria, que desencadena plagas de miedo, pánico, sospecha y estigma, con impacto individual y colectivo. 

Las muertes, las descripciones detalladas de escenarios en hospitales superpoblados, la amenaza de un malestar social y la incertidumbre sobre el riesgo, se unieron para crear una situación que justificó un sacrificio masivo en toda la sociedad. 

El primer caso de coronavirus se confirmó en México en febrero de 2020. Aproximadamente un mes después de notificar este caso, el gobierno implementó una serie de medidas destinadas a prevenir y controlar la propagación de la infección. Algunas fueron la suspensión de determinadas actividades económicas, la prohibición de concentraciones masivas o la recomendación de que la población permanezca en casa. 

Al mismo tiempo que se luchaba contra el coronavirus, México también luchaba contra la pobreza, las desigualdades sociales y unas estadísticas crecientes de homicidios y delincuencia

El hecho de que existiesen restricciones de movilidad y contacto social, dio lugar a incidentes en los que grupos de ciudadanos intentaron cerrar ilegalmente carreteras u otros puntos de acceso para proteger a sus comunidades. También se trató de obstaculizar la movilidad humana para evitar el contagio. Armados, los residentes bloqueaban el paso de cientos de municipios de todo el país, señalando la delgada línea existente entre la autoprotección y el vigilantismo. 

Las narrativas apocalípticas que hemos mencionado anteriormente, crean un ambiente de pánico y sospecha en el que las personas pueden estar dispuestas a tomar medidas drásticas para frenar la enfermedad. Además, el miedo puede ser la razón de ataques a grupos estigmatizados. 

Por ejemplo, los trabajadores de salud han tenido, y tienen, contacto directo con la enfermedad. A pesar de ser considerados héroes, en muchos lugares se reportaron ataques hacia ellos por estar en primera línea combatiendo al virus. 

También se deben mencionar las violaciones generalizadas de las regulaciones estatales. Por ejemplo, se cerraron áreas públicas, o negocios durante meses, y aún así las personas siguieron con una actividad normal, haciendo caso omiso de estos mandatos. 

Por otro lado, algunos grupos criminales aprovecharon las tensiones entre el gobierno y la población para crear asociaciones de ayuda e incluso hospitales de emergencia. Estos actos pueden verse como un intento de asumir el papel del Estado y cambiar las historias dominantes en la sociedad. Los cárteles y bandas criminales intentaron, de esta forma, aprovechar la oportunidad que brindaba la crisis para redefinir su papel y pasar de héroes a villanos. 

A pesar de contar con limitaciones, como que este estudio no puede aplicarse en zonas como Europa o América del Norte, la investigación aborda la cuestión narrativa criminológica de cómo los crímenes pueden ser mantenidos, instigados y despertados por situaciones de crisis. 

Comprender cómo el crimen se impulsa, se incorpora y se negocia, puede ser útil para implementar políticas y medidas pandémicas y post-pandémicas de prevención. 

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