Terrorismo, perdón y justicia restaurativa. Club Ciencias Forenses.

Terrorismo, Perdón y Justicia Restaurativa. Club Ciencias Forenses.

Estimados suscriptores y seguidores del Club de las Ciencias Forenses, esta semana les proponemos un resumen del artículo “Terrorismo, perdón y justicia restaurativa” del autor Antony Pemberton de la Universidad de Tilburg (Países Bajos), que trata sobre terrorismo y victimología.

Uno de los progresos más destacables en la prevención del delito de las últimas décadas es el ascenso de la justicia restaurativa. La justicia restaurativa puede definirse como los procesos mediante los cuales las partes con intereses en un determinado delito resuelven colectivamente cómo lidiar con las consecuencias de la infracción y sus consecuencias para el futuro. Un área especialmente conflictiva para la justicia restaurativa es la relacionada con su uso en casos de terrorismo. Tras las secuelas de un ataque terrorista incluso los actos de las víctimas evidencian actitudes no tan negativas hacia los agresores, por ejemplo expresiones de comprensión (parcial) o rechazo a ser asociado con actos de represalia, y mucho menos participar en un proceso restaurativo, son a menudo recibidas con preocupación e incluso hostilidad. Las preocupaciones de la sociedad, por ejemplo, el deseo de llegar a un acuerdo de paz con un grupo terrorista, podrían llevar a presionar a las víctimas a adoptar una postura más apaciguadora, una especie de “compasión obligada”. Tal y como demuestra Alonso (2013), la historia reciente del acercamiento del gobierno español a la organización terrorista ETA se ha topado con la oposición de las víctimas: precisamente porque adoptó una postura más conciliadora con la organización unido a la presión ejercida sobre las organizaciones de víctimas para que hicieran lo mismo.

La naturaleza del delito como un mal público significa que la ciudadanía tiene un interés legítimo en la resolución del delito, a pesar de no estar directamente afectada. Esto ha dado lugar al malentendido de que el delito es más un mal contra la ciudadanía que contra la víctima. Según los sociólogos y criminólogos es el miedo al delito, o incluso el “pánico moral” lo que atrae a la ciudadanía a participar. Este reconocimiento público es asimismo relevante para la victimología. El apoyo social y el reconocimiento de la victimización son un “factor de protección” clave en las secuelas de la victimización. Es muy complejo definir el terrorismo, sin embargo se puede decir que el elemento central que comparte cada definición es que el terrorismo radica en el hecho de que la violencia se utiliza contra objetivos directos para amenazar, asustar e influir de alguna manera un grupo más amplio de víctimas indirectas o vicarias. La intención de hacer daño en ataques terroristas se extiende más allá de su objetivo físico directo. Esto significa que el terrorismo como un mal público es significativamente diferente del delito en general. El terrorismo, en intención y percepción, reaviva esa sensación de peligro y destrucción, de una manera que el delito común no lo hace. El interés público en un acto terrorista es de naturaleza cualitativamente diferente que en el delito. La diferencia radica en que el terrorismo afecta a la sociedad en general, como si fuera la propia víctima, mientras que el delito afecta a la ciudadanía como si fuera un tercero interesado.

Para comprender por completo la relevancia de la distinción entre victimazación y contemplar la victimización en calidad de tercero, es necesario elaborar brevemente dos perspectivas sobre las diferencias en la manera en que las víctimas y los observadores ven la victimización. Las víctimas ven el suceso como una injusticia, exageran el impacto, minimizan el contexto y prolongan la secuencia de tiempo del suceso, mientras que los autores tienden a buscar justificaciones de lo ocurrido, atribuyen el suceso a causas externas, minimizan el impacto en la víctima y los demás y ven el suceso como un momento preciso. Mientras que los autores contemplan el relato de los hechos como una historia con un principio y un final, la experiencia de victimización a menudo deja un final abierto. El principal enfoque teórico capaz de describir los puntos de vista de los terceros observadores en la victimización es la teoría del mundo justo. El propósito de la justicia puede conducir a reacciones más o menos útiles hacia la injusticia y la desgracia, desde la indemnización y reparación hasta el castigo altruista y la retribución, pero asimismo a reacciones negativas hacia los que sufren las consecuencias, como distanciamiento, cambios en el carácter, apariencia y comportamiento; distanciamiento psicológico y reproche. Un tema recurrente es la medida en que el veredicto final en un caso puede o debería conducir a la experiencia de “cierre”. La auto-relevancia de la victimización vicaria es diferente a la experiencia de los observadores; mientras que estos últimos están acostumbrados a toparse con el delito y la victimización a angustiarse debido a las consecuencias de su “mundo justo”, los primeros son más propensos a verse a sí mismos como siendo victimizados.

El perdón puede ser visto como una decisión necesariamente consciente: perdonar o no perdonar, un acto de voluntad, y/o el producto de un proceso gradual en el que el apego emocional de la víctima hacía la injusticia causada por el sujeto activo disminuye. Es necesario destacar tres puntos clave. En primer lugar; el perdón, tal vez incluso más que la recuperación, sirve como contrapunto a la experiencia de victimización causada por la injusticia. En segundo lugar, el perdón no es contrario a la venganza y retribución. La justicia retributiva puede contribuir al perdón privado, y a su vez el perdón de las víctimas tras el delito puede ser un elemento atenuante en los procesos judiciales. En tercer lugar, aunque el perdón puede tener beneficios para las víctimas, depende de que estén realmente perdonando, y no persuadidas o presionadas para perdonar. El perdón público está sujeto a limitaciones que no se aplican a las formas privadas de perdón: a diferencia del perdón público el privado requiere motivos, e incluso procedimientos, abiertos al escrutinio. En el perdón público los representantes del colectivo expresan o extienden el perdón al ofensor u ofensores, o al grupo delictivo, a pesar de que su conducta constituye un delito. Los ejemplos más claros de este tipo de perdón público pueden ser las amnistías e indultos. En muchos casos, el perdón privado se da junto con la falta de perdón público y/o vicario y viceversa. Cuando el delincuente ha recibido el perdón público, “ha pagado su deuda con la sociedad”, obtenido la amnistía o indulto, el resentimiento y la rabia de la víctima hacia el delincuente permanecen o, particularmente en los casos de amnistías e indultos, pueden aumentar a causa del perdón público. Esta divergencia entre el perdón o la falta de perdón público y privado puede ser motivo de discordia para las víctimas: podrían tratar de evitar la liberación o libertad condicional del delincuente, o solicitar a las autoridades penitenciarias que atenúen o anulen la sentencia. En los casos de conflicto entre perdón privado y vicario es más complejo llegar a una coexistencia semejante: la capacidad de perdonar en ambos tipos de perdón se encuentra en la experiencia de ser personalmente agraviado. En consecuencia, cuando la postura de la víctima directa no concuerda con la de las víctimas vicarias, es probable que las víctimas directas estén bajo una presión considerable. En el caso del perdón privado y la falta de perdón vicario, los problemas para la víctima directa son dobles. En primer lugar, se asocia con un relato de los hechos que no coincide con su punto de vista. En segundo lugar, las víctimas vicarias pueden reaccionar de forma crítica e incluso con hostilidad cuando las víctimas directas expresan una postura más indulgente. El perdón vicario y el privado pueden ser asimismo una experiencia desgarradora, más aún si el perdón vicario coincide con el perdón público, y cuando la conexión entre este perdón vicario y el perdón privado se realiza de manera explícita. El desafío implícito o explícito al derecho de las víctimas a perdonar primero pone en duda la propiedad del relato de la experiencia de victimización y la socava.

El carácter público del terrorismo está doblemente articulado: en primer lugar, no es solo un ataque simbólico a la sociedad, si no también uno real. En segundo lugar, la ciudadanía experimenta el terrorismo como un ataque contra sí misma: en lugar de tercero observador, se convierte en víctima vicaria. En los casos de delitos graves pueden existir prácticas restaurativas junto con procedimientos de justicia penal. Estas ofrecen un espacio independiente en el que la experiencia privada de perdón de la víctima puede coexistir con la falta de perdón público. La falta de perdón vicario (más que el público) hace que esto sea mucho más difícil. El hecho de que el relato de las víctimas acerca del suceso esté bajo presión a causa de este interés vicario en el ataque terrorista aumenta la necesidad de espacio privado proporcionado por los procesos restaurativos. Cuando el estado de ánimo vicario predominante cambia a una postura más indulgente, los recelos de las víctimas hacia este cambio pueden transformar rápidamente su postura hacia los representantes e incluso hacia los héroes del colectivo, en un obstáculo al proceso de paz. La justicia restaurativa puede entonces convertirse en un elemento de perdón obligado. El perdón privado y falta de perdón vicario convertirán la justicia restaurativa en objeto de crítica y hostilidad, pese a que puede ofrecer una solución (parcial) a los problemas a los que se enfrentan las víctimas. La justicia restaurativa es más una propuesta para la falta de perdón privado y vicario, pero será experimentada como parte del problema al que se enfrentan las víctimas directas, en lugar de una solución.

Fundación Universitaria Behavior & Law – Club de Ciencias Forenses

Traducción y edición: Leticia Moreno